IX.
SOBRE CÓMO TERMINAR LA GUERRA DESPUÉS DE UN ENFRENTAMIENTO
VICTORIOSO |
1)
Después que Cayo Mario hubo derrotado a los teutones en batalla,
y la noche puso fin al conflicto, acampó alrededor del remanente
de sus enemigos. Haciendo que un pequeño grupo de sus hombres levantara
ruidosos gritos de vez en cuando, mantuvo al enemigo en estado de alarma
y evitó que se aeguraran el descanso. Tuvo éxito así
más fácilmente en aplastarlos el día siguiente, puesto
que no habían tenido descanso alguno.
2)
Claudio Nerón, habiéndose encontrado con los cartagineses
en su camino de España a Italia bajo el comando de Asdrúbal,
los derrotó y lanzó la cabeza de Asdrúbal en el campamento
de Aníbal. Consecuentemente, Aníbal quedó abrumado
por la pena y el ejército abandonó toda esperanza de recibir
refuerzos.
| Nota:
Año 207 a.de C. Livio 27:51 : «A la noticia
de que se acercaban legados, todos los ciudadanos, de toda condición
y edad, salieron a su encuentro, deseando verles los primeros,
oír de su boca el relato de aquella brillante victoria.
La multitud llegaba en apretada columna hasta el puente Mulvio,
y en medio de aquel cortejo de ciudadanos, aquellas legados, que
eran L. Veturio Filo, P. Licinio Varo y Q. Cecilio Metelo, llegaron
al Foro, abrumados a preguntas, lo mismo que las personas de su
comitiva, sabre los detalles de la batalla. Y cada cual, a medida
que sabia que el ejército cartaginés quedaba destruido,
muerto su general, las legiones romanas sanas y salvas y vivos
los cónsules, se apresuraba a comunicar a los otros su
regocijo. Trabajosamente se llegó así al Senado,
costando mucho más trabajo separar a la mutlitud que se
mezclaba con los senadores. Después de la lectura de la
carta, fueron presentados los legados a la asamblea del pueblo.
L. Veturio la leyó allí, y en seguida dió
precisos detalles sobre todas las circunstancias. Unánimes
aplausos recibieron sus palabras, acogiéndolas la asamblea
con demostraciones de profunda alegría. Unos corrieron
en seguida a los templos a dar gracias a 1os dioses, otros entraron
en sus casas para participar a sus esposas e hijos aquella feliz
noticia. El Senado, para mostrar su gratitud porque los cónsules
M. Livio y C. Claudio sin sacrificar sus legiones habían
destruido el ejército enemigo y dado muerte a su general,
decretó tres días de acciones de gracias. El pretor
C. Hostilio anunció esta ceremonia en la asamblea, y a
ella concurrieron multitud de hombres y mujeres. Durante tres
días estuvieron llenos todos los templos. Las damas romanas,
con largos ropajes y seguidas por sus hijos, dieron gracias a
los dioses inmortales coma si hubiese terminado la guerra y se
viesen libres de todo temor para lo venidero. La situación
de Roma mostraba la influencia de aquella victoria; desde entonces,
como en plena paz, recobraron su curso los negocios; ventas, compras,
préstamos, depósitos, todo se hizo con confianza.
El cónsul Claudio, de regreso a su campamento, hizo arrojar
delante de las empalizadas enemigas la cabeza de Asdrúbal,
que había cuidado de conservar y llevar consigo: expuso
a la vista de los cartagineses los prisioneros africanos cargados
de cadenas, y hasta concedió la libertad a dos de ellos,
encargándoles que fuesen a ver a Aníbal y a referirle
todo lo que había ocurrido. Aterrado Aníbal por
aquel golpe que hería al Estado y a su familia, dícese
que exclamó "que reconocía la fortuna de Cartago."
En seguida decampó y quiso reconcentrar en el Brucio, en
los extremos de Italia, todas sus tropas auxiliares, que ya no
podia tener diseminadas sin peligro, y aconsejó a todos
los ciudadanos de Metaponto abandonar sus hogares y que marchasen
a establecerse en el Brucio, y lo mismo a los lucanos que obedecían
a Cartago». |
3)
Cuando Lucio Sila sitiaba Preneste, sujetó en las lanzas las cabezas
de los generales prenestinos que habían sido muertos en batalla,
y las exhibió a los sitiados habitantes, rompiendo así su
obstinada resistencia.
| Nota:
Año 82 a.de C. Apiano, Guerras Civiles, 1:93-94 : «Sila,
por consiguiente, temiendo por la ciudad, envió en vanguardia
a su caballería, a toda prisa, para dificultar la marcha
de aquéllos, y él, apresurándose con todo
el ejército, acampó en la puerta Colina, en torno
al mediodía, cerca del templo de Venus, cuando los enemigos
estaban ya acampados alrededor de la ciudad. En un combate que
tuvo lugar muy pronto, hacia la caída de la tarde, Sila
resultó vencedor en el ala derecha, pero su ala izquierda
fue derrotada y huyó hacia las puertas de la ciudad. Los
ancianos, que estaban sobre las murallas, tan pronto como vieron
a los enemigos que corrían mezclados con los suyos, hicieron
caer las puertas por medio de la máquina. Éstas,
al caer, mataron a muchos soldados y a numerosos senadores, pero
el resto, impulsado por el miedo y la necesidad, se volvió
contra el enemigo, luchó durante toda la noche y dio muerte
a buen número de ellos. Entre los generales, quitaron la
vida a Telesino y a Albino y se apoderaron de sus campamentos.
Lamponio, el lucanio, Marcio, Carrina y todos aquellos otros generales
de la facción de Carbo que estaban presentes huyeron. A
resultas de este combate me parece que murieron por ambas partes
cincuenta mil hombres. Sila asaeteó a los prisioneros,
que fueron más de ocho mil, porque eran samnitas en su
mayor parte. Al día siguiente, Marcio y Carrina fueron
hechos prisioneros y conducidos ante Sila, quien no los perdonó
por ser romanos, sino que los mató a ambos y envió
sus cabezas a Lucrecio, en Preneste, para que las exhibiera alrededor
de la muralla.
Cuando los de Preneste las vieron y se enteraron de que el ejército
de Carbo había sido destruido en su totalidad, y que el
propio Norbano había huido ya de Italia, y que el resto
de Italia y Roma estaban enteramente en poder de Sila, entregaron
la ciudad a Lucrecio. Mario se metió en un túnel
bajo tierra y se suicidó al poco tiempo. Lucrecio cortó
la cabeza de Mario y la envió a Sila, y éste, colocándola
en mitad del foro, delante de la rostra, se rió, según
cuentan, de la juventud del cónsul y dijo: «Hay que
ser remero antes de empuñar el gobernalle» Una vez
que Lucrecio tomó Preneste, mató de inmediato a
algunos senadores que habían detentado cargos militares
bajo Mario y a otros los puso en prisión; a estos últimos,
Sila los hizo ajusticiar cuando llegó. A los que estaban
en Preneste les ordenó avanzar a todos sin armas a la llanura
y, cuando así lo hicieron, separó a aquellos que
le habían servido de alguna utilidad, pocos en total, y
a los demás les mandó que se dividieran en tres
grupos, romanos, samnitas y prenestinos. Después que se
hubieron dividido, hizo anunciar a los romanos mediante una proclama
que también ellos habían hecho cosas merecedoras
de la muerte, pero, no obstante, les concedió el perdón,
y a los restantes los asaeteó a todos; sin embargo, dejó
marchar indemnes a sus mujeres y a sus hijos. Y saqueó
la ciudad, que se contaba entre las más ricas de aquel
tiempo.
De esta forma fue capturada Preneste. En cambio, Norba, otra ciudad,
resistía todavía con gran vigor hasta que Emilio
Lépido penetró a traición en ella durante
la noche. Sus habitantes, indignados por la traición, se
suicidaron unos, otros se mataron mutuamente de forma voluntaria
y otros se ahorcaron con lazos, algunos cerraron las puertas y
prendieron fuego. Sobrevino un fuerte viento que alimentó
la llama hasta tal punto que no hubo botín alguno de la
ciudad».
|
4) Arminio, líder de los germanos, sujetó
asimismo en lanzas las cabezas de los que él había matado,
y ordenó que fueran traídas hasta las fortificaciones del
enemigo.
| Nota:
Año 9 de Nuestra Era. |
5) Cuando Domicio Corbulón sitiaba Tigranocerta
y los armenios parecían hacer, del mismo modo, una defensa obstinada,
Corbulón ejecutó a Vadando, uno de los nobles que había
capturado, y tiró su cabeza por una balista, enviándola
al vuelo dentro de las forificaciones del enemigo. Ocurrió que
cayó en el medio de un consejo a que los bárbaros sostenían
en ese mismo momento, y la vista de ella (como si fuera algún portento)
los llenó de tal consternación que se apresuraron a rendir.
| Nota:
Año 60 de Nuestra Era. |
6) Cuando Hermócrates, el siracusano, había
derrotado a los cartagineses en batalla, y temía que los prisioneros,
de los cuales había tomado un número enorme, fueran custodiados
negligentemente, puesto que la triunfante terminación de la lucha
podía incitar a los vencedores a la juerga y a la negligencia,
fingió que la caballería del enemigo planeaba un ataque
la noche siguiente. Inculcando este temor, tuvo éxito en tener
a la guardia sobre los presos más cuidadosamente que lo habitual
.
7) Cuando el mismo Hermócrates hubo alcanzado
ciertos éxitos, y por esa razón sus hombres, con un espíritu
de confianza excesiva, abandonaron toda moderación y se hundieron
en un borracho estupor, él envió a un desertor dentro del
campamento del enemigo para prevenir su huída, declarando que habían
sido puestas emboscadas de los siracusanos por todas partes. Por el temor
a éstas, el enemigo permaneció en el campamento. Habiéndolos
así detenido, Hermocrates, al día siguiente, cuando sus
propios hombres estaban en condiciones, cesó de tener cualquier
gesto de misericordia con el enemigo y terminó la guerra.
| Nota:
Año 413 a.de C. Tucídides, 7:73 : «El
siracusano Hermócrates, teniendo sospecha, y pensando que
sería muy gran daño para los suyos que un ejército
tan numeroso fuese por tierra y se rehiciese en algún lugar
de Sicilia, desde donde después renovase la guerra, fue
derecho a los gobernadores de la ciudad y les dijo que parasen
mientes aquella noche en la partida de los atenienses, representándoles
por muchas razones los daños y peligros que les podían
ocurrir en adelante si les dejaban irse.Opinaba Hermócrates
que toda la gente que había en la ciudad para tomar las
armas, así de los de la tierra como de los aliados, fuese
a tomar los pasos por donde los atenienses se podían salvar.
Todos aprobaban este consejo de Hermócrates, pareciéndoles
que decía verdad, mas consideraban que la gente estaba
muy cansada del combate del día anterior, y quería
descansar, por lo cual con gran trabajo obedecerían lo
que les fuese mandado por sus capitanes. Además, al día
siguiente se celebraba una fiesta a Hércules, en la cual
tenían dispuestos grandes sacrificios para darle gracias
por la victoria pasada, y muchos querían festejar y regocijar
aquel día comiendo y bebiendo, por lo que nada sería
más difícil que persuadirles se pusiesen en armas.
Por esta razón no estuvieron de acuerdo con el parecer
de Hermócrates. Viendo Hermócrates que en manera
alguna lograba convencerles, y considerando que los enemigos podían
aquella noche, reparándose, tomar los pasos de los montes
que eran muy fuertes, ideó esta astucia. Envió algunos
de a caballo con orden de que marchasen hasta llegar cerca de
los alojamientos de los atenienses, de suerte que les pudiesen
oír, y fingiendo ser algunos de la ciudad que seguían
el partido de los atenienses, porque había muchos de éstos
que avisaban a Nicias de la situación de las cosas de los
siracusanos, llamaran a algunos de los de Nicias y les dijeran
que aconsejaran a éste no moviese aquella noche el campamento
si quería hacer bien sus cosas, porque los siracusanos
tenían tomados los pasos, de manera que correría
peligro si saliese de noche, porque no podría llevar su
gente en orden, pero que al amanecer le sería fácil
ir en orden de batalla con su gente para apoderarse de los pasos
más a su salvo. Estas palabras las comunicaron los que
las habían oído a los capitanes y jefes del ejército,
quienes pensando que no había engaño ninguno determinaron
pasar allí aquella noche y también el día
siguiente. Ordenaron, pues, al ejército que todos se apercibiesen
para partir de allí dentro de dos días, sin llevar
consigo cosa alguna, sino sólo aquello que les fuese necesario
para el uso de sus personas. Entretanto Gilipo y los siracusanos
enviaron a tomar los sitios por donde creían que los atenienses
habían de pasar, y principalmente los de los ríos,
y pusieron en ellos su gente de guarda. Por otra parte los de
la ciudad salieron al puerto, tomaron las naves de los atenienses
y quemaron algunas, lo cual los mismos atenienses habían
determinado hacer, y las que les parecieron de provecho se las
llevaron reuniéndolas a las suyas, sin hallar persona que
se lo pudiese impedir». |
8) Cuando Milcíades derrotó a una gran
hueste de persas en Maratón, y los atenienses perdían tiempo
en regocijarse sobre la victoria, él los forzó apresurarse
a llevar ayuda a la ciudad, a la cual la flota persa apuntaba. Habiéndose
así adelantado al enemigo, llenó los muros con guerreros,
de modo que los persas, pensando que el número de los atenienses
era enorme y que ellos mismos habían encontrado un ejército
en Maratón mientras que otro estaba ahora enfrentándolos
en los muros, dieron vuelta a sus naves inmediatamente y pusieron curso
para Asia.
Nota:
Año 490 a.de C. Heródoto, 6:115-116 :
«CXV. En efecto, los de Atenas con esta
acometida se apoderaron de siete naves. Los bárbaros, haciéndoles
retirar desde las otras, y habiendo otra tomado a bordo los esclavos
de Eretria que habían dejado en una isla, siguieron su
rumbo la vuelta de Sunio, con el intento de dejarse caer sobre
la ciudad, primero que llegasen allá los Atenienses. Corrió
por válido entre los Atenienses, que por artificio de los
Alcmeonidas formaron los Persas el designio de aquella sorpresa,
fundándose en que estando ya los Persas en las naves levantaron
ellos el escudo, que era la señal que tenían concertada.
CXVI. Continuaban los Persas doblando a Sunio,
cuando los Atenienses marchaban ya a todo correr al socorro de
la plaza, y habiendo llegado antes que los bárbaros, atrincheráronse
cerca del templo de Hércules en Cinosarges, abandonando
los reales que cerca de otro templo de Hércules tenían
en Maraton. Los bárbaros, pasando con su armada más
allá de Falero, que era entonces el arsenal de los Atenienses,
y mantenidos sobra las áncoras, dieron después la
vuelta hacia el Asia».
|
9) Cuando la flota de los megarianos se acercó
a Eleusis por la noche con el objeto de secuestrar a las matronas atenienses
que habían hecho sacrificio a Ceres, Pisístrato, el ateniense,
se trabó en combate y, matando despiadadamente al enemigo, vengó
a sus paisanos. Entonces llenó estas mismas naves capturadas con
soldados atenienses, colocando a ciertas matronas a la vista vestidas
como cautivas. Los megarianos, engañados por estas apariencias,
pensando que su propia gente navegaba detrás, y, coronados también
con la victoria, coriieron a su encuentro en desorden y sin armas, con
lo cual fueron derrotados por segunda vez .
| Nota:
Año 604 a.de C. Plutarco, Solón, 8 : «Fatigados
los habitantes de la ciudad de la larga y molesta guerra que por
Salamina habían sostenido con los de Mégara, habían
establecido por ley que nadie hiciese propuesta escrita o hablada
de que se recobrara Salamina, pena de muerte al que contraviniese.
Llevaba mal Solón esta ignominia; y viendo que muchos de
los jóvenes no deseaban más sino que se buscase
cómo comenzar la guerra, no atreviéndose a tomar
la iniciativa por causa de la ley, fingió estar fuera de
juicio, e hizo que de su casa se esparciera esta misma voz de
que estaba perturbado. Trabajó en tanto, sin darlo a entender,
un poema elegíaco, que aprendió hasta tomarlo de
memoria; y hecho esto, repentinamente se dirigió a la plaza
con un gorro en la cabeza. Concurrió gran gentío,
y entonces, poniéndose sobre la piedra destinada al pregonero,
recitó cantando su elegía, que empezaba así:
De Salamina vengo, la envidiable, y este lugar en vuestra junta
ocupo para cantaros deleitables versos. Intitúlase este
poema Salamina, y es de cien versos, trabajado con mucha gracia;
lo cantó, pues, y aplaudiendo sus amigos, y sobre todo
exhortando y conmoviendo Pisístrato a los ciudadanos para
que diesen asenso a lo que habían oído, abolieron
la ley, y otra vez clamaron por la guerra, poniendo a Solón
al frente de ella. La opinión popular acerca de esto es
que encaminándose a Colfada con Pisístrato y encontrando
allí a todas las mujeres ocupadas en hacer a Deméter
el solemne y público sacrificio, envió a Salamina
un hombre de su confianza, el cual había de fingir que
se pasaba voluntariamente, y había de incitar a los Megarenses
a que sin dilación navegasen a Colíada, si querían
hacerse dueños de las mujeres más principales de
los Atenienses. Dándole los Megarenses crédito,
enviaron gente en una nave; y luego que Solón la vio zarpar
de la isla, mandó a las mujeres que se retirasen, y adornando
al punto con los vestidos, las cintas y los calzados de éstas
a aquellos jóvenes más tiernos, a quienes todavía
no apuntaba la barba, y armándolos asimismo de puñales
ocultos, les dio la orden de que juguetea sen e hiciesen danzas
en la orilla del mar, hasta que arribasen los enemigos y la nave
se les pusiese a tiro. Hecho todo como se había dispuesto,
los Megarenses se engañaron con el aspecto; acercáronse,
y echaron pie a tierra, como que iban a trabar de unas mujeres;
y así no escapó ninguno, sino que todos perecieron,
y los Atenienses, haciéndose al mar, recobraron al punto
la isla». |
10) Cimón, el general ateniense, habiendo derrotando
a la flota de los persas cerca de la isla de Chipre, armó a sus
hombres con las armas de los prisioneros y en las propias naves de los
bárbaros pusieron vela para encontrar al enemigo en Panfilia, cerca
del río Eurimedonte. Los persas, reconociendo los barcos y la vestimenta
de los que estaban parados en cubierta, estaban absolutamente sin guardia.
Así, en el mismo día fueron repentinamente masacrados en
dos batallas, una en el mar y otra en tierra.
| Nota:
Año 466 a.de C. Diodoro Sículo, 11:61 : «Entonces
Cimon, no satisfecho con una victoria de tal magnitud, puso vela
inmediatamente con su flota entera contra el ejército persa
de tierra, que entonces acampaba en la ribera del río Eurimedonte.
Y deseando superar a los bárbaros por medio de una estratagema,
tripuló las naves persas capturadas con sus mejores hombres,
dándoles tiaras para sus cabezas y arropándolos
en general a la manera persa. Los bárbaros, tan pronto
como la flota se acercó, fueron engañados por las
naves y las vestimentas persas y supusieron que los triremes eran
los propios. Por lo tanto recibieron a los atenienses como si
fueran amigos. Y Cimon, habiendo caído la noche, desembarcó
a sus soldados, y siendo recibido por los persas como amigo, cayó
sobre su campamento. Un gran tumulto se armó entre los
persas, y los soldados de Cimon redujeron a todos los que vinieron
a su paso, y capturando en su tienda a Ferendates, uno de los
dos generales de los bárbaros y sobrino del rey, lo mataron;
y en cuanto al resto de los persas, algunos fueron reducidos y
otros heridos, y todos, debido a lo inesperado del ataque, forzados
a huir. En una palabra, prevaleció entre los persas tal
consternación y desconcierto que la mayor parte incluso
no supo quiénes eran los que atacaban» |
X.
SOBRE CÓMO RECOMPONER LAS PÉRDIDAS PROPIAS DESPUÉS
DE UN REVÉS.
|
1)
Cuando Tito Didio guerreaba en España y había librado un
enfrentamiento extremadamente cruel, al cual la oscuridad puso final,
dejando una gran cantidad de muertos por ambos lados, previó el
entierro por la noche de muchos cuerpos de sus hombres. Al día
siguiente, los españoles, saliendo a realizar una tarea similar,
encontraron más de sus hombres muertos que de los romanos, y arguyendo
según este cálculo que los habían vencido, entraron
en términos con el comandante romano.
| Nota:
Años 98 a 93 a.de C. |
2) Tito Marcio, caballero romano, que estaba a cargo
de los restos del ejército [de los Escipiones] en España,
viendo cerca dos campamentos de los cartagineses distantes algunas millas
uno de otro, exhortó a sus hombres y atacó el campamento
más cercano entrada la noche. Dado que el enemigo, enardecido con
la victoria, estaba sin organización, Marcio con su ataque no dejó
ni un solo hombre para divulgar el desastre. Concediendo a sus tropas
apenas la pausa más breve para el descanso, y rezagando las noticias
de su hazaña, atacó el segundo campamento la misma noche.
Así, con un doble éxito, destruyó a los cartagineses
en ambos lugares y restauró al pueblo romano las perdidas provincias
de España.
3) Cuando Cayo César estaba a punto de contender
con Farnaces, el hijo de Mitrídates, preparó su línea
de batalla sobre una colina. Este movimiento le hizo fácil la victoria,
ya que los dardos, lanzados desde tierras más altas contra los
bárbaros que cargaban desde abajo, les pusieron inmediatamente
en fuga.
| Nota:
Año 212 a.de C. Livio, 25:37 : «Cuando parecía
destruido el ejército y perdida España para los
romanos, un hombre solo restableció los desesperados asuntos.
En el ejército romano había un caballero llamado
L. Marcio, hijo de Septimio, joven muy activo y cuyo valor e ingenio
eran muy superiores a su condición. Tan excelentes disposiciones
se habían perfeccionado en la escuela de Cn. Escipión,
bajo cuyas órdenes había aprendido en tantos años
todos los secretos del arte de la guerra. Este joven, después
de recoger los restos del ejército derrotado y haberlos
reforzado con todo lo que pudo extraer de las guarniciones, formó
un cuerpo bastante considerable, a cuyo frente se reunió
con T. Fonteyo, teniente de Escipión. Un simple caballero
romano tuvo entonces bastante influencia entre los soldados, para
que, cuando se hubieron fortificado allende el Ebro, y hubo que
nombrar un general en los comicios militares, los soldados que
iban a votar, al relevarse en las guardias de las fortificaciones
y de los puestos, por unánime consentimiento le otorgasen
el mando en jefe. Todo el tiempo (y fué muy corto) que
precedió a la llegada del enemigo, se empleó en
fortificar el campamento y en aprovisionarlo, ejecutándose
las órdenes con tanto celo como intrepidez. Pero a la noticia
de que Asdrúbal Gisgón se acercaba después
de haber pasado el Ebro para destruir el resto del ejército
y que avanzaba a marchas forzadas; a la vista de la señal
de batalla dada por el nuevo jefe, recordando los soldados qué
generales tenían en otro tiempo, con qué jefes y
con qué compañeros estaban acostumbrados a marchar
al combate, comenzaron a llorar y a golpearse la frente; unos
alzaban las manos al cielo como para acusar a los dioses; otros,
tendidos en el suelo, invocaban a su antiguo general. La desolación
no la calmaban ni las exhortaciones de los centuriones ni las
palabras suaves o severas de Marcio: "¿Por qué
se deshacían en llanto como tímidas mujeres, en
vez de aguijonear su valor para defenderse ellos y defender la
república y pensar en vengar la muerte de sus generales?"
De pronto oyen el sonido de las bocinas y los gritos de los enemigos
que se acera caban a los parapetos; la ira sucede en el acto a
la desesperación; los romanos, en un acceso de rabia, se
precipitan a las puertas y caen sobre los cartagineses que avanzaban
negligentemente y en desorden. Aquella brusca salida difunde en
el acto el terror en sus filas; sorpréndeles ver tantos
enemigos levantarse inopinadamente contra ellos, después
de la pérdida de su ejército casi entero. ¿De
dónde proceden tanta audacia y confianza en enemigos vencidos
y fugitivos? ¿Qué general había reemplazado
a los dos Escipiones muertos? ¿quién mandaba en
aquel campamento? ¿quién había dado la señal
del combate? Después de estas múltiples preguntas
sobre tantas cosas imprevistas, quedan al pronto inciertos y estupefactos
y retroceden; atacados en seguida con sumo vigor, vuelven la espalda.
Espantosa matanza hubieran hecho los romanos, o se habrían
dejado llevar a una persecución temeraria y peligrosa,
si Marcio no se hubiese apresurado a mandar retirada, y si colocado
delante de las enseñas de las primeras filas y reteniendo
él mismo algunos soldados, no hubiera puesto término
a la pelea y recogido al campamento sus tropas ávidas aún
de sangre y de matanza. Los cartagineses, rechazados primeramente
lejos de las fortificaciones, viendo que nadie les perseguía,
atribuyeron a temor la retirada de los romanos y volvieron a su
campamento con la lentitud que inspira el desprecio. Igual negligencia
tuvieron en guardarlo; porque si bien estaba cerca el enemigo,
al fin lo constituían los restos de dos ejércitos
destrozados pocos días antes. Informado Marcio de que la
negligencia de los cartagineses se extendía a todo, después
de reflexionar bien en ello, formó un proyecto que, al
pronto, parecía más temerario que atrevido: el de
atacarles en sus mismos parapetos; creyendo que le sería
más fácil apoderarse del campamento de Asdrúbal
solo, que defender el suyo contra los tres ejércitos y
los tres generales reunidos de nuevo: además, el éxito
de esta empresa restablecería las cosas; y si quedaba rechazado,
el ataque que iba a dar demostraría al menos que no era
enemigo despreciable».
|
4) Cuando Antipater contempló el ejército
de los peloponesios, que se había reunido para atacar a sus autoridades
al oír de la muerte de Alejandro, fingió no entender con
que objetivo habían venido, y les agradeció por haberse
reunido para ayudar a Alejandro contra los espartanos, añadiendo
que escribiría al rey sobre esto (1). Pero en vista de que no necesitaba
su ayuda en el presente, los urgió a irse a casa, y por esta declaración
disipó el peligro que lo amenazaba por el nuevo orden de los asuntos
(2).
Nota
1: Es decir, actuó intencionalmente asumiendo
que ellos no habían oído de la muerte de Alejandro,
aunque él sabía que esta proposición era
falsa.
Nota 2: Año 331-330 a.de C.
|
5) Cuando Escipión el Africano guerreaba en España,
fue traída ante él, entre las mujeres cautivas, una noble
doncella de belleza superior quién atrajo las miradas de cada uno.
Escipión la cuidó con los mayores esfuerzos y la restauró
a su prometido, Alucio por nombre, presentándole asimismo, como
regalo de matrimonio, el oro que sus padres habían traído
a Escipión como rescate. Vencido por esta múltiple generosidad,
la tribu entera se alió con el gobierno de Roma.
| Nota:
Año 210 a.de C. Livio, 26:50 : «Poco después
los soldados llevaron a su presencia a una princesa joven, de
tan peregrina hermosura, que atraía todas las miradas a
su paso. Escipión se informó de su patria y su familia,
enterándose, entre otras cosas, de que era la prometida
de un jefe de los celtibéricos, llamado Alucio. En seguida
llamó a los padres y al futuro esposo, y sabiendo que amaba
apasionadamente a la joven cautiva, le dirigió a su llegada
las palabras más afectuosas, antes de dar audiencia a los
padres. "Soy joven y hablo a un joven, por lo que pueden
tener más libertad mis palabras. Al traerme mis soldados
cautiva a tu prometida, hanme dicho que la amas con pasión,
y su belleza me lo ha hecho creer fácilmente. Mi edad me
permitiría también entregarme a las dulzuras del
amor casto y legítimo, si los intereses de la república
no ocupasen por completo mi corazón, y hasta creería
digno de indulgencia el exceso mismo de mi pasión por una
joven esposa; debo, pues, ya que la fortuna me lo permite, favorecer
también tu amor. Tu prometida ha sido respetada en mi campamento
como lo habría sido en casa de sus padres. Te la he conservado
como inviolable depósito para hacerte un regalo digno de
ti y de mí. El único precio que pongo a este favor,
es que seas amigo del pueblo romano; si me crees honrado, como
mi padre y mi tío se presentaron a estas naciones, sabe
que en Roma hay muchos ciudadanos que se me parecen, y que hoy
no existe en la tierra pueblo del que, por ti y por tu patria,
debas temer tanto el odio y buscar la amistad." El joven,
confuso y a la vez rebosando alegria, tomó la mano de Escipión
y conjuró a todos los dioses para que se encargaran de
su agradecimiento, pues que él no podía pagar dignamente
aquel beneficio. En seguida presentaron al padre, la madre y parientes
de la joven cautiva, quienes habían traído considerable
cantidad de dinero para rescatarla; pero viendo que Escipión
se la entregaba sin rescate, rogáronle que aceptase aquella
cantidad a título de regalo, asegurándole que no
agradecerían menos aquel nuevo favor que su primer beneficio.
Vencido Escipión por su insistencia, contestó que
aceptaba, hizo colocar el oro a sus pies, y dirigiéndose
en seguida a Alucio, dijo: "Además de la dote que
recibirás de tu suegro, recibe de mí ese regalo
de boda", invitándole en el acto a que hiciese retirar
el oro y dispusiese de él como suyo. Colmado Alucio de
honores y beneficios, se retiró regocijado; y de regreso
en su país, no cesó de hablar a sus compatriotas
de las virtudes de Escipión, "joven héroe,
parecido solamente a los dioses, venido a España para subyugar
todo con sus armas, su clemencia y generosidad." Por esta
razón se apresuró a hacer levas entre sus clientes
y volvió pocos días después a presentarse
a Escipión al frente de mil cuatrocientos jinetes escogidos».
|
6) La historia discurre que Alejandro de Macedonia, igualmente,
habiendo tomado cautiva a una doncella de belleza sobresaliente, prometida
en matrimonio al jefe de una tribu vecina, la trató con tal extrema
consideración que se abstuvo hasta de mirarla fijamente. Cuando
la doncella fue devuelta más tarde a su amante, Alejandro, a consecuencia
de esta gentileza, se aseguró el apoyo de toda la tribu.
| Nota:
Aulo Gelio, Noches Aticas, 6:8 : «El griego Apión,
denominado Plistonices, escritor notable por la abundancia y variedad
de su elocución, dijo, en sus alabanzas a Alejandro, que
este príncipe prohibió que hiciesen comparecer a
su presencia la esposa de su enemigo vencido, mujer de rara belleza,
a fin de librar a su pudor hasta de la ofensa de una mirada. Con
este motivo creo podría proponerse una cuestión
que sería muy curiosa: la de saber cuál de los dos
debe considerarse más continente, si Escipión el
Africano, que después de la toma de Cartagena, ciudad importante
de España, devolvió virgen y pura a su padre una
joven núbil, admirablemente hermosa y de ilustre nacimiento,
que sus soldados le llevaron cautiva; o Alejandro, que prohibió
le presentasen, y se hizo escrúpulo hasta de ver la esposa
y hermana de Darío, caídas en su poder después
de gran victoria, y cuya belleza oía celebrar. Dejamos
este asunto para que lo discutan aquellos que tengan espacio y
talento. Observemos aquí que, según testimonios
históricos, verdaderos o falsos (cosa que ignoramos), Escipión
tuvo muy mala fama en su juventud. Es casi cierto que, contra
él, hizo estos versos el poeta Nevio:
"El mismo hombre cuyo brazo se ha ilustrado con tantas hazañas,
cuyo nombre resplandece de gloria, que atrae las miradas de las
naciones, en otro tiempo lo sacó su padre de casa de su
amante sin más vestidura que un manto."
Creo que estos versos indujeron a Valerio Ancias a contradecir
la opinión de todos los demás escritores acerca
de las costumbres de Escipión, diciendo en su historia
que la joven cautiva de que antes hablamos no fué devuelta
a su padre, sino que la conservó Escipión para sus
placeres».
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7) Cuando el Emperador César Augusto Germánico
(Domiciano), en la guerra en la cual ganó su título triunfando
sobre los germanos, construía fortalezas en territorio de los Cubii,
ordenó que fuera hecha una compensación por las cosechas
que había incluido dentro de sus fortalezas. Así el renombre
de su justicia ganó la lealtad de todos .
| Nota:
Año 83 de Nuestra Era.
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Capítulos
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y XII
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