SEXTO JULIO FRONTINO

«ESTRATAGEMAS»

LIBRO II

Capítulos I y II- III y IV - V y VI - VII y VIII - IX y X - XI y XII

Traducción y adaptación I. Nachimowicz

 

Frontino.

Habiendo dado clases de ejemplos en el Libro I que, como creo, bastarán para instruir a un general en aquellos asuntos que deben ser atendidos antes del principio de la batalla, presentaré a continuación en orden, ejemplos que tienen que ver con aquellas cosas que son, por lo general, hechas en la batalla misma, y luego aquellas que aparecen subsecuentes al enfrentamiento.
De aquellas que conciernen a la batalla misma, existen las siguientes clases :

I Sobre la elección del momento para la batalla.
II Sobre la elección del lugar para la batalla.
III Sobre la disposición de las tropas para la batalla.
IV Sobre cómo inspirar pánico en las filas enemigas.
V Sobre las emboscadas.
VI Sobre dejar escapar al enemigo, a menos que, acorralados, renueven la batalla desesperadamente. VII. Sobre cómo disimular reveses.
VIII. Sobre cómo restaurar la moral con firmeza.

Sobre las cuestiones que merecen atención después de la batalla, considero que existen las siguientes clases :

IX. Sobre cómo terminar la guerra después de un enfrentamiento victorioso.
X. Sobre cómo recomponer las pérdidas propias después de un revés.
XI. Sobre cómo asegurar la lealtad de aquellos de los que uno desconfía.
XII. Qué hacer para la defensa del campamento, en caso de que un comandante no confíe en sus actuales fuerzas.
XIII. Sobre las retiradas.

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IX. SOBRE CÓMO TERMINAR LA GUERRA DESPUÉS DE UN ENFRENTAMIENTO VICTORIOSO

1) Después que Cayo Mario hubo derrotado a los teutones en batalla, y la noche puso fin al conflicto, acampó alrededor del remanente de sus enemigos. Haciendo que un pequeño grupo de sus hombres levantara ruidosos gritos de vez en cuando, mantuvo al enemigo en estado de alarma y evitó que se aeguraran el descanso. Tuvo éxito así más fácilmente en aplastarlos el día siguiente, puesto que no habían tenido descanso alguno.

Nota: Año 102 a.de C.


2) Claudio Nerón, habiéndose encontrado con los cartagineses en su camino de España a Italia bajo el comando de Asdrúbal, los derrotó y lanzó la cabeza de Asdrúbal en el campamento de Aníbal. Consecuentemente, Aníbal quedó abrumado por la pena y el ejército abandonó toda esperanza de recibir refuerzos.

Nota: Año 207 a.de C. Livio 27:51 : «A la noticia de que se acercaban legados, todos los ciudadanos, de toda condición y edad, salieron a su encuentro, deseando verles los primeros, oír de su boca el relato de aquella brillante victoria. La multitud llegaba en apretada columna hasta el puente Mulvio, y en medio de aquel cortejo de ciudadanos, aquellas legados, que eran L. Veturio Filo, P. Licinio Varo y Q. Cecilio Metelo, llegaron al Foro, abrumados a preguntas, lo mismo que las personas de su comitiva, sabre los detalles de la batalla. Y cada cual, a medida que sabia que el ejército cartaginés quedaba destruido, muerto su general, las legiones romanas sanas y salvas y vivos los cónsules, se apresuraba a comunicar a los otros su regocijo. Trabajosamente se llegó así al Senado, costando mucho más trabajo separar a la mutlitud que se mezclaba con los senadores. Después de la lectura de la carta, fueron presentados los legados a la asamblea del pueblo. L. Veturio la leyó allí, y en seguida dió precisos detalles sobre todas las circunstancias. Unánimes aplausos recibieron sus palabras, acogiéndolas la asamblea con demostraciones de profunda alegría. Unos corrieron en seguida a los templos a dar gracias a 1os dioses, otros entraron en sus casas para participar a sus esposas e hijos aquella feliz noticia. El Senado, para mostrar su gratitud porque los cónsules M. Livio y C. Claudio sin sacrificar sus legiones habían destruido el ejército enemigo y dado muerte a su general, decretó tres días de acciones de gracias. El pretor C. Hostilio anunció esta ceremonia en la asamblea, y a ella concurrieron multitud de hombres y mujeres. Durante tres días estuvieron llenos todos los templos. Las damas romanas, con largos ropajes y seguidas por sus hijos, dieron gracias a los dioses inmortales coma si hubiese terminado la guerra y se viesen libres de todo temor para lo venidero. La situación de Roma mostraba la influencia de aquella victoria; desde entonces, como en plena paz, recobraron su curso los negocios; ventas, compras, préstamos, depósitos, todo se hizo con confianza. El cónsul Claudio, de regreso a su campamento, hizo arrojar delante de las empalizadas enemigas la cabeza de Asdrúbal, que había cuidado de conservar y llevar consigo: expuso a la vista de los cartagineses los prisioneros africanos cargados de cadenas, y hasta concedió la libertad a dos de ellos, encargándoles que fuesen a ver a Aníbal y a referirle todo lo que había ocurrido. Aterrado Aníbal por aquel golpe que hería al Estado y a su familia, dícese que exclamó "que reconocía la fortuna de Cartago." En seguida decampó y quiso reconcentrar en el Brucio, en los extremos de Italia, todas sus tropas auxiliares, que ya no podia tener diseminadas sin peligro, y aconsejó a todos los ciudadanos de Metaponto abandonar sus hogares y que marchasen a establecerse en el Brucio, y lo mismo a los lucanos que obedecían a Cartago».


3) Cuando Lucio Sila sitiaba Preneste, sujetó en las lanzas las cabezas de los generales prenestinos que habían sido muertos en batalla, y las exhibió a los sitiados habitantes, rompiendo así su obstinada resistencia.

Nota: Año 82 a.de C. Apiano, Guerras Civiles, 1:93-94 : «Sila, por consiguiente, temiendo por la ciudad, envió en vanguardia a su caballería, a toda prisa, para dificultar la marcha de aquéllos, y él, apresurándose con todo el ejército, acampó en la puerta Colina, en torno al mediodía, cerca del templo de Venus, cuando los enemigos estaban ya acampados alrededor de la ciudad. En un combate que tuvo lugar muy pronto, hacia la caída de la tarde, Sila resultó vencedor en el ala derecha, pero su ala izquierda fue derrotada y huyó hacia las puertas de la ciudad. Los ancianos, que estaban sobre las murallas, tan pronto como vieron a los enemigos que corrían mezclados con los suyos, hicieron caer las puertas por medio de la máquina. Éstas, al caer, mataron a muchos soldados y a numerosos senadores, pero el resto, impulsado por el miedo y la necesidad, se volvió contra el enemigo, luchó durante toda la noche y dio muerte a buen número de ellos. Entre los generales, quitaron la vida a Telesino y a Albino y se apoderaron de sus campamentos. Lamponio, el lucanio, Marcio, Carrina y todos aquellos otros generales de la facción de Carbo que estaban presentes huyeron. A resultas de este combate me parece que murieron por ambas partes cincuenta mil hombres. Sila asaeteó a los prisioneros, que fueron más de ocho mil, porque eran samnitas en su mayor parte. Al día siguiente, Marcio y Carrina fueron hechos prisioneros y conducidos ante Sila, quien no los perdonó por ser romanos, sino que los mató a ambos y envió sus cabezas a Lucrecio, en Preneste, para que las exhibiera alrededor de la muralla.
Cuando los de Preneste las vieron y se enteraron de que el ejército de Carbo había sido destruido en su totalidad, y que el propio Norbano había huido ya de Italia, y que el resto de Italia y Roma estaban enteramente en poder de Sila, entregaron la ciudad a Lucrecio. Mario se metió en un túnel bajo tierra y se suicidó al poco tiempo. Lucrecio cortó la cabeza de Mario y la envió a Sila, y éste, colocándola en mitad del foro, delante de la rostra, se rió, según cuentan, de la juventud del cónsul y dijo: «Hay que ser remero antes de empuñar el gobernalle» Una vez que Lucrecio tomó Preneste, mató de inmediato a algunos senadores que habían detentado cargos militares bajo Mario y a otros los puso en prisión; a estos últimos, Sila los hizo ajusticiar cuando llegó. A los que estaban en Preneste les ordenó avanzar a todos sin armas a la llanura y, cuando así lo hicieron, separó a aquellos que le habían servido de alguna utilidad, pocos en total, y a los demás les mandó que se dividieran en tres grupos, romanos, samnitas y prenestinos. Después que se hubieron dividido, hizo anunciar a los romanos mediante una proclama que también ellos habían hecho cosas merecedoras de la muerte, pero, no obstante, les concedió el perdón, y a los restantes los asaeteó a todos; sin embargo, dejó marchar indemnes a sus mujeres y a sus hijos. Y saqueó la ciudad, que se contaba entre las más ricas de aquel tiempo.
De esta forma fue capturada Preneste. En cambio, Norba, otra ciudad, resistía todavía con gran vigor hasta que Emilio Lépido penetró a traición en ella durante la noche. Sus habitantes, indignados por la traición, se suicidaron unos, otros se mataron mutuamente de forma voluntaria y otros se ahorcaron con lazos, algunos cerraron las puertas y prendieron fuego. Sobrevino un fuerte viento que alimentó la llama hasta tal punto que no hubo botín alguno de la ciudad».


4) Arminio, líder de los germanos, sujetó asimismo en lanzas las cabezas de los que él había matado, y ordenó que fueran traídas hasta las fortificaciones del enemigo.

Nota: Año 9 de Nuestra Era.


5) Cuando Domicio Corbulón sitiaba Tigranocerta y los armenios parecían hacer, del mismo modo, una defensa obstinada, Corbulón ejecutó a Vadando, uno de los nobles que había capturado, y tiró su cabeza por una balista, enviándola al vuelo dentro de las forificaciones del enemigo. Ocurrió que cayó en el medio de un consejo a que los bárbaros sostenían en ese mismo momento, y la vista de ella (como si fuera algún portento) los llenó de tal consternación que se apresuraron a rendir.

Nota: Año 60 de Nuestra Era.


6) Cuando Hermócrates, el siracusano, había derrotado a los cartagineses en batalla, y temía que los prisioneros, de los cuales había tomado un número enorme, fueran custodiados negligentemente, puesto que la triunfante terminación de la lucha podía incitar a los vencedores a la juerga y a la negligencia, fingió que la caballería del enemigo planeaba un ataque la noche siguiente. Inculcando este temor, tuvo éxito en tener a la guardia sobre los presos más cuidadosamente que lo habitual .


7) Cuando el mismo Hermócrates hubo alcanzado ciertos éxitos, y por esa razón sus hombres, con un espíritu de confianza excesiva, abandonaron toda moderación y se hundieron en un borracho estupor, él envió a un desertor dentro del campamento del enemigo para prevenir su huída, declarando que habían sido puestas emboscadas de los siracusanos por todas partes. Por el temor a éstas, el enemigo permaneció en el campamento. Habiéndolos así detenido, Hermocrates, al día siguiente, cuando sus propios hombres estaban en condiciones, cesó de tener cualquier gesto de misericordia con el enemigo y terminó la guerra.

Nota: Año 413 a.de C. Tucídides, 7:73 : «El siracusano Hermócrates, teniendo sospecha, y pensando que sería muy gran daño para los suyos que un ejército tan numeroso fuese por tierra y se rehiciese en algún lugar de Sicilia, desde donde después renovase la guerra, fue derecho a los gobernadores de la ciudad y les dijo que parasen mientes aquella noche en la partida de los atenienses, representándoles por muchas razones los daños y peligros que les podían ocurrir en adelante si les dejaban irse.Opinaba Hermócrates que toda la gente que había en la ciudad para tomar las armas, así de los de la tierra como de los aliados, fuese a tomar los pasos por donde los atenienses se podían salvar. Todos aprobaban este consejo de Hermócrates, pareciéndoles que decía verdad, mas consideraban que la gente estaba muy cansada del combate del día anterior, y quería descansar, por lo cual con gran trabajo obedecerían lo que les fuese mandado por sus capitanes. Además, al día siguiente se celebraba una fiesta a Hércules, en la cual tenían dispuestos grandes sacrificios para darle gracias por la victoria pasada, y muchos querían festejar y regocijar aquel día comiendo y bebiendo, por lo que nada sería más difícil que persuadirles se pusiesen en armas. Por esta razón no estuvieron de acuerdo con el parecer de Hermócrates. Viendo Hermócrates que en manera alguna lograba convencerles, y considerando que los enemigos podían aquella noche, reparándose, tomar los pasos de los montes que eran muy fuertes, ideó esta astucia. Envió algunos de a caballo con orden de que marchasen hasta llegar cerca de los alojamientos de los atenienses, de suerte que les pudiesen oír, y fingiendo ser algunos de la ciudad que seguían el partido de los atenienses, porque había muchos de éstos que avisaban a Nicias de la situación de las cosas de los siracusanos, llamaran a algunos de los de Nicias y les dijeran que aconsejaran a éste no moviese aquella noche el campamento si quería hacer bien sus cosas, porque los siracusanos tenían tomados los pasos, de manera que correría peligro si saliese de noche, porque no podría llevar su gente en orden, pero que al amanecer le sería fácil ir en orden de batalla con su gente para apoderarse de los pasos más a su salvo. Estas palabras las comunicaron los que las habían oído a los capitanes y jefes del ejército, quienes pensando que no había engaño ninguno determinaron pasar allí aquella noche y también el día siguiente. Ordenaron, pues, al ejército que todos se apercibiesen para partir de allí dentro de dos días, sin llevar consigo cosa alguna, sino sólo aquello que les fuese necesario para el uso de sus personas. Entretanto Gilipo y los siracusanos enviaron a tomar los sitios por donde creían que los atenienses habían de pasar, y principalmente los de los ríos, y pusieron en ellos su gente de guarda. Por otra parte los de la ciudad salieron al puerto, tomaron las naves de los atenienses y quemaron algunas, lo cual los mismos atenienses habían determinado hacer, y las que les parecieron de provecho se las llevaron reuniéndolas a las suyas, sin hallar persona que se lo pudiese impedir».


8) Cuando Milcíades derrotó a una gran hueste de persas en Maratón, y los atenienses perdían tiempo en regocijarse sobre la victoria, él los forzó apresurarse a llevar ayuda a la ciudad, a la cual la flota persa apuntaba. Habiéndose así adelantado al enemigo, llenó los muros con guerreros, de modo que los persas, pensando que el número de los atenienses era enorme y que ellos mismos habían encontrado un ejército en Maratón mientras que otro estaba ahora enfrentándolos en los muros, dieron vuelta a sus naves inmediatamente y pusieron curso para Asia.

Nota: Año 490 a.de C. Heródoto, 6:115-116 : «CXV. En efecto, los de Atenas con esta acometida se apoderaron de siete naves. Los bárbaros, haciéndoles retirar desde las otras, y habiendo otra tomado a bordo los esclavos de Eretria que habían dejado en una isla, siguieron su rumbo la vuelta de Sunio, con el intento de dejarse caer sobre la ciudad, primero que llegasen allá los Atenienses. Corrió por válido entre los Atenienses, que por artificio de los Alcmeonidas formaron los Persas el designio de aquella sorpresa, fundándose en que estando ya los Persas en las naves levantaron ellos el escudo, que era la señal que tenían concertada.
CXVI. Continuaban los Persas doblando a Sunio, cuando los Atenienses marchaban ya a todo correr al socorro de la plaza, y habiendo llegado antes que los bárbaros, atrincheráronse cerca del templo de Hércules en Cinosarges, abandonando los reales que cerca de otro templo de Hércules tenían en Maraton. Los bárbaros, pasando con su armada más allá de Falero, que era entonces el arsenal de los Atenienses, y mantenidos sobra las áncoras, dieron después la vuelta hacia el Asia».



9) Cuando la flota de los megarianos se acercó a Eleusis por la noche con el objeto de secuestrar a las matronas atenienses que habían hecho sacrificio a Ceres, Pisístrato, el ateniense, se trabó en combate y, matando despiadadamente al enemigo, vengó a sus paisanos. Entonces llenó estas mismas naves capturadas con soldados atenienses, colocando a ciertas matronas a la vista vestidas como cautivas. Los megarianos, engañados por estas apariencias, pensando que su propia gente navegaba detrás, y, coronados también con la victoria, coriieron a su encuentro en desorden y sin armas, con lo cual fueron derrotados por segunda vez .

Nota: Año 604 a.de C. Plutarco, Solón, 8 : «Fatigados los habitantes de la ciudad de la larga y molesta guerra que por Salamina habían sostenido con los de Mégara, habían establecido por ley que nadie hiciese propuesta escrita o hablada de que se recobrara Salamina, pena de muerte al que contraviniese. Llevaba mal Solón esta ignominia; y viendo que muchos de los jóvenes no deseaban más sino que se buscase cómo comenzar la guerra, no atreviéndose a tomar la iniciativa por causa de la ley, fingió estar fuera de juicio, e hizo que de su casa se esparciera esta misma voz de que estaba perturbado. Trabajó en tanto, sin darlo a entender, un poema elegíaco, que aprendió hasta tomarlo de memoria; y hecho esto, repentinamente se dirigió a la plaza con un gorro en la cabeza. Concurrió gran gentío, y entonces, poniéndose sobre la piedra destinada al pregonero, recitó cantando su elegía, que empezaba así: De Salamina vengo, la envidiable, y este lugar en vuestra junta ocupo para cantaros deleitables versos. Intitúlase este poema Salamina, y es de cien versos, trabajado con mucha gracia; lo cantó, pues, y aplaudiendo sus amigos, y sobre todo exhortando y conmoviendo Pisístrato a los ciudadanos para que diesen asenso a lo que habían oído, abolieron la ley, y otra vez clamaron por la guerra, poniendo a Solón al frente de ella. La opinión popular acerca de esto es que encaminándose a Colfada con Pisístrato y encontrando allí a todas las mujeres ocupadas en hacer a Deméter el solemne y público sacrificio, envió a Salamina un hombre de su confianza, el cual había de fingir que se pasaba voluntariamente, y había de incitar a los Megarenses a que sin dilación navegasen a Colíada, si querían hacerse dueños de las mujeres más principales de los Atenienses. Dándole los Megarenses crédito, enviaron gente en una nave; y luego que Solón la vio zarpar de la isla, mandó a las mujeres que se retirasen, y adornando al punto con los vestidos, las cintas y los calzados de éstas a aquellos jóvenes más tiernos, a quienes todavía no apuntaba la barba, y armándolos asimismo de puñales ocultos, les dio la orden de que juguetea sen e hiciesen danzas en la orilla del mar, hasta que arribasen los enemigos y la nave se les pusiese a tiro. Hecho todo como se había dispuesto, los Megarenses se engañaron con el aspecto; acercáronse, y echaron pie a tierra, como que iban a trabar de unas mujeres; y así no escapó ninguno, sino que todos perecieron, y los Atenienses, haciéndose al mar, recobraron al punto la isla».


10) Cimón, el general ateniense, habiendo derrotando a la flota de los persas cerca de la isla de Chipre, armó a sus hombres con las armas de los prisioneros y en las propias naves de los bárbaros pusieron vela para encontrar al enemigo en Panfilia, cerca del río Eurimedonte. Los persas, reconociendo los barcos y la vestimenta de los que estaban parados en cubierta, estaban absolutamente sin guardia. Así, en el mismo día fueron repentinamente masacrados en dos batallas, una en el mar y otra en tierra.

Nota: Año 466 a.de C. Diodoro Sículo, 11:61 : «Entonces Cimon, no satisfecho con una victoria de tal magnitud, puso vela inmediatamente con su flota entera contra el ejército persa de tierra, que entonces acampaba en la ribera del río Eurimedonte. Y deseando superar a los bárbaros por medio de una estratagema, tripuló las naves persas capturadas con sus mejores hombres, dándoles tiaras para sus cabezas y arropándolos en general a la manera persa. Los bárbaros, tan pronto como la flota se acercó, fueron engañados por las naves y las vestimentas persas y supusieron que los triremes eran los propios. Por lo tanto recibieron a los atenienses como si fueran amigos. Y Cimon, habiendo caído la noche, desembarcó a sus soldados, y siendo recibido por los persas como amigo, cayó sobre su campamento. Un gran tumulto se armó entre los persas, y los soldados de Cimon redujeron a todos los que vinieron a su paso, y capturando en su tienda a Ferendates, uno de los dos generales de los bárbaros y sobrino del rey, lo mataron; y en cuanto al resto de los persas, algunos fueron reducidos y otros heridos, y todos, debido a lo inesperado del ataque, forzados a huir. En una palabra, prevaleció entre los persas tal consternación y desconcierto que la mayor parte incluso no supo quiénes eran los que atacaban»

 

X. SOBRE CÓMO RECOMPONER LAS PÉRDIDAS PROPIAS DESPUÉS DE UN REVÉS.

1) Cuando Tito Didio guerreaba en España y había librado un enfrentamiento extremadamente cruel, al cual la oscuridad puso final, dejando una gran cantidad de muertos por ambos lados, previó el entierro por la noche de muchos cuerpos de sus hombres. Al día siguiente, los españoles, saliendo a realizar una tarea similar, encontraron más de sus hombres muertos que de los romanos, y arguyendo según este cálculo que los habían vencido, entraron en términos con el comandante romano.

Nota: Años 98 a 93 a.de C.


2) Tito Marcio, caballero romano, que estaba a cargo de los restos del ejército [de los Escipiones] en España, viendo cerca dos campamentos de los cartagineses distantes algunas millas uno de otro, exhortó a sus hombres y atacó el campamento más cercano entrada la noche. Dado que el enemigo, enardecido con la victoria, estaba sin organización, Marcio con su ataque no dejó ni un solo hombre para divulgar el desastre. Concediendo a sus tropas apenas la pausa más breve para el descanso, y rezagando las noticias de su hazaña, atacó el segundo campamento la misma noche. Así, con un doble éxito, destruyó a los cartagineses en ambos lugares y restauró al pueblo romano las perdidas provincias de España.

Nota: Año 66 a.de C.


3) Cuando Cayo César estaba a punto de contender con Farnaces, el hijo de Mitrídates, preparó su línea de batalla sobre una colina. Este movimiento le hizo fácil la victoria, ya que los dardos, lanzados desde tierras más altas contra los bárbaros que cargaban desde abajo, les pusieron inmediatamente en fuga.

Nota: Año 212 a.de C. Livio, 25:37 : «Cuando parecía destruido el ejército y perdida España para los romanos, un hombre solo restableció los desesperados asuntos. En el ejército romano había un caballero llamado L. Marcio, hijo de Septimio, joven muy activo y cuyo valor e ingenio eran muy superiores a su condición. Tan excelentes disposiciones se habían perfeccionado en la escuela de Cn. Escipión, bajo cuyas órdenes había aprendido en tantos años todos los secretos del arte de la guerra. Este joven, después de recoger los restos del ejército derrotado y haberlos reforzado con todo lo que pudo extraer de las guarniciones, formó un cuerpo bastante considerable, a cuyo frente se reunió con T. Fonteyo, teniente de Escipión. Un simple caballero romano tuvo entonces bastante influencia entre los soldados, para que, cuando se hubieron fortificado allende el Ebro, y hubo que nombrar un general en los comicios militares, los soldados que iban a votar, al relevarse en las guardias de las fortificaciones y de los puestos, por unánime consentimiento le otorgasen el mando en jefe. Todo el tiempo (y fué muy corto) que precedió a la llegada del enemigo, se empleó en fortificar el campamento y en aprovisionarlo, ejecutándose las órdenes con tanto celo como intrepidez. Pero a la noticia de que Asdrúbal Gisgón se acercaba después de haber pasado el Ebro para destruir el resto del ejército y que avanzaba a marchas forzadas; a la vista de la señal de batalla dada por el nuevo jefe, recordando los soldados qué generales tenían en otro tiempo, con qué jefes y con qué compañeros estaban acostumbrados a marchar al combate, comenzaron a llorar y a golpearse la frente; unos alzaban las manos al cielo como para acusar a los dioses; otros, tendidos en el suelo, invocaban a su antiguo general. La desolación no la calmaban ni las exhortaciones de los centuriones ni las palabras suaves o severas de Marcio: "¿Por qué se deshacían en llanto como tímidas mujeres, en vez de aguijonear su valor para defenderse ellos y defender la república y pensar en vengar la muerte de sus generales?" De pronto oyen el sonido de las bocinas y los gritos de los enemigos que se acera caban a los parapetos; la ira sucede en el acto a la desesperación; los romanos, en un acceso de rabia, se precipitan a las puertas y caen sobre los cartagineses que avanzaban negligentemente y en desorden. Aquella brusca salida difunde en el acto el terror en sus filas; sorpréndeles ver tantos enemigos levantarse inopinadamente contra ellos, después de la pérdida de su ejército casi entero. ¿De dónde proceden tanta audacia y confianza en enemigos vencidos y fugitivos? ¿Qué general había reemplazado a los dos Escipiones muertos? ¿quién mandaba en aquel campamento? ¿quién había dado la señal del combate? Después de estas múltiples preguntas sobre tantas cosas imprevistas, quedan al pronto inciertos y estupefactos y retroceden; atacados en seguida con sumo vigor, vuelven la espalda. Espantosa matanza hubieran hecho los romanos, o se habrían dejado llevar a una persecución temeraria y peligrosa, si Marcio no se hubiese apresurado a mandar retirada, y si colocado delante de las enseñas de las primeras filas y reteniendo él mismo algunos soldados, no hubiera puesto término a la pelea y recogido al campamento sus tropas ávidas aún de sangre y de matanza. Los cartagineses, rechazados primeramente lejos de las fortificaciones, viendo que nadie les perseguía, atribuyeron a temor la retirada de los romanos y volvieron a su campamento con la lentitud que inspira el desprecio. Igual negligencia tuvieron en guardarlo; porque si bien estaba cerca el enemigo, al fin lo constituían los restos de dos ejércitos destrozados pocos días antes. Informado Marcio de que la negligencia de los cartagineses se extendía a todo, después de reflexionar bien en ello, formó un proyecto que, al pronto, parecía más temerario que atrevido: el de atacarles en sus mismos parapetos; creyendo que le sería más fácil apoderarse del campamento de Asdrúbal solo, que defender el suyo contra los tres ejércitos y los tres generales reunidos de nuevo: además, el éxito de esta empresa restablecería las cosas; y si quedaba rechazado, el ataque que iba a dar demostraría al menos que no era enemigo despreciable».


4) Cuando Antipater contempló el ejército de los peloponesios, que se había reunido para atacar a sus autoridades al oír de la muerte de Alejandro, fingió no entender con que objetivo habían venido, y les agradeció por haberse reunido para ayudar a Alejandro contra los espartanos, añadiendo que escribiría al rey sobre esto (1). Pero en vista de que no necesitaba su ayuda en el presente, los urgió a irse a casa, y por esta declaración disipó el peligro que lo amenazaba por el nuevo orden de los asuntos (2).

Nota 1: Es decir, actuó intencionalmente asumiendo que ellos no habían oído de la muerte de Alejandro, aunque él sabía que esta proposición era falsa.


Nota 2: Año 331-330 a.de C.


5) Cuando Escipión el Africano guerreaba en España, fue traída ante él, entre las mujeres cautivas, una noble doncella de belleza superior quién atrajo las miradas de cada uno. Escipión la cuidó con los mayores esfuerzos y la restauró a su prometido, Alucio por nombre, presentándole asimismo, como regalo de matrimonio, el oro que sus padres habían traído a Escipión como rescate. Vencido por esta múltiple generosidad, la tribu entera se alió con el gobierno de Roma.

Nota: Año 210 a.de C. Livio, 26:50 : «Poco después los soldados llevaron a su presencia a una princesa joven, de tan peregrina hermosura, que atraía todas las miradas a su paso. Escipión se informó de su patria y su familia, enterándose, entre otras cosas, de que era la prometida de un jefe de los celtibéricos, llamado Alucio. En seguida llamó a los padres y al futuro esposo, y sabiendo que amaba apasionadamente a la joven cautiva, le dirigió a su llegada las palabras más afectuosas, antes de dar audiencia a los padres. "Soy joven y hablo a un joven, por lo que pueden tener más libertad mis palabras. Al traerme mis soldados cautiva a tu prometida, hanme dicho que la amas con pasión, y su belleza me lo ha hecho creer fácilmente. Mi edad me permitiría también entregarme a las dulzuras del amor casto y legítimo, si los intereses de la república no ocupasen por completo mi corazón, y hasta creería digno de indulgencia el exceso mismo de mi pasión por una joven esposa; debo, pues, ya que la fortuna me lo permite, favorecer también tu amor. Tu prometida ha sido respetada en mi campamento como lo habría sido en casa de sus padres. Te la he conservado como inviolable depósito para hacerte un regalo digno de ti y de mí. El único precio que pongo a este favor, es que seas amigo del pueblo romano; si me crees honrado, como mi padre y mi tío se presentaron a estas naciones, sabe que en Roma hay muchos ciudadanos que se me parecen, y que hoy no existe en la tierra pueblo del que, por ti y por tu patria, debas temer tanto el odio y buscar la amistad." El joven, confuso y a la vez rebosando alegria, tomó la mano de Escipión y conjuró a todos los dioses para que se encargaran de su agradecimiento, pues que él no podía pagar dignamente aquel beneficio. En seguida presentaron al padre, la madre y parientes de la joven cautiva, quienes habían traído considerable cantidad de dinero para rescatarla; pero viendo que Escipión se la entregaba sin rescate, rogáronle que aceptase aquella cantidad a título de regalo, asegurándole que no agradecerían menos aquel nuevo favor que su primer beneficio. Vencido Escipión por su insistencia, contestó que aceptaba, hizo colocar el oro a sus pies, y dirigiéndose en seguida a Alucio, dijo: "Además de la dote que recibirás de tu suegro, recibe de mí ese regalo de boda", invitándole en el acto a que hiciese retirar el oro y dispusiese de él como suyo. Colmado Alucio de honores y beneficios, se retiró regocijado; y de regreso en su país, no cesó de hablar a sus compatriotas de las virtudes de Escipión, "joven héroe, parecido solamente a los dioses, venido a España para subyugar todo con sus armas, su clemencia y generosidad." Por esta razón se apresuró a hacer levas entre sus clientes y volvió pocos días después a presentarse a Escipión al frente de mil cuatrocientos jinetes escogidos».


6) La historia discurre que Alejandro de Macedonia, igualmente, habiendo tomado cautiva a una doncella de belleza sobresaliente, prometida en matrimonio al jefe de una tribu vecina, la trató con tal extrema consideración que se abstuvo hasta de mirarla fijamente. Cuando la doncella fue devuelta más tarde a su amante, Alejandro, a consecuencia de esta gentileza, se aseguró el apoyo de toda la tribu.

Nota: Aulo Gelio, Noches Aticas, 6:8 : «El griego Apión, denominado Plistonices, escritor notable por la abundancia y variedad de su elocución, dijo, en sus alabanzas a Alejandro, que este príncipe prohibió que hiciesen comparecer a su presencia la esposa de su enemigo vencido, mujer de rara belleza, a fin de librar a su pudor hasta de la ofensa de una mirada. Con este motivo creo podría proponerse una cuestión que sería muy curiosa: la de saber cuál de los dos debe considerarse más continente, si Escipión el Africano, que después de la toma de Cartagena, ciudad importante de España, devolvió virgen y pura a su padre una joven núbil, admirablemente hermosa y de ilustre nacimiento, que sus soldados le llevaron cautiva; o Alejandro, que prohibió le presentasen, y se hizo escrúpulo hasta de ver la esposa y hermana de Darío, caídas en su poder después de gran victoria, y cuya belleza oía celebrar. Dejamos este asunto para que lo discutan aquellos que tengan espacio y talento. Observemos aquí que, según testimonios históricos, verdaderos o falsos (cosa que ignoramos), Escipión tuvo muy mala fama en su juventud. Es casi cierto que, contra él, hizo estos versos el poeta Nevio:
"El mismo hombre cuyo brazo se ha ilustrado con tantas hazañas, cuyo nombre resplandece de gloria, que atrae las miradas de las naciones, en otro tiempo lo sacó su padre de casa de su amante sin más vestidura que un manto."
Creo que estos versos indujeron a Valerio Ancias a contradecir la opinión de todos los demás escritores acerca de las costumbres de Escipión, diciendo en su historia que la joven cautiva de que antes hablamos no fué devuelta a su padre, sino que la conservó Escipión para sus placeres».


7) Cuando el Emperador César Augusto Germánico (Domiciano), en la guerra en la cual ganó su título triunfando sobre los germanos, construía fortalezas en territorio de los Cubii, ordenó que fuera hecha una compensación por las cosechas que había incluido dentro de sus fortalezas. Así el renombre de su justicia ganó la lealtad de todos .

Nota: Año 83 de Nuestra Era.


 

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