SEXTO JULIO FRONTINO

«ESTRATAGEMAS»

LIBRO II

Capítulos I y II- III y IV - V y VI - VII y VIII - IX y X - XI y XII

Traducción y adaptación I. Nachimowicz

 

Frontino.

Habiendo dado clases de ejemplos en el Libro I que, como creo, bastarán para instruir a un general en aquellos asuntos que deben ser atendidos antes del principio de la batalla, presentaré a continuación en orden, ejemplos que tienen que ver con aquellas cosas que son, por lo general, hechas en la batalla misma, y luego aquellas que aparecen subsecuentes al enfrentamiento.
De aquellas que conciernen a la batalla misma, existen las siguientes clases :

I Sobre la elección del momento para la batalla.
II Sobre la elección del lugar para la batalla.
III Sobre la disposición de las tropas para la batalla.
IV Sobre cómo inspirar pánico en las filas enemigas.
V Sobre las emboscadas.
VI Sobre dejar escapar al enemigo, a menos que, acorralados, renueven la batalla desesperadamente. VII. Sobre cómo disimular reveses.
VIII. Sobre cómo restaurar la moral con firmeza.

Sobre las cuestiones que merecen atención después de la batalla, considero que existen las siguientes clases :

IX. Sobre cómo terminar la guerra después de un enfrentamiento victorioso.
X. Sobre cómo recomponer las pérdidas propias después de un revés.
XI. Sobre cómo asegurar la lealtad de aquellos de los que uno desconfía.
XII. Qué hacer para la defensa del campamento, en caso de que un comandante no confíe en sus actuales fuerzas.
XIII. Sobre las retiradas.

Capítulos I y II - III y IV - V y VI - VII y VIII - IX y X - XI y XII

 

 

XII. QUÉ HACER PARA LA DEFENSA DEL CAMPAMENTO, EN CASO DE QUE UN COMANDANTE NO CONFÍE EN SUS ACTUALES FUERZAS

1) El cónsul Tito Quincio, cuando los volscos estaban a punto de atacar su campamento, mantuvo sólo una cohorte en servicio, y despidió al resto del ejército a tomar su descanso, ordenando a los trompetas que montaran a sus caballos e hicieran la ronda del campamento haciendo sonar sus trompetas. Exhibiendo esta apariencia de fuerza, mantuvo al enemigo lejos a lo largo de la noche. Entonces al amanecer, atacándolos por una salida de combate repentino, cuando los volscos estaban agotados por la vigilia, los derrotó fácilmente.

Nota: Año 468 a.de C. Livio 2:64-65 : «64. A fines de este año se obtuvo un poco de paz, pero turbada, corno de ordinario, por la lucha de los patricios y del pueblo. Irritado éste, no quiso tomar parte en los comicios consulares; nombrando cónsules los patricios y sus clientes a T. Quincio y Q. Servilio. El año de su magistratura se pareció al anterior, comenzando con sediciones que calmaron después ante la guerra extranjera. Los sabinos atravesaron precipitadamente el territorio de Crustumerio, llevando la matanza y los incendios a las orillas del Anio y casi habían llegado a la puerta Colina, bajo los muros de Roma, cuando les rechazaron. Retiráronse, sin embargo, con inmenso botín, tanto en hombres como en ganados. El cónsul Servilio les persiguió al frente de un ejército que no respiraba más que venganza, y, no pudiendo alcanzarles en campo raso, llevó tan lejos las devastaciones, que por todas partes no dejó más que ruinas, y regresó a Roma cargado de despojos de todo género. Brillantes triunfos se consiguieron contra los volscos, debidos tanto al general oomo a los soldados. Libróse primeramente un combate en campo raso, y por ambas partes resultaron muchos muertos y muchos más heridos: los romanos, cuyo reducido número hacía las pérdidas más sensibles, estaban a punto de retroceder, cuando el cónsul, con ingeniosa mentira, les reanimó gritando que los volscos huían en en la otra ala. Precipitanse sobre el enemigo, y, creyéndose vencedores, llegan a serlo en efecto. Temiendo el cónsul que una tenaz persecución reprodujese el combate, hizo dar la señal de retirada. Muchos días pasaron durante los cuales los dos ejércitos descansaron, como en virtud de tregua tácita; entre tanto llegaron fuertes refuerzos al campamento enemigo de todos los pueblos de los equos y de los volscos. Teniendo por cierto que si los romanos llegaban a enterarse, se retirarían a favor de la oscuridad, el enemigo avanzó para atacar su campamento cerca de la tercera vigilia. Después de calmar Quincio el tumulto ocasionado por aquella repentina alarma, mandó a los soldados que permaneciesen tranquilos en las tiendas, y colocó en observación la cohorte de los hérnicos; al mismo tiempo hace cabalgar a los que tocaban los cuernos y las bocinas, con orden de tocar delante del campamento y mantener al enemigo en alarma hasta el amanecer. De tal manera tranquila fué el resto de la noche en el campamento, que los romanos hasta pudieron entregarse al sueño. Los volscos por su parte, a la vista de aquellos peones que suponían más numerosos y que creyeron romanos, ante la inquietud y relinchos de aquellos caballos que extrañaban el peso de jinete desconocido y el ruido que resonaba en sus orejas, permanecieron alerta cual si esperasen un ataque.
65. Al amanecer, los romanos, descansados merced a largo sueño, avanzaron contra los volscos, cansados por haber permanecido de pie y sin dormir toda la noche; sin embargo, retirada fué la suya más bien que derrota, porque a su espalda se alzaban colinas, en las que encontraron seguro refugio sus líneas, que permanecían intactas, exceptuando la primera. Al llegar el cónsul ante aquella desventajosa posición, detuvo al ejército: el soldado se irrita al verse detenido, grita y pide completar su victoria. La caballería se muestra más impaciente aún, y rodea al general, vociferando que se adelantará a las enseñas. El cónsul vacilaba, y, aunque seguro del valor de los soldados, desconfiaba del terreno. Entonces exclaman que van a marchar, y así lo hacen, clavando las lanzas en el suelo para trepar con más ligereza, y suben a la carrera. Agotan los volscos sus armas arrojadizas para rechazar aquel ataque; y en seguida arrancan pedazos de roca y las hacen rodar sobre los que suben. Las filas se deshacen ante los redoblados golpes de un enemigo, que les agobia desde lo alto de su posición. El ala izquierda queda casi aplastada, y ya iban a huir, si increpándoles el cónsul por aquella conducta imprudente y cobarde a la vez, no hubiese sobrepuesto en ellos el honor al miedo. Detuviéronse al pronto, decididos a no ceder, y como conservan su posición y sienten renacer sus fuerzas, se atreven a seguir adelante. Lanzando entonces de nuevo el grito de guerra, pónese en movimiento todo el ejército; recobra el brío, redobla los esfuerzos y sube la pendiente más escarpada, llegando ya a la cumbre de la colina, cuando el enemigo emprendió la fuga. Confundidos en rápida carrera vencedores y vencidos, como formando un solo ejército, penetraron juntos en el campamento, del que se apoderaron los romanos a favor del desorden. Los volscos que pudieron escapar, se refugian en Anzio; pero allí llegó el ejército romano, y la ciudad se rindió después de algunos días de sitio, no porque los sitiadores hiciesen nuevos esfuerzos, sino porque había decaído el valor de los volscos a consecuencia de la derrota y de la pérdida del campamento».


2) Quinto Sertorio, estando en España, fue completamente sobrepasado por la caballería del enemigo, que en su confianza excesiva avanzó hasta sus mismas fortificaciones. En consecuencia durante la noche construyó trincheras y preparó su línea de la batalla delante de ellos. Entonces, cuando la caballería se aproximó, como era su costumbre, él retiró su línea. El enemigo, siguiéndolo pegado a sus talones, cayó en las trincheras y así fue derrotado.

Nota: Años 80-72 a.de C.


3) Cares, el comandante ateniense, esperaba refuerzos en una ocasión, pero temió que mientras tanto el enemigo, despreciando su pequeña fuerza, atacara su campamento. Por lo tanto ordenó que varios de los soldados bajo su orden salieran por la noche por la retaguardia del campamento, y volvieran por una ruta donde fueran claramente observados por el enemigo, creando así la impresión que llegaban fuerzas frescas. De esta manera, se defendió fingiendo refuerzos, hasta que se vió equipado con aquellos a los que él esperaba.

Nota: Años 366 a 338 a.de C.


4) Ifícrates, el ateniense, acampado en una ocasión en tierras bajas, se enteró que los tracios tenían la intención de bajar de las colinas, de las cuales había sólo un camino de descenso, con el objetivo de saquear su campamento por la noche. Por lo tanto, condujo en secreto a sus tropas y las apostó a ambos lados del camino sobre el cual los tracios debían pasar. Entonces, cuando el enemigo descendió sobre el campamento, un gran número de fuegos de vigilancia, armados por las manos de unos pocos hombres, produjo la impresión que una gran hueste estaba todavía allí, permitiendo que Ifícrates los atacara por los flancos y los aplastara.

Nota: Año 389 a.de C. Esta historia ya fue contada en 1:5 § 24 : Polieno, 3:9 § 50 : «En una expedición que Ifícrates hizo en Tracia, acampó en una planicie bordeada por una montaña, donde había sólo una salida por un puente estrecho, que los tracios debían pasar por la noche para atacar. Hizo encender un gran número de fuegos en su campamento, y saliendo con sus tropas, corrió a esconderse en los bosques que estaban al pie de la montaña, al lado del puente, y esperó en descanso. Los tracios pasaron el puente, y atraídos por los fuegos que ellos veían llegaron hasta el campamento, a la espera de encontrar a los enemigos. Ifícrates salió entonces del bosque atravesó el puente con sus tropas e hizo su retirada en seguridad».


5) Ifícrates, el ateniense, habiendo descubierto que el enemigo comía regularmente a la misma hora, mandó que sus propias tropas comieran a una hora más temprana, y luego los condujo a luchar. Cuando el enemigo avanzó, él los detuvo de tal manera como para no permitirles enfrentamientos o retiradas. Entonces, a medida que el día finalizaba, él condujo sus tropas de regreso, pero sin embargo las mantuvo en armas. El enemigo, agotado por estar de pie en la línea como por el hambre, se alejó inmediata y rápidamente para descansar y comer, momento en el cual Ifícrates condujo otra vez sus tropas adelante, y encontrando al enemigo desorganizado, atacó su campamento.

Nota: Polieno, 3:9 § 53 : «Ifícrates acampó en presencia de los enemigos, observando que comían cada día a la misma hora. Él ordenó a sus tropas que comieran de madrugada; y cuando esto fue hecho, atacó a los enemigos, sobre los cuales no dejó en absoluto de tirar hasta la tarde. Cuando ambos ejércitos se hubieron separado, los enemigos se dirigieron a cenar. Ifícrates, cuyas tropas ya habían comido, se abatió sobre esta gente que se disponía a comer e hizo una gran carnicería».

 

XIII. SOBRE LAS RETIRADAS

 

1) Cuando los galos estaban a punto de luchar con Atalo, llevaron todo su oro y plata a guardias confiables, con instrucciones de dispersarse, en caso de que sus fuerzas fueran derrotadas en batalla, a fin de que así el enemigo estuviera ocupado en recoger los despojos y ellos pudieran escapar más fácilmente.

Nota: Cicerón, En Defensa de la Ley Manilia, 9, atribuye esta estratagema a Mitrídates : «Acaso se pregunte: Siendo esto así, ¿ha de ser grande la guerra que por hacer quede? Vais a saberlo, romanos, porque no parece inmotivada la pregunta. Primeramente huyó Mitrídates de su reino como, según se dice, huyó en otro tiempo Medea del mismo Ponto. Cuéntase de ésta que en su fuga iba dejando los miembros de su hermano en el camino por donde su padre la seguía para que el cuidado de recogerlos y el dolor paternal retardaran la actividad en perseguirla. Así huía Mitrídates abandonando en el Ponto grandes cantidades de oro y plata, y multitud de objetos preciosos que en parte había heredado de sus antepasados, y en parte acumulado en su reino al saquear en la guerra anterior toda el Asia, y mientras los nuestros se apoderaban con avidez de aquellas riquezas, el rey se les fué de las manos. Como el dolor retardaba al padre de Medea, la alegría retardó a nuestros soldados».


2) Trifón, rey de Siria, habiendo sido derrotado, desparramó dinero todo a lo largo de la línea de su retirada. Mientras la caballería de Antíoco se demoraba en recoger esto, él efectivizó su escape.

Nota: Año 134 a.de C.


3) Quinto Sertorio, derrotado en batalla por Quinto Metelo Pío, convencido que ni una retirada organizada era segura, ordenó a sus soldados que se desbandaran y retiraran, informándoles en que punto deseaba volver a reunirlos.

Nota: Año 75 a.de C. Plutarco, Pompeyo, 19 : «Engreído con este suceso, y deseoso de que Metelo no tuviese parte en la victoria, se dio priesa a ir en busca del mismo Sertorio. Alcanzóle junto al río Júcar al caer ya la tarde, y allí trabaron la batalla, temerosos de que sobreviniese Metelo, para pelear solo el uno, y el otro para pelear con uno sólo. Fue indeciso y dudoso el término de aquel encuentro, porque venció alternativamente una de las alas de uno y otro; pero en cuanto a los generales, llevó lo mejor Sertorio, porque puso en huída el ala que le estuvo opuesta. A Pompeyo le acometió desmontado un hombre alto de los de caballería, y habiendo venido ambos al suelo a un tiempo, al volver a la lid pararon en las manos de uno y otro los golpes de las espadas, aunque con suerte desigual, porque Pompeyo apenas fue lastimado, pero al otro le cortó la mano. Cargaron entonces muchos sobre él, estando ya en fuga sus tropas, y se salvó maravillosamente por haber abandonado a los enemigos su caballo, adornado magníficamente con jaeces de oro de mucho valor; porque enredados los enemigos en la partición y altercando sobre ella, le dieron lugar para huir. A la mañana siguiente volvieron ambos a la batalla con ánimo de hacer que se declarase la victoria; pero como sobreviniese Metelo, se retiró Sertorio, dispersando su ejército; porque éste era su modo de retirarse, y luego volvía a reunirse la gente; de manera que muchas veces andaba errante Sertorio solo, y muchas veces volvía a presentarse con ciento cincuenta mil hombres, a manera de torrente que repentinamente crece. Pompeyo, cuando después de la batalla salió al encuentro a Metelo y estuvieron ya cerca, dio orden de que se le rindieran a éste las fasces, acatándole como preferente en honor; pero Metelo lo resistió, porque en todo se conducía perfectamente con él, no arrogándose superioridad alguna ni por consular ni por más anciano. Solamente cuando acampaban juntos, la señal se daba a todos por Metelo; pero por lo común acampaban separados, contribuyendo a que tuvieran que estar distantes la calidad del enemigo, que usaba de diferentes artes, y, siendo diestro en aparecerse repentinamente por muchos lados, obligaba a mudar también los géneros de combate; tanto, que, por último, inter ceptándoles los víveres, saqueando y talando el país y haciéndose dueño del mar, los arrojó de la parte de España que le estaba sujeta, precisándolos a refugiarse en otras provincias por carecer absolutamente de provisiones».


4) Viriato, el líder de los lusitanos, logró salir de una difícil posición y de la amenaza de nuestras tropas, por el mismo método que Sertorio, desbandando sus fuerzas y luego volviendo a reunirlas.

Nota: Años 147 a 139 a.de C. Apiano, Sobre Iberia, 62 : «Encendidos sus ánimos y recobradas las esperanzas, lo eligieron general. Después de desplegar a todos en línea de batalla como si fuera a presentar combate, les dio la orden de que, cuando él se montara a caballo, escaparan disgregándose en muchas direcciones como pudiesen por rutas muy distintas en dirección a la ciudad de Tríbola y que le aguardaran allí. Él eligió sólo a mil y les ordenó colocarse a su lado. Una vez efectuadas estas disposiciones, escaparon al punto, tan pronto como Viriato montó a caballo, y Vetilio, temeroso de perseguirles a ellos que habían escapado en muchas direcciones, dio la vuelta y se dispuso a luchar con Viriato, que permanecía quieto y aguardaba a que llegara el momento de atacar. Viriato, con caballos mucho más veloces, lo mantuvo en jaque, huyendo a veces y otras parándose de nuevo y atacando, y consumió aquel día y el siguiente completos en la misma llanura cabalgando alrededor. Y cuando calculó que los otros tenían ya asegurada su huida, entonces, partió por la noche por caminos no usados habitualmente y, con caballos mucho más rápidos, llegó a Tríbola sin que los romanos fueran capaces de perseguirlo a causa del peso de sus armas, de su desconocimiento de los caminos y la inferioridad de sus caballos. De esta manera, de modo inesperado, salvó a su ejército de una situación desesperada. Cuando esta estratagema llegó al conocimiento de los pueblos bárbaros de esta zona, le reportó un gran prestigio y se le unieron muchos desde todos los lugares. Y durante ocho años sostuvo la guerra contra Roma».


5) Horacio Cocles, cuando el ejército de Porsenna le presionaba con fuerza, ordenó que sus partidarios volvieran sobre el puente a la Ciudad, y luego destruir el puente a fin de que el enemigo no pudiera seguirlos. Mientras esto se hacía, él mismo, como defensor de la cabeza de puente, sostuvo al enemigo que avanzaba. Entonces, cuando el estruendo le dio a entender que el puente había sido destruido, se lanzó a la corriente, y nadó a través de ella con su armadura, aunque agotado como estaba por las heridas .

Nota: Año 507 a.de C. Livio, 2:10 : «Al acercarse el enemigo, los campesinos se refugiaron en la ciudad, que quedó rodeada de numerosas guardias. Parecía bien defendida de un lado por las murallas y del otro por el Tíber, que corría entre la ciudad y los contrarios; sin embargo, un puente de madera iba a dar paso al enemigo, a no ser por un solo hombre, Horacio Cocles, que aquel día fué el único baluarte de la fortuna de Roma. Encontrábase casual-mente encargado de la guardia del puente, cuando observó que se habían apoderado por sorpresa del Janículo; que el enemigo acudía precipitadamente, y que sus compañeros asustados abandonaban las filas y las armas: detuvo a algunos, opúsose a la fuga, y jurando por los dioses y los hombres, les manifiesta que "en vano abandonan su puesto; que la fuga no puede salvarles; que si a la espalda dejan libre el paso del puente, muy pronto verán más enemigos sobre el Palatino y el Capitolio que hay sobre el Janiculo." Les encomienda, pues, que usen el hierro, el fuego y todos los medios posibles para cortar el puente, y que él, en cuanto puede hacer un hombre solo, sostendrá el choque de los contrarios. Lánzase en seguida a la cabeza del puente, y siendo tanto más notable verle en medio de los suyos, que volvían la espalda y abandonaban el combate, presentarse empuñando las armas para resistir a los etruscos, asombró a los enemigos con aquel prodigio de audacia. El honor había retenido a su lado a Sp. Larcio y a T. Herminio, tan notables por su alcurnia como por su valor. Con éstos sostuvo el primer choque y el primer ímpetu de los que atacaban; pero llamándoles en seguida los que cortaban el puente, les obliga a que se retiren por un paso estrecho que de intento habían conservado. En seguida, dirigiendo amenazadoras y terribles miradas a los jefes de los etruscos, en tanto les provoca sucesivamente, en tanto les acusa a todos de cobardía, increpándoles por ser "esclavos de orgullosos tiranos y porque abandonaban la propia libertad para venir a atacar la libertad ajena." Vacilando por algunos momentos. míranse unos a otros, como para ver quién comenzará el combate; pero al fin sienten vergüenza todos los soldados, lanzan tremendo grito y hacen llover sobre un hombre solo una nube de dardos, que quedan clavados en el escudo con que se cubre. Cuando ven que inquebrantable en su decisión y firme en la resistencia, permanece dueño del puente que recorre con arrogante paso, procuran arrojarse sobre él y precipitarle al río; pero de pronto, el fragor del puente que se rompe y los gritos que lanzan los romanos, satisfechos por el resultado de sus esfuerzos, les hielan de espanto y les detienen en su ímpetu. Entonces exclama Cocles: "Padre Tiberino, yo te ruego que recibas propicio en tus ondas estas armas y este soldado." Dicho esto, se precipitó armado en el río y cruzándolo a nado, en medio de nube de flechas que le lanzan desde la otra orilla sin conseguir alcanzarle, se reúne con sus conciudadanos, después de realizar una hazaña que encontrará en la posteridad más admiración que crédito. Roma se mostró agradecida a tan notable valor, le hizo erigir una estatua en el comicio y le dió tanto terreno como podía encerrar el círculo que trazase un arado trabajando un día. A este premio público, los particulares añadieron un testimonio de agradecimiento, y durante la escasez general cada cual separó un poco de su propio alimento para contribuir, en proporción de sus recursos, a la subsistencia de aquel héroe».


6) Afranio, escapando de César cerca de Ilerda en España, acampó, mientras César presionaba sobre él. Cuando César hizo lo mismo y envió a sus hombres a juntar forraje, Afranio repentinamente dió la señal de continuar la retirada.

Nota: Año 49 a.de C. Julio César, Las Guerras Civiles, 1:80 : «Yendo peleando de esta suerte, la marcha era lenta y perezosa, haciendo continuas paradas a trueque de socorrer a los suyos, como entonces aconteció. Porque andadas cuatro millas, y viéndose picar furiosamente por la caballería, hacen alto en un monte elevado, y aquí, sin descargar el bagaje, fortifican su campo por la banda sola que miraba al enemigo. Cuando advirtieron que César había fijado sus reales, armado las tiendas y enviado al forraje la caballería, arrancan súbitamente hacia las seis horas del mismo día, y esperando ganar tiempo durante la ausencia de nuestra caballería, comienzan a marchar. Observado esto, César sacadas las legiones va tras ellos, dejando algunas cohortes para custodia del bagaje. Da contraorden a la caballería y a los forrajeros y manda que a la hora décima sigan a los demás. Prontamente la caballería vuelve del forraje a su ejercicio diario de la marcha. Trábase un recio combate en la retaguardia, tanto que por poco no vuelven las espaldas, y de facto quedan muertos muchos soldados y aun algunos oficiales, íbales a los alcances el ejército de César, y ya todo él estaba encima».


7) Cuando Antonio se retiraba, presionado con fuerza por los partos, tan pronto como levantó el campamento al amanecer, sus tropas en retirada fueron atacadas por descargas de flechas de los bárbaros. En consecuencia, un día mantuvo a sus hombres atrás hasta casi el mediodía, produciendo así la impresión de que había armado un campamento permanente. Tan pronto como los partos se persuadieron de esto y se retiraron, él llevó a cabo su marcha regular por el resto del día sin interferencias.

Nota: Año 36 a.de C.


8) Cuando Filipo sufrió una derrota en Epiro, a fin de que los romanos no pudieran aplastarlo en su huída, se aseguró la concesión de una tregua para sepultar a los muertos. A consecuencia de esto, los guardias relajaron su vigilancia, y así Filipo se escabulló.

Nota: Año 198 a.de C.


9) Publio Claudio, derrotado por los cartagineses en un enfrentamiento naval y pensando necesario abrirse paso a través de las fuerzas del enemigo, ordenó que los veinte buques qie le quedaban fueran adornados como victoriosos. Los cartagineses, por lo tanto, pensaron que nuestros hombres se habían mostrado superiores en el encuentro, de modo que Claudio se convirtió en un objeto de temor hacia el enemigo y pudo así escapar.

Nota: Corresponde a la batalla de Drepanum, año 249 a.de C. Polibio. 1:50-51 : «Claudio, sorprendido de ver que el cartaginés, lejos de ceder como esperaba, y atemorizarle su llegada, se disponía al combate, y que sus navíos, unos estaban ya dentro del puerto, otros a la boca misma, y los restantes iban a entrar, ordena que, hecho un cuarto de conversión, todos retrocedan. Dicha maniobra causó una gran confusión en las tripulaciones, no sólo por chocar los navíos que estaban dentro con los que iban a entrar, sino también por hacerse unos a otros pedazos los bancos con el mutuo empuje. Sin embargo, al tiempo que iban saliendo, los trierarcos los ordenaban, y hacían que junto a la costa volviesen rápidamente sus proas a los contrarios. El Cónsul primeramente navegaba detrás de toda la armada, pero después viró para tomar altura y ocupó el ala izquierda. Durante ese tiempo, Adherbal pasa de parte allá del ala izquierda de los romanos con cinco buques de guerra, gira su proa a ellos por el lado del mar y ordena por medio de sus edecanes que ejecuten lo mismo los que venían detrás, situándose siempre al tenor del inmediato. Colocados todos de frente, y dada la señal, avanza la armada al principio en orden hacia los romanos que, parados junto a tierra, esperaban los navíos que salían del puerto: situación de que les provino pelear con grandes desventajas.
Cuando estuvieron a tiro las escuadras y se puso la señal en los navíos comandantes, se inició el combate. Al principio fue igual el peligro, ya que una y otra habían tomado a bordo las mejores tropas de tierra. Pero iban superando cada vez más el partido de los cartagineses. Eran incalculables las ventajas que tuvieron durante toda la acción. Excedían mucho en la ligereza de los navíos, en la singular construcción de los buques y en la aptitud de los remeros. El sitio mismo contribuía infinito, ya que habían extendido su formación hacia el lado del mar. Si los enemigos cercaban algún buque, su agilidad les facilitaba retirarlo sin peligro por la espalda a lugar espacioso. Si alguno se lanzaba a perseguirlos, lo rodeaban, o atacaban por el flanco; y mientras que la pesadez del buque e impericia del remero imposibilitaba virar a los romanos, los cartagineses le daban continuos choques, con lo que hundían a muchos. Sucedía que un navío cartaginés estaba en peligro; rápidamente se marchaba por detrás de las popas de los demás y se le socorría sin riesgo. Mas a los romanos les sucedía al contrario. Como peleaban junto a tierra, no tenían acción para retroceder cuando eran oprimidos. Siempre que un navío era atacado de frente, o dando en un banco se encallaba por la popa, o se estrellaba impelido contra la costa. Navegar por medio de los navíos enemigos, y atacar por la retaguardia a los que ya una vez han venido a las manos, ventaja utilísima en las acciones navales, les estaba prohibido por la pesadez de los buques y poca práctica de los remeros. Socorrer por la popa al necesitado no les era posible, por estar encerrados contra la tierra, y haber dejado poco espacio para prestar el debido auxilio. Con tales inconveniencias durante todo el combate, ¿qué de extrañar es que unos quedasen encallados en los bancos y otros se estrellasen? A la vista de esto, el Cónsul huyó por la izquierda, tomando la vuelta de la costa, y con él treinta navíos que tuvieron la dicha de estar cerca. Los demás, que alcanzaban el número de noventa y tres, cayeron con sus tripulantes en poder de los cartagineses, salvo algunos soldados que, saltando a tierra, huyeron».

10) Los cartagineses, en una ocasión, habiendo sido derrotados en una batalla naval, deseando librarse de los romanos que estaban cerca, fingieron que sus buques habían encallado en bancos e imitaban el movimiento de las galeras varadas. De esta manera hicieron que los vencedores, temerosos de encontrar un desastre parecido, les dieran una oportunidad de fugar.


11) Cuando Comio, el atrébate, derrotado por el divino Julio, huyó de la Galia a Britannia y alcanzó el Canal en un momento en que el viento era bueno, pero la marea estaba baja. Aunque los buques estaban varados en los bancos, ordenó, sin embargo, que fueran extendidas las velas. César, que los seguía a distancia, viendo las velas hincharse con la brisa plena, e imaginando que Comio se escapaba de sus manos y avanzaba a un próspero viaje, abandonó la persecución.

 

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