XII.
QUÉ HACER PARA LA DEFENSA DEL CAMPAMENTO, EN CASO DE QUE
UN COMANDANTE NO CONFÍE EN SUS ACTUALES FUERZAS |
1)
El cónsul Tito Quincio, cuando los volscos estaban a punto de atacar
su campamento, mantuvo sólo una cohorte en servicio, y despidió
al resto del ejército a tomar su descanso, ordenando a los trompetas
que montaran a sus caballos e hicieran la ronda del campamento haciendo
sonar sus trompetas. Exhibiendo esta apariencia de fuerza, mantuvo al
enemigo lejos a lo largo de la noche. Entonces al amanecer, atacándolos
por una salida de combate repentino, cuando los volscos estaban agotados
por la vigilia, los derrotó fácilmente.
Nota:
Año 468 a.de C. Livio 2:64-65 : «64.
A fines de este año se obtuvo un poco de paz, pero turbada,
corno de ordinario, por la lucha de los patricios y del pueblo.
Irritado éste, no quiso tomar parte en los comicios consulares;
nombrando cónsules los patricios y sus clientes a T. Quincio
y Q. Servilio. El año de su magistratura se pareció
al anterior, comenzando con sediciones que calmaron después
ante la guerra extranjera. Los sabinos atravesaron precipitadamente
el territorio de Crustumerio, llevando la matanza y los incendios
a las orillas del Anio y casi habían llegado a la puerta
Colina, bajo los muros de Roma, cuando les rechazaron. Retiráronse,
sin embargo, con inmenso botín, tanto en hombres como en
ganados. El cónsul Servilio les persiguió al frente
de un ejército que no respiraba más que venganza,
y, no pudiendo alcanzarles en campo raso, llevó tan lejos
las devastaciones, que por todas partes no dejó más
que ruinas, y regresó a Roma cargado de despojos de todo
género. Brillantes triunfos se consiguieron contra los volscos,
debidos tanto al general oomo a los soldados. Libróse primeramente
un combate en campo raso, y por ambas partes resultaron muchos muertos
y muchos más heridos: los romanos, cuyo reducido número
hacía las pérdidas más sensibles, estaban a
punto de retroceder, cuando el cónsul, con ingeniosa mentira,
les reanimó gritando que los volscos huían en en la
otra ala. Precipitanse sobre el enemigo, y, creyéndose vencedores,
llegan a serlo en efecto. Temiendo el cónsul que una tenaz
persecución reprodujese el combate, hizo dar la señal
de retirada. Muchos días pasaron durante los cuales los dos
ejércitos descansaron, como en virtud de tregua tácita;
entre tanto llegaron fuertes refuerzos al campamento enemigo de
todos los pueblos de los equos y de los volscos. Teniendo por cierto
que si los romanos llegaban a enterarse, se retirarían a
favor de la oscuridad, el enemigo avanzó para atacar su campamento
cerca de la tercera vigilia. Después de calmar Quincio el
tumulto ocasionado por aquella repentina alarma, mandó a
los soldados que permaneciesen tranquilos en las tiendas, y colocó
en observación la cohorte de los hérnicos; al mismo
tiempo hace cabalgar a los que tocaban los cuernos y las bocinas,
con orden de tocar delante del campamento y mantener al enemigo
en alarma hasta el amanecer. De tal manera tranquila fué
el resto de la noche en el campamento, que los romanos hasta pudieron
entregarse al sueño. Los volscos por su parte, a la vista
de aquellos peones que suponían más numerosos y que
creyeron romanos, ante la inquietud y relinchos de aquellos caballos
que extrañaban el peso de jinete desconocido y el ruido que
resonaba en sus orejas, permanecieron alerta cual si esperasen un
ataque.
65. Al amanecer, los romanos, descansados merced
a largo sueño, avanzaron contra los volscos, cansados por
haber permanecido de pie y sin dormir toda la noche; sin embargo,
retirada fué la suya más bien que derrota, porque
a su espalda se alzaban colinas, en las que encontraron seguro refugio
sus líneas, que permanecían intactas, exceptuando
la primera. Al llegar el cónsul ante aquella desventajosa
posición, detuvo al ejército: el soldado se irrita
al verse detenido, grita y pide completar su victoria. La caballería
se muestra más impaciente aún, y rodea al general,
vociferando que se adelantará a las enseñas. El cónsul
vacilaba, y, aunque seguro del valor de los soldados, desconfiaba
del terreno. Entonces exclaman que van a marchar, y así lo
hacen, clavando las lanzas en el suelo para trepar con más
ligereza, y suben a la carrera. Agotan los volscos sus armas arrojadizas
para rechazar aquel ataque; y en seguida arrancan pedazos de roca
y las hacen rodar sobre los que suben. Las filas se deshacen ante
los redoblados golpes de un enemigo, que les agobia desde lo alto
de su posición. El ala izquierda queda casi aplastada, y
ya iban a huir, si increpándoles el cónsul por aquella
conducta imprudente y cobarde a la vez, no hubiese sobrepuesto en
ellos el honor al miedo. Detuviéronse al pronto, decididos
a no ceder, y como conservan su posición y sienten renacer
sus fuerzas, se atreven a seguir adelante. Lanzando entonces de
nuevo el grito de guerra, pónese en movimiento todo el ejército;
recobra el brío, redobla los esfuerzos y sube la pendiente
más escarpada, llegando ya a la cumbre de la colina, cuando
el enemigo emprendió la fuga. Confundidos en rápida
carrera vencedores y vencidos, como formando un solo ejército,
penetraron juntos en el campamento, del que se apoderaron los romanos
a favor del desorden. Los volscos que pudieron escapar, se refugian
en Anzio; pero allí llegó el ejército romano,
y la ciudad se rindió después de algunos días
de sitio, no porque los sitiadores hiciesen nuevos esfuerzos, sino
porque había decaído el valor de los volscos a consecuencia
de la derrota y de la pérdida del campamento».
|
2)
Quinto Sertorio, estando en España, fue completamente sobrepasado
por la caballería del enemigo, que en su confianza excesiva avanzó
hasta sus mismas fortificaciones. En consecuencia durante la noche construyó
trincheras y preparó su línea de la batalla delante de ellos.
Entonces, cuando la caballería se aproximó, como era su
costumbre, él retiró su línea. El enemigo, siguiéndolo
pegado a sus talones, cayó en las trincheras y así fue derrotado.
3)
Cares, el comandante ateniense, esperaba refuerzos en una ocasión,
pero temió que mientras tanto el enemigo, despreciando su pequeña
fuerza, atacara su campamento. Por lo tanto ordenó que varios de
los soldados bajo su orden salieran por la noche por la retaguardia del
campamento, y volvieran por una ruta donde fueran claramente observados
por el enemigo, creando así la impresión que llegaban fuerzas
frescas. De esta manera, se defendió fingiendo refuerzos, hasta
que se vió equipado con aquellos a los que él esperaba.
| Nota:
Años 366 a 338 a.de C. |
4) Ifícrates, el ateniense, acampado en una ocasión
en tierras bajas, se enteró que los tracios tenían la intención
de bajar de las colinas, de las cuales había sólo un camino
de descenso, con el objetivo de saquear su campamento por la noche. Por
lo tanto, condujo en secreto a sus tropas y las apostó a ambos
lados del camino sobre el cual los tracios debían pasar. Entonces,
cuando el enemigo descendió sobre el campamento, un gran número
de fuegos de vigilancia, armados por las manos de unos pocos hombres,
produjo la impresión que una gran hueste estaba todavía
allí, permitiendo que Ifícrates los atacara por los flancos
y los aplastara.
| Nota:
Año 389 a.de C. Esta historia ya fue
contada en 1:5 § 24 : Polieno, 3:9 § 50
: «En una expedición que Ifícrates hizo en Tracia,
acampó en una planicie bordeada por una montaña, donde
había sólo una salida por un puente estrecho, que
los tracios debían pasar por la noche para atacar. Hizo encender
un gran número de fuegos en su campamento, y saliendo con
sus tropas, corrió a esconderse en los bosques que estaban
al pie de la montaña, al lado del puente, y esperó
en descanso. Los tracios pasaron el puente, y atraídos por
los fuegos que ellos veían llegaron hasta el campamento,
a la espera de encontrar a los enemigos. Ifícrates salió
entonces del bosque atravesó el puente con sus tropas e hizo
su retirada en seguridad». |
5) Ifícrates, el ateniense, habiendo descubierto
que el enemigo comía regularmente a la misma hora, mandó
que sus propias tropas comieran a una hora más temprana, y luego
los condujo a luchar. Cuando el enemigo avanzó, él los detuvo
de tal manera como para no permitirles enfrentamientos o retiradas. Entonces,
a medida que el día finalizaba, él condujo sus tropas de
regreso, pero sin embargo las mantuvo en armas. El enemigo, agotado por
estar de pie en la línea como por el hambre, se alejó inmediata
y rápidamente para descansar y comer, momento en el cual Ifícrates
condujo otra vez sus tropas adelante, y encontrando al enemigo desorganizado,
atacó su campamento.
|
Nota:
Polieno, 3:9 § 53 : «Ifícrates acampó
en presencia de los enemigos, observando que comían cada
día a la misma hora. Él ordenó a sus tropas
que comieran de madrugada; y cuando esto fue hecho, atacó
a los enemigos, sobre los cuales no dejó en absoluto de tirar
hasta la tarde. Cuando ambos ejércitos se hubieron separado,
los enemigos se dirigieron a cenar. Ifícrates, cuyas tropas
ya habían comido, se abatió sobre esta gente que se
disponía a comer e hizo una gran carnicería». |
XIII.
SOBRE LAS RETIRADAS |
1)
Cuando los galos estaban a punto de luchar con Atalo, llevaron todo su
oro y plata a guardias confiables, con instrucciones de dispersarse, en
caso de que sus fuerzas fueran derrotadas en batalla, a fin de que así
el enemigo estuviera ocupado en recoger los despojos y ellos pudieran
escapar más fácilmente.
| Nota:
Cicerón, En Defensa de la Ley Manilia, 9, atribuye esta estratagema
a Mitrídates : «Acaso se pregunte: Siendo
esto así, ¿ha de ser grande la guerra que por hacer
quede? Vais a saberlo, romanos, porque no parece inmotivada la pregunta.
Primeramente huyó Mitrídates de su reino como, según
se dice, huyó en otro tiempo Medea del mismo Ponto. Cuéntase
de ésta que en su fuga iba dejando los miembros de su hermano
en el camino por donde su padre la seguía para que el cuidado
de recogerlos y el dolor paternal retardaran la actividad en perseguirla.
Así huía Mitrídates abandonando en el Ponto
grandes cantidades de oro y plata, y multitud de objetos preciosos
que en parte había heredado de sus antepasados, y en parte
acumulado en su reino al saquear en la guerra anterior toda el Asia,
y mientras los nuestros se apoderaban con avidez de aquellas riquezas,
el rey se les fué de las manos. Como el dolor retardaba al
padre de Medea, la alegría retardó a nuestros soldados». |
2) Trifón, rey de Siria, habiendo sido derrotado,
desparramó dinero todo a lo largo de la línea de su retirada.
Mientras la caballería de Antíoco se demoraba en recoger
esto, él efectivizó su escape.
3) Quinto Sertorio, derrotado en batalla por Quinto Metelo
Pío, convencido que ni una retirada organizada era segura, ordenó
a sus soldados que se desbandaran y retiraran, informándoles en
que punto deseaba volver a reunirlos.
|
Nota:
Año 75 a.de C. Plutarco, Pompeyo, 19 : «Engreído
con este suceso, y deseoso de que Metelo no tuviese parte en la
victoria, se dio priesa a ir en busca del mismo Sertorio. Alcanzóle
junto al río Júcar al caer ya la tarde, y allí
trabaron la batalla, temerosos de que sobreviniese Metelo, para
pelear solo el uno, y el otro para pelear con uno sólo. Fue
indeciso y dudoso el término de aquel encuentro, porque venció
alternativamente una de las alas de uno y otro; pero en cuanto a
los generales, llevó lo mejor Sertorio, porque puso en huída
el ala que le estuvo opuesta. A Pompeyo le acometió desmontado
un hombre alto de los de caballería, y habiendo venido ambos
al suelo a un tiempo, al volver a la lid pararon en las manos de
uno y otro los golpes de las espadas, aunque con suerte desigual,
porque Pompeyo apenas fue lastimado, pero al otro le cortó
la mano. Cargaron entonces muchos sobre él, estando ya en
fuga sus tropas, y se salvó maravillosamente por haber abandonado
a los enemigos su caballo, adornado magníficamente con jaeces
de oro de mucho valor; porque enredados los enemigos en la partición
y altercando sobre ella, le dieron lugar para huir. A la mañana
siguiente volvieron ambos a la batalla con ánimo de hacer
que se declarase la victoria; pero como sobreviniese Metelo, se
retiró Sertorio, dispersando su ejército; porque éste
era su modo de retirarse, y luego volvía a reunirse la gente;
de manera que muchas veces andaba errante Sertorio solo, y muchas
veces volvía a presentarse con ciento cincuenta mil hombres,
a manera de torrente que repentinamente crece. Pompeyo, cuando después
de la batalla salió al encuentro a Metelo y estuvieron ya
cerca, dio orden de que se le rindieran a éste las fasces,
acatándole como preferente en honor; pero Metelo lo resistió,
porque en todo se conducía perfectamente con él, no
arrogándose superioridad alguna ni por consular ni por más
anciano. Solamente cuando acampaban juntos, la señal se daba
a todos por Metelo; pero por lo común acampaban separados,
contribuyendo a que tuvieran que estar distantes la calidad del
enemigo, que usaba de diferentes artes, y, siendo diestro en aparecerse
repentinamente por muchos lados, obligaba a mudar también
los géneros de combate; tanto, que, por último, inter
ceptándoles los víveres, saqueando y talando el país
y haciéndose dueño del mar, los arrojó de la
parte de España que le estaba sujeta, precisándolos
a refugiarse en otras provincias por carecer absolutamente de provisiones».
|
4) Viriato, el líder de los lusitanos, logró
salir de una difícil posición y de la amenaza de nuestras
tropas, por el mismo método que Sertorio, desbandando sus fuerzas
y luego volviendo a reunirlas.
| Nota:
Años 147 a 139 a.de C. Apiano, Sobre Iberia, 62
: «Encendidos sus ánimos y recobradas las esperanzas,
lo eligieron general. Después de desplegar a todos en línea
de batalla como si fuera a presentar combate, les dio la orden de
que, cuando él se montara a caballo, escaparan disgregándose
en muchas direcciones como pudiesen por rutas muy distintas en dirección
a la ciudad de Tríbola y que le aguardaran allí. Él
eligió sólo a mil y les ordenó colocarse a
su lado. Una vez efectuadas estas disposiciones, escaparon al punto,
tan pronto como Viriato montó a caballo, y Vetilio, temeroso
de perseguirles a ellos que habían escapado en muchas direcciones,
dio la vuelta y se dispuso a luchar con Viriato, que permanecía
quieto y aguardaba a que llegara el momento de atacar. Viriato,
con caballos mucho más veloces, lo mantuvo en jaque, huyendo
a veces y otras parándose de nuevo y atacando, y consumió
aquel día y el siguiente completos en la misma llanura cabalgando
alrededor. Y cuando calculó que los otros tenían ya
asegurada su huida, entonces, partió por la noche por caminos
no usados habitualmente y, con caballos mucho más rápidos,
llegó a Tríbola sin que los romanos fueran capaces
de perseguirlo a causa del peso de sus armas, de su desconocimiento
de los caminos y la inferioridad de sus caballos. De esta manera,
de modo inesperado, salvó a su ejército de una situación
desesperada. Cuando esta estratagema llegó al conocimiento
de los pueblos bárbaros de esta zona, le reportó un
gran prestigio y se le unieron muchos desde todos los lugares. Y
durante ocho años sostuvo la guerra contra Roma». |
5) Horacio Cocles, cuando el ejército de Porsenna
le presionaba con fuerza, ordenó que sus partidarios volvieran
sobre el puente a la Ciudad, y luego destruir el puente a fin de que el
enemigo no pudiera seguirlos. Mientras esto se hacía, él
mismo, como defensor de la cabeza de puente, sostuvo al enemigo que avanzaba.
Entonces, cuando el estruendo le dio a entender que el puente había
sido destruido, se lanzó a la corriente, y nadó a través
de ella con su armadura, aunque agotado como estaba por las heridas .
| Nota:
Año 507 a.de C. Livio, 2:10 : «Al acercarse
el enemigo, los campesinos se refugiaron en la ciudad, que quedó
rodeada de numerosas guardias. Parecía bien defendida de
un lado por las murallas y del otro por el Tíber, que corría
entre la ciudad y los contrarios; sin embargo, un puente de madera
iba a dar paso al enemigo, a no ser por un solo hombre, Horacio
Cocles, que aquel día fué el único baluarte
de la fortuna de Roma. Encontrábase casual-mente encargado
de la guardia del puente, cuando observó que se habían
apoderado por sorpresa del Janículo; que el enemigo acudía
precipitadamente, y que sus compañeros asustados abandonaban
las filas y las armas: detuvo a algunos, opúsose a la fuga,
y jurando por los dioses y los hombres, les manifiesta que "en
vano abandonan su puesto; que la fuga no puede salvarles; que si
a la espalda dejan libre el paso del puente, muy pronto verán
más enemigos sobre el Palatino y el Capitolio que hay sobre
el Janiculo." Les encomienda, pues, que usen el hierro, el
fuego y todos los medios posibles para cortar el puente, y que él,
en cuanto puede hacer un hombre solo, sostendrá el choque
de los contrarios. Lánzase en seguida a la cabeza del puente,
y siendo tanto más notable verle en medio de los suyos, que
volvían la espalda y abandonaban el combate, presentarse
empuñando las armas para resistir a los etruscos, asombró
a los enemigos con aquel prodigio de audacia. El honor había
retenido a su lado a Sp. Larcio y a T. Herminio, tan notables por
su alcurnia como por su valor. Con éstos sostuvo el primer
choque y el primer ímpetu de los que atacaban; pero llamándoles
en seguida los que cortaban el puente, les obliga a que se retiren
por un paso estrecho que de intento habían conservado. En
seguida, dirigiendo amenazadoras y terribles miradas a los jefes
de los etruscos, en tanto les provoca sucesivamente, en tanto les
acusa a todos de cobardía, increpándoles por ser "esclavos
de orgullosos tiranos y porque abandonaban la propia libertad para
venir a atacar la libertad ajena." Vacilando por algunos momentos.
míranse unos a otros, como para ver quién comenzará
el combate; pero al fin sienten vergüenza todos los soldados,
lanzan tremendo grito y hacen llover sobre un hombre solo una nube
de dardos, que quedan clavados en el escudo con que se cubre. Cuando
ven que inquebrantable en su decisión y firme en la resistencia,
permanece dueño del puente que recorre con arrogante paso,
procuran arrojarse sobre él y precipitarle al río;
pero de pronto, el fragor del puente que se rompe y los gritos que
lanzan los romanos, satisfechos por el resultado de sus esfuerzos,
les hielan de espanto y les detienen en su ímpetu. Entonces
exclama Cocles: "Padre Tiberino, yo te ruego que recibas propicio
en tus ondas estas armas y este soldado." Dicho esto, se precipitó
armado en el río y cruzándolo a nado, en medio de
nube de flechas que le lanzan desde la otra orilla sin conseguir
alcanzarle, se reúne con sus conciudadanos, después
de realizar una hazaña que encontrará en la posteridad
más admiración que crédito. Roma se mostró
agradecida a tan notable valor, le hizo erigir una estatua en el
comicio y le dió tanto terreno como podía encerrar
el círculo que trazase un arado trabajando un día.
A este premio público, los particulares añadieron
un testimonio de agradecimiento, y durante la escasez general cada
cual separó un poco de su propio alimento para contribuir,
en proporción de sus recursos, a la subsistencia de aquel
héroe».
|
6) Afranio, escapando de César cerca de Ilerda
en España, acampó, mientras César presionaba sobre
él. Cuando César hizo lo mismo y envió a sus hombres
a juntar forraje, Afranio repentinamente dió la señal de
continuar la retirada.
| Nota:
Año 49 a.de C. Julio César, Las Guerras Civiles, 1:80
: «Yendo peleando de esta suerte, la marcha era lenta
y perezosa, haciendo continuas paradas a trueque de socorrer a los
suyos, como entonces aconteció. Porque andadas cuatro millas,
y viéndose picar furiosamente por la caballería, hacen
alto en un monte elevado, y aquí, sin descargar el bagaje,
fortifican su campo por la banda sola que miraba al enemigo. Cuando
advirtieron que César había fijado sus reales, armado
las tiendas y enviado al forraje la caballería, arrancan
súbitamente hacia las seis horas del mismo día, y
esperando ganar tiempo durante la ausencia de nuestra caballería,
comienzan a marchar. Observado esto, César sacadas las legiones
va tras ellos, dejando algunas cohortes para custodia del bagaje.
Da contraorden a la caballería y a los forrajeros y manda
que a la hora décima sigan a los demás. Prontamente
la caballería vuelve del forraje a su ejercicio diario de
la marcha. Trábase un recio combate en la retaguardia, tanto
que por poco no vuelven las espaldas, y de facto quedan muertos
muchos soldados y aun algunos oficiales, íbales a los alcances
el ejército de César, y ya todo él estaba encima». |
7) Cuando Antonio se retiraba, presionado con fuerza
por los partos, tan pronto como levantó el campamento al amanecer,
sus tropas en retirada fueron atacadas por descargas de flechas de los
bárbaros. En consecuencia, un día mantuvo a sus hombres
atrás hasta casi el mediodía, produciendo así la
impresión de que había armado un campamento permanente.
Tan pronto como los partos se persuadieron de esto y se retiraron, él
llevó a cabo su marcha regular por el resto del día sin
interferencias.
8) Cuando Filipo sufrió una derrota en Epiro,
a fin de que los romanos no pudieran aplastarlo en su huída, se
aseguró la concesión de una tregua para sepultar a los muertos.
A consecuencia de esto, los guardias relajaron su vigilancia, y así
Filipo se escabulló.
9) Publio Claudio, derrotado por los cartagineses en
un enfrentamiento naval y pensando necesario abrirse paso a través
de las fuerzas del enemigo, ordenó que los veinte buques qie le
quedaban fueran adornados como victoriosos. Los cartagineses, por lo tanto,
pensaron que nuestros hombres se habían mostrado superiores en
el encuentro, de modo que Claudio se convirtió en un objeto de
temor hacia el enemigo y pudo así escapar.
Nota:
Corresponde a la batalla de Drepanum, año
249 a.de C. Polibio. 1:50-51 : «Claudio, sorprendido
de ver que el cartaginés, lejos de ceder como esperaba, y
atemorizarle su llegada, se disponía al combate, y que sus
navíos, unos estaban ya dentro del puerto, otros a la boca
misma, y los restantes iban a entrar, ordena que, hecho un cuarto
de conversión, todos retrocedan. Dicha maniobra causó
una gran confusión en las tripulaciones, no sólo por
chocar los navíos que estaban dentro con los que iban a entrar,
sino también por hacerse unos a otros pedazos los bancos
con el mutuo empuje. Sin embargo, al tiempo que iban saliendo, los
trierarcos los ordenaban, y hacían que junto a la costa volviesen
rápidamente sus proas a los contrarios. El Cónsul
primeramente navegaba detrás de toda la armada, pero después
viró para tomar altura y ocupó el ala izquierda. Durante
ese tiempo, Adherbal pasa de parte allá del ala izquierda
de los romanos con cinco buques de guerra, gira su proa a ellos
por el lado del mar y ordena por medio de sus edecanes que ejecuten
lo mismo los que venían detrás, situándose
siempre al tenor del inmediato. Colocados todos de frente, y dada
la señal, avanza la armada al principio en orden hacia los
romanos que, parados junto a tierra, esperaban los navíos
que salían del puerto: situación de que les provino
pelear con grandes desventajas.
Cuando estuvieron a tiro las escuadras y se puso la señal
en los navíos comandantes, se inició el combate. Al
principio fue igual el peligro, ya que una y otra habían
tomado a bordo las mejores tropas de tierra. Pero iban superando
cada vez más el partido de los cartagineses. Eran incalculables
las ventajas que tuvieron durante toda la acción. Excedían
mucho en la ligereza de los navíos, en la singular construcción
de los buques y en la aptitud de los remeros. El sitio mismo contribuía
infinito, ya que habían extendido su formación hacia
el lado del mar. Si los enemigos cercaban algún buque, su
agilidad les facilitaba retirarlo sin peligro por la espalda a lugar
espacioso. Si alguno se lanzaba a perseguirlos, lo rodeaban, o atacaban
por el flanco; y mientras que la pesadez del buque e impericia del
remero imposibilitaba virar a los romanos, los cartagineses le daban
continuos choques, con lo que hundían a muchos. Sucedía
que un navío cartaginés estaba en peligro; rápidamente
se marchaba por detrás de las popas de los demás y
se le socorría sin riesgo. Mas a los romanos les sucedía
al contrario. Como peleaban junto a tierra, no tenían acción
para retroceder cuando eran oprimidos. Siempre que un navío
era atacado de frente, o dando en un banco se encallaba por la popa,
o se estrellaba impelido contra la costa. Navegar por medio de los
navíos enemigos, y atacar por la retaguardia a los que ya
una vez han venido a las manos, ventaja utilísima en las
acciones navales, les estaba prohibido por la pesadez de los buques
y poca práctica de los remeros. Socorrer por la popa al necesitado
no les era posible, por estar encerrados contra la tierra, y haber
dejado poco espacio para prestar el debido auxilio. Con tales inconveniencias
durante todo el combate, ¿qué de extrañar es
que unos quedasen encallados en los bancos y otros se estrellasen?
A la vista de esto, el Cónsul huyó por la izquierda,
tomando la vuelta de la costa, y con él treinta navíos
que tuvieron la dicha de estar cerca. Los demás, que alcanzaban
el número de noventa y tres, cayeron con sus tripulantes
en poder de los cartagineses, salvo algunos soldados que, saltando
a tierra, huyeron».
|
10)
Los cartagineses, en una ocasión, habiendo sido derrotados en una
batalla naval, deseando librarse de los romanos que estaban cerca, fingieron
que sus buques habían encallado en bancos e imitaban el movimiento
de las galeras varadas. De esta manera hicieron que los vencedores, temerosos
de encontrar un desastre parecido, les dieran una oportunidad de fugar.
11) Cuando Comio, el atrébate, derrotado por el
divino Julio, huyó de la Galia a Britannia y alcanzó el
Canal en un momento en que el viento era bueno, pero la marea estaba baja.
Aunque los buques estaban varados en los bancos, ordenó, sin embargo,
que fueran extendidas las velas. César, que los seguía a
distancia, viendo las velas hincharse con la brisa plena, e imaginando
que Comio se escapaba de sus manos y avanzaba a un próspero viaje,
abandonó la persecución.
Capítulos
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y IV - V y VI - VII
y VIII - IX y X - XI
y XII
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