SEXTO JULIO FRONTINO

«ESTRATAGEMAS»

LIBRO II

Capítulos I y II - III y IV - V y VI - VII y VIII - IX y X - XI y XII

Traducción y adaptación I. Nachimowicz

 

Frontino.

Habiendo dado clases de ejemplos en el Libro I que, como creo, bastarán para instruir a un general en aquellos asuntos que deben ser atendidos antes del principio de la batalla, presentaré a continuación en orden, ejemplos que tienen que ver con aquellas cosas que son, por lo general, hechas en la batalla misma, y luego aquellas que aparecen subsecuentes al enfrentamiento.
De aquellas que conciernen a la batalla misma, existen las siguientes clases :

I Sobre la elección del momento para la batalla.
II Sobre la elección del lugar para la batalla.
III Sobre la disposición de las tropas para la batalla.
IV Sobre cómo inspirar pánico en las filas enemigas.
V Sobre las emboscadas.
VI Sobre dejar escapar al enemigo, a menos que, acorralados, renueven la batalla desesperadamente. VII. Sobre cómo disimular reveses.
VIII. Sobre cómo restaurar la moral con firmeza.

Sobre las cuestiones que merecen atención después de la batalla, considero que existen las siguientes clases :

IX. Sobre cómo terminar la guerra después de un enfrentamiento victorioso.
X. Sobre cómo recomponer las pérdidas propias después de un revés.
XI. Sobre cómo asegurar la lealtad de aquellos de los que uno desconfía.
XII. Qué hacer para la defensa del campamento, en caso de que un comandante no confíe en sus actuales fuerzas.
XIII. Sobre las retiradas.

Capítulos I y II - III y IV - V y VI - VII y VIII - IX y X - XI y XII

 

 

I. SOBRE LA ELECCIÓN DEL MOMENTO PARA LA BATALLA

1) Cuando Publio Escipión estaba en España y se enteró que Asdrúbal, el líder de los cartagineses, había marchado y dispuesto sus tropas en orden de batalla de madrugada, antes de que hubieran desayunado, él mantuvo a sus propios hombres hasta la una, habiéndoles ordenado descansar y comer. Cuando el enemigo, agotado, con hambre y sed, y esperando armado, comenzó a volver al campamento, Escipión condujo de repente sus tropas adelante, empezó la batalla, y salió victorioso.

Nota: Año 206 a.de C. Polieno, 8:16 § 1 : «Estando Escipión en Iberia, fue informado que el ejército enemigo venía al combate sin haberse alimentado. Él puso lentamente sus tropas en orden de batalla. Fue sólo a la séptima hora del día que él hizo ir a la carga, y, encontrando enemigos debilitados por el hambre y la sed, no le costó vencerles»..

 


2) Cuando Metelo Pío emprendía la guerra contra Hirtuleyo en España, y éste había preparado sus tropas inmediatamente después del amanecer y marchó contra las trincheras de Metelo, Metelo mantuvo sus fuerzas en el campamento hasta el mediodía, dado que el tiempo en esa época del año era muy caluroso. Cuando el enemigo fue vencido por el calor, él fácilmente le derrotó, ya que sus hombres estaban frescos y su fuerza intacta.

Nota: Año 76 a.de C.


3) Cuando el mismo Metelo unió sus fuerzas con Pompeyo contra Sertorio en España, y ofrecía repetidamente la batalla, el enemigo rehusó el combate, juzgándose desigual en proporción de 2 a 1. Más adelante, sin embargo, Metelo, notando que los soldados del enemigo, encendidos con gran entusiasmo, pedían la batalla, exponiendo sus armas, y blandiendo sus lanzas, pensó que, ante su ardor, era mejor retirarse a tiempo. En consecuencia se retiró e hizo que Pompeyo hiciera lo mismo.


4) Cuando Postumio estaba en Sicilia en su consulado, su campamento estaba distante a tres millas del de los cartagineses. Cada día, los jefes púnicos preparaban su línea de batalla directamente en frente de las forificaciones romanas, mientras Postumio ofrecía resistencia por vía de constantes escaramuzas, conducidas por una pequeña compañía ante sus trincheras. Tan pronto como el comandante cartaginés llegó a considerar esto como norma, Postumio preparó silenciosamente a todo el resto de sus tropas dentro de los terraplenes, yendo al encuentro del asalto de la fuerza con unos pocos, según su antigua práctica, pero manteniéndolos en combate más tiempo que el de costumbre. Cuando, después que pasó el mediodía, ellos se estaban retirando, cansados y sufriendo de hambre, Postumio, con tropas frescas, los derrotó, agotados como estaban por el ya mencionado desconcierto.

Nota: Año 262 a.de C.


5) Ifícrates, el ateniense, habiendo descubierto que el enemigo comía regularmente a la misma hora, mandó que sus propias tropas comieran a una hora más temprana, y luego los condujo a luchar. Cuando el enemigo avanzó, él los detuvo de tal manera como para no permitirles enfrentamientos o retiradas. Entonces, a medida que el día finalizaba, él condujo sus tropas de regreso, pero sin embargo las mantuvo en armas. El enemigo, agotado por estar de pie en la línea como por el hambre, se alejó inmediata y rápidamente para descansar y comer, momento en el cual Ifícrates condujo otra vez sus tropas adelante, y encontrando al enemigo desorganizado, atacó su campamento.

Nota: Polieno, 3:9 § 53 : «Ifícrates acampó en presencia de los enemigos, observando que comían cada día a la misma hora. Él ordenó a sus tropas que comieran de madrugada; y cuando esto fue hecho, atacó a los enemigos, sobre los cuales no dejó en absoluto de tirar hasta la tarde. Cuando ambos ejércitos se hubieron separado, los enemigos se dirigieron a cenar. Ifícrates, cuyas tropas ya habían comido, se abatió sobre esta gente que se disponía a comer e hizo una gran carnicería».


6) Cuando el mismo Ifícrates tuvo su campamento durante varios días cerca de los lacedemonios, y cada bando tenía en el hábito de ir a una hora regular a buscar forraje y madera, él un día envió a esclavos y a los que siguen a los campamentos, vestidos de soldados para esta misión, manteniendo detrás a sus combatientes; y tan pronto como el enemigo se dispersó en diligencias similares, él capturó su campamento. Entonces, cuando ellos retornaron corriendo desde todas partes a la pelea, desarmados y llevando sus bultos, él fácilmente los mató o capturó.

Notas.. Año 393 a 392 a.de C. Polieno, 3:9 § 52 : «Ifícrates, que se encontraba acampado delante de los aliados de los lacedemonios, por la noche hizo cambiar de atavíos a sus tropas. Les dió a los soldados los trajes de los esclavos, y a los esclavos la ropa de los soldados. Éstos, adornados militarmente, dejaron las armas, por su orden, y se echaron a pasear como gente que no tenía nada que hacer; y los soldados, vestidos de esclavos, tomaron las armas y ejercían las funciones ordinarias a los esclavos. Los enemigos, que veían esto, quisieron imitarlos. Su guerreros, desarmados, salieron al campo y se pasearon descansando, y los esclavos quedaron a hacer sus funciones acostumbradas. En seguida Ifícrates hizo dar la señal. Sus soldados tomaron las armas de prisa, e irrumpieron en el campo de los enemigos, que pronto fue abandonado por los esclavos; y así como el resto fue desarmado, todo lo que había de enemigo fue muerto o hecho prisionero»..


7) Cuando el cónsul Virginio, en la guerra con los volscos, vió al enemigo correr a todo vapor a una distancia, ordenó a sus propios hombres que se quedaran firmes y sostuvieran sus jabalinas en reposo. Entonces, cuando el enemigo estaba sin aliento, mientras su propio ejército estaba todavía fuerte y fresco, les atacó y derrotó.

Nota: Año 494 a.de C. Livio, 2:30 : «El otro cónsul, enviado contra los volscos, para no perder tiempo comenzó a talar el territorio enemigo, obligándoles en seguida a acercar su campamento al suyo y a venir a batalla campal. Una llanura mediaba entre los dos ejércitos, y éstos se desplegaron ante sus respectivas tiendas. Los volscos eran algo superiores en número, y orgullosos con esta ventaja marcharon los primeros al combate, desordenados y como con desprecio. El cónsul romano no avanzó su ejército; prohibió a sus soldados gritar y les mandó permanecer firmes, la lanza en el suelo y no arrancar hasta que estuviesen cerca; pero llegado 'el momento atacar con energía y terminar el combate con la espada. Fatigados los volscos de correr y de gritar llegaron delante de los romanos, cuya inmovilidad creyeron hija del asombro y el terror. Mas cuando les vieron ponerse en movimiento, cuando vieron brillar las espadas, turbáronse y huyeron cual si hubiesen caído en una emboscada, y como habían venido a la carrera, ni siquiera les quedaban bastantes fuerzas para huir. Por el contrario los romanos, habiendo permanecido tranquilos al principio del combate, descansadas sus fuerzas, fácilmente alcanzaron al fatigado enemigo, toma-ron por asalto su campamento y le persiguieron hasta Velitras. Vencedores y vencidos entraron mezclados en la ciudad, y allí, en la matanza de todos los ciudadanos, se derramó más sangre que en el combate. Corto número de habitantes que se rindieron desarmados fueron los únicos que recibieron perdón».


8) Dado que Fabio Máximo era bien consciente que los galos y samnitas eran fuertes en el ataque inicial, mientras los incansables espíritus de sus propios hombres realmente se calentaban a medida que la lucha proseguía, mandó que sus soldados descansaran satisfechos manteniendo al enemigo en el primer encuentro y los desgastaran por la tardanza. Cuando esto tuvo éxito, trayendo refuerzos a sus hombres en la retaguardia, y atacando con toda su fuerza, aplastó y derrotó al enemigo.

Nota: Año 295 a.de C. Livio, 10:28, 29 : «Con Fabio, los romanos se defendían más bien que atacaban, procurando prolongar el combate todo lo posible, porque el general sabía que los samnitas y los galos eran terribles en el primer ímpetu, pero que bastaba no ceder a él; que si se prolongaba el combate, el valor de los samnitas decaía insensiblemente; que en cuanto a los galos, pueblo incapaz de soportar la fatiga y el calor, sus cuerpos se derretían por decirlo así, y pareciendo más que hombres al comenzar la batalla, eran menos que mujeres al terminarla. Economizaba, pues, las fuerzas de sus soldados esperando la hora en que el enemigo acostumbraba dejarse vencer….
En la derecha, Fabio, como hemos dicho ya, había prolongado el combate hasta muy entrado el día. Cuando le pareció que no tenían tanta energía los gritos del enemigo, sus movimientos y los dardos que lanzaba, mandó a los prefectos de la caballería que marchasen con el cuerpo que mandaban por los flancos de los samnitas, con objeto de poder, a una señal dada, tomarlos de través y caer sobre ellos con el mayor ímpetu; ordenando al mismo tiempo a los suyos avanzar insensiblemente y empujar al enemigo. Viendo que no resistían y que su cansancio no era dudoso, reunió todos los cuerpos de la reserva, que había guardado para esta ocasión, lanza al mismo tiempo sus legiones adelante y manda a la caballería que ataque al enemigo. Los samnitas no pudieron resistir un empuje tan vigoroso, y pasando cerca de los galos, ganaron su campamento con extraordinaria precipitación, dej ando a sus aliados combatiendo con el enemigo. Habiendo formado los galos la tortuga, se mantenían apretados. Enterado entonces Fabio de la muerte de su colega, hace salir de su línea de batalla a los campanios, en número de cerca de quinientos jinetes, con orden de rodear y atacar al ejército galo por la espalda: manda que les sigan los príncipes de la tercera legión, quienes, en el momento en que viesen al enemigo quebrantado por el ataque de la caballería, debían caer sobre él, aprovechando el espanto para destrozarle. En cuanto a él, después de ofrecer a Júpiter Vencedor un templo y todos los despojos de los enemigos, marchó hacia el campamento de los samnitas, donde se precipitaban consternados todos los fugitivos. No pudiendo pasar por las puertas tan considerable multitud, los que no pudieron penetrar en el campamento intentaron el combate al pie mismo de las empalizadas. El general samnita Gelio Egnacio pereció allí: en seguida fueron rechazados los samnitas al interior. Apoderáronse del campamento sin grandes esfuerzos, y los galos, cogidos por la espalda, quedaron envueltos. En este día se mataron al enemigo veinticinco mil hombres y se les hicieron ocho mil prisioneros. No fué incruenta la victoria para los romanos, porque perecieron siete mil hombres del ejército de Decio y mil setecientos del de Fable. Habiendo mandado éste buscar el cadáver de su colega, hizo amontonar los despojos del enemigo y los quemó en honor de Júpiter Vencedor. Sepultado el cuerpo del cónsul entre montones de cadáveres de galos, no pudo encontrarse aquel día. A la mañana siguiente los soldados, llorando mucho, le llevaron al campamento, y Fabio, abandonando todos los otros asuntos, se ocupó de las exequias de su colega, al que tributó los mayores honores, pagándole el tributo de alabanzas que merecía».



9) En Queronea, Filipo prolongó deliberadamente el enfrentamiento, consciente que sus propios soldados eran avezados por larga experiencia, mientras los atenienses eran ardientes, pero inexpertos, e impetuosos sólo en la carga. Entonces, cuando los atenienses empezaron a cansarse, Filipo atacó más furiosamente y los destrozó.

Nota: Año 338 a.de C. Polieno, 4:2 § 7 : «Filipo, en Queronea, sabiendo que los atenienses eran activos e impresionantes en el ataque, pero inexpertos, y los macedonios habituados a fatigas y ejercicios, concibió prolongar la acción: y reservando su principal ataque para el final último del compromiso, el enemigo, débil y agotado, fue incapaz de sostener el la carga»..


10) Cuando los espartanos supieron por los exploradores que los mesenios habían estallado en tal furia que vinieron a luchar asistidos por sus mujeres y niños, pospusieron el enfrentamiento.

Nota: Año 478 a.de C. Tucídides, La Guerra del Peloponeso, 1:90 y ss.


11) En la Guerra Civil, cuando Cayo César mantuvo al ejército de Afranio y Petreyo sitiado y sufriendo de sed, y cuando sus tropas, enfurecidas debido a esto, mataron a todas sus bestias de carga y salieron a batallar, César contuvo a sus propios soldados, juzgando la ocasión impropia para un enfrentamiento, dado que sus oponentes estaban tan inflamados de ira y desesperación.

Nota: Año 49 a.de C.Julio César, Las Guerras Civiles, 1: 81-86 : ««LXXXI. Aquí ya finalmente, no pudiendo hallar sitio acomodado para atrincherarse ni proseguir la marcha, hacen algo por fuerza, y se acampan en un paraje distante del agua, y por la situación peligroso. Mas César por las mismas causas indicadas arriba no los provocó a batalla, y aquel día no permitió armar las tiendas, a fin de que todos estuviesen más expeditos para perseguirles, bien rompiesen de noche o bien de día. Ellos, reconociendo la mala positura de los reales, gastan toda la noche en alargar las fortificaciones, tirando sus líneas enfrente de las de César. En lo mismo se ocupan el día inmediato desde la mañana hasta la noche. Pero al paso que iban adelantando la obra y alargando los reales, se iban alejando más del agua, y procuraban el remedio a los males presentes con otros males. La primera noche nadie sale del campo en busca de agua. Al día siguiente, fuera de la guarnición dejada en los reales, sacan todas las demás tropas al agua, pero ninguna al forraje. César quería más que, humillados con estas calamidades y reducidos al último extremo, se vieran obligados a rendirse, que no derramar sangre peleando. Con todo eso trata de cercarlos con trinchera y foso, a fin de atajarles más fácilmente las salidas repentinas, a que creía habían de recurrir por fuerza. Entonces, parte obligados por la falta de forraje, parte por estar más desembarazados para el viaje, mandan matar todas las bestias de carga.
LXXXII. En estas maniobras y trazas emplearon dos días. Al tercero ya la circunvalación estaba muy adelantada. Ellos por impedirla, dada la señal a eso de las ocho, sacan las legiones, y debajo de las trincheras se forman en batalla. César hace suspender los trabajos, manda juntar toda la caballería y ordena la gente en batalla. Porque dar muestra de rehusar el combate contra el sentir de los soldados y el crédito de todos, parábale gran perjuicio. Eso no obstante, por las razones dichas, que ya son bien notorias, no quería venir a las manos; mayormente considerando que, por la estrechez del terreno, aunque fuesen desbaratados los contrarios, no podía ser la acción decisiva, pues no distaban entre sí los reales sino dos millas. De éstas las dos partes ocupaban las tropas, quedando la tercera sola para el combate. Y cuando se diese la batalla, la vecindad de los reales ofrecía pronto asilo a la fuga de los vencidos. Por eso estaba resuelto a defenderse caso que le atacasen, mas no a ser el primero en acometer.
LXXXIII. El ejército de Afranio estaba dividido en dos cuerpos, uno formado de las legiones quinta y tercera ( [26]); otro de reserva compuesto de tropas auxiliares. El de César en tres trozos; la primera línea de cada trozo se componía de cuatro cohortes de la quinta legión; la segunda de tres cohortes de las tropas auxiliares, y la tercera de tres distintas legiones. La gente de honda y arco ocupaba el centro; la caballería cubría los costados. Dispuestos en esta forma, cada uno creía lograr su intento: César de no pelear sino forzado; el otro de impedir los trabajos de César. Sin embargo, por entonces no pasaron a más empeño sino el de mantenerse ordenados ambos ejércitos hasta la puesta del Sol, y entonces se retira cada cual a su campo. Al otro día se dispone César a concluir las fortificaciones comenzadas; ellos a tentar el vado del río Segre, a ver si podían atravesarlo. César que lo advirtió, hace pasar el río a los germanos armados a la ligera y a un trozo de caballería, y destruye por la margen diferentes guardias.
LXXXIV. Al cabo, viéndose totalmente sitiados, las caballerías ya cuatro días sin pienso, ellos mismos sin agua, sin leña, sin pan, piden entrevista, y que a ser posible no fuese a presencia de los soldados. Negando esto ultimó César, y concediéndoles el hablar, si querían, en público, entregan en prendas a César el hijo de Afranio. Vienen al paraje señalado por César. Estando los dos ejércitos oyendo, dice Afranio: «Que ni él ni su ejército eran reprensibles por haber querido perseverar fieles a su general Cneo Pompeyo; pero ya habían cumplido con su deber, y harto lo habían pagado con haber padecido la falta de todas las cosas, y más ahora que se ven como fieras acorraladas, privados de agua, sin resquicio para la salida, ya ni el cuerpo puede aguantar el dolor, ni el ánimo la ignominia, por tanto se confiesan vencidos; y si es que hay lugar a la misericordia, ruegan y suplican que no los obliguen a padecer la pena del último suplicio». Estas palabras las pronuncia con la mayor sumisión y reverencia posible.
LXXXV. A esto respondió César: «Que en nadie eran más disonantes las cuitas y lástimas, puesto que todos los demás habían cumplido con su obligación: Césaren no haber querido pelear aun teniendo las ventajas de la tropa, del lugar y del tiempo, a trueque de que todo se allanase para la paz; su ejército, el cual no obstante la injuria recibida y la muerte cruel de los suyos, salvó a los del campo contrario que tenía en sus manos; los soldados en fin del mismo Afranio, que vinieron por sí a tratar de reconciliación, pensando hacer buenos oficios a favor de los suyos; por manera que toda clase de personas había conspirado a la clemencia; ellos solos, siendo las cabezas, habían aborrecido la paz, violado los tratados y las treguas, pasado a cuchillo a unos hombres desarmados y engañados por palabras amistosas. Así ahora experimentaban en sí lo que de ordinario suele acontecer a hombres demasiado tercos y arrogantes; que al cabo se ven reducidos a solicitar con ansia lo que poco antes desecharon. Mas no por eso piensa aprovecharse del abatimiento en que se hallan, o de las circunstancias favorables para aumentar sus fuerzas, sino que quiere se despidan los ejércitos que ya tantos años han mantenido contra su persona. Pues no por otra causa se han enviado a España seis legiones, ni alistado en ella la séptima, ni apercibido tantas y tan poderosas armadas, ni escogido capitanes expertos en la guerra. Nada de esto se ha ordenado a pacificar las Españas, nada para utilidad de una provincia que por la larga paz ningún socorro había menester. Que todos estos preparativos iban dirigidos muy de antemano contra él; contra él se forjaban generalatos de nueva forma, haciendo que uno mismo a las puertas de Roma gobierne la República, y en ausencia retenga tantos años dos provincias belicosísimas; contra él se había barajado el orden de la sucesión en los empleos, enviando al gobierno de las provincias no ya, como siempre, los que acababan de ser pretores y cónsules, sino los que lograban el favor y voto de unos pocos; contra él no valía la excusa de la edad avanzada, destinando a mandar ejércitos o personas que han cumplido los años de servicios en las guerras pasadas; con él solo no se guardaba lo que a todos los generales se había concedido siempre, que acabadas felizmente sus empresas, vuelvan a sus casas y arrimen el bastón con algún empleo honorífico, o por lo menos sin infamia. Que todo esto así corno lo había sufrido hasta aquí con paciencia, también pensaba sufrirlo en adelante; ni ahora era su intención quedarse con el ejército quitándoselo a ellos contra su persona; por tanto saliesen, conforme a lo dicho, de las provincias y licenciasen las tropas. Así él no haría mal a nadie; ser ésta la única y final condición de la paz». Esta última proposición fue por cierto de sumo placer para los soldados, como por sus ademanes se pudo conocer; que cuando por ser vencidos temían algún desastre, conseguían sin pretenderlo el retiro. Con efecto, suscitándose alguna diferencia acerca del lugar y tiempo de la ejecución, todos a una desde las líneas donde estaban asomados, con voces y ademanes pedían los licenciasen luego; que aunque más palabras se diesen, no se podían fiar si se difería para otro tiempo. Después de algunos debates entre ambas partes, finalmente se resolvió que los que tenían domicilio y posesiones en España fuesen a la hora despedidos, los demás en llegando al río Varo. Asentóse que no se les haría daño, y que ninguno por fuerza sería obligado por César a alistarse bajo sus banderas.
LXXXVI. César promete proveerles de trigo desde entonces hasta la despedida. Añade también que si alguno hubiese perdido cosa que esté en poder de sus soldados, se restituyese a sus dueños; el valor de estas cosas tasadas por su justo precio se lo pagó en dinero contante a los soldados. En todos los pleitos que hubo después entre los soldados, acudían voluntariamente para la decisión a César. Petreyo y Afranio, como las legiones casi amotinadas clamasen por la paga, cuyo plazo decían ellos no haberse aún cumplido, piden por arbitro a César, y unos y otros quedaron contentos con el corte que éste dio. Despedida en aquellos dos días como la tercera parte del ejército, mandó que dos de sus legiones fuesen delante y las otras detrás, de suerte que las unas se alojasen a corta distancia de las otras. Este negocio encomendó al legado Quinto Fusio Caleño. Conforme a esta orden suya se hizo el viaje desde España hasta la ribera del Varo, donde fue despedido el resto del ejército».


12) Cneo Pompeyo, deseando comprobar la huída de Mitrídates y forzarlo a luchar, eligió la noche como el momento para el enfrentamiento, ingeniándoselas para bloquear su marcha mientras él se retiraba.
Habiendo hecho sus preparativos para este fin, obligó de repente a su enemigo a luchar. Además de esto, preparó su fuerza de modo tal que la luz de la luna, cayendo sobre las caras de los soldados pónticos, cegó sus ojos, dando, entretanto, a sus propias tropas, una visión clara y distintiva del enemigo.

Nota: Año 66 a.de C. Floro, 3:5 : «Observando Pompeyo que el Asia se halaba agitada con nuevas revueltas, y que á unos reyes se sucedían, otros, sin pérdida de tiempo y antes de que se aunaran las fuerzas de tantas naciones, tendió un puente de barcas sobre el Eúfrates; le atravesó, y alcanzando al fugitivo monarca en medio de la Armenia, fué tal su fortuna que le derrotó por completo en una sola batalla. La lucha se trabó durante la noche: la misrna luna tomó parte en aquélla, y cual si combatiera en favor nuestro, se presentó á espaldas de las huestes contrarias, iluminando de frente a los Romanos. Engañados los soldados del Ponto ante lo desmesurado de sus propias sombras, las dirigían sus golpes tomándolas por verdaderos enemigos. En esta misma noche se consumó la ruina de Mitrídates, á pesar de que, agotando todos los recursos, se defendió tenazmente á la manera que la serpiente, una vez aplastada su cabeza, sacude su cola en todas direcciones».

 


13) Es bien sabido que Yugurta, consciente del coraje de los romanos, solía siempre librar la batalla cuando el día llegaba a su fin, de modo que, en caso de que sus hombres fueran derrotados, pudieran tener la ventaja de la noche para escapar .

Nota: Años 111 a 106 a.de C. Salustio, La Guerra de Yugurta, 98:2 : «Yugurta, después de haber perdido a Capsa y a otros lugares fuertes e importantes, con gran parte de sus tesoros, envía a decir a Boco «que pase cuanto antes con su ejército a Numidia, que era ya tiempo de obrar: mas viendo que éste lo difería y buscaba pretextos, dudando si abrazaría la paz o la guerra, cohecha de nuevo a sus confidentes y ofrécele la tercera parte de su reino, si se lograba echar a los romanos de África o se ajustaba la paz sin perder nada de sus estados. Inducido con esta promesa Boco, vase a Yugurta con gran número de gente, y juntos los dos ejércitos acometen a Mario, que estaba ya en marcha para tomar cuarteles, cuando quedaba poco más de una hora de día, por parecerles que la cercana noche les servirla de abrigo en caso de ser vencidos, y si salían con victoria, no les sería de estorbo para usar de ella, por ser prácticos del terreno; y que al contrario, los romanos, en uno y otro caso, se habían de hallar muy embarazados con la oscuridad».

 

14) En Tigranocerta en la Armenia Mayor, Lúculo, en la campaña contra Mitrídates y Tigranes, no tenía encima de 15.000 hombres armados, mientras el enemigo tenía una hueste innumerable, que por esta misma razón era pesada y difícil de manejar. Aprovechando, en consecuencia, esta ventaja del enemigo, Lúculo atacó su línea antes de que estuviera ordenada, e inmediatamente lo derrotó tan completamente que hasta los reyes mismos desecharon su parafernalia y huyeron.

Nota: Año 69 a.de C. Plutarco, Lúculo, 26-28 : «Sucediéndole tan felizmente las cosas, movió Luculo para Tigranocerta, y acampándose en derredor le pusositio. Hallábanse en aquella ciudad muchos Griegos de los trasplantados de la Cilicia, muchos bárbaros que habían tenido la misma suerte, Adiabenos, Asirios, Gordianos y Capadocios, a los que, arruinando sus patrias y arrancándolos de ellas, los habían obligado a fijar allí su residencia. Estaba la ciudad llena de caudales y de ofrendas, no habiendo particular ni poderoso que no se afanara por agasajar al rey para el incremento y adorno de ella. Por esta misma causa, Luculo estrechaba con vigor el sitio, teniendo por cierto que Tigranes no podría desentenderse, sino que con el enojo acudiría a dar la batalla, contra lo que tenía meditado, y ciertamente no se engañó. Retraíale, sin embargo, con empeño Mitridates, enviándole mensajeros y cartas para que no trabara batalla, bastándole el interceptar los víveres con su numerosa caballería, y rogábale también encarecidamente Taxiles, enviado con tropas de parte del mismo Mitridates, que se guardase y evitase como cosa invencible las armas romanas. Al principio los escuché benignamente; pero después que con todo su poder se le reunieron los Armenios y Gordianos, que con todas sus fuerzas se presentaron asimismo sus respectivos reyes, trayendo a los Medos y Adiabenos, que vinieron muchos Árabes de la parte del mar de Babilonia, muchos Albaneses del Caspio e Íberos incorporados con los Albaneses, y que concurrieron no pocos de los que, sin ser de nadie regidos, apacientan sus ganados en las orillas del Araxes, atraídos con halagos y con presentes, entonces ya en los banquetes del rey y en sus consejos todo era esperanzas, osadía y aquellas amenazas propias de los bárbaros; Taxiles estuvo muy a pique de perecer por haber hecho alguna oposición a la resolución de pelear, y aun se llegó a sospechar que Mitridates, por envidia, se oponía a aquella brillante victoria. Así es que Tigranes no le aguardó, para que no participase de la gloria; y poniéndose en marcha con todo su ejército, se lamentaba, según se dice, con sus amigos de que aquel combate hubiera de ser con sólo Luculo y no con todos los generales romanos que se hallaban allí juntos. Y en verdad que aquella confianza no era loca ni vana, al ver tantas naciones y reyes como le seguían, tan numerosa infantería y tantos miles de caballos: porque arqueros y honderos llevaba veinte mil; soldados de a caballo, cincuenta y cinco mil, y de éstos, diez y siete mil con cotas y otras piezas de armadura de hierro, según lo escribió Luculo al Senado; infantes, ya de los formados en cohortes y ya de los que componían la batalla, ciento cincuenta mil; camineros, pontoneros, acequieros, leñadores y sirvientes para todos los demás ministerios, treinta y cinco mil; los cuales, formando a espalda de los que peleaban, no dejaban de contribuir a la visualidad y a la fuerza.
XXVII.- Cuando, pasado el Tauro, llegaron a descubrirse sus inmensas fuerzas, y él divisó el ejército de los Romanos acampado ante Tigranocerta, el tropel de bárbaros que había dentro de la ciudad recibió su aparecimiento con grande alboroto y gritería, y mostraba con amenazas a los Romanos, desde la muralla, las tropas armenias. Púsose Luculo a deliberar sobre el partido que debía tomarse: unos le aconsejaban que marchara contra Tigranes, abandonando el sitio; otros, que no dejara a la espalda tantos enemigos ni levantara el cerco; más él, diciéndoles que, separados, ni uno ni otro consejo daban en lo conveniente, y juntos sí, dividió sus fuerzas, dejando a Murena con seis mil hombres para continuar el asedio y él, tomando el resto, que eran veinticuatro cohortes, con menos de diez mil infantes, toda la caballería y unos mil entre honderos y arqueros, marchó en busca de los enemigos; y poniendo sus reales junto al río en una gran llanura se mostró a Tigranes objeto muy pequeño, siendo para sus aduladores materia de entretenimiento; porque unos lo ridiculizaban, otras echaban suertes sobre los despojos, y cada uno de aquellos reyes y generales, presentándose a Tigranes, le rogaba que aquel negocio lo dejara a él solo, contentándose con ser espectador. Quiso también éste hacer de gracioso y burlón, pronunciando aquel dicho, ya tan vulgar: “Para embajadores, son muchos; para soldados, muy pocos”; así estuvieron burlándose y divirtiéndose por entonces. Al amanecer sacó Luculo su ejército armado; el de los enemigos se hallaba al oriente del río.
Daba allí éste un rodeo hacía poniente, y era por aquella parte por donde podía pasarse mejor; así, conduciendo apresuradamente sus tropas en dirección opuesta, se le figuró a Tigranes que huía, y llamando a Taxiles, le dijo riendo a carcajadas: “¿No ves cómo huye esa invicta infantería romana?” Y entonces Taxiles: “¡Ojalá hiciera vuestro buen Genio, oh Rey, ese milagro! Pero no se visten los hombres de limpio para las marchas, ni usan de escudos acicalados, ni de morriones desnudos coma ahora, quitando sus fundas a las armas, sino que aquella brillantez es de soldados que buscan pelea, dirigiéndose de hecho contra los enemigos”. Decía esto Taxiles, cuando ya la primera águila, que era la de Luculo, había dado la vuelta, y las cohortes ocupaban sus puestos para pasar el río; entonces Tigranes, como quien se recobra con pena de una profunda embriaguez, exclamó por dos o tres veces: “¿Es posible que vengan contra nosotros?” De manera que aquella muchedumbre se formó con grande atropellamiento en batalla, tomando el Rey para sí el centro y dando de las alas la izquierda al Adiabeno y la derecha al Medo, en la que a vanguardia se hallaba la mayor parte de los coraceros. Cuando Luculo se disponía a pasar el río, algunos de los otros caudillos le advirtieron que debía guardarse de aquel día, por ser uno de los nefastos, a los que llaman negros; por cuanto en él había perecido el ejército de Cipión en lid con los Cimbros; pero él les dio aquella tan celebrada respuesta: “Pues yo haré este día afortunado para los Romanos.” Era el que precedía a las nonas de octubre.
XXVIII.- Dicho esto, y mandando tener buen ánimo, pasó el río, marchando el primero contra los enemigos, vestido con una brillante cota de hierro con escamas, y una sobrevesta con rapacejos. Ostentaba ya desde allí la espada desenvainada, como que tenía que apresurarse a venir a las manos con hombres hechos a pelear de lejos, y le era preciso acortar el espacio propio para armas arrojadizas con la celeridad de la acometida; y viendo a la caballería de coraceros, con que se hacía tanto ruido, defendida por un collado cuya cima era suave y llana, y cuya subida, que sería de cuatro estadios, no era difícil ni tenía cortaduras, dio orden a los soldados de caballería tracios y gálatas que tenía en sus filas de que, acometiéndoles en oblicuo, desviaran con las espadas los cuentos de las lanzas; porque en ellos estaba el todo de la fortaleza de aquellas gentes, no pudiendo nada fuera de esto, ni contra los enemigos ni para sí, a causa de la pesadez e inflexibilidad de su armadura, con la que parecían aprisionados. Tomó en seguida dos cohortes, y se dirigió al collado, siguiéndole alentadamente la tropa, al ver que él marchaba el primero a pie, armado y decidido a batirse. Luego que estuvo arriba, puesto en el sitio más eminente, “Vencimos- exclamó en voz alta-; vencimos, camaradas”; y al punto cayó sobre los coraceros, mandando que no hiciesen uso de las picas, sino que hirieran con las espadas a los enemigos en las piernas y en los muslos, que es lo único que los armados no tienen defendido. Mas estuvo de sobra esta prevención, porque no aguardaron la llegada de los Romanos, sino que al punto, levantando espantosos alaridos, dieron a huir con la más vergonzosa cobardía, y ellos y sus caballos, con sus pesadas armaduras, cayeron sobre su misma infantería, antes de que ésta hubiese entrado en acción; de modo que, sin una herida, y sin haberse derramado una gota de sangre, quedaron vencidos tantos millares de miles de hombres, y si fue grande la matanza en los que huían, aún fue mayor en los que querían y no podían huir, impedidos entre sí por lo espeso y profundo de la formación. Tigranes, dando a correr desde el principio, escapó con algunos pocos, y viendo que a su hijo le cabía la misma suerte, quitándose la diadema de la cabeza, se la entregó con lágrimas, mandándole que por otra vía se salvara como pudiese. No se atrevió aquel joven a ceñirse con ella las sienes, sino que la dio a guardar a uno de los mancebos de quien más se fiaba, y como después éste, por desgracia, cayese cautivo, entre los demás que lo fueron lo fue también la diadema de Tigranes. Dícese que de los infantes murieron más de cien mil hombres, y de los de a caballo se salvaron muy pocos; los Romanos tuvieron cien heridos y cinco muertos. Antíoco el filósofo, haciendo mención de esta batalla en su obra acerca de los Dioses, dice que el Sol no vio otra semejante; Estrabón, otro filósofo, dice en sus memorias históricas que los mismos Romanos estaban avergonzados y se reían de sí mismos por haber tomado las armas contra semejantes esclavos; y Livio refiere que nunca los Romanos habían sido tan inferiores en número a los enemigos, porque apenas los vencedores eran la vigésima parte, sino menos todavía, de los vencidos. De los generales romanos los más inteligentes, y que en más acciones se habían hallado, lo que principalmente celebraban en Luculo era haber vencido a los reyes más poderosos y afamados con dos medios encontrados enteramente, cuales son la prontitud y la dilación: porque a Mitridates, que se hallaba pujante, lo destruyó con el tiempo y la tardanza y a Tigranes lo quebrantó con el aceleramiento, siendo muy pocos los generales que como él hayan tenido una precaución activa y un arrojo seguro».

15) En la campaña contra los panonios, cuando los bárbaros a tono bélico se habían formado para la batalla al amanecer mismo, Tiberio Nerón contuvo a sus propias tropas, y permitió que el enemigo fuera obstaculizado por la niebla y fuera empapado por las lluvias, que resultaron ser frecuentes ese día. Entonces, cuando notó que estaban cansados y débiles por la posición, no sólo por la exposición sino también por el agotamiento, dio la señal, atacó y los derrotó.

Nota: Años 12 a10 a.de C. ó 6 a 9 de Nuestra Era. El futuro emperador Tiberio.

 

16) Cayo César, estando en la Galia, entendió que era un principio y casi una ley con Ariovisto, rey de los germanos, no luchar cuando la luna menguaba. César, por lo tanto, eligió ese momento sobre todos los otros para entrar en batalla, cuando el enemigo estaba turbado por su superstición, y así triunfó sobre ellos.

Nota: Año 58 a.de C. Julio César, La Guerra de las Galias, 1:49 : «Al día siguiente César, como lo tenía de costumbre, sacó de los dos campos su gente, la ordenó a pocos pasos del principal, y presentó batalla al enemigo; mas visto que ni por eso se movía, ya cerca del mediodía recogió los suyos a los reales. Entonces por fin Ariovisto destacó parte de sus tropas a forzar las trincheras de nuestro segundo campo; peleóse con igual brío por ambas partes hasta la noche, cuando Ariovisto, dadas y recibidas muchas heridas, tocó la retirada. Inquiriendo César de los prisioneros la causa de no querer pelear Ariovisto, entendió ser cierta usanza de los germanos que sus mujeres hubiesen de decidir por suertes divinatorias si convenía, o no, dar la batalla, y que al presente decían: «no poder los germanos ganar la victoria si antes de la luna nueva daban la batalla».

 

17) El divino Vespasiano Augusto atacó a los judíos en su sabbath, día en el cual es pecado realizar cualquier actividad, y así los derrotó.

Nota: Año 70 de Nuestra Era.

 

18) Cuando Lisandro, el espartano, luchaba contra los atenienses en Egos Potamos, comenzó atacando los buques de los atenienses a una hora regular y luego deteniendo a su flota. Después que esto se hubo convertido en un procedimiento establecido, cuando los atenienses en una ocasión, después de su retirada, se dispersaban para reunir sus tropas, él desplegó su flota como de costumbre y se retiró. Entonces, cuando la mayor parte del enemigo se había dispersado según su costumbre, él atacó y mató al resto, y capturó todos sus buques.

Nota: Año 405 a.de C. Plutarco, Lisandro, 10, 11 : «X Nada hicieron por entonces ni unos ni otros, esperando que al día siguiente se combatirían las escuadras; pero muy distinto era el pensamiento de Lisandro, el cual, sin embargo, dio orden a los marineros y pilotos, como si al otro día al amanecer se hubiera de pelear, de que montasen las galeras y esperasen en formación y con silencio la disposición que se les comunicase; de la misma manera mandó que el ejército de tierra, desplegado en el litoral, aguardara igualmente sin moverse. Al salir el sol, los Atenienses se presentaron de frente, provocándolos con todas sus naves; y él, con tener las suyas en orden y bien tripuladas desde la noche, no se hizo al mar; y antes, por sus edecanes, envió avisos a las naves principales para que permanecieran en su puesto, sin inquietarse ni salir contra los enemigos. Hubiéronse de retirar, ya al oscurecer, los Atenienses; y él, sin embargo, no permitió a los soldados desembarcarse sin haber despachado antes de exploradoras dos o tres galeras, y haber vuelto éstas con la noticia de que habían visto saltar en tierra a los enemigos. Ejecutóse enteramente lo mismo el día siguiente, y el tercero y el cuarto, de manera que los Atenienses concibieron la mayor confianza, y empezaron a mirar con desprecio a los enemigos, pensando que los temían y les habían cobrado miedo. En tanto, Alcibíades, que se hallaba todavía en el Quersoneso, detenido en una de sus plazas, marchando a caballo al ejército de los Atenienses, increpó a los generales, primeramente de haber anclado en una costa mal segura y abierta, y en segundo lugar, de que hacían mal en ir lejos a tomar las provisiones de Sesto, cuando les convenía no apartarse mucho de esta ciudad y su puerto, manteniéndose a distancia de unos enemigos que estaban a las órdenes de un hombre solo, obedeciéndole en todo por miedo a la menor señal. Estas lecciones les daba, mas ellos no le prestaron oídos, y aun Tideo lo despidió con enfado, diciéndole que no era Alcibíades sino otros los que mandaban.
XI.- Separóse, pues, de ellos Alcibíades, no sin alguna sospecha de que eran traidores a su patria. Hicieron los Atenienses al quinto día su navegación y retirada, según costumbre, con gran desdén y desprecio; Lisandro, al enviar las naves exploradoras, encargó a los capitanes que, inmediatamente después de haber visto desembarcarse a los Atenienses, se apresuraran a volver, y, al estar en medio de la travesía, levantasen en alto, por la proa, un escudo de bronce, en señal de que debían hacerse a la vela. En tanto, convocaba a los pilotos y capitanes y los exhortaba a que cada uno tuviese a bordo y en orden a todos los individuos de la marinería y tripulación, y a la primera señal moviesen aceleradamente contra los enemigos. Luego que de las naves se levantó en alto el escudo, y se dio de la capitana la señal con la trompeta, salieron al mar las naves, y el ejército de tierra marchó por la costa hacia el promontorio; y siendo la distancia que había entre ambos continentes de quince estadios, con la diligencia y ardor de los remeros en breves instantes fue vencida. Conón fue el primero de los generales atenienses que divisó en el mar la escuadra, e inmediatamente esforzó la voz para que se embarcaran; y sintiendo ya el mal que les había sobrevenido, convocaba a unos, rogaba a otros, y a otros los obligaba a tripular las naves; pero toda su diligencia era vana, estando la gente dispersa: pues luego que saltaron en tierra, unos habían marchado a tomar víveres, otros andaban vagando y otros dormían en las tiendas, muy distantes todos de aquel apuro y menester, por impericia de sus generales. Cuando los enemigos estaban encima, con grande gritería y alboroto, Conón se hizo a la vela con ocho naves, y se retiró a Chipre, al amparo de Evágoras; los del Peloponeso, cargando sobre los demás, de ellas tomaron unas enteramente vacías, y desbarataron otras que ya estaban tripuladas. De la gente, unos murieron cerca de las naves, cuando, desarmados, corrían a defenderlas, y otros recibieron la muerte mientras huían por tierra, desembarcándose al efecto los enemigos. Tomó Lisandro cautivos a tres mil hombres, incluso los generales y la armada entera, a excepción de la galera Páralo y las que Conón llevó consigo. Amarradas, pues, las naves y saqueado el campamento, navegó al son de las trompetas y entonando canciones triunfales la vuelta de Lámpsaco; habiendo ejecutado con el menor trabajo la mayor hazaña, y abreviado en una hora sola un tiempo muy dilatado, por haber terminado en ella de un modo increíble la guerra más encarnizada y de más varios casos de fortuna entre cuantas la habían precedido; la cual, después de una indecible alternativa de sucesos y de la pérdida de más generales que los que fallecieron en todas las demás guerras de la Grecia, fue de este modo fenecida por el tino y habilidad de un hombre solo; así es que esta hazaña fue calificada de divina».

 

II. SOBRE LA ELECCIÓN DEL LUGAR PARA LA BATALLA

 

1) Manio Curio, observando que la falange del rey Pirro no podía ser resistida cuando estaba en una línea extendida, hizo por esfuerzos luchar en espacios reducidos, donde la falange, apilada toda junta, se molestaría a sí misma.

Nota: Años 281 a 275 a.de C.


2) En Capadocia, Cneo Pompeyo eligió un sitio elevado para su campamento. Como resultado, la elevación ayudó de tal modo al ataque de sus tropas que fácilmente venció a Mitrídates puramente por el peso de su asalto.

Nota: Año 66 a.de C.


3) Cuando Cayo César estaba a punto de contender con Farnaces, el hijo de Mitrídates, preparó su línea de batalla sobre una colina. Este movimiento le hizo fácil la victoria, ya que los dardos, lanzados desde tierras más altas contra los bárbaros que cargaban desde abajo, les pusieron inmediatamente en fuga.

Nota: Año 47 a.de C. Aulo Hircio, La Guerra de Alejandría, 74-76 : «LXXIII. César sentó su campo a cinco millas de distancia del enemigo, y viendo que aquellos valles que fortalecían el campo contrario fortificarían también el suyo a la misma distancia, si los enemigos no se apoderasen antes de los puestos más inmediatos a su real, dio orden de conducir gran porción de madera y faginas a las fortificaciones. Conducidas con prontitud, partió al amanecer del día siguiente con todas las legiones armadas a la ligera, dejando todo el equipaje en los reales, y sin que lo pensasen los enemigos, ocupó aquel mismo puesto en que Mitrídates derrotó a Triario. Mandó que los esclavos condujesen aquí las faginas de los reales, para que ningún soldado se apartase de la obra, de la cual y del nuevo campo sólo se separaba el del enemigo por un valle cortado, que tendría el espacio de una milla.
LXXIV. Advertido esto por Farnaces, formó de improviso al amanecer todas sus tropas delante de los reales, las que, como mediaban unos pasos difíciles y escabrosos, creía César que las ordenaba siguiendo la costumbre militar, o para estorbar sus obras ocupándose mucha gente en las armas, o por ostentación de la real confianza, para que no se entendiese que Farnaces defendía su puesto más con fortificaciones que con las manos; y así, formando la primera línea delante de la trinchera, no dejó de continuar la obra con el resto del ejército. Pero Farnaces, o incitado de la oportunidad del sitio, o movido de sus auspicios y señales religiosas, de que oímos después se había creído, o averiguado el corto número de los nuestros que estaba sobre las armas, creyendo por la costumbre ordinaria de las obras que aquella multitud de siervos que arreaban los materiales eran soldados, o por la confianza en su ejército veterano, el cual se vanagloriaban sus tenientes que había peleado con la legión veintidós y salido victorioso, y al mismo tiempo por desprecio de nuestro ejército, que sabía había sido desbaratado por él con su capitán Domicio, tomada la resolución de pelear, empezó a bajar por el quebrado valle. César al principio se reía de su vana ostentación y de la apretura de las tropas en un paraje en que ningún capitán prudente se hubiera empeñado, cuando entre tanto Farnaces, al mismo paso con que había bajado al valle, empezó a subir por el collado arriba, formando su ejército en batalla.
LXXV. Conmovido César, o de su temeridad, o de su confianza, al verse sorprendido sin pensarlo, a un mismo tiempo llama a los soldados de las obras, mándales tomar las armas, opone sus legiones y las ordena para la refriega, repentina disposición que no dejó de causar alguna confusión en los nuestros. Aun no estaban ordenadas del todo las filas, cuando los carros falcados del Rey, tirados de cuatro caballos, comenzaron a desbaratar nuestras tropas, si bien fueron rechazados por una gran multitud de dardos. Siguióles a éstos el ejército enemigo, y levantado el grito, se trabó la batalla, favoreciéndonos mucho el sitio y en especial la benignidad de los dioses inmortales, que si bien intervienen en todos los trances de la guerra, con particularidad en aquellos en que nada se ha podido disponer con orden y prudencia.
LXXVI. Trabada, pues, de cerca una recia batalla, empezó la victoria por el ala derecha, donde estaba la legión sexta, que rechazó a los enemigos por la cuesta abajo. Algo más tarde, pero al fin con el favor especial de los dioses, fueron enteramente desbaratadas las tropas del Rey por el ala izquierda y por el centro; las cuales desalojadas, eran oprimidas en el terreno llano con igual celeridad a la que habían mostrado en exponerse a un paraje tan desproporcionado. Y así muertos muchos soldados, oprimidos unos con la caída de otros, los que podían escapar por su ligereza, arrojando las armas, aunque pasaron el valle, nada adelantaban, aun desde puesto ventajoso, por hallarse desarmados. Los nuestros, animosos con la victoria, no dudaron subir detrás de ellos al puesto desigual y atacar las fortificaciones. Sólo defendían los reales unas cohortes que Farnaces había dejado de guarnición, y así con gran presteza los tomaron. Muerta o prisionera la mayor parte de los suyos, Farnaces, a quien si la toma de los reales no hubiera dado tiempo oportuno para escaparse, hubiera sido traído vivo a la presencia de César, se puso en salvo con unos cuantos caballos».


4) Cuando Lúculo planeaba luchar contra Mitrídates y Tigranes en Tigranocerta, en la Armenia Mayor, él mismo ganó rápidamente la cumbre de la colina más cercana con una parte de sus tropas, y luego se precipitó en descenso sobre el enemigo apostado abajo, atacando al mismo tiempo su caballería por el flanco. Cuando la caballería írrumpió e inmediatamente provocó una confusión en la infantería, Lúculo les siguió y ganó una batalla importante.

Nota: Año 69 a.de C. «Dicho esto, y mandando tener buen ánimo, pasó el río, marchando el primero contra los enemigos, vestido con una brillante cota de hierro con escamas, y una sobrevesta con rapacejos. Ostentaba ya desde allí la espada desenvainada, como que tenía que apresurarse a venir a las manos con hombres hechos a pelear de lejos, y le era preciso acortar el espacio propio para armas arrojadizas con la celeridad de la acometida; y viendo a la caballería de coraceros, con que se hacía tanto ruido, defendida por un collado cuya cima era suave y llana, y cuya subida, que sería de cuatro estadios, no era difícil ni tenía cortaduras, dio orden a los soldados de caballería tracios y gálatas que tenía en sus filas de que, acometiéndoles en oblicuo, desviaran con las espadas los cuentos de las lanzas; porque en ellos estaba el todo de la fortaleza de aquellas gentes, no pudiendo nada fuera de esto, ni contra los enemigos ni para sí, a causa de la pesadez e inflexibilidad de su armadura, con la que parecían aprisionados. Tomó en seguida dos cohortes, y se dirigió al collado, siguiéndole alentadamente la tropa, al ver que él marchaba el primero a pie, armado y decidido a batirse. Luego que estuvo arriba, puesto en el sitio más eminente, “Vencimos- exclamó en voz alta-; vencimos, camaradas”; y al punto cayó sobre los coraceros, mandando que no hiciesen uso de las picas, sino que hirieran con las espadas a los enemigos en las piernas y en los muslos, que es lo único que los armados no tienen defendido. Mas estuvo de sobra esta prevención, porque no aguardaron la llegada de los Romanos, sino que al punto, levantando espantosos alaridos, dieron a huir con la más vergonzosa cobardía, y ellos y sus caballos, con sus pesadas armaduras, cayeron sobre su misma infantería, antes de que ésta hubiese entrado en acción; de modo que, sin una herida, y sin haberse derramado una gota de sangre, quedaron vencidos tantos millares de miles de hombres, y si fue grande la matanza en los que huían, aún fue mayor en los que querían y no podían huir, impedidos entre sí por lo espeso y profundo de la formación. Tigranes, dando a correr desde el principio, escapó con algunos pocos, y viendo que a su hijo le cabía la misma suerte, quitándose la diadema de la cabeza, se la entregó con lágrimas, mandándole que por otra vía se salvara como pudiese. No se atrevió aquel joven a ceñirse con ella las sienes, sino que la dio a guardar a uno de los mancebos de quien más se fiaba, y como después éste, por desgracia, cayese cautivo, entre los demás que lo fueron lo fue también la diadema de Tigranes. Dícese que de los infantes murieron más de cien mil hombres, y de los de a caballo se salvaron muy pocos; los Romanos tuvieron cien heridos y cinco muertos. Antíoco el filósofo, haciendo mención de esta batalla en su obra acerca de los Dioses, dice que el Sol no vio otra semejante; Estrabón, otro filósofo, dice en sus memorias históricas que los mismos Romanos estaban avergonzados y se reían de sí mismos por haber tomado las armas contra semejantes esclavos; y Livio refiere que nunca los Romanos habían sido tan inferiores en número a los enemigos, porque apenas los vencedores eran la vigésima parte, sino menos todavía, de los vencidos. De los generales romanos los más inteligentes, y que en más acciones se habían hallado, lo que principalmente celebraban en Luculo era haber vencido a los reyes más poderosos y afamados con dos medios encontrados enteramente, cuales son la prontitud y la dilación: porque a Mitridates, que se hallaba pujante, lo destruyó con el tiempo y la tardanza y a Tigranes lo quebrantó con el aceleramiento, siendo muy pocos los generales que como él hayan tenido una precaución activa y un arrojo seguro».


5) Ventidio, luchando contra los partos, no iba a conducir a sus soldados hasta que los partos estuvieran dentro de los quinientos pasos. Así, por un avance rápido, llegó tan cerca de ellos que, encontrándolos tan cerca, evitó sus flechas, las cuales ellos tiraban desde una distancia. Por este esquema, dado que expuso una cierta muestra de confianza, rápidamente sometió a los bárbaros.

Nota: Año 38 a.de C. Floro, 4:9 § 6 : «Capitaneados por Pacoro, joven de estirpe regia, baten las fuerzas de Antonio, y su legado Saxa logra salvarse de las manos del enemigo cortando con su propia espada el hilo de su existencia. Arrebatada la Siria y vencedores los Partos á titulo de aliados (si bien lo fueron por sí mismos), el mal amenazaba tomar mayores proporciones, si Ventidio, otro de los lugartenientes de Antonio, por un evento increíble no hubiera destrozado las tropas de Lavieno, las del mismo Pacoro y toda la caballería de los Partos en el extenso llano comprendido entre el Orontes y el Eufrates.
Perecieron más de veinte mil hombres; resultado que se debió á la pericia de nuestro General, pues habiendo simulado temer al enemigo, dejó que éste se aproximara al campamento, de tal suerte que no quedándole espacio suficiente para tender sus arcos, in utilizó por completo el empleo de sus dardos.
El Rey murió peleando esforzadamente; su cabeza fué paseada por las poblaciones rebeldes, y la Siria quedó subyugada sin derramamiento de sangre. Con la muerte de Pacoro quedó vengado el desastre de Craso».


6) En Numistro, cuando Aníbal esperaba una batalla con Marcelo, se aseguró una posición donde su flanco fuera protegido por huecos y caminos con precipicios. Haciendo así que la tierra sirviera como defensa, obtuvo una victoria sobre un comandante muy renombrado.

Nota: Año 210 a.de C. Plutarco, Marcelo, 24 : «A poco, como Aníbal hubiese dado muerte en la Apulia al procónsul Gneo Fulvio, con once tribunos más, y hubiese destrozado la mayor parte del ejército, envió Marcelo cartas a Roma, exhortando a los ciudadanos a que no desmayaran, porque se ponía en marcha para desvanecer el gozo de Aníbal. Acerca de lo cual dice Livio que, leídas estas cartas, no se disipó la pesadumbre, sino que se acrecentó con el miedo, por ser tanto mayor que la pérdida ya sucedida el temor de lo que recelaban, cuando Marcelo se aventajaba a Fulvio. Aquel, al punto, como lo había escrito, marchó a Lucania en persecución de Aníbal, y alcanzándole en las cercanías de la ciudad de Numistrón, donde había tomado posición en unos collados bastantes fuertes, él puso su campo en la llanura. Al día siguiente se anticipó a poner en orden su ejército, y bajando Aníbal se trabó una batalla que no tuvo éxito cierto o que fuese de importancia; con todo de que, habiendo empezado a las nueve de la mañana, con dificultad cesaron después de haber oscurecido. Al amanecer estuvo otra vez pronto con su ejército, formando entre los cadáveres, desde donde provocaba a Aníbal a la batalla; mas como éste se retirase, despojando los cadáveres de los contrarios y dando sepultura a los de los amigos, se puso de nuevo a perseguirle, y habiéndose librado de las muchas asechanzas que aquel le iba armando sin dar en ninguna, superior siempre en las escaramuzas de la retirada, se atrajo una grande admiración».


7) Otra vez en Cannas, cuando Aníbal se enteró que el Río Volturno, en desacuerdo con la naturaleza de otras corrientes, enviaba vientos fuertes por la mañana que llevaban arena arremolinada y polvo, ordenó su línea de batalla de modo que toda la furia de los elementos cayera en la retaguardia de sus propias tropas, pero golpeara a los romanos en la cara y en los ojos. Dado que esta dificultad era un serio obstáculo para el enemigo, obtuvo aquella victoria memorable.

Nota: Año 216 a.de C.Livio, 22:43 : «Viendo Aníbal que los romanos habían hecho un movimiento aventurado sin llegar al último extremo, y que estaba descubierta su astucia, volvió a su campamento sin haber conseguido nada. Pero la falta de trigo no le permitía permanecer en él mucho tiempo, y diariamente formaban nuevos proyectos, no solamente los soldados, confusa reunión de todas las naciones, sino también el mismo general. Porque cuando el ejército pasó de los murmullos a los gritos, reclamando el sueldo atrasado, y para quejarse primeramente de las raciones y después del hambre, y corrió el rumor de que los mercenarios, especialmente los españoles, habían formado el proyecto de pasar al enemigo, dícese que el mismo Aníbal pensó más de una vez huir a la Galia con la caballería, abandonando toda la infantería. Estos designios, esta disposición de los ánimos, le impulsaron a decampar y retirarse a la Apulia, cuyo clima más cálido era por lo mismo más precoz para las cosechas; además, cuanto más lejos se encontrase del enemigo, más difícil sería la deserción para aquellas gentes movedizas. Partió de noche y dejó hogueras como antes, y algunas tiendas levantadas para engañar los ojos, con objeto de retener otra vez a los romanos por temor de alguna emboscada. Pero habiendo comunicado el lucano Statilio, después de reconocer todos los parajes más allá del campamento y de las montañas, que se veía a lo lejos el ejército enemigo, agitóse en el acto el proyecto de perseguirle.
Como cada cónsul conservaba su primera opinión, y Varrón tenía de su parte todo el ejército, mientras que a Paulo Emilio solamente le sostenía Servilio, cónsul del año anterior, queriéndolo la mayoría, partieron, impulsados por el destino, para hacer famosa a Cannas con una sangrienta derrota. Aníbal había acampado cerca de este pueblo, dando la espalda al viento llamado Volturno, que en aquellos campos, abrasados por la sequía, levanta incesantemente nubes de polvo Esta posición, muy ventajosa para el campamento, debía serlo mucho más en la batalla, puesto que el viento, que tendría solamente por la espalda, arrojaría sobre el enemigo una polvareda que le cegaría».


8) Después que Mario fijó un día para luchar contra los cimbrios y los teutones, fortificó a sus soldados con alimentos y los ubicó delante de su campamento, a fin de que el ejército del enemigo se agotara marchando sobre el intervalo entre los ejércitos enemigos. Entonces, cuando el enemigo fue así agotado, los enfrentó con otra perturbación, arreglando su propia línea de batalla de modo que los bárbaros fueron atrapados por el sol, el viento y el polvo en sus caras.

Nota: Año 101 a.de C. Plutarco, Mario, 26 : «No acometieron entonces de frente a los Romanos, sino que marcharon, inclinándose sobre la derecha de éstos, para envolverlos entre ellos mismos y la parte de su infantería, colocada a la izquierda; y aunque los generales romanos conocieron el intento, no tuvieron tiempo para contener a los soldados, pues habiendo gritado uno que los enemigos huían, todos se arrojaron a perseguirlos. En tanto, la infantería de los bárbaros acometía también, como si un piélago inmenso se moviese. Mario entonces, lavándose las manos y alzándolas al cielo, hizo plegarias a los Dioses con el voto de una hecatombe: oró también Cátulo, levantando igualmente las manos y ofreciendo consagrar la Fortuna de aquel día. Dícese que sacrificando Mario, como se le pusie sen delante las víctimas, exclamó con una gran voz, diciendo: “Mía es la victoria”; y Sila, además, refiere que al dar la acometida, como por venganza divina, le sucedió a Mario lo contrario de lo que había ideado, porque habiéndose levantado, como era natural, infinito polvo, que encubrió los ejércitos, como éste hubiese dispuesto de su propia fuerza en el momento que se decidió a perseguir a los enemigos, no dio con ellos en la oscuridad, sino que se fue lejos de sus huestes, andando largo tiempo por la llanura; y en tanto los enemigos dieron casualmente con Cátulo, siendo lo más recio del combate contra éste y contra sus soldados, entre los que estaba formado el mismo Sila; quien añade que pelearon en favor de los Romanos el calor y el sol, que daba en los ojos a los Cimbros. Porque siendo fuertes para sufrir la intemperie, criados, según hemos dicho, en lugares tenebrosos y fríos, se sofocaban con el calor, y cubiertos de sudor, fuera de aliento, se ponían los escudos delante del rostro, mayormente dándose esta batalla después del solsticio de verano, cuya fiesta se celebraba en Roma tres días antes de empezar el mes que ahora dicen agosto y entonces sextilis. También el polvo contribuyó a aumentar en los Romanos el arrojo, por cuanto, ocultándoles los enemigos, no veían su excesivo número, sino que corriendo cada uno contra los que tropezaban, así lidiaban con ellos sin haber concebido antes temor con su vista. Y estaban tan metidos en fatiga y tan hechos a ella, que nadie vio a ninguno de los Romanos ni sudar ni con sobrealiento, con haberse sostenido este combate en medio del mayor ardor del verano, y a costa de un continuo correr, como dicen haberlo escrito el mismo Cátulo celebrando a sus soldados».


9) Cuando Cleómenes, el espartano, en su batalla contra Hipías, el ateniense, encontró que la fuerza principal de éste estaba en su caballería, taló árboles y los desparramó por el campo de batalla, haciéndolo así infranqueable para la caballería.

Nota: Año 510 a.de C.

10) Los iberios en África, luego de encontrar una gran multitud de enemigos y temiendo ser rodeados, se acercaron a un río que en aquel punto fluía entre riberas profundas. Así, defendidos por el río en la retaguardia y capacitados por su destreza superior a hacer frecuentes ataques sobre aquellos que estuvieran más cerca de ellos, derrotaron a todas las huestes de sus adversarios.


11) Jantipo, el espartano, cambiando simplemente el lugar de operaciones, alteró completamente las fortunas de la Guerra Púnica; ya que cuando, convocado como un mercenario por los desesperados cartagineses, y notando que los africanos, que eran superiores en caballería y elefantes, se mantenían en las colinas, mientras los romanos, cuya fuerza estaba en la infantería, se mantenían en las llanuras, trajo a los cartagineses a nivel de tierra, donde rompió las filas de los romanos con los elefantes. Luego, persiguiendo sus dispersadas tropas con númidas, derrotó a su ejército, que hasta ese día había sido victorioso por tierra y mar.

Nota: Año 255 a.de C. Polibio, 1:33 y ss. : «Cuando los romanos advirtieron que los cartagineses realizaban las marchas y situaban sus campamentos en lugares llanos y descampados, aparte de que en esto les sorprendía la novedad, sin embargo, seguros del éxito, ansiaban venir a las manos. En efecto, se fueron aproximando y acamparon el primer día a diez estadios de los enemigos. En el siguiente celebraron consejo los jefes cartagineses sobre por qué y cómo se había de obrar en el caso presente. Pero las tropas, impacientes por el combate, se aglomeran en corrillos, claman por el nombre de Jantipo, y piden que se las saque cuanto antes. En vista de este ardor y deseo del soldado, junto con el asegurar Jantipo que no había que dejar pasar la ocasión, ordenaron los capitanes que estuviese pronta la armada, y dieron atribuciones al lacedemonio para que usase del mando conforme lo creyese conveniente. Revestido de este poder, sitúa sobre una línea los elefantes al frente de todo el ejército. A continuación de las bestias coloca la falange cartaginesa a una distancia proporcionada. Las tropas extranjeras, a unas las introduce en el ala derecha, y otras, las más ágiles, las coloca con la caballería al frente de una y otra ala.
Después que vieron los romanos formarse a sus contrarios, salieron al frente en buena formación. Pero asombrados por presentir el ímpetu de los elefantes, ponen al frente los velites, sitúan a la espalda muchos manípulos espesos, y dividen la caballería sobre las dos alas. Por el hecho mismo de ser toda su formación menos extensa que antes, pero más profunda, estaban perfectamente dispuestos para resistir el choque de las fieras; pero para rechazar el de la caballería, que era mucho más superior que la suya, lo erraron de medio a medio. Después que ambas armadas se situaron a medida de su deseo, y cada línea ocupó el lugar que la correspondía, permanecieron en formación, aguardando el tiempo de llegar a las manos. Lo mismo fue ordenar Jantippo a los conductores de los elefantes que avanzasen y rompiesen las líneas enemigas, y a la caballería que los cercase y atacase por ambas alas, que acometer también los romanos con gran ruido de armas y algazara según la costumbre. La caballería romana, por ser la de los cartagineses más numerosa, desamparó al instante el puesto en una y otra ala. La infantería situada sobre el ala izquierda, en parte por evitar el ímpetu de las fieras, y en parte por desprecio de las tropas extranjeras, atacó la derecha de los cartagineses, y haciéndola volver la espalda, la rechazó y persiguió hasta el campo. Las primeras líneas que estaban frente a los elefantes, agobiadas, rechazadas y atropelladas por la violencia de estos animales murieron a montones con las armas en las manos. El resto de la formación, por la profundidad de sus filas continuó sin desunirse durante cierto tiempo; pero cuando las últimas líneas, rodeadas por todas partes de la caballería, se vieron obligadas a hacer frente para pelear, y las primeras que habían abierto brecha por medio de los elefantes, situadas estas fieras a la espalda, encontraron con la falange cartaginesa, intacta aún y coordinada que las pasaba a cuchillo; entonces, hostigados por todas partes los romanos, la mayor parte fue presionada por el enorme peso de estos animales, el resto sin salir de formación fue asaetado por la caballería, y sólo unos pocos pudieron huir. Pero como el terreno era llano, unos murieron arrollados por los elefantes y la caballería; otros, hasta quinientos que huían con Régulo, fueron más tarde hechos prisioneros y conducidos vivos con el mismo Cónsul. Los cartagineses perdieron en esta acción ochocientos soldados extranjeros, que estaban opuestos a la izquierda de los romanos. De éstos únicamente se salvaron dos mil, que persiguiendo al enemigo, como hemos dicho, se desplazaron fuera de la batalla. Todos los demás quedaron sobre el terreno, a excepción del cónsul Régulo y los que con él escaparon.
Las cohortes romanas que se salvaron se refugiaron en Aspis milagrosamente. Y los cartagineses, satisfechos con el suceso, volvieron a la ciudad, después de haber despojado los muertos, llevando consigo al Cónsul y los demás prisioneros».


 

12) Epaminondas, líder de los tebanos, cuando estaba por ordenar sus tropas en orden de batalla contra los espartanos, ordenó que su caballería comenzara maniobras a lo largo del frente. Entonces, cuando hubo llenado los ojos del enemigo con nubes del polvo e hizo que esperaran un encuentro con la caballería, condujo su infantería alrededor de un flanco, donde era posible atacar la retaguardia del enemigo desde terrenos más elevados, y así, por un ataque sorpresa, destrozarlo.

Nota: Año 362 a.de C. Polieno, 2:3 § 14 : «Epaminondas, estando dispuesto a irse a las manos con los lacedemonios, cerca de Tegea, juzgó que debía apoderarse de algunos puestos ventajosos. Con el fin de esconderle su intención a los enemigos, ordenó al comandante de la caballería adelantarse al frente de la falange con 1.600 caballos, y hacer varias evoluciones, marchas y contramarchas por todos lados. Por este medio se levantó mucho polvo, que obscureció la vista de los enemigos, y con la ayuda de esta oscuridad, los puestos fueron ganados secretamente por Épaminondas. Cuando el polvo se apaciguó, los lacedemonios se dieron cuenta cuál había sido la razón de una cabalgata, cuyo fin les había sido desconocido primero»..


13) Contra una multitud innumerable de persas, trescientos espartanos capturaron y sostuvieron el paso de las Termópilas, que era capaz de admitir sólo un número parecido oponentes mano a mano. En consecuencia, los espartanos se hicieron numéricamente iguales a los bárbaros, de modo que en lo referido a la oportunidad de luchar, y siendo superior a ellos en valor, mataron a gran número de ellos. Tampoco podrían haber sido vencidos, de no haber sido conducido el enemigo alrededor a la retaguardia por el traidor Efialtes, el tarquinio, y así ser vencidos.

Nota: Año 480 a.de C. Polieno 7:15 § 5 : «Al haber perdido Jerjes en las Termópilas un gran número de persas, a causa de la situación demasiado estrecha de los lugares, encontró a un tarquinio, llamado Efialtes, que le enseñó un camino estrecho a través de las alturas. Jerjes envió por allí veinte mil hombres, que, tomando a los griegos por detrás, los mataron. Estos griegos tenían como jefe a Léonidas»

14) En Numistro, cuando Aníbal esperaba una batalla con Marcelo, se aseguró una posición donde su flanco fuera protegido por huecos y caminos con precipicios. Haciendo así que la tierra sirviera como defensa, obtuvo una victoria sobre un comandante muy renombrado.

Nota: Temístocles, líder de los atenienses, vió que era más ventajoso para Grecia luchar en los Estrechos de Salamis contra el enorme número de buques de Jerjes, pero no podía persuadir de esto a su compañeros atenienses. Empleó por lo tanto una estratagema para hacer que los bárbaros obligaran a los griegos a hacer lo que era ventajoso para éstos; ya que fingiendo que se convertía en un traidor, envió un mensajero a Jerjes para informarle que los griegos planeaban huir, y que la situación sería más difícil para el Rey si debía sitiar cada ciudad por separado. Por esta política, en primer lugar hizo que las huestes de los bárbaros estuvieran en alerta haciendo guardia toda la noche; en segundo lugar, hizo posible para sus propios seguidores, a la mañana siguiente y con la fuerza intactas, encontrar a los bárbaros todos exhaustos y vigilantes, (exactamente como él había deseado) en un lugar encajonado, donde Jerjes no podía utilizar su superioridad numérica .

 

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