I.
SOBRE
LA ELECCIÓN DEL MOMENTO PARA LA BATALLA |
1)
Cuando Publio Escipión estaba en España y se enteró
que Asdrúbal, el líder de los cartagineses, había
marchado y dispuesto sus tropas en orden de batalla de madrugada, antes
de que hubieran desayunado, él mantuvo a sus propios hombres hasta
la una, habiéndoles ordenado descansar y comer. Cuando el enemigo,
agotado, con hambre y sed, y esperando armado, comenzó a volver
al campamento, Escipión condujo de repente sus tropas adelante,
empezó la batalla, y salió victorioso.
Nota:
Año 206 a.de C. Polieno, 8:16 § 1 : «Estando
Escipión en Iberia, fue informado que el ejército
enemigo venía al combate sin haberse alimentado. Él
puso lentamente sus tropas en orden de batalla. Fue sólo
a la séptima hora del día que él hizo ir a
la carga, y, encontrando enemigos debilitados por el hambre y la
sed, no le costó vencerles».. |
2)
Cuando Metelo Pío emprendía la guerra contra Hirtuleyo en
España, y éste había preparado sus tropas inmediatamente
después del amanecer y marchó contra las trincheras de Metelo,
Metelo mantuvo sus fuerzas en el campamento hasta el mediodía,
dado que el tiempo en esa época del año era muy caluroso.
Cuando el enemigo fue vencido por el calor, él fácilmente
le derrotó, ya que sus hombres estaban frescos y su fuerza intacta.
3)
Cuando el mismo Metelo unió sus fuerzas con Pompeyo contra Sertorio
en España, y ofrecía repetidamente la batalla, el enemigo
rehusó el combate, juzgándose desigual en proporción
de 2 a 1. Más adelante, sin embargo, Metelo, notando que los soldados
del enemigo, encendidos con gran entusiasmo, pedían la batalla,
exponiendo sus armas, y blandiendo sus lanzas, pensó que, ante
su ardor, era mejor retirarse a tiempo. En consecuencia se retiró
e hizo que Pompeyo hiciera lo mismo.
4) Cuando Postumio estaba en Sicilia en su consulado,
su campamento estaba distante a tres millas del de los cartagineses. Cada
día, los jefes púnicos preparaban su línea de batalla
directamente en frente de las forificaciones romanas, mientras Postumio
ofrecía resistencia por vía de constantes escaramuzas, conducidas
por una pequeña compañía ante sus trincheras. Tan
pronto como el comandante cartaginés llegó a considerar
esto como norma, Postumio preparó silenciosamente a todo el resto
de sus tropas dentro de los terraplenes, yendo al encuentro del asalto
de la fuerza con unos pocos, según su antigua práctica,
pero manteniéndolos en combate más tiempo que el de costumbre.
Cuando, después que pasó el mediodía, ellos se estaban
retirando, cansados y sufriendo de hambre, Postumio, con tropas frescas,
los derrotó, agotados como estaban por el ya mencionado desconcierto.
5) Ifícrates, el ateniense, habiendo descubierto
que el enemigo comía regularmente a la misma hora, mandó
que sus propias tropas comieran a una hora más temprana, y luego
los condujo a luchar. Cuando el enemigo avanzó, él los detuvo
de tal manera como para no permitirles enfrentamientos o retiradas. Entonces,
a medida que el día finalizaba, él condujo sus tropas de
regreso, pero sin embargo las mantuvo en armas. El enemigo, agotado por
estar de pie en la línea como por el hambre, se alejó inmediata
y rápidamente para descansar y comer, momento en el cual Ifícrates
condujo otra vez sus tropas adelante, y encontrando al enemigo desorganizado,
atacó su campamento.
|
Nota:
Polieno, 3:9 § 53 : «Ifícrates acampó
en presencia de los enemigos, observando que comían cada
día a la misma hora. Él ordenó a sus tropas
que comieran de madrugada; y cuando esto fue hecho, atacó
a los enemigos, sobre los cuales no dejó en absoluto de tirar
hasta la tarde. Cuando ambos ejércitos se hubieron separado,
los enemigos se dirigieron a cenar. Ifícrates, cuyas tropas
ya habían comido, se abatió sobre esta gente que se
disponía a comer e hizo una gran carnicería». |
6) Cuando el mismo Ifícrates tuvo su campamento
durante varios días cerca de los lacedemonios, y cada bando tenía
en el hábito de ir a una hora regular a buscar forraje y madera,
él un día envió a esclavos y a los que siguen a los
campamentos, vestidos de soldados para esta misión, manteniendo
detrás a sus combatientes; y tan pronto como el enemigo se dispersó
en diligencias similares, él capturó su campamento. Entonces,
cuando ellos retornaron corriendo desde todas partes a la pelea, desarmados
y llevando sus bultos, él fácilmente los mató o capturó.
Notas..
Año 393 a 392 a.de C. Polieno, 3:9 § 52 :
«Ifícrates, que se encontraba acampado delante de
los aliados de los lacedemonios, por la noche hizo cambiar de
atavíos a sus tropas. Les dió a los soldados los
trajes de los esclavos, y a los esclavos la ropa de los soldados.
Éstos, adornados militarmente, dejaron las armas, por su
orden, y se echaron a pasear como gente que no tenía nada
que hacer; y los soldados, vestidos de esclavos, tomaron las armas
y ejercían las funciones ordinarias a los esclavos. Los
enemigos, que veían esto, quisieron imitarlos. Su guerreros,
desarmados, salieron al campo y se pasearon descansando, y los
esclavos quedaron a hacer sus funciones acostumbradas. En seguida
Ifícrates hizo dar la señal. Sus soldados tomaron
las armas de prisa, e irrumpieron en el campo de los enemigos,
que pronto fue abandonado por los esclavos; y así como
el resto fue desarmado, todo lo que había de enemigo fue
muerto o hecho prisionero»..
|
7) Cuando el cónsul Virginio, en la guerra con
los volscos, vió al enemigo correr a todo vapor a una distancia,
ordenó a sus propios hombres que se quedaran firmes y sostuvieran
sus jabalinas en reposo. Entonces, cuando el enemigo estaba sin aliento,
mientras su propio ejército estaba todavía fuerte y fresco,
les atacó y derrotó.
| Nota:
Año 494 a.de C. Livio, 2:30 : «El otro cónsul,
enviado contra los volscos, para no perder tiempo comenzó
a talar el territorio enemigo, obligándoles en seguida a
acercar su campamento al suyo y a venir a batalla campal. Una llanura
mediaba entre los dos ejércitos, y éstos se desplegaron
ante sus respectivas tiendas. Los volscos eran algo superiores en
número, y orgullosos con esta ventaja marcharon los primeros
al combate, desordenados y como con desprecio. El cónsul
romano no avanzó su ejército; prohibió a sus
soldados gritar y les mandó permanecer firmes, la lanza en
el suelo y no arrancar hasta que estuviesen cerca; pero llegado
'el momento atacar con energía y terminar el combate con
la espada. Fatigados los volscos de correr y de gritar llegaron
delante de los romanos, cuya inmovilidad creyeron hija del asombro
y el terror. Mas cuando les vieron ponerse en movimiento, cuando
vieron brillar las espadas, turbáronse y huyeron cual si
hubiesen caído en una emboscada, y como habían venido
a la carrera, ni siquiera les quedaban bastantes fuerzas para huir.
Por el contrario los romanos, habiendo permanecido tranquilos al
principio del combate, descansadas sus fuerzas, fácilmente
alcanzaron al fatigado enemigo, toma-ron por asalto su campamento
y le persiguieron hasta Velitras. Vencedores y vencidos entraron
mezclados en la ciudad, y allí, en la matanza de todos los
ciudadanos, se derramó más sangre que en el combate.
Corto número de habitantes que se rindieron desarmados fueron
los únicos que recibieron perdón». |
8) Dado que Fabio Máximo era bien consciente que
los galos y samnitas eran fuertes en el ataque inicial, mientras los incansables
espíritus de sus propios hombres realmente se calentaban a medida
que la lucha proseguía, mandó que sus soldados descansaran
satisfechos manteniendo al enemigo en el primer encuentro y los desgastaran
por la tardanza. Cuando esto tuvo éxito, trayendo refuerzos a sus
hombres en la retaguardia, y atacando con toda su fuerza, aplastó
y derrotó al enemigo.
Nota:
Año 295 a.de C. Livio, 10:28, 29 : «Con Fabio,
los romanos se defendían más bien que atacaban, procurando
prolongar el combate todo lo posible, porque el general sabía
que los samnitas y los galos eran terribles en el primer ímpetu,
pero que bastaba no ceder a él; que si se prolongaba el combate,
el valor de los samnitas decaía insensiblemente; que en cuanto
a los galos, pueblo incapaz de soportar la fatiga y el calor, sus
cuerpos se derretían por decirlo así, y pareciendo
más que hombres al comenzar la batalla, eran menos que mujeres
al terminarla. Economizaba, pues, las fuerzas de sus soldados esperando
la hora en que el enemigo acostumbraba dejarse vencer….
En la derecha, Fabio, como hemos dicho ya, había prolongado
el combate hasta muy entrado el día. Cuando le pareció
que no tenían tanta energía los gritos del enemigo,
sus movimientos y los dardos que lanzaba, mandó a los prefectos
de la caballería que marchasen con el cuerpo que mandaban
por los flancos de los samnitas, con objeto de poder, a una señal
dada, tomarlos de través y caer sobre ellos con el mayor
ímpetu; ordenando al mismo tiempo a los suyos avanzar insensiblemente
y empujar al enemigo. Viendo que no resistían y que su cansancio
no era dudoso, reunió todos los cuerpos de la reserva, que
había guardado para esta ocasión, lanza al mismo tiempo
sus legiones adelante y manda a la caballería que ataque
al enemigo. Los samnitas no pudieron resistir un empuje tan vigoroso,
y pasando cerca de los galos, ganaron su campamento con extraordinaria
precipitación, dej ando a sus aliados combatiendo con el
enemigo. Habiendo formado los galos la tortuga, se mantenían
apretados. Enterado entonces Fabio de la muerte de su colega, hace
salir de su línea de batalla a los campanios, en número
de cerca de quinientos jinetes, con orden de rodear y atacar al
ejército galo por la espalda: manda que les sigan los príncipes
de la tercera legión, quienes, en el momento en que viesen
al enemigo quebrantado por el ataque de la caballería, debían
caer sobre él, aprovechando el espanto para destrozarle.
En cuanto a él, después de ofrecer a Júpiter
Vencedor un templo y todos los despojos de los enemigos, marchó
hacia el campamento de los samnitas, donde se precipitaban consternados
todos los fugitivos. No pudiendo pasar por las puertas tan considerable
multitud, los que no pudieron penetrar en el campamento intentaron
el combate al pie mismo de las empalizadas. El general samnita Gelio
Egnacio pereció allí: en seguida fueron rechazados
los samnitas al interior. Apoderáronse del campamento sin
grandes esfuerzos, y los galos, cogidos por la espalda, quedaron
envueltos. En este día se mataron al enemigo veinticinco
mil hombres y se les hicieron ocho mil prisioneros. No fué
incruenta la victoria para los romanos, porque perecieron siete
mil hombres del ejército de Decio y mil setecientos del de
Fable. Habiendo mandado éste buscar el cadáver de
su colega, hizo amontonar los despojos del enemigo y los quemó
en honor de Júpiter Vencedor. Sepultado el cuerpo del cónsul
entre montones de cadáveres de galos, no pudo encontrarse
aquel día. A la mañana siguiente los soldados, llorando
mucho, le llevaron al campamento, y Fabio, abandonando todos los
otros asuntos, se ocupó de las exequias de su colega, al
que tributó los mayores honores, pagándole el tributo
de alabanzas que merecía».
|
9) En Queronea, Filipo prolongó deliberadamente
el enfrentamiento, consciente que sus propios soldados eran avezados por
larga experiencia, mientras los atenienses eran ardientes, pero inexpertos,
e impetuosos sólo en la carga. Entonces, cuando los atenienses
empezaron a cansarse, Filipo atacó más furiosamente y los
destrozó.
| Nota:
Año 338 a.de C. Polieno, 4:2 § 7 : «Filipo,
en Queronea, sabiendo que los atenienses eran activos e impresionantes
en el ataque, pero inexpertos, y los macedonios habituados a fatigas
y ejercicios, concibió prolongar la acción: y reservando
su principal ataque para el final último del compromiso,
el enemigo, débil y agotado, fue incapaz de sostener el la
carga».. |
10) Cuando los espartanos supieron por los exploradores
que los mesenios habían estallado en tal furia que vinieron a luchar
asistidos por sus mujeres y niños, pospusieron el enfrentamiento.
|
Nota:
Año 478 a.de C. Tucídides, La Guerra del Peloponeso,
1:90 y ss. |
11) En la Guerra Civil, cuando Cayo César mantuvo
al ejército de Afranio y Petreyo sitiado y sufriendo de sed, y
cuando sus tropas, enfurecidas debido a esto, mataron a todas sus bestias
de carga y salieron a batallar, César contuvo a sus propios soldados,
juzgando la ocasión impropia para un enfrentamiento, dado que sus
oponentes estaban tan inflamados de ira y desesperación.
| Nota:
Año 49 a.de C.Julio César, Las Guerras Civiles, 1:
81-86 : ««LXXXI. Aquí
ya finalmente, no pudiendo hallar sitio acomodado para atrincherarse
ni proseguir la marcha, hacen algo por fuerza, y se acampan en un
paraje distante del agua, y por la situación peligroso. Mas
César por las mismas causas indicadas arriba no los provocó
a batalla, y aquel día no permitió armar las tiendas,
a fin de que todos estuviesen más expeditos para perseguirles,
bien rompiesen de noche o bien de día. Ellos, reconociendo
la mala positura de los reales, gastan toda la noche en alargar
las fortificaciones, tirando sus líneas enfrente de las de
César. En lo mismo se ocupan el día inmediato desde
la mañana hasta la noche. Pero al paso que iban adelantando
la obra y alargando los reales, se iban alejando más del
agua, y procuraban el remedio a los males presentes con otros males.
La primera noche nadie sale del campo en busca de agua. Al día
siguiente, fuera de la guarnición dejada en los reales, sacan
todas las demás tropas al agua, pero ninguna al forraje.
César quería más que, humillados con estas
calamidades y reducidos al último extremo, se vieran obligados
a rendirse, que no derramar sangre peleando. Con todo eso trata
de cercarlos con trinchera y foso, a fin de atajarles más
fácilmente las salidas repentinas, a que creía habían
de recurrir por fuerza. Entonces, parte obligados por la falta de
forraje, parte por estar más desembarazados para el viaje,
mandan matar todas las bestias de carga.
LXXXII. En estas maniobras y trazas emplearon dos
días. Al tercero ya la circunvalación estaba muy adelantada.
Ellos por impedirla, dada la señal a eso de las ocho, sacan
las legiones, y debajo de las trincheras se forman en batalla. César
hace suspender los trabajos, manda juntar toda la caballería
y ordena la gente en batalla. Porque dar muestra de rehusar el combate
contra el sentir de los soldados y el crédito de todos, parábale
gran perjuicio. Eso no obstante, por las razones dichas, que ya
son bien notorias, no quería venir a las manos; mayormente
considerando que, por la estrechez del terreno, aunque fuesen desbaratados
los contrarios, no podía ser la acción decisiva, pues
no distaban entre sí los reales sino dos millas. De éstas
las dos partes ocupaban las tropas, quedando la tercera sola para
el combate. Y cuando se diese la batalla, la vecindad de los reales
ofrecía pronto asilo a la fuga de los vencidos. Por eso estaba
resuelto a defenderse caso que le atacasen, mas no a ser el primero
en acometer.
LXXXIII. El ejército de Afranio estaba dividido
en dos cuerpos, uno formado de las legiones quinta y tercera ( [26]);
otro de reserva compuesto de tropas auxiliares. El de César
en tres trozos; la primera línea de cada trozo se componía
de cuatro cohortes de la quinta legión; la segunda de tres
cohortes de las tropas auxiliares, y la tercera de tres distintas
legiones. La gente de honda y arco ocupaba el centro; la caballería
cubría los costados. Dispuestos en esta forma, cada uno creía
lograr su intento: César de no pelear sino forzado; el otro
de impedir los trabajos de César. Sin embargo, por entonces
no pasaron a más empeño sino el de mantenerse ordenados
ambos ejércitos hasta la puesta del Sol, y entonces se retira
cada cual a su campo. Al otro día se dispone César
a concluir las fortificaciones comenzadas; ellos a tentar el vado
del río Segre, a ver si podían atravesarlo. César
que lo advirtió, hace pasar el río a los germanos
armados a la ligera y a un trozo de caballería, y destruye
por la margen diferentes guardias.
LXXXIV. Al cabo, viéndose totalmente sitiados,
las caballerías ya cuatro días sin pienso, ellos mismos
sin agua, sin leña, sin pan, piden entrevista, y que a ser
posible no fuese a presencia de los soldados. Negando esto ultimó
César, y concediéndoles el hablar, si querían,
en público, entregan en prendas a César el hijo de
Afranio. Vienen al paraje señalado por César. Estando
los dos ejércitos oyendo, dice Afranio: «Que ni él
ni su ejército eran reprensibles por haber querido perseverar
fieles a su general Cneo Pompeyo; pero ya habían cumplido
con su deber, y harto lo habían pagado con haber padecido
la falta de todas las cosas, y más ahora que se ven como
fieras acorraladas, privados de agua, sin resquicio para la salida,
ya ni el cuerpo puede aguantar el dolor, ni el ánimo la ignominia,
por tanto se confiesan vencidos; y si es que hay lugar a la misericordia,
ruegan y suplican que no los obliguen a padecer la pena del último
suplicio». Estas palabras las pronuncia con la mayor sumisión
y reverencia posible.
LXXXV. A esto respondió César: «Que
en nadie eran más disonantes las cuitas y lástimas,
puesto que todos los demás habían cumplido con su
obligación: Césaren no haber querido pelear aun teniendo
las ventajas de la tropa, del lugar y del tiempo, a trueque de que
todo se allanase para la paz; su ejército, el cual no obstante
la injuria recibida y la muerte cruel de los suyos, salvó
a los del campo contrario que tenía en sus manos; los soldados
en fin del mismo Afranio, que vinieron por sí a tratar de
reconciliación, pensando hacer buenos oficios a favor de
los suyos; por manera que toda clase de personas había conspirado
a la clemencia; ellos solos, siendo las cabezas, habían aborrecido
la paz, violado los tratados y las treguas, pasado a cuchillo a
unos hombres desarmados y engañados por palabras amistosas.
Así ahora experimentaban en sí lo que de ordinario
suele acontecer a hombres demasiado tercos y arrogantes; que al
cabo se ven reducidos a solicitar con ansia lo que poco antes desecharon.
Mas no por eso piensa aprovecharse del abatimiento en que se hallan,
o de las circunstancias favorables para aumentar sus fuerzas, sino
que quiere se despidan los ejércitos que ya tantos años
han mantenido contra su persona. Pues no por otra causa se han enviado
a España seis legiones, ni alistado en ella la séptima,
ni apercibido tantas y tan poderosas armadas, ni escogido capitanes
expertos en la guerra. Nada de esto se ha ordenado a pacificar las
Españas, nada para utilidad de una provincia que por la larga
paz ningún socorro había menester. Que todos estos
preparativos iban dirigidos muy de antemano contra él; contra
él se forjaban generalatos de nueva forma, haciendo que uno
mismo a las puertas de Roma gobierne la República, y en ausencia
retenga tantos años dos provincias belicosísimas;
contra él se había barajado el orden de la sucesión
en los empleos, enviando al gobierno de las provincias no ya, como
siempre, los que acababan de ser pretores y cónsules, sino
los que lograban el favor y voto de unos pocos; contra él
no valía la excusa de la edad avanzada, destinando a mandar
ejércitos o personas que han cumplido los años de
servicios en las guerras pasadas; con él solo no se guardaba
lo que a todos los generales se había concedido siempre,
que acabadas felizmente sus empresas, vuelvan a sus casas y arrimen
el bastón con algún empleo honorífico, o por
lo menos sin infamia. Que todo esto así corno lo había
sufrido hasta aquí con paciencia, también pensaba
sufrirlo en adelante; ni ahora era su intención quedarse
con el ejército quitándoselo a ellos contra su persona;
por tanto saliesen, conforme a lo dicho, de las provincias y licenciasen
las tropas. Así él no haría mal a nadie; ser
ésta la única y final condición de la paz».
Esta última proposición fue por cierto de sumo placer
para los soldados, como por sus ademanes se pudo conocer; que cuando
por ser vencidos temían algún desastre, conseguían
sin pretenderlo el retiro. Con efecto, suscitándose alguna
diferencia acerca del lugar y tiempo de la ejecución, todos
a una desde las líneas donde estaban asomados, con voces
y ademanes pedían los licenciasen luego; que aunque más
palabras se diesen, no se podían fiar si se difería
para otro tiempo. Después de algunos debates entre ambas
partes, finalmente se resolvió que los que tenían
domicilio y posesiones en España fuesen a la hora despedidos,
los demás en llegando al río Varo. Asentóse
que no se les haría daño, y que ninguno por fuerza
sería obligado por César a alistarse bajo sus banderas.
LXXXVI. César promete proveerles de trigo
desde entonces hasta la despedida. Añade también que
si alguno hubiese perdido cosa que esté en poder de sus soldados,
se restituyese a sus dueños; el valor de estas cosas tasadas
por su justo precio se lo pagó en dinero contante a los soldados.
En todos los pleitos que hubo después entre los soldados,
acudían voluntariamente para la decisión a César.
Petreyo y Afranio, como las legiones casi amotinadas clamasen por
la paga, cuyo plazo decían ellos no haberse aún cumplido,
piden por arbitro a César, y unos y otros quedaron contentos
con el corte que éste dio. Despedida en aquellos dos días
como la tercera parte del ejército, mandó que dos
de sus legiones fuesen delante y las otras detrás, de suerte
que las unas se alojasen a corta distancia de las otras. Este negocio
encomendó al legado Quinto Fusio Caleño. Conforme
a esta orden suya se hizo el viaje desde España hasta la
ribera del Varo, donde fue despedido el resto del ejército».
|
12) Cneo Pompeyo, deseando comprobar la huída
de Mitrídates y forzarlo a luchar, eligió la noche como
el momento para el enfrentamiento, ingeniándoselas para bloquear
su marcha mientras él se retiraba.
Habiendo hecho sus preparativos para este fin, obligó de repente
a su enemigo a luchar. Además de esto, preparó su fuerza
de modo tal que la luz de la luna, cayendo sobre las caras de los soldados
pónticos, cegó sus ojos, dando, entretanto, a sus propias
tropas, una visión clara y distintiva del enemigo.
| Nota:
Año 66 a.de C. Floro, 3:5 : «Observando Pompeyo
que el Asia se halaba agitada con nuevas revueltas, y que á
unos reyes se sucedían, otros, sin pérdida de tiempo
y antes de que se aunaran las fuerzas de tantas naciones, tendió
un puente de barcas sobre el Eúfrates; le atravesó,
y alcanzando al fugitivo monarca en medio de la Armenia, fué
tal su fortuna que le derrotó por completo en una sola batalla.
La lucha se trabó durante la noche: la misrna luna tomó
parte en aquélla, y cual si combatiera en favor nuestro,
se presentó á espaldas de las huestes contrarias,
iluminando de frente a los Romanos. Engañados los soldados
del Ponto ante lo desmesurado de sus propias sombras, las dirigían
sus golpes tomándolas por verdaderos enemigos. En esta misma
noche se consumó la ruina de Mitrídates, á
pesar de que, agotando todos los recursos, se defendió tenazmente
á la manera que la serpiente, una vez aplastada su cabeza,
sacude su cola en todas direcciones». |
13) Es bien sabido que Yugurta, consciente del coraje
de los romanos, solía siempre librar la batalla cuando el día
llegaba a su fin, de modo que, en caso de que sus hombres fueran derrotados,
pudieran tener la ventaja de la noche para escapar .
| Nota:
Años 111 a 106 a.de C. Salustio, La Guerra de Yugurta, 98:2
: «Yugurta, después de haber perdido a Capsa
y a otros lugares fuertes e importantes, con gran parte de sus tesoros,
envía a decir a Boco «que pase cuanto antes con su
ejército a Numidia, que era ya tiempo de obrar: mas viendo
que éste lo difería y buscaba pretextos, dudando si
abrazaría la paz o la guerra, cohecha de nuevo a sus confidentes
y ofrécele la tercera parte de su reino, si se lograba echar
a los romanos de África o se ajustaba la paz sin perder nada
de sus estados. Inducido con esta promesa Boco, vase a Yugurta con
gran número de gente, y juntos los dos ejércitos acometen
a Mario, que estaba ya en marcha para tomar cuarteles, cuando quedaba
poco más de una hora de día, por parecerles que la
cercana noche les servirla de abrigo en caso de ser vencidos, y
si salían con victoria, no les sería de estorbo para
usar de ella, por ser prácticos del terreno; y que al contrario,
los romanos, en uno y otro caso, se habían de hallar muy
embarazados con la oscuridad». |
14)
En Tigranocerta en la Armenia Mayor, Lúculo, en la campaña
contra Mitrídates y Tigranes, no tenía encima de 15.000
hombres armados, mientras el enemigo tenía una hueste innumerable,
que por esta misma razón era pesada y difícil de manejar.
Aprovechando, en consecuencia, esta ventaja del enemigo, Lúculo
atacó su línea antes de que estuviera ordenada, e inmediatamente
lo derrotó tan completamente que hasta los reyes mismos desecharon
su parafernalia y huyeron.
| Nota:
Año 69 a.de C. Plutarco, Lúculo, 26-28 :
«Sucediéndole tan felizmente las cosas, movió
Luculo para Tigranocerta, y acampándose en derredor le pusositio.
Hallábanse en aquella ciudad muchos Griegos de los trasplantados
de la Cilicia, muchos bárbaros que habían tenido la
misma suerte, Adiabenos, Asirios, Gordianos y Capadocios, a los
que, arruinando sus patrias y arrancándolos de ellas, los
habían obligado a fijar allí su residencia. Estaba
la ciudad llena de caudales y de ofrendas, no habiendo particular
ni poderoso que no se afanara por agasajar al rey para el incremento
y adorno de ella. Por esta misma causa, Luculo estrechaba con vigor
el sitio, teniendo por cierto que Tigranes no podría desentenderse,
sino que con el enojo acudiría a dar la batalla, contra lo
que tenía meditado, y ciertamente no se engañó.
Retraíale, sin embargo, con empeño Mitridates, enviándole
mensajeros y cartas para que no trabara batalla, bastándole
el interceptar los víveres con su numerosa caballería,
y rogábale también encarecidamente Taxiles, enviado
con tropas de parte del mismo Mitridates, que se guardase y evitase
como cosa invencible las armas romanas. Al principio los escuché
benignamente; pero después que con todo su poder se le reunieron
los Armenios y Gordianos, que con todas sus fuerzas se presentaron
asimismo sus respectivos reyes, trayendo a los Medos y Adiabenos,
que vinieron muchos Árabes de la parte del mar de Babilonia,
muchos Albaneses del Caspio e Íberos incorporados con los
Albaneses, y que concurrieron no pocos de los que, sin ser de nadie
regidos, apacientan sus ganados en las orillas del Araxes, atraídos
con halagos y con presentes, entonces ya en los banquetes del rey
y en sus consejos todo era esperanzas, osadía y aquellas
amenazas propias de los bárbaros; Taxiles estuvo muy a pique
de perecer por haber hecho alguna oposición a la resolución
de pelear, y aun se llegó a sospechar que Mitridates, por
envidia, se oponía a aquella brillante victoria. Así
es que Tigranes no le aguardó, para que no participase de
la gloria; y poniéndose en marcha con todo su ejército,
se lamentaba, según se dice, con sus amigos de que aquel
combate hubiera de ser con sólo Luculo y no con todos los
generales romanos que se hallaban allí juntos. Y en verdad
que aquella confianza no era loca ni vana, al ver tantas naciones
y reyes como le seguían, tan numerosa infantería y
tantos miles de caballos: porque arqueros y honderos llevaba veinte
mil; soldados de a caballo, cincuenta y cinco mil, y de éstos,
diez y siete mil con cotas y otras piezas de armadura de hierro,
según lo escribió Luculo al Senado; infantes, ya de
los formados en cohortes y ya de los que componían la batalla,
ciento cincuenta mil; camineros, pontoneros, acequieros, leñadores
y sirvientes para todos los demás ministerios, treinta y
cinco mil; los cuales, formando a espalda de los que peleaban, no
dejaban de contribuir a la visualidad y a la fuerza.
XXVII.- Cuando, pasado el Tauro, llegaron a descubrirse sus inmensas
fuerzas, y él divisó el ejército de los Romanos
acampado ante Tigranocerta, el tropel de bárbaros que había
dentro de la ciudad recibió su aparecimiento con grande alboroto
y gritería, y mostraba con amenazas a los Romanos, desde
la muralla, las tropas armenias. Púsose Luculo a deliberar
sobre el partido que debía tomarse: unos le aconsejaban que
marchara contra Tigranes, abandonando el sitio; otros, que no dejara
a la espalda tantos enemigos ni levantara el cerco; más él,
diciéndoles que, separados, ni uno ni otro consejo daban
en lo conveniente, y juntos sí, dividió sus fuerzas,
dejando a Murena con seis mil hombres para continuar el asedio y
él, tomando el resto, que eran veinticuatro cohortes, con
menos de diez mil infantes, toda la caballería y unos mil
entre honderos y arqueros, marchó en busca de los enemigos;
y poniendo sus reales junto al río en una gran llanura se
mostró a Tigranes objeto muy pequeño, siendo para
sus aduladores materia de entretenimiento; porque unos lo ridiculizaban,
otras echaban suertes sobre los despojos, y cada uno de aquellos
reyes y generales, presentándose a Tigranes, le rogaba que
aquel negocio lo dejara a él solo, contentándose con
ser espectador. Quiso también éste hacer de gracioso
y burlón, pronunciando aquel dicho, ya tan vulgar: “Para
embajadores, son muchos; para soldados, muy pocos”; así
estuvieron burlándose y divirtiéndose por entonces.
Al amanecer sacó Luculo su ejército armado; el de
los enemigos se hallaba al oriente del río.
Daba allí éste un rodeo hacía poniente, y era
por aquella parte por donde podía pasarse mejor; así,
conduciendo apresuradamente sus tropas en dirección opuesta,
se le figuró a Tigranes que huía, y llamando a Taxiles,
le dijo riendo a carcajadas: “¿No ves cómo huye
esa invicta infantería romana?” Y entonces Taxiles:
“¡Ojalá hiciera vuestro buen Genio, oh Rey, ese
milagro! Pero no se visten los hombres de limpio para las marchas,
ni usan de escudos acicalados, ni de morriones desnudos coma ahora,
quitando sus fundas a las armas, sino que aquella brillantez es
de soldados que buscan pelea, dirigiéndose de hecho contra
los enemigos”. Decía esto Taxiles, cuando ya la primera
águila, que era la de Luculo, había dado la vuelta,
y las cohortes ocupaban sus puestos para pasar el río; entonces
Tigranes, como quien se recobra con pena de una profunda embriaguez,
exclamó por dos o tres veces: “¿Es posible que
vengan contra nosotros?” De manera que aquella muchedumbre
se formó con grande atropellamiento en batalla, tomando el
Rey para sí el centro y dando de las alas la izquierda al
Adiabeno y la derecha al Medo, en la que a vanguardia se hallaba
la mayor parte de los coraceros. Cuando Luculo se disponía
a pasar el río, algunos de los otros caudillos le advirtieron
que debía guardarse de aquel día, por ser uno de los
nefastos, a los que llaman negros; por cuanto en él había
perecido el ejército de Cipión en lid con los Cimbros;
pero él les dio aquella tan celebrada respuesta: “Pues
yo haré este día afortunado para los Romanos.”
Era el que precedía a las nonas de octubre.
XXVIII.- Dicho esto, y mandando tener buen ánimo, pasó
el río, marchando el primero contra los enemigos, vestido
con una brillante cota de hierro con escamas, y una sobrevesta con
rapacejos. Ostentaba ya desde allí la espada desenvainada,
como que tenía que apresurarse a venir a las manos con hombres
hechos a pelear de lejos, y le era preciso acortar el espacio propio
para armas arrojadizas con la celeridad de la acometida; y viendo
a la caballería de coraceros, con que se hacía tanto
ruido, defendida por un collado cuya cima era suave y llana, y cuya
subida, que sería de cuatro estadios, no era difícil
ni tenía cortaduras, dio orden a los soldados de caballería
tracios y gálatas que tenía en sus filas de que, acometiéndoles
en oblicuo, desviaran con las espadas los cuentos de las lanzas;
porque en ellos estaba el todo de la fortaleza de aquellas gentes,
no pudiendo nada fuera de esto, ni contra los enemigos ni para sí,
a causa de la pesadez e inflexibilidad de su armadura, con la que
parecían aprisionados. Tomó en seguida dos cohortes,
y se dirigió al collado, siguiéndole alentadamente
la tropa, al ver que él marchaba el primero a pie, armado
y decidido a batirse. Luego que estuvo arriba, puesto en el sitio
más eminente, “Vencimos- exclamó en voz alta-;
vencimos, camaradas”; y al punto cayó sobre los coraceros,
mandando que no hiciesen uso de las picas, sino que hirieran con
las espadas a los enemigos en las piernas y en los muslos, que es
lo único que los armados no tienen defendido. Mas estuvo
de sobra esta prevención, porque no aguardaron la llegada
de los Romanos, sino que al punto, levantando espantosos alaridos,
dieron a huir con la más vergonzosa cobardía, y ellos
y sus caballos, con sus pesadas armaduras, cayeron sobre su misma
infantería, antes de que ésta hubiese entrado en acción;
de modo que, sin una herida, y sin haberse derramado una gota de
sangre, quedaron vencidos tantos millares de miles de hombres, y
si fue grande la matanza en los que huían, aún fue
mayor en los que querían y no podían huir, impedidos
entre sí por lo espeso y profundo de la formación.
Tigranes, dando a correr desde el principio, escapó con algunos
pocos, y viendo que a su hijo le cabía la misma suerte, quitándose
la diadema de la cabeza, se la entregó con lágrimas,
mandándole que por otra vía se salvara como pudiese.
No se atrevió aquel joven a ceñirse con ella las sienes,
sino que la dio a guardar a uno de los mancebos de quien más
se fiaba, y como después éste, por desgracia, cayese
cautivo, entre los demás que lo fueron lo fue también
la diadema de Tigranes. Dícese que de los infantes murieron
más de cien mil hombres, y de los de a caballo se salvaron
muy pocos; los Romanos tuvieron cien heridos y cinco muertos. Antíoco
el filósofo, haciendo mención de esta batalla en su
obra acerca de los Dioses, dice que el Sol no vio otra semejante;
Estrabón, otro filósofo, dice en sus memorias históricas
que los mismos Romanos estaban avergonzados y se reían de
sí mismos por haber tomado las armas contra semejantes esclavos;
y Livio refiere que nunca los Romanos habían sido tan inferiores
en número a los enemigos, porque apenas los vencedores eran
la vigésima parte, sino menos todavía, de los vencidos.
De los generales romanos los más inteligentes, y que en más
acciones se habían hallado, lo que principalmente celebraban
en Luculo era haber vencido a los reyes más poderosos y afamados
con dos medios encontrados enteramente, cuales son la prontitud
y la dilación: porque a Mitridates, que se hallaba pujante,
lo destruyó con el tiempo y la tardanza y a Tigranes lo quebrantó
con el aceleramiento, siendo muy pocos los generales que como él
hayan tenido una precaución activa y un arrojo seguro».
|
15)
En la campaña contra los panonios, cuando los bárbaros a
tono bélico se habían formado para la batalla al amanecer
mismo, Tiberio Nerón contuvo a sus propias tropas, y permitió
que el enemigo fuera obstaculizado por la niebla y fuera empapado por
las lluvias, que resultaron ser frecuentes ese día. Entonces, cuando
notó que estaban cansados y débiles por la posición,
no sólo por la exposición sino también por el agotamiento,
dio la señal, atacó y los derrotó.
| Nota:
Años 12 a10 a.de C. ó 6 a 9 de Nuestra Era.
El futuro emperador Tiberio. |
16)
Cayo César, estando en la Galia, entendió que era un principio
y casi una ley con Ariovisto, rey de los germanos, no luchar cuando la
luna menguaba. César, por lo tanto, eligió ese momento sobre
todos los otros para entrar en batalla, cuando el enemigo estaba turbado
por su superstición, y así triunfó sobre ellos.
| Nota:
Año 58 a.de C. Julio César, La Guerra de las Galias,
1:49 : «Al día siguiente César, como
lo tenía de costumbre, sacó de los dos campos su gente,
la ordenó a pocos pasos del principal, y presentó
batalla al enemigo; mas visto que ni por eso se movía, ya
cerca del mediodía recogió los suyos a los reales.
Entonces por fin Ariovisto destacó parte de sus tropas a
forzar las trincheras de nuestro segundo campo; peleóse con
igual brío por ambas partes hasta la noche, cuando Ariovisto,
dadas y recibidas muchas heridas, tocó la retirada. Inquiriendo
César de los prisioneros la causa de no querer pelear Ariovisto,
entendió ser cierta usanza de los germanos que sus mujeres
hubiesen de decidir por suertes divinatorias si convenía,
o no, dar la batalla, y que al presente decían: «no
poder los germanos ganar la victoria si antes de la luna nueva daban
la batalla». |
17)
El divino Vespasiano Augusto atacó a los judíos
en su sabbath, día en el cual es pecado realizar cualquier actividad,
y así los derrotó.
| Nota:
Año 70 de Nuestra Era. |
18)
Cuando Lisandro, el espartano, luchaba contra los atenienses en Egos Potamos,
comenzó atacando los buques de los atenienses a una hora regular
y luego deteniendo a su flota. Después que esto se hubo convertido
en un procedimiento establecido, cuando los atenienses en una ocasión,
después de su retirada, se dispersaban para reunir sus tropas,
él desplegó su flota como de costumbre y se retiró.
Entonces, cuando la mayor parte del enemigo se había dispersado
según su costumbre, él atacó y mató al resto,
y capturó todos sus buques.
| Nota:
Año 405 a.de C. Plutarco, Lisandro, 10, 11 : «X
Nada hicieron por entonces ni unos ni otros, esperando que al día
siguiente se combatirían las escuadras; pero muy distinto
era el pensamiento de Lisandro, el cual, sin embargo, dio orden
a los marineros y pilotos, como si al otro día al amanecer
se hubiera de pelear, de que montasen las galeras y esperasen en
formación y con silencio la disposición que se les
comunicase; de la misma manera mandó que el ejército
de tierra, desplegado en el litoral, aguardara igualmente sin moverse.
Al salir el sol, los Atenienses se presentaron de frente, provocándolos
con todas sus naves; y él, con tener las suyas en orden y
bien tripuladas desde la noche, no se hizo al mar; y antes, por
sus edecanes, envió avisos a las naves principales para que
permanecieran en su puesto, sin inquietarse ni salir contra los
enemigos. Hubiéronse de retirar, ya al oscurecer, los Atenienses;
y él, sin embargo, no permitió a los soldados desembarcarse
sin haber despachado antes de exploradoras dos o tres galeras, y
haber vuelto éstas con la noticia de que habían visto
saltar en tierra a los enemigos. Ejecutóse enteramente lo
mismo el día siguiente, y el tercero y el cuarto, de manera
que los Atenienses concibieron la mayor confianza, y empezaron a
mirar con desprecio a los enemigos, pensando que los temían
y les habían cobrado miedo. En tanto, Alcibíades,
que se hallaba todavía en el Quersoneso, detenido en una
de sus plazas, marchando a caballo al ejército de los Atenienses,
increpó a los generales, primeramente de haber anclado en
una costa mal segura y abierta, y en segundo lugar, de que hacían
mal en ir lejos a tomar las provisiones de Sesto, cuando les convenía
no apartarse mucho de esta ciudad y su puerto, manteniéndose
a distancia de unos enemigos que estaban a las órdenes de
un hombre solo, obedeciéndole en todo por miedo a la menor
señal. Estas lecciones les daba, mas ellos no le prestaron
oídos, y aun Tideo lo despidió con enfado, diciéndole
que no era Alcibíades sino otros los que mandaban.
XI.- Separóse, pues, de ellos Alcibíades, no sin alguna
sospecha de que eran traidores a su patria. Hicieron los Atenienses
al quinto día su navegación y retirada, según
costumbre, con gran desdén y desprecio; Lisandro, al enviar
las naves exploradoras, encargó a los capitanes que, inmediatamente
después de haber visto desembarcarse a los Atenienses, se
apresuraran a volver, y, al estar en medio de la travesía,
levantasen en alto, por la proa, un escudo de bronce, en señal
de que debían hacerse a la vela. En tanto, convocaba a los
pilotos y capitanes y los exhortaba a que cada uno tuviese a bordo
y en orden a todos los individuos de la marinería y tripulación,
y a la primera señal moviesen aceleradamente contra los enemigos.
Luego que de las naves se levantó en alto el escudo, y se
dio de la capitana la señal con la trompeta, salieron al
mar las naves, y el ejército de tierra marchó por
la costa hacia el promontorio; y siendo la distancia que había
entre ambos continentes de quince estadios, con la diligencia y
ardor de los remeros en breves instantes fue vencida. Conón
fue el primero de los generales atenienses que divisó en
el mar la escuadra, e inmediatamente esforzó la voz para
que se embarcaran; y sintiendo ya el mal que les había sobrevenido,
convocaba a unos, rogaba a otros, y a otros los obligaba a tripular
las naves; pero toda su diligencia era vana, estando la gente dispersa:
pues luego que saltaron en tierra, unos habían marchado a
tomar víveres, otros andaban vagando y otros dormían
en las tiendas, muy distantes todos de aquel apuro y menester, por
impericia de sus generales. Cuando los enemigos estaban encima,
con grande gritería y alboroto, Conón se hizo a la
vela con ocho naves, y se retiró a Chipre, al amparo de Evágoras;
los del Peloponeso, cargando sobre los demás, de ellas tomaron
unas enteramente vacías, y desbarataron otras que ya estaban
tripuladas. De la gente, unos murieron cerca de las naves, cuando,
desarmados, corrían a defenderlas, y otros recibieron la
muerte mientras huían por tierra, desembarcándose
al efecto los enemigos. Tomó Lisandro cautivos a tres mil
hombres, incluso los generales y la armada entera, a excepción
de la galera Páralo y las que Conón llevó consigo.
Amarradas, pues, las naves y saqueado el campamento, navegó
al son de las trompetas y entonando canciones triunfales la vuelta
de Lámpsaco; habiendo ejecutado con el menor trabajo la mayor
hazaña, y abreviado en una hora sola un tiempo muy dilatado,
por haber terminado en ella de un modo increíble la guerra
más encarnizada y de más varios casos de fortuna entre
cuantas la habían precedido; la cual, después de una
indecible alternativa de sucesos y de la pérdida de más
generales que los que fallecieron en todas las demás guerras
de la Grecia, fue de este modo fenecida por el tino y habilidad
de un hombre solo; así es que esta hazaña fue calificada
de divina».
|
II.
SOBRE LA ELECCIÓN DEL LUGAR PARA LA BATALLA |
1)
Manio Curio, observando que la falange del rey Pirro no podía ser
resistida cuando estaba en una línea extendida, hizo por esfuerzos
luchar en espacios reducidos, donde la falange, apilada toda junta, se
molestaría a sí misma.
| Nota:
Años 281 a 275 a.de C. |
2) En Capadocia, Cneo Pompeyo eligió un sitio
elevado para su campamento. Como resultado, la elevación ayudó
de tal modo al ataque de sus tropas que fácilmente venció
a Mitrídates puramente por el peso de su asalto.
3) Cuando Cayo César estaba a punto de contender
con Farnaces, el hijo de Mitrídates, preparó su línea
de batalla sobre una colina. Este movimiento le hizo fácil la victoria,
ya que los dardos, lanzados desde tierras más altas contra los
bárbaros que cargaban desde abajo, les pusieron inmediatamente
en fuga.
|
Nota:
Año 47 a.de C. Aulo Hircio, La Guerra de Alejandría,
74-76 : «LXXIII. César sentó
su campo a cinco millas de distancia del enemigo, y viendo que aquellos
valles que fortalecían el campo contrario fortificarían
también el suyo a la misma distancia, si los enemigos no
se apoderasen antes de los puestos más inmediatos a su real,
dio orden de conducir gran porción de madera y faginas a
las fortificaciones. Conducidas con prontitud, partió al
amanecer del día siguiente con todas las legiones armadas
a la ligera, dejando todo el equipaje en los reales, y sin que lo
pensasen los enemigos, ocupó aquel mismo puesto en que Mitrídates
derrotó a Triario. Mandó que los esclavos condujesen
aquí las faginas de los reales, para que ningún soldado
se apartase de la obra, de la cual y del nuevo campo sólo
se separaba el del enemigo por un valle cortado, que tendría
el espacio de una milla.
LXXIV. Advertido esto por Farnaces, formó
de improviso al amanecer todas sus tropas delante de los reales,
las que, como mediaban unos pasos difíciles y escabrosos,
creía César que las ordenaba siguiendo la costumbre
militar, o para estorbar sus obras ocupándose mucha gente
en las armas, o por ostentación de la real confianza, para
que no se entendiese que Farnaces defendía su puesto más
con fortificaciones que con las manos; y así, formando la
primera línea delante de la trinchera, no dejó de
continuar la obra con el resto del ejército. Pero Farnaces,
o incitado de la oportunidad del sitio, o movido de sus auspicios
y señales religiosas, de que oímos después
se había creído, o averiguado el corto número
de los nuestros que estaba sobre las armas, creyendo por la costumbre
ordinaria de las obras que aquella multitud de siervos que arreaban
los materiales eran soldados, o por la confianza en su ejército
veterano, el cual se vanagloriaban sus tenientes que había
peleado con la legión veintidós y salido victorioso,
y al mismo tiempo por desprecio de nuestro ejército, que
sabía había sido desbaratado por él con su
capitán Domicio, tomada la resolución de pelear, empezó
a bajar por el quebrado valle. César al principio se reía
de su vana ostentación y de la apretura de las tropas en
un paraje en que ningún capitán prudente se hubiera
empeñado, cuando entre tanto Farnaces, al mismo paso con
que había bajado al valle, empezó a subir por el collado
arriba, formando su ejército en batalla.
LXXV. Conmovido César, o de su temeridad,
o de su confianza, al verse sorprendido sin pensarlo, a un mismo
tiempo llama a los soldados de las obras, mándales tomar
las armas, opone sus legiones y las ordena para la refriega, repentina
disposición que no dejó de causar alguna confusión
en los nuestros. Aun no estaban ordenadas del todo las filas, cuando
los carros falcados del Rey, tirados de cuatro caballos, comenzaron
a desbaratar nuestras tropas, si bien fueron rechazados por una
gran multitud de dardos. Siguióles a éstos el ejército
enemigo, y levantado el grito, se trabó la batalla, favoreciéndonos
mucho el sitio y en especial la benignidad de los dioses inmortales,
que si bien intervienen en todos los trances de la guerra, con particularidad
en aquellos en que nada se ha podido disponer con orden y prudencia.
LXXVI. Trabada, pues, de cerca una recia batalla,
empezó la victoria por el ala derecha, donde estaba la legión
sexta, que rechazó a los enemigos por la cuesta abajo. Algo
más tarde, pero al fin con el favor especial de los dioses,
fueron enteramente desbaratadas las tropas del Rey por el ala izquierda
y por el centro; las cuales desalojadas, eran oprimidas en el terreno
llano con igual celeridad a la que habían mostrado en exponerse
a un paraje tan desproporcionado. Y así muertos muchos soldados,
oprimidos unos con la caída de otros, los que podían
escapar por su ligereza, arrojando las armas, aunque pasaron el
valle, nada adelantaban, aun desde puesto ventajoso, por hallarse
desarmados. Los nuestros, animosos con la victoria, no dudaron subir
detrás de ellos al puesto desigual y atacar las fortificaciones.
Sólo defendían los reales unas cohortes que Farnaces
había dejado de guarnición, y así con gran
presteza los tomaron. Muerta o prisionera la mayor parte de los
suyos, Farnaces, a quien si la toma de los reales no hubiera dado
tiempo oportuno para escaparse, hubiera sido traído vivo
a la presencia de César, se puso en salvo con unos cuantos
caballos».
|
4) Cuando Lúculo planeaba luchar contra Mitrídates
y Tigranes en Tigranocerta, en la Armenia Mayor, él mismo ganó
rápidamente la cumbre de la colina más cercana con una parte
de sus tropas, y luego se precipitó en descenso sobre el enemigo
apostado abajo, atacando al mismo tiempo su caballería por el flanco.
Cuando la caballería írrumpió e inmediatamente provocó
una confusión en la infantería, Lúculo les siguió
y ganó una batalla importante.
| Nota:
Año 69 a.de C. «Dicho esto, y mandando tener
buen ánimo, pasó el río, marchando el primero
contra los enemigos, vestido con una brillante cota de hierro con
escamas, y una sobrevesta con rapacejos. Ostentaba ya desde allí
la espada desenvainada, como que tenía que apresurarse a
venir a las manos con hombres hechos a pelear de lejos, y le era
preciso acortar el espacio propio para armas arrojadizas con la
celeridad de la acometida; y viendo a la caballería de coraceros,
con que se hacía tanto ruido, defendida por un collado cuya
cima era suave y llana, y cuya subida, que sería de cuatro
estadios, no era difícil ni tenía cortaduras, dio
orden a los soldados de caballería tracios y gálatas
que tenía en sus filas de que, acometiéndoles en oblicuo,
desviaran con las espadas los cuentos de las lanzas; porque en ellos
estaba el todo de la fortaleza de aquellas gentes, no pudiendo nada
fuera de esto, ni contra los enemigos ni para sí, a causa
de la pesadez e inflexibilidad de su armadura, con la que parecían
aprisionados. Tomó en seguida dos cohortes, y se dirigió
al collado, siguiéndole alentadamente la tropa, al ver que
él marchaba el primero a pie, armado y decidido a batirse.
Luego que estuvo arriba, puesto en el sitio más eminente,
“Vencimos- exclamó en voz alta-; vencimos, camaradas”;
y al punto cayó sobre los coraceros, mandando que no hiciesen
uso de las picas, sino que hirieran con las espadas a los enemigos
en las piernas y en los muslos, que es lo único que los armados
no tienen defendido. Mas estuvo de sobra esta prevención,
porque no aguardaron la llegada de los Romanos, sino que al punto,
levantando espantosos alaridos, dieron a huir con la más
vergonzosa cobardía, y ellos y sus caballos, con sus pesadas
armaduras, cayeron sobre su misma infantería, antes de que
ésta hubiese entrado en acción; de modo que, sin una
herida, y sin haberse derramado una gota de sangre, quedaron vencidos
tantos millares de miles de hombres, y si fue grande la matanza
en los que huían, aún fue mayor en los que querían
y no podían huir, impedidos entre sí por lo espeso
y profundo de la formación. Tigranes, dando a correr desde
el principio, escapó con algunos pocos, y viendo que a su
hijo le cabía la misma suerte, quitándose la diadema
de la cabeza, se la entregó con lágrimas, mandándole
que por otra vía se salvara como pudiese. No se atrevió
aquel joven a ceñirse con ella las sienes, sino que la dio
a guardar a uno de los mancebos de quien más se fiaba, y
como después éste, por desgracia, cayese cautivo,
entre los demás que lo fueron lo fue también la diadema
de Tigranes. Dícese que de los infantes murieron más
de cien mil hombres, y de los de a caballo se salvaron muy pocos;
los Romanos tuvieron cien heridos y cinco muertos. Antíoco
el filósofo, haciendo mención de esta batalla en su
obra acerca de los Dioses, dice que el Sol no vio otra semejante;
Estrabón, otro filósofo, dice en sus memorias históricas
que los mismos Romanos estaban avergonzados y se reían de
sí mismos por haber tomado las armas contra semejantes esclavos;
y Livio refiere que nunca los Romanos habían sido tan inferiores
en número a los enemigos, porque apenas los vencedores eran
la vigésima parte, sino menos todavía, de los vencidos.
De los generales romanos los más inteligentes, y que en más
acciones se habían hallado, lo que principalmente celebraban
en Luculo era haber vencido a los reyes más poderosos y afamados
con dos medios encontrados enteramente, cuales son la prontitud
y la dilación: porque a Mitridates, que se hallaba pujante,
lo destruyó con el tiempo y la tardanza y a Tigranes lo quebrantó
con el aceleramiento, siendo muy pocos los generales que como él
hayan tenido una precaución activa y un arrojo seguro». |
5) Ventidio, luchando contra los partos, no iba a conducir
a sus soldados hasta que los partos estuvieran dentro de los quinientos
pasos. Así, por un avance rápido, llegó tan cerca
de ellos que, encontrándolos tan cerca, evitó sus flechas,
las cuales ellos tiraban desde una distancia. Por este esquema, dado que
expuso una cierta muestra de confianza, rápidamente sometió
a los bárbaros.
| Nota:
Año 38 a.de C. Floro, 4:9 § 6 : «Capitaneados
por Pacoro, joven de estirpe regia, baten las fuerzas de Antonio,
y su legado Saxa logra salvarse de las manos del enemigo cortando
con su propia espada el hilo de su existencia. Arrebatada la Siria
y vencedores los Partos á titulo de aliados (si bien lo fueron
por sí mismos), el mal amenazaba tomar mayores proporciones,
si Ventidio, otro de los lugartenientes de Antonio, por un evento
increíble no hubiera destrozado las tropas de Lavieno, las
del mismo Pacoro y toda la caballería de los Partos en el
extenso llano comprendido entre el Orontes y el Eufrates.
Perecieron más de veinte mil hombres; resultado que se debió
á la pericia de nuestro General, pues habiendo simulado temer
al enemigo, dejó que éste se aproximara al campamento,
de tal suerte que no quedándole espacio suficiente para tender
sus arcos, in utilizó por completo el empleo de sus dardos.
El Rey murió peleando esforzadamente; su cabeza fué
paseada por las poblaciones rebeldes, y la Siria quedó subyugada
sin derramamiento de sangre. Con la muerte de Pacoro quedó
vengado el desastre de Craso».
|
6) En Numistro, cuando Aníbal esperaba una batalla
con Marcelo, se aseguró una posición donde su flanco fuera
protegido por huecos y caminos con precipicios. Haciendo así que
la tierra sirviera como defensa, obtuvo una victoria sobre un comandante
muy renombrado.
| Nota:
Año 210 a.de C. Plutarco, Marcelo, 24 :
«A poco, como Aníbal hubiese dado muerte en la Apulia
al procónsul Gneo Fulvio, con once tribunos más, y
hubiese destrozado la mayor parte del ejército, envió
Marcelo cartas a Roma, exhortando a los ciudadanos a que no desmayaran,
porque se ponía en marcha para desvanecer el gozo de Aníbal.
Acerca de lo cual dice Livio que, leídas estas cartas, no
se disipó la pesadumbre, sino que se acrecentó con
el miedo, por ser tanto mayor que la pérdida ya sucedida
el temor de lo que recelaban, cuando Marcelo se aventajaba a Fulvio.
Aquel, al punto, como lo había escrito, marchó a Lucania
en persecución de Aníbal, y alcanzándole en
las cercanías de la ciudad de Numistrón, donde había
tomado posición en unos collados bastantes fuertes, él
puso su campo en la llanura. Al día siguiente se anticipó
a poner en orden su ejército, y bajando Aníbal se
trabó una batalla que no tuvo éxito cierto o que fuese
de importancia; con todo de que, habiendo empezado a las nueve de
la mañana, con dificultad cesaron después de haber
oscurecido. Al amanecer estuvo otra vez pronto con su ejército,
formando entre los cadáveres, desde donde provocaba a Aníbal
a la batalla; mas como éste se retirase, despojando los cadáveres
de los contrarios y dando sepultura a los de los amigos, se puso
de nuevo a perseguirle, y habiéndose librado de las muchas
asechanzas que aquel le iba armando sin dar en ninguna, superior
siempre en las escaramuzas de la retirada, se atrajo una grande
admiración». |
7) Otra vez en Cannas, cuando Aníbal se enteró
que el Río Volturno, en desacuerdo con la naturaleza de otras corrientes,
enviaba vientos fuertes por la mañana que llevaban arena arremolinada
y polvo, ordenó su línea de batalla de modo que toda la
furia de los elementos cayera en la retaguardia de sus propias tropas,
pero golpeara a los romanos en la cara y en los ojos. Dado que esta dificultad
era un serio obstáculo para el enemigo, obtuvo aquella victoria
memorable.
|
Nota:
Año 216 a.de C.Livio, 22:43 : «Viendo Aníbal
que los romanos habían hecho un movimiento aventurado sin
llegar al último extremo, y que estaba descubierta su astucia,
volvió a su campamento sin haber conseguido nada. Pero la
falta de trigo no le permitía permanecer en él mucho
tiempo, y diariamente formaban nuevos proyectos, no solamente los
soldados, confusa reunión de todas las naciones, sino también
el mismo general. Porque cuando el ejército pasó de
los murmullos a los gritos, reclamando el sueldo atrasado, y para
quejarse primeramente de las raciones y después del hambre,
y corrió el rumor de que los mercenarios, especialmente los
españoles, habían formado el proyecto de pasar al
enemigo, dícese que el mismo Aníbal pensó más
de una vez huir a la Galia con la caballería, abandonando
toda la infantería. Estos designios, esta disposición
de los ánimos, le impulsaron a decampar y retirarse a la
Apulia, cuyo clima más cálido era por lo mismo más
precoz para las cosechas; además, cuanto más lejos
se encontrase del enemigo, más difícil sería
la deserción para aquellas gentes movedizas. Partió
de noche y dejó hogueras como antes, y algunas tiendas levantadas
para engañar los ojos, con objeto de retener otra vez a los
romanos por temor de alguna emboscada. Pero habiendo comunicado
el lucano Statilio, después de reconocer todos los parajes
más allá del campamento y de las montañas,
que se veía a lo lejos el ejército enemigo, agitóse
en el acto el proyecto de perseguirle.
Como cada cónsul conservaba su primera opinión, y
Varrón tenía de su parte todo el ejército,
mientras que a Paulo Emilio solamente le sostenía Servilio,
cónsul del año anterior, queriéndolo la mayoría,
partieron, impulsados por el destino, para hacer famosa a Cannas
con una sangrienta derrota. Aníbal había acampado
cerca de este pueblo, dando la espalda al viento llamado Volturno,
que en aquellos campos, abrasados por la sequía, levanta
incesantemente nubes de polvo Esta posición, muy ventajosa
para el campamento, debía serlo mucho más en la batalla,
puesto que el viento, que tendría solamente por la espalda,
arrojaría sobre el enemigo una polvareda que le cegaría».
|
8) Después que Mario fijó un día
para luchar contra los cimbrios y los teutones, fortificó a sus
soldados con alimentos y los ubicó delante de su campamento, a
fin de que el ejército del enemigo se agotara marchando sobre el
intervalo entre los ejércitos enemigos. Entonces, cuando el enemigo
fue así agotado, los enfrentó con otra perturbación,
arreglando su propia línea de batalla de modo que los bárbaros
fueron atrapados por el sol, el viento y el polvo en sus caras.
Nota:
Año 101 a.de C. Plutarco, Mario, 26 : «No
acometieron entonces de frente a los Romanos, sino que marcharon,
inclinándose sobre la derecha de éstos, para envolverlos
entre ellos mismos y la parte de su infantería, colocada
a la izquierda; y aunque los generales romanos conocieron el intento,
no tuvieron tiempo para contener a los soldados, pues habiendo gritado
uno que los enemigos huían, todos se arrojaron a perseguirlos.
En tanto, la infantería de los bárbaros acometía
también, como si un piélago inmenso se moviese. Mario
entonces, lavándose las manos y alzándolas al cielo,
hizo plegarias a los Dioses con el voto de una hecatombe: oró
también Cátulo, levantando igualmente las manos y
ofreciendo consagrar la Fortuna de aquel día. Dícese
que sacrificando Mario, como se le pusie sen delante las víctimas,
exclamó con una gran voz, diciendo: “Mía es
la victoria”; y Sila, además, refiere que al dar la
acometida, como por venganza divina, le sucedió a Mario lo
contrario de lo que había ideado, porque habiéndose
levantado, como era natural, infinito polvo, que encubrió
los ejércitos, como éste hubiese dispuesto de su propia
fuerza en el momento que se decidió a perseguir a los enemigos,
no dio con ellos en la oscuridad, sino que se fue lejos de sus huestes,
andando largo tiempo por la llanura; y en tanto los enemigos dieron
casualmente con Cátulo, siendo lo más recio del combate
contra éste y contra sus soldados, entre los que estaba formado
el mismo Sila; quien añade que pelearon en favor de los Romanos
el calor y el sol, que daba en los ojos a los Cimbros. Porque siendo
fuertes para sufrir la intemperie, criados, según hemos dicho,
en lugares tenebrosos y fríos, se sofocaban con el calor,
y cubiertos de sudor, fuera de aliento, se ponían los escudos
delante del rostro, mayormente dándose esta batalla después
del solsticio de verano, cuya fiesta se celebraba en Roma tres días
antes de empezar el mes que ahora dicen agosto y entonces sextilis.
También el polvo contribuyó a aumentar en los Romanos
el arrojo, por cuanto, ocultándoles los enemigos, no veían
su excesivo número, sino que corriendo cada uno contra los
que tropezaban, así lidiaban con ellos sin haber concebido
antes temor con su vista. Y estaban tan metidos en fatiga y tan
hechos a ella, que nadie vio a ninguno de los Romanos ni sudar ni
con sobrealiento, con haberse sostenido este combate en medio del
mayor ardor del verano, y a costa de un continuo correr, como dicen
haberlo escrito el mismo Cátulo celebrando a sus soldados». |
9) Cuando Cleómenes, el espartano, en su batalla
contra Hipías, el ateniense, encontró que la fuerza principal
de éste estaba en su caballería, taló árboles
y los desparramó por el campo de batalla, haciéndolo así
infranqueable para la caballería.
10)
Los iberios en África, luego de encontrar una gran multitud de
enemigos y temiendo ser rodeados, se acercaron a un río que en
aquel punto fluía entre riberas profundas. Así, defendidos
por el río en la retaguardia y capacitados por su destreza superior
a hacer frecuentes ataques sobre aquellos que estuvieran más cerca
de ellos, derrotaron a todas las huestes de sus adversarios.
11) Jantipo, el espartano, cambiando simplemente el lugar
de operaciones, alteró completamente las fortunas de la Guerra
Púnica; ya que cuando, convocado como un mercenario por los desesperados
cartagineses, y notando que los africanos, que eran superiores en caballería
y elefantes, se mantenían en las colinas, mientras los romanos,
cuya fuerza estaba en la infantería, se mantenían en las
llanuras, trajo a los cartagineses a nivel de tierra, donde rompió
las filas de los romanos con los elefantes. Luego, persiguiendo sus dispersadas
tropas con númidas, derrotó a su ejército, que hasta
ese día había sido victorioso por tierra y mar.
| Nota:
Año 255 a.de C. Polibio, 1:33 y ss. : «Cuando
los romanos advirtieron que los cartagineses realizaban las marchas
y situaban sus campamentos en lugares llanos y descampados, aparte
de que en esto les sorprendía la novedad, sin embargo, seguros
del éxito, ansiaban venir a las manos. En efecto, se fueron
aproximando y acamparon el primer día a diez estadios de
los enemigos. En el siguiente celebraron consejo los jefes cartagineses
sobre por qué y cómo se había de obrar en el
caso presente. Pero las tropas, impacientes por el combate, se aglomeran
en corrillos, claman por el nombre de Jantipo, y piden que se las
saque cuanto antes. En vista de este ardor y deseo del soldado,
junto con el asegurar Jantipo que no había que dejar pasar
la ocasión, ordenaron los capitanes que estuviese pronta
la armada, y dieron atribuciones al lacedemonio para que usase del
mando conforme lo creyese conveniente. Revestido de este poder,
sitúa sobre una línea los elefantes al frente de todo
el ejército. A continuación de las bestias coloca
la falange cartaginesa a una distancia proporcionada. Las tropas
extranjeras, a unas las introduce en el ala derecha, y otras, las
más ágiles, las coloca con la caballería al
frente de una y otra ala.
Después que vieron los romanos formarse a sus contrarios,
salieron al frente en buena formación. Pero asombrados por
presentir el ímpetu de los elefantes, ponen al frente los
velites, sitúan a la espalda muchos manípulos espesos,
y dividen la caballería sobre las dos alas. Por el hecho
mismo de ser toda su formación menos extensa que antes, pero
más profunda, estaban perfectamente dispuestos para resistir
el choque de las fieras; pero para rechazar el de la caballería,
que era mucho más superior que la suya, lo erraron de medio
a medio. Después que ambas armadas se situaron a medida de
su deseo, y cada línea ocupó el lugar que la correspondía,
permanecieron en formación, aguardando el tiempo de llegar
a las manos. Lo mismo fue ordenar Jantippo a los conductores de
los elefantes que avanzasen y rompiesen las líneas enemigas,
y a la caballería que los cercase y atacase por ambas alas,
que acometer también los romanos con gran ruido de armas
y algazara según la costumbre. La caballería romana,
por ser la de los cartagineses más numerosa, desamparó
al instante el puesto en una y otra ala. La infantería situada
sobre el ala izquierda, en parte por evitar el ímpetu de
las fieras, y en parte por desprecio de las tropas extranjeras,
atacó la derecha de los cartagineses, y haciéndola
volver la espalda, la rechazó y persiguió hasta el
campo. Las primeras líneas que estaban frente a los elefantes,
agobiadas, rechazadas y atropelladas por la violencia de estos animales
murieron a montones con las armas en las manos. El resto de la formación,
por la profundidad de sus filas continuó sin desunirse durante
cierto tiempo; pero cuando las últimas líneas, rodeadas
por todas partes de la caballería, se vieron obligadas a
hacer frente para pelear, y las primeras que habían abierto
brecha por medio de los elefantes, situadas estas fieras a la espalda,
encontraron con la falange cartaginesa, intacta aún y coordinada
que las pasaba a cuchillo; entonces, hostigados por todas partes
los romanos, la mayor parte fue presionada por el enorme peso de
estos animales, el resto sin salir de formación fue asaetado
por la caballería, y sólo unos pocos pudieron huir.
Pero como el terreno era llano, unos murieron arrollados por los
elefantes y la caballería; otros, hasta quinientos que huían
con Régulo, fueron más tarde hechos prisioneros y
conducidos vivos con el mismo Cónsul. Los cartagineses perdieron
en esta acción ochocientos soldados extranjeros, que estaban
opuestos a la izquierda de los romanos. De éstos únicamente
se salvaron dos mil, que persiguiendo al enemigo, como hemos dicho,
se desplazaron fuera de la batalla. Todos los demás quedaron
sobre el terreno, a excepción del cónsul Régulo
y los que con él escaparon.
Las cohortes romanas que se salvaron se refugiaron en Aspis milagrosamente.
Y los cartagineses, satisfechos con el suceso, volvieron a la ciudad,
después de haber despojado los muertos, llevando consigo
al Cónsul y los demás prisioneros».
|
12)
Epaminondas, líder de los tebanos, cuando estaba por ordenar sus
tropas en orden de batalla contra los espartanos, ordenó que su
caballería comenzara maniobras a lo largo del frente. Entonces,
cuando hubo llenado los ojos del enemigo con nubes del polvo e hizo que
esperaran un encuentro con la caballería, condujo su infantería
alrededor de un flanco, donde era posible atacar la retaguardia del enemigo
desde terrenos más elevados, y así, por un ataque sorpresa,
destrozarlo.
| Nota:
Año 362 a.de C. Polieno, 2:3 § 14 : «Epaminondas,
estando dispuesto a irse a las manos con los lacedemonios, cerca
de Tegea, juzgó que debía apoderarse de algunos puestos
ventajosos. Con el fin de esconderle su intención a los enemigos,
ordenó al comandante de la caballería adelantarse
al frente de la falange con 1.600 caballos, y hacer varias evoluciones,
marchas y contramarchas por todos lados. Por este medio se levantó
mucho polvo, que obscureció la vista de los enemigos, y con
la ayuda de esta oscuridad, los puestos fueron ganados secretamente
por Épaminondas. Cuando el polvo se apaciguó, los
lacedemonios se dieron cuenta cuál había sido la razón
de una cabalgata, cuyo fin les había sido desconocido primero».. |
13) Contra una multitud innumerable de persas, trescientos
espartanos capturaron y sostuvieron el paso de las Termópilas,
que era capaz de admitir sólo un número parecido oponentes
mano a mano. En consecuencia, los espartanos se hicieron numéricamente
iguales a los bárbaros, de modo que en lo referido a la oportunidad
de luchar, y siendo superior a ellos en valor, mataron a gran número
de ellos. Tampoco podrían haber sido vencidos, de no haber sido
conducido el enemigo alrededor a la retaguardia por el traidor Efialtes,
el tarquinio, y así ser vencidos.
| Nota:
Año 480 a.de C. Polieno 7:15 § 5 : «Al
haber perdido Jerjes en las Termópilas un gran número
de persas, a causa de la situación demasiado estrecha de
los lugares, encontró a un tarquinio, llamado Efialtes, que
le enseñó un camino estrecho a través de las
alturas. Jerjes envió por allí veinte mil hombres,
que, tomando a los griegos por detrás, los mataron. Estos
griegos tenían como jefe a Léonidas»
|
14)
En Numistro, cuando Aníbal esperaba una batalla con Marcelo, se
aseguró una posición donde su flanco fuera protegido por
huecos y caminos con precipicios. Haciendo así que la tierra sirviera
como defensa, obtuvo una victoria sobre un comandante muy renombrado.
| Nota:
Temístocles, líder de los atenienses, vió que
era más ventajoso para Grecia luchar en los Estrechos de
Salamis contra el enorme número de buques de Jerjes, pero
no podía persuadir de esto a su compañeros atenienses.
Empleó por lo tanto una estratagema para hacer que los bárbaros
obligaran a los griegos a hacer lo que era ventajoso para éstos;
ya que fingiendo que se convertía en un traidor, envió
un mensajero a Jerjes para informarle que los griegos planeaban
huir, y que la situación sería más difícil
para el Rey si debía sitiar cada ciudad por separado. Por
esta política, en primer lugar hizo que las huestes de los
bárbaros estuvieran en alerta haciendo guardia toda la noche;
en segundo lugar, hizo posible para sus propios seguidores, a la
mañana siguiente y con la fuerza intactas, encontrar a los
bárbaros todos exhaustos y vigilantes, (exactamente como
él había deseado) en un lugar encajonado, donde Jerjes
no podía utilizar su superioridad numérica . |
Capítulos
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