SEXTO JULIO FRONTINO

«ESTRATAGEMAS»

LIBRO III

Capítulos I y II - III y IV- V y VI - VII y VIII- IX y X- XI y XII

XIII y XIV - XV y XVI - XVII y XVIII

Traducción y adaptación I. Nachimowicz

 

Frontino.


Si los libros precedentes han correspondido a sus títulos, y he mantenido la atención del lector hasta este punto, trataré ahora de astucias que tienen que ver con el sitio y la defensa de ciudades. Renunciando a cualquier prefacio, presentaré primero aquellas que son útiles en el sitio de ciudades y luego aquellas que ofrecen sugerencias a los sitiados. Dejando a un lado también todas las consideraciones de trabajos y máquinas de guerra, cuya invención ha alcanzado hace mucho su límite, y para la mejora de las cuales no veo ninguna esperanza adicional en las artes aplicadas, reconoceré los siguientes tipos de estratagemas relacionadas con operaciones de sitio:


I. Sobre ataques por sorpresa.
II. Sobre cómo engañar al sitiado.
III. Sobre cómo inducir a la traición.
IV. Por qué medios el enemigo puede ser reducido al estado de necesidad.
V. Cómo persuadir al enemigo que el sitio será mantenido.
VI. Sobre cómo distraer la atención de una guarnición hostil.
VII. Sobre cómo desviar corrientes y contaminar el agua.
VIII. Sobre cómo aterrorizar al sitiado.
IX. Sobre ataques desde un sitio inesperado.
X. Sobre cómo poner trampas para sacar al sitiado.
XI. Sobre retiradas fingidas.

Por otra parte, estratagemas relacionadas con la protección de los sitiados:

XII. Sobre cómo estimular la vigilancia de las propias tropas.
XIII. Sobre cómo enviar y recibir mensajes.
XIV. Sobre cómo introducir refuerzos y suministrar provisiones.
XV. Cómo producir la impresión de abundancia de lo que se carece.
XVI. Cómo conocer la amenaza de traición y la deserción.
XVII. Sobre salidas.
XVIII. Acerca de la firmeza por parte de los sitiados.


Capítulos I y II - III y IV- V y VI - VII y VIII- IX y X- XI y XII

XIII y XIV - XV y XVI - XVII y XVIII

 

 

 

I. SOBRE ATAQUES POR SORPRESA



1) El cónsul Tito Quincio, habiendo triunfado sobre los equos y los volscos en un enfrentamiento, decidió asaltar la ciudad amurallada de Antium. Consecuentemente llamó a una asamblea de los soldados y explicó cuán necesario era este proyecto y qué fácil, si tan sólo no era pospuesto. Entonces, habiendo despertado el entusiasmo por su alocución, asaltó la ciudad.

Nota: Año 468 a.de C.


2) Marco Catón, estando en España, vió que podía ganar la posesión de cierta ciudad, si sólo pudiera asaltar al enemigo por sorpresa. En consecuencia, habiendo llevado a cabo en dos días una marcha que duraba cuatro días a través de ásperos y estériles distritos, aplastó a sus enemigos, que no temían acontecimiento alguno de este tipo. Entonces, cuando sus hombres preguntaron por la razón de un éxito tan sencillo, él les dijo que ellos habían obtenido la victoria tan pronto como llevaron a cabo la marcha de los cuatro días en dos.

Nota:Año 195 a.de C.

 

II. SOBRE CÓMO ENGAÑAR AL SITIADO


1) Cuando Domicio Calvino sitiaba Lueria, una ciudad de los ligures, protegido no sólo por su posición y trabajos de sitio, sino también por la superioridad de sus defensores, instituyó la práctica de marchar frecuentemente con todas sus fuerzas alrededor de las murallas, y luego marchar de vuelta al campamento. Una vez que los ciudadanos fueron inducidos por esta rutina a creer que el comandante romano hacía esto con el propósito de hacer ejercicios militares, y por consiguiente no tomó precaución alguna contra sus esfuerzos, él transformó esta práctica de desfile en un repentino ataque, y tomando posesión de las murallas, obligó a los habitantes a rendirse.


2)El cónsul Cayo Duilio, por ejercitar con frecuencia a sus soldados y marineros, triunfó en hacer que los cartagineses no hicieran caso de una práctica que era bastante inocente, hasta que de repente él sacó a relucir su flota y capturó sus fortificaciones.

Nota: Año 260 a.de C.


3) Aníbal capturó muchas ciudades en Italia enviando adelante a algunos de sus propios hombres, vestidos con el traje tradicional de los romanos y hablando en latín, que ellos habían aprendido como resultado de una larga experiencia en la guerra.

Nota: Años 216 a 203 a.de C.


4) Los arcadios, sitiando una fortaleza de los mesenios, fabricaron ciertas armas que se parecían a aquellas del enemigo. Entonces, cuando se enteraron que otra fuerza estaba por relevar a la primera, se vistieron con el uniforme de aquellos a quienes esperaban, y, admitidos como compañeros a consecuencia de esta confusión, aseguraron la posesión del lugar y causaron estrago entre el enemigo.


5) Cimón, el general ateniense, teniendo planes sobre cierta ciudad en Caria, bajo la cubierta de la noche prendió fuego a un templo de Diana, tenida en alta reverencia por los habitantes, como así también a una arboleda fuera de las murallas. Entonces, cuando los ciudadanos salieron a luchar contra la conflagración, Cimón capturó la ciudad, ya que fue abandonada sin defensores.

Nota: Alrededor del año 470 a.de C.


6) Alcibíades, el comandante ateniense, sitiando la fuertemente fortificada ciudad de los agrigentinos, solicitó una conferencia con los ciudadanos, y, como hablando de asuntos de preocupación común, se dirigió con ellos al teatro, donde según la costumbre de los griegos, era habitual usar el lugar para la consulta. Entonces, mientras él mantenía a la muchedumbre fingiendo una deliberación, los atenienses, a quienes él había preparado antes para este movimiento, capturaron la ciudad, dejada así indefensa.

Nota: Año 415 a.de C., Tucídides, 6:51, designa a Catana como la ciudad donde tuvo lugar esta estratagema:
«De allí se dirigieron a Catana, donde no les quisieron recibir, porque una parte de los ciudadanos era del partido de los siracusanos. Por esta causa viéronse obligados a dirigirse más arriba hacia la ribera del Terias, donde pararon todo aquel día, y a la mañana siguiente fueron a Siracusa con todos sus barcos puestos en orden en figura de cuerno, de los cuales enviaron diez delante hacia el gran puerto de la ciudad para reconocer si había dentro otros buques de los enemigos.
Cuando todos estuvieron juntos a la entrada del puerto, mandaron pregonar al son de la trompeta que los atenienses habían ido allí para restituir a los leontinos en sus tierras y posesiones conforme a la amistad y alianza, según les obligaban el deudo y parentesco que con ellos tenían, por tanto que denunciaban y hacían saber a todos aquellos que fuesen de nación leontinos y se hallasen a la sazón dentro de la ciudad de Siracusa, se pudiesen retirar y acoger a su salvo a los atenienses como a sus amigos y bienhechores.
Después de dar este pregón y de reconocer muy bien el asiento de la ciudad y del puerto y de la tierra que había en contorno para ver de qué parte la podrían mejor poner cerco, regresaron todos a Catana, y de nuevo requirieron a los ciudadanos para que les dejasen entrar en la ciudad como amigos.
Los habitantes, después de celebrar consejo, les dieron por respuesta que en manera alguna dejarían entrar la gente de la armada, pero que si los capitanes querían entrar solos, los recibirían y oirían de buena gana cuanto quisiesen decir, lo cual fue así hecho, y estando todos los de la ciudad reunidos para dar audiencia a los capitanes, mientras estaban atentos a oír lo que Alcibíades les decía, la gente de la armada se metió de pronto por un postigo en la ciudad, y sin hacer alboroto ni otro mal alguno andaban de una parte a otra comprando vituallas y otros abastecimientos necesarios. Algunos de los ciudadanos que eran del partido de los siracusanos, cuando vieron la gente de guerra de la armada dentro, se asustaron mucho, y sin más esperar, huyeron secretamente. Éstos no fueron muchos y todos los otros que habían quedado acordaron hacer paz y alianza con los atenienses. Por este suceso fue ordenado a todos los atenienses que habían quedado con lo restante de la armada en Region que viniesen a Catana. Cuando estuvieron juntos en el puerto de Catana, y hubieron puesto en orden su campo, tuvieron aviso de que si iban directamente a Camarina los ciudadanos, les darían entrada en su ciudad, y también que los siracusanos aparejaban su armada. Con esta nueva partieron todos navegando hacia Siracusa, mas no viendo ninguna armada aparejada de los siracusanos volvieron atrás, y fueron a Camarina.
Al llegar cerca del puerto hicieron pregonar a son de trompeta, y anunciar a los de Camarina su venida, mas éstos no les quisieron recibir diciendo que estaban juramentados para no dejar entrar a los atenienses dentro de su puerto con más de una nave, salvo el caso de que ellos mismos les enviasen a llamar, para que fueran con barcos. Con esta respuesta se retiraron los atenienses sin hacer cosa alguna.
A la vuelta de Camarina saltaron en tierra en algunos lugares de los siracusanos para saquearlos, mas la gente de a caballo que éstos tenían acudió en socorro de los lugares, y hallando a los remeros y desordenados a los atenienses, ocupándose en robar, dieron sobre ellos y mataron muchos, porque estaban armados a la ligera. Los atenienses se retiraron a Catana».


7) Cuando Epaminondas, el tebano, hacía una campaña en Arcadia, y durante cierto día sagrado las mujeres del enemigo paseaban en gran número fuera de las murallas, él envió entre ellas a parte de sus propias tropas vestidas con el atuendo femenino. A consecuencia de este disfraz, los hombres fueron admitidos hacia el anochecer en la ciudad, con lo cual ellos la tomaron y la abrieron a sus compañeros.

Nota: Año 379 a.de C. Polieno 2:3 § 1, tiene una diferente versión de la historia : «Febíades, que tenía el mando de la ciudadela de Cadmia, estaba enamorado de la mujer de Epaminondas. Esta mujer se lo dió a conocer a su marido, el que le ordenó fingir que gustaba de Febíades, y de prometerle una noche, con compromiso de llevar con ella a otras mujeres para sus amigos. Dada la palabra, las mujeres se encontraron en la cita, y bebieron con Febíades y sus amigos hasta la embriaguez. Ellas pidieron luego permiso para salir un momento para dedicarse a un sacrificio nocturno, y prometieron volver al instante. Febíades y sus amigos se lo permitieron, y ordenaron a los guardias de la puerta que las dejaran volver. Habiendo salido, se encontraron fuera con jóvenes lampiños, con los que cambiaron ropas, salvo una sola que volvió a entrar con ellos, tanto como para decirles dos palabras a los guardias de la puerta, que para guiar a estos jóvenes. Conducidos por esta mujer, mataron a Febíades y a todos los que estaban con él».


8)
Aristipo, el espartano, en un día sagrado para los tegeos, cuando la población entera había salido de la ciudad para celebrar los ritos de Minerva, envió a Tegea varias mulas cargadas con bolsos de grano llenos con paja. Las mulas eran conducidas por soldados disfrazados de comerciantes, que, evitando el aviso, abrieron las puertas de la ciudad a sus compañeros.


9) Cuando Antíoco sitiaba la ciudad fortificada de Suenda en Capadocia, interceptó a algunas bestias de carga que había salido para conseguir el grano. Entonces, matando a sus asistentes, vistió a sus propios soldados con su ropa y los envió dentro como si estuvieran trayendo el grano. Los centinelas cayeron en la trampa y, confundiendo a los soldados con carreteros, dejaron entrar a las tropas de Antíoco en las fortificaciones.


10) Cuando los tebanos no podían, a pesar de sumos esfuerzos, ganar la posesión del puerto de los sicionanos, llenaron un buque grande con hombres armados, exhibiendo a simple vista una carga en la cubierta, a fin de, so pretexto de comerciantes, engañar a sus enemigos. Entonces, en un punto de las fortificaciones lejano del mar, ubicaron a unos hombres, con quienes algunos miembros desarmados del equipo de desembarque debían enfrentarse en una reyerta, fingiendo una pelea. Cuando los sicionanos fueron convocados para parar el altercado, los equipos tebanos capturaron tanto el puerto indefenso como la ciudad.

Nota: Año 369 a.de C. Polieno 5:16 § 3 dice que fue Pámenes el autor de la estratagema : «Pámenes deseaba adueñarse del puerto de Sicion, que estaba entonces bajo la protección de los tebanos. Al mismo tiempo que él avanzaba contra la ciudad por tierra, tripuló un buque mercante con soldados, y lo colocó en la boca del puerto. Hacia la tarde, algunos de estos soldados, sin armas y con aspecto de comerciantes, fueron a tierra, a hacer compras y ver el mercado. Cuando la tarde estaba bien avanzada y el barco había entrado a puerto, Pámenes atacó la ciudad con un ruido fuerte y confuso,. Todos los habitantes corrieron al distrito donde el ataque estaba sucediendo. Incluso los hombres que vivían en la playa la dejaron, y corrieron en ayuda de sus amigos en la ciudad. Mientras tanto, las tropas armadas del barco fueron a tierra, y se hicieron dueñas del puerto sin oposición».

 


11) Timarco, el etolio, habiendo matado a Carmades, general del Rey Ptolomeo, se arregó a la manera macedonia con la capa y el casco del comandante asesinado. Por este disfraz fue admitido como Carmades en el puerto de los sanios y se aseguró su posesión.

Nota: Año 280 a.de C. Se refiere al rey de Macedonia Ptolomeo Cerauno.

 

III. SOBRE CÓMO INDUCIR A LA TRAICIÓN.

 

1)Cuando el cónsul Papirio Cursor estaba ante Tarentum, y Milón sostenía la ciudad con una fuerza de epirotas, Papirio prometió seguridad a Milón y a los ciudadanos, si él aseguraba la posesión de la ciudad a través de su influencia. Sobornado por estos incentivos, Milón persuadió a los tarentinos a que lo enviaran como embajador al cónsul, de quién, en conformidad con su arreglo, trajo promesas liberales por medio de las cuales hizo que los ciudadanos recayeran en un sentimiento de seguridad, pudiéndose así dar la ciudad a Cursor, ya que fue dejada indefensa.

Nota: Año 272 a.de C. Zonaras 8:6 : «Después de esto, sometieron a los samnitas por la actividad de Carvilio y vencieron a los lucanios y brucios entregándolos en manos de Papirio. Este mismo Papirio sojuzgó a los tarentinos también. Éstos, enojados con Milón y acosados por sus propios paisanos, quienes, como ya he relatado, atacaron a Milón, llamaron a los cartagineses en su ayuda cuando se enteraron que Pirro había muerto. Milón, encontrándose en un posición difícil, dado que los romanos lo sitiaban por tierra y los cartagineses por mar, rindió la ciudadela a Papirio a condición de que le fuera permitido marcharse ileso con sus seguidores y su dinero. Entonces los cartagineses, en vista de que estaban en paz con los romanos, zarparon, y la ciudad se rindió a Papirio. Ellos entregaron sus armas y sus barcos, demolieron sus murallas, y consintieron en pagar tributo».

 


2) Marco Marcelo, habiendo tentado a cierto Sosístrato de Siracusa en convertirse en traidor, se enteró por él que las guardias serían menos estrictas durante unos días festivos en los que cierto ciudadano llamado Epícides debía hacer una generosa distribución de vino y alimento. De este modo, aprovechando la alegría y el relajamiento consiguiente de la disciplina, escaló los muros, mató a los centinelas, y entregó abierta al ejército romano una ciudad ya famosa como el escenario de célebres victorias.

Nota: Año 212 a.de C. Plutarco, Marcelo, 18, quién da el nombre de Damasipo el Espartano al que Frontino llama Sosístrato de Siracusa : «Siendo, pues, Arquímedes tal cual hemos manifestado, se conservó invencible a sí mismo, e hizo invencible a la ciudad en cuanto estuvo de su parte. Marcelo, durante el sitio, tomó a Mégara, una de las ciudades más antiguas de los Sicilianos, y se apoderó, cerca de Acilas, del campamento de Hipócrates, con muerte de más de ocho mil hombres, sorprendiéndolos en el acto de poner el valladar. Corrió además la mayor parte de la Sicilia, separando las ciudades del partido de los Cartagineses, y venció en batalla a todos cuantos se atrevieron a hacerle frente. Sucedió en el progreso del sitio haber hecho cautivo a un Espartano llamado Damasipo, que salió por mar de Siracusa; y como los Siracusanos deseasen recobrarle por rescate, y con este motivo se hubiesen tenido diferentes conferencias, puso en una de estas ocasiones la vista en una torre que estaba mal conservada y defendida, en la que podría introducir soldados ocultamente, siendo además el muro de fácil subida por aquella parte. Habíase hecho cargo con exactitud de la altura de éste en sus frecuentes idas y venidas a conferenciar por la parte de la torre, y tenía ya prevenidas las escalas; viendo, pues, que los Siracusanos, con motivo de celebrar una fiesta de Diana, estaban entregados al vino y a la diversión, no solamente tomó la torre sin ser sentido, sino que antes de hacerse de día había coronado de gente armada toda la muralla y quebrantado los Hexápilos. Cuando los Siracusanos llegaron a entenderlo, todo fue confusión y desorden, y como Marcelo mandase hacer señal con todas las trompetas a un tiempo, dieron a huir sobrecogidos de miedo, creyendo que nada les quedaba por tomar a los enemigos. Faltaba, sin embargo, la parte más bella, de más resistencia y extensión (que se llama la Acradina), porque su muralla separa la ciudad de afuera, de la cual a una parte dan el nombre de ciudad nueva, y a otra el de Tica».


3) Cuando Tarquinio el Soberbio se vió imposibilitado de inducir a los gabios a rendirse, azotó a su hijo Sexto con varas y le envió al enemigo, donde él denunció la crueldad de su padre y persuadió a los gabios a utilizar su odio contra el rey. En consecuencia, él fue elegido líder en la guerra, y entregó a los gabios a su padre.

Nota: Livio, 1:53 « Si Tarquino fué injusto en la paz, no fué mal capitán en la guerra, y hasta hubiese superado en esto a sus predecesores, si los vicios del rey no oscurecieran la gloria del general. Comenzó contra los volscos aquella guerra que duró más de doscientos años: tomó por asalto su ciudad de Suesa-Pomecia: vendió el botín y obtuvo de la venta cuarenta talentos de oro y plata, concibiendo entonces la idea de elevar a Júpiter vasto templo, digno del rey de los dioses y de los hombres, digno del imperio romano y digno de la majestad del lugar donde se abrieron sus cimientos. El dinero tomado al enemigo quedó reservado para la construcción de este edificio. En seguida emprendió una guerra contra Ios gabios, cuya ciudad estaba cerca de Roma, no siendo esta guerra tan afortunada ni tan rápida como había esperado. Rechazado después de un asalto inútil, obligado a renunciar, por consecuencia de este fracaso, a un asedio regular, decidió emplear la astucia y la perfidia, medios indignos de un capitán romano. Aparentando que no se ocupaba ya de la guerra y que solamente atendía a la construcción del templo de Júpiter y de otras obras comenzadas en la ciudad, Sexto, el más joven de sus tres hijos, de acuerdo con él, se refugió entre los gabios, quejándose ante ellos de la intolerable crueldad de su padre, diciendo: "Que Tarquino, no contento con tiranizar a los demás, tiranizaba también a su propia familia. Teme al número de sus hijos, y así como ha despoblado el Senado, quiere despoblar también su casa y no dejar herederos de su nombre ni de su reino. En cuanto a él, habiendo escapado a la espada de su padre, no cree encontrar en ninguna parte asilo más seguro que entre los enemigos de Tarquino; porque han de saber que la guerra que parece abandonada, amenaza siempre; comenzará en cuanto haya ocasión, estallando de improviso. Si rechazan sus ruegos, recorrerá todo el Lacio; irá a los volscos, a los equos, a los hérnicos, hasta que encuentre un pueblo bastante generoso para defender a los hijos de la persecución e impía crueldad de los padres. Tal vez encontrará alguno a quien justa indignación hará empuñar las armas contra el rey más orgulloso y el más ambicioso de los pueblos". Temiendo los gabios que si no procuran retenerlo abandone su ciudad irritado contra ellos, le acogieron con bondad diciéndole: "Que no debe extrañarle que Tarquino trate a sus hijos como a sus conciudadanos y aliados; que a falta de otras victimas, su crueldad debía volverse contra él mismo. Que fuese bien venido entre ellos, y que esperaban poder muy pronto, ayudándoles su valor y su consejo, llevar la guerra desde las puertas de Gabinia a las murallas de Roma".


4) Ciro, rey de los persas, habiendo probado la lealtad de su asistente Zópiro, mutiló deliberadamente su cara y le envió entre el enemigo. A consecuencia de lo que ellos creían acerca de sus desventuras, él fue considerado como implacablemente hostil hacia Ciro, y promovió esta creencia corriendo y descargando sus armas contra Ciro, siempre que ocurría algún enfrentamiento, hasta que finalmente le fue confiada la ciudad de los babilonios y por él entregada en manos de Ciro.

Nota: Año 518 a.de C. Heródoto, 3:153 y ss., presenta a Zópiro como autor de una auto mutilación y toma a Darío como el monarca reinante :«CLIII. Había entrado ya el vigésimo mes del malogrado asedio, cuando a Zópiro, hijo de Megabizo, uno de los del septemvirato contra el Mago, le sucedió la rara monstruosidad de que pariera una de las mulas de su bagaje80. El mismo Zópiro, avisado del nunca visto parto, y no acabando de dar crédito a nueva tan extraña, quiso ir en persona a cerciorarse; fue y vio por sus mismos ojos la cría recién nacida y recién parida la mula. Sorprendido de tamaña novedad, ordena a sus criados que a nadie se hable del caso; y poniéndose él mismo muy de propósito a pensar sobre el portento, recordó luego aquellas palabras que dijo allá un Babilonio al proncipio del sitio, que cuando parieran las mulas se tomaría a Babilonia. Esta memoria, combinada con el parto reciente de su mula, hizo creer a Zópiro que debía, en efecto, ser tomada Babilonia, habiendo sido sin duda providencia del cielo, que previendo que su mula había de parir, permitió que el Babilonio lo dijese de burlas.
CLIV. Persuadióse Zópiro con aquel discurso ciertamente agorero que había ya llegado el punto fatal de la toma de Babilonia. Preséntase a Darío y le pregunta si tenía realmente el mayor deseo y empeño en que se tomase la plaza sitiada, y habiendo entendido del soberano que nada del mundo deseaba con igual veras, continuó sus primeras meditaciones, buscando medio de poder ser él mismo el autor de la empresa y ejecutor de tan grande hazaña, y tanto más iba empeñándose en ello, cuanto mejor debía ser entre los Persas muy atendidos de presente y muy premiados en el porvenir los extraordinarios servicios hechos a la corona. El fruto de su meditación fue resolverse a la ejecución del único remedio que hallaba para rendir aquella plaza: consistía en que él mismo, mutilado cruelmente, se pasase fugitivo a los Babilonios. Contando, pues, por nada quedar feamente desfigurado por todos los días de su vida, hace de su persona el más lastimoso espectáculo: cortadas de su propia mano las narices, cortadas asimismo las orejas, cortados descompuestamente los cabellos y azotadas cruelmente las espaldas, muéstrase así maltrecho y desfigurado a la presencia de Darío.
CLV. La pena que Darío tuvo al ver de repente ante sus ojos un Persa tan principal hecho un retablo vivo de dolores, no puede ponderarse: salta luego de su trono, y le pregunta gritando quién así le ha malparado y con qué ocasión. -«Ningún otro, señor, sino vos mismo, le responde Zópiro, pues sólo mi soberano pudo ponerme tal como aquí me miráis. Por vos, señor, yo mismo me he desfigurado así por mis propias manos, sin injuria de extraños, no pudiendo ya ver ni sufrir por más tiempo que los Asirlos burlen y mofen a los Persas. -Hombre infeliz, le replica Darío, ¿quieres dorarme un hecho el más horrendo y negro con el Color más especioso que discurrirse pueda? ¿Pretextas ahora que por el honor de la Persia, por amor mío, por odio de los sitiados has ejecutado en tu persona esa carnicería sin remedio? Dime por los dioses, hombre mal aconsejado, ¿acaso se rendirán antes los enemigos porque tú te hayas hecho pedazos? ¿Y no ves que
mutilándote no has cometido sino una locura? -Señor, le responde Zópiro, bien visto tenía que si os hubiera dado parte de lo que pensaba hacer nunca habíais de permitírmelo. Lo hice por mí mismo, y con solo lo hecho tenemos ya conquistada la inexpugnable Babilonia, si por vos no se pierde, como sin duda no se perderá. Diré, señor, lo que he pensado. Tal como me hallo, deshecho y desfigurado, me pasará luego al enemigo; les diré que sois vos el autor de la miseria en que me ven, y si mucho no me engaño, se lo daré a entender así, y llegaré a tener el mando de su guarnición. Oid vos ahora, señor, lo que podremos hacer después. Al cabo de diez días que yo esté dentro, podréis entresacar mil hombres, la escoria del ejército, que tanto sirve salva como perdida, y apostármeles allá delante de la puerta que llaman de Semíramis. Pasados otra vez siete días, podréis de nuevo apostarme dos mil enfrente de la otra puerta que dicen de Nino. Pasados veinte días más, podréis tercera vez plantar otra porción hasta cuatro mil hombres en la puerta llamada de los Caldeos. Y sería del caso que ni los primeros ni los últimos soldados que dije tuvieran
otras armas defensivas que sus puñales solos, los que sería bueno dejárselos. Veinte días después podréis
dar orden general a las tropas para que acometan de todas partes alrededor de los muros, pero a los Persas naturales los quisiera fronteros a las dos puertas que llaman la Bélida y la Cisia. Así lo digo y ordeno todo, por cuanto me persuado que los Babilonios, viendo tantas proezas hechas antes por mí, han de confiármelo todo, aun las llaves mismas de la ciudad. Por los demás, a mi cuenta y a la de los Persas correrá dar cima a la empresa.»
CLVI. Concertado así el negocio, iba luego huyendo Zópiro hacia una de las puertas de la ciudad, y volvía muy a menudo la cabeza con ademán y apariencia de quien desierta. Vénle venir así los centinelas apestados en las almenas, y bajando a toda prisa, pregúntanle desde una de las puertas medio abiertas quién era y a qué venía. Respóndeles que era Zópiro que quería pasárselos a la plaza. Oído esto, condúcenle al punto a los magistrados de Babilonia. Puesto allí en presencia de todo el congreso, empieza a lamentar su desventura y decir que Darío era quien había hecho moverle del modo en que él mismo se había puesto; que el único motivo había sido porque él le aconsejaba que ya que no se descubría medio alguno para la toma de la plaza, lo mejor era levantar el sitio y retirar de allí el ejército. «Ahora, pues, continuó diciendo, ahí me tenéis, Babilonios míos; prometo hacer a vosotros cuanto bien supiere, que espero no ha de ser poco, y a Darío, a sus Persas y a todo su campo cuanto mal pudiere; que sin duda será muchísimo, pues voto a Dios que estas heridas que en mí veis les cuesten ríos de sangre, mayormente sabiendo yo bien todos sus artificios, los misterios del gabinete y su modo de pensar y obrar.»
CLVII. Así les habló Zópiro, y los Babilonios del congreso, que velan a su presencia, no sin horror, a un grande de Persia con las narices mutiladas, con las orejas cortadas, con las carnes rasgadas, y todo él empapado en la sangre que aun corría, quedaron desde luego persuadidos de que era la relación muy verdadera, y se ofrecieron aliviar la desventura de su nuevo aliado, dándole gusto en cuanto les pidiera. Habiendo pedido él una porción de tropa, que luego tuvo a su mando, hizo con ella lo que con Darío había concertado, pues saliendo al décimo día con sus Babilonios, y cogiendo en medio a los mil soldados, los primeros que había pedido que apostase Darío, los pasó todos a filo de la espada. Viendo entonces los Babilonios que el desertor acreditaba con obras lo que les ofreciera de palabra, alegres sobremanera se declararon nuevamente prontos a servir a Zópiro, o más bien a dejarse servir de él enteramente. Esperó Zópiro el término de los días consabidos, y llegado éste, toma una partida de Babilonios escogidos, y hecha segunda salida de la plaza, mita a Darío dos mil soldados. Con esta segunda proeza de valor no se hablaba ya de otra cosa entre los Babilonios ni había otro hombre para ellos igual a Zópiro, quien dejando después que pasasen los días convenidos, hace su tercer salida al puesto señalado, donde cerrando en medio de su gente a cuatro mil enemigos, acaba con todo aquel cuerpo. Vista esta última hazaña, entonces sí que Zópiro lo era todo para con los de Babilonia, de modo que luego le nombraron generalísimo de la guarnición, castelano de la plaza y alcalde de la fortaleza.
CLVIII. Entretanto, llega el día en que, según lo pactado, manda Darío dar un asalto general a Babilonia, y Zópiro, acredita con el hecho que lo pasado no había sido sino engaño y doble artificio de un hábil desertor. Entonces los Babilonios apostados sobre los muros iban resistiendo con valor al ejército de Darío que los acometía, y Zópiro al mismo tiempo, abriendo a sus Persas las dos puertas de la ciudad, la Bélida y la Cisia, les introducía en ella. Algunos Babilonios testigos de lo que Zópiro iba haciendo se refugiaron al templo de Júpiter Belo; los demás, que nada sabían ni aun sospechaban de la traición que se ejecutaba, estuvieron fijos cada cual en su puesto hasta tanto que se vieron clara y patentemente vendidos y entregados al enemigo.
CLIX. Así fue tomada Babilonia por segunda vez. Dueño ya Darío de los Babilonios vencidos, tomó desde luego las providencias más oportunas, una sobre la plaza, mandando demoler todos sus muros y arrancar todas las puertas de la ciudad, de cuyas dos prevenciones ninguna había usado Cyro cuando se apoderó de Babilonia81; otra tomó sobre los sitiados, haciendo empalar hasta tres mil de aquellos que sabía haber sido principales autores de la rebelión, dejando a los demás ciudadanos en su misma patria con sus bienes y haciendas; la tercera sobre la población, tomando sus medidas a fin de dar mujeres a los Babilonios para la propagación, pues que ellos, como llevamos referido, habían antes ahogado a las que tenían, a fin de que no les gastasen las provisiones de boca durante el sitio. Para este efecto ordenó Darío a las naciones circunvecinas, que cada cual pusiera en Babilonia cierto número de mujeres que él mismo determinaba, de suerte que la suma de las que allí se recogieron subió a cincuenta mil, de quienes descienden los actuales Babilonios.
CLX. Respecto a Zópiro, si queremos estar al juicio de Darío, jamás Persa alguno, ni antes ni después, hizo más relevante servicio a la corona, exceptuando solamente a Cyro, pues a este rey nunca hubo Persa que se le osase comparar ni menos igualar. Cuéntase con todo que solía decir el mismo Darlo que antes quisiera no ver en Zópiro aquella carnicería de mano propia que conquistar y rendir no una, sino veinte Babilonias que existieran. Lo cierto es que usó con él las mayores demostraciones de estima y particular honor, pues no solo le enviaba todos los años aquellos regalos que son entre los Persas la mayor prueba de distinción y privanza con el soberano, sino que dio a Zópiro por todo el tiempo de su vida la satrapía de Babilonia, inmune de todo pecho y tributo. Hijo de este Zópiro fue el general Megabizo, el que en Egipto guerreó con los Atenienses y sus aliados, y padre del otro Zópiro que desertado de los Persas pasó a la ciudad de Atenas».

 


5) Filipo, al verse impedido de obtener la posesión de la ciudad de los Sanios, sobornó a uno de sus generales, Apolónides, para que traicionara, induciéndolo a plantar un carro cargado con piedras a la entrada misma de la puerta. Entonces, dando inmediatamente la señal, siguió a los ciudadanos, que fueron acurrucados por el pánico alrededor de la entrada bloqueada de la puerta, y los aplastó.

Nota: Años 359 a336 a.de C.


6) Cuando Aníbal estaba ante Tarentum, y esta ciudad estaba sostenida por una guarnición romana bajo las órdenes de Livio, él indujo a cierto Cononeo de Tarentum a traicionar, y concertó con él una estratagema por la cual él debía salir de caza por la noche, con el fundamento de que el enemigo hacía esto imposible durante el día. Cuando llevó este plan adelante, Aníbal le suministró verracos para presentar a Livio como trofeos de caza. Cuando esto fue repetidamente hecho, y por esta razón menos notado, Aníbal vistió una noche a varios cartagineses con el traje tradicional de los cazadores y los introdujo entre los asistentes de Cononeo. Cuando estos hombres, cargados con las presas que llevaban, fueron admitidos por las guardias, inmediatamente atacaron y asesinaron a éstos. Entonces, demoliendo la puerta, admitieron a Aníbal con sus tropas, que mataron a todos los romanos, salvo a aquellos que habían escapado buscando refugio en la ciudadela.

Nota: Año 212 a.de C. Apiano, Sobre Aníbal, 32 : «A Tarento que estaba bajo custodia de una guarnición de Roma, la traicionó Cononeo de la siguiente forma. Cononeo acostumbraba a salir de caza y, como siempre llevaba alguna pieza a Livio, el jefe de la guarnición, llegó a gozar, por ello, de una gran amistad con él. Como el país estaba en guerra, dijo que era necesario salir de caza y llevarse las piezas durante la noche. Por consiguiente, al serle abiertas las puertas durante la noche, llegó a un acuerdo con Aníbal y, tomando soldados, ocultó a unos en una espesura cercana, a otros les ordenó que le acompañasen durante un corto trecho y, a otros, que permanecieran a su lado, ceñidos a ocultas con corazas y espadas, pero equipados como cazadores en su indumentaria exterior. Después de colocar un jabalí sobre unos maderos, llegó durante la noche ante las puertas. Los guardias se las abrieron como era lo habitual y los soldados que lo acompañaban mataron de inmediato a los guardianes, y aquellos que les seguían irrumpieron ardorosamente en el interior, casi al unísono con los primeros, recibieron a los que estaban emboscados y abrieron las puertas a Aníbal. Éste penetró en el interior, se hizo dueño al punto del resto de la ciudad y, tras conciliarse a los tarentinos, puso cerco a la ciudadela, que todavía estaba bajo custodia romana».


7) Cuando Lisímaco, rey de los macedonios, sitiaba a los efesios, éstos eran asistidos por el jefe pirata Mandro, que tenía el hábito de traer a Efeso, galeras cargadas con botín. Consecuentemente, Lisímaco sobornó a Mandro para que traicionara, y junto a él, a varios macedonios intrépidos que serían tomados en la ciudad como cautivos, con las manos inmovilizadas detrás de sus espaldas. Estos hombres posteriormente arrebataron armas de la ciudadela y entregaron la ciudad en manos de Lisímaco.

Nota: Año 287 a.de C. Polieno, 5:19 : «Eneto, general de Demetrio, quedó a cargo de Efeso, y dió refugio allí a varios piratas, que cometieron grandes depredaciones en los países vecinos. Lico, general de Lisímaco, logró sobornar a Andron, jefe pirata, para traicionar a Efeso, y el complot fue realizado como sigue. El pirata admitió en la ciudad a un cuerpo de las tropas de Lico, que estaban desarmadas, con sus abrigos y capas, y atados como prisioneros. Tan pronto como ellos avanzaron hasta la ciudadela, les ordenó que tomaran sus espadas, que llevaban ocultas bajo sus brazos. Después de matar a los centinelas y guardias, dieron la señal convenida a Lico. Lico forzó su camino hacia ellos con el resto de su ejército, tomó prisionero a Eneto, y se hizo dueño de Efeso. Después de pagar a los piratas, según su acuerdo, los expulsó de la ciudad; porque correctamente concluyó que no podía depender de su lealtad, cuando ellos habían sido tan infieles a sus primeros amigos».


 

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