SEXTO JULIO FRONTINO

«ESTRATAGEMAS»

LIBRO III

Capítulos I y II - III y IV - V y VI - VII y VIII- IX y X- XI y XII

XIII y XIV - XV y XVI - XVII y XVIII

Traducción y adaptación I. Nachimowicz

 

Frontino.


Si los libros precedentes han correspondido a sus títulos, y he mantenido la atención del lector hasta este punto, trataré ahora de astucias que tienen que ver con el sitio y la defensa de ciudades. Renunciando a cualquier prefacio, presentaré primero aquellas que son útiles en el sitio de ciudades y luego aquellas que ofrecen sugerencias a los sitiados. Dejando a un lado también todas las consideraciones de trabajos y máquinas de guerra, cuya invención ha alcanzado hace mucho su límite, y para la mejora de las cuales no veo ninguna esperanza adicional en las artes aplicadas, reconoceré los siguientes tipos de estratagemas relacionadas con operaciones de sitio:


I. Sobre ataques por sorpresa.
II. Sobre cómo engañar al sitiado.
III. Sobre cómo inducir a la traición.
IV. Por qué medios el enemigo puede ser reducido al estado de necesidad.
V. Cómo persuadir al enemigo que el sitio será mantenido.
VI. Sobre cómo distraer la atención de una guarnición hostil.
VII. Sobre cómo desviar corrientes y contaminar el agua.
VIII. Sobre cómo aterrorizar al sitiado.
IX. Sobre ataques desde un sitio inesperado.
X. Sobre cómo poner trampas para sacar al sitiado.
XI. Sobre retiradas fingidas.

Por otra parte, estratagemas relacionadas con la protección de los sitiados:

XII. Sobre cómo estimular la vigilancia de las propias tropas.
XIII. Sobre cómo enviar y recibir mensajes.
XIV. Sobre cómo introducir refuerzos y suministrar provisiones.
XV. Cómo producir la impresión de abundancia de lo que se carece.
XVI. Cómo conocer la amenaza de traición y la deserción.
XVII. Sobre salidas.
XVIII. Acerca de la firmeza por parte de los sitiados.


Capítulos I y II - III y IV- V y VI - VII y VIII- IX y X- XI y XII

XIII y XIV - XV y XVI - XVII y XVIII

 

 

 

III. SOBRE CÓMO INDUCIR A LA TRAICIÓN.

 

1)Cuando el cónsul Papirio Cursor estaba ante Tarentum, y Milón sostenía la ciudad con una fuerza de epirotas, Papirio prometió seguridad a Milón y a los ciudadanos, si él aseguraba la posesión de la ciudad a través de su influencia. Sobornado por estos incentivos, Milón persuadió a los tarentinos a que lo enviaran como embajador al cónsul, de quién, en conformidad con su arreglo, trajo promesas liberales por medio de las cuales hizo que los ciudadanos recayeran en un sentimiento de seguridad, pudiéndose así dar la ciudad a Cursor, ya que fue dejada indefensa.

Nota: Año 272 a.de C. Zonaras 8:6 : «Después de esto, sometieron a los samnitas por la actividad de Carvilio y vencieron a los lucanios y brucios entregándolos en manos de Papirio. Este mismo Papirio sojuzgó a los tarentinos también. Éstos, enojados con Milón y acosados por sus propios paisanos, quienes, como ya he relatado, atacaron a Milón, llamaron a los cartagineses en su ayuda cuando se enteraron que Pirro había muerto. Milón, encontrándose en un posición difícil, dado que los romanos lo sitiaban por tierra y los cartagineses por mar, rindió la ciudadela a Papirio a condición de que le fuera permitido marcharse ileso con sus seguidores y su dinero. Entonces los cartagineses, en vista de que estaban en paz con los romanos, zarparon, y la ciudad se rindió a Papirio. Ellos entregaron sus armas y sus barcos, demolieron sus murallas, y consintieron en pagar tributo».

 


2) Marco Marcelo, habiendo tentado a cierto Sosístrato de Siracusa en convertirse en traidor, se enteró por él que las guardias serían menos estrictas durante unos días festivos en los que cierto ciudadano llamado Epícides debía hacer una generosa distribución de vino y alimento. De este modo, aprovechando la alegría y el relajamiento consiguiente de la disciplina, escaló los muros, mató a los centinelas, y entregó abierta al ejército romano una ciudad ya famosa como el escenario de célebres victorias.

Nota: Año 212 a.de C. Plutarco, Marcelo, 18, quién da el nombre de Damasipo el Espartano al que Frontino llama Sosístrato de Siracusa : «Siendo, pues, Arquímedes tal cual hemos manifestado, se conservó invencible a sí mismo, e hizo invencible a la ciudad en cuanto estuvo de su parte. Marcelo, durante el sitio, tomó a Mégara, una de las ciudades más antiguas de los Sicilianos, y se apoderó, cerca de Acilas, del campamento de Hipócrates, con muerte de más de ocho mil hombres, sorprendiéndolos en el acto de poner el valladar. Corrió además la mayor parte de la Sicilia, separando las ciudades del partido de los Cartagineses, y venció en batalla a todos cuantos se atrevieron a hacerle frente. Sucedió en el progreso del sitio haber hecho cautivo a un Espartano llamado Damasipo, que salió por mar de Siracusa; y como los Siracusanos deseasen recobrarle por rescate, y con este motivo se hubiesen tenido diferentes conferencias, puso en una de estas ocasiones la vista en una torre que estaba mal conservada y defendida, en la que podría introducir soldados ocultamente, siendo además el muro de fácil subida por aquella parte. Habíase hecho cargo con exactitud de la altura de éste en sus frecuentes idas y venidas a conferenciar por la parte de la torre, y tenía ya prevenidas las escalas; viendo, pues, que los Siracusanos, con motivo de celebrar una fiesta de Diana, estaban entregados al vino y a la diversión, no solamente tomó la torre sin ser sentido, sino que antes de hacerse de día había coronado de gente armada toda la muralla y quebrantado los Hexápilos. Cuando los Siracusanos llegaron a entenderlo, todo fue confusión y desorden, y como Marcelo mandase hacer señal con todas las trompetas a un tiempo, dieron a huir sobrecogidos de miedo, creyendo que nada les quedaba por tomar a los enemigos. Faltaba, sin embargo, la parte más bella, de más resistencia y extensión (que se llama la Acradina), porque su muralla separa la ciudad de afuera, de la cual a una parte dan el nombre de ciudad nueva, y a otra el de Tica».


3) Cuando Tarquinio el Soberbio se vió imposibilitado de inducir a los gabios a rendirse, azotó a su hijo Sexto con varas y le envió al enemigo, donde él denunció la crueldad de su padre y persuadió a los gabios a utilizar su odio contra el rey. En consecuencia, él fue elegido líder en la guerra, y entregó a los gabios a su padre.

Nota: Livio, 1:53 « Si Tarquino fué injusto en la paz, no fué mal capitán en la guerra, y hasta hubiese superado en esto a sus predecesores, si los vicios del rey no oscurecieran la gloria del general. Comenzó contra los volscos aquella guerra que duró más de doscientos años: tomó por asalto su ciudad de Suesa-Pomecia: vendió el botín y obtuvo de la venta cuarenta talentos de oro y plata, concibiendo entonces la idea de elevar a Júpiter vasto templo, digno del rey de los dioses y de los hombres, digno del imperio romano y digno de la majestad del lugar donde se abrieron sus cimientos. El dinero tomado al enemigo quedó reservado para la construcción de este edificio. En seguida emprendió una guerra contra Ios gabios, cuya ciudad estaba cerca de Roma, no siendo esta guerra tan afortunada ni tan rápida como había esperado. Rechazado después de un asalto inútil, obligado a renunciar, por consecuencia de este fracaso, a un asedio regular, decidió emplear la astucia y la perfidia, medios indignos de un capitán romano. Aparentando que no se ocupaba ya de la guerra y que solamente atendía a la construcción del templo de Júpiter y de otras obras comenzadas en la ciudad, Sexto, el más joven de sus tres hijos, de acuerdo con él, se refugió entre los gabios, quejándose ante ellos de la intolerable crueldad de su padre, diciendo: "Que Tarquino, no contento con tiranizar a los demás, tiranizaba también a su propia familia. Teme al número de sus hijos, y así como ha despoblado el Senado, quiere despoblar también su casa y no dejar herederos de su nombre ni de su reino. En cuanto a él, habiendo escapado a la espada de su padre, no cree encontrar en ninguna parte asilo más seguro que entre los enemigos de Tarquino; porque han de saber que la guerra que parece abandonada, amenaza siempre; comenzará en cuanto haya ocasión, estallando de improviso. Si rechazan sus ruegos, recorrerá todo el Lacio; irá a los volscos, a los equos, a los hérnicos, hasta que encuentre un pueblo bastante generoso para defender a los hijos de la persecución e impía crueldad de los padres. Tal vez encontrará alguno a quien justa indignación hará empuñar las armas contra el rey más orgulloso y el más ambicioso de los pueblos". Temiendo los gabios que si no procuran retenerlo abandone su ciudad irritado contra ellos, le acogieron con bondad diciéndole: "Que no debe extrañarle que Tarquino trate a sus hijos como a sus conciudadanos y aliados; que a falta de otras victimas, su crueldad debía volverse contra él mismo. Que fuese bien venido entre ellos, y que esperaban poder muy pronto, ayudándoles su valor y su consejo, llevar la guerra desde las puertas de Gabinia a las murallas de Roma".


4) Ciro, rey de los persas, habiendo probado la lealtad de su asistente Zópiro, mutiló deliberadamente su cara y le envió entre el enemigo. A consecuencia de lo que ellos creían acerca de sus desventuras, él fue considerado como implacablemente hostil hacia Ciro, y promovió esta creencia corriendo y descargando sus armas contra Ciro, siempre que ocurría algún enfrentamiento, hasta que finalmente le fue confiada la ciudad de los babilonios y por él entregada en manos de Ciro.

Nota: Año 518 a.de C. Heródoto, 3:153 y ss., presenta a Zópiro como autor de una auto mutilación y toma a Darío como el monarca reinante :«CLIII. Había entrado ya el vigésimo mes del malogrado asedio, cuando a Zópiro, hijo de Megabizo, uno de los del septemvirato contra el Mago, le sucedió la rara monstruosidad de que pariera una de las mulas de su bagaje80. El mismo Zópiro, avisado del nunca visto parto, y no acabando de dar crédito a nueva tan extraña, quiso ir en persona a cerciorarse; fue y vio por sus mismos ojos la cría recién nacida y recién parida la mula. Sorprendido de tamaña novedad, ordena a sus criados que a nadie se hable del caso; y poniéndose él mismo muy de propósito a pensar sobre el portento, recordó luego aquellas palabras que dijo allá un Babilonio al proncipio del sitio, que cuando parieran las mulas se tomaría a Babilonia. Esta memoria, combinada con el parto reciente de su mula, hizo creer a Zópiro que debía, en efecto, ser tomada Babilonia, habiendo sido sin duda providencia del cielo, que previendo que su mula había de parir, permitió que el Babilonio lo dijese de burlas.
CLIV. Persuadióse Zópiro con aquel discurso ciertamente agorero que había ya llegado el punto fatal de la toma de Babilonia. Preséntase a Darío y le pregunta si tenía realmente el mayor deseo y empeño en que se tomase la plaza sitiada, y habiendo entendido del soberano que nada del mundo deseaba con igual veras, continuó sus primeras meditaciones, buscando medio de poder ser él mismo el autor de la empresa y ejecutor de tan grande hazaña, y tanto más iba empeñándose en ello, cuanto mejor debía ser entre los Persas muy atendidos de presente y muy premiados en el porvenir los extraordinarios servicios hechos a la corona. El fruto de su meditación fue resolverse a la ejecución del único remedio que hallaba para rendir aquella plaza: consistía en que él mismo, mutilado cruelmente, se pasase fugitivo a los Babilonios. Contando, pues, por nada quedar feamente desfigurado por todos los días de su vida, hace de su persona el más lastimoso espectáculo: cortadas de su propia mano las narices, cortadas asimismo las orejas, cortados descompuestamente los cabellos y azotadas cruelmente las espaldas, muéstrase así maltrecho y desfigurado a la presencia de Darío.
CLV. La pena que Darío tuvo al ver de repente ante sus ojos un Persa tan principal hecho un retablo vivo de dolores, no puede ponderarse: salta luego de su trono, y le pregunta gritando quién así le ha malparado y con qué ocasión. -«Ningún otro, señor, sino vos mismo, le responde Zópiro, pues sólo mi soberano pudo ponerme tal como aquí me miráis. Por vos, señor, yo mismo me he desfigurado así por mis propias manos, sin injuria de extraños, no pudiendo ya ver ni sufrir por más tiempo que los Asirlos burlen y mofen a los Persas. -Hombre infeliz, le replica Darío, ¿quieres dorarme un hecho el más horrendo y negro con el Color más especioso que discurrirse pueda? ¿Pretextas ahora que por el honor de la Persia, por amor mío, por odio de los sitiados has ejecutado en tu persona esa carnicería sin remedio? Dime por los dioses, hombre mal aconsejado, ¿acaso se rendirán antes los enemigos porque tú te hayas hecho pedazos? ¿Y no ves que
mutilándote no has cometido sino una locura? -Señor, le responde Zópiro, bien visto tenía que si os hubiera dado parte de lo que pensaba hacer nunca habíais de permitírmelo. Lo hice por mí mismo, y con solo lo hecho tenemos ya conquistada la inexpugnable Babilonia, si por vos no se pierde, como sin duda no se perderá. Diré, señor, lo que he pensado. Tal como me hallo, deshecho y desfigurado, me pasará luego al enemigo; les diré que sois vos el autor de la miseria en que me ven, y si mucho no me engaño, se lo daré a entender así, y llegaré a tener el mando de su guarnición. Oid vos ahora, señor, lo que podremos hacer después. Al cabo de diez días que yo esté dentro, podréis entresacar mil hombres, la escoria del ejército, que tanto sirve salva como perdida, y apostármeles allá delante de la puerta que llaman de Semíramis. Pasados otra vez siete días, podréis de nuevo apostarme dos mil enfrente de la otra puerta que dicen de Nino. Pasados veinte días más, podréis tercera vez plantar otra porción hasta cuatro mil hombres en la puerta llamada de los Caldeos. Y sería del caso que ni los primeros ni los últimos soldados que dije tuvieran
otras armas defensivas que sus puñales solos, los que sería bueno dejárselos. Veinte días después podréis
dar orden general a las tropas para que acometan de todas partes alrededor de los muros, pero a los Persas naturales los quisiera fronteros a las dos puertas que llaman la Bélida y la Cisia. Así lo digo y ordeno todo, por cuanto me persuado que los Babilonios, viendo tantas proezas hechas antes por mí, han de confiármelo todo, aun las llaves mismas de la ciudad. Por los demás, a mi cuenta y a la de los Persas correrá dar cima a la empresa.»
CLVI. Concertado así el negocio, iba luego huyendo Zópiro hacia una de las puertas de la ciudad, y volvía muy a menudo la cabeza con ademán y apariencia de quien desierta. Vénle venir así los centinelas apestados en las almenas, y bajando a toda prisa, pregúntanle desde una de las puertas medio abiertas quién era y a qué venía. Respóndeles que era Zópiro que quería pasárselos a la plaza. Oído esto, condúcenle al punto a los magistrados de Babilonia. Puesto allí en presencia de todo el congreso, empieza a lamentar su desventura y decir que Darío era quien había hecho moverle del modo en que él mismo se había puesto; que el único motivo había sido porque él le aconsejaba que ya que no se descubría medio alguno para la toma de la plaza, lo mejor era levantar el sitio y retirar de allí el ejército. «Ahora, pues, continuó diciendo, ahí me tenéis, Babilonios míos; prometo hacer a vosotros cuanto bien supiere, que espero no ha de ser poco, y a Darío, a sus Persas y a todo su campo cuanto mal pudiere; que sin duda será muchísimo, pues voto a Dios que estas heridas que en mí veis les cuesten ríos de sangre, mayormente sabiendo yo bien todos sus artificios, los misterios del gabinete y su modo de pensar y obrar.»
CLVII. Así les habló Zópiro, y los Babilonios del congreso, que velan a su presencia, no sin horror, a un grande de Persia con las narices mutiladas, con las orejas cortadas, con las carnes rasgadas, y todo él empapado en la sangre que aun corría, quedaron desde luego persuadidos de que era la relación muy verdadera, y se ofrecieron aliviar la desventura de su nuevo aliado, dándole gusto en cuanto les pidiera. Habiendo pedido él una porción de tropa, que luego tuvo a su mando, hizo con ella lo que con Darío había concertado, pues saliendo al décimo día con sus Babilonios, y cogiendo en medio a los mil soldados, los primeros que había pedido que apostase Darío, los pasó todos a filo de la espada. Viendo entonces los Babilonios que el desertor acreditaba con obras lo que les ofreciera de palabra, alegres sobremanera se declararon nuevamente prontos a servir a Zópiro, o más bien a dejarse servir de él enteramente. Esperó Zópiro el término de los días consabidos, y llegado éste, toma una partida de Babilonios escogidos, y hecha segunda salida de la plaza, mita a Darío dos mil soldados. Con esta segunda proeza de valor no se hablaba ya de otra cosa entre los Babilonios ni había otro hombre para ellos igual a Zópiro, quien dejando después que pasasen los días convenidos, hace su tercer salida al puesto señalado, donde cerrando en medio de su gente a cuatro mil enemigos, acaba con todo aquel cuerpo. Vista esta última hazaña, entonces sí que Zópiro lo era todo para con los de Babilonia, de modo que luego le nombraron generalísimo de la guarnición, castelano de la plaza y alcalde de la fortaleza.
CLVIII. Entretanto, llega el día en que, según lo pactado, manda Darío dar un asalto general a Babilonia, y Zópiro, acredita con el hecho que lo pasado no había sido sino engaño y doble artificio de un hábil desertor. Entonces los Babilonios apostados sobre los muros iban resistiendo con valor al ejército de Darío que los acometía, y Zópiro al mismo tiempo, abriendo a sus Persas las dos puertas de la ciudad, la Bélida y la Cisia, les introducía en ella. Algunos Babilonios testigos de lo que Zópiro iba haciendo se refugiaron al templo de Júpiter Belo; los demás, que nada sabían ni aun sospechaban de la traición que se ejecutaba, estuvieron fijos cada cual en su puesto hasta tanto que se vieron clara y patentemente vendidos y entregados al enemigo.
CLIX. Así fue tomada Babilonia por segunda vez. Dueño ya Darío de los Babilonios vencidos, tomó desde luego las providencias más oportunas, una sobre la plaza, mandando demoler todos sus muros y arrancar todas las puertas de la ciudad, de cuyas dos prevenciones ninguna había usado Cyro cuando se apoderó de Babilonia81; otra tomó sobre los sitiados, haciendo empalar hasta tres mil de aquellos que sabía haber sido principales autores de la rebelión, dejando a los demás ciudadanos en su misma patria con sus bienes y haciendas; la tercera sobre la población, tomando sus medidas a fin de dar mujeres a los Babilonios para la propagación, pues que ellos, como llevamos referido, habían antes ahogado a las que tenían, a fin de que no les gastasen las provisiones de boca durante el sitio. Para este efecto ordenó Darío a las naciones circunvecinas, que cada cual pusiera en Babilonia cierto número de mujeres que él mismo determinaba, de suerte que la suma de las que allí se recogieron subió a cincuenta mil, de quienes descienden los actuales Babilonios.
CLX. Respecto a Zópiro, si queremos estar al juicio de Darío, jamás Persa alguno, ni antes ni después, hizo más relevante servicio a la corona, exceptuando solamente a Cyro, pues a este rey nunca hubo Persa que se le osase comparar ni menos igualar. Cuéntase con todo que solía decir el mismo Darlo que antes quisiera no ver en Zópiro aquella carnicería de mano propia que conquistar y rendir no una, sino veinte Babilonias que existieran. Lo cierto es que usó con él las mayores demostraciones de estima y particular honor, pues no solo le enviaba todos los años aquellos regalos que son entre los Persas la mayor prueba de distinción y privanza con el soberano, sino que dio a Zópiro por todo el tiempo de su vida la satrapía de Babilonia, inmune de todo pecho y tributo. Hijo de este Zópiro fue el general Megabizo, el que en Egipto guerreó con los Atenienses y sus aliados, y padre del otro Zópiro que desertado de los Persas pasó a la ciudad de Atenas».

 


5) Filipo, al verse impedido de obtener la posesión de la ciudad de los Sanios, sobornó a uno de sus generales, Apolónides, para que traicionara, induciéndolo a plantar un carro cargado con piedras a la entrada misma de la puerta. Entonces, dando inmediatamente la señal, siguió a los ciudadanos, que fueron acurrucados por el pánico alrededor de la entrada bloqueada de la puerta, y los aplastó.

Nota: Años 359 a336 a.de C.


6) Cuando Aníbal estaba ante Tarentum, y esta ciudad estaba sostenida por una guarnición romana bajo las órdenes de Livio, él indujo a cierto Cononeo de Tarentum a traicionar, y concertó con él una estratagema por la cual él debía salir de caza por la noche, con el fundamento de que el enemigo hacía esto imposible durante el día. Cuando llevó este plan adelante, Aníbal le suministró verracos para presentar a Livio como trofeos de caza. Cuando esto fue repetidamente hecho, y por esta razón menos notado, Aníbal vistió una noche a varios cartagineses con el traje tradicional de los cazadores y los introdujo entre los asistentes de Cononeo. Cuando estos hombres, cargados con las presas que llevaban, fueron admitidos por las guardias, inmediatamente atacaron y asesinaron a éstos. Entonces, demoliendo la puerta, admitieron a Aníbal con sus tropas, que mataron a todos los romanos, salvo a aquellos que habían escapado buscando refugio en la ciudadela.

Nota: Año 212 a.de C. Apiano, Sobre Aníbal, 32 : «A Tarento que estaba bajo custodia de una guarnición de Roma, la traicionó Cononeo de la siguiente forma. Cononeo acostumbraba a salir de caza y, como siempre llevaba alguna pieza a Livio, el jefe de la guarnición, llegó a gozar, por ello, de una gran amistad con él. Como el país estaba en guerra, dijo que era necesario salir de caza y llevarse las piezas durante la noche. Por consiguiente, al serle abiertas las puertas durante la noche, llegó a un acuerdo con Aníbal y, tomando soldados, ocultó a unos en una espesura cercana, a otros les ordenó que le acompañasen durante un corto trecho y, a otros, que permanecieran a su lado, ceñidos a ocultas con corazas y espadas, pero equipados como cazadores en su indumentaria exterior. Después de colocar un jabalí sobre unos maderos, llegó durante la noche ante las puertas. Los guardias se las abrieron como era lo habitual y los soldados que lo acompañaban mataron de inmediato a los guardianes, y aquellos que les seguían irrumpieron ardorosamente en el interior, casi al unísono con los primeros, recibieron a los que estaban emboscados y abrieron las puertas a Aníbal. Éste penetró en el interior, se hizo dueño al punto del resto de la ciudad y, tras conciliarse a los tarentinos, puso cerco a la ciudadela, que todavía estaba bajo custodia romana».


7) Cuando Lisímaco, rey de los macedonios, sitiaba a los efesios, éstos eran asistidos por el jefe pirata Mandro, que tenía el hábito de traer a Efeso, galeras cargadas con botín. Consecuentemente, Lisímaco sobornó a Mandro para que traicionara, y junto a él, a varios macedonios intrépidos que serían tomados en la ciudad como cautivos, con las manos inmovilizadas detrás de sus espaldas. Estos hombres posteriormente arrebataron armas de la ciudadela y entregaron la ciudad en manos de Lisímaco.

Nota: Año 287 a.de C. Polieno, 5:19 : «Eneto, general de Demetrio, quedó a cargo de Efeso, y dió refugio allí a varios piratas, que cometieron grandes depredaciones en los países vecinos. Lico, general de Lisímaco, logró sobornar a Andron, jefe pirata, para traicionar a Efeso, y el complot fue realizado como sigue. El pirata admitió en la ciudad a un cuerpo de las tropas de Lico, que estaban desarmadas, con sus abrigos y capas, y atados como prisioneros. Tan pronto como ellos avanzaron hasta la ciudadela, les ordenó que tomaran sus espadas, que llevaban ocultas bajo sus brazos. Después de matar a los centinelas y guardias, dieron la señal convenida a Lico. Lico forzó su camino hacia ellos con el resto de su ejército, tomó prisionero a Eneto, y se hizo dueño de Efeso. Después de pagar a los piratas, según su acuerdo, los expulsó de la ciudad; porque correctamente concluyó que no podía depender de su lealtad, cuando ellos habían sido tan infieles a sus primeros amigos».


 

 

IV. POR QUÉ MEDIOS EL ENEMIGO PUEDE SER REDUCIDO AL ESTADO DE NECESIDAD

 

1) Fabio Máximo, habiendo arrasado las tierras de los campanios, a fin de que ellos no pudieran tener nada más para garantizar la confianza de que un sitio podía ser sostenido, se retiró en el momento de la siembra, de modo tal que los habitantes pudieran plantar las semillas que les habían quedado. Entonces, regresando, destruyó la nueva cosecha y así se hizo amo de los campanios, a quienes había reducido a la hambruna.

Nota: Aquí Frontino mezcla aparentemente dos situaciones diferentes : Una planteada por Livio en el Libro 23:48 y otra en el 25:13, ocurridas en los años 215 y 211 a.de C. respectivamente.
Libro 23:48 : «Desde entonces permanecieron inactivos los dos campamentos y hasta el cónsul se retiró algo, para que los campanios pudiesen sembrar sus campos, no realizando daños en el territorio hasta que las mieses estuvieron bastante altas para forrajear. El forraje lo trasladaron al campamento de Claudio sobre Suesula, donde hizo construir barracas para que el ejército pasase allí el invierno. Mandó al procónsul M. Claudio que no dejase en Nola más que la guarnición necesaria para su defensa, y que enviase el resto del ejército a Roma, con objeto de evitar cargas a los aliados y gastos a la república».
Libro 25:13 : «Mientras Aníbal acampaba en las cercanías de Tarento y los dos cónsules estaban en el Samnio, pero a punto, según parecía, de atacar a Capua, los campanios sufrían ya del hambre como después de un largo sitio, porque los ejércitos romanos les habían impedido sembrar sus campos. Por esta razón enviaron legados a Aníbal, rogándole hiciese llevar trigo a Capua de todos los puntos inmediatos, antes de que los cónsules entrasen con sus tropas en su territorio, apoderándose de todos los caminos. Aníbal mandó a Hannón que pasase con su ejército del territorio de los brucios a la Campania y no omitiese nada para el aprovisionamiento de Capua. Hannón partió del Brucio con sus tropas, evitando cuidadosamente el campamento de los enemigos y los cónsules, que se encontraban en el Samnio. Cuando llegó a corta distancia de Benevento, ocupó una altura a tres millas de la ciudad. Desde allí hizo recoger en los pueblos aliados de los alrededores y trasladar a su campamento todos los trigos que se habían depositado durante el estío, cuidando de que los convoyes fuesen bien escoltados, y avisó a los moradores de Capua el día en que habían de acudir a llevar el trigo con carros y toda clase de bestias de carga que pudiesen encontrar en los campos. Los campanios obraron en aquella ocasión con su acostumbrada flojedad y negligencia, enviando poco más de cuatrocientos carros y algunas bestias de carga. Reconveníales enérgicamente Hannón porque ni el hambre misma, que da energía a los animales, podía estimular su celo, y les señaló otro día para que acudiesen a llevarse el trigo con un convoy más numeroso. Enterados los beneventinos de lo ocurrido, enviaron diez diputados a los cónsules al campamento romano inmediato a Boviano. Instruidos de todos los detalles, los cónsules combinaron su plan: uno de ellos llevaría su ejército a la Campania, y Fulvio, a quien tocó por suerte el mando de esta expedición, entró de noche en Benevento. Encontrándose próximo al enemigo, supo que había marchado Hannón con parte de su ejército a buscar trigo; que el cuestor cartaginés lo había distribuido a los campanios; que habían llegado dos mil carros y con ellos una multitud sin orden y desarmada; que todo se hacía en medio del tumulto y la confusión; que no había ni apariencia de campamento ni de disciplina militar en aquella mezcla de soldados y campesinos del país. Con estas noticias, el cónsul mandó a los soldados que preparasen para la noche siguiente las enseñas solamente y las armas para atacar el campamento cartaginés. Partieron a la cuarta vigilia, dejando todos los bagajes en Benevento; y habiéndose presentado a los enemigos poco antes de amanecer, les infundieron tanto terror, que si el campamento hubiese estado en llano, indudablemente lo habrían tomado al primer ataque. Pero lo defendían su elevada posición y sus fortificaciones inaccesibles por todas partes y a las que solamente podía llegarse por una pendiente escarpada y difícil».

 


2) Antígono empleó el mismo ardid contra los atenienses.

Nota: Año 263 a.de C. Polieno 4:6 § 20 : «Antígono, a fin de adueñarse de Atenas en términos tan fáciles como le fuera posible, concluyó una paz con los atenienses en el otoño. Después de la cual ellos sembraron su grano, y guardaron para su propio uso tan sólo la mayor parte de su vieja reserva de grano, que les serviría hasta que su siguiente cosecha fuera levantada. Pero tan pronto como el grano estuvo casi maduro, Antígono invadió el Atica. Los atenienses habían casi terminado la reserva que tenían en sus graneros, y se encontraron impedidos de levantar entonces la cosecha; por lo tanto abrieron sus puertas a Antígono, y cumplieron con todas sus demandas».


3) Dionisio, habiendo capturado muchas ciudades y deseando atacar a los habitantes de Rhegium, quiénes estaban bien munidos de provisiones, fingió desear la paz, y pidió que le suministraran provisiones para su ejército. Cuando él hubo asegurado su petición y consumió el grano de los habitantes, atacó su ciudad, ahora despojada de alimento, y la conquistó.

Nota: Año 391 a.de C. La versión de Diodoro Sículo, 14:108, es ligeramente diferente : «Dionisio entonces condujo sus fuerzas a los Estrechos y se preparó para cruzarlos. Y al principio pidió a los Regianos que le proveyeran de suministros para la navegación, prometiéndoles que les devolvería pronto desde Siracusa lo que le hubieran dado. Hizo esta exigencia para que los hombres pensaran que, si no entregaban bastimentos, estaría justificado para apoderarse de la ciudad, mientras que si lo hacían, creía que sus abastecimientos se acabarían y presentándose ante la ciudad la dominaría rápidamente por el hambre. Los Regianos, no sospechando nada de esto, al principio le entregaron generosamente comida para varios días, pero cuando prolongó su estancia, alegando unas veces estar enfermo, ofreciendo en otras ocasiones diversas excusas, sospecharon lo que tenía en mente y no le entregaron más vituallas. Dionisio, afectando entonces estar enfadado por esto, devolvió a los rehenes a Regio, asedió la ciudad, y lanzó diarios asaltos contra ella. También construyó una gran cantidad de ingenios de asedio de increíbles dimensiones por los que machacó las murallas en su determinación de tomar la ciudad por asalto. Combatiendo brillantemente por su patria en muchas ocasiones ante las murallas, provocaron la ira del enemigo, y aunque perdieron muchas de sus tropas, también mataron a no pocos de los Griegos sicilianos. Y ocurrió que Dionisio mismo fue herido por una lanza en la ingle y apenas escapó de la muerte, recobrándose con dificultad de la herida. El asedio se prolongó por el invencible celo que los Regianos desplegaron para mantener su libertad, pero Dionisio hizo a sus ejércitos ejecutar asaltos diarios y no abandonó el objetivo que se había originariamente propuesto».


4) Se dice que uso el mismo ardid contra la población de Himera.

Nota: Año 387 a.de C. Polieno, 5:2 § 10 : «Aunque Dionisio deseaba capturar Himera, integró una alianza con los habitantes del lugar. Hizo entonces la guerra sobre algunas ciudades vecinas, y acampó cerca de Himera. Con frecuencia enviaba delegaciones a la ciudad, porque la gente estaba en alianza con él, y los habitantes de Himera suministraron a su ejército provisiones durante algún tiempo. Pero dado que este gran ejército seguía todavía en sus cercanías, sin intentar nada de consecuencia, levantó en los ciudadanos una sospecha de un complot secreto; y rechazaron suministrarles de la misma generosa manera que lo habían hecho antes. Dionisio hizo por lo tanto de su carencia de provisiones un pretexto para romper con los hombres de Himera; avanzó contra su ciudad con todas sus fuerzas, y la tomó a sangre y fuego».

 


5) Cuando Alejandro estaba a punto de sitiar Leucadia, una ciudad bien provista de provisiones, capturó primero las fortalezas de la frontera y permitió que toda la gente de éstas escapara buscando refugio en Leucadia, a fin de que los víveres pudieran ser consumidos con mayor rapidez cuando eran compartidos por muchos.

Nota: Años 266 a 263 a.de C. Alejandro, hijo de Pirro.


6) Falaris de Agrigento, sitiando ciertos sitios en Sicilia protegidos por fortificaciones, fingió hacer un tratado y depositó con los sicilianos todo el trigo que dijo que le restaba, procurando, sin embargo, que las cámaras de los edificios en los cuales el grano fue almacenado tuvieran techos con goteras. Entonces, cuando los sicilianos, confiando en el trigo que Falaris había depositado con ellos, consumieron sus propias provisiones, Falaris los atacó a principios del verano y a consecuencia de su carencia de provisiones, se vieron obligados a rendirse.

Nota: Años 570-554 a.de C. Polieno, 5:1 § 3 : Según Polieno, los sicilianos debían darle a Falaris no el grano que había dejado con ellos, sino los de sus últimas cosechas : «Cuando los hombres de Acragas atacaron a los sicanios, Falaris encontró imposible capturar su ciudad por el sitio, porque habían acumulado una gran cantidad de grano, y por lo tanto él firmó un tratado de paz con ellos. Él tenía en su campo algún grano, que consintió en dejárselo a ellos, a condición de que recibiera de ellos una cantidad igual después de su cosecha. Los sicanios cumplieron fácilmente con estos términos, y recibieron las provisiones. Falaris entonces buscó en secreto la forma de sobornar a los superintendentes de los graneros, quitando sus techos en algunos sitios; por consiguiente, la lluvia entró por los agujeros, y pudrió el grano. Tan pronto como la cosecha terminó, Falaris recibió su cantidad del nuevo grano, según su acuerdo; pero cuando se encontró que el viejo estaba putrefacto, los sicanios se vieron reducidos por el hambre, y después de darles sus provisiones, fueron obligados a rendir su libertad también».

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