III.
SOBRE CÓMO INDUCIR A LA TRAICIÓN. |
1)Cuando
el cónsul Papirio Cursor estaba ante Tarentum, y Milón sostenía
la ciudad con una fuerza de epirotas, Papirio prometió seguridad
a Milón y a los ciudadanos, si él aseguraba la posesión
de la ciudad a través de su influencia. Sobornado por estos incentivos,
Milón persuadió a los tarentinos a que lo enviaran como
embajador al cónsul, de quién, en conformidad con su arreglo,
trajo promesas liberales por medio de las cuales hizo que los ciudadanos
recayeran en un sentimiento de seguridad, pudiéndose así
dar la ciudad a Cursor, ya que fue dejada indefensa.
| Nota:
Año 272 a.de C. Zonaras 8:6 : «Después
de esto, sometieron a los samnitas por la actividad de Carvilio
y vencieron a los lucanios y brucios entregándolos en manos
de Papirio. Este mismo Papirio sojuzgó a los tarentinos también.
Éstos, enojados con Milón y acosados por sus propios
paisanos, quienes, como ya he relatado, atacaron a Milón,
llamaron a los cartagineses en su ayuda cuando se enteraron que
Pirro había muerto. Milón, encontrándose en
un posición difícil, dado que los romanos lo sitiaban
por tierra y los cartagineses por mar, rindió la ciudadela
a Papirio a condición de que le fuera permitido marcharse
ileso con sus seguidores y su dinero. Entonces los cartagineses,
en vista de que estaban en paz con los romanos, zarparon, y la ciudad
se rindió a Papirio. Ellos entregaron sus armas y sus barcos,
demolieron sus murallas, y consintieron en pagar tributo». |
2) Marco Marcelo, habiendo tentado a cierto Sosístrato
de Siracusa en convertirse en traidor, se enteró por él
que las guardias serían menos estrictas durante unos días
festivos en los que cierto ciudadano llamado Epícides debía
hacer una generosa distribución de vino y alimento. De este modo,
aprovechando la alegría y el relajamiento consiguiente de la disciplina,
escaló los muros, mató a los centinelas, y entregó
abierta al ejército romano una ciudad ya famosa como el escenario
de célebres victorias.
| Nota:
Año 212 a.de C. Plutarco, Marcelo, 18, quién
da el nombre de Damasipo el Espartano al que Frontino llama Sosístrato
de Siracusa : «Siendo, pues, Arquímedes tal cual hemos
manifestado, se conservó invencible a sí mismo, e
hizo invencible a la ciudad en cuanto estuvo de su parte. Marcelo,
durante el sitio, tomó a Mégara, una de las ciudades
más antiguas de los Sicilianos, y se apoderó, cerca
de Acilas, del campamento de Hipócrates, con muerte de más
de ocho mil hombres, sorprendiéndolos en el acto de poner
el valladar. Corrió además la mayor parte de la Sicilia,
separando las ciudades del partido de los Cartagineses, y venció
en batalla a todos cuantos se atrevieron a hacerle frente. Sucedió
en el progreso del sitio haber hecho cautivo a un Espartano llamado
Damasipo, que salió por mar de Siracusa; y como los Siracusanos
deseasen recobrarle por rescate, y con este motivo se hubiesen tenido
diferentes conferencias, puso en una de estas ocasiones la vista
en una torre que estaba mal conservada y defendida, en la que podría
introducir soldados ocultamente, siendo además el muro de
fácil subida por aquella parte. Habíase hecho cargo
con exactitud de la altura de éste en sus frecuentes idas
y venidas a conferenciar por la parte de la torre, y tenía
ya prevenidas las escalas; viendo, pues, que los Siracusanos, con
motivo de celebrar una fiesta de Diana, estaban entregados al vino
y a la diversión, no solamente tomó la torre sin ser
sentido, sino que antes de hacerse de día había coronado
de gente armada toda la muralla y quebrantado los Hexápilos.
Cuando los Siracusanos llegaron a entenderlo, todo fue confusión
y desorden, y como Marcelo mandase hacer señal con todas
las trompetas a un tiempo, dieron a huir sobrecogidos de miedo,
creyendo que nada les quedaba por tomar a los enemigos. Faltaba,
sin embargo, la parte más bella, de más resistencia
y extensión (que se llama la Acradina), porque su muralla
separa la ciudad de afuera, de la cual a una parte dan el nombre
de ciudad nueva, y a otra el de Tica». |
3) Cuando Tarquinio el Soberbio se vió imposibilitado
de inducir a los gabios a rendirse, azotó a su hijo Sexto con varas
y le envió al enemigo, donde él denunció la crueldad
de su padre y persuadió a los gabios a utilizar su odio contra
el rey. En consecuencia, él fue elegido líder en la guerra,
y entregó a los gabios a su padre.
|
Nota:
Livio, 1:53 « Si Tarquino fué injusto
en la paz, no fué mal capitán en la guerra, y hasta
hubiese superado en esto a sus predecesores, si los vicios del rey
no oscurecieran la gloria del general. Comenzó contra los
volscos aquella guerra que duró más de doscientos
años: tomó por asalto su ciudad de Suesa-Pomecia:
vendió el botín y obtuvo de la venta cuarenta talentos
de oro y plata, concibiendo entonces la idea de elevar a Júpiter
vasto templo, digno del rey de los dioses y de los hombres, digno
del imperio romano y digno de la majestad del lugar donde se abrieron
sus cimientos. El dinero tomado al enemigo quedó reservado
para la construcción de este edificio. En seguida emprendió
una guerra contra Ios gabios, cuya ciudad estaba cerca de Roma,
no siendo esta guerra tan afortunada ni tan rápida como había
esperado. Rechazado después de un asalto inútil, obligado
a renunciar, por consecuencia de este fracaso, a un asedio regular,
decidió emplear la astucia y la perfidia, medios indignos
de un capitán romano. Aparentando que no se ocupaba ya de
la guerra y que solamente atendía a la construcción
del templo de Júpiter y de otras obras comenzadas en la ciudad,
Sexto, el más joven de sus tres hijos, de acuerdo con él,
se refugió entre los gabios, quejándose ante ellos
de la intolerable crueldad de su padre, diciendo: "Que Tarquino,
no contento con tiranizar a los demás, tiranizaba también
a su propia familia. Teme al número de sus hijos, y así
como ha despoblado el Senado, quiere despoblar también su
casa y no dejar herederos de su nombre ni de su reino. En cuanto
a él, habiendo escapado a la espada de su padre, no cree
encontrar en ninguna parte asilo más seguro que entre los
enemigos de Tarquino; porque han de saber que la guerra que parece
abandonada, amenaza siempre; comenzará en cuanto haya ocasión,
estallando de improviso. Si rechazan sus ruegos, recorrerá
todo el Lacio; irá a los volscos, a los equos, a los hérnicos,
hasta que encuentre un pueblo bastante generoso para defender a
los hijos de la persecución e impía crueldad de los
padres. Tal vez encontrará alguno a quien justa indignación
hará empuñar las armas contra el rey más orgulloso
y el más ambicioso de los pueblos". Temiendo los gabios
que si no procuran retenerlo abandone su ciudad irritado contra
ellos, le acogieron con bondad diciéndole: "Que no debe
extrañarle que Tarquino trate a sus hijos como a sus conciudadanos
y aliados; que a falta de otras victimas, su crueldad debía
volverse contra él mismo. Que fuese bien venido entre ellos,
y que esperaban poder muy pronto, ayudándoles su valor y
su consejo, llevar la guerra desde las puertas de Gabinia a las
murallas de Roma". |
4) Ciro, rey de los persas, habiendo probado la lealtad
de su asistente Zópiro, mutiló deliberadamente su cara y
le envió entre el enemigo. A consecuencia de lo que ellos creían
acerca de sus desventuras, él fue considerado como implacablemente
hostil hacia Ciro, y promovió esta creencia corriendo y descargando
sus armas contra Ciro, siempre que ocurría algún enfrentamiento,
hasta que finalmente le fue confiada la ciudad de los babilonios y por
él entregada en manos de Ciro.
| Nota:
Año 518 a.de C. Heródoto, 3:153 y ss., presenta
a Zópiro como autor de una auto mutilación y toma
a Darío como el monarca reinante :«CLIII. Había
entrado ya el vigésimo mes del malogrado asedio, cuando a
Zópiro, hijo de Megabizo, uno de los del septemvirato contra
el Mago, le sucedió la rara monstruosidad de que pariera
una de las mulas de su bagaje80. El mismo Zópiro, avisado
del nunca visto parto, y no acabando de dar crédito a nueva
tan extraña, quiso ir en persona a cerciorarse; fue y vio
por sus mismos ojos la cría recién nacida y recién
parida la mula. Sorprendido de tamaña novedad, ordena a sus
criados que a nadie se hable del caso; y poniéndose él
mismo muy de propósito a pensar sobre el portento, recordó
luego aquellas palabras que dijo allá un Babilonio al proncipio
del sitio, que cuando parieran las mulas se tomaría a Babilonia.
Esta memoria, combinada con el parto reciente de su mula, hizo creer
a Zópiro que debía, en efecto, ser tomada Babilonia,
habiendo sido sin duda providencia del cielo, que previendo que
su mula había de parir, permitió que el Babilonio
lo dijese de burlas.
CLIV. Persuadióse Zópiro con aquel
discurso ciertamente agorero que había ya llegado el punto
fatal de la toma de Babilonia. Preséntase a Darío
y le pregunta si tenía realmente el mayor deseo y empeño
en que se tomase la plaza sitiada, y habiendo entendido del soberano
que nada del mundo deseaba con igual veras, continuó sus
primeras meditaciones, buscando medio de poder ser él mismo
el autor de la empresa y ejecutor de tan grande hazaña, y
tanto más iba empeñándose en ello, cuanto mejor
debía ser entre los Persas muy atendidos de presente y muy
premiados en el porvenir los extraordinarios servicios hechos a
la corona. El fruto de su meditación fue resolverse a la
ejecución del único remedio que hallaba para rendir
aquella plaza: consistía en que él mismo, mutilado
cruelmente, se pasase fugitivo a los Babilonios. Contando, pues,
por nada quedar feamente desfigurado por todos los días de
su vida, hace de su persona el más lastimoso espectáculo:
cortadas de su propia mano las narices, cortadas asimismo las orejas,
cortados descompuestamente los cabellos y azotadas cruelmente las
espaldas, muéstrase así maltrecho y desfigurado a
la presencia de Darío.
CLV. La pena que Darío tuvo al ver de repente
ante sus ojos un Persa tan principal hecho un retablo vivo de dolores,
no puede ponderarse: salta luego de su trono, y le pregunta gritando
quién así le ha malparado y con qué ocasión.
-«Ningún otro, señor, sino vos mismo, le responde
Zópiro, pues sólo mi soberano pudo ponerme tal como
aquí me miráis. Por vos, señor, yo mismo me
he desfigurado así por mis propias manos, sin injuria de
extraños, no pudiendo ya ver ni sufrir por más tiempo
que los Asirlos burlen y mofen a los Persas. -Hombre infeliz, le
replica Darío, ¿quieres dorarme un hecho el más
horrendo y negro con el Color más especioso que discurrirse
pueda? ¿Pretextas ahora que por el honor de la Persia, por
amor mío, por odio de los sitiados has ejecutado en tu persona
esa carnicería sin remedio? Dime por los dioses, hombre mal
aconsejado, ¿acaso se rendirán antes los enemigos
porque tú te hayas hecho pedazos? ¿Y no ves que
mutilándote no has cometido sino una locura? -Señor,
le responde Zópiro, bien visto tenía que si os hubiera
dado parte de lo que pensaba hacer nunca habíais de permitírmelo.
Lo hice por mí mismo, y con solo lo hecho tenemos ya conquistada
la inexpugnable Babilonia, si por vos no se pierde, como sin duda
no se perderá. Diré, señor, lo que he pensado.
Tal como me hallo, deshecho y desfigurado, me pasará luego
al enemigo; les diré que sois vos el autor de la miseria
en que me ven, y si mucho no me engaño, se lo daré
a entender así, y llegaré a tener el mando de su guarnición.
Oid vos ahora, señor, lo que podremos hacer después.
Al cabo de diez días que yo esté dentro, podréis
entresacar mil hombres, la escoria del ejército, que tanto
sirve salva como perdida, y apostármeles allá delante
de la puerta que llaman de Semíramis. Pasados otra vez siete
días, podréis de nuevo apostarme dos mil enfrente
de la otra puerta que dicen de Nino. Pasados veinte días
más, podréis tercera vez plantar otra porción
hasta cuatro mil hombres en la puerta llamada de los Caldeos. Y
sería del caso que ni los primeros ni los últimos
soldados que dije tuvieran
otras armas defensivas que sus puñales solos, los que sería
bueno dejárselos. Veinte días después podréis
dar orden general a las tropas para que acometan de todas partes
alrededor de los muros, pero a los Persas naturales los quisiera
fronteros a las dos puertas que llaman la Bélida y la Cisia.
Así lo digo y ordeno todo, por cuanto me persuado que los
Babilonios, viendo tantas proezas hechas antes por mí, han
de confiármelo todo, aun las llaves mismas de la ciudad.
Por los demás, a mi cuenta y a la de los Persas correrá
dar cima a la empresa.»
CLVI. Concertado así el negocio, iba luego
huyendo Zópiro hacia una de las puertas de la ciudad, y volvía
muy a menudo la cabeza con ademán y apariencia de quien desierta.
Vénle venir así los centinelas apestados en las almenas,
y bajando a toda prisa, pregúntanle desde una de las puertas
medio abiertas quién era y a qué venía. Respóndeles
que era Zópiro que quería pasárselos a la plaza.
Oído esto, condúcenle al punto a los magistrados de
Babilonia. Puesto allí en presencia de todo el congreso,
empieza a lamentar su desventura y decir que Darío era quien
había hecho moverle del modo en que él mismo se había
puesto; que el único motivo había sido porque él
le aconsejaba que ya que no se descubría medio alguno para
la toma de la plaza, lo mejor era levantar el sitio y retirar de
allí el ejército. «Ahora, pues, continuó
diciendo, ahí me tenéis, Babilonios míos; prometo
hacer a vosotros cuanto bien supiere, que espero no ha de ser poco,
y a Darío, a sus Persas y a todo su campo cuanto mal pudiere;
que sin duda será muchísimo, pues voto a Dios que
estas heridas que en mí veis les cuesten ríos de sangre,
mayormente sabiendo yo bien todos sus artificios, los misterios
del gabinete y su modo de pensar y obrar.»
CLVII. Así les habló Zópiro,
y los Babilonios del congreso, que velan a su presencia, no sin
horror, a un grande de Persia con las narices mutiladas, con las
orejas cortadas, con las carnes rasgadas, y todo él empapado
en la sangre que aun corría, quedaron desde luego persuadidos
de que era la relación muy verdadera, y se ofrecieron aliviar
la desventura de su nuevo aliado, dándole gusto en cuanto
les pidiera. Habiendo pedido él una porción de tropa,
que luego tuvo a su mando, hizo con ella lo que con Darío
había concertado, pues saliendo al décimo día
con sus Babilonios, y cogiendo en medio a los mil soldados, los
primeros que había pedido que apostase Darío, los
pasó todos a filo de la espada. Viendo entonces los Babilonios
que el desertor acreditaba con obras lo que les ofreciera de palabra,
alegres sobremanera se declararon nuevamente prontos a servir a
Zópiro, o más bien a dejarse servir de él enteramente.
Esperó Zópiro el término de los días
consabidos, y llegado éste, toma una partida de Babilonios
escogidos, y hecha segunda salida de la plaza, mita a Darío
dos mil soldados. Con esta segunda proeza de valor no se hablaba
ya de otra cosa entre los Babilonios ni había otro hombre
para ellos igual a Zópiro, quien dejando después que
pasasen los días convenidos, hace su tercer salida al puesto
señalado, donde cerrando en medio de su gente a cuatro mil
enemigos, acaba con todo aquel cuerpo. Vista esta última
hazaña, entonces sí que Zópiro lo era todo
para con los de Babilonia, de modo que luego le nombraron generalísimo
de la guarnición, castelano de la plaza y alcalde de la fortaleza.
CLVIII. Entretanto, llega el día en que,
según lo pactado, manda Darío dar un asalto general
a Babilonia, y Zópiro, acredita con el hecho que lo pasado
no había sido sino engaño y doble artificio de un
hábil desertor. Entonces los Babilonios apostados sobre los
muros iban resistiendo con valor al ejército de Darío
que los acometía, y Zópiro al mismo tiempo, abriendo
a sus Persas las dos puertas de la ciudad, la Bélida y la
Cisia, les introducía en ella. Algunos Babilonios testigos
de lo que Zópiro iba haciendo se refugiaron al templo de
Júpiter Belo; los demás, que nada sabían ni
aun sospechaban de la traición que se ejecutaba, estuvieron
fijos cada cual en su puesto hasta tanto que se vieron clara y patentemente
vendidos y entregados al enemigo.
CLIX. Así fue tomada Babilonia por segunda
vez. Dueño ya Darío de los Babilonios vencidos, tomó
desde luego las providencias más oportunas, una sobre la
plaza, mandando demoler todos sus muros y arrancar todas las puertas
de la ciudad, de cuyas dos prevenciones ninguna había usado
Cyro cuando se apoderó de Babilonia81; otra tomó sobre
los sitiados, haciendo empalar hasta tres mil de aquellos que sabía
haber sido principales autores de la rebelión, dejando a
los demás ciudadanos en su misma patria con sus bienes y
haciendas; la tercera sobre la población, tomando sus medidas
a fin de dar mujeres a los Babilonios para la propagación,
pues que ellos, como llevamos referido, habían antes ahogado
a las que tenían, a fin de que no les gastasen las provisiones
de boca durante el sitio. Para este efecto ordenó Darío
a las naciones circunvecinas, que cada cual pusiera en Babilonia
cierto número de mujeres que él mismo determinaba,
de suerte que la suma de las que allí se recogieron subió
a cincuenta mil, de quienes descienden los actuales Babilonios.
CLX. Respecto a Zópiro, si queremos estar
al juicio de Darío, jamás Persa alguno, ni antes ni
después, hizo más relevante servicio a la corona,
exceptuando solamente a Cyro, pues a este rey nunca hubo Persa que
se le osase comparar ni menos igualar. Cuéntase con todo
que solía decir el mismo Darlo que antes quisiera no ver
en Zópiro aquella carnicería de mano propia que conquistar
y rendir no una, sino veinte Babilonias que existieran. Lo cierto
es que usó con él las mayores demostraciones de estima
y particular honor, pues no solo le enviaba todos los años
aquellos regalos que son entre los Persas la mayor prueba de distinción
y privanza con el soberano, sino que dio a Zópiro por todo
el tiempo de su vida la satrapía de Babilonia, inmune de
todo pecho y tributo. Hijo de este Zópiro fue el general
Megabizo, el que en Egipto guerreó con los Atenienses y sus
aliados, y padre del otro Zópiro que desertado de los Persas
pasó a la ciudad de Atenas».
|
5) Filipo, al verse impedido de obtener la posesión
de la ciudad de los Sanios, sobornó a uno de sus generales, Apolónides,
para que traicionara, induciéndolo a plantar un carro cargado con
piedras a la entrada misma de la puerta. Entonces, dando inmediatamente
la señal, siguió a los ciudadanos, que fueron acurrucados
por el pánico alrededor de la entrada bloqueada de la puerta, y
los aplastó.
| Nota:
Años 359 a336 a.de C. |
6) Cuando Aníbal estaba ante Tarentum, y esta
ciudad estaba sostenida por una guarnición romana bajo las órdenes
de Livio, él indujo a cierto Cononeo de Tarentum a traicionar,
y concertó con él una estratagema por la cual él
debía salir de caza por la noche, con el fundamento de que el enemigo
hacía esto imposible durante el día. Cuando llevó
este plan adelante, Aníbal le suministró verracos para presentar
a Livio como trofeos de caza. Cuando esto fue repetidamente hecho, y por
esta razón menos notado, Aníbal vistió una noche
a varios cartagineses con el traje tradicional de los cazadores y los
introdujo entre los asistentes de Cononeo. Cuando estos hombres, cargados
con las presas que llevaban, fueron admitidos por las guardias, inmediatamente
atacaron y asesinaron a éstos. Entonces, demoliendo la puerta,
admitieron a Aníbal con sus tropas, que mataron a todos los romanos,
salvo a aquellos que habían escapado buscando refugio en la ciudadela.
| Nota:
Año 212 a.de C. Apiano, Sobre Aníbal, 32 :
«A Tarento que estaba bajo custodia de una guarnición
de Roma, la traicionó Cononeo de la siguiente forma. Cononeo
acostumbraba a salir de caza y, como siempre llevaba alguna pieza
a Livio, el jefe de la guarnición, llegó a gozar,
por ello, de una gran amistad con él. Como el país
estaba en guerra, dijo que era necesario salir de caza y llevarse
las piezas durante la noche. Por consiguiente, al serle abiertas
las puertas durante la noche, llegó a un acuerdo con Aníbal
y, tomando soldados, ocultó a unos en una espesura cercana,
a otros les ordenó que le acompañasen durante un corto
trecho y, a otros, que permanecieran a su lado, ceñidos a
ocultas con corazas y espadas, pero equipados como cazadores en
su indumentaria exterior. Después de colocar un jabalí
sobre unos maderos, llegó durante la noche ante las puertas.
Los guardias se las abrieron como era lo habitual y los soldados
que lo acompañaban mataron de inmediato a los guardianes,
y aquellos que les seguían irrumpieron ardorosamente en el
interior, casi al unísono con los primeros, recibieron a
los que estaban emboscados y abrieron las puertas a Aníbal.
Éste penetró en el interior, se hizo dueño
al punto del resto de la ciudad y, tras conciliarse a los tarentinos,
puso cerco a la ciudadela, que todavía estaba bajo custodia
romana». |
7) Cuando Lisímaco, rey de los macedonios, sitiaba
a los efesios, éstos eran asistidos por el jefe pirata Mandro,
que tenía el hábito de traer a Efeso, galeras cargadas con
botín. Consecuentemente, Lisímaco sobornó a Mandro
para que traicionara, y junto a él, a varios macedonios intrépidos
que serían tomados en la ciudad como cautivos, con las manos inmovilizadas
detrás de sus espaldas. Estos hombres posteriormente arrebataron
armas de la ciudadela y entregaron la ciudad en manos de Lisímaco.
Nota:
Año 287 a.de C. Polieno, 5:19 : «Eneto, general
de Demetrio, quedó a cargo de Efeso, y dió refugio
allí a varios piratas, que cometieron grandes depredaciones
en los países vecinos. Lico, general de Lisímaco,
logró sobornar a Andron, jefe pirata, para traicionar a Efeso,
y el complot fue realizado como sigue. El pirata admitió
en la ciudad a un cuerpo de las tropas de Lico, que estaban desarmadas,
con sus abrigos y capas, y atados como prisioneros. Tan pronto como
ellos avanzaron hasta la ciudadela, les ordenó que tomaran
sus espadas, que llevaban ocultas bajo sus brazos. Después
de matar a los centinelas y guardias, dieron la señal convenida
a Lico. Lico forzó su camino hacia ellos con el resto de
su ejército, tomó prisionero a Eneto, y se hizo dueño
de Efeso. Después de pagar a los piratas, según su
acuerdo, los expulsó de la ciudad; porque correctamente concluyó
que no podía depender de su lealtad, cuando ellos habían
sido tan infieles a sus primeros amigos».
|
IV.
POR QUÉ MEDIOS EL ENEMIGO PUEDE SER REDUCIDO AL ESTADO DE
NECESIDAD |
1)
Fabio Máximo, habiendo arrasado las tierras de los campanios, a
fin de que ellos no pudieran tener nada más para garantizar la
confianza de que un sitio podía ser sostenido, se retiró
en el momento de la siembra, de modo tal que los habitantes pudieran plantar
las semillas que les habían quedado. Entonces, regresando, destruyó
la nueva cosecha y así se hizo amo de los campanios, a quienes
había reducido a la hambruna.
| Nota:
Aquí Frontino mezcla aparentemente dos situaciones
diferentes : Una planteada por Livio en el Libro 23:48 y otra en
el 25:13, ocurridas en los años 215 y 211 a.de C. respectivamente.
Libro 23:48 : «Desde entonces permanecieron
inactivos los dos campamentos y hasta el cónsul se retiró
algo, para que los campanios pudiesen sembrar sus campos, no realizando
daños en el territorio hasta que las mieses estuvieron bastante
altas para forrajear. El forraje lo trasladaron al campamento de
Claudio sobre Suesula, donde hizo construir barracas para que el
ejército pasase allí el invierno. Mandó al
procónsul M. Claudio que no dejase en Nola más que
la guarnición necesaria para su defensa, y que enviase el
resto del ejército a Roma, con objeto de evitar cargas a
los aliados y gastos a la república».
Libro 25:13 : «Mientras Aníbal acampaba
en las cercanías de Tarento y los dos cónsules estaban
en el Samnio, pero a punto, según parecía, de atacar
a Capua, los campanios sufrían ya del hambre como después
de un largo sitio, porque los ejércitos romanos les habían
impedido sembrar sus campos. Por esta razón enviaron legados
a Aníbal, rogándole hiciese llevar trigo a Capua de
todos los puntos inmediatos, antes de que los cónsules entrasen
con sus tropas en su territorio, apoderándose de todos los
caminos. Aníbal mandó a Hannón que pasase con
su ejército del territorio de los brucios a la Campania y
no omitiese nada para el aprovisionamiento de Capua. Hannón
partió del Brucio con sus tropas, evitando cuidadosamente
el campamento de los enemigos y los cónsules, que se encontraban
en el Samnio. Cuando llegó a corta distancia de Benevento,
ocupó una altura a tres millas de la ciudad. Desde allí
hizo recoger en los pueblos aliados de los alrededores y trasladar
a su campamento todos los trigos que se habían depositado
durante el estío, cuidando de que los convoyes fuesen bien
escoltados, y avisó a los moradores de Capua el día
en que habían de acudir a llevar el trigo con carros y toda
clase de bestias de carga que pudiesen encontrar en los campos.
Los campanios obraron en aquella ocasión con su acostumbrada
flojedad y negligencia, enviando poco más de cuatrocientos
carros y algunas bestias de carga. Reconveníales enérgicamente
Hannón porque ni el hambre misma, que da energía a
los animales, podía estimular su celo, y les señaló
otro día para que acudiesen a llevarse el trigo con un convoy
más numeroso. Enterados los beneventinos de lo ocurrido,
enviaron diez diputados a los cónsules al campamento romano
inmediato a Boviano. Instruidos de todos los detalles, los cónsules
combinaron su plan: uno de ellos llevaría su ejército
a la Campania, y Fulvio, a quien tocó por suerte el mando
de esta expedición, entró de noche en Benevento. Encontrándose
próximo al enemigo, supo que había marchado Hannón
con parte de su ejército a buscar trigo; que el cuestor cartaginés
lo había distribuido a los campanios; que habían llegado
dos mil carros y con ellos una multitud sin orden y desarmada; que
todo se hacía en medio del tumulto y la confusión;
que no había ni apariencia de campamento ni de disciplina
militar en aquella mezcla de soldados y campesinos del país.
Con estas noticias, el cónsul mandó a los soldados
que preparasen para la noche siguiente las enseñas solamente
y las armas para atacar el campamento cartaginés. Partieron
a la cuarta vigilia, dejando todos los bagajes en Benevento; y habiéndose
presentado a los enemigos poco antes de amanecer, les infundieron
tanto terror, que si el campamento hubiese estado en llano, indudablemente
lo habrían tomado al primer ataque. Pero lo defendían
su elevada posición y sus fortificaciones inaccesibles por
todas partes y a las que solamente podía llegarse por una
pendiente escarpada y difícil».
|
2) Antígono empleó el mismo ardid contra
los atenienses.
Nota:
Año 263 a.de C. Polieno 4:6 § 20 : «Antígono,
a fin de adueñarse de Atenas en términos tan fáciles
como le fuera posible, concluyó una paz con los atenienses
en el otoño. Después de la cual ellos sembraron su
grano, y guardaron para su propio uso tan sólo la mayor parte
de su vieja reserva de grano, que les serviría hasta que
su siguiente cosecha fuera levantada. Pero tan pronto como el grano
estuvo casi maduro, Antígono invadió el Atica. Los
atenienses habían casi terminado la reserva que tenían
en sus graneros, y se encontraron impedidos de levantar entonces
la cosecha; por lo tanto abrieron sus puertas a Antígono,
y cumplieron con todas sus demandas».
|
3) Dionisio, habiendo capturado muchas ciudades y deseando
atacar a los habitantes de Rhegium, quiénes estaban bien munidos
de provisiones, fingió desear la paz, y pidió que le suministraran
provisiones para su ejército. Cuando él hubo asegurado su
petición y consumió el grano de los habitantes, atacó
su ciudad, ahora despojada de alimento, y la conquistó.
| Nota:
Año 391 a.de C. La versión de Diodoro
Sículo, 14:108, es ligeramente diferente : «Dionisio
entonces condujo sus fuerzas a los Estrechos y se preparó
para cruzarlos. Y al principio pidió a los Regianos que le
proveyeran de suministros para la navegación, prometiéndoles
que les devolvería pronto desde Siracusa lo que le hubieran
dado. Hizo esta exigencia para que los hombres pensaran que, si
no entregaban bastimentos, estaría justificado para apoderarse
de la ciudad, mientras que si lo hacían, creía que
sus abastecimientos se acabarían y presentándose ante
la ciudad la dominaría rápidamente por el hambre.
Los Regianos, no sospechando nada de esto, al principio le entregaron
generosamente comida para varios días, pero cuando prolongó
su estancia, alegando unas veces estar enfermo, ofreciendo en otras
ocasiones diversas excusas, sospecharon lo que tenía en mente
y no le entregaron más vituallas. Dionisio, afectando entonces
estar enfadado por esto, devolvió a los rehenes a Regio,
asedió la ciudad, y lanzó diarios asaltos contra ella.
También construyó una gran cantidad de ingenios de
asedio de increíbles dimensiones por los que machacó
las murallas en su determinación de tomar la ciudad por asalto.
Combatiendo brillantemente por su patria en muchas ocasiones ante
las murallas, provocaron la ira del enemigo, y aunque perdieron
muchas de sus tropas, también mataron a no pocos de los Griegos
sicilianos. Y ocurrió que Dionisio mismo fue herido por una
lanza en la ingle y apenas escapó de la muerte, recobrándose
con dificultad de la herida. El asedio se prolongó por el
invencible celo que los Regianos desplegaron para mantener su libertad,
pero Dionisio hizo a sus ejércitos ejecutar asaltos diarios
y no abandonó el objetivo que se había originariamente
propuesto». |
4) Se dice que uso el mismo ardid contra la población
de Himera.
| Nota:
Año 387 a.de C. Polieno, 5:2 § 10 : «Aunque
Dionisio deseaba capturar Himera, integró una alianza con
los habitantes del lugar. Hizo entonces la guerra sobre algunas
ciudades vecinas, y acampó cerca de Himera. Con frecuencia
enviaba delegaciones a la ciudad, porque la gente estaba en alianza
con él, y los habitantes de Himera suministraron a su ejército
provisiones durante algún tiempo. Pero dado que este gran
ejército seguía todavía en sus cercanías,
sin intentar nada de consecuencia, levantó en los ciudadanos
una sospecha de un complot secreto; y rechazaron suministrarles
de la misma generosa manera que lo habían hecho antes. Dionisio
hizo por lo tanto de su carencia de provisiones un pretexto para
romper con los hombres de Himera; avanzó contra su ciudad
con todas sus fuerzas, y la tomó a sangre y fuego».
|
5) Cuando Alejandro estaba a punto de sitiar Leucadia,
una ciudad bien provista de provisiones, capturó primero las fortalezas
de la frontera y permitió que toda la gente de éstas escapara
buscando refugio en Leucadia, a fin de que los víveres pudieran
ser consumidos con mayor rapidez cuando eran compartidos por muchos.
| Nota:
Años 266 a 263 a.de C. Alejandro, hijo de Pirro. |
6) Falaris de Agrigento, sitiando ciertos sitios en Sicilia
protegidos por fortificaciones, fingió hacer un tratado y depositó
con los sicilianos todo el trigo que dijo que le restaba, procurando,
sin embargo, que las cámaras de los edificios en los cuales el
grano fue almacenado tuvieran techos con goteras. Entonces, cuando los
sicilianos, confiando en el trigo que Falaris había depositado
con ellos, consumieron sus propias provisiones, Falaris los atacó
a principios del verano y a consecuencia de su carencia de provisiones,
se vieron obligados a rendirse.
Nota:
Años 570-554 a.de C. Polieno, 5:1 § 3 :
Según Polieno, los sicilianos debían darle a Falaris
no el grano que había dejado con ellos, sino los de sus últimas
cosechas : «Cuando los hombres de Acragas atacaron a los sicanios,
Falaris encontró imposible capturar su ciudad por el sitio,
porque habían acumulado una gran cantidad de grano, y por
lo tanto él firmó un tratado de paz con ellos. Él
tenía en su campo algún grano, que consintió
en dejárselo a ellos, a condición de que recibiera
de ellos una cantidad igual después de su cosecha. Los sicanios
cumplieron fácilmente con estos términos, y recibieron
las provisiones. Falaris entonces buscó en secreto la forma
de sobornar a los superintendentes de los graneros, quitando sus
techos en algunos sitios; por consiguiente, la lluvia entró
por los agujeros, y pudrió el grano. Tan pronto como la cosecha
terminó, Falaris recibió su cantidad del nuevo grano,
según su acuerdo; pero cuando se encontró que el viejo
estaba putrefacto, los sicanios se vieron reducidos por el hambre,
y después de darles sus provisiones, fueron obligados a rendir
su libertad también».
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