IX.
SOBRE ATAQUES DESDE UN SITIO INESPERADO |
1)
Escipión, luchando ante Cartago, se acercó a los muros de
la ciudad, justo antes de la vuelta de la marea, dirigida, como él
decía, por algún Dios. Entonces, cuando la marea se retiró
en la laguna poco profunda, él irrumpió en aquel punto,
no esperándolo el enemigo allí.
Nota:
Año 210 a.de C. Livio, 26:45-46 : «45.
Entre tanto las murallas se habían cubierto de combatientes
y granizada de dardos caía sin cesar sobre los romanos. Pero
ni combatientes, ni venablos, ni ninguna otra defensa protegía
las murallas tanto como se protegían ellas mismas; pocas
escalas alcanzaban a su elevación, y cuanto más altas
eran, quedaban más débiles. Resultaba de esto que
los que se encontraban en él último escalón
no podían alcanzar a lo alto mientras los demás continuaban
subiendo. Hasta las escalas más fuertes se rompían
con el peso, y aturdidos los soldados con la profundidad del precipicio,
se dejaban caer; los sitiadores y las escalas rodaban por todas
partes, y el enemigo, al ver aquel resultado, redoblaba su audacia
y energía. Escipión mandó al fin tocar retirada.
Los sitiados se lisonjearon entonces, no solamente de descansar
después de combate tan encarnizado y de tan rudas fatigas,
sino que se persuadieron de que la plaza no podía ser tomada
por escalamiento, ni por asalto general, y que las dificultades
de su sitio regular daría a sus generales tiempo para acudir
a socorrerles. En cuanto cesó el primer tumulto, Escipión
hizo relevar los soldados cansados y heridos por tropas frescas
que no habían combatido y dar de nuevo comienzo al ataque
con más vigor. Viendo entonces que subía la marea,
y enterado por pescadores de Tarragona, que habian recorrido la
laguna, en tanto en barquillas, en tanto a pie, cuando éstas
tocaban al fondo, que en el momento del reflujo podía llegarse
fácilmente a vado hasta el pie de las murallas, él
mismo llevó allí una parte de sus tropas. Encontrábanse
en medio del día, y cuando las aguas del estanque seguían
ya el movimiento natural de la marea, levantándose viento
norte, las rechazó con mayor violencia, quedando tan descubiertos
los vados, que en algunos puntos los soldados solamente tenían
agua hasta la cintura y en afros apenas les llegaba a las rodillas.
Convirtiendo Escipión en prodigio un acontecimiento que su
prudencia había previsto y determinado, lo refiere a los
dioses que obligaban al mar a retroceder para dar paso a los romanos,
haciendo desaparecer las lagunas y abriéndoles un camino
hasta entonces impracticable a los mortales, por lo que mandó
a los soldados que siguiesen a Neptuno, que se había hecho
su guía, y que marchasen a través de las aguas hasta
el pie de las murallas.
46. Por tierra el ataque era extremadamente difícil, no sólo
por la altura de las murallas, sino porque los asaltantes estaban
descubiertos por dos lados, quedando sus flancos más expuestos
a los golpes que el mismo frente. Pero por mar, los quinientos hombres
enviados para este ataque atravesaron la laguna sin trabajo y llegaron
en seguida a lo alto de la muralla, que en aquel punto no estaba
fortificada; porque la naturaleza del terreno y la barrera de agua
la habían hecho considerar inexpugnable; por lo que no habían
colocado guardias, ni centinelas, atentos sólo a defender
el punto que veían más amenazado. Los romanos penetraron,
pues, sin obstáculo en la ciudad, y corrieron apresuradamente
hacia la puerta donde se habían reconcentrado los esfuerzos
de los dos bandos: allí encontraron los ánimos, los
ojos y los oídos de los combatientes y espectadores que les
animaban con gritos, de tal manera ocupados en la pelea, que ninguno
se dió cuenta de la toma de la ciudad, hasta sentir los venablos
que les herían por la espalda y verse entre dos cuerpos enemigos.
Turbados por el terror los sitiados, abandonaron las murallas que
defendían y los romanos se apoderaron de ellas. Al mismo
tiempo cedió la puerta bajo los simultáneos golpes
de dentro y fuera; separaron rápidamente los restos que podían
estorbar la entrada, y los soldados se precipitan en la ciudad.
Gran parte de ellos atraviesan la muralla y se desparraman para
degollar a los habitantes, mientras que los que entraron por la
puerta marchan en batalla con sus jefes, y sin dejar las filas llegan
hasta el Foro. Viendo Escipión que los enemigos se dividían
en su fuga y que corrían, unos hacia la eminencia que mira
al oriente, defendida por quinientos hombres, y otros hacia la fortaleza
donde el mismo Magón se había refugiado con casi todos
los soldados rechazados de las murallas, envía una parte
de sus tropas a atacar la altura y lleva la otra contra la fortaleza.
La altura la tomaron al primer choque: en cuanto a Magón,
trató al principio de defenderse, pero cuando se vió
rodeado por todas partes, y sin esperanza de poder resistir, se
rindió con la fortaleza y la guarnición. Hasta que
éstos se rindieron, la ciudad estuvo entregada al degüello
sin perdonar a ninguno de cuantos habían encontrado en edad
de pubertad: una señal hizo cesar la matanza, y los vencedores
comenzaron el saqueo; que produjo inmenso botín».
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2) Fabio Máximo, el hijo de Fabio Cunctator, encontrando
Arpi ocupada por las fuerzas de Aníbal, inspeccionó primero
el sitio de la ciudad, y luego envió seiscientos soldados durante
una noche oscura para trepar las murallas con escaleras de asalto en una
parte de la ciudad que estaba fortificada y por lo tanto menos custodiada,
y derribar las puertas. A estos hombres les ayudó en la ejecución
de sus órdenes el ruido de la lluvia que caía, que amortiguó
el sonido de sus operaciones. En otro sitio, Fabio mismo hizo un ataque
a una señal dada y capturó Arpi.
Nota:
Año 213 a.de C. Livio, 24:46:47 : « 46.
Fabio partió de Suesula yendo primeramente a sitiar
a Arpi. Establecióse a unos quinientos pasos de la ciudad,
examinó de cerca su posición y la de sus fortificaciones,
y viendo que la parte más fuerte era la que guardaban menos,
decidió reconcentrar en aquel punto el ataque. Después
de proveerse de todo lo necesario para un sitio, reunió a
los centuriones más valientes de todo el ejército,
les dió por jefe tribunos muy esforzados, y les mandó
que a la señal de la cuarta vigilia llevasen escalas al punto
designado. Había allí una puerta baja y estrecha,
que daba a una calle solitaria en un barrio desierto de la ciudad.
Ordenóles que franqueasen aquella puerta con las escalas,
que se dirigiesen en seguida a la muralla, que rompiesen por dentro
las cerraduras, y una vez dueños de aquella parte de la ciudad,
que advirtiesen al ejército con toques de trompetas para
que el cónsul pudiese hacer avanzar las tropas, que tendría
completamente preparadas. Ejecutáronse estas medidas con
actividad, y lo que parecía ser un obstáculo, les
ayudó más que todo a engañar al enemigo. Violenta
lluvia, cayendo a medianoche, obligó a los guardias y a los
centinelas a alejarse de sus puestos y a refugiarse en las casas.
Al principio el ruido del temporal impidió que se oyese el
que hacían los romanos al forzar la puerta; después
la caída más lenta y floja de la lluvia adormeció
a casi todos los guardias. Una vez dueños de la puerta, los
romanos colocan los trompetas en la calle a iguales distancias y
les mandan tocar para advertir al cónsul. A esta señal
convenida, el cónsul manda avanzar las tropas, y pocos momentos
después entra en la ciudad por la puerta que acababa de ser
forzada.
47. Entonces despertaron al fin los enemigos; la
lluvia calmaba y el día estaba ya cercano. En la ciudad había
una guarnición cartaginesa de cerca de cinco mil hombres
y tres mil vecinos estaban armados. Los cartagineses les colocaron
en primera fila enfrente del enemigo, porque querían evitar
que los sorprendiesen por la espalda. Al principio pelearon en la
oscuridad en calles estrechas, habiéndose apoderado los romanos
de las calles y hasta de las casas inmediatas a la puerta para que
no pudiesen atacarles y herirles desde los techos. Como tenían
algún conocimiento de la ciudad, trabaron conversación
con los de Arpi. Los romanos les preguntaban qué querían;
qué malos tratamientos por parte de Roma o qué beneficios
de los cartagineses les habían llevado, siendo italianos,
a pelear contra los romanos, sus antiguos aliados, en favor de extranjeros
y de bárbaros, y a trabajar de aquella manera para hacer
a Italia tributaria y esclava de Africa. Éstos, para justificarse,
decían que sus jefes les habían vendido a los cartagineses
sin que ellos lo supieran; que habían sido sorprendidos y
oprimidos por corto número de ellos. Propagándose
así la conversación por una y otra parte, el pretor
de Arni fué llevado por los suyos ante el cónsul.
Allí, a la vista de las enseñas, en medio del combate,
juraron alianza, y en el acto los vecinos tomaron partido por los
romanos contra los cartagineses. Los españoles también,
que eran cerca de mil, pasaron al cónsul, con la única
condición de que se expulsaría sin maltratarla a la
guarnición cartaginesa. Abriéronle las puertas y la
enviaron fielmente a Aníbal, con quien se reunió sana
y salva en Salapia. Arpi volvió a los romanos sin que hubiese
más víctimas que un solo hombre, traidor antes y ahora
desertor. Los españoles recibieron ración doble, y
la república tuvo muchas ocasiones de experimentar su valor
y fidelidad. Mientras un cónsul se encontraba en la Apulia
y el otro en Lucania, ciento doce nobles caballeros campanios, so
pretexto de ir a talar el territorio enemigo, consiguieron permiso
de los magistrados para salir de Capua y marcharon al campamento
romano de Suesula. En las puertas declararon quiénes eran
y que querían hablar con el pretor. Advertido éste,
mandó que entrasen diez de ellos desarmados; y después
de escuchar su petición (sólo querían entrar
en posesión de sus bienes después de la toma de Capua)
recibió la promesa de fidelidad de todos. El otro pretor,
Sempronio Tuditano, había tomado por asalto la ciudad de
Aterno, donde se apoderó de siete mil hombres y de cierta
cantidad de cobre y plata acuñada. En Roma estalló
un incendio que duró dos noches y un día, quemándose
todo hasta los cimientos, desde las Salinas y la puerta Carmental
hasta el Equimelio y la calle Yugaria. Al otro lado de la puerta
se extendió el fuego y devoró muchos edificios sagrados
y profanos en los recintos consagrados a la Fortuna, a Matuta Madre
y a la Esperanza».
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3) En la Guerra de Yugurta, Cayo Mario se encontraba
en un tiempo sitiando una fortaleza situada cerca del río Mulucha.
Estaba en una eminencia rocosa, accesible por un lado solo por un camino
estrecho, mientras el otro lado, como si fuera por un diseño especial,
era precipicio. Resultó que cierto ligur, un soldado común
entre los auxiliares, había salido para conseguir agua, y, mientras
juntaba caracoles entre las rocas de la montaña, había alcanzado
la cumbre. Este hombre informó a Mario que era posible subir a
la fortaleza. En consecuencia, Mario envió unos centuriones en
compañía de sus soldados más rápidos, incluso
también los trompeteros más hábiles. Estos hombres
fueron con la cabeza descubierta y descalzos, de modo de poder ver mejor
y caminar más fácilmente sobre las rocas; sus escudos y
espadas fueron sujetados a sus espaldas. Dirigido por el ligur, y ayudados
por correas y bastones con los que se apoyaban, subieron hasta la retaguardia
de la fortaleza, que, debido a su posición, estaba sin defensores,
y luego comenzaron a hacer sonar sus trompetas y hacer un gran alboroto,
tal como les habían previamente instruído.. A esta señal,
Mario, animando firmemente a sus hombres, comenzó a avanzar con
furia renovada contra los defensores de la fortaleza. Éstos fueron
retirados de la defensa por el pueblo, que se había desanimado
bajo la impresión de que la ciudad había sido capturada
por la retaguardia, de modo que Mario pudo seguir adelante y capturar
la fortaleza.
Nota:
Año 107 a.de C. Salustio, La Guerra de
Yugurta, 92-94 : «Mario, después de haber
perdido mucho tiempo y trabajo, andaba vacilante y dudoso si abandonaría
la empresa, visto que nada adelantaba, o si permanecería
en ella esperando el favor de la fortuna, que tantas veces había
experimentado. Pero después de haber muchos días y
noches andado inquieto entre estas dudas, sucedió acaso que
un ligur, soldado raso de las cohortes auxiliares, habiendo salido
de los reales por agua, advirtió no lejos del sitio por
donde el lugar se combatía, que serpeaban entre aquellas
peñas algunos caracoles, y habiendo cogido uno u otro, y
después en más cantidad, embebecido en esto, fue poco
a poco subiendo casi hasta lo más alto del monte; y asegurado
de que no había por aquella parte gente, púsose, como
es natural, a registrar por curiosidad aquel país nuevo.
Había por fortuna en el mismo sitio una grande encina entre
las peñas, en parte algo inclinada, el resto derecha y erguida,
según la naturaleza de todo vegetable. El ligur, asido unas
veces a sus ramas, otras a los peñascos que sobresalían
algún tanto, forma en su idea muy a su salvo el plano de
la fortaleza, porque todo el pueblo estaba en el opuesto lado atento
a los que combatían; y habiendo explorado bien cuanto hizo
juicio que después podría conducir, vuelve a bajar
por el mismo camino; pero no ya sin cuidado, como a la subida, sino
tanteándolo y examinándolo todo. Vase después
de esto en derechura a Mario, cuéntale el suceso y le exhorta
a que dé un tiento a la plaza por la parte por donde él
había subido, ofreciéndose a guiar la gente y acompañarla
en el peligro. Mario envía con él algunos de los que
se hallaban presentes para examinar su propuesta, de los cuales
unos vuelven diciendo que era empresa difícil, otros que
no, según que eran más o menos animosos. El cónsul,
no obstante esta variedad, entró en alguna esperanza del
suceso; y así escoge entre los trompeteros y cornetas del
ejército cinco de los más ágiles, dales para
su defensa cuatro compañías, mandando que al día
siguiente, señalado para la ejecución, estén
todos a las órdenes del ligur. Cuando a éste, según
el designio que había formado,
le pareció tiempo, dispuesto y prevenido lo necesario, encamínase
al sitio. Los capitanes, instruidos por su conductor, habían,
junto con la tropa, mudado de armas y vestido: iban con la cabeza
descubierta y descalzos para ver más libremente y tre par
mejor por las peñas; llevaban al hombro sus espadas y los
escudos al modo de los númidas, de cuero, así para
evitar peso, como porque hiciesen menos ruidos, si acaso se encontraban.
El ligur iba delante, poniendo cuerdas en las peñas y en
los raigones viejos de las matas, a fin de que afianzados en ellos
los soldados, tuviesen menos dificultad en el subir. Alguna vez
daba la mano para ayudar a los que veía temerosos por lo
agrio del camino; donde la subida era más difícil,
los iba enviando delante uno a uno sin armas; luego subía
él con ellas, explorando muy cuidadosamente los parajes de
dudoso apoyo; y subiendo y bajando muchas veces, y dejando luego
el lugar desembarazado, alentaba a los demás para que subiesen.
Al fin, después de una grande y prolija fatiga, llegan a
la plaza, que hallaron por aquel lado desamparada, porque toda la
gente estaba, como los días pasados, empleada contra el enemigo.
Mario, sabido por los avisos que le daban el estado de la empresa,
aunque todo el día había tenido a los númidas
ocupados en la defensa, entonces, exhortando a los soldados, preséntase
al enemigo fuera de los reparos, formando con los escudos una concha
de tortuga, y hace que al mismo tiempo las máquinas y los
ballesteros y honderos disparen desde lejos, para desviar de la
muralla al enemigo. Pero los númidas, como habían
ya otras veces trastornado y pegado fuego a los manteletes, no cuidaban
de resguardarse con las almenas de la muralla, sino que de noche
y aun por el día combatían a cuerpo descubierto, maldiciendo
a los romanos, tratando a Mario de loco y amenazando a los nuestros
con que serían esclavos de Jugurta; en suma, la prosperidad
los había hecho insolentes. Entretanto, cuando estaban más
empeñados los romanos y los enemigos en la acción,
peleando con el mayor esfuerzo, unos por la gloria y el imperio,
otros por la libeJtad y por la vida, suenan de repente por el opuesto
lado las trompetas; y al principio echan a huir las mujeres y los
niños, que se habían adelantado para ver el combate;
después otros, según estaban más cerca de la
muralla, y últimamente todos, armados y desarmados. Visto
esto por los romanos, cargan con mayor fuerza y desbaratan a los
enemigos; hieren a los más de ellos, sin acabarlos de matar;
después, ansiosos de gloria, rompen peleando derecho al muro
por encima de los caídos, sin detenerse nadie en el despojo.
De esta suerte habiendo la fortuna enmendado la temeridad de Mario,
su mismo yerro le concilió alabanza».
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4)
El cónsul Lucio Cornelio Rufino capturó numerosas ciudades
en Cerdeña desembarcando poderosos destacamentos de tropas por
la noche, con instrucciones de permanecer escondidos y esperar hasta que
él mismo se acercara para atracar con sus barcos. Entonces, cuando
el enemigo vino a su encuentro ante su acercamiento, él los indujo
a una larga persecución fingiendo huir, mientras sus otras tropas
atacaron las ciudades así abandonadas por sus habitantes.
| Nota:
Aquí se plantea una probable confusión de
nombres: Lucio Cornelio Escipión invadió Cerdeña
en el 259 a.de C. y Publio Cornelio Rufino fue cónsul en
el 277 a.de C., pero luchó sólo en Italia.
|
5)
Pericles, el general ateniense, sitiaba una vez una ciudad que estaba
protegida por defensores muy decididos. Por la noche él ordenó
que se hicieran sonar las trompetas y que se levantara una clamorosa protesta
en un sitio de las murallas adyacentes al mar. El enemigo, pensando que
la ciudad había sido invadida en aquel punto, abandonó las
puertas, con lo cual, tan pronto como éstas fueron abandonadas
sin la defensa, Pericles irrumpió en la ciudad.
6)
Alcibíades, el general ateniense, planeando asaltar Cizico, se
acercó a la ciudad de improviso por la noche, y ordenó a
sus trompeteros que hicieran sonar sus instrumentos en un sitio diferente
de las fortificaciones. Los defensores de las murallas eran muchos, pero
ya que todos corrieron al sitio donde imaginaron que eran atacados, Alcibíades
logró escalar las murallas en el punto donde no había resistencia
alguna.
| Nota:
Según Tucídides, 8:107 y Diodoro Sículo,
13:40 § 6, Cízico no estaba fortificada con
murallas. Esta estratagema pertenece preferentemente a la toma de
Bizancio, en el 409 a.de C; Plutarco, Alcibíades, 31 : «Los
generales que mandaban el sitio de Calcedonia convinieron con Farnabazo,
por un tratado, en, que recogerían una contribución,
los Calcedonios volverían a la obediencia de los Atenienses
y éstos no harían ningún daño en la
satrapía de Farnabazo, obligándoles éste a
dar a los embajadores de los Atenienses escolta con toda seguridad.
Como a la vuelta de Alcibíades desease Farnabazo que él
también jurara el tratado, respondió que no lo ejecutaría
antes de haber jurado ellos. Prestados que fueron los juramentos,
marchó contra los Bizantinos, que se habían rebelado,
y circunvaló la ciudad. Ofreciéndole, bajo la condición
de salvarla. Anaxilao, Licurgo y algunos otros, que la entregarían,
hizo correr la voz de que le llamaban fuera de allí novedades
ocurridas en la Jonia, y por el día salió con toda
su escuadra; pero, volviendo a la noche, saltó en tierra
con la infantería, y resguardándose con las murallas
se estuvo allí quedo; pero las naves vinieron sobre el puerto,
y acometiendo impetuosamente con grande gritería, alboroto
y estruendo, asombraron a los demás Bizantinos por lo inesperado
del caso y dieron ocasión a los partidarios de los Atenienses
para entregar la ciudad a Alcibíades impunemente, pues todos
los habitantes habían corrido hacia el puerto para resistir
el ataque de las naves. Mas con todo no fue esta jornada exenta
de riesgo, porque los Peloponenses, Beocios y Megarenses que allí
se hallaban, a los que descendieron de las naves los rechazaron
y obligaron a reembarcar; y llegando a entender que había
Atenienses dentro, formándose en batalla, marcharon juntos
contra ellos. Trabado un reñido combate, los venció
Alcibíades, mandando él el ala derecha y Teramenes
la izquierda: y de los enemigos que les vinieron a las manos tomaron
vivos unos trescientos. De los de Bizancio, después del combate,
ni se dio muerte ni se desterró a ninguno, porque con esta
condición se entregó la ciudad y también con
la de que a nada que fuese de ellos se había de tocar. Por
esta razón, defendiéndose Anaxilao de la causa sobre
traición que se le movió en Lacedemonia, hizo ver
en su discurso que no tenía por qué avergonzarse de
lo hecho: porque dijo que no siendo Lacedemonio, sino Bizantino,
viendo en peligro, no a Esparta, sino a Bizancio, hallándose
su ciudad cercada de manera que nadie podía entrar, y consumiendo
los Peloponenses y Beocios todos los víveres que había
en la ciudad, mientras que los Bizantinos fallecían de hambre
con sus mujeres y sus hijos, no le pareció que cometía
traición con la entrega, sino que redimía a su ciudad
de la guerra y de los males que padecía, imitando en esto
a los más ilustres de la Lacedemonia, para quienes sólo
es honesto y justo lo que es en provecho de la patria. Los Lacedemonios,
a este razonamiento, cedieron con respeto y absolvieron a los acusados».
|
7)
Trasíbulo, general de los milesios, en sus esfuerzos por capturar
el puerto de los sicionanos, hizo repetidos ataques sobre los habitantes
del continente. Entonces, cuando el enemigo dirigió su atención
al punto donde eran atacados, capturó de repente el puerto con
su flota.
| Nota:
Alrededor del año 600 a.de C.
|
8)
Filipo, sitiando a cierta ciudad costera, amarró secretamente barcos
en pares, con una cubierta común, y levantó torres en ellos.
Luego, lanzando un ataque con otras torres por tierra, distrajo la atención
de los defensores de la ciudad, hasta que trajo por vía marítima
los barcos provistos de torres, y avanzó contra las murallas en
el punto donde no se ofrecía resistencia alguna.
9)
Pericles, estando a punto de poner sitio a una fortaleza de los peloponesios
a la cual había sólo dos vías de acercamiento, cortó
una de éstas por una zanja y comenzó a fortificar la otra.
Los defensores de la fortaleza, aflojaron su guardia en un punto y comenzaron
a mirar sólo el otro donde veían que seguía la construcción.
Pericles, habiendo preparado puentes, los puso a través de la zanja
y entró en la fortaleza en el punto donde no se conservaba guardia
alguna.
7)
Antíoco, luchando contra los efesios, ordenó a los rodios,
a quienes tenía como aliados, hacer por la noche un ataque contra
el puerto con gran alboroto. Cuando la población entera se precipitó
precipitadamente a este sitio, dejando el resto de la fortaleza sin defensores,
Antíoco atacó en un sitio diferente y capturó la
ciudad.
X.
SOBRE CÓMO PONER TRAMPAS PARA SACAR AL SITIADO. |
1)
Cuando Catón sitiaba a los Lacetanos, despidió a la vista
del enemigo a todas sus otras tropas, ordenando a ciertos suesetanos,
que eran los menos marciales de sus aliados, atacar los muros de la ciudad.
Cuando los Lacetanos, haciendo una salida, rechazaron fácilmente
estas fuerzas y los persiguieron con impaciencia mientras escapaban, los
soldados que Catón había ubicado escondidos, aparecieron,
y por su ayuda pudo capturar la ciudad.
| Nota:
Año 195 a.de C. Livio, 34:20 : «Con
aquellas débiles fuerzas tomó algunas plazas fuertes
y recibió la sumisión de los sedetanos, ausetanos
y suesetanos. Los lacetanos, que vivían en bosques y parajes
inaccesibles, continuaban en armas; era un pueblo naturalmente salvaje
y que además tenía que temer por las devastaciones
que había realizado en terreno de los aliados de Roma, mientras
el cónsul y su ejército estaban ocupados en combatir
a los túrdulos. Catón marchó a sitiar su ciudad,
al frente de las cohortes y de la juventud de los aliados, justamente
irritados por aquel bandolerismo. Aquella ciudad era más
larga que ancha; detúvose a unos cuatrocientos pasos de las
murallas, estableció en aquel punto un cuerpo de tropas escogidas,
con orden de no abandonar su puesto hasta que volviese a reunirse
con ellas, y con el resto de sus fuerzas rodeó la plaza para
colocarse en el otro extremo. Los suesetanos formaban la mayor parte
de sus auxiliares, y a éstos mandó que comenzasen
el ataque. En cuanto los lacetanos reconocieron las armas y enseñas
de aquel pueblo, cuyo territorio habían talado tantas veces
impunemente, batido y derrotado sus ejércitos, animados con
este recuerdo; abrieron bruscamente la puerta y cayeron en tropel
sobre ellos. Los suesetanos no pudieron resistir su grito de guerra
y menos aún su impetuoso choque. El cónsul, que había
previsto este resultado, en cuanto le observó, corrió
a toda brida hacia sus cohortes apostadas a corta distancia de las
murallas, las llevó con él, y mientras todos los habitantes
se precipitaban tras los pasos de los fugitivos, dejando la ciudad
desierta y silenciosa, las introdujo en ella, estando apoderado
por completo de la ciudad antes de que regresasen los lacetanos.
Entonces, como no les quedaban más que las armas, tuvieron
que someterse». |
2) Haciendo una campaña en Cerdeña, Lucio
Escipión, a fin de expulsar a los defensores de cierta ciudad,
abandonó el sitio que había comenzado, y fingió huir
con un destacamento de sus tropas. Entonces, cuando los habitantes le
siguieron desordenadamente, él atacó la ciudad con ayuda
de aquellos que había ubicado escondidos ahí mismo.
Nota:
Año 259 a.de C.. Confrontar nota 3:9 § 4 ..
|
3) Cuando Aníbal sitiaba la ciudad de Himera,
deliberadamente permitió que su campamento fuera capturado, ordenando
a los cartagineses retirarse, a causa de que el enemigo era superior.
Los habitantes fueron engañados de tal forma por este giro de los
acontecimientos que en su alegría salieron de la ciudad y avanzaron
contra los antepechos cartagineses, con lo cual Aníbal, encontrando
la ciudad vacía, la capturó por medio de las tropas que
había colocado en emboscada para esta misma contingencia.
| Nota:
Año 409 a.de C. El Aníbal aquí mencionado
es el hijo de Giscón. Diodoro Sículo, 13:59-62, presenta
a los cartagineses más como retrocediendo en huída
que ejecutando una estratagema. |
4)
A fin de expulsar a los saguntinos, Aníbal en cierta ocasión
avanzó contra sus muros con una delgada línea de tropas.
Entonces, a la primera salida de los habitantes, fingiendo la huída,
se retiró, e interponiendo tropas entre el enemigo perseguidor
y la ciudad, mató al enemigo separándolo así de sus
compañeros entre las dos fuerzas.
| Nota:
Año 219 a.de C. Hijo de Amílcar Barca. La
identidad de nombres condujo a la confusión entre estos dos
generales. |
5)
Himilcón, el cartaginés, haciendo campaña cerca de
Agrigento, ubicó parte de sus fuerzas emboscadas cerca de la ciudad,
y las instruyó para que prendieran fuego a un poco de madera húmeda
tan pronto como los soldados de la ciudad avanzaran. Entonces, avanzando
al amanecer con el resto de su ejército para atraer al enemigo,
fingió huir y condujo a los habitantes tras de él por una
considerable distancia en su retirada. Los hombres emboscados cerca de
los muros aplicaron la antorcha a los montones de leña como les
había sido instruído. Los Agrigentinos, contemplando subir
el humo, pensaron que su ciudad ardía y volvieron corriendo alarmados
para protegerlo. Encontrándose con aquellos que estaban a la espera
cerca de los muros, y acosados por la retaguardia por aquellos que ellos
habían estado persiguiendo hasta ese momento, fueron encerrados
entre dos fuerzas y despedazados.
| Nota:
Año 406 a.de C. Polieno, 5:10 § 4 : «Mientras
sitiaba Acragas, Himilcón acampó no lejos de la ciudad.
Cuando vio al enemigo marchar con gran fuerza, dio órdenes
secretas a sus oficiales, a una señal dada, para hacer una
retirada precipitada. Los hombres de Acragas apretaron estrechamente
sobre ellos en su huída, y fueron conducidos a una considerable
distancia de su ciudad. Entonces Himilcón, quién se
había colocado emboscado con un cuerpo de sus tropas, prendió
fuego a un poco de madera, que había ordenado que fuera colocado
cerca de los muros para aquel objetivo. Cuando los perseguidores
vieron una gran cantidad del humo provenir de los muros, supusieron
que alguna parte de su ciudad ardía. detuvieron la persecución,
y volvieron a socorrer a la ciudad tan rápidamente como les
fue posible. Al mismo tiempo, el enemigo, que antes había
escapado, volvió y apretó con fuerza sobre su retaguardia.
Tan pronto como alcanzaron el lugar donde la emboscada había
sido ubicada, Himilcón los atacó enérgicamente
con sus fuerzas. Mató a muchos de ellos, y el resto fue hecho
prisionero». |
6)
Viriato, en una ocasión, habiendo emboscado a sus hombres, envió
a otros para ahuyentar los rebaños de los Segobrigenses. Cuando
éstos se precipitaron en gran número para defender sus rebaños
y persiguieron a los merodeadores, que fingían huir, fueron conducidos
a una emboscada y despedazados.
| Nota:
Años 147 a 139 a.de C. |
7)
Cuando Lúculo fue puesto a cargo de una guarnición de dos
cohortes en Heraclea, la caballería de los escórdicos, fingiendo
ahuyentar a los habitantes, provocó una salida. Entonces, cuando
Lúculo los siguió, ellos lo hicieron caer en una emboscada,
fingiendo la huída, y lo mataron junto con ochocientos de sus seguidores.
8)
El general ateniense Cares, cuando cuando estaba por atacar una ciudad
costera, escondió su flota detrás de ciertos promontorios
y luego ordenó que su barco más rápido zarpara por
delante de las fuerzas del enemigo. A la vista de este barco, todas las
fuerzas que guardaban el puerto salieron como una flecha en su persecución,
momento en el cual Cares zarpó con el resto de su flota y tomó
posesión del puerto indefenso e igualmente de la ciudad.
| Nota:
Años 366 a 336 a.de C. |
9)
En una ocasión, cuando tropas romanas bloqueaban Lilibea por tierra
y por mar, Barca, general de los cartagineses en Sicilia, ordenó
que una parte de su flota apareciera en alta mar lista para la acción.
Cuando nuestros hombres salieron como una flecha a la vista de esto, Barca
capturó el puerto de Lilibea con los barcos que él había
mantenido escondidos.
Nota:
Año 249 a.de C. Polibio, 1:44, menciona a Aníbal
y no a Barca como el general : «Todo esto se ignoraba en Cartago;
pero conjeturando las necesidades de un asedio, equiparon cincuenta
navíos, al mando de Aníbal, hijo de Amílcar,
trierarco y amigo íntimo de Adherbal, a quien, después
de una exhortación conveniente a las presentes coyunturas,
destacan en diligencia con orden de que, sin tardanza, use de su
espíritu a medida de las circunstancias y socorra a los sitiados.
En efecto, sale al mar Aníbal con diez mil hombres, fondea
en las islas Egusas, situadas entre Lilibea y Cartago, y aguarda
tiempo oportuno para su viaje. Se aprovecha después de un
próspero y suave viento, despliega todas las velas, y arrebatado
de su impulso, llega a la entrada del puerto con sus soldados armados
sobre las cubiertas y dispuestos para la acción. El inesperado
descubrimiento de la escuadra, y temor de que la violencia del viento
no les arrastrase dentro del puerto con sus enemigos, hizo desistir
a romanos de impedir el arribo del socorro y estarse a la capa admirando
la audacia de los contrarios. La multitud del pueblo que coronaba
los muros, ya quieta con el suceso, ya alegre en extremo con el
auxilio inesperado, alentaba con aplausos y algazara a los que venían.
Finalmente, Aníbal entra con temerario arrojo y confianza,
fondea en el puerto y desembarca sus gentes sin peligro. Los de
la ciudad, no tanto estaban gozosos por la venida del socorro, aunque
muy capaz de aumentar sus fuerzas y esperanzas, cuanto por no haberse
atrevido los romanos a impedir la entrada a los cartagineses».
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