SEXTO JULIO FRONTINO

«ESTRATAGEMAS»

LIBRO III

Capítulos I y II - III y IV- V y VI - VII y VIII- IX y X - XI y XII

XIII y XIV - XV y XVI - XVII y XVIII

Traducción y adaptación I. Nachimowicz

 

Frontino.


Si los libros precedentes han correspondido a sus títulos, y he mantenido la atención del lector hasta este punto, trataré ahora de astucias que tienen que ver con el sitio y la defensa de ciudades. Renunciando a cualquier prefacio, presentaré primero aquellas que son útiles en el sitio de ciudades y luego aquellas que ofrecen sugerencias a los sitiados. Dejando a un lado también todas las consideraciones de trabajos y máquinas de guerra, cuya invención ha alcanzado hace mucho su límite, y para la mejora de las cuales no veo ninguna esperanza adicional en las artes aplicadas, reconoceré los siguientes tipos de estratagemas relacionadas con operaciones de sitio:


I. Sobre ataques por sorpresa.
II. Sobre cómo engañar al sitiado.
III. Sobre cómo inducir a la traición.
IV. Por qué medios el enemigo puede ser reducido al estado de necesidad.
V. Cómo persuadir al enemigo que el sitio será mantenido.
VI. Sobre cómo distraer la atención de una guarnición hostil.
VII. Sobre cómo desviar corrientes y contaminar el agua.
VIII. Sobre cómo aterrorizar al sitiado.
IX. Sobre ataques desde un sitio inesperado.
X. Sobre cómo poner trampas para sacar al sitiado.
XI. Sobre retiradas fingidas.

Por otra parte, estratagemas relacionadas con la protección de los sitiados:

XII. Sobre cómo estimular la vigilancia de las propias tropas.
XIII. Sobre cómo enviar y recibir mensajes.
XIV. Sobre cómo introducir refuerzos y suministrar provisiones.
XV. Cómo producir la impresión de abundancia de lo que se carece.
XVI. Cómo conocer la amenaza de traición y la deserción.
XVII. Sobre salidas.
XVIII. Acerca de la firmeza por parte de los sitiados.


Capítulos I y II - III y IV - V y VI - VII y VIII - IX y X - XI y XII - XIII y XIV - XV y XVI - XVII y XVIII

 

 

IX. SOBRE ATAQUES DESDE UN SITIO INESPERADO

 

1) Escipión, luchando ante Cartago, se acercó a los muros de la ciudad, justo antes de la vuelta de la marea, dirigida, como él decía, por algún Dios. Entonces, cuando la marea se retiró en la laguna poco profunda, él irrumpió en aquel punto, no esperándolo el enemigo allí.

Nota: Año 210 a.de C. Livio, 26:45-46 : «45. Entre tanto las murallas se habían cubierto de combatientes y granizada de dardos caía sin cesar sobre los romanos. Pero ni combatientes, ni venablos, ni ninguna otra defensa protegía las murallas tanto como se protegían ellas mismas; pocas escalas alcanzaban a su elevación, y cuanto más altas eran, quedaban más débiles. Resultaba de esto que los que se encontraban en él último escalón no podían alcanzar a lo alto mientras los demás continuaban subiendo. Hasta las escalas más fuertes se rompían con el peso, y aturdidos los soldados con la profundidad del precipicio, se dejaban caer; los sitiadores y las escalas rodaban por todas partes, y el enemigo, al ver aquel resultado, redoblaba su audacia y energía. Escipión mandó al fin tocar retirada. Los sitiados se lisonjearon entonces, no solamente de descansar después de combate tan encarnizado y de tan rudas fatigas, sino que se persuadieron de que la plaza no podía ser tomada por escalamiento, ni por asalto general, y que las dificultades de su sitio regular daría a sus generales tiempo para acudir a socorrerles. En cuanto cesó el primer tumulto, Escipión hizo relevar los soldados cansados y heridos por tropas frescas que no habían combatido y dar de nuevo comienzo al ataque con más vigor. Viendo entonces que subía la marea, y enterado por pescadores de Tarragona, que habian recorrido la laguna, en tanto en barquillas, en tanto a pie, cuando éstas tocaban al fondo, que en el momento del reflujo podía llegarse fácilmente a vado hasta el pie de las murallas, él mismo llevó allí una parte de sus tropas. Encontrábanse en medio del día, y cuando las aguas del estanque seguían ya el movimiento natural de la marea, levantándose viento norte, las rechazó con mayor violencia, quedando tan descubiertos los vados, que en algunos puntos los soldados solamente tenían agua hasta la cintura y en afros apenas les llegaba a las rodillas. Convirtiendo Escipión en prodigio un acontecimiento que su prudencia había previsto y determinado, lo refiere a los dioses que obligaban al mar a retroceder para dar paso a los romanos, haciendo desaparecer las lagunas y abriéndoles un camino hasta entonces impracticable a los mortales, por lo que mandó a los soldados que siguiesen a Neptuno, que se había hecho su guía, y que marchasen a través de las aguas hasta el pie de las murallas.
46. Por tierra el ataque era extremadamente difícil, no sólo por la altura de las murallas, sino porque los asaltantes estaban descubiertos por dos lados, quedando sus flancos más expuestos a los golpes que el mismo frente. Pero por mar, los quinientos hombres enviados para este ataque atravesaron la laguna sin trabajo y llegaron en seguida a lo alto de la muralla, que en aquel punto no estaba fortificada; porque la naturaleza del terreno y la barrera de agua la habían hecho considerar inexpugnable; por lo que no habían colocado guardias, ni centinelas, atentos sólo a defender el punto que veían más amenazado. Los romanos penetraron, pues, sin obstáculo en la ciudad, y corrieron apresuradamente hacia la puerta donde se habían reconcentrado los esfuerzos de los dos bandos: allí encontraron los ánimos, los ojos y los oídos de los combatientes y espectadores que les animaban con gritos, de tal manera ocupados en la pelea, que ninguno se dió cuenta de la toma de la ciudad, hasta sentir los venablos que les herían por la espalda y verse entre dos cuerpos enemigos. Turbados por el terror los sitiados, abandonaron las murallas que defendían y los romanos se apoderaron de ellas. Al mismo tiempo cedió la puerta bajo los simultáneos golpes de dentro y fuera; separaron rápidamente los restos que podían estorbar la entrada, y los soldados se precipitan en la ciudad. Gran parte de ellos atraviesan la muralla y se desparraman para degollar a los habitantes, mientras que los que entraron por la puerta marchan en batalla con sus jefes, y sin dejar las filas llegan hasta el Foro. Viendo Escipión que los enemigos se dividían en su fuga y que corrían, unos hacia la eminencia que mira al oriente, defendida por quinientos hombres, y otros hacia la fortaleza donde el mismo Magón se había refugiado con casi todos los soldados rechazados de las murallas, envía una parte de sus tropas a atacar la altura y lleva la otra contra la fortaleza. La altura la tomaron al primer choque: en cuanto a Magón, trató al principio de defenderse, pero cuando se vió rodeado por todas partes, y sin esperanza de poder resistir, se rindió con la fortaleza y la guarnición. Hasta que éstos se rindieron, la ciudad estuvo entregada al degüello sin perdonar a ninguno de cuantos habían encontrado en edad de pubertad: una señal hizo cesar la matanza, y los vencedores comenzaron el saqueo; que produjo inmenso botín».


2) Fabio Máximo, el hijo de Fabio Cunctator, encontrando Arpi ocupada por las fuerzas de Aníbal, inspeccionó primero el sitio de la ciudad, y luego envió seiscientos soldados durante una noche oscura para trepar las murallas con escaleras de asalto en una parte de la ciudad que estaba fortificada y por lo tanto menos custodiada, y derribar las puertas. A estos hombres les ayudó en la ejecución de sus órdenes el ruido de la lluvia que caía, que amortiguó el sonido de sus operaciones. En otro sitio, Fabio mismo hizo un ataque a una señal dada y capturó Arpi.

Nota: Año 213 a.de C. Livio, 24:46:47 : « 46. Fabio partió de Suesula yendo primeramente a sitiar a Arpi. Establecióse a unos quinientos pasos de la ciudad, examinó de cerca su posición y la de sus fortificaciones, y viendo que la parte más fuerte era la que guardaban menos, decidió reconcentrar en aquel punto el ataque. Después de proveerse de todo lo necesario para un sitio, reunió a los centuriones más valientes de todo el ejército, les dió por jefe tribunos muy esforzados, y les mandó que a la señal de la cuarta vigilia llevasen escalas al punto designado. Había allí una puerta baja y estrecha, que daba a una calle solitaria en un barrio desierto de la ciudad. Ordenóles que franqueasen aquella puerta con las escalas, que se dirigiesen en seguida a la muralla, que rompiesen por dentro las cerraduras, y una vez dueños de aquella parte de la ciudad, que advirtiesen al ejército con toques de trompetas para que el cónsul pudiese hacer avanzar las tropas, que tendría completamente preparadas. Ejecutáronse estas medidas con actividad, y lo que parecía ser un obstáculo, les ayudó más que todo a engañar al enemigo. Violenta lluvia, cayendo a medianoche, obligó a los guardias y a los centinelas a alejarse de sus puestos y a refugiarse en las casas. Al principio el ruido del temporal impidió que se oyese el que hacían los romanos al forzar la puerta; después la caída más lenta y floja de la lluvia adormeció a casi todos los guardias. Una vez dueños de la puerta, los romanos colocan los trompetas en la calle a iguales distancias y les mandan tocar para advertir al cónsul. A esta señal convenida, el cónsul manda avanzar las tropas, y pocos momentos después entra en la ciudad por la puerta que acababa de ser forzada.
47. Entonces despertaron al fin los enemigos; la lluvia calmaba y el día estaba ya cercano. En la ciudad había una guarnición cartaginesa de cerca de cinco mil hombres y tres mil vecinos estaban armados. Los cartagineses les colocaron en primera fila enfrente del enemigo, porque querían evitar que los sorprendiesen por la espalda. Al principio pelearon en la oscuridad en calles estrechas, habiéndose apoderado los romanos de las calles y hasta de las casas inmediatas a la puerta para que no pudiesen atacarles y herirles desde los techos. Como tenían algún conocimiento de la ciudad, trabaron conversación con los de Arpi. Los romanos les preguntaban qué querían; qué malos tratamientos por parte de Roma o qué beneficios de los cartagineses les habían llevado, siendo italianos, a pelear contra los romanos, sus antiguos aliados, en favor de extranjeros y de bárbaros, y a trabajar de aquella manera para hacer a Italia tributaria y esclava de Africa. Éstos, para justificarse, decían que sus jefes les habían vendido a los cartagineses sin que ellos lo supieran; que habían sido sorprendidos y oprimidos por corto número de ellos. Propagándose así la conversación por una y otra parte, el pretor de Arni fué llevado por los suyos ante el cónsul. Allí, a la vista de las enseñas, en medio del combate, juraron alianza, y en el acto los vecinos tomaron partido por los romanos contra los cartagineses. Los españoles también, que eran cerca de mil, pasaron al cónsul, con la única condición de que se expulsaría sin maltratarla a la guarnición cartaginesa. Abriéronle las puertas y la enviaron fielmente a Aníbal, con quien se reunió sana y salva en Salapia. Arpi volvió a los romanos sin que hubiese más víctimas que un solo hombre, traidor antes y ahora desertor. Los españoles recibieron ración doble, y la república tuvo muchas ocasiones de experimentar su valor y fidelidad. Mientras un cónsul se encontraba en la Apulia y el otro en Lucania, ciento doce nobles caballeros campanios, so pretexto de ir a talar el territorio enemigo, consiguieron permiso de los magistrados para salir de Capua y marcharon al campamento romano de Suesula. En las puertas declararon quiénes eran y que querían hablar con el pretor. Advertido éste, mandó que entrasen diez de ellos desarmados; y después de escuchar su petición (sólo querían entrar en posesión de sus bienes después de la toma de Capua) recibió la promesa de fidelidad de todos. El otro pretor, Sempronio Tuditano, había tomado por asalto la ciudad de Aterno, donde se apoderó de siete mil hombres y de cierta cantidad de cobre y plata acuñada. En Roma estalló un incendio que duró dos noches y un día, quemándose todo hasta los cimientos, desde las Salinas y la puerta Carmental hasta el Equimelio y la calle Yugaria. Al otro lado de la puerta se extendió el fuego y devoró muchos edificios sagrados y profanos en los recintos consagrados a la Fortuna, a Matuta Madre y a la Esperanza».



3) En la Guerra de Yugurta, Cayo Mario se encontraba en un tiempo sitiando una fortaleza situada cerca del río Mulucha. Estaba en una eminencia rocosa, accesible por un lado solo por un camino estrecho, mientras el otro lado, como si fuera por un diseño especial, era precipicio. Resultó que cierto ligur, un soldado común entre los auxiliares, había salido para conseguir agua, y, mientras juntaba caracoles entre las rocas de la montaña, había alcanzado la cumbre. Este hombre informó a Mario que era posible subir a la fortaleza. En consecuencia, Mario envió unos centuriones en compañía de sus soldados más rápidos, incluso también los trompeteros más hábiles. Estos hombres fueron con la cabeza descubierta y descalzos, de modo de poder ver mejor y caminar más fácilmente sobre las rocas; sus escudos y espadas fueron sujetados a sus espaldas. Dirigido por el ligur, y ayudados por correas y bastones con los que se apoyaban, subieron hasta la retaguardia de la fortaleza, que, debido a su posición, estaba sin defensores, y luego comenzaron a hacer sonar sus trompetas y hacer un gran alboroto, tal como les habían previamente instruído.. A esta señal, Mario, animando firmemente a sus hombres, comenzó a avanzar con furia renovada contra los defensores de la fortaleza. Éstos fueron retirados de la defensa por el pueblo, que se había desanimado bajo la impresión de que la ciudad había sido capturada por la retaguardia, de modo que Mario pudo seguir adelante y capturar la fortaleza.

Nota: Año 107 a.de C. Salustio, La Guerra de Yugurta, 92-94 : «Mario, después de haber perdido mucho tiempo y trabajo, andaba vacilante y dudoso si abandonaría la empresa, visto que nada adelantaba, o si permanecería en ella esperando el favor de la fortuna, que tantas veces había experimentado. Pero después de haber muchos días y noches andado inquieto entre estas dudas, sucedió acaso que un ligur, soldado raso de las cohortes auxiliares, habiendo salido de los reales por agua, advirtió no lejos del sitio por
donde el lugar se combatía, que serpeaban entre aquellas peñas algunos caracoles, y habiendo cogido uno u otro, y después en más cantidad, embebecido en esto, fue poco a poco subiendo casi hasta lo más alto del monte; y asegurado de que no había por aquella parte gente, púsose, como es natural, a registrar por curiosidad aquel país nuevo. Había por fortuna en el mismo sitio una grande encina entre las peñas, en parte algo inclinada, el resto derecha y erguida, según la naturaleza de todo vegetable. El ligur, asido unas veces a sus ramas, otras a los peñascos que sobresalían algún tanto, forma en su idea muy a su salvo el plano de la fortaleza, porque todo el pueblo estaba en el opuesto lado atento a los que combatían; y habiendo explorado bien cuanto hizo juicio que después podría conducir, vuelve a bajar por el mismo camino; pero no ya sin cuidado, como a la subida, sino tanteándolo y examinándolo todo. Vase después de esto en derechura a Mario, cuéntale el suceso y le exhorta a que dé un tiento a la plaza por la parte por donde él había subido, ofreciéndose a guiar la gente y acompañarla en el peligro. Mario envía con él algunos de los que se hallaban presentes para examinar su propuesta, de los cuales unos vuelven diciendo que era empresa difícil, otros que no, según que eran más o menos animosos. El cónsul, no obstante esta variedad, entró en alguna esperanza del suceso; y así escoge entre los trompeteros y cornetas del ejército cinco de los más ágiles, dales para su defensa cuatro compañías, mandando que al día siguiente, señalado para la ejecución, estén todos a las órdenes del ligur. Cuando a éste, según el designio que había formado,
le pareció tiempo, dispuesto y prevenido lo necesario, encamínase al sitio. Los capitanes, instruidos por su conductor, habían, junto con la tropa, mudado de armas y vestido: iban con la cabeza descubierta y descalzos para ver más libremente y tre par mejor por las peñas; llevaban al hombro sus espadas y los escudos al modo de los númidas, de cuero, así para evitar peso, como porque hiciesen menos ruidos, si acaso se encontraban. El ligur iba delante, poniendo cuerdas en las peñas y en los raigones viejos de las matas, a fin de que afianzados en ellos los soldados, tuviesen menos dificultad en el subir. Alguna vez daba la mano para ayudar a los que veía temerosos por lo agrio del camino; donde la subida era más difícil, los iba enviando delante uno a uno sin armas; luego subía él con ellas, explorando muy cuidadosamente los parajes de dudoso apoyo; y subiendo y bajando muchas veces, y dejando luego el lugar desembarazado, alentaba a los demás para que subiesen. Al fin, después de una grande y prolija fatiga, llegan a la plaza, que hallaron por aquel lado desamparada, porque toda la gente estaba, como los días pasados, empleada contra el enemigo. Mario, sabido por los avisos que le daban el estado de la empresa, aunque todo el día había tenido a los númidas ocupados en la defensa, entonces, exhortando a los soldados, preséntase al enemigo fuera de los reparos, formando con los escudos una concha de tortuga, y hace que al mismo tiempo las máquinas y los ballesteros y honderos disparen desde lejos, para desviar de la muralla al enemigo. Pero los númidas, como habían ya otras veces trastornado y pegado fuego a los manteletes, no cuidaban de resguardarse con las almenas de la muralla, sino que de noche y aun por el día combatían a cuerpo descubierto, maldiciendo a los romanos, tratando a Mario de loco y amenazando a los nuestros con que serían esclavos de Jugurta; en suma, la prosperidad los había hecho insolentes. Entretanto, cuando estaban más empeñados los romanos y los enemigos en la acción, peleando con el mayor esfuerzo, unos por la gloria y el imperio, otros por la libeJtad y por la vida, suenan de repente por el opuesto lado las trompetas; y al principio echan a huir las mujeres y los niños, que se habían adelantado para ver el combate; después otros, según estaban más cerca de la muralla, y últimamente todos, armados y desarmados. Visto esto por los romanos, cargan con mayor fuerza y desbaratan a los enemigos; hieren a los más de ellos, sin acabarlos de matar; después, ansiosos de gloria, rompen peleando derecho al muro por encima de los caídos, sin detenerse nadie en el despojo. De esta suerte habiendo la fortuna enmendado la temeridad de Mario, su mismo yerro le concilió alabanza».
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4) El cónsul Lucio Cornelio Rufino capturó numerosas ciudades en Cerdeña desembarcando poderosos destacamentos de tropas por la noche, con instrucciones de permanecer escondidos y esperar hasta que él mismo se acercara para atracar con sus barcos. Entonces, cuando el enemigo vino a su encuentro ante su acercamiento, él los indujo a una larga persecución fingiendo huir, mientras sus otras tropas atacaron las ciudades así abandonadas por sus habitantes.

Nota: Aquí se plantea una probable confusión de nombres: Lucio Cornelio Escipión invadió Cerdeña en el 259 a.de C. y Publio Cornelio Rufino fue cónsul en el 277 a.de C., pero luchó sólo en Italia.

5) Pericles, el general ateniense, sitiaba una vez una ciudad que estaba protegida por defensores muy decididos. Por la noche él ordenó que se hicieran sonar las trompetas y que se levantara una clamorosa protesta en un sitio de las murallas adyacentes al mar. El enemigo, pensando que la ciudad había sido invadida en aquel punto, abandonó las puertas, con lo cual, tan pronto como éstas fueron abandonadas sin la defensa, Pericles irrumpió en la ciudad.

6) Alcibíades, el general ateniense, planeando asaltar Cizico, se acercó a la ciudad de improviso por la noche, y ordenó a sus trompeteros que hicieran sonar sus instrumentos en un sitio diferente de las fortificaciones. Los defensores de las murallas eran muchos, pero ya que todos corrieron al sitio donde imaginaron que eran atacados, Alcibíades logró escalar las murallas en el punto donde no había resistencia alguna.

Nota: Según Tucídides, 8:107 y Diodoro Sículo, 13:40 § 6, Cízico no estaba fortificada con murallas. Esta estratagema pertenece preferentemente a la toma de Bizancio, en el 409 a.de C; Plutarco, Alcibíades, 31 : «Los generales que mandaban el sitio de Calcedonia convinieron con Farnabazo, por un tratado, en, que recogerían una contribución, los Calcedonios volverían a la obediencia de los Atenienses y éstos no harían ningún daño en la satrapía de Farnabazo, obligándoles éste a dar a los embajadores de los Atenienses escolta con toda seguridad. Como a la vuelta de Alcibíades desease Farnabazo que él también jurara el tratado, respondió que no lo ejecutaría antes de haber jurado ellos. Prestados que fueron los juramentos, marchó contra los Bizantinos, que se habían rebelado, y circunvaló la ciudad. Ofreciéndole, bajo la condición de salvarla. Anaxilao, Licurgo y algunos otros, que la entregarían, hizo correr la voz de que le llamaban fuera de allí novedades ocurridas en la Jonia, y por el día salió con toda su escuadra; pero, volviendo a la noche, saltó en tierra con la infantería, y resguardándose con las murallas se estuvo allí quedo; pero las naves vinieron sobre el puerto, y acometiendo impetuosamente con grande gritería, alboroto y estruendo, asombraron a los demás Bizantinos por lo inesperado del caso y dieron ocasión a los partidarios de los Atenienses para entregar la ciudad a Alcibíades impunemente, pues todos los habitantes habían corrido hacia el puerto para resistir el ataque de las naves. Mas con todo no fue esta jornada exenta de riesgo, porque los Peloponenses, Beocios y Megarenses que allí se hallaban, a los que descendieron de las naves los rechazaron y obligaron a reembarcar; y llegando a entender que había Atenienses dentro, formándose en batalla, marcharon juntos contra ellos. Trabado un reñido combate, los venció Alcibíades, mandando él el ala derecha y Teramenes la izquierda: y de los enemigos que les vinieron a las manos tomaron vivos unos trescientos. De los de Bizancio, después del combate, ni se dio muerte ni se desterró a ninguno, porque con esta condición se entregó la ciudad y también con la de que a nada que fuese de ellos se había de tocar. Por esta razón, defendiéndose Anaxilao de la causa sobre traición que se le movió en Lacedemonia, hizo ver en su discurso que no tenía por qué avergonzarse de lo hecho: porque dijo que no siendo Lacedemonio, sino Bizantino, viendo en peligro, no a Esparta, sino a Bizancio, hallándose su ciudad cercada de manera que nadie podía entrar, y consumiendo los Peloponenses y Beocios todos los víveres que había en la ciudad, mientras que los Bizantinos fallecían de hambre con sus mujeres y sus hijos, no le pareció que cometía traición con la entrega, sino que redimía a su ciudad de la guerra y de los males que padecía, imitando en esto a los más ilustres de la Lacedemonia, para quienes sólo es honesto y justo lo que es en provecho de la patria. Los Lacedemonios, a este razonamiento, cedieron con respeto y absolvieron a los acusados».

7) Trasíbulo, general de los milesios, en sus esfuerzos por capturar el puerto de los sicionanos, hizo repetidos ataques sobre los habitantes del continente. Entonces, cuando el enemigo dirigió su atención al punto donde eran atacados, capturó de repente el puerto con su flota.

Nota: Alrededor del año 600 a.de C.

8) Filipo, sitiando a cierta ciudad costera, amarró secretamente barcos en pares, con una cubierta común, y levantó torres en ellos. Luego, lanzando un ataque con otras torres por tierra, distrajo la atención de los defensores de la ciudad, hasta que trajo por vía marítima los barcos provistos de torres, y avanzó contra las murallas en el punto donde no se ofrecía resistencia alguna.

9) Pericles, estando a punto de poner sitio a una fortaleza de los peloponesios a la cual había sólo dos vías de acercamiento, cortó una de éstas por una zanja y comenzó a fortificar la otra. Los defensores de la fortaleza, aflojaron su guardia en un punto y comenzaron a mirar sólo el otro donde veían que seguía la construcción. Pericles, habiendo preparado puentes, los puso a través de la zanja y entró en la fortaleza en el punto donde no se conservaba guardia alguna.

Nota: Año 430 a.de C.

7) Antíoco, luchando contra los efesios, ordenó a los rodios, a quienes tenía como aliados, hacer por la noche un ataque contra el puerto con gran alboroto. Cuando la población entera se precipitó precipitadamente a este sitio, dejando el resto de la fortaleza sin defensores, Antíoco atacó en un sitio diferente y capturó la ciudad.

X. SOBRE CÓMO PONER TRAMPAS PARA SACAR AL SITIADO.

 

1) Cuando Catón sitiaba a los Lacetanos, despidió a la vista del enemigo a todas sus otras tropas, ordenando a ciertos suesetanos, que eran los menos marciales de sus aliados, atacar los muros de la ciudad. Cuando los Lacetanos, haciendo una salida, rechazaron fácilmente estas fuerzas y los persiguieron con impaciencia mientras escapaban, los soldados que Catón había ubicado escondidos, aparecieron, y por su ayuda pudo capturar la ciudad.

Nota: Año 195 a.de C. Livio, 34:20 : «Con aquellas débiles fuerzas tomó algunas plazas fuertes y recibió la sumisión de los sedetanos, ausetanos y suesetanos. Los lacetanos, que vivían en bosques y parajes inaccesibles, continuaban en armas; era un pueblo naturalmente salvaje y que además tenía que temer por las devastaciones que había realizado en terreno de los aliados de Roma, mientras el cónsul y su ejército estaban ocupados en combatir a los túrdulos. Catón marchó a sitiar su ciudad, al frente de las cohortes y de la juventud de los aliados, justamente irritados por aquel bandolerismo. Aquella ciudad era más larga que ancha; detúvose a unos cuatrocientos pasos de las murallas, estableció en aquel punto un cuerpo de tropas escogidas, con orden de no abandonar su puesto hasta que volviese a reunirse con ellas, y con el resto de sus fuerzas rodeó la plaza para colocarse en el otro extremo. Los suesetanos formaban la mayor parte de sus auxiliares, y a éstos mandó que comenzasen el ataque. En cuanto los lacetanos reconocieron las armas y enseñas de aquel pueblo, cuyo territorio habían talado tantas veces impunemente, batido y derrotado sus ejércitos, animados con este recuerdo; abrieron bruscamente la puerta y cayeron en tropel sobre ellos. Los suesetanos no pudieron resistir su grito de guerra y menos aún su impetuoso choque. El cónsul, que había previsto este resultado, en cuanto le observó, corrió a toda brida hacia sus cohortes apostadas a corta distancia de las murallas, las llevó con él, y mientras todos los habitantes se precipitaban tras los pasos de los fugitivos, dejando la ciudad desierta y silenciosa, las introdujo en ella, estando apoderado por completo de la ciudad antes de que regresasen los lacetanos. Entonces, como no les quedaban más que las armas, tuvieron que someterse».


2) Haciendo una campaña en Cerdeña, Lucio Escipión, a fin de expulsar a los defensores de cierta ciudad, abandonó el sitio que había comenzado, y fingió huir con un destacamento de sus tropas. Entonces, cuando los habitantes le siguieron desordenadamente, él atacó la ciudad con ayuda de aquellos que había ubicado escondidos ahí mismo.

Nota: Año 259 a.de C.. Confrontar nota 3:9 § 4 ..


3) Cuando Aníbal sitiaba la ciudad de Himera, deliberadamente permitió que su campamento fuera capturado, ordenando a los cartagineses retirarse, a causa de que el enemigo era superior. Los habitantes fueron engañados de tal forma por este giro de los acontecimientos que en su alegría salieron de la ciudad y avanzaron contra los antepechos cartagineses, con lo cual Aníbal, encontrando la ciudad vacía, la capturó por medio de las tropas que había colocado en emboscada para esta misma contingencia.

Nota: Año 409 a.de C. El Aníbal aquí mencionado es el hijo de Giscón. Diodoro Sículo, 13:59-62, presenta a los cartagineses más como retrocediendo en huída que ejecutando una estratagema.

4) A fin de expulsar a los saguntinos, Aníbal en cierta ocasión avanzó contra sus muros con una delgada línea de tropas. Entonces, a la primera salida de los habitantes, fingiendo la huída, se retiró, e interponiendo tropas entre el enemigo perseguidor y la ciudad, mató al enemigo separándolo así de sus compañeros entre las dos fuerzas.

Nota: Año 219 a.de C. Hijo de Amílcar Barca. La identidad de nombres condujo a la confusión entre estos dos generales.

5) Himilcón, el cartaginés, haciendo campaña cerca de Agrigento, ubicó parte de sus fuerzas emboscadas cerca de la ciudad, y las instruyó para que prendieran fuego a un poco de madera húmeda tan pronto como los soldados de la ciudad avanzaran. Entonces, avanzando al amanecer con el resto de su ejército para atraer al enemigo, fingió huir y condujo a los habitantes tras de él por una considerable distancia en su retirada. Los hombres emboscados cerca de los muros aplicaron la antorcha a los montones de leña como les había sido instruído. Los Agrigentinos, contemplando subir el humo, pensaron que su ciudad ardía y volvieron corriendo alarmados para protegerlo. Encontrándose con aquellos que estaban a la espera cerca de los muros, y acosados por la retaguardia por aquellos que ellos habían estado persiguiendo hasta ese momento, fueron encerrados entre dos fuerzas y despedazados.

Nota: Año 406 a.de C. Polieno, 5:10 § 4 : «Mientras sitiaba Acragas, Himilcón acampó no lejos de la ciudad. Cuando vio al enemigo marchar con gran fuerza, dio órdenes secretas a sus oficiales, a una señal dada, para hacer una retirada precipitada. Los hombres de Acragas apretaron estrechamente sobre ellos en su huída, y fueron conducidos a una considerable distancia de su ciudad. Entonces Himilcón, quién se había colocado emboscado con un cuerpo de sus tropas, prendió fuego a un poco de madera, que había ordenado que fuera colocado cerca de los muros para aquel objetivo. Cuando los perseguidores vieron una gran cantidad del humo provenir de los muros, supusieron que alguna parte de su ciudad ardía. detuvieron la persecución, y volvieron a socorrer a la ciudad tan rápidamente como les fue posible. Al mismo tiempo, el enemigo, que antes había escapado, volvió y apretó con fuerza sobre su retaguardia. Tan pronto como alcanzaron el lugar donde la emboscada había sido ubicada, Himilcón los atacó enérgicamente con sus fuerzas. Mató a muchos de ellos, y el resto fue hecho prisionero».

6) Viriato, en una ocasión, habiendo emboscado a sus hombres, envió a otros para ahuyentar los rebaños de los Segobrigenses. Cuando éstos se precipitaron en gran número para defender sus rebaños y persiguieron a los merodeadores, que fingían huir, fueron conducidos a una emboscada y despedazados.

Nota: Años 147 a 139 a.de C.

7) Cuando Lúculo fue puesto a cargo de una guarnición de dos cohortes en Heraclea, la caballería de los escórdicos, fingiendo ahuyentar a los habitantes, provocó una salida. Entonces, cuando Lúculo los siguió, ellos lo hicieron caer en una emboscada, fingiendo la huída, y lo mataron junto con ochocientos de sus seguidores.

8) El general ateniense Cares, cuando cuando estaba por atacar una ciudad costera, escondió su flota detrás de ciertos promontorios y luego ordenó que su barco más rápido zarpara por delante de las fuerzas del enemigo. A la vista de este barco, todas las fuerzas que guardaban el puerto salieron como una flecha en su persecución, momento en el cual Cares zarpó con el resto de su flota y tomó posesión del puerto indefenso e igualmente de la ciudad.

Nota: Años 366 a 336 a.de C.

9) En una ocasión, cuando tropas romanas bloqueaban Lilibea por tierra y por mar, Barca, general de los cartagineses en Sicilia, ordenó que una parte de su flota apareciera en alta mar lista para la acción. Cuando nuestros hombres salieron como una flecha a la vista de esto, Barca capturó el puerto de Lilibea con los barcos que él había mantenido escondidos.

Nota: Año 249 a.de C. Polibio, 1:44, menciona a Aníbal y no a Barca como el general : «Todo esto se ignoraba en Cartago; pero conjeturando las necesidades de un asedio, equiparon cincuenta navíos, al mando de Aníbal, hijo de Amílcar, trierarco y amigo íntimo de Adherbal, a quien, después de una exhortación conveniente a las presentes coyunturas, destacan en diligencia con orden de que, sin tardanza, use de su espíritu a medida de las circunstancias y socorra a los sitiados. En efecto, sale al mar Aníbal con diez mil hombres, fondea en las islas Egusas, situadas entre Lilibea y Cartago, y aguarda tiempo oportuno para su viaje. Se aprovecha después de un próspero y suave viento, despliega todas las velas, y arrebatado de su impulso, llega a la entrada del puerto con sus soldados armados sobre las cubiertas y dispuestos para la acción. El inesperado descubrimiento de la escuadra, y temor de que la violencia del viento no les arrastrase dentro del puerto con sus enemigos, hizo desistir a romanos de impedir el arribo del socorro y estarse a la capa admirando la audacia de los contrarios. La multitud del pueblo que coronaba los muros, ya quieta con el suceso, ya alegre en extremo con el auxilio inesperado, alentaba con aplausos y algazara a los que venían. Finalmente, Aníbal entra con temerario arrojo y confianza, fondea en el puerto y desembarca sus gentes sin peligro. Los de la ciudad, no tanto estaban gozosos por la venida del socorro, aunque muy capaz de aumentar sus fuerzas y esperanzas, cuanto por no haberse atrevido los romanos a impedir la entrada a los cartagineses».


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