XIII.
SOBRE CÓMO ENVIAR Y RECIBIR MENSAJES.
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1)
Cuando los romanos estaban sitiados en el Capitolio, enviaron a Poncio
Cominio para implorar a Camilo para que viniera en su ayuda. Poncio, para
eludir los piquetes de los galos, bajó por la Roca Tarpeya, nadó
en el Tiber, y alcanzó Veyes. Habiendo llevado a cabo su diligencia,
volvió por la misma ruta con sus amigos.
Nota:
Año 390 a.de C.. Diodoro Sículo, 14:116
: «Mientras que los Romanos estaban en tales tribulaciones,
los vecinos Tirrenos avanzaron y corrieron el territorio romano
con un fuerte ejército, capturando a muchos prisioneros y
no poca cantidad de botín. Pero los Romanos que habían
huido a Veyes, cayendo inesperadamente sobre los Tirrenos, los pusieron
en fuga, recuperaron el botín y tomaron su campamento. [2]
Habiendo logrado armas en abundancia, las distribuyeron entre los
inermes, y también reunieron a los hombres del campo y los
armaron, ya que intentaban romper el asedio de los soldados que
se habían refugiado en el Capitolio. [3] Mientras que estaban
en la incertidumbre de averiguar cómo podían dar a
conocer sus planes a los sitiados, un cierto Cominio Poncio se dispuso
a llevar las buenas noticias a los hombres del Capitolio. [4] Partiendo
solo y nadando por el río de noche, alcanzó sin ser
visto un acantilado del Capitolio que era difícil de escalar
y, subiendo por ella con dificultad, habló a los soldados
del Capitolio sobre las tropas que se habían congregado en
Veyes y cómo estaban esperando una oportunidad y cómo
atacarían a los Celtas. Entonces, bajando por el mismo camino
y nadando por el Tíber, volvió a Veyes».
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2) Cuando los romanos mantenían una cuidadosa
guardia sobre los habitantes de Capua, a la que ellos sitiaban, éstos
enviaron a cierto compañero con el aspecto de un desertor, y él,
encontrando una oportunidad para escapar, llevó a los cartagineses
una carta que había escondido en su cinturón.
Nota:
Año 211 a.de C. Livio, 26:7, presenta a Aníbal
como enviando la carta a los capuanos : «Reconociendo Aníbal
la imposibilidad de atraer a los romanos a otro combate, y de abrirse
pasó a Capua a través de su campamento; temiendo además
que los nuevos cónsules le cortasen los víveres, resolvió
abandonar una empresa inútil y levantar el campamento. Mientras
meditaba hacia qué punto se dirigiría, repentina reflexión
le hizo marchar sobre el mismo foco de la guerra, sobre Roma. Censurábanle
haber dejado escapar, después de la batalla de Cannas, una
ocasión ardientemente deseada, y él mismo no ocultaba
su falta. «A favor de un ataque imprevisto y del terror que
causaría, podía esperar apoderarse de alguna parte
de la ciudad; y si Roma estaba en peligro, los dos generales romanos,
o al menos uno de ellos, abandonarían en seguida a Capua;
la división de sus tropas les debilitaría a los dos
y le proporcionarían a él o a los campanios ocasión
de derrotarlos». Un solo cuidado le inquietaba; su marcha
podía ser señal de la rendición de Capua. A
fuerza de regalos decidió a un númida a atreverse
a todo, a encargarse de. una carta, a entrar como desertor en el
campamento romano y a penetrar en seguida secretamente en la ciudad.
La carta era muy animadora: «Su retirada, exigida por la salvación
misma de los capuanos, debía obligar a los generales romanos
y a sus ejércitos a marchar a la defensa de Roma y abandonar
el sitio de Capua. Si no perdían el valor, si resistían
algunos días más, la ciudad se vería enteramente
libre del bloqueo”. En seguida se apoderó de las naves
que se encontraban en el Volturno y las hizo remontar hasta el fuerte
que había mandado construir para defender aquella posición.
Viendo que había bastantes para que pasasen sus tropas en
una noche, mandó preparar víveres para diez días,
y durante la noche llevó las legiones a la orilla del río,
que atravesó antes de amanecer»..
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3) Algunos han escrito mensajes sobre cueros y los han
cosido sobre ovejas muertas o sobre piezas de caza.
4)
Algunos han puesto el mensaje bajo la cola de una mula mientras pasaban
puestos de piquetes.
5)
Algunos han escrito sobre el forro de las vainas de las espadas.
6)
Cuando los Cizicenos fueron sitiados por Mitrídates, Lucio Lúculo
deseó informarles acerca de su aproximación. Había
una sola entrada estrecha a la ciudad, uniendo la isla con el continente
por un pequeño puente. Ya que esto estaba sometido por fuerzas
del enemigo, él cosió algunas cartas dentro de dos pieles
infladas y luego pidió a uno de sus soldados, un adepto a la natación
y al canotaje, montar las pieles, a las cuales él había
sujetado juntas en el fondo por dos tiras separadas por alguna distancia,
y hacer el viaje de 7 millas a través. Tan hábilmente hizo
el soldado esto que, extendiendo sus piernas, condujo su curso como si
fuera un timón, y engañó a aquellos que miraban desde
una distancia, pareciendo ser alguna criatura marina.
Nota:
Año 74 a.de C. Floro, 3:5 § 15-16 : «La
noble ciudad de Cízico, gloria de la costa asiática
por su ciudadela, murallas, puerto y marmóreas torres, fué
atacada con el grueso de las fuerzas como si fuera otra Roma; mas
sus moradores opusieron tenaz resistencia, animados por la noticia
que les dió un mensajero de la aproximación de Lúculo.
Aquel emisario logró escapar por medio de las naves de nuestros
enemigos sobre un odre henchido que movía con Ios pies, creyendo
aquéllos que de lejos le veían que era un monstruo
marino».
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7)
El cónsul Hircio a menudo enviaba cartas escritas sobre platos
de plomo a Décimo Bruto, que estaba sitiado por Antonio en Mutina.
Las cartas fueron sujetadas a las armas de soldados, que entonces nadaron
a través del Río Scultenna.
Nota:
Año 43 a.de C. Dión Casio, 46:36 § 4-5 :
«Pero aún así, deseando al menos hacer su presencia
conocida a Décimo, que él no podría entrar
en tratativas demasiado pronto, al principio trataron de enviar
señales de almenara desde los árboles más altos;
y como él no entendió, rasguñaron unas palabras
en una delgada hoja de plomo, enrollaron el plomo como un pedazo
de papel y lo dieron a un buzo para llevarlo al través bajo
el agua por la noche. 5 Así Décimo se enteró
al mismo tiempo de su presencia y de su promesa de ayuda, y le envió
una respuesta de la misma manera, después de lo cual siguieron
ininterrumpidamente revelándose todos sus proyectos el uno
al otro».
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8)
Hircio también encerró palomas en la oscuridad, las privó
de comida, sujetó cartas a sus cuellos por un pelo, y luego las
liberó tan cerca de las murallas como pudo. Las aves, impacientes
por luz y alimento, buscaron los edificios más altos y fueron recibidas
por Bruto, que de esa manera fue informado de todo, sobre todo después
de que él puso alimento en ciertos puntos y enseñó
a las palomas a bajar allí.
Nota:
Año 43 a.de C. Plinio, Historia Natural, 10:37 : «Además
de esto, las palomas han actuado como mensajeras en asuntos de importancia.
Durante el sitio de Mutina, Décimo Bruto, que estaba en la
ciudad, enviaba despachos al campamento de los cónsules,
sujetados a los pies de las palomas. De qué uso fueron a
Antonio entonces sus trincheras, y toda la vigilancia del ejército
sitiador? ¿sus redes, también, qué él
había extendido en el río, mientras el mensajero de
los sitiados hendía el aire?».
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XIV.
SOBRE CÓMO INTRODUCIR REFUERZOS Y SUMINISTRAR PROVISIONES
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1)
En la Guerra Civil, cuando la ciudad española de Ategua, perteneciente
al partido de Pompeyo, estaba bajo bloqueo, una noche un moro, fingiendo
ser ayudante de un tribuno perteneciente al partido de César, despertó
a ciertos centinelas y consiguió de ellos la contraseña.
Entonces despertó a otros, y siguiendo su engaño, logró
conducir refuerzos para Pompeyo en medio de las tropas de César.
| Nota:
Año 45 a.de C. Dión Casio, 43:33-34. Según
Dión, este hombre, Munacio Flaco, cuya verdadera misión
era ayudar a los habitantes de Ategua a resistir el bloqueo de las
tropas de César, representa para los centinelas que ha sido
enviado por César para traicionar a la ciudad. Habiéndose
así enterado de la contraseña, aseguró una
fácil entrada en la ciudad : «César era entonces
dictador, y al fin, cerca del final del año, fue designado
cónsul, después que Lépido, que era señor
de los caballeros, reunió a la gente para este fin; ya que
Lépido se había hecho señor de los caballeros
entonces también, habiéndose dado, mientras todavía
estaba en el consulado, ese título adicional contrario al
precedente.
César, en consecuencia, siendo obligado, como he dicho, a
continuar la guerra aún en el invierno, no atacó Corduba,
que estaba fuertemente guardada, sino que giró su atención
hacia Ategua, una ciudad en la cual él se había enterado
que había abundancia de grano. Aunque era un lugar fuerte,
él esperaba que por el tamaño de su ejército
y el repentino terror de su aparición, podría alarmar
a los habitantes y capturarla. Y en un corto rato la había
aislado por una empalizada y la había rodeado por una zanja.
Pompeyo, animado por la naturaleza del lugar y pensando que César
debido al invierno no la sitiaría por mucho tiempo, no hizo
caso y no intentó al principio repeler a los atacantes, ya
que él no quería angustiar a sus propios soldados
por el frío. Más tarde, para asegurarse, cuando la
ciudad había sido amurallada y César acampaba antes
ella, se puso temeroso y vino con ayuda. Cayendo de repente con
piquetes durante una noche neblinosa, mató a varios; y ya
que los habitantes no tenían general, él les envió
a Munacio Flaco.
34 Este hombre concibió el siguiente modo para entrar. Fue
solo por la noche donde algunos guardias, como si hubiera sido designado
por César para visitar a los centinelas, y preguntó
y aprendió la contraseña; él no era conocido,
y en vista de que era él solo, nunca habría sido sospechado
de ser cualquier cosa menos un enemigo cuando actuó de esta
manera. Entonces dejó a estos hombres y fue al otro lado
de la circunvalación donde encontró a algunos otros
guardias y les dió la contraseña; después de
esto fingió que él estaba allí para traicionar
a la ciudad, y así se metió por el medio de los soldados
con su consentimiento y aún bajo su escolta. El no podía
salvar, sin embargo, el lugar. Además de otros reveses hubo
una ocasión cuando los ciudadanos lanzaron fuego sobre las
máquinas de guerra y los terraplenes de los romanos, aunque
sin hacerles daño digno de mención, mientras a ellos
mismos les fue mal por razones de un violento viento que en ese
momento justo comenzó a soplar hacia ellos del sentido contrario;
Sus casas fueron incendiadas y muchas personas fallecieron por las
piedras y los proyectiles, sin poder ver a ninguna distancia delante
de ellos por el humo. Después de este desastre, como devastaban
su tierra y partes de sus murallas colapsaban como resultado de
las minas, comenzaron a amotinarse. Flaco primero hizo propuestas
a César sobre la base del perdón para él y
sus seguidores; pero después, cuando falló con esto
debido a su negativa a rendir sus armas, los nativos mandaron enviados
y se rindieron en los términos impuestos sobre ellos».
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2)
Cuando Aníbal sitiaba Casilino, los romanos enviaron grandes jarras
de trigo corriente abajo del Volturno, para ser recogidas por los sitiados.
Después de que Aníbal las detuvo lanzando una cadena a través
del río, los romanos dispersaron nueces en el agua. Éstas
flotaron corriente abajo a la ciudad y así conformaron las necesidades
de los aliados.
| Nota:
Año 216 a.de C. Livio, 23:19 : «Cuando la
estación comenzaba ya a dulcificarse, Aníbal sacó
sus tropas de los cuarteles de invierno y volvió delante
de Casilino; porque, si bien habían estado suspendidas las
operaciones del sitio, el bloqueo había continuado, y la
guarnición, lo mismo que los habitantes, habían quedado
reducidos a extrema escasez. El ejército romano estaba bajo
las órdenes de A. Sempronio, habiendo marchado a Roma el
dictador para tomar de nueva los auspicios. Mucho deseaba Marcelo
socorrer a los sitiados, pero se lo impedía el Volturno,
cuyas aguas estaban crecidas, y los ruegos de los habitantes de
Nola y Acerra, que temían a los campanios si se alejaba el
ejército romano. Graco, que era el único acampado
cerca de Casilino, no intentaba ningún movimiento, por haberle
mandado el dictador no emprender nada en su ausencia, y no había
paciencia tan grande que pudiese resistir ante las noticias que
se recibían de Casilino. Sabíase positivamente que
algunos desgraciados de aquellos, no pudiendo resistir el hambre,
se habían precipitado desde lo alto de las murallas; que
otros permanecían sin armas sobre los parapetos, ofreciendo
así sus cuerpos desnudos a los dardos del enemigo. Graco
estaba conmovido ante estas desgracias; pero no se atrevía
a trabar combate sin orden del dictador, viendo con evidencia que
tendría que venir a las manos, si hacía llevar abiertamente
trigo a los sitiados. No esperando tampoco introducirlo en secreto,
hizo recoger en toda la campiña y llenó considerable
número de toneles, advirtiendo al magistrado de Casilino
que recogiese al paso los toneles que llevase el río. A la
noche siguiente, toda la guarnición, reanimada por la esperanza
que le daba el mensajero de Graco, tenía la vista fija en
el río, cuando llegaron los toneles arrastrados por la corriente.
El trigo se repartió por igual parte a todos. Al día
siguiente y en los sucesivos se repitió lo mismo. Durante
la noche se expedían y recibían los toneles, y por
este medio se burlaba la vigilancia de los centinelas cartagineses.
Pero muy pronto continuas lluvias aumentaron por modo extraordinario
la fuerza de la corriente, que en su violencia arrojó los
toneles a la orilla que ocupaban los cartagineses, donde los vieron
detenidos entre los sauces; y habiéndose enterado Anibal,
tomó precauciones rigurosas para que no pudiese escapar nada
de lo que el Volturno llevase a la ciudad. Los romanos arrojaron
nueces al río, que llevadas por la corriente a Casilino,
las recogían allí con zarzos; pero al fin llegaron
los sitiados a tal punto de escasez, que arrancaban las correas
y el cuero de los escudos y los blandeaban en agua hirviendo para
tratar de alimentarse. Fueron devoradas las ratas y todos los animales.
Arrancaron las hierbas y todas las raíces que se encontraban
al pie de las murallas; y como el enemigo había labrado toda
la tierra vegetal que había fuera de los muros, los sitiados
arrojaron semilla de nabos, por lo que exclamó Aníbal:
«¿Tendré que permanecer delante de Casilino
hasta que crezcan?» Y como hasta entonces no había
querido oír hablar de condiciones de paz, consintió
al fin en tratar acerca del rescate de los hombres libres. Fijóse
en siete onzas de oro el precio de cada uno de ellos, y aceptada
estas condiciones, se rindieron, quedando cautivos hasta que se
pagase todo el dinero; después los enviaron a Cumas, según
lo estipulado. Este relato es más exacto que aquel en que
se dice que Anibal envió caballería para exterminar
a los que se negaron. La mayor parte de los rendidos eran prenestinos:
de seiscientos setenta que formaban la guarnición, más
de la mitad perecieron por hambre o bajo el hierro. Los demás
regresaron sanos y salvos a Prenesto, con su pretor M. Anido, que
antes fué escribiente. Existe un monumento que así
lo prueba, y es una estatua de M. Anicio, erigida en el Foro de
Prenesto, cubierta con la coraza, revestida la toga y con la cabeza
velada: otras tres estatuas existen también, con la siguiente
inscripción en una plancha de bronce: «Ofrenda prometida
por M. Anicio a los soldados de la guarnición de Casilino».
La misma inscripción ostentan tres estatuas colocadas en
el templo de la Fortuna».
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3)
Cuando
los habitantes de Mutina fueron bloqueados por Antonio y necesitaban enormemente
la sal, Hircio embaló sal en tarros y los envió a ellos
por vía del Río Scultenna.
4)
Hircio
también mandó río abajo ovejas muertas, que fueron
recibidas y así suplieron las necesidades de la vida.
Capítulos
I y II -
III y IV- V
y VI - VII y VIII- IX
y X- XI
y XII
XIII
y XIV
- XV
y XVI - XVII y XVIII
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