SEXTO JULIO FRONTINO

«ESTRATAGEMAS»

LIBRO III

 

Capítulos I y II - III y IV- V y VI - VII y VIII- IX y X- XI y XII

XIII y XIV - XV y XVI - XVII y XVIII

 

Traducción y adaptación I. Nachimowicz

 

Frontino.


Si los libros precedentes han correspondido a sus títulos, y he mantenido la atención del lector hasta este punto, trataré ahora de astucias que tienen que ver con el sitio y la defensa de ciudades. Renunciando a cualquier prefacio, presentaré primero aquellas que son útiles en el sitio de ciudades y luego aquellas que ofrecen sugerencias a los sitiados. Dejando a un lado también todas las consideraciones de trabajos y máquinas de guerra, cuya invención ha alcanzado hace mucho su límite, y para la mejora de las cuales no veo ninguna esperanza adicional en las artes aplicadas, reconoceré los siguientes tipos de estratagemas relacionadas con operaciones de sitio:


I. Sobre ataques por sorpresa.
II. Sobre cómo engañar al sitiado.
III. Sobre cómo inducir a la traición.
IV. Por qué medios el enemigo puede ser reducido al estado de necesidad.
V. Cómo persuadir al enemigo que el sitio será mantenido.
VI. Sobre cómo distraer la atención de una guarnición hostil.
VII. Sobre cómo desviar corrientes y contaminar el agua.
VIII. Sobre cómo aterrorizar al sitiado.
IX. Sobre ataques desde un sitio inesperado.
X. Sobre cómo poner trampas para sacar al sitiado.
XI. Sobre retiradas fingidas.

Por otra parte, estratagemas relacionadas con la protección de los sitiados:

XII. Sobre cómo estimular la vigilancia de las propias tropas.
XIII. Sobre cómo enviar y recibir mensajes.
XIV. Sobre cómo introducir refuerzos y suministrar provisiones.
XV. Cómo producir la impresión de abundancia de lo que se carece.
XVI. Cómo conocer la amenaza de traición y la deserción.
XVII. Sobre salidas.
XVIII. Acerca de la firmeza por parte de los sitiados.


Capítulos I y II - III y IV- V y VI - VII y VIII- IX y X- XI y XII

XIII y XIV - XV y XVI- XVII y XVIII

 

 

XV. CÓMO PRODUCIR LA IMPRESIÓN DE ABUNDANCIA DE LO QUE SE CARECE

1) Cuando el Capitolio fue sitiado por los galos, los romanos, en el extremo de la hambruna, lanzaron pan entre el enemigo. Produjeron así la impresión de que ellos estaban bien provistos con alimento, y así resistieron el sitio hasta que Camilo llegó.

Nota: Año 390 a.de C. Livio 5:48 : «Pero entre todos los males de la guerra y de largo asedio, el hambre era el que más hacía padecer a los dos ejércitos: los galos sufrían además enfermedades pestilenciales. Acampados en una hondonada rodeada de alturas, en un terreno abrasador, lleno por tantos incendios de vapores inflamados, y en el que ligero soplo de viento no levantaba polvo, sino ceniza; el exceso de aquel sofocante calor, insoportable para gentes acostumbradas a un clima húmedo y frío, les diezmaba como las epidemias que destruyen los rebaños. A tal punto llegaron, que cansados de enterrar uno por uno los muertos, decidieron quemarlos en montón; por esta causa se llamó en adelante aquel barrio el Quemadero de los galos. Entonces ajustaron con los romanos una tregua, durante la cual permitieron los generales inteligencias entre los dos partidos; y como los galos hablaban frecuentemente de la escasez que, según decían, obligaría a los romanos a rendirse, preténdese que, para destruir esta esperanza, arrojaron pan desde muchos puntos del Capitolio a sus guardias. Pero muy pronto fué imposible disimular y soportar más tiempo el. hambre. Así, pues, mientras el dictador realiza personalmente levas en Ardea, manda a L. Valerio, jefe de los caballeros, partir de Veyas con el ejército, y toma las medidas y hace los preparativos necesarios para atacar al enemigo sin desventaja; el ejército capitolino, que, extenuado por el servicio y las vigilias, triunfado de todos los males humanos, pero al que naturaleza no le permitía vencer el hambre, diariamente a lo lejos para ver si llegaba algún que trajese el dictador. Al fin, careciendo de esperanza como de víveres, los romanos, cuyos extenuados cuerpos vacilaban al marchar a las guardias bajo el peso de las armas, decidieron que era indispensable, a cualquier precio, rendirse o libertarse; los galos, por otra parte, dejaban entender claramente que no se necesitaría una cantidad muy grande para decidirles a levantar el sitio. Entonces se reunió el Senado y encargó parlamentar a los tribunos militares. El tribuno Q. Sulpicio y Breno, jefe de los galos, celebraron una conferencia y convinieron las condiciones, y el rescate de aquel pueblo, que muy pronto había de dominar el mundo, fueron mil libras de oro. A este convenio, tan vergonzoso ya, se añadió otra humillación: habiendo llevado los galos pesos falsos que el tribuno rechazaba, el insolente Breno echó su espada en la balanza, y pronunció aquellas palabras tan insoportables para los romanos "¡Ay de los vencidos!"»


2) Se dice que los atenienses emplearon la misma estratagema contra los espartanos.


3)Se pensaba que los habitantes de Casilino, estando bloqueados por Aníbal, habían alcanzado el punto de hambruna, ya que Aníbal había cortado su suministro de alimento hasta su uso de las hierbas que crecieron arando la tierra entre su campamento y las murallas. Habiendo sido así preparada la tierra, los sitiados arrojaron la semilla en ella, dando así a la impresión que tenían suficiente con lo cual sostener la vida hasta hasta el tiempo de cosecha.

Nota: Año 216 a.de C. Livio, 23:19 : «Cuando la estación comenzaba ya a dulcificarse, Aníbal sacó sus tropas de los cuarteles de invierno y volvió delante de Casilino; porque, si bien habían estado suspendidas las operaciones del sitio, el bloqueo había continuado, y la guarnición, lo mismo que los habitantes, habían quedado reducidos a extrema escasez. El ejército romano estaba bajo las órdenes de A. Sempronio, habiendo marchado a Roma el dictador para tomar de nuevo los auspicios. Mucho deseaba Marcelo socorrer a los sitiados, pero se lo impedía el Volturno, cuyas aguas estaban crecidas, y los ruegos de los habitantes de Nola y Acerrar que temían a los campanios si se alejaba el ejército romano. Graco, que era el único acampado cerca de Casilino, no intentaba ningún movimiento, por haberle mandado el dictador no emprender nada en su ausencia, y no había paciencia tan grande que pudiese resistir ante las noticias que se recibían de Casilino. Sabíase positivamente que algunos desgraciados de aquellos, no pudiendo resistir el hambre, se habían precipitado desde lo alto de las murallas; que otros permanecían sin armas sobre los parapetos, ofreciendo así sus cuerpor desnudos a los dardos del enemigo. Graco estaba conmovido ante estas desgracias; pero no se atrevía a trabar combate sin orden del dictador, viendo con evidencia que tendría que venir a las manos, si hacía llevar abiertamente trigo a los sitiados. No esperando tampoco introducirlo en secreto, hizo recoger en toda la campiña y llenó considerable número de toneles, advirtiendo al magistrado de Casilino que recogiese al paso los toneles que llevase el río. A la noche siguiente, toda la guarnición, reanimada por la esperanza que le daba el mensajero de Graco, tenía la vista fija en el río, cuando llegaron los toneles arrastrados por la corriente. El trigo se repartió por igual parte a todos. Al día siguiente y en los sucesivos se repitió lo mismo. Durante la noche se expedían y recibían los toneles, y por este medio se burlaba la vigilancia de los centinelas cartagineses. Pero muy pronto continuas lluvias aumentaron por modo extraordinario la fuerza de la corriente, que en su violencia arrojó los toneles a la orilla que ocupaban los cartagineses, donde los vieron detenidos entre los sauces; y habiéndose enterado Aníbal, tomó precauciones rigurosas para que no pudiese escapar nada de lo que el Volturno llevase a la ciudad. Los romanos arrojaron nueces al río, que llevadas por la corriente a Casilino, las recogían allí con zarzos; pero al fin llegaron lbs sitiados a tal punto de escasez, que arrancaban las correas y el cuero de los escudos y los blandeaban en agua hirviendo para tratar de alimentarse. Fueron devoradas las ratas y todos los animales. Arrancaron las hierbas y todas las raíces que se encontraban al pie de las murallas; y como el enemigo había labrado toda la tierra vegetal que había fuera de los muros, los sitiados arrojaron semilla de nabos, por lo que exclamó Aníbal: "¿Tendré que permanecer delante de Casilino hasta que crezcan? Y cuando hasta entonces no había querido oír hablar de condiciones de paz, consintió al fin en tratar acerca del rescate de los hombres libres. Fijóse en siete onzas de oro el precio de cada uno de ellos, y aceptadas estas condiciones, se rindieron, quedando cautivos hasta que se pagase todo el dinero; después los enviaron a Cumas, según lo estipulado. Este relato es más exacto que aquel en que se dice que Aníbal envió caballería para exterminar a los que se negaron. La mayor parte de los rendidos eran prenestinos: de seiscientos setenta que formaban la guarnición, más de la mitad perecieron por hambre o bajo el hierro. Los demás regresaron sanos y salvos a Prenesto, con su pretor M. Anicio, que antes fué escribiente. Existe un monumento que así lo prueba, y es una estatua de M. Anicio, erigida en el Foro de Prenesto, cubierta con la coraza, revestida la toga y con la cabeza velada: otras tres estatuas existen también, con la siguiente inscripción en una plancha de bronce: "Ofrenda prometida por M. Anicio a los soldados de la guarnición de Casilino". La misma inscripción ostentan tres estatuas colocadas en el templo de la Fortuna».

 

4) Cuando los sobrevivientes del desastre de Varo estaban bajo sitio y parecían quedarse sin alimento, pasaron una noche entera llevando prisioneros alrededor de sus almacenes; entonces, habiéndosle cortado sus manos, los dejaron sueltos. Estos hombres persuadieron a la fuerza sitiadora a no albergar esperanza alguna de una pronta reducción de los romanos por el hambre, ya que tenían abundancia de víveres.

Nota:Año 9 de Nuestra Era..

 

5) Cuando los tracios estaban sitiados en una escarpada montaña, inaccesible al enemigo, reunieron por contribuciones individuales una pequeña cantidad de trigo. Con esta alimentaron a unas ovejas que entonces condujeron entre las fuerzas del enemigo. Cuando las ovejas fueron capturadas y muertas, y fueron encontrados rastros de trigo en sus intestinos, el enemigo levantó el sitio, imaginando que los tracios tenía un exceso de trigo, en vista de que lo daban como alimentación hasta a sus ovejas.

6) Los milesios estaban en un tiempo sufriendo un largo sitio a manos de Aliates, quién esperaba que pudieran ser rendidos por inanición. Pero el comandante milesio, Trasíbulo, en previsión de la llegada de enviados de Aliates, ordenó que todo el grano fuera juntado en el mercado, arregló para que se celebraran banquetes en esa ocasión, y proporcionó banquetes suntuosos en todas partes de la ciudad. Así convenció al enemigo que los milesios tenían abundancia de provisiones con las que sostener un largo sitio.

Nota: Alrededor del año 611 a.de C. Heródoto, 1:21-22 : «Luego que Aliates tuvo noticia de lo acaecido en Delfos, despachó un rey de armas a Mileto, convidando a Trasíbulo y a los Milesios con un armisticio por todo el tiempo que él emplease en levantar el templo abrasado. Entretanto, Trasíbulo, prevenido ya de antemano y asegurado de la resolución que quería tomar Aliates, mandó que recogido cuanto trigo había en la ciudad, así el público como el de los particulares, se llevase todo al mercado, y al mismo tiempo ordenó por un bando a los Milesios, que cuando él les diese la señal, al punto todos ellos, vestidos de gala, celebrasen sus festines y convites con mucho regocijo y algazara.
XXII. Todo esto lo hacía Trasíbulo con la mira de que el mensajero Lidio, viendo por tina parte los montones de trigo, y por otra la alegría del pueblo en sus fiestas y banquetes, diese cuenta de todo a Aliates cuando volviese a Sardes después de cumplida su comisión. Así sucedió efectivamente; y Aliates, que se imaginaba en Mileto la mayor y a los habitantes sumergidos en la última miseria, oyendo de boca de su mensajero todo lo contrario de lo que esperaba, tuvo por acertado concluir la paz con la sola condición de que fuesen las dos naciones amigas y aliadas. Aliates, por un templo quemado, edificó dos en Asseso a la diosa Minerva, y convaleció de su enfermedad. Este fue el curso y el éxito de la guerra que Aliates hizo a Trasíbulo y a los ciudadanos de Mileto».


 

XIV. CÓMO CONOCER LA AMENAZA DE TRAICIÓN Y LA DESERCIÓN

1) Cierto Lucio Bancio de Nola en una ocasión abrigó el plan de levantar a sus conciudadanos en una revuelta, como un favor a Aníbal, por cuya bondad él había sido cuidado al ser herido entre aquellos que se enfrentaron en Cannas, y por quien había sido devuelto del cautiverio a su propia gente. Claudio Marcelo, enterándose de su objetivo y no atreviéndose a ejecutarlo por miedo a que por su castigo provocara al resto de la gente de Nola, convocó a Bantio y habló con él, pronunciándose sobre él como un soldado muy valiente (un hecho que Marcelo confesó que no sabía antes), y le urgió a que permaneciera con él. Además de estos elogios, le obsequió también un caballo. Por tal gentileza él se aseguró la lealtad, no sólo de Bancio, sino también de sus conciudadanos, ya que su lealtad se articulaba con la de él.

Nota: Año 216 a.de C. Livio, 23:15-16 : «A la llegada del pretor romano, el cartaginés salió del territorio de Nola y bajó hacia el mar dirigiéndose a Nápoles, deseando ardientemente apoderarse de una ciudad marítima a la que pudieran dirigirse con seguridad las naves que partiesen de Africa. Pero cuándo supo que mandaba en Nápoles un prefecto romano (era este M. Junio Silano a quien los mismos napolitanos habían llamado), abandonó a Nápoles, como había abandonado a Nola, y marchando hacia Nuceria, la tuvo bloqueada algún tiempo, empleando en tanto la fuerza, en tanto inútiles solicitaciones acerca del pueblo y acerca de los magnates. Reducida al fin por hambre, Nuceria se rindió con la condición de que los habitantes habían de salir sin armas y con un solo traje. Pero como desde el principio había querido mostrarse benévolo con relación a todos los pueblos de Italia, exceptuando los romanos, ofreció recompensas y honores a aquellos que quisieran quedarse con él y militar bajo sus órdenes. Este ofrecimiento no retuvo a nadie. Todos, según les impulsaban los lazos de hospitalidad o sencillamente la voluntad del momento, se dispersaron por las diferentes ciudades de la Campania, marchando el mayor número a Nola y Nápoles. Cerca de treinta senadores, y la casualidad quiso que fuesen los más distinguidos, se presentaron en Capua; pero fueron rechazados porque habían cerrado sus puertas a Aníbal, y se refugiaron en Cumas. Entregóse a los soldados el botín que se recogió en Nuceria y en seguida saquearon e incendiaron la ciudad. Era dueño de Nola Marcelo, gracias a la voluntad de los ciudadanos principales y al apoyo de la guarnición que había colocado allí; pero el pueblo inspiraba temores, y más que todos los demás, L. Bancio, partidario declarado de la defección proyectada, quien temiendo la venganza del pretor, estaba decidido a entregar su patria a Aníbal, o si la fortuna engañaba su deseo, a pasar al campo enemigo. Era Bancio un joven muy valeroso, y quizá el caballero más distinguido de todos los pueblos aliados entonces a Roma. Aníbal le había encontrado en Cannas medio muerto, debajo de un montón de cadáveres; habíale hecho cuidar con mucho esmero y le envió a su patria colmado de presentes. En agradecimiento de esto, L. Bancio quería someter Nola al poder de Aníbal y mantenía al pretor muy preocupado con estos proyectos de cambio. Necesario era contenerle por medio de un castigo o ganarle con beneficios. Marcelo prefirió atraerse aquel hombre tan animoso y resuelto a privar de él solamente al enemigo. Hízole, pues, llamar, y hablándole con benevolencia, le dijo: "Que tenía muchos envidiosos entre sus conciudadanos, que fácilmente debía comprender que nadie de Nola ha bía enterado al pretor de las numerosas hazañas con que se había ilustrado; pero que el valor de un hombre cgue había servido en los ejércitos romanos no podía quedar ignorado; que muchos compañeros de armas de Bancio habían dicho al pretor qué clase de hombre era, qué peligros había arrostrado muchas veces por la salvación y la gloria del pueblo romano, cómo en Cannas no había cesado de combatir hasta que casi agotada su sangre, quedó aplastado bajo la masa de hombres, caballos y armas que caían sobre él. ¡Valor, pues! añadió Marcelo: recibirás de mí toda clase de recompensas y honores, y cuando me conozcas mejor, verás cómo tu gloria y tu interés nada padecen". En seguida regaló al joven, a quien colmaban de alegría aquellas promesas, un caballo magnífico y quinientos bigatos que le entregó el cuestor, y además mandó a los lictores le permitiesen entrar siempre que lo deseara. De tal manera impresionó esta benevolencia de Marcelo el ánimo del orgulloso joven, que desde aquel momento no tuvo Roma aliado más animoso y fiel.
16. Aníbal estaba en las puertas (porque una vez apoderado de Nuceria, había regresado a Nola) y el pueblo pensaba nuevamente en la defección; entonces Marcelo, a la llegada del enemigo, se encerró en la ciudad, no porque temiese por su campamento, sino para no dar a los numerosos rebeldes que le acechaban ocasión de entregar a Nola. Muy pronto se formaron en batalla por ambas partes; los romanos al pie de las murallas de la ciudad; los cartagineses delante de su campamento: de manera que entre la ciudad y el campamento se libra-ron algunos combates cuyo resultado fué muy diferente. Los dos generales permitían gustosos estas escaramuzas, pero no daban la señal de batalla general. Mucho tiempo hacía que los dos ejércitos permanecían frente a frente, cuando los principales ciudadanos de Nola advirtieron a Marcelo que "durante la noche, gentes del pueblo tenían secretas relaciones con los cartagineses: que era cosa decidida que cuando el ejército romano saliese de la ciudad, saquearían sus bagajes, cerrarían las puertas y se apoderarían de las murallas, para que una vez dueño absoluto de la ciudad, pudiese el pueblo recibir a los cartagineses en vez de los romanos". Al recibir esta noticia, colmó de elogios Marcelo a los senadores, y antes de que estallase la sedición, decidió intentar el éxito del combate. Divide su ejército en tres cuerpos, y les coloca en las tres puertas que miran al enemigo: manda que le sigan los bagajes y ordena que los siervos, los vivanderos y enfermos lleven las empalizadas. En la puerta del centro coloca lo más escogido de las legiones y los caballeros romanos; en las otras dos los nuevos reclutados, los soldados armados a la ligera y la caballería de los aliados. Prohibe a los habitantes que se acerquen a las murallas y a las puertas; y por temor de que, una vez peleando las legiones, cayesen éstos sobre los bagajes, les hizo custodiar por tropas reservadas para este objeto. Dispuestos de esta manera, los romanos esperaron preparados detrás de las puertas. Aníbal, que había permanecido sobre las armas la mayor parte del día (como lo hacía algún tiempo ya), extrañó al principio que no saliese el ejército romano y que no se presentase sobre las murallas ningún soldado. Persuadido al fin de que habían sido descubiertas sus inteligencias con el pueblo y que el temor detenía a los romanos, envía al campamento una parte de las tropas, con orden de traer en seguida al frente del ejército todo lo necesario para un asalto, convencido de que si les estrechaba en aquel momento de vacilación, estallaría en la ciudad algún movimiento entre el pueblo. Cuando en la primera línea cada cual se apresura a ejecutar los movimientos ordenados por Aníbal, y el ejército avanza bajo las murallas, de pronto se abre una puerta: Marcelo manda tocar las trompas, a las tropas lanzar el grito y a los infantes y en seguida a la caballería que ataquen con todo el brío posible. Ya había producido confusión y miedo en el centro del ejército enemigo, cuando desde las puertas inmediatas se lanzan sobre las alas cartaginesas los dos legados P. Valerio Flaco y C. Aurelio. A este segundo ataque siguen los gritos de los siervos y vivanderos, y también los de las tropas encargadas de guardar los bagajes, de manera que los cartagineses, que despreciaban especialmente el corto número de los romanos, creyeron que tenían que habérselas con un ejército numeroso. No me atreveré a afirmar lo que dicen algunos autores, que el enemigo tuvo dos mil ochocientos hombres muertos y que los romanos solamente perdieron quinientos. Que esta victoria fuese más o menos grande, no por ello deja de ser cierto que la jornada consiguió grandísimo éxito, me atreveré a decir casi el más grande de toda la guerra; porque fué más difícil aquel día a los vencedores de Aníbal no quedar vencidos, que después vencerle».

2) Cuando los auxiliares galos de Amílcar, el general cartaginés, tenían el hábito de cruzar donde los romanos y ser recibidos por ellos con regularidad como aliados, Amílcar arregló que los más leales de sus hombres fingieran desertar, mientras realmente mataban a los romanos que salían para darles la bienvenida. Este ardid no fue simplemente de ayuda en ese momento para Amílcar, sino que hizo que desertores verdaderos fueran considerados en el futuro como objetos de sospecha a los ojos de los romanos.

Nota: Años 260-241 a.de C.

3) Hanón, comandante de los cartagineses en Sicilia, se enteró en una ocasión que aproximadamente cuatro mil mercenarios galos se habían confabulado para desertar de los romanos, porque durante varios meses no habían recibido paga alguna. No atreviéndose a castigarlos por miedo al motín, prometió hacer el pago diferido aumentando sus salarios. Cuando los galos dieron gracias por esto, Hanón, prometiendo que se les permitiría salir a buscar provisiones en un tiempo apropiado, envió al cónsul Otacilio un administrador de extrema confianza, quién fingió haber desertado debido a la malversación, y quién le informó que durante la próxima noche, cuatro mil galos, enviados en una expedición a buscar provisiones, podrían ser capturados. Otacilio, no creyendo inmediatamente al desertor, ni pensando que la cuestión debía ser tratada con desdén, colocó a sus hombres elegidos emboscados. Éstos encontraron a los galos, quienes cumplieron el objetivo de Hanón de una doble manera, ya que ellos no sólo mataron a varios romanos, sino que fueron a su vez muertos hasta el último hombre.

Nota: Año 261 a.de C. Diodoro Sículo, 23:8 : «Hanón el antiguo, después de la toma de Agrigento por los Romanos, trajo de África a Sicilia, cincuenta mil hombres a pie, seis mil hombres de a caballo, y sesenta elefantes; según el informe del historiador Filino de Agrigento misma, Hanónn abordó primero en Lilibea, pasó luego a Heraclea, y de allí le vinieron diputados que le ofrecieron Ernese. Hanón, con estas ventajas prosiguió la guerra contra los Romanos, perdió en dos combates 50.000 soldados de infantería, doscientos jinetes, e hicimos tres mil quinientos prisioneros de guerra, treinta de sus elefantes fueron muertos y otros tres heridos».


4) Por un plan similar, Aníbal tomó venganza sobre ciertos desertores; siendo consciente que algunos de sus soldados habían desertado durante la noche anterior, y sabiendo que los espías del enemigo estaban en su campamento, proclamó en público que el nombre de «desertor» no debía ser aplicado a sus soldados más inteligentes, que a su orden habían salido para enterarse de los planes del enemigo. Los espías, tan pronto como oyeron esta declaración, lo relataron a su propio lado. Con eso los desertores fueron detenidos por los romanos y devueltos con sus manos cortadas.

5) Cuando Diodoto sostenía Anfípolis con una guarnición, y sospechaba de dos mil tracios, que parecían dispuestos a pillar la ciudad, inventó la historia que unos pocos barcos hostiles habían atracado en la orilla cercana y podían ser pillados. Cuando hubo incitado a los tracios con aquella perspectiva, los dejó salir. Entonces, cerrando las puertas, se negó a admitirlos otra vez.

Nota: Año 168 a.de C. En Livio 44:44, el autor de la estratagema es llamado Diodoro : «De regreso a su campamento, la alegría del cónsul victorioso quedó turbada por las inquietudes que le causaba la ausencia de su hijo menor P. Escipión, a quien más adelante la destrucción de Cartago le valió el honor de que le llamasen el segundo Africano. Hijo del cónsul Paulo, pasó por adopción a ser nieto del primer Escipión el Africano. Tenía a la sazón este joven diez y siete años solamente, circunstancia que aumentaba los temores de su padre: arrebatado por el ardor de la persecución, le arrastró la multitud, y no regresó hasta muy tarde.
Solamente entonces, al ver a su hijo sano y salvo, el cónsul saboreó toda la alegría de tan importante victoria. Cuando llegó a Amfípolis la noticia de la batalla, las señoras de la ciudad acudieron en tropel al templo de Diana Turopola para implorar la protección de la diosa. Entonces Diodoro, prefecto de Amfípolis, temiendo que los dos mil tracios de la guarnición aprovecharan aquel tumulto para saquear la ciudad, hizo que le entregaran en la plaza pública cartas traídas por fingido mensajero que había ganado al efecto. Aquellas cartas decían "que los soldados de la flota romana acababan de desembarcar en la costa de la Emacia, que talaban los campos inmediatos y que el prefecto de la provincia pedía socorros contra los agresores". Después de la lectura, exhortó a los tracios "a que partiesen para defender la costa de la Emacia, diciéndoles que los romanos dispersos por los campos les ofrecían fácil victoria y rico botin". Al mismo tiempo declaró que no podía prestar fe a la noticia de la derrota, y que "si el hecho fuese cierto, lo hubiese confirmado la llegada de fugitivos". Con esta astucia consiguió que partiesen los tracios, y cuando supo que se encontraban al otro lado del Estrimón, mandó cerrar las puertas».


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