XV.
CÓMO PRODUCIR LA IMPRESIÓN DE ABUNDANCIA DE LO QUE
SE CARECE
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1)
Cuando el Capitolio fue sitiado por los galos, los romanos, en el extremo
de la hambruna, lanzaron pan entre el enemigo. Produjeron así la
impresión de que ellos estaban bien provistos con alimento, y así
resistieron el sitio hasta que Camilo llegó.
Nota:
Año 390 a.de C. Livio 5:48 : «Pero
entre todos los males de la guerra y de largo asedio, el hambre
era el que más hacía padecer a los dos ejércitos:
los galos sufrían además enfermedades pestilenciales.
Acampados en una hondonada rodeada de alturas, en un terreno abrasador,
lleno por tantos incendios de vapores inflamados, y en el que ligero
soplo de viento no levantaba polvo, sino ceniza; el exceso de aquel
sofocante calor, insoportable para gentes acostumbradas a un clima
húmedo y frío, les diezmaba como las epidemias que
destruyen los rebaños. A tal punto llegaron, que cansados
de enterrar uno por uno los muertos, decidieron quemarlos en montón;
por esta causa se llamó en adelante aquel barrio el Quemadero
de los galos. Entonces ajustaron con los romanos una tregua, durante
la cual permitieron los generales inteligencias entre los dos partidos;
y como los galos hablaban frecuentemente de la escasez que, según
decían, obligaría a los romanos a rendirse, preténdese
que, para destruir esta esperanza, arrojaron pan desde muchos puntos
del Capitolio a sus guardias. Pero muy pronto fué imposible
disimular y soportar más tiempo el. hambre. Así, pues,
mientras el dictador realiza personalmente levas en Ardea, manda
a L. Valerio, jefe de los caballeros, partir de Veyas con el ejército,
y toma las medidas y hace los preparativos necesarios para atacar
al enemigo sin desventaja; el ejército capitolino, que, extenuado
por el servicio y las vigilias, triunfado de todos los males humanos,
pero al que naturaleza no le permitía vencer el hambre, diariamente
a lo lejos para ver si llegaba algún que trajese el dictador.
Al fin, careciendo de esperanza como de víveres, los romanos,
cuyos extenuados cuerpos vacilaban al marchar a las guardias bajo
el peso de las armas, decidieron que era indispensable, a cualquier
precio, rendirse o libertarse; los galos, por otra parte, dejaban
entender claramente que no se necesitaría una cantidad muy
grande para decidirles a levantar el sitio. Entonces se reunió
el Senado y encargó parlamentar a los tribunos militares.
El tribuno Q. Sulpicio y Breno, jefe de los galos, celebraron una
conferencia y convinieron las condiciones, y el rescate de aquel
pueblo, que muy pronto había de dominar el mundo, fueron
mil libras de oro. A este convenio, tan vergonzoso ya, se añadió
otra humillación: habiendo llevado los galos pesos falsos
que el tribuno rechazaba, el insolente Breno echó su espada
en la balanza, y pronunció aquellas palabras tan insoportables
para los romanos "¡Ay de los vencidos!"»
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2) Se dice que los atenienses emplearon la misma estratagema
contra los espartanos.
3)Se pensaba que los habitantes de Casilino, estando
bloqueados por Aníbal, habían alcanzado el punto de hambruna,
ya que Aníbal había cortado su suministro de alimento hasta
su uso de las hierbas que crecieron arando la tierra entre su campamento
y las murallas. Habiendo sido así preparada la tierra, los sitiados
arrojaron la semilla en ella, dando así a la impresión que
tenían suficiente con lo cual sostener la vida hasta hasta el tiempo
de cosecha.
Nota:
Año 216 a.de C. Livio, 23:19 : «Cuando
la estación comenzaba ya a dulcificarse, Aníbal sacó
sus tropas de los cuarteles de invierno y volvió delante
de Casilino; porque, si bien habían estado suspendidas las
operaciones del sitio, el bloqueo había continuado, y la
guarnición, lo mismo que los habitantes, habían quedado
reducidos a extrema escasez. El ejército romano estaba bajo
las órdenes de A. Sempronio, habiendo marchado a Roma el
dictador para tomar de nuevo los auspicios. Mucho deseaba Marcelo
socorrer a los sitiados, pero se lo impedía el Volturno,
cuyas aguas estaban crecidas, y los ruegos de los habitantes de
Nola y Acerrar que temían a los campanios si se alejaba el
ejército romano. Graco, que era el único acampado
cerca de Casilino, no intentaba ningún movimiento, por haberle
mandado el dictador no emprender nada en su ausencia, y no había
paciencia tan grande que pudiese resistir ante las noticias que
se recibían de Casilino. Sabíase positivamente que
algunos desgraciados de aquellos, no pudiendo resistir el hambre,
se habían precipitado desde lo alto de las murallas; que
otros permanecían sin armas sobre los parapetos, ofreciendo
así sus cuerpor desnudos a los dardos del enemigo. Graco
estaba conmovido ante estas desgracias; pero no se atrevía
a trabar combate sin orden del dictador, viendo con evidencia que
tendría que venir a las manos, si hacía llevar abiertamente
trigo a los sitiados. No esperando tampoco introducirlo en secreto,
hizo recoger en toda la campiña y llenó considerable
número de toneles, advirtiendo al magistrado de Casilino
que recogiese al paso los toneles que llevase el río. A la
noche siguiente, toda la guarnición, reanimada por la esperanza
que le daba el mensajero de Graco, tenía la vista fija en
el río, cuando llegaron los toneles arrastrados por la corriente.
El trigo se repartió por igual parte a todos. Al día
siguiente y en los sucesivos se repitió lo mismo. Durante
la noche se expedían y recibían los toneles, y por
este medio se burlaba la vigilancia de los centinelas cartagineses.
Pero muy pronto continuas lluvias aumentaron por modo extraordinario
la fuerza de la corriente, que en su violencia arrojó los
toneles a la orilla que ocupaban los cartagineses, donde los vieron
detenidos entre los sauces; y habiéndose enterado Aníbal,
tomó precauciones rigurosas para que no pudiese escapar nada
de lo que el Volturno llevase a la ciudad. Los romanos arrojaron
nueces al río, que llevadas por la corriente a Casilino,
las recogían allí con zarzos; pero al fin llegaron
lbs sitiados a tal punto de escasez, que arrancaban las correas
y el cuero de los escudos y los blandeaban en agua hirviendo para
tratar de alimentarse. Fueron devoradas las ratas y todos los animales.
Arrancaron las hierbas y todas las raíces que se encontraban
al pie de las murallas; y como el enemigo había labrado toda
la tierra vegetal que había fuera de los muros, los sitiados
arrojaron semilla de nabos, por lo que exclamó Aníbal:
"¿Tendré que permanecer delante de Casilino hasta
que crezcan? Y cuando hasta entonces no había querido oír
hablar de condiciones de paz, consintió al fin en tratar
acerca del rescate de los hombres libres. Fijóse en siete
onzas de oro el precio de cada uno de ellos, y aceptadas estas condiciones,
se rindieron, quedando cautivos hasta que se pagase todo el dinero;
después los enviaron a Cumas, según lo estipulado.
Este relato es más exacto que aquel en que se dice que Aníbal
envió caballería para exterminar a los que se negaron.
La mayor parte de los rendidos eran prenestinos: de seiscientos
setenta que formaban la guarnición, más de la mitad
perecieron por hambre o bajo el hierro. Los demás regresaron
sanos y salvos a Prenesto, con su pretor M. Anicio, que antes fué
escribiente. Existe un monumento que así lo prueba, y es
una estatua de M. Anicio, erigida en el Foro de Prenesto, cubierta
con la coraza, revestida la toga y con la cabeza velada: otras tres
estatuas existen también, con la siguiente inscripción
en una plancha de bronce: "Ofrenda prometida por M. Anicio
a los soldados de la guarnición de Casilino". La misma
inscripción ostentan tres estatuas colocadas en el templo
de la Fortuna».
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4)
Cuando los sobrevivientes del desastre de Varo estaban bajo sitio y parecían
quedarse sin alimento, pasaron una noche entera llevando prisioneros alrededor
de sus almacenes; entonces, habiéndosle cortado sus manos, los
dejaron sueltos. Estos hombres persuadieron a la fuerza sitiadora a no
albergar esperanza alguna de una pronta reducción de los romanos
por el hambre, ya que tenían abundancia de víveres.
Nota:Año
9 de Nuestra Era..
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5)
Cuando los tracios estaban sitiados en una escarpada montaña, inaccesible
al enemigo, reunieron por contribuciones individuales una pequeña
cantidad de trigo. Con esta alimentaron a unas ovejas que entonces condujeron
entre las fuerzas del enemigo. Cuando las ovejas fueron capturadas y muertas,
y fueron encontrados rastros de trigo en sus intestinos, el enemigo levantó
el sitio, imaginando que los tracios tenía un exceso de trigo,
en vista de que lo daban como alimentación hasta a sus ovejas.
6)
Los milesios estaban en un tiempo sufriendo un largo sitio a manos de
Aliates, quién esperaba que pudieran ser rendidos por inanición.
Pero el comandante milesio, Trasíbulo, en previsión de la
llegada de enviados de Aliates, ordenó que todo el grano fuera
juntado en el mercado, arregló para que se celebraran banquetes
en esa ocasión, y proporcionó banquetes suntuosos en todas
partes de la ciudad. Así convenció al enemigo que los milesios
tenían abundancia de provisiones con las que sostener un largo
sitio.
Nota:
Alrededor del año 611 a.de C. Heródoto, 1:21-22 :
«Luego que Aliates tuvo noticia de lo acaecido en Delfos,
despachó un rey de armas a Mileto, convidando a Trasíbulo
y a los Milesios con un armisticio por todo el tiempo que él
emplease en levantar el templo abrasado. Entretanto, Trasíbulo,
prevenido ya de antemano y asegurado de la resolución que
quería tomar Aliates, mandó que recogido cuanto trigo
había en la ciudad, así el público como el
de los particulares, se llevase todo al mercado, y al mismo tiempo
ordenó por un bando a los Milesios, que cuando él
les diese la señal, al punto todos ellos, vestidos de gala,
celebrasen sus festines y convites con mucho regocijo y algazara.
XXII. Todo esto lo hacía Trasíbulo
con la mira de que el mensajero Lidio, viendo por tina parte los
montones de trigo, y por otra la alegría del pueblo en sus
fiestas y banquetes, diese cuenta de todo a Aliates cuando volviese
a Sardes después de cumplida su comisión. Así
sucedió efectivamente; y Aliates, que se imaginaba en Mileto
la mayor y a los habitantes sumergidos en la última miseria,
oyendo de boca de su mensajero todo lo contrario de lo que esperaba,
tuvo por acertado concluir la paz con la sola condición de
que fuesen las dos naciones amigas y aliadas. Aliates, por un templo
quemado, edificó dos en Asseso a la diosa Minerva, y convaleció
de su enfermedad. Este fue el curso y el éxito de la guerra
que Aliates hizo a Trasíbulo y a los ciudadanos de Mileto».
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XIV.
CÓMO CONOCER LA AMENAZA DE TRAICIÓN Y LA DESERCIÓN
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1)
Cierto Lucio Bancio de Nola en una ocasión abrigó el plan
de levantar a sus conciudadanos en una revuelta, como un favor a Aníbal,
por cuya bondad él había sido cuidado al ser herido entre
aquellos que se enfrentaron en Cannas, y por quien había sido devuelto
del cautiverio a su propia gente. Claudio Marcelo, enterándose
de su objetivo y no atreviéndose a ejecutarlo por miedo a que por
su castigo provocara al resto de la gente de Nola, convocó a Bantio
y habló con él, pronunciándose sobre él como
un soldado muy valiente (un hecho que Marcelo confesó que no sabía
antes), y le urgió a que permaneciera con él. Además
de estos elogios, le obsequió también un caballo. Por tal
gentileza él se aseguró la lealtad, no sólo de Bancio,
sino también de sus conciudadanos, ya que su lealtad se articulaba
con la de él.
| Nota:
Año 216 a.de C. Livio, 23:15-16 : «A
la llegada del pretor romano, el cartaginés salió
del territorio de Nola y bajó hacia el mar dirigiéndose
a Nápoles, deseando ardientemente apoderarse de una ciudad
marítima a la que pudieran dirigirse con seguridad las naves
que partiesen de Africa. Pero cuándo supo que mandaba en
Nápoles un prefecto romano (era este M. Junio Silano a quien
los mismos napolitanos habían llamado), abandonó a
Nápoles, como había abandonado a Nola, y marchando
hacia Nuceria, la tuvo bloqueada algún tiempo, empleando
en tanto la fuerza, en tanto inútiles solicitaciones acerca
del pueblo y acerca de los magnates. Reducida al fin por hambre,
Nuceria se rindió con la condición de que los habitantes
habían de salir sin armas y con un solo traje. Pero como
desde el principio había querido mostrarse benévolo
con relación a todos los pueblos de Italia, exceptuando los
romanos, ofreció recompensas y honores a aquellos que quisieran
quedarse con él y militar bajo sus órdenes. Este ofrecimiento
no retuvo a nadie. Todos, según les impulsaban los lazos
de hospitalidad o sencillamente la voluntad del momento, se dispersaron
por las diferentes ciudades de la Campania, marchando el mayor número
a Nola y Nápoles. Cerca de treinta senadores, y la casualidad
quiso que fuesen los más distinguidos, se presentaron en
Capua; pero fueron rechazados porque habían cerrado sus puertas
a Aníbal, y se refugiaron en Cumas. Entregóse a los
soldados el botín que se recogió en Nuceria y en seguida
saquearon e incendiaron la ciudad. Era dueño de Nola Marcelo,
gracias a la voluntad de los ciudadanos principales y al apoyo de
la guarnición que había colocado allí; pero
el pueblo inspiraba temores, y más que todos los demás,
L. Bancio, partidario declarado de la defección proyectada,
quien temiendo la venganza del pretor, estaba decidido a entregar
su patria a Aníbal, o si la fortuna engañaba su deseo,
a pasar al campo enemigo. Era Bancio un joven muy valeroso, y quizá
el caballero más distinguido de todos los pueblos aliados
entonces a Roma. Aníbal le había encontrado en Cannas
medio muerto, debajo de un montón de cadáveres; habíale
hecho cuidar con mucho esmero y le envió a su patria colmado
de presentes. En agradecimiento de esto, L. Bancio quería
someter Nola al poder de Aníbal y mantenía al pretor
muy preocupado con estos proyectos de cambio. Necesario era contenerle
por medio de un castigo o ganarle con beneficios. Marcelo prefirió
atraerse aquel hombre tan animoso y resuelto a privar de él
solamente al enemigo. Hízole, pues, llamar, y hablándole
con benevolencia, le dijo: "Que tenía muchos envidiosos
entre sus conciudadanos, que fácilmente debía comprender
que nadie de Nola ha bía enterado al pretor de las numerosas
hazañas con que se había ilustrado; pero que el valor
de un hombre cgue había servido en los ejércitos romanos
no podía quedar ignorado; que muchos compañeros de
armas de Bancio habían dicho al pretor qué clase de
hombre era, qué peligros había arrostrado muchas veces
por la salvación y la gloria del pueblo romano, cómo
en Cannas no había cesado de combatir hasta que casi agotada
su sangre, quedó aplastado bajo la masa de hombres, caballos
y armas que caían sobre él. ¡Valor, pues! añadió
Marcelo: recibirás de mí toda clase de recompensas
y honores, y cuando me conozcas mejor, verás cómo
tu gloria y tu interés nada padecen". En seguida regaló
al joven, a quien colmaban de alegría aquellas promesas,
un caballo magnífico y quinientos bigatos que le entregó
el cuestor, y además mandó a los lictores le permitiesen
entrar siempre que lo deseara. De tal manera impresionó esta
benevolencia de Marcelo el ánimo del orgulloso joven, que
desde aquel momento no tuvo Roma aliado más animoso y fiel.
16. Aníbal estaba en las puertas (porque una vez apoderado
de Nuceria, había regresado a Nola) y el pueblo pensaba nuevamente
en la defección; entonces Marcelo, a la llegada del enemigo,
se encerró en la ciudad, no porque temiese por su campamento,
sino para no dar a los numerosos rebeldes que le acechaban ocasión
de entregar a Nola. Muy pronto se formaron en batalla por ambas
partes; los romanos al pie de las murallas de la ciudad; los cartagineses
delante de su campamento: de manera que entre la ciudad y el campamento
se libra-ron algunos combates cuyo resultado fué muy diferente.
Los dos generales permitían gustosos estas escaramuzas, pero
no daban la señal de batalla general. Mucho tiempo hacía
que los dos ejércitos permanecían frente a frente,
cuando los principales ciudadanos de Nola advirtieron a Marcelo
que "durante la noche, gentes del pueblo tenían secretas
relaciones con los cartagineses: que era cosa decidida que cuando
el ejército romano saliese de la ciudad, saquearían
sus bagajes, cerrarían las puertas y se apoderarían
de las murallas, para que una vez dueño absoluto de la ciudad,
pudiese el pueblo recibir a los cartagineses en vez de los romanos".
Al recibir esta noticia, colmó de elogios Marcelo a los senadores,
y antes de que estallase la sedición, decidió intentar
el éxito del combate. Divide su ejército en tres cuerpos,
y les coloca en las tres puertas que miran al enemigo: manda que
le sigan los bagajes y ordena que los siervos, los vivanderos y
enfermos lleven las empalizadas. En la puerta del centro coloca
lo más escogido de las legiones y los caballeros romanos;
en las otras dos los nuevos reclutados, los soldados armados a la
ligera y la caballería de los aliados. Prohibe a los habitantes
que se acerquen a las murallas y a las puertas; y por temor de que,
una vez peleando las legiones, cayesen éstos sobre los bagajes,
les hizo custodiar por tropas reservadas para este objeto. Dispuestos
de esta manera, los romanos esperaron preparados detrás de
las puertas. Aníbal, que había permanecido sobre las
armas la mayor parte del día (como lo hacía algún
tiempo ya), extrañó al principio que no saliese el
ejército romano y que no se presentase sobre las murallas
ningún soldado. Persuadido al fin de que habían sido
descubiertas sus inteligencias con el pueblo y que el temor detenía
a los romanos, envía al campamento una parte de las tropas,
con orden de traer en seguida al frente del ejército todo
lo necesario para un asalto, convencido de que si les estrechaba
en aquel momento de vacilación, estallaría en la ciudad
algún movimiento entre el pueblo. Cuando en la primera línea
cada cual se apresura a ejecutar los movimientos ordenados por Aníbal,
y el ejército avanza bajo las murallas, de pronto se abre
una puerta: Marcelo manda tocar las trompas, a las tropas lanzar
el grito y a los infantes y en seguida a la caballería que
ataquen con todo el brío posible. Ya había producido
confusión y miedo en el centro del ejército enemigo,
cuando desde las puertas inmediatas se lanzan sobre las alas cartaginesas
los dos legados P. Valerio Flaco y C. Aurelio. A este segundo ataque
siguen los gritos de los siervos y vivanderos, y también
los de las tropas encargadas de guardar los bagajes, de manera que
los cartagineses, que despreciaban especialmente el corto número
de los romanos, creyeron que tenían que habérselas
con un ejército numeroso. No me atreveré a afirmar
lo que dicen algunos autores, que el enemigo tuvo dos mil ochocientos
hombres muertos y que los romanos solamente perdieron quinientos.
Que esta victoria fuese más o menos grande, no por ello deja
de ser cierto que la jornada consiguió grandísimo
éxito, me atreveré a decir casi el más grande
de toda la guerra; porque fué más difícil aquel
día a los vencedores de Aníbal no quedar vencidos,
que después vencerle».
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2)
Cuando los auxiliares galos de Amílcar, el general cartaginés,
tenían el hábito de cruzar donde los romanos y ser recibidos
por ellos con regularidad como aliados, Amílcar arregló
que los más leales de sus hombres fingieran desertar, mientras
realmente mataban a los romanos que salían para darles la bienvenida.
Este ardid no fue simplemente de ayuda en ese momento para Amílcar,
sino que hizo que desertores verdaderos fueran considerados en el futuro
como objetos de sospecha a los ojos de los romanos.
| Nota:
Años 260-241 a.de C. |
3)
Hanón,
comandante de los cartagineses en Sicilia, se enteró en una ocasión
que aproximadamente cuatro mil mercenarios galos se habían confabulado
para desertar de los romanos, porque durante varios meses no habían
recibido paga alguna. No atreviéndose a castigarlos por miedo al
motín, prometió hacer el pago diferido aumentando sus salarios.
Cuando los galos dieron gracias por esto, Hanón, prometiendo que
se les permitiría salir a buscar provisiones en un tiempo apropiado,
envió al cónsul Otacilio un administrador de extrema confianza,
quién fingió haber desertado debido a la malversación,
y quién le informó que durante la próxima noche,
cuatro mil galos, enviados en una expedición a buscar provisiones,
podrían ser capturados. Otacilio, no creyendo inmediatamente al
desertor, ni pensando que la cuestión debía ser tratada
con desdén, colocó a sus hombres elegidos emboscados. Éstos
encontraron a los galos, quienes cumplieron el objetivo de Hanón
de una doble manera, ya que ellos no sólo mataron a varios romanos,
sino que fueron a su vez muertos hasta el último hombre.
Nota:
Año 261 a.de C. Diodoro Sículo, 23:8 : «Hanón
el antiguo, después de la toma de Agrigento por los Romanos,
trajo de África a Sicilia, cincuenta mil hombres a pie, seis
mil hombres de a caballo, y sesenta elefantes; según el informe
del historiador Filino de Agrigento misma, Hanónn abordó
primero en Lilibea, pasó luego a Heraclea, y de allí
le vinieron diputados que le ofrecieron Ernese. Hanón, con
estas ventajas prosiguió la guerra contra los Romanos, perdió
en dos combates 50.000 soldados de infantería, doscientos
jinetes, e hicimos tres mil quinientos prisioneros de guerra, treinta
de sus elefantes fueron muertos y otros tres heridos».
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4)
Por
un plan similar, Aníbal tomó venganza sobre ciertos desertores;
siendo consciente que algunos de sus soldados habían desertado
durante la noche anterior, y sabiendo que los espías del enemigo
estaban en su campamento, proclamó en público que el nombre
de «desertor» no debía ser aplicado a sus soldados
más inteligentes, que a su orden habían salido para enterarse
de los planes del enemigo. Los espías, tan pronto como oyeron esta
declaración, lo relataron a su propio lado. Con eso los desertores
fueron detenidos por los romanos y devueltos con sus manos cortadas.
5)
Cuando
Diodoto sostenía Anfípolis con una guarnición, y
sospechaba de dos mil tracios, que parecían dispuestos a pillar
la ciudad, inventó la historia que unos pocos barcos hostiles habían
atracado en la orilla cercana y podían ser pillados. Cuando hubo
incitado a los tracios con aquella perspectiva, los dejó salir.
Entonces, cerrando las puertas, se negó a admitirlos otra vez.
Nota:
Año
168 a.de C. En Livio 44:44, el autor de la estratagema
es llamado Diodoro : «De regreso a su campamento, la alegría
del cónsul victorioso quedó turbada por las inquietudes
que le causaba la ausencia de su hijo menor P. Escipión,
a quien más adelante la destrucción de Cartago le
valió el honor de que le llamasen el segundo Africano. Hijo
del cónsul Paulo, pasó por adopción a ser nieto
del primer Escipión el Africano. Tenía a la sazón
este joven diez y siete años solamente, circunstancia que
aumentaba los temores de su padre: arrebatado por el ardor de la
persecución, le arrastró la multitud, y no regresó
hasta muy tarde.
Solamente entonces, al ver a su hijo sano y salvo, el cónsul
saboreó toda la alegría de tan importante victoria.
Cuando llegó a Amfípolis la noticia de la batalla,
las señoras de la ciudad acudieron en tropel al templo de
Diana Turopola para implorar la protección de la diosa. Entonces
Diodoro, prefecto de Amfípolis, temiendo que los dos mil
tracios de la guarnición aprovecharan aquel tumulto para
saquear la ciudad, hizo que le entregaran en la plaza pública
cartas traídas por fingido mensajero que había ganado
al efecto. Aquellas cartas decían "que los soldados
de la flota romana acababan de desembarcar en la costa de la Emacia,
que talaban los campos inmediatos y que el prefecto de la provincia
pedía socorros contra los agresores". Después
de la lectura, exhortó a los tracios "a que partiesen
para defender la costa de la Emacia, diciéndoles que los
romanos dispersos por los campos les ofrecían fácil
victoria y rico botin". Al mismo tiempo declaró que
no podía prestar fe a la noticia de la derrota, y que "si
el hecho fuese cierto, lo hubiese confirmado la llegada de fugitivos".
Con esta astucia consiguió que partiesen los tracios, y cuando
supo que se encontraban al otro lado del Estrimón, mandó
cerrar las puertas».
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Capítulos
I y II -
III y IV- V
y VI - VII y VIII- IX
y X- XI
y XII
XIII
y XIV - XV y XVI - XVII
y XVIII
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