SEXTO JULIO FRONTINO

«ESTRATAGEMAS»

LIBRO III

 

Capítulos I y II - III y IV- V y VI - VII y VIII- IX y X- XI y XII

XIII y XIV - XV y XVI - XVII y XVIII

Traducción y adaptación I. Nachimowicz

 

Frontino.


Si los libros precedentes han correspondido a sus títulos, y he mantenido la atención del lector hasta este punto, trataré ahora de astucias que tienen que ver con el sitio y la defensa de ciudades. Renunciando a cualquier prefacio, presentaré primero aquellas que son útiles en el sitio de ciudades y luego aquellas que ofrecen sugerencias a los sitiados. Dejando a un lado también todas las consideraciones de trabajos y máquinas de guerra, cuya invención ha alcanzado hace mucho su límite, y para la mejora de las cuales no veo ninguna esperanza adicional en las artes aplicadas, reconoceré los siguientes tipos de estratagemas relacionadas con operaciones de sitio:


I. Sobre ataques por sorpresa.
II. Sobre cómo engañar al sitiado.
III. Sobre cómo inducir a la traición.
IV. Por qué medios el enemigo puede ser reducido al estado de necesidad.
V. Cómo persuadir al enemigo que el sitio será mantenido.
VI. Sobre cómo distraer la atención de una guarnición hostil.
VII. Sobre cómo desviar corrientes y contaminar el agua.
VIII. Sobre cómo aterrorizar al sitiado.
IX. Sobre ataques desde un sitio inesperado.
X. Sobre cómo poner trampas para sacar al sitiado.
XI. Sobre retiradas fingidas.

Por otra parte, estratagemas relacionadas con la protección de los sitiados:

XII. Sobre cómo estimular la vigilancia de las propias tropas.
XIII. Sobre cómo enviar y recibir mensajes.
XIV. Sobre cómo introducir refuerzos y suministrar provisiones.
XV. Cómo producir la impresión de abundancia de lo que se carece.
XVI. Cómo conocer la amenaza de traición y la deserción.
XVII. Sobre salidas.
XVIII. Acerca de la firmeza por parte de los sitiados.


Capítulos I y II - III y IV- V y VI - VII y VIII- IX y X- XI y XII

XIII y XIV - XV y XVI - XVII y XVIII

 

 

XVII. SOBRE SALIDAS

1)Cuando Asdrúbal fue a sitiar Panormus, los romanos, que estaban en posesión de la ciudad, colocaron a propósito un número escaso de defensores en las murallas. Despreciando su pequeño número, Asdrúbal incautamente se acercó a las murallas, momento en el cual los romanos hicieron una salida y lo mataron.

Nota: Año 251 a.de C. Polibio, 1:40 : «Asdrúbal, comandante de los cartagineses, testigo del espanto de los romanos en los campamentos anteriores, informado de que uno de los Cónsules había marchado a Italia con la mitad del ejército, y que Cecilio quedaba en Palermo con la parte restante para defender los frutos de los aliados, cuya cosecha estaba ya en sazón; Asdrúbal, digo, parte de Lilibea con su ejército y sienta sus reales sobre los límites del territorio de Palermo. Cecilio, que advirtió su confianza, retuvo sus tropas dentro de la ciudad, con vistas a provocar su audacia. Fiero el cartaginés de que en su concepto Cecilio no osaba hacerle frente, avanza temerario con todo el ejército, y desciende por unos desfiladeros al país de Palermo. El procónsul, no obstante la tala de frutos que el cartaginés hacía hasta la ciudad, permanecía firme en su resolución hasta ver si le incitaba a pasar el río que corre por delante. Pero cuando ya tuvo de esta parte los elefantes y el ejército, destaca al instante sus tropas ligeras para que los provoquen y se vean obligados a poner todo su campo en batalla. Al fin, cumplido su deseo, sitúa algunas tropas ligeras delante del muro y del foso, con orden de, si los elefantes se acercaban, dar sobre ellos una carga cerrada de saetas; y en caso de verse precisados, retirarse al foso, y desde allí volver a la carga contra los que se acercasen. Ordena después a los artesanos llevar dardos de la plaza y estar dispuestos en el exterior al pie del muro. Él con sus cohortes se aposta en la puerta opuesta al ala izquierda de los enemigos, para enviar continuamente socorros a sus ballesteros. Empeñada algo más la acción, los conductores de los elefantes, émulos de la gloria de Asdrúbal y deseosos de que a ellos se les atribuyese la victoria, avanzaron todos contra los primeros que peleaban, los pusieron fácilmente en huida y los persiguieron hasta el foso. Aproximáronse después los elefantes, pero heridos por los que disparaban desde el muro, y traspasados a golpe seguro con los continuos chuzos y lanzas de los que coronaban el foso, se enfurecen al fin acribillados de flechas y heridas, se vuelven y atacan a los suyos, atropellan y matan a los soldados, confunden y desordenan sus líneas. A la vista de esto, Cecilio saca rápidamente el ejército, da en flanco con sus tropas de refresco y coordinadas sobre el ala de los enemigos desorganizados, causa un grande daño en los contrarios, mata a muchos, y hace huir a los demás precipitadamente. Toma diez elefantes con sus indios, y se apodera de todos los demás que habían desmontado a sus conductores, rodeándolos la caballería después de la batalla. Acabada la acción, en general se confesaba que Roma era deudora a Cecilio de que sus tropas de tierra hubiesen recuperado el valor y hubiesen vindicado la campiña».


2) Cuando los ligurios con su toda su fuerza hizo un ataque por sorpresa contra el campo de Emilio Paulo, éste fingió temor y durante mucho tiempo conservó sus tropas en el campamento. Entonces, cuando el enemigo estaba agotado, haciendo una salida por las cuatro puertas, derrotó a los ligurios y los hizo prisioneros.

Nota: Año 181 a.de C. Livio, 40:25, 27-28 : «25. Mientras ocurrían estas cosas en Macedonia, L. Emilio Paulo, a quien se había prorrogado el mando como procónsul en los primeros días de la primavera, entró con su ejército por tierras de los ligurios ingaunos. En cuanto estableció su campamento en las fronteras, se le presentaron legados so pretexto de pedir la paz, pero en realidad para examinar sus fuerzas. Paulo Emilio contestó que no trataría con ellos si antes no se sometían, mostrándose los ligurios muy dispuestos a obedecer, pero pidiendo tiempo para hacer comprender la necesidad a sus agrestes compatriotas. Habiendo concedido diez días de tregua, le rogaron además que no enviase a sus soldados a recoger leña ni forraje más allá de las montañas inmediatas, so pretexto de que aquella parte del territorio estaba en pleno cultivo. También les concedió esto; y entonces reunieron todas sus fuerzas detrás de las montañas, de las que habían sabido separar a los romanos, cayeron repentinamente en masa sobre el campamento, atacando a la vez todas las puertas. En aquel asalto, que duró un día entero, desplegaron extraordinario vigor, no teniendo tiempo los romanos para salir de sus líneas, ni espacio para formarse en batalla; agolpándose desordenadamente en las puertas y defendiendo su campamento, más bien haciendo muralla con sus cuerpos que peleando. Al ponerse el sol se retiraron los enemigos. P. Emilio envió en seguida dos jinetes con un mensaje al cónsul Cn. Bebio, que se encontraba en Pisa, diciéndole que, sitiado en su campamento, merced a una tregua, necesitaba con urgencia socorros. Bebio había entregado su ejército al pretor M. Pinario que marchaba a Cerdeña; pero escribió al Senado para enterarle de la crítica posición de Emilio, y al mismo tiempo dirigió una carta a M. Claudio Marcelo, cuya provincia era la más cercana, invitándole a que pasase con su ejército de la Galia a la Liguria y libertase a Emilio, sitiado por el enemigo. Estos socorros tenían que llegar muy tarde. A la mañana siguiente comenzaron otra vez el ataque los ligurios: Emilio, que lo había previsto y que pudo formarse en batalla fuera de sus empalizadas, se mantuvo encerrado en el campamento para ganar tiempo y dejar que Bebio llegase de Pisa con su ejército.
27. No viendo Emilio que llegaba socorro alguno y pensando que sus mensajeros habían sido detenidos, creyó que no debía esperar más tiempo para arriesgar un combate con sus solas fuerzas. Antes del regreso de los enemigos, cuyo ardor comenzaba a resfriar, formó su ejército en batalla, en las cuatro puertas del campamento, para que estuviese pronto a realizar una salida general a la primera señal. A las cuatro cohortes extraordinarias añadió otras dos y las puso a las órdenes de su legado M. Valerio, que debla salir por la puerta extraordinaria; colocó los hastatos de la primera legión en la puerta principal de la derecha, y detrás de ellos, como reserva, los príncipes de la misma legión, a las órdenes de los tribunos militares M. Servilio y L. Sulpicio. La tercera legión quedó enfrente de la puerta principal de la izquierda, con la sola diferencia de que los príncipes formaban la primera fila y los hastatos la reserva. Los tribunos militares Sexto Julio César y L. Aurelio Cotta mandaban aquella legión. El legado Q. Fulvio Flaco se situó con el ala derecha, delante de la puerta cuestoria. Dos cohortes y los triarios de las dos legiones quedaron para guardar el campa mento. El general recorrió todas las puertas, arengando a los soldados y empleando, para inflamar su ardor, todos los medios que creía a propósito para excitar su cólera. En tanto acusaba a los ligurios de perfidia y les censuraba de no haber pedido la paz más que para venir, a favor de la tregua que nabian conseguido y con desprecio del derecho de gentes, a asaltar el campa-mento romano; en tanto les representaba cuán vergonzoso era que un ejército romano se dejase sitiar por ligurios, que antes eran verdaderos bandidos que enemigos ordinarios. «iCómo os presentaréis, les decía, si no escapáis de este peligro más que por socorro extraño y no por vuestro valor, no diré a los soldados que vencieron a Anibal, a Filipo y Antíoco, los generales más grandes y monarcas más poderosos de nuestro tiempo, sino a los que tantas veces derrotaron a estos mismos ligurios y los persiguieron por desfiladeros casi impracticables, cuando huían delante de ellos como timidos rebaños? ¡Cómo! ¡Ni los españoles, ni los galos, ni los macedonios, ni los cartagineses se atrevieron jamás a acercarse a un campamento romano, y los ligurios pretenderían sitiarlo y procurarían tomarlo, cuando son tan cobardes que antes se ocultaron en bosques impenetrables, donde no pudimos encontrarles a pesar de todas nuestras pesquisas!» Los soldados contestaron con unánime clamor «que no podían censurarles, puesto que nadie les había dado la señal para hacer una salida. Que les mandasen salir y se vería que los romanos y los ligurios continuaban siendo lo que antes eran.
28. Los ligurios tenían dos campamentos a este lado de las montañas. En los primeros días salían, al aparecer el sol, todos juntos y en buen orden; pero ahora no tomaban las armas hasta después de saciarse de carne y de vino, saliendo por bandas y en desorden, persuadidos de que los romanos no se presentarían delante de sus parapetos. Los soldados de P. Emilio les dejaron avanzar en aquel desorden, y lanzando de pronto terrible grito, al que se unió el de los criados y servidores del ejército, cayeron sobre ellos por todas las puertas del campamento. No esperaban Ios ligurios aquella salida, y quedaron tan espantados como si hubiesen caído en una emboscada. Durante algunos momentos sostuvieron una apariencia de combate, pero muy pronto fué general la derrota, y los fugitivos quedaron destrozados. Entonces se mandó montar a la caballería romana y que no dejase escapar a ningún vencido, per-siguiéndoles temblorosos y consternados hasta sus campamentos, de los que se apoderó. Los ligurios perdieren aquel día más de quince mil hombres y les hicieron dos mil quinientos prisioneros. Tres días después, toda la nación de los ingaunos entregó rehenes y se sometió. Buscóse a los pilotos y marineros que habían tripulado las naves piratas, y los aprisionaron. El duunviro C. Macieno se apoderó en la costa de la Liguria de treinta y dos naves piratas. L. Aurelio Cotta y C. Sulpicio Galo quedaron encargados de llevar estas noticias y una carta al Senado; y debían pedir permiso al mismo tiempo para que L. Emilio dejase su provincia, donde había terminado la guerra, trayendo con él su ejército, que seria licenciado. A las dos peticiones acudió el Senado y decretó tres días de acciones de gracias en todos los altares. El pretor Petilio licenció las legiones urbanas; Fabio envió su contingente a los aliados del nombre latino, y el pretor de Roma escribió a los cónsules que el Senado les invitaba a licenciar en seguida los soldados alistados apresuradamente en el momento del peligro».

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3) Livio, comandante de los romanos, sosteniendo la ciudadela de los tarentinos, mandó enviados a Asdrúbal, solicitando el privilegio de retirarse sin ser molestado. Cuando por esta finta hizo que el enemigo aflojara su guardia, hizo una salida y los destrozó.

Nota: Años 212 a 209 a.de C..

 

4) Cneo Pompeyo, estando sitiado cerca de Dirraquio, no sólo liberó a sus propios hombres del bloqueo, sino que también hizo una salida en tiempo y lugar oportunos; ya que como César hacía un feroz asalto en una posición fortificada rodeada por una doble línea de obras, Pompeyo, por esta salida, lo envolvió de tal modo con un cordón de tropas que César pasó por graves peligros y pérdidas, tomado, como estaba, entre aquellos que él sitiaba y aquellos que lo habían rodeado desde el exterior.

Nota: Año 48 a.de C. Julio César, Las Guerras Civiles, 3:65-70 : «LXV. Ya los pompeyanos, después de una gran matanza de los nuestros, se iban acercando a las tiendas de Marcelino con no pequeño espanto de las demás cohortes, cuando Marco Antonio, alojado en el cuartel de los presidios más cercanos, sabido el caso, se veía bajar de lo alto con doce cohortes. Lo mismo fue llegar él, que reprimir su ardor los contrarios y empezar a cobrar espíritu los nuestros, volviendo en sí del susto. Poco después César, viendo el humo de los baluartes, seña en que habían convenido de antemano, con algunas cohortes destacadas de los presidios acudió allá también. Y advertido del daño, y juntamente que Pompeyo desamparando las trincheras ponía sus alojamientos a las orillas del mar, para lograr el paso libre así para el forraje como para la navegación; mudando de idea, ya que no salió bien la primera, mandó abrir sus trincheras junto a las de Pompeyo.
LXVI. Concluida la obra, observaron las atalayas de César que ciertas cohortes, que al parecer componían una legión, estaban detrás del bosque y de camino para los reales primeros. El sitio de los tales reales era éste : los días antes la nona legión apostada contra las tropas de Pompeyo, y fortificándose según lo dicho, pasa allí sus estancias; éstas venían a terminar en un bosque, y no distaban del mar más de cuatrocientos pasos. Después, mudando de idea por ciertos motivos, César los trasladó un poco más allá de aquel paraje, el cual, pasados algunos días, vino a ocuparle Pompeyo; y por cuanto aguardaban otras legiones, dejando dentro en pie este vallado, lo coronó por fuera con una cerca mucho más espaciosa, de suerte que los reales menores, engastados en los mayores, formaban una especie de fortaleza. Asimismo desde la esquina izquierda del bastión tiró una trinchera de cuatrocientos pasos hasta el río, a propósito de tener a mano y segura el agua. Verdad es que Pompeyo, por razones que no es menester referirlas, mudando de idea, abandonó aquel puesto. Así quedaron por muchos días vacíos aquellos reales. Con todo, las fortificaciones estaban en pie.
LXVII. Entrada aquí la legión con su bandera, dieron el aviso las atalayas a César. Eso mismo aseguraban haber visto de algunos baluartes más altos. Este sitio distaba media milla de los reales de Pompeyo. César, con la esperanza de sorprender esta legión, y el deseo de resarcir las pérdidas de aquel día, dejó en sus trincheras dos cohortes en ademán de continuar los trabajos, y él en persona, por un sendero, extraviado, con el mayor disimulo posible, divididas en dos columnas las otras treinta y tres cohortes entre los cuales iba la nona legión muy menoscabada por la muerte de tantos oficiales y soldados, movió hacia los reales menores al rastro de la legión de Pompeyo. Y no le salió fallida su esperanza, pues llegó primero que pudiese barruntarlo Pompeyo, y en medio de ser tan grandes las fortificaciones, dando prontamente el asalto con el ala izquierda, donde él se hallaba, barrió la trinchera. Estaban delante las puertas atravesados unos caballos de frisa; aquí fue preciso forcejear algún tanto porfiando los nuestros por romper y ellos oponiéndose a viva fuerza, defendiendo el puesto valerosísimamente Tito Pulción, el mismo que fue autor de la traición cometida contra el ejército de Cayo Antonio. Pero al fin los nuestros pudieron más; y hecho añicos el erizo, primero forzaron las trincheras y después la fortificación del centro, y porque la legión batida se había refugiado allí, mataron algunos que hacían resistencia.
LXVIII. Mas la fortuna, que tiene muchísima mano en todo y más en la guerra, por motivos pequeños suele causar grandes revoluciones, como aquí se vio. Las cohortes del ala derecha de César, buscando la puerta, fueron siguiendo la línea de la trinchera, que se dijo arriba remataba en el río, persuadidos a que fuese la cerca de los reales. Cuando echaron de ver que terminaba en el río y nadie la guardaba, al instante la asaltaron y tras ella toda nuestra caballería.
LXIX. Después de largo rato que andaban en esto, Pompeyo avisado del hecho, destacó la quinta legión en ayuda de los suyos; y al mismo tiempo su caballería venía arrimándose a la nuestra, y los nuestros, que se habían apoderado de los reales, divisaban su infantería puesta en orden, con que al momento se trocaron las suertes. La legión de Pompeyo, animada con la esperanza de pronto socorro, se hacía fuerte en la puerta principal y aun revolvían con osadía contra los nuestros. Como la caballería de César iba entrando en las trincheras por un paraje angosto, mal segura de la retirada, tentaba la huida. El ala derecha, viéndose tan separada de la izquierda, observando el miedo de los caballos, para no ser oprimida, trataba de retirarse por donde acababa de introducirse; y los más de ellos, por librarse de las apreturas, se precipitaban del vallado que tenía diez pies de alto, y atropellando a los primeros por encima de sus cuerpos buscaban escape y salida. Los soldados de la izquierda, mirando por una parte la presencia de Pompeyo, y por otra la fuga de los suyos, temiendo no quedar acorralados con el enemigo por fuera y por dentro, solicitaban escapar por donde habían venido. Todo era confusión, terror y fuga; tal, que asiendo César con su mano los estandartes de los que huían y mandándoles parar, unos, apeándose de los caballos, proseguían su carrera, otros soltaban de miedo sus banderas, y ni uno siquiera se detenía.
LXX. En tan grande avenida de males, el no perecer todos estuvo en que quiso la fortuna que Pompeyo, receloso de asechanzas, estuvo algún tiempo sin atreverse a llegar a las trincheras; y es que, a mi ver, todo esto le cogía de nuevo, habiendo visto poco antes huir de los reales a los suyos, y su caballería, como el tropel de los nuestros tenía cegadas las puertas y desfiladeros, no podía romper para seguirlos. Tan grandes fueron los males y bienes que resultaron de muy pequeños principios; pues hallándose los nuestros dueños de los reales, la trinchera tirada desde éstos al río privó a César de la victoria segura y rodada, pero esto mismo dio la vida a los nuestros por haber retardado la celeridad de los enemigos en perseguirlos».
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5) Flavio Fimbria, luchando en Asia cerca del río Rhyndacus contra el hijo de Mitrídates, construyó dos líneas de obras en sus flancos y una zanja en el frente, y mantuvo a sus soldados silenciosamente dentro de sus atrincheramientos, hasta que la caballería del enemigo pasó dentro de las porciones encajonadas de sus fortificaciones. Entonces, haciendo una salida, mató a seis mil de ellos.

Nota: Año 85 a.de C.


6)Cuando las fuerzas de Titurio Sabino y Cotta, los lugartenientes de César en la Galia, habían sido borradas por Ambiorix, César fue urgido por Quinto Cicerón, que también estaba bajo sitio, a venir con dos legiones en su ayuda. El enemigo entonces se volvió sobre César, quién fingió temor y mantuvo sus tropas dentro de su campamento, que él había construido deliberadamente en una escala más pequeña que la de costumbre. Los galos, contando ya con la victoria, y presionando hacia adelante como para saquear el campamento, comenzaron a llenar las zanjas y a derribar los terraplenes. César, por lo tanto, como los galos no estaban equipados para la batalla, envió adelante de repente a sus propias tropas de todos los sitios y destrozó al enemigo.

Nota: Año 54 a.de C. Julio César, Comentarios de la Guerra de las Galias, 5:37-52 : «XXXVII. Sabino, vuelto a los tribunos circunstantes y a los primeros centuriones, manda que le sigan, y llegando cerca de Ambiórige, intimándole rendir las armas, obedece, ordenando a los suyos que hagan lo mismo. Durante la conferencia, mientras se trata de las condiciones, y Ambiórige alarga de propósito la plática, cércanle poco a poco, y le matan. Entonces fue la grande algazara y el gritar descompasado a su usanza, apellidando victoria, echarse sobre los nuestros, y desordenarlos. Allí Lucio Cota pierde combatiendo la vida, con la mayor parte de los soldados; los demás se refugian a los reales de donde salieron, entre éstos Lucio Petrosidio, alférez mayor, que, siendo acosado de un gran tropel de enemigos, tiró dentro del vallado la insignia del águila, defendiendo a viva fuerza la entrada, hasta que cayó muerto. Los otros a duras penas sostuvieron el asalto hasta la noche, durante la cual todos, desesperados, se dieron a sí mismos la muerte. Los pocos que de la batalla se escaparon, metidos entre los bosques, por caminos extraviados, llegan a los cuarteles de Tito Labieno y le cuentan la tragedia.
XXXVIII. Engreído Ambiórige con esta victoria, marcha sin dilación con su caballería a los aduáticos, confinantes con su reino, sin parar día y noche, y manda que le siga la infantería. Incitados los aduáticos con la relación del hecho, al día siguiente pasa a los nervios, y los exhorta a que no pierdan la ocasión de asegurar para siempre su libertad y vengarse de los romanos por los ultrajes recibidos. Póneles delante la muerte de dos legados y la matanza de gran parte del ejército; ser muy fácil hacer lo mismo de la legión acuartelada con Cicerón, acogiéndola de sorpresa; él se ofrece por compañero de la empresa. No le fue muy dificultoso persuadir a los nervios. Así que, despachando al punto correos a los centrones, grudios, levacos, pleumosios y gordunos, que son todos dependientes suyos, hacen las mayores levas que pueden, y de improviso vuelan a los cuarteles de Cicerón, que aun no tenía noticia de la desgracia de Titurio, con que no pudo precaver el que algunos soldados, esparcidos por las selvas en busca de leña y fajina, no fuesen sorprendidos con la repentina llegada de los caballos. Rodeados ésos, una gran turba de eburones, aduáticos y nervios con todos sus aliados y dependientes empieza a batir la legión. Los nuestros a toda prisa toman las armas y montan las trincheras. Costó mucho sostenerse aquel día, porque los enemigos ponían toda su esperanza en la brevedad, confiando que, ganada esta victoria, para siempre quedarían vencedores.
XL. Cicerón al instante despacha cartas a César, ofreciendo grandes premios a los portadores, que son luego presos por estar tomadas todas las sendas. Por la noche, del maderaje acarreado para barrearse, levantan ciento y veinte torres con presteza increíble, y acaban de fortificar los reales. Los enemigos al otro día los asaltan con mayor golpe de gente y llenan el foso. Los nuestros resisten como el día precedente; y así prosiguen en los consecutivos, no cesando de trabajar noches enteras, hasta los enfermos y heridos. De noche se apresta todo lo necesario para la defensa del otro día. Se hace prevención de cantidad de varales tostados a raigón y de garrochones, fórmanse tablados en las torres, almenas y parapetos de zarzos entretejidos. El mismo Cicerón, siendo de complexión delicadísima, no reposaba un punto ni aun de noche; tanto que fue necesario que los soldados, con instancias y clamores, le obligasen a mirar por sí.
XLI. Entonces los jefes y personas de autoridad entre los nervios, que tenían alguna cabida y razón de amistad con Cicerón, dicen que quieren abocarse con él. Habida licencia, repiten la arenga de Ambiórige a Titurio: «estar armada toda la Galia: los germanos de esta parte del Rin: los cuarteles de César y de los otros, sitiados. Añaden lo de la muerte de Sabino. Ponente delante a Ambiórige, para que no dude de la verdad. Dicen ser gran desatino esperar socorro alguno de aquellos que no pueden valerse a sí mismos. Protestan, no obstante, que por el amor que tienen a Cicerón y al Pueblo Romano sólo se oponen a que invernen dentro de su país, y que no quisieran se avezasen a eso; que por ellos bien pueden salir libres de los cuarteles, y marchar seguros a cualquiera otra parte». La única respuesta de Cicerón a todo esto fue: «no ser costumbre del Pueblo Romano recibir condiciones del enemigo armado. Si dejan las armas podrán servirse de su mediación y enviar embajadores a César, que, según es de benigno, espera lograrán lo que pidieren».
XLII. Los nervios, viendo frustradas sus ideas, cercan los reales con un bastión de once pies y su foso de quince. Habían aprendido esto de los nuestros con el trato de los años antecedentes, y no dejaban de tener soldados prisioneros que los instruyesen. Mas como carecían de las herramientas necesarias, les era forzoso cortar los céspedes con la espada, sacar la tierra con las manos y acarrearla en las haldas. De lo cual se puede colegir el gran gentío de los sitiadores, pues en menos de tres horas concluyeron una fortificación de diez millas de circuito; y los días siguientes, mediante la dirección de los mismos prisioneros, fueron levantando torres de altura igual a nuestras barreras, y fabricando guadañas y galápagos.
XLIII. Al día séptimo del cerco, soplando un viento recio, empezaron a tirar con hondas bodoques caldeados y dardos encendidos a las barracas, que al uso de la Galia eran pajizas. Prendió al momento en ellas el fuego, que con la violencia del viento se extendió por todos los reales. Los enemigos cargando con grande algaraza, como seguros ya de la victoria, van arrimando las torres y galápagos, y empiezan a escalar el vallado. Mas fue tanto el valor de los soldados, tal su intrepidez, que sintiéndose chamuscar por todos lados y oprimir de una horrible lluvia de saetas, viendo arder todos sus ajuares y alhajas, lejos de abandonar nadie su puesto, ni aun casi quien atrás mirase, antes por lo mismo peleaban todos con mayor brío y coraje. Penosísimo sin duda fue este día para los nuestros; bien que se consiguió hacer grande estrago en los enemigos, por estar apiñados al pie del vallado mismo, ni dar los últimos, lugar de retirarse a los primeros. Cediendo un tanto las llamas, como los enemigos arrimasen por cierta parte una torre hasta pegarla con las trincheras, los oficiales de la tercera cohorte hicieron lugar retirándose atrás, con todos los suyos, y con ademanes y voces empezaron a provocarlos a entrar, «si eran hombres»; pero nadie osó aventurarse. Entonces los romanos, arrojando piedras, los derrocaron y les quemaron la torre.
XLIV. Había en esta legión dos centuriones muy valerosos, Tito Pulfion y Lucio Vareno, a punto de ser promovidos al primer grado. Andaban éstos en continuas competencias sobre quién debía ser preferido, y cada año, con la mayor emulación, se disputaban la precedencia. Pulfion, uno de los dos, en el mayor ardor del combate al borde de las trincheras: « ¿En qué piensas, dice, oh Vareno?, ¿o a cuándo aguardas a mostrar tu valentía? Este día decidirá nuestras competencias.» En diciendo esto, salta las barreras y embiste al enemigo por la parte más fuerte. No se queda atrás Vareno, sino que temiendo la censura de todos, síguele a corta distancia. Dispara Pulfion contra los enemigos su lanza, y pasa de parte a parte a uno que se adelantó de los enemigos; el cual herido y muerto, es amparado con los escudos de los suyos, y todos revuelven contra Pulfion cerrándole el paso. Atraviésanle la rodela, y queda clavado el estoque en el tahalí. Esta desgracia le paró de suerte la vaina que, por mucho que forcejaba, no podía sacar la espada, y en esta maniobra le cercan los enemigos. Acude a su defensa el competidor Vareno, y socórrele en el peligro, punto vuelve contra este otro el escuadrón sus tiros, dando a Pulfion por muerto de la estocada. Aquí Vareno, espada en mano, arrójase a ellos, bátese cuerpo a cuerpo, y matando a uno, hace retroceder a los demás. Yendo tras ellos con demasiado coraje, resbala cuesta abajo, y da consigo en tierra. Pulfion que lo vio rodeado de enemigos, corre a librarle, y al fin ambos, sanos y salvos, después de haber muerto a muchos, se restituyen a los reales cubiertos de gloría. Así la fortuna en la emulación y en la contienda guío a entrambos, defendiendo el un émulo la vida del otro, sin que pudiera decirse cuál de los dos mereciese en el valor la primacía.
XLV. Cuanto más se agravaba cada día la fiereza del asedio, principalmente por ser muy pocos los defensores, estando gran parte de los soldados postrados de las heridas, tanto más se repetían correos a César, de los cuales algunos eran cogidos y muertos a fuerza de tormentos a vista de los nuestros. Había en nuestro cuartel un hidalgo llamado Verticón, que había desertado al primer encuentro, y dado a Cicerón pruebas de su lealtad. Este tal persuade a un su esclavo, prometiéndole la libertad y grandes galardones, que lleve una carta a César. Él la acomoda en su lanza, y como galo, atravesando por entre los galos sin la menor sospecha, la pone al fin en manos de César, por donde vino a saber el peligro de Cicerón y de su legión.
XLVI. Recibida esta carta a las once del día, despacha luego aviso al cuestor Marco Craso que tenía sus cuarteles en los belovacos, a distancia de veinticinco millas, mandándole que se ponga en camino a medianoche con su legión y venga a toda prisa. Pártese Craso al aviso. Envía otro al legado Cayo Fabio, que conduzca la suya a la frontera de Artois, por donde pensaba él hacer su marcha. Escribe a Labieno, que, si puede buenamente, se acerque con su legión a los nervios. No le pareció aguardar lo restante del ejército, por hallarse más distante. Saca de los cuarteles inmediatos hasta cuatrocientos caballos.
XLVII. A las tres de la mañana supo de los batidores la venida de Craso. Este día caminó veinte millas. Da el gobierno de Samarobriva con una legión a Craso, porque allí quedaba todo el bagaje, los rehenes, las escrituras públicas, y todo el trigo acopiado para el invierno. Fabio, conforme a la orden recibida, sin detenerse mucho, sale al encuentro en el camino. Labieno, entendida la muerte de Sabino y el destrozo de sus cohortes, viéndose rodeado de todas las tropas trevirenses, temeroso de que, si salía como huyendo de los cuarteles, no podía sostener la carga del enemigo, especialmente sabiendo que se mostraba orgulloso con la recién ganada victoria, responde a César, representando el gran riesgo que correrá la legión si se movía. Escríbele por menor lo acaecido en los eburones, y añade que a tres millas de su cuartel estaban acampados los trevirenses con toda la infantería y caballería.
XLVIII. César, pareciéndole bien esta resolución, dado que de tres legiones con que contaba se veía reducido a dos, sin embargo, en la presteza ponía todo el buen éxito. Entra, pues, a marchas forzadas por tierras de los nervios. Aquí le informan los prisioneros del estado de Cicerón y del aprieto en que se halla. Sin perder tiempo, con grandes promesas persuade a uno de la caballería galicana que lleve a Cicerón una carta. Iba ésta escrita en griego, con el fin de que, si la interceptaban los enemigos, no pudiesen entender nuestros designios; previénele, que si no puede dársela en su mano, la tire dentro del campo atada con la coleta de un dardo. El contenido era: «que presto le vería con sus legiones», animándole a perseverar en su primera constancia. El galo, temiendo ser descubierto, tira el dardo según la instrucción. Éste, por desgracia, quedó clavado en un cubo, sin advertirlo los nuestros por dos días. Al tercero reparó en él un soldado, que lo alcanzó, y trajo a Cicerón, quien después de leída, la publicó a todos, llenándolos de grandísimo consuelo. En eso se divisaban ya las humaredas a lo lejos, con que se aseguraron totalmente de la cercanía de las legiones.
XLIX. Los galos, sabida esta novedad por sus espías, levantan el cerco, y con todas sus tropas, que se componían de sesenta mil hombres, van sobre César. Cicerón, valiéndose de esta coyuntura, pide a Verticón, aquel galo arriba dicho, para remitir con él otra carta a César, encargándole haga el viaje con toda cautela y diligencia; decía en la carta, cómo los enemigos, alzando el sitio, habían revuelto contra él todas las tropas. Recibida esta carta cerca de la medianoche, la participa César a los suyos y los esfuerza para la pelea.
Al día siguiente muy temprano mueve su campo, y a cuatro días de marcha descubre la gente del enemigo que asomaba por detrás de un valle y de un arroyo. Era cosa muy arriesgada combatir con tantos en paraje menos ventajoso; no obstante, certificado ya de que Cicerón estaba libre del asedio, y por tanto no era menester apresurarse, hizo alto, atrincherándose lo mejor que pudo, según la calidad del terreno; y aunque su ejército ocupaban bien poco, que apenas era de siete mil hombres, y ésos sin ningún equipaje, todavía lo reduce a menor espacio, estrechando Lodo lo posible las calles de entre las tiendas [101] con la mira de hacerse más y más despreciable al enemigo. Entre tanto despacha por todas partes batidores a descubrir el sendero más seguro por donde pasar aquel valle.
L. Este día, sin hacer más que tal cual ligera escaramuza de los caballos junto al arroyo, unos y otros se estuvieron quedos en sus puestos: los galos, porque aguardaban mayores refuerzos, que aun no se habían juntado; César, por si pudiese con muestras de temor atraer al enemigo a esta banda del valle, y darle la batalla sin mudar de terreno delante de las trincheras, donde no, sendereada la ruta, pasar el valle y el arroyo con menos riesgo. La mañana siguiente, la caballería enemiga se acerca a los reales, y trábase con la nuestra. César de intento la manda cejar y retirarse adentro, y manda juntamente alzar más la estacada, tapiar las puertas, y ejecutar todo esto con grandísimo atropellamiento y apariencias de miedo.
LI. Cebados con eso los enemigos, pasan su ejército, y se apuestan en mal sitio; y viendo a los nuestros retirarse aun de las mismas barreras, dan un avance, y arrojando de todas partes dardos dentro de las trincheras, a voz de pregonero publican por todos los cantones: «que cualquiera sea galo, sea romano, tiene libertad antes de la hora tercia para pasarse a su campo; después de este plazo no habrá más recurso». Y llegó a tanto su menosprecio que, creyendo no poder forzar las puertas, tapiadas sólo en la apariencia con una somera capa de adobes, empezaron unos a querer aportillar el cercado con las manos, otros a llenar los fosos. Entonces César, abiertas todas las puertas, hace una salida y soltando a la caballería, al punto pone en fuga a los enemigos, de suerte que ni uno solo hizo la menor resistencia, con que mató a muchos de ellos y desarmó a todos.
LII. No se atrevió a seguir el alcance por los bosques y pantanos intermedios, viendo que el sitio quedaba señalado con no pequeña pérdida del enemigo. En fin, sin daño alguno de sus tropas, el mismo día se juntó con Cicerón. Ve con asombro los torreones, galápagos y fortificaciones de los enemigos. Y hecha la revista de la legión, halla que ni de diez uno estaba sin herida, de lo cual infiere en qué conflicto se vieron y con qué valor se portaron. A Cicerón y a sus soldados hace los merecidos elogios; saluda por su nombre uno a uno a los centuriones y tribunos, de cuyo singular valor estaba bien informado por Cicerón. Cerciórase por los prisioneros de la desgracia de Sabino y Cota. El día inmediato, en presencia del ejército, la cuenta por extenso, consolando y animando a los soldados con decirles: que deben sufrir con paciencia este descalabro únicamente ocasionado por culpa y temeridad del comandante, ya que quedaba vengado por beneficio de los dioses inmortales y su propio valor, aguándoseles tan presto a los enemigos el gozo, como quedaba remediado para ellos el motivo de sentimiento».

 

7) Cuando Titurio Sabino luchaba contra una gran fuerza de los galos, mantuvo a sus tropas dentro de sus fortificaciones, y así produjo sobre los galos la impresión de que estaba temeroso. Para favorecer esta impresión, envió a un desertor para declarar que el ejército romano estaba desesperado y planeaba huir. Espoleado por la esperanza de la victoria así ofrecida, los galos se cargaron con madera y malezas para llenar las trincheras, y a todo correr partieron para nuestro campamento, que estaba arnado en la cumbre de una elevación. Desde allí Titurio lanzó todas sus fuerzas contra ellos, matando a muchos de los galos y recibiendo a un gran número en rendición.

Nota: Año 56 a.de C. Julio César, Comentarios de la Guerra de las Galias, 3:17-19 : «XVII. Mientras esto pasaba en Vannes. Quinto Titurio Sabino llegó con su destacamento a la frontera de los únelos, cuyo caudillo era Viridovige, como también de todas las comunidades alzadas, en donde había levantado un grueso ejército. Asimismo en este poco tiempo los aulercos, ebreusenses y lisienses, degollando a sus senadores porque se oponían a la guerra, cerraron las puertas y se ligaron con Viridovige juntamente con una gran chusma de bandoleros y salteadores que se les agregó de todas partes, los cuales, por la esperanza del pillaje y afición a la milicia, tenían horror al oficio y continuo trabajo de la labranza. Sabino, que se había acampado en lugar ventajoso para todo, no salía de las trincheras, dado que Viridovige, alojado a dos millas de distancia, sacando cada día sus tropas afuera, le presentaba la batalla, con que ya no sólo era despreciado Sabino de los contrarios, sino también zaherido de los nuestros. A tanto llegó la persuasión de su miedo, que ya los enemigos se arrimaban sin recelo a las trincheras. Hacía él esto por juzgar que un oficial subalterno no debía exponerse a pelear con tanta gente sino en sitio seguro, o con alguna buena ocasión, mayormente en ausencia del general.
XVIII. Cuando andaba más válida esta opinión de su miedo, puso los ojos en cierto galo de las tropas auxiliares, hombre abonado y sagaz a quien con grandes premios y ofertas le persuade se pase a los enemigos, dándole sus instrucciones. Él, llegado como desertor al campo de los enemigos, les representa el miedo de los romanos; pondera cuan apretado se halla César de los vaneses; que a más tardar, levantando el campo Sabino secretamente la noche inmediata, iría a socorrerle. Lo mismo fue oír esto, que clamar todos a una voz que no era de perder tan buen lance, ser preciso ir contra ellos. Muchas razones los incitaban a eso: la irresolución de Sabino en los días antecedentes; el dicho del desertor; la escasez de bastimentos, de que por descuido estaban mal provistos; la esperanza de que venciesen los vaneses; y en fin, porque de ordinario los hombres creen fácilmente lo que desean. Movidos de esto, no dejan a Viridovige ni a los demás capitanes salir de la junta hasta darles licencia de tomar las armas e ir contra el enemigo. Conseguida, tan alegres como si ya tuviesen la victoria en las manos, cargados de fagina con que llenar los fosos de los romanos, van corriendo a los reales.
XIX. Estaba el campamento en un altozano que poco a poco se levantaba del llano, y a él vinieron apresuradamente corriendo casi una milla por quitarnos el tiempo de apercibirnos, si bien ellos llegaron jadeando. Sabino, animados los suyos, da la señal que tanto deseaban. Mandóles salir de rebato por dos puertas, estando aún los enemigos con las cargas a cuestas. La ventaja del sitio, la poca disciplina y mucho cansancio de los enemigos, el valor de los nuestros y su destreza adquirida en tantas batallas fueron causa de que los enemigos, sin resistir ni aun la primera carga nuestra, volviesen al instante las espaldas. Mas como iban tan desordenados, alcanzados de los nuestros que los perseguían con las fuerzas enteras, muchos quedaron muertos en el campo; los demás, fuera de algunos que lograron escaparse, perecieron en el alcance de la caballería. Con esto, al mismo tiempo que Sabino recibió la noticia de la batalla naval, la tuvo César de la victoria de Sabino, a quien luego se rindieron todos aquellos pueblos, porque los galos son tan briosos y arrojados para emprender guerras, como afeminados y mal sufridos en las desgracias».

8) Cuando Pompeyo estaba a punto de asaltar la ciudad de Asculum, los habitantes exhibieron en los terraplenes a unos hombres ancianos y débiles. Habiendo relajado así los romanos su guardia, hicieron una salida y los pusieron en fuga.

Nota: Año 90 a.de C.

9) Cuando los Numantinos fueron bloqueados, no prepararon ni una línea de batalla delante de las trincheras, pero se mantuvieron tan estrechamente dentro de la ciudad que Popilio Lenas se envalentonó como para atacarla con escaleras de asalto. Pero, sospechando una astucia, ya que ni siquiera entonces fue ofrecida resistencia alguna, reunió a sus hombres; con lo cual los Numantinos hicieron una salida y atacaron a los romanos por la retaguardia mientras bajaban.

Nota:Año 138 a.de C.

 

XVIII. ACERCA DE LA FIRMEZA POR PARTE DE LOS SITIADOS

1) Los romanos, cuando Aníbal estaba acampado cerca de sus muros, a fin de exponer su confianza, enviaron tropas afuera por una puerta diferente para reforzar a los ejércitos que tenían en España.

Nota: Año 211 a.de C. Livio, 26:11 : «A la mañana siguiente, habiendo cruzado el Anio, presentó Aníbal sus tropas formadas en batalla; Flaco y los cónsules aceptaron el combate. Frente a frente los ejércitos iban a librar una batalla cuyo premio hubiese sido Roma, cuando lluvia torrencial mezclada de granizo puso tal desorden en los dos bandos, que, pudiendo apenas mantener las armas, se retiraron a sus campamentos, sin haber cedido el campo por miedo unos ni otros. A la mañana siguiente los ejércitos avanzaron en batalla al mismo punto, separándoles igual tempestad; y en cuanto entraron en sus campamentos, restableciese instantáneamente el buen tiempo. Los cartagineses atribuyeron el prodigio a los dioses, y se oyó exclamar a Aníbal: "Que los dioses le negaban unas veces la voluntad y otras la facultad de apoderarse de la ciudad de Roma". Otras dos circunstancias, una -grave y otra ligera, disminuyeron también su esperanza. La primera, muy importante, fué la noticia que recibió Aníbal en el momento mismo en que acampaba bajo las murallas de Roma, que partían soldados romanos, con las enseñas al frente, para reforzar el ejército de Espana: la segunda tenía menos gravedad; supo por un prisionero que había sido vendido el terreno en que acampaba, sin que esta circunstancia hubiese disminuido su precio. Tanto le indignó el orgullo que revelaba el hecho de haber encontrado comprador en Roma el terreno de que la guerra le había hecho dueño, que, llamando en seguida a un pregonero, le mandó que anunciase la subasta de las joyerías que estaban entonces alrededor del Foro romano. Impulsado al fin por todas estas cosas, llevó su campamento a las orillas del río Tucia, a seis millas de Roma, dirigiéndose en seguida al bosque sagrado de Feronia, donde se encontraba un templo célebre entonces por su riqueza. Los capenatos, antiguos habitantes de aquellos parajes, llevando como ofrendas las primicias de los frutos de la tierra y otros presentes, habían acumulado allí mucho oro y plata. Aníbal despojó el templo de sus tesoros; y después de su marcha, se encontraron trozos de bronce, restos que, por temor religioso, abandonaron los soldados. Todos los escritores están de acuerdo acerca del despojo del templo. Según Celio, Aníbal, marchando sobre Roma, se separó de Ereto, para llegar allí, siguió su camino por Reata, Cutilia y Amiterno, pasó de la Campania al Samnio y de aquí al territorio de los pelignos. Dejando a su lado la ciudad de Sulmona en el territorio de los marrucinos, atravesó el de Alba entre los marsos, llegando en seguida a Amiterno y al pueblo de Fúrulos. En esto no hay error; las huellas de un ejército tan numeroso no podían confundirse en el recuerdo habiendo pasado tan poco tiempo; y es efectivamente cierto que Aníbal siguió este camino; lo único que queda por averiguar es si fué al marchar a Roma o al regresar a la Campania».

2) La tierra en la que Aníbal tenía su campamento, habiendo entrado en el mercado debido a la muerte del dueño, fue objeto de puja por los romanos hasta la cifra en la cual la propiedad se había vendido antes de la guerra.

3) Cuando los romanos fueron sitiados por Aníbal y asimismo sitiaban Capua, aprobaron un decreto para no convocar a su ejército del último lugar hasta que fuera capturado.

Nota: Año 211 a.de C. Livio, 26:7-8 : «7. Reconociendo Aníbal la imposibilidad de atraer a los romanos a otro combate, y de abrirse paso a Capua a través de su campamento; temiendo además que los nuevos cónsules le cortasen los víveres, resolvió abandonar una empresa inútil y levantar el campamento. Mientras meditaba hacia qué punto se dirigiría, repentina reflexión le hizo marchar sobre el mismo foco de la guerra, sobre Roma. Censurábanle haber dejado escapar, después de la batalla de Cannas, una ocasión ardientemente deseada y él mismo no ocultaba su falta. "A favor de un ataque imprevisto y del terror que causaría, podía esperar apoderarse de alguna parte de la ciudad; y si Roma estaba en peligro los dos generales romanos, o al menos uno de ellos, abandonarían en seguida a Capua; la división de sus tropas les debilitaría a los dos y le proporcionarían a el o a los campanios ocasión de derrotarlos". Un solo cuidado le inquietaba; su marcha podía ser la señal de la rendición de Capua. A fuerza de regalos, decidió a un númida a atreverse a todo, a encargarse de una carta, a entrar como desertor en el campamento romano y a penetrar en seguida secretamente en la ciudad.
La carta era muy animadora: "Su retirada, exigida por la salvación misma de los capuanos, debía obligar a los generales romanos y a sus ejércitos a marchar a la defensa de Roma y abandonar el sitio de Capua. Si no perdían el valor, si resistían algunos días más, la ciudad se vería enteramente libre del bloqueo". En seguida se apoderó de las naves que se encontraban en el Volturno y las hizo remontar hasta el fuerte que había mandado construir para defender aquella posición. Viendo que había bastantes para que pasasen sus tropas en una noche, mandó preparar víveres para diez días, y durante la noche llevó las legiones a la orilla del río, que atravesó antes de amanecer.
8. Antes de ejecutar este proyecto, los desertores enteraron de él a Fulvio Flaco, que escribió al Senado romano, y la noticia afectó a cada uno según su carácter. Lo crítico de la situación hizo que se convocase en seguida al Senado. P. Cornelio, denominado Asina, quería que se llamase de toda Italia a todos los jefes y todos los ejércitos, que se prescindiese de Capua y de todas las demás empresas para defender a Roma. Fabio Máximo contestó: "que levantar el sitio de Capua, temblar tanto al menor movimiento de Aníbal y preocuparse de aquella manera por sus marchas y contramarchas, le parecía vergonzoso. El vencedor de Cannas no se atrevió a marchar sobre Roma; rechazado hoy delante de Capua, ¿habría concebido la esperanza de apoderarse de ella? No, no venía a poner sitio a Roma, sino que quería libertar a Capua. Roma debía encontrar defensores en el ejército que tenía en su recinto, en Júpiter, testigo de los tratados violados por Aníbal, y en los demás dioses". Siguiendo el término medio entre estas opuestas opiniones, venció la de P. Valerio Flaco, que conciliaba todos los intereses. Éste propuso "que se escribiera a los generales que se encontraban delante de Capua y les enterasen de las fuerzas que tenía Roma para su defensa; ellos sabían con cuántas trovas marchaba Anibal y cuántas necesitaban para continuar el sitio. Si uno de los jefes podía separarse con parte de las legiones, dejando a su colega delante de Capua con fuerzas suficientes para reducirla, Claudio y Fulvio debían decidir juntos cuál de los dos había de continuar el sitio y cuál acudir a Roma para proteger la patria". A la recepción de este senatus-consulto, el cónsul Fulvio, a quien la herida de su compañero obligaba a marchar a Roma, eligió en los tres ejércitos quince mil infantes y mil jinetes y les hizo pasar el Volturno. Seguro allí de que Aníbal avanzaría por la vía Latina, tomó la vía Apia y envió mensajeros a las ciudades municipales inmediatas al camino, como Secia, Cora y Lanuvio, para que tuviesen víveres preparados y los hiciesen trasladar al camino desde los campos vecinos; además, cada ciudad debía reunir fuerzas para defenderse por si misma».



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