1)Cuando
Asdrúbal fue a sitiar Panormus, los romanos, que estaban en posesión
de la ciudad, colocaron a propósito un número escaso de
defensores en las murallas. Despreciando su pequeño número,
Asdrúbal incautamente se acercó a las murallas, momento
en el cual los romanos hicieron una salida y lo mataron.
Nota:
Año 251 a.de C. Polibio, 1:40 : «Asdrúbal,
comandante de los cartagineses, testigo del espanto de los romanos
en los campamentos anteriores, informado de que uno de los Cónsules
había marchado a Italia con la mitad del ejército,
y que Cecilio quedaba en Palermo con la parte restante para defender
los frutos de los aliados, cuya cosecha estaba ya en sazón;
Asdrúbal, digo, parte de Lilibea con su ejército y
sienta sus reales sobre los límites del territorio de Palermo.
Cecilio, que advirtió su confianza, retuvo sus tropas dentro
de la ciudad, con vistas a provocar su audacia. Fiero el cartaginés
de que en su concepto Cecilio no osaba hacerle frente, avanza temerario
con todo el ejército, y desciende por unos desfiladeros al
país de Palermo. El procónsul, no obstante la tala
de frutos que el cartaginés hacía hasta la ciudad,
permanecía firme en su resolución hasta ver si le
incitaba a pasar el río que corre por delante. Pero cuando
ya tuvo de esta parte los elefantes y el ejército, destaca
al instante sus tropas ligeras para que los provoquen y se vean
obligados a poner todo su campo en batalla. Al fin, cumplido su
deseo, sitúa algunas tropas ligeras delante del muro y del
foso, con orden de, si los elefantes se acercaban, dar sobre ellos
una carga cerrada de saetas; y en caso de verse precisados, retirarse
al foso, y desde allí volver a la carga contra los que se
acercasen. Ordena después a los artesanos llevar dardos de
la plaza y estar dispuestos en el exterior al pie del muro. Él
con sus cohortes se aposta en la puerta opuesta al ala izquierda
de los enemigos, para enviar continuamente socorros a sus ballesteros.
Empeñada algo más la acción, los conductores
de los elefantes, émulos de la gloria de Asdrúbal
y deseosos de que a ellos se les atribuyese la victoria, avanzaron
todos contra los primeros que peleaban, los pusieron fácilmente
en huida y los persiguieron hasta el foso. Aproximáronse
después los elefantes, pero heridos por los que disparaban
desde el muro, y traspasados a golpe seguro con los continuos chuzos
y lanzas de los que coronaban el foso, se enfurecen al fin acribillados
de flechas y heridas, se vuelven y atacan a los suyos, atropellan
y matan a los soldados, confunden y desordenan sus líneas.
A la vista de esto, Cecilio saca rápidamente el ejército,
da en flanco con sus tropas de refresco y coordinadas sobre el ala
de los enemigos desorganizados, causa un grande daño en los
contrarios, mata a muchos, y hace huir a los demás precipitadamente.
Toma diez elefantes con sus indios, y se apodera de todos los demás
que habían desmontado a sus conductores, rodeándolos
la caballería después de la batalla. Acabada la acción,
en general se confesaba que Roma era deudora a Cecilio de que sus
tropas de tierra hubiesen recuperado el valor y hubiesen vindicado
la campiña».
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2) Cuando los ligurios con su toda su fuerza hizo un
ataque por sorpresa contra el campo de Emilio Paulo, éste fingió
temor y durante mucho tiempo conservó sus tropas en el campamento.
Entonces, cuando el enemigo estaba agotado, haciendo una salida por las
cuatro puertas, derrotó a los ligurios y los hizo prisioneros.
Nota:
Año 181 a.de C. Livio, 40:25, 27-28 : «25.
Mientras ocurrían estas cosas en Macedonia, L. Emilio Paulo,
a quien se había prorrogado el mando como procónsul
en los primeros días de la primavera, entró con su
ejército por tierras de los ligurios ingaunos. En cuanto
estableció su campamento en las fronteras, se le presentaron
legados so pretexto de pedir la paz, pero en realidad para examinar
sus fuerzas. Paulo Emilio contestó que no trataría
con ellos si antes no se sometían, mostrándose los
ligurios muy dispuestos a obedecer, pero pidiendo tiempo para hacer
comprender la necesidad a sus agrestes compatriotas. Habiendo concedido
diez días de tregua, le rogaron además que no enviase
a sus soldados a recoger leña ni forraje más allá
de las montañas inmediatas, so pretexto de que aquella parte
del territorio estaba en pleno cultivo. También les concedió
esto; y entonces reunieron todas sus fuerzas detrás de las
montañas, de las que habían sabido separar a los romanos,
cayeron repentinamente en masa sobre el campamento, atacando a la
vez todas las puertas. En aquel asalto, que duró un día
entero, desplegaron extraordinario vigor, no teniendo tiempo los
romanos para salir de sus líneas, ni espacio para formarse
en batalla; agolpándose desordenadamente en las puertas y
defendiendo su campamento, más bien haciendo muralla con
sus cuerpos que peleando. Al ponerse el sol se retiraron los enemigos.
P. Emilio envió en seguida dos jinetes con un mensaje al
cónsul Cn. Bebio, que se encontraba en Pisa, diciéndole
que, sitiado en su campamento, merced a una tregua, necesitaba con
urgencia socorros. Bebio había entregado su ejército
al pretor M. Pinario que marchaba a Cerdeña; pero escribió
al Senado para enterarle de la crítica posición de
Emilio, y al mismo tiempo dirigió una carta a M. Claudio
Marcelo, cuya provincia era la más cercana, invitándole
a que pasase con su ejército de la Galia a la Liguria y libertase
a Emilio, sitiado por el enemigo. Estos socorros tenían que
llegar muy tarde. A la mañana siguiente comenzaron otra vez
el ataque los ligurios: Emilio, que lo había previsto y que
pudo formarse en batalla fuera de sus empalizadas, se mantuvo encerrado
en el campamento para ganar tiempo y dejar que Bebio llegase de
Pisa con su ejército.
27. No viendo Emilio que llegaba socorro alguno
y pensando que sus mensajeros habían sido detenidos, creyó
que no debía esperar más tiempo para arriesgar un
combate con sus solas fuerzas. Antes del regreso de los enemigos,
cuyo ardor comenzaba a resfriar, formó su ejército
en batalla, en las cuatro puertas del campamento, para que estuviese
pronto a realizar una salida general a la primera señal.
A las cuatro cohortes extraordinarias añadió otras
dos y las puso a las órdenes de su legado M. Valerio, que
debla salir por la puerta extraordinaria; colocó los hastatos
de la primera legión en la puerta principal de la derecha,
y detrás de ellos, como reserva, los príncipes de
la misma legión, a las órdenes de los tribunos militares
M. Servilio y L. Sulpicio. La tercera legión quedó
enfrente de la puerta principal de la izquierda, con la sola diferencia
de que los príncipes formaban la primera fila y los hastatos
la reserva. Los tribunos militares Sexto Julio César y L.
Aurelio Cotta mandaban aquella legión. El legado Q. Fulvio
Flaco se situó con el ala derecha, delante de la puerta cuestoria.
Dos cohortes y los triarios de las dos legiones quedaron para guardar
el campa mento. El general recorrió todas las puertas, arengando
a los soldados y empleando, para inflamar su ardor, todos los medios
que creía a propósito para excitar su cólera.
En tanto acusaba a los ligurios de perfidia y les censuraba de no
haber pedido la paz más que para venir, a favor de la tregua
que nabian conseguido y con desprecio del derecho de gentes, a asaltar
el campa-mento romano; en tanto les representaba cuán vergonzoso
era que un ejército romano se dejase sitiar por ligurios,
que antes eran verdaderos bandidos que enemigos ordinarios. «iCómo
os presentaréis, les decía, si no escapáis
de este peligro más que por socorro extraño y no por
vuestro valor, no diré a los soldados que vencieron a Anibal,
a Filipo y Antíoco, los generales más grandes y monarcas
más poderosos de nuestro tiempo, sino a los que tantas veces
derrotaron a estos mismos ligurios y los persiguieron por desfiladeros
casi impracticables, cuando huían delante de ellos como timidos
rebaños? ¡Cómo! ¡Ni los españoles,
ni los galos, ni los macedonios, ni los cartagineses se atrevieron
jamás a acercarse a un campamento romano, y los ligurios
pretenderían sitiarlo y procurarían tomarlo, cuando
son tan cobardes que antes se ocultaron en bosques impenetrables,
donde no pudimos encontrarles a pesar de todas nuestras pesquisas!»
Los soldados contestaron con unánime clamor «que no
podían censurarles, puesto que nadie les había dado
la señal para hacer una salida. Que les mandasen salir y
se vería que los romanos y los ligurios continuaban siendo
lo que antes eran.
28. Los ligurios tenían dos campamentos
a este lado de las montañas. En los primeros días
salían, al aparecer el sol, todos juntos y en buen orden;
pero ahora no tomaban las armas hasta después de saciarse
de carne y de vino, saliendo por bandas y en desorden, persuadidos
de que los romanos no se presentarían delante de sus parapetos.
Los soldados de P. Emilio les dejaron avanzar en aquel desorden,
y lanzando de pronto terrible grito, al que se unió el de
los criados y servidores del ejército, cayeron sobre ellos
por todas las puertas del campamento. No esperaban Ios ligurios
aquella salida, y quedaron tan espantados como si hubiesen caído
en una emboscada. Durante algunos momentos sostuvieron una apariencia
de combate, pero muy pronto fué general la derrota, y los
fugitivos quedaron destrozados. Entonces se mandó montar
a la caballería romana y que no dejase escapar a ningún
vencido, per-siguiéndoles temblorosos y consternados hasta
sus campamentos, de los que se apoderó. Los ligurios perdieren
aquel día más de quince mil hombres y les hicieron
dos mil quinientos prisioneros. Tres días después,
toda la nación de los ingaunos entregó rehenes y se
sometió. Buscóse a los pilotos y marineros que habían
tripulado las naves piratas, y los aprisionaron. El duunviro C.
Macieno se apoderó en la costa de la Liguria de treinta y
dos naves piratas. L. Aurelio Cotta y C. Sulpicio Galo quedaron
encargados de llevar estas noticias y una carta al Senado; y debían
pedir permiso al mismo tiempo para que L. Emilio dejase su provincia,
donde había terminado la guerra, trayendo con él su
ejército, que seria licenciado. A las dos peticiones acudió
el Senado y decretó tres días de acciones de gracias
en todos los altares. El pretor Petilio licenció las legiones
urbanas; Fabio envió su contingente a los aliados del nombre
latino, y el pretor de Roma escribió a los cónsules
que el Senado les invitaba a licenciar en seguida los soldados alistados
apresuradamente en el momento del peligro».
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3) Livio, comandante de los romanos, sosteniendo la ciudadela
de los tarentinos, mandó enviados a Asdrúbal, solicitando
el privilegio de retirarse sin ser molestado. Cuando por esta finta hizo
que el enemigo aflojara su guardia, hizo una salida y los destrozó.
Nota:
Años 212 a 209 a.de C..
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4)
Cneo Pompeyo, estando sitiado cerca de Dirraquio, no sólo liberó
a sus propios hombres del bloqueo, sino que también hizo una salida
en tiempo y lugar oportunos; ya que como César hacía un
feroz asalto en una posición fortificada rodeada por una doble
línea de obras, Pompeyo, por esta salida, lo envolvió de
tal modo con un cordón de tropas que César pasó por
graves peligros y pérdidas, tomado, como estaba, entre aquellos
que él sitiaba y aquellos que lo habían rodeado desde el
exterior.
Nota:
Año 48 a.de C. Julio César, Las Guerras Civiles,
3:65-70 : «LXV. Ya los pompeyanos,
después de una gran matanza de los nuestros, se iban acercando
a las tiendas de Marcelino con no pequeño espanto de las
demás cohortes, cuando Marco Antonio, alojado en el cuartel
de los presidios más cercanos, sabido el caso, se veía
bajar de lo alto con doce cohortes. Lo mismo fue llegar él,
que reprimir su ardor los contrarios y empezar a cobrar espíritu
los nuestros, volviendo en sí del susto. Poco después
César, viendo el humo de los baluartes, seña en que
habían convenido de antemano, con algunas cohortes destacadas
de los presidios acudió allá también. Y advertido
del daño, y juntamente que Pompeyo desamparando las trincheras
ponía sus alojamientos a las orillas del mar, para lograr
el paso libre así para el forraje como para la navegación;
mudando de idea, ya que no salió bien la primera, mandó
abrir sus trincheras junto a las de Pompeyo.
LXVI. Concluida la obra, observaron las atalayas
de César que ciertas cohortes, que al parecer componían
una legión, estaban detrás del bosque y de camino
para los reales primeros. El sitio de los tales reales era éste
: los días antes la nona legión apostada contra las
tropas de Pompeyo, y fortificándose según lo dicho,
pasa allí sus estancias; éstas venían a terminar
en un bosque, y no distaban del mar más de cuatrocientos
pasos. Después, mudando de idea por ciertos motivos, César
los trasladó un poco más allá de aquel paraje,
el cual, pasados algunos días, vino a ocuparle Pompeyo; y
por cuanto aguardaban otras legiones, dejando dentro en pie este
vallado, lo coronó por fuera con una cerca mucho más
espaciosa, de suerte que los reales menores, engastados en los mayores,
formaban una especie de fortaleza. Asimismo desde la esquina izquierda
del bastión tiró una trinchera de cuatrocientos pasos
hasta el río, a propósito de tener a mano y segura
el agua. Verdad es que Pompeyo, por razones que no es menester referirlas,
mudando de idea, abandonó aquel puesto. Así quedaron
por muchos días vacíos aquellos reales. Con todo,
las fortificaciones estaban en pie.
LXVII. Entrada aquí la legión con
su bandera, dieron el aviso las atalayas a César. Eso mismo
aseguraban haber visto de algunos baluartes más altos. Este
sitio distaba media milla de los reales de Pompeyo. César,
con la esperanza de sorprender esta legión, y el deseo de
resarcir las pérdidas de aquel día, dejó en
sus trincheras dos cohortes en ademán de continuar los trabajos,
y él en persona, por un sendero, extraviado, con el mayor
disimulo posible, divididas en dos columnas las otras treinta y
tres cohortes entre los cuales iba la nona legión muy menoscabada
por la muerte de tantos oficiales y soldados, movió hacia
los reales menores al rastro de la legión de Pompeyo. Y no
le salió fallida su esperanza, pues llegó primero
que pudiese barruntarlo Pompeyo, y en medio de ser tan grandes las
fortificaciones, dando prontamente el asalto con el ala izquierda,
donde él se hallaba, barrió la trinchera. Estaban
delante las puertas atravesados unos caballos de frisa; aquí
fue preciso forcejear algún tanto porfiando los nuestros
por romper y ellos oponiéndose a viva fuerza, defendiendo
el puesto valerosísimamente Tito Pulción, el mismo
que fue autor de la traición cometida contra el ejército
de Cayo Antonio. Pero al fin los nuestros pudieron más; y
hecho añicos el erizo, primero forzaron las trincheras y
después la fortificación del centro, y porque la legión
batida se había refugiado allí, mataron algunos que
hacían resistencia.
LXVIII. Mas la fortuna, que tiene muchísima
mano en todo y más en la guerra, por motivos pequeños
suele causar grandes revoluciones, como aquí se vio. Las
cohortes del ala derecha de César, buscando la puerta, fueron
siguiendo la línea de la trinchera, que se dijo arriba remataba
en el río, persuadidos a que fuese la cerca de los reales.
Cuando echaron de ver que terminaba en el río y nadie la
guardaba, al instante la asaltaron y tras ella toda nuestra caballería.
LXIX. Después de largo rato que andaban
en esto, Pompeyo avisado del hecho, destacó la quinta legión
en ayuda de los suyos; y al mismo tiempo su caballería venía
arrimándose a la nuestra, y los nuestros, que se habían
apoderado de los reales, divisaban su infantería puesta en
orden, con que al momento se trocaron las suertes. La legión
de Pompeyo, animada con la esperanza de pronto socorro, se hacía
fuerte en la puerta principal y aun revolvían con osadía
contra los nuestros. Como la caballería de César iba
entrando en las trincheras por un paraje angosto, mal segura de
la retirada, tentaba la huida. El ala derecha, viéndose tan
separada de la izquierda, observando el miedo de los caballos, para
no ser oprimida, trataba de retirarse por donde acababa de introducirse;
y los más de ellos, por librarse de las apreturas, se precipitaban
del vallado que tenía diez pies de alto, y atropellando a
los primeros por encima de sus cuerpos buscaban escape y salida.
Los soldados de la izquierda, mirando por una parte la presencia
de Pompeyo, y por otra la fuga de los suyos, temiendo no quedar
acorralados con el enemigo por fuera y por dentro, solicitaban escapar
por donde habían venido. Todo era confusión, terror
y fuga; tal, que asiendo César con su mano los estandartes
de los que huían y mandándoles parar, unos, apeándose
de los caballos, proseguían su carrera, otros soltaban de
miedo sus banderas, y ni uno siquiera se detenía.
LXX. En tan grande avenida de males, el no perecer
todos estuvo en que quiso la fortuna que Pompeyo, receloso de asechanzas,
estuvo algún tiempo sin atreverse a llegar a las trincheras;
y es que, a mi ver, todo esto le cogía de nuevo, habiendo
visto poco antes huir de los reales a los suyos, y su caballería,
como el tropel de los nuestros tenía cegadas las puertas
y desfiladeros, no podía romper para seguirlos. Tan grandes
fueron los males y bienes que resultaron de muy pequeños
principios; pues hallándose los nuestros dueños de
los reales, la trinchera tirada desde éstos al río
privó a César de la victoria segura y rodada, pero
esto mismo dio la vida a los nuestros por haber retardado la celeridad
de los enemigos en perseguirlos».
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5)
Flavio Fimbria, luchando en Asia cerca del río Rhyndacus contra
el hijo de Mitrídates, construyó dos líneas de obras
en sus flancos y una zanja en el frente, y mantuvo a sus soldados silenciosamente
dentro de sus atrincheramientos, hasta que la caballería del enemigo
pasó dentro de las porciones encajonadas de sus fortificaciones.
Entonces, haciendo una salida, mató a seis mil de ellos.
6)Cuando
las fuerzas de Titurio Sabino y Cotta, los lugartenientes de César
en la Galia, habían sido borradas por Ambiorix, César fue
urgido por Quinto Cicerón, que también estaba bajo sitio,
a venir con dos legiones en su ayuda. El enemigo entonces se volvió
sobre César, quién fingió temor y mantuvo sus tropas
dentro de su campamento, que él había construido deliberadamente
en una escala más pequeña que la de costumbre. Los galos,
contando ya con la victoria, y presionando hacia adelante como para saquear
el campamento, comenzaron a llenar las zanjas y a derribar los terraplenes.
César, por lo tanto, como los galos no estaban equipados para la
batalla, envió adelante de repente a sus propias tropas de todos
los sitios y destrozó al enemigo.
Nota:
Año
54 a.de C. Julio César, Comentarios de la Guerra de las Galias,
5:37-52 : «XXXVII. Sabino, vuelto
a los tribunos circunstantes y a los primeros centuriones, manda
que le sigan, y llegando cerca de Ambiórige, intimándole
rendir las armas, obedece, ordenando a los suyos que hagan lo mismo.
Durante la conferencia, mientras se trata de las condiciones, y
Ambiórige alarga de propósito la plática, cércanle
poco a poco, y le matan. Entonces fue la grande algazara y el gritar
descompasado a su usanza, apellidando victoria, echarse sobre los
nuestros, y desordenarlos. Allí Lucio Cota pierde combatiendo
la vida, con la mayor parte de los soldados; los demás se
refugian a los reales de donde salieron, entre éstos Lucio
Petrosidio, alférez mayor, que, siendo acosado de un gran
tropel de enemigos, tiró dentro del vallado la insignia del
águila, defendiendo a viva fuerza la entrada, hasta que cayó
muerto. Los otros a duras penas sostuvieron el asalto hasta la noche,
durante la cual todos, desesperados, se dieron a sí mismos
la muerte. Los pocos que de la batalla se escaparon, metidos entre
los bosques, por caminos extraviados, llegan a los cuarteles de
Tito Labieno y le cuentan la tragedia.
XXXVIII. Engreído Ambiórige con esta
victoria, marcha sin dilación con su caballería a
los aduáticos, confinantes con su reino, sin parar día
y noche, y manda que le siga la infantería. Incitados los
aduáticos con la relación del hecho, al día
siguiente pasa a los nervios, y los exhorta a que no pierdan la
ocasión de asegurar para siempre su libertad y vengarse de
los romanos por los ultrajes recibidos. Póneles delante la
muerte de dos legados y la matanza de gran parte del ejército;
ser muy fácil hacer lo mismo de la legión acuartelada
con Cicerón, acogiéndola de sorpresa; él se
ofrece por compañero de la empresa. No le fue muy dificultoso
persuadir a los nervios. Así que, despachando al punto correos
a los centrones, grudios, levacos, pleumosios y gordunos, que son
todos dependientes suyos, hacen las mayores levas que pueden, y
de improviso vuelan a los cuarteles de Cicerón, que aun no
tenía noticia de la desgracia de Titurio, con que no pudo
precaver el que algunos soldados, esparcidos por las selvas en busca
de leña y fajina, no fuesen sorprendidos con la repentina
llegada de los caballos. Rodeados ésos, una gran turba de
eburones, aduáticos y nervios con todos sus aliados y dependientes
empieza a batir la legión. Los nuestros a toda prisa toman
las armas y montan las trincheras. Costó mucho sostenerse
aquel día, porque los enemigos ponían toda su esperanza
en la brevedad, confiando que, ganada esta victoria, para siempre
quedarían vencedores.
XL. Cicerón al instante despacha cartas
a César, ofreciendo grandes premios a los portadores, que
son luego presos por estar tomadas todas las sendas. Por la noche,
del maderaje acarreado para barrearse, levantan ciento y veinte
torres con presteza increíble, y acaban de fortificar los
reales. Los enemigos al otro día los asaltan con mayor golpe
de gente y llenan el foso. Los nuestros resisten como el día
precedente; y así prosiguen en los consecutivos, no cesando
de trabajar noches enteras, hasta los enfermos y heridos. De noche
se apresta todo lo necesario para la defensa del otro día.
Se hace prevención de cantidad de varales tostados a raigón
y de garrochones, fórmanse tablados en las torres, almenas
y parapetos de zarzos entretejidos. El mismo Cicerón, siendo
de complexión delicadísima, no reposaba un punto ni
aun de noche; tanto que fue necesario que los soldados, con instancias
y clamores, le obligasen a mirar por sí.
XLI. Entonces los jefes y personas de autoridad
entre los nervios, que tenían alguna cabida y razón
de amistad con Cicerón, dicen que quieren abocarse con él.
Habida licencia, repiten la arenga de Ambiórige a Titurio:
«estar armada toda la Galia: los germanos de esta parte del
Rin: los cuarteles de César y de los otros, sitiados. Añaden
lo de la muerte de Sabino. Ponente delante a Ambiórige, para
que no dude de la verdad. Dicen ser gran desatino esperar socorro
alguno de aquellos que no pueden valerse a sí mismos. Protestan,
no obstante, que por el amor que tienen a Cicerón y al Pueblo
Romano sólo se oponen a que invernen dentro de su país,
y que no quisieran se avezasen a eso; que por ellos bien pueden
salir libres de los cuarteles, y marchar seguros a cualquiera otra
parte». La única respuesta de Cicerón a todo
esto fue: «no ser costumbre del Pueblo Romano recibir condiciones
del enemigo armado. Si dejan las armas podrán servirse de
su mediación y enviar embajadores a César, que, según
es de benigno, espera lograrán lo que pidieren».
XLII. Los nervios, viendo frustradas sus ideas,
cercan los reales con un bastión de once pies y su foso de
quince. Habían aprendido esto de los nuestros con el trato
de los años antecedentes, y no dejaban de tener soldados
prisioneros que los instruyesen. Mas como carecían de las
herramientas necesarias, les era forzoso cortar los céspedes
con la espada, sacar la tierra con las manos y acarrearla en las
haldas. De lo cual se puede colegir el gran gentío de los
sitiadores, pues en menos de tres horas concluyeron una fortificación
de diez millas de circuito; y los días siguientes, mediante
la dirección de los mismos prisioneros, fueron levantando
torres de altura igual a nuestras barreras, y fabricando guadañas
y galápagos.
XLIII. Al día séptimo del cerco,
soplando un viento recio, empezaron a tirar con hondas bodoques
caldeados y dardos encendidos a las barracas, que al uso de la Galia
eran pajizas. Prendió al momento en ellas el fuego, que con
la violencia del viento se extendió por todos los reales.
Los enemigos cargando con grande algaraza, como seguros ya de la
victoria, van arrimando las torres y galápagos, y empiezan
a escalar el vallado. Mas fue tanto el valor de los soldados, tal
su intrepidez, que sintiéndose chamuscar por todos lados
y oprimir de una horrible lluvia de saetas, viendo arder todos sus
ajuares y alhajas, lejos de abandonar nadie su puesto, ni aun casi
quien atrás mirase, antes por lo mismo peleaban todos con
mayor brío y coraje. Penosísimo sin duda fue este
día para los nuestros; bien que se consiguió hacer
grande estrago en los enemigos, por estar apiñados al pie
del vallado mismo, ni dar los últimos, lugar de retirarse
a los primeros. Cediendo un tanto las llamas, como los enemigos
arrimasen por cierta parte una torre hasta pegarla con las trincheras,
los oficiales de la tercera cohorte hicieron lugar retirándose
atrás, con todos los suyos, y con ademanes y voces empezaron
a provocarlos a entrar, «si eran hombres»; pero nadie
osó aventurarse. Entonces los romanos, arrojando piedras,
los derrocaron y les quemaron la torre.
XLIV. Había en esta legión dos centuriones
muy valerosos, Tito Pulfion y Lucio Vareno, a punto de ser promovidos
al primer grado. Andaban éstos en continuas competencias
sobre quién debía ser preferido, y cada año,
con la mayor emulación, se disputaban la precedencia. Pulfion,
uno de los dos, en el mayor ardor del combate al borde de las trincheras:
« ¿En qué piensas, dice, oh Vareno?, ¿o
a cuándo aguardas a mostrar tu valentía? Este día
decidirá nuestras competencias.» En diciendo esto,
salta las barreras y embiste al enemigo por la parte más
fuerte. No se queda atrás Vareno, sino que temiendo la censura
de todos, síguele a corta distancia. Dispara Pulfion contra
los enemigos su lanza, y pasa de parte a parte a uno que se adelantó
de los enemigos; el cual herido y muerto, es amparado con los escudos
de los suyos, y todos revuelven contra Pulfion cerrándole
el paso. Atraviésanle la rodela, y queda clavado el estoque
en el tahalí. Esta desgracia le paró de suerte la
vaina que, por mucho que forcejaba, no podía sacar la espada,
y en esta maniobra le cercan los enemigos. Acude a su defensa el
competidor Vareno, y socórrele en el peligro, punto vuelve
contra este otro el escuadrón sus tiros, dando a Pulfion
por muerto de la estocada. Aquí Vareno, espada en mano, arrójase
a ellos, bátese cuerpo a cuerpo, y matando a uno, hace retroceder
a los demás. Yendo tras ellos con demasiado coraje, resbala
cuesta abajo, y da consigo en tierra. Pulfion que lo vio rodeado
de enemigos, corre a librarle, y al fin ambos, sanos y salvos, después
de haber muerto a muchos, se restituyen a los reales cubiertos de
gloría. Así la fortuna en la emulación y en
la contienda guío a entrambos, defendiendo el un émulo
la vida del otro, sin que pudiera decirse cuál de los dos
mereciese en el valor la primacía.
XLV. Cuanto más se agravaba cada día
la fiereza del asedio, principalmente por ser muy pocos los defensores,
estando gran parte de los soldados postrados de las heridas, tanto
más se repetían correos a César, de los cuales
algunos eran cogidos y muertos a fuerza de tormentos a vista de
los nuestros. Había en nuestro cuartel un hidalgo llamado
Verticón, que había desertado al primer encuentro,
y dado a Cicerón pruebas de su lealtad. Este tal persuade
a un su esclavo, prometiéndole la libertad y grandes galardones,
que lleve una carta a César. Él la acomoda en su lanza,
y como galo, atravesando por entre los galos sin la menor sospecha,
la pone al fin en manos de César, por donde vino a saber
el peligro de Cicerón y de su legión.
XLVI. Recibida esta carta a las once del día,
despacha luego aviso al cuestor Marco Craso que tenía sus
cuarteles en los belovacos, a distancia de veinticinco millas, mandándole
que se ponga en camino a medianoche con su legión y venga
a toda prisa. Pártese Craso al aviso. Envía otro al
legado Cayo Fabio, que conduzca la suya a la frontera de Artois,
por donde pensaba él hacer su marcha. Escribe a Labieno,
que, si puede buenamente, se acerque con su legión a los
nervios. No le pareció aguardar lo restante del ejército,
por hallarse más distante. Saca de los cuarteles inmediatos
hasta cuatrocientos caballos.
XLVII. A las tres de la mañana supo de los
batidores la venida de Craso. Este día caminó veinte
millas. Da el gobierno de Samarobriva con una legión a Craso,
porque allí quedaba todo el bagaje, los rehenes, las escrituras
públicas, y todo el trigo acopiado para el invierno. Fabio,
conforme a la orden recibida, sin detenerse mucho, sale al encuentro
en el camino. Labieno, entendida la muerte de Sabino y el destrozo
de sus cohortes, viéndose rodeado de todas las tropas trevirenses,
temeroso de que, si salía como huyendo de los cuarteles,
no podía sostener la carga del enemigo, especialmente sabiendo
que se mostraba orgulloso con la recién ganada victoria,
responde a César, representando el gran riesgo que correrá
la legión si se movía. Escríbele por menor
lo acaecido en los eburones, y añade que a tres millas de
su cuartel estaban acampados los trevirenses con toda la infantería
y caballería.
XLVIII. César, pareciéndole bien
esta resolución, dado que de tres legiones con que contaba
se veía reducido a dos, sin embargo, en la presteza ponía
todo el buen éxito. Entra, pues, a marchas forzadas por tierras
de los nervios. Aquí le informan los prisioneros del estado
de Cicerón y del aprieto en que se halla. Sin perder tiempo,
con grandes promesas persuade a uno de la caballería galicana
que lleve a Cicerón una carta. Iba ésta escrita en
griego, con el fin de que, si la interceptaban los enemigos, no
pudiesen entender nuestros designios; previénele, que si
no puede dársela en su mano, la tire dentro del campo atada
con la coleta de un dardo. El contenido era: «que presto le
vería con sus legiones», animándole a perseverar
en su primera constancia. El galo, temiendo ser descubierto, tira
el dardo según la instrucción. Éste, por desgracia,
quedó clavado en un cubo, sin advertirlo los nuestros por
dos días. Al tercero reparó en él un soldado,
que lo alcanzó, y trajo a Cicerón, quien después
de leída, la publicó a todos, llenándolos de
grandísimo consuelo. En eso se divisaban ya las humaredas
a lo lejos, con que se aseguraron totalmente de la cercanía
de las legiones.
XLIX. Los galos, sabida esta novedad por sus espías,
levantan el cerco, y con todas sus tropas, que se componían
de sesenta mil hombres, van sobre César. Cicerón,
valiéndose de esta coyuntura, pide a Verticón, aquel
galo arriba dicho, para remitir con él otra carta a César,
encargándole haga el viaje con toda cautela y diligencia;
decía en la carta, cómo los enemigos, alzando el sitio,
habían revuelto contra él todas las tropas. Recibida
esta carta cerca de la medianoche, la participa César a los
suyos y los esfuerza para la pelea.
Al día siguiente muy temprano mueve su campo, y a cuatro
días de marcha descubre la gente del enemigo que asomaba
por detrás de un valle y de un arroyo. Era cosa muy arriesgada
combatir con tantos en paraje menos ventajoso; no obstante, certificado
ya de que Cicerón estaba libre del asedio, y por tanto no
era menester apresurarse, hizo alto, atrincherándose lo mejor
que pudo, según la calidad del terreno; y aunque su ejército
ocupaban bien poco, que apenas era de siete mil hombres, y ésos
sin ningún equipaje, todavía lo reduce a menor espacio,
estrechando Lodo lo posible las calles de entre las tiendas [101]
con la mira de hacerse más y más despreciable al enemigo.
Entre tanto despacha por todas partes batidores a descubrir el sendero
más seguro por donde pasar aquel valle.
L. Este día, sin hacer más que tal
cual ligera escaramuza de los caballos junto al arroyo, unos y otros
se estuvieron quedos en sus puestos: los galos, porque aguardaban
mayores refuerzos, que aun no se habían juntado; César,
por si pudiese con muestras de temor atraer al enemigo a esta banda
del valle, y darle la batalla sin mudar de terreno delante de las
trincheras, donde no, sendereada la ruta, pasar el valle y el arroyo
con menos riesgo. La mañana siguiente, la caballería
enemiga se acerca a los reales, y trábase con la nuestra.
César de intento la manda cejar y retirarse adentro, y manda
juntamente alzar más la estacada, tapiar las puertas, y ejecutar
todo esto con grandísimo atropellamiento y apariencias de
miedo.
LI. Cebados con eso los enemigos, pasan su ejército,
y se apuestan en mal sitio; y viendo a los nuestros retirarse aun
de las mismas barreras, dan un avance, y arrojando de todas partes
dardos dentro de las trincheras, a voz de pregonero publican por
todos los cantones: «que cualquiera sea galo, sea romano,
tiene libertad antes de la hora tercia para pasarse a su campo;
después de este plazo no habrá más recurso».
Y llegó a tanto su menosprecio que, creyendo no poder forzar
las puertas, tapiadas sólo en la apariencia con una somera
capa de adobes, empezaron unos a querer aportillar el cercado con
las manos, otros a llenar los fosos. Entonces César, abiertas
todas las puertas, hace una salida y soltando a la caballería,
al punto pone en fuga a los enemigos, de suerte que ni uno solo
hizo la menor resistencia, con que mató a muchos de ellos
y desarmó a todos.
LII. No se atrevió a seguir el alcance por
los bosques y pantanos intermedios, viendo que el sitio quedaba
señalado con no pequeña pérdida del enemigo.
En fin, sin daño alguno de sus tropas, el mismo día
se juntó con Cicerón. Ve con asombro los torreones,
galápagos y fortificaciones de los enemigos. Y hecha la revista
de la legión, halla que ni de diez uno estaba sin herida,
de lo cual infiere en qué conflicto se vieron y con qué
valor se portaron. A Cicerón y a sus soldados hace los merecidos
elogios; saluda por su nombre uno a uno a los centuriones y tribunos,
de cuyo singular valor estaba bien informado por Cicerón.
Cerciórase por los prisioneros de la desgracia de Sabino
y Cota. El día inmediato, en presencia del ejército,
la cuenta por extenso, consolando y animando a los soldados con
decirles: que deben sufrir con paciencia este descalabro únicamente
ocasionado por culpa y temeridad del comandante, ya que quedaba
vengado por beneficio de los dioses inmortales y su propio valor,
aguándoseles tan presto a los enemigos el gozo, como quedaba
remediado para ellos el motivo de sentimiento».
|
7)
Cuando Titurio Sabino luchaba contra una gran fuerza de los galos, mantuvo
a sus tropas dentro de sus fortificaciones, y así produjo sobre
los galos la impresión de que estaba temeroso. Para favorecer esta
impresión, envió a un desertor para declarar que el ejército
romano estaba desesperado y planeaba huir. Espoleado por la esperanza
de la victoria así ofrecida, los galos se cargaron con madera y
malezas para llenar las trincheras, y a todo correr partieron para nuestro
campamento, que estaba arnado en la cumbre de una elevación. Desde
allí Titurio lanzó todas sus fuerzas contra ellos, matando
a muchos de los galos y recibiendo a un gran número en rendición.
| Nota:
Año 56 a.de C. Julio César, Comentarios de
la Guerra de las Galias, 3:17-19 : «XVII.
Mientras esto pasaba en Vannes. Quinto Titurio Sabino llegó
con su destacamento a la frontera de los únelos, cuyo caudillo
era Viridovige, como también de todas las comunidades alzadas,
en donde había levantado un grueso ejército. Asimismo
en este poco tiempo los aulercos, ebreusenses y lisienses, degollando
a sus senadores porque se oponían a la guerra, cerraron las
puertas y se ligaron con Viridovige juntamente con una gran chusma
de bandoleros y salteadores que se les agregó de todas partes,
los cuales, por la esperanza del pillaje y afición a la milicia,
tenían horror al oficio y continuo trabajo de la labranza.
Sabino, que se había acampado en lugar ventajoso para todo,
no salía de las trincheras, dado que Viridovige, alojado
a dos millas de distancia, sacando cada día sus tropas afuera,
le presentaba la batalla, con que ya no sólo era despreciado
Sabino de los contrarios, sino también zaherido de los nuestros.
A tanto llegó la persuasión de su miedo, que ya los
enemigos se arrimaban sin recelo a las trincheras. Hacía
él esto por juzgar que un oficial subalterno no debía
exponerse a pelear con tanta gente sino en sitio seguro, o con alguna
buena ocasión, mayormente en ausencia del general.
XVIII. Cuando andaba más válida esta
opinión de su miedo, puso los ojos en cierto galo de las
tropas auxiliares, hombre abonado y sagaz a quien con grandes premios
y ofertas le persuade se pase a los enemigos, dándole sus
instrucciones. Él, llegado como desertor al campo de los
enemigos, les representa el miedo de los romanos; pondera cuan apretado
se halla César de los vaneses; que a más tardar, levantando
el campo Sabino secretamente la noche inmediata, iría a socorrerle.
Lo mismo fue oír esto, que clamar todos a una voz que no
era de perder tan buen lance, ser preciso ir contra ellos. Muchas
razones los incitaban a eso: la irresolución de Sabino en
los días antecedentes; el dicho del desertor; la escasez
de bastimentos, de que por descuido estaban mal provistos; la esperanza
de que venciesen los vaneses; y en fin, porque de ordinario los
hombres creen fácilmente lo que desean. Movidos de esto,
no dejan a Viridovige ni a los demás capitanes salir de la
junta hasta darles licencia de tomar las armas e ir contra el enemigo.
Conseguida, tan alegres como si ya tuviesen la victoria en las manos,
cargados de fagina con que llenar los fosos de los romanos, van
corriendo a los reales.
XIX. Estaba el campamento en un altozano que poco
a poco se levantaba del llano, y a él vinieron apresuradamente
corriendo casi una milla por quitarnos el tiempo de apercibirnos,
si bien ellos llegaron jadeando. Sabino, animados los suyos, da
la señal que tanto deseaban. Mandóles salir de rebato
por dos puertas, estando aún los enemigos con las cargas
a cuestas. La ventaja del sitio, la poca disciplina y mucho cansancio
de los enemigos, el valor de los nuestros y su destreza adquirida
en tantas batallas fueron causa de que los enemigos, sin resistir
ni aun la primera carga nuestra, volviesen al instante las espaldas.
Mas como iban tan desordenados, alcanzados de los nuestros que los
perseguían con las fuerzas enteras, muchos quedaron muertos
en el campo; los demás, fuera de algunos que lograron escaparse,
perecieron en el alcance de la caballería. Con esto, al mismo
tiempo que Sabino recibió la noticia de la batalla naval,
la tuvo César de la victoria de Sabino, a quien luego se
rindieron todos aquellos pueblos, porque los galos son tan briosos
y arrojados para emprender guerras, como afeminados y mal sufridos
en las desgracias».
|
8)
Cuando Pompeyo estaba a punto de asaltar la ciudad de Asculum, los habitantes
exhibieron en los terraplenes a unos hombres ancianos y débiles.
Habiendo relajado así los romanos su guardia, hicieron una salida
y los pusieron en fuga.
9)
Cuando los Numantinos fueron bloqueados, no prepararon ni una línea
de batalla delante de las trincheras, pero se mantuvieron tan estrechamente
dentro de la ciudad que Popilio Lenas se envalentonó como para
atacarla con escaleras de asalto. Pero, sospechando una astucia, ya que
ni siquiera entonces fue ofrecida resistencia alguna, reunió a
sus hombres; con lo cual los Numantinos hicieron una salida y atacaron
a los romanos por la retaguardia mientras bajaban.
XVIII.
ACERCA DE LA FIRMEZA POR PARTE DE LOS SITIADOS
|
1)
Los romanos, cuando Aníbal estaba acampado cerca de sus muros,
a fin de exponer su confianza, enviaron tropas afuera por una puerta diferente
para reforzar a los ejércitos que tenían en España.
| Nota:
Año 211 a.de C. Livio, 26:11 : «A
la mañana siguiente, habiendo cruzado el Anio, presentó
Aníbal sus tropas formadas en batalla; Flaco y los cónsules
aceptaron el combate. Frente a frente los ejércitos iban
a librar una batalla cuyo premio hubiese sido Roma, cuando lluvia
torrencial mezclada de granizo puso tal desorden en los dos bandos,
que, pudiendo apenas mantener las armas, se retiraron a sus campamentos,
sin haber cedido el campo por miedo unos ni otros. A la mañana
siguiente los ejércitos avanzaron en batalla al mismo punto,
separándoles igual tempestad; y en cuanto entraron en sus
campamentos, restableciese instantáneamente el buen tiempo.
Los cartagineses atribuyeron el prodigio a los dioses, y se oyó
exclamar a Aníbal: "Que los dioses le negaban unas veces
la voluntad y otras la facultad de apoderarse de la ciudad de Roma".
Otras dos circunstancias, una -grave y otra ligera, disminuyeron
también su esperanza. La primera, muy importante, fué
la noticia que recibió Aníbal en el momento mismo
en que acampaba bajo las murallas de Roma, que partían soldados
romanos, con las enseñas al frente, para reforzar el ejército
de Espana: la segunda tenía menos gravedad; supo por un prisionero
que había sido vendido el terreno en que acampaba, sin que
esta circunstancia hubiese disminuido su precio. Tanto le indignó
el orgullo que revelaba el hecho de haber encontrado comprador en
Roma el terreno de que la guerra le había hecho dueño,
que, llamando en seguida a un pregonero, le mandó que anunciase
la subasta de las joyerías que estaban entonces alrededor
del Foro romano. Impulsado al fin por todas estas cosas, llevó
su campamento a las orillas del río Tucia, a seis millas
de Roma, dirigiéndose en seguida al bosque sagrado de Feronia,
donde se encontraba un templo célebre entonces por su riqueza.
Los capenatos, antiguos habitantes de aquellos parajes, llevando
como ofrendas las primicias de los frutos de la tierra y otros presentes,
habían acumulado allí mucho oro y plata. Aníbal
despojó el templo de sus tesoros; y después de su
marcha, se encontraron trozos de bronce, restos que, por temor religioso,
abandonaron los soldados. Todos los escritores están de acuerdo
acerca del despojo del templo. Según Celio, Aníbal,
marchando sobre Roma, se separó de Ereto, para llegar allí,
siguió su camino por Reata, Cutilia y Amiterno, pasó
de la Campania al Samnio y de aquí al territorio de los pelignos.
Dejando a su lado la ciudad de Sulmona en el territorio de los marrucinos,
atravesó el de Alba entre los marsos, llegando en seguida
a Amiterno y al pueblo de Fúrulos. En esto no hay error;
las huellas de un ejército tan numeroso no podían
confundirse en el recuerdo habiendo pasado tan poco tiempo; y es
efectivamente cierto que Aníbal siguió este camino;
lo único que queda por averiguar es si fué al marchar
a Roma o al regresar a la Campania».
|
2)
La tierra en la que Aníbal tenía su campamento, habiendo
entrado en el mercado debido a la muerte del dueño, fue objeto
de puja por los romanos hasta la cifra en la cual la propiedad se había
vendido antes de la guerra.
3)
Cuando
los romanos fueron sitiados por Aníbal y asimismo sitiaban Capua,
aprobaron un decreto para no convocar a su ejército del último
lugar hasta que fuera capturado.
Nota:
Año
211 a.de C. Livio, 26:7-8 : «7. Reconociendo Aníbal
la imposibilidad de atraer a los romanos a otro combate, y de abrirse
paso a Capua a través de su campamento; temiendo además
que los nuevos cónsules le cortasen los víveres, resolvió
abandonar una empresa inútil y levantar el campamento. Mientras
meditaba hacia qué punto se dirigiría, repentina reflexión
le hizo marchar sobre el mismo foco de la guerra, sobre Roma. Censurábanle
haber dejado escapar, después de la batalla de Cannas, una
ocasión ardientemente deseada y él mismo no ocultaba
su falta. "A favor de un ataque imprevisto y del terror que
causaría, podía esperar apoderarse de alguna parte
de la ciudad; y si Roma estaba en peligro los dos generales romanos,
o al menos uno de ellos, abandonarían en seguida a Capua;
la división de sus tropas les debilitaría a los dos
y le proporcionarían a el o a los campanios ocasión
de derrotarlos". Un solo cuidado le inquietaba; su marcha podía
ser la señal de la rendición de Capua. A fuerza de
regalos, decidió a un númida a atreverse a todo, a
encargarse de una carta, a entrar como desertor en el campamento
romano y a penetrar en seguida secretamente en la ciudad.
La carta era muy animadora: "Su retirada, exigida por la salvación
misma de los capuanos, debía obligar a los generales romanos
y a sus ejércitos a marchar a la defensa de Roma y abandonar
el sitio de Capua. Si no perdían el valor, si resistían
algunos días más, la ciudad se vería enteramente
libre del bloqueo". En seguida se apoderó de las naves
que se encontraban en el Volturno y las hizo remontar hasta el fuerte
que había mandado construir para defender aquella posición.
Viendo que había bastantes para que pasasen sus tropas en
una noche, mandó preparar víveres para diez días,
y durante la noche llevó las legiones a la orilla del río,
que atravesó antes de amanecer.
8. Antes de ejecutar este proyecto, los desertores enteraron de
él a Fulvio Flaco, que escribió al Senado romano,
y la noticia afectó a cada uno según su carácter.
Lo crítico de la situación hizo que se convocase en
seguida al Senado. P. Cornelio, denominado Asina, quería
que se llamase de toda Italia a todos los jefes y todos los ejércitos,
que se prescindiese de Capua y de todas las demás empresas
para defender a Roma. Fabio Máximo contestó: "que
levantar el sitio de Capua, temblar tanto al menor movimiento de
Aníbal y preocuparse de aquella manera por sus marchas y
contramarchas, le parecía vergonzoso. El vencedor de Cannas
no se atrevió a marchar sobre Roma; rechazado hoy delante
de Capua, ¿habría concebido la esperanza de apoderarse
de ella? No, no venía a poner sitio a Roma, sino que quería
libertar a Capua. Roma debía encontrar defensores en el ejército
que tenía en su recinto, en Júpiter, testigo de los
tratados violados por Aníbal, y en los demás dioses".
Siguiendo el término medio entre estas opuestas opiniones,
venció la de P. Valerio Flaco, que conciliaba todos los intereses.
Éste propuso "que se escribiera a los generales que
se encontraban delante de Capua y les enterasen de las fuerzas que
tenía Roma para su defensa; ellos sabían con cuántas
trovas marchaba Anibal y cuántas necesitaban para continuar
el sitio. Si uno de los jefes podía separarse con parte de
las legiones, dejando a su colega delante de Capua con fuerzas suficientes
para reducirla, Claudio y Fulvio debían decidir juntos cuál
de los dos había de continuar el sitio y cuál acudir
a Roma para proteger la patria". A la recepción de este
senatus-consulto, el cónsul Fulvio, a quien la herida de
su compañero obligaba a marchar a Roma, eligió en
los tres ejércitos quince mil infantes y mil jinetes y les
hizo pasar el Volturno. Seguro allí de que Aníbal
avanzaría por la vía Latina, tomó la vía
Apia y envió mensajeros a las ciudades municipales inmediatas
al camino, como Secia, Cora y Lanuvio, para que tuviesen víveres
preparados y los hiciesen trasladar al camino desde los campos vecinos;
además, cada ciudad debía reunir fuerzas para defenderse
por si misma».
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Capítulos
I y II -
III y IV- V
y VI - VII y VIII- IX
y X- XI
y XII
XIII
y XIV - XV y XVI - XVII
y XVIII
|