1) Cuando el ejército romano se desmoralizó
ante Numancia por la flojedad de sus anteriores comandantes, Publio Escipión
lo reformó despidiendo a un enorme número de seguidores
del campamento y por guiar a los soldados a un sentido de responsabilidad
a través de la rutina cotidiana regular. Con motivo de las frecuentes
marchas que les impuso, ordenó que llevaran raciones para varios
días, bajo tales condiciones que se acostumbraron al frío
y lluvia duraderos, y a vadear corrientes. A menudo el general les reprochaba
con timidez e indolencia; a menudo rompía utensilios que servían
sólo al objetivo de la autoindulgencia y que eran completamente
innecesarios para hacer una campaña. Un caso notable de esta severidad
ocurrió en caso del tribuno Cayo Memmio, a quien se dice que Escipión
exclamó: "para mí usted no me será útil
simplemente durante un cierto período; ¡a usted mismo y al
estado para siempre!"
Nota:
Año 134 a.de C. Valerio Máximo, 2:7 §
1 : «P. Cornelio Escipión, al que la destrucción
de Cartago le valió el sobrenombre de su abuelo, había
sido enviado a España en calidad de cónsul, para
bajar el excesivo orgullo de Numancia debido a la culpa de los
generales, sus predecesores. Al instante mismo de su entrada al
campamento, dió orden de hacer desaparecer y apartar todo
lo que servía de alimento para el placer. Hizo salir en
consecuencia un número muy grande de traficantes y criados
con dos mil prostitutas. Habiéndose dsembarazado así
de esta vil y vergonzosa pandilla, el ejército romano que
hasta hace poco había temido la muerte al punto de deshonrarse
por un tratado ignominioso, se levantó y reencontró
su antiguo valor, destruyó por el fuegoa la orgullosa y
valiente Numancía, , derribó las murallas y las
arrasó hasta el suelo. Así, el abandono de la disciplina
militar fue marcado por la deplorable capitulación de Mancino
y el magnífico triunfo de Escipión fue el precio
de su reanimación».
Nota de Bill Thayer en su sitio de Lacus
Curtius, : Plutarco, Moralia, Dichos de los romanos,
Escipión el Joven, 17 : «Detectó en el equipaje
transportado por las bestias de carga de Memmio, un tribuno militar,
enfriadores de vino hechos con piedras presiosas, trabajo de Tericles,
y le dijo : “Por tal conducta usted se ha hecho inútil
para mí y para su país por 30 días, pero
inútil para usted por el resto de su vida”».
|
2)
Quinto Metelo, en la Guerra Yugurtina, cuando la disciplina había
caído de manera similar, la restauró con una severidad parecida,
habendo prohibido además a los soldados usar carne, excepto cuando
estuviera cocido o hervida.
Nota:
Año 109 a.de C. Salustio, Yugurta, 45 :
«Entre estos embarazos hallo yo a Metelo no menos prudente
y grande que en lo más vivo de la guerra; tal fue su templanza
entre la ambiciosa blandura y el rigor. Lo primero, pues, que
hizo fue quitar cuanto podía fomentar la pereza y regalo,
mandando «que nadie en los reales vendiese pan ni vianda
alguna cocida; que los vivanderos no siguiesen al ejército;
que el soldado raso, ni en el campo ni en la expedición
tuviese esclavo o caballería; y en lo demás poniendo
con grande arte las cosas en buen orden». Mudaba además
de esto cada día la situación de los reales por
varias travesías; fortificábalos con su valla y
foso, como si estuviera a la vista el enemigo, ponía en
ellos muy espesas centinelas, haciendo por sí mismo la
ronda en compañía de los primeros oficiales. Hallábase
unas veces en el frente del ejército, otras en la retaguardia;
pero regularmente en el centro, a fin de que nadie se desordenase;
y para que no se alejasen en las banderas, dispuso que los soldados
llevasen consigo su comida y sus armas. De esta suerte, impidiendo
los delitos más que castigándolos, logró
restablecer en breve el ejército».
Nota de Bill Thayer en su sitio de Lacus
Curtius : «Claramente se trata de una medida para
proteger la salud de las tropas. Las únicas otras posibilidades
eran asadas o a las brasas; y crudas. Tan poco probable como nos
parece a civiles bien alimentados de hoy, Frontinus mismo cuenta
de un caso en el cual las tropas se volvieron locas y se llenaron
con carne cruda, o al menos muy soasado, con infelices resultados».
|
3)
Se dice que Pirro comentó a su oficial reclutador: ¡"Usted
elija a los hombres grandes! Yo los haré bravos."
4)En el consulado de Lucio Paulo y Cayo Varro, obligaron
por primera vez a los soldados a tomar el ius iurandum. Hasta
aquel tiempo el sacramentum era el juramento de lealtad administrado
por los tribunos, pero ellos solían prometerse el uno al otro a
no dejar la fuerza por huída, o en consecuencia, por miedo, y no
dejar las filas excepto para buscar un arma, golpear a un enemigo, o salvar
a un camarada.
| Nota:
Año 216 a.de C. Hasta la batalla de
Cannas, existían dos juramento militares, el sacramentum,
que era compulsivo y era administrado por el cónsul cuando
el soldado se enlistaba por primera vez, y el ius iurandum,
un juramento voluntario tomado frente a un tribuno cuando los soldados
eran asignados a divisiones separadas. En el 216 a.de C.
los dos se unieron, y a partir de allí el ius iurandum,
administrado por el tribuno militar, fue compulsivo; Livio,
22:38 : «Hechas las levas, los cónsules esperaron
durante gunos días la llegada de los auxiliares latinos.
Entonces los tribunos militares, cosa que no se había exigido
nunca, hicieron jurar a los soldados que acudirían a las
órdenes de los cónsules y que no se alejarían
jamás sin licencia. Antes solamente existía compromiso
solemne; cuando formaban por decurias o centurias, los jinetes y
los infantes en sus decurias o centurias juraban juntos y espontáneamente
no huir ni temer y no abandonar su puesto sino para tomar o recoger
un arma, herir a un enemigo o salvar un ciudadano: este pacto voluntario
se convirtió en juramento legal, prestado en manos de los
Tribunos. Antes de salir de Roma, pronunció Varrón
delante del pueblo muchas arengas arrogantes, en las que decía
muy alto "que los nobles habían atraído la guerra
a Italia, que permanecería adherida a las entrañas
de la república, si se tenían generales de la condición
de Fabio; pero que él le pondría fin el primer día
que viese al enemigo". Su colega Paulo Emilio solamente habló
una vez, la víspera de su marcha, siendo su oración
más sincera que agradable al pueblo. Sin embargo, sin pronunciar
ni una palabra hostil contra Varrón, solamente mostró
extrañeza de "que un general, antes de conocer su ejército,
el del enemigo, la situación del terreno, la naturaleza del
país, pudiese saber en el Foro lo que haría en el
ejército, y hasta predecir el día en que libraría
la batalla. Por su parte, sabiendo que las circunstancias imperan
en los destinos de los hombres más que los hombres en las
circunstancias, no tomaría de antemano ninguna resolución.
Mucho deseaba que las operaciones, dirigidas con prudencia y tino,
consiguieran buen éxito; pero que la temeridad, además
de ser insensata, había sido desgraciada hasta entonces".
Esto demostraba que Paulo Emilio estaba decidido a seguir los partidos
seguros con preferencia a los rápidos. Sin embargo, para
fortalecerle en sus buenos propositos, Q. Fabio, en el momento de
su partida, según se dice, le dirigió este discurso». |
5) Escipión Africano, notando que el escudo de
cierto soldado decorado de forma muy elaborada, dijo que a él no
le sorprendió que el hombre lo hubiera adoptado con tal cuidado,
viendo que ponía más confianza en él que en su espada.
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Nota:
Año 134 a.de C.Livio, 57 : «Escipión
el Africano pone sitio a Numancia y restablece la disciplina militar
más severa en el ejército, corrompido por la licencia
y la ociosidad. Prohibe todo objeto de lujo y de placer y expulsa
del campamento dos mil prostitutas: diariamente ocupa a los soldados
en trabajos y les obliga a llevar siete estacas y víveres
para treinta días. Un soldado llevaba la carga de mala gana.
"Cuando sepas hacerte una barrera con tu espada — le
dijo—, cesarás de llevar materiales de fortificación".
Si uno manejaba fácilmente un escudo pequeño, le hacía
llevar otro más grande; sin embargo, no le, reconvenía
por servirse mejor del escudo que de la espada. Al sorprendido fuera
de las filas se le azotaba con sarmientos si era romano, con palo
si era extranjero. Rechaza frecuentemente con éxito las salidas
del enemigo. Los vacenses, sitiados por todas partes, se matan sobre
los cadáveres de sus esposas e hijos. Antíoco, rey
de Siria, envía a Escipión magníficos regalos.
En contra de la costumbre de otros generales, que recibían
en secreto los regalos de los reyes, Escipión declara que
los aceptará en su tribunal, y manda al cuestor que los anote
en los registros públicos; de allí tomará para
recompesar a los más valientes. Había conseguido encerrar
a Numancia por tres lados y veía a los sitiados presa de
hambre: entonces prohibió matar a los que saliesen a forrajear.
"Cuanto mayor sea su número — dijo-, más
pronto consumirán los víveres que les queden" |
6) Cuando Filipo organizaba su primer ejército,
prohibió a todos usar carros. A los soldados de caballería
les permitió a cada uno tener solo un asistente. En la infantería
autorizó un sólo criado cada diez hombres, que estaba destinado
a llevar los molinos y las cuerdas. Cuando las tropas marchaban a cuarteles
de verano, ordenaba que cada hombre cargara su harina sobre sus hombros
para treinta días.
7) Con el objeto de limitar el número de los animales
de carga, por los cuales la marcha del ejército era especialmente
obstaculizada, Cayo Mario hacía que sus soldados abrocharan sus
utensilios y alimento en bultos y colgaran éstos en postes bifurcados,
para hacer la carga fácil y facilitar el descanso; de donde la
expresión "las mulas de Mario."
8) Cuando Teágenes, el Ateniense, conducía
sus tropas hacia Megara y sus hombres preguntaron en cuanto a su lugar
en las filas, les dijo que adjudicaría sus sitios cuando llegaran
a su destino. Entonces, envió en secreto a la caballería
adelante y les ordenó, con aspecto de enemigos, volvieran atrás
y atacaran a sus compañeros. Cuando este plan fue llevado adelante
y los hombres que él tenía con él hicieron preparativos
para un encuentro con el enemigo, permitió que la línea
de batalla fuera preparada de modo tal que cualquier hombre tomara el
lugar que deseara, los más cobardes retirados a la retaguardia,
los más valientes corriendo al frente. Con eso él adjudicó
a cada hombre, para la campaña, la misma posición en la
cual lo había encontrado.
| Nota:
Polieno, 5:28 § 1, atribuye esta acción a Teognis.
El mismo autor, en 3:9 § 10, lo atribuye a
Ifícrates : «A fin de acabar con disputas que se formaban
en el ejército ateniense sobre las posiciones de batalla
de compañías y unidades, Teognis envió un cuerpo
de caballería y oficiales por la noche con órdenes
de detenerse en una posición visible a poca distancia, donde
ellos pudieran ser vistos por el ejército, y tomados por
el enemigo. Cuando aparecieron en esa posición, Teognis,
en una fingida prisa y confusión, ordenó que el ejército
se formara inmediatamente, y que cada uno se acomodara en sus filas
como si el enemigo estuviera realmente en armas y avanzando contra
ellos. El miedo al ataque no dejó tiempo alguno para controversias,
pero cada soldado se ubicó fácilmente en su vieja
posición. Teognis les dijo entonces que los enemigos fingidos
eran de hecho sus amigos y compañeros soldados. Pero, dijo,
"no tengamos en el futuro más disputas sobre posiciones;
cada uno de ustedes debe mantener su puesto, que ustedes ahora han
tomado."»..
|
9) Lisandro, el espartano, azotó una vez a un
soldado que había dejado las filas mientras marchaba. Cuando el
hombre dijo que él no había dejado la línea con el
propósito de saquear, Lisandro replicó, "no lo miraré
como si usted fuera a saquear."
10) Antígono,
oyendo que su hijo se había alojado en la casa de una mujer que
tenía tres hermosas hijas, dijo: "Oigo, hijo, que tu alojamiento
es estrecho, debido al número de señoras responsables de
tu casa. Consíguete cuartos más espaciosos." Habiéndole
ordenado a su hijo mudarse, publicó un edicto que nadie con menos
de cincuenta años debería tomar alojamiento con la madre
de una familia.
| Nota:
Años 323 a 321 a.de C. Plutarco, Demetrio, 23 :
«Llamaron a Demetrio los Atenienses con motivo de tenerles
sitiada Casandro la ciudad, y acudiendo aquel con trescientas treinta
naves y numerosa infantería, no sólo arrojó
a Casandro del Ática, sino que, persiguiéndolo en
su fuga hasta las Termópilas, consiguió de él
una señalada victoria, y tomó a Heraclea, que voluntariamente
se le entregó, habiéndosele asimismo pasado seis mil
Macedonios. A la vuelta dio libertad a los griegos de la parte acá
de las Termópilas, hizo alianza con los Beocios, tomó
a Cencris, y habiendo reducido a File y a Panacto, presidios del
Ática, guarnecidos entonces por Casandro, las restituyó
a los Atenienses, los cuales, aunque habían estado antes
excesivos con él, y parecían haber agotado todos los
medios de obsequiarle y honrarle, todavía encontraron cómo
parecer nuevos y recientes en sus adulaciones. Porque le señalaron
para alojamiento el edificio que está a espaldas del templo
de Atena, llamado Partenón, y allí estuvo habitando;
diciéndose que era la diosa la que daba hospedaje a un huésped,
a fe no muy modesto, ni de una conducta muy propia para que lo alojara
una virgen; siendo así que su padre, habiendo sabido que
Filipo, el hermano del mismo Demetrio, estaba en una ocasión
alojado en una casa en que había tres mocitas, a él
no le habló palabra; pero habiendo llamado al aposentador,
le dijo en su presencia: “Oyes, ¿no sacarás
a mi hijo de tan estrecho alojamiento?”.».
|
11) El cónsul Quinto Metelo, aunque no prevenido
de la ley acerca de tener a su hijo con él como compañero
de tienda regular, prefirió que sirviera en las filas.
| Nota:
Años 143 (?) 109 (?) a.de C. Salustio, La Guerra de Yugurta,
44:4, dice que Metelo Numídico mantenía a
su hijo consigo como compañero de tienda : «Viendo,
pues, Mario que la respuesta del arúspice le conducía
al término mismo de sus deseos, ruega a Metelo le dé
licencia para pasar a Roma a su pretensión. Metelo, aunque
tan virtuoso, ilustre y lleno de las más envidiables prendas,
era, como de ordinario son los nobles, de un genio despreciador
y altivo, y así alterado al principio por ver una cosa tan
extraña, comenzó a maravillarse de su modo de pensar
y a rogarle en tono de amigo «que no intentase una cosa tan
fuera de camino, ni aspirase a lo que era sobre su esfera. Díjole
que no era todo para todos, que se contentase con su suerte, y últimamente,
que no se expusiese pidiendo al pueblo romano una cosa que, sin
hacerle agravio, podría negarle. Pero viendo que ni éstas
ni otras tales razones hacían mella en el ánimo de
Mario, le respondió «que luego que lo permitiesen los
negocios públicos, le daría el permiso que pedía,
e importunándole aún Mario, cuentan que le añadió:
que no se diese tanta prisa a marchar, que harto llegaría
a tiempo de pedir el consulado, cuando lo pidiese también
su hijo.
Podría éste tener entonces veinte años y militaba
a la sazón en el ejército, bajo el mando y disciplina
de su padre. Esta respuesta inflamó vehementemente a Mario,
ya para conseguir el honor a que aspiraba, ya especialmente contra
Metelo, y así dejándose arrastrar de dos malísimos
consejeros, la ambición y la ira, no ponía reparo
en decir ni hacer cuanto creía conducente a sus designios.
Tenía a los soldados de su cargo en los cuarteles de invierno
con menos severa disciplina que hasta entonces; hablaba de la guerra
entre los mercaderes, de que había gran muchedumbre en titica;
zahiriendo a Metelo y ensalzándose a sí, decía:
«que con la mitad del ejército tendría él
dentro de pocos días a Jugurta en cadenas; que el general
alargaba de propósito la guerra, porque como era hombre hueco
y de un fausto casi real, estaba muy bien hallado con el mando.
Todo esto como era según el paladar de los mercaderes (porque
con haberse alargado la guerra, se habían arruinado sus caudales),
se les hacía muy creíble; y para quien desea con ansia,
no hay diligencia que baste».
|
12) El cónsul Publio Rutilio, aunque podía
haber guardado según la ley a su hijo en su propia tienda de campaña,
lo hizo soldado en la legión.
13) Marco Escauro prohibió a su hijo entrar en
su presencia, ya que había retrocedido ante el enemigo en el Paso
Tridentino. Abrumado por la vergüenza de esta desgracia, el joven
cometió suicidio.
| Nota:
Año 102 a.de C. Valerio Máximo, 5:8 § 4 :
«M. Escauro, ornamento y gloria de la patria, sabiendo que
los jinetes romanos, rechazados por los cimbrios cerca del Adigio,
habían abandonado al procónsul Cátulo y proseguido,
temblando, el camino de Roma, hizo decirle a su hijo, que había
compartido ese espanto, que le hubiera gustado encontrarlo mejor
expirando sobre el campo de batalla que verlo tan deshonrado por
una huida ignominiosa; qué, si todavía le quedaba
un sentimiento de honor, evitara la presencia de un padre del que
había degenerado indignamente. Escauro, recordando su propia
juventud, juzgaba lo que debía ser su hijo para merecer su
estima o su reprobación. Esta mismo orden alcanzó
al muchacho, y lo redujo a dirigirse valientemente sobre él
una espada de la que no había sabido hacer uso contra el
enemigo. |
14)
En la antigüedad los romanos y otros pueblos solían hacer
sus campamentos como grupos de chozas púnicas, distribuyendo las
tropas aquí y allí por cohortes, ya que los viejos no habían
conocido muros excepto en el caso de ciudades. Pirro, rey de los Epirotas,
fue el primero en inaugurar la costumbre de concentrar un ejército
entero dentro de los alrededores de los mismos atrincheramientos. Más
tarde los romanos, después de derrotar a Pirro en las Llanuras
Arusianas cerca de la ciudad de Maleventum , capturaron su campamento,
y, notando su plan, llegaron gradualmente al modelo que está en
boga hasta el día de hoy.
| Nota:
Livio, 35:14 : «Sulpicio, que se encontraba enfermo,
quedó en Pérgamo; y Vilio, enterado de que Antíoco
se ocupaba de la expedición a Pisidia, marchó a :Éfeso,
dedicando los pocos días que pasó en esta ciudad a
frecuentes entre-vistas con Aníbal, que se encontraba entonces
en ella. Quería sondear sus intenciones si era posible, y
persuadirle de que nada tenía que temer de los romanos; pero
las conferencias no tuvieron resultado, aunque produjeron el natural
efecto, que pudo creerse preparado por el talento de Vilio, de disminuir
la influencia de Aníbal con el rey y hacerle sospechoso en
todo. Dice el historiador Claudio, fundándose en las memorias
griegas de Acilio, que el Africano formaba parte de aquella legación
y que conferenció con Aníbal en Éfeso; llegando
a referir en estos términos una entrevista: "Habiéndole
preguntado Escipión a quién consideraba como el general
más grande, contestó el cartaginés que al rey
de Macedonia, Alejandro, que, con un puñado de valientes,
derrotó numerosos ejércitos y recorrió comarcas
donde iamás había seperado penetrar el hombre."
Preguntándole en seguida a quién colocaba en segundo
lugar, contestó: "A Pirro, que fué el primero
en enseñar el arte de los campamentos. Nadie supo elegir
sus posiciones ni colocar sus tropas con más habilidad. Poseía
además en tan alto grado el arte de ganarse las voluntades,
que los pueblos italianos hubiesen preferido el dominio de aquel
príncipe extranjero al de los romanos, que desde tanto tiempo
mandaban como señores en Italia." ",Y el tercero?"
siguió preguntando. "Yo", contestó sin vacilar
Aníbal. Entonces lanzó la carcajada Escipión,
y añadió: "¿Qué dirías si
me hubieses vencido?" "En ese caso me consideraría
superior a Alejandro. a Pirro y a todos los demás generales."
Escipión agradeció la lisonja que encerraba aquella
contestación inesperada, tan conforme con el carácter
cartaginés, porque le señalaba puesto especial entre
los generales, como si no tuviese igual». |
15)
En un tiempo, cuando Publio Násica estaba en cuarteles de invierno,
aunque él no tenía necesidad alguna de barcos, se determinó
a construirlos, a fin de que sus tropas no se desmoralizaran por la ociosidad,
o infligieran a daño a sus aliados a consecuencia de la licencia
que resulta a partir del ocio.
| Nota:
Año 194-193 a.de C. |
16)
Marco Catón ha transmitido la historia que, cuando los soldados
eran sorprendidos robando, sus manos derechas solían ser cortadas
en presencia de sus compañeros; o si las autoridades deseaban imponer
una condena más ligera, el delincuente era sangrado en el cuartel
general.
Nota:Aulo
Gelio, 10:8 § 1, da una interesante conjetura acerca
del origen de este segundo castigo : «De que la pérdida
de sangre era una de las penas infamantes impuestas a los soldados:
motivo de este castigo.
Remonta a la antigüedad más lejana el uso de abrir una
vena y sacar sangre a los soldados a quienes se quería imponer
una pena infamante. No he encontrado la razón en los escritos
antiguos que he podido consultar, pero creo que, al principio, no
fué tanto castigo como remedio empleado con los soldados
cuya inteligencia estaba embotada y entumida su actividad. Más
adelante fué castigo la sangría; y se acostumbró
penar con ella diferentes faltas, sin duda pensando que quien comete
una falta está enfermo».
|
17)
El general espartano Clearco solía decir a sus tropas que debían
temer más a su comandante que al enemigo, significando que la muerte
que ellos temían en batalla era dudosa, pero que la ejecución
por deserción era segura.
| Nota:
Años 431 a 401 a.de C. Jenofonte, Anábasis,
2:6 : «Su temperamento militar se revelaba en la pasión
que sentía por los peligros, en la energía con que
marchaba contra el enemigo, lo mismo de día que de noche,
y en la prudencia con que sabía salir de los peligros, según
afirmaban todos cuantos estuvieron a su lado. También se
reconocían sus cualidades para el mando, hasta donde era
posible en un hombre de carácter como el suyo. Nadie sabía
como él tomar las medidas convenientes para que su ejército
no careciese de las cosas necesarias y predisponerlas acertadamente;
nadie tampoco como él para imponer su autoridad a los que
le rodeaban. Lo conseguía por su carácter duro y,
además, por su aspecto, que infundía miedo, y su voz
áspera. Siempre castigaba con severidad, algunas veces con
cólera, hasta el punto de arrepentirse más tarde en
ocasiones. Esta dureza era en él un principio, pues pensaba
que un ejército sin disciplina no sirve para nada. Según
contaban se le había oído decir que el soldado debía
temer más al jefe que a los enemigos; sólo así
podía conseguirse que vigilase atentamente, no saquease los
países amigos y marchase intrépido contra el enemigo». |
18)
A moción de Apio Claudio, el Senado degradó al estado de
soldados de infantería a aquellos caballeros que habían
sido capturados y después devueltos por Pirro, el rey de los Epirotas,
mientras los soldados de infantería fueron degradados al estado
de tropas con armamento ligero, habiendo sido ordenados todos a vivir
en tiendas de campaña fuera de los fortalecimientos del campamento,
hasta que cada hombre trajera los despojos de dos enemigos.
| Nota:
Año 279 a.de C. Valerio Máximo, 2:7 § 15 :
«Pero ya es tiempo de hablar de las medidas tomadas, no por
los generales individualmente, sino por el cuerpo entero del Senado,
para mantener y defender la regla militar. L. Marcio, tribuno de
legión, había recogido con un coraje admirable los
restos dispersos de dos ejércitos, los de P. y de Cn. Escipión,
destruídos en España por las fuerzas cartaginesas,
y había recibido de los soldados el título de general.
Escribiéndole al Senado para informarlo sobre estos hechos,
comenzó su carta con estas palabras: «L. Marcio, propretor».
Pero dándose este título, desagradó a los senadores,
porque, en su espíritu, el nombramiento de los generales
pertenecía regularmente al pueblo y no a los soldados. En
una circunstancia tan desgraciada y tan crítica, después
del desastre horrible sufrido por la república, hasta habría
que haber halagado a un tribuno de legión, ya que sólo
se había encontrado capaz de enderezar la situación
de todo el estado. Pero ninguna desgracia, ningún servicio
pudo prevalecer sobre la disciplina militar. Los senadores recordaban
la valiente severidad desplegada por sus abuelos en la guerra de
Tarento. En el curso de esta guerra, que había derribado
y agotado las fuerzas de la república, Pirro les había
devuelto espontáneamente un gran número de prisioneros
romanos. Ellos decretaron que los que habían servido en la
caballería, combatirían en las filas de la infantería
y que los soldados de infantería pasarían al cuerpo
del honderos auxiliares. Les prohibieron que se establecieran dentro
del campamento, que fortificaran fosos o empalizadas en el lugar
que les sería asignado fuera, y que tuvieran las tiendas
cubiertas de pieles. La única forma que les dejaron a cada
uno para reconquistar su antiguo rango en el ejército, era
de traer los despojos de dos enemigos. Tal fue el efecto de estos
castigos, que estos soldados deshonrados, pobres regalos de Pirro,
se convirtieron en sus enemigos más temibles». |
19)
El cónsul Otacilio Craso ordenó que aquellos que habían
sido obligado a pasar bajo el yugo por Aníbal y luego habían
vuelto, que acamparan fuera de los atrincheramientos, a fin de que pudieran
acostumbrarse a peligros estando sin defensas, y hacerse así más
audaces en contra del enemigo.
| Nota:
Manio Otacilio Craso fue cónsul entre los años
263 y 246 a.de C. Tito Otacilio Craso fue cónsul en el 261
a.de C. |
20)
En el consulado de Publio Cornelio Násica y Décimo Junio,
aquellos que habían desertado del ejército fueron condenados
a ser azotados con varas en público y luego ser vendidos en esclavitud.
Nota:
Año 138 a.de C. Livio, Epítome, 55 : «Los
cónsules P. Cornelio Násica, aquel a quien el tribuno
del pueblo Curiacio había denominado por burla Serapión,
y D. Junio Bruto, proceden al levantamiento de tropas y dan en presencia
de los alistados saludable ejemplo: C. Macieno, acusado ante el
tribunal del pueblo de haber desertado del ejército de España
y condenado, fué por largo rato azotado bajo la horca y en
seguida vendido a vil precio».
|
21)
Domicio Corbulón, estando en Armenia, ordenó que dos escuadrones
y tres cohortes, que habían cedido el paso ante el enemigo cerca
de la fortaleza de Initia, acamparan fuera de los atrincheramientos, hasta
que por trabajo sostenido e incursiones acertadas expiaran su desgracia.
Nota:
Año 58-59. Tácito, Anales, 13:36 : «Entre
tanto, Corbulón, habiendo tenido las legiones en los alojamientos
hasta que entrase bien adelante la primavera, y puestas en lugares
convenientes las cohortes auxiliarias, les advirtió que en
manera alguna fuesen ellos los primeros a trabar la batalla. El
cuidado de gobernar estos presidios le dió a Pactio Orfito,
que había sido primipilar. A éste, aunque había
escrito al general que Ios bárbaros estaban desapercibidos
y que se ofrecía buena ocasión de darles una mano,
se Ie respondió que no saliese de sus fuertes hasta que le
llegasen mayores fuerzas. Mas él, menospreciando este mandato,
a la llegada de algunas pequeñas tropas de caballos venidos
de los castillos circunvecinos que, poco experimentados, pedían
la batalla, Ilegando a las manos fué roto. Y con su daño,
atemorizados los que habían de socorrerle, se pusieron también
en huida hasta sus alojamientos. Sintió mucho este suceso
Corbulón, el cual, después de haber reprendido a Pactio,
quiso que él, los prefectos y soldados todos alojasen fuera
de los reparos, teniéndolos en aquella vergüenza hasta
que los perdonó a ruego de todo el ejército»..
|
22)
Cuando el cónsul Aurelio Cota, bajo necesidad apremiante, ordenó
a los caballeros que participaran en un cierto trabajo y una parte de
ellos desechó su autoridad, hizo una queja ante los censores e
hizo degradar a los amotinados. Entonces, de los senadores se aseguró
una promulgación que los atrasos de sus salarios no debían
ser pagados. Los tribunos de la plebe llevaron también adelante
un proyecto de ley con la gente en el mismo sentido, de modo que la disciplina
fue mantenida por la acción conjunta de todos.
Nota:
Año 252 a.de C. Valerio Máximo, 2:9 § 7,
cita un caso similar de disciplina : «Una parte también
del orden ecuestre, cuatrocientos jóvenes Romanos, tan considerables
por la calidad como por el número, sufrieron sin murmurar
la reprobación de los censores M. Valerio y P. Sempronio.
Enviados para acabar trabajos de atrincheramientos en Sicilia, no
habían tenido en cuenta esta orden. En consecuencia, los
censores les quitaron el caballo que el Estado les proporcionaba
y les rechazaron entre los ciudadanos de la última clase».
|
23)
Cuando Quinto Metelo Macedónico hacía una campaña
en España, y en una ocasión cinco cohortes habían
cedido el paso ante el enemigo, ordenó a los soldados que hicieran
sus testamentos, y luego los volvió a enviar para recuperar la
tierra perdida, amenazándoles que no serían recibidos en
el campamento sino después de la victoria.
Nota:
Año 143 a.de C. Valerio Máximo, 2:7 § 10 :
«Q. Metelo no fue menos duro que Pisón. Al asunto de
Contrebia, cinco cohortes, a quienes les había confiado la
guardia de un puesto, habiéndose dejado desalojar por el
enemigo, les ordenó regresar de allí al campamento.
Él no contaba conque ellas pudieran recuperar la posición
perdida, sino que quería que la falta cometida en el primer
compromiso fuera castigada por el peligro evidente de un nuevo combate.
Por su orden también, cualquiera que se escapara para recobrar
el campo debía ser muerto como un enemigo. Bajo la coacción
de este rigor, a pesar de su cansancio extremo, sin esperanza, por
otra parte, de escapar de la muerte, ellos triunfaron a pesar de
la desventaja de la posición, y del número de los
enemigos. No hay pues nada que mejore la debilidad humana más
eficazmente que la necesidad».
|
24)
El Senado ordenó que el cónsul Publio Valerio condujera
el ejército, que había sido derrotado cerca del río
Siris, a Saepinum, construir un campamento allí, y pasar el invierno
bajo lonas.
Nota:
Año 280 a.de C. Publio Valerio Levino.
|
25)
Las legiones que habían rechazado servir en el la Guerra Púnica,
fueron enviadas a una especie de destierro en Sicilia, y por voto del
Senado fueron puestos a raciones de cebada durante siete años.
Nota:
En la Segunda Guerra Púnicas, despues de Cannas.
Livio 24:18 : «No se llevaban las cosas
de Roma con menos energía en el interior que en el exterior.
No pudiendo los censores subastar trabajos públicos porque
estaba agotado el Tesoro, emplearon toda su atención en
corregir las costumbres y castigar los vicios nacidos de la guerra,
como esas llagas que llenan el cuerpo después de larga
enfermedad. Primeramente citaron ante su tribunal a los acusados
de haber querido, después de la batalla de Cannas, abandonar
la república y huir lejos de Italia. El primero de todos
era L. Cecilio Metelo, cuestor entonces, quien recibió
orden, como todos los acusados de la misma falta, de presentar
su defensa. Como no pudieron justificarse, los censores declararon
que habían pronunciado contra la república palabras
y discursos ocasionados a formar una conjuración para abandonar
la Italia. Después fueron citados aquellos intérpretes
tan astutos para librarse de la fe del juramento; aquellos prisioneros.
que después de salir del campamento de Aníbal, volvieron
furtivamente a el, creyéndose entonces libres del juramento
que habían hecho de regresar a él. Éstos
y los otros de que hemos hablado antes fueron privados de Ios
caballos que les suministraba el Estado; trasladados de tribu
quedaron como simples pecheros. No se limitaren las severas investigaciones
de los censores a la conducta del Senado y de los caballeros;
en los registros en que estaban inscritos los nombres de los jóvenes,
tomaron los nombres de los que no habían servido en cuatro
años, aunque no tuviesen legítima exención,
ni enfermedad que alegar como excusa. Encontráronse más
de dos mil, llevándoseles también entre los pecheros
y arrojándoles de su tribu. A esta tacha de los censores
que no fijaba ningún castigo se unió un senatus-consulto
muy riguroso, disponiendo que todos los tachados por los censores
servirían a pie e irían a Sicilia a reunirse con
los restos del ejército de Cannas, cuyo tiempo de servicio
no debía cesar hasta el día en que fuese arrojado
de Italia el enemigo A causa del agotamiento del Tesoro, los censores
no habían hecho contratas para el entretenimiento de lo
edificios sagrados, ni para el suministro de los caballos curules,
ni ninguna de estas cosas. Los que ordinaria mente se encargaban
de estas contratas acudieron a ello invitándoles "a
que obrasen en todo como si dispusieran
de fondos del Tesoro, porque ninguno de ellos pediría dinero
antes de que terminase la guerra." Poco después se
reunieron los dueños de los manumitidos por T. Sempronio
en Benevento; estos propietarios dijeron que los triunviros administradores
de las rentas les habían llamado para que recibiesen el
precio, pero que nada aceptarían antes de la terminación
de la guerra. Por consecuencia de esta decisión de todo
el pueblo para acudir en socorro del Tesoro agotado, lleváronse
primeramente los fondos de los huérfanos, después
los de las viudas, no creyendo los administradores que podían
encontrar depósito más seguro y más sagrado
que la fe pública. Si por los huérfanos o las viudas
se compraba algo, el pretor lo anotaba en sus cuentas. Esta buena
disposición de los particulares pasó de la ciudad
a los campamentos. Los caballeros y los centuriones no querían
sueldo, increpando con el nombre de mercenarios a los que lo recibían».
La sustitución
de las raciones de trigo por cebada era una forma común
de castigo;
Suetonio, Augusto, 24 : «Cambió
muchas cosas y muchas otras estableció en la organización
militar, poniendo en vigor otras relegadas ya de tiempo al olvido.
Mantuvo con severidad la disciplina, y sólo permitió
a sus legados que fuesen a ver a sus esposas en los meses de invierno,
y aun esto con gran dificultad. A un caballero romano, por haber
amputado el dedo pulgar a sus dos hijos para librarlos del servicio
militar, hízolo vender en subasta con todos sus bienes;
pero viendo que se apresuraban a comprarlo los asentistas públicos,
lo hizo adjudicar a un liberto suyo, que tenía orden de
llevarlo a los campos y dejarle libre. Licenció ignominiosamente
a toda la décima legión, que sólo obedecía
murmurando; y a otras que con tono imperioso pedían la
licencia se la concedió, aunque sin las recompensas prometidas
a sus largos servicios. Si alguna legión retrocedía,
la diezmaba, dándole sólo cebada por toda comida.
Castigó con la muerte como a simples soldados a centuriones
que abandonaron sus puestos. En cuanto a los otros delitos, los
castigaba con diferentes penas infamantes, como permanecer en
pie todo el día delante de la tienda del general, o bien
salir con túnica y sin cinturón, llevando en la
mano una medida agraria o un puñado de césped».
.
|
26)
Como Cayo Ticio, comandante de una cohorte, había cedido el paso
ante algunos esclavos fugitivos, Lucio Pisón ordenó que
estuviera de pie diariamente en la oficina central del campo, descalzo,
con el cinturón de su toga cortado y su túnica suelta esperando
que vinieran los vigilantes nocturnos. Ordenó también que
el culpable renunciara a banquetes y baños.
Nota:
Año 133 a.de C. Valerio Máximo, 2:7 § 9 : «El
mismo rigor en Calpurnio Pisón. En la guerra que este cónsul
hizo en Sicilia contra los esclavos fugitivos, C. Ticio, jefe de
la caballería, se había dejado envolver por un gran
número de enemigos y les había rendido las armas.
He aquí las diversas suertes de deshonras que Calpurnio le
infligió. Durante toda la campaña él lo hizo
estar de la mañana a la noche delante de las tiendas del
estado mayor vestido con una toga con los faldones desgarrados,
una túnica sin cinturón y los pies desnudos. Defendió
asimismo toda vida común con los hombres y el uso de los
baños. En cuanto a los escuadrones que mandaba, los puso
a pie y los incorporó a las alas del ejército con
los honderos. Tan grande como fue la humillación a la patria,
que fue vengada por igual humillación a los culpables. ¿Qué
hizo en efecto Pisón? Estos hombres, por amor a la vida,
habían permitido a esclavos fugitivos, cien veces dignos
de la cruz, hacer trofeos de sus despojos y no habían enrojecido
de dejar imponer por manos serviles en cabezas libres, un yugo ignominioso.
Él les hizo saber un género amargo de vida y les redujo
a desear en hombres de corazón una muerte que habían
temido como mujeres».
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27)
Sila ordenó a una cohorte y a sus centuriones, aunque sus defensas
había roto el enemigo, estar de pie continuamente en la oficina
central, llevando puesto cascos y sin uniformes.
28)
Cuando Domicio Corbulón hacía una campaña en Armenia,
cierto Emilio Rufo, un prefecto de caballería, cedió el
paso ante el enemigo. Descubriendo que Rufo había mantenido a su
escuadrón inadecuadamente equipado con armas, Corbulón dio
órdenes a los lictores que quitaran la ropa de su espalda, y ordenó
que el culpable estuviera de pie en la oficina central en esta impropia
situación hasta que fuera liberado.
Nota:
Año 58-59 de nuestra era.
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29)
Cuando Atilio Régulo cruzaba del Samnio a Luceria y sus tropas
retrocedieron ante el enemigo que habían encontrado, Régulo
bloqueó su retroceso con una cohorte, mientras huían, y
ordenaron que fueran cortados a pedazos como desertores.
30)
El cónsul Cota, estando en Sicilia, azotó a cierto Valerio,
un tribuno militar noble perteneciente a la gens Valeria.
31)
El mismo Cota, estando por cruzar a Messana para tomar nuevamente los
auspicios, colocó como responsable del bloqueo de las Islas Lipari
a Publio Aurelio, que estaba relacionado con él por lazos de sangre.
Pero cuando la línea de obras de Aurelio fue quemada y su campamento
capturado, Cota lo hizo azotar con varas y ordenó que fuera reducido
a las filas y realizara tareas de un soldado común.
Nota:
Año 252 a.de C. Valerio Máximo 2:7 §
4 : «El cónsul C. Cota, al punto de ir a Mesina, para
retomar allí los auspicios, confió a su hijo Aurelio
Pecuniola la conducción del sitio de Lipari. A su vuelta,
a pesar de los lazos de sangre, le hizo azotar con varas y le obligó
a servir como soldado simple en la infantería, por su falta,
haber dejado quemar una terraza de aproximación y estado
a punto de dejarse tomar el campamento».
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32)
El censor Quinto Fulvio Flaco removió del Senado a su propio hermano
M. Fulvio, porque éste, sin la orden del cónsul, había
disuelto la legión en la cual él era tribuno de los soldados.
Nota:
Año 174 a.de C. Livio, 40:41 : «Los dos cónsules
entraron en Liguria por diferentes lados. Postumio, al frente de
las legiones primera y tercera, se apoderó de los montes
Balista y Suismoncio, cuyos desfiladeros cerró con cuerpos
de tropas, interceptó de esta manera todos los convoyes,
y redujo a los ligurios por medio de todo género de privaciones.
Fulvio partió para Pisa con las legiones segunda y cuarta,
atacó a los apuanos, recibió la sumisión de
aquellos ligurios que habitaban en las orillas del Macra y mandó
embarcarlos en número de siete mil y trasladarlos a Nápoles,
siguiendo las costas del mar Trirreno. Desde . allí les llevaron
al Samnio y les distribuyeron tierras en medio de sus compatriotas.
En cuanto a los ligurios de las montañas, A. Postumio mandó
talar sus viñedos y quemar sus cosechas hasta que todos aquellos
desastres les obligaron a rendirse y entregar las armas. Postumio
se embarcó en seguida para visitar la costa de los ingaunos
y de los intemelianos. Antes de que estos cónsules se incorporasen
al ejército reunido en Pisa, encontrábase bajo las
órdenes de A. Postumio y de M. Fulvio Nobílior, hermano
de Q. Fulvio. Nobílior era tribuno militar de la segunda
legión, y durante aquellos dos meses de mando licenció
la legión, después de hacer jurar a los centuriones
que restituirían su sueldo al Tesoro por medio de los cuestores.
Habiendo recibido Aulo esta noticia en Placencia, adonde le había
llevado la casualidad, acudió con un grupo de caballería
ligera sobre las huellas de los licenciados, castigó a cuantos
pudo alcanzar y los llevó de nuevo a Pisa. En cuanto a los
demás, limitóse a notificar al cónsul lo sucedido.
A propuesta de este magistrado, un senatus-consulto relegó
a M. Fulvio a España, más allá de Cartagena,
encargándole el cónsul una carta para Manlio, que
mandaba en la ulterior. Los soldados recibieron orden para incorporarse
a sus enseñas, y para castigarles se decretó que solamente
cobra-rían aquel año seis meses de sueldo. El cónsul
quedó autorizado para vender todos los refractarios y confiscar
sus bienes»..
|
33)
En una ocasión cuando Marco Catón, que se había demorado
durante varios días en una orilla hostil, pudo al final zarpar,
después de dar tres veces la señal de partida, y cierto
soldado, que había sido dejado atrás, con gritos y gestos
de la tierra, pidió ser recogido, Catón hizo retornar a
toda su flota a la orilla, detuvo al hombre, y mandó que fuera
ejecutado, prefiriendo así hacer un ejemplo del compañero,
que hacerlo matar ignominiosamente por el enemigo.
34)
En el caso de aquellos que abandonaron sus lugares en las filas, Apio
Claudio designó por el azar a uno de cada diez hombres y lo hizo
apalear hasta morir.
Nota:
Año 471 a.de C. Livio 2:59 : «Nada de esto
ignoraban los volscos, quienes por lo mismo estrechaban vivamente
al ejército romano, esperando que opondría a Apio
la resistencia que antes desplegó contra Fabio. Pero la sublevación
contra Apio fué mucho más violenta. El ejército
de Fabio se limitó a no querer triunfar; el de Apio quiso
ser vencido. Apenas formado en batalla, emprende vergonzosamente
la fuga y vuelve al campamento; solamente se detiene al ver a los
volscos dirigirse a las trincheras, después de hacer espantosa
matanza en la retaguardia. Entonces forman empeño en combatir
para rechazar al enemigo fuera de las empalizadas; pero era evidente
que no habían, querido otra cosa sino impedirle que se apoderase
del campamento. Por lo demás, se regocijan de su derrota
y de su vergüenza. El ánimo altivo del cónsul
no se quebrantó: quería desplegar mayor severidad
aún, y reúne el ejército; pero los legados
y los tribunos acuden a él, y le aconsejan "que no ponga
por más tiempo a prueba una autoridad que recibe toda su
fuerza del consentimiento de los que obedecen; los soldados —
decían — se niegan generalmente a acudir a la asamblea;
óyense algunas voces pidiendo el levantamiento del campo
y la salida del territorio de los volscos; acababa de verse al enemigo
victorioso avanzar hasta las puertas y las empalizadas. No estaban
limitados a sencillas sospechas del mal; se tenían pruebas
evidentes," El cónsul cede al fin, puesto que de este
modo los culpables no conseguirían otra cosa que un aplazamiento;
revoca la orden de asamblea y manda anunciar la marcha para el día
siguiente. Al romper el día dan las bocinas la señal,
y en el momento en que el ejército se despliega fuera del
campamento, los volscos, como llamados por las bocinas, caen sobre
la retaguardia. El desorden gana la cabeza de las columnas; las
filas y los cuerpos se confunden; no se oyen las voces de mando;
no pueden formarse en batalla: ninguno piensa en otra cosa que en
huir, y todo el ejército desbandado escapa entre montones
de armas y de cadáveres, y tal es el terror, que el enemigo
se cansa de perseguir, antes que los romanos de huir. Al fin consigue
el cónsul reunir los desparramados restos de sus soldados,
que en vano ha perseguido para detenerlos en su fuga, v va a acampar
fuera del territorio enemigo. Allí forma el ejército;
se encoleriza con razón contra unos soldados que han hecho
traición cobardemente a la disciplina militar, abandonando
las águilas, y pregunta a cada hombre desarmado qué
ha hecho de sus armas, a cada signífero qué ha hecho
de su insignia. Los centuriones y duplicarios que han abandonado
las filas son azotados con las varas y deeapitados; el resto del
ejército es diezmado, designando la suerte las víctimas».
|
35)
En el caso de dos legiones que habían flaqueado ante el enemigo,
el cónsul Fabio Rulo eligio a varios hombres al azar y los decapitó
a la vista de sus camaradas.
36)
Aquilio decapitó a tres hombres de cada una de las centurias cuya
posición había sido quebrada por el enemigo.
37)
Marco Antonio, cuando fue incendiada su línea de obras por el enemigo,
diezmó a los soldados de dos cohortes de aquellos que estaban en
las obras, y castigó a los centuriones de cada cohorte. Además
de esto, despidió al oficial al mando caído en desgracia,
y ordenó que el resto de la legión fuera alimentado con
raciones de cebada.
Nota:
Año 36 a.de C. Plutarco, Antonio, 39 : «Mortificó
este suceso, como era indispensable, a todo el ejército de
Antonio, por haber sufrido tan inesperado descalabro, y Artavasdes,
rey de Armenia, abandonando el partido de los Romanos, se retiró
con sus tropas, a pesar de que había sido el principal instigador
de aquella guerra. Acudieron con intrepidez los Partos contra los
sitiadores, haciéndoles injuriosas amenazas, y no queriendo
Antonio que estando el ejército en inacción prendiera
y se aumentara en él el desaliento, tomó diez legiones,
tres cohortes pretorias de infantería y todos los caballos,
y marchó con estas tropas a acopiar víveres, pensando
que así atraería mejor a los enemigos y vendrían
a una batalla campal. Había hecho un día de marcha,
y viendo que los Partos le iban alrededor, buscando el caer sobre
él en el camino, puso en el campamento la señal de
batalla, y levantando después las tiendas, como si no hubiera
de pelear, pasó por delante de la hueste de los bárbaros,
que estaba formada en media luna, dando la orden de que cuando se
viera que los más avanzados de los enemigos estaban al alcance
de los legionarios, les diera una carga de caballería. A
los Partos, que se mantenían a distancia, les pareció
superior a todo elogio la formación de los Romanos, y observaban
atentos cómo iban pasando con ciertos claros compasados,
sin desorden y en silencio, blandiendo las lanzas. Dada la señal,
acometió con algazara la caballería; los Partos se
defendieron en sus puestos, aunque desde luego estuvieron al alcance
de los dardos; mas cuando acometió la infantería,
espantados los caballos de los Partos con sus gritos y el estruendo
de las armas, y asustados también estos mismos, dieron a
huir antes de venir a las manos. Siguióles Antonio el alcance
concibiendo esperanza cierta de que con aquella batalla, o se daba
fin a la guerra, o se estaba cerca de él; pero cuando, después
de haberlos perseguido los infantes por espacio de cincuenta estadios
y la caballería por tres tantos más, se halló,
al hacer el recuento de los muertos y cautivos, que éstos
no eran más que treinta y aquellos no pasaban tampoco de
ochenta, fue grande la incertidumbre y desaliento en que cayeron,
al hacer la triste reflexión de que, si vencían, no
acababan sino con un número muy corto, y si eran vencidos,
tenían una pérdida tan terrible como la que tuvieron
en la acción en que perdieron los carros. Movieron al día
siguiente para volver al sitio y campamento delante de Fraata; y
al principio dieron en el camino con unos cuantos enemigos, después
con muchos más, y por fin con todos, que como invictos y
con nuevas fuerzas los provocaban e intentaban acometerles por todas
partes; tanto, que no sin gran dificultad y trabajo pudieron llegar
salvos al campamento; y como los Medos de adentro hubiesen hecho
una salida contra las trincheras y hubiesen infundido terror en
las avanzadas, irritado Antonio recurrió a la pena de diezmar
a los que se habían manifestado cobardes, porque, formándolos
por decenas, de cada una pasó por las armas al que le tocó
la suerte, y a los que quedaron mandó que, en lugar de trigo,
les distribuyeran cebada».
|
38)
La legión que había saqueado la ciudad de Rhegium sin las
órdenes de su comandante, fue castigada como sigue: cuatro mil
hombres fueron puestos bajo guardia y ejecutados. Además el Senado
por decreto convirtió en delito sepultar a cualquiera de éstos
o permitirse luto por ellos.
Nota:
Cuando Pirro estaba en el sur de
Italia, la población de Rhegium acudió a Roma por
ayuda y los romanos enviaron una guarnición de 4.000 soldados,
enrolados entre los colonos latinos de Campania. En el 279 a.de
C. estas tropas capturaron el pueblo, mataron o expulsaron a los
habitantes masculinos y tomaron posesión de las mujeres y
niños. Polibio, 1:7 : «Por
el mismo tiempo en que Pirro disponía pasar Italia los de
Regio, atemorizados por una parte con su venida, y temiendo por
otra a los cartagineses, señores entonces del mar, imploraron
la protección y auxilio de los romanos. Introducidos en la
ciudad cuatro mil de éstos al mando de Decio Campano, la
custodiaron fielmente por algún tiempo, y observaron sus
pactos; pero al cabo, provocados del ejemplo de los mamertinos,
y tomándolos por auxiliares, faltaron a la fe con los de
Regio, llevados de la bella situación de la ciudad, y codiciosos
de las fortunas de sus particulares. Consiguientemente, a imitación
de los campanios, echan a unos, degüellan a otros, y se apoderan
de la ciudad. Mucho sintieron los romanos esta perfidia; pero no
pudieron por entonces manifestar su resentimiento, a causa de hallarse
ocupados con las guerras de que arriba hicimos mención. Mas
luego que se desembarazaron de éstas, pusieron sitio a Regio,
como hemos dicho. La ciudad fue tomada, y en el mismo acto de asaltarla
pasan a cuchillo la mayor parte de estos traidores, que se defendían
con intrepidez, previendo la suerte que les esperaba. Los restantes,
que ascendían a más de trescientos, hechos prisioneros,
los envían a Roma, donde conducidos por los pretores a la
plaza, son azotados y degollados todos, según su costumbre;
castigo que, los romanos creyeron necesario para restablecer, cuanto
estaba de su parte, la buena fe entre sus aliados. La ciudad y su
territorio fue restituida al punto a los de Regio»..
|
39)
El dictador Lucio Papirio Cursor exigió que Fabio Rulo, su jefe
de caballeros, fuera azotado, y estuvo a punto de degollarlo, porque se
había comprometido en batalla contra sus órdenes —
con éxito además. Incluso ante los esfuerzos y pedidos de
los soldados, Papirio rehusó renunciar a su objetivo de castigo,
en ese momento siguiendo a Rulo, cuando él escapó buscando
refugio en Roma, y ni aún así abandonó sus amenazas
de ejecución hasta que Fabio y su padre cayeron de rodillas ante
Papirio, y el Senado y la gente igualmente participaron en su petición.
Nota:
Año 325 a.de C. Valerio Máximo, 2:7 §
8 : «Hay que poner en el mismo rango el ejemplo que sigue.
Con desprecio a las órdenes del dictador Papirio, Q. Fabio
Ruliano, jefe de los caballeros, había librado batalla, y
aunque no había vuelto al campamento sino sólo después
de haber derrotado a los Samnitas, sin embargo, sin considerar ni
su valor, ni su victoria, ni su nobleza, el dictador, después
de haber hecho preparar las varas, le hizo arrancar sus trajes.
¡Vimos - cual espectáculo sorprendente! a Ruliano,
un jefe de caballeros, un vencedor, los vestidos en jirones y el
cuerpo desnudo, preparado para ser desgarrado por las varas de los
lictores. Las heridas que había recibido en el combate iban
a reabrirse bajo las varas y su sangre salpicaría los títulos
de honor que recordaban su reciente y tan bella victoria. Entonces
el ejército se echó a suplicar al dictador y proporcionó
así a Fabio la ocasión de refugiarse en Roma. Pero
fue en vano que implorara el apoyo del senado. Papirio no dejó
de persistir en reclamar su castigo. También, el padre de
Fabio se vió reducido, a pesar de su dictadura y sus tres
consulados, a apelar al pueblo y a pedir suplicando la intercesión
de los tribunos en favor de su hijo. Este mismo medio no pudo doblegar
la severidad de Papirio. Pero, como todos los ciudadanos y los tribunos
mismos le pedían la gracia del culpable, declaró que
no se la concedía a Fabio, sino al pueblo romano y al poder
tribunalicio».
|
40)
Manlio, a quien el nombre "Imperiosus" le fue dado después,
hizo azotar a su propio hijo y lo degolló a la vista del ejército,
porque, aunque salió victorioso, había trabado batalla con
el enemigo contrariamente a las órdenes de su padre.
Nota:
Año 340 a.de C. El padre,
Tito Manlio Torcuato, era el hijo de Lucio Manlio, dictador en el
363 a.de C, quién también recibió el cognomen
de «Imperiosus» en relación a su severidad.
Livio, 8:7 : «La casualidad hizo que entre
los prefectos de la caballería enviados para practicar reconocimientos
en todos sentidos se encontrase T. Manlio, hijo del cónsul,
que con sus soldados rebasó el campamento de los enemigos,
de tal suerte, que se encontró a menos de tiro de flecha
de la primera guardia, compuesta de jinetes tusculanos y mandada
por Gemino Mecio, distinguido entre los suyos por su nacimiento
y su valor. En cuanto éste vió a los jinetes romanos
y reconoció a su frente al hijo del cónsul (porque
todos se conocían, especialmente las personas ilustres),
exclamó: ",Acaso venís los romanos con una turma
sola a hacer la guerra a los latinos y sus aliados? ¿Qué
van a hacer entre tanto vuestros cónsules y vuestros dos
ejércitos consulares?" "Vendrán en cuanto
convenga, contestó Manlio, y con ellos vendrá también
Júpiter, testigo de los tratados que habéis violado,
y él es el más fuerte y poderoso. Si en el lago Regilo
combatimos hasta saciarnos, aquí procuraremos quitaros el
deseo de mediros con nosotros." Al oír esto, avanzando
un poco Gemino el caballo delante de los suyos, dijo: "Quieres
tú, mientras llega la hora en que vuestros ejércitos
despliegan tan grandes esfuerzos, medirte conmigo, para que por
el resultado de nuestro combate pueda comprenderse desde este momento
cuán superior es el caballero latino al romano?" Conmovióse
profundamente el carácter altivo del joven, y fuese por ira,
por vergüenza de rehusar el combate, o bien por fuerza invencible
del destino, olvidó la autoridad de su padre y los edictos
del cónsul, precipitándose ciegamente a un combate
en el que importaba poco fuese vencedor o vencido. Los demás
jinetes se alinearon como para presenciar el espectáculo,
y en el espacio que quedó libre los dos campeones lanzaron
sus caballos uno contra otro, atacándose lanza en mano. La
de Manlio resbaló sobre el casco de su adversario, y la de
Mecio rozó el cuello del caballo de Manlio. Entonces hicieron
dar media vuelta a los caballos, y Manlio el primero se alzó
para descargar el segundo golpe clavando la lanza entre las orejas
al caballo de su enemigo; al sentirse herido el animal se encabritó,
sacudiendo violentamente la cabeza, y derribó al jinete;
y en el momento en que éste, apoyándose en la lanza
y el escudo, se levanta de su fuerte caída, Manlio le clava
la suya en la garganta, le atraviesa los costados y le clava en
el suelo. Recoge en seguida los despojos del enemigo, vuelve a los
suyos, y con ellos profundamente regocijados, entra en el campamento,
dirigiéndose en seguida a la tienda de su padre, sin pensar
en lo que había hecho, ni en lo que podía resultar;
sin reflexionar siquiera si merecía alabanza o castigo. "Con
objeto de demostrar a todos, padre mío, dijo, que pertenezco
a tu sangre, te traigo los despojos de un caballero que me ha retado
y a quien he dado la muerte." En cuanto el cónsul hubo
escuchado a su hijo, apartando de él los ojos, mandó
tocar la bocina para reunir el ejército; y en cuanto la asamblea
fué bastante numerosa, dijo: "Puesto que tú,
sin respetar la autoridad consular y la majestad paterna, contra
nuestra prohibición y fuera de las filas has combatido con
un enemigo; puesto que, en cuanto de ti ha dependido, has infringido
la disciplina militar, que hasta hoy ha sido la salvaguardia de
Roma, y me has puesto en la necesidad de perder el recuerdo de la
república o de mí mismo y de los míos, soportemos
la pena de nuestro delito, antes que hacer expiar con mayores daños
nuestras faltas a la república. El ejemplo que vamos a dar
es muy triste para nosotros, pero saludable para la juventud venidera.
Verdad es que mi natural cariño a mis hijos, y también
esta primera prueba de tu valor, cegado por vana imagen de gloria,
me hablan en favor tuyo; pero como tu muerte va a sancionar las
órdenes consulares, o tu impunidad a abrogarlas para siempre,
creo que no rehusarás, por poca sangre mía que tengas,
restablecer con tu suplicio la disciplina militar, destruida por
tu falta. Avanza lictor, átale al poste." Esta terrible
orden consternó al ejército; cada uno creyó
ver el hacha levantada sobre su cabeza, y más por temor que
por falta de compasión permanecieron inmóviles. Pero
cuando después de algunos momentos de sombrío silencio,
la vista de aquella cabeza que caía, de aquella sangre que
brotaba, arrancó a la multitud de su estupor, dió
libre curso a sus quejas y dolorosos gritos, no omitiendo lamentos
ni imprecaciones. Cubrieron el cadáver del joven con los
despojos del enemigo que mató, y con todo el aparato que
podía permitir una solemnidad militar lo quemaron en una
pira fuera de las empalizadas. La sentencia de Manlio no debe ser
horrorosa para su siglo solamente, sino que debe dejar triste recuerdo
en la posteridad».
|
41)
El joven Manlio, cuando el ejército se disponía a amotinarse
en su nombre contra su padre, dijo que nadie tenía tal importancia
como para que la disciplina fuera destruida a su cuenta, y así
indujo a sus compañeros a soportar el ser castigados.
42)
Quinto Fabio cortaba la mano derecha de los deserores.
Nota:
Años 142 a 140 a.de C. Quinto Fabio Máximo Serviliano.
Valerio Máximo 2:7 § 11 : «En la misma
provincia, donde él quería domar y reducir el orgullo
de una nación muy valiente, Q. Fabio Máximo debió
ejercer violencia a pesar de su carácter naturalmente propenso
a la dulzura y renunciar un tiempo a la clemencia para desplegar
una severidad cruel. A todos los tránsfugas que habían
huído de las guarniciones romanas y habían sido recuperados,
les hizo cortar las manos, con el fin de que la vista de sus brazos
mutilados hiciera temblar a otros ante la idea de la deserción.
Así sus manos rebeldes separadas de sus cuerpos y esparcidas
sobre el suelo ensangrentado sirvieron de ejemplo para desviar la
misma falta al resto del ejército».
|
43)
Cuando el cónsul Cayo Curión hacía una campaña
cerca de Dirraquio en la guerra contra los dardanios, y una de las cinco
legiones, habiéndose amotinado, había rechazado prestar
servicio y había declarado que no seguiría bajo su mando
imprudente en una empresa difícil y peligrosa, él condujo
cuatro legiones en armas y les ordenó que tomaran su lugar en las
filas con sus armas desenvainadas, como si estuvieran en batalla. Entonces
mandó que la legión amotinada avanzara sin armas, y obligó
a sus miembros a desnudarse para trabajar y que cortaran paja bajo la
vigilancia de guardias armados. Al día siguiente, del mismo modo,
los obligó a desnudarse y excavar zanjas, y por ningún ruego
de la legión pudo ser inducido a renunciar a su objetivo de retirar
sus estandartes, aboliendo su nombre, y distribuyendo a sus miembros para
llenar otras legiones.
Nota:
Los dardanios era una de las principales
tribus de Iliria sometida por los romanos. Según
Livio, 92, 95, curión fue procónsul cuando llevó
adelante su campaña en el 75 a.de C. : «92.
Pompeyo combate con Sertorio, pero la victoria queda indecisa, porque
por cada lado consigue un ala la ventaja. Q. Metelo derrota los
dos ejércitos de Sertorio y de Perpena: Pompeyo quiere tener
parte en esta victoria, pero no le favorece la fortuna. Sitiado
en seguida Sertorio en Clunia, con sus frecuentes salidas ocasiona
grandes pérdidas a los sitiadores. Expedición del
procónsul Curión a Tracia contra los dardanios. Numerosos
actos de crueldad de Sertorio con los suyos. Acusa de traición
y condena a muerte a muchos amigos suyos y compañeros de
proscripción.
95. El procónsul C. Curión subyuga
a los dardanios en la Tracia. En Capua, setenta y cuatro gladiadores
pertenecientes a un tal Léntulo huyen, y reuniendo multitud
de esclavos libres o encarcelados, entran en campaña a las
órdenes de Crixo y Espartaco y derrotan en un combate al
legado Claudio Pulquer y al pretor P. Varinio. El procónsul
L. Lúculo destruye por el hierro y el hambre el ejército
de Mitrídates, cerca de la ciudad de Cirico. Arrojado el
rey de la Bithinia, sufre varias derrotas y naufragios, viéndose
obligado a huir al Ponto».
.
|
44)
En el consulado de Quinto Fulvio y Apio Claudio, los soldados, que después
de la batalla de Cannas habían sido desterrados a Sicilia por el
Senado, presentaron una solicitud al cónsul Marcelo para ser conducidos
a luchar. Marcelo consultó al Senado, el que declaró que
no era de su placer confiar que el bienestar público quedara en
manos de aquellos que se habían demostrado desleales. Sin embargo,
autorizaron a Marcelo a hacer lo que a él le pareciera mejor, a
condición de que ninguno de los soldados fuera relevado del deber,
honrado con un regalo o recompensa, o conducido a Italia, mientras hubiera
algún cartaginés en el país.
Nota:
Año 212 a.de C. Marcelo era procónsul, no cónsul.
Plutarco, Marcelo, 13 : « Nombrado Marcelo cónsul
por tercera vez, se embarcó para la Sicilia a causa de que
los prósperos sucesos de Aníbal habían vuelto
a despertar en los Cartagineses el deseo de recobrar aquella isla,
con la oportunidad también de andar alborotados los de Siracusa,
después de la muerte de Jerónimo, su tirano; los Romanos,
por los mismos motivos, habían también enviado antes
algunas fuerzas al mando de Apio. Al encargarse de ellas Marcelo,
se le presentaron muchos Romanos, que se hallaban en la aflicción
siguiente: de los que en Canas pelearon contra Aníbal, unos
huyeron y otros fueron cautivados, en tal número, que pareció
no haber quedado a los Romanos quien pudiera defender las murallas,
y con todo conservaron tal entereza y magnitud, que, restituyéndoles
Aníbal los cautivos por muy corto rescate, no los quisieron
recibir, sino que antes los desecharon, no haciendo caso de que
a unos les dieran muerte y a otros los vendieran fuera de Italia,
y a los que volvieron de su fuga, que fueron muchos, los hicieron
marchar a la Sicilia, bajo la condición de no volver a Italia
mientras se pelease contra Aníbal. Éstos, pues, se
presentaron en gran número a Marcelo, y echándose
por tierra le pedían con gritería y lágrimas
que los admitiese en el ejército, prometiéndole que
harían ver con obras haber sufrido aquella derrota, más
por desgracia que no por cobardía. Compadecido Marcelo, escribió
al Senado pidiéndole el permiso para completar con ellos
las bajas del ejército. Disputóse sobre ella en el
Senado, y su dictamen fue que los Romanos, para las cosas de la
república, ninguna necesidad tenían de hombres cobardes;
con todo, que si Marcelo quería servirse de ellos, a ninguno
se habían de dar las coronas y premios que los generales
conceden al valor. Esta resolución fue muy sensible a Marcelo,
y cuando después de la guerra de Sicilia volvió a
Roma, se quejó al Senado de que en recompensa de sus grandes
servicios no le hubiesen permitido mejorar la mala suerte de
tantos ciudadanos».
|
45)
Marco Salinator, siendo ex-cónsul, fue condenado por el pueblo
por no haber dividido el botín en forma igualitaria entre sus soldados.
Nota:
Año 218 a.de C. Livio, 27:34 : «Preguntábanse
los senadores sobre quiénes recaería la elección:
entre los candidatos había uno que fijaba todas las miradas,
C. Claudio Nerón, a quien se buscaba un colega: reconocíanse
las excelentes cualidades de Nerón, pero se le creía
demasiado fogoso, excesivamente emprendedor para una guerra como
la que se hacía entonces y para un adversario como Aníbal,
considerándose necesario moderar su ardor dándole
un colega que reuniese tranquilidad y prudencia. Este hombre era
M. Livio Muchos años antes, al salir del consulado, le condenó
un juicio del pueblo, afrenta que le agrió hasta el punto
de retirarse al campo, viviendo mucho tiempo lejos de la ciudad
y de los hombres. Cerca de ocho años después de su
condenación, los cónsules M. Claudio Marcelo y M.
Valerio Levino le decidieron a volver a Roma; pero el desorden de
su traje, la longitud de su barba y su cabellera, todo en su persona
y aspecto revelaba el resentimiento profundo que había conservado
de su mancha. Los censores L. Veturio y P. Licinio le obligaron
a afeitarse, a dejar aquellas ropas de luto, a presentarse en el
Senado y cumplir sus demás funciones públicas. Pero
hasta en esto daba su opinión con una palabra o votaba sin
hablar. Sin embargo, al tratarse al fin un asunto en que mediaba
el honor de un pariente suyo, M. Livio Mecato, levantóse
y tomó la palabra en pleno Senado. Aquel discurso; que pronunciaba
después de tantos años de silencio, atrajo sobre él
todas las miradas y dió lugar a muchas reflexiones: "El
pueblo —decían— se mostró injusto con
él, y los intereses de la república sufrieron mucho
por haberse privado en una guerra tan terrible de los servicios
y consejos de un varón como aquel. No podia tener por colega
C. Nerón ni a Q. Fabio ni a M. Valerio Levino: la elección
de dos patricios sería ilegal. Igual dificultad existía
para T. Manlio: además, había rehusado y rechazaría
otra vez; mientras que Livio y Nerón serian dos colegas perfectamente
aptos el uno para el otro." El pueblo no rechazó esta
proposición cuya iniciativa tuvo el Senado; y en toda la
ciudad, solamente aquel sobre quien recaía el honor lo rechazaba,
tachando a los romanos de inconstancia: "No se habían
compadecido de él cuando, acusado por ellos, vistió
luto, y ahora le ofrecían, a pesar suyo, la blanca toga del
candidato, acumulando sobre la misma cabeza honores y manchas. Si
a sus ojos era hombre honrado, ¿por qué condenarle
como mal ciudadano, como culpable? Si era culpable, por qué,
después de la primera prueba tan deplorable, le confiaban
por segunda vez el consulado?" A estas reconvenciones, a estas
quejas, el Senado oponía fuertes observaciones: "También
Camilo —decían—, vuelto del destierro, trajo
los romanos a las murallas de Roma, de las que habían sido
arrojados. La cólera de la patria era como la de un padre:
con paciencia y sumisión quedaba desarmada." M. Livio
cedió al fin a tantas instancias, y fué nombrado cónsul
con C. Claudio».
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42)
Cuando el cónsul Quinto Petilio había fue muerto en batalla
con los ligurios, el Senado decretó que aquella legión en
cuyas filas el cónsul había sido muerto fuera, en conjunto,
reportada como «deficiente» (2); que la paga de su año
fuera retenida, y sus salarios reducidos.
Nota:
año 176 a.de C. Livio, 41:18 : «Durante la
celebración de aquel triunfo sobre los ligurios, enterados
éstos de que el ejército consular había regresado
a Roma y que Ti. Claudio hasta había licenciado su legión
en Pisa, libres de todo temor, pusiéronse secretamente de
acuerdo para reunir un ejército, cruzaron los montes por
senderos de travesía, bajaron a la llanura, devastaron el
territorio de Módena, y gracias a la rapidez de su ataque,
hasta se apoderaron de la colonia. Cuando llegó la noticia
a Roma, el Senado ordenó al cónsul C. Claudio que
celebrase los comicios cuanto antes, y una vez elegidos los magistrados
para el año siguiente, que regresase a su provincia y recobrase
la colonia. En conformidad con lo dispuesto por el Senado, se celebraron
los comicios, siendo nombrados cónsules C. Cornelio Escipión
Hispalo y Q. Petilio L Spurino. En seguida fueron nombrados pretores
M. Popilio Lena, P. Licinio Craso, M. Cornelio Escipión,
L. Papirio Maso, M. Aburio y L. Aquilino Galo. Al cónsul
C. Claudio se prorrogó por un año en su mando y provincia
de la Galia; y para impedir a los istrios que incitasen a los ligurios,
tuvo que enviar a Istria los aliados latinos que había retirado
de la provincia con ocasión de su triunfo. Cuando el día
en que tomaron posesión de su cargo los cónsules C.
Cornelio y Q .Petilio, sacrificaron a Júpiter, según
costumbre, un buey cada uno, la víctima que inmoló
Petilio presentó el hígado sin cabeza, de lo que dió
cuenta al Senado, mandándole éste que completase el
sacrificio. Consultado en seguida acerca de la distribución
de provincias, el Senado asignó por decreto Pisa y los ligurios
a los dos cónsules. Aquel a quien la suerte concediese Pisa,
cuando llegase la época de la renovación de los magistrados
debería regresar para ios comicios. Disponía también
el decreto que alistasen dos legiones nuevas y trescientos jinetes
y que pidiesen a los aliados latinos diez mil hombres de infantería
y seiscientos de caballería. A T. Claudio prorrogó
el mando hasta el momento en que el cónsul llegase a su provincia».
. Nota:
(2) En el original latino el término usado es «infrequens»,
que técnicamente se aplicaba a los soldados que estaban ausentes
o eran irregulares en la atención de sus obligaciones
|
II.
SOBRE LOS EFECTOS DE LA DISCIPLINA. |
1)Cuando,
durante la Guerra Civil, los ejércitos de Bruto y Casio marchaban
juntos por Macedonia, la historia dice que el ejército de Bruto
llegó primero a una corriente sobre la que tuvieron que tender
un puente, pero que las tropas de Casio fueron las primeras en construir
el puente y en efectuar un paso. Esta rigurosa disciplina hizo a los hombres
de Casio superiores a los de Bruto no sólo en la construcción
de obras militares, sino también en la conducción general
de la guerra.
2) Cuando Cayo Mario tuvo la opción de elegir
una fuerza de dos ejércitos, uno de los cuales había servido
bajo Rutilio, otro bajo Metelo y más tarde bajo él mismo,
prefirió las tropas de Rutilio, aunque inferiores en número,
porque las juzgó más confiables en cuanto a disciplina.
3) Mejorando la disciplina, Domicio Corbulón resistió
a los partos con una fuerza de sólo dos legiones y muy pocos auxiliares.
|
Nota:
Años 55 a 59. Tácito, Anales 13:8 § 35 : «Mas
en el Senado todas estas cosas se amplificaban por la adulación
de los que votaron "que se hiciesen procesiones en acción
de gracias, y que el príncipe en aquellos días usase
de vestiduras triunfales; que entrase en Roma con el triunfo de
ovación, y que su estatua, de igual grandeza que la de Marte
vengador, se colocase en el mismo templo". Decretaron todas
estas cosas los senadores, además de su acostumbrada adulación,
alegres de ver que había escogido para la defensa de Armenia
a Domicio Corbulón, pareciendo que con aquello se abría
un ancho camino al valor y a la virtud. Las fuerzas de Oriente se
dividieron de esta manera: que una parte de los auxiliarios con
dos legiones quedasen en Siria a cargo del legado Quadrato Ummidio,
y a Corbulón se le diesen otros, tantos soldados romanos
y confederados, añadiendo las cohortes y bandas de caballos
que invernaban en Capadocia. Dióse orden que los reyes confederados
obedeciesen conforme a las necesidades de la guerra, puesto que
todos servían de mejor gana debajo de la mano de Corbulón,
el cual, por corresponder a su fama, que es cosa que ayuda mucho
en las nuevas empresas apresurando su camino, encontró a
Quadrato en Egea, ciudad de Cilicia. Hablase adelantado Quadrato
a recibirle allí por que si acaso Corbulón entraba
en Siria para hacerse cargo de la gente asignada, no llevase tras
sí los ojos de todos con la grandeza de cuerpo y magnificencia
de palabras; siendo hombre que, a más de su experiencia y
sabiduría, procuraba ganar el favor del vulgo hasta con la
ostentación de semejantes vanidades». |
4) Alejandro de Macedonia conquistó el mundo,
ante innumerables fuerzas de enemigos, por medio de cuarenta mil hombres
acostumbrados durante mucho tiempo a disciplinarse bajo su padre Filipo.
| Nota:
Año 334 a.de C. Plutarco, Alejandro, 15 : «Componíase
su ejército, según los que dicen menos, de treinta
mil hombres de infantería y cinco mil de caballería,
y los que más le dan hasta treinta y cuatro mil infantes
y cuatro mil caballos; y para todo esto dice Aristobulo que no tenía
más fondos que setenta talentos, y Duris, que sólo
contaba con víveres para treinta días; mas Onesícrito
refiere que había tomado a crédito doscientos talentos.
Pues con todo de haber empezado con tan pequeños y escasos
medios, antes de embarcarse se informó del estado que tenían
las cosas de sus amigos, distribuyendo entre ellos a uno un campo,
a otro un terreno y a otro la renta de un caserío o de un
puerto. Cuando ya había gastado y aplicado se puede decir
todos los bienes y rentas de la corona, le preguntó Perdicas:
“¿Y para ti ¡oh rey! qué es lo que dejas?”
Como le contestase que las esperanzas, “¿Pues no participaremos
también de ellasrepuso- los que hemos de acompañarte
en la guerra?” Y renunciando Perdicas la parte que le había
asignado, algunos de los demás amigos hicieron otro tanto;
pero a los que tomaron las suyas o las reclamaron se las entregó
con largueza, y con este repartimiento concluyó con casi
todo lo que tenía en Macedonia. Dispuesto y prevenido de
esta manera, pasó el Helesponto, y bajando a tierra en Ilión
hizo sacrificio a Atena y libaciones a los héroes. Ungió
largamente la columna erigida a Aquileo, y corriendo desnudo con
sus amigos alrededor
de ella, según es costumbre, la coronó, llamando a
éste bienaventurado porque en vida tuvo un amigo fiel y después
de su muerte un gran poeta. Cuando andaba recorriendo la ciudad
y viendo lo que había de notable en ella, le preguntó
uno si quería ver la lira de Paris, y él le respondió
que éste nada le importaba, y la que buscaba era la de Aquileo,
con la que cantaba este héroe los grandes y gloriosos hechos
de los varones esforzados».
|
5) Ciro en su guerra contra los persas venció
dificultades incalculables con una fuerza de sólo catorce mil hombres
armados.
| Nota:
Año 401 a.de C. Jenofonte, Anábasis, 1:2 § 9
: «Ciro partió de Sardes con las tropas que
he dicho y a través de la Lidia llegó al río
Meandro, recorriendo veintidós parasangas en tres etapas.
El ancho de este río es de dos pletros y había en
él un puente de barcas. Pasado el Meandro, atravesó
la Frigia en una etapa de ocho parasangas y llegó a Colosas,
ciudad poblada, rica y grande. Allí permaneció siete
días y se le juntaron Menón el Tesalo, con mil hoplitas
y quinientos peltastas, dólopes, enianos y olintios. Partiendo
de allí recorrió veinte parasangas en tres etapas,
hasta llegar a Celenas, ciudad poblada, grande y rica. En ella tenía
Ciro un palacio, con un gran parque lleno de bestias montaraces
que solía cazar a caballo cuando quería hacer ejercicio
con sus caballos. A través del bosque corre el río
Meandro, cuyas fuentes están en el palacio; también
corre a través de la ciudad de Celenas. Se halla en esta
ciudad un palacio fortificado del gran rey sobre las fuentes del
río Marsias y por debajo de la ciudadela; este río
atraviesa también la ciudad y desemboca en el Meandro; tiene
una anchura de veintiocho pies. Dícese que allí fue
donde Apolo desolló a Marsias después de vencerle
en su desafío sobre la música y que colgó la
piel en el antro donde salen las fuentes; por esto se le ha dado
al río el nombre de Marsias. También se dice que Jerjes,
cuando se retiró vencido de Grecia, construyó este
palacio y la ciudadela de Celenas. Allí permaneció
Ciro treinta días, y se le juntó Clearco, el desterrado
lacedemonio, con mil hoplitas, ochocientos peltastas tracios y doscientos
arqueros cretenses. También se presentó Sóside
el siracusano, con trescientos hoplitas, y Soféneto el arcadio,
con mil. Y en el parque de esta ciudad hizo Ciro revista y recuento
de los griegos; resultaron en total once mil hoplitas y unos dos
mil peltastas». |
6) Con cuatro mil hombres, de los cuales sólo
cuatrocientos eran la caballería, Epaminondas, el líder
tebano, triunfó sobre un ejército Espartano de veinticuatro
mil infantes y mil seiscientos jinetes.
| Nota:
Año 371 a.de C. Batalla de Leuctra. Diodoro Sículo,
15:52 y ss. : «Los Espartanos en consecuencia avanzó
hasta que llegaron a Coronea, donde acamparon y esperaron a sus
aliados que estaban retardándose. Los Tebanos, en vista de
la presencia del enemigo, primero votaron trasladar a sus esposas
y sus hijos para salvarlos a Atenas, luego eligieron a Epaminondas
general y le confirieron el mando de la guerra, dándole como
consejeros a seis beotarcas. [2] Epaminondas, habiendo reclutado
para la batalla a todos los Tebanos en edad militar y a los otros
Beocios que estaban dispuestos y entrenados, condujo su ejército
desde Tebas, siendo en total no más de seis mil. [3] Mientras
los soldados estaban saliendo de la ciudad, pareció a muchos
que augurios desfavorables se aparecían al ejército.
Porque a las puertas Epaminondas se encontró con un heraldo
oculto, quien, buscando a un esclavo fugitivo, tal como es usual,
dijo en alta voz que no los sacaran de Tebas ni se los llevaran
de ahí, sino que los trajeran a casa y los mantuvieran allí
seguros. [4] Entonces la gente mayor entre aquellos que oyeron al
heraldo lo consideraron un augurio para el futuro, pero la gente
joven guardó silencio para no mostrarse como cobardes pidiendo
a Epaminondas dar media vuelta a la expedición. Pero Epaminondas
contestó a quienes le decían que debía observar
los augurios:
Un solo augurio es el mejor: combatir por la tierra que es nuestra
[5] Aunque Epaminondas asombró a los prudentes por su respuesta
directa, un segundo presagio más desfavorable apareció
que el anterior. Porque cuando el escriba avanzó con una
lanza y una cinta atada a ella y señaló las órdenes
del cuartel general, se levantó una brisa y la cinta se rasgó
de la lanza y se enredó en torno a un sepulcro, allí
estaban enterrados algunos Lacedemonios y Peloponesios que habían
muerto en la expedición al mando de Agesilao. [6] Algunos
de los ancianos que de nuevo se atrevieron a protestar seriamente
contra hacer salir las fuerzas frente a la patente oposición
de los Dioses; pero Epaminondas, no dignándose a contestarles,
hizo avanzar al ejército, pensando que la consideración
a la nobleza y el respeto a la justicia debían preferirse
como motivos antes que los augurios en cuestión. [7] Epaminondas
en consecuencia, que estaba educado en la filosofía y aplicaba
los principios de su educación, fue en ese momento muy criticado,
pero luego a la luz de sus éxitos fue considerado poseedor
de una excelente pericia militar y contribuyó a los grandes
hechos de su país. Porque inmediatamente condujo su ejército,
se apoderó sobre la marcha del paso de Coronea y acampó
allí.
LIII. Cleombroto, sabiendo que el enemigo había ocupado el
paso primero, abandonó la idea de forzar aquel paso, sino
que en su lugar avanzó a través de la Fócide
y, cuando hubo atravesado la vía costera que era difícil,
entró en Beocia sin peligro. En su itinerario tomó
algunas de las fortalezas y se apoderó de diez trirremes.
[2] Luego, cuando alcanzó un lugar llamado Leuctra, acampó
allí y permitió a los soldados descansar después
de su jornada. Cuando los Beocios se acercaron al enemigo en su
avance, y luego, después de superar algunas montañas,
súbitamente vieron a los Lacedemonios que cubrían
toda la planicie de Leuctra, se quedaron asombrados ante la contemplación
del gran tamaño del ejército. [3] Y cuando los beotarcas
celebraron una conferencia para decidir si debían permanecer
y luchar con un ejército que les superaba muchas veces en
número, o si debían retirarse y entablar batalla en
una posición dominante, sucedió que los votos de los
generales quedaron empates. Porque de los seis beotarcas, tres pensaban
que debían retirar el ejército, y otros tres que debían
quedarse y combatir, y entre estos últimos estaba Epaminondas.
En este gran y sorprendente punto muerto el séptimo beotarca
votó, al que Epaminondas persuadió de que votara con
él, y así ganó la votación. Así
la decisión de confiar todo en el resultado de la batalla
fue ratificada. [4] Pero Epaminondas, que vio que los soldados albergaban
un miedo supersticioso en base a los portentos que habían
ocurrido, se dispuso con decisión a anular los escrúpulos
de la tropa con su ingenio y astucia. En consecuencia, habiendo
un grupo de hombres llegado recientemente de Tebas, les persuadió
de que dijeran que las armas en el templo de Heracles habían
sorprendentemente desaparecido y que se había extendido por
Tebas el rumor de que los antiguos héroes las habían
cogido y habían partido en ayuda de los Beocios. Colocó
ante ellos a otro hombre como uno que había ascendido recientemente
de la cueva de Trofonio, quien dijo que el Dios les había
ordenado, cuando vencieran en Leuctra, instituir una competición
con coronas como premios en honor de Zeus el real. Este de hecho
es el origen de este festival que los Beocios ahora celebran en
Lebadeia.
LIV. Un auxiliador y cómplice de esta invención fue
Leandrias el Espartano, que había sido desterrado de Lacedemonia
y entonces era miembro de la expedición tebana. Fue llevado
a la asamblea y declaró que había un antiguo proverbio
entre los Espartanos de que perderían la hegemonía
cuando fueran vencidos en Leuctra a manos de los Tebanos. [2] Ciertos
agoreros locales asimismo acudieron a Epaminondas, diciendo que
los Lacedemonios estaban destinados a encontrarse con un gran desastre
por causa de la tumba de las hijas de Leuctro y Escedaso por las
siguientes razones. [3] Leuctro era la persona por la que esta planicie
recibía su nombre. Sus hijas y las de un cierto Escedaso,
siendo vírgenes, fueron violadas por unos embajadores Lacedemonios.
Las muchachas ultrajadas, incapaces de soportar su infortunio, pronunciaron
maldiciones contra el país que había enviado a sus
violadores y se suicidaron. [4] Muchas otras cosas semejantes fueron
referidas, y cuando Epaminondas había reunido una asamblea
y exhortado a los soldados con apropiados ruegos a encontrar una
solución, cambiaron de opinión, se liberaron de su
superstición y con el valor en sus corazones estuvieron listos
para la batalla. [5] Vino también en ese momento en auxilio
de los Tebanos un contingente aliado de Tesalia, mil quinientos
infantes, y quinientos caballos, al mando de Jasón. Persuadió
a Beocios y Lacedemonios de hacer un armisticio y así salvarse
de los caprichos de la Fortuna. [6] Cuando la tregua entró
en vigor, Cleombroto partió con su ejército de Beocia,
y allí vino a reunirse con otro gran ejército de Lacedemonios
y sus aliados al mando de Arquidamo, hijo de Agesilao. Porque los
Espartanos, viendo el estado de preparación de los Beocios,
tomando medidas para neutralizar su valentía y temeridad,
habían enviado el segundo ejército para derrotar por
el mayor número de sus combatientes la osadía del
enemigo. [7] Una vez que estos ejércitos estuvieron unidos,
los Lacedemonios pensaron que era cobarde temer el valor de los
Beocios. Así rompieron la tregua y con buen ánimo
regresaron a Leuctra. Los Beocios también estaban preparados
para la batalla y ambas partes ordenaron sus fuerzas.
LV. Entonces en el bando Lacedemonio los descendientes de Heracles
fueron nombrados comandantes de los flancos, esto es Cleombroto
el rey y Arquidamo, hijo del rey Agesilao, mientras que en el bando
Tebano Epaminondas, empleando una disposición inusual de
sus tropas, pudo con su propia estrategia alcanzar su famosa victoria.
[2] Eligió de todo su ejército a los hombres más
valientes y los situó en un flanco, teniendo en mente luchar
él mismo con ellos hasta el final. A los más débiles
los situó en el otro flanco y les ordenó evitar la
batalla y retirarse gradualmente durante el ataque del enemigo.
Así entonces, disponiendo su falange en formación
oblicua, planeó decidir el resultado de la batalla por medio
del flanco en el que estaban los de élite. [3] Cuando las
trompetas en ambos bandos tocaron a ataque y los ejércitos
simultáneamente con el primer asalto exhalaron su grito de
batalla, los Lacedemonios atacaron por ambos flancos con su falange
en formación creciente, mientras que los Beocios reculaban
por un flanco, pero por el otro se enzarzaban con el enemigo muy
rápidamente. [4] Cuando iniciaron el combate cuerpo a cuerpo,
al principio ambas partes luchaban con ardor y la batalla estaba
equilibrada; al poco, empero, muchos Lacedemonios empezaron a caer.
Porque no podían aguantar el empuje del valeroso ímpetu
de las tropas de élite; de aquellos que habían resistido
algunos cayeron y otros fueron heridos, recibiendo todos los golpes
de frente. [5] Entonces mientras el rey Cleombroto de los Lacedemonios
estuvo vivo y tenía con él a muchos camaradas que
estaban completamente preparados para morir en su defensa, fue incierto
hacia dónde se inclinaría el fiel de la victoria,
pero cuando, aunque no se arredró ante ningún peligro,
comprobó no ser capaz de debelar a sus oponentes, y falleció
tras heroica resistencia después de encajar muchas heridas,
entonces, como una masa de hombres se agolpaba en torno a su cuerpo,
allí se apiló un gran montón de cadáveres.
LVI. No habiendo nadie al mando del flanco, la fuerte columna dirigida
por Epaminondas perforó a los Lacedemonios, y al principio
gracias a una enorme fuerza hizo que la línea del enemigo
retrocediera algo; luego, sin embargo, los Lacedemonios, combatiendo
gallardamente en torno al rey, recuperó su cuerpo, pero no
fueron lo suficientemente fuertes para lograr la victoria. [2] Porque
como el cuerpo de élite los aventajaba en hechos de valor,
y el valor y las exhortaciones de Epaminondas contribuían
grandemente a sus proezas, los Lacedemonios fueron obligados con
mucha dificultad a retroceder; al principio, mientras retrocedían
no rompieron su formación, pero finalmente, como muchos habían
caído y el comandante que los había reagrupado había
muerto, el ejército dio las espaldas y huyó en completa
derrota. [3] Las unidades de Epaminondas persiguieron a los fugitivos,
mataron a muchos que se les opusieron, y obtuvieron la más
gloriosa victoria. Porque como se habían enzarzado con los
más valientes Griegos y con una pequeña fuerza habían
milagrosamente vencido a otros muchas veces superiores en número,
ganaron una gran reputación de valentía. Los más
altos elogios fueron dirigidos al general Epaminondas, quien sobre
todo por su valor y su pericia como comandante había vencido
en batalla a los líderes invencibles de Grecia. [4] Más
de cuatro mil Lacedemonios cayeron en la batalla pero sólo
unos trescientos Beocios. Después de la batalla concluyeron
una tregua que permitiera recoger los cuerpos de los caídos
y el regreso de los Lacedemonios al Peloponeso.
Tal fue el resultado de los sucesos relativos a la batalla de Leuctra».
. |
7) Cien mil bárbaros fueron derrotados en batalla
por catorce mil griegos, el número que asistió a Ciro contra
Artajerjes.
Nota:
Año 401 a.de C. Batalla de Cunaxa.
|
8)
Los mismos catorce mil griegos, habiendo perdido a sus generales en batalla,
volvieron ilesos por sitios difíciles y desconocidos, habiendo
encomendado la dirección de su retirada a uno de su número,
Jenofonte, el ateniense.
Nota:
Jenofonte, Anábasis, 3:1 y ss. : «Presos los
generales y muertos los capitanes y soldados que les acompañaban,
los griegos se hallaban en gran apuro, considerando que estaban
a las puertas del rey y que por todas partes les rodeaba multitud
de pueblos y ciudades enemigos. Nadie les proporcionaría
víveres para comprar. Se hallaban separados de Grecia por
no menos de diez mil estadios y no contaban con un guía para
el camino. Ríos infranqueables les estorbaban el paso hacia
la patria. Y los bárbaros que subieron con Ciro les habían
traicionado. Se hallaban solos, sin un jinete que les ayudase. De
suerte que, si vencían, era seguro que no podrían
matar a nadie, y si eran vencidos perecerían hasta el último.
Considerando todo esto y dominados por el desaliento, pocos de ellos
probaron la comida por la tarde, pocos encendieron fuego, y por
la noche no acudieron al servicio del campamento. Cada uno se acostó
donde se encontraba. Y no podían dormir con la congoja y
tristeza de su patria, de sus padres, de sus mujeres, de sus hijos,
a los cuales pensaban que no volverían a ver. En tal estado
de ánimo estaban descansando.
Había en el ejército un cierto Jenofonte, de Atenas,
que no iba como general, ni como capitán, ni como soldado.
Próxeno, que era viejo amigo suyo, le había invitado
a que abandonase su patria, prometiéndole, si venía,
que le procuraría la amistad de Ciro, la cual para él
mismo tenía más importancia que la patria. Jenofonte,
leída la carta, consultó a Sócrates, de Atenas,
sobre este viaje. Y Sócrates, temiendo se atrajese Jenofonte
la enemiga de sus conciudadanos si entraba en amistad con Ciro,
que parecía haber ayudado con todas sus fuerzas a los lacedemonios
contra Atenas, le aconsejó fuese a Delfos y pidiese consejo
al dios acerca del viaje.
Jenofonte fue, en efecto, y preguntó a Apolo cuál
era el dios a quien debía sacrificar y ofrecer sus oraciones
para con la mayor felicidad hacer el viaje que pensaba y volver
sano y salvo después de un resultado favorable. Y Apolo le
respondió indicándole los dioses a que debía
sacrificar. Vuelto a Atenas, refirió el oráculo a
Sócrates, y éste al oírlo, le reprendió
por no haber preguntado primero si le convenía marchar o
quedarse, sino que, ya decidido el viaje, sólo preguntó
sobre la mejor manera de hacerlo: «Ahora bien; ya que has
hecho esta pregunta —dijo—, es preciso cumplir lo que
el dios ha mandado.» Y Jenofonte, después de sacrificar
a los dioses que le había indicado Apolo, se embarcó,
y en Sardes halló a Próxeno y a Ciro, que de un momento
a otro iban a emprender la marcha hacia el interior del Imperio.
Presentado a Ciro, éste, compartiendo los deseos de Próxeno,
le instó a que se quedase, diciéndole que no bien
terminara la campaña le dejaría marchar. Según
se decía, la expedición era contra los pisidas»
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9)
Cuando Jerjes fue desafiado por los trescientos Espartanos en las Termópilas
y los destruyó con dificultad, declaró que había
sido engañado, porque, mientras él tenía suficientes
hombres, de verdaderos hombres que se atuvieran a la disciplina, no tenía
ninguno.
Nota:
Año 480 a.de C. Heródoto, 7:210 : «No
por esto logró que le diese crédito Jerjes, quien
se estuvo quieto cuatro días esperando que los Griegos se
entregasen por instantes a la fuga. Llegado el quinto, como ellos
no se retirasen de su puesto, parecióle a Jerges que nacía
aquella pertinacia de mera desfachatez y falta de juicio, y lleno
de cólera envió contra ellos a los Medos y Cisios,
con la orden formal de que prendiesen a aquellos locos y se los
presentasen vivos. Acometen con ímpetu gallardo los Medos
a los Griegos, caen muchos en la embestida, vánles otros
sucediendo de refresco, y por más que se ven violentamente
repelidos, no vuelven pie atrás. Lo que sin duda logran con
aquello es hacer a todos patente, y mayormente al mismo rey, que
tenía allí muchos hombres, pero pocos varones esforzados.
La refriega empezada duró todo aquel día».
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