SEXTO JULIO FRONTINO

«ESTRATAGEMAS»

LIBRO IV

Capítulos I y II- III y IV - III y IV - VII

Traducción y adaptación I. Nachimowicz

 

Frontino.


Teniendo reunidos, por extensa lectura, ejemplos de estratagemas, y habiendo ordenado éstos con no pequeños esfuerzos, a fin de cumplir la promesa de mis tres libros (si tan sólo la he cumplido), en el presente libro volcaré aquellos casos que parecen aparecer menos naturalmente conforme a la antigua clasificación (que estaba limitada a tipos especiales), y que son ilustraciones, mejor dicho, de la ciencia militar en general que de las estratagemas. En vista de que estos incidentes, aunque famosos, pertenecen a una materia diferente , les he dado tratamiento separado, por temor a que si alguna persona resultara que encontrara en la lectura algunos de ellos, podría ser inducida por el parecido a imaginar que estos ejemplos habían sido pasados por alto por mí. Como material suplementario, por supuesto, estos temas requieren tratamiento. Me empeñaré en observar las siguientes categorías:


I. Sobre la disciplina.
II. Sobre los efectos de la disciplina.
III. Sobre la limitación y el desinterés.
IV. Sobre la justicia.
V. Sobre la determinación (la voluntad de ganar).
VI. Sobre la buena voluntad y la moderación.
VII. Sobre varios axiomas y ardides.

Capítulos I y II - III y IV- V y VI - VII

 

 

 

III. SOBRE LA DETERMINACIÓN

(LA VOLUNTAD DE GANAR)



1) Cuando los soldados de Cneo Pompeyo amenazaron con saquear el dinero que se llevaba para el triunfo, Servilio y Glaucia le instaron a distribuirlo entre las tropas, a fin de evitar el estallido de un motín. Pompeyo declaró inmediatamente que renunciaría a un triunfo, y moriría antes que ceder a la insubordinación de sus soldados; y después de censurarlos en un lenguaje vehemente, arrojó en sus rostros las fasces coronadas con laurel, dando a entender que podían comenzar su saqueo capturando éstas. Por medio del rencor así demostrado, redujo a sus hombres a la obediencia.

Nota: Año 79 a.de C. Plutarco, Pompeyo,14 : «Pidió Pompeyo por estos últimos sucesos el triunfo, y fue Sila el que le hizo oposición, pues la ley no lo concede sino al cónsul o al pretor, y a ningún otro; por lo mismo el primero de los Escipiones, que consiguió en España de los Cartagineses más señaladas victorias, no pidió el triunfo, porque no era ni cónsul ni pretor; decía, pues, que si entraba triunfante en la ciudad Pompeyo, que todavía era imberbe, y por razón de la edad no tenía cabida en el Senado, se harían odiosos: en el mismo Sila la autoridad, y en Pompeyo este honor. De este modo le hablaba Sila para que entendiera que no se lo consentiría, sino que le sería contrario y reprimiría su temeridad si no desistía del intento. Mas no por esto cedió Pompeyo, sino que previno a Sila observase que más son los que saludan al Sol en su oriente que en su ocaso, dándole a entender que su poder florecía entonces y el de Sila iba decreciendo y marchitándose. No lo percibió bien Sila, y observando por los semblantes y el gesto de los que lo habían oído que les había causado admiración, preguntó qué era lo que había dicho, e informado, aturdiéndose de la resolución de Pompeyo, dijo por dos veces seguidas: “que triunfe, que triunfe”. Como otros muchos mostrasen también disgusto e incomodidad, queriendo Pompeyo- según se dice- mortificarlos más, intentó ser conducido en la pompa en carro tirado por cuatro elefantes, porque en la presa había traído muchos del África, de los que pertenecían al rey; pero por ser la puerta más estrecha de lo que era menester, abandonó esta idea y hubo de contentarse con caballos. No habían los soldados conseguido todo lo que se habían imaginado, y como por esto tratasen de revolver y alborotar, dijo que nada le importaba y que antes dejaría el triunfo que usar con ellos de adulación y bajeza. Entonces Servilio, varón muy principal y uno de los más se habían opuesto al triunfo de Pompeyo: “Ahora veo- dijo- que Pompeyo es verdaderamente grande y digno del triunfo”, Es bien claro que si hubiera querido habría alcanzado fácilmente ser del Senado, sino que, como dicen, quiso sacar lo glorioso de lo extraordinario; porque no habría tenido nada de maravilloso el que antes de la edad hubiera sido senador, y era mucho más brillante haber triunfado antes de serlo; y aun esto mismo contribuyó no poco para aumentar hacia él el amor y benevolencia de la muchedumbre, porque mostraba placer el pueblo de verle después del triunfo contado entre los del orden ecuestre».

 


2) Cuando estalló un sedición en el tumulto de la guerra civil, y el sentimiento se hallaba bastante alterado, Cayo César despidió del servicio a una legión entera, decapitando a los líderes de la rebelión. Más tarde, cuando los hombres que había despedido le rogaron que les aliviara de su verguenza, restableció las filas y tuvo en ellos a los mejores soldados.

Nota: Año 49 a.de C. Suetonio, César, 69 : «Ninguna sedición se produjo en el ejército durante los diez años de guerra en las Galias; estallaron algunas durante las civiles, pero las dominó en seguida con autoridad más bien que con indulgencia. Nunca cedió ante los amotinados, sino que marchó constantemente a su encuentro. En Plasencia licenció toda la legión novena, a pesar de que Pompeyo permanecía aún en armas, y no sin gran trabajo, después de numerosas y apremiantes súplicas y de haber castigado a los culpables, consintió en rehabilitarla».

 

3) Postumio, siendo ex cónsul, después de haber apelado a la valentía de sus tropas, y después de haber sido preguntado acerca de qué órdenes había dado, les dijo que lo imitaran. Inmediatamente tomó un estandarte y condujo el ataque contra el enemigo. Su soldados le siguieron y consiguieron la victoria.


4) Claudio Marcelo, después de haber caído inesperadamente sobre algunas tropas galas, giró su caballo en círculo, mirando alrededor alguna manera de escapar. Viendo peligro en cada mano, con una oración a los dioses, irrumpió en el medio del enemigo. Por su increíble audacia los consternó, mató a su líder (2), y llevó el spolia opima (3) a una situación donde apenas les quedó una esperanza de salvar su vida.

Nota: Año 222 a.de C. Valerio Máximo, 3:2 § 5 : «No debe separarse tampoco el recuerdo de Marcelo de los dos ejemplos anteriores. Tal fue su intrepidez que atacó sobre las riberas del Po con algunos jinetes a un rey de los galos secundado por un numeroso ejército. Le cortó la cabeza y le quitó en seguida sus armas con las que hizo homenaje a Júpiter Feretriano».

2) Viridomaro, el insubrio.


3)Despojos tomados por un comandante victorioso del jefe enemigo.


5) Lucio Paulo, después de la pérdida de su ejército en Cannas, habiéndosele ofrecido un caballo a través de Léntulo con el cual efectuar su fuga, se negó a sobrevivir a la catástrofe, aunque no había sido ocasionada por él, y permaneció sentado sobre la roca contra en la que se había inclinado al ser herido, hasta que fue dominado y apunalado por el enemigo.

Nota: Año 216 a.de C. Livio, 22:49 : «En otro punto, Paulo Emilio, aunque herido gravemente de una pedrada desde el principio de la acción, se lanzó frecuentemente a lo más recio de la pelea delante de Aníbal, y restableció el combate en diferentes sitios, sostenido por los jinetes romanos, que al fin echaron pie a tierra, cuando el cónsul no tuvo ya fuerzas bastantes para regir su caballo. Habiendo dicho en seguida a Aníbal que el cónsul acababa de desmontar a sus jinetes, refiérese que exclamó: "Tanto valía entregármelos atados de pies y manos". Este combate de jinetes a pie fué como debía ser cuando ya no era dudosa la victoria del enemigo: los vencidos preferían morir en su puesto a huir; los vencedores, irritados por lo.que demoraban la victoria, mataban a aquellos hombres que no podían rechazar, ahuyentando solamente a algunos extenuados por la fatiga y las heridas. Entonces fué general la derrota, y todos los que pudieron hacerlo, montaron en sus caballos para huir. Cn. Léntulo, tribuno de los soldados, al pasar cerca del cónsul, que estaba sentado en una piedra y cubierto de sangre, le dijo: "Paulo Emilio, único inocente de la tremenda falta de esta jornada, tú mereces la protección de los dioses; toma este caballo, mientras te quedan algunas fuerzas; yo puedo llevartey defenderte. No hagas más siniestra aún esta jornada con la muerte de un cónsul; sin ella, habrá demasiado luto y lágrimas". El cónsul contestó: "Valor, Cornelio, pero no pierdas por vana compasión el poco tiempo que te queda para escapar al enemigo. Parte, ve a decir al Senado que fortifique a Roma, que la provea de defensores, antes de la llegada del enemigo victorioso. Di en particular a Fabio que Paulo Emilio ha vivido y muerto fiel a sus preceptos. Pero déjame sucumbir en medio de mis soldados, para no verme acusado de nuevo al terminar mi consulado, o para no ser acusador de mi colega, para salvar mi honor a expensas del suyo". En este momento llegó un grupo de fugitivos, después otro más numeroso de enemigos, que cubrieron al cónsul de venablos sin conocerle. Léntulo se vió arrebatado por su caballo en medio del tumulto, y desde entonces aquello fué una fuga a la desbandada. Siete mil hombres se refugiaron en el campamento pequeño, diez mil en el grande y cerca de dos mil en el pueblecillo de Cannas, donde en el acto les envolvió la caballería de Cartalón, no teniendo el pueblo defensa alguna. El otro cónsul, por casualidad o deliberadamente, no siguió a ninguno de estos cuerpos, y llegó a Venusia con unos setenta jinetes. Dicese que Roma perdió cuarenta y cinco mil infantes y dos mil setecientos caballeros, en partes casi iguales de ciudadanos y aliados. Contáronse entre los muertos los dos cuestores de los cónsules, L. Atilio y L. Furio Bibáculo; veintiún tribunos militares, muchos consulares, pretorianos o edilicios, entre ellos Cn. Servilio Gemino y M. Minucio, jefe de los caballeros el año anterior y cónsul algunos años antes; además, ochenta senadores o antiguos magistrados a quienes su cargo debía dar ingreso en el Senado y que se habían alistado voluntariamente en las legiones. Dícese que el enemigo se apoderó también de 3.000 infantes y 300 jinetes».


6) El colega de Paulo, Varrón, mostró mayor resolución aún en continuar vivo después del mismo desastre, y el Senado y el pueblo le agradecieron "porque", dijeron ellos, " no perdió la esperanza en la república." A través de toda su vida dio pruebas de que había permanecido vivo no por el deseo de vivir, sino debido al amor por su país. Soportó su barba y pelo sin recortar, y nunca después tomó alimento en la mesa reclinado. Incluso cuando le fueron decretados honores por la gente, los rehusó, diciendo que el Estado necesitaba magistrados más afortunados que él.

Nota: Livio, 22:61 : «Sin embargo, tantas defecciones agravadas por la de los aliados, no pudieron reducir a Roma a hablar de la paz, ni antes de la llegada del cónsul a la ciudad, ni cuando se presentó y renovó el recuerdo de la última derrota. Y hasta en esta ocasión mostró Roma tanta grandeza de ánimo, que al regreso del cónsul, causa principal del desastre, todos los órdenes se apresuraron a recibirle dándole gracias porque no había desesperado de la república: si hubiese sido general de los cartagineses no le habrían perdonado ningún suplicio».


7) Después de la derrota aplastante de los romanos en Cannas, cuando Sempronio Tuditano y Cneo Octavio, tribunos de los soldados, fueron sitiados en el campamento más pequeño (2), impulsaron a sus compañeros a desenvainar sus espadas y acompañarlos en una carrera a través de las fuerzas del enemigo, declarando que ellos mismos estaban resueltos en este curso, aun si nadie más poseyera el coraje de abrirse camino. Aunque entre la muchedumbre vacilante fueron encontrados sólo doce caballeros y cincuenta soldados de infantería que tenían el coraje para acompañarlos, ellos alcanzaron Canusium indemnes.

Nota: Año 216 a.de C. Livio, 22:50 : «Tal fué la batalla de Cannas, tan famosa como la de Alia, pero menos grave en verdad en cuanto a sus consecuencias, porque el enemigo se detuvo, pero más terrible y funesta por la matanza que se hizo en las legiones romanas. La derrota de Alia entrega a Roma y salvó al ejército; pero en la de Cannes, al cónsul que escapó apenas le siguieron setenta hombres; y el otro pereció con casi todo el ejército. Como la multitud refugiada en los dos campamentos se encontraba sin jefes y casi sin armas, los del campamento grande enviaron "a invitar a los del pequeño a que se reuniesen con elles, mientras que el enemigo, cansado del combate y de la alegría de los festines, se entregaba al reposo de la noche para marchar juntos a Canusia". Unos rechazaban en absoluto la proposición. "¿Por qué los que les llamaban no acudían ellos mismos, puesto que allí también podia verificarse la unión? Sin duda porque el espacio que separaba los dos campamentos estaba lleno de enemigos y preferían exponer la vida de los otros a la propia a peligro tan grave". Los otros hubiesen aceptado gustosos el consejo, pero les faltaba el valor. Entonces P. Sempronio Tuditano, tribuno de los soldados, les dirigió estas palabras: "¿Preferiréis acaso que se apodere de vosotros un enemigo avaro y cruel, ver puestas a precio vuestras cabezas, exigidos rescates por un vencedor insolente, que os preguntará si sois ciudadanos romanos o aliados latinos, y hará de vuestras miserias y baldones honor para otro? ¡No! contestaréis, si sois dignos conciudadanos de Paulo Emilio, que ha preferido morir con honra a vivir en la vergüenza, y de tantos valerosos soldados que han caido en derredor suyo. Antes de que nos sorprenda el día y que acudan en mayor número los enemigos Para cerrarnos el paso, abrámonos camino a través de los que, confundidos y desordenados, se agitan con tanto tumulto en nuestras puertas. El hierro y la audacia se abren paso a través de las filas más apretadas; formados en columna, pasaremos sin obstáculo en medio de esa tropa desbandada. Que me sigan, pues, los que quieren salvarse y salvar a la república." Dicho esto, empuñó la espada y pasó en columna cerrada a través del enemigo; y como su flanco derecho encontraba descubierto y a merced de los venablos de los númidas, pasaron el escudo al brazo derecho. En número de seiscientos próximamente, llegaron al otro campamento; y desde allí, reunidos con numero más considerable, Ilegaron sanos y salvos a la ciudad de Canusia. En todo esto, los vencidos obraban por el impulso que daba a cada uno su carácter o la casualidad, mas bien que por deterrninación común o por orden de alguno».

2) Cuando los romanos alcanzaron Cannas, armaron dos campamentos, estando el más grande emplazado en la ribera NO del Aufidus y el más pequeño en la ribera SE, separados por alrededor de 1¼ de milla, según Polibio. Antes de la batalla Aníbal transfirió su campo de la ribera oriental a la occidental.

 


8) Cuando Cayo Fonteyo Craso estaba en España, salió con tres mil hombres en una expedición en busca de alimentos y fue envuelto en una difícil posición por Asdrúbal. A principios de la noche, en un momento en que tal cosa era lo menos esperado, habiendo comunicado su objetivo sólo a los centuriones de la primera fila, se abrió camino entre los piquetes del enemigo.


9) Cuando el cónsul Cornelio fue sorprendido en una difícil posición por el enemigo en la Guerra Samnita, Publio Decio, tribuno de los soldados, lo urgió a enviar una pequeña fuerza para ocupar una colina vecina, y se ofreció para actuar como líder de aquellos a quien debería enviar. El enemigo, así desviado a un sitio diferente, permitió que el cónsul escapara, pero rodeó a Decio y lo sitió. Decio, sin embargo, se libró de este apuro haciendo también una salida por la noche, y escapó ileso junto con sus hombres y se reunió con el cónsul.

Nota: Año 343 a.de C. Livio, 7:34-35-36 (fragmento muy extenso para ser reproducido).


 


10) Bajo el cónsul Atilio Calatino fue hecha la misma cosa por un hombre cuyo nombre es diversamente registrado. Unos dicen que se llamaba Laberio, y algunos Quinto Cedicio, pero la mayoría lo da como Calpurnio Flamma. Este hombre, viendo que el ejército había entrado en un valle, cuyos lados y todas las partes dominantes había ocupado el enemigo, pidió y recibió del cónsul trescientos soldados. Después de exhortarlos a salvar el ejército con su valor, se internó en el centro del valle. Para aplastarlo a él y a sus seguidores, el enemigo descendió de todos los sitios, pero, sosteniendo una batalla larga y feroz, permitió así al cónsul una oportunidad para librar a su ejército.

Nota: Año 258 a.de C. Livio, 22:60 : «Citó el ejemplo de nuestros mayores, el de Decio, tribuno de los soldados en el Samnio; y del tiempo de nuestra juventud en la primera guerra púnica, el de Calpurnio Flamma, que, marchando con trescientos voluntarios, para apoderarse de una altura situada en medio de los enemigos, les dijo: "Muramos, soldados, y con nuestra muerte libremos a nuestras regiones rodeadas."»


 

11) Cayo César, cuando estaba por luchar contra los germanos y su rey Ariovisto, en un momento en el que sus propios hombres habían entrado en pánico, reunió a sus soldados y declaró a la asamblea que durante aquel día se proponía emplear los servicios sólo de la décima legión. De esta manera hizo que los soldados de esta legión se sintieran movidos por su tributo a su heroísmo único, mientras el resto fue abrumado con la mortificación por pensar que la reputación por el coraje debería ser adjudicada a otros.

Nota: Año 58 a.de C. Julio César, Guerras Civiles, 1:39 : «Eran tres, como arriba queda declarado, las legiones de Afranio; dos las de Petreyo, sin contar unas ochenta cohortes de soldados españoles: las de la España Citerior con escudos, y los de la Ulterior con adargas, y al pie de cinco mil caballos de una y otra provincia. César había enviado delante de sí sus legiones a España, y de tropas auxiliares seis mil infantes y tres mil caballos, que le habían servido en todas las guerras pasadas, fuera de otros tantos escogidos por su mano en la Galia, llamando de cada ciudad con expresión de nombre los más nobles y valientes de todos. Entre éstos venía la flor de Aquitania y de las montañas confinantes con la Provincia Romana. Como corrió el rumor que Pompeyo pensaba en pasar por la Mauritania con las legiones a España y que muy en breve vendría, tomó dinero prestado de los tribunos y centuriones y distribuyólo a los soldados. Con lo cual logró dos cosas: el empeñar en su partida a los oficiales con el empréstito, y el ganar las voluntades de los soldados con el donativo».



12) Un cierto noble espartano, cuando Filipo declaró que los cercaría por todos lados a menos que el estado se rindiera, preguntó: "¿No nos prohibirás también de morir en defensa de nuestro país, verdad?.

Nota: Cicerón, Cuestiones Tusculanas, 5:14 § 42 : «Esta alma humana, si es cultivada, se convierte en entendimiento perfecto, esto es, en absoluta razón, o lo que es lo mismo, en virtud. Y si decimos que es feliz aquella naturaleza a la cual nada falta y en la cual todo es perfecto y absoluto, según su género, siendo esta condición propia de la virtud, síguese que todos los hombres que participan de la virtud serán felices. En esta opinión conviene conmigo Bruto, y convienen también Xenócrates, Espeusipo y Polembn. A mí me parecen tales hombres felicísimos. ¿Qué le falta para la vida feliz al que confía más en sus propios bienes, o por qué ha de desconfiar el que puede ser feliz? Me dirás que es cosa necesaria que desconfíe el que divide los bienes en tres partes. ¿Quién podrá confiar en la firmeza de su cuerpo, o en la estabilidad de la fortuna? Y el que no descanse en todo bien estable, permanente y seguro, de ninguna manera puede ser feliz. Me parece aplicable a esto el dicho de aquel espartano que contestó a un mercader que se gloriaba de haber enviado muchas naves al mar: "No estimo mucho esta fortuna que depende de los vientos." ¿Es cosa dudosa que no puede contarse entre los bienes lo que puede perderse? Ninguno de aquellos principios en que la vida feliz consiste, debe ser capaz de marchitarse ni de extinguir o decaer. El hombre que tema perder alguno de los bienes que posea, de ninguna manera puede ser dichoso. Quiero que el hombre a quien yo declare feliz esté seguro, inexpugnable, fortificado por todas partes, y libre no ya de un mal pequeño, sino de todo mal. Así como llamamos inofensivo no a quien levemente ofende sino al que no ofende nunca, así no debemos considerar libre de todo miedo a quien teme poco, sino al que carece absolutamente de temor. ¿Qué otra fortaleza hay sino la que consiste en afrontar la pelea, y en sufrir el trabajo y el dolor, libre de todo miedo? Me dirás que nada de esto sucedería si todo el bien consistiese en la sola honestidad. ¿Quién podrá tener aquella tan deseada seguridad, o carencia de todo dolor, en la cual la vida feliz consiste, y que no puede ser turbada por esta multitud de males que aquejan al linaje humano? ¿Quién podrá ser de ánimo excelso y recto y despreciador de todos Ios accidentes humanos, como todos queremos que lo sea el sabio, si no hace depender de sí mismo todas las cosas? ¿No respondieron los lacedemonios a Filipo cuando los amenazó por sus cartas que los cercaría por todas partes, no le respondieron, digo, "y nos prohibirás también. el morir?" ¿No encontraremos un varón de tal fortaleza corno la que tuvo una ciudad entera? Y si a esta fortaleza de que hablamos se añade la templanza moderadora de todas las pasiones, ¿qué puede faltarle para la vida feliz a aquel a quien la fortaleza le libra del dolor y del miedo, y a quien la templanza le aparta del apetito y de la petulancia? Yo probaría que la virtud produce todos estos efectos, sí no lo hubiese dejado fuera de toda duda en los días anteriores».



13) Leónidas el espartano, en respuesta a la afirmación de que los persas crearían nubes con la multitud de sus flechas, se dice que dijo : “Combatiremos mucho mejor a la sombra”.

Nota: Cicerón, Custiones Tusculanas, 1:42 § 101 : «Hombres semejantes los tuvo innumerables nuestra ciudad. Pero ¡para qué he de nombrar a los jefes y a los capitanes, cuando Catón escribió que las legiones iban muchas veces llenas de animosidad a un sitio de donde sabían que no habían de volver! Con igual valor murieron los lacedemonios en las Termópilas, y en honor suyo cantó Simónides :
"Huésped, di a Esparta que nos has visto caer aquí, obedeciendo las santas leyes de la patria." Y ¿qué les dijo su capitán Leónidas? "Combatid con valor, oh lacedemonios; quizás hoy iremos a cenar en los infiernos.." Fortísima fue esta gente mientras estuvieron en vigor las leyes de Licurgo. Gloriándose un persa de que la multitud de las saetas delos suyos eran capaces de oscurecer el sol, le respondió un espartano: "Entonces pelearemos a la sombra."»


14) Cuando Cayo Elio, un pretor urbano, asistía a un tribunal en una ocasión, un pájaro carpintero se posó sobre su cabeza. Los adivinos fueron consultados y repondieron que, si al ave se le permitía ir, la victoria correpondería al enemigo, pero que, si era muerta, el pueblo romano prevalecería, aunque Cayo y toda su familia perecerían. Elio, sin embargo, no vaciló en matar al pájaro. Nuestro ejército ganó la batalla, pero Elio mismo, con catorce miembros de su familia, fueron muertos en la batalla. Algunas autoridades no creen que el hombre referido fuera Cayo Elio, sino cierto Lelio, y que eran Lelios, no Elios quienes perecieron.

Nota: Plinio, 10:18 § 20 : «Estas aves han mantenido el primer lugar en augurios, en el Lacio, desde los tiempos del rey (2) que les ha dado su nombre. No puedo pasar por alto uno de los presagios dado por ellas,. Un pájaro carpintero vino y se posó sobre la cabeza de Elio Tuberón, el pretor urbano, sentado en su tribunal dispensando justicia en el Foro, y mostró tal domesticación como para permitir que fuera tomado con la mano; sobre lo que los augures declararon que si era dejado ir, el estado estaba amenazado con peligro, pero de ser muerto, el desastre le acontecería al pretor; él despedazó al ave en un instante, y al poco tiempo el presagio se cumplió».

(2) Pico, hijo de Saturno, rey del Lacio. Era hábil con los augurios, y se dice que fue transformado en pájaro carpintero.

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15) Dos romanos llevando el nombre de Publio Decio, primero el padre y luego el hijo, sacrificaron sus vidas para salvar al Estado durante su ejercicio del cargo. Azuzando a sus caballos contra el enemigo, obtuvieron la victoria para su país.

Nota: Año 340 y 295 a.de C. Cicerón, Del sumo bien y el sumo mal, 2:19 § 61 : «"¿Te parece que cumple con el pudor el que se entrega sin testigos a la liviandad? ¿No hay cosas torpes por sí mismas, aunque no vayan acompañadas de ninguna infamia? Y ¿qué hacen lo fuertes varones? ¿Acaso se arrojan a la pelea y derraman la sangre por su patria, movidos por cálculo de interés, o por un cierto ardor e ímpetu de su ánimo? ¿Crees ¡oh Torcuato! que si tu ascendiente oyera nuestras palabras, había de gustar más de la manera como tú explicas su hazaña, que de la manera coma la explico yo, diciendo que nada hizo por su causa y toda por causa de la República, mientras que tú sostienes que nada hizo sino por su propio interés? Y si quisieras explanar esto todavía más, y decir abiertamente que nada hizo sino por causa del deleite, ¿crees que lo sufriría con paciencia? Concedamos esto: haya enhorabuena obrado Torcuato para su utilidad, como tú dices (y hablando de tal varón, prefiero la palabra interés a la palabra deleite), pero su colega Publio Decio, el primer cónsul que hubo en su familia, que se sacrificó a los dioses infernales y se , arrojó a caballo en medio del escuadrón de. los latinos, ¿pensaba algo en su propio placer? ¿Cuándo o dónde había de gozarle, si sabía que iba a morir en seguida, y buscaba aquella muerte con más ardiente deseo que si pugnara en busca del placer? Y si aquel hecho no hubiera sido noble y glorioso, ciertamente que no; le habría imitado su hijo, cuando fué por cuarta vez cónsul; ni tampoco su nieto, cuando cayó peleando contra Pirró y se ofreció. por la salud de la República, como la tercer víctima de su linaje».

16) Cuando llevaba adelante la guerra contra Aristónico en Asia en algún sitio entre Elea y Mirina, Publio Craso cayó en manos del enemigo y estaba siendo llevado vivo. Desdeñando el pensamiento del cautiverio para un cónsul romano, usó el palo con el cual él había animado a su caballo, y sacó con él el ojo del tracio que lo mantenía cautivo. El tracio, enfurecido por el dolor, lo apuñaló de muerte. Así, cuando lo deseó, Craso escapá de la desgracia de la servidumbre.

Nota: Año 130 a.de C. Floro, 2:20 «Vencida España en el Ocaso, Roma disfrutaba de paz en el Oriente; y como si esto no fuera bastante, por desusada y no conocida dicha entraba en posesión de riquezas y de reinos que en herencia le adjudicaban los mismos monarcas.
Atalo, rey de Pérgamo, hijo de Eumenes nuestro antiguo aliado y compañero de, armas, consignó en el testamento la siguiente cláusula: «Instituyo heredero de mis bienes al pueblo romano.» Entre estos bienes se encontraba el reino. Roma adquirió esta nueva provincia, no por medio de la guerra y de las arrnas, sino, lo que es más justo, por disposición testamentaria. Difícil nos seria decir si este Estado se recuperó con más facilidad que se hubo perdido. Aristónico, joven arrojado y de real estirpe, ganó sin esfuerzo las ciudades acostumbradas á sufrir el yugo real, y ocupó á viva fuerza algunas que hicieron resistencia, tales como Minda, Samos y Colofon. Derrotó e hizo prisionero al pretor Craso, quien por el buen nombre de Roma y su familia, saca un ojo, valiéndose de una vara, á uno de los guardias, logrando que le dieran muerte, que era lo que con semejante hecho se había propuesto. Aristónico no tardó en ser vencido, capturado por Perpena, aherrojado en una prisión. Aquilio puso fin a la guerra asiática empleando—ícrimen horrible!—el medio de envenenar las fuentes para rendir algunas poblaciones. Este hecho, si bien apresuró el término de la campaña, infamó, no obstante, la victoria, pues faltando á las costumbres de nuestros antepasados y á las leyes divinas, manchó el honor sin tacha de lag armas romanas».

17) Marco, hijo de Catón el Censor, en cierta batalla cayó de su caballo, que había tropezado. Catón se levantó, pero notando que su espada se había salido de su vaina y temiendo la desgracia, se volvió entre el enemigo, y aunque recibió varias heridas, finalmente recuperó su espada y abrió camino a sus compañeros.

Nota: Año 168 a.de C. Batalla de Pidna. Valerio Máximo, 3:2 § 16 : «Catón el Viejo, del que la familia Porcia funda su origen, fue más feliz que su posteridad. En una batalla donde el enemigo lo atacaba vivamente apretándole de cerca, su espada, escapada de la funda, cayó y se encontró bajo un grupo de combatientes y rodeada por todas partes por pies enemigos. Tan pronto como se dió cuenta que le faltaba, prosiguió con tanta sangre fría como le pareció, no arrancando con la precipitación que causa el miedo al peligro, sino de recogerla sin el menor temor. Los enemigos quedaron sorprendidos por este espectáculo y al día siguiente vinieron a pedir humildemente la paz».


18) Los habitantes de Petelia, cuando fueron bloqueados por los cartagineses, despidieron a los niños y a los ancianos, debido a la escasez de alimentos. Ellos mismos, conservando la vida en escondites, humedecidos y luego secados al lado del fuego, con hojas de árboles y con todas clases de animales, sostuvieron el sitio durante once meses.

Nota: Año 216 a.de C. Apiano, La Guerra de Aníbal, 29 : «Después de esto, atacando los territorios de los aliados de Roma, los devastó y puso cerco a Petelia. Sus moradores eran escasos, pero hicieron con coraje una salida contra Aníbal y, en compañía de sus mujeres, llevaron a cabo muchos e importantes actos de valor y quemaban continuamente sus máquinas de asedio. Las mujeres, en igual medida, rivalizaron en celo con los hombres. Sin embargo, su número iba siendo reducido en cada asalto y empezaron a sufrir enormemente por el hambre. Aníbal, al darse cuenta, los rodeó con un muro y puso a Annón al frente del cerco. Los de Petelia, cuando se incrementaron sus sufrimientos, arrojaron primero a aquellos de los suyos inútiles para el combate fuera de la muralla, al espacio que había entre el muro y la línea de circunvalación, y contemplaron sin pena cómo eran muertos por Annón, pues pensaban que era la suya una muerte afortunada. Los restantes, cuando les faltó de todo, llevados del mismo criterio se lanzaron a la carrera contra los enemigos y también en aquella ocasión realizaron muchos y nobles actos de heroísmo, pero, a causa de la falta de alimentós y de la debilidad de sus cuerpos, sin fuerzas ya siquiera para volver, perecieron todos a manos de los cartagineses. Annón se apoderó de la ciudad y aún entonces escaparon unos pocos que tenían fuerzas para correr. Los romanos reagruparon con afán a estos últimos que estaban diseminados, unos ochocientos, y los restablecieron de nuevo después de está guerra en su propio país, llenos de admiración por su lealtad hacia ellos, y por su valor extraordinario».

19) Estando los españoles bloqueados en Consabra, soportaron todas estas mismas privaciones, pero no rindieron la ciudad a Hirtuleyo.

Nota: Años 79-75 a.de C.


20) La historia cuenta que los habitantes de Casilino, sitiados por Aníbal, sufrieron tal escasez de alimento que un ratón fue vendido por doscientos denarios, y que el hombre que lo vendió murió de hambre, mientras el comprador vivió. Sin embargo, los habitantes mantuvieron su lealtad a los romanos.

Nota: Año 216 a.de C. Posiblemente, y teniendo en cuenta las sucesivas devaluaciones y camvios de avaluación de las monedas, se puede calcular alrededor de 1 dólar por denario. Plinio, 23:19 : «Cuando la estación comenzaba ya a dulcificarse, Aníbal sacó sus tropas de los cuarteles de invierno y volvió delante de Casilino; porque, si bien habían estado suspendidas las operaciones del sitio, el bloqueo había continuado, y la guarnición, lo mismo que los habitantes, habían quedado reducidos a extrema escasez. El ejército romano estaba bajo las órdenes de A. Sempronio, habiendo marchado a Roma el dictador para tomar de nuevo los auspicios. Mucho deseaba Marcelo socorrer a los sitiados, pero se lo impedía el Volturno, cuyas aguas estaban crecidas, y los ruegos de los habitantes de Nola y Acerra, que temían a los campanios si se alejaba el ejército romano. Graco, que era el único acampado cerca de Casilino, no intentaba ningún movimiento, por haberle mandado el dictador no emprender nada en su ausencia, y no había paciencia tan grande que pudiese resistir ante las noticias que se recibían de Casilino. Sabíase positivamente que algunos desgraciados de aquellos, no pudiendo resistir el hambre, se habían precipitado desde lo alto de las murallas; que otros permanecían sin armas sobre los parapetos, ofreciendo así sus cuerpor desnudos a los dardos del enemigo. Graco estaba conmovido ante estas desgracias; pero no se atrevía a trabar combate sin orden del dictador, viendo con evidencia que tendría que venir a las manos, si hacía llevar abiertamente trigo a los sitiados. No esperando tampoco introducirlo en secreto, hizo recoger en toda la campiña y llenó considerable número de toneles, advirtiendo al magistrado de Casilino que recogiese al paso los toneles que llevase el río. A la noche siguiente, toda la guarnición, reanimada por la esperanza que le daba el mensajero de Graco, tenía la vista fija en el río, cuando llegaron los toneles arrastrados por la corriente. El trigo se repartió por igual parte a todos. Al día siguiente y en los sucesivos se repitió lo mismo. Durante la noche se expedían y recibían los toneles, y por este medio se burlaba la vigilancia de los centinelas cartagineses. Pero muy pronto continuas lluvias aumentaron por modo extraordinario la fuerza de la corriente, que en su violencia arrojó los toneles a la orilla que ocupaban los cartagineses, donde los vieron detenidos entre los sauces; y habiéndose enterado Aníbal, tomó precauciones rigurosas para que no pudiese escapar nada de lo que el Volturno llevase a la ciudad. Los romanos arrojaron nueces al río, que llevadas por la corriente a Casilino, las recogían allí con zarzos; pero al fin llegaron los sitiados a tal punto de escasez, que arrancaban las correas y el cuero de los escudos y los blandeaban en agua hirviendo para tratar de alimentarse. Fueron devoradas las ratas y todos los animales. Arrancaron las hierbas y todas las raíces que se encontraban al pie de las murallas; y como el enemigo había labrado toda la tierra vegetal que había fuera de los muros, los sitiados arrojaron semilla de nabos, por lo que exclamó Aníbal: "¿Tendré que permanecer delante de Casilino hasta que crezcan?" Y cuando hasta entonces no había querido oír hablar de condiciones de paz, consintió al fin en tratar acerca del rescate de los hombres libres. Fijóse en siete onzas de oro el precio de cada uno de ellos, y aceptadas estas condiciones, se rindieron, quedando cautivos hasta que se pagase todo el dinero; después los enviaron a Cumas, según lo estipulado. Este relato es más exacto que aquel en que se dice que Aníbal envió caballería para exterminar a los que se negaron. La mayor parte de los rendidos eran prenestinos: de seiscientos setenta que formaban la guarnición, más de la mitad perecieron por hambre o bajo el hierro. Los demás regresaron sanos y salvos a Prenesto, con su pretor M. Anicio, que antes fué escribiente. Existe un monumento que así lo prueba, y es una estatua de M. Anicio, erigida en el Foro de Prenesto, cubierta con la coraza, revestida la toga y con la cabeza velada: otras tres estatuas existen también, con la siguiente inscripción en una plancha de bronce: "Ofrenda prometida por M. Anicio a los soldados de la guarnición de Casilino". La misma inscripción ostentan tres estatuas colocadas en el templo de la Fortuna».

21) Cuando Mitrídates sitiaba Cízico, hizo desfilar a los cautivos de aquella ciudad y los expuso a los sitiados, pensando así obligar a la gente de la ciudad a rendirse, por compasión a sus compañeros. Pero los ciudadanos urgieron a los prisioneros a encontrar la muerte con el heroísmo, y persistieron en el mantenimiento de su lealtad a los romanos.

Nota: Año 74 a.de C. Apiano, Mitrídates, 73 : «Mitrídates, aunque tal vez, incluso en sus circunstancias, hubiera podido abrirse paso a través de los enemigos a causa del gran número de sus tropas, no consideró esta posibilidad, sino que puso sitio a Cízico con el material que tenía preparado para una eventualidad como ésta, considerando que de este modo enmendaría a un tiempo su mala posición y la dificultad de avituallamiento. Como tenía abundancia de material humano en su ejército, acometió toda clase de obras, bloqueó el puerto con un doble muro y el resto de la ciudad lo rodeó con un foso. Levantó numerosos terraplenes, construyó maquinas, torres, arietes protegidos con cobertizos, una torre rodante de cien codos de alto, sobre la que se alzaba otra torre provista de catapultas con las que se lanzaban piedras y proyectiles de todas clases. Dos quinquerremes unidas llevaban contra el puerto otra torre, de la cual se tendía por medio de un artilugio mecánico un puente, cuando se acercaban a la muralla. Cuando tuvo todo dispuesto, llevó en primer lugar junto a la ciudad a bordo de unas naves a tres mil prisioneros de Cizico, los cuales, tendiendo sus manos hacia adelante, suplicaban a sus conciudadanos que fueran clementes con su peligrosa situación hasta que Pisístrato, el general de los de Cízico, les hizo saber desde las murallas mediante una proclama,que, puesto que eran prisioneros, afrontaran con entereza su destino».


22) Los habitantes de Segovia, cuando Viriato les propuso devolverles a sus mujeres y niños, prefirieron presenciar la ejecución de sus amados más que fallar a los romanos.

Nota: Años 147 a 139 a.de C.

23) Los habitantes de Numancia prefirieron encerrarse en sus casas y morir de hambre antes que rendirse.

Nota: Año 133 a.de C. Séneca, De la Ira, 1:11 : «Pero contra los enemigos, dicen, la ira es necesaria». Nunca lo es menos: en la guerra no deben ser los movimientos desordenados, sino arreglados y dóciles. ¿Qué otra cosa hizo a los Bárbaros inferiores a nosotros, cuando tienen cuerpos más robustos, más fuertes y endurecidos en los trabajos, sino es la ira, perjudicial siempre por sí misma? Al gladiador también lo protege el arte, y le expone la ira. Además, ¿cómo necesitar la ira cuando la razón consigue el mismo objeto? ¿Crees, acaso, que el cazador monta en ira contra las fieras? Espéralas cuando le acometen, las persigue en su fuga, y la razón hace todo esto en calma. ¿A qué se debe que tantos millares de Cimbrios y de Teutones desparramados por los Alpes, fuesen destruidos por tal matanza que, no quedando mensajero, la fama sola llevó a su país la nueva de tan inmensa derrota, sino a que la ira reemplazaba en ellos al valor? Si algunas veces derriba y destruye todos los obstáculos, frecuentemente también se pierde a sí misma. ¿Quiénes más animosos que los Germanos? ¿Quiénes más impetuosos en el ataque? ¿Quiénes más apasionados por las armas, en medio de las que nacen y crecen, formando su principal cuidado, mostrándose indiferentes para todo lo demás? ¿Quiénes más endurecidos en los sufrimientos, cuando la mayor parte de ellos ni siquiera piensan en cubrir sus cuerpos ni abrigarlos contra los perpetuos rigores de su clima? Y sin embargo, tales hombres quedan derrotados por los Españoles, por los Galos, por las endebles tropas del Asia y de la Siberia antes de que se presente una legión romana; porque nada hay como la ira para favorecer las derrotas. La razón da disciplina a esos cuerpos, a esas almas que ignoran las delicias, el lujo y las riquezas: para no decir nada excesivo, necesario será que nos fijemos en las antiguas costumbres romanas. ¿Por qué medio reanimó Fabio las extenuadas fuerzas del Imperio? Supo contemporizar, esperar, tener paciencia, cosas todas que no puede hacer el iracundo. El Imperio perecía, encontrándose ya en la pendiente del abismo, si Fabio hubiese intentado lo que le aconsejaba la ira. Pero atendió al bien público, y calculando sus recursos, de los que ni uno solo podía arriesgar sin arriesgarlo todo, prescindió de resentimientos y venganzas. Atento solamente a aprovechar las ocasiones, venció la ira antes de vencer a Aníbal. ¿Qué hizo Escipión? Alejándose de Aníbal, del ejército púnico y de todo aquello que debía irritarle, llevó la guerra al África con lentitud tan calculada, que la envidia puede acusarle de molicie e indolencia. ¿Qué hizo el otro Escipión? ¿No se mantuvo con perseverante obstinación alrededor de Numancia, soportando con firmeza aquel dolor tan personal como público de ver a Numancia más lenta para caer que Cartago? Y entre tanto estrecha y encierra al enemigo hasta reducirlo a sucumbir ajo su propia espada».

 

IV. SOBRE LA BUENA VOLUNTAD Y LA MODERACION

 

1) Quinto Fabio, impulsado por su hijo a tomar una posición ventajosa al costo de perder unos pocos hombres, preguntó: ¿"quieres tú ser uno de esos pocos?".

Nota: Quinto Fabio Máximo Cunctator. Plutarco, Citas de los romanos, relata esta misma respuesta pero en boca de Cecilio Metelo y no dirigida a su hijo sino a un centurión : «Cuando Cecilio Metelo deseaba conducir a sus hombres contra un sitio fortificado, un centurión le dijo que con la pérdida de tan solo diez hombres Metelo podía conquistar el lugar. Metelo le preguntó si él quería ser uno de esos diez.


2) Cuando Jenofonte en una ocasión estaba a caballo y acababa de ordenar que la infantería tomara posesión de cierta eminencia, oyó a uno de los soldados murmurar que era materia fácil para un hombre montado pedir tales empresas difíciles. Ante esto, Jenofonte se apeó y puso al hombre de las filas en su caballo, mientras él mismo se apresuró a pie a toda velocidad a la eminencia que había indicado. El soldado, incapaz de soportar la vergüenza de esta acción, desmontó voluntariamente entre los insultos de sus compañeros. Fue con dificultad, sin embargo, que los esfuerzos unidos de las tropas indujeron a Jenofonte a montar su caballo y restringir sus energías a los deberes que recaen sobre un comandante.

Nota: Año 401 a.de C. Jenofonte, Anábasis, 3:4 §§ 44-49 : «Quirísofo, al ver que los enemigos, adelantándose, habían ocupado esta altura, mandó llamar a Jenofonte, que iba a retaguardia, ordenándole que pasase a la vanguardia con los peltastas. Jenofonte no llevó a los peltastas, pues acababa de ver a Tisafernes con todo su ejército; pero picó espuelas a su caballo y, llegado junto a Quirísofo, le preguntó: «¿Por qué me llamas?» «Ya puedes verlo —le contestó el otro—. El enemigo ha ocupado antes que nosotros la altura que domina el camino. Pero, ¿por qué no has traído a los peltastas?» Jenofonte le respondió que no le había parecido bien dejar desamparada la retaguardia cuando los enemigos se presentaban. «Pero —continuó— es preciso ver el medio de desalojar de la colina a esos hombres.» Entonces Jenofonte vio la cumbre de la montaña, situada encima de donde se encontraba el ejército griego, y que desde ella un camino conducía a la colina donde estaban los enemigos. «Lo principal, Quirísofo —dijo—, es que nos lancemos lo antes posible sobre la cima. Si nos apoderásemos de ella no podrán mantenerse los que nos cierran el camino. Si te parece, tú puedes permanecer aquí con el ejército; yo estoy dispuesto a marchar; pero, si lo prefieres, ve tú a la montaña y yo me quedaré aquí.» «Dejo a tu elección lo que quieras», dijo Quirísofo. Jenofonte respondió que, puesto que era él más joven, elegía marchar, y le rogó le diese algunos hombres del frente, pues sería demasiado largo mandarlos venir de la retaguardia. Quirísofo le concedió los peltastas del frente, sustituyéndolos por los que iban en el centro del cuadro.
Pusiéronse, pues, en marcha con toda la rapidez posible. Los enemigos que estaban sobre la colina, al ver que se dirigían a la cumbre, se lanzaron inmediatamente para llegar antes que ellos. Entonces se levantó un gran griterío entre el ejército griego, animando a sus compañeros, mientras que los soldados de Tisafernes no gritaban menos animando a los suyos. Jenofonte, galopando al lado de su tropa, la animaba: «¡Soldado! —decía—, considerad que estáis ahora luchando por la Grecia, por vuestros hijos y por vuestras mujeres, y que con un pequeño esfuerzo marcharemos en lo sucesivo sin combate.» Entonces, un tal Soteridas, de Sición, le dijo: «Jenofonte, no estamos en las mismas condiciones. Tú vas a caballo; en cambio, yo marcho difícilmente con mi escudo encima.» Al oír esto, Jenofonte saltó del caballo, echó al soldado fuera de las filas y quitándole el escudo se puso a marchar con la mayor rapidez posible, y como llevaba encima la armadura de jinete iba aplastado con el peso. A los de adelante les exhortaba que avanzasen y a los de atrás que se uniesen a los otros mientras él los seguía con trabajo. Los demás soldados golpearon a Soteridas, le arrojaron piedras y le insultaron hasta obligarle a coger su escudo y marchar. Jenofonte subió entonces a su caballo y siguió en él mientras el camino lo permitió; después, apeándose del caballo, continuó a pie a toda prisa. Por fin, llegaron a la cima antes que los enemigos».


3) Cuando Alejandro marchaba a la cabeza de sus tropas un día de invierno, se sentó cerca de un fuego y comenzó a examinar las tropas mientras pasaban. Notando que cierto soldado estaba casi muerto por el frío, le ofreció a que se sentara en su lugar, añadiendo: "si hubieras nacido entre los persas, sería un delito capital sentarte en el asiento del rey; pero ya que naciste en Macedonia, ese privilegio es tuyo.

Nota: Quinto Curcio Rufo, 8:4 §§ 15-17 : «Los unos se refugiaron en las cabañas de los bárbaros, que la necesidad les hizo divisar escondidas en el extremo del bosque, otros en el campamento que establecieron en una tierra húmeda todavía; pero la crudeza del tiempo iba amainando. Esta tormenta hizo perder dos mil hombres, entre soldados, cantineros y servidores. Se dice que fueron vistos algunos, recostados en los árboles que no sólo parecían seres vivientes aún, sino conversar entre ellos, de tal manera conservaban la actitud en la que la muerte les había sorprendido. Por azar, un simple soldado macedonio, que no podía sostenerse él y sus armas, con todo, había podido llegar al campamento. Habiéndole visto el rey, aunque en aquellos momentos estaba rehaciéndose al amor de la lumbre, se levantó rápidamente de su asiento y mandó que aquel soldado entumecido y casi sin sentido se sentase, aligerado de sus armas, en su propio sitio. Durante mucho rato, el soldado no supo ni en dónde descansaba ni quien le había acogido. Cuando por fin hubo recobrado el calor vital y vio el sitial del rey y al propio rey, se levantó asustado. Mirándole, le dijo Alejandro: «¿Comprendes, soldado, cuánto mejor es la situación en que vivís bajo vuestro rey que la de los persas? Pues para ellos, el mero hecho de haberse sentado en la silla del rey sería causa de muerte y para ti lo ha sido de salvación.»

4) Cuando el Divino Vespasiano Augusto se enteró que cierto joven, de buena cuna pero mal adaptado al servicio militar, había recibido un alto nombramiento a raíz de sus difíciles circunstancias, Vespasiano le dió una suma de dinero, y le concedió una baja honorable.

 

 

 

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