III.
SOBRE LA DETERMINACIÓN
(LA
VOLUNTAD DE GANAR)
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1) Cuando los soldados de Cneo Pompeyo amenazaron con
saquear el dinero que se llevaba para el triunfo, Servilio y Glaucia le
instaron a distribuirlo entre las tropas, a fin de evitar el estallido
de un motín. Pompeyo declaró inmediatamente que renunciaría
a un triunfo, y moriría antes que ceder a la insubordinación
de sus soldados; y después de censurarlos en un lenguaje vehemente,
arrojó en sus rostros las fasces coronadas con laurel, dando a
entender que podían comenzar su saqueo capturando éstas.
Por medio del rencor así demostrado, redujo a sus hombres a la
obediencia.
Nota:
Año 79 a.de C. Plutarco, Pompeyo,14 :
«Pidió Pompeyo por estos últimos sucesos el
triunfo, y fue Sila el que le hizo oposición, pues la ley
no lo concede sino al cónsul o al pretor, y a ningún
otro; por lo mismo el primero de los Escipiones, que consiguió
en España de los Cartagineses más señaladas
victorias, no pidió el triunfo, porque no era ni cónsul
ni pretor; decía, pues, que si entraba triunfante en la
ciudad Pompeyo, que todavía era imberbe, y por razón
de la edad no tenía cabida en el Senado, se harían
odiosos: en el mismo Sila la autoridad, y en Pompeyo este honor.
De este modo le hablaba Sila para que entendiera que no se lo
consentiría, sino que le sería contrario y reprimiría
su temeridad si no desistía del intento. Mas no por esto
cedió Pompeyo, sino que previno a Sila observase que más
son los que saludan al Sol en su oriente que en su ocaso, dándole
a entender que su poder florecía entonces y el de Sila
iba decreciendo y marchitándose. No lo percibió
bien Sila, y observando por los semblantes y el gesto de los que
lo habían oído que les había causado admiración,
preguntó qué era lo que había dicho, e informado,
aturdiéndose de la resolución de Pompeyo, dijo por
dos veces seguidas: “que triunfe, que triunfe”. Como
otros muchos mostrasen también disgusto e incomodidad,
queriendo Pompeyo- según se dice- mortificarlos más,
intentó ser conducido en la pompa en carro tirado por cuatro
elefantes, porque en la presa había traído muchos
del África, de los que pertenecían al rey; pero
por ser la puerta más estrecha de lo que era menester,
abandonó esta idea y hubo de contentarse con caballos.
No habían los soldados conseguido todo lo que se habían
imaginado, y como por esto tratasen de revolver y alborotar, dijo
que nada le importaba y que antes dejaría el triunfo que
usar con ellos de adulación y bajeza. Entonces Servilio,
varón muy principal y uno de los más se habían
opuesto al triunfo de Pompeyo: “Ahora veo- dijo- que Pompeyo
es verdaderamente grande y digno del triunfo”, Es bien claro
que si hubiera querido habría alcanzado fácilmente
ser del Senado, sino que, como dicen, quiso sacar lo glorioso
de lo extraordinario; porque no habría tenido nada de maravilloso
el que antes de la edad hubiera sido senador, y era mucho más
brillante haber triunfado antes de serlo; y aun esto mismo contribuyó
no poco para aumentar hacia él el amor y benevolencia de
la muchedumbre, porque mostraba placer el pueblo de verle después
del triunfo contado entre los del orden ecuestre».
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2)
Cuando estalló un sedición en el tumulto de la guerra civil,
y el sentimiento se hallaba bastante alterado, Cayo César despidió
del servicio a una legión entera, decapitando a los líderes
de la rebelión. Más tarde, cuando los hombres que había
despedido le rogaron que les aliviara de su verguenza, restableció
las filas y tuvo en ellos a los mejores soldados.
Nota:
Año 49 a.de C. Suetonio, César, 69 : «Ninguna
sedición se produjo en el ejército durante los diez
años de guerra en las Galias; estallaron algunas durante
las civiles, pero las dominó en seguida con autoridad más
bien que con indulgencia. Nunca cedió ante los amotinados,
sino que marchó constantemente a su encuentro. En Plasencia
licenció toda la legión novena, a pesar de que Pompeyo
permanecía aún en armas, y no sin gran trabajo,
después de numerosas y apremiantes súplicas y de
haber castigado a los culpables, consintió en rehabilitarla».
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3)
Postumio, siendo ex cónsul, después de haber apelado a la
valentía de sus tropas, y después de haber sido preguntado
acerca de qué órdenes había dado, les dijo que lo
imitaran. Inmediatamente tomó un estandarte y condujo el ataque
contra el enemigo. Su soldados le siguieron y consiguieron la victoria.
4)
Claudio Marcelo, después de haber caído inesperadamente
sobre algunas tropas galas, giró su caballo en círculo,
mirando alrededor alguna manera de escapar. Viendo peligro en cada mano,
con una oración a los dioses, irrumpió en el medio del enemigo.
Por su increíble audacia los consternó, mató a su
líder (2), y llevó el spolia opima (3) a una situación
donde apenas les quedó una esperanza de salvar su vida.
Nota:
Año 222 a.de C. Valerio Máximo, 3:2 §
5 : «No debe separarse tampoco el recuerdo de Marcelo
de los dos ejemplos anteriores. Tal fue su intrepidez que atacó
sobre las riberas del Po con algunos jinetes a un rey de los galos
secundado por un numeroso ejército. Le cortó la
cabeza y le quitó en seguida sus armas con las que hizo
homenaje a Júpiter Feretriano».
2) Viridomaro,
el insubrio.
3)Despojos tomados por un comandante victorioso del jefe enemigo.
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5) Lucio Paulo, después de la pérdida de
su ejército en Cannas, habiéndosele ofrecido un caballo
a través de Léntulo con el cual efectuar su fuga, se negó
a sobrevivir a la catástrofe, aunque no había sido ocasionada
por él, y permaneció sentado sobre la roca contra en la
que se había inclinado al ser herido, hasta que fue dominado y
apunalado por el enemigo.
| Nota:
Año 216 a.de C. Livio, 22:49 : «En otro punto,
Paulo Emilio, aunque herido gravemente de una pedrada desde el principio
de la acción, se lanzó frecuentemente a lo más
recio de la pelea delante de Aníbal, y restableció
el combate en diferentes sitios, sostenido por los jinetes romanos,
que al fin echaron pie a tierra, cuando el cónsul no tuvo
ya fuerzas bastantes para regir su caballo. Habiendo dicho en seguida
a Aníbal que el cónsul acababa de desmontar a sus
jinetes, refiérese que exclamó: "Tanto valía
entregármelos atados de pies y manos". Este combate
de jinetes a pie fué como debía ser cuando ya no era
dudosa la victoria del enemigo: los vencidos preferían morir
en su puesto a huir; los vencedores, irritados por lo.que demoraban
la victoria, mataban a aquellos hombres que no podían rechazar,
ahuyentando solamente a algunos extenuados por la fatiga y las heridas.
Entonces fué general la derrota, y todos los que pudieron
hacerlo, montaron en sus caballos para huir. Cn. Léntulo,
tribuno de los soldados, al pasar cerca del cónsul, que estaba
sentado en una piedra y cubierto de sangre, le dijo: "Paulo
Emilio, único inocente de la tremenda falta de esta jornada,
tú mereces la protección de los dioses; toma este
caballo, mientras te quedan algunas fuerzas; yo puedo llevartey
defenderte. No hagas más siniestra aún esta jornada
con la muerte de un cónsul; sin ella, habrá demasiado
luto y lágrimas". El cónsul contestó:
"Valor, Cornelio, pero no pierdas por vana compasión
el poco tiempo que te queda para escapar al enemigo. Parte, ve a
decir al Senado que fortifique a Roma, que la provea de defensores,
antes de la llegada del enemigo victorioso. Di en particular a Fabio
que Paulo Emilio ha vivido y muerto fiel a sus preceptos. Pero déjame
sucumbir en medio de mis soldados, para no verme acusado de nuevo
al terminar mi consulado, o para no ser acusador de mi colega, para
salvar mi honor a expensas del suyo". En este momento llegó
un grupo de fugitivos, después otro más numeroso de
enemigos, que cubrieron al cónsul de venablos sin conocerle.
Léntulo se vió arrebatado por su caballo en medio
del tumulto, y desde entonces aquello fué una fuga a la desbandada.
Siete mil hombres se refugiaron en el campamento pequeño,
diez mil en el grande y cerca de dos mil en el pueblecillo de Cannas,
donde en el acto les envolvió la caballería de Cartalón,
no teniendo el pueblo defensa alguna. El otro cónsul, por
casualidad o deliberadamente, no siguió a ninguno de estos
cuerpos, y llegó a Venusia con unos setenta jinetes. Dicese
que Roma perdió cuarenta y cinco mil infantes y dos mil setecientos
caballeros, en partes casi iguales de ciudadanos y aliados. Contáronse
entre los muertos los dos cuestores de los cónsules, L. Atilio
y L. Furio Bibáculo; veintiún tribunos militares,
muchos consulares, pretorianos o edilicios, entre ellos Cn. Servilio
Gemino y M. Minucio, jefe de los caballeros el año anterior
y cónsul algunos años antes; además, ochenta
senadores o antiguos magistrados a quienes su cargo debía
dar ingreso en el Senado y que se habían alistado voluntariamente
en las legiones. Dícese que el enemigo se apoderó
también de 3.000 infantes y 300 jinetes». |
6) El colega de Paulo, Varrón, mostró mayor
resolución aún en continuar vivo después del mismo
desastre, y el Senado y el pueblo le agradecieron "porque",
dijeron ellos, " no perdió la esperanza en la república."
A través de toda su vida dio pruebas de que había permanecido
vivo no por el deseo de vivir, sino debido al amor por su país.
Soportó su barba y pelo sin recortar, y nunca después tomó
alimento en la mesa reclinado. Incluso cuando le fueron decretados honores
por la gente, los rehusó, diciendo que el Estado necesitaba magistrados
más afortunados que él.
Nota:
Livio, 22:61 : «Sin embargo, tantas defecciones agravadas
por la de los aliados, no pudieron reducir a Roma a hablar de la
paz, ni antes de la llegada del cónsul a la ciudad, ni cuando
se presentó y renovó el recuerdo de la última
derrota. Y hasta en esta ocasión mostró Roma tanta
grandeza de ánimo, que al regreso del cónsul, causa
principal del desastre, todos los órdenes se apresuraron
a recibirle dándole gracias porque no había desesperado
de la república: si hubiese sido general de los cartagineses
no le habrían perdonado ningún suplicio».
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7) Después de la derrota aplastante de los romanos
en Cannas, cuando Sempronio Tuditano y Cneo Octavio, tribunos de los soldados,
fueron sitiados en el campamento más pequeño (2), impulsaron
a sus compañeros a desenvainar sus espadas y acompañarlos
en una carrera a través de las fuerzas del enemigo, declarando
que ellos mismos estaban resueltos en este curso, aun si nadie más
poseyera el coraje de abrirse camino. Aunque entre la muchedumbre vacilante
fueron encontrados sólo doce caballeros y cincuenta soldados de
infantería que tenían el coraje para acompañarlos,
ellos alcanzaron Canusium indemnes.
Nota:
Año 216 a.de C. Livio, 22:50 : «Tal fué
la batalla de Cannas, tan famosa como la de Alia, pero menos grave
en verdad en cuanto a sus consecuencias, porque el enemigo se
detuvo, pero más terrible y funesta por la matanza que
se hizo en las legiones romanas. La derrota de Alia entrega a
Roma y salvó al ejército; pero en la de Cannes,
al cónsul que escapó apenas le siguieron setenta
hombres; y el otro pereció con casi todo el ejército.
Como la multitud refugiada en los dos campamentos se encontraba
sin jefes y casi sin armas, los del campamento grande enviaron
"a invitar a los del pequeño a que se reuniesen con
elles, mientras que el enemigo, cansado del combate y de la alegría
de los festines, se entregaba al reposo de la noche para marchar
juntos a Canusia". Unos rechazaban en absoluto la proposición.
"¿Por qué los que les llamaban no acudían
ellos mismos, puesto que allí también podia verificarse
la unión? Sin duda porque el espacio que separaba los dos
campamentos estaba lleno de enemigos y preferían exponer
la vida de los otros a la propia a peligro tan grave". Los
otros hubiesen aceptado gustosos el consejo, pero les faltaba
el valor. Entonces P. Sempronio Tuditano, tribuno de los soldados,
les dirigió estas palabras: "¿Preferiréis
acaso que se apodere de vosotros un enemigo avaro y cruel, ver
puestas a precio vuestras cabezas, exigidos rescates por un vencedor
insolente, que os preguntará si sois ciudadanos romanos
o aliados latinos, y hará de vuestras miserias y baldones
honor para otro? ¡No! contestaréis, si sois dignos
conciudadanos de Paulo Emilio, que ha preferido morir con honra
a vivir en la vergüenza, y de tantos valerosos soldados que
han caido en derredor suyo. Antes de que nos sorprenda el día
y que acudan en mayor número los enemigos Para cerrarnos
el paso, abrámonos camino a través de los que, confundidos
y desordenados, se agitan con tanto tumulto en nuestras puertas.
El hierro y la audacia se abren paso a través de las filas
más apretadas; formados en columna, pasaremos sin obstáculo
en medio de esa tropa desbandada. Que me sigan, pues, los que
quieren salvarse y salvar a la república." Dicho esto,
empuñó la espada y pasó en columna cerrada
a través del enemigo; y como su flanco derecho encontraba
descubierto y a merced de los venablos de los númidas,
pasaron el escudo al brazo derecho. En número de seiscientos
próximamente, llegaron al otro campamento; y desde allí,
reunidos con numero más considerable, Ilegaron sanos y
salvos a la ciudad de Canusia. En todo esto, los vencidos obraban
por el impulso que daba a cada uno su carácter o la casualidad,
mas bien que por deterrninación común o por orden
de alguno».
2) Cuando
los romanos alcanzaron Cannas, armaron dos campamentos, estando
el más grande emplazado en la ribera NO del Aufidus y el
más pequeño en la ribera SE, separados por alrededor
de 1¼ de milla, según Polibio. Antes de la batalla
Aníbal transfirió su campo de la ribera oriental
a la occidental.
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8) Cuando Cayo Fonteyo Craso estaba en España,
salió con tres mil hombres en una expedición en busca de
alimentos y fue envuelto en una difícil posición por Asdrúbal.
A principios de la noche, en un momento en que tal cosa era lo menos esperado,
habiendo comunicado su objetivo sólo a los centuriones de la primera
fila, se abrió camino entre los piquetes del enemigo.
9) Cuando el cónsul Cornelio fue sorprendido en
una difícil posición por el enemigo en la Guerra Samnita,
Publio Decio, tribuno de los soldados, lo urgió a enviar una pequeña
fuerza para ocupar una colina vecina, y se ofreció para actuar
como líder de aquellos a quien debería enviar. El enemigo,
así desviado a un sitio diferente, permitió que el cónsul
escapara, pero rodeó a Decio y lo sitió. Decio, sin embargo,
se libró de este apuro haciendo también una salida por la
noche, y escapó ileso junto con sus hombres y se reunió
con el cónsul.
| Nota:
Año 343 a.de C. Livio, 7:34-35-36 (fragmento muy
extenso para ser reproducido).
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10) Bajo el cónsul Atilio Calatino fue hecha la
misma cosa por un hombre cuyo nombre es diversamente registrado. Unos
dicen que se llamaba Laberio, y algunos Quinto Cedicio, pero la mayoría
lo da como Calpurnio Flamma. Este hombre, viendo que el ejército
había entrado en un valle, cuyos lados y todas las partes dominantes
había ocupado el enemigo, pidió y recibió del cónsul
trescientos soldados. Después de exhortarlos a salvar el ejército
con su valor, se internó en el centro del valle. Para aplastarlo
a él y a sus seguidores, el enemigo descendió de todos los
sitios, pero, sosteniendo una batalla larga y feroz, permitió así
al cónsul una oportunidad para librar a su ejército.
| Nota:
Año 258 a.de C. Livio, 22:60 : «Citó
el ejemplo de nuestros mayores, el de Decio, tribuno de los soldados
en el Samnio; y del tiempo de nuestra juventud en la primera guerra
púnica, el de Calpurnio Flamma, que, marchando con trescientos
voluntarios, para apoderarse de una altura situada en medio de los
enemigos, les dijo: "Muramos, soldados, y con nuestra muerte
libremos a nuestras regiones rodeadas."»
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11) Cayo
César, cuando estaba por luchar contra los germanos y su rey Ariovisto,
en un momento en el que sus propios hombres habían entrado en pánico,
reunió a sus soldados y declaró a la asamblea que durante
aquel día se proponía emplear los servicios sólo
de la décima legión. De esta manera hizo que los soldados
de esta legión se sintieran movidos por su tributo a su heroísmo
único, mientras el resto fue abrumado con la mortificación
por pensar que la reputación por el coraje debería ser adjudicada
a otros.
| Nota:
Año 58 a.de C. Julio César, Guerras Civiles, 1:39
: «Eran tres, como arriba queda declarado, las legiones
de Afranio; dos las de Petreyo, sin contar unas ochenta cohortes
de soldados españoles: las de la España Citerior con
escudos, y los de la Ulterior con adargas, y al pie de cinco mil
caballos de una y otra provincia. César había enviado
delante de sí sus legiones a España, y de tropas auxiliares
seis mil infantes y tres mil caballos, que le habían servido
en todas las guerras pasadas, fuera de otros tantos escogidos por
su mano en la Galia, llamando de cada ciudad con expresión
de nombre los más nobles y valientes de todos. Entre éstos
venía la flor de Aquitania y de las montañas confinantes
con la Provincia Romana. Como corrió el rumor que Pompeyo
pensaba en pasar por la Mauritania con las legiones a España
y que muy en breve vendría, tomó dinero prestado de
los tribunos y centuriones y distribuyólo a los soldados.
Con lo cual logró dos cosas: el empeñar en su partida
a los oficiales con el empréstito, y el ganar las voluntades
de los soldados con el donativo».
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12) Un cierto noble espartano, cuando Filipo declaró
que los cercaría por todos lados a menos que el estado se rindiera,
preguntó: "¿No nos prohibirás también
de morir en defensa de nuestro país, verdad?.
| Nota:
Cicerón, Cuestiones Tusculanas, 5:14 § 42 :
«Esta alma humana, si es cultivada, se convierte en entendimiento
perfecto, esto es, en absoluta razón, o lo que es lo mismo,
en virtud. Y si decimos que es feliz aquella naturaleza a la cual
nada falta y en la cual todo es perfecto y absoluto, según
su género, siendo esta condición propia de la virtud,
síguese que todos los hombres que participan de la virtud
serán felices. En esta opinión conviene conmigo Bruto,
y convienen también Xenócrates, Espeusipo y Polembn.
A mí me parecen tales hombres felicísimos. ¿Qué
le falta para la vida feliz al que confía más en sus
propios bienes, o por qué ha de desconfiar el que puede ser
feliz? Me dirás que es cosa necesaria que desconfíe
el que divide los bienes en tres partes. ¿Quién podrá
confiar en la firmeza de su cuerpo, o en la estabilidad de la fortuna?
Y el que no descanse en todo bien estable, permanente y seguro,
de ninguna manera puede ser feliz. Me parece aplicable a esto el
dicho de aquel espartano que contestó a un mercader que se
gloriaba de haber enviado muchas naves al mar: "No estimo mucho
esta fortuna que depende de los vientos." ¿Es cosa dudosa
que no puede contarse entre los bienes lo que puede perderse? Ninguno
de aquellos principios en que la vida feliz consiste, debe ser capaz
de marchitarse ni de extinguir o decaer. El hombre que tema perder
alguno de los bienes que posea, de ninguna manera puede ser dichoso.
Quiero que el hombre a quien yo declare feliz esté seguro,
inexpugnable, fortificado por todas partes, y libre no ya de un
mal pequeño, sino de todo mal. Así como llamamos inofensivo
no a quien levemente ofende sino al que no ofende nunca, así
no debemos considerar libre de todo miedo a quien teme poco, sino
al que carece absolutamente de temor. ¿Qué otra fortaleza
hay sino la que consiste en afrontar la pelea, y en sufrir el trabajo
y el dolor, libre de todo miedo? Me dirás que nada de esto
sucedería si todo el bien consistiese en la sola honestidad.
¿Quién podrá tener aquella tan deseada seguridad,
o carencia de todo dolor, en la cual la vida feliz consiste, y que
no puede ser turbada por esta multitud de males que aquejan al linaje
humano? ¿Quién podrá ser de ánimo excelso
y recto y despreciador de todos Ios accidentes humanos, como todos
queremos que lo sea el sabio, si no hace depender de sí mismo
todas las cosas? ¿No respondieron los lacedemonios a Filipo
cuando los amenazó por sus cartas que los cercaría
por todas partes, no le respondieron, digo, "y nos prohibirás
también. el morir?" ¿No encontraremos un varón
de tal fortaleza corno la que tuvo una ciudad entera? Y si a esta
fortaleza de que hablamos se añade la templanza moderadora
de todas las pasiones, ¿qué puede faltarle para la
vida feliz a aquel a quien la fortaleza le libra del dolor y del
miedo, y a quien la templanza le aparta del apetito y de la petulancia?
Yo probaría que la virtud produce todos estos efectos, sí
no lo hubiese dejado fuera de toda duda en los días anteriores».
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13) Leónidas el espartano, en respuesta a la afirmación
de que los persas crearían nubes con la multitud de sus flechas,
se dice que dijo : “Combatiremos mucho mejor a la sombra”.
Nota:
Cicerón, Custiones Tusculanas, 1:42 § 101 :
«Hombres semejantes los tuvo innumerables nuestra ciudad.
Pero ¡para qué he de nombrar a los jefes y a los capitanes,
cuando Catón escribió que las legiones iban muchas
veces llenas de animosidad a un sitio de donde sabían que
no habían de volver! Con igual valor murieron los lacedemonios
en las Termópilas, y en honor suyo cantó Simónides
:
"Huésped, di a Esparta que nos has visto caer aquí,
obedeciendo las santas leyes de la patria." Y ¿qué
les dijo su capitán Leónidas? "Combatid con valor,
oh lacedemonios; quizás hoy iremos a cenar en los infiernos.."
Fortísima fue esta gente mientras estuvieron en vigor las
leyes de Licurgo. Gloriándose un persa de que la multitud
de las saetas delos suyos eran capaces de oscurecer el sol, le respondió
un espartano: "Entonces pelearemos a la sombra."»
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14) Cuando Cayo Elio, un pretor urbano, asistía
a un tribunal en una ocasión, un pájaro carpintero se posó
sobre su cabeza. Los adivinos fueron consultados y repondieron que, si
al ave se le permitía ir, la victoria correpondería al enemigo,
pero que, si era muerta, el pueblo romano prevalecería, aunque
Cayo y toda su familia perecerían. Elio, sin embargo, no vaciló
en matar al pájaro. Nuestro ejército ganó la batalla,
pero Elio mismo, con catorce miembros de su familia, fueron muertos en
la batalla. Algunas autoridades no creen que el hombre referido fuera
Cayo Elio, sino cierto Lelio, y que eran Lelios, no Elios quienes perecieron.
Nota:
Plinio, 10:18 § 20 : «Estas
aves han mantenido el primer lugar en augurios, en el Lacio, desde
los tiempos del rey (2) que les ha dado su nombre. No puedo pasar
por alto uno de los presagios dado por ellas,. Un pájaro
carpintero vino y se posó sobre la cabeza de Elio Tuberón,
el pretor urbano, sentado en su tribunal dispensando justicia
en el Foro, y mostró tal domesticación como para
permitir que fuera tomado con la mano; sobre lo que los augures
declararon que si era dejado ir, el estado estaba amenazado con
peligro, pero de ser muerto, el desastre le acontecería
al pretor; él despedazó al ave en un instante, y
al poco tiempo el presagio se cumplió».
(2) Pico, hijo
de Saturno, rey del Lacio. Era hábil con los augurios,
y se dice que fue transformado en pájaro carpintero.
. |
15)
Dos romanos llevando el nombre de Publio Decio, primero el padre y luego
el hijo, sacrificaron sus vidas para salvar al Estado durante su ejercicio
del cargo. Azuzando a sus caballos contra el enemigo, obtuvieron la victoria
para su país.
Nota:
Año 340 y 295 a.de C. Cicerón, Del sumo bien y el
sumo mal, 2:19 § 61 : «"¿Te parece
que cumple con el pudor el que se entrega sin testigos a la liviandad?
¿No hay cosas torpes por sí mismas, aunque no vayan
acompañadas de ninguna infamia? Y ¿qué hacen
lo fuertes varones? ¿Acaso se arrojan a la pelea y derraman
la sangre por su patria, movidos por cálculo de interés,
o por un cierto ardor e ímpetu de su ánimo? ¿Crees
¡oh Torcuato! que si tu ascendiente oyera nuestras palabras,
había de gustar más de la manera como tú explicas
su hazaña, que de la manera coma la explico yo, diciendo
que nada hizo por su causa y toda por causa de la República,
mientras que tú sostienes que nada hizo sino por su propio
interés? Y si quisieras explanar esto todavía más,
y decir abiertamente que nada hizo sino por causa del deleite, ¿crees
que lo sufriría con paciencia? Concedamos esto: haya enhorabuena
obrado Torcuato para su utilidad, como tú dices (y hablando
de tal varón, prefiero la palabra interés a la palabra
deleite), pero su colega Publio Decio, el primer cónsul que
hubo en su familia, que se sacrificó a los dioses infernales
y se , arrojó a caballo en medio del escuadrón de.
los latinos, ¿pensaba algo en su propio placer? ¿Cuándo
o dónde había de gozarle, si sabía que iba
a morir en seguida, y buscaba aquella muerte con más ardiente
deseo que si pugnara en busca del placer? Y si aquel hecho no hubiera
sido noble y glorioso, ciertamente que no; le habría imitado
su hijo, cuando fué por cuarta vez cónsul; ni tampoco
su nieto, cuando cayó peleando contra Pirró y se ofreció.
por la salud de la República, como la tercer víctima
de su linaje».
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16)
Cuando llevaba adelante la guerra contra Aristónico en Asia en
algún sitio entre Elea y Mirina, Publio Craso cayó en manos
del enemigo y estaba siendo llevado vivo. Desdeñando el pensamiento
del cautiverio para un cónsul romano, usó el palo con el
cual él había animado a su caballo, y sacó con él
el ojo del tracio que lo mantenía cautivo. El tracio, enfurecido
por el dolor, lo apuñaló de muerte. Así, cuando lo
deseó, Craso escapá de la desgracia de la servidumbre.
| Nota:
Año 130 a.de C. Floro, 2:20 «Vencida España
en el Ocaso, Roma disfrutaba de paz en el Oriente; y como si esto
no fuera bastante, por desusada y no conocida dicha entraba en posesión
de riquezas y de reinos que en herencia le adjudicaban los mismos
monarcas.
Atalo, rey de Pérgamo, hijo de Eumenes nuestro antiguo aliado
y compañero de, armas, consignó en el testamento la
siguiente cláusula: «Instituyo heredero de mis bienes
al pueblo romano.» Entre estos bienes se encontraba el reino.
Roma adquirió esta nueva provincia, no por medio de la guerra
y de las arrnas, sino, lo que es más justo, por disposición
testamentaria. Difícil nos seria decir si este Estado se
recuperó con más facilidad que se hubo perdido. Aristónico,
joven arrojado y de real estirpe, ganó sin esfuerzo las ciudades
acostumbradas á sufrir el yugo real, y ocupó á
viva fuerza algunas que hicieron resistencia, tales como Minda,
Samos y Colofon. Derrotó e hizo prisionero al pretor Craso,
quien por el buen nombre de Roma y su familia, saca un ojo, valiéndose
de una vara, á uno de los guardias, logrando que le dieran
muerte, que era lo que con semejante hecho se había propuesto.
Aristónico no tardó en ser vencido, capturado por
Perpena, aherrojado en una prisión. Aquilio puso fin a la
guerra asiática empleando—ícrimen horrible!—el
medio de envenenar las fuentes para rendir algunas poblaciones.
Este hecho, si bien apresuró el término de la campaña,
infamó, no obstante, la victoria, pues faltando á
las costumbres de nuestros antepasados y á las leyes divinas,
manchó el honor sin tacha de lag armas romanas».
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17)
Marco, hijo de Catón el Censor, en cierta batalla cayó de
su caballo, que había tropezado. Catón se levantó,
pero notando que su espada se había salido de su vaina y temiendo
la desgracia, se volvió entre el enemigo, y aunque recibió
varias heridas, finalmente recuperó su espada y abrió camino
a sus compañeros.
| Nota:
Año 168 a.de C. Batalla de Pidna. Valerio Máximo,
3:2 § 16 : «Catón el Viejo, del que la
familia Porcia funda su origen, fue más feliz que su posteridad.
En una batalla donde el enemigo lo atacaba vivamente apretándole
de cerca, su espada, escapada de la funda, cayó y se encontró
bajo un grupo de combatientes y rodeada por todas partes por pies
enemigos. Tan pronto como se dió cuenta que le faltaba, prosiguió
con tanta sangre fría como le pareció, no arrancando
con la precipitación que causa el miedo al peligro, sino
de recogerla sin el menor temor. Los enemigos quedaron sorprendidos
por este espectáculo y al día siguiente vinieron a
pedir humildemente la paz». |
18) Los habitantes de Petelia, cuando fueron bloqueados
por los cartagineses, despidieron a los niños y a los ancianos,
debido a la escasez de alimentos. Ellos mismos, conservando la vida en
escondites, humedecidos y luego secados al lado del fuego, con hojas de
árboles y con todas clases de animales, sostuvieron el sitio durante
once meses.
| Nota:
Año 216 a.de C. Apiano, La Guerra de Aníbal, 29 :
«Después de esto, atacando los territorios de los aliados
de Roma, los devastó y puso cerco a Petelia. Sus moradores
eran escasos, pero hicieron con coraje una salida contra Aníbal
y, en compañía de sus mujeres, llevaron a cabo muchos
e importantes actos de valor y quemaban continuamente sus máquinas
de asedio. Las mujeres, en igual medida, rivalizaron en celo con
los hombres. Sin embargo, su número iba siendo reducido en
cada asalto y empezaron a sufrir enormemente por el hambre. Aníbal,
al darse cuenta, los rodeó con un muro y puso a Annón
al frente del cerco. Los de Petelia, cuando se incrementaron sus
sufrimientos, arrojaron primero a aquellos de los suyos inútiles
para el combate fuera de la muralla, al espacio que había
entre el muro y la línea de circunvalación, y contemplaron
sin pena cómo eran muertos por Annón, pues pensaban
que era la suya una muerte afortunada. Los restantes, cuando les
faltó de todo, llevados del mismo criterio se lanzaron a
la carrera contra los enemigos y también en aquella ocasión
realizaron muchos y nobles actos de heroísmo, pero, a causa
de la falta de alimentós y de la debilidad de sus cuerpos,
sin fuerzas ya siquiera para volver, perecieron todos a manos de
los cartagineses. Annón se apoderó de la ciudad y
aún entonces escaparon unos pocos que tenían fuerzas
para correr. Los romanos reagruparon con afán a estos últimos
que estaban diseminados, unos ochocientos, y los restablecieron
de nuevo después de está guerra en su propio país,
llenos de admiración por su lealtad hacia ellos, y por su
valor extraordinario». |
19)
Estando los españoles bloqueados en Consabra, soportaron todas
estas mismas privaciones, pero no rindieron la ciudad a Hirtuleyo.
20) La historia cuenta que los habitantes de Casilino,
sitiados por Aníbal, sufrieron tal escasez de alimento que un ratón
fue vendido por doscientos denarios, y que el hombre que lo vendió
murió de hambre, mientras el comprador vivió. Sin embargo,
los habitantes mantuvieron su lealtad a los romanos.
| Nota:
Año 216 a.de C. Posiblemente, y teniendo en cuenta
las sucesivas devaluaciones y camvios de avaluación de las
monedas, se puede calcular alrededor de 1 dólar por denario.
Plinio, 23:19 : «Cuando la estación
comenzaba ya a dulcificarse, Aníbal sacó sus tropas
de los cuarteles de invierno y volvió delante de Casilino;
porque, si bien habían estado suspendidas las operaciones
del sitio, el bloqueo había continuado, y la guarnición,
lo mismo que los habitantes, habían quedado reducidos a extrema
escasez. El ejército romano estaba bajo las órdenes
de A. Sempronio, habiendo marchado a Roma el dictador para tomar
de nuevo los auspicios. Mucho deseaba Marcelo socorrer a los sitiados,
pero se lo impedía el Volturno, cuyas aguas estaban crecidas,
y los ruegos de los habitantes de Nola y Acerra, que temían
a los campanios si se alejaba el ejército romano. Graco,
que era el único acampado cerca de Casilino, no intentaba
ningún movimiento, por haberle mandado el dictador no emprender
nada en su ausencia, y no había paciencia tan grande que
pudiese resistir ante las noticias que se recibían de Casilino.
Sabíase positivamente que algunos desgraciados de aquellos,
no pudiendo resistir el hambre, se habían precipitado desde
lo alto de las murallas; que otros permanecían sin armas
sobre los parapetos, ofreciendo así sus cuerpor desnudos
a los dardos del enemigo. Graco estaba conmovido ante estas desgracias;
pero no se atrevía a trabar combate sin orden del dictador,
viendo con evidencia que tendría que venir a las manos, si
hacía llevar abiertamente trigo a los sitiados. No esperando
tampoco introducirlo en secreto, hizo recoger en toda la campiña
y llenó considerable número de toneles, advirtiendo
al magistrado de Casilino que recogiese al paso los toneles que
llevase el río. A la noche siguiente, toda la guarnición,
reanimada por la esperanza que le daba el mensajero de Graco, tenía
la vista fija en el río, cuando llegaron los toneles arrastrados
por la corriente. El trigo se repartió por igual parte a
todos. Al día siguiente y en los sucesivos se repitió
lo mismo. Durante la noche se expedían y recibían
los toneles, y por este medio se burlaba la vigilancia de los centinelas
cartagineses. Pero muy pronto continuas lluvias aumentaron por modo
extraordinario la fuerza de la corriente, que en su violencia arrojó
los toneles a la orilla que ocupaban los cartagineses, donde los
vieron detenidos entre los sauces; y habiéndose enterado
Aníbal, tomó precauciones rigurosas para que no pudiese
escapar nada de lo que el Volturno llevase a la ciudad. Los romanos
arrojaron nueces al río, que llevadas por la corriente a
Casilino, las recogían allí con zarzos; pero al fin
llegaron los sitiados a tal punto de escasez, que arrancaban las
correas y el cuero de los escudos y los blandeaban en agua hirviendo
para tratar de alimentarse. Fueron devoradas las ratas y todos los
animales. Arrancaron las hierbas y todas las raíces que se
encontraban al pie de las murallas; y como el enemigo había
labrado toda la tierra vegetal que había fuera de los muros,
los sitiados arrojaron semilla de nabos, por lo que exclamó
Aníbal: "¿Tendré que permanecer delante
de Casilino hasta que crezcan?" Y cuando hasta entonces no
había querido oír hablar de condiciones de paz, consintió
al fin en tratar acerca del rescate de los hombres libres. Fijóse
en siete onzas de oro el precio de cada uno de ellos, y aceptadas
estas condiciones, se rindieron, quedando cautivos hasta que se
pagase todo el dinero; después los enviaron a Cumas, según
lo estipulado. Este relato es más exacto que aquel en que
se dice que Aníbal envió caballería para exterminar
a los que se negaron. La mayor parte de los rendidos eran prenestinos:
de seiscientos setenta que formaban la guarnición, más
de la mitad perecieron por hambre o bajo el hierro. Los demás
regresaron sanos y salvos a Prenesto, con su pretor M. Anicio, que
antes fué escribiente. Existe un monumento que así
lo prueba, y es una estatua de M. Anicio, erigida en el Foro de
Prenesto, cubierta con la coraza, revestida la toga y con la cabeza
velada: otras tres estatuas existen también, con la siguiente
inscripción en una plancha de bronce: "Ofrenda prometida
por M. Anicio a los soldados de la guarnición de Casilino".
La misma inscripción ostentan tres estatuas colocadas en
el templo de la Fortuna». |
21)
Cuando Mitrídates sitiaba Cízico, hizo desfilar a los cautivos
de aquella ciudad y los expuso a los sitiados, pensando así obligar
a la gente de la ciudad a rendirse, por compasión a sus compañeros.
Pero los ciudadanos urgieron a los prisioneros a encontrar la muerte con
el heroísmo, y persistieron en el mantenimiento de su lealtad a
los romanos.
| Nota:
Año 74 a.de C. Apiano, Mitrídates, 73 : «Mitrídates,
aunque tal vez, incluso en sus circunstancias, hubiera podido abrirse
paso a través de los enemigos a causa del gran número
de sus tropas, no consideró esta posibilidad, sino que puso
sitio a Cízico con el material que tenía preparado
para una eventualidad como ésta, considerando que de este
modo enmendaría a un tiempo su mala posición y la
dificultad de avituallamiento. Como tenía abundancia de material
humano en su ejército, acometió toda clase de obras,
bloqueó el puerto con un doble muro y el resto de la ciudad
lo rodeó con un foso. Levantó numerosos terraplenes,
construyó maquinas, torres, arietes protegidos con cobertizos,
una torre rodante de cien codos de alto, sobre la que se alzaba
otra torre provista de catapultas con las que se lanzaban piedras
y proyectiles de todas clases. Dos quinquerremes unidas llevaban
contra el puerto otra torre, de la cual se tendía por medio
de un artilugio mecánico un puente, cuando se acercaban a
la muralla. Cuando tuvo todo dispuesto, llevó en primer lugar
junto a la ciudad a bordo de unas naves a tres mil prisioneros de
Cizico, los cuales, tendiendo sus manos hacia adelante, suplicaban
a sus conciudadanos que fueran clementes con su peligrosa situación
hasta que Pisístrato, el general de los de Cízico,
les hizo saber desde las murallas mediante una proclama,que, puesto
que eran prisioneros, afrontaran con entereza su destino». |
22) Los habitantes de Segovia, cuando Viriato les propuso
devolverles a sus mujeres y niños, prefirieron presenciar la ejecución
de sus amados más que fallar a los romanos.
| Nota:
Años 147 a 139 a.de C. |
23)
Los habitantes de Numancia prefirieron encerrarse en sus casas y morir
de hambre antes que rendirse.
| Nota:
Año 133 a.de C. Séneca, De la Ira, 1:11 : «Pero
contra los enemigos, dicen, la ira es necesaria». Nunca lo
es menos: en la guerra no deben ser los movimientos desordenados,
sino arreglados y dóciles. ¿Qué otra cosa hizo
a los Bárbaros inferiores a nosotros, cuando tienen cuerpos
más robustos, más fuertes y endurecidos en los trabajos,
sino es la ira, perjudicial siempre por sí misma? Al gladiador
también lo protege el arte, y le expone la ira. Además,
¿cómo necesitar la ira cuando la razón consigue
el mismo objeto? ¿Crees, acaso, que el cazador monta en ira
contra las fieras? Espéralas cuando le acometen, las persigue
en su fuga, y la razón hace todo esto en calma. ¿A
qué se debe que tantos millares de Cimbrios y de Teutones
desparramados por los Alpes, fuesen destruidos por tal matanza que,
no quedando mensajero, la fama sola llevó a su país
la nueva de tan inmensa derrota, sino a que la ira reemplazaba en
ellos al valor? Si algunas veces derriba y destruye todos los obstáculos,
frecuentemente también se pierde a sí misma. ¿Quiénes
más animosos que los Germanos? ¿Quiénes más
impetuosos en el ataque? ¿Quiénes más apasionados
por las armas, en medio de las que nacen y crecen, formando su principal
cuidado, mostrándose indiferentes para todo lo demás?
¿Quiénes más endurecidos en los sufrimientos,
cuando la mayor parte de ellos ni siquiera piensan en cubrir sus
cuerpos ni abrigarlos contra los perpetuos rigores de su clima?
Y sin embargo, tales hombres quedan derrotados por los Españoles,
por los Galos, por las endebles tropas del Asia y de la Siberia
antes de que se presente una legión romana; porque nada hay
como la ira para favorecer las derrotas. La razón da disciplina
a esos cuerpos, a esas almas que ignoran las delicias, el lujo y
las riquezas: para no decir nada excesivo, necesario será
que nos fijemos en las antiguas costumbres romanas. ¿Por
qué medio reanimó Fabio las extenuadas fuerzas del
Imperio? Supo contemporizar, esperar, tener paciencia, cosas todas
que no puede hacer el iracundo. El Imperio perecía, encontrándose
ya en la pendiente del abismo, si Fabio hubiese intentado lo que
le aconsejaba la ira. Pero atendió al bien público,
y calculando sus recursos, de los que ni uno solo podía arriesgar
sin arriesgarlo todo, prescindió de resentimientos y venganzas.
Atento solamente a aprovechar las ocasiones, venció la ira
antes de vencer a Aníbal. ¿Qué hizo Escipión?
Alejándose de Aníbal, del ejército púnico
y de todo aquello que debía irritarle, llevó la guerra
al África con lentitud tan calculada, que la envidia puede
acusarle de molicie e indolencia. ¿Qué hizo el otro
Escipión? ¿No se mantuvo con perseverante obstinación
alrededor de Numancia, soportando con firmeza aquel dolor tan personal
como público de ver a Numancia más lenta para caer
que Cartago? Y entre tanto estrecha y encierra al enemigo hasta
reducirlo a sucumbir ajo su propia espada». |
IV.
SOBRE LA BUENA VOLUNTAD Y LA MODERACION |
1)
Quinto Fabio, impulsado por su hijo a tomar una posición ventajosa
al costo de perder unos pocos hombres, preguntó: ¿"quieres
tú ser uno de esos pocos?".
Nota:
Quinto Fabio Máximo Cunctator. Plutarco, Citas de
los romanos, relata esta misma respuesta pero en boca de Cecilio
Metelo y no dirigida a su hijo sino a un centurión : «Cuando
Cecilio Metelo deseaba conducir a sus hombres contra un sitio fortificado,
un centurión le dijo que con la pérdida de tan solo
diez hombres Metelo podía conquistar el lugar. Metelo le
preguntó si él quería ser uno de esos diez.
|
2) Cuando Jenofonte en una ocasión estaba a caballo
y acababa de ordenar que la infantería tomara posesión de
cierta eminencia, oyó a uno de los soldados murmurar que era materia
fácil para un hombre montado pedir tales empresas difíciles.
Ante esto, Jenofonte se apeó y puso al hombre de las filas en su
caballo, mientras él mismo se apresuró a pie a toda velocidad
a la eminencia que había indicado. El soldado, incapaz de soportar
la vergüenza de esta acción, desmontó voluntariamente
entre los insultos de sus compañeros. Fue con dificultad, sin embargo,
que los esfuerzos unidos de las tropas indujeron a Jenofonte a montar
su caballo y restringir sus energías a los deberes que recaen sobre
un comandante.
| Nota:
Año 401 a.de C. Jenofonte, Anábasis, 3:4 §§
44-49 : «Quirísofo, al ver que los enemigos,
adelantándose, habían ocupado esta altura, mandó
llamar a Jenofonte, que iba a retaguardia, ordenándole que
pasase a la vanguardia con los peltastas. Jenofonte no llevó
a los peltastas, pues acababa de ver a Tisafernes con todo su ejército;
pero picó espuelas a su caballo y, llegado junto a Quirísofo,
le preguntó: «¿Por qué me llamas?»
«Ya puedes verlo —le contestó el otro—.
El enemigo ha ocupado antes que nosotros la altura que domina el
camino. Pero, ¿por qué no has traído a los
peltastas?» Jenofonte le respondió que no le había
parecido bien dejar desamparada la retaguardia cuando los enemigos
se presentaban. «Pero —continuó— es preciso
ver el medio de desalojar de la colina a esos hombres.» Entonces
Jenofonte vio la cumbre de la montaña, situada encima de
donde se encontraba el ejército griego, y que desde ella
un camino conducía a la colina donde estaban los enemigos.
«Lo principal, Quirísofo —dijo—, es que
nos lancemos lo antes posible sobre la cima. Si nos apoderásemos
de ella no podrán mantenerse los que nos cierran el camino.
Si te parece, tú puedes permanecer aquí con el ejército;
yo estoy dispuesto a marchar; pero, si lo prefieres, ve tú
a la montaña y yo me quedaré aquí.» «Dejo
a tu elección lo que quieras», dijo Quirísofo.
Jenofonte respondió que, puesto que era él más
joven, elegía marchar, y le rogó le diese algunos
hombres del frente, pues sería demasiado largo mandarlos
venir de la retaguardia. Quirísofo le concedió los
peltastas del frente, sustituyéndolos por los que iban en
el centro del cuadro.
Pusiéronse, pues, en marcha con toda la rapidez posible.
Los enemigos que estaban sobre la colina, al ver que se dirigían
a la cumbre, se lanzaron inmediatamente para llegar antes que ellos.
Entonces se levantó un gran griterío entre el ejército
griego, animando a sus compañeros, mientras que los soldados
de Tisafernes no gritaban menos animando a los suyos. Jenofonte,
galopando al lado de su tropa, la animaba: «¡Soldado!
—decía—, considerad que estáis ahora luchando
por la Grecia, por vuestros hijos y por vuestras mujeres, y que
con un pequeño esfuerzo marcharemos en lo sucesivo sin combate.»
Entonces, un tal Soteridas, de Sición, le dijo: «Jenofonte,
no estamos en las mismas condiciones. Tú vas a caballo; en
cambio, yo marcho difícilmente con mi escudo encima.»
Al oír esto, Jenofonte saltó del caballo, echó
al soldado fuera de las filas y quitándole el escudo se puso
a marchar con la mayor rapidez posible, y como llevaba encima la
armadura de jinete iba aplastado con el peso. A los de adelante
les exhortaba que avanzasen y a los de atrás que se uniesen
a los otros mientras él los seguía con trabajo. Los
demás soldados golpearon a Soteridas, le arrojaron piedras
y le insultaron hasta obligarle a coger su escudo y marchar. Jenofonte
subió entonces a su caballo y siguió en él
mientras el camino lo permitió; después, apeándose
del caballo, continuó a pie a toda prisa. Por fin, llegaron
a la cima antes que los enemigos».
|
3) Cuando Alejandro marchaba a la cabeza de sus tropas
un día de invierno, se sentó cerca de un fuego y comenzó
a examinar las tropas mientras pasaban. Notando que cierto soldado estaba
casi muerto por el frío, le ofreció a que se sentara en
su lugar, añadiendo: "si hubieras nacido entre los persas,
sería un delito capital sentarte en el asiento del rey; pero ya
que naciste en Macedonia, ese privilegio es tuyo.
| Nota:
Quinto Curcio Rufo, 8:4 §§ 15-17 : «Los
unos se refugiaron en las cabañas de los bárbaros,
que la necesidad les hizo divisar escondidas en el extremo del bosque,
otros en el campamento que establecieron en una tierra húmeda
todavía; pero la crudeza del tiempo iba amainando. Esta tormenta
hizo perder dos mil hombres, entre soldados, cantineros y servidores.
Se dice que fueron vistos algunos, recostados en los árboles
que no sólo parecían seres vivientes aún, sino
conversar entre ellos, de tal manera conservaban la actitud en la
que la muerte les había sorprendido. Por azar, un simple
soldado macedonio, que no podía sostenerse él y sus
armas, con todo, había podido llegar al campamento. Habiéndole
visto el rey, aunque en aquellos momentos estaba rehaciéndose
al amor de la lumbre, se levantó rápidamente de su
asiento y mandó que aquel soldado entumecido y casi sin sentido
se sentase, aligerado de sus armas, en su propio sitio. Durante
mucho rato, el soldado no supo ni en dónde descansaba ni
quien le había acogido. Cuando por fin hubo recobrado el
calor vital y vio el sitial del rey y al propio rey, se levantó
asustado. Mirándole, le dijo Alejandro: «¿Comprendes,
soldado, cuánto mejor es la situación en que vivís
bajo vuestro rey que la de los persas? Pues para ellos, el mero
hecho de haberse sentado en la silla del rey sería causa
de muerte y para ti lo ha sido de salvación.»
|
4)
Cuando el Divino Vespasiano Augusto se enteró que cierto joven,
de buena cuna pero mal adaptado al servicio militar, había recibido
un alto nombramiento a raíz de sus difíciles circunstancias,
Vespasiano le dió una suma de dinero, y le concedió una
baja honorable.
Capítulos
I y II- III
y IV - III y IV - VII
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