VII.
SOBRE VARIOS AXIOMAS Y ARDIDES
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1) Cayo César solía decir que él
siguió la misma política hacia el enemigo que muchos doctores
seguían tratando las dolencias físicas, a saber, aquella
de conquistar al enemigo por el hambre más bien que por el acero.
Nota:
Vegecio, 3:3 y 3:26 : «El hambre provoca
más destrozos en un ejército que el enemigo y es
más terrible que la espada. El tiempo y las ocasiones pueden
ayudar a reparar otras desgracias, pero cuando no se proporcionan
víveres y forrajes cuidadosamente, el hambre no tiene remedio.
El mayor y principal punto en la guerra en asegurarse provisiones
de sobra y destruir al enemigo por hambre. Un cálculo exacto,
así pues, debe ser efectuado al comienzo de la guerra teniendo
en cuenta el número de tropas y el gasto a realizar; para
que las provincias puedan reunir y transportar en tiempo el forraje,
grano y las demás clases de provisiones que se les requieran.
Deben ser más que suficientes en cantidad y almacenadas
en las ciudades más fuertes y convenientes antes de dar
comienzo a la campaña. Si las provincias no pueden suministrar
sus cuotas, se les permutará por dinero para comprar todas
las cosas necesarias para el servicio. Pues las posesiones de
los súbditos no se pueden asegurar más que con la
defensa de las armas»
«Es mucho mejor derrotar al enemigo por hambre, sorpresa
o terror que en batallas campales pues, en última instancia,
la fortuna ha tenido a menudo más cuenta que el valor.
Tales empeños resultan mejores cuando el enemigo los ignora
completametne hasta el instante en que se ejecutan. En la guerra,
se depende más a menudo de la casuallidad que del valor».
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2)
Domicio Corbulón solía decir que el pico era el arma con
la cual se debía vencer al enemigo.
3)
Lucio Paulo solía decir que un general debía ser un anciano
en cuanto a su carácter, significando así que debían
seguirse los consejos moderados.
Nota:
Livio, 44:36 : «Había pasado ya el solsticio
de verano, era cerca de mediodía y las tropas habían
marchado bajo los rayos del sol y entre nubes de polvo: Dejábanse
sentir el cansancio y la sed, y como se encontraban en medio del
día, necesariamente habían de aumentar. Emilio decidió
no arriesgar sus soldados fatigados contra tropas frescas y que
nada habían perdido de sus fuerzas. Pero los dos bandos
se encontraban animados de tan vivo ardor, que necesitó
el cónsul tanta habilidad para engañar a sus tropas
como a las enemigas. Como no estaban todavía formadas las
filas, excitó a los tribunos para que ordenasen a los soldados
en batalla, recorrió las filas y enardeció a todos
con sus palabras. Al principio pidieron los romanos la señal
con alegres gritos; pero muy pronto, a medida que aumentaba el
calor, decayó su animación y sus gritos no fueron
tan intensos, inclinándose algunos sobre los escudos o
apoyándose en los venablos. Entonces el cónsul mandó
en alta voz a los centuriones de las primeras filas que trazasen
la línea del campamento y ordenasen apear el bagaje. Ejecutóse
la orden, y los soldados manifestaron abiertamente su satisfacción
por no haberles obligado el cónsul a combatir, fatigados
como se encontraban por la penosa marcha y por aquel intenso calor.
Emilio tenía en derredor suyo sus legados y los jefes de
sus tropas auxiliares, entre ellos Atalo. Todos estaban persuadidos
e que el cónsul quería combatir, y lo habían
aprobado; pero no había revelado su propósito a
nadie, ni siquiera el de aplazamiento. Impresionados por aquel
repentino cambio, todos guardaban silencio: solamente Nasica se
atrevió a decir al cónsul "que no debía
dejar escapar a un enemigo que tantas veces había burlado
la experiencia de los generales que le precedieron con su habilidad
para evitar el combate.- Era de temer, dijo, que si le dejaban
decampar durante la noche, costase mucho trabajo y se corriese
mucho peligro persiguiéndole hasta el interior de Macedonia.
El ejército romano se vería obligado, como bajo
los generales anteriores, a vagar errante por los desfiladeros
y gargantas impracticables -de las montañas. Por su parte
excitaba encarecidamente al cónsul para que atacase al
enemigo, puesto que le tenia en frente, en campo llano, y a no
perder ocasión tan propicia para vencerlo". No ofendieron
al cónsul las francas observaciones de aquel ilustre joven.
"Y yo también, Nasica contestó — he pensado
otras veces como tú piensas ahora; día llegará
en que pienses como yo pienso hoy. Larga experiencia de la guerra
me ha enseñado cuándo se debe combatir y cuándo
debe evitarse. No es delante del enemigo donde puedo decirte los
motivos por los que conviene hoy aplazar el combate. En otra circunstancia
te los manifestaré; que en este instante te baste la autoridad
de un antiguo general". El joven guardó silencio,
persuadido de que al general le detenían obstáculos
que escapaban a su penetración».
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4)
Cuando la gente decía de Escipión el Africano que adolecía
de falta de agresividad, se dice que contestó: «Mi madre
me crió como un general, no como un guerrero».
5) Cuando un Teutón desafió a Cayo Mario
y le pidió que se adelantara, Mario contestó que, si el
hombre estaba deseoso de encontrar la muerte, él podría
terminar su vida con un dogal. Entonces, cuando el hombre persistió,
Mario lo confrontó con un gladiador de tamaño despreciable,
cuya vida estaba casi agotada, y dijo al Teutón que, si derrotaba
primero a este gladiador, él lucharía entonces con él.
6) Después que Quinto Sertorio aprendió
por experiencia que él no era de modo alguno rival para el ejército
romano entero, y deseoso de demostrar esto a los bárbaros también,
que exigían precipitadamente la batalla, hizo traer a su presencia
dos caballos, uno muy fuerte y el otro muy débil. Luego trajo dos
jóvenes de físico correspondiente, uno robusto, el otro
ligero. Se le encomendó al joven más fuerte que le sacara
la cola entera al caballo débil, mientras se encomendó al
joven más ligero que le sacara los pelos al caballo fuerte, uno
por uno. Entonces, cuando el joven ligero triunfó en su tarea,
mientras el fuerte todavía luchaba en vano con la cola del caballo
débil, Sertorio observó: "por esta imagen les he expuesto,
mis hombres, la naturaleza de las cohortes romanas. Ellos son invencibles
al que las ataca en un solo cuerpo; él que las ataque por grupos
las rasgará y desgarrará».
Nota:
Años 80 a 72 a.de C. Plutarco, Sertorio, 16 : «Abrazaban
el partido de Sertorio todos los de la parte acá del Ebro,
con lo cual el número era poderoso, porque de todas partes
acudían y se le presentaban gentes; pero, mortificado con
el desorden y la temeridad de aquella turba, que clamaba por venir
a las manos con los enemigos, sin poder sufrir la dilación,
trató de calmarla y sosegarla por medio de la reflexión
y del discurso. Mas cuando vio que no cedían, sino que insistían
tenazmente, no hizo por entonces caso de ellos, y los dejó
que fueran a estrellarse con los enemigos, con la esperanza de que,
no siendo del todo deshechos, sino hasta cierto punto escarmentados,
con esto los tendría en adelante más sujetos y obedientes.
Sucedió lo que pensaba, y marchando entonces en su socorro
los sostuvo en la fuga, y los restituyó con seguridad al
campamento.
Queriendo luego curarlos del desaliento, los convocó a todos
al cabo de pocos días a junta general, en la que hizo presentar
dos caballos, el uno sumamente flaco y viejo, y el otro fuerte y
lozano, con una cola muy hermosa y muy poblada de cerdas. Al lado
del flaco se puso un hombre robusto y de mucha fuerza, y al lado
del lozano otro hombre pequeño y de figura despreciable.
A cierta señal, el hombre robusto tiró con entrambas
manos de la cola del caballo como para arrancarla, y el otro pequeño,
una a una, fue arrancando las cerdas del caballo brioso. Como al
cabo de tiempo el uno se hubiese afanado mucho en vano, y hubiese
sido ocasión de risa a los espectadores, teniendo que darse
por vencido mientras que el otro mostró limpia la cola de
cerdas en breve tiempo y sin trabajo, levantándose Sertorio:
“Ved ahí- les dijo-, oh camaradas, cómo la paciencia
puede más que la fuerza; cómo cosas que no pueden
acabarse juntas ceden y se acaban poco a poco; nada resiste a la
asiduidad, con la que el tiempo, en su curso, destruye y consume
todo poder, siendo un excelente auxiliador de los que saben aprovechar
la ocasión que les presenta e irreconciliable enemigo de
los que fuera de sazón se precipitan”. Inculcando continuamente
Sertorio a los bárbaros estas exhortaciones, los alentaba
y disponía para esperar la oportunidad».
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7) El cónsul Valerio Levino, habiendo sorprendido
a un espía dentro de su campamento, y teniendo entera confianza
en sus propias fuerzas, ordenó que el hombre fuera conducido alrededor,
observando que, con el propósito de aterrar al enemigo, su ejército
estaba abierto a la inspección por parte de los espías del
enemigo, tan a menudo como lo desearan.
Nota:
Año 280 a.de C. Eutropio, Epítome de Historia Romana,
2:11 : «La guerra fue al mismo tiempo proclamada
contra los Tarentinos (quiénes son todavía un pueblo
en el extremo de Italia), porque ellos mostraron violencia hacia
algunos embajadores romanos. Este pueblo pidió a Pirro,
rey de Epiro ayuda contra los romanos, quien derivaba su origen
de la familia de Aquiles. Pronto pasó a Italia, y fue entonces
entonces cuando los romanos lucharon por primera vez con un enemigo
de ultramar.
El cónsul Publio Valerio Levino fue enviado contra él,
y habiendo capturado a algunos espías de Pirro, ordenó
que fueran conducidos por el campo, y que fueran exhibidos ante
todo el ejército, y que luego fueran despedidos, de modo
que pudieran contarle a Pirro lo que ocurría entre los
romanos. Poco después tuvo lugar un enfrentamiento y Pirro,
al borde de huir, consiguió la victoria por medio de sus
elefantes, a la vista de los cuales, los romanos, a quien ellos
eran extraños, quedaron enormemente aterrorizados; pero
la noche puso fin a la batalla. Levino, sin embargo, huyó
durante la noche. Pirro tomó mil ochocientos prisioneros
romanos, y los trató con el mayor honor; a los muertos
los sepultó. Observando a aquellos que estaban muertos,
con sus heridas al frente, y con semblantes severos, se dice que
levantó sus manos al cielo, gritando que "él
podría haber sido amo del mundo entero, si tales soldados
hubieran caído a su suerte."
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8) Cedicio, un centurion de la primera línea,
quién actuó como líder en Germania cuando, después
del desastre de Varo , nuestros hombres eran sitiados, temía que
los bárbaros trajeran hasta las fortificaciones la madera que habían
juntado, y prendieran fuego a su campamento. Por lo tanto fingió
necesitar combustible, y envió hombres en cada dirección
para robarlo. De esta manera hizo que los germanos eliminaran el total
de los árboles talados.
| Nota:
Veleyo Patérculo, 2:120 § 4 : «El valor
de Lucius Cedicio, prefecto del campamento, también merece
alabanza, y de aquellos que, encerrados con él en Aliso,
fueron sitiados por una fuerza inmensa de germanos. Venciendo todas
sus dificultades que las necesidades hicieron insoportables y las
fuerzas del enemigo casi insuperables, siguiendo un esquema que
fue cuidadosamente considerado, y utilizando una vigilancia que
estaba siempre alerta, vieron su posibilidad, y con la espada reconquistó
el camino de regreso a sus amigos».
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9) Cneo Escipión, en un combate naval, lanzó
tarros llenos con brea y resina entre los buques del enemigo, a fin de
que el daño pudiera resultar tanto del peso de los proyectiles
como de dispersar su contenido, que serviría como combustible para
un incendio.
| Nota:
Año 343 a.de C. Livio, 7:34-35-36 (fragmento muy
extenso para ser reproducido).
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10) Aníbal sugirió al Rey Antíoco
que lanzara tarros llenos de víboras entre los barcos del enemigo,
a fin de impedir a las tripulaciones, por el miedo a éstas, luchar
y realizar sus deberes náuticos.
| Nota:
Justino, Epítome de la Historia Romana, 32:4 §§
6-7, presenta a Aníbal como sugiriendo este truco a Prusias
: «Luego, como Prusias había sido vencido en tierra
por Eumenes, y trasladó la lucha al mar, Aníbal fue
el autor de la victoria gracias a un plan original: en efecto, ordena
introducir toda suerte de serpientes en cántaros de arcilla
y, en medio de la batalla, las envía sobre los buques de
los enemigos. Los pónticos se burlaron primero de ver a sus
enemigos combatir con cántaros, en hombres que no podían
combatir con espada, pero cuando los buques comenzaron a estar llenos
de serpientes, rodeados por un doble peligro, abandonaron la victoria
al enemigo».
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11) Prusias
hizo lo mismo cuando su flota comenzaba a rendirse.
12) Marco Porcio Catón, habiendo embarcado en
los barcos del enemigo, expulsó de ellos a los cartagineses. Entonces,
habiendo distribuido sus armas e insignia entre sus propios hombres, hundió
muchos barcos del enemigo, engañándolos con su propio equipo.
13) En vista de que los atenienses habían sido
sujetos de ataques repetidos por parte de los Espartanos, en una ocasión,
en el curso de un festival que ellos celebraban fuera de la ciudad en
honor a Minerva, estudiadamente fingieron el rol de adoradores, aún
con las armas ocultas bajo su ropa. Cuando la ceremonia terminó,
no volvieron inmediatamente a Atenas, sino que inmediatamente marcharon
rápidamente sobre Esparta en un momento en el que menos temieron,
y devastaron las tierras de un enemigo cuyas víctimas eran a menudo
ellos.
14) Casio puso fuego a algunos transportes que no eran
de gran uso para nada más, y los envió con un buen viento
contra la flota del enemigo, destruyéndola así por el fuego.
Nota:
Año 48 a.de C. César, Las Guerras Civiles, 3:101
: «Casi al mismo tiempo aportó Casio a Sicilia
con su armada naval de Siria, Fenicia y Cilicia, y hallándose
la de César en dos divisiones, una a cargo de Publio Sulpicio,
pretor en Vibona cerca del Faro, la otra al mando de Marco Pomponio
en el puerto de Mesina, primero surgió aquí Casio
que Pomponio supiese que venía; y encontrándole
asustado sin guardias ni tropa reglada, favorecido de un viento
recio, disparó contra la escuadra de Pomponio unos navíos
de carga atestados de teas, alquitrán, estopa y otras materias
combustibles, abrasó todas sus treinta y cinco naves, de
las cuales veinte eran entoldadas; y fue tan grande el susto que
causó a todos este suceso, que habiendo una legión
entera de guarnición en Mesina, apenas acertaban en la
defensa de la plaza; y a no haber llegado en aquella sazón
noticia de la victoria de César por la posta, los más
tenían por cierto que se hubiera perdido. Pero llegando
estas noticias al mejor tiempo, se mantuvo fuerte. Con que Casio
enderezó de aquí hacia Cibona contra la escuadra
de Sulpicio, y viendo nuestras naves arrimadas a tierra, por este
mismo recelo, él hizo lo mismo que antes. Ayudado del viento
en popa, destacó cerca de cuarenta brulotes, y prendiendo
fuego por los dos costados, cinco navíos quedaron hechos
ceniza. Como las llamas por la impetuosidad del viento se fuesen
extendiendo, los soldados de las legiones veteranas, que por sus
achaques habían quedado en la isla de presidio, no pudieron
sufrir tan grande afrenta, sino que por su propio impulso subieron
a las naves, alzaron anclas, y arrojándose de golpe sobre
la armada de Casio, apresaron dos galeras de cinco órdenes
de remos, una de las cuales montaba él. Pero Casio, saltando
al bote, logró escaparse. De allí a poco se supo
tan ciertamente la función de Tesalia, que hasta los mismos
pompeyanos la creían ya; siendo así que antes la
tenían por invención forjada de los subalternos
y apasionados de César. Con que desengañado Casio,
levantó velas de estas costas con su armada».
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15)
Cuando Marco Livio derrotó a Asdrúbal, y ciertas personas
lo impulsaron a perseguir al enemigo hasta la aniquilación, él
contestó: "deje que algunos sobrevivan para llevar al enemigo
las noticias de nuestra victoria”.
Nota:
Año 207 a.de C. Livio, 27:49 : «Muchos elefantes
fueron muertos por sus conductores o por el enemigo. Aquellos conductores
iban provistos de un cincel y un martillo, y cuando veían
a sus animales enfurecerse y precipitarse en medio de las filas
cartaginesas, les introducían el cincel entre las orejas,
en la articulación que une la cabeza con el cuello, y lo
clavaban con todas sus fuerzas. Este era el medio más rápido
que habían encontrado para terminar con aquellas enormes
masas, cuando no podían ya sujetarlas. Asdrúbal fué
quien primeramente tuvo esta idea. Célebre ya por tantas
hazañas, este general conquistó su última gloria
en esta batalla. Con sus exhortaciones e intrepidez para afrontar
los peligros, sostuvo a los combatientes; y cuando sus soldados,
rendidos de fatiga y desalentados, se negaban a continuar el combate,
les reanimó con súplicas y reconvenciones; rehízoles
en la fuga, y se le vió restablecer el combate en muchos
puntos. En fin, cuando la fortuna se declaró por los romanos,
no quiso sobrevivir a aquel brillante ejército que su nombre
sólo había arrastrado, y lanzando su caballo en medio
de una cohorte romana, murió combatiendo, cual convenía
a un hijo de Amílcar y hermano de Aníbal. En el trascurso
de aquella guerra, jamás jornada alguna fué tan sangrienta
para el enemigo, pudiéndosela considerar como la revancha
de Cannas, tanto por la muerte del general, como por la destrucción
del ejército. Cincuenta y seis mil cartagineses fueron muertos,
cinco mil cuatrocientos quedaron prisioneros y se recogió
inmenso botín de todas clases, especialmente oro y plata,
recobrándose más de tres mil ciudadanos romanos, que
estaban en poder del enemigo. Ésta fué la compensación
de las pérdidas experimentadas en el combate, porque la victoria
había costado cara, pereciendo cerca de ocho mil hombres
entre romanos y aliados. Tan hartos estaban los vencedores de sangre
y de matanza, que a la mañana siguiente, cuando anunciaron
al cónsul Livio que un cuerpo de galos cisalpinos y ligurios,
que no había tomado parte en el combate, que había
escapado de la matanza, huía en masa sin jefes ni enseñas,
sin orden ni disciplina, y que una turma bastaría para destruirlo,
contestó: "Que vivan para que haya testigos que publiquen
su derrota y nuestra gloria».
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16)
Escipión el Africano solía decir que al enemigo no sólo
había que proporcionarle un camino para la huída, sino que
hasta debía estar pavimentado.
| Nota:
Vegecio, 3:21 : «Los generales poco avezados en la
guerra creen una victoria incompleta a menos que el enemigo esté
tan encerrado en su terreno o tan rodeado por el número que
no tenga posibilidad de escapar. Pero en tal situación, donde
no queda esperanza, el propio miedo armará al enemigo y la
desesperación le inspirará valor. Cuando los hombres
se encuentran inevitablemente perdidos, resuelven morir con sus
camaradas y con las armas en las manos. La máxima de Escipión,
que se debe tender un puente de oro al enemigo que huye, debe ser
muy encarecida. Pues cuando tienen una vía de escape no piensan
en otra cosa más que en salvarse huyendo y la confusión
se generaliza, haciéndose gran carnicería de ellos.
Los perseguidores no estarán en peligro al desprenderse los
vencidos de sus armas para huir mejor. En tal caso, cuanto mayor
sea el número del ejército que huye, mayor será
la matanza. La cantidad no tiene importancia cuando las tropas han
caído en la desmoralización y están igualmente
aterrorizadas por la visión del enemigo y la de sus armas.
Por el contrario, los hombres encerrados, por débiles que
estén o pocos que sean, se vuelven un problema para su enemigo
al entender que no tienen más recurso que la desesperación.
Así, según la máxima de Virgilio, “La
seguridad del vencido es la esperanza de no haberla”.
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17)
Paques, el ateniense, declaró en una ocasión que el enemigo
sería perdonado, si dejaban de lado el acero. Cuando todos habían
cumplido con estos términos, ordenó que todos fueran ejecutados,
ya que tenían broches de acero en sus capas.
| Nota:
Año 427 a.de C. Tucídides, 3:34, cita otra
instancia de la astucia traicionera de este personaje : «De
esto avisaron a Paques y a los atenienses por muchos conductos,
y en especial por un espía que enviaron los de Eritras, porque
no estando las ciudades de Jonia cercadas de muros, tenían
gran temor de que los peloponesios, pasando a lo largo por la costa,
aun sin propósito de detenerse, saltaran a tierra por robar
los lugares que hallasen en el camino, y también porque la
Salamina y la Páralos afirmaban que habían visto la
armada de los enemigos en la isla de Claros. Paques hizo vela para
seguir a Álcidas, y le siguió con la mayor diligencia
que pudo hasta la isla de Patmos, mas viendo que no podía
alcanzarle se volvió, juzgando ventajoso, de no encontrarle
en alta mar, no hallarle en otro punto, para no verse forzado a
cercarle su campo, hacer su guardia y acometer. A la vuelta pasó
por la ciudad de Notion, que es de los colofonios, porque Itámanes
y otros bárbaros, aprovechando las contiendas entre los ciudadanos,
habían ocupado la fortaleza de la ciudad, que era a manera
de un burgo o ciudadela apartada de los muros, y después,
a la sazón que los peloponesios entraron la postrera vez
en el Ática, se movió gran discordia entre los nuevos
moradores y los antiguos. Los que habitaban la ciudad se habían
fortificado en los muros entre ésta y el burgo, y teniendo
consigo algunos soldados bárbaros que la ciudad de Pisutnes
y los arcadios les habían enviado, convinieron con los que
estaban en el burgo o ciudadela, que eran del partido de los medos,
en ejercer todos el mando y gobierno de la ciudad, y los que no
quisieron ser de su bando, salieron huyendo y pidieron a Paques
socorro.
Al llegar éste mandó llamar a Hipias, que era capitán
de los del castillo. Acudió éste bajo promesa de que
si no querían hacer lo que Paques les mandase, le enviarían
sano y salvo hasta dentro de la ciudad; pero al llegar fue detenido
y mandó Paques marchar su gente hacia el fuerte donde estaban
los arcadios y los bárbaros, que no sospechaban mal ninguno,
tomándolo por asalto, y matando a todos. En seguida hizo
llevar a Hipias hasta la ciudad, sin hacerle mal ninguno, según
se lo había prometido, mas cuando estuvo dentro, ordenó
matarle a flechazos, y entregó la ciudad a los colofonios,
lanzando fuera a los que habían seguido el partido de los
medos. Hecho esto, los atenienses, que habían sido fundadores
de aquella ciudad, reunieron a los colofonios que pudieron hallar
de los de su bando, y los enviaron a habitar en ella, conforme a
sus leyes y estatutos».
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18) Cuando Asdrúbal invadió el territorio
de los númidas con el propósito de someterlos, y ellos se
disponían a resistir, él declaró que había
venido para capturar a elefantes, un animal que abunda en Numidia. Por
este privilegio ellos exigieron dinero, y Asdrúbal prometió
pagarlo. Habiendo por estas representaciones alejada toda sospecha, los
atacó y los sometió a su poder.
19)
Alcetas, el Espartano, a fin de llevar a cabo más fácilmente
un ataque por sorpresa contra un convoy de suministro de los tebanos,
preparó sus barcos en un lugar secreto, y entrenó a sus
remeros por turnos en una galera sola, como si fuera todo lo que tenía.
Entonces en cierto momento, cuando los buques tebanos iban pasando en
su partida por delante de él, envió todos sus barcos contra
ellos y capturó sus provisiones.
Nota:
Año 377 a.de C. Polieno, 2:7 : «El Lacedemonio
Alcetas, levando anclas delante de Istiée, quiso esconder
a los tebanos que tenía varios navíos armados. Para
este efecto, puso sobre una galera una parte de sus soldados, e
hizo hacer la maniobra de una manera que podía dar a creer
a los enemigos que tenía solamente este buque armado para
la guerra. Por este medio, se hizo dueño de todo lo que estaba
sobre las galeras de los tebanos»..
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20) Cuando Ptolomeo, con una fuerza débil competía
contra el poderoso ejército de Pérdicas, hizo que unos jinetes
llevaran animales de todas las clases, con cepillos sujetos a sus espaldas
para que los arrastraran detrás de ellos. Él siguió
adelante con las fuerzas que tenía. Como consecuencia, el polvo
levantado por los animales produjo el aspecto de que le seguía
un fuerte ejército, y el enemigo, aterrorizado por esta impresión,
fue derrotado.
| Nota:
Año 321 a.de C. Polieno 4:19 : «Cuando Pérdicas
marchó río abajo a Menfis, con la intención
de cruzarlo, Ptolomeo ató su equipaje a varias cabras, cerdos,
y bueyes, y dejó a los pastores con algunos de sus caballos
para conducirlos. El equipaje así arrastrado a lo largo de
la tierra por aquellos animales levantó un polvo prodigioso;
y expuesto pareció la marcha de un ejército numeroso.
Con el resto de su caballería Ptolomeo persiguió al
enemigo, y se acercó a ellos cuando cruzaban el río,
parte habiéndolo pasado ya, y quienes, por el polvo, sospechando
un numeroso ejército en su retaguardia, escaparon, muriendo
otros en el río, y un gran número tomado prisioneros». |
21)
Mirónides, el ateniense, cuando estaba por luchar en una llanura
abierta contra los tebanos, quiénes eran muy fuertes en caballería,
advirtió a sus tropas que, si ellos se plantaban sobre el terreno,
había alguna esperanza de salvación, pero que si ellos cedían
el paso, la destrucción era absolutamente segura. De esta manera
animó a sus hombres y obtuvo la victoria.
| Nota:
Año 457 a.de C. Polieno, 1:35 § 2 : «Mirónides,
mientras conducía a los Atenienses contra Tebas, se detuvo
en una planicie, y ordenó a sus tropas bajar las armas, y
mirar todo alrededor: «Ustedes ven, dijo, la disposición
y la extensión de la planicie, y la numerosa caballería
de los enemigos. Si huimos, es imposible evitar ser deshecho por
esta caballería. La única forma de poder asegurar
nuestra salvación, es permanecer firmes». Fue así
como impidió a sus tropas desbandarse: él se llevó
la victoria, y pasó a la Fócide y a Locris».. |
22) Cuando Cayo Pinario estaba a cargo de la guarnición
de Enna en Sicilia, los magistrados de la ciudad exigieron las llaves
de las puertas que él tenía a su cuidado. Sospechando que
ellos se disponían a pasarse a los cartagineses, pidió sólo
una noche para considerar la materia; y, revelando a sus soldados la traición
de los griegos, los instruyó en prepararse y esperar su señal
en la mañana. Al amanecer, en presencia de sus tropas, anunció
al pueblo de Enna que él entregaría las llaves, si todos
los habitantes de la ciudad estaban de acuerdo en su punto de vista. Cuando
el pueblo entero se reunió en el teatro para definir esta cuestión,
y, con el obvio objetivo de rebelarse, hizo la misma demanda, Pinario
dió la señal a sus soldados y asesinó a todo el pueblo
de Enna.
| Nota:
Año 214 a.de C. Polieno, 8:21 : «Los habitantes
de Enna, resueltos a renunciar a la alianza con los Romanos, pidieron
nuevamente las llaves de las puertas a Pinario, gobernador de la
plaza. «Mañana, dijo, si todo el pueblo reunido lo
ordena por un decreto público, obedeceré». Todo
el pueblo se reunió al día siguiente en el teatro.
Durante la noche, Pinario emboscó bajo el fuerte a los soldados
más vigorosos, y ordenó a otros rodear el teatro y
ocupar las salidas, esperando la señal que les daría.
Los habitantes de Enna reunidos dieron un decreto, por el cual declaraban
su defección. En el momento en que el gobernador dió
la señal, sus soldados se pusieron, unos a lancear a los
traidores de arriba hacia abajo, y otros, que interceptaban los
pasajes, tirando las espadas, golpeaban al pueblo amontonado. Los
habitantes cayeron todos unos sobre otros, y perecieron, salvo algunos
que se colaron por arriba de las murallas, y se escaparon secretamente
por un acueducto». |
23)
Ifícrates, el general ateniense, armó una vez su propia
flota según el estilo del enemigo, y zarpó a cierta ciudad
a cuya gente él veía sospechosa. Siendo bienvenido con entusiasmo
desenfrenado, descubrió así su traición y saqueó
su ciudad.
Nota:
Año 390-389 a.de C. Polieno, 3:9 § 58 : «Ifícrates,
que quería conocer y convencerse de la traición de
los de Quíos que estaban por los intereses de los Lacedemonios,
ordenó a unos capitanes de galeras largarse durante la noche,
y presentarse al día siguiente delante de Quíos, armados
y equipados como los Lacedemonios. Los que estaban por Esparta,
viéndoles, fueron al puerto con mucha alegría. Ifícrates
los rodeó, y los tomó prisioneros, transportándolos
a Atenas para ser castigados allí».
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24)
Cuando Tiberio Graco proclamó que él concedería la
libertad a los esclavos voluntarios que mostraran coraje, pero crucificaría
a los cobardes, aproximadamente cuatro mil hombres que habían luchado
más bien lánguidamente, se juntaron en una colina fortificada
por miedo al castigo. Luego Graco envió hombres a decirles que,
en su opinión, la fuerza entera de los esclavos voluntarios había
compartido la victoria, ya que habían derrotado al enemigo. Por
esta expresión de confianza, los liberó de sus aprehensiones
y los volvió a aceptar.
Nota:
Año 214 a.de C. Livio 24:14-16 :«14. Por los
mismos días el cónsul Q. Fabio hizo una tentativa
sobre Casilino, ocupado por guarnición cartaginesa; y por
otra parte, Hannón marchó del país de los brucios
con numerosa infantería y caballería, y T. Graco,
de Luceria; los dos, como de concierto, se dirigieron sobre Benevento,
entrando Graco desde luego en la ciudad; pero habiendo sabido que
Hannón había acampado a unas tres millas de distancia,
en las orillas del río Caloro, y que desde allí talaba
los campos, salió de la ciudad, colocó su campamento
a mil pasos del enemigo y convocó a sus soldados en asamblea.
Sus dos legiones las formaban en gran parte esclavos alistados voluntariamente.
Hacia dos años que preferían merecer en silencio la
libertad a reclamarla en voz alta. Sin embargo, al dejar los cuarteles
de invierno, T. Graco había oído murmurar a algunos
soldados y preguntar si no combatirían nunca como hombres
libres; por lo que escribió al Senado, no lo que pedían,
sino lo que habían merecido: "Hasta hoy —decía
Graco— les he encontrado valientes y animosos, faltándoles
solamente para ser verdaderos soldados ser libres." El Senado
se encomendó a él para que hiciese lo más conveniente
al interés de la república. Entonces, antes de venir
a las manos con el enemigo, Graco les declaró "que había
llegado para ellas el momento de conquistar la libertad que nor
tanto tiempo habían esperado; que a la mañana siguiente
iba a trabarse el combate en una llanura sin accidentes, descubierta
por todos lados, donde, sin temor de emboscadas, el valor verdadero
decidiría la victoria; que el que trajese la cabeza de un
enemigo, en el acto sería declarado libre; que el que, por
el contrario, huyese, moriría en el suplicio de los esclavos:
cada cual tenía su fortuna en sus manos y no era solamente
el quien les garantizaba la libertad, sino el cónsul M. Marcelo
y todo el Senado, que aceptaba su decisión." Leyoles
las cartas del cónsul y el senatusconsulto, brotando entonces
gritos y aclamaciones unánimes; todos piden el combate y
le instan para que dé la señal. Graco fijó
la batalla para el día siguiente y disolvió la asamblea.
Contentos los soldados, especialmente aquellos cuya libertad debía
ser el precio de su valor en un solo día, emplearon el tiempo
que les quedaba en preparar las armas.
15. Al sonar las trompas a la mañana siguiente fueron los
primeros en reunirse armados delante de la tienda del general. Al
salir el sol, formó Graco sus tropas en batalla y el enemigo
aceptó en seguida el combate: el cartaginés tenía
diecisiete mil infantes, en su mayor parte del Brucio y de la Lucania,
y mil doscientos jinetes que, exceptuando algunos italianos, casi
todos eran númidas y moros. Peleóse con ardor y por
largo tiempo, manteniéndose indecisa la victoria durante
cuatro horas, siendo el mayor estorbo de los romanos que su libertad
había sido puesta al precio de una cabeza; porque en cuanto
un soldado mataba valerosamente a un enemigo, perdía el tiempo
en esforzarse para cortarle la cabeza en medio de la confusión
y del tumulto; y además los más valientes, teniendo
todos en la mano derecha una cabeza, habían cesado de combatir:
solamente los tímidos y los cobardes combatían aún.
Los tribunos de los soldados acudieron a decir a Greco "que
los enemigos que continuaban de pie no recibían heridas;
que los soldados se ocupaban en degollar a los caídos y que
llevaban en la mano, no la espada, sino cabezas humanas." Graco
les manda entonces arrojarlas y lanzarse sobre el enemigo; su valor
estaba bastante probado, era asaz brillante, y los valientes tenían
asegurada la libertad. Entonces comenzó de nuevo el combate
y la caballería se lanzó también contra el
enemigo. Los númidas la recibieron con intrepidez, y adquiriendo
el combate tanta energía entre los jinetes como entre los
peones, queda de nuevo dudosa la victoria. Los dos generales exclaman,
el romano, que no tenían que habérselas más
que con brucios y lucanos, tantas veces vencidos y sometidos por
sus antepasados; el cartaginés, que solamente tenían
delante esclavos de Roma, hombres salidos de la prisión para
ser soldados. En fin, Graco declara a sus tropas "que no esperen
ser libres jamás, si aquel mismo día no queda derrotado
y destrozado el enemigo."
16. De tal manera enardecieron sus ánimos estas últimas
palabras, que lanzando nuevo grito, y transformados repentinamente,
se precipitan con rabia contra el enemigo, que no puede sostener
por más tiempo el choque. En el acto quedaron quebrantadas
las primeras filas de los cartagineses, en seguida las enseñas
y al fin quedó desordenado todo el ejército. Desde
aquel momento no fué dudosa la derrota. Los cartagineses
corren hacia su campamento, tan turbados y aterrados, que ni en
las puertas, ni detrás de las fortificaciones, oponen resistencia.
Los romanos, que les perseguían, entran mezclados con ellos
como si formasen un solo ejército. Encerrados en el interior
del campamento, tienen que librar nueva batalla. El combate estaba
restringido a límites más estrechos, y la matanza
fué más espantosa, ayudando a ella los cautivos, que,
en medio del tumulto, cogen armas, forman grupo, y atacando por
la espalda a los cartagineses, les cortan la retirada. De un ejército
tan numeroso escaparon. menos de dos mil hombres, casi todos jinetes,
con su general a la cabeza; el resto sucumbió o quedó
prisionero, cogiendo también treinta y ocho enseñas.
Los vencedores perdieron cerca de dos mil hombres. Todo el botín,
exceptuando los prisioneros, quedó abandonado a los soldados.
Las bestias se reservaron a sus propietarios que las reconociesen
en el término de treinta días. Cuando el ejército,
cargado con los despojos del enemigo, regresó al campamento,
cerca de cuatro mil voluntarios, que habían combatido flojamente
y no habían entrado con los otros, por temor al castigo,
se refugiaron sobre una colina cerca del campamento. Trayéndoles
a la mañana siguiente los tribunos de los soldados, llegaron
a la asamblea reunida ya por orden de Graco. El procónsul
distribuyó primeramente a los veteranos las recompensas militares,
según se había distinguido cada uno en el combate
por su valor y sus servicios. En cuanto a los voluntarios, dijo:
"que prefería alabarles a todos, lo hubiesen o no merecido,
a castigar a algunos en un día como aquel. Que a todos les
declaraba libres, deseando que aquella determinación fuese
buena, útil y afortunada para la república y para
ellos mismos". Dichas estas palabras, brotaron gritos de entusiasmo;
abrazábanse,felicitábanse, alzaban las manos al cielo,
y pedían para el pueblo romano y para Graco toda clase de
felicidades. Entonces volvió a hablar Graco: "Antes
de haceros a todos iguales por los derechos de la libertad, no he
querido aplicar a ninguno de vosotros el nombre de valiente o de
cobarde. Ahora que la república acaba de pagar su deuda,
como no se debe suprimir la diferencia entre el valor y la cobardía,
tomaré los nombres de aquellos que, conociéndose culpables
de debilidad en el combate, acaban de separarse del ejército.
Haré que se presenten sucesivamente delante de mí,
y les obligaré a jurar que, a menos de enfermedad que se
lo impida, comerán y beberán siempre de pie mientras
dure su servicio. Y os someteréis a este castigo sin murmurar,
si consideráis que no pueda haberlo menor para vuestra cobardía".
En seguida mandó reunir los bagajes, y los soldados, llevando
y conduciendo delante su botín, volvieron a Benevento, entregándose
a transportes de alegría, de manera que parecía regresaban
de una fiesta, de un festín y no de un combate. Los beneventinos
salieron a recibirlos, abrazando a los soldados, felicitándoles
y ofreciéndoles hospitalidad. Todos habían puesto
mesas en los patios de sus casas, y llamaban a los soldados, rogando
a Graco les permitiese que fuesen a sentarse. Graco lo consintió,
pero a condición de que comiesen en público. Cada
vecino sacó su comida a la puerta; los voluntarios, con la
cabeza cubierta con el pileum o gorro de lana blanca, tomaron parte
en el banquete, unos en los lechos, otros de pie, sirviendo y comiendo
a la vez. De regreso a Roma, creyó Graco que el espectáculo
de aquella fiesta merecía quedar pintado en el templo de
la libertad, construido e inaugurado en el monte Aventino, por los
cuidados de su padre, que empleó en su edificación
el dinero procedente de las multas».
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25)
Después de la batalla del Lago Trasimeno, donde los romanos sufrieron
un gran desastre, Aníbal, habiendo convocado a seis mil enemigos
bajo su poder en virtud de un convenio que él hizo, permitió
generosamente a los aliados "de Nombre latino" que volvieran
a sus ciudades, declarando que él emprendía la guerra para
la liberación de Italia. Como resultado, por medio de su ayuda,
recibió en rendición a varias tribus.
Nota:
Año 217 a.de C. Polibio, 3:77, 84-85 : «77.
Llegada la primavera, Flaminio tomó sus legiones, atravesó
la Etruria, y fue a campar a Arrecio. Mientras tanto Servilio marchó
a Arimino para contener por aquella parte el ímpetu del enemigo.
Aníbal durante el cuartel de invierno en la Galia cisalpina
retuvo en prisiones a los romanos que había capturado en
la última batalla suministrándoles escasamente lo
necesario. Mas por lo tocante a los aliados, después de haberlos
tratado por el pronto con toda humanidad, los reunió y les
dijo que él no había venido a pelear contra ellos
sino contra los romanos por su defensa; que era interés suyo
si lo consideraban atentamente, el preferir su amistad; puesto que
el principal motivo de su venida era por restituir la libertad a
los italianos y ayudarles a recobrar las ciudades y campos de que
los romanos les habían despojado. Dicho esto, despidió
a todos a sus casas sin rescate. Su propósito en esto era,
a más de atraer por este medio a su partido los pueblos de
Italia y enajenar sus ánimos de los romanos, conmover asimismo
a aquellos cuyas ciudades o puertos se hallaban bajo el poder romano.
84. Había aquel día una niebla muy
espesa. Lo mismo fue conocer Aníbal que la mayor parte del
ejército había penetrado en el valle, y tocaba ya
con él la vanguardia enemiga, dio la señal de atacar,
y envió orden a los que estaban emboscados para acometer
a un tiempo a los romanos por todos lados. Flaminio se sorprendió
de un lance tan imprevisto. Los jefes y tribunos romanos, rodeados
de una densa niebla que le impedía la vista, y atacados e
invadidos desde lo alto por diferentes sitios, no sólo se
encontraban imposibilitados de acudir a donde era preciso, pero
ni aun entender podían lo que ocurría. Efectivamente,
ya les acometían por el frente, ya por la espalda, ya por
los flancos, de que provenía que los más eran pasados
a cuchillo en la misma forma que iban marchando, sin darles lugar
a ponerse en defensa, vendidos, digámoslo así, por
la impericia de su jefe. Se hallaban aún deliberando lo que
habían de hacer, cuando de improviso descargaba sobre ellos
el golpe de la muerte. Entonces, Flaminio, abatido y desesperanzado
de todo remedio, perdió la vida a manos de ciertos galos
que le atacaron. Perecieron en el valle casi quince mil romanos,
sin poder obrar ni evitar el lance. Esta es una ley inviolable en
su disciplina, no huir ni desamparar las líneas. Los que
a la entrada del desfiladero fueron interceptados entre el lago
y el pie de las montañas, tuvieron una muerte vergonzosa,
o por mejor decir, lastimosa. Impelidos dentro del lago unos, turbado
el sentido se echaron a nadar, y con el peso de las armas se ahogaron;
y los más se metieron hasta donde pudieron, dejando solo
la cabeza fuera del agua. Mas luego que sobrevino la caballería,
viendo inevitable su
ruina, levantaban las manos, pedían la vida, y cometían
todo género de humillaciones; pero al fin, o fueron degollados
por los enemigos, o animándose mutuamente se dieron una muerte
voluntaria. Sólo seis mil hombres de los que entraron en
el valle vencieron a los que tenían al frente; y aunque muy
capaces de contribuir en gran parte a la victoria, ni pudieron dar
socorro a los suyos, ni rodear a los contrarios, por no ver lo que
se hacían. Con el afán de ir adelante, marchaban creyendo
encontrar siempre cartagineses, hasta que sin saber cómo
se hallaron en las cumbres. Situados en lo más alto, y disipada
ya la niebla, advirtieron el estrago ocurrido, e imposibilitados
de hacer algún esfuerzo, por estar ya el enemigo apoderado
de toda la campaña, se retiraron unidos a cierto lugar de
la Etruria. Después de la acción se destacó
allá al capitán Maharbal con los españoles
y lanceros, sitió el lugar por todos lados, y los redujo
a tal escasez que, depuestas las armas, se rindieron bajo la sola
condición de que les salvasen las vidas. Así pasó
en general la batalla que se dio en la Etruria entre romanos y cartagineses.
85. Aníbal, traídos a su presencia
los prisioneros, tanto los que Maharbal había hecho como
los otros, los reúne todos en número de más
de quince mil y ante todo les dice: que Maharbal no tenía
facultades para asegurarles la vida sin haberle consultado. De aquí
tomó motivo para reprender a los romanos; y hecho esto, distribuyó
entre los batallones para que los custodiasen, a cuantos habían
sido capturados. A los aliados los dejó ir todos a sus casas
sin rescate, advirtiéndoles lo mismo que anteriormente había
manifestado, que él no había venido a hacer la guerra
a los italianos, sino a los romanos, por recobrar a ellos la libertad.
Más tarde, dio descanso a sus tropas e hizo los funerales
a treinta de los más principales de su ejército que
habían muerto. La pérdida total ascendía a
mil quinientos hombres, la mayor parte galos. Hecho esto, seguro
ya de la victoria deliberaba con su hermano y demás confidentes
por dónde y cómo adelantaría sus conquistas.
Recibida en Roma la nueva de esta derrota, los magistrados no pudieron
suavizar ni aminorar el hecho por ser un infortunio de tanto bulto;
y así, convocado a junta el pueblo, se vieron en la necesidad
de declararle la verdad del caso. Luego que el pretor dijo desde
la tribuna a los circunstantes: hemos sido vencidos en una gran
batalla, la consternación fue tal, que los que se habían
hallado en una y otra parte, creyeron haber hecho entonces más
estrago estas palabras que la batalla misma. Y con razón,
pues no estando acostumbrados de tiempo inmemorial a escuchar palabra
o acción que confesase su vencimiento, sentían ahora
la pérdida sin medida y sin consuelo. Sólo el Senado
permaneció invariable en el ejercicio de sus funciones, providenciando
lo qué y cómo cada uno había de actuar en adelante».
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26)
Cuando Locri fue bloqueada por Crispino, almirante de nuestra flota, Magón
hizo correr el rumor en el campamento romano que Aníbal había
matado a Marcelo y venía para aliviar Locri del bloqueo. Entonces,
enviando a la caballería en secreto, ordenó que se mostraran
en las montañas, que estaban a la vista. Por hacer esto, hizo que
Crispino abordara sus buques y se largarse, en la creencia de que Aníbal
estaba cerca..
Nota:
Año 208 a.de C. Livio, 27:28 : «Creyendo Aníbal
que la muerte de un cónsul y la herida del otro habían
sembrado espanto entre los enemigos, quiso aprovechar la ocasión
y trasladó en seguida su campamento a la eminencia en que
se verificó el combate. Allí encontró el cadáver
de Marcelo, que mandó sepultar. Asustado Crispino por la
muerte de su colega y por su propia herida, partió a favor
de la noche siguiente, ganó las montañas más
inmediatas, y estableció su campamento en la cumbre más
alta y segura. Entonces se entabló entre los dos generales
lucha de astucia, por una parte para tender lazos y por otra para
burlarlos. Con el cadáver de Marcelo cayó su anillo
en poder de Aníbal. Temiendo Crispino que el general cartaginés
lo emplease como instrumento de engaño y astucia, envió
mensajeros a todas las ciudades vecinas para anunciarles que su
colega había muerto, que el enemigo se había apoderado
de su anillo, y que debían desconfiar de toda carta escrita
a nombre de Marcelo. Acababa de presentarse en Salapia el mensajero
del cónsul, cuando trajeron una carta de Anibal, escrita
a nombre de Marcelo, en la que decía que "a la noche
siguiente llegaría a Salapia y que la guarnición debía
estar preparada por si necesitaba sus servicios". No cayeron
en el lazo los habitantes, comprendiendo que Aníbal, tan
furioso por su defección como por la pérdida de sus
jinetes, buscaba ocasión de venganza. Despidieron al desertor
romano que había servido de mensajero, para que la guarnición
tomase las disposiciones convenientes sin testigos; y los habitantes
se colocaron sobre las murallas y en los puntos que convenía
guardar. Aquella noche se reforzaron los centinelas de las puertas
con especial cuidado, y aquella por donde se esperaba al enemigo
se confió a lo más escogido de la guarnición.
Aníbal llegó cerca de la cuarta vigilia, Llevando
a vanguardia los desertores romanos armados a la romana. Cuando
llegaron a la puerta, hablaron en latín a los guardias, les
llamaron y mandaron abrir: "Es el cónsul" --decían—.
Los guardias, que fingieron despertar a sus gritos, se removieron,
se agitaron en desorden y movieron la puerta. El rastrillo estaba
caído y cerrado; levantáronlo con palancas y cuerdas
y lo suspendieron a la altura suficiente para que pudiese pasar
un hombre de pie. En cuanto vieron Iibre la entrada se precipitaron
los desertores a porfía. Unos seiscientos habían penetrado
ya en la ciudad, cuando de pronto soltaron la cuerda y el rastrillo
cayó con estrépito. Una parte de los habitantes cayeron
sobre los desertores, quienes, como soldados en marcha que llegan
a ciudad amiga, llevaban colgadas las armas a la espalda; otros,
desde lo alto de las murallas y de la torre que dominaba la puerta,
rechazaron al enemigo con piedras, palos y venablos. Viéndose
Aníbal cogido en sus propios lazos, se retiró y tomó
el camino de Locros para hacer levantar el sitio que Cincio estrechaba
vigorosamente con el material y las máquinas de toda clase
traídas de Sicilia. Magón desesperaba ya de defender
y conservar la plaza, cuando la muerte de Marcelo le infundió
alguna esperanza. Muy pronto supo por un mensajero que Aníbal,
precedido por la caballería númida, avaniaba en persona
con toda la rapidez posible a la cabeza de su infantería.
A las primeras señales que le anunciaron la aproximación
de los númidas, mandó abrir las puertas y atacó
bruscamente al enemigo. Al principio, lo repentino del ataque, más
bien que la igualdad de fuerzas con los romanos, mantuvo dudoso
el combate. Pero a la llegada de los númidas, el espanto
cundió entre los romanos, que huyeron en desorden hacia el
mar y se reembarcaron, abandonando los instrumentos y las máquinas
que servían para batir las murallas. De esta manera hizo
levantar el sitio de Locros la llegada de Aníbal».
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27)
Escipión Emiliano, en las operaciones frente a Numancia, distribuyó
arqueros y honderos no sólo entre todas sus cohortes, sino que
también entre todas las centurias.
Nota:
Año 133 a.de C. Vegecio, 1:15-16 narra instancias
que ilustran acerca del rol importante desempeñado en las
batalla romanas por los arqueros, honderos y lanzadores de jabalina,
y enfatiza la necesidad de entrenar en la disciplina de la arquería
: «XV EL USO DEL ARCO. Un tercio o un cuarto
de los soldados más jóvenes y capaces deben también
ejercitarse en el poste con arcos y flechas construidos expresamente
con este propósito. Los instructores de este arma deben ser
elegidos con cuidado y deben aplicarse diligentemente para enseñar
a los hombres a agarrar el arco en la posición adecuada,
a tensarlo con fuerza, a mantener la mano izquierda estable, a tirar
acertadamente con la derecha, a dirigir su atención y su
mirada al objetivo y a tomar puntería con igual precisión
tanto a pie como a caballo. Pero esto no se adquiere sin gran dedicación,
ni se conserva sin ejercicio diario y práctica. La utilidad
de los buenos arqueros en el combate es claramente demostrado por
Catón en su tratado sobre la disciplina militar. A la constitución
de un cuerpo de tropas de esta clase debió Claudio su victoria
sobre un enemigo que, hasta ese momento, se había mostrado
superior a él. Escipión el Africano, antes de su combate
con los Numantinos, que habían hecho pasar al ejército
romano bajo el yugo, consideró que no tendría ninguna
posibilidad de éxito a no ser que incorporara cierto número
de arqueros selectos con cada centuria.
XVI LA HONDA. Se debe instruir a los reclutas en
el arte del lanzamiento de piedras tanto a mano como con honda.
Se dice que los habitantes de las islas Baleares han sido los inventores
de la honda, y que su sorprendente destreza en el manejo la debían
a la forma de enseñar a sus niños. Sus madres no les
permitían coger su comida si antes no la habían derribado
con sus hondas. Los soldados, a pesar de su armadura defensiva,
quedan a menudo más vejados por los cantos rodados que por
las flechas del enemigo. Las piedras matan sin lacerar el cuerpo
y la contusión es mortal sin pérdida de sangre. Es
universalmente sabido que los antiguos emplearon honderos en sus
combates. Existe el mayor motivo para instruir a todas las tropas,
sin excepción, en este ejercicio, pues la honda no suele
considerarse de gran importancia y a menudo resulta del mayor servicio,
especialmente cuando se está obligado a combatir en poblaciones
de piedra, o a defender una montaña o promontorio, o al rechazar
al enemigo que ataca una ciudad o castillo».
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28)
Cuando Pelópidas, el Tebano, fue puesto en fuga por los tesalios
y cruzó el río sobre el cual él había construido
un puente de emergencia, ordenó a su retaguardia que quemara el
puente, a fin de que esto no pudiera servir también como medio
de paso al enemigo que lo perseguía.
Nota:
Años 369 a 364 a.de C.
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29)
Cuando los romanos, en ciertas operaciones no eran rivales para la caballería
campania, Quinto Nevio, un centurion en el ejército de Fulvio Flaco,
el procónsul, concibió el plan de escoger del ejército
entero a los hombres que parecieran más ligeros de pies y de estatura
media, armándolos con pequeños escudos, cascos, y espadas,
y dando a cada hombre siete lanzas, de cerca de cuatro pies de longitud.
A estos hombres los unió a la caballería, y mandó
que avanzaran hasta las mismas murallas, y luego, tomando su posición
en aquel punto, lucharan entre la caballería del enemigo, cuando
nuestra caballería se retiraba. Por estos medios los campanios
sufrieron severamente y sobre todo sus caballos. Cuando éstos fueron
lanzados a la confusión, la victoria se hizo fácil para
nuestras tropas.
Nota:
Año 211 a.de C. Livio, 26:4 «Entre tanto,
todo el esfuerzo de la guerra se había reconcentrado contra
Capua, que más bien estaba bloqueada que sitiada. Los esclavos
y la plebe no podían soportar ya el hambre, ni la plaza enviar
mensajeros a Aníbal: tan estrechamente bloqueada estaba.
Encontróse al fin un númida a quien se entregó
una carta bajo promesa de que escaparía, y que, fiel a su
compromiso, consiguió durante la noche atravesar las líneas
romanas. Esta evasión alentó a los campaneos a intentar
una salida general mientras les quedaban fuerzas. En los combates
de caballería tenían incontestable ventaja, pero su
infantería quedaba derrotada. Sin embargo, los romanos experimentaban
menos alegría por sus triunfos que tristeza por sus descalabros
causados por un enemigo sitiado y casi en su poder. El arte vino
al fin a suplir la fuerza que faltaba a la caballería; en
todas las legiones se eligieron los jóvenes más ágiles
y vigorosos; diéronles escudos más cortos que los
de los jinetes, y siete venablos de cuatro pies de largo y terminados
con un hierro como el de los que usaban los vélites. Los
jinetes tomaron a cada uno de ellos a la grupa y les acostumbraron
a mantenerse a su espalda y a lanzarse al suelo a la primera señal.
Cuando después de diarios ejercicios se encontraron bastante
adiestrados, avanzaron por la llanura que se extendía entre
el campamento y las murallas contra la caballería campania,
formada en batalla. Cuando llegaron al alcance de los venablos,
lámanse a tierra los vélites, y convertidos repentinamente
de jinetes en infantes, se lanzan sobre las turmas enemigas arrojando
vigorosamente sus venablos uno tras otro, con los que hirieron considerable
número de jinetes y caballos; pero la novedad de aquella
maniobra y la sorpresa fueron la causa principal del terror del
enemigo. La caballería romana, precipitándose sobre
la campania, sobrecogida ya, de espanto, hizo muchos estragos en
ella, persiguiéndola hasta las puertas de la ciudad. Desde
entonces las fuerzas romanas tuvieron también la superioridad
en la caballería, y los vélites quedaron en adelante
agregados a las legiones. Dicese que fué autor de esta reforma
un centurión llamado Q. Nevio, y que le fué muy honrosa
ante el general».
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30)
Cuando Publio Escipión estaba en Lidia y observó que el
ejército de Antíoco estaba desmoralizado por la lluvia,
que caía día y noche sin cesar, y cuando después
notó que no sólo los hombres y los caballos estaban agotados,
sino que hasta los arcos quedaban inútiles por efecto de la humedad
sobre sus cuerdas, impulsó a su hermano a librar la batalla al
día siguiente, aunque fuera consagrado a la observancia religiosa.
La adopción de este plan fue seguida por la victoria.
Nota:
Año 190 a.de C.Floro, 2:8 § 17 : «¡Que
no se vanaglorie Atenas! En Antioco vencimos: á Jerjes; igualamos
á Temístocles con Emilio, y en Efeso contrarrestamos
el lauro de Salarnina. Siendo cónsul Escipión, a quien
voluntariamente servía en calidad de lugarteniente su hermano
el Africano, vencedor de Cartago, determinamos concluir por completo
con Antioco—verdad es que nos había cedido todo el
mar;—pero nuestras miras iban roas lejos.
Constitúyéronse los reales en el monte Sipylo y el
río Meandro. Aquí se encontraba el Rey con numerosas
tropas, así auxiliares corno nacionales, y consistentes—¡increíble
parece!—en trescientos mil infantes y un número proporcionado
de caballos y curros armados con hoces. Los elefantes, resplandeciendo
con su marfil y con el oro y púrpura de que estaban adornados,
protegían ambas alas del ejército. La misma grandeza
del apresto militar constituyó un poderoso obstáculo
para el enemigo, á lo que se añadió-por dicha
nuestra—una lluvia repentina que destempló los arcos
de los Persas.
El azoramiento del enemigo en un principio, y la fuga después
decidieron en nuestro favor la victoria. Al humillado y suplicante
monarca se le otorgó la paz y una parte de sus estados de
tan buen grada, coma fácil había sido su derrota».
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31)
Cuando Catón devastaba España, los enviados de los Ilergetes,
una tribu aliada de los romanos, vino y pidió ayuda. Catón,
no queriendo distanciarse de sus aliados rechazando dar ayuda, o disminuir
su propia fuerza dividiendo sus fuerzas, ordenó a una tercera parte
de sus soldados que prepararan raciones y subieran a sus barcos, dándoles
directivas para que volvieran y alegaran vientos frontales como razón
de esta acción. Mientras tanto, el informe de la ayuda próxima
continuó antes que ellos, levantando las esperanzas de los Ilergetes,
y echando por tierra los proyectos del enemigo.
Nota:
Año 195 a.de C. Livio 34:11-13 : «11.
Entre tanto el cónsul estaba acampado en España cerca
de Emporias. Bilistage, rey de los ilergetas, le envió tres
legados, entre los que se encontraba su hijo, para darle cuenta
"de que sitiaban sus plazas fuertes, y que no tenía
esperanza alguna de resistir, si los romanos no le concedían
un socorro. Tres mil hombres serían suficientes, decían,
y si recibían este refuerzo, alejaríanse los enemigos".
El cónsul contestó "que lamentaba sus peligros
y temores, pero que no tenía bastantes fuerzas para poder,
sin peligro, delante de un ejército numeroso, con el que
esperaba diariamente trabar combate, separar una parte y disminuir
así sus recursos". Al escuchar esta contestación,
los legados cayeron de rodillas y suplicaron al cónsul, con
lágrimas en los ojos, que no les abandonase en circunstancias
tan apuradas. "Rechazados por los romanos, añadían,
¿a quién podrían dirigirse? No tenían
otros aliados ni otros protectores en el mundo. Podían haber
escapado a aquel peligro, a querer faltar a su fe y hacer causa
común con los rebeldes. Pero no les habían intimidado
las amenazas y medios de terror, porque esperaban encontrar en los
romanos defensa y protección seguras. Si así no era
y el cónsul rechazaba sus súplicas, ponían
por testigos a los dioses y a los hombres de que, muy a pesar suyo,
se verían obligados a faltar a la fe para evitar la triste
suerte de Sagunto, porque preferían sucumbir con el resto
de España a perecer solos".
12. El cónsul les despidió aquel
día sin darles contestación; pero durante la noche
siguiente le agitaron dos ideas. No quería abandonar a sus
aliados, ni debilitar su ejército, temiendo verse obligado
a aplazar el combate o exponerse librándolo. Tomó,
pues, el partido de no disminuir sus fuerzas para imponer a los
enemigos y mantener a los aliados en vana esperanza. Frecuentemente
las apariencias producen mejores resultados que la realidad, especialmente
en la guerra; y aquel que cuenta con un apoyo, confía tanto
como si se le hubiese socorrido, verdaderamente, encontrando en
sus mismas esperanzas y energías medio de salvación.
A la mañana siguiente contestó a los legados "que
a pesar del temor a disminuir sus fuerzas prestándoles socorros,
atendía más a los peligros do su posición que
al suyo propio". En seguida mandó a la tercera parte
de los soldados de cada cohorte cocer prontamente el pan para embarcarlo.
Las naves debían estar preparadas para el tercer día.
Dos legados recibieron encargo de enterar de estas disposiciones
a Balistage y los ilergetas; el hijo del rey recibió muchos
regalos y obsequios y el cónsul le conservó a su lado.
Los legados no partieron hasta ver embarcados a los soldados, dando
por consiguiente como cierta esta noticia, y tanto sus conciudadanos
como sus enemigos quedaron convencidos de que iba a llegar el socorro
prometido por los romanos.
13. Considerando el cónsul que eran suficientes
estas demostraciones, mandó desembarcar a los soldados. Acercábase
la estación de entrar en campaña, y llevó sus
cuarteles de invierno a tres millas de Emporias, y aprovechando
ocasiones favorables, dejaba el campamento con débil guardia
y salía para talar el territorio enemigo, en tanto de un
lado, en tanto de otro. Estas expediciones las hacia ordinariamente
de noche, con objeto de alejarse del campamento todo lo posible
y encontrar a los enemigos sin defensa. De esta manera ejercitaba
a sus soldados bisoños y hacía considerable número
de prisioneros. Los españoles no se atrevían a salir
de sus plazas fuertes; y cuando se creyó bastante seguro
de las disposiciones de sus soldados y de las de el enemigo, reunió
a todos los tribunos, prefectos, caballeros y centuriones, y les
dijo: "Ha llegado la ocasión que tanto habéis
deseado de hacer brillar vuestro valor. Hasta ahora más bien
habéis hecho guerra de merodeadores que librado combates
regulares; ahora vais a pelear con el enemigo en batalla campal.
No se trata ya de devastar campos; podéis saquear los tesoros
de las ciudades. Nuestros padres, en época en que España
pertenecía a los cartagineses y la ocupaban sus generales
y ejércitos, mientras que nosotros no teníamos ni
generales ni soldados, hicieron, a pesar de esto, incluir en un
tratado una cláusula que fijaba el Ebro como límite
de sus posesiones. Hoy que dos pretores, un cónsul y tres
ejércitos ocupan esta provincia, y que ni un solo cartaginés
la ha pisado hace cerca de diez años, hemos perdido nuestras
posesiones aquende el Ebro. Necesario es que nuestras armas y valor
las conquisten de nuevo; necesario es que estos pueblos que muestran
siempre más apresuramiento para la revuelta que tesón
en la resistencia, se vean obligados a entrar de nuevo bajo el yugo
que han sacudido". Después de haberles dirigido esta
exhortación, declaró que aquella misma noche les llevaría
al campamento enemigo, y les envió a comer y descansar».
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32)
Dado que en el ejército de Pompeyo había una gran fuerza
de caballería romana, que por su habilidad con las armas forjó
estragos entre los soldados de Cayo César, éste último
ordenó que sus tropas apuntaran con sus espadas a las caras y ojos
del enemigo. Obligó así al enemigo a apartar sus caras y
retirarse.
Nota:
Año 48 a.de C. Plutarco, César, 44-45 : «44.
Cuando ya se habían recogido las tiendas vinieron los escuchas,
anunciándole que los enemigos bajaban dispuestos para batalla,
con lo que se alegró sobremanera, y haciendo súplicas
a los dioses, ordenó su ejército en tres divisiones.
El mando del centro lo dio a Domicio Calvino; y de las alas tuvo
una Antonio y él mismo la derecha, habiendo de pelear en
la legión décima; y como viese que contra ésta
estaba formada la caballería enemiga, temiendo su brillantez
y su número, mandó que de lo último de su batalla
vinieran sin ser vistas seis cohortes adonde él estaba y
los colocó detrás del ala derecha, instruyéndolas
de lo que debían hacer cuando la caballería enemiga
acometiese. Pompeyo tomó para sí el ala derecha, la
izquierda la dio a Domicio y el centro lo mandó su suegro
Escipión. Toda la caballería amenazaba desde el ala
izquierda con intención de envolver la derecha de los enemigos
y causar el mayor desorden donde se hallaba el mismo general porque
les parecía que fondo ninguno de infantería podría
bastar a resistirles, sino que todo lo quebrantarían y romperían
en las filas enemigas cargando de una vez con tan grande número
de caballos. Mas al tiempo de hacer ambos la señal de la
acometida, Pompeyo dio orden a su infantería de que estuviera
quieta y a pie firme esperara el ímpetu de los enemigos hasta
que se hallaran a tiro de dardo; en lo que dice César cometió
un gran yerro no haciéndose cargo de que la acometida con
carrera se hace en el principio temible, porque da fuerza a los
golpes y enciende la ira con el concurso de todos. Por su parte,
cuando iba a mover sus tropas y con este objeto las recorría,
vio entre los primeros a un centurión de los más fieles
que tenía, y muy experimentado en las cosas de la guerra,
que estaba alentando a los que mandaba y exhortándolos a
portarse con valor. Saludóle por su nombre: “¿Y
qué podemos esperar- le dijo-, Cayo Crasinao? ¿Cómo
estamos de confianza?” Y Crasinao, alargando la diestra y
levantando la voz: “Venceremos gloriosamente ¡oh César!-
le respondió-, porque hoy, o vivo o muerto me has de dar
elogios”. Y al decir estas palabras acometió el primero
a carrera a los enemigos, llevándose tras sí a los
suyos, que eran ciento veinte hombres. Rompe por entre los primeros,
y penetrando con violencia y con mortandad bastante adelante, es
traspasado con una espada, que, hiriéndole en la boca, pasó
la punta hasta salir por colodrillo.
45. Cuando de este modo chocaban y combatían
en el centro los infantes, movió arrebatadamente del ala
izquierda la caballería de Pompeyo, alargando su formación
para envolver la derecha de los enemigos; pero antes de que llegue
salen las cohortes de César y no usan, según costumbre,
de las armas arrojadizas, ni hieren de cerca a los enemigos en los
muslos y en las piernas, sino que asestan sus golpes a la cara y
en ella los ofenden, amaestrados por César para que así
lo ejecutasen, por esperar que unos hombres que no estaban hechos
a guerras ni a heridas, jóvenes, por otra parte, y preciados
de su hermosura y belleza, evitarían sobre todo esta clase
de heridas, no tolerando el peligro en el momento presente, y temiendo
la vergüenza que hablan de pasar después, como efectivamente
sucedió, pues no pudieron sufrir las lanzas dirigidas al
rostro, ni tuvieron valor para ver el hierro delante de los ojos,
sino que o volvieron o se taparon la cara para ponerla fuera de
riesgo. Finalmente, asustados por este medio, dieron a huir, echándolo
todo a perder vergonzosamente, porque los que vencieron a éstos
envolvieron a la infantería y la destrozaron cayendo por
la espalda. Pompeyo, cuando desde la otra ala vio que los de caballería
se habían desbandado entregándose a la fuga, ya no
fue el mismo hombre, ni se acordó de que se llamaba Pompeyo
Magno, sino que semejante a aquel a quien Dios priva de juicio,
o que queda aturdido con una calamidad enviada por la ira divina,
enmudeció y marchó paso a paso a su tienda, donde,
sentado, daba tiempo a lo que sucediera; hasta que, puestos todos
en fuga, acometieron los enemigos al campamento, peleando contra
los que habían quedado en él de guardia. Entonces,
como si recobrara la razón, sin pronunciar, según
dicen, más palabras que éstas: ¿Conque hasta
el campamento?, se despojó de las ropas propias de general,
mudándolas por las que a un fugitivo convenían, y
salió de allí. Qué suerte fue la que tuvo después,
y cómo habiéndose entregado a unos egipcios recibió
la muerte, lo declaramos en lo que acerca de su vida hemos escrito
antes».
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33)
Cuando los Voccaei fueron presionados con fuerza por Sempronio Graco en
una batalla campal, rodearon su fuerza entera con un anillo de carros
que habían llenado con sus guerreros más valientes vestidos
con ropas femeninas. Sempronio se lanzó con mayor audacia para
asaltar al enemigo, porque se imaginó avanzando contra mujeres,
encontrándose que los que estaban en los carros los atacaron y
lo pusieron en fuga.
Nota:
Año 179-178 a.de C..
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34)
Cuando Eumenes de Cardia, uno de los sucesores de Alejandro, fue sitiado
en cierta fortaleza, y no podía ejercitar a sus caballos, los hacía
suspender durante ciertas horas cada día en tal posición
que, descansando en sus piernas traseras y con sus pies delanteros en
el aire, movían sus piernas hasta que el sudor corría, en
sus esfuerzos por recobrar su postura natural..
Nota:
Año 320 a.de C. Plutarco, Eumenes, 11 : «Levantó
en seguida trincheras alrededor de Nora, y, dejando la fuerza correspondiente,
se retiró. Sitiado Éumenes, guardaba aquel recinto,
dentro del cual tenía trigo en abundancia, agua y sal; pero
fuera de esto, ningún otro comestible, ni con qué
condimentarle. Mas, a pesar de todo, aún hizo alegre la vida
a los que le acompañaban, teniéndolos por días
a su mesa y sazonando la comida con una conversación y afabilidad
llena de gracia. Su semblante era también dulce y en nada
parecido al de un guerrero agobiado con las armas, sino alegre y
risueño; y, en fin, en todo su cuerpo se mostraba erguido
y alentado, pareciendo que con cierto arte guardaban entre sí
una admirable simetría todos los miembros. No era elegante
en el decir, pero sí gracioso y persuasivo, como se puede
colegir de sus cartas. Lo que más mortificaba a los que tenía
consigo era la angostura a que estaban reducidos, siéndoles
preciso vivir apiñados en casas muy pequeñas, y en
un recinto que no tenía más que dos estadios de circunferencia,
y tomar el alimento sin ningún ejercicio, manteniendo también
ociosos a los caballos. Queriendo, pues, no sólo librarlos
del fastidio que en la inacción los consumía, sino
tenerlos ejercitados para la fuga, si acaso llegaba el tiempo, a
los hombres les señaló para paseo el edificio más
capaz de todo aquel terreno, que, sin embargo, no tenía más
que catorce codos de largo, encargándoles que fueran por
grados aligerando el paso. A los caballos los hizo atar al techo
con recias sogas, que, pasando por el arranque del cuello, los tenían
en el aire, levantándolos más o menos por medio de
una polea; púsolos, pues, de modo que con las patas traseras
se apoyaban en el suelo, pero con las delanteras,
cuando tocaban en él, era con la puntita del casco. Soliviados
en esta disposición, los mozos de cuadra los
hostigaban con gritos y latigazos, con lo que, llenos de ardor y
de ira, se levantaban y agitaban sobre los pies; y para sentar en
firme las manos y pisar el pavimento tenían que poner en
contorsión todo el cuerpo, costándoles semejante esfuerzo
mucho sudor y no pocos bufidos, y sirviéndoles este ejercicio
de gran provecho, así para la agilidad como para la fuerza
y lozanía. Echábanles la cebada majada, para que la
mascaran más fácilmente y la digirieran mejor».
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35)
Cuando ciertos bárbaros prometieron a Marco Catón guías
para la marcha y también refuerzos, a condición de que les
fuera asegurada una suma grande de dinero, él no vaciló
en hacer la promesa, dado que, si ellos ganaban, él podría
recompensarlos con los despojos del enemigo, mientras que si eran muertos,
sería liberado de su promesa.
Nota:
Año 195 a.de C. Plutarco, Catón el Mayor, 10 :
«Designado cónsul con Valerio Flaco, su amigo y deudo,
le tocó por suerte la provincia que llaman los Romanos España
Citerior. Mientras allí vencía a unos pueblos con
las armas y atraía a otros con la persuasión vino
contra él un ejército de bárbaros tan numeroso:
que corrió peligro de ser vergonzosamente atropellado; por
lo cual imploró el auxilio de los Celtíberos, que
estaban cercanos. Pidiéronle éstos por precio de su
alianza doscientos talentos, y teniendo todos los demás por
cosa intolerable que los Romanos se reconocieran obligados a pagar
a los bárbaros aquel precio de su auxilio, les replicó
Catón que nada había en ello de malo, pues si vencían,
serían los enemigos quienes lo pagasen, y si eran vencidos,
no existirían ni los que lo habían de pagar ni los
que lo habían de pedir. Salió por fin vencedor en
batalla campal, y todo le sucedió prósperamente: diciendo
Polibio que a su orden todas las ciudades de la parte de acá
del río Betis en un mismo día demolieron sus murallas,
no obstante ser en gran número y estar pobladas de hombres
guerreros. El mismo Catón dice haber sido más las
ciudades que tomó que los días que estuvo en España;
y no es una exageración suya si es cierto que llegaron a
trescientas. Fue mucho lo que los soldados ganaron en aquella expedición,
y, sin embargo, repartió además a cada uno una libra
de plata, diciendo que era mejor volviesen muchos con plata que
pocos con oro; pero de tanto como se cogió dice no haber
tomado para sí más que lo necesario para comer y beber.
“No es esto que yo acuse- decía- a los que procuran
aprovecharse de estas cosas, sino que quiero más contender
en virtud con los buenos que en riqueza como los más ricos,
o en codicia con los más acaudalados.” Ni solamente
él mismo se conservó puro, sin haber tomado nada,
sino que hizo se conservaran también puros los que tenla
consigo en aquella expedición, que no eran más que
cinco esclavos. Uno de éstos, llamado Paccio, compró
de entre los cautivos tres mozuelos, y habiéndolo llegado
a entender Catón, mandó que lo ahogasen antes que
se pusiese delante, y vendiendo los tres mozuelos, hizo poner el
precio en el erario»..
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36)
Cuando cierto Estatilio, caballero de distinguido historial, mostró
una inclinación a desertar al enemigo, Quinto Máximo ordenó
que fuera convocado a su presencia, y pidió perdón por no
haber conocido hasta entonces los verdaderos méritos de Estatilio,
debido a los celos de sus compañeros soldados. Entonces, dando
a Estatilio un caballo y otorgándole un gran regalo de dinero además,
tuvo éxito en despedir a un hombre alegre que, cuando convocado,
estaba lleno de remordimientos; logró también asegurar para
el futuro a un caballero leal y valiente en lugar de uno cuya lealtad
estaba en duda.
Nota:
Plutarco, Fabio, 20 : «En cuanto a las defecciones
de las ciudades y la deserción de los aliados, era Fabio
de opinión que debían contenerse y excitarse en éstos
el pudor, hablándoles suave y mansamente, sin descubrirles
todo lo que se sabe y sin manifestarse del todo incomodado con los
que se hacen sospechosos. Así se dice que habiendo entendido
que un Marso, buen militar, y en linaje y valor muy principal entre
los aliados, había movido con algunos pláticas de
defección, no se irritó con él, sino que, reconociendo
que injustamente había sido olvidado: “Ahora- le dijo-,
la culpa ha sido de los jefes que distribuye en los premios por
favor más que por consideración al mérito;
pero, en adelante, cúlpate a ti mismo si no vinieses a mí
y me dijeses lo que echas menos”; y, dicho esto, le regaló
un caballo hecho a la guerra y le remuneró con otros premios,
con lo que desde entonces lo tuvo muy adicto y muy apasionado. Porque
le parecía cosa terrible que los aficionados a caballos y
perros borren lo que hay de áspero e indócil en estos
animales, más bien con el cuidado, la suavidad y el alimento,
que no con latigazos y ataduras; y que el hombre que tiene mando
no ponga lo principal de su esmero en la afabilidad y la mansedumbre,
portándose todavía con más dureza y violencia
que los labradores, los cuales, a los cabrahigos, los peruétanos
y los acebuches, los ablandan y suavizan injertándolos en
olivos, en perales y en higueras. Refiriéronle asimismo los
Centuriones que un Luqués se marchaba del campamento y abandonaba
a menudo su puesto; preguntóles qué era lo que en
lo demás sabían de su porte, y como todos a una le
asegurasen que con dificultad se encontraría otro tan buen
soldado como él, y al mismo tiempo le indicasen aquellas
proezas y hazañas suyas más señaladas, se puso
a inquirir la causa de aquella falta. Informósele que, enredado
aquel soldado en el amor de una mozuela, con gran peligro y haciendo
largos viajes se iba cada día a verla desde el campo. Envió,
pues, a uno sin noticia del soldado para que trajese aquella mujer,
la que ocultó en su tienda, y haciendo venir sólo
al Luqués: “No creas- le dijose me oculta que, contra
los usos y leyes de la disciplina romana, has pernoctado muchas
veces fuera del campamento; pero tampoco se me oculta que antes
habías sido excelente soldado, que lo mal hecho hasta aquí
quede compensado con tus valerosas hazañas; mas para en adelante
ya tengo yo a quien encomendar tu guarda”. Maravillóse
a esto el soldado, y haciendo salir entonces a la mujer: “Ésta-
le dijo- me es fiadora de que ahora te estarás quieto en
el ejército con nosotros, y tú con tus obras me harás
ver si faltabas por algún otro mal motivo, y que el amor
y ésta no eran más que un pretexto aparente”.
Así se cuentan estos sucesos». .
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37)
Filipo de Macedonia, habiendo oído que cierto Pitias, un guerrero
excelente, se había hecho alejado de él porque era demasiado
pobre para mantener a sus tres hijas, y no fue asistido por el rey, y
habiendo sido advertido por ciertas personas de estar en guardia contra
el hombre, contestó: ¡"qué! ¿Si parte
de mi cuerpo estuviera enferma, debería yo cortarla, más
bien que darle tratamiento?" Entonces, conduciendo silenciosamente
a Pitias aparte para una conversación confidencial, y enterándose
de la seriedad de sus vergüenzas domésticas, le suministró
fondos, y encontró en él a un mejor y más fiel adherente
que antes del alejamiento.
38)Después
de una fracasada batalla con los cartagineses, en la cual había
perdido a su colega Marcelo, Tito Quincio Crispino, enterándose
que Aníbal había obtenido la posesión del anillo
del héroe muerto, envió cartas a todas las ciudades municipales
de Italia, advirtiendo a los habitantes de no dar crédito a carta
alguna que fuera traída sellada con el anillo de Marcelo. Como
resultado de este consejo, Salapia y otras ciudades fueron atacadas en
vano por los insidiosos esfuerzos de Aníbal.
Nota:
Año 208 a.de C. Livio, 27:28 : «Creyendo Anibal
que la muerte de un cónsul y la herida del otro habían
sembrado espanto entre los enemigos, quiso aprovechar la ocasión
y trasladó en seguida su campamento a la eminencia en que
se verificó el combate. Allí encontró el cadáver
de Marcelo, que mandó sepultar. Asustado Crispino por la
muerte de su colega y por su propia herida, partió a favor
de la noche siguiente, ganó las montañas más
inmediatas, y estableció su campamento en la cumbre más
alta y segura. Entonces se entabló entre los dos generales
lucha de astucia, por una parte para tender lazos y por otra para
burlarlos. Con el cadáver de Marcelo cayó su anillo
en poder de Aníbal. Temiendo Crispino que el general cartaginés
lo emplease como instrumento de engaño y astucia, envió
mensajeros a todas las ciudades vecinas para anunciarles que su
colega había muerto, que el enemigo se había apoderado
de su anillo, y que debían desconfiar de toda carta escrita
a nombre de Marcelo. Acababa de presentarse en Salapia el mensajero
del cónsul, cuando trajeron una carta de Aníbal, escrita
a nombre de Marcelo, en la que decía que "a la noche
siguiente llegaría a Salapia y que la guarnición debía
estar preparada por si necesitaba sus servicios". No cayeron
en el lazo los habitantes, comprendiendo que Aníbal, tan
furioso por su defección como por la pérdida de sus
jinetes, buscaba ocasión de venganza. Despidieron al desertor
romano que había servido de mensajero, para que la guarnición
tomase las disposiciones convenientes sin testigos; y los habitantes
se colocaron sobre las murallas y en los puntos que convenía
guardar. Aquella noche se reforzaron los centinelas donde las puertas
con especial cuidado, y aquella por donde se esperaba al enemigo
se confió a lo más escogido de la guarnición.
Aníbal llegó cerca de la cuarta vigilia, llevando
a vanguardia los desertores romanos armados a la romana. Cuando
llegaron a la puerta, hablaron en latín a los guardias, les
llamaron y mandaron abrir: "Es el cónsul" —decían—.
Los guardias, que fingieron despertar a sus gritos, se removieron,
se agitaron en desorden y movieron la puerta. El rastrillo estaba
caído y cerrado; levantáronlo con palancas y cuerdas
y lo suspendieron a la altura suficiente para que pudiese pasar
un hombre de pie. En cuanto vieron Iibre la entrada se precipitaron
los desertores a porfía. Unos seiscientos habían penetrado
ya en la ciudad, cuando de pronto soltaron la cuerda y el rastrillo
cayó con estrépito. Una parte de los habitantes cayeron
sobre los desertores, quienes, como soldados en marcha que llegan
a ciudad amiga, llevaban colgadas las armas a la espalda; otros,
desde lo alto de las murallas y de la torre que dominaba la puerta,
rechazaron al enemigo con piedras, palos y venablos. Viéndose
Aníbal cogido en sus propios lazos, se retiró y tomó
el camino de Locros para hacer levantar el sitio que Cincio estrechaba
vigorosamente con el material y las máquinas de toda clase
traídas de Sicilia. Magón desesperaba ya de defender
y conservar la plaza, cuando la muerte de Marcelo le infundió
alguna esperanza. Muy pronto supo por un mensajero que Aníbal,
precedido por la caballería númida, avanzaba en persona
con toda la rapidez posible a la cabeza de su infantería.
A las primeras señales que le anunciaron la aproximación
de los númidas, mandó abrir las puertas y atacó
bruscamente al enemigo. Al principio, lo repentino del ataque, más
bien que la igualdad de fuerzas con los romanos, mantuvo dudoso
el combate. Pero a la llegada de los númidas, el espanto
cundió entre los romanos, que huyeron en desorden hacia el
mar y se reembarcaron, abandonando los instrumentos y las máquinas
que servían para batir las murallas. De esta manera hizo
levantar el sitio de Locros la llegada de Anibal».
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39)Después
del desastre de Cannas, |