LA ESPAÑA PRERROMANA

La situación de la península ibérica durante los siglos inmediatamente anteriores a la conquista romana.


Existía un área de cultura ibérica que abarcaba lo que hoy es Andalucía y todo el litoral mediterráneo, introduciéndose en el interior por el valle del Ebro. Esta es una cultura de síntesis en la que se funden los elementos autóctonos , herencia tartessica y "almeriense", con las influencias fenicias y sobretodo griegas que llegan a través de las colonias que se van estableciendo a lo largo de la costa.
Tenemos un mundo interior céltico, o mejor “no ibérico” que procede de un sustrato de gentes afincadas en el país desde los tiempos paleolíticos y mesolíticos al que a partir del siglo VIII a.C. se añaden grandes contingentes de migradores celtas que se desparraman por la meseta y de ella hacia la periferia atlántica. A estos pueblos, el impacto de la cultura griega y fenicia les llegara indirectamente y con intensidad variable a través de los focos culturales íberos.
Por último está el impacto del imperialismo cartaginés en el siglo III que involucra a los pueblos peninsulares en una lucha que acabará integrándolos en la civilización romana.

Los iberos
 
Hasta hace poco se creía que los iberos habían sido, junto con los celtas, los primeros habitantes de la Península llegados a esta desde África.
Hoy día se da por cierto que eran los descendientes de las anteriores culturas que se desarrollaron en sur y el levante de la Península Ibérica, en especial la tartésica y la almeriense, aglutinados en virtud de sus contactos con los colonizadores griegos.
Los escritores griegos llamaron iberos, precisamente, a las gentes del sur y el levante de nuestra península para distinguirlos de los pueblos del interior, cuya cultura era a todas luces diversa.
Mapa: Hispania prerromana

Las poblaciones de esas áreas no constituían un grupo homogéneo, sino que existían diferencias de lengua y escritura, no pudiéndose hablar tampoco de unidad racial. Distinguiremos dos grandes grupos: el andaluz y el levantino. Dentro de estos existen muchos matices diferenciales que permiten distinguir en el grupo levantino entre el País Catalán (layetanos, cesetanos, ilercaones), el valle central del Ebro (ilergetes, edetanos) y el País Valenciano (edetanos, contestanos). En el grupo meridional destacan la región de Murcia (mastienos), y ya en Andalucía, la costa de Almería y Granada (bastetanos, bástulos), el curso alto y medio del Guadalquivir ( oretanos, curetes, etmaneos, turdetanos) y la zona sur, influenciada por los fenicios.
En la evolución de los pueblos ibéricos se puede distinguir dos períodos claramente definidos. El primero abarca desde la última mitad del siglo VI a la primera mitad del III antes de Cristo, y , dentro de este, los siglos V y IV, que es cuando la cultura ibérica alcanza su mayor esplendor. El dominio cartaginés, en el siglo III, pone fin a esta primera etapa y sobreviene una segunda, que se prolongará hasta el cambio de era, a lo largo de la cual, los íberos irán perdiendo su independencia y su personalidad, para integrarse en el enorme mosaico que Roma construyó con todos los pueblos del mundo mediterráneo.
El auge de la cultura ibérica coincide con el que experimenta el mundo griego en general durante los siglos V y IV. En este período, el territorio ibérico se ve inundado por la cultura griega, a través de las colonias de España y su ciudad madre: Massalia. Las colonias y las factorías preexistentes registran una prosperidad paralela a la del resto del mundo griego, si bien a una escala más reducida, como consecuencia de la ambiciosa política económica implantada en Atenas por Pericles. Los mercados se multiplican, surgen nuevas colonias y los caminos terrestres se independizan de los marítimos y se multiplican hasta formar una tupida red que enlaza con el litoral las regiones del interior. El sudeste español y la Alta Andalucía, alcanzan ahora su máxima vitalidad. El acceso a las riquezas mineras de la región esta abierto para los griegos.

Las ciudades ibéricas


Los pueblos ibéricos aparecen aglutinados en comunidades tribales, de cuyas denominaciones y distribución ya hemos hablado. La tribu, como estructura social, agrupa a sus miembros según los lazos de parentesco que los relacionan con un antepasado común, real o supuesto. Un fenómeno semejante se observa entre los antiguos griegos y romanos, que, por otra parte, no constituyen una excepción dentro del cuadro general mediterráneo.
La aparición de la ciudad contribuye, por su parte, a la creación de un nuevo tipo de vínculos que interrelacionan a los individuos en virtud de unos criterios diversos a los estrictamente tribales. En este estadio de desarrollo, los elementos propios de la organización tribal, se mezclan con otros característicos de la sociedad urbana y la ciudad se convierte en el núcleo básico de la sociedad ibérica.
No todos los núcleos urbanos ibéricos presentan la misma fisonomía. Los situados en las zonas litorales, en las encrucijadas de los grandes caminos y en las regiones especialmente prósperas eran verdaderas ciudades abiertas a todos los aires que circulaban en la época. En amplitud y riqueza debieron destacar las ciudades andaluzas, no faltando en el país una añeja tradición urbana entre la que destacaremos los poblados almerienses, las construcciones megalíticas y por supuesto la ciudad de Tartessos. Estas ciudades sabemos que fueron activos focos comerciales, cuya riqueza agropecuaria o minera les permitió figurar entre las zonas más ricas del mundo conocido. La población parece haber sido bastante densa y sabemos que poseían plazas públicas a modo de foro, detalle muy importante por cuanto significa que existía una conciencia pública que superaba los límites del particularismo casero.
Otro tipo de centros eran los emplazados en lugares especialmente aptos para la defensa, generalmente en las cumbres de cerros y mesetas. Estos son más frecuentes en la región levantina. Su erección se debió a la persistencia de un clima general de inseguridad y peligro. Sus restos nos hablan de una sociedad guerrera, forzada a defenderse de bandas de ladrones venidos de las tierras interiores o de piratas que infestaban el litoral. Generalmente las defensas naturales se refuerzan mediante sorprendentes recintos, construidos con enormes sillares que les dan un aspecto ciclópeo.

La sociedad ibérica

En cada uno de los dos grandes núcleos ibéricos, Andalucía y Levante, se aprecian notables diferencias en lo que se refiere a la estructura de las diferentes sociedades.
La andaluza, con más siglos de experiencia a sus espaldas, se presenta como una sociedad fuertemente estratificada, en la que destaca una clase noble, poderosa económica y políticamente, de cuyo esplendor hay claros testimonios arqueológicos y literarios. Esta división neta de clases se concreta en la existencia de una clase de hombres libres, parte de los cuales forma la casta superior dominante, y el resto, vinculado a la anterior por un sistema de clientelas, formado por una clase media superior de artesanos y menestrales de la ciudad, y otra, inferior, integrada por los operarios de las minas, el campo y la ganadería. En la base de la pirámide social aparecen los esclavos y los mercenarios extranjeros. La desmembración de Tartessos hace que proliferen las monarquías locales o comarcales de carácter hereditario. Algunos de estos reyezuelos dominaban varias ciudades, que eran regidas en su nombre por magistrados. La defensa se encomienda a mercenarios de origen céltico.
En el sector levantino se aprecian menos las diferencias de clase social.. En algunas ciudades el gobierno pacífico corresponde a un consejo de ancianos o senado, si bien en los momentos de peligro se elige a un caudillo, participando todos los ciudadanos en la defensa. Este modelo va evolucionando hacia el andaluz que garantizaba mejor la regularidad de las explotaciones agrarias y mineras y la tranquilidad de los caminos para el comercio.

La economía ibérica

También en el sistema económico existían diferencias entre las dos zonas, andaluza y levantina, derivadas principalmente de su estructura social. En la primera, la riqueza se concentraba en manos de la clase dominante mientras que en el área levantina su distribución era más equitativa.
Veamos ahora cuales son las bases económicas en que se fundamenta la sociedad ibérica.
En cuanto a la agricultura, el cultivo extensivo del olivo y de la vid, introducidos por los fenicios, permitían una abundante producción de aceite y vino. En cuanto a los cereales la producción era bastante desigual en el secano, pero en las vegas de los ríos, especialmente el Ebro, Segura y Guadalquivir, las cosechas eran ricas y permitían la exportación masiva a través de la navegación fluvial. Entre los cultivos hortofrutícolas destacan las granadas, cerezas y manzanas. Los bosques, abundantes en Andalucía, proveían de madera la importante industria naval turdetana.
Junto a la agricultura aparece la ganadería, abundando toda clase de ganado: toros, ovejas, bueyes, asnos, y sobretodo los caballos eran abundantisimos. La caza se utilizaba también para atender a las necesidades de la población.
Junto a la agricultura y la ganadería, el tercer pilar de la economía ibérica lo constituyen la minería y la metalurgia. La riqueza en minerales, principalmente oro, plata, cobre, hierro y plomo propicia la creación de una industria minera cada vez más potente, existiendo centros mineros de gran importancia como el de Cástulo (linares). Los iberos aprendieron el empleo del hierro de los fenicios y celtas, y con el fabricaban los aperos de labranza, armas y todo tipo de herramientas.
El comercio se realizaba a través de rutas comerciales por las que discurrió el tráfico comercial de la época. La circulación de moneda, tanto griega como acuñada en las cecas locales y la adopción de un patrón de medidas facilitaban las transacciones.

La escritura

Los iberos contaban con un sistema de escritura bastante desarrollado. Se trataba de un sistema intermedio entre la escritura alfabética y la silábica denominado semisilábico. Existían dos sistemas distintos, aunque muy parecidos, el levantino y el meridional. Solo los signos del sistema levantino han podido ser identificados gracias a monedas bilingües iberico-latinas. El sistema meridional todavía no ha podido ser descifrado.

La religión

En el mundo ibérico se encuentran cultos parecidos a los del ciclo de la Tierra Madre, propios de los primeros pueblos agrícolas, y, al mismo tiempo otros que más bien pueden relacionarse con las creencias en divinidades celestes, propias de los pueblos dedicados a la ganadería y al pastoreo. Estas corrientes religiosas les son comunes al de la generalidad de los pueblos mediterráneos.
El culto a Diana del que nos habla Estrabón, es una de las muchas advocaciones en que se fragmento la monolítica fe en la Tierra Madre o Diosa Madre. El toro, animal al que los iberos rindieron culto, es un símbolo polivalente, que tanto se puede relacionar con la diosa de la tierra como con las divinidades del cielo.
Los cultos se celebraban en templos y santuarios, construidos estos a cierta distancia de los pueblos. Los cultos en los santuarios adoptaban más bien la forma de romería anual, que coincidirían seguramente con los ciclos agrícolas y en particular el solsticio de verano.
El ritual funerario es predominantemente la cremación, las cenizas se depositaban en una urna o paño y se colocaban en la tumba definitiva. Del estudio de las tumbas y necrópolis se deduce que los iberos creían en la vida de ultratumba en la que el difunto necesitaría la ayuda de los dioses.

El arte

El arte ibérico es el más importante de cuantos florecieron en la península, antes de la llegada de los romanos.
Casi toda la escultura existente procede de santuarios y necrópolis. La escultura ibérica se fue formando como un aspecto de un todo más complejo, la cultura ibérica. El tipo escultórico es el que corresponde a los últimos años del arcaísmo y a los primeros del clasicismo, que en Grecia continuará con el Helenismo, pero que entre los iberos cristalizará como un arte clásico. Los temas de la escultura pertenecen al mundo orientalizante, ya asimilado por los iberos, a su vida cotidiana y preferentemente a su esfera religiosa. Entre las piezas más importantes destacamos las damas, la Dama de Elche y la Dama de Baza. Son numerosas las representaciones de animales fantásticos como la Bicha de Bazalote y las estatuillas de bronce que representan a guerreros, animales, etc...

Los pueblos del área no ibérica

Pasemos ahora a conocer los pueblos que habitaron la Península Ibérica al mismo tiempo que en la orla meridional y levantina se desarrollaba la cultura ibérica. Estos pueblos no ibéricos, nunca formaron un conglomerado cultural monolítico ni tampoco de signo exclusivamente céltico o indoeuropeo. En su composición entraba un fuerte sustrato formado por las gentes afincadas en el país desde tiempos paleolíticos o mesolíticos. Más o menos intensamente, según regiones, recibieron la influencia cultural de los focos que florecieron en otros sectores de la península y la penetración de poblaciones desplazadas hacia su área por los acontecimientos que se desarrollaban fuera de sus fronteras, como es el caso de las invasiones célticas. El impacto de las colonizaciones griegas y fenicias llega a estos pueblos de forma indirecta, a través de los íberos. Su alejamiento de los grandes focos de la cultura mediterránea es pues uno de los elementos comunes a estos pueblos peninsulares.
Distinguiremos varias regiones claramente diferenciadas en las que se desarrollaron formas económicas y culturales igualmente diversas.

Cultura agrícola y matriarcal del noroeste y el Cantábrico
Este foco cultural se extiende por los territorios actuales de Galicia, Asturias, Santander, las provincias vascongadas y algunos fragmentos más o menos amplios de las provincias limítrofes. Los pueblos que los poblaban eran los galaicos, astures, cántabros y vascones. El geógrafo Estrabón reconocía la unidad cultural de estos pueblos en su mismo modo de vivir. La densidad de población era muy elevada por las migraciones que se produjeron en el tercer milenio desde la meseta. Era característico de esta cultura la construcción de castros o poblados en colinas naturalmente defendidas.
Su economía se basaba en la pesca y una agricultura y ganadería rudimentarias. El trigo escaseaba en todo el país y la base de la alimentación la constituía la harina de bellotas, con la que hacían pan. La cabaña ganadera se componía de cerdos y cabras. La organización social era la típica de los pueblos de agricultura incipiente y adoptaba las formas propias de un régimen matriarcal. Los escasos recursos alimenticios, unidos a la alta densidad demográfica hacía que los hombres se dedicarán al bandidaje o se emplearan como mercenarios en ejércitos extranjeros.

Los pastores del Pirineo

El segundo núcleo cultural que consideraremos es el del área pirenaica, habitada por gentes que vivían fundamentalmente del pastoreo. La población estaba compuesta por un sustrato de origen megalítico al que se añadieron refugiados procedentes del mundo ibérico y céltico. Igual que en el caso anterior, el bandidaje y el enganche en ejércitos extranjeros era la forma más común de salir de la miseria de una economía de subsistencia.

La cultura fundamentalmente pastoril de Celtiberia

El origen de los pueblos celtíberos que poblaban la mitad oriental de la meseta esta en las invasiones celtas de los siglos VIII y VI. La posterior influencia comercial y cultural que estos reciben de la cultura ibérica hará que cristalizen las características propias del pueblo celtíbero. Las principales tribus son los pelendones, arevacos, belos, titos y lusones. Las ciudades y aldeas suelen estar emplazadas en altozanos situados en llanos propicios a la agricultura y rodeadas de murallas y están regidas por un consejo o senado dominado por una oligarquía que concentra en sí el poder político y económico.
La gran riqueza celtibérica era el ganado lanar, bovino o caballar, siendo abundante el oro y la plata procedente de sus transacciones con el mundo ibérico.

La cultura de “los verracos”

El oeste de la meseta estaba ocupado por el pueblo de los vetones, llegado a la península en el siglo VI y que se impuso a la población indígena, mucho más numerosa, esclavizándola y formando un casta guerrera al estilo de los lacedemonios en Esparta. El nombre de cultura de “los verracos” procede del gran número de esculturas de animales esculpidas en bloques monolíticos de granito que se han encontrado en su territorio, los más famosos son los Toros de Guisando. Sus poblados se sitúan siempre en lugares inexpugnables y se rodean de fuertes recintos amurallados.
La economía vetónica se basa en una riquísima ganadería de toros, cerdos y cabras cuyo cuidado se encomendaba a la clase servil. La agricultura estaba muy poco desarrollada no conociendo el arado hasta la llegada de los romanos.

Área de cultura colectivista agraria del valle del Duero occidental
Tratamos ahora de los pueblos que ocupaban las llanuras que se extienden por las actuales provincias de Burgos, Palencia y Valladolid y parte de las de León, Zamora, Salamanca y Segovia. Los vacceos procedían también de las migraciones celtas que se produjeron en siglo VI.
La riqueza de la agricultura vaccea posibilitó la existencia de una población numerosa a la que no faltaron cualidades para la guerra, que por otro lado les eran necesarias para resistir las incursiones de pillaje de sus belicosos vecinos vetones.
Los vacceos desde su establecimiento en el país hasta la conquista romana mantienen una interesante y original institución que consistía en sortear cada año las parcelas en que dividían sus campos entre las familias. Cada una labraba la que le tocaba en suerte, y una vez recogida la cosecha, almacenaban el trigo en común, distribuyéndose a cada familia una parte proporcional a sus necesidades.

Área de la cultura superior lusitana

Los pueblos lusitanos proceden del pueblo celta de los lusones, establecido en un principio en el valle del Jalón y que posteriormente emigra de forma parcial ante la llegada de vacceos y arévacos. Esta migración les lleva a la portuguesa sierra de la Estrella. De allí se extienden posteriormente hacia Extremadura y la mitad sur de Portugal donde adquieren su personalidad histórica definitiva.
La Lusitania fue una región rica tanto en ganadería como en agricultura. Sin embargo, un sistema social injusto hacia que las riquezas se concentrarán en una clase privilegiada.
Esto explica que a pesar de la riqueza de su país, muchos lusitanos se vieran obligados a sobrevivir gracias al bandolerismo y al saqueo en las tierras vecinas del Guadalquivir.

El imperialismo cartaginés

Cartago había sido un pequeño establecimiento fundado por los fenicios en la costa de Túnez en los comienzos del primer milenio. Con el tiempo, la prosperidad de la colonia, basada en su inmejorable situación estratégica en medio del mediterráneo, creció de tal forma que cuando Tiro empezó a sentir el peso del poder asirio, los cartagineses se independizaron totalmente de la metrópolis. Cartago inició entonces una política que le llevó al liderazgo sobre todas las colonias fenicias de occidente. Entre estas estaban las factorías españolas, situadas entre el cabo San Vicente y el de Palos, que enviaban estaño, plata y pescado salado.
Al finalizar la primera guerra púnica una Cartago empobrecida y acorralada puso todas sus esperanzas de reconstrucción en una gran empresa: la conquista de la Península Ibérica, o al menos de la región andaluza y levantina. El hombre que llevaría a cabo tal azaña sería Amílcar Barca.
Amílcar llega con su ejercito a Cádiz, única plaza que les quedaba a los Cartagineses en España después de guerra, en el año 237 a.C. Su misión era crear un nuevo imperio comercial cartaginés, así como una base de operaciones para el desquite contra Roma.
Los primeros en recibir el choque de las tropas cartaginesas fueron los habitantes de la cuenca del Betis. Uno a uno los reyezuelos de esta zona se entregaron por el miedo, la fuerza o la diplomacia, añadiéndose al ejercito invasor.
El dominio cartaginés se hizo inmediatamente rentable, se hicieron nuevas prospecciones y la plata empezó a manar generosamente sobre las arcas cartaginesas.
Avanzando hacia el levante, fueron cayendo una a una las ciudades ibéricas y colonias griegas que Amílcar encontraba en su camino. Inmediatamente, numerosas quejas llegaron a Roma. Amílcar había violado el pacto firmado el año 348 en el que se fijaba el límite entre zonas de influencia romano-cartaginesas en la ciudad de Mastia (Murcia), que ahora quedaba a espaldas del ejercito cartaginés. A pesar de esto, la única reacción romana fue enviar una embajada de protesta ante la cual Amílcar alego la necesidad de las conquistas para saldar las deudas debidas a Roma por la guerra.
En el invierno del año 229 muere Amílcar en una escaramuza con los Orejanos. Sin embargo, después de una guerra de nueve años, había conseguido ya para Cartago la plata y los mercenarios de Iberia.
Su labor fue continuada por su yerno Asdrúbal. Su mayor acierto fue sustituir los métodos violentos por los pacíficos, culminando una política de alianzas con los reyes ibéricos y desposando a la hija de uno de aquellos. A esto siguió la fundación de la ciudad de Cartago Nova y un tratado con los romanos que fijaba los límites de influencia de los dos imperios en el río Ebro.
En el año 221, Asdrúbal muere asesinado. A su muerte, los cartagineses ya eran dueños de todo el sur de la Península y del Levante, hasta el golfo de Valencia, y es probable que dominasen también el territorio de los Oretanos.
Aquel mismo año el ejercito eligió a su nuevo general: Aníbal, que a la sazón solo contaba 25 años. La elección de Aníbal como jefe marcó una vuelta a los métodos de Amílcar. En el verano del 221, invade el territorio de los olcades y al año siguiente penetra profundamente en los territorios de la meseta central, ocupando las ciudades de Toro y Salamanca que le pagan sendos tributos y regresa a Cartago Nova con numerosos rehenes. A su vuelta es atacado por una coalición de carpetanos, vacceos y olcades en las riberas del Tajo, a los que derrota.
De esta forma, el dominio cartaginés se amplió con las tierras del litoral atlántico, hasta la desembocadura del Tajo y también por las del sudeste de la meseta. El tesoro del ejercito había aumentado considerablemente y un nuevo filón de mercenarios se había abierto.
Para consolidar su retaguardia ante de realizar su último objetivo, la conquista de Roma, solo le quedaba un último objetivo: la conquista de Sagunto.
Fue precisamente el ataque a esta ciudad y su petición de ayuda a Roma la que provocaría el inicio de la Segunda Guerra Púnica que concluyó con la derrota de Aníbal, el inicio del fin del poder cartaginés y la conquista romana de la Península.

© 2004 Juan Carlos García Palacin.
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