La
llamada Guerra de Mesenia tuvo, para variar, un
oscuro a la vez que complicado inicio. Lo cierto es que, una vez
comenzada, se encono de tal manera que los agresores, los espartanos,
no cejaron durante decenas de años de combatir contra sus
vecinos hasta que estos no fueron aniquilados, esclavizados o expulsados
del país.
Fue alrededor del año 743 a.C. Los laconios, resueltos ya
a la invasión del país vecino, atacaron inopinadamente
la ciudad fronteriza de Amphia con el fin de utilizarla como base
de operaciones en el ataque contra Mesenia. Los mesenios, que en
principio no sospechaban de la resolución espartana, se reunieron
en asamblea. El pueblo y magistrados de todas las ciudades, reunidos
en la ciudad de Stenyclarus decidieron, siguiendo las directrices
del rey de Mesenia, Eufaes, prepararse para la guerra.
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| Durante
los siguientes días, ambos bandos se prepararon para la lucha.
Por un lado los mesenios se armaban a conciencia para la batalla,
por otro, los laconios, desde Amphia, realizaban correrías
en territorio enemigo. Aunque estos, tan seguros estaban de su victoria,
que se limitaban solo a robar y saquear bienes sin destruir o talar
los árboles o las haciendas de sus enemigos, pensando que pronto
todo debería pasaría a su poder.
Una
vez que Eufaes consideró que disponía de las
fuerzas suficientes, y deseando aprovechar la palpable indignación
de sus gentes ante la agresión laconia, se dispuso avanzar
con su ejército hacia Anfea.
Por la disposición que adopto Eufaes es posible que
este primer choque no fuese mas que un amago para conocer las fuerzas
de su adversario. El rey mesenio coloco a sus tropas protegidas
por un profundo vado, que les separaba del campo enemigo. Era de
tal fortaleza su posición, que cuando los espartanos, que
habían acudido en masa desde la propia Esparta al conocer
las intenciones de su enemigo, quisieron llegar a chocar con sus
líneas no pudieron siquiera llegar a golpe de lanza. La caballería
y la infantería ligera, en total unos 500 hombres, más
alejadas del centro, sí que encontraron la ocasión
de combatir aunque sin resultados, pues ambos destacamentos eran
de similares características y ninguno pudo imponerse al
contrario.
Eufaes, que de todas formas no las tenía todas consigo,
había hecho traer a cada uno de los esclavos que acompañaban
a las tropas una estaca, con estas ahora se dispuso a construir
una fuerte empalizada a modo de campamento. Las dos ejércitos
estuvieron toda la jornada desplegados uno frente a otro, al llegar
la noche los mesenios se retiraron del foso y acamparon dentro del
perímetro que Eufaes estaba haciendo vallar. A la
mañana siguiente, justo al alba, terminó la obra,
los espartanos se sorprendieron de ver a sus contrarios perfectamente
atrincherados esperando el ataque enemigo. No tenían ninguna
previsión hecha acerca de asediar ninguna posición,
así que optaron por dejar el campo y regresar a Esparta.
Este fue el triste fin de la primera campaña para los laconios.
Al año siguiente, enardecidos, los espartanos decidieron
lanzar un fuerte ataque sobre Mesenia, esta vez los dos reyes de
Esparta irían a la cabeza de sus fuerzas.
Muy
pocas veces sucederá, en la historia de la república,
que los dos reyes marchen juntos a la guerra, sólo en ocasiones
muy excepcionales se adoptará esta decisión, prueba
de la trascendencia que daban los espartanos a este conflicto y,
quizás también en parte, al triste resultado de las
operaciones llevadas adelante el año precedente.
Los mesenios pronto comenzarán a su vez a devolver el golpe.
A través del mar podían maniobrar con ventaja, pues
a los laconios les estaba vedado por ley el oficio de la mar, por
lo que pronto las costas de Esparta fueron presa de las razias mesenias.
LA
PRIMERA GRAN BATALLA
Movilizada,
probablemente, la mayor parte del ejercito laconio, volvieron a
penetrar en Mesenia llegando, en algún desconocido lugar
de ese territorio, a enfrentarse en batalla con la totalidad de
las fuerzas mesenias.
Los
espartanos movilizaban, en cuanto a hoplitas, un número indeterminado
de morai, también unidades de periecos, además
de una cierta cantidad de dríopes -exiliados argivos asentados
ya en Lacedemonia desde hacia muchos años, y que fueron,
es de suponer que excepcionalmente, obligados a militar bajo sus
banderas- Como auxiliares estaban los conocidos hilotas y, para
finalizar, y confrontar a la numerosa infantería ligera que
alineaban los mesenios, los espartanos hicieron venir de Creta a
un buen contingente de los famosos arqueros mercenarios cretenses.
Los
mesenios, menos numerosos y diestros que los espartanos, contaban
a su favor con el valor que da la desesperación. Por eso,
al encontrarse las dos fuerzas en campo abierto, el choque debía
ser necesariamente cruento y despiadado.
Los
dos ejércitos plantearon el despliegue usual para la época:
una larga línea de unidades de hoplitas, cubiertos a los
flancos por una reducida caballería (por aquellos tiempos
los laconios no disponían de, precisamente, grandes jinetes)
mientras la infantería ligera y los auxiliares aguardaban
en la retaguardia.
La
formación espartana se había dispuesto, sobre un frente
similar, con mayor profundidad. Los laconios renunciaron a extender
sus líneas en beneficio de esta forma de combate: esperaban
agotar a sus contrarios ya que al ser más numerosos podrían
rotar más rápidamente en la batalla y lanzar así
a la lucha hombres más descansados que los de su adversario.
Los
mesenios, después de la arenga del rey Eufaes, comenzaron
enardecidos el avance a la carrera, los espartanos no les esperaron,
sí no que, a su vez, comenzaron también el ataque.
Cuando los dos ejércitos se acercaron, ya a pocos metros
el uno del otro, comenzó el usual cruce de acusaciones, insultos
y amenazas entre los hombres de ambos bandos, de las palabras pronto
se llego a las manos y la batalla en si, dio entonces comienzo.
Formación contra formación, la batalla se convirtió
en una serie de choques hombre a hombre en el que los mesenios,
dada su desesperada situación, se distinguieron sobre sus
contrarios. Los combates fueron especialmente despiadados, pues
parece que nadie de los que, derribados en combate, y por ello en
peligro de muerte, suplicaba u ofrecía dinero a su vencedor
a cambio de la vida, ambos bandos habían decidido que el
lance seria a vida o muerte. Se dice que era tal la lucha que quien
se atrevía a despojar a un cadáver era inmediatamente
alcanzado por los dardos o las espadas de sus enemigos al ofrecer
entonces alguna parte de su cuerpo desprotegida, o al ser heridos
por los propios moribundos que resistían hasta el final.
Durante
unas horas el combate se generalizó, sin que ninguno de los
dos bandos lograse ningún avance en perjuicio de su adversario.
El clímax de la batalla llego cuando el rey espartano Teopompo,
decidió lanzar un ataque directo sobre la formación
que comandaba el rey mesenio, Eufaes. Al arrojo de los mesenios
del que ya hemos hablado, se unió en esta ocasión
el que los hoplitas de Eufaes eran, de hecho, la flor y nata
del ejercito mesenio. Así, después de una dura lucha,
los mesenios consiguieron romper el ataque espartano y, no sólo
rechazarlo, si no hacerlo retroceder y, luego, huir. Sin embargo,
Eufaes, como veremos, no podrá aprovechar
este momento de ventaja.
Esta
victoria en el flanco de Eufaes, fue compensada por la derrota
de sus fuerzas en su flanco izquierdo. Allí, Pitarato
había sido muerto y las filas, perdida la cohesión,
habían sido puestas en fuga. Afortunadamente para los mesenios,
el rey espartano, como era usual en ellos, no se lanzó a
la consabida persecución, manteniendo a sus hoplitas en formación,
cosa esta que, para los laconios, primaba sobre todo lo demás.Eufaes
maniobró con sus tropas para dirigirse al lugar amenazado,
pero llego demasiado tarde, la noche hizo que los dos ejércitos
tuvieran que separarse.
La
batalla no había decidido nada, pero los mesenios habían
volcado todos sus esfuerzos en conseguir en esta ocasión
una victoria decisiva y sus recursos, sus fondos, se habían
agotado.
| Los
espartanos renunciaron por el momento a seguir avanzando, en
vista de que, como parece que se veía venir, los recursos
de su enemigo menguaban con rapidez. Eso era causa, principalmente,
de tener que emplear gran número de hombres en las tareas
de defensa, guarnición de las ciudades. Al coste de esta
medida se unía, multiplicando sus efectos, la lenta pero
imparable huida de los esclavos, que dejaban los campos y se
refugiaban en el campamento laconio. Para terminar, una epidemia
se propago por el campo mesenio causando gran desasosiego aunque
al final no fue tan cruenta como se esperaba.
Eufaes,
decidió, vista la situación, acabar con esta
inútil dispersión de recursos y reunir a la
mayor parte de la población amenazada del interior,
en un nuevo emplazamiento. El lugar elegido fue el monte Itome.
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Pasarán
ahora cinco largos años hasta que los espartanos, probablemente
recuperados ya del susto que les había ocasionado la
feroz resistencia mesenia, decidieron avanzar de nuevo sobre
sus enemigos y ofrecerles batalla. En este prolongado impasse,
estos cinco años, la guerra de baja intensidad ha sido
la norma.
La
segunda gran batalla concluyo de nuevo sin ninguna clara victoria
para ninguno de los dos bandos. El hecho mas relevante del
lance fue la muerte del rey mesenio, Eufaes,
quien valientemente cayo en combate, y también la muerte
de Antandro, el que probablemente estaba
destinado a sucederle.
Como
sucesor de Eufaes fue elegido por el pueblo
Aristodemo. La guerra continuo ahora como
antes, incursiones de uno y otro bando sobre el territorio
del vecino durante la época de recolección.
Incursiones estas a las que se sumaban ahora los arcadios,
quienes en general estaban indisimuladamente enfrentados a
los espartanos.
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LA
BATALLA DEL MONTE ITOME
De
nuevo debieron transcurrir cinco años para que los lacedemonios
se decidieran a lanzar un nuevo ataque, aunque había una
novedad, esta vez la guerra, anunciada a lo largo y ancho del Peloponeso,
convocó en Mesenia a todos los inclinados hacia una u otra
causa.
A
los mesenios les llegaron de refuerzo los soldados de toda Arcadia,
así como hoplitas escogidos de Sición y Argos. Los
espartanos recibieron la ayuda de los corintios. Al final, de nuevo
la ventaja numérica volvía a estar de lado espartano.
Por aquellos días la población laconia debía
ser relativamente numerosa, no en vano una de sus denominaciones
era la de el país de las cien ciudades.
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LOS
ESPARTANOS
El
dispositivo presentado por los espartanos era este: el centro
cubierto por sus tropas auxiliares más los aliados
corintios, las alas reservadas para los espartiatas colocados
en una formación de excepcional profundidad y densidad,
comandadas estas por ambos reyes, buscaba la ruptura de los
flancos de la formación enemiga mediante un continuado
ataque sobre las alas, en el que, gracias a la profundidad
de sus filas, los espartanos podrían golpear las líneas
mesenias rotando más rápidamente a sus hoplitas
del frente de batalla. De esta forma, sus enemigos, mucho
menos numerosos, se agotarían mucho antes y tendrían
que ceder sus posiciones a los atacantes y, con ellas, la
victoria.
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LOS
MESENIOS
El
despliegue presentado por Aristodemo, rey mesenio, aportaba
algunas innovaciones tácticas de relevancia. Ahora,
y en contra de lo usual, aprovecharía sus numerosas
fuerzas de infantería ligera no ya, como hasta entonces,
para, situados en la retaguardia, apoyar a las unidades de
primera línea cuando la ocasión así lo
aconsejase, si no que algunas de estas, situadas más
hacia las alas, y ocultas en los recovecos de las estribaciones
del monte Itome, se encontrarían prestas para pasar
al ataque en el momento adecuado.
Por
lo demás, la formación, la línea de batalla
mesenia, se componía de todos los hoplitas mesenios,
más las tropas escogidas de sicionios y argivos. A
los arcadios, en general mal armados, y a los mesenios que
no eran hoplitas (que no disponían de la panoplia necesaria)
y que sobresalían entre todos los demás por
su vigor o corpulencia, los armó lo mejor que pudo
y los situó entre los aliados argivos y sicionios.
Las unidades de batalla tuvieron que desplegarse con mucha
menos profundidad que sus rivales, primero por que eran menos
que ellos y también por que al ser el frente tan extenso,
tuvieron que reducir la profundidad de las filas para aumentar
la anchura de su línea de batalla. Las fuerzas de infantería
ligera estaban compuestas por algunos honderos, arqueros y,
sobre todo, hombres armados principalmente de jabalinas, y
los menos de lanzas. Pocos llevaban escudo o coraza, los más
se protegían con pieles de oveja o cabra, y los pastores
arcadios, hombres de la montaña, con las de lobo u
oso, única protección contra los golpes del
enemigo.
Aristodemo
escogió para si el mando de uno de los flancos, junto
a las tropas de infantería ligera. El centro fue para
el veterano Cleonis, y el otro ala para Domis.
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Los
lacedemonios fueron los que comenzaron la batalla, pues
los mesenios se mantenían, según tenían
ellos planeado, a la defensiva. Cuando se llego a las
manos, durante los primeros compases del combate dominaron
los hoplitas mesenios, pues, pese a ser menos numerosos,
sí luchaban con más ardor, ademas de ser
los mejores de entre los mesenios. No esperó
seguramente mucho más Aristodemo para lanzar
su ataque sorpresa: una vez que las lineas del enemigo
habían trabado combate con las propias, generalizandose
entonces la lucha, ordenó avanzar hacia los flancos
de la formación a sus unidades de
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infantería
ligera. Rápidamente se desplegaron a izquierda
y derecha desbordando las alas propias y, enseguida,
las contrarias, que no acertaban a reaccionar ante semejante
atrevimiento. Iniciaron entonces el ataque, sometiendo
a las unidades espartanas de ambos flancos a un continuo
bombardeo de saetas que obligo a los laconios a orientar
hacia sus atacantes a un cierto número de sus
unidades.
Comenzó
entonces un nuevo tipo de combate para el que los espartanos
no se encontraban preparados. Acostumbrados a combatir
en una pesada formación veían que, si
se mantenían en ellas, sus enemigos les castigaban
repetidamente hiriéndoles con sus armas arrojadizas,
y si se lanzaban a perseguir, sólo por rabia,
a sus escurridizos atacantes, estos huían velozmente
ante ellos y, lo que es peor, les hacían alejarse
de la formación, siendo entonces atacados al
intentar replegarse de nuevo sobre la misma. Este tipo
de lucha, de golpe y contragolpe produjo numerosas bajas
entre las filas espartanas, además de agotarlos,
cosa que aprovecharon los hoplitas mesenios y aliados
para presionar frontalmente con más fuerza en
la línea de batalla. Finalmente, totalmente rotos
y desmoralizados por el tipo de combate que les habían
impuesto, el ejercito laconio rompió filas y
huyo sin ningún orden. Ni que decir tiene que
los infantes ligeros de sus enemigos aprovecharon la
ocasión para infringirles todavía más
bajas en esta desesperada retirada.
La
batalla había concluido. Messenia se había
vuelto a salvar y los espartanos habían sufrido
un duro revés.
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Panoplia
de hoplita
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Panoplia del hoplita a excepción de la lanza. Recordar
que la espada del espartiata es de menor longitud que la de
los hoplitas de otras poleis. Todo, incluyendo la lanza y
grebas, podría suponer un peso de más de 30
kilos.
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ASPIS.- Escudo circular de 110 cm. de diámetro. Formado
por un gran cuenco y un borde muy reforzado casi plano (de modo
que podía apoyarse sobre el hombro izquierdo). Se componía
de láminas de madera encoladas entre sí. El interior
se forraba de cuero fino, llevaba una embrazadera de bronce
en el centro que iba remachada y una agarradera de cuero en
el borde. El exterior del escudo podía ir cubierto de
una lámina de bronce o ir pintado y decorado con un motivo
de lámina del mismo material.
Pesaba 8 Kg aproximadamente (recordemos que los espartanos portaban
un escudo más pesado que el del resto de las poleis).
El motivo que distinguía a los espartiatas era la lambda
que llevaban pintada en el escudo: la inicial de Lacedemonia.
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FIN DE
LA I GUERRA MESENIA
Durante
seis largos años, los espartanos, establecidos en las cercanías
del monte Itome, trataron, antes que llegar de nuevo a las manos, debilitar
a sus enemigos pues, consideraban, la coalición que formaban mesenios,
argivos y arcadios resultaba ser un hueso demasiado duro de roer. No obstante,
mantuvieron una presión de baja intensidad, de esta forma, lentamente
les fueron arrinconando, pues la continuada destrucción, año
tras año, de bienes y cosechas parece que terminó por colocar
a los mesenios en una difícil situación acorralados, como
estaban, en las laderas del monte Itome. La muerte de Aristomenes,
su respetado líder, fue la gota que colmo la paciencia y resistencia
de los más. Tras un fracasado intento de acuerdo con los espartanos,
los mesenios, que eligieron a Damis como estratego, bajaron
de la montaña y decidieron ofrecer batalla a los laconios, corría
el año 724 a.C.
La derrota
cayo esta vez del lado mesenio, los mejores hombres, incluidos todos los
líderes, murieron con las armas en la mano. Tras esto, todavía
resistirían los mesenios cinco meses, luego, decidieron darse por
vencidos y abandonar la montaña, algunos consiguieron asilo en
otras ciudades pero los más regresaron a sus aldeas y ciudades
aunque sólo para caer luego presa de los laconios, quienes, tras
demoler la ciudad construida en el Itome, se lanzaron sobre el resto de
las comunidades mesenias hasta conquistarlas todas.
El dominio
que Esparta trato de ejercer sobre los mesenios en esta ocasión
se redujo a una sola condición básica, ni más ni
menos que la entrega anual del 50% de las cosechas.
La guerra
termino aquí, pero el desorbitado tributo impuesto a los mesenios
no tardaría en encender la mecha de una famosa rebelión,
trabajo este que dejaremos para otra ocasión
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