LA BATALLA DE AUSCULUM


Después de la campaña precedente (batalla de Heraclea y marcha sobre Roma) Pirro se había hecho ya una idea cabal del enemigo que tenia enfrente. Habría preferido solucionar sus diferencias de otra manera, de hecho había ofrecido ya al senado romano una paz de compromiso que fue rechazada, aunque bien es cierto que era de esperar, pues resultaba excesivamente lesiva para éstos. Así las cosas, era inevitable un nuevo enfrentamiento, una batalla que decidiese de una vez por todas cual de los dos poderes prevalecería.
Pirro, y los cónsules confrontados a él, se prepararon con ahínco para las operaciones que se llevarían adelante durante la primavera de 279 a.C.
Fue el epirota el primero en moverse de sus reales. Con cerca de 70.000 hombres avanzó sobre Apulia, en donde, aprovechando que los romanos todavía no se habían puesto en marcha, combatió y sometió varias comunidades hostiles del país. Poco pudo aprovechar Pirro la ventaja de su iniciativa, pues pronto terminaron sus preparativos los cónsules y marcharon en busca de su enemigo. Alineaban los romanos más de 70.000 hombres, el mayor ejército que nunca habían puesto en campaña, completamente resuelto a atacar y aplastar el ejército rival.

 


LOS EJÉRCITOS


El ejército de Pirro era el de siempre, una abigarrada hueste formada por tropas de varias nacionalidades en los que destacaban los contingentes griegos; resaltaba la conocida caballería molosia y tesalia y varias unidades de falangistas de la propia Macedonia, amen de los famosos elefantes de guerra que tan buen resultado le dieron en la primera batalla. En total, unos 16.000 griegos y unos 55.000 auxiliares locales de todo tipo, desde samnitas a tarentinos y que luego trataremos con todo detalle.


Los romanos ponían en campaña un también numeroso y, como era habitual, más cohesionado ejercito. Como deciamos, más de 70.000 hombres, de entre los cuales sólo unos 20.000 eran propiamente romanos, encuadrados en 4 legiones. Con respecto al problema representado por los elefantes los siempre imaginativos latinos habían resuelto crear una estrambótica unidad de combate destinada exclusivamente a enfrentarse a estos colosos.
Eran tiempos estos en los se practicaba y repetaba un cierto código de buenas costumbres guerreras, y tanto es así, que los romanos solicitaron a Pirro que les permitiera cruzar el río que les separaba para así combatir sin trabas. O que, llegado el caso, fuese Pirro el que lo cruzase con su anuencia. Ni que decir tiene que Pirro ópto por que fuesen los romanos los que combatiesen con el caudaloso río a sus espaldas, del que hay que señalar que no disponía de suficientes vados como para permitir una retirada en condiciones llegado el caso.
Una vez desplegados uno frente otro, podemos suponer que el inicio del encuentro provino del lado romano, sin duda alguna más inclinados a ello.


Los dos ejércitos presentaban en su flanco derecho las fuerzas de choque más preparadas y dispuestas: Pirro, en el suyo, había colocado a la falange macedonia, cerca de 4.000 hombres, reforzados con los mercenarios italiotas al servicio de Tarento. Luego se desplegaban las falanges de los ambraciotas, y la ciudadana de Tarento (fácilmente identificables a lo lejos por los escudos blancos que portaban) y junto a estos, los aliados brutios, lucanos y salentinos. En el centro de su dispositivo Pirro había situado a los epirotas molosos, tesprotos y caones seguidos de los mercenarios provenientes de la Grecia central, naciones con las que El Epiro mantenía frontera; etolios, acarnanes y atamanes. En el flanco izquierdo estaban dispuestos todos los samnitas.
Las dos mejores bazas tácticas de Pirro, la caballería y los elefantes, fueron repartidos entre los flancos, aunque dispuestos en profundidad.
Pirro se situó en el centro acompañado por la llamada agema, lo que vendría a ser la caballería de su guardia, 2.000 jinetes escogidos.
El ejército romano se encontraba compuesto, en su mayor parte, por aliados latinos e italiotas. Las tropas propiamente romanas eran unas 20.000, repartidas entre cuatro legiones y algo de caballería.


Respondiendo al despliegue elaborado por el epirota, los cónsules dispusieron a la primera legión confrontada a las falanges macedonia y ambraciota. La tercera contra los tarentinos, brutios y lucanos. La cuarta, al lado de la tercera, dando frente a la infantería epirota y, finalmente, la segunda legión dando cara a los mercenarios griegos y los samnitas.
Este obviamente era el nervio del ejército romano. Ahora, el resto de sus fuerzas, auxiliares que sumaban más de 40.000 infantes, fueron repartidos en cuatro grandes agrupaciones y situadas entre los huecos que quedaban abiertos entre legión y legión. La caballería, cerca de 8.000 jinetes, fue dividida en dos divisiones y enviada a los flancos. Detrás de la línea de batalla se situarían ahora los 300 carromatos armados y toda la infantería ligera (arqueros, honderos etc), para servir tanto de cobertura exterior durante el avance, como de dotación de los mismos.
Como bien es sabido, los romanos no se caracterizarán nunca por la calidad y el buen uso táctico que harán de su caballería. En esta ocasión el fenómeno será mucho más acusado, pues en la caballería griega que alinea Pirro están representados varios de los mejores escuadrones montados de su tiempo. Todavía está en vigor la tradición impuesta por Filipo y, sobretodo, Alejandro, quienes dieron a estos cuadros la mayor relevancia posible en el desarrollo táctico de las batallas. Pirro se configura como el mejor imitador de estas técnicas, utilizando su caballería con acierto y resolución, haciéndolas casi siempre protagonistas en las batallas que lleva adelante, sirviendo así de maestro absoluto de este arma para otros generales posteriores como el cartaginés Aníbal, admirador incondicional del griego.

La Batalla de Ausculum 1

LA BATALLA


Los dos ejércitos avanzaron y chocaron con fuerza. Los primeros compases del encuentro vinieron a demostrar a ambos que sus contrarios no tenían intención de ceder con facilidad.
Sin duda el ataque vino con más ímpetu del lado romano, pero Pirro disponía de la iniciativa táctica. Siempre que sus líneas no cediesen relativamente pronto, podría este hacer uso de sus bazas tácticas para golpear a sus contrarios. En principio, y como era en él habitual, dejó que la línea de batalla, la infantería, y parte de la caballería, llegase a las manos con la romana. Por su parte, los romanos mantenían los carros y la infantería ligera a la expectativa, esperando la ocasión de intervenir en cuanto Pirro hiciese avanzar a sus elefantes.


Durante largas horas se combatió con dureza. La caballería de las dos alas luchaba desplegada en la llanura; los jinetes griegos hacían uso de sus tácticas de combate, generalmente la de golpear y retirarse, sobre la más clásica estrategia romana, jinetes que en cuanto llegaban frente al enemigo desmontaban y marchaban al combate a pie. Ni que decir tiene que esta costumbre romana podía resultar relativamente útil en un combate cerrado contra una caballería ligera enemiga dispuesta a luchar, como probablemente ocurría contra los pueblos de Italia Central. Pero resultaba absolutamente inútil y contraproducente tanto contra la caballería ligera, entrenada para hostigar, golpear y retirarse, como para enfrentarse a la caballería pesada griega, preparada para chocar y arrollar con un ímpetu irresistible a toda infantería dispuesta orden abierto.

Poco a poco la falange macedonia comenzó a hacer recular a los romanos de la I Legión y los aliados latinos dispuestos en sus flancos. Por el contrario, el centro epirota comenzó también a ceder. La II Legión empujaba hacia atrás a la infantería epirota obligando así a Pirro, que temía que estos fuesen rotos, a echar mano por fin de sus elefantes.


El espectáculo de los elefantes marchando contra las filas romanas y los más de 300 carromatos armados romanos poniéndose en marcha también hacia la zona a donde éstos se dirigían , dio un nuevo cariz a la batalla.

La Batalla de Asculum 2

En primera instancia los elefantes hicieron retroceder a los romanos utilizando para ello la táctica de aplastamiento, es decir: avanzar en línea arrollando con su mole todo lo que se les oponía. Táctica más que acertada contra unidades dispuestas en orden cerrado. Pero cuando los carros romanos avanzaron, su infantería se replegó, y se pudieron colocar entonces en primera línea, los elefantes se detuvieron. Los armatostes con los que los romanos pretendían golpear a los elefantes cumplían en principio su misión. Enfrentados y sorprendidos por esta especie de fortaleza móvil, los animales fueron impelidos a retroceder. Los epirotas tuvieron entonces que cambiar de táctica. Ahora, en vez de utilizar a los elefantes para aplastar a los soldados enemigos, fueron empleados como plataformas móviles, acercándose entonces a los carros pero solo para permitir a los soldados de sus torres asetear con sus largas lanzas y armas arrojadizas a las tripulaciones de los carromatos enemigos. Finalmente, y una vez superado el desconcierto inicial, la infantería ligera italogriega que acompañaba a los elefantes, se hizo con el control de la situación, pues al infiltrarse entre los pesados y torpes carromatos de sus contrarios, se las apañaban para acuchillar a los bueyes que utilizaban como tracción animal. Una vez que el carro se hacía inmanejable, su tripulación se encontraba totalmente vendida a los contrarios. De esta forma, pronto dieron los epirotas con la manera de eliminar la amenaza. Ante la evidencia de que los carros uno tras otro eran fácilmente deshechos por los peltastas enemigos, el pánico se apodero de las tripulaciones que, en masa, abandonaron entonces sus vehículos, y regresaron a la carrera sobre sus líneas, a las que causaron además gran turbación al desorganizar sus compactas formaciones.


Los elefantes habían devuelto entonces estabilidad al sector en el que combatían los epirotas. Sin embargo, un peligro mayor se abría ahora junto a ellos, los aliados brutios y lucanos eran derrotados y puestos en fuga. Los tarentinos, junto a estos, comenzaban también a ceder ante el empuje de las legiones III y IV. Pirro podía dar por rota su línea. Consciente pues de que se jugaba la victoria de la jornada en aquel sector, preparo a parte de su guardia (agema) y mandó llamar algunas unidades de la caballería situada en el flanco derecho, con todos estos jinetes trataría de cerrar la brecha abierta o, al menos, ganar tiempo.

En primera instancia los elefantes hicieron retroceder a los romanos utilizando para ello la táctica de aplastamiento, es decir: avanzar en línea arrollando con su mole todo lo que se les oponía. Táctica más que acertada contra unidades dispuestas en orden cerrado. Pero cuando los carros romanos avanzaron, su infantería se replegó, y se pudieron colocar entonces en primera línea, los elefantes se detuvieron. Los armatostes con los que los romanos pretendían golpear a los elefantes cumplían en principio su misión. Enfrentados y sorprendidos por esta especie de fortaleza móvil, los animales fueron impelidos a retroceder. Los epirotas tuvieron entonces que cambiar de táctica. Ahora, en vez de utilizar a los elefantes para aplastar a los soldados enemigos, fueron empleados como plataformas móviles, acercándose entonces a los carros pero solo para permitir a los soldados de sus torres asetear con sus largas lanzas y armas arrojadizas a las tripulaciones de los carromatos enemigos. Finalmente, y una vez superado el desconcierto inicial, la infantería ligera italogriega que acompañaba a los elefantes, se hizo con el control de la situación, pues al infiltrarse entre los pesados y torpes carromatos de sus contrarios, se las apañaban para acuchillar a los bueyes que utilizaban como tracción animal. Una vez que el carro se hacía inmanejable, su tripulación se encontraba totalmente vendida a los contrarios. De esta forma, pronto dieron los epirotas con la manera de eliminar la amenaza. Ante la evidencia de que los carros uno tras otro eran fácilmente deshechos por los peltastas enemigos, el pánico se apodero de las tripulaciones que, en masa, abandonaron entonces sus vehículos, y regresaron a la carrera sobre sus líneas, a las que causaron además gran turbación al desorganizar sus compactas formaciones.


Los elefantes habían devuelto entonces estabilidad al sector en el que combatían los epirotas. Sin embargo, un peligro mayor se abría ahora junto a ellos, los aliados brutios y lucanos eran derrotados y puestos en fuga. Los tarentinos, junto a estos, comenzaban también a ceder ante el empuje de las legiones III y IV. Pirro podía dar por rota su línea. Consciente pues de que se jugaba la victoria de la jornada en aquel sector, preparo a parte de su guardia (agema) y mandó llamar algunas unidades de la caballería situada en el flanco derecho, con todos estos jinetes trataría de cerrar la brecha abierta o, al menos, ganar tiempo.

SEGUNDO ACTO


Quiso la suerte que en aquellos precisos instantes llegase al campo de batalla una unidad de 5.000 hombres, de Arpii (Apulia), aliados de los romanos que acudían tarde al lugar de concentración en donde habían quedado con los cónsules y que se encontraban ahora con la batalla en su cenit. Precisamente esto último, el hecho de que la batalla hubiese entrado en una fase en la que ya no había líneas definidas, y además estas se encontraban probablemente envueltas en el habitual polvo que se forma en estos grandes combates terrestres, empujaron a los recién llegados a desistir en su empeño de acudir directamente al combate al no poder dilucidar quienes eran los amigos y quienes los enemigos.
Debido a que su camino les había llevado a aparecer sobre la retaguardia del ejército enemigo, optaron entonces los apulios por lanzarse sobre el campamento griego, donde a todas luces no esperaban un ataque como este. Sus sospechas se confirmaron al capturar, para interrogarlos, a algunos despreocupados griegos que se encontraban por los alrededores recogiendo leña. Los arpinos se lanzaron entonces, por todos los ángulos, sobre las empalizadas que protegían el campamento. Los pocos defensores griegos consiguieron in extremis mandar a Pirro un jinete para informarle del ataque enemigo. Pirro respondió inmediatamente con las fuerzas que tenía más a mano: parte de la caballería y de los elefantes, de los de su flanco derecho.
Este heterogéneo grupo de combate se dirigió ahora hacia la retaguardia en ayuda del campamento cuando, a causa rastro del humo producido por el incendio, se evidencio que no llegarían ya a tiempo de salvar tanto el campamento como las pertenencias del ejercito, dejadas, como es usual, a resguardo dentro del mismo. En ese momento, en mitad de la llanura, viraron y se dirigieron con fuerza contra las tropas romanas de las legiones III y IV que, habiendo roto el centro griego, se esparcían victoriosas por la llanura.


La inopinada aparición de esta poderosa fuerza de choque griega, impulsó a los romanos a reagruparse con celeridad y a replegarse en orden cerrado tomando posiciones en una colina que se encontraba en los alrededores. En aquel lugar aquellos miles de hombres se hicieron fuertes a cubierto tanto de los elefantes como de la caballería, que no podía luchar en igualdad de condiciones en aquel terreno abrupto. Sin embargo, pronto la infantería ligera de los griegos; honderos, jabalineros y arqueros, dio con ellos y aprovechando que debían permanecer pasivos sobre la colina, les sometieron a una cruenta descarga de proyectiles. Ahora, ambos bandos concentraban sus energías en este punto del campo de batalla. Los cónsules enviaron en cuanto tuvieron noticias de lo sucedido toda la caballería de la que pudieron disponer, pues eran jinetes lo que ahora precisaban los romanos. Pirro, entretanto, entresacó de su flanco izquierdo a parte de los samnitas junto con los mercenarios atamanes y acarnanios, tropas que envió al centro, un refuerzo para aumentar la presión sobre las legiones atenazadas.
Probablemente la caballería romana no pudo ni acercarse a las legiones cercadas, retrocediendo los caballos al detectar la presencia de los siempre temidos elefantes, cuyo olor corporal son incapaces de soportar salvo que hayan sido entrenados para ello.
En este punto concluye el desarrollo de la batalla. El combate se alargó durante todo el día hasta casi el anochecer. Los dos bandos mantuvieron finalmente el tipo y las posiciones ganadas hasta que, llegado el momento, se dio la obligada orden de retirada casi por los dos bandos a la vez.

LAS CONSECUENCIAS DE LA BATALLA


Pirro no había conseguido vencer claramente a los romanos. Es evidente que estos se mantuvieron sobre el campo de batalla toda la jornada y que la suerte osciló entre uno y otro de los contendientes, pero parece que la victoria puede inclinarse del lado epirota gracias a lo sucedido con las dos legiones atrapadas en el centro de la llanura. En aquel lugar, la legión III y parte de la IV debieron sufrir un severo castigo de parte de la infantería ligera. Finalmente sólo la prudencia de Pirro, quien tampoco arriesgaba más de lo debido, les permitió, con la llegada de la noche y el fin del combate, bajar de la colina y regresar a su campamento.
Al día siguiente Pirro se retiró del campo de batalla. Había sufrido también graves pérdidas, sobre todo entre sus veteranos, los que había traído de Grecia y que habían soportado lo más duro de la batalla. Al haber perdido el campamento, recordemos que había sido saqueado e incendiado por los arpinos, toda su impedimenta, incluyendo provisiones, acémilas, tiendas, medicinas etc, se perdieron. Debieron entonces acampar al raso, sin ningún abrigo. Muchos de los heridos fallecieron debido a la falta de los adecuados auxilios que sin duda habrían recibido en el campamento, de haber permanecido éste intacto. Ahora, ante un ejército debilitado y desgastado Pirro optó por la más segura de las salidas, la retirada a territorio amigo.
Los romanos, ignorando que los griegos se habían retirado ya, se presentaron al día siguiente de nuevo para combatir. Quedaron así dueños del campo de batalla y por ello con la certidumbre de que la victoria había sido suya. Sin embargo no pudieron enviar ninguna fuerza en persecución del ejército griego en retirada, pues el daño que habían recibido era tal que ahora solo quedaba volcarse en la recuperación de los muchos heridos y restañar las fuerzas.
Las bajas debieron oscilar entre los 15.000 hombres por cada bando, siendo el griego quien más podía lamentarse de ello debido a la pérdida de muchos de sus mas valiosos combatientes.
La batalla no decidió, para variar, nada. Pirro todavía lanzará una nueva ofensiva sobre los romanos, la última, y en la que, esta vez sí, será por primera y definitiva vez derrotado.

Satrapa1