- LA
BATALLA DE PLATEA, FUERZAS ENFRENTADAS
Una vez que los espartanos partieron de su territorio en dirección
a Corinto, el resto de las ciudades aliadas comenzó a despachar
sus contingentes en su apoyo. El mayor ejército que nunca
habían reunido los griegos comenzó a marchar lentamente
a través del Istmo de Corinto en busca del ejército
persa. Mardonio, informado puntualmente de su avance,
ordenó una prudente retirada. Un repliegue hasta más
allá de la frontera de Beocia, buscando de esta forma un
territorio más adecuado para las evoluciones de su caballería
y en donde disponía tenía las espaldas y sus líneas
de comunicación cubiertas gracias a su alianza con los tebanos.
El ejército griego estaba compuesto por cerca de 40.000 hoplitas
y quizás un número similar de infantería ligera,
en estos tiempos poco operativa. De los hoplitas los principales
contingentes eran los proporcionados por los espartiatas: 5.000
hombres; los periecos (también laconios, pero no ciudadanos
de pleno derecho) otros 5.000, los atenienses ponían 8.000,
y unos 5.000 los corintios. El resto lo componían soldados
de 21 estados más hasta llegar a totalizar los cerca de 40.000
mencionados. Por parte persa, aunque estas cifras son siempre difíciles
de precisar, podrían encontrarse al mando de Mardonio
unos 100.000 o 120.000 hombres, teniendo en cuenta eso sí,
que buena parte de los mismos eran jinetes, y el resto infantería
de un valor más que discutible.
A estos efectivos, propiamente asiáticos, se podrían
agregar unos 25.000 aliados locales (beocios, macedonios o tesalios
entre otros) que se alineaban con los persas, unidos a ellos bien
por interés, como los tebanos, o por coacción, como
la mayoría de los restantes griegos.
Cuando las fuerzas griegas ascendieron a la cordillera del Citerón
-montañas que separan Beocia del territorio ateniense- pudieron
contemplar a lo lejos, sobre la llanura, un inmenso campamento fortificado:
un cuadrado de 1500 metros de lado que albergaba a buena parte de
las fuerzas del persa.
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En
estos primeros momentos, la tan temida contraofensiva terrestre
persa coloca a los griegos ante una difícil encrucijada.
Los atenienses, que tienen que abandonar de nuevo sus tierras
y pasar a Salamina, observan con impotencia como sus teóricos
aliados del Peloponeso asisten impertérritos a los
acontecimientos.
Mardonio, que en principio busca un entendimiento, evita asolar
las propiedades de los atenienses tratándolos de ganar
así para su causa. Y no hace mal el persa, pues cuenta
con algunos aliados entre sus enemigos y la situación
en que les ha puesto le permite jugar con muchas bazas a su
favor.
Los atenienses, muy contrariados, amenazan a sus aliados con
aceptar las propuestas del persa y pasarse de bando si los
espartanos no entran por fin en campaña y se combate
a los invasores. Esparta, obligada por las circunstancias
a intervenir, pues a buen seguro tenían sólo
la intención de defenderse en el Istmo, decide entonces
pasar a la ofensiva.
Arìstides,
rival de Temístocles, era el líder ateniense
del momento.
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Durante los primeros días la formación griega permaneció
asentada en las colinas, a salvo de cualquier sorpresa por parte
de la caballería enemiga, un arma temible y a la que los
griegos respetaban sobre todas las cosas. Sin embargo, Mardonio
tentó la suerte. Envió contra el flanco derecho griego
fuerzas de caballería ligera con la misión de hostigar
a las tropas allí desplegadas - unidades hoplitas de Megara
que de forma temeraria se habían situado más próximos
a la llanura-. El ataque, encabezado por uno de los líderes
más relevantes de entre los persas llamado Masistio,
comenzó con gran éxito. Los hoplitas megareos fueron
duramente castigados durante los masivos y sucesivos ataques de
la caballería ligera, que descargó sobre los infortunados
griegos una auténtica nube de proyectiles.
Después de soportar durante un buen rato el ataque de los
jinetes persas, los megareos, considerando que era ya suficiente
castigo, reclamaron con vehemencia al comandante griego Pausanias
el relevo, afirmando que ya habían caído en ese sector
muchos hombres inútilmente y amenazando con retirarse y abandonar
la posición si no acudían con rapidez las tropas de
refresco.
Ninguna otro contingente de entre los griegos se aventuró
a ofrecerse voluntario para relevar a los megareos, pues hasta los
propios espartanos temían enfrentarse a esa innumerable hueste
de jinetes. Finalmente, y ante la gravedad de la situación,
los atenienses se declararon dispuestos a ir a ocupar el sitio de
sus vecinos megareos.
Después del éxito obtenido en Maratón, los
atenienses pasaban por ser los únicos soldados que conocían
el tipo de lucha practicado por los persas, así pues en este
momento todos los ojos se posaron sobre ellos. Envalentonados con
ese precedente, los atenienses se dispusieron para el combate enviando
al lugar amenazado la unidad de 300 hoplitas de élite -lo
mejor de que disponían-, acompañados de 800 arqueros.
Sin duda dispuestos a hacer frente con todas sus consecuencias a
los atacantes.
Masistio se apercibió entonces del avance
de los atenienses, que salían de entre las líneas
griegas para acercarse al lugar en donde se luchaba. Echando mano
entonces de algunos escuadrones, se lanzó al ataque interceptándolos
antes de que pudiesen unirse a los megareos. Durante un buen rato
combatieron a distancia hasta que inesperadamente el líder
persa perdió su caballo a causa de un flechazo y dió
con su cuerpo en tierra. Al instante los hoplitas se abalanzaron
sobre él con intención de matarlo. Masistio,
puesto en pie, luchó por su vida mientras era virulentamente
aseteado por las lanzas de los griegos. Lo que no podían
saber éstos es que el persa, debajo de sus ropajes, llevaba
puesta una fuerte coraza que impedía que los golpes que le
asestaban pudiesen llegar dañar su cuerpo. Por ello pudo
resistir Masistio los primeros envites de sus atacantes,
hasta que uno de ellos se apercibió de lo que sucedía
y dirigió su lanza contra su cabeza, alcanzándole
y haciéndole caer entonces fulminado.
Con Masistio muerto y en manos atenienses, los
jinetes persas se vieron obligados a mantenerse en el terreno hasta
hacerse con los restos de su comandante. Se produjo entonces un
violento choque cuerpo a cuerpo en el que los atenienses, en clara
inferioridad, fueron obligados a ceder terreno. Sin embargo, al
generalizarse la lucha, los atenienses llamaron en su apoyo a las
unidades griegas más cercanas y como era de esperar y no
sin un duro combate, los persas fueron finalmente rechazados, huyendo
entonces hasta su propio campamento.
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Los victoriosos
griegos se hicieron así con el cuerpo Masistio
y, con ello, no sólo repelieron definitivamente a sus enemigos,
sino que abatieron momentáneamente su moral de combate.
Este acontecimiento supuso un autentico bálsamo de moral
para las maltrechas esperanzas griegas. Y tanto es así, que
poco después Pausanias consideró
que podían adelantar sus posiciones y tentar al persa a un
combate.
Además, necesitaban un nuevo lugar en donde abastecerse de
agua, ahora que el Asopo estaba completamente vedado por la presencia
de la caballería persa. En medio del campo de batalla existía
una fuente que podía servir perfectamente para abastecer
a la mayor parte del ejército, no era mal lugar para esperar
la acometida del enemigo.
A
diferencia de los legionarios romanos, los griegos disponían
de asistentes que portaban sus armas y equipajes durante las
marchas previas al combate.
Normalmente los espartanos, en número de 5.000 combatientes,
habrían sido acompañados por unos 10.000 ilotas
-porteadores que en combate servían a la vez como infantería
ligera-. Sin embargo, el número total de los ilotas enrolados
en la campaña rondara en esta ocasión los 40.000,
pues era tal el numero de hoplitas y aliados movilizados para
la guerra que, ya que tenían que dejar el país
desprotegido ante las siempre temidas sublevaciones de los esclavos
(ilotas), prefirieron los espartanos reclutar a un número
desproporcionado de ellos para la guerra, alejándolos
así del país. |
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Moviendo su frente ahora hacia la izquierda descendieron sin peligro
de las laderas del Citerón; los persas estaban lo suficientemente
lejos y desprevenidos como para amenazar a la columna en movimiento.
Para cuando los griegos se habían instalado en sus nuevas
posiciones Mardonio era informado de las nuevas
y daba orden a su vez de desplazar sus fuerzas -manteniéndose
al otro lado del Asopo- hasta llegar frente a las posiciones de
sus adversarios. El haber llegado después de los griegos
permitió a Mardonio desplegar a sus diferentes
unidades a placer, confrontando a los espartanos sus fuerzas propiamente
persas, las mejores, o al menos en las que podía depositar
sus mayores esperanzas.
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Se abrió ahora un largo impas, ocho largos días en
que ni uno ni otro bando se atrevieron a pasar al ataque, esperando
que la iniciativa partiese del contrario. Por un lado los griegos
no subestimaban en absoluto a los persas, por otro, tampoco
Mardonio las tenía todas consigo, no atreviéndose
ni a emplear su numerosa caballería para realizar las usuales
maniobras de hostigamiento. Dicho esto, lo cierto es que el tiempo
corría en contra del persa, pues cada jornada que pasaba
los griegos recibían más y más refuerzos, mientras
que sus hombres, y sobre todo los caballos, habían consumido
ya buena parte de los suministros existentes.
Al llegar la noche del octavo día, Mardonio
se decidió a tomar la iniciativa; sus aliados tebanos sugirieron
que, ya que parecía inviable marchar contra las posiciones
del enemigo, podría aprovechar la superioridad de su caballería
para atacar las líneas de comunicación que unían
a los griegos con su retaguardia. Así es, los tebanos, conocedores
a la perfección del terreno en donde se desarrollaban los
acontecimientos, sabían que la ubicación en la que
Pausanias había colocado a sus tropas era
mucho más vulnerable de lo que a simple vista parecía.
La inmensa superioridad persa en jinetes les permitía lanzar
un ataque masivo contra sus ahora extensas líneas de comunicación,
pues al avanzar sus líneas hacia el Asopo, habían
dejado inevitablemente desprotegidos los desfiladeros que atravesando
el Citerón les comunicaban con sus bases de suministro.
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Dicho
y hecho, grandes masas de caballería se movieron aquella
noche, dando un largo rodeo, hasta las colinas en donde dieron
casualmente con una columna de suministro compuesta por unas
500 acémilas y un cierto numero de infantería
ligera de refuerzo, convoy que fue destruido casi en su totalidad
causando así una sensible perdida a sus enemigos.
Esta importante victoria puntual animó a Mardonio
a presentar de una vez batalla, a tentar a sus rivales
a la lucha, acercando sus posiciones a las de estos y aumentando
la intensidad de sus ataques diversivos de caballería.
Sin embargo, los griegos no estaban dispuestos a combatir.
Cada día que pasaba se les unían más
y más tropas -hoplitas e infantería ligera que
acudían desde todos los rincones de Grecia para la
batalla-. Mardonio no podía estar
más contrariado.
Dos días pasaron así sin que ninguno de los
dos bandos decidiese dar el paso definitivo para llegar al
combate. A la larga, esta situación comprometía
la posición persa, pues su numerosísima caballería
necesitaba de un forraje que necesariamente tenía que
agotarse, por lo que, tarde o temprano, si tenía que
combatirse era Mardonio quien debía cruzar el río
y avanzar. Así pues, obligado por las circunstancias,
el persa se dispuso a preparar el ataque. |
La noche
antes de la batalla, uno de los griegos que militaban en sus filas,
el rey de los macedonios, Alejandro, marchó
de incógnito hasta el campamento griego y comunico personalmente
a los estrategos griegos la súbita decisión de Mardonio
y el por qué de la misma. A la mañana siguiente el
ejército heleno estaba advertido y preparado para la lucha.
Al amanecer el ejército de Mardonio formó
en la llanura: la infantería en el centro, la caballería
a las alas.
Los griegos por su parte maniobraron para que el contingente espartano
se alineara frente a la infantería aliada del enemigo y los
hoplitas atenienses a su vez frente a la infantería persa,
en la idea de que, como ya antes habían luchado con ellos
(en Maratón), conocerían su forma de combatir. Pero
tal movimiento no solo resultó imposible de llevar acabo,
causando más molestias y confusión que otra cosa,
sino que hizo creer a Mardonio que los espartanos
temían el choque con sus fuerzas de élite, cosa que
le animó, y no poco, a dar comienzo la batalla.
Aquella jornada, en contra de lo que todos hubiesen esperado, Mardonio
no dió inicio al ataque haciendo avanzar a su numerosa infantería,
sino que se limitó tan sólo a aumentar la presión
de sus ataques de caballería contra los flancos de la formación
helena. Durante largas horas los soldados griegos sufrieron impasibles
las indiscriminadas descargas de jabalinas y flechas que los jinetes
persas lanzaban sobre ellos. Pero lo peor vino cuando fueron informados
de que tras ellos, el único lugar de donde los griegos se
proveían de agua -la fuente llamada de Gargafia- había
sido tomada primero, y cegada después, por la multitud de
jinetes enemigos que se movían con total libertad por la
retaguardia.
De
esta forma, en medio del desigual combate, los estrategos
de todo el ejército corrieron a reunirse para debatir
las salidas que tenían ante la situación, harto
delicada, que se abría ante ellos. Alejados del agua,
sin comida -ya de antes por estar aislados de la retaguardia-
y sin posibilidad de zafarse del acoso de la caballería
enemiga, lo único que podían hacer, resolvieron,
era proceder a un silencioso repliegue nocturno.
El plan consistía en un triple movimiento. El flanco
izquierdo (los atenienses) se desplazaría hacia la
llanura, recorrida por numerosos riachuelos. Así se
aseguraría el abastecimiento de agua y además
la caballería persa vería mermada su capacidad
de maniobra en un terreno tan fragmentado por los cauces fluviales.
El centro, formado por los aliados menores, intentaría
alcanzar los pasos de montaña en el área de
Platea y recuperar así las comunicaciones. Por último
la derecha, dominada por el contingente espartano, se dirigiría
hacia el tercer desfiladero para tomar contacto con la parte
de retaguardia de la que había sido separada por los
ataques persas y en donde se acumulaban refuerzos y abastecimientos. |
INTENCIONES DE LOS PERSAS
En
el estado mayor persa dos eran las corrientes de opinión
enfrentadas. Artabazo, y con él buena parte de los
griegos aliados, estaban a favor de replegarse en dirección
a Tebas. Allí estarían mucho mejor abastecidos,
ahora que la caballería comenzaba a sufrir las consecuencias
de la carencia de forraje. Situados a la defensiva, sin prisas,
y haciendo uso astutamente del oro más que de las armas,
seria fácil ver como sus enemigos perdían poco
a poco su frágil cohesión.
De hecho, el líder ateniense, Arístides, tuvo
que hacer frente a un intento de traición por parte
de algunos de los que estaban en contra del régimen
democrático. Allí mismo, acampados frente a
los persas, se llevo adelante una discreta represión
de los cabecillas de la conspiración.
Mardonio, sin embargo, hizo oídos sordos a estas propuestas
dejando clara su intención de combatir, de atacar y
acabar de un solo golpe con todos los ejércitos griegos
reunidos.

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Un insospechado contratiempo vino a trastocar los planes de los
griegos: uno de los oficiales espartanos, Amonfáreto,
se negó a mover su unidad considerando que lo que se llevaba
adelante era una retirada en toda regla, cosa que él no estaba
dispuesto a llevar a cabo. El rey de Esparta, Pausanias,
a la sazón comandante en jefe del ejército griego,
perdió horas tratando de convencer al testarudo espartiata
de obedecer sus órdenes. Al mismo tiempo, en el otro flanco,
tampoco los atenienses habían realizado su movimiento según
lo planeado, pues, advertidos por Pausanias se
habían detenido. Finalmente Pausanias cambio
sus planes, ordenando marchar junto a los atenienses para dirigirse
unidos en dirección a Platea, para ver si así Amonfáreto
entraba en razón .
Los únicos que cumplieron con su cometido inicial fueron
los aliados griegos, que ocupaban entonces el centro de la formación,
retrocediendo hasta el área acordada cerca de Platea -en
una marcha nocturna que tuvo más de desordenada huída
que de repliegue ordenado- lugar en donde les sorprenderá
la batalla, muy alejados de los lugares en donde, como veremos,
se desarrollaran los combates.
Para cuando Pausanias, rendido ante la evidencia
y tachándolo de loco, decidió abandonar a Amonfáreto
allí mismo y comenzar el repliegue, era ya demasiado tarde
para que este concluyese a tiempo. El rey esperaba que, al verse
sólo, el espartiata entrase en razón -en realidad
era un farol, pues nunca lo hubiesen dejado a él y a sus
hombres abandonados a su suerte -.
Unos setecientos
metros se habían alejado ya los espartanos de su compañero
Amonfáreto cuando este rectifico y, a paso
ligero, condujo a sus hombres hasta la formación de Pausanias.
Y justo a tiempo pues al instante la caballería persa, que
como era habitual en cuanto amanecía acudía a escaramucear
con los griegos, ya estaba sobre ellos dando así comienzo
al ataque.
Cuando las primeras luces del alba revelaron a los persas que las
posiciones griegas habían sido evacuadas, Mardonio
entró en estado de excitación: ¡Los griegos
se retiraban!. Enseguida se descubrió a lo lejos la formación
espartana en movimiento. Inmediatamente se dio la orden de ataque
general. Mardonio, al frente de sus densas formaciones
de caballería, partió rápidamente contra los
espartanos, seguidos poco después por las grandes masas de
infantería persa que comenzaron a atravesar el río
Asopo. El resto del ejército se lanzó a un desordenado
avance en la idea de que el enemigo renunciaba a la lucha y que
más que un combate era ya una persecución.
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Pausanias,
rey de Esparta, y vencedor de los persas en Platea, fue un
personaje cuyo comportamiento -a decir de Plutarco- tuvo una
influencia fundamental en el posterior desarrollo de los acontecimientos.
Tan arrogante como tirano, su falta de capacidad para liderar
la coalición griega que termino por destruir el poder
de los persas en el Egeo, provoco el rechazo de la mayoría
de sus aliados. Esto fue inmediatamente aprovechado por los
atenienses Arístides y Cimón, con cuyo comportamiento
atrajeron para su ciudad la amistad y la hegemonía
de unos griegos de Asia que detestando la actitud del rey
espartano, se acogieron a la protección y liderazgo
de Atenas, directo antecedente este de lo que luego vendría
a llamarse la I Liga Délica.
Pausanias, como les pasara a otros muchos espartiatas, fuera
de Laconia y en contacto con el mundo exterior, perderá
totalmente el norte. De regreso al Peloponeso conspirara para
acabar con el régimen establecido por Licurgo y hacerse
con el poder absoluto, como tirano de una nueva Lacedemonia.
Descubierto por los eforos, escapara de sus manos acogiéndose
a la protección de un santuario. Allí, y dado
que se negaba a salir voluntariamente del mismo para ser juzgado,
se opto dejarlo sólo en su interior y sellar todos
los accesos al templo. Sepultado así en vida, Pausanias
morirá de inanición o sed.
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Era tal el amplio frente en el que se desplegaban las unidades de
ambos bandos que ningún estratego, o comandante, tenía
una visión general del campo de batalla. Mardonio,
sin poder ver desde su situación a los otros dos cuerpos
de batalla griegos, se concentro en atacar el dispositivo espartano,
que atrapado en una molesta posición era diana de los innumerables
proyectiles lanzados por la caballería persa.
La llegada en masa de la caballería enemiga clavo en sus
posiciones a los espartanos. Enseguida quedo claro para Pausanias
lo difícil de su situación, pues incapaz de responder
a los ataques de los rápidos jinetes del enemigo, tan sólo
podía cerrar filas y tratar de ganar tiempo en busca de alguna
salida que, en principio, no parecía vislumbrarse por ningún
lado. En cuanto fue posible, el rey envió una comunicación
a la alejada formación ateniense: si estos se acercaban al
lugar aliviarían sin duda la presión que sobre ellos
ejercían por todos los lados los persas y a buen seguro podrían
proceder a replegarse sobre las colinas con mucha más seguridad.
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Mientras
Mardonio daba cuenta de los espartanos, los atenienses
se vieron atacados por parte de las unidades que formaban la derecha
persa -probablemente caballería griega- y que, desordenadamente,
comenzaron a caer sobre sus formaciones de hoplitas. En consecuencia,
pese a recibir entonces la llamada de socorro de Pausanias,
los atenienses no pudieron prestar ninguna ayuda a los espartanos
implicados como estaban en un cerrado combate.
Poco después, la situación del flanco derecho griego,
el espartano, se vio en serias dificultades. Mardonio,
en tanto y cuanto se dedicaba a lanzar sobre ellos oleadas de jinetes,
clavaba sobre el terreno a sus enemigos. Los griegos poco más
podían hacer que protegerse de los proyectiles agachados
junto a sus escudos, manteniéndose disciplinadamente en sus
posiciones. Y eso fue una de las claves de la batalla: el que los
griegos, pese al desgaste que estaban sufriendo, se mantuvieran
impertérritos en sus formaciones, no ofreciendo a los atacantes
ninguna posibilidad de cargar sobre ellos. Posiblemente de no haber
sido de origen espartano la mayoría de las fuerzas implicadas
en la lucha, no habrían soportado la presión y habrían
roto filas. Una vez más, la profesionalidad de estos ciudadanos-soldados
fue decisiva no sólo para su propia supervivencia, sino por
extensión, y como veremos, para alcanzar la victoria final
en la batalla.
Y que hacia el rey en aquellos instantes: Pausanias, detrásde
sus formaciones trataba de conseguir los necesarios augurios para
la batalla. Los sacrificios no eran propicios, por lo que posponía
continuamente lanzarse al ataque. En realidad, nada podía
hacer para zafarse del acoso de la caballería del enemigo,
por lo que no es de extrañar que los augures respaldasen
la teórica renuencia de Pausanias a entablar
la lucha en aquellas condiciones. Era tal la presión a que
eran sometidos por los persas, que incluso alguno de los asistentes
a la ceremonia caía alcanzado por las flechas del enemigo.
Mardonio, enardecido ante las dificultades por
las que veía pasar a los griegos y, quizás, debido
a que había agotado sus propios proyectiles, ordenó
el avance de las tropas de a pie que hasta entonces había
mantenido prudentemente alejadas.
Densas formaciones de soldados avanzaron hasta colocarse a pocos
pasos de la infantería griega, ante la que crearon con rapidez
una empalizada con los grandes escudos de mimbre que portaban. La
idea era la de detener el avance de los hoplitas por medio de aquella
densa barrera de parapetos mientras la infantería persa descargaba
sobre ellos toda una nube de jabalinas y flechas, buscando en definitiva
terminar de romper la cohesión de aquellas fuerzas de hoplitas
que se mantenían tenazmente sobre el terreno.
Acosados de esta manera hasta lo indecible y en vista de que el
Rey Espartano no conseguía todavía un sacrificio propiciatorio
para entrar en batalla, el contingente de hoplitas arcadios, 1.500
hombres, que figuraban entre sus fuerzas, optó por pasar
a la ofensiva. Después de recibir innumerables heridas, los
arcadios temían acabar sucumbiendo todos a manos de la infantería
ligera del persa. Antes que morir de esa forma estaban todos dispuestos
a efectuar una carga suicida contra las líneas del enemigo.
Puestos en pie, entonaron el Pean (canto de guerra) y se lanzaron
en solitario hacia adelante.
Al tiempo que los hoplitas arcadios cargaban solos contra la empalizada
sostenida por los persas, Pausanias -cuya posición
se había vuelto así prácticamente insostenible-
conseguía casualmente el sacrificio propiciatorio necesario
para iniciar el combate. Evidentemente la situación se escapaba
ya de sus manos, había llegado el momento del combate final,
una lucha a muerte que decidiría el destino de Grecia.
Mientras los oficiales corrían a sus unidades, una tras otra
las formaciones de hoplitas espartanos se pusieron disciplinadamente
en pie. Instantes después y al tiempo que se entonaba -el
pean- cargaron al unísono, como impulsados por un resorte
contra la frágil empalizada de mimbre que les separaba de
sus enemigos.
El encontronazo que se produjo a continuación fue brutal,
con miles de soldados griegos topando violentamente contra la barrera
de escudos persas, situadas apenas a unas decenas de metros de sus
posiciones. Al instante por toda la línea de combate -de
casi un kilómetro- se formó un confuso tumulto en
el que los asaltantes, ahora los griegos, avanzaban rompiendo, arrancando,
o haciendo saltar en pedazos los grandes escudos con que los lanceros
persas trataban de entorpecer su progresión. Una mezcla de
caos y temor envolvió las líneas persas. Su caballería,
engullida entre las densas y nerviosas formaciones de infantería,
quedo en ese instante totalmente anulada como fuerza táctica.

Infantería
persa. Italarei
Al tiempo
que los espartanos en su empuje rompían por varios puntos
la empalizada de mimbre, los persas dejaban de lado los arcos para
echar mano de sus hachas y espadas. En el fragor de la lucha los
hoplitas iban perdiendo poco a poco sus valiosas lanzas, quebradas,
inutilizadas por el fiero combate -para los persas nada había
más terrible que aquellas picas, más largas y fuertes
que las propias- Al final todos tuvieron que hacer uso de las espadas,
en un feroz combate cuerpo a cuerpo, en donde los persas, pese al
indudable valor de que hacían gala, se encontraban en una
neta inferioridad de condiciones al luchar, prácticamente
desprotegidos, contra unos griegos que portaban un imponente armamento
defensivo: corazas, grebas, cascos y escudos de bronce.
Encabezando la lucha, Mardonio, junto con su guardia
montada de 1.000 jinetes pesados, mantuvo en pie la moral de sus
fuerzas y la lucha se tornó difícil y despiadada,
pero cuando este cayó junto con los mejores de sus hombres,
el frente de batalla se derrumbó por completo. Todos a una,
los persas huyeron hacia el campamento. En algo sí superaban
a los griegos, en movilidad. Armados a la ligera como estaban pudieron
sacar una buena ventaja a sus perseguidores, por lo que tuvieron
tiempo para entrar en sus fortificaciones y organizar la defensa,
repeliendo los primeros y desorganizados ataques espartanos.
| Mardonio
había cometido el error de lanzar al combate a sus formaciones
de infantería. Posiblemente tenía la impresión
de que había llevado a los griegos al borde del colapso.
En esas circunstancias sí que un ultimo impulso a cargo
de sus tropas de a pie habrían terminado por romper a
su adversario. Mardonio cometió pocos errores en la batalla,
desde luego menos que los griegos, por lo que a buen seguro
fue un error de cálculo más que una irreflexiva
jugada la que condujo al persa a un movimiento que a la postre
le costaría la batalla y, por ende, la vida misma. |
|
Entretanto, los atenienses también habían dado cuenta
de sus enemigos. El combate había sido duro, no en vano la
caballería que mejor combatió durante aquella jornada
fue la de tribu los sacas, enfrentados a los atenienses.
Los aliados griegos situados frente a Platea, advertidos demasiado
tarde de que la lucha había comenzado ya, se organizaron
por su cuenta para la batalla. Un contingente marchó sin
orden por la llanura en dirección a las posiciones defendidas
por los atenienses, el otro, más numeroso, en ayuda de Pausanias.
La caballería tebana, que merodeaba por el flanco ateniense,
se apercibió de la desordenada llegada de los griegos y cargó
contra los mismos. Unos 600 hoplitas cayeron aseteados por las jabalinas
tebanas, siendo empujado el resto hacia las estribaciones del Citerón.
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Artabazo, líder de uno de los cuerpos de
ejército persas -personaje enfrentado a Mardonio-
eludió intervenir en la batalla, dando media vuelta en cuanto
se apercibió de la derrota general de sus fuerzas. Artabazo
fue el único que se salvo de la debacle general persa, pues
en vez de replegarse sobre el campamento, como hacían todos,
huyó hacia el interior de Beocia, en dirección a la
Fócide, con la idea de alejarse rápidamente de los
griegos y sin otra preocupación que la de regresar cuanto
antes a Asia.
En general,
el avance de las fuerzas persas -las que se desparramaban por el
centro del campo de batalla y se movían en dirección
a las posiciones griegas- fue llevado con mucho desorden y confusión.
Una buena parte de ellos no habían alcanzado siquiera a sus
enemigos cuando Mardonio ya había caído
en la lucha y sus tropas eran repelidas hasta el campamento. En
esas circunstancias el pánico se propago al instante entre
todas aquellas formaciones de guerreros, que dieron entonces media
vuelta y rompiendo la poca cohesión que les quedaba echaron
a correr en dirección a las fortificaciones. Mientras Artabazo,
con gran ventaja, se alejaba del campo, ingentes cantidades de persas
en retirada confluían sobre el campamento atrincherado. Los
espartanos que primero llegaron a las empalizadas fueron rechazados
por los desesperados defensores.
Una y otra vez los asaltos griegos fueron repelidos desde las trincheras
y las torres que protegían el perímetro del campamento.
Sólo tras la llegada de los contingentes atenienses, que
perseguían a los persas, se pudo por fin expugnar la posición.
Un torrente de hoplitas e irregulares griegos irrumpió entonces
por muchos puntos a la vez en aquella inmensa extensión de
tiendas. La matanza fue indiscriminada y cruel, más cuando
había tanto y tan rico botín del que apoderarse.
Una
vez inutilizada la lanza, los griegos se veían obligados
a echar mano de la espada para el choque cuerpo a cuerpo.
A diferencia de los romanos -que hacían de su magnifica
espada el arma básica para el combate- los hoplitas griegos,
que combatían en formación de falange, debían
hacer uso sobre todo de la lanza, que utilizaban a la perfección.
Espada en mano serian vistos por sus enemigos como más
vulnerables y accesibles. No por otra causa se afanaban los
persas en romperles y arrebatarles esas lanzas que portaban
en combate y con las que luchaban en formación cerrada.
Con el paso de los siglos, y ya en el Bajo Imperio, los romanos
adoptaran de nuevo la “falange” como táctica
de combate, devolviendo entonces a la lanza el protagonismo
perdido desde los tiempos de la Antigua Grecia.
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Mientras los persas eran aniquilados, los contingentes griegos que
habían combatido junto a estos, en sus filas, se salvaban.
Protegidos en su retirada por la caballería tebana, los soldados
se replegaron sin ser molestados hasta la propia Tebas, en donde
todos fueron acogidos.
Sin que podamos dar siquiera cifras aproximadas de las bajas griegas
en aquella jornada, si que sabemos la de los caídos en el
asalto al campamento fortificado: 91 espartanos, 52 atenienses y
16 tegeatas.
Cuando todo hubo acabado, el gigantesco ejército persa que
pocos días antes amenazaba con anegar Grecia entera había
desaparecido casi por completo de la faz de la tierra.
En la costa egea de Asia, donde la flota griega se encontraba también
a la ofensiva y había desembarcado fuerzas apreciables, se
derrotaba al ejército del sátrapa de Lidia en una
decisiva batalla terrestre cerca de Mileto.
Dos años después, en el año 477, y en plena
ofensiva general contra Persia, los atenienses fundan la Liga Délica
y, significativo, amurallan Atenas antes de que Esparta pueda evitarlo.
En unos pocos y vertiginosos años la historia del mundo había
dado un vuelco decisivo y trascendental, es el atronador comienzo
de una nueva era: el Mundo Clásico.
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