«PRISCO EN LA CORTE DE ATILA»

Traducción del griego al ingles por J.B. Bury (Prisco, fr. 8 en Fragmenta Historicorum Graecorum)
Traducción libre del inglés por Ignacio Nachimowicz, Buenos Aires, Marzo de 2007

 

Enviado desde Constantinopla a la corte de Atila, establecida esta temporalmente en algún lugar de la actual Hungria, Prisco conoce al famoso y todopoderoso rey de los hunos y nos ofrece una viva y veraz descripción de todo de lo que él fue testigo. En resumen, un interesante e imprescindible texto en el que el autor, romano, nos relata en primera persona el relato de sus experiencias en el cumplimiento de su misión diplomática.


Partimos con los bárbaros, y llegamos a Sardica, que está a trece días de Constantinopla, para un viajero rápido. Detenidos allí, consideramos aconsejable invitar a Edecón y a los bárbaros con él a cenar. Los habitantes del lugar nos vendieron ovejas y bueyes que matamos, y preparamos una comida. En el curso de la fiesta, como los bárbaros loaban a Atila y nosotros loábamos al Emperador, Bigilas comentó que no era justo comparar un hombre con un dios, significando a Atila por el hombre y a Teodosio por el dios. Los Hunos se excitaron y enfurecieron ante este comentario. Pero nosotros llevamos la conversación en otra dirección, y aliviamos sus heridos sentimientos; y después de la cena, cuando nos separamos, Maximino presentó a Edecón y Orestes con vestidos de seda y gemas indias....

Cuando llegamos a Naissus (Niš) encontramos la ciudad desierta, como si la hubieran saqueado; sólo unas pocas personas enfermas yacían en las iglesias. Nos detuvimos a corta distancia del río, en un espacio abierto, ya que toda la tierra adyacente a la ribera estaba llena con los huesos de hombres asesinados en la guerra. Al día siguiente llegamos a la estación de Aginteo, el comandante en jefe de los ejércitos de Iliria (magister militum per Illyricum), quién estaba apostado no lejos de Naissus, para anunciarle las órdenes Imperiales, y para recibir a cinco de esos diecisiete desertores sobre quienes Atila había escrito al Emperador.


Tuvimos una entrevista con él, y habiendo tratado a los desertores con gentileza, nos los encomendó. Al día siguiente proseguimos desde el distrito de Naissus hacia el Danubio; entramos en un valle cubierto con muchas curvas, vueltas y caminos tortuosos. Pensamos que estábamos viajando derecho al oeste, pero cuando amaneció, el sol subió delante; y algunos de nosotros, ignorantes de la topografía, gritamos que el sol iba en el camino equivocado, y presagiando raros eventos. El hecho era que esa parte del camino miraba al este, debido a la irregularidad de la tierra. Habiendo pasado estos ásperos lugares llegamos a una llanura que también estaba bien arbolada. En el río fuimos recibidos por barqueros bárbaros que nos llevaron remando en botes hechos por ellos de árboles tajeados y ahuecados. Estos preparativoss no habían sido hechos por nuestra causa, sino para transportar una compañía de Hunos; ya que Atila fingió que deseaba cazar en territorio romano, pero su intención era realmente hostil, porque no se le habían dado todos los desertores.


Habiendo cruzado el Danubio, y siguiendo con los bárbaros aproximadamente setenta estadios, fuimos compelidos a esperar en cierta llanura, de modo que Edecón y su partida pudieran ir adelante e informar a Atila de nuestra llegada. Mientras estábamos cenando por la tarde oímos el sonido de caballos que se acercaban, y dos Escitas llegaron con directivas que debíamos partir donde Atila. Les pedimos que compartieran nuestra comida primero, y ellos se apearon dando muestras de alegría. Al día siguiente y bajo su guía, llegamos a las tiendas de Atila que era numerosas, aproximadamente a las tres, y cuando deseamos montar nuestra tienda en una colina, los bárbaros que nos encontraron nos previnieron, porque la tienda de Atila estaba en tierras bajas, de modo que nos detuvimos donde los Escitas desearon.... (Entonces se recibe un mensaje de Atila, que estaba al tanto de la naturaleza de su embajada, diciendo que si no tenían nada más que comunicarle, no los recibiría, de modo que ellos renuentemente se prepararon a volver.)


Cuando el equipaje fue acondicionado en las bestias de carga, y nosotros estábamos preparándonos forzosamente para empezar en tiempo nocturno, vinieron mensajeros de Atila ofreciéndonos que esperemos causa de lo avanzado de la hora. Entonces llegaron hombres con un buey y peces de río, enviados a nosotros por Atila, y cuando hubimos cenado, nos retiramos a dormir. Cuando fue de día, esperamos un mensaje gentil y atento del bárbaro, pero él nuevamente nos pidió que partiéramos si no teníamos ningún mandato más allá de lo que él ya sabía. Nosotros no contestamos, y nos preparamos a partir, aunque Bigilas insistió en que debíamos fingir tener alguna otra comunicación que hacer. Cuando vi que Maximino estaba muy abatido, fui donde Escotas (uno de los Hunos nobles, hermano de Onegesio), llevando conmigo a Rusticio que entendía el idioma Huno. Él había venido con nosotros a Escitia, no como miembro de la embajada, sino por negocios con Constancio, un italiano a quien Aecio había enviado a Atila para ser secretario privado de ese monarca. Yo informé a Escotas, actuando Rusticio como intérprete, que Maximino le daría muchos regalos si él le procuraba una entrevista con Atila; y, lo que es más, que la embajada no sólo conduciría a los intereses públicos de los dos poderes, sino al interés privado de Onegesio, porque el Emperador deseaba enviarle como embajador a Bizancio, para arreglas las disputas de los Hunos y los romanos, y que allí recibiría espléndidos regalos. Como Onegesio no estaba presente, era para Escotas, yo dije, el ayudarnos, o más bien ayudar a su hermano, y al mismo tiempo demostrar que el informe qué le atribuía una influencia con Atila igual a la poseída por su hermano, era verdadero.


Escotas montó su caballo y cabalgó a la tienda de Atila, mientras yo regresé donde Maximino y lo encontré en un estado de perplejidad y ansiedad, recostado en el pasto con Bigilas. Yo describí mi entrevista con Escotas, y le pedí que hiciera los preparativos para una audiencia con Atila. Ambos se incorporaron, aprobando lo que yo había hecho, llamando a los hombres que habían empezado con las bestias de carga.


Mientras considerábamos qué decir a Atila, y cómo presentar los regalos del Emperador, vino Escotas a buscarnos, y entramos en la tienda de Atila que estaba rodeado por una multitud de bárbaros. Encontramos a Atila que sentado en una silla de madera. Estábamos de pie a poca distancia y Maximino se adelantó y saludó al bárbaro a quien le dió la carta del Emperador, diciendo que el Emperador oraba por la seguridad de él y la suya. El rey contestó, «Será para los romanos como ellos desean que sea para mí», e inmediatamente se dirigió a Bigilas, llamándole bestia desvergonzada, y preguntándole por qué se aventuró venir cuando todos los desertores no le habían sido entregados. . . .


Después de la partida de Bigilas. quién retornó al Imperio (simbólicamente para encontrar a los desertores cuyo restauración exigía Atila, pero realmente para conseguir el dinero para su cómplice Edecón), permanecimos un día en ese lugar, y entonces partimos con Atila a las partes norteñas del país. Nosotros acompañamos al bárbaro durante un tiempo, pero cuando alcanzamos cierto punto, tomó otra ruta por orden de los Escitas que nos conducían, ya que Atila se dirigía a un pueblo dónde pensaba casarse con la hija de Eskam, aunque tenía muchas otras esposas, y dado que los Escitas practican la poligamia. Nosotros proseguimos a lo largo de un camino nivelado en una llanura y nos encontramos con ríos navegables, de los cuales los más grandes, al lado del Danubio, son el Drecon, Tigas, y Tifesas, los que cruzamos en los Monoxilos, botes hechos de una pieza, usados por los moradores en las riberas,: los ríos más pequeños los cruzamos en balsas que los bárbaros llevan con ellos en carretas, con el propósito de cruzar los pantanos.


En los pueblos nos abastecían con comida, mijo en lugar de maíz e hidromiel, como la llaman los nativos, en lugar de vino. Los sirvientes que nos siguieron recibieron mijo, y una bebida hecha de cebada que los bárbaros llaman kam. Casi anocheciendo, habiendo viajado una larga distancia, montamos nuestras tiendas en la ribera de un lago de agua dulce, usado para beber por los habitantes del pueblo vecino. Pero se levantó una tormenta con viento, acompañada por truenos, relámpagos y fuerte lluvia, y casi tiró abajo nuestras tiendas; todos nuestros utensilios rodaron a las aguas del lago. Aterrado por el contratiempo y la perturbación atmosférica, dejamos el lugar y nos perdimos entre nosotros en la oscuridad y la lluvia, siguiendo cada uno el camino que le parecía más fácil. Todos alcanzamos el pueblo de diferentes maneras, y dimos la alarma para obtener lo que nos faltaba. Los Escitas del pueblo saltaron fuera de sus chozas al oír el ruido, y, encendiendo las cañas que usan para encender fuego, preguntaron qué queríamos. Nuestros conductores contestaron que la tormenta nos había alarmado; así que ellos nos invitaron a sus chozas nos brindaron calor encendiendo grandes hogueras de cañas. La señora que gobernaba el pueblo, una de las esposas de Bleda, nos envió comestibles y guapas muchachas para consolarnos (éste es un cumplido escita).


Nosotros compartimos con las jóvenes mujeres los comestibleses. pero rechazamoa aprovecharnos de su presencia. Permanecíamos en las chozas hasta que amaneció y entonces fuimos a buscar nuestros utensilios perdidos, los que encontramos en parte en el lugar dónde habíamos montado la tienda, parte en la ribera del lago, y parte en el agua. Pasamos ese día en el pueblo secando nuestras cosas ya que la tormenta había cesado y el sol era brillante. Habiendo cuidado nuestros caballos y ganado, dirigimos nuestros pasos a la princesa a quien presentamos nuestros respetos y entregamos los regalos en cambio por su cortesía. Los regalos consistieron en cosas que son muy estimadas por los bárbaros y no producidas en el país, tres frascos de plata, pieles rojas, pimienta india, fruta de la palma, y otras delicadezas.

Habiendo adelantado una distancia de siete días, nos detuvimos en un pueblo; ya que el resto de la ruta era la misma para nosotros que para Atila, él consideró apropiado que nosotros esperáramos, para que él pudiera ir al frente. Aquí nos encontramos con algunos de los «romanos occidentales», quiénes también habían venido en una embajada a Atila, el conde Rómulo, Promoto, gobernador de Norica, y Romano,un capitán militar. Con ellos estaba Constancio, a quien Aecio había enviado a Atila para ser su secretario, y Tátulo, el padre de Orestes; estos dos no tenían conexión con la embajada, pero eran amigos de los embajadores. Constancio los conocía desde antiguo en las Italias, y Orestes se había casado con la hija de Rómulo.

El objeto de la embajada, era ablandar el alma de Atila quién exigía la rendición de un tal Silvano, un comerciante en vajilla de plata en Roma, porque había recibido vasos de oro de un cierto Constancio. Este Constancio, nativo de la Galia, había precedido a su homónimo en el cargo de secretario de Atila. Cuando Sirmio en la Pannonia estaba sitiado por los Escitas, el obispo del lugar depositó los vasos a su (Constancio) cuidado, que si la ciudad era tomada y él sobrevivía, podrían ser usados para rescatarlo; y en caso de que fuera asesinado, para rescatar a los ciudadanos que fueran llevados en la cautividad. Pero cuando la ciudad fue esclavizada, Constancio violó su compromiso, y, como ocurrió que estaba en Roma por negocios, empeñó los vasos a Silvano por una suma de dinero, a condición que si él devolvía el dinero dentro de un periodo preeestablecido los platos debían ser devueltos, pero de lo contrario quedaban de propiedad de Silvano. Constancio, sospechoso de traición, fue crucificado por Atila y Bleda; y después, cuando el asunto de los vasos fue conocido por Atila, exigió la rendición de Silvano en la tierra en la que había robado su propiedad. Consecuentemente Aecio y el Emperador de los romanos Occidentales enviaron a explicar que Silvano era el acreedor de Constancio, los vasos habían sido empeñados y no robados, y que él había vendido algunos a sacerdotes y otros para propósitos sagrados. Si, sin embargo, Atila se negaba a desistir de su demanda, él, el Emperador, le enviaría el valor de los vasos, pero no rendiría al inocente Silvano.


Habiendo esperado por algún tiempo hasta que Atila se hubo adelantado a nosotros, proseguimos, y habiendo cruzado algunos ríos llegamos a un pueblo grande dónde se decía que la casa de Atila era más espléndida que sus residencias en otros lugares. Estaba hecha de tablas pulidas, y rodeada por una cerca de madera, diseñada, no para protección, sino para apariencia. La casa de Onegesio era la que seguía a la del rey en esplendor, y estaba también rodeada con un cercamiento de madera, pero no estaba adornada con torres como la del rey. No lejos del cercamiento había un gran baño que Onegesio, que era el segundo en poder entre los Escitas, construyó, después de haber transportado las piedras desde Pannonia; porque los bárbaros en este distrito no tenían piedras o árboles pero usaban material importado. El constructor del baño era un cautivo de Sirmio que esperaba ganar su libertad como pago por hacer el baño. Pero fue defraudado, y mayor problema le ocurrió que la simple cautividad entre los Escitas, porque Onegesio lo designó como bañero, y atendía a él y a su familia cuando se bañaban.

Cuando Atila entró en el pueblo le salieron al encuentro muchachas que avanzaban en filas, bajo blancos y delgados doseles de lino, que eran sostenidos por mujeres de afuera que estaban de pie bajo ellos, y eran tan grandes que siete o más muchachas caminaban bajo cada una. Había muchas líneas de damiselas así doseladas, y cantaban canciones escitas. Cuando llegó cerca de la casa de Onegesio que quedaba en su camino, la esposa de Onegesio saliendo por la puerta, con varios sirvientes, llevaba carne y vino, le saludó y le pidió que compartiera su hospitalidad. Éste es el honor más alto que puede mostrarse entre los Escitas. Para complacer a la esposa de su amigo, él comió, sentado en su caballo, levantando sus sirvientes la bandeja hasta su montura; y habiendo degustado el vino, entró al palacio que era más alto que las otras casas y construído en un sitio elevado. Nosotros permanecíamos en la casa de Onegesio, a su invitación, porque él había vuelto de su expedición con el hijo de Atila. Su esposa y parentela nos entretuvieron a la cena, porque él no tenía ocio alguno, ya que tenía que relatar a Atila el resultado de su expedición, y explicarle el accidente que le había pasado al joven príncipe, que se había resbalado y roto su brazo derecho. Después de la cena dejamos la casa de Onegesio, y ocupamos nuestros cuartos cercanos al palacio, para que Maximino pudiera estar a una distancia conveniente para visitar a Atila o mantener comunicación con su corte. A la mañana siguiente, al alba, Maximino me envió a Onegesio, con regalos ofrecidos por él así como aquéllos que el Emperador había enviado, y yo debía averiguar si tendría una entrevista con Maximino y en qué momento. Cuando llegué a la casa, junto con los sirvientes que llevaban los regalos, encontré las puertas cerradas, y tuve que esperar hasta que alguno saliera y anunciara nuestra llegada. Mientras esperaba y caminaba de arriba abajo frete a la cerca que rodeaba la casa, un hombre a quien por su vestido escita yo tomé por un bárbaro, se me acercó y se me dirigió en griego, con la palabra Xaire, «¡Hola». Yo estaba sorprendido que un escita hablara griego. Porque los súbditos de los Hunos, barridos juntos de varios países, hablan, además de sus propias lenguas bárbaras, Húnico o Gótico, o, tanto como tienen relaciones comerciales con los romanos occidentales, latino; pero ninguno de ellos habla griego, excepto los cautivos de las costas tracia o iliria, fácilmente; y éstos últimos se reconocen fácilmente de cualquier otro extranjero por sus raídos vestidos y la escualidez de sus cabezas, como hombres que se han encontrado con un revés. Este hombre al contrario, parecía un próspero escita, bien vestido, y teniendo un corte de pelo en círculo según la moda escita. Habiendo devuelto su saludo, le pregunté quién era y de donde había venido a una tierra extranjera adoptando la vida escita. Cuando él me preguntó que por qué yo quería saber, le dije que su discurso Helénico había incitado mi curiosidad. Entonces él sonrió y dijo que él había nacido en Grecia y había ido como comerciante a Viminacium, en el Danubio, dónde se había quedado un largo tiempo, y casado con una esposa muy rica. Pero la ciudad cayó presa de los bárbaros, y fue despojado de su prosperidad, y a causa de sus riquezas, fue repartido a Onegesio en la división del despojo, como era costumbre entre los Escitas reservar para los jefes los prisioneros ricos. Habiendo luchado valientemente contra los romanos y los Acatiros, él había pagado con los despojos que ganó a su amo, y así obtuvo la libertad. Se casó entonces con una esposa bárbara y tuvo hijos y tenía el privilegio de comer a la mesa de Onegesio.

Él consideró su nueva vida entre los Escitas mejoe que su vieja vida entre los romanos, y las razones que dió fueron las siguientes: «Después de la guerra los Escitas viven en la inactividad, disfrutando lo que tienen, y no se agobian por nada, o por muy poco. Los romanos, por otro lado, están en primer lugar muy propensos a perecer en la guerra, debiendo descansar sus esperanzas de seguridad en otros, y no se les permite, a causa de sus tiranos, a usar armas. Y aquéllos que las usan son perjudicados por la cobardía de sus generales, que no pueden sostener la conducción de la guerra. Pero la condición de los súbditos en tiempos de paz es mucho más dolorosa que los males de guerra, ya que la exacción de los impuestos es muy severa, y hombres inmorales infligen lesiones en otros, porque las leyes no son prácticamente válidas contra todas las clases. Un transgresor que pertenece a las clases adineradas no es castigado por su injusticia, mientras que un hombre pobre que no entiende de negocios, sufre la multa legal, eso si no parte de esta vida antes del juicio, tanto es prolongado el curso de pleitos, y tanto dinero que se gasta en ellos. El climax de la miseria es tener que pagar para obtener justicia. Ya que nadie dará un tribunal al hombre perjudicado a menos que pague una suma de dinero al juez y a los empleados del juez».

En respuesta a este ataque sobre el Imperio, yo le pedí que fuera lo suficientemente bueno para escuchar con paciencia el otro lado de la pregunta. «Los creadores de la república romana», dije, "que eran hombres sabios y buenos para evitar que las cosas fueran hechas al azar, hizo una clase hombres guardianes de las leyes, y designó otra clase a la profesión de las armas, quienes no iban a tener ningún otro objeto que estar siempre listos para la batalla, y para ir a guerrear sin miedo, como si con su ejercicio ordinario hubieran agotado por la práctica todo su miedo de antemano. Otros fueron asignados para asistir al cultivo de la tierra, para sostener tanto a ellos mismos como a aquéllos que luchan en su defensa, contribuyendo con el suministro militar de grano-.... A aquéllos que protegen los intereses de los litigantes se les paga una suma de dinero por parte de estos últimos, así como pagan los granjeros a los soldados. ¿No es justo apoyar a quién ayuda y le compensa por su amabilidad? El apoyo del caballo beneficia al jinete.... Aquéllos que gastan el dinero en un juicio y lo pierden, al final no pueden achacarlo justamente a nada sino a la injusticia de su caso. Y acerca del largo tiempo gastado en pleitos que son debidos a la preocupación por la justicia, que los jueces no pueden fallar dando juicios correctos teniendo que dar sentencias apuradas; es bueno que ellos reflexionen, y concluyan el caso más tardíamente, que juzgando aprisa ellos dañen al hombre y transgredan contra la Deidad, la institutora de justicia.... Los romanos tratan a sus sirvientes mejor que el rey de los Escitas trata a sus súbditos. Ellos tratan con ellos como padres o maestros, amonestándolos para que se abstengan del mal y sigan las líneas de conducta que han estimado honorables; los reprueban por sus errores como a sus propios hijos. No está permitido, como entre los Escitas, infligirles la muerte. Tienen numerosas maneras de conferir la libertad; no sólo pueden manumitir durante la vida, sino también por sus testamentos, y los deseos testamentarios de un romano con respecto a su propiedad son ley».

Mi interlocutor vertió lágrimas, y confesó que las leyes y la constitución de los romanos eran justas, pero deploró que los gobernantes, no poseyendo el espíritu de generaciones anteriores, estaban arruinando el Estado.

Mientras estábamos comprometidos en esta discusión un sirviente salió y abrió la puerta del cercamiento. Yo me dí prisa, e inquirí si Onegesio estaba ocupado, porque yo deseaba darle un mensaje del embajador romano. Él me contestó que yo lo encontraría si esperaba un poco, ya que él estaba a punto de salir. Y después de un corto tiempo yo le vi salir, y me dirigí a él, diciendo : «El embajador romano os saluda, y yo he venido con regalos de él, y con el oro que el Emperador le envía. El embajador está ansioso por encontralo, y le pide que fije un tiempo y lugar». Onegesio pidió a sus sirvientes que recibieran el oro y los regalos, y me dijo que anunciara a Maximino que él iría inmediatamente donde él. Yo entregué el mensaje, y Onegesio apareció en la tienda sin demora. Expresó su agradecimiento a Maximino y al Emperador por los regalos, y preguntó porqué envió por él. Maximino dijo que había llegado el tiempo para Onegesio de tener mayor renombre entre los hombres, si fuera donde el Emperador, y por su sabiduría arreglara los objetos de disputa entre romanos y Hunos, estableciendo la concordia entre ellos; por eso él procuraría muchas ventajas para su propia familia, en tanto que él y todos sus hijos serían siempre amigos del Emperador y de la familia Imperial. Onegesio inquirió qué medidas satisfarían al Emperador y cómo podría él arreglar las disputas. Maximino contestó: «Si usted cruza a las tierras del Imperio romano usted pondrá al Emperador bajo una obligación, y usted arreglará los problemas investigando sus causas y decidiéndolos en base a la paz». Onegesio dijo que él informaría al Emperador y a sus ministros de los deseos de Atila, pero los romanos no deben pensar que podrían prevalecer siempre con él, traicionando a su amo o descuidando su formación escita y sus esposas e hijos, o preferir la riqueza entre los romanos a la esclavitud con Atila. Agregó que sería de mayor servicio a los romanos permaneciendo en su propia tierra y ablandando el enojo de su amo, si estuviera indignado por algo con los romanos, que visitándolos y sujetándose a culparse si hiciera arreglos que Atila no aprobó. Se retiró entonces, después de haber consentido que yo actuara como un intermediario llevando los mensajes de Maximino a él, porque no sería coherente con la dignidad de Maximino como embajador, visitarlo constantemente.


Al día siguiente entré en el cercamiento del palacio de Atila, llevando regalos a su esposa cuyo nombre era Kreka. Ella tenía tres hijos de los cuales el mayor gobernó a los Acatiros y a las otras naciones que moran en la Escitia Póntica. Dentro del cercamiento había numerosos edificios, algunos de tablas hermosamente talladas y encajadas unas con otras, otros rectos, atados con bloques de madera redondos que se elevaban a una moderada altura de la tierra. La esposa de Atila vivía aquí, y, habiendo sido admitido por los bárbaros en la puerta, la encontré reclinada en una suave cama. El suelo del cuarto estaba cubierto con esteras de lana para andar sobre ellas. Varios sirvientes la rodeaban de pie, y sirvientas sentadas en el suelo delante de ella bordaban con colores telas de lino pensadas para ser puestas encima del vestido escita como ornamento. Habiéndome acercado, saludé, y presenté los regalos: Salí, y caminé hacia otra casa dónde estaba Atila, y esperé por Onegesio que, como yo sabía, estaba con Atila. Yo estaba de pie en el medio de una gran multitud, los guardias de Atila y sus sirvientes me conocían, y así nadie me obstaculizaba. Ví a varias personas adelantándose, una gran conmoción y ruido, esperándose la salida de Atila. Y vino desde la casa con un andar dignificado, mirando alrededor aquí y allá. Él se acompañaba por Onegesio, y estaba de pie delante de la casa; y muchas personas que tenían pleitos entre si subieron y recibieron su juicio. Entonces volvió a la casa, y recibió a embajadores de pueblos bárbaros.


Como yo estaba esperando por Onegesio, fui abordado por Rómulo, Promoto y Romano, los embajadores que habían venido de Italia acerca de los vasos de oro; ellos se acompañaban por Rusticio y por Constanciolo, un hombre del territorio Pannonio que estaba sujeto a Atila. Ellos me preguntaron si habíamos sido despedidos o habíamos sido forzados a permanecer, y yo contesté que simplemente era para enterarme de esto por parte de Onegesio, que estaba esperando fuera del palacio. Cuando yo inquirí a mi vez si Atila les había concedido de una manera condescendiente una contestación amable, ellos me dijeron que su decisión no podía ser cambiada, y que él amenazó con la guerra a menos que Silvano o los vasos fueran entregados....


Mientras estábamos hablando acerca del estado del mundo, salió Onegesio; nosotros llegamos a él y le preguntamos por nuestras preocupaciones. Habiendo hablado primero con algunos bárbaros, me pidió que inquiriera de Maximino qué consular estaban enviando los romanos como embajador a Atila. Cuando yo fui a nuestra tienda entregué el mensaje a Maximino, y reflexioné con él qué respuesta debíamos dar a la pregunta del bárbaro. Volviendo a Onegesio, yo dije que los romanos deseaban que fuera donde ellos y ajustara las materias de disputa, de lo contrario el Emperador enviaría a cualquier embajador que él escogiera. Él me pidió entonces que trajera a Maximino con quien se dirigió a la presencia de Atila. Poco después Maximino salió, y me dijo que el bárbaro deseaba a Nomo, Anatolio o Senador que fueran el embajador, y que él no recibiría a ningún otro que uno de estos tres; cuando él (Maximino) contestó que no era conveniente mencionar a los hombres por el nombre y así presentarlos como sospechosos a los ojos del Emperador, Atila dijo que si ellos no elegían obedecer sus deseos, las diferencias se ajustarían por las armas.

Cuando volvimos a nuestra tienda el padre de Orestes vino con una invitación de Atila para los dos a un banquete a las tres en punto. Cuando llegó la hora fuimos al palacio, junto con la embajada de los romanos occidentales, y estuvimos de pie en el umbral del vestíbulo en presencia de Atila. Los coperos nos dieron una copa, según la costumbre nacional que nosotros podíamos beber antes de sentarnos. Habiendo degustado la copa, procedimos a tomar nuestros asientos; todas las sillas estaban alineadas a lo largo de las paredes del cuarto a ambos lados. Atila se sentaba en el medio en un sofá; un segundo sofá estaba puesto detrás de él, y desde él, escalones conducían a su lecho que estaba cubierto con sábanas de lino y los colchas labradas para ornamento, tal como griegos y romanos usan para engalanar las camas nupciales. Los lugares a la derecha de Atila se consideraban principales en honor, aquéllos a la izquierda dónde nos sentábamos nosotros, era sólo segundos. Berico, un noble entre los Escitas, se sentaba en nuestro lado, pero tenía la precedencia a nosotros. Onegesio se sentaba en una silla a la derecha del lecho de Atila, y encima y enfrentados a Onegesio, en una silla, se sentaban dos de los hijos de Atila; su hijo mayor se sentaba en su lecho, no cerca de él, sino en un extremo, con sus ojos fijos en el piso, con tímido respeto por su padre. Cuando todos estuvieron acomodados, vino un copero y le dió a Atila una copa de madera con vino. Él la tomó, y saludó al primero en precedencia que, honrado por el saludo, se ponía de pie, y no podía sentarse hasta que el rey, después de haber saboreado o agotado el vino, devolvía la copa al sirviente. Todos los invitados entonces honraban a Atila de la misma manera, saludándolo, y degustando entonces las copas; pero él no se ponía de pie. Cada uno de nosotros tenía un escanciador especial que avanzaba para presentar el vino cuando el copero de Atila se retiraba. Cuando el segundo en precedencia y aquellos próximos a él fueron honrados de la misma manera, Atila brindó por nosotros de la misma manera según el orden de los asientos. Cuando esta ceremonia terminó, los coperos se retiraron, y se ubicaron mesas, grandes como para tres o cuatro, o más aun, cerca de la mesa de Atila, para que cada uno pudiera tomar la comida en los platos sin dejar su asiento. El sirviente de Atila entró primero con un plato lleno de carne, y detrás de él los otros sirvientes vinieron con pan y viandas que pusieron en las mesas. Una lujosa comida, servida en platos de plata, estaba lista para nosotros y los invitados bárbaros, pero Atila comió solo carne en un trinchante de madera. En todo lo demás se mostró mesurado, también; su copa era de madera, mientras a los invitados se les dieron copas de oro y plata. Su vestido, también, era bastante simple, notándose sólo por estar limpio. La espada que llevaba a su lado, las correas de su calzado escita y la brida de su caballo, no estaban adornadas, como aquellas de los otros Escitas, con oro o gemas o algo costoso. Cuando se hubieron consumido las viandas del primer plato, todos nos pusimos de pie, y no volvimos a nuestros asientos hasta que cada uno, en el orden antes observado, bebió a la salud de Atila en la copa de vino que le fue presentada. Entonces nos sentamos, y un segundo plato se puso en cada mesa con los comestibles de otra clase. Después de este plato se observó la misma ceremonia como después del primero. Cuando cayó la tarde se encendieron las antorchas, y dos bárbaros que se ubicaron delante de Atila, cantaron canciones que ellos habían compuesto, celebrando sus victorias y hechos de valor en la guerra. Y de los invitados, mientras miraban a los cantantes, algunos estaban complacidos con los versos, otros recordaban las guerras entusiasmados en sus almas, mientras otros, cuyos cuerpos eran débiles por la edad y sus espíritus obligados a descansar, vertían lágrimas. Después de las canciones un escita cuya mente estaba alterada, apareció, y profiriendo palabras extrañas e insensatas forzó a la compañía a reírse. Después de él Zerkon, el enano moro, entró. Lo había enviado Atila como regalo a Aecio, y Edecón lo había persuadido a venir a Atila para recuperar a su esposa a la que había dejado atrás en Escitia; la señora era un escita a la que él había obtenido en matrimonio a través de la influencia de su patrón Bleda. Él no había tenido éxito en recuperarla, porque Atila estaba enfadado con él por volver. En ocasión del banquete hizo su aparición, y provocó en todos exceptuando a Atila, unos ataques de risa inextinguible por su apariencia, su vestido, su voz, y sus palabras, que eran una mezcla confusa de latín, Húnico, y Gótico. Atila, sin embargo, permaneció inmóvil y con el semblante inmutable; ni por una palabra o acto hizo algo acercándose a una sonrisa de alegría excepto con la entrada de Ernas, su hijo más joven, a quien tiró de la mejilla, y miró fijamente con una tranquila mirada de satisfacción. Yo estaba sorprendido que él hizo tanto por este hijo, abandonando a sus otros hijos, pero un bárbaro que se sentaba a mi lado y que conocía el latín, pidiéndome que no revelara lo que dijo, me dio a entender que los profetas habían prevenido a Atila que su raza caería, pero se restauraría por este muchacho. Cuando la noche avanzó, nos retiramos del banquete, no deseando asistir más allá a las libaciones.

Fin del texto conservado..