EL
ATAQUE GERMANO
Arminio, que se encontraba mucho más cerca de los romanos de lo
que éstos podían suponer, advertido del movimiento, emprendió
una rápida marcha con sus numerosas huestes. Alejados de la columna
romana, flanqueándola a través de atajos o los mismos pantanos,
a sabiendas de que de la velocidad dependía la sorpresa, se adelantaron
a los romanos y se apostaron en el camino.
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Cécina
entretanto avanzaba mucho más lento de lo esperado. El mal
estado de los puentes, que en muchos tramos se encontraban deshechos,
obligaban a perder al romano tiempo en la reconstrucción
de los mismos.
Cuando la columna llegó a la altura del lugar en donde les
estaban esperando los germanos Cécina, no sin cierto temor,
decidió detenerse y, en la medida de lo posible, acampar.
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El cuadro que
se abría ante el general romano no era muy esperanzador. Una larga
columna romana en medio de un extenso pantano flanqueado por bosques repletos
de enemigos. No podía ofrecer batalla ni parecía posible
seguir avanzando y la retirada era sencillamente imposible.
El romano, un veterano militar, no perdió los nervios y afrontó
con entereza las dificultades; ya que había que seguir adelante,
la única opción que se abría ante ellos era la de
seguir con la reconstrucción del camino mientras parte de sus tropas
hacían de barrera entre los zapadores, que trabajaban sobre los
puentes, y los germanos que desde todos los lados tratarían de
entorpecer el trabajo de sus hombres.
Aquella jornada
fue sin duda terrible para los romanos. La lucha se generalizó
en un terreno cenagoso que impedía a éstos cualquier tipo
de maniobra de combate. Clavados en el barro o el agua los legionarios
se veían impedidos de luchar de la mejor forma que sabían.
Sus armas arrojadizas eran inútiles sin poder maniobrar en formaciones
y su artillería no era por supuesto utilizable. Hundidos en el
fango por su pesado armamento, tenían que soportar los indiscriminados
ataques de los ágiles germanos. Para los guerreros nativos este
era su terreno ideal. Sin corazas, loricas o grandes y pesados escudos,
se movían con relativa facilidad por aquel endiablado terreno.
Su arma más común, la alargada framea, les permitía
alancear a distancia a unos ateridos romanos que caían a decenas
sin casi defensa, al no poder alcanzar a sus contrarios.
Sólo la noche puso obligado fin a los combates cuando los germanos
se retiraron a los bosques. Sin embargo, las calamidades no habían
acabado aquí. Arminio había enviado a parte de sus hombres
a trabajar en los cursos de agua cercanos. La idea era desviar las corrientes
hacia la laguna en donde los romanos se encontraban clavados por el ataque.
Si Cécina creía que aquella noche disponía de algún
tiempo de respiro estaba muy equivocado. De repente el nivel del agua
del pantano comenzó a elevarse anegando parte de los puentes, inutilizando
otros, y en definitiva multiplicando las dificultades a las que ya de
por sí tenían que hacer frente.
El recuerdo de
Varo y sus legiones estaba sin duda en la mente de todos. Aquella noche,
en la que prácticamente nadie pudo descansar en seco, una profunda
desmoralización se abatió sobre el ejército.
Cécina y su estado mayor sopesaron sus alternativas; ya que resultaba
imposible hacer frente a los germanos en los pantanos, pues los hombres
estaban tan terriblemente cansados y asustados que no aguantarían
un día más el acoso al que habían sido sometidos
el día precedente, la única opción era adelantarse
de madrugada al ataque e ir a esperarles en los confines de los bosques
en donde acampaban. De esta forma, mientras parte del ejército
contenía a los germanos en los lindes del pantano, los heridos,
enfermos y todo el material que pudiese ser todavía transportado
en los carros, atravesarían los puentes que los zapadores se encargarían
de ir terminando. Una vez fuera del pantano existía una llanura,
un lugar seco capaz de albergar al ejército y de suficiente extensión
como para permitir un despliegue de batalla.
LA JORNADA SANGRIENTA
Poco antes del alba comenzó el despliegue romano; tal y como se
había acordado, mientras las cohortes acudían a los flancos,
la parte más pesada de la columna comenzó a abrirse paso
por entre la ciénaga. Cuando las tropas enviadas a los lados renunciaron
inopinadamente a cumplir con su cometido y se desplazaron hacia delante
-abandonando a su suerte a la columna central-, Arminio vio que había
llegado la gran ocasión que había estado esperando. Las
legiones de los dos flancos posiblemente no fueron molestadas en su huida
hacia la zona seca que se abría a lo lejos, pero cuando en la columna
central -que avanzaba lentamente debido a su falta de movilidad- las filas
de las dos legiones que la escoltaban durante la progresión se
desordenaron por completo, ordenó un asalto general.
Arminio mismo conducía una de las cuñas que lanzó
contra la columna romana, en su mismo centro, atravesándola entonces
y dividiéndola así en dos mitades. El escenario no podía
ser mas atroz; una larga fila de carromatos cargados de hombres heridos,
armas o suministros atascados aquí y allá, trabados por
el cieno, y protegidos por una amalgama desordenada de legionarios y auxiliares
acosados por ingentes oleadas de enardecidos germanos decididos a exterminar
sin piedad a sus enemigos.
Para el combate, Arminio había dado instrucciones de herir sobre
todas las cosas a las bestias. Eliminados los animales de tiro y monta,
la movilidad romana quedaría del todo comprometida. El propio Cécina
perdió su caballo y estuvo a punto de ser capturado. Solo un oportuno
contraataque local de los hombres de la I Legión permitió
al veterano general volver a encabezar el mando de la desastrosa columna
de marcha. Al final, gracias a la usual indisciplina germana, pues buena
parte de los guerreros se dedicó en la primera oportunidad que
tuvo a saquear los innumerables carromatos atascados en el barro, permitió
que la mayor parte de los hombres pudiese atravesar espada en mano el
camino y llegar hasta la llanura en donde les estaban esperando ya los
hombres de las legiones V y XX.
Es difícil calibrar las pérdidas humanas y materiales durante
este episodio, sin duda altas, pero, en principio, la gran mayoría
había conseguido pasar esta primera prueba.
LA
NOCHE TRISTE
Profundamente desmoralizados, los romanos comenzaron a preparar, para
pasar la noche, una especie de campamento fortificado. Habían perdido
en las ciénagas todos sus bagajes, y entre ellos tiendas, azadas
para cavar o medicinas…. Era un ejército deshecho, prácticamente
roto, pero que, principalmente gracias a su general, mantenía la
disciplina necesaria para ponerse a trabajar y al menos lograr levantar
una especie de empalizada sobre algo parecido a un foso. Dentro del perímetro,
unos 25 ó 30.000 hombres esperaban asustados lo que les deparaba
el destino. Ateridos de frío y tumbados en el húmedo suelo,
soldados de toda índole; heridos, enfermos, algunos civiles, escuchaban
aterrorizados los gritos y cánticos de guerra que a lo lejos se
dejaban oír de los germanos. Hubo momentos en que el pánico
estuvo a punto de prender en todo el campamento. Sólo la decidida
actuación de Cécina evito que la totalidad el ejército
de Germania Superior echase aquella noche, literalmente, a correr.
Después
de un conato de pánico habido en el campamento, una vez restablecido,
tímidamente, el orden, los oficiales romanos en un nuevo consejo
de guerra convocado por su general volvieron a tratar sobre la batalla:
Su situación era claramente desesperada, las tropas estaban al
borde del colapso, se hacía pues inútil todo nuevo intento
de proseguir la retirada. Así pues, ya que no podían irse,
la única opción era plantar cara a los germanos. Cécina,
veterano bregado en mil combates, sabía que una de las pocas opciones
que podían tener era la de realizar una salida en masa en cuanto
los germanos asaltasen el campamento. No había otra alternativa,
la decisión estaba pues clara. La importancia del momento no se
le escapaba a nadie, era sencillamente vencer o morir, y por ello se aleccionó
a todos los mandos, desde los tribunos a los centuriones, para la batalla.
A la tropa, los considerados más valientes, sin distinción
de origen –bien auxiliar o romano-, les fueron entregados los pocos
caballos que se conservaban. Sólo habría una oportunidad,
una sola embestida, si unos u otros flaqueaban estarían todos irremisiblemente
condenados.
VICTORIA
FINAL
A la mañana siguiente, y por suerte para los romanos, Arminio,
decidido tan sólo a continuar con su estrategia de acoso a distancia,
fue apartado a un lado por los líderes tribales más impulsivos.
Se habían terminado ya las contemplaciones, los guerreros germanos
deseaban lanzarse sobre la empalizada, exterminar a los romanos y hacerse
con el ingente botín que a buen seguro les esperaba.
Guiados por Inguiomero los germanos rodearon el campamento y sin miedo
comenzaron a rellenar el foso que protegía la empalizada. Los romanos,
siguiendo el plan preestablecido, hicieron una tímida defensa de
sus posiciones, tal y como correspondía a una fuerza que aparentemente
había perdido toda su capacidad de combate. Y llegaban ya a lo
alto de las defensas cuando desde dentro, en perfecta formación,
las legiones se dispusieron para el contraataque.
De repente el sonido de decenas de trompetas y cuernos marcando el inicio
de la carga dejaron clavados sobre el terreno a los desconcertados asaltantes.
Todas a una, las puertas del campamento se abrieron y largas y compactas
columnas de legionarios salieron a la carrera contra unos sorprendidos
germanos. En un momento el ejército de Inguiomero y Arminio perdió
toda cohesión y el pánico se propagó entre sus filas.
No hubo apenas resistencia organizada. La matanza fue terrible, y el propio
Inguiomero fue alcanzado y herido por los romanos. Al finalizar la jornada
los otrora victoriosos germanos habían sido muertos o dispersados.
Una vez cansados de la persecución, los romanos se reagruparon,
recuperaron de entre el botín del enemigo todo lo que pudieron
llevar consigo y, un tanto recuperados, volvieron a ponerse en camino
hacia el Rhin.
El ejército se había salvado por poco, pero el daño
recibido había sido considerable.
Fin del extracto
del número 4 de la Revista de Historia Antigua y Medieval dedicada
en esta ocasión a Germánico.
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