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Extracto del articulo Agesilao, rey de Esparta, y
la guerra contra Persia, proveniente de la revista RHA nº1.
El trabajo nos acerca a los hechos que condujeron
a que la República de los Lacedemonios se inmiscuyese en la política
persa en Asia Menor, apoyando a los griegos locales en su intento de liberarse
de su tutela. Agesilao es el tercero de los generales que su patria enviará
a la Jonia.
Este extracto sólo llega hasta el momento
en que el espartiata Dercílidas logra extender la influencia espartana
hasta Eolia.
ANTECEDENTES
Concluída
la guerra del Peloponeso, año 404 a.C., Esparta se encontraba en
deuda con Persia. La ayuda recibida de sus sátrapas le habían
permitido mantenerse en pie en unos momentos muy difíciles, sobre
todo durante los últimos compases de esa gran guerra que enfrentó
a todos los griegos entre sí. El apoyo persa estaba personificado,
sobre todo, en Ciro, uno de los hijos de Darío II, el sátrapa,
más poderoso de Asia Menor. Este, en el año 401 a.C., aprovechando
el lazo y la amistad forjada entre los espartanos y él mismo, los
utilizó para lograr reunir un gran ejército de mercenarios
griegos con los que reforzar sus fuerzas en vista a la guerra que seguidamente
iba a desatar en contra su propio hermano, el rey Artajerjes II.
Precisamente
tras esta campaña, recordemos que enmarcada en la llamada expedición
de los diez mil, no sólo quedaron los espartanos liberados de sus
obligaciones para con los persas sino que se descubrió al mundo
griego las debilidades del sistema militar de su gran enemigo. A partir
ahora el maltrecho prestigio del imperio asiático quedo prácticamente
abatido y no sólo a ojos griegos sino hacia sí mismo, pues
desde ese momento tratarán siempre de hacerse con el servicio de
las tropas helenas para su propio auxilio, renunciando así a resolver
por su cuenta la necesidad que tenían de disponer de unas unidades
de infantería pesada medianamente competentes.
Tras
la corta guerra civil persa, que como sabemos terminó con la muerte
del pretendiente al trono Ciro. El Gran Rey, Artajerjes III, puso al frente
de los asuntos con los griegos de Asia a un fiel sátrapa conocedor
de aquellas regiones, el veterano Tisafernes, que reunía ahora
bajo su hégira no sólo sus antiguos territorios, sino también
los del defenestrado Ciro, es decir; las satrapías de Jonia, Caria,
Lidia y Frigia.
Una de las primeras medidas de Tisafernes fue la de retomar el control
de las ciudades griegas asiáticas de Jonia, a las que reclamó
su sumisión. Estas se negaron abiertamente temerosas de las represalias
de un sátrapa contra el que precisamente se habían levantado
en armas al ponerse del lado del rebelde en la pasada guerra civil.
Evidentemente este desafió a la supremacía del persa no
podría quedar sin respuesta, por lo que los griegos, meditando
bien el paso que iban a dar, reclamaron la ayuda y alianza de la primera
potencia griega del momento, la poderosa Esparta.
Este
es el comienzo, las causas directas, de la intervención espartana
en Asia, trampolín de la ambición de esa generación
de lideres laconios, encabezados por el temible espartiata Pisandro y
el joven monarca Agesilao, que empujaron a su nación a una absurda
política imperialista. Política que a largo plazo acabará
sepultando casi totalmente el prestigio y el poder de la República
de los Lacedemonios, proceso del que el propio Agesilao será en
parte causa, protagonista y, finalmente, víctima.
COMIENZO
DE LAS OPERACIONES
Como
medida inicial, a expensas de que luego pudiesen adoptarse nuevas resoluciones,
en Esparta se acordó enviar con rapidez a Jonia un contingente
armado al frente del cual se colocó al espartiata Tibrón.
A este se entregaron, según las fuentes, unos 1.000 laconios neodamodes
y 4.000 aliados peloponesios. También llegaron 300 jinetes de Atenas,
caballería además muy bien considerada, apoyo este que había
sido solicitado por el propio Tibrón a unos atenienses por aquel
entonces totalmente ligados a Esparta. Al mismo tiempo, también
los harmostes espartanos establecidos en varias ciudades asiáticas
recibieron la orden de reclutar tropas y preparar bastimentos para el
ejército.
La inesperada
llegada de Tibrón a Éfeso obligó en principio a los
persas a renunciar a cualquier operación ofensiva mas allá
de dominar, gracias a la usual superioridad numérica de su caballería,
las llanuras existentes en la región. Aunque poco les durará
también esta confianza, pues pronto Tibrón se hará
con los servicios de una buena parte de los diez mil mercenarios “de
Jenofonte”, tropas que merodeaban por Tracia y que ahora serán
directamente contratados por el espartano. Con este considerable refuerzo,
como veremos, Tibrón se atreverá a plantar cara a sus enemigos
incluso en las llanuras, al menos hasta que el persa reciba los refuerzos
que, sin duda, no tardarían en llegar del este.
Por
aquellos días, el territorio griego de Asia que aun permanecía
sometido a los persas estaba en gran parte dividido en lo que podríamos
denominar feudos, muchos de estos controlados todavía por
los descendientes de los helenos que acompañaron, o se sometieron
a los persas, en los lejanos días de las Guerras Médicas
y que, más adelante, se vieron impulsados a exiliarse de
territorio griego. Los reyes persas habían recompensado entonces
su fidelidad entregándoles ciudades y campos suficientes
que les permitiesen vivir con la debida dignidad que se les suponía
como amigos del rey.
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Tibrón,
durante su primera campaña en Eolia, entrara en el feudo de la
familia del espartano Demarato, el famoso rey laconio que acompaño
a Jerjes en su ataque a Grecia. También sufrieron el ataque del
espartano las ciudades de los descendientes de Góngilo, uno de
los pocos dirigentes de Eretria (Eubea) que se alineo a favor de los persas
y que pago con el exilio la osadía. Ahora Tibrón les arrebató
a sus herederos los territorios que les habían correspondido por
derecho, ciudades que no obstante entregaron voluntariamente, sin duda
dando por perdida de antemano la partida. Alguna ciudad logró sin
embargo resistir, como Larisa, que rechazo uno tras otro todos los intentos
del laconio por tomarla. Fue quizás este traspiés, o más
probablemente la denuncia de su mal gobierno por parte de los aliados
jonios, los que llevaron a los eforos a relevarle en el mando en Asia.
El caso es que cuando desde Esparta se le ordenó a Tibrón
desistir de la toma de Larisa y dirigirse contra la región de Caria,
ya tenían prevista su sustitución, cargo para el cual habían
escogido a uno de los estrategos espartanos mas eficientes del momento:
Dercílidas “Sísifo”, estratego que, echando
mano de algunos refuerzos, partió con rapidez rumbo a Jonia.
EL
RELEVO
LLegó Dercílidas
al ejército justo cuando este se encontraba de camino a Caria. Replanteándose
entonces la situación, resolvió aprovecharse de la patente
enemistad entre los dos líderes persas, y luchar por separado contra
sus rivales.
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El sátrapa
Farnabazo, a cargo de la Frigia Helespontica, y el sátrapa
Tisafernes, con mucho más rico y poderoso que su colega,
no se llevaban lo bien que era de desear, hasta el punto que como
veremos, llegado el caso, no les importara pactar con los griegos
una tregua por separado.
Esto fue lo que
hizo Dercílidas, al pactar con uno de ellos un acuerdo con
el fin de concentrar sus recursos contra el segundo.
Tisafernes, contra el que en teoría debía dirigirse,
acordó entonces una tregua, dejando así solo frente
a él a Farnabazo.
¿Pero, por qué Farnabazo?:
Durante la Guerra del Peloponeso, cuando los sátrapas persas
se alineaban abiertamente con los espartanos durante la campaña
en los estrechos, Farnabazo había acusado a Dercílidas
ante los éforos. Siendo encontrado el espartiata culpable,
fue castigado con la humillante condena de permanecer en el campamento,
a la vista de todos, en pie y con escudo en la mano. Esto era el
castigo usual entre los lacedemonios que han sido condenados por
indisciplina, terrible vejación para un soldado espartano
que sin duda no olvidó y que, como veremos, hará pagar
ahora con creces al sátrapa persa.
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Dio entonces media vuelta
y volvió a dirigirse contra la Eólide, región, como
sabemos, bajo soberanía de Farnabazo.
Las ciudades de la región
que antes habían dado la espalda a Tibrón, abrieron ahora
sus puertas al más contemporizador Dercílidas. También
se aprovechaba de la confusión generada en el territorio después
el asesinato de Mania, esposa del sátrapa subalterno local que
había heredado de este, con las bendiciones de Farnabazo, el gobierno
de sus dominios. Ahora, su asesino, viéndose rechazado por el pueblo
y a falta todavía del reconocimiento de Farnabazo, habiendo perdido
además el control sobre alguna de las ciudades que poseyera la
difunta, optó por acercarse a Dercílidas aunque sólo
fuese por asegurar su posición ante el peligro inmediato que representaba
la hostilidad que hacia él se hacia patente por parte de sus conciudadanos.
Dercílidas, que gracias a estos hechos había unido a su
causa a un gran numero de ciudades eolias, vio la oportunidad de hacerse
con las ricas posesiones de Midias, pues así se llamaba el eolio
que se había hecho con el poder en la región. Dercílidas
entró en las ciudades dominadas por Midias, y apartando de inmediato
al personaje, tomó a su servicio todos sus mercenarios, despojándolo
además de sus riquezas. El eolio fue discretamente retirado de
la vida pública y de esta forma incruenta consolidó el laconio
su dominio sobre la mayor parte de la Eolia asiática.
Fin del extracto.
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