La campaña de Trajano contra Partia es un tema poco conocido. Las fuentes, pocas y muy fragmentarias, no permiten mucho más que relatar someramente el desarrollo de las operaciones.
La obra capital, la que nos hubiese permitido un acercamiento directo a los hechos, las Parthicas de Arriano, se han perdido. Este autor militó en las filas del ejército del emperador y es por tanto testigo de buena parte de los acontecimientos que relataba, y de esto, unido a su reconocida probidad como historiador, habría resultado una magnífica obra histórica de la que no quedan sino unas pocas líneas sin apenas importancia.


Con la perspectiva de los siglos, la guerra de Trajano ha pasado a la historia poco menos que como un triunfo de las armas de Roma, conmemorándose como el momento de mayor esplendor, de expansión territorial, del Imperio. Si bien esto es en puridad cierto, no lo es menos el hecho de que la campaña concluyo en un autentico desastre y que probablemente sólo la circunstancia de que sus enemigos, los partos, se encontraban divididos y se enfrentaban entre sí, evitó realmente una debacle de grandes proporciones.


La historia demostró que la conquista de toda la amplia y poblada región mesopotámica quedaba fuera de los límites naturales de expansión de una potencia como la romana, que encontró muy pronto, precisamente bajo su primer emperador, Octaviano Augusto, el perímetro territorial que realmente era capaz de sostener.


Adriano abandono todos los territorios conquistados allende el Eúfrates y poco le falto para no hacerlo con Dacia, un enroque en toda regla ante las diferentes amenazas que circunstancialmente confluían sobre un Imperio anímicamente tocado y políticamente inestable, tras la muerte de tan querido y respetado emperador.