Las fuentes utilizadas para la redacción de este artículo incluyen a Gildas y su Exidio Britanniae, Geoffrey de Monmouth y su Historia de los reyes de Britania, así como la obra de Beda el Venerable, Historia eclesiástica del pueblo inglés. También se ha hecho uso de la Crónica Anglosajona, de la época del rey Alfredo el Grande, y de los textos atribuidos a Nennius.
En cuanto a los historiadores consultados destacamos la obra de Hugh Kearney, Henri Hubert y Jean Markale. Sin olvidar los manuales generales de Lucien Musset y Roger Collins, únicos capaces de dar algo de sentido al soberbio galimatías altomedieval.

Carlos de Miguel

 

 

 

 

INTRODUCCIÓN:

A Marta

 

STONEHEGE

Al suroeste de la isla de Gran Bretaña, en la llanura de Salisburi, se halla uno de los monumentos más enigmáticos de todos los tiempos. Se trata de un círculo concéntrico de piedras enormes que la leyenda popular asoció a la inventiva y al talento de los pueblos celtas que habitaban aquella brumosa isla del Atlántico. Hoy sabemos que los druidas nada tuvieron que ver en su construcción - aunque sí fue centro en muchas ocasiones de sus ceremonias - , y también sabemos que habría que remontarse casi dos mil años antes de nuestra era para ver a los hombres que idearon tan asombroso proyecto. Stonehege sin embargo se asociará siempre a la isla que los romanos llamaron Britania, y surge como centro neurálgico del sentir de un pueblo, de la identidad de una nación que se forjó en innumerables invasiones, guerras entre jefes y caudillos locales, gloriosas victorias y amargas derrotas.
Partamos pues del gran círculo y de la tierra y el océano que lo rodea, para aclarar, si acaso un tanto someramente, parte de la historia de los habitantes de aquélla isla, llamada por otros Albión.

Si partimos del círculo de Stonehege, lo primero que debemos conocer es que los celtas estaban aún muy lejos de las islas cuando se construyó aquello, y que mientras tanto habitaban aquel lugar unas gentes conocidas genéricamente como pueblo del Vaso Campaniforme, debido entre otras cosas al tipo de recipientes cerámicos que fabricaban, y que recordaba vagamente a una campana. A parte de eso y de las construcciones megalíticas, este pueblo se caracterizó por el uso del metal, algo realmente innovador, sobre todo para las gentes que lo sufrieron en carne propia en torno al 2500 a.C., cuando los pueblos del campaniforme llegaron con sus armas broncíneas a la isla y demostraron la supremacía de dicho metal sobre los elementos de madera y piedra de los habitantes neolíticos previos. Aniquilaran o se fundieran con la población autóctona, allí se quedaron, dando lugar no solo a una cultura agrícola y pastoril importante, aunque no más que la de cualquier otro punto de Europa occidental, sino sobre todo a una civilización capaz de comerciar. Los contactos, además, se llevaron a cabo con las ricas regiones ribereñas del Mediterráneo. La verdad es que no había nada más normal en le Edad del Bronce, que el intercambio de productos entre el norte y el sur de Europa, sin embargo el lugar que nos ocupa no tenía una comunicación con el sur nada fácil. No había conexión terrestre con el continente, tampoco había ningún gran curso fluvial, como el Rhin o el Danubio, que facilitara el intercambio de bienes. Para colmo, el terrible océano Atlántico, a cuyo lado las aguas del Mare Nostrum parecen calmadas como las de un estanque, separaba aquella región del resto de Europa. A pesar de todo esto, nuestra gran isla tenía algo que atraía sobremanera a las gentes del sur, y que hizo que los fenicios visitaran la brumosa Albión para comerciar a toda costa. Se trata del estaño. En aquella época el bronce era el metal conocido más duro que existía, y con el filo más resistente y cortante, por lo que cualquier pueblo que se preciara de ser fuerte, debía tener armas y herramientas de dicho metal, y daría lo que fuera para conseguirlo, o bien el bronce en sí, o sus elementos principales, a saber, el cobre y el estaño. Cobre había mucho en el Mediterráneo de aquella época, - la isla de Chipre debe su nombre a tal elemento -, sin embargo el estaño era más bien escaso, mientras que en el suroeste de nuestra isla había de sobra.

Damnonium Promontorium (Cornualles)
Tenemos pues a los navegantes fenicios, con sus genuinas embarcaciones redondas y de ancha manga surcando el aterrador Atlántico en busca de estaño, para revenderlo luego en el Mediterráneo a un precio mucho mayor. Los habitantes de la isla sin duda también se beneficiaron de este intercambio, pues con los bienes materiales también se transmitieron ideas y pensamientos, nuevas tecnologías, o nuevas creencias, que convirtieron a aquella región – la punta más occidental de Cornualles – en una de las zonas más prósperas de la isla, transformada luego por la leyenda en el opulento reino de Lyonesse, patria de Tristán, y hoy sumergido bajo el agua.

Nada dura eternamente, y las ventajas comerciales de las que gozaban los pueblos de Albión desaparecieron paulatinamente. Los fenicios dejaron de interesarse por el estaño, y es que los tiempos avanzaban, y la tecnología iba evolucionando inexorablemente. Un nuevo metal, más duro y resistente que el cobre y mucho más abundante, no tardaría en aparecer en escena, el hierro.
El hierro no necesitaba aleación alguna y se encontraba repartido por casi toda Europa. Conocido desde tiempos inmemoriales, la dificultad para alcanzar la temperatura necesaria para fundirlo hizo que apenas se le prestara atención. Los primeros pueblos que aprendieron la técnica de su trabajo parece que fueron gentes de Próximo Oriente, lugar desde donde se extendió su uso hacia Europa. Hoy día parece indudable sin embargo la existencia de otros focos autóctonos, en los Balcanes y otros puntos. Sea como fuere, y después de expandirse su uso por buena parte de Europa, pronto le tocó el turno a la isla de Albión.

 

LOS CELTAS

Los pueblos del hierro en nuestro continente son asociados normalmente con la cultura de Hallstat, que se desarrolla desde principios de dicha edad, en torno al 1200 a.C, aunque la etapa de mayor auge de esta cultura ocupa el periodo entre el siglo VIII y el V a.C. Sin ánimo de entrar en polémicas de ningún tipo, y dejando las discusiones para arqueólogos, folcloristas o filólogos. Podemos denominar a las gentes de esta cultura como celtas.
Los celtas son un pueblo indoeuropeo, cuyo apogeo tuvo lugar durante la cultura ya mencionada de Hallstat, y la posterior cultura denominada de la Téne, que abarca desde mediados del siglo V hasta el siglo I antes de nuestra era, concretamente hasta la conquista de la Galia por Julio César. Veremos más adelante, sin embargo, que la civilización céltica seguirá viva en Britania hasta la Edad Media, como mínimo.
A principios del primer milenio, grupos del celtas cruzaron el Canal de la Mancha, en busca de territorios para asentarse. Su superioridad militar frente a las gentes del Campaniforme significó el establecimiento de los primeros asentamientos definitivos, focos sin duda para la expansión hacia casi todos los lugares de Britania, relegando y asimilando a las culturas previas. El hierro no solo les daba ventaja en la guerra, sino que permitía la fabricación de mejores útiles agrícolas, así como el fácil trabajo de la madera, lo que les permitió erigir murallas y ciudades, construir carros y otros elementos que sin duda hicieron de los celtas una pueblo muy desarrollado.

En pleno auge de la cultura del hierro en Britania, lo que más llama la atención es la heterogeneidad de pueblos y gentes que la pueblan. En su mayoría eran celtas, pero no existía nada parecido a una unidad política, y la división en diferentes reinos – thuata en Irlanda – era palpable. Tan solo la religión druídica aportaba algo de unidad, pero un culto único no evitaba las guerras civiles, y mucho menos las invasiones. Dentro de esta heterogeneidad algunos autores hablan de la clara diferencia entre tierras altas y bajas. Las primeras podríamos situarlas al norte y al oeste, mientras que las segundas se encontrarían al sur y este de la isla.

Las tierras bajas son, por así decirlo, las más civilizadas, y las más dotadas para el cultivo. En la época de los celtas prerromanos esta región vio nacer importantes ciudades, y poderosos reinos. La moneda estaba ampliamente extendida, las comunicaciones eran fáciles y el comercio relativamente cómodo, incluso con Roma, con lo cual sabemos que estos pueblos, antes de la llegada de las legiones, habían recibido ya cierta romanización indirecta, sobre todo las clases más pudientes.
Las tierras altas paradójicamente nos son mejor conocidas a pesar de su cultura más primitiva, debido a la dificultad de los pueblos invasores para acceder a ellas, lo que ha impedido una aculturación importante, permitiendo la supervivencia de la identidad de Gales, Cornualles, Escocia o Irlanda - incluyamos esta última como tierra alta - incluso hasta día de hoy.

A modo de pinceladas someras sobre las zonas más elevadas podemos hablar de una cultura eminentemente rural, con primacía de la ganadería, y división en entidades políticas de carácter más bien local, bajo caudillos o reyezuelos, en donde predominaba la tribu y el clan, con una diferenciación social menos desarrollada que en la llanura. El comercio tenía un alcance limitado, y la moneda utilizada no era otra que las cabezas de ganado.
Pero ¿qué pueblos vivían en Britania durante este periodo? Lo cierto es que la heterogeneidad es tan grande que nos es difícil esbozar si acaso pequeño boceto de la situación. Si atendemos a las fuentes antiguas, César ya se dio cuenta, en sus dos expediciones a la isla, que los pueblos que vivían en el bajo Támesis tenían cierto paralelismo con los galos que habitaban la actual Bélgica, pueblos a los que conocía muy bien tras años de campaña en aquella región. Hoy sabemos que había al menos tres grandes grupos célticos repartidos por las islas, a saber, los belgas, los britones y los gaélicos - instalados en Irlanda -. Los más avanzados eran los belgas, herederos de la tradición cultural de la Téne, y asentados en el sureste de la isla, la región más rica. Estos pueblos estaban repartidos por toda la geografía de las islas, y formaban una serie de grupos - llamémoslos tribus para entendernos -, lo que da prueba de la heterogeneidad reinante. Las tribus más importantes, entre otras, eran los trinobantes, con capital en Colchester, al norte del Támesis, mientras que la desembocadura y la zona baja del río lo ocupaban los cantios. Los brigantes tenían su capital en York. Al norte de los trinobantes estaban los icenos, los catuvellaunos al norte de Londres, mientras que al sur estaban los regneneses. Los dobouni al este de Gales, a orillas de Severn, y los cornovos hacia el oeste, mientras que la llanura de Salisburi, emplazamiento de nuestro círculo de Stonehege, la ocupaban los durotriges. En Gales citaremos dos de sus tribus más importantes, los ordovices al norte y los silures – pueblo del caudillo Caratacus – al sur. Cornualles mientras estaba habitada por la tribu de los dumnones.

Escudo celta encontrado en Britannia

 

Al norte del estuario del Firth, en la actual Escocia vivían los pictos, un pueblo celta o no del que apenas se sabe nada, poseedores de una lengua por descifrar, y cuyos avatares conocemos tan solo por fuentes indirectas, tanto romanas como irlandesas y britanas después, lo que hace de ellos uno de los pueblos más misteriosos de la isla. Poco podemos decir por ahora de ellos, salvo que llevaban los cuerpos tatuados y que tenían costumbres un tanto chocantes, si hacemos caso a las acusaciones por parte de las fuentes vecinas, que hablan de crueldad desmedida, ritos incomprensibles, prácticas terribles como la antropofagia etcétera. Más adelante, después de la marcha de Roma volveremos a hablar de este oscuro pueblo, cuyo protagonismo irá en aumento.
Lo cierto es que la Céltica estaba viviendo momentos difíciles en el continente: por el norte los germanos se expandían hacia el oeste, atravesando el Rhin. Roma mientras, hostigaba a los celtas por su flanco sur. - Los galos pues se encontraban entre el martillo y el yunque -. Los celtíberos de la vieja Hispania hacía tiempo que habían sucumbido y empezado el duro camino de la romanización. Esta agonía no tardaría en expandirse a las islas británicas.

 

LLEGA ROMA

Las gentes de Britania sabían perfectamente lo que ocurría más allá del canal de la Mancha por los contactos que siempre tuvieron con sus hermanos de raza continentales. Casi con toda seguridad hubo refugiados galos que cruzaron el mar y contaron a los britanos lo que ocurría en su país.
Julio César mientras conquistaba la Galia, derrotaba tribus aquí, se aliaba con otras allá, cruzaba el Rhin y tanteaba a los germanos de Ariovisto, escribía sus impresiones sobre la campaña, recibía informes de los eduos, de los secuanos o de los helvetios, y en un determinado momento puso sus ojos en Britania. La brumosa isla del Atlántico visitada por los fenicios hacía ya mil años y circunnavegada por el viejo Piteas de Massalia dos siglos antes, iba a tener de nuevo un contacto directo con un pueblo civilizado mediterráneo, en esta ocasión con la mayor potencia militar de la antigüedad, Roma.

Los bardos galeses, así como el propio Geoffrey de Monmouth hablan de un gran rey, llamado Cassivellaunus, el primer héroe de la resistencia britana. Confirmada su existencia real, la leyenda se encargó del resto llenando el vacío de su historia. Se le atribuye una expedición a la Galia con un numeroso ejército para rescatar a la bella Fflur, raptada por el príncipe galo Mwrchan. Una vez en sus brazos, derrotó de paso a los romanos para acabar instalándose en la hermosa región de Gwasgwyn (Gascuña). Si alguno de nosotros tenemos oportunidad de ir allí, quizá podamos hablar con los descendientes de Cassivellaunus y la princesa Fflur. Pero en todas las leyendas hay un traidor, y aquí tenemos al celoso sobrino de Cassivellaunos, cierto Avarwy, que hizo venir a César a Britania y accedió a pagarle tributo a cambio de su ayuda contra Cassivellaunus.
Sea como fuera, la segunda expedición de César a la isla sembró precedente. Con la Galia en proceso de romanización, era cuestión de tiempo que la conquista sistemática de la vieja Albión comenzara. Si el sobrino nieto de César, Augusto, no lo intentó, fue porque estuvo bastante ocupado en pacificar y reorganizar Roma tras años de guerra civil. A parte había intereses militares más apremiantes para él, como los germanos o los pueblos norteños de Hispania entre otros. Tiberio, su sucesor tampoco tuvo especial interés por la isla. Habría que esperar a los tiempos de Calígula, emperador desde el año 37, para que existiera una intención clara de poner un ejército en marcha hacia la isla. Por unos motivos u otros, las legiones no llegaron a cruzar el canal.

A Calígula le sucede su tío Claudio, en el año 41.Bajo este nuevo emperador, la conquista de Britania empezará a ser una realidad. En el año 43, un poderoso ejército de 50 mil hombres desembarca en Kent, al igual que un siglo antes lo hicieran las legiones de César. La invasión fue metódica y efectiva, a pesar de la lógica resistencia que suponemos a los celtas. Los habitantes de buena parte del sur y este de la isla - tierras bajas – cayeron entonces, de un modo u otro, bajo el yugo romano.

Claudio, emperador romano.
En mitad de la guerra por la independencia surgen los hijos del trinobante Cunobelinos, los cuales fueron muriendo en su lucha excepto Caratacos (Caradawc), otro nuevo héroe britano al que las fuentes posteriores le convertirían en personaje de talla semilegendaria. En el transcurso de su lucha contra Roma, éstos consiguen hacer prisionera a su familia, entre los que estaban su mujer, hija y hermanos. El caudillo huye entonces al norte, a la tierra de los brigantes, en donde es acogido por su reina Cartismandua, la cual le entrega a los romanos. Tácito nos cuenta como una vez en Roma, y una vez reunido con su familia, consigue hacerse oír por el senado y el emperador Claudio, el cual le perdona la vida y lo libera junto a su familia. Nada más sabemos de él, salvo que se pierde en la leyenda, que pasará a considerarle como uno de los grandes reyes de la isla, junto con Cunobelinos, y el propio Arturo.
Creyendo Roma pacificada buena parte de la región de las tierras bajas, y encontrándose ocupada en doblegar a las tribus del oeste, en el año 60 d.C. estalla una rebelión en la tierra de los icenos, establecidos al norte de los trinobantes. Había allí un rey llamado Prasutagus, de carácter débil, según parece, que no tenía herederos masculinos y al morir hizo una importante donación a las arcas romanas y al emperador – Nerón en este caso -, a cambio de que dejaran gobernar su tierra a sus hijas, pacíficamente, siempre bajo la fidelidad a Roma. Cuando murió el rey, el gobernador romano decidió atacar esa región, con la excusa de que el rey no había tenido heredero varón. Pronto ocuparon el territorio y saquearon las casas y propiedades de los icenos. Cuando la esposa de Prasutagus - reina de aquella tierra - protestó enérgicamente, fue castigada.

Dion Casio la describe como una mujer muy alta, con ojos fieros y una espesa mata de pelo rojizo que caía por debajo de su cintura. Con un numeroso ejército mantuvo en jaque a las legiones romanas que salieron a su encuentro, asolando varios asentamientos. Ni siquiera la propia Londunium se libró de su ira. Desgraciadamente la pasión no siempre acompaña a la victoria, y el metodismo y la larga tradición militar de Roma acabó por imponerse. El gobernador Suetonio Paulino, logró vencer al ejército de la reina, que aventajaba a los romanos en una proporción de cinco a uno. Exterminado el ejército britano, y con unas bajas romanas insignificantes, Boudica – según Tácito – optó por el suicidio, auque otras fuentes – como el propio Casio – hablan de muerte por enfermedad.
Es extraño que un personaje de la talla de Boudica no haya pasado a formar parte de la leyenda. Aunque la condición femenina de semejante caudillo y el carácter cristiano de las fuentes medievales debieron de tener cierta culpa.

Finalizada esta rebelión parece que todo se tranquiliza un tanto. Así el siguiente gobernador, Petronius Tirpilianus, se cuidó mucho de molestar a los britanos.

Siendo gobernador Cneo Julio Agrícola, en tiempos de Vespasiano, se reanuda la presión romana contra los isleños. Agrícola, suegro del cronista Tácito, conquistó el occidente de Britania y más tarde llegó a la tierra de pictos, en la actual Escocia, - Caledonia para los romanos -. El dominio de la parte más septentrional de la isla nunca pudo completarse por numerosas razones, que van desde la fiereza de los nativos hasta la pobreza de las tierras norteñas. Así pronto tanto Adriano como Antonio Pío construirían unos muros de contención en la frontera entre pictos y britanos, para evitar incursiones en las zonas romanizadas.

A partir de entonces, Britania participará de las costumbres, de la economía y la política romanas como una provincia más, al menos en lo que a su parte más romanizada se refiere. La intervención de la provincia en los asuntos del imperio, si bien contribuyó no poco a la romanización, también permitió a los pueblos norteños respirar tranquilos durante algún tiempo, en incluso les dio la posibilidad de hacer incursiones de pillaje más allá de los muros. Así cuando las legiones de Clodio Albino fueron al continente a entablar batalla con Septimio Severo, el norte de la isla quedó desguarnecido. Venciendo este último, lo primero que hubo de hacer fue pasar a Britania a frenar los ataques bárbaros. Viendo que los caledonios atravesaban los dos muros como si anduvieran por su propia casa, Severo decidió abandonar definitivamente el muro más septentrional, el de Antonino, para fortificar convenientemente el de Adriano. Estamos en el año 209 y Roma, de alguna manera, empezaba a limitar sus ambiciones en Britania.

Durante gran parte del siglo III, Roma viviría una serie de tribulaciones políticas importantes, que impidieron una acción eficaz contra los pictos del norte. Sin embargo la Britania romanizada tampoco sufrió incursiones norteñas pues el mundo picto - caledonio sufría ahora una serie de incursiones desde el este, que poco a poco terminarían en una invasión en toda regla, por parte de las tribus de Irlanda septentrional, los llamados Scotti, que acabarían dando el nombre a la actual Escocia. Así pues, con romanos y bárbaros ocupados en sus asuntos internos llegamos al final del siglo III. El dueño del imperio era por aquel entonces Diocleciano, famoso, entre otras muchas cosas, por su edicto contra los cristianos. Fue la última gran persecución contra los que profesaban un culto que aún producía muchas suspicacias entre los romanos. Quizá este hecho hizo que el Cristianismo pudiera difundirse superficialmente entre los britanos menos romanizados, los más celosos de su independencia. Pronto, ya con Constantino, el Cristianismo sería religión oficial. La cristianización de la isla no impidió en modo alguno que los pictos y ahora también los scotti del norte reanudaran sus incursiones hacia el sur. A lo cual debemos añadir que los pueblos gaélicos de Irlanda, oliendo sin duda la debilidad del imperio – y sus riquezas – empezaron toda una serie de correrías y pillajes en las costas del oeste de Britania. Esta claro, que el acoso que padecía Britania no era más que el reflejo de lo que acontecía en el continente, con hunos y germanos cruzando el limes de forma casi cotidiana.

constancio cloro

Constancio Cloro

 

El último romano que fue capaz de contener más o menos eficazmente la rapiña bárbara fue Constancio Cloro, padre de Constantino, muerto en York en el 307. Pero los pictos volvieron pronto a la carga, y en el 364 llegan hasta Londinium. Tuvo que ser Teodosio el Viejo quien derrotara a los invasores – podemos hablar sin duda ya de invasiones –, y en general restableciera un poco el orden en todo aquello. El hijo de Teodosio, de igual nombre y apodado el Grande fue emperador del 379 al 395. El último gran emperador de una Roma unida. A su muerte, la parte occidental sucumbió definitivamente a los bárbaros. Doce años después, las últimas legiones que quedaban en Britania partieron hacia el continente. Fuera porque se las necesitara en otros puntos para sostener la horda bárbara o fuera por simples conspiraciones entre romanos – como así fue -, ninguna legión volvió nunca a la isla.
Empiezan los siglos oscuros.

 

CAPÍTULO I

LA EDAD OSCURA EN LA CÉLTICA BRITANA

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© Carlos de Miguel
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