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Britania
romana, año 395.
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Fuera
Roma de Britania, es inevitable hacer una reflexión.
¿Hasta que punto la isla fue romanizada? Los analistas
presentan posturas enfrentadas en muchos casos, y aunque no
es mi objetivo presentarlas todas, diremos que la historiografía
británica tradicional siempre vio la romanización
como un factor positivo, que les sacó del caos y la
anarquía de las sociedades célticas previas.
No hay más que decir, sobre todo si tenemos en cuenta
que la sociedad británica decimonónica y de
gran parte del siglo XX poseía una larga tradición
imperial, y los historiadores necesitaban de algún
modo justificar la política expansionista de su patria.
Otras corrientes se preguntan que como es posible que nada
más irse las legiones, y tras casi cuatro siglos de
dominación, las costumbres célticas volvieran
a aflorar de un modo tan natural y espontáneo. Solo
la lengua latina y la religión cristiana pudo sobrevivir
a duras penas al abandono, y aún estos dos elementos
desaparecieron en cuanto los germanos pusieron un pie en la
isla. Así Britania, sería un islote pagano en
el océano durante los primeros siglos de la Edad Media. |
Efectivamente,
la romanización de Britania no fue tan profunda como en la
Galia o en Hispania. Las lenguas célticas de ambas provincias
habían desaparecido completamente, mientras que el britano
se siguió hablando en buena parte del territorio. Solo los
nobles celtas de la isla adoptaron parte de las costumbres de los
conquistadores, y hasta cierto punto dejaron de lado su identidad.
En cuanto a las ciudades romanas, estas son menos importantes que
las de otras provincias del imperio, y acogían principalmente
a las legiones.
Por último no hubo en la isla nada parecido a una administración
civil hasta finales del siglo III. Solo el gobierno militar tenía
cabida allí, con presencia especial en las fronteras de Caledonia
y Gales, bajo supervisión del dux britanniarum.
Sea como fuere, nos encontramos ahora a una numerosa población
britana, romanizada o no, a merced de pictos e irlandeses, sin un
poder central o un ejército poderoso, capaz de contener los
embates de unos bárbaros que desde el principio, aún
antes de la llegada de Roma, ansiaban la riqueza de las tierras bajas.
Abandonados a su suerte, el caos parecía cernirse sobre la
isla.
Así britanos, pictos e irlandeses, tres pueblos enfrentados,
convivían en aquel escenario convulso, mientras los germanos,
al otro lado del mar del Norte, esperaban su oportunidad. No queda
más que conocer de alguna manera la reacción de estos
tres pueblos tras la marcha de Roma.
SCOTTOS
DE IRLANDA
Los
habitantes de Irlanda han estado casi al margen de nuestra historia,
sin embargo ahora empiezan a cobrar cierto protagonismo, que sin duda
irá en aumento con el paso de los siglos. Tanto es así
que su particular cultura contribuyó no solo a salvaguardar
el legado de las islas, sino que hizo lo propio con el resto de Europa
durante los siglos oscuros.
A pesar de que Roma nunca había llegado hasta allí,
no es menos cierto que la isla tuvo contactos de todo tipo con el
imperio, hasta el punto de recibir una romanización indirecta,
tal como les había sucedido a los britanos entes de la conquista.
Así el tráfico comercial y de ideas era constante entre
Irlanda y Britania e incluso la Galia, siendo el vino de estos últimos
muy requerido por la nobleza goidélica.
La influencia del ejército romano también llegó
desde muy pronto, lo cual es comprensible, pues un pueblo que había
pasado casi toda su historia inmerso en guerras civiles, necesitaba
de algún modo inspirarse en la organización militar
más efectiva y poderosa. Así se dice, por ejemplo, que
el rey Cormac mac Airt, a parte de enfrentarse con los fennianos,
fundó en Tara escuelas para el estudio de diversas ciencias,
entre ellas la militar.
Pero sin duda, el mayor contacto que los romanos tuvieron con los
estos pueblos se produce a partir de principios del siglo III, cuando
empiezan las incursiones de saqueo sobre las costas occidentales de
Britania. Los romanos les llaman de varias maneras, hibernii, nombre
que ya usó Aristóteles para referirse a la isla, scotti,
un nombre de raíz céltica que significa saqueador, pirata
o bandido, y por último attecotti, nombre cuya morfología
recuerda bastante a la de scotti, con lo cual suponemos que viene
a significar lo mismo.
Para responder a la pregunta de porqué los scotti empezaron
a saquear las costas de Britania, e incluso de algunos puntos de la
Galia como veremos, debemos hablar de la propia constitución
política de la isla. Dividida desde tiempos inmemoriales en
diferentes reinos e inmersa en guerras fratricidas, es de creer que
la sociedad irlandesa fuera una de las más belicosas de Europa,
sobre todo si lo comparamos con la pacífica vida que parecían
disfrutar los habitantes de las provincias más romanizadas.
Es de esperar que en aquella guerra perpetua se forjaran guerreros
increíbles y ejércitos poderosos. No solo fue así,
sino que las tribus y clanes derrotados a manos los reinos expansionistas
de Irlanda, tuvieron que empezar a buscarse la vida en otro lado.
Se habla también de un virtual exceso de población.
Tan seguro como este hecho es del empobrecimiento latente de ciertos
grupos sociales – una cosa lleva siempre a la otra - , que hubieron
de hacer algo para remediar la situación. Así por ejemplo
Cairbre Riada, hijo del rey Conaire II de Munster, tuvo que salir
de su reino a causa del hambre, estableciéndose en el norte,
Ulster, mientras que otros pasaron más tarde a Escocia.
Dos consecuencias se derivan de este contexto, a saber, el alistamiento
de los magníficos guerreros irlandeses en el ejército
romano, y las primeras razzias sobre las costas de Britania.
Lo de los mercenarios irlandeses no ofrece género de duda,
tanto es así que se nos habla de expediciones de guerra dirigidas
por reyes, así bandas de combatientes bajo un caudillo pactarían
de alguna manera con Roma, que necesitaría su ayuda contra
otros bárbaros. Digamos que si en el continente se usaba a
los godos contra los hunos, bien podría utilizarse a los fieros
irlandeses contra los pictos, así mantenían ocupados
a sus molestos vecinos del oeste y de paso se quitaban de encima a
los del norte. Sabemos que Teodosio el Viejo se sirvió de los
servicios del rey Crimthann en su lucha contra los caledonios. Así
mismo el rey Niall de los Nueve Rehenes luchó en la Galia contra
los godos de Alarico, junto al vándalo romanizado Estilicón.
También Niall llevó a cabo toda una serie de correrías
por buena parte de Britania, capturando infinidad de prisioneros.
En cuanto a las incursiones de saqueo de las costas occidentales,
empezaron en la segunda mitad del siglo III, convirtiéndose
muchas en ocupaciones de territorios enteros, así gentes de
Munster se establecen en Cornualles, y los Dal Riada del Ulster ocupan
parte de la costa occidental de Escocia como ya vimos. Así
mismo en Gales ocupan prácticamente todo el norte, la zona
de Gwyned y la gran isla de Anglesey – Mon en lengua céltica
y tierra sagrada del druidismo -. Esta situación se mantendría
hasta bien entrado el siglo V, cuando los britanos independientes
ya de Roma, reconquistaron Cornualles y Gales, e incluso llevaron
a cabo incursiones en la propia Irlanda. Sea como fuere, los asentamientos
gaélicos en Britania no tuvieron demasiado éxito, excepto
los del norte, en Escocia.
Como ya va dicho, Cairbre Riada salió de su reino en busca
de tierras para establecerse y poder alimentar a su pueblo. Parte
de su gente se quedó en el Ulster, en el condado de Antrim,
muy cerca de la actual Belfast. El resto cruzó el Canal del
Norte, que separa Irlanda de Britania, dirección a Caledonia,
la tierra de los pictos. De este modo se establece el reino de Dal
Riada. Allí, una dinastía de reyes irlandeses irá
anexionando los territorios circundantes lentamente. Así pasa
de ser una modesta colonia en la región de Argyll, rodeada
por los pictos y britanos, a un poderoso reino que arrinconará
a los primeros a las regiones más marginales de Caledonia.
Después estos scotti acabarán dando su nombre a la región,
que en el futuro llamaremos Escocia.
LOS
PICTOS
A
pesar del misterio que rodea a este pueblo, étnicamente parece
que procede de los llamados Cruithng, nombre del que deriva la palabra
Britania. Para explicar la evolución del término sin
resultar aburrido, diremos tan solo que la C equivale también
a la Q, en su pronunciación. Los irlandeses hablaban una rama
de la lengua celta insular llamada q – celta, mientras que los
bretones hablaban el p – celta. Si colocamos la P britana sobre
la Q irlandesa, tendremos una palabra que en la evolución propia
de las lenguas daría algo así como Pruithng, y de ahí
a Prydain en Galés. Piteas de Massalia habló ya de Prettania,
de donde los romanos adoptaron Britania.
Cuando Roma llegó a la isla, y viendo que los pueblos que habitaban
al norte del río Firh, o sea Escocia, tenían costumbre
de tatuarse el cuerpo, hablaron de pictii, los pintados. Lo cierto
es que los conquistadores jamás se preguntaron si estos pictos
formaban un solo pueblo, si su cultura era homogénea o si por
el contrario era una amalgama de ellas, con diversas lenguas y costumbres
muy diferentes entre sí. Ellos hablaron también de Caledonii,
y aún a día de hoy, no se sabe muy bien si caledonios
y pictos son la misma gente.
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Con
tal galimatías terminológico y cultural es normal
que nadie se ponga de acuerdo.
Algunos historiadores pretenden ver en ellos a los pueblos supervivientes
de la cultura megalítica previa a los celtas, la ya mencionada
Cultura del Campaniforme, debido entre otras cosas a que hablaban
una lengua no indoeuropea, a saber, un dialecto que los celtas
de uno u otro lado no eran capaces de entender. Esto parece
corroborarlo el hecho de que el héroe misionero Columba,
fundador del monasterio de Iona, al intentar cristianizar a
este pueblo debía hacerlo por medio de intérpretes.
Otros
analistas por el contrario, hablan de que la ininteligible lengua
de los pictos, bien pudo ser celta. También hablan de
la importancia que en éstos tenía la línea
de sucesión femenina, semejante a la mayoría de
las tribus celtas insulares. Así mismo el análisis
de los topónimos desvela que éstos parecen tener
raíz céltica, así como los nombres de las
diferentes tribus (lugi, caerani, o cornavii). Nada dice sin
embargo que estos topónimos y nombres de tribus no hayan
sido dados después por los invasores irlandeses. En cuanto
a la importancia de la línea femenina, no era nada que
no se diera en las culturas megalíticas, poseedoras ellas
de un culto muy arraigado a la fertilidad y a la madre tierra.
De lo que no cabe duda, es de que, celtas o no, el sustrato
indígena previo es fundamental en estas tribus. |
Tanto es así, que se habla también de la existencia
de dos lenguas pictas diferentes, una céltica, semejante a
la hablada por los britanos (p – celta) y otra más antigua,
una lengua pre -indoeuropea hablada residualmente tan solo por los
pictos más septentrionales, a saber, los que habitaban más
al norte del estuario del Moray, al norte de la actual Inverness,
así como en las islas Hébridas y Orcadas. Quizá
fuera con estos pueblos con las que Columba no conseguía entenderse.
Así podemos suponer que los pueblos celtas de la región
de Escocia se fundieron con el sustrato indígena ya existente,
dando lugar a una población original, en la que poco a poco
se fue imponiendo la lengua indoeuropea de los recién llegados
excepto en los rincones más septentrionales, en donde la lengua
indígena sobrevivió algún tiempo, algo nada raro
pues tenemos ejemplos aún vivos en Europa de este fenómeno,
como es el caso de la lengua vascuence, pre - indoeuropea a todas
luces.
Britania
romana.
De
los últimos tiempos de Roma en la isla a las invasiones
germanas.
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En
cualquier caso el idioma britano que pudieron hablar los pictos
desapareció con la invasión de los scotti de Irlanda,
y la lengua pre - indoeuropea del norte fue barrida antes del
año mil por los colonos vikingos. Hoy tan solo encontramos
allí la lengua celta evolucionada del gaélico
irlandés, que subsiste a duras penas en parte de las
Highlands del Norte y sobre todo en las Hébridas. Así
en la isla de Lewis, hoy día, lo habla casi un 70 % de
la población, católica en su mayoría.
Una vez que las legiones partieron para no volver más,
es de creer que los pictos continuaron sus incursiones hacia
el sur aún con más fuerza, si esto es posible,
ya que si en tiempos de Teodosio el Viejo llegaron hasta Londres,
que no harían ahora, sin una unidad política fuerte
capaz de hacerlos frente. Según Gildas, en su Exidio
Britanniae o Ruina de Britania, los britanos piden ayuda a Roma
en torno al 450, piden legiones para defenderse de los bárbaros.
El general romano Aecio, ocupado como estaba con los Hunos no
puede hacer nada por ellos. Roma era más importante que
aquella isla perdida. |
Los
pictos además, es de suponer que no estaban solos. Como ya
va dicho, los irlandeses saqueaban las costas occidentales de la isla,
se instalaban en Gales y Cornualles e incluso en la propia Escocia.
Las incursiones terrestres irlandesas desde el reino de Dal Riada
perseguían el mismo fin que los pictos, saquear las ricas tierras
de los britanos. Así no es de extrañar que hubiera confederaciones
o algún tipo de alianzas puntuales. Los matrimonios mixtos
entre pictos y scotti son muy comunes, y muy mencionados en las crónicas.
Incluso los invasores germanos, que ya estaban al caer, tendrían
tratos con ellos. Así se sabe que cierto Eanfred era hijo de
sajón y de una princesa picta. A su vez el hijo de éste
llegó a ser rey picto a principios del siglo VII.
Imaginémonos pues a toda suerte de bárbaros, pictos,
irlandeses o todos a la vez saqueando la antigua provincia romana
hasta sus más ocultos rincones. Los britanos mientras aún
estupefactos ante aquello deberían tomar algún tipo
de solución si no querían perecer
- REACCIÓN
DE LOS BRITANOS
- La Historia
nos enseña que cuando un pueblo está amenazado por
otro, o cuando hay guerras civiles entre ellos, la costumbre más
socorrida es llamar a otro pueblo, el más fuerte que se pueda
encontrar para que reestablezca el orden. Normalmente cuando esto
se ha conseguido, el pueblo recién llegado suele hacerse
amo de la situación, con lo cual las cosas suelen acabar
peor que antes. En la Hispania visigoda una de las facciones que
pugnaba por hacerse con la corona del rey Rodrigo llamó a
los musulmanes del norte de África, y el resultado final
es el que todos conocemos. En la Galia los secuanos llamaron los
suevos de Ariovisto contra sus enemigos los eduos, que a su vez
llamaron a César. Así germanos y romanos los estrujaron
como a un limón maduro, fue el fin de la Céltica en
la Galia.
Lo más llamativo en este tipo de situaciones es que suele
haber un traidor, o al menos una circunstancia deshonrosa, por la
cual los pueblos justifican su derrota. Si en el caso de nuestros
godos la culpa fue de los vitizianos, o de la lujuria de Rodrigo
enamoriscado entonces de la Cava; en el caso de Britania tenemos
también un célebre traidor. Así, a la lista
deshonrosa de judas británicos, junto a Avarwy y Cartismandua,
debemos incluir a Vortiguern.
Vortiguern, personaje histórico y legendario a un tiempo,
fue dux britanniarum cuando Roma ya se había ido, lo cual
da prueba de que los britanos intentaron, en la medida de lo posible,
continuar el legado romano, sus instituciones y su civilización,
aunque con reservas debemos decir que esto afectaba más a
los nobles que al pueblo. Más a las urbes que a las áreas
rurales. Sea como fuere, Vortiguern debía ser un gran jefe
de los britanos, que como acabamos de ver, aguantaban a duras penas
los embates de pictos e irlandeses.
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Jefe sajón
capturado por romano-britanos
Osprey Military
(Angus Mc. Bride) enlace |
Además
de intentar repeler los ataques de ambos pueblos, y de intentar
que sajones y anglos no tomaran demasiado protagonismo –
pues ya estaban desembarcado en la isla – Vortiguern
luchó también contra lo suyos. En su desmedida
ambición, el caudillo britano debió de enfrentarse
a los hijos de Constantino el Bendito, a saber, Constantino
el Menor, llamado también Constante, a quien mandó
asesinar, y de quien pudo ser su senescal, Ambrosius Aurelius
(figura histórica reconocida que al parecer fue dux
britanniarum) y Uther Pendragon (personaje legendario, y
padre de Arturo). Muerto Constante, los dos hermanos que
quedaban se exiliaron en Armórica, la futura Bretaña,
mientras Vortiguern se hacía con el poder en la isla. |
Tradicionalmente a Constante se le ha considerado algo más
que dux britanniarum, es decir, algo de mayor categoría que
un caudillo, y se habla de rex britanniarum, el primer rey de los
britanos, fundador a la vez de una monarquía que acabaría
heredando el propio Arturo. Así Vortiguern es visto como
un usurpador del trono, que rompió la natural sucesión
dinástica. Sea como fuere, Vortiguern tuvo que enfrentarse
a los herederos legítimos, en este caso a Ambrosius Aurelius,
una figura cuyo nombre nos indica su grado de romanización,
y que seguramente tendría algo de sangre romana, si no toda.
Ante esta situación, y ante los ataques bárbaros,
el usurpador decidió llamar a los germanos que habitaban
allende el mar del Norte, para que le ayudaran a conservar el trono.
Les llamara en realidad o no, el caso es que los primeros desembarcos
estables de sajones, anglos y jutos se produjeron entre los años
40 y 50 del siglo V, estableciéndose en la antigua tierra
de los cantios, actual Kent. La tradición nos dice que Vortiguern
mando llamar a los sajones, cuyos caudillos se llamaban Hengist
y Horsa, y que les ofreció tierra a cambio de librarle de
la molestia que suponían tanto los bárbaros pictos
e irlandeses como sus enemigos políticos. La lujuria también
juega un papel preponderante, como no, y si el godo Rodrigo perdió
su reino por su atracción desmedida hacia la Cava, hija de
un conde que avisó al moro como venganza, o si Uther desperdició
la conseguida unión de los britanos por lujuria hacia la
esposa de Gorlois, duque de Cornualles, aquí el bueno de
Vortiguern se enamoró de una princesa juta, llamada Rowana,
a la sazón hija de Hengist, que permitió los esponsales
a cambio de más tierras, y el lascivo caudillo le entregó
Kent y algunos territorios en la frontera con los pictos.
Más tierras consiguieron aún después de que
Hengist invitara a Vortiguern y a varios jefes britanos a un festín.
Allí los caudillos locales bebieron a placer ante la atenta
mirada de los germanos, que a la orden de su jefe, atacaron por
sorpresa a sus sorprendidos invitados, muriendo casi todos. Vortiguern,
para salvar la vida, tuvo que ceder aún más tierras.
Así
los germanos, envalentonados y con la posibilidad real que
tenían de hacerse con todo el país, siguieron
presionando al rey, que pronto hubo de retirarse a las zonas
más inaccesibles, las menos romanizadas de Britania,
en este caso a Gales, en donde la leyenda cuenta que se
hizo construir un castillo. Aprovechando quizá este
momento de debilidad del rey Vortiguern, los exiliados de
Armórica vuelven, quizá ya convertidos en
hombres, y atacan al usurpador, por cuya culpa la Britania
que ellos conocieron se estaba derrumbando. Casi todas las
fuentes coinciden en que Vortiguern murió en el ataque
a la fortaleza, la cual se incendió con él
dentro.
Es fácil suponer que ante la escasez de agudeza política
del usurpador, las cosas debieron ir a mejor, al menos por
un tiempo, ya que a peor era imposible. Muerto el tirano
se suceden algunas décadas de resistencia organizada
y hasta cierto punto eficaz.. Como todos los pueblos celtas,
el sueño de la unidad política estaba en el
aire. Pero pocas veces se consiguió. Los galos tuvieron
varias tentativas, ninguna con éxito. Lo mismo podemos
decir de la Céltica hispana, que salvo caudillos
puntuales más o menos carismáticos, el resto
era división y guerras locales que Roma supo aprovechar
convenientemente. En el caso de Britania pasaba lo mismo.
Solo hubo figuras puntuales, que a lo sumo pudieron englobar
a un número determinado de tribus y pueblos, así
tenemos ejemplos que van desde Baudica hasta Ambrosius Aurelius,
pasando por el mismo Vortiguern y otros muchos. Pero la
unidad completa jamás, sobre todo cuando más
se la necesitaba, es decir, frente a las invasiones, ya
sean de romanos o de sajones. Digamos que ese espíritu
indómito y libre que las fuentes atribuyen a los
celtas, fue en este caso la piedra de toque para la desaparición
de su cultura. Su escasa capacidad de sumisión, la
incapacidad de aceptar un poder superior, las rencillas
sin importancia por el orgullo de poseer una piedra más
o menos, les hizo perecer frente a los invasores. Su capacidad
guerrera individual era indudable, pero el alma colectiva
de un pueblo unido, en armas, nunca se dio. |

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Intentaron a pesar de todo, ya digo, plantar cara a sus enemigos.
Y la situación pareció mejorar al menos un tiempo.
Así, en este contexto de cierta organización, de toma
de conciencia, y de mejores resultados, nace la leyenda del rey
Arturo. Todas las menciones al gran rey de los britanos son muy
posteriores a la época que nos ocupa. La obra atribuida a
Nennius, Historia Brittonum, es del siglo IX. Geoffrey de Monmouth
es ya del siglo XII. Sea como fuere, la etapa en la que pudo vivir
Arturo no excede el siglo VI. Estos y otros autores se basan en
leyendas de tradición oral que circulaban desde hacía
siglos. Muchas fueron puestas por escrito por monjes y bardos, y
lo que contaban se fue transmitiendo hasta traspasar las fronteras
de Britania.
Las pocas conclusiones que podemos sacar de tal conglomerado de
fuentes, la mayoría legendarias, es que hubo un caudillo
– Nennius le llama dux bellorum – que consiguió
mantener a raya a los invasores – germanos, pictos e irlandeses
– durante algunas décadas. Este personaje fue capaz
de convencer a los diferentes jefes de las tribus de que dejaran
sus rivalidades a un lado, para hacer un frente común contra
un poder mucho mayor. Así puede que Arturo sea tan solo un
nombre simbólico. La raíz céltica art designa
al oso. También Arcturus es la estrella más brillante
de la constelación Boyero. Esta constelación boreal
se representa a veces como un hombre que arrea a un oso, en este
caso la Osa Mayor. Siendo así, Arturo podría simbolizar
un guía, un pastor, que dirige al gran oso britano hacia
la victoria.
Quizá el éxito militar más significativo de
Arturo fue el de Monte Badón. Nennius habla de un gran triunfo
de Arturo sobre los sajones. También Gildas cita la batalla
en su Exidio Britanniae, aunque aquí el victorioso caudillo
es cierto Aurelius Ambrosius. Tras ésta vendrán otras
batallas – 12 en total según Nennius -, todas resueltas
triunfalmente.
Datos de caudillos y posibles reyes tenemos muchos en las fuentes,
y es imposible elegir alguno que cumpla los requisitos exactos para
ser el Arturo histórico, ya que en realidad, es una figura
simbólica, mezcla de los atributos de muchos grandes jefes
y reyes, todos reunidos en el crisol de la leyenda, forjada por
monjes, bardos y druidas. Es decir, fruto de la creación
de los sabios del mundo celta. Digamos que si militarmente los guerreros
no fueron capaces de sobreponerse a sus rencillas, ni mucho menos
de expulsar a los invasores, tuvieron que ser entonces los sabios
quienes tomaran el relevo de la defensa. Sin entrar en discusiones
de si la pluma es más poderosa que la espada, el caso es
que los cálamos de los monjes empezaron a deslizarse por
el pergamino como caballos de guerra por las praderas, las voces
de los bardos empezaron a narrar a voz en cuello gestas y hazañas,
y todos los mitos, quimeras y sueños de un pueblo fueron
conformando una venganza literaria en donde en el devenir de los
siglos Arturo surge como caudillo, como rey e incluso emperador.
El tamiz cristiano convertirá a sus caballeros en los buscadores
incansables del Grial, y en ejemplo para todo guerrero que se precie
de ser justo. Camelot es la corte ideal, que impera sobre un país
en paz, sobre la tierra libre de guerras, de plagas y hambrunas.
Todos bajo el gran rey, el gran protector, el glorioso Arturo.
Así del círculo de Stonehege pasamos a la Tabla Redonda,
y esta venganza literaria convierte la derrota militar britana en
la última gran victoria de la Céltica, la más
hermosa de todas.
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