DE LOS NUEVOS
BÁRBAROS
Llegan los germanos.
La visión tradicional de la invasión de Britania por estos
pueblos está cargada de pasión independientemente del
punto de vista que se utilice, así no solo celtas y romanos,
sino a veces las propias fuentes anglosajonas, hablan de devastación
y muerte a sangre y fuego de las gentes de la isla. Así a los
unos les interesaba ver a sus enemigos como sanguinarios paganos, y
a los otros les convenía distinguirse a si mismos como guerreros
invencibles que fueron arrinconado a los celtas en los finisterres de
la isla. La visión romántica posterior no hizo sino exagerar
este panorama aún más. Y aunque las propias fuentes a
veces se contradicen, si podemos descubrir algunos aspectos fiables
que nos indican que no todo fue como se cuenta. La arqueología
efectivamente ya nos desvela muchas de las claves que el historiador
suspicaz ya sospecha, y que nos lleva a desmentir algunas afirmaciones
tenidas como ciertas desde tiempos inmemoriales.
Para empezar, no solo podemos hablar de tres pueblos germanos bien diferenciados,
a saber, anglos, sajones y jutos – tal como nos indica Beda el
Venerable -. Lo cierto es que el galimatías de pueblos es importante,
y a esa tríada ya dicha podríamos añadir cuanto
menos otra en la que andarían alamanes, frisios y francos, al
menos que se sepa.
Otra afirmación muy generalizada es que estos pueblos irrumpieron
un bien día en la isla, espada en mano, dispuestos al saqueo
y a la invasión., o bien invitados por Vortiguern o simplemente
aprovechando el caos en el que vivía Britania. Pero lo cierto
es que desde el siglo II y III ya se tiene noticia de estos pueblos,
y muchas de las fortificaciones romanas para contener el pillaje estaban
guardadas por mercenarios germanos.
Por último los anglosajones – llamaremos así al
conglomerado de pueblos germánicos – avanzaron de manera
lenta e irregular en su camino hacia la dominación de la isla.
Un camino lleno de alianzas y matrimonios mixtos con la población
anterior, o de guerras contra otros anglosajones, lo cual nos hace replantearnos
un periodo de tiempo complejo, heterogéneo y cambiante.
ORIGEN
DE LOS CONQUISTADORES
El origen geográfico
de los conquistadores podemos situarlo en la región del continente
que se extiende entre la península de Jutlandia y la desembocadura
del Rhin.
Al contrario que otros pueblos como los Godos o los Suevos, los germanos
que pasaron a Britania tenían gran vocación marítima,
y en sus actividades piráticas se ha querido ver un precedente
de lo que cuatro siglos después harían los vikingos por
buena parte de Europa.
Las causas que llevan a estas gentes a plantarse en las playas de Britania
son muchas y variopintas:
Se habla de superpoblación, algo parecido a lo que ocurriera
con los scottos de Irlanda, que les hizo fundar reinos en Escocia, pero
lo cierto es que este fenómeno no es aplicable a esta área
continental, y más en un contexto de migraciones continuas por
tierra en donde ningún pueblo parecía echar raíces
fuera del territorio Romano. Así nadie parecía estar lo
suficientemente asentado en ninguna parte como para hablar de superpoblación.
La única excepción quizá se encuentre en la región
comprendida entre los estuarios del Elba y el Ems, tal como nos cuentan
los hallazgos arqueológicos. Sin embargo lo acontecido en un
área tan pequeña no se hace extensible al resto.
Se baraja también una trasgresión del mar, lo cual no
es improbable, teniendo en cuanta que aún hoy día prácticamente
la totalidad de la costa holandesa se encuentra bajo el nivel del agua.
No podemos afirmar si este factor pudo ser determinante, aunque sin
duda influyó en unos pueblos, ya digo, de tradición marina,
y que a buen seguro hacían muchos de sus poblados en la raya
misma de la costa. De este modo es muy seguro que tuvieran que reconstruir
sus asentamientos más al interior o en altozanos, cuando no provocó
la salida de muchos de ellos hacia otras tierras.
A estas dos causas añadiremos otra más, que tiene que
ver con la larga tradición pirática de estos pueblos,
que les llevó al dominio de la navegación en el mar del
Norte, y les hizo así mismo aprovechar la oportunidad de oro
que se les presentaba de asentarse en la convulsa - pero rica - isla
de Britania.
Cualquiera que haya navegado un poco se dará cuenta de la diferencia
entre surcar el Mediterráneo y el Atlántico, y lo cierto
es que estos pueblos se habían adaptado bastante bien a la navegación
en las frías aguas del norte. Si bien sus maestros astilleros
aún no eran tan diestros como lo serían los vikingos,
podemos decir que frisios, sajones, jutos o anglos dominaban ya una
técnica constructiva y de fabricación naval que sin duda
no pasó desapercibida a los piratas escandinavos. Así
en las naves que llegaron a Britania en estos tiempos tenemos los ancestros
de los drakkars.
Las principales diferencias entre los navíos de este tiempo y
los dragones vikingos estiban en que los anglosajones daban gran importancia
a los remos, con velamen y mástil aún poco desarrollados,
así como en las dimensiones más pequeñas. Sin embargo
el armazón, aún de quilla más reducida, se construía
de forma similar, con la unión superpuesta de planchas con clavos,
y consiguiendo el esbelto perfil característico de las naves
vikingas.
Sajones, frisios, anglos y jutos, si no los únicos, son los pueblos
más importantes de esta región entre el bajo Rhin y Jutlandia.
Así sería vital hacer, si acaso someramente, un análisis
de cada uno de ellos. Sea pues:
Los sajones, junto con los anglos, son el pueblo que más renombre
ha adquirido con el tiempo. A ello contribuyó sin duda el hecho
de que los celtas britanos utilizaran solo este nombre, al referirse
al conglomerado germánico de pueblos invasores.
Tolomeo es el primero que los cita, en el siglo II dC, y los ubica al
sur de la península de Jutlandia. Lo cierto es que hablamos de
las gentes más dinámicas de toda la zona, por lo que pronto
asimilarán a otros pueblos es su devenir hacia el sur, hasta
la desembocadura del Weser, y llegando hasta el Elba por el este.
Además eran brillantes saqueadores ya desde finales del siglo
II, incluyendo en sus itinerarios tanto las costas continentales como
las de Britania. Así a finales del siglo III lanzan ataques sobre
Normandía y Bretaña, en donde llegarían incluso
a instalarse algunos grupos reducidos ya en plena época de descomposición
del Imperio.
Mientras en Britania, había ya contingentes de sajones desde
finales del siglo III, en calidad de mercenarios de Roma - como luego
veremos -, sembrando el precedente que supondría la llegada más
numerosa y por libre a partir del siglo V.
El resto de sajones, los que decidieron no emprender la aventura britana
y quedaron en tierra, acabarían por someterse a los carolingios
tras feroz resistencia, aceptando forzosamente el cristianismo a principios
del siglo IX.
Los anglos son el otro gran pueblo que desembarcó en la isla,
que al igual que los sajones, fundaría varios de los reinos más
poderosos de Britania. Su origen lo encontramos también al sur
de la península de Jutlandia, en Schlewig, más concretamente
en la región oriental, donde aún existe el nombre de Angel
(o Angeln). También se les sitúa en la isla de Fyn, en
el Báltico. Se cree que fueron directamente a Britania, con lo
cual no podemos asignarles aventuras previas como a los sajones, aunque
la similitud de ambos pueblos es tal que no podemos descartar nada,
ni si quiera que muchas de las acciones de rapiña sajona no fueran
compartidas por los anglos. Así la confusión es tan grande,
que aún hoy día es difícil asignarles zonas concretas
de ocupación en Britania basándonos en la arqueología,
por lo que hemos de creer mucho de lo que nos cuentan las fuentes escritas
de la época.
El juto es considerado un pueblo menor en comparación con los
dos anteriores. Lo cierto es que aunque se les asigna la colonización
- según Beda - de Kent, la isla de Wright y de otras regiones
britanas, su identidad como pueblo desaparece con el tiempo. Su origen
le encontramos también en Jutlandia - es previsible que fueran
los vecinos norteños de anglos y sajones -. Los restos encontrados
en Kent nos hablan de presencia juta allí, pero nos hablan también
de otros pueblos como los francos – hay quien dice que los jutos
en realidad eran francos del bajo Rhin - y otros vestigios de origen
escandinavo, noruego sobre todo. Sin duda Beda - nuestra mayor fuente
escrita - simplificó mucho este caos de pueblos, del que hablaremos
en el epígrafe siguiente.
El último gran pueblo de la zona son los Frisios. Su origen continental
está en parte de la actual costa holandesa y en las islas Frisias.
Sin duda contingentes de este pueblo partieron hacia Britania, Procopio
les nombra como un pueblo más en la invasión, sin embargo
la mayoría permanecieron en el continente, y es muy probable
que ocuparan el vacío dejado por los sajones.
MERCENARIOS
GERMANOS EN BRITANIA
La creación
de un sistema de fortificaciones a lo largo de la costa britana del
mar del Norte, nos da la prueba de que las incursiones germánicas
representaron un serio problema, al menos desde finales el siglo III,
para los habitantes de la provincia de Britania. Esta estructura defensiva
es conocida como limex saxonicum, la cual incluía también
una flota. Así Roma intentaba contener los ataques que venían
del este, mientras hacía lo propio con las incursiones pictas
– recordemos que por aquel entonces andaba Constancio Cloro ocupado
con ellos -.
Muchas de estas guarniciones estaban defendidas, como va dicho, por
mercenarios germanos. También es fácil pensar que en la
flota romana que limpiaba de piratas el mar del Norte hubiera un considerable
número de ellos, que sin duda ofrecieron su experiencia en aquellas
aguas a los romanos.
| Esta
claro que los britanos no dieron importancia a la llegada pacífica
pero inexorable de estas gentes a su isla, dando más relevancia
a pictos y scottos, a quienes consideraban enemigos naturales, y
con quienes llevaban guerreando desde el principio de los tiempos.
Así pues, sin llamar demasiado la atención, toda suerte
de mercenarios sajones, frisios, anglos, jutos o francos fueron
instalándose en suelo britano. Desde luego su pericia guerrera
parecía más que demostrada – algo que luego
se volvería contra ellos -, por lo que nadie pareció
poner demasiados reparos a esta llegada pacífica de mercenarios.
Tanto fue así, que Valentiniano I, emperador de occidente
del 364 al 375, reforzó las guarniciones con más germanos,
en este caso alamanes. |

Modelo de nave ligera sajona |
Tenemos pues a los
britano – romanos jugando con una fuerza guerrera considerable,
que a buen seguro sería más fiel a sus jefes que a un
Imperio debilitado, y que tenía a sus hermanos de raza al otro
lado del mar esperando una ocasión, que parecía haber
llegado cuando el usurpador Constantino III se llevó las legiones
a la Galia.
Todo mejoró aún más para los germanos cuando los
caudillos celtas fueron incapaces de mantener un gobierno centralizado.
Recordemos como Vortiguer asesinó a Constante, hijo de Constantino
III, y como el tirano a su vez murió a manos de Ambrosius Aurelius
y de Uther Pendragon según las fuentes, en su mayor parte inventadas,
- aunque son parte de su venganza literaria, no olvidemos -.
A la incompetencia para gobernarse a sí mismos de los celtas
añadamos a los pictos y a los irlandeses, todos envueltos en
una espiral de guerras, treguas, alianzas y traiciones de todos contra
todos.
Juntando todo esto, los germanos de dentro y de fuera creyeron, con
razón, llegado su momento.
Estamos a principios del siglo V. Sin embargo aún debemos esperar
20 o 30 años para ver los primeros desembarcos con éxito,
que sin duda animaron al resto a embarcarse en una aventura colonizadora
que tendría sobre el 500 su punto álgido.
PRIMEROS
ASENTAMIENTOS ESTABLES
Beda sitúa
la llegada de los invasores en el 449. Recordemos a Hengist y Horsa,
que respondieron a la llamada de los britanos, impotentes ante los ataques
pictos.
Según el venerable northumbrio existen unas zonas claras de expansión
y asentamiento para cada pueblo germano.
En cuanto a los britanos, fueron empujados hacia el oeste o hacia el
norte sin ningún miramiento, condenados, según él,
a vivir una existencia desgraciada en los riscos de las montañas
o en el corazón de los bosques. Habla también de que algunos
emigraron fuera de la isla, mientras que otros, rendidos por el hambre
se entregaron voluntariamente a los sajones para ser sus esclavos o
para recibir la muerte.
 |
Es
curioso ver a un monje describiendo con pasión como unos
paganos asesinaban sin miramientos a los cristianos britanos.
Pero así son las cosas, y Beda (anglosajón a todas
luces) se ponía del lado del invasor con una parcialidad
que por otra parte era muy normal en la Edad Media, utilizando
a los paganos como brazo armado de Dios para castigar a los celtas
por sus pecados terribles. Y si los pecadores eran cristianos,
pues más ejemplar debía ser el escarmiento.
Condenados los celtas a la miseria en los recovecos de Britania,
anglos jutos y sajones - siempre según Beda - se repartieron
buena parte del territorio:
Los jutos ocuparon Kent, la isla de Wright y parte de Hampshire.
Los sajones se asentaron en la parte sur de la isla (exceptuando
Kent), y en el valle del Támesis, fundando los reinos de
Sussex, Essex o Wessex entre otros (sajones del sur, este y oeste),
este último reino haciendo frontera con los celtas de Cornualles.
Los Anglos ocuparon un territorio mayor, con una serie de reinos
ubicados al norte del Támesis y que llegarían hasta
el Forth, en la actual Edimburgo. Así eran vecinos de pictos
y scottos al norte y de los britanos de Strathclyde, y Gales entre
otros al oeste.
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Resumiendo, tenemos
a tres pueblos germánicos, anglos, jutos y sajones, que se instalan
en Britania y fundan una serie de reinos. Mientras, la población
anterior es masacrada, esclavizada o arrinconada en el oeste ante el
imparable avance de los recién llegados.
La arqueología,
así como la toponimia, desmienten estas afirmaciones y nos indican
la gran complejidad del momento.
Así, diremos que a mediados del siglo V surgen los primeros asentamientos
estables, que nada tienen que ver con reinos ni poderosos caudillos,
sino con modestas colonias de carácter casi familiar. El estudio
de las cerámicas, muy toscas por cierto, nos habla de una expansión
lenta.
Todo esto nos hace pensar en unos grupos familiares reducidos que pasaron
el mar del Norte en busca de tierras, y en donde aún no habría
nada parecido a una aristocracia guerrera o a una realeza, que sin duda
esperaron a oleadas posteriores, más numerosas y seguras, para
instalarse con toda su parafernalia. Pensemos pues en sencillos colonos
en busca de tierras más que en otra cosa, al menos al principio.
 |
Se
da la fecha para la llegada sajona en el 477. Esta segunda oleada
pudo ser más numerosa, ocupando a grandes rasgos los territorios
descritos por Beda, aunque sin nada parecido aún a una monarquía.
Al ser un grupo más numeroso podemos pensar en un sistema
de jefaturas, aunque con una organización política
poco desarrollada.
Es arriesgado hablar de oleadas concretas, que si bien pudieron
existir, lo más probable es que a partir del éxito
de los establecimientos sajones del sur de la isla, el trasvase
desde el continente fuera más bien fluido, con altibajos,
pero constante desde finales del siglo V, hasta lograr cierta densidad
de población en determinados puntos, que darían lugar
a una organización más desarrollada. Pasamos así
de familias de colonos en asentamientos precarios y posiblemente
a la defensiva a los primeros núcleos políticos, a
los que podemos llamar “reinos” a partir de ahora. |
En cuanto a los
asentamientos en las zonas que Beda atribuye a los anglos, es decir,
desde el norte del Támesis hasta el estuario del Forth - exceptuando
las regiones occidentales ocupadas por celtas - tan solo podemos decir
que la similitud con los sajones apenas permite hacer diferencias sustanciales.
Eran pueblos muy parecidos en lengua y cultura. Tan solo los dos reinos
que surgen al norte del río Humber - lo que luego será
Northumbria - y que se extienden hasta el Forth haciendo frontera con
pictos y scottos pueden tener un origen más diferenciado. Son
los reinos de Deira, con capital en York, y Bernicia, en torno a Bamburgh.
Se cree que Deira pudo ser fundado por los germanos federados de Roma
que defendían el limex saxonicum, mientras que para Bernicia
se habla de piratas del mar del norte. Esto bien pudo ser cierto, aunque
se sigue teniendo en mente a los anglos cuando pensamos en ambos reinos.
GERMANIZACIÓN
Y PERVIVENCIA
En el capítulo
anterior discutimos sobre la romanización de la isla, y llegamos
a la conclusión de que ésta no fue tan intensa como en
la Galia o Hispania, sobreviviendo muchas de las costumbres celtas.
Con la germanización nos enfrentamos a parecido desafío,
al intentar desentrañar si ésta fue tan profunda como
se piensa. A lo cual diremos que efectivamente lo fue, y si la romanización
fue más leve que en el resto de las provincias, la germanización
posterior fue brutal, dejando huellas indelebles que aún perduran.
Como siempre suele ocurrir, una vez tenida por cierta la germanización,
se tiende a simplificar la realidad. Así pues todos imaginamos
a los nuevos dueños de la isla avanzando inexorablemente hacia
el oeste como si fueran las panzer divisionen, borrando a su paso todo
vestigio, toda huella cultural previa, que se perdería para siempre.
Desaparecen así la lengua celta y latina, y el paganismo vuelve
a campar a sus anchas, exceptuando los riscos y los bosques en donde
los celtas viven como si fueran poco menos que alimañas.
Hoy sabemos que si todos los habitantes britano romanos se hubieran
refugiado en los escondrijos del oeste, existirían pruebas de
hacinamiento, y no las hay ni en Gales ni en Cornualles. Así
aunque muchos fueron al oeste, tanto desde las tierras bajas como desde
el norte - inútiles ya los muros de contención -, hubo
una importante asimilación de la cultura previa, que se traduce
en matrimonios mixtos o en el uso de nombres britanos por parte de los
recién llegados, así la lista de reyes de Wessex está
llena de nombres celtas tales como Cerdic, Cynric o, Ceawlin - por citar
a los tres primeros de la lista -. Los topónimos, o la influencia
celta en la artesanía sajona reflejan también esa mezcla,
dándonos la prueba de la diversidad de estas sociedades, a pesar
de que con el tiempo, las crónicas, intentaran labrarse un pasado
más homogéneo.
Tampoco fue homogéneo el aspecto religioso. Así debemos
decir algo sobre la pervivencia del cristianismo. No cabe duda de que
los anglosajones eran paganos, y que, como nuevos señores de
la isla, su religión y sus dioses pasaron a un primer plano.
Sin embargo parece claro que gran parte de la población celta
era cristiana, tanto la que vivía lejos de la influencia anglosajona
- incluyendo Irlanda - , como la que fue asimilada por los conquistadores.
Un cristianismo difuso si se quiere, que en absoluto había olvidado
los fundamentos druídicos, y que tuvo en el pelagianismo uno
de sus pilares. La Historia nos ha demostrado que muy pocos han apostatado
una vez cristianizados, y en caso de hacerlo no adoptan otros ritos
que no sean los de sus antepasados. Es decir, sería muy raro
ver a la población Britania renegando de Cristo y arrodillándose
de golpe ante la tosca efigie de Wodan o Thor. Así, en las zonas
ocupadas por los anglosajones es de creer que existieran comunidades
de creyentes - clandestinas o no -, lo cual quedaría confirmado
cuando el rey Etelbert de Kent contrajo matrimonio con la cristiana
Berta, hija del rey franco Coribert. La nueva reina no solo obtuvo permiso
para practicar su religión, sino que vino acompañada por
el obispo Liudhard. Por todos es sabido que los obispos no van a ningún
sitio sin una sede desde la que ejercer su ministerio, y por supuesto,
una comunidad de fieles, lo que nos está indicando la presencia
de cristianos allí, que de algún modo allanaron el camino
a los misioneros que pronto llegarían de Roma, como veremos en
el capítulo siguiente.