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Es
más que evidente que este sistema eclesiástico jamás
podría cuajar en las islas, y mucho menos en Irlanda, en donde
la romanización fue nula. Las ciudades eran inexistentes en la
mayor parte del territorio, y la sociedad estaba poco jerarquizada.
Y sin embargo el cristianismo, adaptándose a las características
de aquellas sociedades, cristalizó de manera brillante. ¿Cómo
pudo ser?
A medida que en el imperio el cristianismo se hizo más popular,
podríamos decir que se vulgarizó. Gentes ambiciosas y
de precaria moralidad decían ser cristianas, con lo cual se fue
difuminando el mensaje original, de humildad y sencillez. Surgen por
ello una serie de personajes que deciden distanciarse de todo aquello.
Basándose en los místicos anacoretas de oriente, marchan
igualmente al desierto, intentando así acercarse al verdadero
mensaje, lejos de las corruptelas que imperaban en Roma y en las ciudades
de provincias. Los anacoretas de la Galia - a un paso ya de Britania
- al contrario que los místicos de oriente, vivieron en bosques
y montañas, y en ellos encontraron habitantes, los paganos, con
lo cual a su deseo de retirarse se unió el de predicar y convertir.
Predicar primero con el ejemplo, para convertir después, adaptándose
si es necesario a la espiritualidad del campesino o del pastor, “rebajarse
para conquistar” que decían los padres de la Iglesia, convencidos
de la superioridad del mensaje de Cristo.
Fue este tipo de cristianismo, capaz de adaptarse al medio bárbaro,
el que llegó a las islas. Sí es cierto que en las ciudades
del sur de Britania hubo comunidades cristianas muy pronto, sin embargo
el mensaje llegó más rápido y de forma más
eficaz a las zonas menos romanizadas. “Regiones inaccesibles a
los romanos pero accesibles a Cristo” que dijera Tertuliano en
el siglo III, un hecho confirmado por nuestro cronista Beda. Así
los celtas adoptaron el cristianismo con relativa facilidad, mientras
que los romanos, acostumbrados a racionalizarlo todo, tuvieron serias
dificultades para comprender el mensaje original, y cuando lo hicieron,
lo adaptaron a las estructuras sociopolíticas del Bajo Imperio,
convirtiéndolo en una forma de poder político, jerárquico
y centralista, que justificaba guerras y fomentaba las ambiciones de
la mayoría de los reyes bárbaros que ya empezaban a instalarse
en occidente.
El cristianismo que llegó a los lugares inaccesibles a Roma fue
llevado por misioneros, muchas veces eremitas vagantes que se adentraron
en la espesura de los bosques para predicar. Así sabemos que
cierto Ninián, en el siglo V predicó, entre los pictos
y britanos de la actual escocia, mientras su contemporáneo Patricio
hacía lo propio con los paganos de Irlanda, abriendo sin duda
camino a la exaltación cristiana del siglo VI, que traerá
consigo innumerables fundaciones monásticas y el surgimiento
de santos y mártires en todos los rincones celtas de las islas.
Mientras tanto Roma intentaba organizar las comunidades cristianas de
Britania a su manera, es decir, aprovechando la escasa estructura urbana
de la isla, y tejiendo una red de obispados y parroquias que en absoluto
resistió a la llegada anglosajona, con lo cual se vería
obligada, andando el tiempo, a liderar la reconquista cristiana, ya
en tiempos de Gregorio el Grande - finales del siglo VI -.
PELAGIO:
En
los primeros tiempos del cristianismo el sistema de conversiones fue
un tanto anárquico. Aún no había un dogma oficial
establecido, y así cada vez que un pueblo optaba por convertirse
no era difícil que optara por una visión particular de
la nueva fe. Surgen así innumerables herejías, o diferentes
visiones del cristianismo, que tratan de hacerse un hueco en el ideario
religioso del momento. Fue el cristianismo de Roma, apelando a la herencia
de Pedro, quien intentó hacer valer sus tesis como oficiales
y verdaderas frente a las incontables desviaciones que salpicaban Europa
y el Mediterráneo. Una de estas herejías la protagonizó
cierto Pelagio, cuyo origen bien pudo ser britano, y cuyas tesis calaron
entre las poblaciones celtas de la isla.
Sabemos seguro que predicó en Roma y el Mediterráneo durante
más de 20 años, ganándose allí muchos adeptos,
y chocando con las tesis de los santos Agustín y Jerónimo,
que no cejarán en su empeño de conseguir la excomunión
del hereje, y a quien tildarán peyorativamente de “escocés”,
o “relleno de papilla escocesa”.
Independientemente de su vida y de sus discusiones – más
o menos refinadas – con los padres de la Iglesia, y para no extendernos
demasiado, nos centraremos en su doctrina:
Los dos puntos más conflictivos de su pensamiento tienen que
ver con el pecado original y con la Gracia.
Para Pelagio el pecado original viene de un acto de desobediencia que
cometió un solo hombre, Adán en este caso, y que no tiene
que implicar al resto de su descendencia. Con esto viene a decir que
todos nacemos limpios de pecado, y no tenemos que pagar por los actos
de un solo hombre. El ser humano no nace bueno o malo, por tanto, sino
limpio y con capacidad de elegir su destino. Con esto Pelagio atribuye
libertad individual al hombre – libre albedrío –
a la vez que rechaza el maniqueísmo. No hay bien ni mal, sino
que todo se funde en un todo homogéneo, que incluye no solo al
hombre, sino a Dios.
Si hablamos de libre albedrío negamos entonces la predestinación,
chocando con el problema de la Gracia. ¿Qué es la Gracia?
Pues podríamos definirlo como la salvación eterna que
Dios ofrece al hombre por creer en Él. Dios sabe si alguien se
salvará en base a la fe que le procese. Pelagio decía
sin embargo que la salvación se consigue con obras. Solo con
su propio esfuerzo, el hombre es capaz de salvarse, porque es libre.
Sin mediación alguna de Dios, y mucho menos de la jerarquía
eclesiástica.
Ante semejante bombazo no es de extrañar que Pelagio y los suyos
fueran expulsados de Roma por el papa. No volviéndose a saber
de él.
El Pelagianismo ganó adeptos en Roma, pero solo las clases cultivadas
fueron capaces de entender su doctrina. Sin embargo en Britania caló
tan profundamente en la sociedad céltica que el papa hubo de
enviar al obispo Germán de Auxerre a combatir la herejía
– y de paso a combatir por las armas a los pictos –.
Lo cierto es que las tesis pelagianas coincidían con el espíritu
celta en muchos factores, lo cual explica el éxito de su pensamiento
en la isla. Para empezar el libre albedrío concuerda perfectamente
con el espíritu libre e individualista celta, y con su sociedad
horizontal y poco jerarquizada. En cuanto al valor de las obras y la
voluntad como medio de salvación está en relación
directa con las proezas inhumanas de los héroes mitológicos
en su busca de la perfección. Así no solo nos encontramos
a los esforzados héroes del Grial sino a los propios monjes celtas,
cuya austeridad y rigor son casi legendarios, creyéndose capaces
incluso de cambiar la intención divina solo con su sacrificio.
El Pelagianismo desapareció de Britania, sin embargo el cristianismo
celta tendrá muchos puntos en común con esta herejía,
aún en el caso de que muchos de estos monjes apenas habían
oído hablar de Pelagio. Simplemente se trata de dos formas de
espiritualidad cristiana que los celtas adoptaron en uno u otro momento,
aunque sin influencia mutua.
PATRICIO
EN IRLANDA:
Contemporáneo
de Pelagio, y de Germán de Auxerre fue el britano Patricio, a
quien se atribuye la cristianización de Irlanda. Sin embargo
a la antigua Hibernia ya habían llegado anónimos misioneros,
y es bastante probable que hubiera comunidades cristianas allí
desde antes. Es seguro que Patricio tuvo un precursor en la persona
de Palladio, enviado por el mismo papa en calidad de obispo, y por tanto,
para organizar comunidades ya existentes. Nada sabemos de la vida del
obispo allí, salvo, que quizá, no tuvo mucho éxito,
ya que en el 432 encontramos a Patricio predicando a los scottos de
Irlanda.
Sabemos que nació en torno al 387 entre los britanos de Strathclyde,
y que era hijo y nieto de clérigos. Contando con pocos años
fue raptado por los scottos, que como ya hemos visto, eran piratas entre
otras muchas cosas, y permaneció en Irlanda varios años,
hasta que logró escapar. Su estancia en la isla como siervo de
un mago, quizá un druida, sin duda le hizo conocer bien la religión
de estos pueblos, lo que luego aprovechó en su predicación,
sintetizando los principios celtas con los cristianos - aquí
está la clave de su éxito -.
Tras algunos años en Auxerre y Roma, Patricio regresará
a Irlanda en calidad de obispo, para organizar y convertir a aquel pueblo
que tan bien conocía. Sabemos que predicó en la región
del Ulster, en donde logro algunas conversiones importantes. Patricio
hizo que el cristianismo se adecuara a las necesidades espirituales
de los scottos, renovando de alguna manera los principios druídicos,
que por aquellas fechas parecían estar en decadencia. En aquel
momento los fili (o filidh) parecían haber asumido algunas de
las funciones de los druidas. Los fili eran miembros de la clase culta,
y parece ser que se encargaban de las labores de adivinación,
así como de la narración de historias y de la poesía.
Con el tiempo fueron arrinconando no solo a los propios druidas sino
a los bardos - en calidad de poetas cultos -. En este momento llegó
Patricio, quien en mitad de la pugna quiso ponerse al lado de los fili,
de quienes aprovecha su mayor vigor místico. Así va expandiendo
su mensaje, convirtiendo a muchos de ellos, que veían en el cristianismo
un arma poderosa para imponerse a los druidas. Patricio además
siempre respetó su sabiduría, y jamás quiso imponerles
nada por la fuerza. De este modo los fili le dieron su apoyo y adoptaron
la nueva religión de modo natural, adoptando sus postulados y
principios, y protagonizando, sin saberlo, una regeneración espiritual
sin precedentes en Irlanda.
Patricio, sin embargo, creó en la isla un entramado cristiano
igual que el que se estaba desarrollando en las provincias del imperio,
a la romana o basado en la supremacía del obispado. Dicha organización
no se mantuvo en absoluto y desapareció por completo tras su
muerte. Sin embargo el barniz cristiano perduró en buena parte
de la isla. Desapareció la infraestructura pero el mensaje se
mantuvo, por lo que los scottos organizaron el nuevo credo a su manera,
adaptando el cristianismo a su sistema social y político. Así
poco después tenemos a la santa Brígida dirigiendo un
monasterio mixto en calidad de abadesa, algo impensable en el continente.
El cristianismo celta de Irlanda, tan peculiar, comienza su andadura.
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LA
ORGANIZACIÓN MONÁSTICA:
La
construcción del cristianismo scotto tuvo en el monasterio
su piedra angular, y en el abad su máximo dirigente..
Los monasterios ejercían jurisdicción sobre un territorio
y no solo en el ámbito espiritual, sino político
y económico. Ese territorio se conoce como Paruchia, y
era gobernada por el abad. Se crea así una infraestructura
eclesiástica perfectamente adaptada a un mundo sin ciudades,
y que pasa de la Edad de Hierro a la Edad Media cristiana sin
transición alguna. El abad gobernaba su territorio por
encima incluso de los obispos, cuya misión, entre otras,
era ordenar, pero no dirigir. Encontramos así en el abad
poderes religiosos y políticos, fundiéndose en su
persona la figura del rey y el druida. No en vano muchos abades
eran príncipes y fili a un tiempo, portando a la vez la
autoridad del rey y del druida, como es el caso de Columba, abad
de Iona, y de quien nos ocuparemos más adelante.
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MONASTERIO DE GLENDALOUGH,
fundado por san Kevin en el siglo VI. |
El
monasterio irlandés era en realidad una aldea, con chozas independientes
alrededor de un templo. Solo este último edificio estaba hecho
en piedra, al menos en parte. Cada una de estas aldeas estaba dirigida
por un abad ordenado sacerdote, o por una abadesa, y existían
así mismo comunidades mixtas.
Cada comunidad mantenía relaciones con otras cercanas, creando
una tupida red de cenobios en el que no eran raras las disputas jurisdiccionales.
Debemos saber que la mayoría de los monjes celtas eran miembros
de la clase guerrera de sus respectivas tribus - incluso estaban obligados
a un servicio militar -. Los monasterios además podían
representar a determinado clan o tribu, siendo su abad un representante
de la realeza. Así sabemos que a finales del siglo VII tuvo lugar
una batalla entre los monasterios de Clonmacnoise y Durrow, en donde
hubo cientos de muertos.
El carácter guerrero de monje irlandés no era lo único
que le diferenciaba de los cenobitas del continente. Y es que había
muchos otros matices y diferencias con respecto al cristianismo romano,
que si bien, nunca llegaron a incurrir en herejía, si causaron
quebraderos de cabeza a los papas, empeñados por aquel entonces
en homogeneizar el culto en toda la cristiandad occidental
Para empezar, la sola visión de un monje celta llamaba la atención
a los cristianos romanos, pues practicaban una tonsura diferente, afeitándose
buena parte de la frente, de oreja a oreja, a veces con flequillo delante
y larga melena detrás.
Independientemente de las diferencias estéticas - escondan lo
que escondan detrás -. Los contrastes más acusados, a
parte de la organización, tienen que ver con la doctrina.
El monje celta llevaba una vida de gran austeridad. Como sí mediante
el sacrificio pudieran cambiar, o moldear la voluntad de Dios. Conservamos
algunos penitenciales que espantan por su severidad, y que incluyen
latigazos por toser durante las comidas o por tropezar en el altar,
así mismo otros sacrificios incluyen dormir una noche con un
cadáver, sobre camas de ortigas, cáscaras de nuez o en
el agua. La capacidad para hacer cambiar la voluntad divina mediante
la penitencia les permitía, no obstante, cometer ciertos pecados,
de cuyo castigo eterno podías librarte mediante el correspondiente
castigo- cada mala acción tenía su precio -. Así
por la mortificación y las obras conseguían la salvación,
dejando a Dios al margen, lo cual nos lleva directamente al libre albedrío
que Pelagio concedía al hombre. Y nos recuerda los logros físicos
de los caballeros del Grial, por ejemplo, o del ciclo del Ulster, en
donde la divinidad era fría y distante, y en donde el hombre
debía lograr, mediante sus hazañas, cambiar el destino
del mundo si fuese preciso.
Nos encontramos pues ante verdaderos héroes, hombres y mujeres
de oración capaces de cambiar su destino. Y digo mujeres porque
hubo abadesas con el mismo poder que cualquier abad, y, por su puesto,
con mayor potestad que cualquier obispo, lo que nos indica algo que
ya sabíamos, y que tiene que ver con el grado de autonomía
y libertad que la mujer tenía en el mundo celta. Sabemos que
las mujeres celtas gozaban de gran consideración en el ámbito
doctrinal, participando incluso en los ritos, lo que chocaba fuertemente
con la misoginia desatada de la mayoría de los padres de la Iglesia.
Vistas estas diferencias de base, que desde luego no son las únicas,
hay un factor más que definitivamente hizo que los papas se pusieran
alerta. Se trata de la expansión del cristianismo celta, hacia
Britania y hacia el continente. Es la peregrinación por amor
a Dios. Para Roma un desafío, y para los celtas, una nueva hazaña
DE
COLUMBA EN IONA A COLUMBANO EN EL CONTINENTE
Al
igual que los héroes de los mitos célticos, los monjes
de Irlanda también partieron en busca de aventuras. Esta acción
de salir de su patria, que tenía algo de proeza y también
de sacrificio, estuvo siempre en la mente del monje. Sabemos que Brandan
de Clonfert se aventuró por el Atlántico hacia el oeste,
y que otros monjes irlandeses descubrieron Islandia antes que los vikingos.
Aunque la gran labor del cristianismo celta tuvo lugar con las fundaciones
monásticas continentales, como veremos.
El gran precedente de esta peregrinación lo encontramos en la
exitosa aventura de un monje llamado Columba, Collum Cill en gaélico.
Columba nace hacia el 521 en el norte de Irlanda. De estirpe real, era
además un fili, y por tanto gran conocedor de la religión
druídica. Dotado de poderes religiosos y políticos, el
rey sacerdote, parte hacia las islas de Escocia y funda allí
un monasterio, en Iona. Columba era de la dinastía de los reyes
de Dal Riada, que como sabemos, era un doble reino situado parte en
Irlanda y parte en Escocia. La isla de Iona sirvió no solo como
puente entre ambos, sino que fue el punto de donde partió la
evangelización de los britanos, pictos y sajones. Así
Columba contribuyó a la cristianización de Britania y
a la expansión de Dal Riada como entidad política, lo
que indudablemente contribuyó a la gaelización de Escocia.
Columba
muere en el 600, sin embargo el legado que dejó le sobrevivirá
con creces. Iona siguió ejerciendo gran influencia sobre
Britania. Además se copiaron y recopilaron libros que se
creían perdidos en el continente - el propio Columba era
un gran copista – y mientras Europa vivía su particular
oscuridad, Iona e Irlanda entera guardaban en sus anaqueles obras
vitales para el resurgir de la civilización durante la
plena Edad Media.
Llena Irlanda y Britania de monasterios celtas, y con los papas
enviando a toda prisa legados a Kent para convertir a los anglosajones,
nuestros monjes deciden pasar al continente.
Pronto lugares como la Galia, la actual Suiza o Italia se llenarán
de monjes celtas que vagarán por los caminos, hablarán
con los reyes y sobre todo fundarán monasterios. El más
destacado de todos ellos fue Columbano.
La
vida de Columbano es todo un ejemplo de las virtudes celtas que
antes apuntábamos. Más joven que Collum Cill, nace
hacia el 543 en la región de Leinster. Aunque la labor
más importante del monje tuvo lugar en el continente, no
hemos de olvidar que no salió de Irlanda hasta pasados
los 40 años, por lo que hemos de suponer que adquirió
en su tierra natal una sólida formación. Así
fue, de hecho, y estuvo en varios monasterios antes de embarcarse
con 12 compañeros – ya lo hiciera así en tiempos
Collum Cill o el propio Brandan de Colfert – hacia donde
su curragh, la típica embarcación celta de cuero,
quisiera llevarles. En el año 590 aparece en la costa francesa,
y pronto en la corte de Borgoña, en donde su rey le permite
fundar un monasterio. Columbano encontrará el lugar ideal
en la región de los Vosgos, una zona salvaje y poco habitada,
en donde encontró los restos de una fortaleza romana que
se convertiría en el primer monasterio celta en el continente,
Annegray. |

COLUMBA, fundador, entre
otros, del monasterio de Iona. De estirpe real y conocedor del
saber druídico, fue uno de los santos capitales del panteón
céltico – cristiano. |
Después vendría otra fundación, Leuxeuil, ante
el número de adeptos que decidían unir su destino al de
aquellos extraños monjes extranjeros, y ante la necesidad de
predicar a los campesinos y nobles que por allí se acercaban.
Gentes, paganas o cristianas, que quedaban deslumbrados ante el quehacer
sobrio y continuo de los irlandeses, y que veían en estos monasterios
una luz innegable frente a la oscuridad y al caos en el que estaban
sumidos los reinos francos - no muy diferente al desbarajuste anglosajón
visto en el capítulo anterior -.
Este éxito trajo varias consecuencias, a nuestro modo de ver:
la primera de ellas viene a propósito del éxito de las
comunidades monásticas por él fundadas. La atracción
de gentes hizo que se perdiera parte del sentido original de los monasterios,
que debían estar en el desierto - es decir alejados de la gente
-, por ello Columbano pasa varios meses al año haciendo vida
de anacoreta en una cueva - al estilo de los santos celtas, cuyas ermitas
están esparcidos por todos los acantilados y riscos de las islas
-.
Este alejamiento del mundo no le impedía seguir ejerciendo potestad
sobre los monasterios, y desde su retiro enviaba mensajeros que informaban
de su voluntad.
Este gobierno por parte de Columbano sobre sus monjes nos lleva directamente
a la creación de una Regla, para organizar las cada vez más
numerosas comunidades. Basándose en sus maestros irlandeses,
y acorde con el espíritu cristiano celta, instituye una Regla
de gran austeridad y rigidez, lo que nos lleva a una última y
fatal consecuencia, y es el recelo con el que algunos miembros de la
corte empezaron a mirar a los monjes extranjeros. Unos monjes que criticaban
abiertamente la baja moralidad de la corte borgoñona, y del clero
que la toleraba - clérigos romanos, se entiende -. Sabemos que
obligó al rey Teuderico II de Borgoña a renegar de sus
numerosas amantes y a quedarse tan solo con su esposa, o que se negó
a bendecir a sus bastardos. Los obispos veían molestos como los
irlandeses anteponían la voluntad de su abad a la suya, y ante
la presión de la corte y del papado deciden celebrar un concilio
para intentar colocar a las díscolas comunidades irlandesas bajo
su tutela - algo que por las mismas fechas estaba intentando San Agustín
en Britania, con idéntico resultado -. Columbano ni se molestó
en acudir, y tras una serie de circunstancias desagradables, en donde
habrá persecución y cárcel, el viejo abad parte
hacia nuevos horizontes, en pos de nuevas aventuras que acabarán
por llevarle al lago Constanza, en la actual Suiza.
En aquella apartada región fundan otra comunidad, que con el
tiempo acabará llevando el nombre de uno de los compañeros
de Columba, llamado Galo. Nada sabemos de las discrepancias personales
entre los dos monjes, ignoramos obviamente la calidad de su trato, o
si Galo acataba bien las órdenes del abad, el caso es que la
expedición quedó dividida, y mientras galo se quedó
junto al lago con otros tantos, Columba marchó al sur, no sin
antes imponer una severa penitencia a su compañero, - supongamos
pues que alguna desavenencia hubo -. La penitencia consistía
en que Galo no podría impartir misa hasta que él no hubiera
muerto.
Queda pues una comunidad en aquel perdido rincón de Austrasia,
mientras el viejo Abad parte hacia Italia. En el norte de la península
se habían establecido los lombardos. Columbano será recibido
por su rey Agilulfo, quien pronto optará por la conversión
- era ya cristiano pero en su vertiente arriana -. Después el
viejo abad recibió unas tierras en los Apeninos, y allí,
sobre las ruinas de una antigua iglesia, levantó su último
monasterio y quizá el más significativo, Bobbio, cuya
labor e importancia superó con creces la vida del viejo abad,
que llegaría a su fin pocos años después, en el
año 615, y con él la aventura celta en el continente,
pues aunque sus fundaciones continuaron funcionando y gozaron de gran
esplendor en Europa, le regla de Columbano se fue extinguiendo con los
años ante el empuje de otra más sencilla y llevadera,
que predicaba humildad frente a la cruel austeridad de los celtas. La
Regla de san Benito fue así expandiéndose por Europa de
manera natural, e incluso los monasterios de Luxeuil, San Galo o Bobbio
con el tiempo, se acoplaron a la nueva Regla que llegaba de Roma, que
se imponía ya sin duda en el continente. Ahora le tocaba el turno
a Britania y a la propia Irlanda.
DEL
SÍNODO DE WHITBY AL FIN DEL CRISTIANISMO CELTA:
En
efecto, apenas medio siglo después de que los monjes celtas del
continente tuvieran que someterse a la regla benedictina y a las directrices
de los obispos y de Roma, los monjes isleños correrían
la misma suerte.
Ya hemos visto como san Agustín de Canterbury trató de
convencer a los abades y monjes de Britania e Irlanda para que se colocasen
bajo la tutela romana, sin resultado alguno. Hay que tener en cuenta
que en aquel momento los anglosajones aún no habían abrazado
la causa cristiana romana, así que los celtas andaban a sus anchas
sin presión alguna por su parte. Mientras fueran paganos, ellos
podrían seguir firmes en su peculiar modo de ver el cristianismo.
Así nos encontramos a monjes y misioneros celtas en Escocia,
en la Galia o en lugares tan remotos como Islandia, mientras dejaban
a los ingleses ajenos a su mensaje - al menos a la mayoría de
ellos -. Los cristianos romanos, sin embargo, pronto se lanzaron a la
cristianización de Inglaterra. Si desde Roma era difícil
controlar a los díscolos scottos y britanos, los anglosajones
lo harían por ellos, como así fue.
Como ya hemos visto en el capítulo previo, a la conversión
de Ethelbert de Kent y de buena parte del reino, siguieron otras como
la de Edwin de Northumbria y otros tantos, lo cual motivó la
entrada en escena de los monjes de Iona, para contrarrestar de alguna
manera los éxitos romanos, y logrando algunos triunfos importantes
en Northumbria, plasmados brillantemente en la cristianización
para su causa de los futuros reyes Oswald y Oswiu. Pero estos logros
no serán suficientes. El cristianismo romano había cristalizado
con fuerza en Canterbury, y tanto sus monjes, como el resto de los reyes
ingleses presionaban cada vez más a los northumbrios y a los
propios celtas para que abandonaran sus creencias. En la corte de un
dubitativo Oswiu, en el 664, tendrá lugar el sínodo de
Whitby, en donde representantes sajones y celtas debatirán los
pormenores de su doctrina, y en donde el rey northumbrio, como buen
político, eligió la causa de los que a todas luces estaban
destinados a vencer. De este modo, al igual que el resto de sus hermanos
anglosajones, Oswiu – y pronto el resto del reino – optaron
por el cristianismo romano.
Sin duda esta decisión, a los celtas, no les hubiera importado
nada en absoluto de no ser por que el poder anglosajón era ya
demasiado importante. La mayor parte de Britania estaba ya en manos
inglesas, y lo que era peor, estos ingleses eran católicos. Roma
había logrado su objetivo, y los sajones ahora terminarían
el trabajo que ellos no pudieron hacer. Legitimados por los papas, la
presión sobre la Céltica se hizo insoportable. Así
poco a poco, las comunidades desobedientes se fueron colocando bajo
la tutela de Roma y de Canterbury. El puente entre las dos islas, el
monasterio de Iona, se someterá en el 716, llegando de este modo
la influencia romana a la propia Irlanda.
Sin duda esta alineación en el bando romano por parte de las
comunidades célticas fue un hecho verídico, sin embargo
más de dos siglos de un cristianismo celta, que bebía
además de fuentes milenarias, no podían borrarse en unos
años. Sabemos que en el norte de Irlanda fue el Cister quien
erradicó los últimos vestigios - hablamos del siglo XII
-. Lo cual no impidió que el recurso al genocidio fuera usual
desde los tiempos de Enrique II Plantagenet hasta el siglo XX. Es decir,
la eliminación física como única manera de extirpar
una idea, de aniquilar un concepto que a pesar de todo se mantiene,
debilitado pero firme, en los rincones más remotos de las islas.
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PÁGINA
DEL LIBRO DE KELLS, del año 800, que nos da una idea del
grado de desarrollo cultural y artístico de los monjes
irlandeses. |
Fin del trabajo.
Quiero
agradecer a Mario y a Ana su ayuda en temas de literatura inglesa,
y también al gran conversador Javi (Funky), que me habló
de sus aventuras y hazañas por las Hébridas e Irlanda.
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