-La
cruzada de Monfort (1209-1213)
Éste será uno de los momentos más importantes y cruciales
del conflicto; es el punto de partida de una nueva dimensión de
la cruzada: un profesional de la guerra dirigirá las acciones de
los cruzados. Monfort usará la violencia hasta el grado que haga
falta, sin contemplaciones. Para las fuentes francesas, Monfort es el
artífice de la unidad de Francia, de la incorporación del
Midi a la Ille de France. Bajo su dirección la cruzada retoma su
sanguinario camino en el verano de 1209.
El éxito militar y político del verano de 1209 representa
la cúspide de la Cruzada contra los albigenses. Muchos pudieron
pensar que los objetivos estaban cumplidos: el territorio herético
estaba en manos de los fieles seguidores de la Iglesia y el nuevo gobernante
de esas tierras era un caballero católico de probada fe y moral.
La masacre de Bessiers y el expolio de los Trencavell –su encarcelamiento
y las circunstancias que siguieron hasta la muerte del vizconde (10)
en cautiverio consternó a toda la Cristiandad- por Simón
de Montfort crearon entre los poderes occitanos un sentimiento de rechazo
hacia la cruzada (11)
. El mismo Inocencio III se lamentó de la muerte del joven vizconde,
y llega a plantearse la conveniencia de detener la vía militar,
reprochando a los legados papales y a los jefes militares de la expedición,
sus excesos de violencia, cometidos en nombre de la Iglesia católica.
Por su parte, los occitanos integrantes de la cruzada, horrorizados por
Bessiers y el destino del vizconde Trencavell, muestran un sentimiento
de rechazo generalizado a apoyar la cruzada. Para los meridionales, la
conquista del vizcondado Trencavell significó un aviso para todos
aquellos que se oponían al avance cruzado.
Llega el fin del verano, y con las primeras lluvias de septiembre los
guerreros cruzados se retiran al norte, puesto que su compromiso era enrolarse
por una campaña de 40 días. Monfort se exaspera, puesto
que con la partida de los principales nobles franceses (12),
las fuerzas cruzadas se reducen a un par de centenares de hombres a caballo
y unos miles de infantería. Pero Monfort es un hombre de recursos:
escaso de tropas, sin el respaldo militar de su soberano el rey de Francia,
buscará un nuevo actor de primer orden que le permita conservar
sus nuevas posesiones; para legitimar su poder, en vano intenta que el
rey Pedro II, señor feudal del vizcondado, acepte su vasallaje
como nuevo señor de aquellas tierras: el monarca aragonés
no quiere reconocer de iure el título concedido de facto tras el
pillaje de los Trencavell.
Aislado en territorio enemigo, sin el reconocimiento feudal que le permite
legitimar su nueva posición política, Monfort ocupa sólo
algunas ciudades importantes (Saissac, Montreal, Fanjaus) y aldeas menores,
en las que se parapetará, a la espera de los refuerzos de la primavera
siguiente. Hasta ese día, Monfort se encuentra solo con sus fuerzas
personales. Y a lo largo de estos meses siguientes, el caudillo cruzado
contempla impotente cómo sus logros se desvanecen: se mantiene
la resistencia occitana en la fortaleza de Cabaretz, las aldeas que no
mantienen una guarnición se niegan a colaborar con los cruzados,
y finalmente, el conde de Foix, abandona el partido de la Cruzada y opta
por defender el territorio occitano frente la amenaza de los cruzados.
La tensión explotó en diciembre de 1209, con un levantamiento
generalizado que supuso la pérdida de cuarenta aldeas del vizcondado.
El papa vuelve a mover la maquinaria propagandística y diplomática
eclesial para lograr compromisos de refuerzos militares a Monfort. El
reclutamiento de nuevos contingentes necesitaba de nobles, caballeros,
mercenarios, aventureros o forajidos en busca de fortuna y salvación
en la lucha contra los herejes. Sólo con esta afluencia de refuerzos
regulares y exteriores, los cruzados pudieron mantener la iniciativa estratégica
de la guerra, e instauraron un clima bélico más propio de
una guerra de conquista y exterminio (13)
que no de una operación limitada para combatir la herejía
albigense. Sin embargo, los esfuerzos tardarán en dar sus frutos:
no se pueden movilizar un nuevo ejército al ritmo que las perentorias
demandas de Monfort lo exigen.
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Guerrero
tolosano (finales s.XII) |
Mientras tanto, el conde Raimon VI se mantuvo a la expectativa, como el
verano anterior: su estrechez de miras le seguía empujando a entender
el conflicto como una cuestión meramente local, limitada sólo
al vizcondado de Carcassona y con el único interés en desviar
el conflicto fuera de las fronteras tolosanas. Seguro que la cruzada sólo
pretendía acabar con la herejía y que Monfort se contentaría
con el título de vizconde, Raimon VI no movilizará sus tropas,
ni tampoco ejercerá ningún control sobre Monfort y su ejército;
tampoco intentará hacer valer su influencia ante el rey Felipe
Augusto para erigirse él mismo como líder político
de la expedición, aprovechando la ausencia de la alta nobleza francesa.
La Cruzada significó un enorme tablero diplomático donde
los principales actores se servían los unos de los otros, como
peones de ajedrez: Inocencio III dirigió la Cruzada con la intención
de eliminar la herejía cátara, pero a la vez, de señal
para todo el orbe cristiano de la supremacía temporal de la Iglesia.
En la práctica, sobre el terreno occitano, quien tenía el
control real de la situación fueron sus legados, que ensalzaron
y desacreditaron a unos y a otros, más en un plano estrictamente
de odio personal –primero contra los Trencavell, y después
contra el conde Raimon VI de Tolosa- que no un verdadero afán de
limpieza espiritual.
Para los cruzados, la campaña representaba una oportunidad espléndida
para lograr botín sin los riesgos de Tierra Santa. Para Montfort,
la guerra le permitiría engrandecer sus posesiones y establecer
una distanía gobernante propia en el lejano sur. Todos se consideraban
artífices de sus estrategias personales, y se manipulaban los unos
a los otros cual marionetas.
Gracias a la inactividad bélica del conde de Tolosa, los occitanos
pierden la oportunidad de destruir a Monfort, que se encuentra en una
inferioridad numérica manifiesta. Hay que destacar que esta insuficiencia
e incapacidad de los occitanos serán una constante en el conflicto
de estos primeros años: no logran aprovechar su superioridad numérico
sobre un enemigo reducido, lejos de sus bases y limitado a realizar campañas
sólo en primavera, con la limitación de un servicio por
40 días en la mayoría de sus tropas. La falta de una voluntad
común de resistencia, la inexistencia de la figura de un lider
común, respetado y seguido por todos –hasta la irrupción
del rey Pedro en el escenario militar- serán los elementos definidores
de tal fracaso.
Como en el caso de otros ejércitos en la Antigüedad, la supervivencia
y éxito de Monfort y los suyos dependía del mantenimiento
de la iniciativa estratégica y el aprovechamiento de las oportunidades
tácticas que se les presentasen: continua movilidad, operaciones
de asedio, expediciones violentas de saqueo y castigo, etc. Junto a estas
razones operativas, Monfort, conocedor que la moral de combate reside
en la moral de la población, buscará por todos los medios,
a lo largo de toda la guerra, provocar la parálisis y el ánimo
de derrota entre los meridionales: las ejecuciones de cátaros,
la destrucción de propiedades, crear un clima de miedo e intranquilidad,
desarrollando para ello un extraordinario sistema de espionaje - que le
facilitará conocer las intenciones de los meridionales de antemano-,
y una operación de desestabilización que adquirirá
el carácter de una verdadera guerra psicológica (14)
.
Con su debilidad numérica, que le impide toda acción frontal,
deberá entonces librar una guerra de hostigamiento en la que la
movilidad, la elección de terrenos adecuados y la disciplina serán
las mejores armas para vencer a un adversario que es manifiestamente superior
en número.
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Murallas
de la Citê de Carcassona |
Monfort utiliza una estrategia “moderna”, basada en la concentración,
potencia y movimiento de sus fuerzas, inferiores en número, pero
altamente preparadas y motivadas. Sus objetivos no se centran en la destrucción
de los ejércitos enemigos, sino en operaciones de asedio: menos
costosas en hombres y recursos que no una batalla campal, son la clave
para la obtención de bases para futuras expediciones, consolidación
del territorio y sustracción de recursos al enemigo.
Con ello, Monfort usaba la misma táctica que César en su
conquista de las Galias: mantener a sus fuerzas reunidas, no ofrecer ningún
punto vulnerable, acudir con rapidez a los enclaves importantes, confiar
en la moral de las tropas, aplicar medidas de terror en el territorio
para mantener su fidelidad o sustraerlo al apoyo del enemigo y usar los
medios políticos para garantizar lealtad de los aliados y la sumisión
de los conquistados. Atacar, con tropas modestas en número pero
de gran movilidad, experimentadas, aguerridas y con moral de victoria,
la retaguardia del enemigo, cortar sus vías de avituallamiento,
aislarlo, tenderle emboscadas, hostigarle en varios puntos simultáneamente,
etc. Pero Monfort, junto a la destreza de sus armas, contaba también
con tres sustentos políticos muy importantes:
• el apoyo del clero franco-occitano, necesario para mantener
el orden moral, la legitimidad feudal y la preparación psicológica
de la población y las fuerzas cruzadas,
• la adquiesencia del rey Felipe Augusto, que permite el flujo
constante de sus nobles y caballeros para que engrosaran las filas de
Monfort.
• el visto bueno del Papado, que legitima todas las acciones tomadas
en la Cruzada, y que, con sus campañas de predicación
por toda Europa, logra el constante reclutamiento de nuevos cruzados.
Para mantener el continuo flujo de tropas, el Papado desplegó
una actividad diplomática intensa: por un lado, se apela a la
conciencia del pueblo llano para que acuda a la defensa de la Iglesia,
pero también se apela a los grandes poderes laicos (el Imperio,
Inglaterra, Aragón , Castilla…) para que se sumen al compromiso
de la lucha contra la herejía. Este apoyo papal y su maquinaria
diplomática tan imponente constituían el principal motor
del mantenimiento la propia cruzada.
Así,
con la llegada de refuerzos en la primavera de 1210 permitió a
Monfort la continuación de la campaña. En aquellas fechas
ya era evidente para muchos que la Cruzada había perdido su significado
original, y solo era ya un pretexto para legitimar la conquista de las
tierras occitanas. Monfort planifica que las primeras operaciones se centren
en sofocar las revueltas abiertas en su territorio; tras consolidar su
dominio en el antiguo vizcondado Trencavell, Monfort y los suyos planificaron
extender el conflicto a las tierras de su antiguo aliado, el conde de
Foix.
El rey de Aragón, ante la agresión directa de uno de sus
principales vasallos –y consciente que, al no haber núcleos
cátaros en las tierras de Foix, el conflicto bélico carecía
de sentido y no se trataba de nada más que de una operación
de desposesión de la nobleza autóctona por otra de origen
franco-normando-, organizó la conferencia de Pamiers (mayo de 1210),
donde se reunió con Raimon VI, Simon de Montfort y el conde de
Foix. Las negociaciones nunca fructificaron, por la falta de voluntad
de Simón de Monfort –que no quería ver cómo
sus nuevos territorios eran devueltos a sus legítimos propietarios-
a la inflexibilidad de la jerarquía católica de la zona
(15) y a la enconada
terquedad de los señores occitanos (16)
y los seguidores del movimiento cátaro.
Mientras
Pedro II inició de nuevo una complicada ronda de negociaciones
y contactos con todas las partes para encontrar una salida diplomática
al conflicto: en Occitania, con los obispos católicos y con los
líderes del movimiento cátaro; ante el rey Felipe Augusto
de Francia y los caballeros cruzados, con los nobles occitanos y sobretodo
ante el Papa Inocencio III, su señor feudal. En aquellos momentos,
el objetivo prioritario del rey Pedro era pacificar su flanco norte, ante
la previsible campaña contra los musulmanes en la Península;
la balanza de los hechos demostraba que la conquista del vizcondado de
Carcassona estaba consumada; si el rey no conseguía detener diplomáticamente
a Monfort, el siguiente paso sería la conquista de las tierras
vasallas de Foix. Puesto que el Papa mantenía el apoyo incondicional
a la Cruzada, para Pedro II era evidente que sólo una razón
de peso podía concentrar las energías y esfuerzos de la
Iglesia y desviarlas de las tierras occitanas. El rey necesitaba un compromiso
de los nobles occitanos para poder alcanzar una salida negociada al conflicto,
y así lograr la pacificación del territorio.
También Raimon VI iniciará su propia carrera en busca de
apoyos políticos internacionales, tras haber constatado la férrea
volunta de los cruzados de, no sólo mantenerse en el territorio,
sino de expandirse a costa de las tierras tolosanas; el conde se entrevista
con el rey Pedro II y otros monarcas cristianos –el emperador del
Sacro Imperio OtónIV y el rey Felipe II Augusto de Francia- y de
ellos recibe unos vagos apoyos y buenos deseos, pero nadie se atreve a
ponerse abiertamente a su favor. Raimon VI decide mantener una postura
mucho más firme que la seguida hasta entonces: por un lado, mantiene
contactos con los otros señores meridionales, y a la vez, envia
una misiva a Roma en la que expone sus razones y justificaciones para
el conflicto, argumentando que la guerra no persigue la destrucción
de los herejes sino la aniquilación del condado de Tolosa; para
el conde todo esta terrible situación ha venido provocada por el
rencor de los legados papales, especialmente Arnau Amalric, y por la ambición
de Simón de Monfort. Raimón, en suma, confia que apelando
directamente a Inocencio III espera recibir unas condiciones de reconciliación
más favorables para el condado de Tolosa.
El papa, siendo receptivo a los mensajes del rey Pedro y del conde Raimon,
accede a resolver el problema religioso y político del catarismo
en un concilio occitano; pero en la conferencia celebrada en Saint Gilles
(julio de 1210) de nuevo las posturas se mantienen enconadas y nadie aparece
dispuesto a ceder, por lo que se condena al fracaso la esperanza de paz
(17) .
Se retoma la vía militar, y a lo largo del otoño de 1210
van cayendo en manos cruzadas uno tras otro los principales castillos
de la región: Menerba, Termes, Puivert, Castras, etc.
A lo largo de los meses de otoño el conflicto languidece: los voluntarios
cruzados de la campaña de 1210 retornan a sus hogares tras su compromiso
de servicio de 40 días, Monfort mantiene sus posiciones y los occitanos
permanecen inactivos, paralizados militarmente y políticamente,
incapaces de unificar sus dispersas fuerzas.
En enero de 1211 se intenta de nuevo encontrar una salida a la guerra;
será en Narbona, ciudad occitana y firme defensora católica,
donde se reúnan, por un lado, los legados papales y Monfort, por
el otro, Pedro el Católico, Raimon VI y Ramon Roger de Foix. Monfort,
con la intención de mantener sus conquistas, ofrecerá al
conde Raimon parte de las fortalezas de caballeros cátaros, a cambio
de su apoyo a la cruzada; Raimon VI duda entre sumarse a los cruzados,
consiguiendo aumentar su territorio, o negarse a las pretensiones de Monfort
y preparse para su inminente asalto en la primavera siguiente: su espíritu
contemporizador y dubitativo no le permite mantener una estrategia duradera
y coherente, y no identifica que el verdadero peligro proviene de las
aspiraciones de los cruzados, y no del rey Pedro II, al que Raimon VI
seguía temiendo, como tradicional enemigo de su linaje.
En el conflicto político y religioso occitano, Pedro el Católico,
nunca favorable ni tolerante con los cátaros (18)
, ejerce su papel de referencia diplomática en la zona, valiéndose
de su condición de monarca cristiano, vasallo de la Iglesia: propone
reanudar las encalladas conversaciones de Narbona, ahora en tierras de
la corona catalano-aragonesa, en la ciudad de Montpellier (febrero de
1211). De nuevo se detienen las operaciones militares, a la espera de
acontecimientos diplomáticos. La diplomacia y persuasión
del rey, fiel a su papel de mediador internacional, conseguirá
acercar posiciones y unos acuerdos mínimos, que permitieron confiar
en que se podía encontrar una resolución diplomática
al conflicto: Pedro II obtuvo la neutralidad del conde de Foix, a cambio
del vasallaje de Simon de Montfort; esto significaba un cambio de estrategia
radical por parte de la Corona, que acepta los nuevos hechos, tan solo
para poder mantener Occitania en una calma relativa –quizás
con las miras de una posterior intervención hispana tras la resolución
de la amenaza almohade-. El propio rey fue más allá, y acordó
con Monfort el matrimonio de sus respectivos hijos Jaime de Aragón
y Amicia de Montfort y la tutela del heredero a favor del jefe cruzado.
Con el reconocimiento y aceptación del vasallaje de Monfort, el
rey Pedro pretendía asegurar la limitación de las actuaciones
de Monfort, que siendo vasallo suyo, no podía emprender ningún
tipo de acción contra los nobles occitanos, so pena de alterar
la paz y el orden cristiano establecido -justamente los argumentos que
se esgrimían para atacar a los cátaros-. Además,
como vasallo feudal del papa Inocencio III, el rey Pedro reiteraba su
compromiso de defensa de la fe, logrando tranquilizar a Roma, puesto que
la herejía se había extirpado y que por tanto, pudiera parecer
que la razón de ser de la cruzada dejaba de existir. Pedro incrementó
su prestigio y se ganó el favor de Inocencio III. Quien sabe si
el rey, a la postre, esperaba contar con la experiencia y los recursos
de Monfort para su campaña contra los musulmanes.
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Castillo
de Foix |
Por
su parte Monfort lograba el reconocimiento de iure de todas sus conquistas
de facto; tendría el apoyo de Roma, el reconocimiento feudal del
rey de Aragón y lograba aislar a Raimon VI, neutralizando a sus
dos potenciales rivales militares, Pedro el Católico y Ramon Roger
de Foix Acaso pensó en aquellos momentos que la guerra había
dado todos los frutos codiciados por él y había llegado
ya el momento de poder saborearlos en paz. El conde de Tolosa, totalmente
aislado, rechazó una y otra vez las condiciones exigidas por los
prelados en las negociaciones
Sin embargo, el conde Raimon VI no se sumó a la negociación,
y quedó de nuevo aislado en el contexto internacional; los legados
papales, al no aceptar el conde sus exigencias, lo excomulgaron.
Con la seguridad de la neutralización del rey de Aragón
y del conde de Foix, Monfort pacifica los territorios en los que todavía
se resistía. Pero, a pesar de los acuerdos de paz, se tenía
la sensación generalizada que no era más que la calma que
precede a la tempestad; nadie confía que Monfort se limitará
a estos territorios, sino que tan solo constituye un primer estadio, tras
el que dirigirá todos sus esfuerzos hacia las tierras tolosanas.
Monfort y los suyos reciben nuevas tropas, y retoman la iniciativa estratégica;
consolidado su dominio en el antiguo vizcondado, lanzan expediciones hacia
los otros territorios meridionales; los nobles occitanos, de manera independiente,
replican con acciones individuales y descoordinados: Raimon VI envió
refuerzos a las poblaciones que todavía se mantenían alzadas
en armas contra los cruzados; por su parte, el conde de Foix atacó
con éxito una columna de refuerzos cruzados provenientes de Francia;
nadie respetaba los acuerdos de paz.
Montfort no se deja amilanar e inicia la ofensiva contra el condado de
Tolosa: Castelnou d’Arri y Montferran son las primeras plazas que
caen en su poder. Sintiéndose fuerte, Monfort pone sitio a la ciudad
de Tolosa, en junio de 1211, pero tras dos semanas de asedio, tiene que
retirarse ante la resistencia de la ciudad y las noticias que se acerca
un contingente de refuerzo, con tropas experimentadas procedentes de la
Gascuña angevina: militarmente, significaba el primer revés
de importancia de los cruzados; políticamente, ponía de
relieva la incapacidad de Monfort de someter todos los territorios occitanos
a la obediencia papal. Cuando las banderas de las tropas cruzadas desaparecieron
en la lejanía de la campiña tolosana, un brillo de esperanza
asomó en el horizonte de la resistencia.
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Escudo
de armas de Monfort |
La
extensión del conflicto a todas las tierras occitanas, el hecho
que los cruzados persiguiesen no sólo a los herejes sino a todos
aquellos que se oponían a su avance, generó un sentimiento
de repulsa generalizado en todo el territorio, independientemente del
señorío o condado al que pertenecieran; la población
occitana, fraccionada hasta entonces en diferentes estructuras políticas,
fue transformando su conciencia colectiva, de pertenencia a un determinado
territorio, hasta albergar un sentimiento de identidad comun, y pareció
tomar conciencia unitaria frente a la amenaza exterior. Se formará
un acuerdo entre los nobles occitanos con la intención de crear
un frente común de resistencia frente a los cruzados; el conde
de Tolosa se considera la figura que puede encabezar un movimiento unitario
de resistencia generalizada, pero Raimon no consigue que la totalidad
de los otros barones occitanos acepten su liderazgo.
En un primer paso para reconquistar el territorio, Raimon VI recluta un
nuevo ejército, que se nutre de mercenarios y de voluntarios occitanos,
esperanzados tras el fracaso cruzado ante Tolosa; sus objetivos serán
la reconquista del territorio tolosano perdido, para poder establecer
una base segura desde la que iniciar una campaña de limpieza de
las plazas y fortalezas pirenaicas, asegurando la comunicación
con Foix y Verán, y de las zonas agrícolas de Occitania;
el conde dispone del apoyo de los burgueses de la ciudad de Tolosa, los
barones occitanos ligados a la Corona de Aragón -el conde de Foix,
el conde de Comminges y el vizconde de Bearn- y la ayuda indirecta de
los Plantagenet, cuyo senescal en Poitou, Savaric de Mauleon se sumará
parcialmente a la ofensiva.
El ejército occitano se dirige hacia Castelnou d’Arri. Simon
de Montfort, que dispone de pocas tropas, se plantea el dilema de ir a
su encuentro y destruir el ejército de campaña enemigo,
o refugiarse en sus fortalezas, a la espera de la llegada del nuevo contingente
de refuerzos cruzados. Monfort decide arriesgarse y –tal y como
hará en la campaña de Muret-, reúne a su exiguo ejército
–limpiando las guarniciones de sus castillos- para buscar y destruir
a sus enemigos: todas las fuerzas cruzadas han de converger en Castelnou
d’Arri, a la espera de plantear una batalla campal con la que derrotar
a los occitanos.
Mientras, el ejército meridional llega frente a las murallas de
la ciudad de Castelnou d’Arri y le ponen sitio. Pasan los días
y los exploradores occitanos informan que una columna de cruzados se dirige
al galope hacia la ciudadela; las decisiones se toman apresuradamente:
mientras el conde de Tolosa mantiene el cerco a la ciudadela, el conde
de Foix preparará una emboscada a esa fuerza de socorro –desconociendo
que se trataba sólo de una fuerza de vanguardia, y que a poca distancia
marchaba el grueso del ejército cruzado-. En un primer momento,
los occitanos se imponen en el combate, y los cruzados intentan replegarse,
pero la escaramuza se transforma en una batalla cuando el cuerpo principal
de los cruzados, con Monfort a la cabeza, entra en contacto con las fuerzas
del conde de Foix, que habían casi ya aniquilado a la vanguardia
cruzada. El conde de Foix, que mantiene su posición frente a las
sucesivas cargas cruzadas, pide refuerzos al conde de Tolosa, pero éste
considera prioritario mantener el sitio, y no cede a las presiones del
conde de Foix, el cual, desbordado por las disciplinadas fuerzas cruzadas,
tiene que retirarse del campo de batalla.
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Caballero
cruzado, prisionero de las fuerzas occitanas; va escoltado por un
peón al servicio de la casa de Foix, y un ballestero al servicio
de la casa de Bigorra
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Monfort,
despejado el camino, prosigue su avance hacia Castelnou d’Arri.
El conde Raimon, temiendo el ataque por la retaguardia, y sin la fuerza
de cobertura de Foix, levanta el asedio.
El combate de Castelnou d’Arri dejaría importantes secuelas
en el ánimo de los occitanos; por un lado, la frustración
de no haber podido derrotar a los cruzados cuando la victoria parecía
al alcance de la mano, pero por otro lado, había dejado patente
que el conde de Tolosa no actuaba como un auténtico jefe militar
–ya por inexperiencia o como prueba de su carácter dubitativo-;
solo la figura resuelta del conde de Foix destacaba de entre las filas
occitanas. Castelnou d’Arri también había puesto de
manifiesto que la caballería occitana podía estar a la altura
de la caballería cruzada, y que, con un liderazgo enérgico
y con más fuerzas experimentadas, los occitanos podían alzarse
con la victoria en una batalla campal.
En las semanas sucesivas, unos y otros contendientes evitaron cualquier
tipo de confrontación directa, y la campaña de verano se
desarrolló entre escaramuzas y asedios. Los cruzados dominaban
el plano táctico, pero los occitanos habían conseguido fomentar
la rebelión en los territorios ocupados: los cruzados veían
sus movimientos constantemente atacados y ralentizados, obligándose
a destinar sus fuerzas a mantener el control de sus zonas; el rumor de
la muerte de Monfort, propagado por el conde de Foix, mantuvo alto el
espíritu de la revuelta, y permitió que un buen número
de aldeas se sumase a la revuelta.
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Escena
de un asedio: las fuerzas sitiadoras quedan atrapadas entre una
fuerza de socorro y la salida de una guarnición asediada |
Sin
embargo, pese a los reveses iniciales sufridos, los cruzados enderezaron
la situación: cada vez que una aldea se subleva, las tropas cruzadas
se encaminan a la zona, la saquean y perpetran castigos contra la población,
en una clara advertencia. Los meridionales evitan la confrontación
militar por la posesión del territorio, por lo que ven reducidas
sus bases y puntos de apoyo. Nuevos refuerzos franceses permitieron la
reconquista de los territorios perdidos antes de terminar 1211. La contraofensiva
tomó nuevos bríos en enero de 1212, con la llegada de Guy
de Montfort, hermano de Simón, que regresaba de Tierra Santa con
tropas de refresco. Los cruzados aprovecharon para realizar, de manera
sorpresiva, una campaña de invierno.
Paradójicamente, el avance cruzado había provocado malestar
en la Corte de París: el conde Raimon era vasallo de la corona
francesa y sólo el rey de Francia podía aprobar su supresión;
la desposesión de su territorio por parte de los cruzados implicaba
un precedente que el rey Felipe Augusto no estaba dispuesto a admitir:
que la Iglesia romana escogiese a su antojo quienes eran los nobles a
mantener o deponer en sus territorios.
El Papa intentó tranquilizar al monarca francés, pero, por
otro lado, mantuvo las instrucciones a sus legados que los territorios
conquistados no podían ser asignados a ningún señor
que no fuera designado por el Papa.
En primavera de 1212 Monfort dispone de nuevos contingentes, que le permiten
conquistar nuevos territorios en el condado de Tolosa. A lo largo del
verano las acciones se desarrollan también en los territorios pirenaicos
y del condado de Foix. Los occitanos caen en un proceso de desmoralización
generalizada, y no pueden ofrecer una resistencia coordinada ni constante;
siempre a expensas de los movimientos cruzados, los meridionales, a pesar
de su número, no pueden recuperar las plazas perdidas ni tampoco
desean entablar batalla. La ausencia de apoyos internacionales y de la
figura de un líder carismático mina aún más
su espíritu combativo.
Después de tres años de guerra continua, Montfort conoce
que la conquista del territorio occitano se basa en la ocupación
de plazas fuertes y en la destrucción de los recursos del enemigo,
hasta lograr su capitulación. Queda lejos ya la fulgurante campaña
de 1209, basada en una guerra rápida, donde la masacre de Bessiers
se convertiría en la piedra angular de la estrategia militar cruzada.
Monfort es cada vez más consciente que su victoria depende de mantener
la iniciativa en la guerra: dispone de un ejército mucho más
reducido que el de sus oponentes, y si bien su superioridad cualitativa
es clara, los hechos de Castelnou d’Arri revelaban que los occitanos
estaban mejorando su técnica y sus habilidades de combate.
La guerra, ante este eventual equilibrio militar, no podrá provenir
de una victoria táctica, total y definitiva, sobre el enemigo,
puesto que no se dispone de suficientes tropas, sinó que sólo
con la ocupación de plazas y la destrucción de los recursos,
se alcanzará el triunfo. Y para consolidar sus conquistas, Monfort
necesitaba la conquista de la ciudad de Tolosa, pero no podía caer
de nuevo en el error de un asedio prolongado: su victoria había
dependido hasta entonces de mantener las iniciativas estratégica
y táctica; si asediaba Tolosa, estaría a merced de un contraataque
por la retaguardia, a la limitación de las provisiones y bajo el
riesgo de las enfermades y epidemias. Tolosa se conquistaría mediante
el desgaste económico, militar y moral de la población,
con el bloqueo y agotamiento de sus recursos naturales y económicos.
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Escena
de una batalla; las fuerzas derrotadas se retiran a su castillo,
siendo perseguidas por una fuerza conjunta de caballería
e infantería |
En
primavera de 1212, el arzobispo Arnau Amalric recluta un contingente de
caballeros y se dirige a la Península Ibérica, con la intención
de participar en la cruzada contra los almohades: allí se encuentra
personalmente con el rey Pedro. Al calor de la campaña, ambos quedan
impresionados mútuamente: el rey destaca por sus habilidades guerreras,
el obispo por su capacidad organizativa y perseverancia. Pero la partida
de fuerzas cruzadas hacia la Península (19)
no mermó la capacidad operativa de Monfort: la llegada de un importante
contingente de refuerzos franceses y alemanes permitió la creación
de un segundo ejército independiente de maniobra, al mando de su
hermano Guy. Monfort consigue de nuevo imponer su iniciativa estratégica;
las fuerzas de Raimon están desbordadas por los movimientos de
los cruzados.
En verano de 1212, mientras los cruzados prosiguen su avance por tierras
de Foix, Roma mantiene operativo el frente diplomático y legal:
Inocencio III, consciente del recelo del monarca francés, dirigió
a sus legados una carta donde reflexionaba sobre la situación política
y jurídica del conde de Tolosa, en su relación con la Iglesia
y con la monarquía francesa; el pontífice razonaba, gracias
a sus conocimientos de derecho canónico, que el conde Raimon no
había sido declarado todavía culpable de herejía,
ni tampoco de ordenar asesinar a Pedro de Castelnou, que era absolutamente
necesario y prioritario celebrar un juicio en que se demostrasen como
ciertas tales imputaciones, para poder actuar conforme a las leyes. El
Papa, consciente de las graves manifestaciones vertidas sobre las actuaciones
en el terreno de sus legados, se veía impulsado a someter la cuestión
de la deposesión del conde tolosano dentro del estricto camino
feudal.
Pero, de seguir por esa senda, no obstante, las aspiraciones de Monfort
de consolidar sus dominios quedarían cerradas: de efectuar el juicio,
y suponiendo que el conde Raimon fuese declarado culpable, no quedaba
nada claro como desposeer de sus tierras al hijo y heredero del conde.
Ante la existencia del hijo, el futuro Raimon VII, se destruía
cualquier esperanza que el líder cruzado hubiese tenido de añadir
a sus títulos de vizconde de Carcassona, el título de conde
de Tolosa. Monfort creía, pues, necesario, poder completar el cerco
de Tolosa y la destrucción de las fuentes de recursos que nutrían
la resistencia occitana, antes que el papa Inocencio III siguiese adelante
con su proyecto. Pero Monfort tampoco olvidaba que la figura del conde
de Tolosa, a pesar de todas las sospechas e insultos que podía
suscitar en el bando cruzado, era de una entidad superior a la del malogrado
vizconde Trencavell; el conde de Tolosa era ún súbdito del
rey de Francia, y mantenía el apoyo, al menos formal, de los soberanos
de Inglaterra y de Aragón: su tío era el rey Juan de Inglaterra,
y su mujer era una hermana de Pedro II de Aragón; por todo ello,
el jefe cruzado debía mantener la campaña de desprestigio
abierta contra el conde tolosano.
Es en estos momentos cuando reaparece la figura del rey Pedro: tras su
éxito en la campaña de las Navas de Tolosa, y la desarticulación
del peligro musulmán, el rey, a partir del otoño de 1212,
podía implicarse plenamente en el avispero occitano; el conde de
Tolosa estaba esperándolo con las noticias conquista de sus tierras:
en aquellos momentos, los territorios de Raimon se reducían a Tolosa,
Montauban, y un puñado de fortalezas de los Pirineos; los territorios
de los condados de Foix, Bearn, Comminges y Bigorra, aliados y vasallos
de la corona, estaban ocupados por los cruzados. Estaba claro, a los ojos
del rey, que la presión de los cruzados amenazaba de poner fin
a la influencia de Aragón en la otra vertiente de los Pirineos.
Mientras la cruzada había sido una expedición militar circunscrita
exlusivamente en territorios heréticos, Pedro lo había tolerado,
a disgusto. Cuando la cruzada derivó hacia una guerra de conquista,
el monarca solo pudo mantener abierto el frente diplomático y brindar
sus esfuerzos en la obtención de una salida negociada. Pero después
la guerra desembocó en una conquista de tierras vasallas de la
Corona de Aragón, cosa que el rey no podía en absoluto permitir;
sin embargo, en aquellos momentos la prioridad del soberano se centraba
en la zona peninsular, ante el inminente ataque almohade; además,
el rey no quería enfrentarse abiertamente en un conflicto militar
contra los cruzados y que se confundiesen sus intenciones de defensa de
sus vasallos con un ataque indiscriminado a la Iglesia.
Ahora, en otoño de 1212, la situación había cambiado;
el rey se implicaba de nuevo en el conflicto occitano, pero apostaba por
la resolución política antes que la militar. Por enésima
vez, y aprovechando el fin de las campañas militares ante la proximidad
del invierno, los engranajes de la maquinaria diplomática catalano-aragonesa
se movían en auxilio de los vasallos occitanos.
Ante esta situación de calma aparente con la detención temporal
de las hostilidades, Monfort se apresura a convocar una asamblea en Pamiers
(1 de diciembre de 1212) en la que se aprueba un nuevo modelo eclesiástico
y político para los territorios conquistados por los cruzados,
similar al patrón francés.
Entre las decisiones de Pamiers destacan las siguientes:
•
Distribución entre los cruzados de los castillos y señorías
conquistados.
• Monfort se erige como el nuevo señor feudal de todos
los territorios; a él le deben homenaje tanto los nuevos señores
cruzados como los occitanos.
• La defensa y seguridad en el territorio se confiaba a tropas
francesas, por un periodo mínimo de veinte años; los
caballeros occitanos quedarían desarmados, y todas las tropas
al servicio de los nobles occitanos se licenciarían.
• Las viudas y herederas con castillos, que tuvieran la intención
de casarse con un noble o caballero no francés, deberían
obtener el permiso previo de Monfort; se trata de una auténtica
colonización, con la sustitución “natural”
de la clase dirigente occitana por la francesa. |
Los
guerreros del norte están ansiosos de consolidar su botín.
 |
Vista
de Montauban |
Públicas,
pues, las condiciones del reparto de los territorios y del establecimiento
de un nuevo modelo de sociedad en tierras occitanas, el conde Raimon se
entrevista con el rey Pedro II, en Tolosa, a principios de 1.213, y le
ruega que interceda por él ante los legados cruzados para celebrar
una nueva ronda de negociaciones. A propuesta real, se convoca una nueva
conferencia de paz en Lavaur, con la asistencia del propio Pedro, Simón
de Montfort y el legado Amalric.
El rey Pedro, habiendo combatido al lado del legado en la cruzada de Las
Navas, tenía bastantes esperanzas de llegar a un acuerdo con él,
y aislar a Monfort en su lucha personal por el poder. El rey hará
valer, para demostrar su interés y sinceridad en la búsqueda
de la paz y del triunfo del objetivo religioso de la cruzada, su vasallazgo
con el Papado; con su coronación en Roma, el compromiso feudal
también comportaba una obligación religiosa: Pedro juró,
por los cuatro Evangelios, que sería siempre fiel y obediente al
Papa Inocencio III y a la Santa Sede; que conservaría el reino
fielmente en su obediencia a Roma, defendiendo la fe católica contra
los infieles y persiguiendo a las herejías; que salvaguardaría
la libertad e immunidad eclesiástica, promoviendo la paz y justicia
cristiana en sus territorios (20)
. La importancia de tales obligaciones, y el voto de su cumplimiento,
indicarían el posicionamiento que manifestaba el rey con las intenciones
de Roma, y no su compromiso con la causa herética. El rey intenta
con ello que triunfe su última ofensiva diplomática, basada
en la reconciliación y sumisión: si los señores meridionales
se sometían a la Iglesia, recuperarían sus tierras.
Pero en el decurso del sínodo de Lavaur, Simón de Montfort
rechaza la conciliación y se pronuncia por la deposición
del conde de Tolosa, a pesar de la actitud de Raimon VI, favorable a aceptar
todas las condiciones de la Santa Sede. Las demandas del rey Pedro eran
cautelosamente moderadas, con la clara intención de encontrar una
salida diplomática, esperando que los legados tendrían piedad
para Raimon VI, que estaba preparado para sufrir cualquier penitencia
que se podría exigir de él, incluso una cruzada en España
o en Tierra Santa. En último término, si los cruzados se
negaban a la clemencia, Pedro buscaba mantener en sus derechos dinásticos
al hijo del conde Raimon, el futuro Raimon VII de Tolosa.
Pedro también defendía los derechos de sus vasallos los
condes de Comminges y Foix y el vizconde de Bearn: estas demandas eran
si cabe más duras, pues, negando que estos nobles eran herejes,
o incluso protectores de herejes, atentaba a sus propios derechos y obligaciones
como señor feudal. En caso de que sus vasallos fueran declarados
culpables, se comprometía al seguimiento del cumplimiento de su
penitencia de la Iglesia.
Pero la habilidad diplomática del rey, previendo con antelación
un posible fracaso de las negocaciones en Lavaur, también usaba
de otros caminos, a parte de la mediación directa entre los contendientes;
como caudillo victorioso de las Navas y defensor de la fe, Pedro conocía
que podía tener ascendiente directamente sobre el papa Inocencio
III: ya a finales del año 1212, Pedro envió al notario real
y el obispo de Albarracín a Roma para quejarse al papa y persuadirlo
de suspender la cruzada. Sus emisarios eran expertos y convincentes y
lograron audiencia con el papa mientras se celebraba la conferencia de
Lavaur; le explicarán la situación militar, destacando que
la herejía había dejado de ser el objetivo de aquella cruzada;
desposeída de su significado original aquella guerra santa se había
convertido en un instrumento de la ambición y codicia del conde
de Monfort: asalto y destrucción de propiedades católicas,
reparto de tierras y honores sin atender a las órdenes papales,
evitación de cualquier solución negociada que pusisera fin
al derramamiento de sangre, etc.
|
Caballero
aragonés, de principios siglo XIII. |
Apelando
al celo religioso de Inocencio III, los embajadores aragoneses insistirán
en que los objetivos espirituales de la cruzada se habían conseguido,
y por ello, las operaciones militares de los cruzados eran más
necesarias en el Tierra Santa o en la Península Ibérica
que contra las tierras de los señores meridionales, oficialmente
ya libres de la herejía cátara. La estrategia planteada
por los embajadores catalano-aragoneses dio resultado: el Papa estaba
convencido que sus legados cruzados se habían excedido. Sin embargo,
todavía hacía falta que el pontífice hiciese públicas
sus reflexiones.
Mientras se mantenía las conversaciones diplomáticas en
Lavaur, los obispos, avisados de la ofensiva diplomática directa
del rey en Roma, estaban componiendo nerviosamente una carta de autojustificación
de todas sus acciones, para dar cuenta al Papa; enumeraban los éxitos
conseguidos en el desarrollo de la Cruzada, pero se lamentaban del camino
que, según ellos, todavía debían andar, hasta lograr
la erradicación de la herejía; además, seguían
centrando todo el origen del mal en las tierras tolosanas, y en concreto,
seguían acusando al conde Raimon como el culpable del asesinato
de Castelnou y de la implantación de los heréticos. Los
documentos de los legados se confiaron a cargo del legado Thedisius, con
la misión que éste las trasladara directamente al Papa.
En Occitania, el consejo de Lavaur respondió finalmente con una
negativa intransigente: las demandas del conde de Tolosa eran rechazadas;
el conde de Foix y el vizconde de Bearn fueron considerados culpables,
pues, si no eran herejes, eran simpatizantes y protectores violentos de
los mismos -de hecho, unos meses antes, unos mercenarios a sueldo de Gaston
de Béarn habían saqueado la Catedral de Oloron y habían
parodiado la liturgia de la santa Misa-; sólo el conde de Comminges
recibió unas acusaciones vagas.
El rey Pedro II continuó negociando con los obispos hasta que quedó
bien claro que éstos no tenían ninguna intención
de admitir cualquiera de los nobles en la posesión de sus dominios.
El rey les pidió que aceptaran una tregua hasta Pascua. Pero los
obispos no querían oír hablar de paz: tenían miedo
de que las noticias de una tregua debilitarían el entusiasmo de
los cruzados y de los nuevos contingentes que se estaban reclutando ahora
en el norte.
Ante la contudencia de los hechos, viendo que la via diplomática
volvía a fracasar, el rey Pedro II tomó una decisión
que marcó los acontecimientos que tendrían que pasar en
un futuro: en Tolosa, el 27 de enero de 1213, recibe el homenaje y la
fidelidad de los condes de Tolosa (21)
, Foix y Comminges. Pedro se convertía, casi, en el soberano de
Occitania. Con el homenaje tolosano, todo el sur, toda Occitania, se encuentra
ahora unidas bajo la corona de Aragón. Es por ello que en febrero
de 1213 retornará a España para alzar a un ejército
con el que enfrentarse a Monfort, dejando un pequeño contingente
de caballeros catalanes en Tolosa.
Pero los acontecimientos provenientes de Roma detienen los proyectos militares
del rey: el papa Inocencio III, gracias a los buenos oficios de los representantes
de Pedro en Roma, ordena a sus obispos que detengan la cruzada.
En una dura carta, Inocenio III critica los excesos cometidos por Arnau
Amalric y Simón de Monfort: la apropiación de tierras y
propiedades de católicos, el exterminio indiscriminado de herejes,
el quebrantamiento del orden feudal con los ataques contra las tierras
del rey de Aragón, la usurpación del dominio del conde de
Tolosa, etc. En la carta, el Papa exigía el fin de las hostilidades
contra los territorios vasallos del rey Pedro II y exige a sus legados
que se esfuercen en obtener el cese de hostilidades e iniciar la pacificación
de las tierras occitanas. El papa Inocencio tenía en mente la preparación
de una nueva cruzada para liberar los Santos Lugares, y las acciones militares
en Occitania se consideraban ya innecesarias.
Es por ello que, siguiendo las órdenes de Roma, Europa era recorrida
por predicadores que buscaban peregrinos con los que formar la expedición
a Tierra Santa; el resultado será tremendamente negativo para Monfort,
el cual, al iniciarse el verano de 1213 sólo recibe como refuerzos
un pequeño contigente de cruzados, reclutados personalmente por
los obispos de Orleans y Auxerre. Además, Monfort, para enmendar
esta falta de tropas, tampoco podía acudir a su rey, Felipe II
Augusto de Francia, embarcado en su conflicto con el rey Juan II Sin Tierra
de Inglaterra: antes las derrotas francesas en Gante y Damme, el rey Felipe
da órdenes expresas que ninguno de sus vasallos vaya a luchar a
Occitania.
Además, Monfort, para enmendar esta falta de tropas, tampoco podía
acudir a su rey, Felipe II Augusto de Francia, embarcado en su conflicto
con el rey Juan II Sin Tierra de Inglaterra: antes las derrotas francesas
en Gante y Damme, el rey Felipe da órdenes expresas que ninguno
de sus vasallos vaya a luchar a Occitania. Ante la falta de tropas de
campaña, Monfort perderá la iniciativa estratégica,
pero mantiene la táctica: rehabilitación de castillos, derribo
de fortificaciones enemigas, destrucción de cosechas y comestibles...
|
Caballero
cruzado; lleva un casco cuadrado, con protección facial –precursor
del “gran yelmo” del siglo XIV-, cota de mallas completa,
manoplas y una túnica con distintivo azul |
En
aquellos primeros meses de 1213 parecía que la fortuna sonreía
al rey Pedro y a los señores occitanos: el Papa obliga a sus legados
a detener la guerra y a negociar. El rey ha conseguido demostrar al Papa
que la resistencia occitana no es realmente una lucha contra la Santa
Iglesia, sino un combate de católicos frente la agresión
de otros católicos. Este hábil movimiento diplomático
en contra de los cruzados de Monfort y los legados papales se mantendrá
en la memoria del rey, que, meses después, en la llanura de Muret,
buscará la derrota del ejército cruzado, no con la intención
de combatir a la Iglesia, sino a sus representantes, evidenciando de nuevo
los excesos que habían cometido con el pretexto de la cruzada.
Sin embargo, en Roma, la embajada de Thedisius insistía, por todos
los medios posibles, en obtener audiciencia con el Papa, con la intención
de mover su voluntad en contra del rey Pedro. A fuerza de presiones e
intrigas, los emisarios de los legados harán oir su voz ante el
papa, y la estratagema urdida por Monfort y los obispos da sus frutos:
la cúpula cruzada conoce el ascendiente y prestigio del monarca,
y se aprovecha de tal circunstancia, esgrimiendo la hipótesis que
el rey ha sido engañado por el conde de Tolosa, el cual ha transgiversado
todos los hechos a su favor; nadie duda de la ortodoxia del rey Pedro,
y justamente es por la misma que el soberano ha sido utilizado por los
heréticos para pedir el cese de las hostilidades. La sombra de
la desconfianza planta su semilla en el corazón del Papa (22)
, que commina al rey Pedro a reafirmar su catolicidad rompiendo sus relaciones
con los señores occitanos. Sin embargo, Inocencio III tampoco cedía
totalmente a los ruegos de Monfort: el Papa no devolvería sus feudos
a los condes de Tolosa, Comminges, y Foix, pero tampoco las concedería
a Simon de Montfort.
Inocencio III era plenamente consciente de cuán complicado y obscuro
era el juego que se desarrollaba en Occitania; no concebía como
un católico como Pedro podía enarbolar el estandarte de
los herejes, pero sí podía comprender como un rey como Pedro
podía defender sus derechos feudales frente a una agresión.
El prestigio de la Iglesia estaba en juego, y el Papa dudaba que sus intereses
estuviesen defendidos por Monfort y los obispos franceses destacados en
Occitania, con la pureza de espíritu que él creía
necesaria. Por ello, el Papa anunciaba su propósito de enviar un
nuevo legado papal, para escuchar las quejas de los señores occitanos
y buscar una solución política al conflicto.
Los hechos ponían al rey Pedro en una terrible encrucijada: como
señor feudal, debía defender a sus súbditos occitanos
y reaccionar contra una situación que ponía en peligro la
labor de sus mayores y el intento de la Corona de mantener un reino a
ambos lados de los Pirineos. Pero este camino implicaba la desobediencia
a su propio señor, el Papa de Roma, con las consecuencias de la
excomunión y de la extensión de la cruzada a los territorios
nacionales de Aragón y Cataluña. Era una difícil
elección la que debía tomar el monarca, pero en la balanza
del pensamiento finalmente debió primar su responsabilidad para
con su linaje y sus vasallos; los argumentos esgrimidos por su cuñado
el conde de Tolosa eran lacónicos pero tremendamente claros: “Tu
interés está en juego cuando arden los muros de tu vecino”(23)
.
Antes del verano Pedro envía Simón de Monfort una carta
de desafío, en un acto formal de gran consecuencia legal, que indicaba
que la relación de señor y vasallo se rompía. Era
una declaración de guerra. El conflicto es total y definitivo.
A pesar de la gravedad de los hechos, los acontecimientos de los últimos
meses no cogieron por sorpresa al rey Pedro; mostrando una enorme visión
estratégica del conflicto occitano, ya a lo largo de todo el período
1212-1213, y mientras oficialmente se agotaban todas las iniciativas diplomáticas,
el rey Pedro había ido preparando su eventual expedición
militar a Occitania, con los viajes a Tolosa, Carcassona y otras ciudades
meridionales, recabando apoyos materiales y financieros, reconociendo
el terreno, evaluando las diferentes posibilidades que se le ofrecían.
En el bando cruzado, existe nerviosismo ante tales noticias; sin tropas
de refresco, con la atenta mirada del papa sobre sus pasos, Monfort sabe
que se le agota el tiempo antes que un nuevo legado, ajeno a toda motivación
o enemistad personal, asuma el liderazgo de la cruzada. Monfort necesita
mantener un halo de prestigio y superioridad en aquellos momentos, y planea
un golpe de efecto.
El 24 de junio los cruzados se reunían en Castelnou d’Arri
para presenciar la ceremonia de armar caballero a Amaury, el hijo mayor
de Simon de Montfort. Para Simon, eso era un momento de suma importancia:
con este acto, su linaje alcanzaba el reconocimiento social que creían
que eran merecedores; los conceptos de familia y señorío
estaban profundamente valoradas en la sociedad guerra normanda, desarraigada,
fundada por caballeros aventureros, lejos de sus lugares de origen, y
conquistadas a punta de espada y golpe de lanza (como los territorios
en Tierra Santa –Outremer-, Sicília, la Inglaterra normanda,
etc). En ellas, la herencia era un símbolo de permanencia, de arraigo,
en medio de una tierra nueva, conquistada a base de derramamiento de sangre,
todo un hito para unos nobles recién llegados.
Además, su ceremonia tenía un valor altamente propagandístico;
la liturgia eclesiástica -que poco a poco iba sacralizando la ceremonia
profana primitiva-, era una una aserción solemne del apoyo de la
Iglesia al orden de caballería, pero sobre todo, a los miembros
que estaban luchando en aquella cruzada en Occitania, y que aquélla
era una guerra santa. La ceremonia fue multitudinaria: se levantaron tiendas
para el público en un prado fuera de Castelnou d’Arri y un
altar puesto en un pabellón abierto en la cima de una colina. Se
eligió específicamente la villa de Castelnou por ser el
escenario de la cruenta batalla en la que Monfort había conseguido
sobreponerse a la derrota y forzar a los occitanos a levantar el asedio
a la plaza.
 |
Amaury
de Monfort, armado caballero (Osprey Militaria) |
Pierre
de Vaux-de-Cernay, presente en la ceremonia, relata tanto los aspectos
más religiosos como los terrenales, pero de su relato se comprueba
la imagen de la evolución del concepto de caballero y caballería,
su transformación hasta ser una institución la importancia
de la cual recaía en el especial significado de su ceremonial,
desprovisto de valores militares. Pero, fuera de este acto propagandístico,
la situación de Monfort es compleja. Al final de junio la milicia
de ciudadanos tolosanos, esperanzada por los rumores que el rey de Aragón
planea una expedición militar, asalta el pequeño castillo
de Pujol, a quince kilómetros de Tolosa, donde una guarnición
de varias decenas de soldados y tres de los caballeros de Monfort se habían
establecido, con el objetivo de realizar operaciones de destrucción
de la campiña. Los caballeros se refugiaron en la torre de homenaje,
y se les ofreció respetar su vida si se rendían. Pero cuando
llegaron a Tolosa, una multitud los arrastró por las calles y los
linchó.
Monfort recibió las noticias con gran intranquilidad: los tolosanos
habían conquistado una guarnición sin ayuda exterior, y
él no había podido enviar refuerzos para levantar el asedio.
A los ojos de cualquier observador sagaz se ponía de relieve la
incapacidad de los cruzados de mantener sus conquistas si los occitanos
iniciaban una guerra de reconquista de plazas. Sus temores se veían
acrecentados por las noticias que le llegaban de su red de información,
que le aseguraban que el rey Pedro estaba listo ya para iniciar su campaña
en tierras occitanas. El eje de penetración efectiva de los catalano-aragoneses
se reducía a dos vías: el paso de Benasque, para después
ascender por el Garona hasta Tolosa, o la línea marítima,
por el eje Narbona-Carcassona-Tolosa. Monfort, temiendo la invasión
por la zona de pirenaica, llamó a su hijo Amaury, que operaba en
el territorio de Commenges para poder concentrar sus fuerzas y hacer frente
al rey Pedro; sin poder confirmar poder confirmar el camino del rey, se
situó en la villa de Fanjaux, posición estratégica
en la campiña occitana que le permitía controlar las dos
vías.
A finales de agosto, Pedro cruzaba los Pirineos, por el paso de Benasque,
al frente de una hueste de caballería de unos 800-1.000 hombres.
Mientras tanto, los mensajeros del conde de Tolosa llegaron a las villas
ocupadas por los cruzados, y esparcieron las nuevas de la llegada de un
ejército libertador, inflamando la llama de la revuelta, invitando
a la población a alzarse en armas contra los invasores. Aquellas
semanas, cuando los cruzados estaban inactivos, a la espera de acontecimientos,
y las aldeas y villas proclamaban su rebelión, todos los occitanos
creyeron que se abriría una nueva época ante ellos: en Tolosa,
los trovadores de la corte compusieron letras alabando la figura del rey
Pedro y del conde Raimon VI. Monfort, temiendo el ataque del rey Pedro,
había retirado todas las guarniciones del oeste del territorio
del Garona, y los catalano-aragoneses ocuparon las ciudades y villas de
la cuenca del río y en todas partes el rey fue recibido como libertador
(24).
A medida que avanzaban por el territorio occitano, a las fuerzas del rey
(25) se les unieron
un centenar de caballeros y hombres de armas, mercenarios y aventureros,
así como cientos de voluntarios –campesinos, artesanos, comerciantes-
que creían ver llegado el dia de su venganza contra los cruzados.
Sin duda, el enorme prestigio conseguido tras la batalla de las Navas
de Tolosa el año anterior influyeron en el ánimo de la población.
Tampoco es descabellado pensar que esta misma aureola de prestigio y capacidad
militar no fuese de alguna manera determinante en los razonamientos y
juicios tácticos del monarca en las jornadas sucesivas: la creencia
de la solución al conflicto mediante una resolución campal,
a modo de la obtenida en las Navas, habrían guiado los movimientos
y decisiones del monarca.
Entre los días 7-9 de septiembre, el rey Pedro llega a las cercanías
de Tolosa, donde se le unen las fuerzas de los condes de Comminges y Foix;
para algunos historiadores, siguiendo lo descrito en la Canzó de
la Crozada, el soberano no entró en la capital, sino que envió
mensajeros a la ciudad para que el conde y las milicias ciudadanas se
reunieran con su ejército cerca de Muret. Por el contrario, de
la Crónica de Guilhem de Puylaurens se desprende que el monarca
si entró en Tolosa. Parece más que probable que, en tales
circunstancias, el rey Pedro entrase en la capital tolosana, y celebrase
un consejo de guerra entre los principales jefes de su heterogéneo
ejército, para conocer la situación general de la zona y
planificar la campaña bélica que se avecinaba. En esta reunión
conocería más detalles del cerco estratégico que
Monfort había sometido a Tolosa, y se acordaría iniciar
las acciones militares contra algún objetivo situado cerca de la
capital, accesible y que estuviese relativamente poco defendido, con la
intención de lograr un éxito táctico, pero también
insuflar moral a las tropas y potenciar su causa a nivel internacional.
La villa de Muret, a 20 Km de Tolosa, era el objetivo: desde ella los
cruzados habían iniciado la campaña de devastación
de la campiña tolosana; la ciudad era la principal plaza entre
Tolosa y la frontera con las tierras de Aragón, por lo que su posesión
permitiría un flujo constante y seguro de tropas y provisiones;
sus defensas podían considerarse un obstáculo salvable,
y al tratarse de una operación de asedio, permitiría a los
peones tolosanos foguearse en experiencia de combate y ganar confianza
y moral de victoria.
Cuando la decisión del objetivo se tomó, las fuerzas de
caballería del ejército aliado marcharon a ocupar posiciones;
pronto les seguirían las fuerzas de infantería y la pequeña
flota de barcazas tolosana, en la que se transportaban los bagajes, armas
y las máquinas de asedio.
Con la victoria en la mente, el rey Pedro confia que su proyecto de un
reino transpirenaico, desde el Ebro hasta el Ródano, sea por fin
una realidad.
Pero Muret destruirá ese sueño.
| |
La
Corona de Aragón y Occitania, siglos XII-XIII |
Notas..
10)
La
Historia acusa a Monfort de la muerte de Ramon Roger de Trencavell
en las mazmorras de Carcassona (10 noviembre); las sospechas de
su asesinato siempre gravitaron en torno a la figura de Monfort;
sin embargo, la explicación oficial de la muerte del vizconde
por enfermedad –ocasionada por las pésimas condiciones
en las que se encontraba en las celdas de su antiguo castillo-
nunca fueron convincentes. Monfort, a pesar de la muerte del titular
del vizcondado, seguía manteniendo una posición
feudal entredicha, por la apropiación del rango nobiliario
gracias a la deposesión de Ramon Roger. En cuestión
de poco tiempo Monfort resolvió tan delicada cuestión:
la legitimidad feudal del dominio de Monfort se obtenía
cuando la viuda del vizconde, dama Agnes, le cedía sus
derechos a cambio de una renta vitalicia. Volver
11)
La
familia de los Trencavell eran vasallos del rey Pedro, desde que
en 1150 Ramón Trencavell había jurado lealtad a
Ramón Berenguer IV. El rey Pedro II, antes las injusticias
cometidas contra la familia vizcondal protestó contra las
actuaciones de Monfort, pero fueron en vano. Volver
12)
Con
la partida de la alta nobleza francesa queda patente que las intenciones
de la monarquía francesa son claras: cumplimiento de la
orden de obediencia católica a Roma en defensa de la ortodoxía,
pero sometimiento a las prioridades de la monarquía, esto
es, no implicarse en nuevas conquistas territoriales hasta la
resolución del conflicto con el Imperio y con los Plantagenet.
Volver
13)
Los
combatientes, de ambos bandos, actuaron con un salvajismo extremo,
con una crueldad que todavía hoy, tras la lectura de las
crónicas, estremece por su extremismo. En aquella contienda,
el celo religioso, las diferencias culturales y la búsqueda
del poder y riqueza llevaron hasta límites insospechados
la locura de la guerra. Volver
14)
La
crónica de Guillermo de Puylaurens es extremadamente realista
sobre las tácticas de destrucción metódica
y total que utilizaban los cruzados de Monfort: “Los cruzados
hostigaban a sus adversarios mediante una triple acción
y un triple prejuicio. Disponían para ello de muchos hombres.
Unos arrasaban las cosechas; otros se dedicaban, con piquetas
de hierro, a la destrucción de torres y muros de casas
fortificadas; y otros se consagraban a la destrucción de
las viñas. Así, al apuntar el alba, tras haber oído
misa y comido sobriamente, se enviaba una avanzadilla de ballesteros
y tropas a caballo, a los que seguía una formación
de caballeros armados para el combate, y se llegaba a las viñas
más cercanas a un pueblo, justo cuando los habitantes comenzaban
a desperzarse. Iniciaban su tarea los devastadores cuando daban
media vuelta en dirección al campo cruzado, volviendo a
pisotear las viñas y campos por donde habían venido
(...). Así procedían cada mañana, hasta que
al cabo de tres meses, casi todo quedó arrasado”.
Volver
15)
En
todos los intentos de encontrar una resolución pacífica
al conflicto hay que destacar la intransigencia manifestada por
el legado papal Arnau Amalric, que, guiado por un odio personal
hacia el conde de Tolosa, exigirá siempre unas condiciones
tan duras para la conclusión de la guerra, que los occitanos
no tuvieron prácticamente otra opción que rechazarlas.
Volver
16)
Tanto
el conde de Tolosa como el conde de Foix no aceptaron las condiciones
papales: estas se centraban en la expulsión y entrega de
los herejes, ayuda a Monfort, unión a la cruzada –o
al menos, no atacarla- y confiscación de las posesiones
de los herejes. A cambio, les serían retornados ¾
partes de las posesiones que obraban en manos de los cruzados.
Volver
17)
Las
condiciones imponían una serie de medidas que, en la práctica,
implicaban la cesión de soberanía de Tolosa a los
cruzados, y también una absoluta falta de garantías
sobre si los cruzados continuarían o no sus acciones bélicas:
expulsión de los herejes, deposición de las armas
y licenciamiento de las tropas auxiliares, desarme de todos los
castillos de sus dominios, entrega a Monfort de las personas reclamadas,
ningún noble tolosano podía vivir en castillo alguno,
reintroducción del diezmo, cesión de la recaudación
de tributos a favor de la Iglesia, exención de ciertos
tributos para los cruzados –que mantenían los feudos
conquistados-, paso franco a las fuerzas cruzadas por el territorio
tolosano, y el compromiso personal del conde de Tolosa de peregrinar
hasta Tierra Santa y combatir contra los musulmanes con los caballeros
de San Juan. Raimon VI se negó a aceptar estas condiciones,
y el mismo Pedro II se indignó al conocer el humillante
trato que había recibido su cuñado, y apoyó
su retirada de las conversaciones de paz, que se presentaban con
tal crudeza por que solo buscaban la ruptura. Volver
18)
En
1194 Alfonso II había establecido unas ordenanzas contra
la herejía cátara; en 1198, en Gerona, Pedro el
Católico se pronunciará en el mismo sentido, apelando
a que todos sus vasallos persiguieran a los herejes, a los cuales
se les destinaba a la prisión, la confiscación de
sus bienes e incluso la muerte en a hoguera. En 1204 Pedro, oyendo
los requerimientos del Papa, celebró un coloquio en Carcassona,
en el cual los cátaros expusieron su doctrina frente a
los legados católicos; después de escuchar a unos
y a otros, Pedro reconoció que los cátaros erean
herejes. Volver
19)
El
contingente cruzado destacado en la campaña de las Navas
de Tolosa hizo gala tanto de un fanático celo religioso
como de una gran crueldad con los musulmanes: así tras
la toma del castillo de Malagón, ejecutaron a toda la guarnición
sarracena, a pesar de haberse negociado su rendición. El
rey Alfonso VIII –como el resto de monarcas peninsulares-,
habituado a tratar con los musulmanes como enemigos políticos
a los que dominar –y no como enemigos religiosos a los que
exterminar-, logró la rendición incruenta del castillo
de Calatrava sin la ayuda de los cruzados, con los que éstos
quedaron doblemente frustrados, al no haber podido derramar sangre
musulmana, pero también por haberse visto privados de las
riquezas del botín; fue tal su enojo que amenazaron con
la retirada de sus tropas si se mantenían los pactos con
los musulmanes. Parece ser que la habilidad y diplomacia del rey
Pedro II frente a Arnau Amalric y los otros líderes cruzados
permitió que los ultramontanos se mantuvieran en las filas
del ejército cristiano. Sin embargo, al cabo de pocas jornadas,
los cruzados optaron por regresar a sus hogares, a la vista tanto
de las dificultades de la campaña como de la política
contemporizadora del rey Alfonso –que prefería las
victorias políticas frente a los andalusíes y no
su exterminio-. Sin lugar a dudas el rey Pedro debió destacar,
pues, a los ojos de los cruzados, como hombre de guerra y de diplomacia,
y sin duda alguna, su carácter conciliador y diplomático
estaría presente, un año más tarde, en la
mente de los legados cruzados en las jornadas previas a Muret,
que no dudarían en enviar hasta 4 embajadas con la intención
de negociar con el rey su apoyo a la Iglesia. Volver
20)
Por
la bula de 17 de junio de 1206 se establecía que las futuras
coronaciones de los soberanos de la Casa de Aragón se efectuarían
en Zaragoza, celebradas por el arzobispo de Tarragona.
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21)
En
enero de 1213 el conde de Tolosa, acorralado diplomáticamente
–y reacio a aceptar la protección y apoyo del rey
Pedro- pide auxilio al rey de Francia, como su señor feudal,
para que intercediese ante Roma para detener la cruzada. Pero
Felipe Augusto no quiere inmiscuirse: en su día se ha negado
a tomar las armas por Roma, y mucho menos ahora va a tomar las
armas contra Roma, y más aún cuando Monfort parece
que domina la práctica totalidad del territorio occitano.
Vencido en la batalla, aislado diplomáticamente, abrumado
por el peso de los acontecimientos, Raimon VI da un paso trascendental
en la historia de Tolosa, trastocando la tradicional política
tolosana: va ofrecer rendir homenaje feudal al rey de Aragón
. Volver
22)
La
actuación del Papa Inocencio III es totalmente discutible:
movido por un intenso celo religioso en defensa de la ortodoxia
cristiana, sus decisiones y actuaciones orbitan desde las llamadas
de paz y a la reconciliación a los ultimátums, excomuniones
e interdictos lanzados contra los nobles occitanos. Los sentimientos
religiosos del pontífice fueron hábilmente explotados
por los prelados y nobles cruzados, que seguían sus propios
intereses políticos y materiales. Volver
23)
MUSQUERA,
Xavier: Cátaros. El secreto de los últimos herejes.
Espejo de Tinta. Madrid, 2006. Pág.56. Volver
24)
Sin
embargo, y a pesar que la Chansó nos indica la alegría
que sentía el pueblo por la intervención de los
catalano-aragoneses, es válido suponer que tales muestras
de apoyo popular pesarían en el ánimo del conde
de Tolosa: la intervención hispana era el reconocimiento
de su incapacidad y debilidad por no haber podido aglutinar a
todas las fuerzas occitanas y no haber repelido la invasión
cruzada; ahora, un poder extranjero –cercano y familiar,
pero extranjero, al fin y al cabo- se presentaba como salvador
de la causa tolosana. ¿Acaso estos pensamientos no deberían
ser tomados en cuenta para explicar la actuación del conde
Raimon en el transcurso de la batalla de Muret? Volver
25)
El
rey Pedro, previendo los acontecimientos, desde el verano de 1213,
había destacado en la zona pirenaica y en Tolosa un contingente
de tropas, que dejaban sentir su presencia ante las guarniciones
francesas que rodeaban la capital, de tal manera que algunas poblaciones
desertaron del bando cruzado cuando circularon rumores del avance
del rey, a finales de agosto y principios de septiembre.
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