-La cruzada de Monfort (1209-1213)

Éste será uno de los momentos más importantes y cruciales del conflicto; es el punto de partida de una nueva dimensión de la cruzada: un profesional de la guerra dirigirá las acciones de los cruzados. Monfort usará la violencia hasta el grado que haga falta, sin contemplaciones. Para las fuentes francesas, Monfort es el artífice de la unidad de Francia, de la incorporación del Midi a la Ille de France. Bajo su dirección la cruzada retoma su sanguinario camino en el verano de 1209.
El éxito militar y político del verano de 1209 representa la cúspide de la Cruzada contra los albigenses. Muchos pudieron pensar que los objetivos estaban cumplidos: el territorio herético estaba en manos de los fieles seguidores de la Iglesia y el nuevo gobernante de esas tierras era un caballero católico de probada fe y moral.
La masacre de Bessiers y el expolio de los Trencavell –su encarcelamiento y las circunstancias que siguieron hasta la muerte del vizconde (10) en cautiverio consternó a toda la Cristiandad- por Simón de Montfort crearon entre los poderes occitanos un sentimiento de rechazo hacia la cruzada (11) . El mismo Inocencio III se lamentó de la muerte del joven vizconde, y llega a plantearse la conveniencia de detener la vía militar, reprochando a los legados papales y a los jefes militares de la expedición, sus excesos de violencia, cometidos en nombre de la Iglesia católica. Por su parte, los occitanos integrantes de la cruzada, horrorizados por Bessiers y el destino del vizconde Trencavell, muestran un sentimiento de rechazo generalizado a apoyar la cruzada. Para los meridionales, la conquista del vizcondado Trencavell significó un aviso para todos aquellos que se oponían al avance cruzado.
Llega el fin del verano, y con las primeras lluvias de septiembre los guerreros cruzados se retiran al norte, puesto que su compromiso era enrolarse por una campaña de 40 días. Monfort se exaspera, puesto que con la partida de los principales nobles franceses (12), las fuerzas cruzadas se reducen a un par de centenares de hombres a caballo y unos miles de infantería. Pero Monfort es un hombre de recursos: escaso de tropas, sin el respaldo militar de su soberano el rey de Francia, buscará un nuevo actor de primer orden que le permita conservar sus nuevas posesiones; para legitimar su poder, en vano intenta que el rey Pedro II, señor feudal del vizcondado, acepte su vasallaje como nuevo señor de aquellas tierras: el monarca aragonés no quiere reconocer de iure el título concedido de facto tras el pillaje de los Trencavell.
Aislado en territorio enemigo, sin el reconocimiento feudal que le permite legitimar su nueva posición política, Monfort ocupa sólo algunas ciudades importantes (Saissac, Montreal, Fanjaus) y aldeas menores, en las que se parapetará, a la espera de los refuerzos de la primavera siguiente. Hasta ese día, Monfort se encuentra solo con sus fuerzas personales. Y a lo largo de estos meses siguientes, el caudillo cruzado contempla impotente cómo sus logros se desvanecen: se mantiene la resistencia occitana en la fortaleza de Cabaretz, las aldeas que no mantienen una guarnición se niegan a colaborar con los cruzados, y finalmente, el conde de Foix, abandona el partido de la Cruzada y opta por defender el territorio occitano frente la amenaza de los cruzados. La tensión explotó en diciembre de 1209, con un levantamiento generalizado que supuso la pérdida de cuarenta aldeas del vizcondado.
El papa vuelve a mover la maquinaria propagandística y diplomática eclesial para lograr compromisos de refuerzos militares a Monfort. El reclutamiento de nuevos contingentes necesitaba de nobles, caballeros, mercenarios, aventureros o forajidos en busca de fortuna y salvación en la lucha contra los herejes. Sólo con esta afluencia de refuerzos regulares y exteriores, los cruzados pudieron mantener la iniciativa estratégica de la guerra, e instauraron un clima bélico más propio de una guerra de conquista y exterminio (13) que no de una operación limitada para combatir la herejía albigense. Sin embargo, los esfuerzos tardarán en dar sus frutos: no se pueden movilizar un nuevo ejército al ritmo que las perentorias demandas de Monfort lo exigen.

Guerrero tolosano (finales s.XII)


Mientras tanto, el conde Raimon VI se mantuvo a la expectativa, como el verano anterior: su estrechez de miras le seguía empujando a entender el conflicto como una cuestión meramente local, limitada sólo al vizcondado de Carcassona y con el único interés en desviar el conflicto fuera de las fronteras tolosanas. Seguro que la cruzada sólo pretendía acabar con la herejía y que Monfort se contentaría con el título de vizconde, Raimon VI no movilizará sus tropas, ni tampoco ejercerá ningún control sobre Monfort y su ejército; tampoco intentará hacer valer su influencia ante el rey Felipe Augusto para erigirse él mismo como líder político de la expedición, aprovechando la ausencia de la alta nobleza francesa.
La Cruzada significó un enorme tablero diplomático donde los principales actores se servían los unos de los otros, como peones de ajedrez: Inocencio III dirigió la Cruzada con la intención de eliminar la herejía cátara, pero a la vez, de señal para todo el orbe cristiano de la supremacía temporal de la Iglesia. En la práctica, sobre el terreno occitano, quien tenía el control real de la situación fueron sus legados, que ensalzaron y desacreditaron a unos y a otros, más en un plano estrictamente de odio personal –primero contra los Trencavell, y después contra el conde Raimon VI de Tolosa- que no un verdadero afán de limpieza espiritual.
Para los cruzados, la campaña representaba una oportunidad espléndida para lograr botín sin los riesgos de Tierra Santa. Para Montfort, la guerra le permitiría engrandecer sus posesiones y establecer una distanía gobernante propia en el lejano sur. Todos se consideraban artífices de sus estrategias personales, y se manipulaban los unos a los otros cual marionetas.
Gracias a la inactividad bélica del conde de Tolosa, los occitanos pierden la oportunidad de destruir a Monfort, que se encuentra en una inferioridad numérica manifiesta. Hay que destacar que esta insuficiencia e incapacidad de los occitanos serán una constante en el conflicto de estos primeros años: no logran aprovechar su superioridad numérico sobre un enemigo reducido, lejos de sus bases y limitado a realizar campañas sólo en primavera, con la limitación de un servicio por 40 días en la mayoría de sus tropas. La falta de una voluntad común de resistencia, la inexistencia de la figura de un lider común, respetado y seguido por todos –hasta la irrupción del rey Pedro en el escenario militar- serán los elementos definidores de tal fracaso.
Como en el caso de otros ejércitos en la Antigüedad, la supervivencia y éxito de Monfort y los suyos dependía del mantenimiento de la iniciativa estratégica y el aprovechamiento de las oportunidades tácticas que se les presentasen: continua movilidad, operaciones de asedio, expediciones violentas de saqueo y castigo, etc. Junto a estas razones operativas, Monfort, conocedor que la moral de combate reside en la moral de la población, buscará por todos los medios, a lo largo de toda la guerra, provocar la parálisis y el ánimo de derrota entre los meridionales: las ejecuciones de cátaros, la destrucción de propiedades, crear un clima de miedo e intranquilidad, desarrollando para ello un extraordinario sistema de espionaje - que le facilitará conocer las intenciones de los meridionales de antemano-, y una operación de desestabilización que adquirirá el carácter de una verdadera guerra psicológica (14) .
Con su debilidad numérica, que le impide toda acción frontal, deberá entonces librar una guerra de hostigamiento en la que la movilidad, la elección de terrenos adecuados y la disciplina serán las mejores armas para vencer a un adversario que es manifiestamente superior en número.

Murallas de la Citê de Carcassona


Monfort utiliza una estrategia “moderna”, basada en la concentración, potencia y movimiento de sus fuerzas, inferiores en número, pero altamente preparadas y motivadas. Sus objetivos no se centran en la destrucción de los ejércitos enemigos, sino en operaciones de asedio: menos costosas en hombres y recursos que no una batalla campal, son la clave para la obtención de bases para futuras expediciones, consolidación del territorio y sustracción de recursos al enemigo.
Con ello, Monfort usaba la misma táctica que César en su conquista de las Galias: mantener a sus fuerzas reunidas, no ofrecer ningún punto vulnerable, acudir con rapidez a los enclaves importantes, confiar en la moral de las tropas, aplicar medidas de terror en el territorio para mantener su fidelidad o sustraerlo al apoyo del enemigo y usar los medios políticos para garantizar lealtad de los aliados y la sumisión de los conquistados. Atacar, con tropas modestas en número pero de gran movilidad, experimentadas, aguerridas y con moral de victoria, la retaguardia del enemigo, cortar sus vías de avituallamiento, aislarlo, tenderle emboscadas, hostigarle en varios puntos simultáneamente, etc. Pero Monfort, junto a la destreza de sus armas, contaba también con tres sustentos políticos muy importantes:


  • • el apoyo del clero franco-occitano, necesario para mantener el orden moral, la legitimidad feudal y la preparación psicológica de la población y las fuerzas cruzadas,
    • la adquiesencia del rey Felipe Augusto, que permite el flujo constante de sus nobles y caballeros para que engrosaran las filas de Monfort.
    • el visto bueno del Papado, que legitima todas las acciones tomadas en la Cruzada, y que, con sus campañas de predicación por toda Europa, logra el constante reclutamiento de nuevos cruzados. Para mantener el continuo flujo de tropas, el Papado desplegó una actividad diplomática intensa: por un lado, se apela a la conciencia del pueblo llano para que acuda a la defensa de la Iglesia, pero también se apela a los grandes poderes laicos (el Imperio, Inglaterra, Aragón , Castilla…) para que se sumen al compromiso de la lucha contra la herejía. Este apoyo papal y su maquinaria diplomática tan imponente constituían el principal motor del mantenimiento la propia cruzada.

Así, con la llegada de refuerzos en la primavera de 1210 permitió a Monfort la continuación de la campaña. En aquellas fechas ya era evidente para muchos que la Cruzada había perdido su significado original, y solo era ya un pretexto para legitimar la conquista de las tierras occitanas. Monfort planifica que las primeras operaciones se centren en sofocar las revueltas abiertas en su territorio; tras consolidar su dominio en el antiguo vizcondado Trencavell, Monfort y los suyos planificaron extender el conflicto a las tierras de su antiguo aliado, el conde de Foix.
El rey de Aragón, ante la agresión directa de uno de sus principales vasallos –y consciente que, al no haber núcleos cátaros en las tierras de Foix, el conflicto bélico carecía de sentido y no se trataba de nada más que de una operación de desposesión de la nobleza autóctona por otra de origen franco-normando-, organizó la conferencia de Pamiers (mayo de 1210), donde se reunió con Raimon VI, Simon de Montfort y el conde de Foix. Las negociaciones nunca fructificaron, por la falta de voluntad de Simón de Monfort –que no quería ver cómo sus nuevos territorios eran devueltos a sus legítimos propietarios- a la inflexibilidad de la jerarquía católica de la zona (15) y a la enconada terquedad de los señores occitanos (16) y los seguidores del movimiento cátaro.

Escudo del rey de Aragón

Mientras Pedro II inició de nuevo una complicada ronda de negociaciones y contactos con todas las partes para encontrar una salida diplomática al conflicto: en Occitania, con los obispos católicos y con los líderes del movimiento cátaro; ante el rey Felipe Augusto de Francia y los caballeros cruzados, con los nobles occitanos y sobretodo ante el Papa Inocencio III, su señor feudal. En aquellos momentos, el objetivo prioritario del rey Pedro era pacificar su flanco norte, ante la previsible campaña contra los musulmanes en la Península; la balanza de los hechos demostraba que la conquista del vizcondado de Carcassona estaba consumada; si el rey no conseguía detener diplomáticamente a Monfort, el siguiente paso sería la conquista de las tierras vasallas de Foix. Puesto que el Papa mantenía el apoyo incondicional a la Cruzada, para Pedro II era evidente que sólo una razón de peso podía concentrar las energías y esfuerzos de la Iglesia y desviarlas de las tierras occitanas. El rey necesitaba un compromiso de los nobles occitanos para poder alcanzar una salida negociada al conflicto, y así lograr la pacificación del territorio.
También Raimon VI iniciará su propia carrera en busca de apoyos políticos internacionales, tras haber constatado la férrea volunta de los cruzados de, no sólo mantenerse en el territorio, sino de expandirse a costa de las tierras tolosanas; el conde se entrevista con el rey Pedro II y otros monarcas cristianos –el emperador del Sacro Imperio OtónIV y el rey Felipe II Augusto de Francia- y de ellos recibe unos vagos apoyos y buenos deseos, pero nadie se atreve a ponerse abiertamente a su favor. Raimon VI decide mantener una postura mucho más firme que la seguida hasta entonces: por un lado, mantiene contactos con los otros señores meridionales, y a la vez, envia una misiva a Roma en la que expone sus razones y justificaciones para el conflicto, argumentando que la guerra no persigue la destrucción de los herejes sino la aniquilación del condado de Tolosa; para el conde todo esta terrible situación ha venido provocada por el rencor de los legados papales, especialmente Arnau Amalric, y por la ambición de Simón de Monfort. Raimón, en suma, confia que apelando directamente a Inocencio III espera recibir unas condiciones de reconciliación más favorables para el condado de Tolosa.
El papa, siendo receptivo a los mensajes del rey Pedro y del conde Raimon, accede a resolver el problema religioso y político del catarismo en un concilio occitano; pero en la conferencia celebrada en Saint Gilles (julio de 1210) de nuevo las posturas se mantienen enconadas y nadie aparece dispuesto a ceder, por lo que se condena al fracaso la esperanza de paz (17) .
Se retoma la vía militar, y a lo largo del otoño de 1210 van cayendo en manos cruzadas uno tras otro los principales castillos de la región: Menerba, Termes, Puivert, Castras, etc.
A lo largo de los meses de otoño el conflicto languidece: los voluntarios cruzados de la campaña de 1210 retornan a sus hogares tras su compromiso de servicio de 40 días, Monfort mantiene sus posiciones y los occitanos permanecen inactivos, paralizados militarmente y políticamente, incapaces de unificar sus dispersas fuerzas.
En enero de 1211 se intenta de nuevo encontrar una salida a la guerra; será en Narbona, ciudad occitana y firme defensora católica, donde se reúnan, por un lado, los legados papales y Monfort, por el otro, Pedro el Católico, Raimon VI y Ramon Roger de Foix. Monfort, con la intención de mantener sus conquistas, ofrecerá al conde Raimon parte de las fortalezas de caballeros cátaros, a cambio de su apoyo a la cruzada; Raimon VI duda entre sumarse a los cruzados, consiguiendo aumentar su territorio, o negarse a las pretensiones de Monfort y preparse para su inminente asalto en la primavera siguiente: su espíritu contemporizador y dubitativo no le permite mantener una estrategia duradera y coherente, y no identifica que el verdadero peligro proviene de las aspiraciones de los cruzados, y no del rey Pedro II, al que Raimon VI seguía temiendo, como tradicional enemigo de su linaje.
En el conflicto político y religioso occitano, Pedro el Católico, nunca favorable ni tolerante con los cátaros (18) , ejerce su papel de referencia diplomática en la zona, valiéndose de su condición de monarca cristiano, vasallo de la Iglesia: propone reanudar las encalladas conversaciones de Narbona, ahora en tierras de la corona catalano-aragonesa, en la ciudad de Montpellier (febrero de 1211). De nuevo se detienen las operaciones militares, a la espera de acontecimientos diplomáticos. La diplomacia y persuasión del rey, fiel a su papel de mediador internacional, conseguirá acercar posiciones y unos acuerdos mínimos, que permitieron confiar en que se podía encontrar una resolución diplomática al conflicto: Pedro II obtuvo la neutralidad del conde de Foix, a cambio del vasallaje de Simon de Montfort; esto significaba un cambio de estrategia radical por parte de la Corona, que acepta los nuevos hechos, tan solo para poder mantener Occitania en una calma relativa –quizás con las miras de una posterior intervención hispana tras la resolución de la amenaza almohade-. El propio rey fue más allá, y acordó con Monfort el matrimonio de sus respectivos hijos Jaime de Aragón y Amicia de Montfort y la tutela del heredero a favor del jefe cruzado.
Con el reconocimiento y aceptación del vasallaje de Monfort, el rey Pedro pretendía asegurar la limitación de las actuaciones de Monfort, que siendo vasallo suyo, no podía emprender ningún tipo de acción contra los nobles occitanos, so pena de alterar la paz y el orden cristiano establecido -justamente los argumentos que se esgrimían para atacar a los cátaros-. Además, como vasallo feudal del papa Inocencio III, el rey Pedro reiteraba su compromiso de defensa de la fe, logrando tranquilizar a Roma, puesto que la herejía se había extirpado y que por tanto, pudiera parecer que la razón de ser de la cruzada dejaba de existir. Pedro incrementó su prestigio y se ganó el favor de Inocencio III. Quien sabe si el rey, a la postre, esperaba contar con la experiencia y los recursos de Monfort para su campaña contra los musulmanes.

Castillo de Foix

Por su parte Monfort lograba el reconocimiento de iure de todas sus conquistas de facto; tendría el apoyo de Roma, el reconocimiento feudal del rey de Aragón y lograba aislar a Raimon VI, neutralizando a sus dos potenciales rivales militares, Pedro el Católico y Ramon Roger de Foix Acaso pensó en aquellos momentos que la guerra había dado todos los frutos codiciados por él y había llegado ya el momento de poder saborearlos en paz. El conde de Tolosa, totalmente aislado, rechazó una y otra vez las condiciones exigidas por los prelados en las negociaciones
Sin embargo, el conde Raimon VI no se sumó a la negociación, y quedó de nuevo aislado en el contexto internacional; los legados papales, al no aceptar el conde sus exigencias, lo excomulgaron.
Con la seguridad de la neutralización del rey de Aragón y del conde de Foix, Monfort pacifica los territorios en los que todavía se resistía. Pero, a pesar de los acuerdos de paz, se tenía la sensación generalizada que no era más que la calma que precede a la tempestad; nadie confía que Monfort se limitará a estos territorios, sino que tan solo constituye un primer estadio, tras el que dirigirá todos sus esfuerzos hacia las tierras tolosanas.
Monfort y los suyos reciben nuevas tropas, y retoman la iniciativa estratégica; consolidado su dominio en el antiguo vizcondado, lanzan expediciones hacia los otros territorios meridionales; los nobles occitanos, de manera independiente, replican con acciones individuales y descoordinados: Raimon VI envió refuerzos a las poblaciones que todavía se mantenían alzadas en armas contra los cruzados; por su parte, el conde de Foix atacó con éxito una columna de refuerzos cruzados provenientes de Francia; nadie respetaba los acuerdos de paz.
Montfort no se deja amilanar e inicia la ofensiva contra el condado de Tolosa: Castelnou d’Arri y Montferran son las primeras plazas que caen en su poder. Sintiéndose fuerte, Monfort pone sitio a la ciudad de Tolosa, en junio de 1211, pero tras dos semanas de asedio, tiene que retirarse ante la resistencia de la ciudad y las noticias que se acerca un contingente de refuerzo, con tropas experimentadas procedentes de la Gascuña angevina: militarmente, significaba el primer revés de importancia de los cruzados; políticamente, ponía de relieva la incapacidad de Monfort de someter todos los territorios occitanos a la obediencia papal. Cuando las banderas de las tropas cruzadas desaparecieron en la lejanía de la campiña tolosana, un brillo de esperanza asomó en el horizonte de la resistencia.

 

Escudo de armas de Monfort

La extensión del conflicto a todas las tierras occitanas, el hecho que los cruzados persiguiesen no sólo a los herejes sino a todos aquellos que se oponían a su avance, generó un sentimiento de repulsa generalizado en todo el territorio, independientemente del señorío o condado al que pertenecieran; la población occitana, fraccionada hasta entonces en diferentes estructuras políticas, fue transformando su conciencia colectiva, de pertenencia a un determinado territorio, hasta albergar un sentimiento de identidad comun, y pareció tomar conciencia unitaria frente a la amenaza exterior. Se formará un acuerdo entre los nobles occitanos con la intención de crear un frente común de resistencia frente a los cruzados; el conde de Tolosa se considera la figura que puede encabezar un movimiento unitario de resistencia generalizada, pero Raimon no consigue que la totalidad de los otros barones occitanos acepten su liderazgo.
En un primer paso para reconquistar el territorio, Raimon VI recluta un nuevo ejército, que se nutre de mercenarios y de voluntarios occitanos, esperanzados tras el fracaso cruzado ante Tolosa; sus objetivos serán la reconquista del territorio tolosano perdido, para poder establecer una base segura desde la que iniciar una campaña de limpieza de las plazas y fortalezas pirenaicas, asegurando la comunicación con Foix y Verán, y de las zonas agrícolas de Occitania; el conde dispone del apoyo de los burgueses de la ciudad de Tolosa, los barones occitanos ligados a la Corona de Aragón -el conde de Foix, el conde de Comminges y el vizconde de Bearn- y la ayuda indirecta de los Plantagenet, cuyo senescal en Poitou, Savaric de Mauleon se sumará parcialmente a la ofensiva.
El ejército occitano se dirige hacia Castelnou d’Arri. Simon de Montfort, que dispone de pocas tropas, se plantea el dilema de ir a su encuentro y destruir el ejército de campaña enemigo, o refugiarse en sus fortalezas, a la espera de la llegada del nuevo contingente de refuerzos cruzados. Monfort decide arriesgarse y –tal y como hará en la campaña de Muret-, reúne a su exiguo ejército –limpiando las guarniciones de sus castillos- para buscar y destruir a sus enemigos: todas las fuerzas cruzadas han de converger en Castelnou d’Arri, a la espera de plantear una batalla campal con la que derrotar a los occitanos.
Mientras, el ejército meridional llega frente a las murallas de la ciudad de Castelnou d’Arri y le ponen sitio. Pasan los días y los exploradores occitanos informan que una columna de cruzados se dirige al galope hacia la ciudadela; las decisiones se toman apresuradamente: mientras el conde de Tolosa mantiene el cerco a la ciudadela, el conde de Foix preparará una emboscada a esa fuerza de socorro –desconociendo que se trataba sólo de una fuerza de vanguardia, y que a poca distancia marchaba el grueso del ejército cruzado-. En un primer momento, los occitanos se imponen en el combate, y los cruzados intentan replegarse, pero la escaramuza se transforma en una batalla cuando el cuerpo principal de los cruzados, con Monfort a la cabeza, entra en contacto con las fuerzas del conde de Foix, que habían casi ya aniquilado a la vanguardia cruzada. El conde de Foix, que mantiene su posición frente a las sucesivas cargas cruzadas, pide refuerzos al conde de Tolosa, pero éste considera prioritario mantener el sitio, y no cede a las presiones del conde de Foix, el cual, desbordado por las disciplinadas fuerzas cruzadas, tiene que retirarse del campo de batalla.

Caballero cruzado, prisionero de las fuerzas occitanas; va escoltado por un peón al servicio de la casa de Foix, y un ballestero al servicio de la casa de Bigorra

Monfort, despejado el camino, prosigue su avance hacia Castelnou d’Arri. El conde Raimon, temiendo el ataque por la retaguardia, y sin la fuerza de cobertura de Foix, levanta el asedio.
El combate de Castelnou d’Arri dejaría importantes secuelas en el ánimo de los occitanos; por un lado, la frustración de no haber podido derrotar a los cruzados cuando la victoria parecía al alcance de la mano, pero por otro lado, había dejado patente que el conde de Tolosa no actuaba como un auténtico jefe militar –ya por inexperiencia o como prueba de su carácter dubitativo-; solo la figura resuelta del conde de Foix destacaba de entre las filas occitanas. Castelnou d’Arri también había puesto de manifiesto que la caballería occitana podía estar a la altura de la caballería cruzada, y que, con un liderazgo enérgico y con más fuerzas experimentadas, los occitanos podían alzarse con la victoria en una batalla campal.
En las semanas sucesivas, unos y otros contendientes evitaron cualquier tipo de confrontación directa, y la campaña de verano se desarrolló entre escaramuzas y asedios. Los cruzados dominaban el plano táctico, pero los occitanos habían conseguido fomentar la rebelión en los territorios ocupados: los cruzados veían sus movimientos constantemente atacados y ralentizados, obligándose a destinar sus fuerzas a mantener el control de sus zonas; el rumor de la muerte de Monfort, propagado por el conde de Foix, mantuvo alto el espíritu de la revuelta, y permitió que un buen número de aldeas se sumase a la revuelta.

Escena de un asedio: las fuerzas sitiadoras quedan atrapadas entre una fuerza de socorro y la salida de una guarnición asediada

Sin embargo, pese a los reveses iniciales sufridos, los cruzados enderezaron la situación: cada vez que una aldea se subleva, las tropas cruzadas se encaminan a la zona, la saquean y perpetran castigos contra la población, en una clara advertencia. Los meridionales evitan la confrontación militar por la posesión del territorio, por lo que ven reducidas sus bases y puntos de apoyo. Nuevos refuerzos franceses permitieron la reconquista de los territorios perdidos antes de terminar 1211. La contraofensiva tomó nuevos bríos en enero de 1212, con la llegada de Guy de Montfort, hermano de Simón, que regresaba de Tierra Santa con tropas de refresco. Los cruzados aprovecharon para realizar, de manera sorpresiva, una campaña de invierno.
Paradójicamente, el avance cruzado había provocado malestar en la Corte de París: el conde Raimon era vasallo de la corona francesa y sólo el rey de Francia podía aprobar su supresión; la desposesión de su territorio por parte de los cruzados implicaba un precedente que el rey Felipe Augusto no estaba dispuesto a admitir: que la Iglesia romana escogiese a su antojo quienes eran los nobles a mantener o deponer en sus territorios.
El Papa intentó tranquilizar al monarca francés, pero, por otro lado, mantuvo las instrucciones a sus legados que los territorios conquistados no podían ser asignados a ningún señor que no fuera designado por el Papa.
En primavera de 1212 Monfort dispone de nuevos contingentes, que le permiten conquistar nuevos territorios en el condado de Tolosa. A lo largo del verano las acciones se desarrollan también en los territorios pirenaicos y del condado de Foix. Los occitanos caen en un proceso de desmoralización generalizada, y no pueden ofrecer una resistencia coordinada ni constante; siempre a expensas de los movimientos cruzados, los meridionales, a pesar de su número, no pueden recuperar las plazas perdidas ni tampoco desean entablar batalla. La ausencia de apoyos internacionales y de la figura de un líder carismático mina aún más su espíritu combativo.
Después de tres años de guerra continua, Montfort conoce que la conquista del territorio occitano se basa en la ocupación de plazas fuertes y en la destrucción de los recursos del enemigo, hasta lograr su capitulación. Queda lejos ya la fulgurante campaña de 1209, basada en una guerra rápida, donde la masacre de Bessiers se convertiría en la piedra angular de la estrategia militar cruzada. Monfort es cada vez más consciente que su victoria depende de mantener la iniciativa en la guerra: dispone de un ejército mucho más reducido que el de sus oponentes, y si bien su superioridad cualitativa es clara, los hechos de Castelnou d’Arri revelaban que los occitanos estaban mejorando su técnica y sus habilidades de combate.
La guerra, ante este eventual equilibrio militar, no podrá provenir de una victoria táctica, total y definitiva, sobre el enemigo, puesto que no se dispone de suficientes tropas, sinó que sólo con la ocupación de plazas y la destrucción de los recursos, se alcanzará el triunfo. Y para consolidar sus conquistas, Monfort necesitaba la conquista de la ciudad de Tolosa, pero no podía caer de nuevo en el error de un asedio prolongado: su victoria había dependido hasta entonces de mantener las iniciativas estratégica y táctica; si asediaba Tolosa, estaría a merced de un contraataque por la retaguardia, a la limitación de las provisiones y bajo el riesgo de las enfermades y epidemias. Tolosa se conquistaría mediante el desgaste económico, militar y moral de la población, con el bloqueo y agotamiento de sus recursos naturales y económicos.

Escena de una batalla; las fuerzas derrotadas se retiran a su castillo, siendo perseguidas por una fuerza conjunta de caballería e infantería

En primavera de 1212, el arzobispo Arnau Amalric recluta un contingente de caballeros y se dirige a la Península Ibérica, con la intención de participar en la cruzada contra los almohades: allí se encuentra personalmente con el rey Pedro. Al calor de la campaña, ambos quedan impresionados mútuamente: el rey destaca por sus habilidades guerreras, el obispo por su capacidad organizativa y perseverancia. Pero la partida de fuerzas cruzadas hacia la Península (19) no mermó la capacidad operativa de Monfort: la llegada de un importante contingente de refuerzos franceses y alemanes permitió la creación de un segundo ejército independiente de maniobra, al mando de su hermano Guy. Monfort consigue de nuevo imponer su iniciativa estratégica; las fuerzas de Raimon están desbordadas por los movimientos de los cruzados.
En verano de 1212, mientras los cruzados prosiguen su avance por tierras de Foix, Roma mantiene operativo el frente diplomático y legal: Inocencio III, consciente del recelo del monarca francés, dirigió a sus legados una carta donde reflexionaba sobre la situación política y jurídica del conde de Tolosa, en su relación con la Iglesia y con la monarquía francesa; el pontífice razonaba, gracias a sus conocimientos de derecho canónico, que el conde Raimon no había sido declarado todavía culpable de herejía, ni tampoco de ordenar asesinar a Pedro de Castelnou, que era absolutamente necesario y prioritario celebrar un juicio en que se demostrasen como ciertas tales imputaciones, para poder actuar conforme a las leyes. El Papa, consciente de las graves manifestaciones vertidas sobre las actuaciones en el terreno de sus legados, se veía impulsado a someter la cuestión de la deposesión del conde tolosano dentro del estricto camino feudal.
Pero, de seguir por esa senda, no obstante, las aspiraciones de Monfort de consolidar sus dominios quedarían cerradas: de efectuar el juicio, y suponiendo que el conde Raimon fuese declarado culpable, no quedaba nada claro como desposeer de sus tierras al hijo y heredero del conde. Ante la existencia del hijo, el futuro Raimon VII, se destruía cualquier esperanza que el líder cruzado hubiese tenido de añadir a sus títulos de vizconde de Carcassona, el título de conde de Tolosa. Monfort creía, pues, necesario, poder completar el cerco de Tolosa y la destrucción de las fuentes de recursos que nutrían la resistencia occitana, antes que el papa Inocencio III siguiese adelante con su proyecto. Pero Monfort tampoco olvidaba que la figura del conde de Tolosa, a pesar de todas las sospechas e insultos que podía suscitar en el bando cruzado, era de una entidad superior a la del malogrado vizconde Trencavell; el conde de Tolosa era ún súbdito del rey de Francia, y mantenía el apoyo, al menos formal, de los soberanos de Inglaterra y de Aragón: su tío era el rey Juan de Inglaterra, y su mujer era una hermana de Pedro II de Aragón; por todo ello, el jefe cruzado debía mantener la campaña de desprestigio abierta contra el conde tolosano.
Es en estos momentos cuando reaparece la figura del rey Pedro: tras su éxito en la campaña de las Navas de Tolosa, y la desarticulación del peligro musulmán, el rey, a partir del otoño de 1212, podía implicarse plenamente en el avispero occitano; el conde de Tolosa estaba esperándolo con las noticias conquista de sus tierras: en aquellos momentos, los territorios de Raimon se reducían a Tolosa, Montauban, y un puñado de fortalezas de los Pirineos; los territorios de los condados de Foix, Bearn, Comminges y Bigorra, aliados y vasallos de la corona, estaban ocupados por los cruzados. Estaba claro, a los ojos del rey, que la presión de los cruzados amenazaba de poner fin a la influencia de Aragón en la otra vertiente de los Pirineos. Mientras la cruzada había sido una expedición militar circunscrita exlusivamente en territorios heréticos, Pedro lo había tolerado, a disgusto. Cuando la cruzada derivó hacia una guerra de conquista, el monarca solo pudo mantener abierto el frente diplomático y brindar sus esfuerzos en la obtención de una salida negociada. Pero después la guerra desembocó en una conquista de tierras vasallas de la Corona de Aragón, cosa que el rey no podía en absoluto permitir; sin embargo, en aquellos momentos la prioridad del soberano se centraba en la zona peninsular, ante el inminente ataque almohade; además, el rey no quería enfrentarse abiertamente en un conflicto militar contra los cruzados y que se confundiesen sus intenciones de defensa de sus vasallos con un ataque indiscriminado a la Iglesia.
Ahora, en otoño de 1212, la situación había cambiado; el rey se implicaba de nuevo en el conflicto occitano, pero apostaba por la resolución política antes que la militar. Por enésima vez, y aprovechando el fin de las campañas militares ante la proximidad del invierno, los engranajes de la maquinaria diplomática catalano-aragonesa se movían en auxilio de los vasallos occitanos.
Ante esta situación de calma aparente con la detención temporal de las hostilidades, Monfort se apresura a convocar una asamblea en Pamiers (1 de diciembre de 1212) en la que se aprueba un nuevo modelo eclesiástico y político para los territorios conquistados por los cruzados, similar al patrón francés.
Entre las decisiones de Pamiers destacan las siguientes:

• Distribución entre los cruzados de los castillos y señorías conquistados.
• Monfort se erige como el nuevo señor feudal de todos los territorios; a él le deben homenaje tanto los nuevos señores cruzados como los occitanos.
• La defensa y seguridad en el territorio se confiaba a tropas francesas, por un periodo mínimo de veinte años; los caballeros occitanos quedarían desarmados, y todas las tropas al servicio de los nobles occitanos se licenciarían.
• Las viudas y herederas con castillos, que tuvieran la intención de casarse con un noble o caballero no francés, deberían obtener el permiso previo de Monfort; se trata de una auténtica colonización, con la sustitución “natural” de la clase dirigente occitana por la francesa.

Los guerreros del norte están ansiosos de consolidar su botín.

Vista de Montauban


Públicas, pues, las condiciones del reparto de los territorios y del establecimiento de un nuevo modelo de sociedad en tierras occitanas, el conde Raimon se entrevista con el rey Pedro II, en Tolosa, a principios de 1.213, y le ruega que interceda por él ante los legados cruzados para celebrar una nueva ronda de negociaciones. A propuesta real, se convoca una nueva conferencia de paz en Lavaur, con la asistencia del propio Pedro, Simón de Montfort y el legado Amalric.
El rey Pedro, habiendo combatido al lado del legado en la cruzada de Las Navas, tenía bastantes esperanzas de llegar a un acuerdo con él, y aislar a Monfort en su lucha personal por el poder. El rey hará valer, para demostrar su interés y sinceridad en la búsqueda de la paz y del triunfo del objetivo religioso de la cruzada, su vasallazgo con el Papado; con su coronación en Roma, el compromiso feudal también comportaba una obligación religiosa: Pedro juró, por los cuatro Evangelios, que sería siempre fiel y obediente al Papa Inocencio III y a la Santa Sede; que conservaría el reino fielmente en su obediencia a Roma, defendiendo la fe católica contra los infieles y persiguiendo a las herejías; que salvaguardaría la libertad e immunidad eclesiástica, promoviendo la paz y justicia cristiana en sus territorios (20) . La importancia de tales obligaciones, y el voto de su cumplimiento, indicarían el posicionamiento que manifestaba el rey con las intenciones de Roma, y no su compromiso con la causa herética. El rey intenta con ello que triunfe su última ofensiva diplomática, basada en la reconciliación y sumisión: si los señores meridionales se sometían a la Iglesia, recuperarían sus tierras.
Pero en el decurso del sínodo de Lavaur, Simón de Montfort rechaza la conciliación y se pronuncia por la deposición del conde de Tolosa, a pesar de la actitud de Raimon VI, favorable a aceptar todas las condiciones de la Santa Sede. Las demandas del rey Pedro eran cautelosamente moderadas, con la clara intención de encontrar una salida diplomática, esperando que los legados tendrían piedad para Raimon VI, que estaba preparado para sufrir cualquier penitencia que se podría exigir de él, incluso una cruzada en España o en Tierra Santa. En último término, si los cruzados se negaban a la clemencia, Pedro buscaba mantener en sus derechos dinásticos al hijo del conde Raimon, el futuro Raimon VII de Tolosa.
Pedro también defendía los derechos de sus vasallos los condes de Comminges y Foix y el vizconde de Bearn: estas demandas eran si cabe más duras, pues, negando que estos nobles eran herejes, o incluso protectores de herejes, atentaba a sus propios derechos y obligaciones como señor feudal. En caso de que sus vasallos fueran declarados culpables, se comprometía al seguimiento del cumplimiento de su penitencia de la Iglesia.
Pero la habilidad diplomática del rey, previendo con antelación un posible fracaso de las negocaciones en Lavaur, también usaba de otros caminos, a parte de la mediación directa entre los contendientes; como caudillo victorioso de las Navas y defensor de la fe, Pedro conocía que podía tener ascendiente directamente sobre el papa Inocencio III: ya a finales del año 1212, Pedro envió al notario real y el obispo de Albarracín a Roma para quejarse al papa y persuadirlo de suspender la cruzada. Sus emisarios eran expertos y convincentes y lograron audiencia con el papa mientras se celebraba la conferencia de Lavaur; le explicarán la situación militar, destacando que la herejía había dejado de ser el objetivo de aquella cruzada; desposeída de su significado original aquella guerra santa se había convertido en un instrumento de la ambición y codicia del conde de Monfort: asalto y destrucción de propiedades católicas, reparto de tierras y honores sin atender a las órdenes papales, evitación de cualquier solución negociada que pusisera fin al derramamiento de sangre, etc.

Caballero aragonés, de principios siglo XIII.

Apelando al celo religioso de Inocencio III, los embajadores aragoneses insistirán en que los objetivos espirituales de la cruzada se habían conseguido, y por ello, las operaciones militares de los cruzados eran más necesarias en el Tierra Santa o en la Península Ibérica que contra las tierras de los señores meridionales, oficialmente ya libres de la herejía cátara. La estrategia planteada por los embajadores catalano-aragoneses dio resultado: el Papa estaba convencido que sus legados cruzados se habían excedido. Sin embargo, todavía hacía falta que el pontífice hiciese públicas sus reflexiones.
Mientras se mantenía las conversaciones diplomáticas en Lavaur, los obispos, avisados de la ofensiva diplomática directa del rey en Roma, estaban componiendo nerviosamente una carta de autojustificación de todas sus acciones, para dar cuenta al Papa; enumeraban los éxitos conseguidos en el desarrollo de la Cruzada, pero se lamentaban del camino que, según ellos, todavía debían andar, hasta lograr la erradicación de la herejía; además, seguían centrando todo el origen del mal en las tierras tolosanas, y en concreto, seguían acusando al conde Raimon como el culpable del asesinato de Castelnou y de la implantación de los heréticos. Los documentos de los legados se confiaron a cargo del legado Thedisius, con la misión que éste las trasladara directamente al Papa.
En Occitania, el consejo de Lavaur respondió finalmente con una negativa intransigente: las demandas del conde de Tolosa eran rechazadas; el conde de Foix y el vizconde de Bearn fueron considerados culpables, pues, si no eran herejes, eran simpatizantes y protectores violentos de los mismos -de hecho, unos meses antes, unos mercenarios a sueldo de Gaston de Béarn habían saqueado la Catedral de Oloron y habían parodiado la liturgia de la santa Misa-; sólo el conde de Comminges recibió unas acusaciones vagas.
El rey Pedro II continuó negociando con los obispos hasta que quedó bien claro que éstos no tenían ninguna intención de admitir cualquiera de los nobles en la posesión de sus dominios. El rey les pidió que aceptaran una tregua hasta Pascua. Pero los obispos no querían oír hablar de paz: tenían miedo de que las noticias de una tregua debilitarían el entusiasmo de los cruzados y de los nuevos contingentes que se estaban reclutando ahora en el norte.
Ante la contudencia de los hechos, viendo que la via diplomática volvía a fracasar, el rey Pedro II tomó una decisión que marcó los acontecimientos que tendrían que pasar en un futuro: en Tolosa, el 27 de enero de 1213, recibe el homenaje y la fidelidad de los condes de Tolosa (21) , Foix y Comminges. Pedro se convertía, casi, en el soberano de Occitania. Con el homenaje tolosano, todo el sur, toda Occitania, se encuentra ahora unidas bajo la corona de Aragón. Es por ello que en febrero de 1213 retornará a España para alzar a un ejército con el que enfrentarse a Monfort, dejando un pequeño contingente de caballeros catalanes en Tolosa.
Pero los acontecimientos provenientes de Roma detienen los proyectos militares del rey: el papa Inocencio III, gracias a los buenos oficios de los representantes de Pedro en Roma, ordena a sus obispos que detengan la cruzada.
En una dura carta, Inocenio III critica los excesos cometidos por Arnau Amalric y Simón de Monfort: la apropiación de tierras y propiedades de católicos, el exterminio indiscriminado de herejes, el quebrantamiento del orden feudal con los ataques contra las tierras del rey de Aragón, la usurpación del dominio del conde de Tolosa, etc. En la carta, el Papa exigía el fin de las hostilidades contra los territorios vasallos del rey Pedro II y exige a sus legados que se esfuercen en obtener el cese de hostilidades e iniciar la pacificación de las tierras occitanas. El papa Inocencio tenía en mente la preparación de una nueva cruzada para liberar los Santos Lugares, y las acciones militares en Occitania se consideraban ya innecesarias.
Es por ello que, siguiendo las órdenes de Roma, Europa era recorrida por predicadores que buscaban peregrinos con los que formar la expedición a Tierra Santa; el resultado será tremendamente negativo para Monfort, el cual, al iniciarse el verano de 1213 sólo recibe como refuerzos un pequeño contigente de cruzados, reclutados personalmente por los obispos de Orleans y Auxerre. Además, Monfort, para enmendar esta falta de tropas, tampoco podía acudir a su rey, Felipe II Augusto de Francia, embarcado en su conflicto con el rey Juan II Sin Tierra de Inglaterra: antes las derrotas francesas en Gante y Damme, el rey Felipe da órdenes expresas que ninguno de sus vasallos vaya a luchar a Occitania.
Además, Monfort, para enmendar esta falta de tropas, tampoco podía acudir a su rey, Felipe II Augusto de Francia, embarcado en su conflicto con el rey Juan II Sin Tierra de Inglaterra: antes las derrotas francesas en Gante y Damme, el rey Felipe da órdenes expresas que ninguno de sus vasallos vaya a luchar a Occitania. Ante la falta de tropas de campaña, Monfort perderá la iniciativa estratégica, pero mantiene la táctica: rehabilitación de castillos, derribo de fortificaciones enemigas, destrucción de cosechas y comestibles...

Caballero cruzado; lleva un casco cuadrado, con protección facial –precursor del “gran yelmo” del siglo XIV-, cota de mallas completa, manoplas y una túnica con distintivo azul

En aquellos primeros meses de 1213 parecía que la fortuna sonreía al rey Pedro y a los señores occitanos: el Papa obliga a sus legados a detener la guerra y a negociar. El rey ha conseguido demostrar al Papa que la resistencia occitana no es realmente una lucha contra la Santa Iglesia, sino un combate de católicos frente la agresión de otros católicos. Este hábil movimiento diplomático en contra de los cruzados de Monfort y los legados papales se mantendrá en la memoria del rey, que, meses después, en la llanura de Muret, buscará la derrota del ejército cruzado, no con la intención de combatir a la Iglesia, sino a sus representantes, evidenciando de nuevo los excesos que habían cometido con el pretexto de la cruzada.
Sin embargo, en Roma, la embajada de Thedisius insistía, por todos los medios posibles, en obtener audiciencia con el Papa, con la intención de mover su voluntad en contra del rey Pedro. A fuerza de presiones e intrigas, los emisarios de los legados harán oir su voz ante el papa, y la estratagema urdida por Monfort y los obispos da sus frutos: la cúpula cruzada conoce el ascendiente y prestigio del monarca, y se aprovecha de tal circunstancia, esgrimiendo la hipótesis que el rey ha sido engañado por el conde de Tolosa, el cual ha transgiversado todos los hechos a su favor; nadie duda de la ortodoxia del rey Pedro, y justamente es por la misma que el soberano ha sido utilizado por los heréticos para pedir el cese de las hostilidades. La sombra de la desconfianza planta su semilla en el corazón del Papa (22) , que commina al rey Pedro a reafirmar su catolicidad rompiendo sus relaciones con los señores occitanos. Sin embargo, Inocencio III tampoco cedía totalmente a los ruegos de Monfort: el Papa no devolvería sus feudos a los condes de Tolosa, Comminges, y Foix, pero tampoco las concedería a Simon de Montfort.
Inocencio III era plenamente consciente de cuán complicado y obscuro era el juego que se desarrollaba en Occitania; no concebía como un católico como Pedro podía enarbolar el estandarte de los herejes, pero sí podía comprender como un rey como Pedro podía defender sus derechos feudales frente a una agresión. El prestigio de la Iglesia estaba en juego, y el Papa dudaba que sus intereses estuviesen defendidos por Monfort y los obispos franceses destacados en Occitania, con la pureza de espíritu que él creía necesaria. Por ello, el Papa anunciaba su propósito de enviar un nuevo legado papal, para escuchar las quejas de los señores occitanos y buscar una solución política al conflicto.
Los hechos ponían al rey Pedro en una terrible encrucijada: como señor feudal, debía defender a sus súbditos occitanos y reaccionar contra una situación que ponía en peligro la labor de sus mayores y el intento de la Corona de mantener un reino a ambos lados de los Pirineos. Pero este camino implicaba la desobediencia a su propio señor, el Papa de Roma, con las consecuencias de la excomunión y de la extensión de la cruzada a los territorios nacionales de Aragón y Cataluña. Era una difícil elección la que debía tomar el monarca, pero en la balanza del pensamiento finalmente debió primar su responsabilidad para con su linaje y sus vasallos; los argumentos esgrimidos por su cuñado el conde de Tolosa eran lacónicos pero tremendamente claros: “Tu interés está en juego cuando arden los muros de tu vecino”(23) .
Antes del verano Pedro envía Simón de Monfort una carta de desafío, en un acto formal de gran consecuencia legal, que indicaba que la relación de señor y vasallo se rompía. Era una declaración de guerra. El conflicto es total y definitivo. A pesar de la gravedad de los hechos, los acontecimientos de los últimos meses no cogieron por sorpresa al rey Pedro; mostrando una enorme visión estratégica del conflicto occitano, ya a lo largo de todo el período 1212-1213, y mientras oficialmente se agotaban todas las iniciativas diplomáticas, el rey Pedro había ido preparando su eventual expedición militar a Occitania, con los viajes a Tolosa, Carcassona y otras ciudades meridionales, recabando apoyos materiales y financieros, reconociendo el terreno, evaluando las diferentes posibilidades que se le ofrecían.
En el bando cruzado, existe nerviosismo ante tales noticias; sin tropas de refresco, con la atenta mirada del papa sobre sus pasos, Monfort sabe que se le agota el tiempo antes que un nuevo legado, ajeno a toda motivación o enemistad personal, asuma el liderazgo de la cruzada. Monfort necesita mantener un halo de prestigio y superioridad en aquellos momentos, y planea un golpe de efecto.
El 24 de junio los cruzados se reunían en Castelnou d’Arri para presenciar la ceremonia de armar caballero a Amaury, el hijo mayor de Simon de Montfort. Para Simon, eso era un momento de suma importancia: con este acto, su linaje alcanzaba el reconocimiento social que creían que eran merecedores; los conceptos de familia y señorío estaban profundamente valoradas en la sociedad guerra normanda, desarraigada, fundada por caballeros aventureros, lejos de sus lugares de origen, y conquistadas a punta de espada y golpe de lanza (como los territorios en Tierra Santa –Outremer-, Sicília, la Inglaterra normanda, etc). En ellas, la herencia era un símbolo de permanencia, de arraigo, en medio de una tierra nueva, conquistada a base de derramamiento de sangre, todo un hito para unos nobles recién llegados.
Además, su ceremonia tenía un valor altamente propagandístico; la liturgia eclesiástica -que poco a poco iba sacralizando la ceremonia profana primitiva-, era una una aserción solemne del apoyo de la Iglesia al orden de caballería, pero sobre todo, a los miembros que estaban luchando en aquella cruzada en Occitania, y que aquélla era una guerra santa. La ceremonia fue multitudinaria: se levantaron tiendas para el público en un prado fuera de Castelnou d’Arri y un altar puesto en un pabellón abierto en la cima de una colina. Se eligió específicamente la villa de Castelnou por ser el escenario de la cruenta batalla en la que Monfort había conseguido sobreponerse a la derrota y forzar a los occitanos a levantar el asedio a la plaza.

Amaury de Monfort, armado caballero (Osprey Militaria)

Pierre de Vaux-de-Cernay, presente en la ceremonia, relata tanto los aspectos más religiosos como los terrenales, pero de su relato se comprueba la imagen de la evolución del concepto de caballero y caballería, su transformación hasta ser una institución la importancia de la cual recaía en el especial significado de su ceremonial, desprovisto de valores militares. Pero, fuera de este acto propagandístico, la situación de Monfort es compleja. Al final de junio la milicia de ciudadanos tolosanos, esperanzada por los rumores que el rey de Aragón planea una expedición militar, asalta el pequeño castillo de Pujol, a quince kilómetros de Tolosa, donde una guarnición de varias decenas de soldados y tres de los caballeros de Monfort se habían establecido, con el objetivo de realizar operaciones de destrucción de la campiña. Los caballeros se refugiaron en la torre de homenaje, y se les ofreció respetar su vida si se rendían. Pero cuando llegaron a Tolosa, una multitud los arrastró por las calles y los linchó.
Monfort recibió las noticias con gran intranquilidad: los tolosanos habían conquistado una guarnición sin ayuda exterior, y él no había podido enviar refuerzos para levantar el asedio. A los ojos de cualquier observador sagaz se ponía de relieve la incapacidad de los cruzados de mantener sus conquistas si los occitanos iniciaban una guerra de reconquista de plazas. Sus temores se veían acrecentados por las noticias que le llegaban de su red de información, que le aseguraban que el rey Pedro estaba listo ya para iniciar su campaña en tierras occitanas. El eje de penetración efectiva de los catalano-aragoneses se reducía a dos vías: el paso de Benasque, para después ascender por el Garona hasta Tolosa, o la línea marítima, por el eje Narbona-Carcassona-Tolosa. Monfort, temiendo la invasión por la zona de pirenaica, llamó a su hijo Amaury, que operaba en el territorio de Commenges para poder concentrar sus fuerzas y hacer frente al rey Pedro; sin poder confirmar poder confirmar el camino del rey, se situó en la villa de Fanjaux, posición estratégica en la campiña occitana que le permitía controlar las dos vías.
A finales de agosto, Pedro cruzaba los Pirineos, por el paso de Benasque, al frente de una hueste de caballería de unos 800-1.000 hombres. Mientras tanto, los mensajeros del conde de Tolosa llegaron a las villas ocupadas por los cruzados, y esparcieron las nuevas de la llegada de un ejército libertador, inflamando la llama de la revuelta, invitando a la población a alzarse en armas contra los invasores. Aquellas semanas, cuando los cruzados estaban inactivos, a la espera de acontecimientos, y las aldeas y villas proclamaban su rebelión, todos los occitanos creyeron que se abriría una nueva época ante ellos: en Tolosa, los trovadores de la corte compusieron letras alabando la figura del rey Pedro y del conde Raimon VI. Monfort, temiendo el ataque del rey Pedro, había retirado todas las guarniciones del oeste del territorio del Garona, y los catalano-aragoneses ocuparon las ciudades y villas de la cuenca del río y en todas partes el rey fue recibido como libertador (24).
A medida que avanzaban por el territorio occitano, a las fuerzas del rey (25) se les unieron un centenar de caballeros y hombres de armas, mercenarios y aventureros, así como cientos de voluntarios –campesinos, artesanos, comerciantes- que creían ver llegado el dia de su venganza contra los cruzados.
Sin duda, el enorme prestigio conseguido tras la batalla de las Navas de Tolosa el año anterior influyeron en el ánimo de la población. Tampoco es descabellado pensar que esta misma aureola de prestigio y capacidad militar no fuese de alguna manera determinante en los razonamientos y juicios tácticos del monarca en las jornadas sucesivas: la creencia de la solución al conflicto mediante una resolución campal, a modo de la obtenida en las Navas, habrían guiado los movimientos y decisiones del monarca.
Entre los días 7-9 de septiembre, el rey Pedro llega a las cercanías de Tolosa, donde se le unen las fuerzas de los condes de Comminges y Foix; para algunos historiadores, siguiendo lo descrito en la Canzó de la Crozada, el soberano no entró en la capital, sino que envió mensajeros a la ciudad para que el conde y las milicias ciudadanas se reunieran con su ejército cerca de Muret. Por el contrario, de la Crónica de Guilhem de Puylaurens se desprende que el monarca si entró en Tolosa. Parece más que probable que, en tales circunstancias, el rey Pedro entrase en la capital tolosana, y celebrase un consejo de guerra entre los principales jefes de su heterogéneo ejército, para conocer la situación general de la zona y planificar la campaña bélica que se avecinaba. En esta reunión conocería más detalles del cerco estratégico que Monfort había sometido a Tolosa, y se acordaría iniciar las acciones militares contra algún objetivo situado cerca de la capital, accesible y que estuviese relativamente poco defendido, con la intención de lograr un éxito táctico, pero también insuflar moral a las tropas y potenciar su causa a nivel internacional.
La villa de Muret, a 20 Km de Tolosa, era el objetivo: desde ella los cruzados habían iniciado la campaña de devastación de la campiña tolosana; la ciudad era la principal plaza entre Tolosa y la frontera con las tierras de Aragón, por lo que su posesión permitiría un flujo constante y seguro de tropas y provisiones; sus defensas podían considerarse un obstáculo salvable, y al tratarse de una operación de asedio, permitiría a los peones tolosanos foguearse en experiencia de combate y ganar confianza y moral de victoria.
Cuando la decisión del objetivo se tomó, las fuerzas de caballería del ejército aliado marcharon a ocupar posiciones; pronto les seguirían las fuerzas de infantería y la pequeña flota de barcazas tolosana, en la que se transportaban los bagajes, armas y las máquinas de asedio.
Con la victoria en la mente, el rey Pedro confia que su proyecto de un reino transpirenaico, desde el Ebro hasta el Ródano, sea por fin una realidad.
Pero Muret destruirá ese sueño.

 
La Corona de Aragón y Occitania, siglos XII-XIII


 

 

 

 

Notas..

10)

La Historia acusa a Monfort de la muerte de Ramon Roger de Trencavell en las mazmorras de Carcassona (10 noviembre); las sospechas de su asesinato siempre gravitaron en torno a la figura de Monfort; sin embargo, la explicación oficial de la muerte del vizconde por enfermedad –ocasionada por las pésimas condiciones en las que se encontraba en las celdas de su antiguo castillo- nunca fueron convincentes. Monfort, a pesar de la muerte del titular del vizcondado, seguía manteniendo una posición feudal entredicha, por la apropiación del rango nobiliario gracias a la deposesión de Ramon Roger. En cuestión de poco tiempo Monfort resolvió tan delicada cuestión: la legitimidad feudal del dominio de Monfort se obtenía cuando la viuda del vizconde, dama Agnes, le cedía sus derechos a cambio de una renta vitalicia. Volver

11)

La familia de los Trencavell eran vasallos del rey Pedro, desde que en 1150 Ramón Trencavell había jurado lealtad a Ramón Berenguer IV. El rey Pedro II, antes las injusticias cometidas contra la familia vizcondal protestó contra las actuaciones de Monfort, pero fueron en vano. Volver

12)

Con la partida de la alta nobleza francesa queda patente que las intenciones de la monarquía francesa son claras: cumplimiento de la orden de obediencia católica a Roma en defensa de la ortodoxía, pero sometimiento a las prioridades de la monarquía, esto es, no implicarse en nuevas conquistas territoriales hasta la resolución del conflicto con el Imperio y con los Plantagenet. Volver

13)

Los combatientes, de ambos bandos, actuaron con un salvajismo extremo, con una crueldad que todavía hoy, tras la lectura de las crónicas, estremece por su extremismo. En aquella contienda, el celo religioso, las diferencias culturales y la búsqueda del poder y riqueza llevaron hasta límites insospechados la locura de la guerra. Volver

14)

La crónica de Guillermo de Puylaurens es extremadamente realista sobre las tácticas de destrucción metódica y total que utilizaban los cruzados de Monfort: “Los cruzados hostigaban a sus adversarios mediante una triple acción y un triple prejuicio. Disponían para ello de muchos hombres. Unos arrasaban las cosechas; otros se dedicaban, con piquetas de hierro, a la destrucción de torres y muros de casas fortificadas; y otros se consagraban a la destrucción de las viñas. Así, al apuntar el alba, tras haber oído misa y comido sobriamente, se enviaba una avanzadilla de ballesteros y tropas a caballo, a los que seguía una formación de caballeros armados para el combate, y se llegaba a las viñas más cercanas a un pueblo, justo cuando los habitantes comenzaban a desperzarse. Iniciaban su tarea los devastadores cuando daban media vuelta en dirección al campo cruzado, volviendo a pisotear las viñas y campos por donde habían venido (...). Así procedían cada mañana, hasta que al cabo de tres meses, casi todo quedó arrasado”. Volver

15)

En todos los intentos de encontrar una resolución pacífica al conflicto hay que destacar la intransigencia manifestada por el legado papal Arnau Amalric, que, guiado por un odio personal hacia el conde de Tolosa, exigirá siempre unas condiciones tan duras para la conclusión de la guerra, que los occitanos no tuvieron prácticamente otra opción que rechazarlas. Volver

16)

Tanto el conde de Tolosa como el conde de Foix no aceptaron las condiciones papales: estas se centraban en la expulsión y entrega de los herejes, ayuda a Monfort, unión a la cruzada –o al menos, no atacarla- y confiscación de las posesiones de los herejes. A cambio, les serían retornados ¾ partes de las posesiones que obraban en manos de los cruzados. Volver

17)

Las condiciones imponían una serie de medidas que, en la práctica, implicaban la cesión de soberanía de Tolosa a los cruzados, y también una absoluta falta de garantías sobre si los cruzados continuarían o no sus acciones bélicas: expulsión de los herejes, deposición de las armas y licenciamiento de las tropas auxiliares, desarme de todos los castillos de sus dominios, entrega a Monfort de las personas reclamadas, ningún noble tolosano podía vivir en castillo alguno, reintroducción del diezmo, cesión de la recaudación de tributos a favor de la Iglesia, exención de ciertos tributos para los cruzados –que mantenían los feudos conquistados-, paso franco a las fuerzas cruzadas por el territorio tolosano, y el compromiso personal del conde de Tolosa de peregrinar hasta Tierra Santa y combatir contra los musulmanes con los caballeros de San Juan. Raimon VI se negó a aceptar estas condiciones, y el mismo Pedro II se indignó al conocer el humillante trato que había recibido su cuñado, y apoyó su retirada de las conversaciones de paz, que se presentaban con tal crudeza por que solo buscaban la ruptura. Volver

18)

En 1194 Alfonso II había establecido unas ordenanzas contra la herejía cátara; en 1198, en Gerona, Pedro el Católico se pronunciará en el mismo sentido, apelando a que todos sus vasallos persiguieran a los herejes, a los cuales se les destinaba a la prisión, la confiscación de sus bienes e incluso la muerte en a hoguera. En 1204 Pedro, oyendo los requerimientos del Papa, celebró un coloquio en Carcassona, en el cual los cátaros expusieron su doctrina frente a los legados católicos; después de escuchar a unos y a otros, Pedro reconoció que los cátaros erean herejes. Volver

19)

El contingente cruzado destacado en la campaña de las Navas de Tolosa hizo gala tanto de un fanático celo religioso como de una gran crueldad con los musulmanes: así tras la toma del castillo de Malagón, ejecutaron a toda la guarnición sarracena, a pesar de haberse negociado su rendición. El rey Alfonso VIII –como el resto de monarcas peninsulares-, habituado a tratar con los musulmanes como enemigos políticos a los que dominar –y no como enemigos religiosos a los que exterminar-, logró la rendición incruenta del castillo de Calatrava sin la ayuda de los cruzados, con los que éstos quedaron doblemente frustrados, al no haber podido derramar sangre musulmana, pero también por haberse visto privados de las riquezas del botín; fue tal su enojo que amenazaron con la retirada de sus tropas si se mantenían los pactos con los musulmanes. Parece ser que la habilidad y diplomacia del rey Pedro II frente a Arnau Amalric y los otros líderes cruzados permitió que los ultramontanos se mantuvieran en las filas del ejército cristiano. Sin embargo, al cabo de pocas jornadas, los cruzados optaron por regresar a sus hogares, a la vista tanto de las dificultades de la campaña como de la política contemporizadora del rey Alfonso –que prefería las victorias políticas frente a los andalusíes y no su exterminio-. Sin lugar a dudas el rey Pedro debió destacar, pues, a los ojos de los cruzados, como hombre de guerra y de diplomacia, y sin duda alguna, su carácter conciliador y diplomático estaría presente, un año más tarde, en la mente de los legados cruzados en las jornadas previas a Muret, que no dudarían en enviar hasta 4 embajadas con la intención de negociar con el rey su apoyo a la Iglesia. Volver

20)

Por la bula de 17 de junio de 1206 se establecía que las futuras coronaciones de los soberanos de la Casa de Aragón se efectuarían en Zaragoza, celebradas por el arzobispo de Tarragona. Volver

21)

En enero de 1213 el conde de Tolosa, acorralado diplomáticamente –y reacio a aceptar la protección y apoyo del rey Pedro- pide auxilio al rey de Francia, como su señor feudal, para que intercediese ante Roma para detener la cruzada. Pero Felipe Augusto no quiere inmiscuirse: en su día se ha negado a tomar las armas por Roma, y mucho menos ahora va a tomar las armas contra Roma, y más aún cuando Monfort parece que domina la práctica totalidad del territorio occitano. Vencido en la batalla, aislado diplomáticamente, abrumado por el peso de los acontecimientos, Raimon VI da un paso trascendental en la historia de Tolosa, trastocando la tradicional política tolosana: va ofrecer rendir homenaje feudal al rey de Aragón . Volver

22)

La actuación del Papa Inocencio III es totalmente discutible: movido por un intenso celo religioso en defensa de la ortodoxia cristiana, sus decisiones y actuaciones orbitan desde las llamadas de paz y a la reconciliación a los ultimátums, excomuniones e interdictos lanzados contra los nobles occitanos. Los sentimientos religiosos del pontífice fueron hábilmente explotados por los prelados y nobles cruzados, que seguían sus propios intereses políticos y materiales. Volver

23)

MUSQUERA, Xavier: Cátaros. El secreto de los últimos herejes. Espejo de Tinta. Madrid, 2006. Pág.56. Volver

24)

Sin embargo, y a pesar que la Chansó nos indica la alegría que sentía el pueblo por la intervención de los catalano-aragoneses, es válido suponer que tales muestras de apoyo popular pesarían en el ánimo del conde de Tolosa: la intervención hispana era el reconocimiento de su incapacidad y debilidad por no haber podido aglutinar a todas las fuerzas occitanas y no haber repelido la invasión cruzada; ahora, un poder extranjero –cercano y familiar, pero extranjero, al fin y al cabo- se presentaba como salvador de la causa tolosana. ¿Acaso estos pensamientos no deberían ser tomados en cuenta para explicar la actuación del conde Raimon en el transcurso de la batalla de Muret? Volver

25)

El rey Pedro, previendo los acontecimientos, desde el verano de 1213, había destacado en la zona pirenaica y en Tolosa un contingente de tropas, que dejaban sentir su presencia ante las guarniciones francesas que rodeaban la capital, de tal manera que algunas poblaciones desertaron del bando cruzado cuando circularon rumores del avance del rey, a finales de agosto y principios de septiembre. Volver