Pedro II, el Católico, nació hacia 1177 (1). Era hijo Alfonso II el Trobador y Sancha de Castilla. Proclamado rey por las Cortes en Daroca, en 1196, tras la muerte de su padre (2), heredó el reino de Aragón, los condados de Barcelona, Gerona, Osona, Besalú, Cerdaña, el Pallars Jusá, Rosellón y Ribagorza; su hermano Alfonso heredaba el condado de Provenza, de Millau, de Gavaldá y Rases. La política interna del rey Pedro II se centró en reafirmar el poder de la monarquía frente a la nobleza, especialmente en Cataluña (3) .
De manera similar a su padre, y a diferencia de su hijo, en las actuaciones políticas del rey Pedro I no se distingue una diferenciada política hacia un reino u otro; el joven rey pretendió mantener, bajo su persona, una unidad real entre los dos territorios que conformaban sus posesiones, conjugando los diferentes intereses que gravitaban en tan dispares regiones. Como rey de Aragón contó con el apoyo de la nobleza aragonesa, que lo veía como continuador de la obra dinástica de su padre Alfonso. Desde su posición de conde de Barcelona (4) , contó con el apoyo de la mayoría de los barones catalanes, si bien tuvo que hacer frente a los recelos de parte de la nobleza, temerosa de perder sus prerrogativas, ante un modelo de monarquía tendente a centralizar el poder y a mantener el estatus nobiliario similar al del limitado modelo aragonés. El rey, además, tuvo que actuar como moderador y referencia primus inter pares con los otros condados independientes (Empúries, Pallars, Urgell), a fin de poder conciliar su independencia pero dentro de los fines políticos generales de la Corona.
Frente a este relativamente complicado entramado nobiliario, el rey Pedro contó con el apoyo el apoyo del pueblo, y especialmente la población burguesa (5) : eran aliados naturales contra el poder de la nobleza; a cambio de protección y cartas de libertades, los ciudadanos ofrecían sus recursos humanos y financieros para los intereses de la monarquía
En su reinado (1196-1213) se distinguen dos etapas, relacionadas con los sucesos en tierras occitanas. Una primera etapa abarca sus primeros doce años de reinado (1196-1208), período en el que Pedro busca su afirmación real, la consolidación de su figura a nivel interno –fin del tutelaje político de su madre, coronación en Roma, alianza con Castilla- y externo -expansión diplomática en Occitania, boda con María de Montpeller-; en esta primera parte de su reinado contó con la ayuda de los buenos consejeros (6) que habían probado su valía en tiempos de su padre Alfonso II el Trobador.
El siguiente período (1209-1213) se centra en su política occitana, con el intervalo de la campaña de las Navas de Tolosa, y finaliza con su dramática muerte en la llanura de Muret. En estos años el rey Pedro intentó buscar una salida negociada al conflicto generado con la cruzada albigense en las tierras occitanas, que afectaban por igual a tierras tolosanas como a señoríos ligados por lazos feudales a la Corona de Aragón, de tal manera que se salvaguardara el prestigio de la Iglesia católica, pero a la vez se protegiesen los intereses de los nobles occitanos vasallos y los de la Corona (7) .
El recuerdo que ha pervivido hasta nostros de este monarca siempre ha presentado una doble visión, un balance positivo –especialmente al principio del reinado- y un resultado negativo –que culmina con su muerte en Muret-. Así, Pedro II se presenta como un caballero fiel a los ideales de su tiempo, incluso hasta sus últimas consecuencias, jovial, aventurero e impetuoso, pero a la vez inmaduro, disoluto, algo irreflexivo y temperamental. Quizás en Pedro no se den ni mejores ni peores virtudes que en otros monarcas de su tiempo o de su linaje, pero los acontecimientos que derivaron hasta su muerte quizás han pesado más en el pensamiento y juicio colectivos, y la imagen ensombrecida de su recuerdo es la que ha perdurado hasta nosotros.


La política internacional de Pedro II se centró en tres direcciones: el Papado, Castilla y Occitania.

 

-Relaciones con el Papado

En los albores del siglo XIII se había consolidado la tendencia autocrática temporal del Papado, proveniente de la reforma gregoriana del siglo anterior. El papa de Roma no solo se erigía como sumo pontífice de toda la Cristiandad, sino que, además de su poder temporal en la Italia central, quería incrementar su poder político a nivel de todo el orbe cristiano. Inocencio III representa la cima del poder temporal del Papado, la supremacía absoluta de la Iglesia sobre el conjunto de poderes terrenales: sólo el Papa posee el pleno poder y soberanía temporal –auctoritas-, conferidos de Cristo a San Pedro, mientras que los monarcas disponen de una capacidad política limitada –potestas-. Con la absoluta soberanía sobre todos los poderes de la Cristiandad, todas las iglesias nacionales están subordinadas al poder del Papa de Roma, que ejerce su poder mediante sus legados.
El papa Inocencio III, que se consideraba el servidor más humilde de Dios, pero por encima de cualquier emperador o rey, rehusó el tradicional título de vicario de San Pedro y lo sustituyó por el de vicario de Cristo. Su figura trasciende como un modelo de monarca universal, que lleva hasta su máxima extensión el concepto del Imperium Mundi del Papado, el triunfo de la teocracia pontificia perseguido por la Iglesia católica desde mediados del siglo XI: el pontífice de Roma actua como juez de las monarquías cristianas, es el árbitro y señor de reyes.
Para lograr esta comunión de poder espiritual y terrenal, la Iglesia se había dotado de unas estructuras eclesiásticas fuertes, unificadas y centralizadas, con un corpus teológico-jurídico y un aparato burocrático jurídico eficaz: Inocencio III lo utilizará para consolidar su poder teocrático pontificio.

 

Inocencio III


Para mantener y acrecentar esta situación de predominancia política, Inocencio III usó y abusó de las figuras de la excomunión, del interdicto y de la deposición para someter a todos los poderes temporales bajo su liderazgo. En este sistema político teocrático, todos los estados se sitúan bajo la autoridad espiritual del Papa, el cual se reserva el poder para actuar en defensa de la esfera eclesiástica contra las ingerencias de los soberanos .
De sus actuaciones políticas destacan, por un lado, su intento de consolidación temporal en la Italia central (supresión de los organismos municipales de Roma, con sustitución por un senador único –designado por el Pontífice-, anexión del ducado de Spoleto y la marca de Ancona), y por otro, la lucha por contrarrestar el poder del Sacro Imperio Germánico (apoyo al reino de Francia, excomunión del emperador Otón IV, protección del príncipe Federico II Hohenstaufen). Intentó limitar las relaciones comerciales con los musulmanes –si bien tuvo que ceder a las presiones mercantilistas de Venecia-, a la vez que proscribió las violencias contra los judíos. Predicó la Cuarta Cruzada (1198), contra Saladino –pero las intrigas venecianas y francesas desviaron la cruzada contra Constantinopla, que fue conquistada en 1204-.
Su nombre permanecerá siempre asociado a los dramáticos acontecimientos de la cruzada albigense, donde las cuestiones ideológicas y morales fueron trágicamente manipuladas en beneficio de intereses políticos. Como sucesor de San Pedro y guía de la Iglesia católica, Inocencio III no podía consentir que un grupo de cristianos se situasen fuera de la ortodoxia y obediencia al Papado, por lo que se convirtió en su máximo deber el regenerar a los hombres descarriados y conducirlos de nuevo al redil católico y asegurarles así su salvación. La divisa que guiará sus actuaciones en Roma será “Paz y Fe ”, que ilustran del concepto soberbio y elevado que tenía Inocencio III de su misión como Papa.
Su reacción frente a un movimiento que rompía la unidad religiosa de la sociedad cristiana, que cuestionaba la autoridad moral de la Iglesia, fue enérgica y temprana, actuando en un doble frente: la vía jurídica y la de disciplina interna . Por la vía jurídica, las acciones se centraron tanto en resoluciones directas contra los herejes (endurecimiento de las penas), como contra aquellos que les daban cobijo y protección (confiscación de bienes). Por la vía interna, el Papa intentó implicar a los cargos eclesiásticos de las diócesis occitanas en su lucha contra la extensión de la herejía; pero en ciudades como Tolosa, Narbona o Carcassona, el conflicto religioso se vivía de otra manera, y los altos cargos de la Iglesia local, todos de familia noble, frecuentemente oscilaban entre la indiferencia, la apatía o la convivencia manifiesta con los seguidores del movimiento cátaro –a veces pertenecientes a la misma familia-. Es por ello que Roma decidió iniciar un proceso de depuración de la jerarquía eclesiástica occitana, con su sustitución por hombres de confianza, con la delicada y difícil misión de conciliar los poderes laicos de la zona para que se unieran a los esfuerzos de Roma para extirpar la herejía; no obstante, sin éxito . Dentro de esta campaña de la Iglesia cobrarán gran protagonismo los miembros del Císter, que servirán de punta de lanza a los designios de Roma en tierras occitanas: imbuidos de una fe combativa, los cistercienses se convertirán en los abanderados de Roma, primero de la cruzada espiritual, y después, de la armada. Pedro de Castelnou, Raúl de Fontfreda, Arnau Amalric, etc. son actores principales en los acontecimientos de la Cruzada albigense.
Hacia 1204, ante la evidencia de los hechos, de los fracasos cosechados, Roma constata que la vía interna es insuficiente y que necesitará apoyarse en los poderes laicos terrenales de la zona: Tolosa queda descartada, por la enorme influencia que el movimiento cátaro mantiene en la ciudad y la corte condal; Francia, la soberana nominal de la zona, como heredera del imperio carolingio, es un poder demasiado alejado, extraño en la zona –y que en aquellos momentos libra su particular pugna contra los ingleses, en tierras aquitanas-; sólo se puede confiar en la Corona de Aragón, como poder garante de la ortodoxia en tierras occitanas.
Y este interés por aquellas tierras también coincide con las aspiraciones de la Corona de Aragón, que lleva más de dos siglos pugnando por implantarse en el territorio, aunando esfuerzos diplomáticos y militares. Ahora, con el respaldo de Roma, se legitimarían las pretensiones hispánicas. Es por ello que las relaciones entre el papa Inocencio III y el rey Pedro II se intensifican, trascendiendo más allá de un simple vínculo genérico –como aquel que unía a todos los soberanos católicos con Roma- y se convierta en una relación vasallática directa . La culminación será la coronación del joven Pedro II de manos del propio Papa; en octubre de 1204 el monarca inicia un espectacular y apoteósico viaje a Roma, con un impresionante séquito; al llegar a la península italiana, es recibido en el puerto de Ostia por el senado romano en pleno, enviado por el pontífice, como homenaje. En la ciudad eterna, Pedro es vitoreado por las calles y recibe el gran honor de hospedarse en el propio palacio papal, a la espera del gran día: el 11 de noviembre de 1204, en una solemne ceremonia, en la basílica de San Pancracio, es coronado por el Papa, recibiendo las insignias y atributos de la realeza -manto, cetro y mitra-. A cambio, el rey jura fidelidad al Papado, entregando todos sus territorios en donación perpetua . Con la coronación en Roma, el rey Pedro consigue una proyección internacional inigualable, y, sin duda, constituye uno de los momentos más importantes de su reinado. De hecho, y si el destino de los acontecimientos no hubiese desatado el torbellino de la cruzada albigense, tanto la coronación en Roma como la victoria en las Navas, hubiesen marcado indudablemente el fluir de su reinado, y habrían constituido, por entidad propia, como los dos paradigmas del legado político del rey Pedro II. Las razones de su coronación en Roma han sido objeto de múltiples conjeturas: desde una pretendidad vanidad real –que corroboraría así la mala fama del monarca-, la búsqueda del reconocimiento y prestigio internacional, la reafirmación del vínculo feudal del Reino de Aragón con el Papado, la cimentación de posibles alianzas internacionales -con el matrimonio entre el emperador Federico II Hohenstaufen y Constanza, hermana de Pedro-…

Coronación del rey Pedro II, el Católico, en Roma

El rey Pedro II buscaba ligarse a la Santa Sede y a su protección –si no militar, si simbólica-; tal y como destaca Alvira Cabrer “el rey se aseguró la amistad de Roma, vio reforzados sus proyectos antimusulmanes y se garantizó el derecho a no ser excomulgado por otra instancia eclesiástica que no fuera el papa, una ventaja menor que, a la larga, tendría un valor inesperado.”
El Papado, por su parte, estaba también interesado en lograr que la Corona de Aragón se erigiese en un firme defensor de la ortodoxia católica: el papa Inocencio III consolidaba su autoridad terrenal, frente al poder imperial alemán, ganaba un nuevo aliado y lograba comprometer a la Corona de Aragón, primera fuerza político-militar en la zona. Hábil jugada tanto del Papa como del rey Pedro, la coronación significará el punto álgido de las relaciones personales y políticas de Inocencio III y Pedro II.

 


- Relaciones con Castilla


Con el reino de Castilla Pedro mantuvo unas relaciones intensas de colaboración y apoyo; en el terreno personal, el rey Pedro II y el rey Alfonso VIII, primos carnales, mantuvieron también una relación cordial. Esto suponía un cambio con respecto de la política seguida por su padre, el rey Alfonso el Trobador, el cual, entre 1189-1190 había abandonado su política de alianza con Alfonso VIII de Castilla, y aproximó posiciones con el reino de Navarra, llegando a consolidar, en 1191, un pacto general con Portugal, León y Navarra, en un frente común que se opusiera al expansionismo castellano. Este acercamiento entre las dos coronas, Aragón y Castilla, puede explicarse por la influencia que la reina madre Sancha ejercía sobre su hijo; no obstante, hay que tener en cuenta que no sólo se puede argumentar esa ayuda en función de los lazos sanguíneos que unían a los dos soberanos, sino a una visión estratégica de las relaciones entre las dos principales coronas hispánicas.
Los dos monarcas eran conscientes de la amenaza almohade, especialmente peligrosa tras la aplastante derrota de Castilla en la batalla de Alarcos (8) (1195); el monarca aragonés no podía obviar que sin la presencia y apoyo de Castilla, más pujante y poderosa que la Corona de Aragón en aquellos momentos, la marea almohade se extendería por el centro de la península, para después atacar el levante español. Así pues, aunque solo fuera por una estrecha visión de supervivencia, las dos coronas estaban predispuestas al entendimiento. Ya al poco tiempo de subir al trono, en 1197, Pedro II organizó una fuerza con la que acompañar a Alfonso VIII de Castilla en una expedición de saqueo de las tierras andalusíes; parece que, ante el avance de un contingente numeroso de tropas musulmanas, preparadas para repeler la agresión, las fuerzas combinadas cristianas se retiraron al castillo de Madrid y después se replegaron a sus territorios, sin trabar combate de importancia.

Batalla de las Navas de Tolosa

 

En los primeros años del siglo XIII, los dos reyes vuelven a reunirse y firman un acuerdo que situaba la frontera entre los dos reinos en la línea Agreda-Tarazona; conseguida la estabilidad entre los dos principales reinos peninsulares, los monarcas acordaron una alianza militar, por la que se comprometían a ayudarse mútuamente frente a terceros agresores, ya fuesen cristianos o musulmanes; específicamente el monarca aragonés se comprometía a ayudar a Alfonso VIII contra los reyes de León y de Navarra. De hecho, la cooperación conjunta entre Castilla y Aragón permitió que el soberano castellano se apoderase de las tierras vascas y de los territorios del sur de Navarra; a la larga, los navarros quedaron reducidos a las tierras entre el Pirineo y el Ebro, y su expansión estaba cortada.
Sin embargo, el principal eje político-estratégico de los monarcas cristianos lo seguía constituyendo la conquista de territorios de al-Andalus. Será con la amenaza de una nueva guerra de conquista de los almohades, que los reinos cristianos de la Península toman conciencia del enorme peligro que les acechaba. Tras tensiones y desconfianzas, los reyes de Aragón, Castilla y Navarra unen sus fuerzas en un cruzada, bendecida y proclamada por la Iglesia de Roma, para conjurar el peligro almohade. Pedro II participó, de manera muy importante (9) , en la batalla de las Navas de Tolosa (16 de julio de 1212), sobre los invasores almohades, formando parte de la gran coalición de soberanos cristianos unidos contra el enemigo común. La derrota musulmana permitiría posteriormente el avance cristiano en la frontera andaluza.

 

- Relaciones con Occitania

La política occitana seguida por Pedro II marcaría tanto su acción de gobierno como su propio destino personal. Tanto los reyes de Aragón como los condes de Barcelona (10) habían manifestado, en defensa de sus propios intereses, objetivos de expansión territorial en tierras occitanas. En el caso de los condes de Barcelona, esta implicación en el espacio occitano, ya desde fechas muy tempranas, se explica por diversos motivos: la proximidad geográfica, su pasado común de territorio visigótico, su pertenencia histórica al reino carolingio, etc.
La expansión contra al-Andalus no estaba reñida con el afianzamiento de las relaciones vasalláticas con la nobleza occitana, la cual, a su vez, fragmentada y constantemente enfrentada, buscaba en los soberanos transpirenaicos la baza que les permitiera fortalecerse frente a los otros nobles vecinos. Es por ello que, a pesar de la imagen idealizada, el territorio de Occitania se vio teñido constantemente de conflictos entre bandos meridionales enfrentados.
Las tierras que constituyen Occitania estaban divididas en diversos condados, vizcondados y señoríos, con unas ciudades prósperas y dotadas de una gran autonomía e independencia. Por su riqueza, constituían un codiciado trofeo para las potencias de la zona; los diversos territorios meridionales gravitaban bajo la influencia de Francia, Inglaterra, el Sacro Imperio y la Corona de Aragón.
En el ámbito económico, la zona ofrecía unas tierras ricas y fértiles, con una gran disponibilidad de tierras llanas y regadas abundantemente; de hecho, los ríos Ródano y Garona se habían transformado en importantes arterias comerciales y vías de comunicación hacia el interior de la Galia. En el terreno cultural, la lírica occitana se había desarrollado de manera extraordinaria, y era el punto de referencia en Europa occidental. Los ideales caballerescos y amatorios que la cultura de los trobadores iban extendiendo marcarían el pensamiento medieval durante generaciones.
La impronta del rey Pedro en el territorio occitano se mantenía pareja con las acciones políticas en otros frentes: zona hispánica, zona mediterránea, frente musulmán, etc. Son diferentes ámbitos de una ambiciosa política expansionista de la Corona de Aragón, que son entretejidas de manera lenta y razonada por el rey Pedro: la acertada combinación de acciones militares localizadas, la política matrimonial y el afianzamiento de alianzas había logrado que la nobleza occitana aceptase su autoridad, en diferentes niveles de intensidad, incluso por parte del condado de Tolosa.
Es más, la intensificación de la política del monarca catalano-aragonés en Occitania, hasta su implicación bélica, sólo se materializará cuando el peligro almohade haya sido conjurado en la batalla de las Navas, y no antes, a pesar que motivos y razones no se tuvieran para actuar. El rey Pedro aparece entonces como un soberano reflexivo, que no entrará en un conflicto hasta no tener controlado otro frente. El delicado tablero occitano obligaba a una cuidadosa estrategia internacional, y Pedro siguió con las líneas heredadas de la Casa de Barcelona, perfeccionadas por su padre Alfonso II.


  • -Murallas de la Citê de Carcassona

En febrero de 1197, en Perpiñan, con motivo de la sanción real de la constitución municipal de la ciudad, se celebra la primera reunión entre el rey y el conde de Tolosa, bajo los auspicios del arzobispo de Narbona -tío del rey Pedro- y del conde de Comminges, constituyendo una toma de contacto entre los dos tradicionales enemigos por la hegemonía occitana. Al año siguiente, el conde de Comminges (11) concierta una nueva entrevista, donde se aproximan posiciones para establecer una alianza entre Aragón y Tolosa (12) . Ese mismo año, la Corona de Aragón alcanza un acuerdo de paz con la república de Génova (13) , que permitirá al rey Pedro tener el flanco marítimo occitano asegurado, libre de posibles ataques corsarios genoveses.
Pedro II avanza en su posicionamiento en el espacio occitano cuando, en 1200, acuerda la boda de su joven hermana Leonor con Raimon VI de Tolosa –casado ya en cuatro ocasiones-: la política matrimonial era la tradicional herramienta que el Casal de Barcelona había utilizado para afianzar su status quo occitano (14) . Desarrollando su propia telaraña de influencias políticas, Pedro formaliza su matrimonio con María de Montpeller (15) , en 1204. La boda le permitió obtener el señorío de esa ciudad y las tierras que la circundaban.
En abril de 1204 se consolida la alianza entre Tolosa y la Corona de Aragón, con el Tratado de Milhau, que supone la firma de un pacto de no agresión y asistencia mutua en caso de guerra entre Aragón, Tolosa y el condado de Provenza; en octubre del año siguiente, se pacta el casamiento del heredero de Tolosa, el futuro Raimon VII – de 9 años de edad- con la princesa Sancha, hija de Pedro II y María de Montpeller –de tan solo un mes de edad-; la prematura muerte de la niña no paralizará estos planes: años más tarde, los dos soberanos acordarán el matrimonio del joven Raimon con otra Sancha, ésta hermana pequeña del rey Pedro II (16) .
El rey Pedro II es muy ambicioso, y en cuestión de política no atiende a sentimentalismos: tras conseguir que su esposa le ceda el control efectivo de la ciudad de Montpeller, intenta repudiarla (1206), alegando motivos de parentesco; su intención es casarse con Maria de Montserrat (17) , la heredera del trono cristiano de Jerusalén (18) . Sin embargo, la revuelta popular de los ciudadanos de Montpeller, indignados por el desprecio que recibía su legítima señora María, arrinconada por el rey, obligan a Pedro a dar marcha atrás en sus propósitos matrimoniales (19) .
A partir de 1209 y de la sangrienta conquista de Bessiers y de Carcassona por los cruzados de Simón de Monfort, decidió implicarse y proteger a los señores del Languedoc.
La historia de la política occitana del rey Pedro y de la corona de Aragón, a partir de 1209, irá ligada a la propia evolución de los acontecimientos de la cruzada contra los cátaros. Los movimientos políticos de Pedro irán conducidos, en un primer momento, a intentar conciliar la cruzada con la permanencia en el poder de sus vasallos occitanos; tras la deposición de los Trencavell, y el giro político de la propia cruzada, de erradicación de la herejía a simple guerra de conquista, Pedro buscará por todos los medios diplomáticos detener la cruzada, incluso a costa de aceptar la implantación de Simón de Monfort y los suyos en los territorios de Carcassona, siempre que se lograra el mantenimiento del resto de señores vasallos de la corona de Aragón (Foix, Bearn, etc) y la salvaguarda de los intereses dinásticos de la Corona. Sin embargo, los acontecimientos derivados de la decisión papal de mantener la cruzada (mayo de 1213) y el avance cruzado en tierras tolosanas, motivaran la implicación militar directa del rey Pedro en el avispero del conflicto occitano.
Con el objetivo de lograr una victoria militar, el monarca planteó la necesidad de presentar batalla en Muret. Desde esta posición de fuerza, el rey creía que podría obligar a los legados papales a entablar una negociación, y en última instancia, resolver el conflicto occitano.
Su muerte en batalla acabó con cualquier posibilidad de resolución favorable para la Corona de Aragón.
Pedro fue enterrado en el priorato de los caballeros Hospitalarios de Sijena (Huesca), donde también yacía su madre Sancha.
El desastre de Muret significó el fin de la aventura occitana de la Corona de Aragón, la cual, durante la minoría de edad de Jaime I, se sumió en la anarquía, en medio de los conflictos generalizados entre bandos nobiliarios.

 

-Pedro II de Aragón-

 

 

 

 

 

Notas..

1)

Para indicar la fecha de nacimiento, seguimos la obra de Antoni Rovira i Virgili, Història de Catalunya. Otras fuentes indican el nacimiento de Pedro hacia 1174, 1175 o 1178; el lugar de nacimiento también presenta dudas, puesto que tanto Jaca, Huesca y Tarragona se disputan el honor. Respecto de la ordenación del monarca, se opta por seguir la nomenclatura general del reino de Aragón a la hora de nombrar a sus reyes; así, Pedro II de Aragón y I de Cataluña. Volver


2)

La muerte sorprendió, a los 45 años, a Alfonso II en Perpiñán, a donde había acudido con la intención de recabar recursos para mantener su política expansionista. Como dice Ferrán Soldevila, la muerte de Alfonso le sustraía de sus pueblos, tal y como había sucedido con su padre y con su abuelo, en el momento que había alcanzado su madurez política y había dejado atrás los impulsos juveniles. Volver


3)

En la asamblea de Barcelona (1198) el rey tuvo que ceder a las presiones de la nobleza, de quedar exenta del alcance de la jurisdicción de la Paz y Tregua –que permitía al soberano intervenir como árbitro en las causas entre señores y agricultores o en las luchas entre vasallos de un mismo señor-. Esta pretensión fue reafirmada en la siguiente asamblea de Barcelona (1200) y en la de Cervera (1202), donde los nobles consiguieron que la Paz y Tregua se aplicase sólo en las posesiones del rey, dejando a un lado las tierras de los nobles. Volver


4)

En la asamblea de Barcelona (1198) el rey tuvo que ceder a las presiones de la nobleza de quedar exenta del alcance de la jurisdicción de la Paz y Tregua –que permitía al soberano intervenir como árbitro en las causas entre señores y agricultores o en las luchas entre vasallos de un mismo señor-. Esta pretensión fue reafirmada en la siguiente asamblea de Barcelona (1200) y en la de Cervera (1202), donde los nobles consiguieron definitivamente que la Paz y Tregua se aplicase sólo en las posesiones del rey –conocida así como la Tregua del señore Rey-, dejando a un lado las tierras de los nobles. Volver


5)

Pedro II encontró en los ciudadanos a sus aliados naturales frente al poder de los señores feudales; les concedió una protección específica en los Estatutos reales de 1198, convocó cortes plenarias de manera regular e inclusó permitió que en ellas acudiera representantes burgueses. Volver

6)

Según Miret y Sans, en su Itinerario, en estos primeros años el rey Pedro cuenta con la ayuda de su madre, doña Sancha, el conde de Empúries y el vizconde de Cardona. A nivel oficial, los consejeros de Aragón serán los nobles Guillem de Castellazol, Pedro Ladrón y Eximen de Luesia; para Cataluña, los asesores son Pere, sacristán del obispado de Vic, Guillem Durfort y Guillem de la Granada. Volver


7)

Siguiendo a Miret y Sans, en su Itinerario, los consejeros del Pedro en este período son: Miguel de Luesia, García Romeu y Ximén Cornel, para los asuntos de Aragón, y Dalmau de Creixell, Guillem de Cardona y el senescal Guillem Ramón de Montcada, para las cuestiones de Cataluña. Volver

8)

La derrota de Alfonso VIII en Alarcos impulsó al papa Celestino III a urgir a todos los reyes cristianos a unirse frente al enemigo musulmán, resolviendo cuantas rencillas territoriales existiesen, promoviendo la idea de una cruzada que liberase a la Península del peligro de invasión; con la peregrinación del rey Alfonso II a Santiago de Compostela, pareció que la Corona de Aragón se sumaba decididamente al proyecto, pero la muerte del soberano al año siguiente detuvo este impulso vertebrador. Volver

9)

La Crónica de Bernat Desclot describe los acontecimientos de la batalla de las Navas de Tolosa, destacando especialmente la figura del soberano catalana-aragonés, aportando información del desarrollo del combate que no aparece en las crónicas castellanas. Así, Desclot afirma que el rey Pedro, la víspera de la batalla, destacó una fuerza de 300 caballeros y 200 ballesteros a caballo, con la intención de ocupar una posición en la retaguardia del ejército califal almohade. Llegada la jornada del combate, los cristianos cargaron repetidamente contra el ejército musulmán, que aguantó esforzadamente las acometidas cristianas; finalmente, la eficaz utilización de las reservas en el momento adecuado, permitieron doblegar la resistencia musulmana. Es en este momento trascendental de la batalla que Desclot describe como el momento en que las tropas emboscadas catalana-aragonesas entran en acción, desmantelando la retaguardia enemiga y permitiendo la penetración de la caballería cristiana en el campamento califal. Volver


10)

La política catalano-aragonesa con respecto a los territorios occitanos se remontaba a varias generaciones atrás, y se caracterizaba por una combinación de la acción militar, las alianzas matrimoniales y de un intercambio de feudos, aglutinando los diferentes condados occitanos bajo la protección de la Corona aragonesa. En tiempos de Ramón Berenguer IV (1113-1162) se intentó afianzar el dominio en tierras occitanas –con el homenaje de los vizcondados de Bessiers, Albi, Carcassona, Rases, Termenes y Laurages-, pero los enfrentamientos con Tolosa y Navarra no permitieron ir más allá (Guerras Meridionales, de 1148-1162). Alfonso II (1152-1196) mantuvo esa política –unión con Provenza, en 1166-, tejiendo una enmarañada red de alianzas, de cesiones de territorios a cambio del vasallaje de nuevos señores –la cesión de la Vall d’Aran al vizconde de Bearn-, consiguiendo así el vasallaje del conde Foix, del conde de Bearn, del vizconde de Carcassona, del señor de Bigorra y de las ciudades de Narbona y de Nimes. Volver

11)

La constante pugna por la hegemonía en tierras occitanas entre las casas de Aragón y Tolosa permitió que los otros nobles se aprovechasen de la rivalidad en beneficio propio. Así, los conde de Foix, los de Comminges, los de Bearn, etc. se aliarán indistintamente con tolosanos y aragoneses alternativamente, buscando compensaciones territoriales con las que acrecentar sus propios dominios a cambio de su vasallaje. Así, a mediados de la década de 1170 el condado de Tolosa había conseguido la fidelidad de la mayoría de los nobles de la llanura occitana; es en estas circunstancias cuando la capacidad política de Alfonso II se pondrá de relieve, al iniciar una ofensiva diplomática que le ganará el apoyo de los montaraces señores pirenáicos: Bearn, Foix y Bigorra. Una vez consolidada esta posición, el monarca volverá su atención de nuevo hacia la llanura y la costa occitana: en 1179 el vizconde Roger II de Bessiers-Carcassona retornará a la órbita catalano-aragonesa, y con él, buena parte de la nobleza occitana, por lo que Tolosa quedará de nuevo sin apoyos, limitándose a mantener su influencia en la Occitania septentrional y atlántica. Volver


12)

El rey Pedro II tampoco descuida el flanco sur de sus territorios; así, el monarca planea enviar al judío Abenbenist al rey almohade de Marruecos para proponerle una nueva tregua, a punto ya de expirar el armisticio firmado tras la derrota de Alarcos, garantizándose así que sus posesiones peninsulares queden libres de un posible conflicto. Miret y Sans menciona un documento, fechado el dia 2 de febrero de 1200 en el que Pedro II otorga una escritura de confesión de deuda, ante Esteve de Marimon, por importe de 5.000 mazmudines, para sufragar una ambajada a Marruecos. Volver

13)

El 3 de septiembre de 1198 el embajador Ramón de Frexa firma el acuerdo de paz con Génova. Según Miret y Sans, “El rey de Aragón tenía, pues, empeño en conservar y afianzar la amistad con la República genovesa, la que mantenía grandes relaciones con los pueblos de la Provenza marítima y podía causar mucho daño a la influencia y posesiones de la Casa de Barcelona en aquel país.” Volver


14)

Relación de matrimonios de condes catalanes con damas occitanas:
Borrell II - Ledgarda de Roergue (967)
Borrell II – Almeruda de Alvernia (977)
Ramon Borell II – Ermessenda de Carcassona (992)
Ramon Berenguer I – Blanca de Provenza (1051)
Ramon Berenguer I – Almodis de la Marca (1052)
Ramon Berenguer III – Dulce de Provenza (1112)
Pedro II – María de Montpeller (1204)
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15)

María era hija de la princesa bizantina Euxodia Commenos, la exprometida de Alfonso II el Trobador, que tras el rechazo del monarca aragonés, se había casado con Guilhem VIII de Montpeller. María era viuda del vizconde de Marsella, Barral, y posteriormente se había casado con Bernat, conde de Comminges, quien la repudió, alegando parentesco. En 1204 María se casaría con el rey Pedro II. Cuando Pedro II cedió la Vall de Arán al conde Bernat (1198), a cambio de su vasallaje, ¿acaso no establecieron también el divorcio de éste con María de Montpeller, pieza codiciada por el rey Pedro? La posterior repudiación de Bernat contra María y su inmediata boda con Pedro corroborarían esta interesante hipótesis de Miret y Sans, en su Itinerario. Volver


16)

El rey Pedro, como continuador de la obra de su padre y del resto de sus antepasados, anteponía los intereses de la Corona ante cualquier otra consideración, utilizando a sus familiares como piezas de ajedrez en el tablero internacional occitano: casó a su hermana Sancha con Raimon VII, y su otra hermana, Leonor, con el heredero tolosano, el futuro Raimon VIII; prometió a su hijo Jaime a la hija de Simón de Monfort, Amícia, en 12111, pero dos años antes había concertado su matrimonio con la pequeña heredera de la casa de Urgell, Aurembiaix, hija de la condesa viuda de Ermengol de Urgell, la dama Elvira de Subirats. Con los años, los caminos de Jaime y Aurembiaix de Urgell volverán a cruzarse: él, como rey conquistador de un imperio, ella, como condesa y mujer libre que luchará por mantener indepediente su condado: los dos firmarán un contrato de concubinaje, viviendo una apasionada historia de amor que pervivirá durante siglos. Volver

17)

A cambio del prestigio internacional de casarse con la heredera –por lo demás, con un territorio minúsculo-, Pedro se comprometía, según un contrato firmado en Acre por sus embajadores, el 22 de octubre de 1206, a organizar una expedición de socorro a Tierra Santa. Objetivamente, este proyecto puede valorarse como una quimera del joven rey, puesto que no tenía ni los recursos para organizar esa fuerza, ni tampoco tenía margen político de maniobra, puesto que seguía casado. Además, la situación política peninsular había cambiado: la guerra parecía fraguarse en el horizonte, y se aguardabn las amenazas de los musulmanes de Mallorca, Valencia y del norte de África. Volver


18)

La política matrimonial, como medio político, y substituto de la guerra, se mantuvo siempre en la mente del rey Pedro: incluso en el año 1213, en el apogeo del conflicto occitano, planeó el proyecto de boda con una hija del rey de Francia, Felipe II Augusto, con la intención de lograr su mediación en la guerra, o al menos, garantizarse su neutralidad. Volver


19)

Un elemento capital para comprender, no sólo los hechos, sino también las motivaciones del rey Conquistador, a lo largo de su vida, reside en la lectura atenta y desapasionada de su Crónica dels Feits; escrita hacia 1270, en la cima de su poder, el texto -dictado por el monarca, y narrado en primera persona-, el monarca intenta magnificar su persona, y no siempre se ciñe objetivamente a los hechos acaecidos, tan solo si se ajustan a sus propósitos. Así, de su infancia poco sabemos ya sea porque la tradición literaria medieval considerase sin relevancia a la niñez, por considerarla una etapa de transición, o bien porque el monarca se mostrase reacio a contar ciertos pasajes. En su crónica, el rey Jaime explica la peculiar concepción del rey Jaime, como una “emboscada” tendida a su padre, el rey Pedro, que se negaba a mantener relaciones con su esposa María. El rey Jaime se esfuerza en presentar su concepción como un suceso quasi milagroso, bien por su profunda religiosidad y su convencimiento de ser un aunténtico “elegido” divino -idea que ya tomaría cuerpo en los años de custodia y estudio con los Templarios en Monzón- y también por un firme deseo de acreditarse como hijo de su padre, ante el temor de posibles comentarios malintencionados. El mismo rey relata cómo fue su génesis: Pedro II, con la atrayente idea que una joven dama, de él enamorada, quería mantener una cita en un lugar discreto, se dirigió a su encuentro en el pueblecito de Miravall, cercano a Montpeller; supuestamente, la dama era tan vergonzosa que quiso mantener en todo momento su intimidad, por lo que toda la habitación estaba a oscuras, sin ningún resquicio de luz. Tras consumar el acto, de la nada se encendieron luces y aparecieron en la estancia los 12 cónsules de la ciudad, 12 caballeros de reconocida fama y alcurnia, 12 damas de la nobleza, 12 doncellas de probada virtud, 2 notarios y diversos cargos eclesiásticos, que confirmaron y testificaron que el matrimonio había yacido. De este singular -y pudiera ser único acto-, fue concebido el futuro Conquistador; a pesar de este curioso relato, es lógico cuestionarse que Pedro fuera el auténtico padre del futuro rey Jaime; lo más probable es que lo fuera un caballero o noble de la propia corte de María. Volver