En primer lugar, describiremos lo acontecido en la batalla con las palabras del rey Jaime, en su Llibre dels Feits: "Simón de Montfort estaba en Muret, acompañado exactamente de ochocientos a mil hombres de a caballo y nuestro padre vino sobre él cerca de aquel lugar donde él estaba. Y fueron con él, de Aragón: Don Miguel de Luesia, Don Blasco de Alagón, Don Rodrigo Liçana, Don Ladrón, Don Gómez de Luna, Don Miguel de Rada, Don Guillem de Puyo, Don Aznar Pardo y muchos otros de su mesnada y de otros de los cuales no nos podemos recordar. Pero bien recordamos que nos dijeron aquéllos que habían estado y conocían el hecho, de que salvo Don Gómez de Luna, Don Miguel de Rada, Don Aznar Pardo y algunos de su mesnada que murieron, los otros lo abandonaron en la batalla y huyeron. Y fueron, de Cataluña: Dalmau de Creixell, N'Hug de Mataplana, Guillem d'Horta y Berenguer de Castellbisbal; éstos huyeron con los otros. Sin embargo, bien sabemos con certeza, que Don Nuño Sanç y Guillem de Montcada, que fue hijo de Guillem Ramon de Montcada y de na Guilleuma de Castellví, no estuvieron en la batalla, pero enviaron mensajeros al rey diciéndole que los esperara, y el rey no les quiso esperar, y dio la batalla con aquéllos que eran con él. Y aquel día que dio la batalla había yacido con una mujer, ciertamente que Nós oímos decir después que durante el Evangelio no pudo estar derecho, sino que permaneció sentado en su setial mientras que se decía misa.
Y antes de que tuviera lugar la batalla, Simón de Montfort quería ponerse en poder suyo para hacer aquello que el Rey quisiera, y quería avenirse con él; y nuestro padre no lo quiso aceptar. Y cuando el conde Simón y aquellos de dentro vieron eso, hicieron penitencia y recibieron el cuerpo de Jesucristo, y dijeron que más se amaban morir en el campo que en la villa. Y con eso, salieron a combatir todos a una, de golpe. Y aquéllos de la parte del rey no supieron formar las líneas de batalla ni ir juntos, y cada caballero acometía por su lado, y acometían contra las reglas de las armas. Y por la mala ordenación, y por el pecado que tenían en ellos (1) , y también porque de los que estaban a dentro de la plaza no encontraron merced, la batalla tenía que estar perdida. Y aquí murió nuestro padre. Y así siempre lo ha seguido nuestro linaje, en las batallas que ellos han hecho y en las que Nós haremos, que es vencer o morir. Y Nós permanecimos en Carcassona, en poder del conde, porque él nos hacía educar y era señor de aquel sitio".
Muret se encuentra a unos 20 Km al sur de Tolosa, en la confluencia del río Garona con su afluente el Loja. Era una ciudad de tamaño medio, con un perímetro en forma trapezoidal, con una extensión máxima en su eje principal de no más de 500 metros. Cerca de la orilla izquierda del Loja se extiende una llanura limitada, por un lado por el Garona y por el otro, por el terreno ascendente de las colinas de Perramon, situadas a unos dos kilómetros al oeste. La llanura, en invierno, era una zona de marismas, pero en verano, estaba cubierta de hierba, y atravesada por varios arroyuelos de poco caudal. Su superficie llana era ideal para la maniobra de fuerzas de caballería.
La ciudad estaba dividida en tres núcleos diferenciados, de oeste a este: la villa nueva, con su propio recinto amurallado, la villa vieja, alrededor de la iglesia de san Serni y con muralla propia, y el castillo, en un islote separado de la ciudad por un puente levadizo sobre un canal del río Loja en su unión con el Garona; del castillo nacía directamente el camino hacia Tolosa por el nordeste. El castillo contaba con dos torres y una poderosa torre del homenaje, de imponentes dimensiones.
La ciudad contaba con cuatro puertas:


  • • La del camino a Seysses/Tolosa, al norte, que se deslizaba por un terreno prácticamente llano.
    • La del camino de Tolosa, al nordeste, a través del portón de San Serni, y que serpenteaba por la orilla de los meandros del río Garona.
    • La del camino de Fanjaux/Carcassona, al sudeste, que cruzaba el río Garona por un amplio puente de madera, y que desaparecía por la llanura occitana.
    • La del camino de Salas, al sudoeste, que ascendía siguiendo el curso del río Garona.

 

Plano de Muret, según Alvira Cabrer

Pese a su tamaño, la ciudad presentaba importantes dificultades para su conquista. El flanco sur estaba protegido por el río Garona, amplio –más de 120 metros de anchura, frente a Tolosa-, profundo y de fuertes corrientes; un ataque por esta zona necesitaba del asalto al puente de madera y de su puerta, en una zona donde apenas había espacio para maniobrar entre la muralla y el cauce del río. El asalto por el castillo también implicaba riesgos: cruzar primero el canal y su puente, lanzarse a la toma del islote del castillo, para después avanzar hasta el puente levadizo que unía el castillo con la ciudad vieja. El norte y el oeste mostraban unos accesos relativamente practicables: el río Loja no era tan caudaloso, tenía una anchura media de unos 10 metros, y con unas escarpaduras de unos 3-5 metros. Una vez cruzado, y a poniente de la ciudad nueva se abría una faja de tierra de unos trescientos metros, entre el río Loja y el Garona, espacio suficiente para la maniobra de la infantería y los trabajos de asedio. Por el contrario, en esa zona, las defensas de de Muret contaban con una sólida muralla, con varias torres y un amplio foso.
En la batalla de Muret los bandos enfrentados consistieron una coalición de fuerzas hispano-occitanas contra fuerzas de voluntarios cruzados. La coalición estaba formada por la Corona de Aragón, el condado de Tolosa y los principales nobles feudales transpirenáicos, que se encontraban ligados a los dos primeros por razones feudo-vasalláticas. Los principales jefes aliados eran el rey Pedro II de Aragón, el conde Raimon VI de Tolosa, el conde Roger Bernat de Foix, el conde Bernat IV de Comminges, y el vizconde Gaston VI de Bearn. Por el otro bando, los cruzados se encontraban liderados por Simón de Monfort, a pesar que, nominalmente, el legado papal Arnau Amalric era el jefe político y espiritual de la cruzada.

Muret en la actualidad; la señal verde indica el lugar de salida de las fuerzas cruzadas, el círculo rojo, el campo de batalla, y el rectángulo azul el lugar del campamento hispano-occitano.

En la batalla de Muret los bandos enfrentados consistieron una coalición de fuerzas hispano-occitanas contra fuerzas de voluntarios cruzados. La coalición estaba formada por la Corona de Aragón, el condado de Tolosa y los principales nobles feudales transpirenáicos, que se encontraban ligados a los dos primeros por razones feudo-vasalláticas. Los principales jefes aliados eran el rey Pedro II de Aragón, el conde Raimon VI de Tolosa, el conde Roger Bernat de Foix, el conde Bernat IV de Comminges, y el vizconde Gaston VI de Bearn. Por el otro bando, los cruzados se encontraban liderados por Simón de Monfort, a pesar que, nominalmente, el legado papal Arnau Amalric era el jefe político y espiritual de la cruzada.
Respecto del tamaño de los ejércitos que participaron en la batalla, y de igual manera que sucedía con las fuerzas reunidas para la cruzada de 1209, se han barajado cifras muy elevadas para los contendientes (2) de Muret; pero estas ingentes cifras parecen no tener en cuenta la propia demografía de la época, las condiciones de reclutamiento y servicio, y especialmente, los problemas logísticos y de abastecimiento. Las fuerzas combinadas de tolosanos y aragoneses podían ascender, a lo sumo, alrededor de 12.000 hombres (3) :


• 800 guerreros a caballo catalano-aragoneses.
• 1.000-2.000 guerreros a caballo occitanos, gascones y mercenarios.
• 5.000 a 10.000 peones de infantería, en su mayoría milicias ciudadanas de Tolosa, Montauban y sus alrededores (4) .
• A estas cifras hay que añadir un contigente de unos 200 caballeros y 400 hombres a caballo, a las órdenes de Nuño Sanç y Guillem de Montcada, que cruzaban los Pirineos para unirse al rey Pedro en la ciudad de Tolosa; sin embargo, estos refuerzos estaban todavía lejos del escenario de Muret: la víspera de la batalla se situaban cerca de Carbona (5) , siguiendo el camino de la costa, a más de 170 Km de Muret. Recorrer esta distancia que les separaba del rey implicaba varios días de marcha: en una jornada media, de unas 8 horas de marcha, el caballo se desplaza a una velocidad media de 8 a 10 km/h.


No hay duda que este heterogéneo ejército, a pesar de su número, no formaba una masa compacta, ni en experiencia ni en fiabilidad. Los caballeros catalano-aragoneses contaban en su mayoría con la experiencia adquirida el año anterior en las Navas de Tolosa, pero en cuanto a las huestes occitanas, no se podía decir los mismo: sólo se podría confiar en la profesionalidad de los pequeños contingentes de tropas personales de los nobles occitanos –especialmente de los hombres de Foix-, y la calidad de la milicia de infantería era a todas luces cuestionable para sostener no ya un prolongado asedio, y mucho menos una batalla campal.
Respecto del tamaño del ejército cruzado, todos los historiadores contemporáneos coinciden en indicar que su fuerza era muy inferior respecto del contingente hispano-occitano. Ello se debía a las especiales características del servicio militar en el bando cruzado: excepto por un núcleo de fuerzas personales feudales de Monfort y sus nobles, el resto del ejército se componía de voluntarios que se enrolaban por un período determinado de campaña, tras el cual podían regresar a sus hogares con la indulgencia papal. Puesto que a lo largo del año 1213 –y gracias a los esfuerzos diplomáticos del rey Pedro-, el apoyo de Roma a la guerra en Occitania había disminuido hasta el punto extremo que incluso se llegó a plantear el cese definitivo de las hostilidades, los contingentes militares cruzados eran significativamente menores que en las campañas anteriores: se ha barajado la cifra aproximada de unas fuerzas totales de 1.000-1.200 hombres a caballo y alrededor de 1.500-2.000 infantes y arqueros (6) en todo el territorio occitano ocupado por los cruzados. Las noticias y rumores que recorrían el territorio informando de la llegada del ejército hispano del rey Pedro habían motivado que Monfort, para mantener el control de la población ocupada, destinase a buena parte de su ejército a tareas de guarnición, a la espera de la identificación del punto de invasión. Al no haber podido contar con los refuerzos habituales de la campaña de primavera, Monfort no disponía de ninguna fuerza de maniobra de envergadura con la que oponerse al avance del rey. Es por ello que el conde tuvo que arriesgarse, para poder socorrer a la guarnición de Muret, a despojar a sus otras fortalezas de la mayoría de las respectivas guarniciones, dejando sólo en cada una de ellas una fuerza mínima. Recurriendo a esta drástica medida, parece que pudo reunir para su fuerza de socorro a unos 700-800 jinetes y unos centenares de peones.
Independientemente de la cifra real de fuerzas cruzadas presentes en Muret, de lo que no cabe duda es que Monfort se encontraría en inferioridad numérica; de ello se encargaron de propagarlo los cronistas procruzados. No hay que olvidar que las fuentes de la época intentaban glorificar la hazaña de los cruzados, hasta alcanzar un simbolismo cuasi divino; por ello las fuentes habrían mantenido sus cifras expresamente a la baja. A pesar de su inferioridad numérica, Monfort era consciente que sus tropas tenían mayor experiencia de combate que sus oponentes.

 
Mapa de la campiña tolosana

No en vano, el núcleo principal de sus fuerzas residía en las tropas veteranas de la campaña de 1209, en aquellos voluntarios que habían permanecido con él desde los primeros días de la lucha, que preferían la nueva vida de riquezas –y muerte- en tierras occitanas; muchos ellos, además, poseían la experiencia bélica previa de la guerra en Tierra Santa y de la guerra de Normandía. Pero Monfort, profundo devoto y experto conocedor de la mentalidad de su tiempo, tampoco descudió la moral de sus guerreros: convocó a los obispos de Tolosa, Carcassona, Nîmes, Uzes, Lodéve, Agde y Besiers, a los abades de Clairac, Vilamagna y Saint-Thibéry y al legado Arnau Amalric, con la intención que les acompañaran en la expedición. Monfort sabía que de aquella campaña sólo podía salir un vencedor, y estaba dispuesto a contar con la ayuda divina.
Al día siguiente Monfort y sus tropas entraron en la ciudad asediada. Para los cruzados, aquello podía significar un alivio momentáneo, pero visto en perspectiva, no se trataba más que de una ratonera ideada por el rey Pedro; dentro de la villa, Monfort evaluó la situación: sus tropas sumaban unos 800 jinetes y alrededor de 700 soldados de infantería, y los víveres escaseaban. Para un experto jefe militar como él no podía pasar desapercibido que no se podría soportar un asedio; la encrucijada tenía dos únicos caminos: combatir al día siguiente, contra un ejército muy superior, o el deshonor de una retirada. Simón de Monfort, tras conversar con sus oficiales, y de conversar con sus curtidos veteranos, se reunió con los legados, solicitándoles permiso para entablar batalla al día siguiente. Los eclesiásticos se pronunciaron negativamente. El conde se retiró a sus aposentos y pasó la noche en vigilia, orando junto a su confesor (7).

Sarjeant francés, de finales siglo XII.

Pero los obispos, a pesar de la tranquilidad aparente de Monfort, de sus palabras de confianza en la victoria, seguían sumidos en una creciente desesperación, y decidieron enviar una embajada de dos sacerdotes al campo hispano-occitano, para rogar que el rey abandonara a los enemigos de Dios. Los emisarios salieron al alba de la villa de Muret y lo hicieron descalzos, en señal de humildad. El rey se negó a recibirles. A lo largo de aquellas horas, los obispos enviaron hasta 3 embajadas, sin nigún resultado satisfactorio.
En el bando hispano-occitano, la actividad se inició a primera hora de la mañana: tras oír misa, el rey Pedro convocó un consejo de guerra, con la presencia de los principales barones y capitanes del ejército. El soberano inicia su parlamento dando ánimos a sus hombres, exhortándoles a que mostraran la misma audacia que les había valido la gloria en las Navas de Tolosa un año antes; invitó a cada caballero a distinguirse por su valentía en el campo de batalla y cedió la palabra a aquel que quisiese intervenir (8) . El conde Raimon VI, el hombre de más edad de los presentes –y también, no hay que olvidarlo, se trataba de un enemigo tradicional de la Corona aragonesa en Occitania, si bien reciente aliado-, conocedor de la falta de experiencia de las tropas tolosanas, deseaba evitar una batalla campal: proponía fortificar el campamento con una línea de empalizadas, tal y como había hecho en Castelnou d’Arri (1211), y repeler a los cruzados con ballestas, si intentaban forzar el asalto del campamento; de esta manera se podrían contener los ataques enemigos, manteniendo a las fuerzas de caballería en reserva para lanzar prestos un contraataque una vez desgatada la ofensiva cruzada. En el supuesto que los cruzados no atacasen el campamento, el conde proponía proseguir con el asedio.
Pero estas propuestas contradecían frontalmente los planes del rey Pedro: éste tenía ya en mente en presentar batalla, considerando que en Muret no solamente se tenía que derrotar al enemigo, sino también conseguir la paz, pero desde una posición de fuerza. Y eso sólo se puede conseguir con la victoria en un campo de batalla, no venciendo tras un asedio. Toda la Cristiandad ha de ver cómo el rey de Aragón derrota a Monfort en buena lid. El rey es consciente de las enormes posibilidades políticas que se abren con la derrota de Monfort en el campo de batalla. Nadie duda de la ortodoxia del rey Católico, quien ha ganado fama internacional tras la batalla de las Navas, pero su apoyo a los barones occitanos, excomulgados por Roma, plantea una cuestión religiosa y moral de difícil resolución; es por ello que, venciendo a Monfort, y dentro del racionamiento medieval, la derrota de los cruzados mostrará a todos que la Verdad no está de parte de Monfort y los suyos, sino que éste se ha excedido y abusado de sus prerrogativas, y no se comporta como un buen cristiano ni como caballero: por un lado, se ha valido de la Iglesia y de la idea de santa cruzada para atacar a otros católicos y despojarles de sus tierras; por otro, se ha alzado en armas contra su señor feudal el rey de Aragón. La lógica feudal, pues, obliga a que el conflicto se dirima en una batalla campal. El rey, muy hábilmente, plantea el conflicto en un plano personal: quiere vencer a Monfort, no derrotar a Roma.
La victoria sobre el ejército cruzado a manos de un rey con el prestigio de Pedro II, permitiría a éste negociar directamente con el Papado la posibilidad de una paz negociada; no es difícil imaginar cuáles serían las condiciones del armisticio: a cambio de establecer medidas políticas y religiosas efectivas contra los cátaros, la retirada de todo apoyo feudal a la herejía y el restablecimiento de la supremacía eclesial romana, Pedro II exigiría a cambio la restitución de las tierras y posesiones a sus legítimos propietarios, la desmovilización del ejército cruzado y el encarcelamiento del noble rebelde Simón de Monfort –el cual, en sentido estricto, se había alzado en armas contra su señor feudal, el rey Pedro-.
Pero no hay que olvidar que las crónicas prooccitanas que nos relatan el consejo de guerra –Canzó de la Crozada y la Crónica de Guilhem de Puylaurens- fueron escritas más de dos décadas posteriores a los sucesos, y en ellas hay una intención manifiesta en destacar el papel que juega la casa de Tolosa en el conflicto occitano (9) ; de ahí el papel relevante que se pretende asignar al conde Raimon: con el recuerdo de la derrota de Muret, y para ensalzar a los condes de Tolosa, en éstos relatos se pone de relieve la prudencia de Raimon, frente a la irreflexiva gallardía del rey Pedro. Los cronistas, pues, no entran a reflexionar las motivaciones del rey, sino sólo transmiten lo anecdótico: la disputa entre los dos líderes. El rey Pedro, al rechazar de plano la propuesta del conde Raimon, sólo logra enemistarse con él: Raimon se retirará a su tienda, de las crónicas se desprende que apenas participó en los acontecimientos posteriores de la batalla. El alférez real, Miguel de Luesia, lanzó un furibundo ataque verbal al conde de Tolosa (10) que, lejos de corresponderse a un exaltado ideal caballeresco, podrían responder al recelo que él mismo como caballero, el rey Pedro y los suyos mantenían respecto de los tolosanos:


a) Durante generaciones habían sido los tradicionales enemigos de la Casa de Aragón en la pugna por la supremacía en esas tierras meridionales, y que sólo ahora, bajo la extrema presión de los cruzados, habían accedido a la pleitesía y protección de Aragón (11) .
b) La estrategia dubitativa y contemporizadora de los condes de Tolosa frente a la agresión de la Cruzada; en un primer momento, el conde Raimon intentó unirse a los cruzados y desviar el ataque hacia el vizcondado de los Trencavell, súbditos de Pedro II; posteriormente, sus reiterados intentos de llegar a una solución negociada y evitar la conquista de sus tierras. Pero además, todos los meridionales y los catalano-aragoneses conocían perfectamente la actitud que había mostrado el conde en la batalla de Castelnou d’Arri, cuando el conde de Foix se alzaba con la victoria frente a Monfort, lejos de apoyarle, guardó una postura defensiva que permitió a los cruzados contraatacar y alzarse con la victoria.
c) El conde de Tolosa usaba su condición de noble para imponer su consejo por encima de la veteranía de guerreros experimentados. En aquella época no existía una cadena de mando permanente y el ejercicio del liderazgo de una hueste medieval frecuentemente no provenía de la experiencia de combate si no del linaje, pero se aceptaba la voz de los jefes militares curtidos, aunque no perteneciesen a grandes casa nobiliarias; la propuesta de Raimon VI chocaba de plano con las ideas del rey, pero éste no podía manifestarse abiertamente contra los consejos de su recién aliado, por lo que, en boca de su amigo de Luesia, exponía la postura de los que contaban con la experiencia adquirida en los últimos años junto a Pedro, y especialmente con el recuerdo de la jornada de las Navas. Así, frente a la opinión del tolosano, de resguardarse tras los parapetos del campamento, Luesia aspiraba a sacar todo el partido de la superioridad táctica de los meridionales en una batalla campal, que indudablemente se ofrecía difícil, pero no imposible.


Y a pesar de todo ello, la táctica de Raimon VI de Tolosa ha sido valorada positivamente por los historiadores –tanto por los coetáneos del momento como por nuestros contemporáneos- y es calificada como brillante. Soldevila va más allá y argumenta que la mentalidad burguesa y culta del conde de Tolosa se pone de relieve con esta táctica y, de hecho, de seguir sus consejos, la batalla –y por ende, la guerra, la cruzada y el destino de Occitania y Cataluña- hubieran sido totalmente diferentes.
Esta apreciación no puede ser aceptada tácticamente; en primer lugar, resulta ilógico pensar que el pensamiento burgués y mercantil de los meridionales pudiera crear y materializarse en una doctrina militar superior a la de los caballeros –del norte o de más allá de los Pirineos-, curtidos en años de experiencia en los campos de batalla de Normandía, Aquitania, Flandes y Tierra Santa; en segundo lugar, el repliegue hacia el campamento aliado otorgaba a Simón la iniciativa táctica –y estratégica- de la campaña de 1213; en tercer lugar, no permitía una conclusión de la guerra, y posponía la resolución del conflicto, con el riesgo de la intervención oficial francesa.
Como prueba de la limitada capacidad táctica del conde tolosano encontramos el hecho de basar, justamente, su estrategia de batalla en la suposición que Monfort se lanzaría al ataque sobre el campamento aliado –que, recordemos, albergaba a una fuerza de unos 10.000 soldados-, en lugar de plantear una batalla campal o retirarse. Imaginar que el líder cruzado lanzaría su escaso millar de hombres, contra una fuerza diez veces superior, con todas las vías de salida constantemente vigiladas, en campo abierto, tras vadear un caudaloso río, puede resultar un ejercicio de fe, más que de la razón. De hecho, el propio Monfort decía que si no podía atraer al enemigo fuera de sus tiendas, tendrían que retirarse. Se pone, pues, de relieve, que la táctica de Tolosa era totalmente errónea, aunque muchos en la actualidad crean justo lo contrario. Salve decir que, salvo en pocas excepciones, una defensa exclusivamente estática nunca puede conceder la victoria a un ejército: la línea Maginot, la muralla del Atlántico, la línea Sigfrido, las barreras de arena en el Canal de Suez, las defensas del desierto en la Guerra del Golfo, etc. son ejemplos de defensas “inexpugnables” que fueron rebasadas y conquistadas. Este razonamiento, pues, tan alejado no ya de los ideales caballerescos que podía hacer gala el rey Pedro II, sino de las más elementales consideraciones tácticas –que sí habían sido consideradas por el monarca- revela la causa por la cual la guerra había sido, hasta aquel momento, tan desfavorable para el bando occitano: sin un liderazgo fuerte, respetado y experimentado en cuestiones políticas y militares, los meridionales habían sido derrotados uno a uno por un ejército inferior en número.

Caballero desmontado occitano, de finales siglo XII.

Además, el conde de Tolosa pretendía el uso de la ballesta para contrarrestar una carga de caballeros cruzados. Hay que tener en cuenta que el empleo de la ballesta estaba repudiado por los usos militares de la época, al menos en teoría: la ballesta era considerada un artefacto para cobardes. Según el estricto código de honor de los caballeros medievales, las armas “nobles” eran la lanza, la espada, el hacha, la maza y la daga, armas de honor, directas y personales.
Pero el empleo de armas arrojadizas era considerado como un acto vil, propio de los peones. Es por ello que la aristocracia sentía un profundo desprecio –y terror (12) - por el arma propulsada a distancia, puesto que el impacto del virote de la ballesta traspasaba las cotas de malla.
Para un noble, entrenado desde la infancia en el arte de la guerra, protegido con un costosísimo armamento defensivo, era intolerable la posibilidad de ser vencido o muerto no por un igual sino por un plebeyo escasamente adiestrado, cobarde por definición (13) y desde una distancia tal que era imposible la mera defensa. La muerte acechaba ahora no en el campo de batalla, en un combate singular, sino en cualquier escaramuza, al doblar un recodo del camino, una muerte anónima, sin gloria. Este tipo de muerte, anónima, sin gloria, rompía la concepción moral de la época, y podía alterar el orden social establecido; es por ello que el II concilio de Letrán (1139) prohibió el empleo de la destreza mortífera de arqueros y ballesteros pero, eso sí, sólo contra otros cristianos. Paradójicamente, y en aras a una mayor efectividad militar, estas prohibiciones eclesiásticas serían ignoradas desde un principio por buena parte de los nobles feudales.

Ballestero de la milicia tolosana, montando su arma

Es por ello que, pensar que, dentro del contexto de aquellos momentos, plantear una batalla en base al empleo de la ballesta, en manos de fuerzas “herejes” contra caballeros cruzados, además de estar parapetados detrás de fortificaciones, en lugar de entablar batalla campal, representaba una afrenta, no solo para el código de honor y moral de los caballeros, sino que iba más allá, y cualquier victoria así obtenida no podía esperar la aprobación ni el prestigio necesario como para ser determinante en el conflicto ni a escala internacional.
Sin duda, la postura de Raimon de Tolosa podría corresponder más a la apreciación de las debilidades de su caballería y de la escasa preparación y armamento de las milicias y peones tolosanos que les acompañaban. Es por ello que el conde buscaría la protección del campamento, no tanto por un concepción táctica más avanzada, si no por el hecho de no sucumbir en una batalla trascendental, sin las debidas garantías de victoria. Es desde este razonamiento que la posición de Raimon VI se podría considerar como aceptable.
Existen, pues, dos claras visiones del conflicto: el conde Raimon cree que venciendo a Monfort en combate, la guerra se resolverá favorablemente y la situación internacional puede volver al status quo existente en 1209. Por su parte, el rey Pedro confía en que la derrota de Monfort, en batalla campal, sirva para que los legados y Roma accedan a resolver el conflicto de manera negociada.
Una estratagema defensiva quizás habría dado la victoria en Muret (14) , pero no habría significado el fin de la guerra –si al menos, de la campaña de 1213-: el Papa Inocencio III habría redoblado esfuerzos y Francia podría intervenir directamente – si se prescinde de la amenaza que sufría la monarquía francesa, también en aquellos momentos, provenientes del Imperio y de Inglaterra, sucesos que alcanzarían su cénit en 1214, con la batalla de Bouvines-.
Tras el incidente con el conde, el monarca acuerda con sus barones levantar la reunión, y los guerreros se preparan para el combate. Finalizado el consejo de guerra, las crónicas retoman la acción del combate: fuerzas de infantería meridionales avanzan hacia las murallas, y toman la parte nueva de la ciudad. En el bando cruzado hay enorme preocupación ante el avance occitano: los prelados esperan todavía que el rey Pedro escuche sus súplicas y no prosiga el combate, y es por ello que se niegan a autorizar el combate hasta que no se conociesen las nuevas del rey. Pero Monfort, al igual que Pedro II, sabe que se trata del combate definitivo, y así plantea a los legados la necesidad de entablar batalla, ante la contundencia de los asaltos de la infantería enemiga a las murallas de la ciudad. Los obispos ceden.
En una reunión con sus lugartenientes, Monfort expone su plan de batalla, meditado tras horas de estudio de la situación; la valoración de la situación que hace el jefe de los cruzados expresa la necesidad de arriesgarse a una batalla en campo abierto, o sinó, serán aniquilados. Monfort dirá: «Si no podemos hacer que se alejen un buen trecho de sus tiendas, no nos quedará más remedio que correr (15) ». Tras el consejo guerra (16) , Monfort ordena que las tropas formen en la plaza del mercado, en el lado suroeste de la ciudad, a la espera de sus instrucciones. Antes de armarse, se detiene brevemente en la capilla del castillo para orar: de nuevo aparece la profunda religiosidad del líder cruzado, en contraposición con la ausencia de liturgias católicas en el ejército del rey Pedro.
Son muchos los historiadores que han tratado la batalla de Muret, aportando luces –y sombras- al debate sobre los acontecimientos que se desarrollaron en aquel lejano 12 de septiembre de 1213. Sin embargo, si comparamos las hipótesis planteadas por los principales especialistas en la materia (17) se pueden establecer cuáles son los elementos comunes en las diferentes teorías y también cuáles son aquellos elementos en los que existe la discordia.

Caballero cruzado desmontado, con armadura de influencia bizantina, de finales siglo XII

Podemos avanzar que las cinco teorías existentes se agrupan, bajo diferentes matices, en aquellas que plantean una batalla desarrollada en dirección Este-Oeste –salida de las fuerzas cruzadas por la puerta de Salas, rodeo de la muralla y paso por el puente de san Serni- y aquellas otras hipótesis que lo sitúan en un eje de ataque Sur-Norte –salida por la puerta de Salas, avance por la orilla del Loja y un posterior cruce por un vado-. En todas ellas –excepto en la versión de F.X.Hernández-, se destaca que las fuerzas hispano-occitanas estaban previamente formadas para la batalla.
La falta de precisión sobre el orden de combate aliado en las fuentes hispano-occitanas podría responder a una falta de información, pero también podría responder a una deliberada ocultación para no mancillar el honor de alguno de los participantes; todo parece indicar que sería la figura del conde Raimon de Tolosa la que se querría proteger: el parlamento ante el rey, su táctica “razonable” expuesta con claridad, rechazada por el rey, etc. pero, significativamente, se guardaría silencio sobre su protagonismo en la acción bélica. De hecho, los historiadores solo pueden establecer conjeturas acerca de si tomó parte o no en la batalla.
La idea general transmitida es que el rey actuó como un caballero impulsivo y optó por la batalla campal, persiguiendo su ambición de gloria y fama, sin valorar las consecuencias, cediendo la ventaja táctica al acorralado Simón de Monfort. De hecho, en un momento en que la literatura medieval se recreaba en historias caballerescas, no podía concebirse imagen más sublime que la de un rey a la cabeza de sus huestes. (18) Así se nos ha transmitido la imagen, por ejemplo, de la actuación personal de los tres monarcas en la batalla de las Navas, que fue fundamental para la victoria cristiana; los reyes de Navarra, Aragón y Castilla se lanzaron al combate, en el momento más delicado de la batalla, con la intención de motivar a sus hombres, prescindiendo de ocupar un puesto seguro en retaguardia, tal y como aconsejaba la prudencia militar. El planteamiento del rey Pedro II de una batalla campal no puede valorarse a la ligera, como una falta de responsabilidad del monarca, optando por una insegura confrontación campal y rechazando de plano la segura –y, siguiendo este planteamiento, exitosa- opción de la defensa del campamento.
El rey Pedro contaba con una dilata experiencia de combate, tanto en guerra de asedio, como en cabalgadas, pero también en batallas. Su concurso en las Navas de Tolosa tuvo que representar un enorme bagaje y fuente de conocimientos para el rey y el resto de sus tropas. El soberano era consciente de la heterogeneidad de sus fuerzas, de la calidad de los caballeros que formaban en su ejército; falto de la experiencia y potencia de los caballeros de las órdenes militares, sólo podía confiar realmente en su hueste catalano-aragonesa y en las fuerzas del conde de Foix.
Es por ello que, basándose en las lecciones aprendidas a lo largo de su carrera militar, Pedro II planificó el siguiente despliegue táctico:


• El lugar de batalla tendría que ser forzosamente la llanura del norte de Muret, al otro lado del río Loja, y no en la zona del oeste de Muret, en el triángulo de tierra formada entre el Garona, el Loja y la ciudad. El rey había elegido muy hábilmente este escenario: obligará a salir a campo abierto a los cruzados, pero previamente deberán cruzar el río Loja, por lo que sus filas quedarían desorganizadas antes de entrar en combate; además, la elección de ese emplazamiento provocará que Monfort combata de espaldas al río Loja, encerrado por el Garona por su derecha, y lejos del apoyo de la guarnición de la ciudad, sin apenas posibilidad de garantizar una ruta de retirada segura.
• En vanguardia, para ralentizar la carga cruzada, los caballeros de Foix y un numeroso grupo de caballeros catalanes. Los primeros tenían experiencia de combate, especialmente en la batalla de Castelnou d’Arri; los segundos, de la campaña de las Navas. La elección como jefe en el conde de Foix (19) era obvia, tras su destacado papel a lo largo de toda la guerra. No hay que olvidar que en las campañas de la Reconquista, acciones en las que Pedro estaba versado, la punta de lanza de las fuerzas cristianas, su élite guerrera, residía en las órdenes militares (20) y en los voluntarios cruzados europeos; en las Navas de Tolosa se había contado con la decidida carga de los monjes-guerreros para romper el frente enemigo: la infantería y caballería ligeras almohades –a pesar de su ingente número- habían cedido, y se había llegado al contacto decisivo contra las tropas regulares almohades (21) . Es por ello que sabía de sobras lo difícil que era poder repeler el impacto de una carga de caballería pesada como la cruzada, de ahí el despliegue de los dos grupos de caballeros; confiaba, además, que los jinetes catalanes podrían dar mayor cohesión a los meridionales y amortiguar el impacto de los cruzados. Las fuerzas de este primer cuerpo, barajando las cifras aportadas por las diferentes fuentes, serían de unos 400 guerreros a caballo occitanos y unos 200 catalanes, entre caballeros, y escuderos.
• El centro, comandado por el propio rey Pedro (22) . En este grupo formaban junto al rey, los componentes de la mesnada real (23) y el resto de caballeros y guerreros a caballo catalano-aragoneses: junto a los veteranos de las Navas (24) formarían los nuevos caballeros y sus servidores. Juntos podían constituir un núcleo de caballería pesada capaz de oponerse a la fuerza de los cruzados, que, en teoría, tendría que estar debilitada al traspasar las líneas de los caballeros de Foix y los catalanes. Las tropas de esta batalla podían sumar alrededor de 300 guerreros a caballo. (25)
• El esquema básico de un despliegue táctico plenomedieval incluía un tercer cuerpo, en retaguardia. Pedro había comprobado en las Navas la necesidad de tener una reserva, descansada y preparada para cargar, lista para el golpe definitivo. Ello induce a pensar que en Muret también debería existir un cuerpo con esa finalidad. Aunque Pedro no confiase en los tolosanos, debía contar con ellos ante una eventualidad. Es por ello que lo más pausible fuera destacar al conde de Comminges, noble de su confianza, al frente de este tercer contingente de tropas.
Sin embargo, el papel de Raimon VI y de sus tropas continúa siendo una incógnita. La visión tradicional de la batalla indica que el conde mandaba la retaguardia del ejército hispano-occitano, y que tras conocer la notícia de la muerte del rey, y ante la desbandada generalizada de las tropas, viéndolo todo ya perdido, se retiró con sus hombres. Pero conviene detenernos en analizar estos presupuestos, para poder arrojar algo de luz ante aquellos acontecimientos. El rey debió de considerar largamente la posición del conde Raimon: la discusión en la tienda de mando, la experiencia bélica del tolosano, la tradicional enemistad y rivalidad política, hacían de Raimon un aliado inestable, y militarmente incapaz para dirigir una posición táctica de relevancia, a pesar que los tolosanos constituían la principal fuerza de caballería del contingente aliado –más de la mitad de las fuerzas presentes- y la espina dorsal de las fuerzas de infantería. Tenía que compaginar por un lado, el respeto hacia el rango del conde de Tolosa, y por otro lado, garantizar que su papel y el apoyo de sus tropas fuera realmente útil.
Algunas fuentes cuestionan que existiese un cuerpo de reserva del ejército meridional, y mucho menos que este cuerpo estuviera comandado por el conde de Tolosa: se deduce que él lo mandaba por el simple hecho que la mayoría de fuentes lo omiten del orden de batalla meridional. Ante esto, se plantean varias hipótesis:
1. El conde de Tolosa, tras la negativa del rey a establecer una defensa estática contra los cruzados, se retira con sus tropas, o permanece inactivo en el campamento, sin la intención de formar en el plan de batalla. Esta hipótesis permitiría explicar el silencio de las fuentes sobre la ausencia e inactividad del conde y sus tropas, y el deseo de otorgarle protagonismo en las deliberaciones previas de la batalla. Además, y en ello es especialmente significativo, justificaría el por qué el rey Pedro se situaría en el segundo cuerpo de batalla, en lugar de la tradicional posición de la retaguardia (26) .


2. Otra hipótesis, partiendo de la misma argumentación anterior, indicaría que el rey Pedro, consciente de la poca predisposición del conde –y quizás de la calidad de sus caballeros- lo sitúa en retaguardia, con la doble misión de constituir la reserva y de protección del campo aliado. Sin embargo, esta explicación no arrojaría ninguna luz sobre la inactividad del conde, que, simplemente, se limitó a contemplar cómo los cruzados traspasaban la primera línea meridional, alcanzaban la hueste del rey Pedro y acababan con ellos. Es demasiado simplista considerar que el conde no hizo nada, ni tan siquiera envió refuerzos cuando los cruzados entraron en contacto con las unidades aragonesas.
3. Por último, se podría considerar la posibilidad que el conde formara parte del orden de batalla aliado, y que realmente actuase en la batalla, pero por alguna razón, las fuentes no informasen al respecto. Quizás se debiera a que tal actuación no fuese ni brillante ni decidida, justificando que en las crónicas no figurase. Ya se ha comentado con anterioridad como la información disponible se encuentra tanto muy limitada como muy sesgada, especialmente desde el punto de vista francés. De hecho, y teniendo en cuenta cómo la monarquía francesa se anexionó los territorios del condado de Tolosa, se pudiera justificar que los cronistas procruzados y franceses intentaron dar una visión de la batalla en la cual los tolosanos –súbditos, ahora ya, del rey de Francia- aparecían como actores secundarios de los acontecimientos, evitando recordar que en aquella época habían decidido apoyar a la Corona de Aragón, en su lucha por preservar su soberanía frente a los cruzados franceses.
Pero, a la luz de los acontecimientos anteriormente descritos, la explicación dada por Delpech sería la que más se aproximaría a la realidad: Raimon VI no combatió por razones políticas; dolido y humillado por los comentarios aragoneses, y por su falta de carisma, Raimon VI se retiró con parte de sus tropas hacia el interior del campamento. La negativa del conde habría constituido un nuevo argumento de peso a las razones del rey a situarse en la segunda línea de combate: de hecho, no le quedaría más remedio que situarse en esa posición si quería mantener el control efectivo de sus tropas en el transcurso del combate.
El rey Pedro concentraría todas sus fuerzas en sólo dos batallas: la vanguardia, a las órdenes del conde de Foix, y el centro, bajo su mando personal, un lugar que le pemitiese estar relativamente cerca de la acción, pero sin comprometerse en ella. En definitiva, se tiene que romper con el mito que el rey de Aragón ocupó una posición durante la batalla deliberadamente expuesta por una cuestión de orgullo personal de caballero o por exceso de confianza. Sólo los tópicos existentes sobre el carácter del rey podrían explicar esta disfunción de la realidad. La negativa del conde Raimon a unirse al combate estaría en la base de la justificación de su comportamiento en las crónicas: el conde prudente expone su plan al rey, que se niega a escucharle; al final del día, el rey yacerá muerto por no haber seguido los consejos del conde de Tolosa. Poco importaría que Raimon VI no hubiese acudido en ayuda de su soberano: los cronistas se encargarían de minimizar tal detalle.

 

La llanura de Muret


El rey Pedro II ideó un despliegue táctico de contención, donde el primer cuerpo meridional absorbería el impacto de la carga cruzada, el segundo cuerpo –comandado por él personalmente- sería el encargado de asestar el golpe definitivo o de mantener la línea (27) , en el caso que los cruzados traspasasen la primera línea; por último, y aprendiendo la lección de las Navas, se habría dispuesto que una pequeña reserva, comandada por algún noble de confianza del rey –ante la falta de colaboración de los tolosanos- efectuase un flanqueo de las huestes cruzadas (28) , con la intención de rodearlas, aislarlas de una posible salida de Muret, cortarles la posibilidad de retirada y, finalmente, aplastarlas. Este movimiento de flanqueo podría realizarse o bien por un solo flanco o por los dos (29) . En la primera opción, el flanqueo tendría que haberse efectuado por el suroeste, por un terreno más llano y sin los obstáculos de los arroyos existentes –además del impacto psicológico que podría ocasionar entre los defensores de Muret, que, desde las murallas, podrían contemplar, sin posibilidad de ayudar, como los meridionales rodearían a los caballeros cruzados.
La opción de un doble flanqueo podía permitir asegurar un cierre definitivo de los cruzados, pero el movimiento por el nordeste podía ralentizarse por el cruce de los arroyos anteriormente comentados. Este planteamiento es puramente hipotético, pero no por ello imposible. Si miramos detenidamente el mapa, veremos que el terreno escogido por el rey Pedro era muy ventajoso para realizar las maniobras necesarias para ejectuar su plan; el enemigo tenía que cruzar una corriente de agua y luchar teniendo este obstáculo en su retaguardia. Además, las fuerzas de Pedro tenían los flancos guardados; el uno, por el campamento tolosano y el otro, por los pantanales y por la torrentera. El planteamiento táctico ideado por Pedro, pues, correspondería a una táctica ambiciosa y reflexionada, nada fruto de la improvisación. A parte de la táctica planeada para el combate entre las fuerzas de caballería, Pedro esperaba contar con una baza importante a su favor: el nerviosismo que la situación podría provocar en el ánimo de Monfort. El rey le había dejado entrar en la villa de Muret sin hostigarlo, pero una vez aislado tras los muros de la ciudad, Monfort se enfrentaba a una dura decisión: arriesgarse a atacar a las muy superiores fuerzas enemigas o quedarse tras las murallas y esperar la derrota tras un largo y penoso asedio. El rey esperaba que Monfort actuase a la desperada, pero éste, cuya pericia como general había superado en el Languedoc todas las pruebas, no sólo aceptó las condiciones de Pedro II, sinó que las superó con éxito, alzándose con la victoria en el campo de batalla.
Llegados a este punto, tras describir el despliegue de las tropas de caballería hispano-occitanas, nos queda por descubrir cuál fue el verdadero papel en la batalla de las fuerzas de infantería. Tradicionalmente se ha criticado al rey Pedro por no haber utilizado a su abundante masa de infantería en la batalla. Sin embargo, hemos de recordar que, aunque parezca que exista una superioridad nominal importante en infantería, en la práctica, son fuerzas que no tienen ni coordinación ni veteranía para entablar una batalla convencional. Oman delimitó el problema indicando que no participaron en los combates, o al menos, su intervención en la batalla campal fue nula. Sin embargo, las fuentes nos indican que la milicia tolosana estuvo asediando Muret, y que fueron cogidos por sorpresa tras la derrota de la caballería aliada. Es, pues, interesante conocer el por qué el rey Pedro prescindió de los infantes en su planteamiento táctico; ¿acaso fue un sentimiento de desprecio feudal hacia los burgueses y campesinos occitanos? ¿desconfianza ante su inexperiencia bélica? ¿suspicacia por la actitud del conde de Tolosa? El rey Pedro, curtido en batallas y asedios sabe que sólo una infantería disciplinada y entrenada puede conservar los nervios frente a una carga de caballería pesada y obtener hacer la victoria; y en Muret no dispone de fuerzas con estas características. Plantear una batalla campal con esas fuerzas de infantería es colocarse frente a una derrota segura.
El rey sabe que las tropas y la milicia tolosanas son poco aguerridas, y aunque la mayoría desea luchar, no tienen la preparación ni la experiencia para una batalla campal. Su único empleo efectivo, y con relativo riesgo para el desarrollo del plan del monarca, es su empleo como fuerza de asedio (30) .
De las diferentes fuentes se puede unificar el hecho que en la mañana del jueves 12 de septiembre de 1213 la infantería tolosana avanzó con la intención de proseguir con el asedio iniciado en la jornada anterior. No obstante, las fuentes discrepan sobre la intensidad de las acciones: si para unos se trató de unos claros esfuerzos para tomar la ciudad, para otros no se trató más que de una finta para forzar la reacción de Monfort y que saliera a combatir a campo abierto; esta última explicación se ajustaría más al esquema de batalla planteado, puesto que el rey Pedro buscaría ejecutar una finta con el ataque a las murallas, para provocar una respuesta inmediata en Monfort; de hecho, recordemos que cuando los primeros proyectiles silbaron por el cielo hacia la ciudad, cundió el pánico entre los cruzados: Monfort pidió permiso para atacar, pero los legados insistieron en esperar hasta que llegaran noticias del rey. Lo cierto, pues, es que Pedro envió a la milicia tolosana con sus máquinas para hostigar las murallas, trasladando la presión de los hechos al bando cruzado: tendrían que efectuar una salida para desbaratar el asedio (31) , y el rey les estaría esperando con sus fuerzas desplegadas, conforme al plan expuesto con anterioridad.
Mientras todo esto sucedía en el campo hispano-occitano, ¿qué estaba planificando Simón de Monfort? En las fuentes más próximas a la causa cruzada no hay una descripción detallada del orden de combate del ejército de Montfort. La mayoría repiten el dato de la organización en tres cuerpos, pero poco más. Este desinterés histórico o militar contrasta, sin embargo, con un hecho muy relevante desde una perspectiva ideológica: la frecuente identificación de este orden en tres cuerpos con la Santísima Trinidad. De nuevo las crónicas cruzadas unen la realidad con su particular visión del mundo, totalmente condicionada por cuestiones religiosas y morales: incluso en batalla, Monfort honra a Dios y a la Iglesia, organizando sus fuerzas conforme a la doctrina católica –hecho, objetivamente, que carece de fundamento: los cruzados se organizaron en tres cuerpos, siguiendo el tradicional despliegue en vanguardia, centro y retaguardia-. Monfort organizó las tropas formadas en la plaza del mercado de Muret, en tres cuerpos, el primero bajo Guillaume de Contres, el segundo bajo Bouchard de Marly y el tercero, como reserva, a las órdenes del propio Monfort. Se puede comprobar la contraposición que existe entre las diferentes fuentes, no ya a nivel ideológico, sinó también a nivel subjetivo-narrativo: mientras Vaux de Cernay destaca en todo momento el papel de Monfort, cosa que le lleva a prescindir de comentar aspectos esenciales de la batalla –que seguramente conocía de primera mano-, la Canzó destaca como hecho principal la muerte del rey Pedro, ensalzando sus últimos instantes.

Caballero cruzado, de principios de siglo XIII

Monfort conoce personalmente al rey Pedro, y sabe de su experiencia guerrera, pero también sabe que es un hombre de honor, y que presentará batalla. Ahí radica la clave del éxito de Monfort: conoce las virtudes y defectos de su adversario, de sus propias fuerzas y las del enemigo, y planteará la batalla a tal efecto (32) . Mientras que el monarca aragonés se encuentra ligado por su propia ética caballeresca, Monfort –que ha combatido en Francia, en Tierra Santa y en Occitania-, se encuentra moralmente libre para acudir a cualquier tipo de táctica: la bendición de la Iglesia y su profunda convicción religiosa le permitirá, en fin, poder valer que realmente, “el fin justifica cualquier medio”. El caudillo cruzado se encuentra acorralado en una ciudad, lejos de sus bases operativas. Cuenta con una fuerza numerosa, disciplinada y veterana, pero se enfrenta a un numeroso ejército, a las órdenes de un afamado guerrero. La táctica que deberá usar, si quiere alzarse con la victoria, no se puede basar en un despliegue tradicional; no será suficiente con la veteranía de sus hombres, porque también el enemigo cuenta con guerreros curtidos. Monfort ha de ser capaz de sorprender al ejército enemigo, de dislocar su despliegue, de anticiparse a la maniobra del rey Pedro. Los cruzados están informados de la potencia y número de efectivos del ejército meridional (33) , por lo que la batalla ha de plantearse a tal efecto; si Monfort quiere alzarse con la victoria, sólo puede lograrlo evitando que el ejército enemigo en pleno pueda formar correctamente en orden de batalla; solo tiene una opción: evitar su despliegue y combatir a sus unidades por separado. El conde necesita crear algún tipo de argucia que provoque que el enemigo no pueda formar correctamente para la batalla. Monfort conoce que todas las puertas de la villa están permanente vigiladas, y que no cuenta con tiempo ni con espacio suficiente para efectuar ninguna salida. ¿Qué hacer entonces?
La huida fingida será el plan perfecto (34) . Así lo cuenta Puylaurens en su Crónica: (35) “Ellos (los cruzados) decidieron no ir directamente contra el enemigo, puesto que caballeros y monturas estarían expuestos a los proyectiles de los tolosanos; ellos salieron por una puerta que daba al este, como sea que el campo de sus adversarios estaba en el oeste, el enemigo, no conociendo su propósito, pensaría que estaban huyendo. Entonces ellos avanzaron un trecho, cruzaron el río y volvieron a la llanura, cara al enemigo”.
La explicación al misterio de la batalla pasa necesariamente en analizar la huida fingida con la irrupción posterior de los cruzados, de manera totalmente sorpresiva. Si los cronistas de la época (36) mencionan específicamente la huida de Monfort, es que necesariamente se tuvo que producir algún tipo de movimiento de los cruzados, y no tuvo que ser una mera finta, ni pudo producirse, como afirman la mayória de autores, rodeando la muralla de la ciudad –a todas luces una maniobra lenta, descoordinada y que podía fracasar ante las empalizadas de la puerta de Sant Serni-. Es por ello que debemos ir más allá: la huida fingida se produjo, pero tuvo ser de mayor alcance que el que las fuentes nos indica; Monfort tuvo que recorrer varios kilómetros para dar la sensación de huida. Bernat Desclot, en su Crónica, relata también esta huída, y añade un interesante detalle, que los cruzados desarmaron a sus caballos, para poder “huir más deprisa”; este dato no es baladí, sino que puede indicarnos cómo Monfort priorizaba la maniobra sobre el choque: parte de sus caballos irían casi sin protección para poder evolucionar en el campo de la manera más rápida posible. La sorpresa sobre el enemigo debería ser total. Monfort, pues, ideó un plan que contrarrestó la táctica del rey Pedro: a la vista del enemigo, los cruzados inician una salida en dirección suroeste, fingiendo una huida. Monfort no podía atacar directamente a los aliados, por la sencilla razón que sus fuerzas no estaban organizadas para la batalla tras cruzar el rio; es por ello que necesitaba alejarse del enemigo, tanto para poder organizarse sin recibir a hostigación de los hispano-occitanos, pero también para confundirles, hacerles creer que el campo estaría despejado y que no habría batalla campal. El plan de Simón de Monfort se basa en el empleo de la maniobra como forma de aproximación y combate efectivo; el caudillo cruzado planea simular una huída, confiando en que sus enemigos consideren que abandona el campo, para después abalanzarse sobre ellos, en formaciones cerradas, descargando toda la fuerza de sus armas y monturas, en tres oleadas sucesivas. Con ello, Monfort espera atravesar todo el despliegue aliado: el enemigo se presenta tan numeroso que una batalla de resistencia, de larga duración, es impensable, por lo que solo cabe una acción decidida, resuelta y rápida.
¿Cómo fueron, pues, los acontecimientos?

Muret en la actualidad; las señales verdes indica el movimiento realizado por las fuerzas cruzadas, el círculo rojo, el campo de batalla, y la flecha azul el lugar del campamento hispano-occitano.

Aquel día 12 de septiembre, el rey Pedro II ordenó a sus fuerzas de infantería que volviesen a atacar las murallas de Muret; el asalto se inició con el lanzamiento de proyectiles, y trabajos de aproximación de asedio: el monarca tanteaba las defensas de la villa –que ya habían cedido a la presión el dia anterior- y confiaba que el ejército cruzado respondiera a la agresión desplegándose para entablar combate, siguiendo el modelo tradicional de tres cuerpos, lanzando sucesivas cargas sobre las fuerzas hispano-occitanas.
El ejército hispano-occitano estaba dispuesto para la batalla, seguramente ya en formación de combate, o, en el peor de los casos, en estado de alerta para poder intervenir ante una eventual salida de los cruzados para entablar batalla.
Pero pasan las horas y no hay ninguna respuesta. Monfort quiere exasperar la paciencia de los hispano-occitanos: mantiene una defensa firme en las murallas de la ciudad, pero el grueso de sus fuerzas de caballería se encuenta concentrada en la plaza del mercado, a la espera de sus órdenes. Cuando el conde considera que los combates por la posesión de las murallas pueden llegar a un punto crítico, Monfort decide que ha llegado el momento de responder al ataque del rey Pedro. Ordena a sus hombres que se apresten al combate y planea la maniobra y el desarrollo del combate a sus oficiales: las tropas, formadas en tres escuadrones, saldrán de Muret por la puerta de Salas, arrollarán al retén de vigilancia allí estacionado y se dirigirán, al galope, hacia el suroeste, siguiendo el cauce del rio Loja. Cuando lleguen al vado que se encuentra a unos cuatro kilómetros, cruzarán el rio y volverán a la llanura de Muret, a combatir y a obtener la victoria.
A una señal de Monfort, la puerta de Salas se abre y los cruzados ejecutan el plan. Desde el campo aliado suena la alarma: el enemigo sale a presentar batalla. El rey ordena detener el asalto de la infantería: no desea mantener una batalla en dos frentes. Los infantes se retiran y las fuerzas de caballería toman posiciones en la llanura de Muret. Pero los sorprendidos hispano-occitanos comprueban como los cruzados, lejos de desplegarse para la batalla, huyen por el camino de Salas, dejando atrás la ciudad casi desguarnecida. Sin duda alguna una sensación de victoria recorrería los ánimos de los presentes: la euforia se desata en el bando de los aliados; el odiado enemigo huye. La victoria es segura. Confiado al ver como los últimos jinetes cruzados desaparecen en el horizonte, el rey Pedro ordenará a la infantería que reinicie el asalto hacia la desprotegida villa, mientras los caballeros rompen filas y se retiran al campamento.

Jinete desmontado catalán, finales siglo XII

Mientras, los cruzados prosiguen su frenético avance hacia el sur: al llegar al vado del Loja, los guías indican que es el momento de cruzar. Ya en la otra orilla, Monfort ordena que las fuerzas se reagrupen: es el momento crucial, una vez que se dé la orden de atacar, ya no habrá tiempo ni espacio para efectuar cambios. Los conrois se agrupan ante sus banderas, e inician la marcha, primero al paso, después al trote, y cuando están cerca de las estribaciones de las colinas de Perramon, a poco más de 2 kilómetros del campamento aliado, se inicia un frenético galopar, siempre en orden, manteniendo la formación.
Un caballo, al paso, camina a 6 km/hora, trota a una velocidad de unos 10 km/h y puede llegar a galopar a una media de 18 km/h, si bien pueda alcanzar una punta de velocidad de entre 55 km/h hasta los 70 km/h, en distancias relativamente cortas; en función de la raza del animal, de los cuidados y alimentación recibidos, del peso de las protecciones, de las condiciones del terreno y del medio, y por supuesto, del peso del jinete y su armadura, estas velocidades sufren de importantes variaciones. Sin duda alguna, Monfort, conocedor de estas cualidades, supo sacar el máximo provecho de ellas para poder regresar a la llanura de Muret, acelerando el ritmo de sus fuerzas a medida que se dejaban atrás los meandros del Loja y ante ellos se abría los llanos de Pesquies y las estribaciones de Perramon. No hay que olvidar que un caballo puede alcanzar su velocidad máxima a los 300 metros de largada, o alrededor de 7 a 10 segundos, por lo que a unos 500 metros de su objetivo, Monfort daría la señal de cargar al límite de sus fuerzas.
En la llanura de Muret, nadie es capaz de imaginarse los acontecimientos que están a punto de sucederse. Mientras los infantes aproximan las máquinas hacia las fortificaciones de Muret, los caballeros se retiran hacia el campamento, para descansar; algunos cabalgan lentamente por el campo, con sus sirvientes, contemplando el espectáculo de la victoria: la ciudad está madura para ser tomada. En aquel momento, mucho tiempo después que el último jinete cruzado hubiese desaparecido tras los meandros del Garona, de repente, cuando nadie se lo espera, aparece en la lejanía un cuerpo de caballería al galope, en formación de ataque: son los cruzados, que han regresado, tras dar un gran rodeo, y avanzan imparables por la llanura. En el campamento aliado corre la voz de alarma (37) ; los caballeros corren a armarse, mientras los sirvientes aprestan las armas y ensillan a los destriers. Las órdenes que se imparten son las de formar en el orden de batalla establecido: hombres de Foix y catalanes en primera línea, los aragoneses en el centro. En pocos minutos los hispano-occitanos han formado sus fuerzas, pero no han tenido tiempo suficiente para organizarse conforme al plan trazado, tan solo pueden formar una confusa y abigarrada línea.
Sólo la explicación de la sorpresiva entrada en escena de los cruzados, cuando las fuerzas de caballería aliadas se dispersaban hacia el campamento o cuando buena parte de ellas ya estaban desarmándose, puede explicar aquello que el rey Jaime diría en su crónica, que los catalano-aragoneses se lanzaron a la lucha sin guardar la cohesión que exigía la natura de armas (38) . La precipitación de los acontecimientos produjo que los caballeros hispano-occitanos fuesen al combate en grupos poco compactos, cada caballero y sus sirvientes en su propio conrois, sin poder desplegarse en línea, mezclados los pesados caballeros con sus sargentos y escuderos en la misma línea, sin garantizar ninguna defensa cohesionada y sin desplegar correctamente las alas del ejército.
Por su parte, los cruzados estaban dispuestos según un despliegue clásico de batalla: en las primeras líneas, los caballeros, con su armadura y armamento pesado, y detrás de ellos y en los flancos, en función de su equipo, los escuderos y sargentos; con este despligue se conseguiría que el impacto de las cargas sobre las filas enemigas fuese, sencillamente, demoledor. Los caballeros cruzados podrían penetrar profundamente en la vanguardia hispano-occitana, y el concurso de los sirvientes les permitiría mantener el empuje y atravesar la formación enemiga.
De hecho, la táctica que planteaba Monfort, vista con objetividad, realmente es suicida: cargar frontalmente contra fuerzas muy superiores en número. Es cuestionable, pues, que un hombre con la experiencia militar de Monfort se limitase sólo a ejectuar un único movimiento, a arriesgarse todo en una alocada cabalgada de destino incierto. No hay que olvidar que Monfort había combatido en Tierra Santa, contra tribus turcas y árabes, por lo que conocía de la eficacia de la táctica por encima de la simple fuerza bruta; los musulmanes gustaban de utilizar ardides (huidas falsas, emboscadas, contramarchas, flanqueos y envolvimientos) con lo que el caudillo cruzado tendría un amplio repertorio de tácticas a las que recurrir en aquellas circunstancias. Por ello se tiene recurrir necesariamente a pensar que Monfort tenía en mente algún tipo de táctica más sofisticada que, simplemente, confiar en la pericia y profesionalidad de sus tropas.
Los cruzados siguen su frenético galopar; pocos son los metros que les separan de las líneas enemigas; experimentados guerreros, los soldados de la Cruz saben perfectamente que cuando se efectue el choque contra las primeras líneas hispano-occitanos, rápidamente deben traspasar esa primera batalla, de manera que no se de al enemigo tiempo de volver a agruparse, y así, mantiene la ventaja numérica en cada uno de sus ataques. A su encuentro se lanzan los hombres del primer contingente aliado; alrededor de 300-400 jinetes catalanes y de Foix chocan sus armas con los cruzados. Los dos cuerpos de batalla cruzados, con gran experiencia, lograron sincronizar enormemente sus cargas, por lo que los efectos de su choque fueron mayores.

Escudero aragonés, principios del siglo XIII

En el momento del combate, la superioridad cualitativa de los cruzados se impuso: los aliados, sorprendidos por la carga cruzada, no formaron una línea compacta, y tras el choque inicial, la acción se desarrolló en un conjunto de combates a pequeña escala, primando el desorden a la cohesión. Vaux de Cernay relata que los aliados estaban listos para el combate y “numerosos como el universo”; si bien con estas palabras sólo haría más que honrar y magnificar la figura de Monfort –que gracias a su condición de miles Christi elegido, triunfará sobre los enemigos de la Iglesia, a pesar de su número-, nos permite deducir que, a pesar de la improvisada reunión de las tropas de caballería del ejército hispano-occitano, éste pudo formar en buen número, hasta llegar al punto de prácticamente absorver la carga de los caballeros cruzados. La eficacia de la táctica del choque de caballería pesada residía en poder mantener una línea compacta, hasta el momento del contacto con el enemigo. Sólo fuerzas entrenadas y bien disciplinadas podían efectuar completamente esta acción. El hecho que los caballeros se agrupasen en conroi, los continuos entrenamientos, etc. permitían que una fuerza pudiera alcanzar ese grado de profesionalismo necesario para poder rehuir del individualismo innato del caballero medieval.
Los aliados no habían combatido juntos, y muchos de ellos tenían poca experiencia de combate. No obstante, no hay que olvidar que en la primera batalla aliada formaban las fuerzas de Foix –veteranos de la guerra albigense y vencedores morales de Castelnou d’Arri- y junto a ellos, tropas catalanas –también entre sus filas habrían veteranos de las Navas-. Por ello se hace difícil dar como respuesta que los hispano-occitanos hiciesen gala de un individualismo tal que les provocara el desastre, o que simplemente, formaron inadecuadamente y que rompieron filas en búsqueda de la gloria personal. Rechazando, pues, la tradicional visión de Muret, que basa la derrota de los aliados, a causa del innato desprecio deliberado a las órdenes del mando, en beneficio de acciones individuales de prestigio, la batalla de Muret se explica sólo por la precipitación sobrevenida con la aparición de los cruzados. Si los aliados hubiesen formado en la formación ideada por el rey Pedro, y en una correcta línea de batalla conforme a natura d’armes, habrían absorbido las cargas cruzadas, como indica el propio Vaux de Cernay.
La dureza de los combates debió ser extrema: la primera oleada de caballeros cruzados abrieron una brecha entre las formaciones hispano-occitanas, y el segundo cuerpo impactó momentos después, con lo que los caballeros de Cristo, que se habían adentrado profundamente en la primera línea aliada, se vieron envueltos por todos lados por el enemigo. Ante la imposibilidad de retirarse y formar de nuevo para lanzar una nueva carga, se iniciaron así unos violentos combates cuerpo a cuerpo, donde la lanza, rota en el primer impacto, era sustituida por la espada y la maza. Los cruzados, veteranos, combatieron amparados en la fortaleza de sus conrois, siempre unidos y disciplinados. Poco a poco, los cruzados van atravesando la formación hispano-occitano, hasta llegar a campo abierto; enfrente se encuentran con el segundo cuerpo aliado, con los estandartes de Aragón ondeando al viento. Están enfrente del corazón enemigo. Ahora o nunca.
Hasta aquel momento, la táctica del rey Pedro había resultado efectiva, a pesar de la improvisación de las formaciones. Sin embargo, el monarca era consciente que la primera batalla aliada estaba perdiendo fuerza y resistencia, y que el resultado final del combate dependería del choque con el centro del ejército hispano-occitano. Cuando el rey vio aparecer las enseñas de Monfort por entre las líneas de los soldados de Foix, debió comprender que el momento crucial había llegado y ordenó una carga. Por su parte, una vez desbaratada la vanguardia hispano-occitana, los cruzados avistan las enseñas reales en el segundo cuerpo, y espolan sus monturas hacia el corazón del ejército enemigo.
Los franceses, a pesar de estar superados en número, entre el primer y segundo cuerpo de los hispano-occitanos, van abriéndose camino gracias a su veteranía: lentamente, se aproximan combatiendo hacia donde ondean el emblema real; finalmente, algunos caballeros alcanzan su objetivo y se enzarzan en un brutal cuerpo a cuerpo con los hombres de la mesnada real: el rey Pedro, que por motivos de seguridad portaba una armdura sin las enseñas reales , se ve rodeado por los cruzados, y a pesar que se identifica –dicen los cronistas que gritó varias veces “Soy el rey”-, la violencia del combate no da resquicio a la clemencia: los franceses acometen contra él y acaban con su vida y con sus escoltas.

Estampa idealizada de la muerte del rey Pedro II. El castillo de Muret aparece incorrectamente en una montaña, y el rey va ataviado con un caso con corona. La imagen evoca el heroismo del monarca, que muere combatiendo, rodeado de enemigos

Mientras aquellos sucesos acontecían, la marcha de la batalla todavía estaba indecisa: los cruzados estaban rodeados por los hispano-occitanos, y desbordados por su número, parecía que iban a sucumbir. Pero la táctica de Monfort escondía una última maniobra, una estratagema hábilmente desarrollada que le permitiría alzarse con la victoria…
En las fuentes se indica que Simón de Monfort cargó de flanco contra el ejército hispano-occitano, totalmente desguarnecido; a pesar que del relato de Vaux de Cernay parece desprenderse que el flanqueo no fue ideado de antemano, sino que Monfort, a la vista de los acontecimientos, con sus batallas totalmente rodeadas de fuerzas enemigas, decidió flanquear a sus enemigos, no hay que olvidar que el monje cronista podría estar embelleciendo los relatos de la batalla, con el único objetivo de servir de ensalzamiento a las hazañas de su benefactor, el conde Monfort.
No parece extraño, pues, pensar que Monfort tenía ya de antemano ideado el ataque de flanco: la aproximación táctica que había realizado desde el este, la imposibilidad de poder sincronizar las cargas –cómo si habría podido hacer en el caso que hubiese mantenido una posición lineal y estática de batalla- indicarían que Monfort siguió un movimiento de carga conocido como echelon: (40) mediante este despliegue, las fuerzas atacantes avanzaban en varias líneas sucesivas, pero ligeramente desplazadas respecto del eje de avance de la línea anterior. Bajo este supuesto, Monfort, desde su posición, podría haberse desplazado casi totalmente paralelo al combate entre sus dos cuerpos y las fuerzas hispano-occitanas. El ataque lateral de Monfort fue decisivo para completar la destrucción del dispositivo aliado, pero, por lo anterior se desprende que no constituyó un elemento total en la batalla, puesto que tras la muerte del rey, los aliados se desmoronaron.
La noticia de la muerte del rey paraliza al ejército aliado, impidiendo que el resto del ejército pueda intervenir a tiempo; de hecho, parece que dos tercios del ejército hispano-occitano abandonaron el campo de batalla sin haber combatido. Las fuentes de la época loaron el comportamiento valiente y caballeresco del rey, incluso las crónicas francesas, las cuales, obviamente, ahondan en sus defectos y lo definen como “defensor de herejes”. De hecho, los cronistas sólo destacan la figura del rey, sin tener en cuenta a otros personajes históricos del bando hispano-occitano, o sin relatar con esmero el despliegue táctico o los propios avatares de la batalla; solo trasciende la actuación individual del rey Pedro como caballero, que haciendo honor a su nobleza de sangre, se dirige a la lucha, sin valorar ninguna cirscunstancia. Constituye, pues, el paradigma del caballero medieval.
Todos los autores coinciden en el hecho que el combate fue intenso pero muy breve, parece que menos de media hora, a lo sumo. En todo caso, nos daría la imagen que el grueso de las tropas aliadas ya estaría en combate; fue entonces cuando las noticias de la muerte del rey Pedro provocarían el desmoronamiento de las fuerzas aliadas. Con la huida generalizada de las fuerzas de caballería combatientes hispano-occitanas, el miedo se transformó en pánico, y la retirada se convirtió en una auténtica huida generalizada. Los grupos que intentaron resistir fueron dispersados por la marea de fugitivos que huían en todas direcciones. Una vez despejado el campo de batalla, Monfort dirigió sus fuerzas hacia la infantería tolosana que seguía asediando la villa de Muret, ajena al combate de caballería.
La milicia tolosana, de una calidad bélica mínima, sin armamento adecuado, no contaba con ninguna posibilidad de resistir a la carga cruzada. Los infantes fueron perseguidos y cazados, a lo largo del camino de Muret hacia el campamento aliado; muchos de ellos intentaron alcanzar las barcazas que habían llevado los suministros y las armas desde Tolosa. Otros fueron menos afortunados, y buscaron la salvación en las aguas del Garona, intentando cruzar a nado el río; la mayoría acabaron ahogados. En Muret, la masacre que se cernió entre las fuerzas tolosanas alcanzó una cifra tal que las fuentes magnificaron en grado sumo: entre 10-15.000 infantes murieron en la llanura de Muret y en las aguas del rio Garona. En Tolosa, “todas las casas tuvieron que guardar luto, porque en todas había muerto algún miembro de la familia”, se diría más tarde. De cualquier manera, el impacto de la masacre fue total.
En Muret, rey y pueblo llano sucumbieron ante la fuerza de los guerreros de Cristo, aquellos que confundieron sus propios intereses con los de la Iglesia, aquellos que, con la excusa de erradicar una concepción religiosa diferente, buscaban destruir todo aquello que significaba diversidad y libertad espiritual. La muerte del rey Pedro en el campo de batalla significó el principio del fin de la concepción caballeresca medieval, el inicio de un nuevo modelo de sociedad en Occitania, el punto de partida de la expansión francesa, y el cambio de rumbo en la historia de la Corona de Aragón.

 

Notas..

1)

El rey Conquistador narra escuetamente la batalla de Muret, sin detenerse en explicar las razones de su padre para librar aquella batalla -en la que tanto se jugaba la dinastía-, y sin narrar os acontecimientos previos a la batalla. El monarca atribuye la derrota a dos causas: por un lado, la excusa religiosa -el pecado-, por el otro, la militar -la desorganización-. Así, en el terreno moral, las críticas vertidas sobre su padre se centraban en el no cumplimiento de las ceremonias previas al combate -castidad y celebración de la misa-, y no tanto por una supuesta lujuria -que el rey Jaime apenas menciona-. El otro error del soberano residía en no haberse sabido imponer a sus súbditos, no haberles marcado una estricta línea de obediencia, en la que la figura del monarca prevalece y hace de eje de cualquier decisión de poder: la natura de armas se traduce en obedecer al rey, siempre y por encima de cualquier circunstancia. Volver


2)

La controversia sobre el tamaño de los ejércitos se sigue planteando hasta fechas todavía recientes; en su libro Batallas decisivas de la Historia de España, Juan Carlos Losada menciona las siguientes cifras: 42.000 hombres para el ejército hispano-occitano y 7.000 para los cruzados. Otros historiadores, como Xavier Escura en su libro Els mites de Muret i Montsegur, aportan cifras también muy elevadas respecto de los efectivos tolosanos: el conde de Tolosa dispondría de 3.000 caballeros, y más de 20.000 hombres de infantería; teniendo en cuenta las fuerzas disponibles por otros países (Francia, Inglaterra, Sacro Imperio), puede parecer excesivo que los tolosanos hubiesen podido reunir tantas fuerzas. No hay que olvidar que los cronistas medievales no hacían fe de la cifra objetiva de los ejércitos, sino que tan solo querían poner de manifiesto la ingente cantidad de personas aglutinadas en aquel ejército. Es por ello que creer como exacta una cifra que tan solo intenta reflejar una idea, un concepto de magnitud, parece ejercicio casi quimérico. Las fuerzas efectivas medievales eran los “peones”, soldados armados, bien con espada y escudo, lanza y escudo, o con largas picas, auxiliados por ballesteros y en menor medida, por arqueros –excepto en Inglaterra-. Pero no hay que olvidar que junto a estos contingentes de hombres de armas –ya fuesen mercenarios o huestes permanentes- encontramos soldados no profesionales, milicias ciudadanas, levas de siervos provistos de armas de fortuna, que se encuadraban en los ejércitos feudales con mayor o menor entusiasmo. Y junto a ellos, la pléyade de sirvientes, siervos, mercaderes, etc. que acompañaban a los ejércitos en sus desplazamientos. Es por ello que las cifras comentadas en las crónicas, de no ser examinadas en profundidad, pueden conducir a erróneas interpretaciones y conclusiones: frecuentemente los cronistas destacaban la cifra total de personas que viajaban en un ejército, pero no atendían a clasificarlos, identificando específicamente los soldados de todos aquellos no combatientes; no hay que olvidar que la profunda estratificación social existente en la Edad Media, que creaba un auténtico abismo social e ideológico entre la casta nobiliaria y la religiosa, separándolas del pueblo llano, del vulgo, de aquellos que formaban una masa anónima, tenía también su reflejo en la literatura: los datos sobre caballeros pueden llegar a ser exactos, pero las cifras del “resto”, incluyendo tanto soldados como acompañantes civiles, no tendrían un valor objetivo, sino tan solo intentarían transmitir una realidad, una idea de una fuerza numerosa, de una muchedumbre a las órdenes de los nobles. Además, si hiciéramos caso de aquellos que afirman que las fuerzas de infantería tolosana eran más de 15.000 soldados, puede surgirnos la siguiente pregunta: ¿por qué ahora, después de 4 años de guerra, con un territorio circunscrito solo a la ciudad de Tolosa y a Montauban, pudo el conde Raimon reunir tan imponente ejército? ¿Cómo se podría haber alimentado esa masa humana si los alrededores de Tolosa estaban devastados? ¿Podía reunir el condado de Tolosa tan ingente fuerza, cuando el todo el Imperio alemán, en la batalla de Bouvines, al año siguiente, no pudo reunir más de la mitad de esa cifra?. Volver


3)

Las fuerzas disponibles por el rey Pedro son un elemento más de discordia entre las fuentes. Estas cifras son las aportadas por F.X. Hernández en su obra Història Militar de Catalunya. Podría parecer temerario que el rey Pedro hubiese iniciado la expedición sólo con hombres a caballo, sin contar con el apoyo de infantería, pero hay que tener en cuenta que en aquellos momentos el monarca conocía la situación delicada en la que se encontraba Monfort, y que la urgencia para actuar era extrema; por ello era necesario iniciar una marcha veloz, que solo podría lograrse si se contaba con fuerzas de caballería. Además, los informes que recibía el rey le indicaban que la masa de infantería de los meridionales, a pesar de su inexperiencia, contaba con una entidad suficiente para, de alguna o de otra manera, ser de utilidad para el desarrollo de la campaña. Volver


4)

Estas cifras deben considerarse siempre en una dimensión a la baja. No hay que olvidar que, junto a las dificultades en las que se encontraba el condado de Tolosa, hay que añadir las propias limitaciones demográficas y logísticas de la época. Así, por ejemplo, el conde Guillermo el Conquistador sólo pudo reunir, para su campaña de conquista del trono de Inglaterra, una fuerza máxima de unos 14.000 hombres, de los cuales unos 10.000 fueron infantes; el emperador Federico Barbarroja, en sus campañas italianas –y en el apogeo de su poder- pudo reunir un ejército de una fuerza máxima de 15.000 hombres, un tercio de los cuales serían de caballería. Para la expedición contra la Corona de Aragón, en 1285, el rey francés Felipe III contó con un ejército de unos 8.000 hombres, de los cuales 1.500 eran caballeros y escuderos. Todas estas fuerzas solo podían ser operativas durante un período muy limitado de tiempo, consumiendo una gran cantidad de abastecimientos, forzando al límite los recursos de los territorios en los que operaban. Volver


5)

ROVIRA I VIRGILI, Antoni. Història de Catalunya. (Vol IV). La Gran Enciclopedia Vasca. Bilbao, 1977 Pág. 485. Volver

6)

Los efectivos cruzados no provenían únicamente del territorio real francés, o de Flandes o el Imperio; junto a ellos aparecen guerreros occitanos, como Balduino de Tolosa –hermano del conde Raimon VI de Tolosa-, que aleccionados por la cruzada, unen sus armas y destinos al de Monfort. Diferentes fueron los motivos que les llevaron a tomar las armas contra sus vecinos: ferviente y sincera devoción católica, búsqueda de beneficios personales, venganzas, rencores y ultrajes pasados, etc. Frecuentemente olvidados, tratados simplemente como traidores, su apoyo al bando cruzado no haría más que mostrar la inestabilidad política y social que imperaba en Occitania antes y durante la cruzada. Definitivamente, la idílica sociedad trovadoresca, galante y pacífica, imaginada e idealizada, no se correspondería, pues, con la cruda realidad. Volver

7)

Son constantes las referencias de las fuentes a las comparaciones y contraposiciones entre las actitudes de los dos jefes: mientras Simón de Monfort pasaba la noche en vela junto a su confesor, el rey Pedro yacía con una cortesana y sucumbía a los pecados de la carne. Más allá de la interpretación anecdótica de los hechos reales, se manifiesta una voluntad unívoca de mostrar que Dios solo se podía poner de parte de los cruzados. Volver

8)

Era costumbre que el jefe de un ejército, en un consejo de guerra, tras su exposición del planteamiento táctico a seguir, ofreciese la palabra a todo aquel oficial y noble que estuviese presente: a pesar de la jerarquía, en estas reuniones reinaba una relativa transparencia, primando la sinceridad y fundamentación de las opiniones, por encima de estatus y relaciones vasalláticas. Volver

9)

En esta época, el conde Raimon VII –presente en Muret- es el jefe de la resistencia contra el dominio real francés, que a partir de 1225 había intervenido militarmente en el conflicto. Las actuaciones de Raimon VII fueron mucho más enérgicas y activas que las de su padre, pero no por ello los cronistas tenían que desmerecer o minusvalorar la actuación del anciano conde; sin lugar a dudas, mientras se narraban los hechos, el papel del conde de Tolosa en Muret se maquilló para reflejar una imagen política adecuada, si bien alejada de la realidad. Volver

10)

Luesia reprobaría al conde Raimon la oportunidad y calidad de sus consejos en cuestiones militares, cuando el conde no había sabido conservar ninguno de sus dominios ante las fuerzas cruzadas. Volver

11)

La Gran Guerra Meridional (1112-1190) significó una herida abierta en las tierras occitanas, una lucha constante que impidió cohesionar el territorio alrededor de un poder estable y fuerte. Los tolosanos nunca pudieron llevar la iniciativa estratégica; sus compromisos internacionales (Francia, Tierra Santa), sus delicadas finanzas y sus díscolos vasallos les impedieron poder actuar como el revulsivo de la unidad occitana. El colapso tolosano pudo llegar en 1159, cuando fuerzas catalana-aragonesas avanzaron sobre Tolosa; sólo con la ayuda francesa el conde Raimon V pudo mantener su feudo y conjurar el peligro. Tal y como indica Alvira Cabrer, los tolosanos nunca enviaron fuerzas más allá de los Pirineos. Volver

12)

Para la nobleza cristiana y para la Iglesia de Roma la ballesta fue un arma despreciada cuando no maldita, no en vano una de sus representaciones más antiguas en la iconografía era en manos de un demonio. Volver

13)

De hecho, mientras que un caballero capturado era normalmente respetado por sus pares, por solidaridad de clase y para conseguir un rescate, los arqueros y ballesteros eran masacrados como asunto de rutina e incluso los nobles de un ejército podían aplastar con los cascos de su caballo a sus propios ballesteros si se interponían en su camino. Volver

14)

Con la opción de la defensa estática se prescinde de tres hipótesis principales que surgen ante tal circunstancia: en primer lugar, Simón de Monfort podía haber abandonado Muret y no presentar batalla, con lo cual la guerra hubiera continuado; en segundo lugar, Monfort podía atacar el campamento, salir con vida y obtener nuevos refuerzos y continuar la guerra; en último planteamiento, y simplificando otros escenarios, los cruzados podían haber arrollado el campamento aliado y alzarse con la victoria. Volver

15)

Es muy significativo el hecho que Monfort planificase una acción decisiva a campo abierto, sin considerar ni el mantenimiento del asedio ni tampoco atacar el campamento aliado. Tanto Monfort como Pedro II compartían, pues, el mismo planteamiento táctico: si el rey hubiese aceptado los consejos de Raimon VI, Monfort hubiese escapado de Muret, con lo que de nuevo la iniciativa estratégica de la guerra hubiese pasado a manos del cruzado. Por supuesto que nadie puede aventurarse a afirmar que hubiese pasado en esta nueva fase de la guerra, pero las oportunidades de tener neutralizado a Monfort, como en aquellos días en Muret, difícilmente se hubiesen repetido. Volver

16)

Paradójicamente, y a diferencia del rey Pedro II, Monfort no cede la palabra a ninguno de sus oficiales, ni permite la existencia de ninguna alternativa: su plan ha sido inspirado directamente por Dios, tras pasar rezando toda la noche. No hay, pues, posibilidad de cuestionar nada: la victoria vendrá decidida por su apoyo a la causa de la Cruzada. Volver

17)

Nos hemos centrado en las referencias de los siguientes especialistas: Delpech (La Bataille de Muret et la Tactique de la cavalrie au XIIIe siècle), Dieulafoy (La bataille de Muret), Ventura (Pere el Catòlic i Simó de Monfort)y Hernández (Història militar de Catalunya). Volver

18)

Las crónicas narran que en la batalla de Alarcos, el rey Alfonso VIII, ante la derrota que se avecinaba, se lanzó con su mesnada al centro del combate, con la intención de servir de ejemplo a sus tropas, involucrándose personalmente en la batalla, con la única idea de alcanzar la victoria u obtener una muerte gloriosa, puesto que el ideal caballeresco exigía el sacrificio personal antes que una vida de deshonor. La postura heroica del rey castellano no logró resolver a su favor la batalla, y los consejeros y miembros de la mesnada real consiguieron que el monarca desistiera de su postura y se retirase con los restos del ejército. Volver

19)

La casa pirenaica de los Foix eran vasallos de los condes de Tolosa; su creciente poderío les hizo enemistarse con sus, teóricos, señores feudales; es por ello que a lo largo del siglo XII orbitaron hacia la causa de la Corona de Aragón. El conde Ramon Roger de Foix fue el prototipo del caballero medieval: gran guerrero, valiente, enérgico y sin escrúpulos. Participó en la III Cruzada, al lado del rey Felipe II de Francia. Cuando estalló el conflicto occitano, combatió en un primer momento al lado de los legados papales, contra sus vecinos de Tolosa y Comminges. Al calor de la depredación de los cruzados y al giro político de los acontecimientos, decidió oponerse a los invasores del norte. Su liderazgo político y militar fue evidente –como demostró en la batalla de Castelnou d’Arri-, llegando a ser la personalidad occitana más relevante e influyente del rey Pedro II. Volver

20)

En 1201, el rey Pedro II de Aragón, en agradecimiento por la asistencia del santo patrón Jorge a sus ejércitos, crea la Orden de San Jorge de Alfama en la localidad de Alfama (Tarragona), con la misión de proteger la frontera entre el Coll de Balaguer y el delta del Ebro, territorio casi desértico, utilizado por piratas y ladrones para guarecerse y como base de partida para expediciones de saqueo de los alrededores de Tarragona y Tortosa. Los primeros miembros de la nueva Orden serán voluntarios de la Orden de Calatrava. Volver

21)

Los caballeros de las Órdenes militares fueron rechazados y perseguidos por las fuerzas almohades; el uso adecuado de las reservas castellanas y el simultáneo ataque por los flancos de las tropas aragonesas y navarras, permitieron estabilzar de nuevo la batalla, y traspasar las líneas musulmanas hasta el campamento del califa al-Nassir. Volver

22)

Están también las afirmaciones de Guillem de Puylaurens, el cual dice haber oído a Raimon el Jove, hijo del conde de Tolosa, que estaba presente en el combate, que el rey de Aragón se alineó en orden de batalla; que el conde de Foix era a la vanguardia con los caballeros provenientes de Cataluña. La presencia del jefe del ejército en el segundo cuerpo de batalla no era una excepción: Carlos de Anjou ocupó esa posición en la batalla de Benevento (1266), con la intención de mantener un mejor control táctico y para elevar la moral de su heterogéneo ejército. Volver

23)

La fidelidad hasta la muerte de la guardia personal del soberano se remonta a las narraciones germánicas, que sirvieron de base al cuerpo espiritual de la caballería medieval, en las que se consideraba un deshonor que los guerreros sobrevivieran a su señor en el campo de batalla. Uno de los ejemplos clásicos de este pensamiento es el destino glorioso y trágico de los housecarls y thegns sajones en la batalla de Hastings (1066), que se lanzaron a una carga final contra los normandos tras la muerte de su rey Harold II. Volver

24)

Entre ellos encontramos al mayordomo real Miguel de Luesia y Aznar Pardo, entre otros. Estos caballeros, que había combatido contra los almohades, conocían de sobras las tácticas y la efectividad de los caballeros francos. Volver

25)

A pesar que en la mayoría de relatos se indica que el rey de Aragón sólo estaba rodeado por su mesnada personal, no hay que olvidar que los relatos de la época se centraban, casi exclusivamente, en las hazañas de los nobles. Así pues, teniendo en cuenta que la vanguardia del ejército contaba con la presencia de 200 jinetes catalanes, se hace difícil poder ubicar al resto de las fuerzas catalano-aragonesas que no sea junto a su rey. Volver

26)

En la batalla de las Navas de Tolosa, en el planteamiento táctico inicial, los tres reyes cristianos se desplegaron ocupando su posición de batalla en el ala izquierda (Pedro II), centro (Alfonso VIII) y ala derecha (Sancho VII); cada cuerpo formó en tres batallas (vanguardia, centro y retaguardia), ocupando los soberanos su puesto en la zona de retaguardia. Cabe pensar, pues, que el rey Pedro había ocupado la posición más responsable para su rango y para el desarrollo de la batalla en las Navas, y haría lo mismo en Muret.
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27)

La experiencia vivida en las Navas tuvo que servir de inspiración y modelo para el desarrollo táctico de Muret. Pedro conocía cómo en julio de 1212 habían derrotado al imponente ejército musulman: en el cénit de la batalla, la práctica totalidad del ejército almohade combatía contra los dos tercios de las fuerzas cristianas, que a través de dos demoledoras cargas sucesivas habían conseguido romper el frente enemigo. Volver

28)

En la batalla de las Navas, los cristianos mantuvieron reservas listas para entrar en acción, tanto para sostener el frente si era necesario como en su uso ofensivo. Sin embargo, la decisión de su entrada en acción fue uno de los momentos más decisivos de la batalla: Alfonso VIII quiso lanzarse al ataque cuando vio que las fuerzas cristianas cedían terreno, pero fue aconsejado para esperar a que las fuerzas musulmanas estuviesen totalmente implicadas en el combate. Volver


29)

En la batalla de las Navas resultaron decisivos los movimientos envolventes de los reyes de Aragón y Navarra, que permitieron sobrepasar a las tropas musulmanas, extendiendo el radio del envolvimiento y alcanzar el campamento almohade en una acción de convergencia del centro cristiano junto a las alas formadas por las reservas. Paradójicamente, las fuentes de la época, al recoger los testimonios de los hechos, ensalzaron la actuación de los monarcas cristianos, concediendo la gloria del éxito a un determinado monarca, en función de la historiografía de cada reino. La victoria fue conseguida de manera conjunta, una acción múltiple en la que los esfuerzos de los combatientes de los distintos reinos cristianos se aunaron para lograr el éxito, a pesar que, desde una limitada y reducida visión de la batalla, los combatientes y cronistas de cada uno de los tres cuerpos pudiesen considerar que era su rey el que estaba conduciendo al resto al triunfo final. Volver


30)

De ser ciertas las afirmaciones que el rey disponía de una cifra ingente de soldados –incluso se ha barajado la cifra de más de 20.000 infantes- el planteamiento táctico hispano-occitano no se hubiera limitado a mantener a la infantería en una posición tan limitada: su número habría compensado de sobras su inferioridad táctica. Pero lo cierto era que el ejército aliado no disponía ni un contingente tan numeroso ni tan preparado para acometer tal responsabilidad. Volver


31)

La versión de Rafael Dalmau, exculparía al rey Pedro y responsabilizaría directamente a los tolosanos de la derrota; cuando los cruzados se abalanzaron sobre la infantería tolosana, el desorden provocado por su huída frente a la carga cruzada habría impedido que la caballería catalana hubiese formado correctamente, sin posibilidad de desplegarse. En un último intento de mantener el frente, el rey Pedro se lanzaría al combate con su mesnada, para infundir ánimo a sus hombres, y moriría heroicamente en batalla.. Volver


32)

El que conoce a su enemigo y se conoce a sí mismo dirigirá cien combates sin riesgos”, dice Sun Tsé en su libro El Arte de la Guerra.. Volver


33)

La táctica empleada por Monfort, realizando primero una huida fingida, para después emplear una demoledora carga frontal para obligar a fijar y dislocar la vanguardia enemiga, y asestar el golpe definitivo mediante el movimiento de flanqueo, parece indicar que los cruzados eran conscientes de la envergadura y calidad de buena parte de las fuerzas hispano-occitanas, y que respetaban a su enemigo, y que no se dirigían a combatir contra un ejército improvisado que todavía descansaba en sus tiendas, sino que se enfrentaban a una fuerza formada para el combate. Volver

34)

Como ejemplos de exitosas huidas fingidas tenemos la batalla de Hastings y la batalla de Cocherel. En Hastings (1066), la caballería normanda estrellaba sus esfuerzos ante las murallas de escudos de los sajones; el duque Guillermo, temiendo el fracaso, planeó un cambio de táctica: ordenó a parte de sus caballeros que simularan realizar una carga infructurosa, para después fingir iniciar un retirada. Sus caballeros así actuaron, y lograron que los sajones, convencidos de su victoria, rompiesen su línea de escudos, con la intención de saquear y obtener botín; a una señal convenida, la caballería normanda volvió grupas y se abalanzó sobre los desprevenidos sajones. Con la victoria del duque Guillermo se abrió en Inglaterra una nueva etapa en su historia, la Inglaterra normanda. Por su parte, en la batalla de Cocherel (1357), en el transcurso de la Guerra de los Cien Años, Bertrand du Guesclin se enfrentó a un contingente de mercenarios navarros que defendían posiciones en lo alto de una colina. Du Guesclin ordenó a sus lanceros montados que cargasen montaña arriba, pero a mitad de camino, ordenó un repliegue ordenado de sus hombres, en retirada fingida; los navarros, superiores en número y confiados en su victoria, abrieron filas y corrieron colina abajo en pos de sus atacantes, los cuales, reagrupados en la llanura, cargaron contra ellos, derrotándolos. Volver

35)

Es necesario incidir aquí como las propias fuentes presentan dificultades en su interpretación razonada, especialmente si no se sitúan en el contexto determinado y en relación con otras fuentes. Así, Puylaurens alude en su relato al temor de los cruzados por los proyectiles de los tolosanos, justamente la idea de defensa propuesta por el conde de Tolosa, según el mismo autor. No cabe duda que Puylaurens deseaba, al escribir su crónica unos 50 años más tarde la batalla, otorgar protagonismo al conde de Tolosa. El autor ni siquiera había nacido en aquella época, y tuvo que recabar necesariamente de la ayuda y el testimonio de supervivientes de la batalla, seguramente veteranos tolosanos. Puylaurens también confunde el lugar de salida de los cruzados y la ubicación del campamento aliado, invirtiendo los lugares, quizás por el hecho de desconocer personalmente la zona o por un error en el testimonio de un superviviente. Lo cierto es que insiste que los aliados creyeron que los cruzados realmente estaban huyendo, y ésta impresión solo podía realizarse teniendo en cuenta que el lugar de salida era el oeste y desde la posiciones hispano-occitanas se tenía una amplia visión de la llanura de Muret y alrededores. A lo largo del texto Puylaurens ha caído en otras confusiones; una de las más relevantes es su afirmación que la batalla se celebró el dia 13 de septiembre, día de la Exaltación de la Cruz; ésta es la fecha en que los prelados escribieron su famosa carta narrando la batalla y loando la victoria de la Iglesia frente a la herejía. Volver

36)

Tanto la Canzó de la Crozada como la Crónica de Guilhem de Puylaurens hacen mención de la aparente huida de la caballería de Monfort del campo de combate. Volver

37)

El poema épico de la Canzó relatará así los hechos: Los hombres de Tolosa todos han corrido, que ni el conde ni el rey fueron creídos, porque no supieron nada hasta que los cruzados hacia ellos fueron. Volver

38)

Los cronistas y combatientes medievales eran conscientes que la precipitación provocada por la ruptura del orden de combate antes de recibir las órdenes adecuadas conducía invariablemente a la derrota. El rey Jaime había sido consciente de ello en la única batalla en la que participó a lo largo de sus 80 años de vida, la batalla de Porto Pi: el rey se centra en explicar los preparativos ceremoniales del combate, especialmente en el terreno religioso -misa de campaña y alocuciones del rey a la tropa, etc-. pero no detalla ningún consejo de guerra ni el orden de batalla establecido; sólo los acontecimientos en las que aparece la figura del monarca son descritos con minuciosidad, de tal manera que, a la luz de la Crónica, la batalla solo podía tener un único resultado: la victoria del rey Jaime. Pero de los párrafos de la narración se vislumbra que la batalla no se sucedió de una manera ordenada y planificada, y que el soberano apenas pudo dirigir a sus tropas, ni transmitir ningún orden ni plan de batalla. Los nobles de la familia Montcada -los mismos que en 1213 formaban el segundo cuerpo de ejército del rey Pedro II, y que no llegaron a entrar en combate por encontrarse todavía en marcha de aproximación-, iniciaron por su cuenta el avance hacia el enemigo -con miras a acrecentar su prestigio y fortuna-; el rey Jaime no pudo detenerles -por su escaso liderazgo y prestigio militar- y mientras intentaba poner orden en su cuerpo de ejército, la vanguardia cayó en una emboscada. Apresuradamente, el rey partió con su mesnada aragonesa y tropas reales hacia la batalla, mientras enviaba mensajeros para que la retaguardia -comandada por su tío-abuelo Nuño Sanz-, apresurase su marcha para unirse al combate. En estas alturas del relato se observan las deficiencias tácticas del monarca: no ha establecido ningún plan de batalla, no ha impuesto su autoridad entre los capitanes de su ejército, no ha enviado exploradores que reconozcan el terreno, no despliega alas en el avance, resuelve el desarrollo del combate mediante cargas frontales -sin tener en cuenta la maniobra-...Imprudentemente, Jaime I, a la vista del presumible desastre, se dirige directamente hacia la batalla, apenas escoltado por un grupo de caballeros -tal y como se describe la actuación de su propio padre en Muret, ¿casualidad?-. En su Crónica el rey Jaime reconstruyó los hechos de la batalla a su propia conveniencia, pero no hay duda que ocultaba en sus pasajes una profunda vergüenza por su propia incapacidad militar: ¿es descabellado pensar que, en el relato de Muret el monarca no hubiera vertido sus propias vivencias, y que esas palabras fueran una llamada a la obediencia de sus súbditos? ¿Acaso el monarca podía reconocer que su padre -realmente mucho más experto que él mismo en cuestiones de guerra- le había podido superar en táctica militar? ¿Podían cometer los mismos errores un maduro y curtido guerrero Pedro, de 37 años, que un joven imberbe de 21 años?. Volver

39)

La leyenda negra del rey Pedro incide en este hecho, y explica que, supuestamente, el rey había mantenido una apuesta con uno de sus caballeros, la noche antes de la batalla; puesto que el monarca perdió la partida, gentilmente le regaló su armadura: por ello Pedro II fue al combate con una armadura de inferior calidad. La explicación de tal hecho es mucho más compleja: el monarca, forzado a combatir con solo dos cuerpos, puesto que el conde de Tolosa no se había incorporado al despliegue, y consciente que él debía estar presente en el orden de combate, busca proteger su persona, portando la armadura de otro caballero, mientras un hombre de su entera confianza se presenta voluntario para llevar los emblemas reales: protegido por sus guardias, y bajo el anonimato de una armadura corriente, el rey Pedro puede dirigir la batalla desde una posición táctica de primera línea. Volver

40)

Una variante muy sofisticada, derivada del despliegue táctico del echelon, fue el orden oblicuo, usado ya por los tebanos en la batalla de Leuctra (371 aC) y por Federico II el Grande en la batalla de Leuthen (1757). Volver