En
primer lugar, describiremos lo acontecido en la batalla con las palabras
del rey Jaime, en su Llibre dels Feits: "Simón de Montfort
estaba en Muret, acompañado exactamente de ochocientos a mil
hombres de a caballo y nuestro padre vino sobre él cerca de aquel
lugar donde él estaba. Y fueron con él, de Aragón:
Don Miguel de Luesia, Don Blasco de Alagón, Don Rodrigo Liçana,
Don Ladrón, Don Gómez de Luna, Don Miguel de Rada, Don
Guillem de Puyo, Don Aznar Pardo y muchos otros de su mesnada y de otros
de los cuales no nos podemos recordar. Pero bien recordamos que nos
dijeron aquéllos que habían estado y conocían el
hecho, de que salvo Don Gómez de Luna, Don Miguel de Rada, Don
Aznar Pardo y algunos de su mesnada que murieron, los otros lo abandonaron
en la batalla y huyeron. Y fueron, de Cataluña: Dalmau de Creixell,
N'Hug de Mataplana, Guillem d'Horta y Berenguer de Castellbisbal; éstos
huyeron con los otros. Sin embargo, bien sabemos con certeza, que Don
Nuño Sanç y Guillem de Montcada, que fue hijo de Guillem
Ramon de Montcada y de na Guilleuma de Castellví, no estuvieron
en la batalla, pero enviaron mensajeros al rey diciéndole que
los esperara, y el rey no les quiso esperar, y dio la batalla con aquéllos
que eran con él. Y aquel día que dio la batalla había
yacido con una mujer, ciertamente que Nós oímos decir
después que durante el Evangelio no pudo estar derecho, sino
que permaneció sentado en su setial mientras que se decía
misa.
Y antes de que tuviera lugar la batalla, Simón de Montfort quería
ponerse en poder suyo para hacer aquello que el Rey quisiera, y quería
avenirse con él; y nuestro padre no lo quiso aceptar. Y cuando
el conde Simón y aquellos de dentro vieron eso, hicieron penitencia
y recibieron el cuerpo de Jesucristo, y dijeron que más se amaban
morir en el campo que en la villa. Y con eso, salieron a combatir todos
a una, de golpe. Y aquéllos de la parte del rey no supieron formar
las líneas de batalla ni ir juntos, y cada caballero acometía
por su lado, y acometían contra las reglas de las armas. Y por
la mala ordenación, y por el pecado que tenían en ellos
(1) , y también porque de los
que estaban a dentro de la plaza no encontraron merced, la batalla tenía
que estar perdida. Y aquí murió nuestro padre. Y así
siempre lo ha seguido nuestro linaje, en las batallas que ellos han
hecho y en las que Nós haremos, que es vencer o morir. Y Nós
permanecimos en Carcassona, en poder del conde, porque él nos
hacía educar y era señor de aquel sitio".
Muret se encuentra a unos 20 Km al sur de Tolosa, en la confluencia
del río Garona con su afluente el Loja. Era una ciudad de tamaño
medio, con un perímetro en forma trapezoidal, con una extensión
máxima en su eje principal de no más de 500 metros. Cerca
de la orilla izquierda del Loja se extiende una llanura limitada, por
un lado por el Garona y por el otro, por el terreno ascendente de las
colinas de Perramon, situadas a unos dos kilómetros al oeste.
La llanura, en invierno, era una zona de marismas, pero en verano, estaba
cubierta de hierba, y atravesada por varios arroyuelos de poco caudal.
Su superficie llana era ideal para la maniobra de fuerzas de caballería.
La ciudad estaba dividida en tres núcleos diferenciados, de oeste
a este: la villa nueva, con su propio recinto amurallado, la villa vieja,
alrededor de la iglesia de san Serni y con muralla propia, y el castillo,
en un islote separado de la ciudad por un puente levadizo sobre un canal
del río Loja en su unión con el Garona; del castillo nacía
directamente el camino hacia Tolosa por el nordeste. El castillo contaba
con dos torres y una poderosa torre del homenaje, de imponentes dimensiones.
La ciudad contaba con cuatro puertas:
-
• La del camino a Seysses/Tolosa, al norte, que se deslizaba
por un terreno prácticamente llano.
• La del camino de Tolosa, al nordeste, a través del
portón de San Serni, y que serpenteaba por la orilla de los
meandros del río Garona.
• La del camino de Fanjaux/Carcassona, al sudeste, que cruzaba
el río Garona por un amplio puente de madera, y que desaparecía
por la llanura occitana.
• La del camino de Salas, al sudoeste, que ascendía siguiendo
el curso del río Garona.
 |
Plano
de Muret, según Alvira Cabrer |
Pese
a su tamaño, la ciudad presentaba importantes dificultades para
su conquista. El flanco sur estaba protegido por el río Garona,
amplio –más de 120 metros de anchura, frente a Tolosa-,
profundo y de fuertes corrientes; un ataque por esta zona necesitaba
del asalto al puente de madera y de su puerta, en una zona donde apenas
había espacio para maniobrar entre la muralla y el cauce del
río. El asalto por el castillo también implicaba riesgos:
cruzar primero el canal y su puente, lanzarse a la toma del islote del
castillo, para después avanzar hasta el puente levadizo que unía
el castillo con la ciudad vieja. El norte y el oeste mostraban unos
accesos relativamente practicables: el río Loja no era tan caudaloso,
tenía una anchura media de unos 10 metros, y con unas escarpaduras
de unos 3-5 metros. Una vez cruzado, y a poniente de la ciudad nueva
se abría una faja de tierra de unos trescientos metros, entre
el río Loja y el Garona, espacio suficiente para la maniobra
de la infantería y los trabajos de asedio. Por el contrario,
en esa zona, las defensas de de Muret contaban con una sólida
muralla, con varias torres y un amplio foso.
En la batalla de Muret los bandos enfrentados consistieron una coalición
de fuerzas hispano-occitanas contra fuerzas de voluntarios cruzados.
La coalición estaba formada por la Corona de Aragón, el
condado de Tolosa y los principales nobles feudales transpirenáicos,
que se encontraban ligados a los dos primeros por razones feudo-vasalláticas.
Los principales jefes aliados eran el rey Pedro II de Aragón,
el conde Raimon VI de Tolosa, el conde Roger Bernat de Foix, el conde
Bernat IV de Comminges, y el vizconde Gaston VI de Bearn. Por el otro
bando, los cruzados se encontraban liderados por Simón de Monfort,
a pesar que, nominalmente, el legado papal Arnau Amalric era el jefe
político y espiritual de la cruzada.
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Muret
en la actualidad; la señal verde indica el lugar de salida
de las fuerzas cruzadas, el círculo rojo, el campo de batalla,
y el rectángulo azul el lugar del campamento hispano-occitano. |
En
la batalla de Muret los bandos enfrentados consistieron una coalición
de fuerzas hispano-occitanas contra fuerzas de voluntarios cruzados.
La coalición estaba formada por la Corona de Aragón, el
condado de Tolosa y los principales nobles feudales transpirenáicos,
que se encontraban ligados a los dos primeros por razones feudo-vasalláticas.
Los principales jefes aliados eran el rey Pedro II de Aragón,
el conde Raimon VI de Tolosa, el conde Roger Bernat de Foix, el conde
Bernat IV de Comminges, y el vizconde Gaston VI de Bearn. Por el otro
bando, los cruzados se encontraban liderados por Simón de Monfort,
a pesar que, nominalmente, el legado papal Arnau Amalric era el jefe
político y espiritual de la cruzada.
Respecto del tamaño de los ejércitos que participaron
en la batalla, y de igual manera que sucedía con las fuerzas
reunidas para la cruzada de 1209, se han barajado cifras muy elevadas
para los contendientes (2) de Muret;
pero estas ingentes cifras parecen no tener en cuenta la propia demografía
de la época, las condiciones de reclutamiento y servicio, y especialmente,
los problemas logísticos y de abastecimiento. Las fuerzas combinadas
de tolosanos y aragoneses podían ascender, a lo sumo, alrededor
de 12.000 hombres (3) :
• 800 guerreros a caballo catalano-aragoneses.
• 1.000-2.000 guerreros a caballo occitanos, gascones y mercenarios.
• 5.000 a 10.000 peones de infantería, en su mayoría
milicias ciudadanas de Tolosa, Montauban y sus alrededores (4)
.
• A estas cifras hay que añadir un contigente de unos
200 caballeros y 400 hombres a caballo, a las órdenes de Nuño
Sanç y Guillem de Montcada, que cruzaban los Pirineos para
unirse al rey Pedro en la ciudad de Tolosa; sin embargo, estos refuerzos
estaban todavía lejos del escenario de Muret: la víspera
de la batalla se situaban cerca de Carbona (5) ,
siguiendo el camino de la costa, a más de 170 Km de Muret.
Recorrer esta distancia que les separaba del rey implicaba varios
días de marcha: en una jornada media, de unas 8 horas de marcha,
el caballo se desplaza a una velocidad media de 8 a 10 km/h.
No hay duda que este heterogéneo ejército, a pesar de su
número, no formaba una masa compacta, ni en experiencia ni en fiabilidad.
Los caballeros catalano-aragoneses contaban en su mayoría con la
experiencia adquirida el año anterior en las Navas de Tolosa, pero
en cuanto a las huestes occitanas, no se podía decir los mismo:
sólo se podría confiar en la profesionalidad de los pequeños
contingentes de tropas personales de los nobles occitanos –especialmente
de los hombres de Foix-, y la calidad de la milicia de infantería
era a todas luces cuestionable para sostener no ya un prolongado asedio,
y mucho menos una batalla campal.
Respecto del tamaño del ejército cruzado, todos los historiadores
contemporáneos coinciden en indicar que su fuerza era muy inferior
respecto del contingente hispano-occitano. Ello se debía a las
especiales características del servicio militar en el bando cruzado:
excepto por un núcleo de fuerzas personales feudales de Monfort
y sus nobles, el resto del ejército se componía de voluntarios
que se enrolaban por un período determinado de campaña,
tras el cual podían regresar a sus hogares con la indulgencia papal.
Puesto que a lo largo del año 1213 –y gracias a los esfuerzos
diplomáticos del rey Pedro-, el apoyo de Roma a la guerra en Occitania
había disminuido hasta el punto extremo que incluso se llegó
a plantear el cese definitivo de las hostilidades, los contingentes militares
cruzados eran significativamente menores que en las campañas anteriores:
se ha barajado la cifra aproximada de unas fuerzas totales de 1.000-1.200
hombres a caballo y alrededor de 1.500-2.000 infantes y arqueros (6)
en todo el territorio occitano ocupado por los cruzados.
Las noticias y rumores que recorrían el territorio informando de
la llegada del ejército hispano del rey Pedro habían motivado
que Monfort, para mantener el control de la población ocupada,
destinase a buena parte de su ejército a tareas de guarnición,
a la espera de la identificación del punto de invasión.
Al no haber podido contar con los refuerzos habituales de la campaña
de primavera, Monfort no disponía de ninguna fuerza de maniobra
de envergadura con la que oponerse al avance del rey. Es por ello que
el conde tuvo que arriesgarse, para poder socorrer a la guarnición
de Muret, a despojar a sus otras fortalezas de la mayoría de las
respectivas guarniciones, dejando sólo en cada una de ellas una
fuerza mínima. Recurriendo a esta drástica medida, parece
que pudo reunir para su fuerza de socorro a unos 700-800 jinetes y unos
centenares de peones.
Independientemente de la cifra real de fuerzas cruzadas presentes en Muret,
de lo que no cabe duda es que Monfort se encontraría en inferioridad
numérica; de ello se encargaron de propagarlo los cronistas procruzados.
No hay que olvidar que las fuentes de la época intentaban glorificar
la hazaña de los cruzados, hasta alcanzar un simbolismo cuasi divino;
por ello las fuentes habrían mantenido sus cifras expresamente
a la baja. A pesar de su inferioridad numérica, Monfort era consciente
que sus tropas tenían mayor experiencia de combate que sus oponentes.
| |
Mapa
de la campiña tolosana |
No
en vano, el núcleo principal de sus fuerzas residía en
las tropas veteranas de la campaña de 1209, en aquellos voluntarios
que habían permanecido con él desde los primeros días
de la lucha, que preferían la nueva vida de riquezas –y
muerte- en tierras occitanas; muchos ellos, además, poseían
la experiencia bélica previa de la guerra en Tierra Santa y de
la guerra de Normandía. Pero Monfort, profundo devoto y experto
conocedor de la mentalidad de su tiempo, tampoco descudió la
moral de sus guerreros: convocó a los obispos de Tolosa, Carcassona,
Nîmes, Uzes, Lodéve, Agde y Besiers, a los abades de Clairac,
Vilamagna y Saint-Thibéry y al legado Arnau Amalric, con la intención
que les acompañaran en la expedición. Monfort sabía
que de aquella campaña sólo podía salir un vencedor,
y estaba dispuesto a contar con la ayuda divina.
Al día siguiente Monfort y sus tropas entraron en la ciudad asediada.
Para los cruzados, aquello podía significar un alivio momentáneo,
pero visto en perspectiva, no se trataba más que de una ratonera
ideada por el rey Pedro; dentro de la villa, Monfort evaluó la
situación: sus tropas sumaban unos 800 jinetes y alrededor de
700 soldados de infantería, y los víveres escaseaban.
Para un experto jefe militar como él no podía pasar desapercibido
que no se podría soportar un asedio; la encrucijada tenía
dos únicos caminos: combatir al día siguiente, contra
un ejército muy superior, o el deshonor de una retirada. Simón
de Monfort, tras conversar con sus oficiales, y de conversar con sus
curtidos veteranos, se reunió con los legados, solicitándoles
permiso para entablar batalla al día siguiente. Los eclesiásticos
se pronunciaron negativamente. El conde se retiró a sus aposentos
y pasó la noche en vigilia, orando junto a su confesor (7).
|
Sarjeant
francés, de finales siglo XII. |
Pero
los obispos, a pesar de la tranquilidad aparente de Monfort, de sus
palabras de confianza en la victoria, seguían sumidos en una
creciente desesperación, y decidieron enviar una embajada de
dos sacerdotes al campo hispano-occitano, para rogar que el rey abandonara
a los enemigos de Dios. Los emisarios salieron al alba de la villa de
Muret y lo hicieron descalzos, en señal de humildad. El rey se
negó a recibirles. A lo largo de aquellas horas, los obispos
enviaron hasta 3 embajadas, sin nigún resultado satisfactorio.
En el bando hispano-occitano, la actividad se inició a primera
hora de la mañana: tras oír misa, el rey Pedro convocó
un consejo de guerra, con la presencia de los principales barones y
capitanes del ejército. El soberano inicia su parlamento dando
ánimos a sus hombres, exhortándoles a que mostraran la
misma audacia que les había valido la gloria en las Navas de
Tolosa un año antes; invitó a cada caballero a distinguirse
por su valentía en el campo de batalla y cedió la palabra
a aquel que quisiese intervenir (8)
. El conde Raimon VI, el hombre de más edad de los presentes
–y también, no hay que olvidarlo, se trataba de un enemigo
tradicional de la Corona aragonesa en Occitania, si bien reciente aliado-,
conocedor de la falta de experiencia de las tropas tolosanas, deseaba
evitar una batalla campal: proponía fortificar el campamento
con una línea de empalizadas, tal y como había hecho en
Castelnou d’Arri (1211), y repeler a los cruzados con ballestas,
si intentaban forzar el asalto del campamento; de esta manera se podrían
contener los ataques enemigos, manteniendo a las fuerzas de caballería
en reserva para lanzar prestos un contraataque una vez desgatada la
ofensiva cruzada. En el supuesto que los cruzados no atacasen el campamento,
el conde proponía proseguir con el asedio.
Pero estas propuestas contradecían frontalmente los planes del
rey Pedro: éste tenía ya en mente en presentar batalla,
considerando que en Muret no solamente se tenía que derrotar
al enemigo, sino también conseguir la paz, pero desde una posición
de fuerza. Y eso sólo se puede conseguir con la victoria en un
campo de batalla, no venciendo tras un asedio. Toda la Cristiandad ha
de ver cómo el rey de Aragón derrota a Monfort en buena
lid. El rey es consciente de las enormes posibilidades políticas
que se abren con la derrota de Monfort en el campo de batalla. Nadie
duda de la ortodoxia del rey Católico, quien ha ganado fama internacional
tras la batalla de las Navas, pero su apoyo a los barones occitanos,
excomulgados por Roma, plantea una cuestión religiosa y moral
de difícil resolución; es por ello que, venciendo a Monfort,
y dentro del racionamiento medieval, la derrota de los cruzados mostrará
a todos que la Verdad no está de parte de Monfort y los suyos,
sino que éste se ha excedido y abusado de sus prerrogativas,
y no se comporta como un buen cristiano ni como caballero: por un lado,
se ha valido de la Iglesia y de la idea de santa cruzada para atacar
a otros católicos y despojarles de sus tierras; por otro, se
ha alzado en armas contra su señor feudal el rey de Aragón.
La lógica feudal, pues, obliga a que el conflicto se dirima en
una batalla campal. El rey, muy hábilmente, plantea el conflicto
en un plano personal: quiere vencer a Monfort, no derrotar a Roma.
La victoria sobre el ejército cruzado a manos de un rey con el
prestigio de Pedro II, permitiría a éste negociar directamente
con el Papado la posibilidad de una paz negociada; no es difícil
imaginar cuáles serían las condiciones del armisticio:
a cambio de establecer medidas políticas y religiosas efectivas
contra los cátaros, la retirada de todo apoyo feudal a la herejía
y el restablecimiento de la supremacía eclesial romana, Pedro
II exigiría a cambio la restitución de las tierras y posesiones
a sus legítimos propietarios, la desmovilización del ejército
cruzado y el encarcelamiento del noble rebelde Simón de Monfort
–el cual, en sentido estricto, se había alzado en armas
contra su señor feudal, el rey Pedro-.
Pero no hay que olvidar que las crónicas prooccitanas que nos
relatan el consejo de guerra –Canzó de la Crozada y la
Crónica de Guilhem de Puylaurens- fueron escritas más
de dos décadas posteriores a los sucesos, y en ellas hay una
intención manifiesta en destacar el papel que juega la casa de
Tolosa en el conflicto occitano (9)
; de ahí el papel relevante que se pretende asignar al conde
Raimon: con el recuerdo de la derrota de Muret, y para ensalzar a los
condes de Tolosa, en éstos relatos se pone de relieve la prudencia
de Raimon, frente a la irreflexiva gallardía del rey Pedro. Los
cronistas, pues, no entran a reflexionar las motivaciones del rey, sino
sólo transmiten lo anecdótico: la disputa entre los dos
líderes. El rey Pedro, al rechazar de plano la propuesta del
conde Raimon, sólo logra enemistarse con él: Raimon se
retirará a su tienda, de las crónicas se desprende que
apenas participó en los acontecimientos posteriores de la batalla.
El alférez real, Miguel de Luesia, lanzó un furibundo
ataque verbal al conde de Tolosa (10)
que, lejos de corresponderse a un exaltado ideal caballeresco, podrían
responder al recelo que él mismo como caballero, el rey Pedro
y los suyos mantenían respecto de los tolosanos:
a) Durante generaciones habían sido los tradicionales
enemigos de la Casa de Aragón en la pugna por la supremacía
en esas tierras meridionales, y que sólo ahora, bajo la extrema
presión de los cruzados, habían accedido a la pleitesía
y protección de Aragón (11)
.
b) La estrategia dubitativa y contemporizadora de los
condes de Tolosa frente a la agresión de la Cruzada; en un primer
momento, el conde Raimon intentó unirse a los cruzados y desviar
el ataque hacia el vizcondado de los Trencavell, súbditos de
Pedro II; posteriormente, sus reiterados intentos de llegar a una solución
negociada y evitar la conquista de sus tierras. Pero además,
todos los meridionales y los catalano-aragoneses conocían perfectamente
la actitud que había mostrado el conde en la batalla de Castelnou
d’Arri, cuando el conde de Foix se alzaba con la victoria frente
a Monfort, lejos de apoyarle, guardó una postura defensiva que
permitió a los cruzados contraatacar y alzarse con la victoria.
c) El conde de Tolosa usaba su condición de
noble para imponer su consejo por encima de la veteranía de guerreros
experimentados. En aquella época no existía una cadena
de mando permanente y el ejercicio del liderazgo de una hueste medieval
frecuentemente no provenía de la experiencia de combate si no
del linaje, pero se aceptaba la voz de los jefes militares curtidos,
aunque no perteneciesen a grandes casa nobiliarias; la propuesta de
Raimon VI chocaba de plano con las ideas del rey, pero éste no
podía manifestarse abiertamente contra los consejos de su recién
aliado, por lo que, en boca de su amigo de Luesia, exponía la
postura de los que contaban con la experiencia adquirida en los últimos
años junto a Pedro, y especialmente con el recuerdo de la jornada
de las Navas. Así, frente a la opinión del tolosano, de
resguardarse tras los parapetos del campamento, Luesia aspiraba a sacar
todo el partido de la superioridad táctica de los meridionales
en una batalla campal, que indudablemente se ofrecía difícil,
pero no imposible.
Y a pesar de todo ello, la táctica de Raimon VI de Tolosa ha
sido valorada positivamente por los historiadores –tanto por los
coetáneos del momento como por nuestros contemporáneos-
y es calificada como brillante. Soldevila va más allá
y argumenta que la mentalidad burguesa y culta del conde de Tolosa se
pone de relieve con esta táctica y, de hecho, de seguir sus consejos,
la batalla –y por ende, la guerra, la cruzada y el destino de
Occitania y Cataluña- hubieran sido totalmente diferentes.
Esta apreciación no puede ser aceptada tácticamente; en
primer lugar, resulta ilógico pensar que el pensamiento burgués
y mercantil de los meridionales pudiera crear y materializarse en una
doctrina militar superior a la de los caballeros –del norte o
de más allá de los Pirineos-, curtidos en años
de experiencia en los campos de batalla de Normandía, Aquitania,
Flandes y Tierra Santa; en segundo lugar, el repliegue hacia el campamento
aliado otorgaba a Simón la iniciativa táctica –y
estratégica- de la campaña de 1213; en tercer lugar, no
permitía una conclusión de la guerra, y posponía
la resolución del conflicto, con el riesgo de la intervención
oficial francesa.
Como prueba de la limitada capacidad táctica del conde tolosano
encontramos el hecho de basar, justamente, su estrategia de batalla
en la suposición que Monfort se lanzaría al ataque sobre
el campamento aliado –que, recordemos, albergaba a una fuerza
de unos 10.000 soldados-, en lugar de plantear una batalla campal o
retirarse. Imaginar que el líder cruzado lanzaría su escaso
millar de hombres, contra una fuerza diez veces superior, con todas
las vías de salida constantemente vigiladas, en campo abierto,
tras vadear un caudaloso río, puede resultar un ejercicio de
fe, más que de la razón. De hecho, el propio Monfort decía
que si no podía atraer al enemigo fuera de sus tiendas, tendrían
que retirarse. Se pone, pues, de relieve, que la táctica de Tolosa
era totalmente errónea, aunque muchos en la actualidad crean
justo lo contrario. Salve decir que, salvo en pocas excepciones, una
defensa exclusivamente estática nunca puede conceder la victoria
a un ejército: la línea Maginot, la muralla del Atlántico,
la línea Sigfrido, las barreras de arena en el Canal de Suez,
las defensas del desierto en la Guerra del Golfo, etc. son ejemplos
de defensas “inexpugnables” que fueron rebasadas y conquistadas.
Este razonamiento, pues, tan alejado no ya de los ideales caballerescos
que podía hacer gala el rey Pedro II, sino de las más
elementales consideraciones tácticas –que sí habían
sido consideradas por el monarca- revela la causa por la cual la guerra
había sido, hasta aquel momento, tan desfavorable para el bando
occitano: sin un liderazgo fuerte, respetado y experimentado en cuestiones
políticas y militares, los meridionales habían sido derrotados
uno a uno por un ejército inferior en número.
|
Caballero
desmontado occitano, de finales siglo XII. |
Además,
el conde de Tolosa pretendía el uso de la ballesta para contrarrestar
una carga de caballeros cruzados. Hay que tener en cuenta que el empleo
de la ballesta estaba repudiado por los usos militares de la época,
al menos en teoría: la ballesta era considerada un artefacto
para cobardes. Según el estricto código de honor de los
caballeros medievales, las armas “nobles” eran la lanza,
la espada, el hacha, la maza y la daga, armas de honor, directas y personales.
Pero el empleo de armas arrojadizas era considerado como un acto vil,
propio de los peones. Es por ello que la aristocracia sentía
un profundo desprecio –y terror (12) -
por el arma propulsada a distancia, puesto que el impacto del virote
de la ballesta traspasaba las cotas de malla.
Para un noble, entrenado desde la infancia en el arte de la guerra,
protegido con un costosísimo armamento defensivo, era intolerable
la posibilidad de ser vencido o muerto no por un igual sino por un plebeyo
escasamente adiestrado, cobarde por definición (13)
y desde una distancia tal que era imposible la mera
defensa. La muerte acechaba ahora no en el campo de batalla, en un combate
singular, sino en cualquier escaramuza, al doblar un recodo del camino,
una muerte anónima, sin gloria. Este tipo de muerte, anónima,
sin gloria, rompía la concepción moral de la época,
y podía alterar el orden social establecido; es por ello que
el II concilio de Letrán (1139) prohibió el empleo de
la destreza mortífera de arqueros y ballesteros pero, eso sí,
sólo contra otros cristianos. Paradójicamente, y en aras
a una mayor efectividad militar, estas prohibiciones eclesiásticas
serían ignoradas desde un principio por buena parte de los nobles
feudales.
|
Ballestero
de la milicia tolosana, montando su arma |
Es
por ello que, pensar que, dentro del contexto de aquellos momentos,
plantear una batalla en base al empleo de la ballesta, en manos de fuerzas
“herejes” contra caballeros cruzados, además de estar
parapetados detrás de fortificaciones, en lugar de entablar batalla
campal, representaba una afrenta, no solo para el código de honor
y moral de los caballeros, sino que iba más allá, y cualquier
victoria así obtenida no podía esperar la aprobación
ni el prestigio necesario como para ser determinante en el conflicto
ni a escala internacional.
Sin duda, la postura de Raimon de Tolosa podría corresponder
más a la apreciación de las debilidades de su caballería
y de la escasa preparación y armamento de las milicias y peones
tolosanos que les acompañaban. Es por ello que el conde buscaría
la protección del campamento, no tanto por un concepción
táctica más avanzada, si no por el hecho de no sucumbir
en una batalla trascendental, sin las debidas garantías de victoria.
Es desde este razonamiento que la posición de Raimon VI se podría
considerar como aceptable.
Existen, pues, dos claras visiones del conflicto: el conde Raimon cree
que venciendo a Monfort en combate, la guerra se resolverá favorablemente
y la situación internacional puede volver al status quo existente
en 1209. Por su parte, el rey Pedro confía en que la derrota
de Monfort, en batalla campal, sirva para que los legados y Roma accedan
a resolver el conflicto de manera negociada.
Una estratagema defensiva quizás habría dado la victoria
en Muret (14) , pero no habría
significado el fin de la guerra –si al menos, de la campaña
de 1213-: el Papa Inocencio III habría redoblado esfuerzos y
Francia podría intervenir directamente – si se prescinde
de la amenaza que sufría la monarquía francesa, también
en aquellos momentos, provenientes del Imperio y de Inglaterra, sucesos
que alcanzarían su cénit en 1214, con la batalla de Bouvines-.
Tras el incidente con el conde, el monarca acuerda con sus barones levantar
la reunión, y los guerreros se preparan para el combate. Finalizado
el consejo de guerra, las crónicas retoman la acción del
combate: fuerzas de infantería meridionales avanzan hacia las
murallas, y toman la parte nueva de la ciudad. En el bando cruzado hay
enorme preocupación ante el avance occitano: los prelados esperan
todavía que el rey Pedro escuche sus súplicas y no prosiga
el combate, y es por ello que se niegan a autorizar el combate hasta
que no se conociesen las nuevas del rey. Pero Monfort, al igual que
Pedro II, sabe que se trata del combate definitivo, y así plantea
a los legados la necesidad de entablar batalla, ante la contundencia
de los asaltos de la infantería enemiga a las murallas de la
ciudad. Los obispos ceden.
En una reunión con sus lugartenientes, Monfort expone su plan
de batalla, meditado tras horas de estudio de la situación; la
valoración de la situación que hace el jefe de los cruzados
expresa la necesidad de arriesgarse a una batalla en campo abierto,
o sinó, serán aniquilados. Monfort dirá: «Si
no podemos hacer que se alejen un buen trecho de sus tiendas, no nos
quedará más remedio que correr (15)
». Tras el consejo guerra (16)
, Monfort ordena que las tropas formen en la plaza
del mercado, en el lado suroeste de la ciudad, a la espera de sus instrucciones.
Antes de armarse, se detiene brevemente en la capilla del castillo para
orar: de nuevo aparece la profunda religiosidad del líder cruzado,
en contraposición con la ausencia de liturgias católicas
en el ejército del rey Pedro.
Son muchos los historiadores que han tratado la batalla de Muret, aportando
luces –y sombras- al debate sobre los acontecimientos que se desarrollaron
en aquel lejano 12 de septiembre de 1213. Sin embargo, si comparamos
las hipótesis planteadas por los principales especialistas en
la materia (17) se pueden establecer
cuáles son los elementos comunes en las diferentes teorías
y también cuáles son aquellos elementos en los que existe
la discordia.
|
| Caballero
cruzado desmontado, con armadura de influencia bizantina, de finales
siglo XII |
Podemos
avanzar que las cinco teorías existentes se agrupan, bajo diferentes
matices, en aquellas que plantean una batalla desarrollada en dirección
Este-Oeste –salida de las fuerzas cruzadas por la puerta de Salas,
rodeo de la muralla y paso por el puente de san Serni- y aquellas otras
hipótesis que lo sitúan en un eje de ataque Sur-Norte
–salida por la puerta de Salas, avance por la orilla del Loja
y un posterior cruce por un vado-. En todas ellas –excepto en
la versión de F.X.Hernández-, se destaca que las fuerzas
hispano-occitanas estaban previamente formadas para la batalla.
La falta de precisión sobre el orden de combate aliado en las
fuentes hispano-occitanas podría responder a una falta de información,
pero también podría responder a una deliberada ocultación
para no mancillar el honor de alguno de los participantes; todo parece
indicar que sería la figura del conde Raimon de Tolosa la que
se querría proteger: el parlamento ante el rey, su táctica
“razonable” expuesta con claridad, rechazada por el rey,
etc. pero, significativamente, se guardaría silencio sobre su
protagonismo en la acción bélica. De hecho, los historiadores
solo pueden establecer conjeturas acerca de si tomó parte o no
en la batalla.
La idea general transmitida es que el rey actuó como un caballero
impulsivo y optó por la batalla campal, persiguiendo su ambición
de gloria y fama, sin valorar las consecuencias, cediendo la ventaja
táctica al acorralado Simón de Monfort. De hecho, en un
momento en que la literatura medieval se recreaba en historias caballerescas,
no podía concebirse imagen más sublime que la de un rey
a la cabeza de sus huestes. (18) Así
se nos ha transmitido la imagen, por ejemplo, de la actuación
personal de los tres monarcas en la batalla de las Navas, que fue fundamental
para la victoria cristiana; los reyes de Navarra, Aragón y Castilla
se lanzaron al combate, en el momento más delicado de la batalla,
con la intención de motivar a sus hombres, prescindiendo de ocupar
un puesto seguro en retaguardia, tal y como aconsejaba la prudencia
militar. El planteamiento del rey Pedro II de una batalla campal no
puede valorarse a la ligera, como una falta de responsabilidad del monarca,
optando por una insegura confrontación campal y rechazando de
plano la segura –y, siguiendo este planteamiento, exitosa- opción
de la defensa del campamento.
El rey Pedro contaba con una dilata experiencia de combate, tanto en
guerra de asedio, como en cabalgadas, pero también en batallas.
Su concurso en las Navas de Tolosa tuvo que representar un enorme bagaje
y fuente de conocimientos para el rey y el resto de sus tropas. El soberano
era consciente de la heterogeneidad de sus fuerzas, de la calidad de
los caballeros que formaban en su ejército; falto de la experiencia
y potencia de los caballeros de las órdenes militares, sólo
podía confiar realmente en su hueste catalano-aragonesa y en
las fuerzas del conde de Foix.
Es por ello que, basándose en las lecciones aprendidas a lo largo
de su carrera militar, Pedro II planificó el siguiente despliegue
táctico:
• El lugar de batalla tendría que ser forzosamente la
llanura del norte de Muret, al otro lado del río Loja, y no
en la zona del oeste de Muret, en el triángulo de tierra formada
entre el Garona, el Loja y la ciudad. El rey había elegido
muy hábilmente este escenario: obligará a salir a campo
abierto a los cruzados, pero previamente deberán cruzar el
río Loja, por lo que sus filas quedarían desorganizadas
antes de entrar en combate; además, la elección de ese
emplazamiento provocará que Monfort combata de espaldas al
río Loja, encerrado por el Garona por su derecha, y lejos del
apoyo de la guarnición de la ciudad, sin apenas posibilidad
de garantizar una ruta de retirada segura.
• En vanguardia, para ralentizar la carga cruzada, los caballeros
de Foix y un numeroso grupo de caballeros catalanes. Los primeros
tenían experiencia de combate, especialmente en la batalla
de Castelnou d’Arri; los segundos, de la campaña de las
Navas. La elección como jefe en el conde de Foix (19)
era obvia, tras su destacado papel a lo largo de toda la guerra. No
hay que olvidar que en las campañas de la Reconquista, acciones
en las que Pedro estaba versado, la punta de lanza de las fuerzas
cristianas, su élite guerrera, residía en las órdenes
militares (20) y en los voluntarios
cruzados europeos; en las Navas de Tolosa se había contado
con la decidida carga de los monjes-guerreros para romper el frente
enemigo: la infantería y caballería ligeras almohades
–a pesar de su ingente número- habían cedido,
y se había llegado al contacto decisivo contra las tropas regulares
almohades (21) . Es por ello
que sabía de sobras lo difícil que era poder repeler
el impacto de una carga de caballería pesada como la cruzada,
de ahí el despliegue de los dos grupos de caballeros; confiaba,
además, que los jinetes catalanes podrían dar mayor
cohesión a los meridionales y amortiguar el impacto de los
cruzados. Las fuerzas de este primer cuerpo, barajando las cifras
aportadas por las diferentes fuentes, serían de unos 400 guerreros
a caballo occitanos y unos 200 catalanes, entre caballeros, y escuderos.
• El centro, comandado por el propio rey Pedro (22)
. En este grupo formaban junto al rey, los componentes
de la mesnada real (23) y el
resto de caballeros y guerreros a caballo catalano-aragoneses: junto
a los veteranos de las Navas (24)
formarían los nuevos caballeros y sus servidores. Juntos podían
constituir un núcleo de caballería pesada capaz de oponerse
a la fuerza de los cruzados, que, en teoría, tendría
que estar debilitada al traspasar las líneas de los caballeros
de Foix y los catalanes. Las tropas de esta batalla podían
sumar alrededor de 300 guerreros a caballo. (25)
• El esquema básico de un despliegue táctico plenomedieval
incluía un tercer cuerpo, en retaguardia. Pedro había
comprobado en las Navas la necesidad de tener una reserva, descansada
y preparada para cargar, lista para el golpe definitivo. Ello induce
a pensar que en Muret también debería existir un cuerpo
con esa finalidad. Aunque Pedro no confiase en los tolosanos, debía
contar con ellos ante una eventualidad. Es por ello que lo más
pausible fuera destacar al conde de Comminges, noble de su confianza,
al frente de este tercer contingente de tropas.
Sin embargo, el papel de Raimon VI y de sus tropas continúa
siendo una incógnita. La visión tradicional de la batalla
indica que el conde mandaba la retaguardia del ejército hispano-occitano,
y que tras conocer la notícia de la muerte del rey, y ante
la desbandada generalizada de las tropas, viéndolo todo ya
perdido, se retiró con sus hombres. Pero conviene detenernos
en analizar estos presupuestos, para poder arrojar algo de luz ante
aquellos acontecimientos. El rey debió de considerar largamente
la posición del conde Raimon: la discusión en la tienda
de mando, la experiencia bélica del tolosano, la tradicional
enemistad y rivalidad política, hacían de Raimon un
aliado inestable, y militarmente incapaz para dirigir una posición
táctica de relevancia, a pesar que los tolosanos constituían
la principal fuerza de caballería del contingente aliado –más
de la mitad de las fuerzas presentes- y la espina dorsal de las fuerzas
de infantería. Tenía que compaginar por un lado, el
respeto hacia el rango del conde de Tolosa, y por otro lado, garantizar
que su papel y el apoyo de sus tropas fuera realmente útil.
Algunas fuentes cuestionan que existiese un cuerpo de reserva del
ejército meridional, y mucho menos que este cuerpo estuviera
comandado por el conde de Tolosa: se deduce que él lo mandaba
por el simple hecho que la mayoría de fuentes lo omiten del
orden de batalla meridional. Ante esto, se plantean varias hipótesis:
1. El conde de Tolosa, tras la negativa del rey a establecer una defensa
estática contra los cruzados, se retira con sus tropas, o permanece
inactivo en el campamento, sin la intención de formar en el
plan de batalla. Esta hipótesis permitiría explicar
el silencio de las fuentes sobre la ausencia e inactividad del conde
y sus tropas, y el deseo de otorgarle protagonismo en las deliberaciones
previas de la batalla. Además, y en ello es especialmente significativo,
justificaría el por qué el rey Pedro se situaría
en el segundo cuerpo de batalla, en lugar de la tradicional posición
de la retaguardia (26) .
2. Otra hipótesis, partiendo de la misma argumentación
anterior, indicaría que el rey Pedro, consciente de la poca predisposición
del conde –y quizás de la calidad de sus caballeros- lo
sitúa en retaguardia, con la doble misión de constituir
la reserva y de protección del campo aliado. Sin embargo, esta
explicación no arrojaría ninguna luz sobre la inactividad
del conde, que, simplemente, se limitó a contemplar cómo
los cruzados traspasaban la primera línea meridional, alcanzaban
la hueste del rey Pedro y acababan con ellos. Es demasiado simplista
considerar que el conde no hizo nada, ni tan siquiera envió refuerzos
cuando los cruzados entraron en contacto con las unidades aragonesas.
3. Por último, se podría considerar la
posibilidad que el conde formara parte del orden de batalla aliado,
y que realmente actuase en la batalla, pero por alguna razón,
las fuentes no informasen al respecto. Quizás se debiera a que
tal actuación no fuese ni brillante ni decidida, justificando
que en las crónicas no figurase. Ya se ha comentado con anterioridad
como la información disponible se encuentra tanto muy limitada
como muy sesgada, especialmente desde el punto de vista francés.
De hecho, y teniendo en cuenta cómo la monarquía francesa
se anexionó los territorios del condado de Tolosa, se pudiera
justificar que los cronistas procruzados y franceses intentaron dar
una visión de la batalla en la cual los tolosanos –súbditos,
ahora ya, del rey de Francia- aparecían como actores secundarios
de los acontecimientos, evitando recordar que en aquella época
habían decidido apoyar a la Corona de Aragón, en su lucha
por preservar su soberanía frente a los cruzados franceses.
Pero, a la luz de los acontecimientos anteriormente descritos, la explicación
dada por Delpech sería la que más se aproximaría
a la realidad: Raimon VI no combatió por razones políticas;
dolido y humillado por los comentarios aragoneses, y por su falta de
carisma, Raimon VI se retiró con parte de sus tropas hacia el
interior del campamento. La negativa del conde habría constituido
un nuevo argumento de peso a las razones del rey a situarse en la segunda
línea de combate: de hecho, no le quedaría más
remedio que situarse en esa posición si quería mantener
el control efectivo de sus tropas en el transcurso del combate.
El rey Pedro concentraría todas sus fuerzas en sólo dos
batallas: la vanguardia, a las órdenes del conde de Foix, y el
centro, bajo su mando personal, un lugar que le pemitiese estar relativamente
cerca de la acción, pero sin comprometerse en ella. En definitiva,
se tiene que romper con el mito que el rey de Aragón ocupó
una posición durante la batalla deliberadamente expuesta por
una cuestión de orgullo personal de caballero o por exceso de
confianza. Sólo los tópicos existentes sobre el carácter
del rey podrían explicar esta disfunción de la realidad.
La negativa del conde Raimon a unirse al combate estaría en la
base de la justificación de su comportamiento en las crónicas:
el conde prudente expone su plan al rey, que se niega a escucharle;
al final del día, el rey yacerá muerto por no haber seguido
los consejos del conde de Tolosa. Poco importaría que Raimon
VI no hubiese acudido en ayuda de su soberano: los cronistas se encargarían
de minimizar tal detalle.
 |
La
llanura de Muret |
El rey Pedro II ideó un despliegue táctico de contención,
donde el primer cuerpo meridional absorbería el impacto de la
carga cruzada, el segundo cuerpo –comandado por él personalmente-
sería el encargado de asestar el golpe definitivo o de mantener
la línea (27) , en el caso
que los cruzados traspasasen la primera línea; por último,
y aprendiendo la lección de las Navas, se habría dispuesto
que una pequeña reserva, comandada por algún noble de
confianza del rey –ante la falta de colaboración de los
tolosanos- efectuase un flanqueo de las huestes cruzadas (28)
, con la intención de rodearlas, aislarlas de una posible salida
de Muret, cortarles la posibilidad de retirada y, finalmente, aplastarlas.
Este movimiento de flanqueo podría realizarse o bien por un solo
flanco o por los dos (29) . En la
primera opción, el flanqueo tendría que haberse efectuado
por el suroeste, por un terreno más llano y sin los obstáculos
de los arroyos existentes –además del impacto psicológico
que podría ocasionar entre los defensores de Muret, que, desde
las murallas, podrían contemplar, sin posibilidad de ayudar,
como los meridionales rodearían a los caballeros cruzados.
La opción de un doble flanqueo podía permitir asegurar
un cierre definitivo de los cruzados, pero el movimiento por el nordeste
podía ralentizarse por el cruce de los arroyos anteriormente
comentados. Este planteamiento es puramente hipotético, pero
no por ello imposible. Si miramos detenidamente el mapa, veremos que
el terreno escogido por el rey Pedro era muy ventajoso para realizar
las maniobras necesarias para ejectuar su plan; el enemigo tenía
que cruzar una corriente de agua y luchar teniendo este obstáculo
en su retaguardia. Además, las fuerzas de Pedro tenían
los flancos guardados; el uno, por el campamento tolosano y el otro,
por los pantanales y por la torrentera. El planteamiento táctico
ideado por Pedro, pues, correspondería a una táctica ambiciosa
y reflexionada, nada fruto de la improvisación. A parte de la
táctica planeada para el combate entre las fuerzas de caballería,
Pedro esperaba contar con una baza importante a su favor: el nerviosismo
que la situación podría provocar en el ánimo de
Monfort. El rey le había dejado entrar en la villa de Muret sin
hostigarlo, pero una vez aislado tras los muros de la ciudad, Monfort
se enfrentaba a una dura decisión: arriesgarse a atacar a las
muy superiores fuerzas enemigas o quedarse tras las murallas y esperar
la derrota tras un largo y penoso asedio. El rey esperaba que Monfort
actuase a la desperada, pero éste, cuya pericia como general
había superado en el Languedoc todas las pruebas, no sólo
aceptó las condiciones de Pedro II, sinó que las superó
con éxito, alzándose con la victoria en el campo de batalla.
Llegados a este punto, tras describir el despliegue de las tropas de
caballería hispano-occitanas, nos queda por descubrir cuál
fue el verdadero papel en la batalla de las fuerzas de infantería.
Tradicionalmente se ha criticado al rey Pedro por no haber utilizado
a su abundante masa de infantería en la batalla. Sin embargo,
hemos de recordar que, aunque parezca que exista una superioridad nominal
importante en infantería, en la práctica, son fuerzas
que no tienen ni coordinación ni veteranía para entablar
una batalla convencional. Oman delimitó el problema indicando
que no participaron en los combates, o al menos, su intervención
en la batalla campal fue nula. Sin embargo, las fuentes nos indican
que la milicia tolosana estuvo asediando Muret, y que fueron cogidos
por sorpresa tras la derrota de la caballería aliada. Es, pues,
interesante conocer el por qué el rey Pedro prescindió
de los infantes en su planteamiento táctico; ¿acaso fue
un sentimiento de desprecio feudal hacia los burgueses y campesinos
occitanos? ¿desconfianza ante su inexperiencia bélica?
¿suspicacia por la actitud del conde de Tolosa? El rey Pedro,
curtido en batallas y asedios sabe que sólo una infantería
disciplinada y entrenada puede conservar los nervios frente a una carga
de caballería pesada y obtener hacer la victoria; y en Muret
no dispone de fuerzas con estas características. Plantear una
batalla campal con esas fuerzas de infantería es colocarse frente
a una derrota segura.
El rey sabe que las tropas y la milicia tolosanas son poco aguerridas,
y aunque la mayoría desea luchar, no tienen la preparación
ni la experiencia para una batalla campal. Su único empleo efectivo,
y con relativo riesgo para el desarrollo del plan del monarca, es su
empleo como fuerza de asedio (30) .
De las diferentes fuentes se puede unificar el hecho que en la mañana
del jueves 12 de septiembre de 1213 la infantería tolosana avanzó
con la intención de proseguir con el asedio iniciado en la jornada
anterior. No obstante, las fuentes discrepan sobre la intensidad de
las acciones: si para unos se trató de unos claros esfuerzos
para tomar la ciudad, para otros no se trató más que de
una finta para forzar la reacción de Monfort y que saliera a
combatir a campo abierto; esta última explicación se ajustaría
más al esquema de batalla planteado, puesto que el rey Pedro
buscaría ejecutar una finta con el ataque a las murallas, para
provocar una respuesta inmediata en Monfort; de hecho, recordemos que
cuando los primeros proyectiles silbaron por el cielo hacia la ciudad,
cundió el pánico entre los cruzados: Monfort pidió
permiso para atacar, pero los legados insistieron en esperar hasta que
llegaran noticias del rey. Lo cierto, pues, es que Pedro envió
a la milicia tolosana con sus máquinas para hostigar las murallas,
trasladando la presión de los hechos al bando cruzado: tendrían
que efectuar una salida para desbaratar el asedio (31)
, y el rey les estaría esperando con sus fuerzas desplegadas,
conforme al plan expuesto con anterioridad.
Mientras todo esto sucedía en el campo hispano-occitano, ¿qué
estaba planificando Simón de Monfort? En las fuentes más
próximas a la causa cruzada no hay una descripción detallada
del orden de combate del ejército de Montfort. La mayoría
repiten el dato de la organización en tres cuerpos, pero poco
más. Este desinterés histórico o militar contrasta,
sin embargo, con un hecho muy relevante desde una perspectiva ideológica:
la frecuente identificación de este orden en tres cuerpos con
la Santísima Trinidad. De nuevo las crónicas cruzadas
unen la realidad con su particular visión del mundo, totalmente
condicionada por cuestiones religiosas y morales: incluso en batalla,
Monfort honra a Dios y a la Iglesia, organizando sus fuerzas conforme
a la doctrina católica –hecho, objetivamente, que carece
de fundamento: los cruzados se organizaron en tres cuerpos, siguiendo
el tradicional despliegue en vanguardia, centro y retaguardia-. Monfort
organizó las tropas formadas en la plaza del mercado de Muret,
en tres cuerpos, el primero bajo Guillaume de Contres, el segundo bajo
Bouchard de Marly y el tercero, como reserva, a las órdenes del
propio Monfort. Se puede comprobar la contraposición que existe
entre las diferentes fuentes, no ya a nivel ideológico, sinó
también a nivel subjetivo-narrativo: mientras Vaux de Cernay
destaca en todo momento el papel de Monfort, cosa que le lleva a prescindir
de comentar aspectos esenciales de la batalla –que seguramente
conocía de primera mano-, la Canzó destaca como hecho
principal la muerte del rey Pedro, ensalzando sus últimos instantes.
|
Caballero
cruzado, de principios de siglo XIII |
Monfort
conoce personalmente al rey Pedro, y sabe de su experiencia guerrera,
pero también sabe que es un hombre de honor, y que presentará
batalla. Ahí radica la clave del éxito de Monfort: conoce
las virtudes y defectos de su adversario, de sus propias fuerzas y las
del enemigo, y planteará la batalla a tal efecto (32)
. Mientras que el monarca aragonés se encuentra ligado por su
propia ética caballeresca, Monfort –que ha combatido en
Francia, en Tierra Santa y en Occitania-, se encuentra moralmente libre
para acudir a cualquier tipo de táctica: la bendición
de la Iglesia y su profunda convicción religiosa le permitirá,
en fin, poder valer que realmente, “el fin justifica cualquier
medio”. El caudillo cruzado se encuentra acorralado en una ciudad,
lejos de sus bases operativas. Cuenta con una fuerza numerosa, disciplinada
y veterana, pero se enfrenta a un numeroso ejército, a las órdenes
de un afamado guerrero. La táctica que deberá usar, si
quiere alzarse con la victoria, no se puede basar en un despliegue tradicional;
no será suficiente con la veteranía de sus hombres, porque
también el enemigo cuenta con guerreros curtidos. Monfort ha
de ser capaz de sorprender al ejército enemigo, de dislocar su
despliegue, de anticiparse a la maniobra del rey Pedro. Los cruzados
están informados de la potencia y número de efectivos
del ejército meridional (33) ,
por lo que la batalla ha de plantearse a tal efecto; si Monfort quiere
alzarse con la victoria, sólo puede lograrlo evitando que el
ejército enemigo en pleno pueda formar correctamente en orden
de batalla; solo tiene una opción: evitar su despliegue y combatir
a sus unidades por separado. El conde necesita crear algún tipo
de argucia que provoque que el enemigo no pueda formar correctamente
para la batalla. Monfort conoce que todas las puertas de la villa están
permanente vigiladas, y que no cuenta con tiempo ni con espacio suficiente
para efectuar ninguna salida. ¿Qué hacer entonces?
La huida fingida será el plan perfecto (34)
. Así lo cuenta Puylaurens en su Crónica:
(35) “Ellos (los cruzados)
decidieron no ir directamente contra el enemigo, puesto que caballeros
y monturas estarían expuestos a los proyectiles de los tolosanos;
ellos salieron por una puerta que daba al este, como sea que el campo
de sus adversarios estaba en el oeste, el enemigo, no conociendo su
propósito, pensaría que estaban huyendo. Entonces ellos
avanzaron un trecho, cruzaron el río y volvieron a la llanura,
cara al enemigo”.
La explicación al misterio de la batalla pasa necesariamente
en analizar la huida fingida con la irrupción posterior de los
cruzados, de manera totalmente sorpresiva. Si los cronistas de la época
(36) mencionan específicamente
la huida de Monfort, es que necesariamente se tuvo que producir algún
tipo de movimiento de los cruzados, y no tuvo que ser una mera finta,
ni pudo producirse, como afirman la mayória de autores, rodeando
la muralla de la ciudad –a todas luces una maniobra lenta, descoordinada
y que podía fracasar ante las empalizadas de la puerta de Sant
Serni-. Es por ello que debemos ir más allá: la huida
fingida se produjo, pero tuvo ser de mayor alcance que el que las fuentes
nos indica; Monfort tuvo que recorrer varios kilómetros para
dar la sensación de huida. Bernat Desclot, en su Crónica,
relata también esta huída, y añade un interesante
detalle, que los cruzados desarmaron a sus caballos, para poder “huir
más deprisa”; este dato no es baladí, sino que puede
indicarnos cómo Monfort priorizaba la maniobra sobre el choque:
parte de sus caballos irían casi sin protección para poder
evolucionar en el campo de la manera más rápida posible.
La sorpresa sobre el enemigo debería ser total. Monfort, pues,
ideó un plan que contrarrestó la táctica del rey
Pedro: a la vista del enemigo, los cruzados inician una salida en dirección
suroeste, fingiendo una huida. Monfort no podía atacar directamente
a los aliados, por la sencilla razón que sus fuerzas no estaban
organizadas para la batalla tras cruzar el rio; es por ello que necesitaba
alejarse del enemigo, tanto para poder organizarse sin recibir a hostigación
de los hispano-occitanos, pero también para confundirles, hacerles
creer que el campo estaría despejado y que no habría batalla
campal. El plan de Simón de Monfort se basa en el empleo de la
maniobra como forma de aproximación y combate efectivo; el caudillo
cruzado planea simular una huída, confiando en que sus enemigos
consideren que abandona el campo, para después abalanzarse sobre
ellos, en formaciones cerradas, descargando toda la fuerza de sus armas
y monturas, en tres oleadas sucesivas. Con ello, Monfort espera atravesar
todo el despliegue aliado: el enemigo se presenta tan numeroso que una
batalla de resistencia, de larga duración, es impensable, por
lo que solo cabe una acción decidida, resuelta y rápida.
¿Cómo fueron, pues, los acontecimientos?
 |
Muret
en la actualidad; las señales verdes indica el movimiento
realizado por las fuerzas cruzadas, el círculo rojo, el
campo de batalla, y la flecha azul el lugar del campamento hispano-occitano. |
Aquel
día 12 de septiembre, el rey Pedro II ordenó a sus fuerzas
de infantería que volviesen a atacar las murallas de Muret; el
asalto se inició con el lanzamiento de proyectiles, y trabajos
de aproximación de asedio: el monarca tanteaba las defensas de
la villa –que ya habían cedido a la presión el dia
anterior- y confiaba que el ejército cruzado respondiera a la
agresión desplegándose para entablar combate, siguiendo
el modelo tradicional de tres cuerpos, lanzando sucesivas cargas sobre
las fuerzas hispano-occitanas.
El ejército hispano-occitano estaba dispuesto para la batalla,
seguramente ya en formación de combate, o, en el peor de los
casos, en estado de alerta para poder intervenir ante una eventual salida
de los cruzados para entablar batalla.
Pero pasan las horas y no hay ninguna respuesta. Monfort quiere exasperar
la paciencia de los hispano-occitanos: mantiene una defensa firme en
las murallas de la ciudad, pero el grueso de sus fuerzas de caballería
se encuenta concentrada en la plaza del mercado, a la espera de sus
órdenes. Cuando el conde considera que los combates por la posesión
de las murallas pueden llegar a un punto crítico, Monfort decide
que ha llegado el momento de responder al ataque del rey Pedro. Ordena
a sus hombres que se apresten al combate y planea la maniobra y el desarrollo
del combate a sus oficiales: las tropas, formadas en tres escuadrones,
saldrán de Muret por la puerta de Salas, arrollarán al
retén de vigilancia allí estacionado y se dirigirán,
al galope, hacia el suroeste, siguiendo el cauce del rio Loja. Cuando
lleguen al vado que se encuentra a unos cuatro kilómetros, cruzarán
el rio y volverán a la llanura de Muret, a combatir y a obtener
la victoria.
A una señal de Monfort, la puerta de Salas se abre y los cruzados
ejecutan el plan. Desde el campo aliado suena la alarma: el enemigo
sale a presentar batalla. El rey ordena detener el asalto de la infantería:
no desea mantener una batalla en dos frentes. Los infantes se retiran
y las fuerzas de caballería toman posiciones en la llanura de
Muret. Pero los sorprendidos hispano-occitanos comprueban como los cruzados,
lejos de desplegarse para la batalla, huyen por el camino de Salas,
dejando atrás la ciudad casi desguarnecida. Sin duda alguna una
sensación de victoria recorrería los ánimos de
los presentes: la euforia se desata en el bando de los aliados; el odiado
enemigo huye. La victoria es segura. Confiado al ver como los últimos
jinetes cruzados desaparecen en el horizonte, el rey Pedro ordenará
a la infantería que reinicie el asalto hacia la desprotegida
villa, mientras los caballeros rompen filas y se retiran al campamento.
|
Jinete
desmontado catalán, finales siglo XII |
Mientras,
los cruzados prosiguen su frenético avance hacia el sur: al llegar
al vado del Loja, los guías indican que es el momento de cruzar.
Ya en la otra orilla, Monfort ordena que las fuerzas se reagrupen: es
el momento crucial, una vez que se dé la orden de atacar, ya
no habrá tiempo ni espacio para efectuar cambios. Los conrois
se agrupan ante sus banderas, e inician la marcha, primero al paso,
después al trote, y cuando están cerca de las estribaciones
de las colinas de Perramon, a poco más de 2 kilómetros
del campamento aliado, se inicia un frenético galopar, siempre
en orden, manteniendo la formación.
Un caballo, al paso, camina a 6 km/hora, trota a una velocidad de unos
10 km/h y puede llegar a galopar a una media de 18 km/h, si bien pueda
alcanzar una punta de velocidad de entre 55 km/h hasta los 70 km/h,
en distancias relativamente cortas; en función de la raza del
animal, de los cuidados y alimentación recibidos, del peso de
las protecciones, de las condiciones del terreno y del medio, y por
supuesto, del peso del jinete y su armadura, estas velocidades sufren
de importantes variaciones. Sin duda alguna, Monfort, conocedor de estas
cualidades, supo sacar el máximo provecho de ellas para poder
regresar a la llanura de Muret, acelerando el ritmo de sus fuerzas a
medida que se dejaban atrás los meandros del Loja y ante ellos
se abría los llanos de Pesquies y las estribaciones de Perramon.
No hay que olvidar que un caballo puede alcanzar su velocidad máxima
a los 300 metros de largada, o alrededor de 7 a 10 segundos, por lo
que a unos 500 metros de su objetivo, Monfort daría la señal
de cargar al límite de sus fuerzas.
En la llanura de Muret, nadie es capaz de imaginarse los acontecimientos
que están a punto de sucederse. Mientras los infantes aproximan
las máquinas hacia las fortificaciones de Muret, los caballeros
se retiran hacia el campamento, para descansar; algunos cabalgan lentamente
por el campo, con sus sirvientes, contemplando el espectáculo
de la victoria: la ciudad está madura para ser tomada. En aquel
momento, mucho tiempo después que el último jinete cruzado
hubiese desaparecido tras los meandros del Garona, de repente, cuando
nadie se lo espera, aparece en la lejanía un cuerpo de caballería
al galope, en formación de ataque: son los cruzados, que han
regresado, tras dar un gran rodeo, y avanzan imparables por la llanura.
En el campamento aliado corre la voz de alarma (37)
; los caballeros corren a armarse, mientras los sirvientes
aprestan las armas y ensillan a los destriers. Las órdenes que
se imparten son las de formar en el orden de batalla establecido: hombres
de Foix y catalanes en primera línea, los aragoneses en el centro.
En pocos minutos los hispano-occitanos han formado sus fuerzas, pero
no han tenido tiempo suficiente para organizarse conforme al plan trazado,
tan solo pueden formar una confusa y abigarrada línea.
Sólo la explicación de la sorpresiva entrada en escena
de los cruzados, cuando las fuerzas de caballería aliadas se
dispersaban hacia el campamento o cuando buena parte de ellas ya estaban
desarmándose, puede explicar aquello que el rey Jaime diría
en su crónica, que los catalano-aragoneses se lanzaron a la lucha
sin guardar la cohesión que exigía la natura de armas
(38) . La precipitación
de los acontecimientos produjo que los caballeros hispano-occitanos
fuesen al combate en grupos poco compactos, cada caballero y sus sirvientes
en su propio conrois, sin poder desplegarse en línea, mezclados
los pesados caballeros con sus sargentos y escuderos en la misma línea,
sin garantizar ninguna defensa cohesionada y sin desplegar correctamente
las alas del ejército.
Por su parte, los cruzados estaban dispuestos según un despliegue
clásico de batalla: en las primeras líneas, los caballeros,
con su armadura y armamento pesado, y detrás de ellos y en los
flancos, en función de su equipo, los escuderos y sargentos;
con este despligue se conseguiría que el impacto de las cargas
sobre las filas enemigas fuese, sencillamente, demoledor. Los caballeros
cruzados podrían penetrar profundamente en la vanguardia hispano-occitana,
y el concurso de los sirvientes les permitiría mantener el empuje
y atravesar la formación enemiga.
De hecho, la táctica que planteaba Monfort, vista con objetividad,
realmente es suicida: cargar frontalmente contra fuerzas muy superiores
en número. Es cuestionable, pues, que un hombre con la experiencia
militar de Monfort se limitase sólo a ejectuar un único
movimiento, a arriesgarse todo en una alocada cabalgada de destino incierto.
No hay que olvidar que Monfort había combatido en Tierra Santa,
contra tribus turcas y árabes, por lo que conocía de la
eficacia de la táctica por encima de la simple fuerza bruta;
los musulmanes gustaban de utilizar ardides (huidas falsas, emboscadas,
contramarchas, flanqueos y envolvimientos) con lo que el caudillo cruzado
tendría un amplio repertorio de tácticas a las que recurrir
en aquellas circunstancias. Por ello se tiene recurrir necesariamente
a pensar que Monfort tenía en mente algún tipo de táctica
más sofisticada que, simplemente, confiar en la pericia y profesionalidad
de sus tropas.
Los cruzados siguen su frenético galopar; pocos son los metros
que les separan de las líneas enemigas; experimentados guerreros,
los soldados de la Cruz saben perfectamente que cuando se efectue el
choque contra las primeras líneas hispano-occitanos, rápidamente
deben traspasar esa primera batalla, de manera que no se de al enemigo
tiempo de volver a agruparse, y así, mantiene la ventaja numérica
en cada uno de sus ataques. A su encuentro se lanzan los hombres del
primer contingente aliado; alrededor de 300-400 jinetes catalanes y
de Foix chocan sus armas con los cruzados. Los dos cuerpos de batalla
cruzados, con gran experiencia, lograron sincronizar enormemente sus
cargas, por lo que los efectos de su choque fueron mayores.
|
Escudero
aragonés, principios del siglo XIII |
En
el momento del combate, la superioridad cualitativa de los cruzados
se impuso: los aliados, sorprendidos por la carga cruzada, no formaron
una línea compacta, y tras el choque inicial, la acción
se desarrolló en un conjunto de combates a pequeña escala,
primando el desorden a la cohesión. Vaux de Cernay relata que
los aliados estaban listos para el combate y “numerosos como el
universo”; si bien con estas palabras sólo haría
más que honrar y magnificar la figura de Monfort –que gracias
a su condición de miles Christi elegido, triunfará sobre
los enemigos de la Iglesia, a pesar de su número-, nos permite
deducir que, a pesar de la improvisada reunión de las tropas
de caballería del ejército hispano-occitano, éste
pudo formar en buen número, hasta llegar al punto de prácticamente
absorver la carga de los caballeros cruzados. La eficacia de la táctica
del choque de caballería pesada residía en poder mantener
una línea compacta, hasta el momento del contacto con el enemigo.
Sólo fuerzas entrenadas y bien disciplinadas podían efectuar
completamente esta acción. El hecho que los caballeros se agrupasen
en conroi, los continuos entrenamientos, etc. permitían que una
fuerza pudiera alcanzar ese grado de profesionalismo necesario para
poder rehuir del individualismo innato del caballero medieval.
Los aliados no habían combatido juntos, y muchos de ellos tenían
poca experiencia de combate. No obstante, no hay que olvidar que en
la primera batalla aliada formaban las fuerzas de Foix –veteranos
de la guerra albigense y vencedores morales de Castelnou d’Arri-
y junto a ellos, tropas catalanas –también entre sus filas
habrían veteranos de las Navas-. Por ello se hace difícil
dar como respuesta que los hispano-occitanos hiciesen gala de un individualismo
tal que les provocara el desastre, o que simplemente, formaron inadecuadamente
y que rompieron filas en búsqueda de la gloria personal. Rechazando,
pues, la tradicional visión de Muret, que basa la derrota de
los aliados, a causa del innato desprecio deliberado a las órdenes
del mando, en beneficio de acciones individuales de prestigio, la batalla
de Muret se explica sólo por la precipitación sobrevenida
con la aparición de los cruzados. Si los aliados hubiesen formado
en la formación ideada por el rey Pedro, y en una correcta línea
de batalla conforme a natura d’armes, habrían absorbido
las cargas cruzadas, como indica el propio Vaux de Cernay.
La dureza de los combates debió ser extrema: la primera oleada
de caballeros cruzados abrieron una brecha entre las formaciones hispano-occitanas,
y el segundo cuerpo impactó momentos después, con lo que
los caballeros de Cristo, que se habían adentrado profundamente
en la primera línea aliada, se vieron envueltos por todos lados
por el enemigo. Ante la imposibilidad de retirarse y formar de nuevo
para lanzar una nueva carga, se iniciaron así unos violentos
combates cuerpo a cuerpo, donde la lanza, rota en el primer impacto,
era sustituida por la espada y la maza. Los cruzados, veteranos, combatieron
amparados en la fortaleza de sus conrois, siempre unidos y disciplinados.
Poco a poco, los cruzados van atravesando la formación hispano-occitano,
hasta llegar a campo abierto; enfrente se encuentran con el segundo
cuerpo aliado, con los estandartes de Aragón ondeando al viento.
Están enfrente del corazón enemigo. Ahora o nunca.
Hasta aquel momento, la táctica del rey Pedro había resultado
efectiva, a pesar de la improvisación de las formaciones. Sin
embargo, el monarca era consciente que la primera batalla aliada estaba
perdiendo fuerza y resistencia, y que el resultado final del combate
dependería del choque con el centro del ejército hispano-occitano.
Cuando el rey vio aparecer las enseñas de Monfort por entre las
líneas de los soldados de Foix, debió comprender que el
momento crucial había llegado y ordenó una carga. Por
su parte, una vez desbaratada la vanguardia hispano-occitana, los cruzados
avistan las enseñas reales en el segundo cuerpo, y espolan sus
monturas hacia el corazón del ejército enemigo.
Los franceses, a pesar de estar superados en número, entre el
primer y segundo cuerpo de los hispano-occitanos, van abriéndose
camino gracias a su veteranía: lentamente, se aproximan combatiendo
hacia donde ondean el emblema real; finalmente, algunos caballeros alcanzan
su objetivo y se enzarzan en un brutal cuerpo a cuerpo con los hombres
de la mesnada real: el rey Pedro, que por motivos de seguridad portaba
una armdura sin las enseñas reales , se ve rodeado por los cruzados,
y a pesar que se identifica –dicen los cronistas que gritó
varias veces “Soy el rey”-, la violencia del combate no
da resquicio a la clemencia: los franceses acometen contra él
y acaban con su vida y con sus escoltas.
 |
Estampa
idealizada de la muerte del rey Pedro II. El castillo de Muret
aparece incorrectamente en una montaña, y el rey va ataviado
con un caso con corona. La imagen evoca el heroismo del monarca,
que muere combatiendo, rodeado de enemigos |
Mientras
aquellos sucesos acontecían, la marcha de la batalla todavía
estaba indecisa: los cruzados estaban rodeados por los hispano-occitanos,
y desbordados por su número, parecía que iban a sucumbir.
Pero la táctica de Monfort escondía una última
maniobra, una estratagema hábilmente desarrollada que le permitiría
alzarse con la victoria…
En las fuentes se indica que Simón de Monfort cargó de
flanco contra el ejército hispano-occitano, totalmente desguarnecido;
a pesar que del relato de Vaux de Cernay parece desprenderse que el
flanqueo no fue ideado de antemano, sino que Monfort, a la vista de
los acontecimientos, con sus batallas totalmente rodeadas de fuerzas
enemigas, decidió flanquear a sus enemigos, no hay que olvidar
que el monje cronista podría estar embelleciendo los relatos
de la batalla, con el único objetivo de servir de ensalzamiento
a las hazañas de su benefactor, el conde Monfort.
No parece extraño, pues, pensar que Monfort tenía ya de
antemano ideado el ataque de flanco: la aproximación táctica
que había realizado desde el este, la imposibilidad de poder
sincronizar las cargas –cómo si habría podido hacer
en el caso que hubiese mantenido una posición lineal y estática
de batalla- indicarían que Monfort siguió un movimiento
de carga conocido como echelon: (40) mediante
este despliegue, las fuerzas atacantes avanzaban en varias líneas
sucesivas, pero ligeramente desplazadas respecto del eje de avance de
la línea anterior. Bajo este supuesto, Monfort, desde su posición,
podría haberse desplazado casi totalmente paralelo al combate
entre sus dos cuerpos y las fuerzas hispano-occitanas. El ataque lateral
de Monfort fue decisivo para completar la destrucción del dispositivo
aliado, pero, por lo anterior se desprende que no constituyó
un elemento total en la batalla, puesto que tras la muerte del rey,
los aliados se desmoronaron.
La noticia de la muerte del rey paraliza al ejército aliado,
impidiendo que el resto del ejército pueda intervenir a tiempo;
de hecho, parece que dos tercios del ejército hispano-occitano
abandonaron el campo de batalla sin haber combatido. Las fuentes de
la época loaron el comportamiento valiente y caballeresco del
rey, incluso las crónicas francesas, las cuales, obviamente,
ahondan en sus defectos y lo definen como “defensor de herejes”.
De hecho, los cronistas sólo destacan la figura del rey, sin
tener en cuenta a otros personajes históricos del bando hispano-occitano,
o sin relatar con esmero el despliegue táctico o los propios
avatares de la batalla; solo trasciende la actuación individual
del rey Pedro como caballero, que haciendo honor a su nobleza de sangre,
se dirige a la lucha, sin valorar ninguna cirscunstancia. Constituye,
pues, el paradigma del caballero medieval.
Todos los autores coinciden en el hecho que el combate fue intenso pero
muy breve, parece que menos de media hora, a lo sumo. En todo caso,
nos daría la imagen que el grueso de las tropas aliadas ya estaría
en combate; fue entonces cuando las noticias de la muerte del rey Pedro
provocarían el desmoronamiento de las fuerzas aliadas. Con la
huida generalizada de las fuerzas de caballería combatientes
hispano-occitanas, el miedo se transformó en pánico, y
la retirada se convirtió en una auténtica huida generalizada.
Los grupos que intentaron resistir fueron dispersados por la marea de
fugitivos que huían en todas direcciones. Una vez despejado el
campo de batalla, Monfort dirigió sus fuerzas hacia la infantería
tolosana que seguía asediando la villa de Muret, ajena al combate
de caballería.
La milicia tolosana, de una calidad bélica mínima, sin
armamento adecuado, no contaba con ninguna posibilidad de resistir a
la carga cruzada. Los infantes fueron perseguidos y cazados, a lo largo
del camino de Muret hacia el campamento aliado; muchos de ellos intentaron
alcanzar las barcazas que habían llevado los suministros y las
armas desde Tolosa. Otros fueron menos afortunados, y buscaron la salvación
en las aguas del Garona, intentando cruzar a nado el río; la
mayoría acabaron ahogados. En Muret, la masacre que se cernió
entre las fuerzas tolosanas alcanzó una cifra tal que las fuentes
magnificaron en grado sumo: entre 10-15.000 infantes murieron en la
llanura de Muret y en las aguas del rio Garona. En Tolosa, “todas
las casas tuvieron que guardar luto, porque en todas había muerto
algún miembro de la familia”, se diría más
tarde. De cualquier manera, el impacto de la masacre fue total.
En Muret, rey y pueblo llano sucumbieron ante la fuerza de los guerreros
de Cristo, aquellos que confundieron sus propios intereses con los de
la Iglesia, aquellos que, con la excusa de erradicar una concepción
religiosa diferente, buscaban destruir todo aquello que significaba
diversidad y libertad espiritual. La muerte del rey Pedro en el campo
de batalla significó el principio del fin de la concepción
caballeresca medieval, el inicio de un nuevo modelo de sociedad en Occitania,
el punto de partida de la expansión francesa, y el cambio de
rumbo en la historia de la Corona de Aragón.
Notas..
1)
El rey Conquistador narra escuetamente la batalla de Muret, sin
detenerse en explicar las razones de su padre para librar aquella
batalla -en la que tanto se jugaba la dinastía-, y sin
narrar os acontecimientos previos a la batalla. El monarca atribuye
la derrota a dos causas: por un lado, la excusa religiosa -el
pecado-, por el otro, la militar -la desorganización-.
Así, en el terreno moral, las críticas vertidas
sobre su padre se centraban en el no cumplimiento de las ceremonias
previas al combate -castidad y celebración de la misa-,
y no tanto por una supuesta lujuria -que el rey Jaime apenas menciona-.
El otro error del soberano residía en no haberse sabido
imponer a sus súbditos, no haberles marcado una estricta
línea de obediencia, en la que la figura del monarca prevalece
y hace de eje de cualquier decisión de poder: la natura
de armas se traduce en obedecer al rey, siempre y por encima de
cualquier circunstancia. Volver
2)
La
controversia sobre el tamaño de los ejércitos se
sigue planteando hasta fechas todavía recientes; en su
libro Batallas decisivas de la Historia de España, Juan
Carlos Losada menciona las siguientes cifras: 42.000 hombres para
el ejército hispano-occitano y 7.000 para los cruzados.
Otros historiadores, como Xavier Escura en su libro Els mites
de Muret i Montsegur, aportan cifras también muy elevadas
respecto de los efectivos tolosanos: el conde de Tolosa dispondría
de 3.000 caballeros, y más de 20.000 hombres de infantería;
teniendo en cuenta las fuerzas disponibles por otros países
(Francia, Inglaterra, Sacro Imperio), puede parecer excesivo que
los tolosanos hubiesen podido reunir tantas fuerzas. No hay que
olvidar que los cronistas medievales no hacían fe de la
cifra objetiva de los ejércitos, sino que tan solo querían
poner de manifiesto la ingente cantidad de personas aglutinadas
en aquel ejército. Es por ello que creer como exacta una
cifra que tan solo intenta reflejar una idea, un concepto de magnitud,
parece ejercicio casi quimérico. Las fuerzas efectivas
medievales eran los “peones”, soldados armados, bien
con espada y escudo, lanza y escudo, o con largas picas, auxiliados
por ballesteros y en menor medida, por arqueros –excepto
en Inglaterra-. Pero no hay que olvidar que junto a estos contingentes
de hombres de armas –ya fuesen mercenarios o huestes permanentes-
encontramos soldados no profesionales, milicias ciudadanas, levas
de siervos provistos de armas de fortuna, que se encuadraban en
los ejércitos feudales con mayor o menor entusiasmo. Y
junto a ellos, la pléyade de sirvientes, siervos, mercaderes,
etc. que acompañaban a los ejércitos en sus desplazamientos.
Es por ello que las cifras comentadas en las crónicas,
de no ser examinadas en profundidad, pueden conducir a erróneas
interpretaciones y conclusiones: frecuentemente los cronistas
destacaban la cifra total de personas que viajaban en un ejército,
pero no atendían a clasificarlos, identificando específicamente
los soldados de todos aquellos no combatientes; no hay que olvidar
que la profunda estratificación social existente en la
Edad Media, que creaba un auténtico abismo social e ideológico
entre la casta nobiliaria y la religiosa, separándolas
del pueblo llano, del vulgo, de aquellos que formaban una masa
anónima, tenía también su reflejo en la literatura:
los datos sobre caballeros pueden llegar a ser exactos, pero las
cifras del “resto”, incluyendo tanto soldados como
acompañantes civiles, no tendrían un valor objetivo,
sino tan solo intentarían transmitir una realidad, una
idea de una fuerza numerosa, de una muchedumbre a las órdenes
de los nobles. Además, si hiciéramos caso de aquellos
que afirman que las fuerzas de infantería tolosana eran
más de 15.000 soldados, puede surgirnos la siguiente pregunta:
¿por qué ahora, después de 4 años
de guerra, con un territorio circunscrito solo a la ciudad de
Tolosa y a Montauban, pudo el conde Raimon reunir tan imponente
ejército? ¿Cómo se podría haber alimentado
esa masa humana si los alrededores de Tolosa estaban devastados?
¿Podía reunir el condado de Tolosa tan ingente fuerza,
cuando el todo el Imperio alemán, en la batalla de Bouvines,
al año siguiente, no pudo reunir más de la mitad
de esa cifra?. Volver
3)
Las
fuerzas disponibles por el rey Pedro son un elemento más
de discordia entre las fuentes. Estas cifras son las aportadas
por F.X. Hernández en su obra Història Militar de
Catalunya. Podría parecer temerario que el rey Pedro hubiese
iniciado la expedición sólo con hombres a caballo,
sin contar con el apoyo de infantería, pero hay que tener
en cuenta que en aquellos momentos el monarca conocía la
situación delicada en la que se encontraba Monfort, y que
la urgencia para actuar era extrema; por ello era necesario iniciar
una marcha veloz, que solo podría lograrse si se contaba
con fuerzas de caballería. Además, los informes
que recibía el rey le indicaban que la masa de infantería
de los meridionales, a pesar de su inexperiencia, contaba con
una entidad suficiente para, de alguna o de otra manera, ser de
utilidad para el desarrollo de la campaña.
Volver
4)
Estas
cifras deben considerarse siempre en una dimensión a la
baja. No hay que olvidar que, junto a las dificultades en las
que se encontraba el condado de Tolosa, hay que añadir
las propias limitaciones demográficas y logísticas
de la época. Así, por ejemplo, el conde Guillermo
el Conquistador sólo pudo reunir, para su campaña
de conquista del trono de Inglaterra, una fuerza máxima
de unos 14.000 hombres, de los cuales unos 10.000 fueron infantes;
el emperador Federico Barbarroja, en sus campañas italianas
–y en el apogeo de su poder- pudo reunir un ejército
de una fuerza máxima de 15.000 hombres, un tercio de los
cuales serían de caballería. Para la expedición
contra la Corona de Aragón, en 1285, el rey francés
Felipe III contó con un ejército de unos 8.000 hombres,
de los cuales 1.500 eran caballeros y escuderos. Todas estas fuerzas
solo podían ser operativas durante un período muy
limitado de tiempo, consumiendo una gran cantidad de abastecimientos,
forzando al límite los recursos de los territorios en los
que operaban. Volver
5)
ROVIRA
I VIRGILI, Antoni. Història de Catalunya. (Vol IV). La
Gran Enciclopedia Vasca. Bilbao, 1977 Pág. 485. Volver
6)
Los
efectivos cruzados no provenían únicamente del territorio
real francés, o de Flandes o el Imperio; junto a ellos
aparecen guerreros occitanos, como Balduino de Tolosa –hermano
del conde Raimon VI de Tolosa-, que aleccionados por la cruzada,
unen sus armas y destinos al de Monfort. Diferentes fueron los
motivos que les llevaron a tomar las armas contra sus vecinos:
ferviente y sincera devoción católica, búsqueda
de beneficios personales, venganzas, rencores y ultrajes pasados,
etc. Frecuentemente olvidados, tratados simplemente como traidores,
su apoyo al bando cruzado no haría más que mostrar
la inestabilidad política y social que imperaba en Occitania
antes y durante la cruzada. Definitivamente, la idílica
sociedad trovadoresca, galante y pacífica, imaginada e
idealizada, no se correspondería, pues, con la cruda realidad.
Volver
7)
Son
constantes las referencias de las fuentes a las comparaciones
y contraposiciones entre las actitudes de los dos jefes: mientras
Simón de Monfort pasaba la noche en vela junto a su confesor,
el rey Pedro yacía con una cortesana y sucumbía
a los pecados de la carne. Más allá de la interpretación
anecdótica de los hechos reales, se manifiesta una voluntad
unívoca de mostrar que Dios solo se podía poner
de parte de los cruzados. Volver
8)
Era
costumbre que el jefe de un ejército, en un consejo de
guerra, tras su exposición del planteamiento táctico
a seguir, ofreciese la palabra a todo aquel oficial y noble que
estuviese presente: a pesar de la jerarquía, en estas reuniones
reinaba una relativa transparencia, primando la sinceridad y fundamentación
de las opiniones, por encima de estatus y relaciones vasalláticas.
Volver
9)
En
esta época, el conde Raimon VII –presente en Muret-
es el jefe de la resistencia contra el dominio real francés,
que a partir de 1225 había intervenido militarmente en
el conflicto. Las actuaciones de Raimon VII fueron mucho más
enérgicas y activas que las de su padre, pero no por ello
los cronistas tenían que desmerecer o minusvalorar la actuación
del anciano conde; sin lugar a dudas, mientras se narraban los
hechos, el papel del conde de Tolosa en Muret se maquilló
para reflejar una imagen política adecuada, si bien alejada
de la realidad. Volver
10)
Luesia
reprobaría al conde Raimon la oportunidad y calidad de
sus consejos en cuestiones militares, cuando el conde no había
sabido conservar ninguno de sus dominios ante las fuerzas cruzadas.
Volver
11)
La
Gran Guerra Meridional (1112-1190) significó una herida
abierta en las tierras occitanas, una lucha constante que impidió
cohesionar el territorio alrededor de un poder estable y fuerte.
Los tolosanos nunca pudieron llevar la iniciativa estratégica;
sus compromisos internacionales (Francia, Tierra Santa), sus delicadas
finanzas y sus díscolos vasallos les impedieron poder actuar
como el revulsivo de la unidad occitana. El colapso tolosano pudo
llegar en 1159, cuando fuerzas catalana-aragonesas avanzaron sobre
Tolosa; sólo con la ayuda francesa el conde Raimon V pudo
mantener su feudo y conjurar el peligro. Tal y como indica Alvira
Cabrer, los tolosanos nunca enviaron fuerzas más allá
de los Pirineos. Volver
12)
Para
la nobleza cristiana y para la Iglesia de Roma la ballesta fue
un arma despreciada cuando no maldita, no en vano una de sus representaciones
más antiguas en la iconografía era en manos de un
demonio. Volver
13)
De hecho, mientras que un caballero capturado era normalmente
respetado por sus pares, por solidaridad de clase y para conseguir
un rescate, los arqueros y ballesteros eran masacrados como asunto
de rutina e incluso los nobles de un ejército podían
aplastar con los cascos de su caballo a sus propios ballesteros
si se interponían en su camino. Volver
14)
Con
la opción de la defensa estática se prescinde de
tres hipótesis principales que surgen ante tal circunstancia:
en primer lugar, Simón de Monfort podía haber abandonado
Muret y no presentar batalla, con lo cual la guerra hubiera continuado;
en segundo lugar, Monfort podía atacar el campamento, salir
con vida y obtener nuevos refuerzos y continuar la guerra; en
último planteamiento, y simplificando otros escenarios,
los cruzados podían haber arrollado el campamento aliado
y alzarse con la victoria. Volver
15)
Es
muy significativo el hecho que Monfort planificase una acción
decisiva a campo abierto, sin considerar ni el mantenimiento del
asedio ni tampoco atacar el campamento aliado. Tanto Monfort como
Pedro II compartían, pues, el mismo planteamiento táctico:
si el rey hubiese aceptado los consejos de Raimon VI, Monfort
hubiese escapado de Muret, con lo que de nuevo la iniciativa estratégica
de la guerra hubiese pasado a manos del cruzado. Por supuesto
que nadie puede aventurarse a afirmar que hubiese pasado en esta
nueva fase de la guerra, pero las oportunidades de tener neutralizado
a Monfort, como en aquellos días en Muret, difícilmente
se hubiesen repetido. Volver
16)
Paradójicamente,
y a diferencia del rey Pedro II, Monfort no cede la palabra a
ninguno de sus oficiales, ni permite la existencia de ninguna
alternativa: su plan ha sido inspirado directamente por Dios,
tras pasar rezando toda la noche. No hay, pues, posibilidad de
cuestionar nada: la victoria vendrá decidida por su apoyo
a la causa de la Cruzada. Volver
17)
Nos
hemos centrado en las referencias de los siguientes especialistas:
Delpech (La Bataille de Muret et la Tactique de la cavalrie au
XIIIe siècle), Dieulafoy (La bataille de Muret), Ventura
(Pere el Catòlic i Simó de Monfort)y Hernández
(Història militar de Catalunya). Volver
18)
Las
crónicas narran que en la batalla de Alarcos, el rey Alfonso
VIII, ante la derrota que se avecinaba, se lanzó con su
mesnada al centro del combate, con la intención de servir
de ejemplo a sus tropas, involucrándose personalmente en
la batalla, con la única idea de alcanzar la victoria u
obtener una muerte gloriosa, puesto que el ideal caballeresco
exigía el sacrificio personal antes que una vida de deshonor.
La postura heroica del rey castellano no logró resolver
a su favor la batalla, y los consejeros y miembros de la mesnada
real consiguieron que el monarca desistiera de su postura y se
retirase con los restos del ejército. Volver
19)
La casa pirenaica de los Foix eran vasallos de los condes de Tolosa;
su creciente poderío les hizo enemistarse con sus, teóricos,
señores feudales; es por ello que a lo largo del siglo
XII orbitaron hacia la causa de la Corona de Aragón. El
conde Ramon Roger de Foix fue el prototipo del caballero medieval:
gran guerrero, valiente, enérgico y sin escrúpulos.
Participó en la III Cruzada, al lado del rey Felipe II
de Francia. Cuando estalló el conflicto occitano, combatió
en un primer momento al lado de los legados papales, contra sus
vecinos de Tolosa y Comminges. Al calor de la depredación
de los cruzados y al giro político de los acontecimientos,
decidió oponerse a los invasores del norte. Su liderazgo
político y militar fue evidente –como demostró
en la batalla de Castelnou d’Arri-, llegando a ser la personalidad
occitana más relevante e influyente del rey Pedro II. Volver
20)
En
1201, el rey Pedro II de Aragón, en agradecimiento por
la asistencia del santo patrón Jorge a sus ejércitos,
crea la Orden de San Jorge de Alfama en la localidad de Alfama
(Tarragona), con la misión de proteger la frontera entre
el Coll de Balaguer y el delta del Ebro, territorio casi desértico,
utilizado por piratas y ladrones para guarecerse y como base de
partida para expediciones de saqueo de los alrededores de Tarragona
y Tortosa. Los primeros miembros de la nueva Orden serán
voluntarios de la Orden de Calatrava. Volver
21)
Los
caballeros de las Órdenes militares fueron rechazados y
perseguidos por las fuerzas almohades; el uso adecuado de las
reservas castellanas y el simultáneo ataque por los flancos
de las tropas aragonesas y navarras, permitieron estabilzar de
nuevo la batalla, y traspasar las líneas musulmanas hasta
el campamento del califa al-Nassir. Volver
22)
Están
también las afirmaciones de Guillem de Puylaurens, el cual
dice haber oído a Raimon el Jove, hijo del conde de Tolosa,
que estaba presente en el combate, que el rey de Aragón
se alineó en orden de batalla; que el conde de Foix era
a la vanguardia con los caballeros provenientes de Cataluña.
La presencia del jefe del ejército en el segundo cuerpo
de batalla no era una excepción: Carlos de Anjou ocupó
esa posición en la batalla de Benevento (1266), con la
intención de mantener un mejor control táctico y
para elevar la moral de su heterogéneo ejército.
Volver
23)
La fidelidad hasta la muerte de la guardia personal del soberano
se remonta a las narraciones germánicas, que sirvieron
de base al cuerpo espiritual de la caballería medieval,
en las que se consideraba un deshonor que los guerreros sobrevivieran
a su señor en el campo de batalla. Uno de los ejemplos
clásicos de este pensamiento es el destino glorioso y trágico
de los housecarls y thegns sajones en la batalla de Hastings (1066),
que se lanzaron a una carga final contra los normandos tras la
muerte de su rey Harold II. Volver
24)
Entre
ellos encontramos al mayordomo real Miguel de Luesia y Aznar Pardo,
entre otros. Estos caballeros, que había combatido contra
los almohades, conocían de sobras las tácticas y
la efectividad de los caballeros francos. Volver
25)
A
pesar que en la mayoría de relatos se indica que el rey
de Aragón sólo estaba rodeado por su mesnada personal,
no hay que olvidar que los relatos de la época se centraban,
casi exclusivamente, en las hazañas de los nobles. Así
pues, teniendo en cuenta que la vanguardia del ejército
contaba con la presencia de 200 jinetes catalanes, se hace difícil
poder ubicar al resto de las fuerzas catalano-aragonesas que no
sea junto a su rey. Volver
26)
En
la batalla de las Navas de Tolosa, en el planteamiento táctico
inicial, los tres reyes cristianos se desplegaron ocupando su
posición de batalla en el ala izquierda (Pedro II), centro
(Alfonso VIII) y ala derecha (Sancho VII); cada cuerpo formó
en tres batallas (vanguardia, centro y retaguardia), ocupando
los soberanos su puesto en la zona de retaguardia. Cabe pensar,
pues, que el rey Pedro había ocupado la posición
más responsable para su rango y para el desarrollo de la
batalla en las Navas, y haría lo mismo en Muret.
Volver
27)
La
experiencia vivida en las Navas tuvo que servir de inspiración
y modelo para el desarrollo táctico de Muret. Pedro conocía
cómo en julio de 1212 habían derrotado al imponente
ejército musulman: en el cénit de la batalla, la
práctica totalidad del ejército almohade combatía
contra los dos tercios de las fuerzas cristianas, que a través
de dos demoledoras cargas sucesivas habían conseguido romper
el frente enemigo. Volver
28)
En
la batalla de las Navas, los cristianos mantuvieron reservas listas
para entrar en acción, tanto para sostener el frente si
era necesario como en su uso ofensivo. Sin embargo, la decisión
de su entrada en acción fue uno de los momentos más
decisivos de la batalla: Alfonso VIII quiso lanzarse al ataque
cuando vio que las fuerzas cristianas cedían terreno, pero
fue aconsejado para esperar a que las fuerzas musulmanas estuviesen
totalmente implicadas en el combate. Volver
29)
En la batalla de las Navas resultaron decisivos los movimientos
envolventes de los reyes de Aragón y Navarra, que permitieron
sobrepasar a las tropas musulmanas, extendiendo el radio del envolvimiento
y alcanzar el campamento almohade en una acción de convergencia
del centro cristiano junto a las alas formadas por las reservas.
Paradójicamente, las fuentes de la época, al recoger
los testimonios de los hechos, ensalzaron la actuación
de los monarcas cristianos, concediendo la gloria del éxito
a un determinado monarca, en función de la historiografía
de cada reino. La victoria fue conseguida de manera conjunta,
una acción múltiple en la que los esfuerzos de los
combatientes de los distintos reinos cristianos se aunaron para
lograr el éxito, a pesar que, desde una limitada y reducida
visión de la batalla, los combatientes y cronistas de cada
uno de los tres cuerpos pudiesen considerar que era su rey el
que estaba conduciendo al resto al triunfo final. Volver
30)
De
ser ciertas las afirmaciones que el rey disponía de una
cifra ingente de soldados –incluso se ha barajado la cifra
de más de 20.000 infantes- el planteamiento táctico
hispano-occitano no se hubiera limitado a mantener a la infantería
en una posición tan limitada: su número habría
compensado de sobras su inferioridad táctica. Pero lo cierto
era que el ejército aliado no disponía ni un contingente
tan numeroso ni tan preparado para acometer tal responsabilidad.
Volver
31)
La
versión de Rafael Dalmau, exculparía al rey Pedro
y responsabilizaría directamente a los tolosanos de la
derrota; cuando los cruzados se abalanzaron sobre la infantería
tolosana, el desorden provocado por su huída frente a la
carga cruzada habría impedido que la caballería
catalana hubiese formado correctamente, sin posibilidad de desplegarse.
En un último intento de mantener el frente, el rey Pedro
se lanzaría al combate con su mesnada, para infundir ánimo
a sus hombres, y moriría heroicamente en batalla..
Volver
32)
“El
que conoce a su enemigo y se conoce a sí mismo dirigirá
cien combates sin riesgos”, dice Sun Tsé
en su libro El Arte de la Guerra.. Volver
33)
La
táctica empleada por Monfort, realizando primero una huida
fingida, para después emplear una demoledora carga frontal
para obligar a fijar y dislocar la vanguardia enemiga, y asestar
el golpe definitivo mediante el movimiento de flanqueo, parece
indicar que los cruzados eran conscientes de la envergadura y
calidad de buena parte de las fuerzas hispano-occitanas, y que
respetaban a su enemigo, y que no se dirigían a combatir
contra un ejército improvisado que todavía descansaba
en sus tiendas, sino que se enfrentaban a una fuerza formada para
el combate. Volver
34)
Como
ejemplos de exitosas huidas fingidas tenemos la batalla de Hastings
y la batalla de Cocherel. En Hastings (1066), la caballería
normanda estrellaba sus esfuerzos ante las murallas de escudos
de los sajones; el duque Guillermo, temiendo el fracaso, planeó
un cambio de táctica: ordenó a parte de sus caballeros
que simularan realizar una carga infructurosa, para después
fingir iniciar un retirada. Sus caballeros así actuaron,
y lograron que los sajones, convencidos de su victoria, rompiesen
su línea de escudos, con la intención de saquear
y obtener botín; a una señal convenida, la caballería
normanda volvió grupas y se abalanzó sobre los desprevenidos
sajones. Con la victoria del duque Guillermo se abrió en
Inglaterra una nueva etapa en su historia, la Inglaterra normanda.
Por su parte, en la batalla de Cocherel (1357), en el transcurso
de la Guerra de los Cien Años, Bertrand du Guesclin se
enfrentó a un contingente de mercenarios navarros que defendían
posiciones en lo alto de una colina. Du Guesclin ordenó
a sus lanceros montados que cargasen montaña arriba, pero
a mitad de camino, ordenó un repliegue ordenado de sus
hombres, en retirada fingida; los navarros, superiores en número
y confiados en su victoria, abrieron filas y corrieron colina
abajo en pos de sus atacantes, los cuales, reagrupados en la llanura,
cargaron contra ellos, derrotándolos. Volver
35)
Es
necesario incidir aquí como las propias fuentes presentan
dificultades en su interpretación razonada, especialmente
si no se sitúan en el contexto determinado y en relación
con otras fuentes. Así, Puylaurens alude en su relato al
temor de los cruzados por los proyectiles de los tolosanos, justamente
la idea de defensa propuesta por el conde de Tolosa, según
el mismo autor. No cabe duda que Puylaurens deseaba, al escribir
su crónica unos 50 años más tarde la batalla,
otorgar protagonismo al conde de Tolosa. El autor ni siquiera
había nacido en aquella época, y tuvo que recabar
necesariamente de la ayuda y el testimonio de supervivientes de
la batalla, seguramente veteranos tolosanos. Puylaurens también
confunde el lugar de salida de los cruzados y la ubicación
del campamento aliado, invirtiendo los lugares, quizás
por el hecho de desconocer personalmente la zona o por un error
en el testimonio de un superviviente. Lo cierto es que insiste
que los aliados creyeron que los cruzados realmente estaban huyendo,
y ésta impresión solo podía realizarse teniendo
en cuenta que el lugar de salida era el oeste y desde la posiciones
hispano-occitanas se tenía una amplia visión de
la llanura de Muret y alrededores. A lo largo del texto Puylaurens
ha caído en otras confusiones; una de las más relevantes
es su afirmación que la batalla se celebró el dia
13 de septiembre, día de la Exaltación de la Cruz;
ésta es la fecha en que los prelados escribieron su famosa
carta narrando la batalla y loando la victoria de la Iglesia frente
a la herejía. Volver
36)
Tanto
la Canzó de la Crozada como la Crónica de Guilhem
de Puylaurens hacen mención de la aparente huida de la
caballería de Monfort del campo de combate. Volver
37)
El
poema épico de la Canzó relatará así
los hechos: Los hombres de Tolosa todos han corrido, que
ni el conde ni el rey fueron creídos, porque no supieron
nada hasta que los cruzados hacia ellos fueron. Volver
38)
Los
cronistas y combatientes medievales eran conscientes que la precipitación
provocada por la ruptura del orden de combate antes de recibir
las órdenes adecuadas conducía invariablemente a
la derrota. El rey Jaime había sido consciente de ello
en la única batalla en la que participó a lo largo
de sus 80 años de vida, la batalla de Porto Pi: el rey
se centra en explicar los preparativos ceremoniales del combate,
especialmente en el terreno religioso -misa de campaña
y alocuciones del rey a la tropa, etc-. pero no detalla ningún
consejo de guerra ni el orden de batalla establecido; sólo
los acontecimientos en las que aparece la figura del monarca son
descritos con minuciosidad, de tal manera que, a la luz de la
Crónica, la batalla solo podía tener un único
resultado: la victoria del rey Jaime. Pero de los párrafos
de la narración se vislumbra que la batalla no se sucedió
de una manera ordenada y planificada, y que el soberano apenas
pudo dirigir a sus tropas, ni transmitir ningún orden ni
plan de batalla. Los nobles de la familia Montcada -los mismos
que en 1213 formaban el segundo cuerpo de ejército del
rey Pedro II, y que no llegaron a entrar en combate por encontrarse
todavía en marcha de aproximación-, iniciaron por
su cuenta el avance hacia el enemigo -con miras a acrecentar su
prestigio y fortuna-; el rey Jaime no pudo detenerles -por su
escaso liderazgo y prestigio militar- y mientras intentaba poner
orden en su cuerpo de ejército, la vanguardia cayó
en una emboscada. Apresuradamente, el rey partió con su
mesnada aragonesa y tropas reales hacia la batalla, mientras enviaba
mensajeros para que la retaguardia -comandada por su tío-abuelo
Nuño Sanz-, apresurase su marcha para unirse al combate.
En estas alturas del relato se observan las deficiencias tácticas
del monarca: no ha establecido ningún plan de batalla,
no ha impuesto su autoridad entre los capitanes de su ejército,
no ha enviado exploradores que reconozcan el terreno, no despliega
alas en el avance, resuelve el desarrollo del combate mediante
cargas frontales -sin tener en cuenta la maniobra-...Imprudentemente,
Jaime I, a la vista del presumible desastre, se dirige directamente
hacia la batalla, apenas escoltado por un grupo de caballeros
-tal y como se describe la actuación de su propio padre
en Muret, ¿casualidad?-. En su Crónica el rey Jaime
reconstruyó los hechos de la batalla a su propia conveniencia,
pero no hay duda que ocultaba en sus pasajes una profunda vergüenza
por su propia incapacidad militar: ¿es descabellado pensar
que, en el relato de Muret el monarca no hubiera vertido sus propias
vivencias, y que esas palabras fueran una llamada a la obediencia
de sus súbditos? ¿Acaso el monarca podía
reconocer que su padre -realmente mucho más experto que
él mismo en cuestiones de guerra- le había podido
superar en táctica militar? ¿Podían cometer
los mismos errores un maduro y curtido guerrero Pedro, de 37 años,
que un joven imberbe de 21 años?. Volver
39)
La
leyenda negra del rey Pedro incide en este hecho, y explica que,
supuestamente, el rey había mantenido una apuesta con uno
de sus caballeros, la noche antes de la batalla; puesto que el
monarca perdió la partida, gentilmente le regaló
su armadura: por ello Pedro II fue al combate con una armadura
de inferior calidad. La explicación de tal hecho es mucho
más compleja: el monarca, forzado a combatir con solo dos
cuerpos, puesto que el conde de Tolosa no se había incorporado
al despliegue, y consciente que él debía estar presente
en el orden de combate, busca proteger su persona, portando la
armadura de otro caballero, mientras un hombre de su entera confianza
se presenta voluntario para llevar los emblemas reales: protegido
por sus guardias, y bajo el anonimato de una armadura corriente,
el rey Pedro puede dirigir la batalla desde una posición
táctica de primera línea. Volver
40)
Una
variante muy sofisticada, derivada del despliegue táctico
del echelon, fue el orden oblicuo, usado ya por los tebanos en
la batalla de Leuctra (371 aC) y por Federico II el Grande en
la batalla de Leuthen (1757). Volver
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