Los cátaros, o perfectos (1) , eran miembros de una herejía de carácter dualista, inspirada en creencias cristianas provenientes de Oriente y de pueblos nómadas del Este europeo, que recogían el sustrato maniqueo que había subyacido dentro de ciertos movimientos cristianos primitivos.
Se extendió muy rápidamente por Europa (territorios alemanes, flamencos y del norte de Francia), pero donde arraigó con más fuerza fue entre las gentes de las fértiles tierras del sur de la antigua Galia, en el territorio del Languedoc, donde los señores feudales toleraban y acogían a los fieles del movimiento cátaro; el nivel cultural más elevado que se había alcanzado en estas tierras facilitaba el desarrollo del espíritu crítico en los estamentos más cultivados; su ideal de justicia motivó la adhesión popular, y su ataque al poder temporal de la Iglesia católica suscitó las simpatías y protección de la nobleza (2) . Con su fuerte tendencia igualitaria, los cátaros desarrollaron unas relaciones sociales al margen de las estructuras feudales imperantes, desafiando del orden institucional sobre el que la Iglesia basaba su poder y privilegios.

Expansión del catarismo en Europa, siglos XI-XIII


Su doctrina planteaba la confrontación de la dualidad divina, del doble principio del bien y del mal, de la oposición entre el mundo espiritual –el alma- y el mundo material –la carne-, el origen del mal; este movimiento espiritual propugnaba el retorno a las esencias primitivas del cristianismo. El Nuevo Testamento constituye el texto fundamental de su Iglesia. Para salvarse había que seguir los principios allí establecidos: vivir en pobreza y castidad. Popularmente, y gracias a su rectitud y ascetismo, los cátaros fueron conocidos como los Buenos Hombres.
Su ascendente y fuerza minaba los principios espirituales y materiales del orden medieval: los cátaros negaban el derecho a la propiedad, el uso de las armas y la violencia, condenaban el matrimonio –considerado como una herramienta del dios maligno para perpetuar la pecadora especie humana en la Tierra- y alentaban el sacrificio y mortificación, como camino de comunión de las almas con Dios. Además, puesto que el pueblo otorgaba a los predicadores cátaros un liderazgo social, gracias a que se habían ganado su confianza, esto constituía una amenaza para los poderes laicos y eclesiásticos: para los primeros, porque se creaba una relación social diferente a la fidelidad vasallática, no creada por vínculos materiales –compromiso de protección a cambio de vasallaje- sino espirituales; los segundos, porque se rompía el monopolio de la Fe y de la predicación de la Palabra. Y paradójicamente, a diferencia de otros movimientos, la esencia del catarismo residía en una profunda religiosidad, de carácter intimista, y ajena a cualquier implicación de movimiento de rebelión social o política; fue la propia voluntad de sus seguidores la que hizo que, influenciados por la ortodoxia católica, se organizasen en comunidades religiosas y que incluso adoptaran patrones similares a la Iglesia católica (3) ; y fueron sus enemigos los que intentaron ir más allá y ver a los fieles cátaros como miembros subversivos de la sociedad (4) .
Su expansión en tierras occitanas, desde los años centrales del siglo XII, se explica tanto por las características propias socioeconómicas del territorio (por las vías espirituales que facilitaba a la población, por la negación de todo poder económico a las jerarquías eclesiásticas, por las posibilidades que se presentaban ante los nobles (5) , mercaderes y burgueses, por la salida social y espiritual que ofrecía a las mujeres, etc.).
Aunque los clérigos franceses, en su afán de justificar los excesos de los caballeros cruzados, dieran una imagen de una Occitania plagada de la herejía cátara (6) , lo cierto es que el movimiento cátaro no tenía la implantanción tan extendida como podríamos suponer (7) .
En Occitania el catarismo se extendió en ciudades, villas y poblados de la zona de Tolosa, Albi, Carcassona y Laurages, en algunas zonas de las tierras del condado de Foix. En otras zonas occitanas (Corbiéres, Quercy, Agenes), su presencia fue más dispersa. Los límites geográficos fueron condicionados por los ríos -no superando el Garona por el Oeste ni el Ródano por el Este- y por las montañas –la influencia cátara al sur de los Pirineos, en tierras hispanas, fue mucho menor, y parece que se incrementó, ya en el siglo XIII, como consecuencia del exilio de los seguidores cátaros a tierras catalano-aragonesas-.
La mayoría de la población occitana, antes del inicio de la Cruzada, vivía su religiosidad de una manera desapasionada, sin violencias extremas por motivos religiosos –incluso se desconocen excesos de odios raciales contra la minoría judía-; el pueblo llano aceptaba las ideas y doctrinas espirituales que recibían tanto de los perfectos cátaros como de los clérigos católicos; de hecho, no era un fenómeno extraño encontrar a quienes, indistintamente buscaban su salvación y reconfortamiento tanto entre cátaros y católicos, adoptando una postura religiosa sincrética: como afirma Alvira Cabrer, más allá del valor testimonial de la implantación cátara en el territorio occitano, el hecho verdaderamente relevante reside en que buena parte de esta sociedad aceptara y tolerara la presencia activa de los buenos hombres y respetara la santidad de sus costumbres y la sinceridad y profundidad de sus sentimientos religiosos.
A lo largo del s.XII el movimiento cátaro avanzó y se consolidó en el territorio de Occitania: a mediados de siglo tenía ya una jerarquía episcopal autónoma a nivel europeo y en 1167 se celebró un concilio en Sant Felitz de Laurages, en el que se reunieron representantes de las seis iglesias cátaras occidentales (Francia, Albiges, Tolosanes, Carcasses, Agenes e Italia) bajo la presidencia del obispo Niketas de Constantinopla. Justamente la construcción de una organización propia, similar a la católica, constituyó una de las principales amenazas para Roma: la mayoría de movimientos heréticos, al considerar que todo lo terrenal era obra del demonio, se negaron a establecer una organización que diera respuesta a los males que ellos condenaban. Los cataros fueron, sin embargo, una excepción: no se negaron a administrar sacramentos, materializaron sus rituales ni abandonaron el recurso a la organización religiosa.
Ante tales hechos, en 1177 el conde de Tolosa Ramón V –nieto de Raimon IV, uno de los líderes de la Primera Cruzada (1099) y fundador del condado latino de Trípoli-, manifestaba en el concilio católico de Arles que “la herejía ha penetrado en todo. Ha traído la discordia a todas las familias, dividiendo el marido y la mujer, el hijo y el padre, la nuera y la suegra, separando y enemistando a famílias enteras por cuestiones religiosas. El mal de la herejía se ha desarrollada tanta en mis tierras que casi todos los que lo practican creen que están sirviendo a Dios” (8) .
De manera simultánea, a lo largo de los s.XI-XII la Iglesia romana inicia un movimiento de profunda transformación, un intento para consolidar sus estructuras frente a las presiones del Sacro Imperio y de los renacidos reinos germánicos; con la reforma gregoriana (9) se pretende dotar al Occidente cristiano de una unidad bajo la dirección personal del Papado, como vicario o representante de Cristo, situándose por encima de todo poder, tanto espiritual como laico, sentando las bases de la monarquía teocrática pontificia.
Es bajo este trasfondo de refundación doctrinal y temporal de la Iglesia romana que se tiene que realizar el análisis de la reacción papal ante la expansión de las ideologías heterodoxas; tras la primeras señales de alarma en los concilios del siglo XI y principios del XII, la reacción eclesiástica se tradujo en una reafirmación de los principios gregorianistas de supremacía de la Iglesia, considerando como enemigo (10) a todo aquel que se opusiera al orden cristiano emanado de Roma: solo el Papado era el único garante de la cohesión y unidad de la sociedad cristiana.
En Occitania, la relativa relajación social feudal y el auge económico coadyuvaron al desarrollo y extensión de las doctrinas cátaras. Pero a su vez, esta propagación se alentaba por las propias actitudes y actuaciones de la Iglesia romana, de la separación cada vez más profunda que separaba a clérigos y laicos. Esta situación nacía de la existencia de un alto clero poderoso e independiente, reforzado por los cambios promovidos con la reforma gregoriana: los esfuerzos para renovar la espiritualidad y la comunión con la sociedad no cuajaron, pero si que permitieron que las estructuras de poder clericales quedaran reforzadas, provocando importantes tensiones entre el estamento eclesiástico y el mundo laico (11) . Justificándose en la búsqueda de este reconocimiento del poder absoluto, comenzará la represión que contra sus enemigos lanzará la Iglesia de Roma, a todos los niveles y en todos los territorios cristianos. La represión se lleva a cabo tanto contra los enemigos del interior de la sociedad cristiana, los herejes, como contra los enemigos del exterior, los infieles, representados principalmente por los judíos y los musulmanes.

La ciudad de Tolosa, atravesada por el río Garona

 

El Papado, alarmado por la diversidad de movimientos heterodoxos que se desarrollan por toda la Cristiandad, urge a las altas jerarquías territoriales a reunirse y coordinar sus acciones contra los heréticos; en el II concilio de Letran (1179), se enumeran los diferentes grupos de herejes existentes: cátaros, patarinos, valdenses, bogómilos, publicanos y otros. La Iglesia intentará desprestigiarlos asociándolos con todos aquellos que amenzaban la paz y el orden medieval, porque ejercían la violencia contra los cristianos y se comportaban como paganos, sin respetar ni iglesias ni monasterios.
Para combatir la disidencia, el Papado buscó el apoyo de las órdenes monásticas, sobre todo, los cistercienses: la primera misión cisterciense en tierras occitanas (en 1145), dirigida por el abad Bernardo de Clairvaux (12) , uno de los padres de Citeaux, puso de manifiesto la extensión del movimiento herético en aquellas tierras. Es en esta época cuando se genera un proceso determinante en los acontecimientos futuros: la identificación de la región occitana con una tierra de herejes.
Con el auge de la teocracia pontificia, la reacción de la Iglesia católica se centró en una triple vía: la predicación, la conciliar y la depuración.
La vía de la predicación surgió ante la constatación que uno de los elementos que daban más fuerza a los cátaros era su modo de vida austero, que se contraponía a la corrupción y comodidades en las que vivía parte del clergado católico. De hecho, Inocencio III (13) reconocía como tal la auténtica causa de la extensión de la herejía (14).
Después de la primera campaña de predicación del santo Bernardo de Clairvaux, se sucedieron otras. Sin embargo, la distancia existente entre los enseñanzas de los predicadores católicos, basadas en un mensaje de austeridad y recordatorio de la esencia de Jesucristo, respecto a los propios hechos que realizaban –séquitos lujosos, falta de abstinencia, boato feudal, etc.-, provocaron que no existiesen los logros previstos en la reconducción de los heréticos (15) .
La depuración consistía en una vía política de sustitución y relevo por prelados fieles a las directrices centralizadoras de Roma. La depuración servirá para canviar a los hombres que tienen los puestos claves de la organización eclesiástica y reducir la independencia de la Iglesia meridional a los dictados de Roma. Con ello se buscará obtener la adhesión de los poderes políticos (laicos y religiosos) de la región, adhesión que no se había conseguido a pesar de las campañas de predicación que se habían sucedido desde hacía más de medio siglo. El proceso de depuración de la iglesia occitana se tradujo en la sustitución de los altos cargos eclesiásticos de Tolosa, Bessiers, Carcassona y Narbona. La injerencia de los legados culminó con la sustitución del obispo de Tolosa por otro, perteneciente al orden cisterciense: es un antiguo trovador, amante de las costumbres corteses y de las cortes de amor occitanas y catalano-aragonesas, llamado Folquet de Marsella, convertido ahora en Folquet de Tolosa (febrero 1206).
Junto a las medidas jurídicas de la depuración, aparecen otras específicamente más represivas, definiéndose una legislación antiherética concreta, basada en la asimilación de todos los preceptos del corpus legal antimusulmán y su aplicación rigurosa contra los heréticos; de hecho, la Iglesia endureció las medidas a aplicar contra los herejes, considerando su pecado muchísimo más grave, puesto que su culpa residía en apartarse de las doctrinas católicas.
La via conciliar se mantiene a lo largo del siglo XII, con sucesivos coloquios y reuniones entre eclesiásticos y representantes cátaros, con la doble intención de reconvertir a los herejes a la doctrina católica, pero también con la intención de mostrar al pueblo del error de esas ideas.
Así, a pesar de la condena del II coloquio de Lombers (1176), a la que asisten la mayoría de las personalidades civiles y religiosas de la región, y las amenazas del obispo de Albi, de juzgar como herejes a los miembros de la secta, no impidieron que los cátaros siguieran predicando y ganando seguidores, incluso que se organizasen, nombrando un obispo en la ciudad de Albi (16) , y que convocasen sus propios concilios en San Felitz (1167) y Mirapeix (1204).
Pero esta vía pacífica (17) , aceptando debates y coloquios entre sacerdotes católicos y sus oponentes cátaros, depurando al clero católico simpatizante o tolerante con los cátaros, no logró conjurar la amenaza de la expansión de la herejía (18).

Catedral de Albi

De manera simultánea a la vía pacífica, la Iglesia inició los movimientos necesarios para desencadenar una respuesta violenta ante la expansión del movimiento cátaro: en 1162 el Papa Alejandro III excomulgó a los seguidores del movimiento cátaro. Tal hecho trascendía de su significado religioso, porque la excomulgación apartaba de la comunidad cristiana, y a su vez, esto tenía una gran relevancia social. La medida sacudía de lleno el ordenamiento social, porque tal hecho alcanzaba a los nobles occitanos cátaros, que quedaban desposeídos espiritualmente de toda legitimidad sobre sus súbditos católicos. De hecho, la herejía estaba muy extendida tanto entre la nobleza (19) como entre el campesinado y los habitantes de las ciudadades; todos se sentían cómodos entre dicha corriente moral, que permitía tanto una profunda y auténtica espiritualidad, combinándola con los placeres mundanos de la vida –será en este contexto histórico que se alcanzará el apogeo de la vida trobadoresca y la culminación de los ideales de la caballería y las cortes de amor occitanas-. En algunos casos, la nobleza occitana (los condes de Foix o los vizcondes de Carcassona) no sólo apoyaba a los cátaros, si no que entre sus familias se encontraban algunos de ellos.
Sin embargo, las medidas represoras contra el movimiento cátaro no hay que circunscribirlas solo al poder religioso; el poder laico –nobles y caballeros- también dispuso medidas contra aquellos que quebraban, a sus ojos, el orden estamental feudal. Las medidas adoptadas contra la herejía en Occitania fueron instrumentalizadas por los poderes de la época, tanto religiosos como laicos. Un ejemplo fueron las medidas tomadas en 1184 cuando se asociaron ambos poderes para hacer más eficaz la lucha contra la herejía, de común acuerdo entre el Papa Lucio III y el emperador Federico I Barbarroja. Se produjeron acciones violentas, si bien de manera esporádica, y sin orden directa proveniente de Roma: en 1163 aparecen por primera vez las hogueras con la quema de cátaros, en Besançon. Estos estallidos de violencia se repetirán en el tiempo (Vezelay, 1167, Arras, 1172, Reims, 1180), coincidiendo con revueltas populares o motivadas por rencillas personales.
La herejía era una de las causas que legitimaban el recurso a la violencia, siempre que la Iglesia se encontrase en peligro. La herejía aparecía así, para la Iglesia de finales del siglo XII y principios del XIII, como uno de los peores males, en su doble vertiente: como transgresores de la unidad y ortodoxia romanas como por ser un elemento perturbador de la paz y el orden, elementos que la Iglesia asimilaba y confundía con su propia esencia. El papa Alejandro III había intentado acabar con la herejía, incluso recorriendo a las armas: en 1180, su legado el abad cisterciense Enrique de Claivaux, moviliza a un pequeño contingente de voluntarios que ponen sitio y conquistan la fortaleza de Lavaur, feudo del vizconde Roger Tallaferro Trencavell, vizconde de Carcassona, el cual se ve forzado a pedir la paz a cambio de abandonar toda ayuda a los cátaros. Sin embargo, ante la expansión del movimiento, Alejandro III se plantea predicar una cruzada contra los cátaros en las tierras del vizcondado de Carcassona, si bien la cuestión se pospone durante los años siguientes por las pugnas que mantien el Papado con el Sacro Imperio y las dificultades planteadas con la Tercera Cruzada (1189).
Con la llegada al Papado de Inocencio III, máximo exponente de la teocracia pontificia, los esfuerzos se doblarán. Así, en el año 1203 envió como legados ante el conde Raimon VI de Tolosa, a dos monjes cistercenses de la abadía narbonesa de Fontfreda, Raúl de Fontfreda y Pedro de Castelnou, con la misión de convencer a la nobleza occitana a unirse a la lucha de la Iglesia contra la herejía cátara. El papa cuenta con la orden cluniacense como uno de sus principales instrumentos en su acción contra la herejía occitana: la profunda religiosidad de esa orden, sus estrictas reglas, y su ortodoxia doctrinal constituyen la combinación perfecta para poder establecer un mayor control sobre las acciones in situ contra el movimiento cátaro.
No obstante, Inocencio III considera que su deber es erradicar la herejía con cualquier método, y de manera simultánea, sondea a los poderes laicos de la zona para una eventual acción armada. Así, desde mayo de 1204, hace sucesivos llamamientos en pro de una acción militar contra la herejía, apelando sobre todo al rey, a la nobleza y al clero de Francia (28 mayo 1204, 16 enero 1205, 7 febrero 1205).
Felipe II era el soberano legítimo de buena parte de los territorios occitanos. El papa le ofreció la ocupación y conquista de la región; la actitud del monarca fue, sin embargo, muy prudente, ponderando las ventajas y los inconvenientes que una intervención en el sur podía reportar a la monarquía capeta, en un momento de tensión bélica contra el Imperio, Inglaterra y Flandes. De hecho, en aquellos momentos, Inocencio III era aliado de Juan Sin Tierra, con lo que el Papa podría haber pedido intervención de Felipe II en el sur del reino para aliviar la presión francesa sobre la Normandia Plantagenet.
Además, como señala Alvira Cabrer, la otra razón por la que Felipe II no actuase contra Raimon de Tolosa era que no podía admitir que Roma dispusiera de las tierras de sus vasallos occitanos contra los derechos de la Corona, salvo en el caso que el conde Raimon fuera declarado hereje.
Los llamamientos de Inocencio III al rey de Aragón (20) , cuya jurisdicción se extendía sobre parte de los territorios occitanos heréticos fue secundaria, motivada tanto por la tradicional vinculación de los condes de Barcelona con la nobleza occitana (21) , a pesar de la relación de vasallaje que había unido a Inocencio III con Pedro II de Aragón, como por el hecho que el Papa deseaba –o al menos, consideraba como un deber- que todos los monarcas peninsulares –con el rey Pedro a la cabeza-, mantuvieran constante la presión sobre los musulmanes de al-Andalus; el Papa no deseaba desviar esfuerzos de la guerra peninsular hacia otros frentes; Inocencio III consideró siempre la lucha contra el Islam de manera prioritaria (22) .
Mientras, Roma proseguía con su intento de conversión de la población que seguía la doctrina cátara; con la llegada al sur de Francia de dos castellanos, el obispo Diego de Osma y el canónigo Domingo de Guzmán, se observa un cambio radical en la predicación católica a partir de 1206. Son sus campañas de predicación las que van a aportar un giro a la política romana en tierras occitanas, al imitar el ejemplo de los predicadores cátaros, practicando la pobreza y la mendicidad. Así, y bajo la atenta mirada y autoridad de los legados papales –que habían fracasado personalmente en sus propósitos de conversión- Domingo de Guzmán -en solitario, tras la muerte del obispo Diego-, inspirado en una espiritualidad pobre, urbana y social, desarrolla su acción apostólica; su base será el monasterio de Prouille, desde donde realizará sus viajes, como un predicador humilde, paciente, marchando de aldea en aldea, a pie, sin bagajes, como mendicante, rehuyendo de la pompa eclesiástica, logrando realizar muchas conversiones. Sin embargo, a pesar de sus esfuerzos, este trabajo de predicación no obtendrá los resultados esperados por Roma.
Con ello, y a la vista de la inestabilidad política existente en Occitania, Roma considerará que el primer paso para erradicar la herejía será lograr una paz duradera en la región. El conflicto cátaro será un constante laberinto donde las razones religiosas se entremezclaran con los objetivos políticos. Para conseguir esta unidad de acción política, el legado Pedro de Castelnou intentará reunir acuerdos entre la nobleza meridional para conjurar la amenaza de la propagación cátara, intentando establecer la paz entre el conde de Tolosa y los señores occitanos con él enfrentados (familia Trencavell, ciudad de Narbona) para que uniesen sus fuerzas contra los herejes. Sólo con la unión de todos los poderes occitanos en una liga para combatir la herejía por la fuerza se lograría la extirpación del movimiento cátaro. Pero Raimon VI, que mantiene una enemistad manifiesta con el legado Pedro de Castelnou, y convencido de la injerencia romana, rechazará las propuestas eclesiásticas. Su negativa a jurar la llamada “paz de los legados”, -que tanto el rey de Aragón y casi todos los otros grandes poderes de Occitania habían ya jurado-, provocará que el conde sea excomulgado y que sufra el manifiesto de un interdicto, acusándole de estar “fuera de la paz”.
Inocencio III habría llegado a la conclusión de que ningún poder laico implicado en la zona podía afrontar la lucha contra la herejía con la intensidad y rigor necesarios. El papa confirmó la excomunión del conde tolosano y lanzó un nuevo llamamiento al poder militar de Felipe Augusto y de la alta nobleza de Francia (17 noviembre de 1207), pidiéndole que obligara a sus vasallos de Occitania para que se implicasen en la erradicación de la herejía cátara, y autorizándole a que se anexionase tanto los dominios de los nobles que apoyasen a los herejes como de los nobles que se negasen a obedecer las órdenes papales. Ante esta presión, Raimon VI cede y se aviene a reunirse de nuevo con Castelnou: Roma ofrece a Tolosa la retirada de la excomunión, a cambio de su ayuda para erradicar la herejía del territorio. Sin embargo, la arrogancia de Pedro de Castelnou y el orgullo de Raimon VI chocaron una y otra vez, enzarzándose en un callejón sin salida diplomático, primando sus rencillas personales en vez de una mayor visión política. Las negociaciones se rompieron: el conde vio cómo se le confirmaba la excomunión, y Roma constató que el conde de Tolosa no ayudaría a la Iglesia católica a luchar contra sus propios vasallos.

El 15 de enero de 1208, de regreso a Roma tras la tensa entrevista con el conde Raimon, el legado papal Pedro de Castelnou es asesinado; las miradas se dirigieron acusadoras hacia Tolosa (23) . El asesinato de Pedro de Castelnou era mucho más que un simple crimen (24) ; se había asesinado a un legado papal, un representante especial del Papa en tierras occitanas, con lo que demostraba, a los ojos del orbe católico, el desafío de la nobleza occitana ante la jerarquía eclesiástica: en aquellos momentos los elementos políticos –a pesar de subyacer en todo momento en el conflicto- fueron soslayados; no se interpretó que la nobleza tolosana desafiaba el poder temporal del Papa, sino que la herejía cátara había infestado la nobleza tolosana hasta tal punto de cometer tan execrable crimen.
Quedaba patente, según Roma, que era imposible encontrar una solución pacífica al conflicto. A pesar que existían dudas razonables de si el conde había instigado o no la muerte del legado papal, ante a los ojos de Roma y de muchos contemporáneos, Raimon VI era culpable (25) .
La reacción pontificia no se hizo esperar, y fue contundente: por primera vez en la historia, un Papa convocaba una cruzada contra tierras católicas, el 10 de marzo de 1208. La expansión de la herejía impulsó al Papado a declarar cruzada contra los herejes cátaros, iniciándose una cruenta guerra de exterminio. Con esta medida, Inocencio III equiparaba a los herejes -y sus cómplices y protectores- a la legislación de cruzada aplicada hasta entonces sólo a los musulmanes; las medidas punitivas juridico-políticas que se aplicarían serían contundentes: excomunión, liberación de los vínculos y obligaciones feudales existentes con los heréticos, desposesión de señoríos, rendas y privilegios y legitimación del uso de la violencia física. El recurso a la violencia no solo estaba justificado, sino además, estaba bendecido: los musulmanes eran un enemigo externo, mientras que los herejes eran enemigos que convivían con los cristianos, se relacionaban con ellos y los infestaban con sus creencias. Las armas eran ahora el único lenguaje que Roma iba a entablar con los heréticos.

Principales zonas de reclutamiento de la Cruzada albigense (1209)


Los continuos decenios de rencillas y resentimientos habían labrado tal obra de odio que nadie se cuestionó la posibilidad de celebrar ningún juicio para aclarar los hechos, ni tampoco se buscó relacionar los intereses políticos de Tolosa con los espirituales de los cátaros, sino que simplemente hubo una identificación automática entre unos y otros. Esta identificación entre Occitania y herejía será una constante a lo largo del conflicto, y el pretexto perfecto para seguir cometiendo los atropellos y violencias políticas y físicas, en nombre de unos ideales espirituales.
El papado organizó la expedición, y buscó que ésta fuese un gran movimiento de toda la Cristiandad contra los herejes; voluntarios de toda Europa deberían sumarse a la causa cruzada (26) . Pero, conforme a los cánones feudales, este ejército tendría que ser liderado por un dirigente católico de prestigio. La jefatura militar de la cruzada fue ofrecida al rey de Francia, pero Felipe Augusto rechazó encabezar una expedición contra las tierras del sur, con el válido argumento del peligro que corrían sus tierras ante la alianza del Imperio y los Plantagenet (27) . A pesar que el conde de Tolosa era aliado del monarca inglés, a la vez seguía siendo un vasallo de la corona francesa, y Felipe Augusto no toleraba la injerencia papal en las tierras de la Corona francesa y exigió una condena expresa de Raimon VI. No obstante, el rey accedió a que sus nobles y caballeros se alistasen entre las filas de la Cruz, a título personal y sin comprometer a la Corona. Con ello el monarca francés mantenía intacto su prestigio en la zona, le permitía erigirse en negociador neutral, y sobretodo, llegado el caso, le permitía acceder efectivamente al control del territorio occitano, si los nobles franceses participantes llegaban a adquirir posesiones y feudos en aquellos territorios.
La cruzada ha sido considerada –y así se ha mantenido en la historiografía, francesa, occitana, aragonesa y catalana, desde diferentes matices, por supuesto-, como un intento de invasión y ocupación francesa –ya sea como agresión del Norte o un intento de unificación con el Sur, dependiendo de las diferentes visiones-. La monarquía de los reyes de Francia, alejada del escenario occitano, no presentó, a lo largo del siglo XII, intenciones agresivas ni expansionistas hacia el sur del territorio galo: los intereses de la Casa Capeta se centraban en dominar las tierras de sus enemigos flamencos y de los belicosos reyes ingleses, que desde Normandía, mantenían en vilo una espada que apuntaba directamente a París.

Felipe II Augusto, rey de Francia


A pesar que en la mayoria de obras se incide en la relativa poca extensión del territorio real francés a principio del siglo XIII –centrado en los territorios de la Ille de France- lo cierto es que el reino francés estaba en expansión, bajo la inteligente administración del rey Felipe Augusto II. Las diferencias que separaban al norte francés del sur occitano no eran absolutas, no existía la incompatibilidad radical que muchos autores han querido ver en el fondo del conflicto occitano.
La capacidad de acción de la monarquía francesa había quedado muy mermada con el cambio de alianzas que se había producido desde los primeros años del siglo XIII: la alianza con el condado de Tolosa forjada al calor del conflicto con los Plantagenet. Tradicionalmente había existido un apoyo mutuo entre la Casa Capeto y la Casa de Tolosa, ambas enemistadas con los anglo-aquitanos; esta alianza se manifestó en el matrimonio de Ramon V de Tolosa (1148-1194) con la princesa Constance de Francia, hermana del rey Luis VII (1137-1180), cosa que había propiciado la primera intervención militar francesa en el escenario occitano (1159); a lo largo de los siguientes años, los condes de Tolosa solicitaron el auxilio real francés ante la presión inglesa, aragonesa y de los díscolos vasallos occitanos.
Sin embargo, a raíz de los pactos suscritos entre Tolosa y los Plantagenet, de principios del s.XIII, Francia había contemplado como se había quedado aislada frente a las amenazas continentales: el Imperio alemán, los condados flamencos y las posesiones aquitano-normandas de los reyes de Inglaterra; y en aquellos momentos de necesidad, Tolosa abandonaba su partido –a pesar que, nominalmente, el conde de Tolosa debía obediencia al rey de Francia-. En aquellos primeros años del siglo XIII Francia no podía considerar la posibilidad de una intervención directa en tierras occitanas. Sin embargo, las posibilidades que, años más tarde, con la cruzada en marcha y liderada por nobles franceses, podían ofrecérsele a Francia no pasaron desapercibidas a los sagaces ojos del rey Felipe Augusto, pero sin duda, y teniendo en cuenta las amenazas existentes contra su reino, la intervención en Occitania no constituía un objetivo prioritario en 1209.

Nôtre Dame, símbolo del París medieval


En Roma, en aquellos momentos, no se calibraban las implicaciones políticas de estas medidas, tan solo se tenía en mente la afrenta cometida y el agravio contra la Iglesia. El papado interpretaba la muerte de su legado no como un hecho meramente oportunista y fortuito, sino como un acto de rebeldía religiosa, feudal y política, puesto que suponía atentar contra la supremacía eclesiástica sobre los poderes laicos. La política temporal de Inocencio III le llevaba a sacrificar la libertad e integridad de los occitanos –hasta su aniquilación, si fuese necesaria- en pos de la limpieza y ortodoxia cristianas; así, con la recompensa material del botín y de nuevos feudos, el apoyo francés, de mercenarios y aventureros normandos, flamencos y alemanes, permitirían erradicar la herejía en territorio occitano (28) . Las razones de Inocencio III para desencadenar la Cruzada residían tanto en bases religiosas –la eliminación del catarismo, como movimiento religioso que amenaza al corpus doctrinal establecido y sostenido por la Iglesia- y políticas –el mantenimiento de las condiciones socio-políticas del sistema feudal, que sustentaba el orden mundial que propugnaba Roma-. La cruzada albigense estará dirigida, pues, tanto contra los cátaros -por su condición de herejes- y contra los nobles occitanos - acusados de practicar la violencia contra católicos y contra la Iglesia-.
El conflicto de la cruzada asolará las tierras occitanas durante 5 décadas (1209-1255), desarrollándose a lo largo de diversas etapas. Desde el punto de vista militar, y referiéndonos a los acontecimientos que desembocaron en la batalla de Muret, la cruzada tuvo dos etapas bien diferenciadas:

Imagen de la Cruzada albigense; el papa Inocencio III proclama la cruzada, y los milites Christi combaten contra los herejes cátaros; en primer término aparece Simón de Monfort, conocido por el emblema de sus armas: el León de la cruzada.

 

En una primera fase (1209-1211), las huestes de los cruzados inician una campaña fulgurante contra los dominios de la família Trencavell. En esta etapa se busca la conquista y la implantación en el territorio occitano, como base para una ampliación de las operaciones hacia el condado de Tolosa.
En una segunda fase (1211-1213), el objetivo cruzado son las tierras del condado de Tolosa, que son constantemente atacadas desde los territorios circundantes, mediante incursiones de pillaje y saqueo, organizadas con fuertes contingentes de caballería pesada francesa, ante la cual las milicias urbanas y los nobles locales no pueden oponerse. Una vez consolidado el dominio en esta zona de Occitania, se inicia el cerco estratégico de Tolosa, ocupando los castillos y fortalezas de su territorio, con el objetivo de aislar y estrangular económicamente la resistencia tolosana.

 

-La cruzada de la Iglesia (1209)



Tras la proclamación de la cruzada, decenas de predicadores recorrieron la Europa cristiana, inflamando el corazón de miles de personas, con la intención de reclutar voluntarios para la expedición milita contra los herejes cátaros; se congregó, cual pueblo nómada, una multitud de hombres y mujeres en busca de aventura, fortuna e indulgencia; las motivaciones que les llevaron a abandonar sus hogares eran tan diversas como sus lugares de orien y circunstancias personales: desde la extrema devoción religiosa y el ansia de salvación eterna hasta la más puramente execrable sed de botín –mucho más fácil de conseguir que no cruzar el mar hasta Tierra Santa-; a no pocos les motivó la sed de aventuras y la pasión guerrera, y la mayoría se conformaban con las indulgencias y el perdón de los pecados pasados.
A lo largo de la larga ruta que les separaba de su destino, los voluntarios se fueron reuniendo, formando grupos que se fueron agregando a comitivas mayores. A medida que los voluntarios se acercaban al sur de la Galia, se formaron dos grupos de ejércitos: una expedición encabezada por prelados papales, y otra dirigida por nobles franceses, ambas convergiendo estratégicamente contra las tierras occitanas (29). En el grupo de los prelados estaban los arzobispos de Sens, Rouen y Reims, y los obispos de Autun y de Nevers. Por el lado de los nobles, acudieron vasallos del rey de Francia como el duque de Borgoña, el senescal de Anjou, los condes de Nevers, de Courtenay, de Auxerre, de Bar y de Champaña y el señor de Montfort .
Las fuentes hablan de un ejército de proporciones ingentes, nunca vistas en Occidente: las fuerzas de caballería podían situarse entre 20.000 y 50.000 jinetes y alrededor de más de 100.000 infantes. Sin embargo, en la actualidad las cifras más verosímiles, teniendo en cuenta la demografía, las condiciones sociales, económicas y militares de la época, arrojan unas fuerzas que se han estimado en 5.000 jinetes y un número doble o triple de infantería, sin contar a los no combatientes (quizás unas 5.000-10.000 personas más). La organización y dirección de la campaña corrió a cargo de la Iglesia, ante la no participación directa del monarca francés.
Al frente del ejército cruzado se situaría el legado Arnau Amalric, que encarnaba el sector más duro e intransigente de la Iglesia; en la campaña de las Navas de Tolosa (1212), dará sobradas pruebas tanto de una dureza de energías como de corazón. El objetivo original cruzado era limpiar el territorio occitano de la herejía cátara; sin embargo, esta justificación oficial fue desviada a una mera conquista de territorio, por parte de algunos cruzados del norte, en un afán depredatorio de las tierras meridionales. Sin embargo, pocos eran los que se podían imaginar cómo iba a concluir aquella campaña. Los propios occitanos no fueron conscientes de ello; ni siquiera, aquel verano de 1209, eran conscientes de su propia identidad como territorio, sino que estaban inmersos en una fragmentación política evidente, y que –al menos en aquellos días- no tenían intención de enmendar frente a la amenaza exterior.
Ante la magnitud de los acontecimientos, y alarmado por las nuevas de la potencia y entidad del ejército cruzado, el conde de Tolosa busca parlamentar con los legados eclesiásticos, pero evitando el contacto con el prelado Arnau Amalric, al que consideraba enemigo personal. El conde Raimon VI de Tolosa interpretará el conflicto de una manera simple, localista y sin miras estratégicas: intenta sacar partido del conflicto desviando las fuerzas cruzadas hacia los territorios de los Trencavell, azuzando el peligro de la herejía cátara como un hecho exclusivamente local, con la intención de aprovechar en beneficio propio la expedición cruzada; su argumento consistirá en destacar que su familia siempre ha sido devota católica –hecho, por lo demás, totalmente cierto- y que los herejes de las tierras occitanas han sido infectados por los habitantes de las posesiones de los Trencavell: ahí está, según su parecer, el verdadero foco de la herejía.

 

Cruz de Tolosa, escudo de la casa de los condes de Tolosa


Sus argumentos son escuchados en la Cúria, que percibe una remota posibilidad de lograr un acuerdo y evitar así el conflicto armado. Inocencio III, deseoso de evitar un derramamiento fútil de sangre, considera de extrema importancia llegar a un acuerdo, por lo que nombra a un hombre de su entera confianza, su notario Milón, como embajador, con el que Raimon VI se aviene a parlamentar.
Las negociaciones fructifican, y el 18 de junio de 1209, Raimon VI acepta la reconciliación con la Iglesia, realiza un acto de penitencia públican (30) y se une a las fuerzas cruzadas; otros prohombres de las ciudades occitanas (Nimes, Valence, Montpellier, Arles) siguen el ejemplo y unen sus estandartes a las banderas con la Cruz (31) . Ya en estos primeros momentos del conflicto se percibe el interés meramente material de los objetivos cruzados: el conde de Tolosa, supuestamente el instigador del asesinato del legado papal, es aceptado en el seno de la Iglesia, y se le permite unirse al ejército cruzado. De tratarse de una cuestión estrictamente religiosa, tal hecho hubiera sido impensable, pero en aquellos momentos sólo importaba recabar los máximos apoyos para ocupar parte del territorio occitano. Así, y una vez que el objetivo natural de la cruzada, el condado de Tolosa, se alía con Roma, los dirigentes eclesiásticos deciden dirigirse a las tierras del vizcondado de Carcassona, allí donde se considera el epicentro del movimiento cátaro.
El rey Pedro II, informado puntualmente de las decisiones políticas sobre la Cruzada, gracias a su red de información y los contactos que ha dejado en Roma tras su coronación, ante el giro estratégico que ha tomado la expedición, adopta un papel diplomático activo en el conflicto en entre los señores meridionales y los cruzados: ya en junio de 1209 se ha reunido en Cotlliure con el conde de Foix y el vizconde de Carcassona, que le habían solicitado su apoyo militar; el soberano les aconseja que cedan a las presiones de Roma y negocien una solución pacífica al conflicto, aún a riesgo de dejar sin protección a todos aquellos súbditos que sean cátaros.

Ciudad de Bessiers

El conde de Foix, sin apenas presencia cátara en sus tierras, y manteniendo sus recelos sobre el expansionismo tolosano, sigue los consejos del monarca y acepta sumar sus armas al ejército cruzado. Pero el joven vizconde Trencavell (32) se encuentra en una tesitura harto difícil: combatir a sus propios súbditos y ceder parte de su independencia y territorio a fuerzas extranjeras; el vizconde se mantienen firme y rechaza sumarse a la cruzada. El rey Pedro le insta a reconsiderar su elección, puesto que en aquellos momentos sólo podía ofrecerle consejos, pero no movilizaría a su ejército contra las fuerzas papales.
Aislado política y militarmente, el vizconde Trencavell recapacita y decide buscar la reconciliación con la Iglesia, sacrificando a sus súbditos heréticos. Pero era demasiado tarde; ya sea por la campaña de intoxicación ideológica de identificación del movimiento albigense con la totalidad de los dominios de los Trencavell, o simplemente por el afán de conquista que animaba el ánimo cruzado, los legados rechazaron todo acuerdo. Ante estos hechos, los Trencavell se preparon para resistir: disponían de tierras, soldados, riqueza e importantes ciudades con recias murallas.
Los cruzados, en julio de 1209, llegan a la ciudad de Bessiers, la primera ciudad de relevancia en su ruta hasta Carcassona, capital del vizcondado. Para los dos bandos enfrentados, la ciudad representaba la voluntad de resistencia de los occitanos frente al avance cruzado; el futuro de Bessiers podría marcar los acontecimientos venideros. La ciudad está potentemente amurallada y el asedio se prevé arduo; unos y otros cuentan con la firmeza de sus ideales para imponerse sobre el contrario.
Los cruzados instalan su campamento, a la espera de iniciar las obras de asedio de la plaza; pero en un audaz golpe de mano, los cruzados conquistan la villa al asalto (33) , perpetrando una matanza entre todos los habitantes de la ciudad (34). El Papa, consternado y horrizado por las noticias, envía una carta a sus legados, instándoles a la moderación, a evitar el derramamiento inútil de sangre inocente. A lo largo del conflicto se observará cómo el papa Inocencio III manifestará un conducta ambigua: por un lado, insta a la acérrima defensa de la ortodoxia católica, pero, a su vez, no será ajeno al dolor que la Cruzada genera, y albergará dudas sobre los métodos utilizados (ejecuciones masivas, destrucción de propiedades, depredación de recursos, etc.) en defensa de la fe y cometidas en nombre de la Iglesia católica.
Bessiers significaba mucho para los cruzados, constituía la primera batalla y marcaría el ritmo de la campaña. Con la conquista de Béssiers, tan sangrienta que no se recordaba nada igual “desde los tiempos de los sarracenos”, los cruzados sembraron el temor en toda la región. Con esa victoria, y sobretodo de qué manera se había logrado, el mensaje estaba claro: si los meridionales no se sometían, serían totalmente exterminados.
El siguiente paso será Carcassona: tras un rápido avance, los cruzados llegan a la capital del vizcondado y exigen una rendición incondicional. El vizconde Trencavell sabe que las defensas son fuertes y pueden aguantar un asedio, pero también conoce de la determinación de los cruzados, de su experiencia de combate y de su fuerza; el impacto psicológico de la matanza de Bessiers minaba los ánimos de la defensa. A pesar de ello, el vizconde resuelve resistir. Los combates y el asedio se inician: los cruzados van conquistando los arrabales y el perímetro defensivo exterior de la ciudad, pero se estancan frente a las murallas principales.

Panorámica de la Citê de Carcassona

Mientras la lucha continua por la posesión de la ciudad, llega el rey Pedro, con la intención de actuar de mediador y lograr una salida honrosa para su vasallo el vizconde Trencavell; las nuevas de la matanza de Bessiers y el asedio de Carcassona han consternado al monarca, que busca una solución negociada al conflicto; pero su campo de actuación esta muy limitado (35) : ha de defender a un vasallo acusado de herético por los representantes de su señor, el Papa Inocencio III, vicario de Cristo. En aquellos momentos, oponerse a las fuerzas cruzadas hubiese significado decantarse claramente a favor de los herejes. El rey de Aragón solo puede aportar buenas palabras, pero no hechos. A pesar de las dificultades, el rey consigue que los legados accedan a parlamentar; las negociaciones son duras: los cruzados solo permitirán la salida al vizconde y a su corte, con armas y bagajes, pero la población deberá someterse a los cruzados. Ramon Roger sabe cuál sería el fin de los habitantes de Carcassona en manos de los cruzados, y rechazará indignado las condiciones de la rendición. Ante la negativa del vizconde de aceptar las condiciones impuestas, los cruzados reanudan sus esfuerzos para asaltar la plaza.
Pero el calor del mes de agosto, junto con la disminución de las reservas de víveres –por la presencia de centenares de refugiados que habían sido acogidos tras el avance cruzado- provoca que el vizconde, en un intento de luchar contra el destino, se vea urgido a negociar de nuevo. Los cruzados también se encuentran en malas condiciones, con falta de provisiones, mermados por el calor del verano, enfermedades y las bajas de combate, y se prestan a negociar. Cuando el vizconde se presenta de nuevo a parlamentar, es apresado: algún jefe militar de la cruzada, exasperado por la situación, y vulnerando las normas de la caballería, ordena la captura de Ramon Roger; nadie pide la excarcelación del noble: todos son consciente de tal vil atropello, pero prefieren mirar para otro lado, si al final se consigue rendir la plaza. Encadenado, maltratado y humillado, el vizconde tiene que aceptar las condiciones que le imponen los cruzados: le respetarán la vida y la de sus habitantes, a cambio que la población abra las puertas de la villa, y que todo el mundo abandone la ciudad.

  • El 15 de agosto de 1209, la ciudad es abandonada por sus habitantes, que dejan atrás todas sus posesiones, que son saqueadas por los soldados de la Cruz. Esta vez no hay violencia ni masacres; los cruzados cumplen las condiciones del acuerdo: están satisfechos con la captura de la ciudad y con el botín que allí han encontrado. Ramon Roger Trencavell será encarcelado por hereje y sus tierras y títulos quedan confiscados. El abad Arnau Amalric, respetando la jerarquía feudal, los ofreció primero a los grandes señores franceses que operaban con la cruzada, pero éstos los rechazaron (36) .
    Quien sí aceptó el ofrecimiento de los títulos fue un noble de segundo orden, un cruzado de probada experiencia militar y de estricta moralidad: Simon, señor de Montfort y conde de Leicester (37).

 

La población de Carcassona, expulsada por los cruzados

 

 

 

 

 

Notas..

1)

La expresión catharos proviene del griego, que significa “puro”, y fue acuñada por primera vez por Ekbert von Schönau, en su Sermón contra los cátaros (1163), si bien los seguidores de esta movimiento religioso nunca se refirieron a ellos mismos con tal nombre: para ellos mismos, eran solo creyentes. Había dos clases de cátaros: los “perfectos” y los “impuros”. Los primeros profesaban íntegramente la doctrina de la movimiento y ejercían la predicación y captación de nuevos fieles. Para ser “perfecto” era necesario haber sido bendecido con el consolamentum, rito de iniciación al clergado cátaro: con este rito se pretendía suplir los sacramentos del sacerdocio católico. El consolamentum comportaba los votos de no comer carne, la continencia y la estricta observación de las prescripciones del movimiento. La autoridad moral con la que ejercían su ministerio hacía que sus fieles también les llamaran “buenos hombres”, “consolados” y “buenos cristianos”. Los “imperfectos” o “creyentes” se limitaban a seguir y profesar la fe de la doctrina cátara, pero sin renunciar a su modo de vida terrenal. Volver


2)

La extensión del movimiento cátaro en Occitania no ha de hacer presuponer que toda la población de estas tierras profesaban las mismas ideas. Los católicos seguían constituyendo una proporción muy importante de la población; pero la doctrina cátara extendía su influencia no sólo entre sus creyentes, si no también a los mismos católicos convencidos. Si los cátaros se habían extendido gracias a las tendencias de pensamiento libre e independiente de Occitania, los mismos cátaros contribuían a propagar estas mismas ideas de libertad. De hecho, los católicos consideraban las directrices papales como una intromisión, y cuando estalló la Cruzada, la mayoría de la población, católica y cátara, reaccionó con igual intensidad frente a la agresión contra su independencia. Volver


3)

La Iglesia cátara, siempre considerada esta expresión de manera oficiosa, se organizó en demarcaciones, celebró concilios y tuvo en personalidades cátaras relevantes a sus máximos exponentes; de igual forma, el dualismo cátaro era inherente al cristianismo y a la mentalidad de su época y entorno, con importantes influencias de ideología cluniacense de desprecio del mundo, de rechazo de cualquier forma de violencia, de recogimiento y de retorno a una espiritualidad directamente tomada de los Evangelios. Volver


4)

A pesar de sus detractores, los cataros no suscitaron un movimiento revolucionario ni de conflicto social; sus seguidores no estaban interesados en alterar las relaciones sociales en el campo o en la ciudad. Su mayor eco lo encontraron en aquellos sectores sociales insatisfechos con los efectos de los cambios económicos y religiosos de la época; su “conciencia social” fue mucho menor que en otros movimientos religiosos contemporáneos, como los valdenses. Volver


5)

El apoyo de la alta nobleza al movimiento cátaro no fue uniforme, y en la práctica, se debió tanto a motivos personales –especialmente relevante fue el papel de las mujeres de la nobleza dentro del movimiento cátaro- como políticos –lucha de poder contra la jerarquía eclesiástica romana, pugnas entre facciones nobiliarias-. Así, en las grandes familias occitanas se presentan las paradojas que se extendían en todos los estamentos de la sociedad meridional: los condes de Tolosa, los vizcondes Trencavell y los condes de Foix, en mayor o menor intensidad, y por las razones expuestas, ampararon o dieron apoyo al catarismo, pero a su vez, contaron entre su familiares con partidarios y defensores de la ortodoxia romana. Volver

6)

La proporción de cátaros respecto de la población total occitana podía oscilar entre el 30-50%, si bien en determinados núcleos rurales esta proporción podía doblarse. Volver

7)

Un claro ejemplo es que la literatura trovadoresca que se conserva refleja, en su inmensa mayoría, tanto un desinterés como una relativa incomprensión por el movimiento o la ideología de los cátaros. Volver

8)

Ese mismo año, Raimon V escribía una carta al rey de Francia pidiéndole ayuda para combatir a los herejes que “se habían apoderado de las tierras de la familia Trencavell”, los tradicionales enemigos de Tolosa. Con esta argucia, el conde tolosano buscaba un pretexto para atacar a sus vecinos meridionales, que diez años atrás, coaligados con catalano-aragoneses e ingleses, habían llevado al borde del colapso a la casa de Tolosa. Por supuesto que Francia, desde entonces, ya codiciaba también esas tierras. Con el acuerdo de Louviers (1195) entre Felipe II Augusto de Francia y Ricardo I de Inglaterra, el territorio occitano quedaba bajo la zona de interés e influencia de la monarquía capeta. Volver

9)

A lo largo de los siglos XI y XII, la Iglesia católica había visto la necesidad de transformarse, realizando una serie de reformas internas, la más conocida de las cuales fue la reforma gregoriana. Uno de los elementos básicos de esta reforma era la redefinición de conceptos básicos del catolicismo, como la noción de lo sagrado. Antes de esa reforma, lo sagrado no residía en los hombres, sino en los lugares (el monasterio, las reliquias de los santos, el altar) y las cualidades morales del sacerdote no eran entonces fundamentales para el desempeño de sus funciones. Sin embargo, a mediados del XI, las críticas sobre el comportamiento de determinados miembros de la Iglesia llevaron a su jerarquía a reconsiderar estos postulados: lo sagrado depende del comportamiento moral de los individuos. Es por ello que, frente a las reticencias de parte del estamento eclesiástico, los movimientos religiosos existentes, heréticos algunos, pero otros católicos (los ermitaños, los monjes vagabundos y, más tarde, ya en el siglo XIII, por nuevas órdenes religiosas) iniciarán un proceso de expansión y proselitismo por parte de grandes capas de la sociedad medieval. Volver

10)

Sólo recibiendo el mensaje y la doctrina romana estaba el camino de la salvación; todo aquel que perturbaba la paz y el orden que la Iglesia garantizaba, se convertía en un peligro y debía ser erradicado. . Volver

11)

Como en la mayoría de la Cristiandad, los grandes cargos eclesiásticos provenían de la alta nobleza, y su enorme poder e influencia se basaban en sus vínculos aristocráticos familiares, su patrimonio personal y por la riqueza de sus iglesias; la ausencia de un poder laico fuerte les permitía defender sus privilegios frente a la nobleza local. Volver

12)

San Bernardo, en torno al 1145, compara la herejía con una hidra de muchas cabezas, queriendo significar cómo podían surgir voces diferentes a partir de un mismo cuerpo -el que representa la Iglesia romana, la única institución globalizadora, capaz, según él, de proponer un modelo de sociedad coherente-. Volver

13)

En el verano de 1209 Inocencio III, tras una emotiva entrevista con Francisco de Asís, aprueba la Regla de una nueva orden mendicante, la futura orden franciscana, donde se ensalza un modo de vida austero, una comunión con Dios basada en la sencillez, el trabajo y la pobreza. Volver

14)

En 1198 Inocencio III concedió a los legados cistercienses el poder para aplicar sanciones a los herejes, pero siempre dentro de los límites marcados en las directrices de los concilios, advirtiéndoles que quería la conversión de los pecadores, pero no su exterminio. Volver

15)

Posteriormente, ya en el siglo XIII, santo Domingo también comprendería la necesidad de adaptarse a las actitudes y métodos de sus rivales cátaros, practicando una vida predicatoria basada en la austeridad y el ejemplo; no obstante, sus conversiones tampoco fueron las esperadas por la jerarquía de Roma. Volver

16)

Albi se convirtió en uno de los principales feudos del movimiento; por ello a los cátaros también se les conociese como albigenses. Volver

17)

La extensión de las herejías en Occidente a lo largo del s.XII pudo complementarse en la alienación de la Iglesia y la Cúria Romana, absorbida por otras cuestiones: las primeras Cruzadas, los conflictos con el Imperio, tensiones con Constantinopla, etc. Volver

18)

Las reuniones oficiales entre católicos y cátaros, con la intención de discutir teológicamente sus diiferencias se pueden concretar en las siguientes fechas:
1119. Concilio de Tolosa.
1145. Acción evangelizadora de Bernardo de Claraval.
1148. I Concilio de Reims.
1157. II Concilio de Reims.
1162. Concilio de Montpeller.
1163. Concilio de Tours.
1165. I Coloquio de Lombers.
1176. II Coloquio de Lombers.
1181. Reunión de Tolosa.
1204. Coloquio de Carcassona.
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19)

La fortuna de la pequeña nobleza, tanto la residente en el campo como en los burgos, no provenía de la explotación directa de los campesinos, sino que dependía de colonos libres, que pagaban rentas fijas en dinero, las cuales, al aumentar el costo de vida, perdían su valor inicial. Dada la práctica de pagar el diezmo a las parroquias, muchos señores occitanos se negaron o retrasaron en sus pagos a la Iglesia, al ver como sus ingresos disminuían, pero no así sus obligaciones eclesiásticas. Volver

20)

Soldevila apunta que en las reuniones que acompañaron la coronación de Pedro II en Roma se trató el tema de la herejía cátara y que ya en aquella época Inocencio III meditaba la posibilidad de una cruzada. El papel de Pedro II sería clave en aquel contexto, y quizás Inocencio confiaba que el rey sería el campeón de la expedición; pero los lazos familiares, los recursos económicos y militares así como el propio talante de Pedro hicieron que, a la larga, el Papa se inclinara por la opción francesa, ofreciéndoles el territorio meridional por su compromiso en la empresa de la cruzada. Es por ello que, a lo sumo, Inocencio III buscaba la no implicación de Pedro en defensa de sus derechos feudales en Occitania. Volver

21)

En los primeros años del siglo XIII la influencia del rey de Aragón se extendía por toda Occitania: el condado de Provenza era gobernado por Alfonso, hermano del rey Pedro; se consolidaba la alianza con los condes de Tolosa, tras los pactos de matrimonio del conde Raimon VI y su hijo Raimon lo Jove con Leonor y Sancha de Aragón, hermanas del rey; las tierras de Montpellier estaban bajo control del rey Pedro. Volver

22)

El fracaso de la IV Cruzada no debilitó las energías de Inocencio III, que en pocos años estuvo deseoso de organizar una nueva expedición a Tierra Santa; de hecho, fueron varias las ocasiones en las que ordenó a sus representantes que exhortaran a la sociedad católica para enrolarse en una nueva Cruzada a Tierra Santa, dejando como segundo frente la lucha en tierras occitanas. Volver

23)

El 14 de enero el conde y el legado habían roto las negociaciones, tras continuas discusiones y exabruptos. Al día siguiente, de regreso a Roma, la comitiva papal se detuvo en la población de Sant Geli, a la espera de poder cruzar el río Ródano en una barcaza. En el transcurso de la espera aparecieron un nutrido grupo de caballeros con los colores de Tolosa. Entre unos y otros, las miradas de odio se entrecruzaron, y de las miradas a las palabras, y de éstas a las armas, todo fue un rápido devenir. Un caballero tolosano, deseoso de ganarse el favor del conde Raimon, esquivó la escolta papal y cargó directamente contra los desarmados eclesiásticos, atravesando con su lanza el costado de Pere de Castelnou, provocándole una herida mortal. Volver

24)

Inocencio III quedó tan impactado por la noticia que se negó a hablar durante dos días. A la afrenta de comprobar cómo había sido asesinado un representante de la Iglesia, se unía el hecho que Inocencio III había perdido uno de sus principales y personales colaboradores en su pugna contra los cátaros y en defensa de la ortodoxia católico. Pere de Castelnou, si no un amigo, era una persona en la que el papa Inocencio había depositado su confianza y afecto, en reconocimiento por su incansable e implacable lucha contra la herejía. Volver

25)

Puesto que nunca se dispuso de pruebas directas que incriminasen al conde Raimon con el asesinato de Pere de Castelnou, Roma utilizó un amplio arsenal de acusaciones contra el conde tolosano: violencia contra personas y propiedades religiosas, expulsión de clérigos, exigencia del juramento de fidelidad a la casa condal y renuncia al juramento de fidelidad eclesiástica en varias ciudades, y ocupación y fortificación de propiedades eclesiales. Volver

26)

La Canzó de la Crozada detalla el lugar de procedencia de muchos de los cruzados:
Toda la gente de Alvèrnia, de lejos y de cerca,
De Borgoña y de Francia, y del Lemosín.
De todas partes había gente: alemanes del sur y del norte,
poitevinos, gascones, y de Roerga.
Allí está toda la Provenza, y también de Viennes,
y desde los puertos de Lombardia y hasta Rodez,
se alistaron todos, por la indulgencia papal, que plenaria era.

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27)

La negativa del rey Felipe Augusto era doble: por el lado espiritual, ya se había ganado la indulgencia tras su expedición a Tierra Santa en 1189, y por el lado terrenal, se encontraba preocupado tanto por los asuntos de gobierno de las provincias que había conquistado a Juan de Inglaterra, como por la amenaza de ser atacado por los ingleses e imperiales. Volver

28)

Soldevila (ob.citada. pág.232) pone de manifiesto el error de los nobles occitanos y del propio Pedro de no aceptar el ofrecimiento papal de ser los propios señores meridionales los que encabezaran la cruzada. De haberlo hecho, las consecuencias en el territorio hubieran sido totalmente diferentes a las acaecidas a partir de 1209. Sin embargo, y si nos situamos en el contexto de 1209, tanto para los Trencavell como para el resto de nobles occitanos, apoyar la cruzada hubiera significado haber combatido contra su propio pueblo, haber desencado una auténtica guerra civil, de proporciones inimaginables; quizás hubieran podido atemperar los ánimos exacerbados de los guerreros del norte, pero parece harto difícil que los legados papales hubiesen cedido su protagonismo político. Es, pues, una quimera pensar que el liderazgo de los propios meridionales hubiese cambiado poco o mucho el desarrollo de la cruzada: no hay que olvidar que tanto Tolosa como Foix estuvieron en el bando cruzado, antes y durante la matanza de Bessiers, y en poco ayudaron a sus conciudadanos occitanos de salvarse del degüello. Volver


29)

En sus instrucciones, Inocencio III indicaba a los cruzados que no atacasen directamente las tierras del condado de Tolosa, si no que se dirigieran contra los nobles menos poderosos, aislando a Raimon VI y forzándole a someterse. Volver


30)

Ante centenares de personas, nobles y pueblo llano, el conde de Tolosa fue humillado públicamente en un acto de esperpéntica contrición: vestido casi con harapos, desnudo de cintura para arriba, pasó por en medio del corredor que los eclesiásticos habían formado a su alrededor, con el cuello atado porn una cuerda que portaba Milón. A medida que avanzaba, los obispos lo flagelaban e insultaban, y una vez dentro de la iglesia, tuvo que arrodillarse ante el legado Arnau Amalric, el cual leyó la larga lista de pecados de la que era acusado el conde. El retorno de Raimon al orden eclesial se basaba en los siguientes términos: cláusulas religiosas (explícito reconocimiento a la libertad eclesiástica –esto es, reconocimiento que sólo la Iglesia católica podía ejercer su ministerio-), cláusulas políticas (no intervención en la elección de cargos eclesíasticos, no injerencia en el funcionamiento de las iglesias) y cláusulas económicas (renuncia a cualquier exacción sobre bienes, propiedades y personas de la Iglesia, respeto a los bienes de iglesias vacantes y alejamiento de su administración o custodia). El conde Raimon ofreció 7 castillos como garantía del cumplimiento de su juramento, con la amenaza latente que, si rompía su palabra, sería condeando a nueva excomunión, y sus vasallos verían disuelto el vínculo feudal, que sería automáticamente resuelto y sustituido por el de su vinculación directa con la Iglesia romana. Volver


31)

A despecho de una parte de la historiografía moderna, especialmente occitana y catalana, que considera la Cruzada únicamente como una invasión francesa de las “idílicas” tierras occitanas, la realidad muestra que se trató de un conflicto feudal de diferentes justificaciones, al menos en su primera etapa; así, el condado de Tolosa vio en la Cruzada la forma perfecta de doblegar la resistencia de sus incómodos súbditos Trencavell; otros nobles menores vieron la oportunidad de saldar deudas pendientes con sus vecinos, a la vez que buscaban labrar su fortuna a costa de otros señores occitanos; así el hermano del conde Raimon VI, Balduino de Tolosa, se unió a la cruzada con la intención de apoderarse de las tierras de su hermano.Un ejemplo del clima de guerra civil entre occitanos es el caso del sitio de la fortaleza de Menerba, a instancias de la ciudad de Narbona, enemiga de Guilhem de Menerba: el asedio duró 5 cinco semanas. Volver


32)

El vizconde Ramon Roger de Trencavell (1185-1209) encarna en su persona toda la tragedia de los acontecimientos de la Cruzada albigense. Caballero modélico, según los trovadores, la historiografía occitanista ha idealizado su imagen de “primer héroe de la resistencia del Midi”. Sobrino y rival del conde Raimon VI de Tolosa, fue tutelado por el cátaro Bertran de Saissac, hecho que a la larga, marcaría su destino. De carácter abierto, inquieto y tolerante, a los ojos de la Iglesia romana se convertía en un ‘protector de herejes” –de hecho, el gentilicio del vizcondado de Albi, albigenses, en sus tierras, identificaba ya a todos los herejes occitanos-. Su política poco enérgica, acaso motivada por su juventud, provocaron que no supiese conjurar la amenaza de la Cruzada. A pesar de no ser cátaro, era el señor de nobles y caballeros que sí lo eran. Volver


33)

La ciudad contaba con sólidas murallas y provisiones en abundancia; estaba preparada para resistir un largo asedio. Sin embargo, mientras los cruzados levantaban su campamento en las inmediaciones de la ciudad, la milicia de Bessiers, aprovechando esta ventaja táctica, atacó a los cruzados; éstos, después de unos instantes de sorpresa, reaccionaron y empujaron a los occitanos de nuevo hacia la ciudad. Los soldados que protegían las entradas de la ciudad, temerosos de dejar a sus conciudadanos a la matanza de los cruzados, no cerraron a tiempo las puertas: un grupo de cruzados penetró por la puerta, exterminó a sus defensores y abrió los portones al resto del ejército cruzado, que se expandió por las calles de la ciudad, asesinando a todo aquel que se cruzase en su camino. Volver

34)

Muchos habitantes de la ciudad se refugiaron en la catedral; cuando los cruzados, espadas ensangrentadas en mano, entraron por la puerta de la iglesia, se vieron incapaces de reconocer quienes eran católicos de los que eran herejes. El abad Arnau Amalric les gritó: “¡Matadlos a todos, que Dios ya reconocerá a los suyos!”. Los cruzados acabaron con la vida de más de 20.000 personas, según las palabras del propio Arnau. No obstante, esta cifra parece exagerada, puesto que la población de la rica ciudad era de unas 10.000 almas. Lo cierto es que la masacre fue de tal magnitud, que no se comenta que hubieran supervivientes. Volver

35)

Una implicación abierta y directa en el avispero occitano podía significar el fin de las aspiraciones internacionales de la Casa de Aragón; independientemente de los obstáculos morales, jurídicos y militares de una campaña occitana, el rey Pedro no podía dejar desatendido el flanco sur de sus territorios: la preparación de la campaña contra los musulmanes valencianos, la previsión de un conflicto contra el califato almohade y los problemas internos de la Corona –la crónica falta de recursos, la nobleza descontenta, etc.- hacía inviable la desviación de fuerzas y recursos del “frente” peninsular. La simultaneidad de los conflictos occitano y almohade representaron una coincidencia de efectos lastrosos para la capacidad de maniobra del rey Pedro II en las tierras occitanas. Volver

36)

Son varias las razones que podrían explicar la negativa de de los grandes nobles a aceptar los nuevos títulos; por un lado, razones de orden económico –las tierras occitanas estaban lejos del epicentro de sus territorios, y se hacía difícil su dominio efectivo- y político-morales –la desposesión del vizconde desafiaba el orden feudal natural, una ruptura de las relaciones de vasallaje existentes y el reconocimiento de la autoridad papal y el sometimiento de la nobleza a los dictados temporales de Roma-. Volver

37)

Simón de Monfort era un noble de ascendencia normanda, nacido hacia 1166, con tierras en la Illê de France y en Inglaterra –era conde de Leicester-. Experimentado guerrero, había participado en la IV Cruzada, de la que había vuelto sin sus expectativas de honor y riqueza cumplidas. Acaudilló la cruzada con la clara intención de incrementar su fortuna personal. Retratado por los historiadores –franceses- como profundamente devoto católico, su figura es contrapuesta en las crónicas como modelo de virtudes caballerescas y cristianas. Para los historiados occitanos y catalanes, se trataba de un personaje infame, cruel, rudo y salvaje, ávido y celoso de las riquezas occitanas. Vasallo del rey de Francia, intentó seguir una política y estrategia propias, con la intención de adueñarse de un territorio y considerarlo su patrimonio familiar –de ahí su interés en rehuir de un compromiso más formal de la monarquía francesa en el territorio occitano-. Murió el 25 de junio de 1218 a causa del impacto de una piedra lanzada desde una catapulta manejada por mujeres tolosanas. A su muerte, sus hijos no pudieron retomar el impulso militar y político de su padre, y los meridionales recuperaron el territorio perdido, hasta que la monarquía francesa intervino directamente en el conflicto. Volver