-La
cuestión militar
Probablemente
muy pocas artes están dominadas por la tradición como el
arte militar (1) .
Esta actitud ha estado tan generalizada que pensadores militares de la
categoría de sir B.H.Lidell Hart consideraban a la Edad Media como
una etapa oscura y gris (2)
: los caballeros se lanzaban a la batalla, en pos de la gloria personal,
en violentos combates individuales, donde imperaba la fuerza sobre la
táctica.
La guerra medieval, a pesar de la imagen popular creada, no se basaba
en las batallas (3)
; las guerras de asedio y defensa de plazas, las cabalgadas en territorio
enemigo –con su equivalente musulmán de las razzias-, las
acciones de pillaje y saqueo, etc. eran las formas más comunes
de la acción bélica. En la época se usaba una expresión
para referirse a este concepto, la “guerra guerreadora” (4)
, basada en la conquista de plazas y ciudades (5)
, en emboscadas, correrías y cabalgadas (6)
, en la destrucción de los puntos y zonas de avituallamiento del
campo enemigo, etc.
En términos estrictamente militares, la guerra medieval es una
guerra limitada, cuyas características prevalecerán en Occidente
hasta el siglo XVIII -con la irrupción de la Revolución
Francesa y Napoleón Bonaparte-; supone la intervención de
efectivos relativamente reducidos, con unos objetivos limitados (corregir
fronteras, someter a un vasallo, prestigio personal), sin la finalidad
de una guerra de aniquilación. Con todo, la batalla campal, la
confrontación en campo abierto era considerada como el clímax
de la guerra, el acontecimiento que daba sentido heroico a una campaña,
y el punto culminante de las aspiraciones de los contendientes. Independientemente
de los protagonistas que afectaba, una batalla era un acontecimiento de
entidad y relevancia independientes de cualquier otro hecho, digna de
ser contada. La abundante literatura que ha pervivido hasta nuestros días
indica de la aceptación de este fenómeno; a su vez, el detalle
con que determinados hechos son descritos –hazañas de los
reyes, lances de los caballeros- mientras que otros detalles de los combates
son prácticamente obviados en las crónicas –como la
composición y tamaño de las fuerzas, acciones de los peones,
asedios, correrías, etc.- son reveladores del interés y
motivación personal y social de los cronistas.
La imagen del choque frontal entre masas de caballería e infantería
ha pervivido en el imaginario, doctrinal y popular, durante generaciones;
acciones heroicas, cargas de caballería, confusos combates, duelos
singulares a espada, rápidas cabalgadas, etc. vienen a nuestra
mente cuando rememoramos un combate medieval. Y sin embargo, esta ensalzación
de la batalla no se correspondía con la realidad de la guerra medieval.
Los estudios histórico-militares revelan cómo los conflictos
medievales no se basaban en confrontaciones campales, y que sólo
en contadas ocasiones éstas se constituían en decisivas
en los conflictos.
|
Guerrero
normando (s.XII) |
Sin
embargo, el hecho que las batallas fuesen acontecimientos excepcionales
e infrecuentes no es óbice para que no sean tenidas en consideración;
en ocasiones las batallas tuvieron consecuencias políticas y estrategicas
de muy largo alcance:
•
en la consolidación (los Capeto en Bouvines, 1214) y destrucción
(los Hohenstaufen en Benevento, 1266) de dinastías,
• en la formación de reinos (la batalla de Vouillé,
entre francos y visigodos, 507),
• en la conquista de nuevos territorios (Guillermo de Normandía
en Inglaterra, en la batalla de Hastings, 1066), el avance de las
fronteras (los reinos cristianos frente al-Andalus, en la batalla
de las Navas, 1212),
• reafirmación de la soberanía nacional (la batalla
de Courtrai, entre franceses y flamencos, 1302), etc. |
Las
circunstancias y consecuencias que rodeaban la batalla hacían que
un jefe experimentado en la mayoría de las ocasiones, rehuyera
plantear combate campal y prefiriera acciones tácticas como asedios,
cabalgadas, etc. Una derrota en el campo de batalla podía comportar
consecuencias irreversibles: muerte de un monarca, destrucciones en el
país, imposición de tributos, pérdida de territorios
y de soberanía e incluso la aniquilación de una determinada
sociedad, etc. La aceptación de batalla sólo podía
obedecer a dos circunstancias: aprovechamiento de una ventaja táctica
o una necesidad extrema; en Muret, las fuerzas enfrentadas se encontrarían
cada una por su lado, ante tales condicionantes, las lecciones que enseñaba
el Epitoma Rei Militaris de Flavio Vegecio (7)
, el tratadista militar romano de mayor influencia en la Edad Media, indicaban
que la batalla campal, para el perdedor, significaba la destrucción
de todas sus esperanzas y posibilidades; en cuestión de horas se
podía perder la labor de meses, años y generaciones enteras.
Otra de las imágenes estereotipadas de la guerra en la Edad Media
es la correspondiente al tamaño de los ejércitos; tradicionalmente
se consideraban como ciertas las cifras relativas a miles y miles de combatienets
por bando. Fue J.F. Verbruggen en su The Art of Warfare in Western Europe
during the Middle Ages, quien se cuestionó el valor de los datos
presentados por los historiadores, fundamentalmente anglosajones, puesto
que según él, tendían a exagerar el tamaño
de los ejércitos medievales –además de reducir conceptualmente
las batallas medievales a simples peleas, desorganizadas, basadas sólo
en combates individuales y en que falta cualquier coherencia táctica-.
Para Verbruggen las fuerzas militares eran mucho más pequeñas
que las consideradas anteriormente, que los guerreros montados luchaban
en pequeñas unidades tácticas, y que los comandantes mostraban
habilidad táctica considerable en la maniobra y la ordenación
de sus unidades. Pero, por muy cuidadosas que fueran las acciones preparatorias
del combate, disponer de un terreno favorable para el despliegue táctico,
poseer información fehaciente sobre el enemigo, mantener una logística
adecuada, presenciar presagios favorables, reunir a fuerzas suficientes
y adecuadas, etc. el desenlace final de una batalla era impredecible;
cualquier pequeña circunstancia o imprevisto (8)
podía decantar la balanza hacia un contendiente o el otro. Los
guerreros conocían que, a veces, la fortuna podía contar
en una batalla tanto como la experiencia, la disciplina, el valor, o la
justicia de la causa, por lo que, dentro del fervor religioso de la época,
se invocaba la intersección divina para alzarse con la victoria.
 |
Proceso
de vestir a un caballero |
-Las
tácticas
La
guerra medieval se basó principalmente en la toma de fortalezas
y zonas de recursos del enemigo; era una guerra estática, de posiciones,
y no de maniobras. Las operaciones campales estaban muy limitadas en la
práctica. No obstante, y puesto que este libro trata de la batalla
de Muret, nos centraremos en esbozar las principales líneas operativas
de las tácticas militares en los albores del siglo XIII.
El elemento definidor por antonomasia de la táctica en este período
es el papel de la caballería feudal, por un doble motivo: por su
profesionalidad y por su potencia de choque. A pesar de su reducido número
en relación con el resto de fuerzas de un ejército (lanceros,
arqueros, especialistas, etc.) la caballería será el elemento
vertebrador de la mayoría de los ejércitos feudales. Su
papel de liderazgo militar apareció tras la batalla de Andrianópolis
(378) y se incrementará con el paso de los siglos, siendo el inicio
de su apogeo el ejército de Carlomagno (s.VIII); la caballería
consistía en el núcleo de cualquier ejército medieval,
y la carga de la caballería pesada era por definición la
expresión máxima de la guerra feudal. A ello hay que añadir
que la élite de la sociedad feudal era la que nutría las
filas de la caballería (9)
. No será hasta que se consoliden fuerzas profesionales de infantería
cuando la caballería pierda su supremacía en el campo de
batalla: en las guerras de asedio, la infantería y los especialistas
siempre habían mantenido su papel principal.
|
Catafractas
partas y armenias, en combate (siglo II d.C), con el empleo habitual
de la lanza en el combate de caballería |
El
camino que había llevado a la caballería a ser el elemento
de choque de un ejército medieval se centraba en la introducción
de mejoras tecnológicas, como la introducción en Europa
del estribo, que había acrecentado enormemente la importancia de
la caballería; ésta dejará de ser una fuerza apta
sólo para operaciones de reconocimiento o de combate contra otras
fuerzas de caballería o de hostigamiento de la infantería,
para convertirse en una auténtica arma independiente, capaz de
derrotar por sí misma a cualquier tipo de fuerzas.
El siglo XI fue muy importante en la historia militar de la Edad Media,
especialmente en lo referente a la caballería, por la introducción
de la táctica de la lanza a la couched; hubo pocas modificaciones
substanciales desde el siglo XI hasta mediados del siglo XIII, y los cambios
provinieron básicamente por las modificaciones en el armamento,
fundamentalmente en que las armaduras se hicieron más complejas
y pesadas, y los caballos ganaron en peso y defensas. No obstante, tradicionalmente
la historiografia ha considerado la figura del caballero pesadamente armado
como el arquetipo de la guerra medieval, generalizando y sintetizando
en él la naturaleza de los ejércitos de la época.
Las fuentes son las primeras que conducen al error; no hay que olvidar
que nos encontramos en un período donde la profunda estratificación
social conlleva la separación en mundos radicalmente opuestos y
prácticamente incomunicados entre sí; los cronistas medievales,
en sus diferentes facetas, no escriben para el conjunto de la sociedad,
si no para un selecto y reducido grupo: es a ellos a los que van dirigidos
los cantares, crónicas, romances, poesías, etc. y se les
proporciona el tipo de diversión que desean y esperan recibir de
los hombres a su servicio.
Es por ello que tanto la literatura como las manifestaciones pictóricas
consagraron la figura del caballero medieval, de su liturgia y de su espíritu
(10) ; fuese que los artistas estaban
al servicio o formaban parte de esta élite social, conocían
perfectamente que los destinatarios de estas obras deseaban ver retratado
su propio mundo, idealizado. Es por ello que los protagonistas indiscutibles
–prácticamente absolutos- fueran los caballeros, prescindiendo
de los detalles, obviando la figura y el papel de otras clases sociales
(11) .
Por todo ello, la imagen de las batallas campales, resueltas con una irresistible
carga de caballería pesada, donde las hazañas individuales
de los caballeros, combatiendo en lances arriesgados, constituyen el elemento
esencial de la acción, no son más que idealizaciones y simplificaciones
de la guerra medieval, sólo justificadas por las circunstancias
anteriormente explicadas. Un análisis más detallado de la
realidad y contexto medievales indica que los hechos históricos,
tal y como se narran en las crónicas, sólo reflejan una
parte de lo acontecido:
1. Debido a la escasez de recursos y a la concepción y mentalidad
medievales, de sus objetivos estratégicos y tácticos, la
búsqueda de la resolución del conflicto mediante una batalla
campal no era la prioridad en las operaciones militares feudales. Las
guerras buscaban la conquista de territorio enemigo y no la destrucción
y aniquilación de las fuerzas contrarias, (12)
y una batalla campal implicaba demasiados riesgos, que un jefe experimentado
sólo asumiría en contadas ocasiones. La guerra se resolvía
mediante una combinación de conquistas de plazas y castillos enemigos,
con operaciones de destrucción de villas, quema de cosechas, sometimiento
de la población civil, etc.
2. La caballería pesada no constituía el elemento principal
de los ejércitos medievales, incluso en ciertos países su
papel era meramente testimonial. La infantería constituía
el núcleo esencial de las fuerzas, y la proporción en la
que se encontraba con respecto a las fuerzas de los caballeros se situaba
alrededor de 5:1, si no en porcentaje mayor. Aunque relacionásemos
también las otras fuerzas de caballería –como los
sargentos, escuderos y otros auxiliares-, la proporción seguiría
siendo elevada a favor de la infantería.
3. La idea de choque mediante el empleo de la carga de caballería
supone una simplificación de la táctica medieval, porque
en numerosas ocasiones los caballeros combatían a pie; no hay que
obviar el hecho que los nobles constituían una fuerza tremendamente
acorazada, y su uso a pie firme no era despreciable para un jefe experimentado
(13) .
4. El empleo de la carga de caballería sólo podía
surtir efecto totalmente efectivo ante una fuerza enemiga inmóvil,
sin elementos de caballería –ligera (14)
o pesada-, pero que además, necesitaba el concurso de un proceso
previo de hostigamiento –arqueros, ballesteros, escaramuzas de los
peones-, que limitase su capacidad combativa –mediante el cansancio
o la desmoralización-. Sólo cuando las fuerzas enemigas
mostraban signos de flaqueza, la carga daría resultado
(15) .
5. Se desarrollaron tácticas específicas para que las fuerzas
de infantería pudieran contrarestar el choque de la caballería
pesada. Son numerosos los ejemplos medievales de fuerzas de infantería
que desbarataron una carga de caballería (16)
. Ante una fuerza disciplinada de infantería (17)
, los caballeros podían estrellarse una y otra vez sin conseguir
ninguna ventaja táctica.
 |
Los
guerreros profesionales enseñaban su oficio a su descendencia,
convirtiéndose en una casta específica de la sociedad |
Las batallas medievales no se pueden reducir a simples cargas sucesivas
de guerreros a caballo contra las líneas enemigas, de la suma de
los combates individualizados entre caballeros. El orden y la disciplina
eran usuales y complejos. Tradicionalmente se ha descrito el despliegue
clásico de un ejército medieval en una vanguardia, un centro
y retaguardia, cada una de ellas compuesta por una abigarrada fila, llamada
“batalla”, de infantes y jinetes, siempre desplegados bajo
el mismo esquema; pero esta idea es una reducción de la realidad,
puesto que los jefes militares creaban tantas batallas como consideraban
adecuado; incluso la organización de un ejército en vanguardia,
centro y retaguardia no siempre era utilizada. La división de las
fuerzas en dos flancos y un centro era siempre constante, pero no así
como se distribuían las tropas entre estas posiciones: la caballería
podía situarse en la primera línea, para promover una ruptura
rápida del frente, o se podía colocar a la infantería
en primera línea, justamente para detener el asalto de los jinetes,
o incluso se podían alternar en las líneas fuerzas de los
dos tipos.
Son varios los ejemplos que ilustran cómo los comandantes organizaron
sus tropas en función de sus efectivos, de su nivel de instrucción,
de la entidad y calidad del enemigo, del terreno del campo de batalla,
etc. Así, ejemplos de formaciones en sólo una línea,
las encontramos en la batalla de Levounion, en las fuerzas pechenegas
contra las bizantinas (29 de abril de 1091); en la batalla de Sirmium,
en las fuerzas del conde húngaro Benes (8 de julio de 1167) contra
otro ejército bizantino, o en la batalla de Legnano (29 de mayo
de 1176), en la formación presentada por el emperador Federico
I Barbarroja contra las milicias milanesas
Respecto de batallas con ejércitos formados en dos líneas,
hallamos los siguientes ejemplos: las tropas bizantinas del emperador
Romano IV Diógenes frente a los turcos, en la batalla de Manzikert
(26 de agosto de 1071); con el rey Luis VI en Brémule (20 de agosto
de 1119) contra los ingleses del rey Enrique I; en Alarcos (19 de julio
de 1195) en el despliegue del rey Alfonso VIII contra los almohades, y
en Bouvines (24 de julio de 1214) en las fuerzas del rey Felipe Augusto
frente a las imperiales de Otón IV.
El despliegue táctico en tres líneas fue utilizado por las
fuerzas almorávides de Yusuf Ibn Tasfin en Zalaca (23 de octubre
de 1086) contra el rey Alfonso VI, el cual usó un despliegue similar
en la batalla de Uclés (29 de mayo de 1108) contra los almorávides;
también de igual manera el rey Alfonso I el Batallador desplegó
sus fuerzas contra los almorávides en la batalla de Cutanda (17
de junio de 1120), y también obraron de la misma manera las fuerzas
cristianas aliadas en las Navas de Tolosa (16 de julio de 1212). Incluso
acontecieron batallas donde se formaron más de tres líneas,
como las fuerzas normandas de Roger II de Sicilia, en la batalla de Nocera
(1132), con cuatro lineas de dos divisiones cada una.
En todas estas batallas, la fuerza operativa de maniobra y choque residía
en las tropas de caballería. El caballero es el guerrero medieval
por excelencia, el paradigma de la guerra feudal. Sin embargo, la identificación
del caballero como núcleo de los ejércitos medievales, identificándolo
además con una élite social y profesional fue como consecuencia
de un largo proceso, que se inicia con los ejércitos carolingios,
y conforma en un proceso en tres eta¬pas: la aparición de una
caballería profe¬sional especializada, el surgimiento del concepto
de caballería y la posterior identificación de la caballería
con la clase social de la nobleza. El mantenimiento de fuerzas profesionales
y con una relativa estabilidad temporal desparece del mapa europeo tras
la disolución del imperio carolingio; en los siglos IX-X no existe
en Europa occidental un estado lo suficientemente desarrollado y poderoso
en el que se pueda consolidar una estructura militar permanente.
Entre otras características, el sistema feudal que se instaura
en esos siglos, y desde el punto de vista militar, conlleva una red de
alianzas y obligaciones de servicio militar que obligan mútuamente
a las partes. Pero sólo los señores más poderosos
pueden concentrar su actividad en el entrenamiento militar, y/o sufragar
los gastos a otros guerreros para reciban esa formación y formen
parte después de su casa. Para el noble guerrero medieval, toda
su vida giraba alrededor del caballo y con las armas en la mano; la guerra
era su oficio, su ocupación y su distracción. El aprendizaje
real del arte de la guerra se hacía en la misma guerra; sin embargo,
puesto que batallas y guerras no tenían lugar muy a menudo, la
práctica de la caballería tenía que conseguirse en
otros lugares y el entrenamiento por otros medios: de ahí la necesidad
de comenzar muy pronto, casi al inicio de la adolescencia. El camino para
ser nombrado caballero comenzaba cuando el aspirante –de ascendencia
noble- entraba al servicio de un caballero que haría las veces
de tutor y maestro -a menudo, un familiar o amigo íntimo del padre
del chico-. El entrenamiento del joven residía en un constante
y prolongado ejercicio de la monta de caballos, carga con la lanza, aprender
la esgrima de la espada desde la silla y saber dominar y ejecutar maniobras
a caballo. La instrucción en armas a caballo sería completada
con un entrenamiento igual en armas para luchar a pie. Con ello se insistía
en crear unos buenos conocimientos de base, en un lento madurar, en la
progresión en la asunción de responsabilidades y en ir acumulando
las experiencias con el transcurso de los años. La transmisión
verbal de los conocimientos, así como una constante práctica,
permitían que los jefes militares adquieran su propio bagaje conceptual
sobre tácticas y estrategias militares; la guerra era el oficio
de las élites gobernantes, que viajaban constantemente, por lo
que no era excepcional que en alguno de sus periplos, los nobles conociesen
a otros señores feudales que habían combatido en las Cruzadas,
o en Italia o la Península Ibérica, por lo que los intercambios
de experiencias, anécdotas e historias de guerras y batallas deberían
ser relativamente generalizados.
|
Carga
de caballeros, a finales del siglo XII |
Las
unidades de caballería solían agruparse en unidades de entre
10 a 20 hombres (18)
, llamadas conrois, hueste, mesnadas o lanzas. Los miembros de cada conrois
estaban frecuentemente ligados por relaciones de vasallaje o familiares,
que se entrenaban y combatían juntos: de su educación militar
se hacía énfasis no sólo en la destreza de las armas,
sinó también en la capacidad de actuar como un equipo con
férrea disciplina y lealtad a los compañeros
(19) . En combate, el conrois se
ordenaba en una o varias hileras –a lo sumo tres- con los caballeros
en la primera, y los sargentos y escuderos en las posteriores o en los
flancos. Los movimientos se coordinaban, en tiempo de paz, mediante el
entrenamiento contínuo; cualquier ejercicio a caballo podía
considerarse como una preparación a la guerra, tanto la práctica
de la caza como las justas y torneos; los jinetes aprendían a distinguir
el signicado de los diferentes toques de cuernos y trompetas, y a seguir
las señas de estandartes, de guiones y banderolas -llamados gonfanon-
en las lanzas del jefe del grupo o de su ayudante, cosa que permitía
una rápida ubicación y servían de punto referencia
para el reagrupamiento tras una carga. En combate, las rutinas aprendidas
durante los ejercicios de entrenamiento se ponían a prueba en la
dura práctica de la guerra. Los conrois se agrupaban en unidades
mayores, los haces o batallas, que servían para formar las líneas
de carga en la batalla y de los cuerpos en el avance y la marcha (20)
. Las diferentes agrupaciones de batallas daban lugar a formaciones mayores,
los cuerpos. El orden de combate de los ejércitos feudales seguía
el patrón estandar de los tres cuerpos: vanguardia, centro y retaguardia.
Esta división se mantenía tanto en la marcha por columnas,
en el avance en línea y el combate, si bien se adaptaba en función
de la geografía y el terreno. Se establecían unidades de
caballería ligera como exploradores y como unidades de flanqueo,
conocidas como alas, y las unidades de infantería solían
situarse en el cuerpo central, el más poderoso. El papel táctico
del caballero medieval era el choque: abrirse paso a través de
las filas del enemigo aprovechando el ímpetu, el peso y la velocidad
de la carga. Si se tenía éxito y traspasaban las filas,
se procedía a atacar por la retaguardia; de no lograrlo, los caballeros
se reagrupaban y volvían a cargar. El esbozo de esta táctica
no debe llegar a la conclusión que en esta etapa del medioevo las
maniobras militares estaban reducidas a la mínima expresión;
por el contrario, en múltiples batallas la táctica principal
de la carga se combinaba con huidas fingidas –Rímini, Arques,
Hastings- y con maniobras de flanqueo –las Navas de Tolosa-.
Los enfrentamientos empezaban con una carga de la primera línea
–de una batalla, o de un cuerpo-; los caballeros iniciaban el movimiento
al trote, para ir incrementando el ritmo hasta el momento de pasar decididamente
al galope. Los caballeros embestían con la lanza. Después
del primer choque, la línea se retiraba para dejar campo al asalto
de la siguiente carga. Los caballeros del primer choque se reagrupaban,
siguiendo el estandarte de su señor, tras la protección
de la infantería, y se preparaba una nueva carga. Cuando la lanza
se rompía, se desenvainaba la espada o se combatía con maza
contra los infantes u otros caballeros enemigos. La carga tenía
como objetivo principal romper el frente enemigo (21)
, y las sucesivas oleadas debían lograr ese objetivo; es por ello
que la sincronización de las mismas era de vital importancia, puesto
que podía decidir el destino final de una batalla: golpear con
dos cargas muy consecutivas podía implicar que los caballeros de
la primera no se hubiesen retirado todavía del campo, y que la
fuerza de la segunda oleada se debilitase intentando evitar el choque
con los caballeros amigos. Por el contrario, demasiado tiempo entre las
sucesivas cargas dejaría al enemigo la posibilidad de reagruparse
y realinear las fuerzas de su defensa.
Cuando una carga de caballería no conseguía abrir la línea
enemiga, la batalla se transformaba, la mar de las veces, en multitud
de combates singulares entre caballeros. En el peor de los casos, los
infantes aprovechaban la mêlée para descabalgar a los caballeros
y acuchillarles en el suelo. El poder de la carga y de la unidad compacta
de caballeros –bien en conrois como en batalla- y su éxito
en los combates residía tambén en un plano psicológico
(22) : la pertenencia
de los caballeros a la élite social medieval, su liturgia, etc.
motivaban que fueran vistos por los infantes como seres superiores. Existía
una doble guerra entre caballeros e infantes: la militar y la social.
Unos y otros pertenecían a clases sociales diferentes, distantes,
entre ellos existía un abismo.
 |
Ejemplos
de carga de caballería |
La
teoría social existente en la Edad Media era aquella que dividía
la sociedad en una estructural piramidal estratificada en tres grupos
bien diferenciados, social, económica y funcionalmente: los campesinos
–trabajar-; los sacerdotres –rezar- y los guerreros –luchar-.
Los nobles se adjudican esta función social –y por ello serán
conocidos como los bellatores, “los que luchan”-, de tal manera
que su predominio respecto de las otras clases se justificará en
base a su dedicación a la guerra y a la protección del orden
feudal. Esta actividad bélica se convertiría en el elemento
central de su sociedad, alrededor de la cual se desarrollarían
las relaciones socioeconómicas: de hecho, la posición que
un individuo ocupaba en una hueste no era más que el reflejo de
su posición social. Así, los nobles caballeros mantenían
unos lazos de afectividad mucho más fuertes con los caballeros
enemigos que no con sus propios infantes; así, un lado un noble,
aunque enemigo era un igual al que se debía de honrar y tratar
con respeto –y por el que, no hay que olvidarlo, se podía
pedir un rescate, si se le mantenía con vida-; en cambio, un infante
pertenecía a otra clase social, era un súbdito del que se
servía y del que se podía prescindir. Es por ello que cuando
los infantes contemplaban cómo los caballeros enemigos se avalanzaban
sobre ellos, una mezcla de miedo y rencor social les invadía. Si
los caballeros penetraban en las filas de los peones, rara vez éstos
podían volver a la cohesión y la línea de defensa
se rompía: como en Muret, la infantería desorganizada servía
de carnaza para una masacre. Sin embargo, si los infantes poseían
la suficiente templanza como para resistir la carga enemiga, los caballeros,
desorientados por el rechazo, descabalgados, eran fácil presa para
los peones, que volcaban todo su rabia sobre los nobles (23)
.
Merece especial comentario singular el papel de los Guardias, o escolta
personal de los monarcas. Los reinos germánicos heredaron de la
tradición imperial romana el concepto de Guardia, de tal manera
que el soberano tuviera a su disposición una fuerza permanente,
disciplinada y leal, que a todos los efectos, le sirviera tanto como de
fuerza de choque, elemento vertebrador de un ejército o simplemente
como tropa que le garantizase su poder sobre el resto de nobles. Así,
por su modo de vida y su continuidad en el servicio de armas, se les puede
suponer un alto grado de disciplina, entrenamiento, motivación
e incluso especialización, que les conferiría un estatus
de élite respecto de las otras fuerzas. A lo largo de la Edad Media
los ejemplos de fuerzas o guardias reales son constantes: los fideles
de los visigodos, los armati merovingios, los scara carolingios, los housecarls
escandinavos, la familia regis anglonormanda, etc.
 |
Caballeros
franceses (principios siglo XIII) |
Los
monarcas de la Corona de Aragón contaban con una guardia personal,
la Mesnada Real, formada por una treintena de caballeros selectos, todos
ellos caballeros aragoneses, con la misión de proteger al soberano.
La mesnada real es una institución militar aragonesa integrada
fundamentalmente por miembros no primogénitos de las casas nobiliarias
de los barones o ricoshombres, así como infanzones que se entregaban
a la Casa Real, para su cuidado y formación. Cuando el rey convoca
a los nobles para la guerra, llama a sus mesnaderos, diferenciándolos
claramente de los ricoshombres aragoneses y catalanes o de las mesnadas
concejiles. La mesnada real, al igual que la del rey de Castilla, era
mantenida directamente por el monarca –de ahí las constantes
necesidades financieras del rey Pedro, especialmente en la campaña
de las Navas y en la expedición de Muret-; la hueste real llevaba
los colores del soberano en el campo de batalla, y formaba alrededor del
Alferez Real, cargo designado personalmente por el rey. Los miembros de
la Mesnada real no solían pertenecer a las familias de la gran
nobleza aragonesa (comúnmente denominada las Doce Casas –las
familias Cornel, Luna, Azagra, Urrea, Alagón, Romeo, Foces, Entenza,
Lizana, Ayerbe, Híjar y Castro-); eran miembros de unos linajes
engrandecidos por los soberanos, por su especial atención a la
monarquía, por su lealtad de mayor antigüedad o por haber
tomado partida por el rey en momentos complicados y que eran premiados
con motivos reales en su heráldica. En Muret, la mayoría
de los miembros de la guardia real aragonesa murió alrededor de
su rey.
-
El problema de las cifras
Una
de las principales dificultades con las que recurrentemente se encuentran
los historiadores de todos las épocas es el de la fiabilidad de
la información relativa al tamaño y composición de
los ejércitos. Sin ir más allá (24)
y ciñéndonos al contexto medieval, cuando las fuentes se
refieren a “caballeros” u “hombres a caballo”
las dudas se presentan en el significado o acepción de los mismos:
un caballero, sin extensión del término, implicaba sólo
a un guerrero, perteneciente a la nobleza y con los honores del orden
de caballería, a lomos de un caballo de guerra. Más allá,
este caballero necesitaba tanto de unos sirvientes –para su manutención,
servicio personal, aseo, impedimenta, etc-, como también de unos
auxiliares armados que le servían de apoyo. Éstos podían
ser “escuderos” –tanto profesionales como jóvenes
aspirantes a su vez para ser armados caballeros-, hombres a caballo armados
con lanzas, ballesteros y arqueros montados e incluso infantería
montada.
La evolución del armamento en el siglo XII trajo consigo, entre
otros factores, que sólo los caballeros de las familias más
ricas pudieran costearse un equipo completo y moderno. Esta diferenciación
se remarcará en el siglo XIII, acentuándose la separación
entre caballeros ricos y pobres, apareciendo la distinción entre
caballeros adalides –primi milites- y los simples caballeros (25)
-milites gregarii-. El aumento de peso progresivo del equipo caballeresco
produjo un incremento de su coste, y por ende, conducía a una restricción
de su difusión, reservándose sólo para una élite
de fortuna y de nacimiento; pero a la vez, esta propia autoexclusión
de las clases acomodadas llevó a la exaltación de su modo
de vida, del espíritu caballeresco, cosa que llevó aparejada
la negativa a calificar como tal a todo aquel que no hubiera pasado el
ritual de ser armado caballero.
Se hace difícil barajar una cifra exacta, pero en función
de la riqueza del caballero, éste podía contar con el servicio
de uno o dos escuderos, y de un número no inferior a cuatro hombres
a caballo de diferentes categorías. Existía un vocabulario
variado para denominar a estos auxiliares, cuyo papel y calificación
para la batalla eran muy diferentes, como también lo era su condición
social: los criados (26)
(latín: valletus), los muchachos (latín: garcio, puer) y
escudero (latín: armiger, scutifer). Los “escuderos”
solían ser de origen noble –a la espera de ser armados caballeros-
o guerreros profesionales (27)
–hombres libres con un pequeño pedazo de tierra insuficiente
para ganarse las espuelas de caballero o sirvientes a sueldo de su señor-;
su armamento era de características similares a la de los caballeros,
pero de confección más modesta o antigua –igualmente
usaban cota de mallas, casco, lanza y espada-; en combate, solían
formar en las líneas posteriores de cada conrois, o en los flancos;
sus caballos no eran destriers, pero sí que podían ir ligeramente
armados, en función de sus posibilidades económicas. Por
su parte, los “muchachos” iban armados de manera más
ligera: casco, espada y cuchillo, y protecciones personales de cuero –o
incluso alguna cota corta-. No solían formar parte de la caballería,
si no que realizaban funciones auxiliares, como por ejemplo, introducirse
en las filas enemigas para descabalgar a los jinetes contrarios.
Ante tal diversidad de nombres y conceptos, cuando se mencionan cifras
de fuerzas de caballería, se hace muy difícil valorar, en
función de la traducción de cada término, si estamos
delante de datos referentes a un total de las fuerzas presentes en un
ejército, o solamente se refieren a un determinado colectivo. Por
ejemplo, respecto del millar de jinetes que acompañaban a Pedro
II en la expedición a tierras occitanas hacia Muret, queda la indeterminación
de si se refieren sólo a los caballeros o si incluyen también
a sus servidores. Dadas las cifras de población de la Corona de
Aragón, así como de los efectivos desplegados un año
antes en la batalla de las Navas, los 1.000 “caballeros” podían
englobar a los diferentes tipos de hombres de armas a caballo anteriormente
indicados. Es significativo el hecho que las fuentes contemporáneas
o relativamente cercanas a los hechos establezcan siempre la diferenciación
entre caballeros, jinetes y otros tipos de guerreros. Así, la Crónica
de Jaume I nos habla que el rey Pedro contaba con una fuerza de unos 1.000
hombres a caballo, distinguiendo este valor de otros pasajes cuando se
refiere a caballeros. De igual manera se expresan tanto la Crónica
de Bernat Desclot como la Canzó de la Crozada. Se ha de tener en
cuenta que esta discusión no es baladí; partir de una cifra
de 1.000 caballeros, cabría pensar entonces una cifra total del
doble o tripe de jinetes, en proporción de 3 o 2 guerreros a caballo
–sargentos y escuderos- por cada caballero presente.
Teniendo en cuenta las fuerzas presentes de la Corona de Aragón
en la batalla de las Navas, así como las fuerzas disponibles por
Jaime I en la expedición naval a Mallorca, la cifra de caballeros
presentes en Muret podría situarse alrededor de 400-500, y una
cifra de 700-800 guerreros no caballeros (28)
. Para F.X. Hernandez la explicación de la diferencia de fuerzas
entre la campaña andaluza y la expedición occitana podría
deberse a varios motivos: la inexistencia de un botín identificable;
las bajas producidas en la batalla en tierras andaluzas, la negativa a
sumarse a la defensa de herejes de la fe católica; el prestigio
militar de los caballeros franceses -considerados la mejor caballería
en Europa-, etc. Una de las características esenciales de los ejércitos
plenomedievales radica en la ausencia de permanencia, de continuidad en
su establecimiento; prima el carácter temporal –incluso estacional-
de las fuerzas combatientes. Sólo un núcleo de combatientes
tendrán una clara vocación de permanencia, ya sea por sus
obligaciones como señores feudales, como vasallos con obligaciones
militares –sargentos, escuderos, peones especializados- o como aventureros
y mercenarios –farfans, routiers, brabançons, etc-. Salvo
estos grupos militares con un grado de continuidad y permanencia, la parte
más significativa de un ejército medieval se reunía
especificamente para el desarrollo de una determinada campaña (29)
. Si ponemos en relación las características
anteriormente descritas con el hecho que Monfort disponía de fuerzas
permanentes, con un amplio núcleo de caballeros y servidores entrenados
y experimentados –muchos de ellos ya veteranos de la cruzada de
1209, sino antes-, con disciplina y moral, frente a las fuerzas de Pedro
II, una amalgama de guerreros, unos cuantos experimentados en las guerras
peninsulares –cabalgadas, escaramuzas y asedios-, pero con una mayoría
de fuerzas inexpertas y con una moral desigual, y diferente a la de sus
enemigos, entonces, el balance comparativo de las fuerzas nos indica que
Monfort podía tener una clara ventaja sobre los meridionales y
sus aliados hispanos. Por el contrario, el bando aliado presentaba una
heterogeneidad de fuerzas que, a pesar de su mayor número, no concedían
una ventaja táctica militar contundente. Así, la calidad
de la caballería era dispar, no tenía experiencia de maniobra
ni de liderazgo conjunto.
El rey Pedro acudió a Muret con sus tropas personales, con fuerzas
de caballería de sus nobles allegados y con un contingente de soldados
profesionales, pagados de antemano (30)
. Los nobles occitanos se presentaron con sus propios contingentes, algunos
ya con experiencia militar –Foix-. La campaña que debía
iniciarse en Muret podría ser considerada como una estrategia de
recuperación del territorio a través de una guerra de asedios;
no había sido planteada para entablar una batalla campal. De haberse
planificado como tal, sin duda alguna los dirigentes del ejército
hispano-occitano habrían realizado algún tipo de operación
de combate a menor escala con la que haber dado a sus tropas la experiencia
militar necesaria para afrontar una contienda de mayor envergadura.
 |
Las
fuerzas de Monfort, profesionales y disciplinadas, se disponen a
capturar un convoy con provisiones del enemigo. A pesar de su inferioridad
numérica, los cruzados supieron imponerse, a sangre y fuego,
sobre un enemigo más numeroso, gracias a su experiencia continuada
a lo largo de varios años de guerra. (Osprey Militaria) |
| Notas..
1)
CONTAMINE, Philippe. “La guerra en la Edad Media”. Pág.
86. El gran medievalista francés era también de la
opinión que el el rasgo característico de la guerra
feudal era la caballería pesada, armada con lanza y espada,
modelo que predominaría en todo el continente.Volver
2)
Según
Lidell Hart “El espíritu militar de la caballería
occidental era enemigo del arte, aunque la estupidez gris de sus
acciones se ve iluminada por algún aislado fulgor (…).
Finalmente, tras unos siglos de vacío absoluto, llegaba Oliver
Cromwell, calificado como el primer gran estratega de la época
moderna”. Encyclopaedia Británica. Edición 1948.
A parte de suponer una extrema simplificación de una historia
militar que abarca mil años, merece la pena destacar la coletilla
final referida a Cromwell: el etnocentrismo de Lidell Hart le hace
prescindir de las figuras de Gonzalo Fernández de Córdoba,
Hernán Cortés, Fernando Álvarez de Toledo,
Álvaro de Bazán, Alejandro Farnesio, Mauricio de Nassau,
Ambrossio Espínola, Albrecht von Wallenstein, Gustavo II
Adolfo de Suecia, el príncipe de Condé, el vizconde
de Turena. Volver
3)
La
cruzada que asoló las tierras meridionales de Francia se
prolongó durante más de 40 años (1209-1255).
Durante los primeros veinte años se desarrollaron las acciones
más violentas y crueles de la guerra, acciones centradas,
desde el punto de vista militar, en operaciones de asedio y conquista
de ciudades y fortalezas, y donde solo se pueden encontrar dos acciones
campales: Castelnou d’Arri (1211) y Muret (1213). Volver
4)
El
término proviene de la Crónica de Ramón Muntaner:
guerra guerrejada. Volver
5)
La
conquista de una región discutida sólo podría
ser conseguida por la ocupación o la destrucción de
sus castillos: España, la línea de fortificaciones
de Castilla la Nueva, en Francia, las fortalezas del Vexin y en
Inglaterra, la red de castillos en Escocia y en Gales.
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6)
En
la Península Ibérica se formó una tradición
militar propia basada en acciones limitadas y golpes de mano, con
la intención de hostigar el territorio enemigo y detraerle
recursos económicos y minar su moral. Los siguientes término
expresan diferentes tipos de acción:
Algarada: incursión por sorpresa; se basa
en la utilización de la emboscada y el ataque por sorpresa,
generalmente sobre un objetivo concreto y determinado (castillos,
torres de vigia, aldeas, convoyes); realizada la acción,
las fuerzas incursoras se retiraban a sus bases de partida, sin
solución de continuidad.
Cabalgada: incursión en campo enemigo, con
objetivos delimitados y más amplios que en la algarada; en
la cabalgada se trataba de internarse en campo enemigo, con la intención
de destruir recursos y saquear el territorio. La acción podía
realizarse durante varios días o semanas. Las operaciones
podían internarse extensamente en territorio enemigo. Según
el número de participantes, la cabalgada se hacía
a descubierta (sin ocultarse) o encubierta (cuando el número
de participantes obligaba a pasar más desapercividos).
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7)
Junto
a Vegecio, podemos encontrar otros autores y libros clásicos
que, formando parte de la educación medieval, podían
enseñar lecciones de táctica y estrategia a los guerreros
feudales:
Eneas el Táctico: Poliorcética
Flavio Josefo: La guerra de los judíos
Frontino: Stratagema
Jenofonte: Anábasis
Jordanes: Origen y gestas de los godos
Julio César: La Guerra de las Galias, La Guerra Civil
Livio: Historia
Polibio: Historias
Polieno: Estratagemas
Silio Itálico: Púnica
Suetonio: Los Doce Césares.
Salustio: La guerra de Yugurta.
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8)
Los
elementos que podían incidir en el devenir de la batalla
pueden agruparse en diferentes tipos: morales (baja moral, falta
de moral de combate, estallidos de pánico o exceso de euforia,
malos presagios, complejos de superioridad, desprecio del enemigo),
tácticos (cálculos equivocados, órdenes mal
expresadas o comprendidas, descoordinación, movimientos mal
ejecutados o no ejecutados, acciones precipitadas, ausencia de órdenes)
de información (informaciones erróneas, rumores inquietantes,
traiciones e infidelidades) y de instrucción (contingentes
sin preparación o desorganizados, armamento inadecuado, actos
de indisciplina).Volver
9)
Durante
los siglos VII-X los caballeros no estaban intrínsecamente
asociados a una determinada élite social, sinó que
el término sólo hacían referencia a su condición
de guerreros profesionales. Con el desmoronamiento del imperio carolingio
y la extensión del feudalismo, sólo aquellos que posean
un feudo y recursos podrán mantener un armamento de caballero,
por lo que, de manera casi natural, el término irá
asociándose ya a una determinada clase social. Volver
10)
Durante
buena parte de la etapa plenomedieval se mantuvo la idea que cien
caballeros tenían un valor equivalente al de 1.000 infantes.
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11)
En
la Crónica dels Feits del rey Jaime I, cuando narra el asalto
a las murallas de Valencia, se relacionan las hazañas de
los cuatro primeros caballeros que entran en la ciudad; la crónica
no hace mención que varias decenas de infantes ya estaban
combatiendo dentro de sus calles. Volver
12)
Napoleón,
por su parte, consideraba esencial la destrucción de las
fuerzas enemigas, y la conquista inmediata de sus centros políticos.
De igual manera pensaba y actuaba Ulysses S. Grant en la Guerra
Civil americana. Volver
13)
En
las Cruzadas, los arqueros turcos hicieron de las monturas de los
caballeros cruzados uno de sus principales objetivos; esto provocó
que muchos de los jinetes cristianos combatiesen a lomos de mulas
o a pie. Durante la II cruzada (1144-1150), el cronista Guillermo
de Tiro describía la táctica de los caballeros germánicos
de combatir a pie en los momentos de crisis, aumentando así
la determinación de combatir de los soldados de infantería,
además de proporcionar protección acorazada frente
a las descargas de los arqueros enemigos. Volver
14)
Las
crónicas sobre las Cruzadas son tremendamente vívidas
al relatar las tácticas de los guerreros musulmanes frente
a los pesados caballeros francos: acoso constante mediante el empleo
de arqueros montados, provocaciones de la caballería ligera,
con la idea de provocar una carga intempestiva de los cruzados,
para que éstos abrieran sus formaciones. Si la fuerza cristiana
perdía su cohesión y se disgregaba en pequeños
grupos, los musulmanes podían batirlos individualmente.
Volver
15)
No
hay que olvidar el tremendo efecto psicológico que tenía
entre la infantería la visión del avance al galope
de una carga de caballeros y esperar con ansiedad el imminente choque
de la caballería pesada. Volver
16)
Las
fuerzas de infantería derrotaron a los caballeros en las
batallas de Manzikert (1177), Bannockburn (1314), Crecy (1346),
Agincourt (1415). En la batalla del lago Copais (1313) los almogávares
derrotaron y aniquilaron a los caballeros francos; el impacto de
su victoria les permitió conquistar buena parte de Grecia
y asegurar el dominio aragonés de esos territorios durante
80 años. Volver
17)
La
infantería, para protegerse de estas cargas de caballería,
solía poner delante de sus líneas cuerdas embreadas
tensadas, que, en teoría, detenían el primer choque,
y con las lanzas clavadas en el suelo con la punta hacia el enemigo.
Los infantes podían combatir presentando un muro (una línea
de combatientes formando una sólida muralla de escudos),
una muela (cuando la infantería se disponía en círculo)
o un corral (posición defensiva en forma de cuadrado, reforzado
por cuerdas o cadenas delante de los infantes, que clavan sus lanzas
en el suelo con la punta hacia el enemigo). Son famosos los ejemplos
de fuerzas de infantería disciplinada que se opuso con éxito
a cargas de caballería: los piqueros suizos, los ballesteros
genoveses, los arqueros ingleses o los lansquenetes alemanes. Volver
18)
Los
conrois franceses podían consistir en agrupaciones en múltiplos
de cinco, en grupos de hasta 25 y 50 jinetes. Volver
19)
La
nueva montura de pico elevado y largos estribos, en la que los caballeros
prácticamente iban montados de pie- era un elemento básico
de la carga con lanza en ristre, pero también significaba
que si el caballero era desmontado, le era sumamente difícil
volver a montar en el fragor de la batalla: sus compañeros
del conrois se agruparían a su alrededor protegiéndole
hasta que estuviera de nuevo seguro en lo alto de su montura. Volver
20)
La
batalla, en situación de marcha, formaba de frente en tres
líneas sucesivas, de unos efectivos nominales de unos cincuenta
caballeros por línea. Esta formación se adaptaba en
las formaciones en columna. Los sargentos, escuderos y ballesteros
a caballo podían formar en los flancos y retaguardia de cada
batalla, estableciendo una pantalla de protección. Volver
21)
A
diferencia del choque entre masas de caballería pesada, donde
el objetivo es llegar al contacto con el enemigo para destruirlo,
uno de los objetivos de la carga contra unidades de infantería
es la intimidación de éstas, para que huyan del campo
de batalla: si se lograba que una parte de la línea de defensa
cediese, toda la fuerza enemiga quedaría debilitada. Si se
mantenía ejerciendo la presión, con sucesivas cargas,
que se introdujeran dentro de la brecha abierta, se lograría
que el ejército contrario huyera –como en la batalla
de Civitate (18 de junio de 1053), entre los normandos y las fuerzas
combinadas imperiales y papales-. Volver
22)
Con
la proliferación de fuerzas de peones disciplinados, hombres
de armas de infantería, el declive de la caballería
se inició. La sofisticación de las armaduras de los
caballeros –siglos XIV-XVI- no fueron más que un vano
intento de mantener el prestigio militar y social de la élite,
pero que a la larga, no pudo evitar que la infantería recuperase
el prestigio perdido tras Andrianópolis (378 d.C). Volver
23)
Ejemplos
de esta brutalidad especial del campo de batalla las encontramos
en la batalla del lago Copais (1313) y en Bannockburn (1314).
Volver
24)
Ejemplos
de esta brutalidad especial del campo de batalla las encontramos
en la batalla del lago Copais (1313) y en Bannockburn (1314).
Volver
25)
CONTAMINE,
Philippe. La guerra en la Edad Media. Pág.87 Volver
26)
Los
criados ejercerían tareas de sirvientes de su señor
y al resto de la comitiva: aprovisionamientos, acomodación,
preparación de las comidas, de las armas, de las tiendas,
etc. En combate permanecían en el campamento, al cuidado
de los bagajes. Volver
27)
Estos
guerreros profesionales fueron distanciándose cada vez más
en la calidad del equipo acorazado de sus señores, pero no
por ello fueron apartados del campo batalla. A partir de la segunda
mitad del s.XII se les empieza a distinguir con diferentes nombres:
servientes equites, servientes loricati, famuli, scutifieri,
satellites equestres, clientes, servientes, armati, militis.
Volver
28)
En
la batalla de Bouvines (1214), los franceses derrotaron a las tropas
anglo-imperiales, con un ejército entre 1.000 y 1.200 caballeros,
unos 2.000-2.500 guerreros a caballo y alrededor de 10.000 soldados.
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29)
Los
ejércitos medievales de esta época constituían
una variopinta hueste, formada por combatientes y no combatientes
(servidores, mercaderes, tahures, prostitutas, etc.), sin una estructura
administrativa –mínimamente eficiente, a menos- o financiera,
sin entrenamientos colectivos, a nivel de todo el ejército.
Volver
30)
Se
ha cuestionado el papel de estas tropas del rey Pedro, afirmando
que se trataba de mercenarios –llamados en el lenguaje de
la época ribalds, routiers o brabançons-.
Lo cierto es que se trataban de tropas feudales reclutadas a sueldo
para evitar el inconveniente del licenciamiento después del
período de servicio. De la misma manera que los cruzados
tenían la limitación del servicio de 40 días,
los contingentes feudales servían a su soberano bajo determinadas
condiciones; desde el momento que aceptaban la contraprestación
monetaria, estos condicionantes desaparecían. Es de comentar,
pues, la previsión del rey Pedro, que quizás temiendo
una campaña larga y ardua, planificó la estructura
y composición de su ejército a tal fin, porfiando
la posible retirada de las tropas que hubiesen expirado su servicio
feudal. Volver
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