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| El
territorio donde se desarrolló la cruzada albigense se sitúa
al sur del actual estado francés; los límites geográficos
que lo circunscriben son el Macizo Central francés, por el norte,
los Pirineos, al sur, el río Ródano, al este, y el Atlántico,
por el oeste. Este extenso territorio estaba dividido políticamente
en una multitud de señoríos (1).
Las crónicas de la época no aportan un nombre común
para el territorio meridional de la antigua Galia romana (2).
La historiografía moderna ha optado por nombres diversos, que si
bien permiten la agrupación del territorio bajo una misma denominación,
presentan el inconveniente que, en sentido estricto, no lo delimitan con
precisión, puesto que, por un lado, quedan cortos en su especificación
geográfica (Provenza), mientras que en otros casos, engloban territorios
actuales que en aquella época no formaron parte de los sucesos
de la cruzada albigense (Aquitania).
Mapa político-lingüístico de Occitania (siglo XX)
-La sociedad occitana A diferencia de otros territorios del Imperio Romano, colapsados con la irrupción de los invasores bárbaros, los territorios del sur de la Galia mantuvieron una relativa continuidad de las estructuras político-sociales tardorromanas. Los visigodos romanizados primero, y después los sedentarizados francos después, garantizaron el mantenimiento del comercio y de las estructuras económicas vigentes desde época bajo-imperial. El territorio occitano fue progresando económicamente de forma paulatina, y quedó al margen de los conflictos existentes, al sur con los musulmanes de la Península Ibérica, y al norte con las tribus sajonas de más allá del Rin. Durante el siglo XII, el territorio occitano destaca por su fuerte crecimiento económico y progreso cultural; la región dispone de tierras fértiles que permiten incrementar el excedente agrícola, que sirve de base tanto a un incremento de población como de excedente comercial que permite los intercambios mercantiles; la zona mantiene un equilibrio general entre agricultura y comercio; la existencia de recursos mineros permiten el desarrollo de la industria metalúrgica; la relativa estabilidad de la zona permite la explotación de las rutas mercantiles, ya sean terrestres, fluviales o marítimas, que unen el norte europeo con el Mediterráneo. Los núcleos urbanos se desarrollan, alrededor de un castillo y de un mercado; las actividades mercantiles y artesanas dinamizan la economía, pero a la vez favorecen cambios en las relaciones sociales de la época: con el crecimiento de las ciudades, aparecerá una floreciente clase burguesa, que compaginará su poder económico con la búsqueda del poder político. Aparece así un patriciado urbano potente, que al estilo de las ricas ciudades italianas, rivaliza en poder con la nobleza laica y la jerarquía eclesiástica. La vinculación del progreso económico con los intercambios comerciales permiten el establecimiento de un modelo de sociedad mucho más permeable a los intercambios culturales, de pensamiento y sociales, de tal manera que, a diferencia de otros territorios, la sociedad occitana mostrará una relativa apertura al intercambio con personas de otras culturas y otras religiones. En cuanto al terreno político, en todo el territorio occitano se observa una baja jerarquización del poder (5), una constante pugna entre la nobleza para obtener la supremacía sobre el resto de señoríos, y la incapacidad mostrada por la Iglesia para aglutinar a su alrededor los diferentes estamentos y clanes de la zona. Todo esto configuró un fragmentado mapa político, donde no existía ningún poder sólido ni estable. Solo la casa de Saint Gilles, los condes de Tolosa, se constituyó en el único poder autóctono con la fuerza suficiente para poder aglutinar al resto de territorios. Frente a Tolosa, los otros poderes regionales oscilaron entre darles su apoyo, o aliarse, en busca de su propio beneficio, con las otras potencias: el Sacro Imperio, Inglaterra, Francia y la Corona de Aragón. Sin embargo, sólo los dos últimos serán los únicos con posibilidad de consumar una unificación política de todos los poderes laicos de la zona; y tal y como destaca Alvira Cabrer, ninguno era occitano .
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