La batalla de Muret, el jueves 12 de septiembre de 1213, representa una fecha emblemática para la historia de Cataluña, Aragón, Francia y las tierras occitanas. Ese día se decidió el futuro de una región, la supervivencia de un determinado modelo de sociedad y el desarrollo de la historia actual que conocemos. Los interrogantes que se plantean ante la pregunta de qué hubiera pasado si en Muret los cruzados hubiesen sido derrotados muestran un camino en la historia europea que podría haber sido totalmente diferente.
Para Francia significó la apertura hacia nuevos territorios, ricos y fértiles, que permitirían a la dinastía Capeto reinante consolidar su poder y asentar las bases de la potencia medieval francesa.
Para las tierras occitanas significó el inicio del fin de su sociedad, de sus leyes y costumbres, y de ver truncado un camino hacia su unificación.
Para la Corona de Aragón la derrota de Muret significó mucho más que un revés militar, representó el cierre de una expansión ultrapirineaica iniciada dos siglos atrás, la pesadilla que enturbia el sueño de crear un estado que abarcase desde el Ebro hasta el Ródano, con las montañas de los Pirineos como columna vertebral. Pero a su vez, también significó un giro en la política estratégica catalano-aragonesa, que, tras la derrota, se centró en el ámbito estrictamente peninsular, y que le reportó las bases para que, a la larga, se consolidase como potencia marítima durante dos siglos.
La batalla de Muret, dentro del contexto político-ideológico medieval, significó, a los ojos de sus contemporáneos, un auténtico Juicio de Dios, una legitimación divina del bando vencedor, y una condena moral para el derrotado. Y, sin embargo, y a la luz de los acontecimientos posteriores de la cruzada albigense, la batalla no significó una sentencia definitiva de muerte para la causa occitana; de hecho, en los años siguientes, los occitanos se recuperaron del revés y reconquistaron buena parte de su territorio a los invasores cruzados del Norte; la guerra se alargaría por espacio de más de 40 años, y no será hasta la plena implicación de la monarquía francesa que el conflicto no llegue a su desarrollo significativo .
Por el contrario, para el bando catalano-aragonés, la derrota representó un cataclismo de connotaciones impredecibles en aquellos momentos. Y sin embargo, el hecho en sí, una derrota militar, no tendría por qué haber supuesto tal catástrofe. Pero fueron las especiales circunstancias de Muret las que la configuran como una batalla decisiva para la historia de la Corona de Aragón: allí moría un rey, un soberano que había sida un jefe guerrero toda su vida y que, cuando empezaba a madurar como monarca, perdía la vida. Pero a su vez, su hijo, un muchacho de apenas 5 años, era llamado al trono justamente cuando estaba bajo la custodia del verdugo de su padre; difícil porvenir se la planteaba al futuro Jaime I en aquel otoño de 1213...

Occitania y la Corona de Aragón


El historiador moderno, a la hora de reconstruir y narrar los hechos acontecidos en el pasado, se encuentra, entre las muchas dificultades que entorpecen su camino, con dos escollos importantes: en primer lugar, cuenta con la supuesta ventaja –que en ocasiones, se transforma en un auténtico inconveniente- de conocer los hechos, de saber qué ocurrió, por lo que se tiende a justificar, explicar, sugerir o corregir las actuaciones de los actores, teniendo toda la información y sin tener en cuenta el contexto real de cómo se desarrollaron aquellos hechos y justamente conocer cuál era la información y recursos disponibles de los intervinientes, actuando como un demiurgo que, actuando ahistoricamente, relativiza los hechos pasados en función del contexto presente. El otro error es partir de la base que los tiempos pasados constituyen épocas donde los planteamientos, teóricos y prácticos, militares están totalmente faltos de madurez, sin criterios tácticos adecuados, donde sólo impera la fuerza bruta: en el caso concreto de la historia militar medieval, esto conduce al error de plantear cualquier batalla como un combate confuso, tosco y brutal entre caballeros, a los cuales solo les guía el ansia de notoriedad y reconocimiento caballeresco. Se tiende, pues, a dar explicaciones en base a nuestras concepciones actuales, valorando un hecho, un frase, una acción o una omisión, teniendo en cuenta nuestra moral, nuestros conocimientos, sin situarnos en el contexto estricto del momento que se analiza.
Los historiadores reconstruyen Muret recurriendo a los mismos argumentos y con las mismas explicaciones sobre las tácticas, pero sin llegar a analizarlas, banalizando sobre las consabidas leyendas sobre el rey Pedro, recurriendo a los mismos tópicos una y otra vez y no se llega a un estudio directo y racional de la batalla en sí misma. Es por ello que alrededor de la batalla de Muret, y en el marco general, de la cruzada albigense, se han creado un conjunto de preconceptos y prejuicios, mezclando hechos con ideologías, historia con política, visiones parciales y enfoques subjetivos .
La figura trágica del rey Pedro II es la pieza principal del drama de la batalla de Muret; estudiado y juzgado por los historiadores, de él nos ha pervivido una imagen fragmentada, borrosa, y sobretodo, parcial y maniqueísta. En Pedro se unen tanto las virtudes del orden de la caballería –nobleza, honor, orgullo y valor- junto a los vicios de un señor feudal –lujuria, prodigalidad, soberbia-. Además, todos los males, todos los errores de la batalla nacen en su persona, en sus defectos; de hecho, no son pocos los que culpabilizan únicamente al rey Pedro del resultado final de la batalla de Muret . Y sin embargo, si analizamos la trayectoria vital del soberano, de sus experiencias bélicas , y las encardinamos en el contexto histórico de aquel verano de 1213, las opiniones sobre el rey Pedro deberían ser otras bien diferentes. Desde un punto de vista político-militar, Pedro II de Aragón aparece como un jefe guerrero experimentado y prudente, que recurre a la guerra sólo como un último recurso, y como tal, la empleará, como diría Clausewitz, por ser la “continuación de la política, por otros medios”: Pedro no persigue en Muret la destrucción del ejército cruzado, busca la solución negociada al conflicto occitano; la victoria en el campo de batalla le permitirá obtener una paz duradera y afianzar su dominio en los territorios meridionales de la antigua Galia romana.

Sellos de Pedro II, el Católico


A diferencia de otros soberanos, Pedro luchó y murió en el fragor del combate, frente a la caballería más potente de Europa, pero se nos ha transmitido la idea romántica de su ideal caballeresco, pero cabría decir aquí que Pedro no eligió morir como un destino determinado, ni por vanidad ni por gloria, sinó que las circunstancias lo condujeron a ello; su empeño en permanecer cerca del lugar de la acción se emmarcó en su capacidad de liderazgo, en su intento de motivar a sus hombres, que con su ejemplo pudieran mantener la cohesión y el espíritu de lucha frente al enemigo. No fue, pues, un acto de búsqueda de gloria personal, ni de reconocimiento de su valentía y heroísmo, sino un acto de sacrificio y de valor táctico que, siglos después, se puede justificar y dignificar.
En el presente estudio se ha pretendido arrojar algo de luz sobre la batalla de Muret, su significado, el por qué de la misma, cuáles fueron los hechos relevantes que marcaron los acontecimientos, quienes fueron los principales actores del drama y cuáles fueron los planteamientos tácticos que decidieron el transcurso de la batalla.

 

Por Alberto Raúl Esteban Ribas