Liutprando de Cremona: Informe de su Misión a Constantinopla


 


Introducción [De la traducción de Henderson]


Este notable y sumamente original escrito ha sido relegado al apéndice [de la colección de las fuentes de Henderson] no porque sea menos importante que los otros documentos de esta colección, sino porque, siendo más una narrativa, difiere de ellos en carácter.
Encontramos por primera vez a Liutprando en la corte de Berengario y Willa, quienes, a mitad del siglo X, gobernaban sobre el norte de Italia. Habiéndose enemistado con sus protectores reales, escribió contra ellos la Antapodosis, o libro del justo castigo, que es una de nuestras fuentes históricas más valoradas de aquellos tiempos. En el 963, Liutprando era enviado de Otón el Grande al desvergonzado Papa Juan XII, y escribió el único relato que tenemos de la condena de éste y su deposición.
El viaje a Constantinopla ocurrió en el 968. Otón, en sus esfuerzos por atraer a Italia bajo su poder, entró en colisión con los griegos, que consideraban a Benevento y Capua como pertenecientes a las provincias del Imperio Oriental. Otón llegó tan lejos como para ocupar Apulia y sitiar la ciudad griega de Bari, pero pronto llegó a la conclusión que mejor debía ganar por negociaciones que por la guerra. Liutprando, ahora Obispo de Cremona, aconsejó la paz, y sugirió que debía buscarse una princesa griega para casar con el joven emperador Otón II, que había comenzado a reinar conjuntamente con su padre. Era sobre la princesa Teófano que estaban puestas las esperanzas del emperador, y se pensaba que Nicéforo daría Apulia y Calabria como su dote. Fue para arreglar esta cuestión que Liutprando, acompañado por una gran comitiva, fue a Constantinopla. La recepción con la cual se encontró será explicada con sus propias palabras.

 



Liutprando, obispo de la Santa Iglesia de Cremona, desea, anhela y reza que los Otones, emperadores invencibles de los romanos, y la muy gloriosa Adelaida, florezcan, prosperen y triunfen.
Por qué fue que usted no recibió mis primeras cartas o mi enviado, la siguiente explicación lo aclarará. Durante el día anterior a las Nonas de junio (4 de junio) llegamos a Constantinopla, y allí, como una señal de falta de respeto a ustedes mismos, siendo vergonzosamente recibidos, fuimos tratados severa y vergonzosamente. Fuimos encerrados en un palacio bastante grande, ciertamente, pero descubierto, que ni nos protegía del frío, ni rechazaba el calor. Soldados armados fueron puestos a montar guardia, quiénes debían impedir a todos mis compañeros salir y a todos los otros entrar. Esta morada, en la cual solo quiénes estábamos encerrados podíamos pasar, estaba tan distante del palacio, que perdíamos el aliento cuando caminábamos para allí, ya que no cabalgábamos. Para añadir a nuestra calamidad, el vino griego, debido a que era mezclado con brea, resina y yeso, era imbebible para nosotros. La casa misma no tenía agua, ni podíamos hasta con dinero comprar el agua para calmar nuestra sed. A este gran tormento fue añadido otro tormento, nuestro guardián propiamente, que estaba a cargo de nuestro sustento diario. Si uno buscara su preferencia, no la tierra, pero quizás el infierno, él lo suministraría; ya que él, como un torrente que todo lo inunda, derramó sobre nosotros cualquier calamidad, cualquier pillaje, cualquier gasto, cualquier tormento, cualquier miseria que pudiera inventar. Ni en ciento veinte días pasó uno solo sin traernos gemidos y pena En el día anterior a las Nonas de junio (4 de junio), como declaré más arriba, llegamos a Constantinopla ante la puerta Caria y esperamos con nuestros caballos, no en lluvia leve, hasta la undécima hora. A la undécima hora, Nicéforo, sin mirarnos, que habíamos sido tan distinguidos por usted como dignos de cabalgar, ordenó que nos acercáramos; y fuimos conducidos a la arriba mencionada odiada, sin agua, casa de mármol abierta. En el octavo día antes de los Idus (6 de junio), el sábado antes del Pentecostés, fui conducido a la presencia de su hermano León, mariscal de la corte y canciller; y allí nos agotamos en una gran discusión acerca de su título imperial. Ya que él no lo llamó emperador, que es Basileus en su lengua, sino que, para insultarlo, Rex, que es el rey en la nuestra. Y cuando le dije que la cosa significada era lo mismo aunque los términos usados para significarlo eran diferentes, él dijo que yo había venido no para hacer la paz, sino para excitar la discordia; y así, con creciente furia recibió sus cartas, realmente insultantes, no en su propio grupo, sino a través de un intérprete. Personalmente era un hombre bastante dominante, pero fingiendo humildad.
En el séptimo día antes de los Idus (7 de junio), además, durante el día sagrado del Pentecostés mismo, en el palacio que es llamado Sala de la Corona, fui conducido ante Nicéforo, una monstruosidad de hombre, un pigmeo, estúpido y como un topo en cuanto a la pequeñez de sus ojos; asqueroso con su barba canosa corta, amplia, gruesa; deshonrado por un cuello de una pulgada de largo; muy hirsuto por la longitud y grosor de su cabello; en color, un etíope; alguien con quien no sería agradable encontrarse en medio de la noche; un extenso vientre, delgado de lomo, muy largo de cadera considerando su corta estatura, pequeño de canillas, proporcionadas en cuanto a sus talones y pies; vestido con una costosa ropa pero demasiado vieja, y oliendo asqueroso y decolorido por la edad; calzado con zapatos de Sición; osado de lengua, un zorro por naturaleza, en perjurio, y mintiendo, como Ulises. ¡Siempre mis señores y augustos emperadores me parecieron proporcionados, cuánto más proporcionados después de este! ¡Siempre magníficos, cuánto más magníficos después de este!¡Siempre poderosos! ¡Cuánto más poderoso después de este! ¡Siempre tiernos, cuánto más tiernos de aquí en adelante! Siempre llenos de virtudes, cuanto más llenos de aquí en adelante. A su izquierda, no en línea sino lejos abajo, sentó a dos insignificantes emperadores, una vez sus amos, ahora sus súbditos. Su discurso comenzó como sigue:

«Habría sido correcto para nosotros, no, haber deseado recibirle amablemente y con honor; pero la impiedad de su amo no lo permite, dado que, invadiéndola como enemigo, ha reclamado para sí Roma; se ha llevado, de Berengario y Adalberto, sus reinos, al contrario de la ley y el derecho; ha matado a algunos romanos por la espada, otros por la horca, privado a algunos de sus ojos, enviado a otros al exilio; y ha intentado, además, someter a él por la matanza o por las llamas, ciudades de nuestro Imperio. Y, porque su malvado esfuerzo no pudo tener efecto, ahora le ha enviado a usted, instigador y continuador de esta maldad, a actuar como un espía sobre nosotros simulando la paz».
Yo le contesté : «Mi amo no invadió ni por la fuerza ni tiránicamente la ciudad de Roma; pero él la liberó de un tirano, mejor digo, del yugo de tiranos. ¿No gobernaron sobre ella esclavos de mujeres; ¿o, lo que es peor y más vergonzoso, prostitutas ellas mismas? Su poder, me imagino, o aquel de sus predecesores, que por el nombre tan solo son llamados emperadores de los romanos y no lo son en realidad, dormía entonces. ¿Si eran poderosos, si emperadores de los romanos, por qué permitieron que Roma estuviera en manos de prostitutas? ¿No eran algunos de ellos muy santos Papas desterrados, otros tan oprimidos que no eran capaces de tener sus provisiones diarias o los medios para dar limosnas? ¿No envió Adalberto desdeñosas cartas a los emperadores Román y Constantino, sus predecesores? ¿No saqueó las iglesias de los muy santos apóstoles? Lo que uno de ustedes, emperadores, guiado por el celo por Dios, se preocupó por vengar un delito tan indigno y devolver la santa iglesia a sus condiciones apropiadas Usted lo descuidó, mi amo no lo descuidó. Puesto que elevándose de los confines de la tierra y viniendo a Roma, removió al impío y devolvió a los vicarios de los santos apóstoles su poder y todo su honor. Pero después, aquellos que se habían levantado contra él y al señor Papa, según los decretos de los emperadores romanos Justiniano, Valentiniano, Teodosio y los otros, los mató, estranguló, colgó, y envió al exilio como infractores de su juramento, como hombres sacrílegos, como torturadores y saqueadores de sus señores, los Papas. Si él no hubiera hecho así, habría sido impío, injusto, un tirano cruel. Es conocido que Berengario y Adalberto, haciéndose sus vasallos, recibieron el reino de Italia con un cetro de oro de su mano, y que ellos, prestando un juramento, prometieron lealtad en presencia de criados suyos, quiénes todavía viven y están actualmente en esta ciudad. Y porque, a instigación del diablo, ellos pérfidamente violaron esta promesa, él los privó de su reino justamente como desertores y rebeldes contra él. Usted mismo hubiera hecho lo mismo a aquellos que habiendo sido sus súbditos, después se rebelaron».
«Pero el vasallo de Adalberto»," dijo él, «no reconoce esto». Le contesté: "si él lo niega, uno de mi grupo, a su orden, mostrará mañana por un duelo que es así". "Bien" dijo él, "él puede, como usted dice, haber hecho esto justamente. Explique ahora por qué con guerra y llamas él atacó los límites de nuestro Imperio. Éramos amigos, y esperábamos. por medio de un matrimonio, ingresar en una unión indisoluble".
"El territorio"
, contesté, "que usted dice pertenece a su Imperio, pertenece, como la nacionalidad y la lengua del pueblo lo demuestra, al reino de Italia. Los Lombardos lo tuvieron en su poder, y Luis, el emperador de los Lombardos, o Francos, lo liberó de la mano de los Sarracenos, muchos de ellos eliminados. También Landolfo, príncipe de Benevento y Capua, lo sojuzgó y mantuvo en su poder durante siete años. Tampoco habría pasado hasta ahora del yugo de su servidumbre o aquel de sus sucesores, si el emperador Román, dando una inmensa suma de dinero, no hubiera comprado la amistad de nuestro rey Hugo. Y fue por esta razón que él unió en matrimonio a su sobrino y tocayo con la hija bastarda de este mismo rey nuestro, Hugo, Y, como veo, usted lo asigna no a la bondad, sino a la debilidad que, después de adquirir Italia y Roma, él se las dejó por tantos años. El vínculo de amistad, sin embargo, que usted realmente deseó, como usted dice, que se formara a través del matrimonio, lo vemos como una artimaña y una trampa: usted exige realmente un vestigio, que la condición de los asuntos ni le obliga a exigir, ni a nosotros a conceder. Pero, a fin de que ahora todo engaño pueda ser develado y la verdad no sea subastada, mi amo (Otón) me ha enviado, de modo que si usted es complaciente en dar a la hija del emperador Román y de la emperatriz Teófano al hijo de mi amo, Otón, el augusto emperador, usted puede afirmarlo esto con un juramento; con lo cual yo afirmaré por un juramento que, a cambio de tales favores, él observará y hará esto y esto. Pero ya mi amo le ha dado a usted, como a su hermano, la mejor promesa de su amistad al restaurarle, por mi intervención, a cuya sugerencia usted declara que este mal ha sido hecho, toda la Apulia que estaba sometida a su dominio De lo cual hay tantos testigos como habitantes en toda la Apulia».
«La segunda hora»,
dijo Nicéforo, «ya ha pasado. La solemne procesión a la iglesia está por comenzar. Hagamos ahora lo que la hora exige. A su tiempo contestaremos a lo que usted ha dicho».
¡Que nada me impida describir esta procesión, y a mis amos de oír sobre ella! Una numerosa multitud de comerciantes y personas de baja condición, reunidas en este festival para recibir y hacer honor a Nicéforo, ocupaba ambos lados del camino del palacio a Santa Sofía como muros, desfiguradas por pequeños delgados escudos y despreciables lanzas. Y sirvió para aumentar esta desfiguración que la mayor parte de esta misma muchedumbre en su (Nicéforo) honor, marchaba con los pies descalzos. Creo que ellos pensaban de esta manera embellecer mejor aquella santa procesión. También los nobles que pasaban con él a través de esta multitud plebeya y descalza, estaban vestidos con túnicas que eran muy grandes, y que eran también muy viejas. Habría sido mucho más conveniente si hubieran marchado con su ropa de todos los días. No había nadie cuyo abuelo hubiera poseído una de estas ropas cuando era nueva. Nadie allí lucía oro, nadie gemas, salvo Nicéforo solo, a quien los adornos imperiales, comprados y preparados para sus antepasados, aparecían todavía más repugnantes. Por su salvación, que es más apreciada para mí que la propia, una ropa preciosa de sus nobles vale lo que cien de éstas, y más también. Fui conducido a esta procesión y ubicado en un lugar elevado al lado de los cantantes.
Y como un monstruo que se arrastra, él avanzó hacia allí, y los cantantes lanzaron un grito en la adulación: «Contemple como la estrella de la mañana se acerca a la aparición de Eos; él refleja en sus miradas los rayos del sol – él, la pálida muerte de los Sarracenos, Nicéforo, el soberano».
" Y ellos consecuentemente cantaron: «¡Larga vida al soberano Nicéforo!» «¡Adórenlo, ustedes, la gente, aprécienlo, doblen el cuello solamente ante él!» Cuanto más verdaderamente, podrían ellos haber cantado: «¡Vengan, brasas agotadas, tontos; ancianas en su paseo, demonios del bosque en la mirada; ustedes, campesino, ustedes, frecuentador de sitios asquerosos, ustedes lúbricos, ustedes cornudos, ustedes cuadrúpedos ; ¡hirsuto, rebelde, rústico, bárbaro, áspero, peludo, un rebelde, un Capadocio! ». Y así, henchido por esos tontos mentirosos, entra en Santa Sofía, sus amos, los emperadores, siguiéndolo más abajo. Su escudero, con una flecha como pluma, desde lejos, y, con el beso de paz, adorándolo en los sitios de la iglesia en la era que está en progreso a partir del tiempo cuando comenzó a reinar, y así aquellos que no existían entonces, se enteran de qué es la era.


Durante este mismo día él me ordenó que fuera su invitado. No; pensándome valioso, sin embargo, para ser colocado encima de cualquiera de sus nobles, me senté en el quinceavo lugar desde él, y sin mantel. No sólo nadie de mi grupo se sentó en la mesa, sino que ninguno de ellos vio siquiera la casa en la cual yo era un invitado. Durante una comida asquerosa y nauseabunda, que fue lavada con aceite después a la manera de los borrachos, y humedecida también con un licor de pescado sumamente malo, me hizo muchas preguntas acerca de su poder, muchos acerca de sus dominios y su ejército. Y cuando yo le contesté por consiguiente y verdaderamente, «Usted miente», él dijo, «Los soldados de su amo no saben cómo montar a caballo, ni saben tampoco luchar a pie; el tamaño de sus escudos, el peso de sus petos, la longitud de sus espadas, y la carga de sus cascos no les permite luchar de ninguno de los dos modos» Entonces sonriendo, añadió,: «Su glotonería también les impide, ya que su Dios es su vientre, su coraje, aire, su valentía, embriaguez. Su ayunar significa disolución, su sobriedad, pánico. Tampoco tiene su amo una cantidad de flotas en el mar. Yo solo tengo una fuerza de navegantes; lo atacaré con mis barcos, invadiré sus ciudades marítimas con guerra, y a aquellos que estén cerca de los ríos, los reduciré a cenizas. ¿Y cómo, pregunto, puede él hasta en tierra resistirse a nosotros con sus escasas fuerzas? Su hijo estaba allí, su esposa estaba allí, los sajones, suabos, bávaros, estaban todos con él: y si ellos no sabían lo suficiente y eran incapaces de tomar una pequeña ciudad que se les resistió, como van a ellos resistirme cuando yo venga, yo que soy seguido por tantas tropas como
Gargara tiene espigas de grano, o retoños de uva la isla de Lesbos,
Las estrellas que se encuentran en el cielo, u ondas en el ondulante océano.


Cuando deseé contestarle y darle una respuesta digna de su jactancia, él no me lo permitió; pero añadió como para mofarse de mí: «Ustedes no son romanos, sino lombardos». Cuando él deseó seguir adelante y agitaba su mano para imponerme silencio, dije encolerizado: «La Historia enseña que el fratricida Rómulo, por quien también los romanos son llamados, nació en adulterio; y que hizo un asilo para él, en el cual recibió a deudores insolventes, esclavos fugitivos, homicidas y aquellos que eran dignos de la muerte por sus hechos. Y llamó a cierto número de tales y los llamó romanos. De tal nobleza descienden aquellos que usted llama soberanos mundiales, es decir, emperadores; a quienes nosotros, a saber Lombardos, Sajones, Francos, Lotaringios, Bávaros, Suabos, Burgundios, tanto despreciamos, que cuando estamos enojados, no podemos llamar nuestros enemigos de modo más desdeñoso que romano, comprendiendo en ésta sola cosa, que hay en el nombre de romanos todo lo que hay de bajeza, timidez, avaricia, lujo, mentira: en una palabra, de maldad. Pero dado que usted sostiene que somos no bélicos e ignorantes de la equitación, si los pecados de los Cristianos merecerán que usted permanezca en esta dureza de corazón: la siguiente batalla mostrará lo que usted es, y cuanto de bélicos nosotros».
Nicéforo, exasperado por estas palabras, ordenó silencio con su mano, y pidió que la larga mesa estrecha fuera llevada, y que yo volviera a mi odiada residencia, o para hablar más realmente, mi prisión. Allí, después de dos días, a consecuencia del disgusto, así como del calor y la sed, fui atacado por una severa enfermedad. Y, en efecto, no había uno de mis compañeros que, habiendo bebido de la misma taza de la pena, no temiera que se acercaba su último día. ¿Por qué no deberían ellos enfermar, pregunto, si su bebida en vez del mejor vino era la salmuera; cuyo lugar de descanso no eran laureles, no era paja, ni siquiera tierra, sino duro mármol?; ¿Almohada de quién era una piedra, cuya casa descubierta no protegía ni del calor, ni de la lluvia, ni del frío? La salvación en sí misma, para usar una expresión común, si se hubiera derramado sobre ellos, no podría haberlos salvado. Debilitado por lo tanto por mis propias tribulaciones y aquellas de mis compañeros, llamé a mi guardián, o mejor dicho a mi perseguidor, y obtuve, no solo por rezos, sino por dinero, que llevara mi carta que contiene lo que sigue, al hermano de Nicéforo:
«Al curopalata y logoteta del palacio, León, del Obispo Liutprando. Si el muy ilustre emperador piensa conceder la petición debido a la cual he venido, el sufrimiento que aquí soporto no agotará mi paciencia; sólo su señoría debe ser instruida por mis cartas y por un enviado a quién no retendré aquí sin razón. Pero si el caso es el contrario, hay aquí un barco de transporte de los Venecianos que está justo por zarpar. Déjeles permitirme embarcar dado que estoy enfermo, de modo que, si el tiempo de mi disolución está cerca, mi tierra natal puede recibir al menos mi cadáver».


Cuando él hubo leído estas líneas, me ordenó que viniera después de cuatro días. Allí se sentaban con él, según su costumbre, para hablar de su asunto, los hombres más sabios, duchos en la elocuencia ática: Basilio, el chambelán principal, el secretario de estado principal, el jefe principal del guardarropa y otros dos funcionarios. Comenzaron su discurso como sigue: «Díganos, hermano, por qué usted ha hecho esfuerzos por venir aquí». Cuando yo les dije que era debido al matrimonio que debía ser el fundamento para una paz durable, ellos dijeron: «Es una cosa no oída que una hija nacida en la púrpura de un emperador nacido en la púrpura debiera ser unida en matrimonio con naciones extrañas. Pero aunque usted busque tan alto favor, usted recibirá lo que usted desea, si usted da lo que es correcto: Rávena, propiamente y Roma con todos los sitios contiguos que se extienden desde allí hasta nuestras posesiones. Pero si usted desea la amistad sin el matrimonio, deje a su amo permitir a Roma ser libre; pero los príncipes, a saber de Capua y Benevento, quiénes eran antes esclavos de nuestro Imperio y ahora son rebeldes, que vuelvan a su antiguo sometimiento».
Yo les contesté: «Ustedes no pueden saber que mi amo gobierna sobre príncipes eslavos que son más poderosos que Pedro, el rey de los búlgaros, que se ha casado con la hija del emperador Cristóforo».«Pero Cristóforo», dijeron ellos, «no nació en la púrpura».
«¿Pero Roma», dije, «qué, como usted exclama, desea tenerla libre, a quién sirve, a quien paga tributo? ¿No sirvió antes a prostitutas? ¿Y, mientras usted dormía, impotente, no la liberó mi amo, el augusto emperador de una servidumbre tan vergonzosa? Constantino, el augusto emperador que fundó esta ciudad y la llamó por su nombre, como soberano mundial, dió muchos regalos a la santa iglesia apostólica romana, no sólo en Italia, sino en casi todos los reinos occidentales; también al Este y Sur de Grecia, a saber, Judea, Persia, Mesopotamia, Babilonia, Egipto, Libia: como sus privilegiados testigos, que son conservados en nuestra tierra. Ahora independientemente de lo que sea, en Italia y también en Sajonia y Baviera o en cualquiera de los dominios de mi amo, que pertenece a la iglesia de los benditos apóstoles: él los ha conferido en el vicario de aquellos muy santos apóstoles. Y puedo yo negar a Dios si mi amo ha retenido de todos éstos a una ciudad, un estado, un vasallo o un siervo. ¿Pero por qué no hace su emperador lo mismo? Por qué no restaura a la iglesia de los apóstoles lo que hay en su reino de modo que él pueda hacerlo rico y libre como es por el trabajo y la munificencia de mi amo, más rico todavía y más libre?»
«Pero esto»,
dijo el jefe de chambelanes Basilio, «él lo hará tan pronto como Roma y la iglesia romana estén subordinadas a su voluntad». «Cierto hombre», dije, «habiendo sufrido muchas heridas por otro, se acercó a Dios con estas palabras: ¡Señor, véngame de mi adversario!» ¡A quien el Señor dijo «Lo haré el día en que daré a cada hombre según sus obras!» «¡Yo, Ay», dijo él, «qué tarde será!»
Ante lo cual todos, excepto el hermano del emperador, temblaron de risa. Terminaron entonces la entrevista y ordenaron que fuera conducido de vuelta a mi odiado domicilio, y fuera guardado con gran cuidado hasta el día, honrado por personas religiosas de los santos apóstoles. En esta ocasión festiva el emperador me ordenó -- estaba muy enfermo en aquel tiempo--, y también a los enviados búlgaros que habían llegado el día anterior, encontrarlo en la iglesia de los santos apóstoles. Y cuando después de los locuaces cantos de alabanzas (a Nicéforo) y la celebración de las masas, fuimos invitados a la mesa, él colocó por sobre mí en nuestro lado de la mesa, que era larga y estrecha, al enviado de los búlgaros que estaba pelado a la manera húngara, ceñido con una cadena de bronce, y como me pareció, un catecúmeno; claramente en desprecio a ustedes, mis augustos amos. De su parte yo fui despreciado, rechazado y desdeñado. Pero agradezco al Señor Jesucristo, a quién usted sirve con toda su alma, que fui considerado digno de sufrir el insulto por vuestro bien. Sin embargo, mis amos, considerando que fueron insultados vosotros y no yo, dejé la mesa. Y cuando yo estaba por marcharme indignado, León, mariscal de la corte y hermano del emperador, y Simeón, secretario estatal principal, subió donde yo estaba, ladrándome esto: «Cuando Pedro, el rey de los búlgaros, casó con la hija de Cristóforo, fueron mutuamente preparado artículos y confirmados con un juramento en el sentido de que para nosotros, los enviados de los búlgaros debían ser preferidos, honrados y apreciados por encima de los enviados de todas las otras naciones. Aquel enviado de los búlgaros aunque, como usted dice y como es verdadero, es pelado, sucio y ceñido con una cadena de bronce, es sin embargo un patricio; y decretamos y juzgamos que no sería correcto dar a un obispo, sobre todo a uno Franco, preferencia sobre él. Y ya que sabemos que usted considera esto realmente impropio, nosotros no le permitiremos ahora, como usted espera, volver a sus cuartos, pero le obligaremos a tomar el alimento en un apartamento separado, con los criados del emperador».
Debido a la incomparable pena en mi corazón, no les dí respuesta alguna, pero hice lo que ellos ordenaron; juzgando que la mesa no era un lugar conveniente dónde-- no diré para mí, es decir el obispo Liutprando, pero para su enviado-- un enviado de los búlgaros es preferido. Pero el sagrado emperador calmó mi pena con un gran regalo, enviándome de entre sus platos más delicados una cabra gorda, que él mismo había compartido, deliciosamente (?) rellena de ajo, cebollas y puerros; remojada en salsa de pescado: ¡Un plato que yo podría haber deseado en ese momento estuviera sobre su mesa, de modo que usted, que no cree que las delicadezas del sagrado emperador sean deseables, se convertiría al fin en creyente ante esta vista!
Cuando pasaron ocho días y los búlgaros se habían marchado ya, pensando que yo juzgué muy elevada su mesa, me obligó, enfermo como estaba, a cenar con él en el mismo lugar. Estaban presentes también, con muchos obispos, el patriarca; en cuya presencia él me hizo muchas preguntas acerca de las Sagradas Escrituras; las que, inspirándome el Espíritu divino, expuse con elegancia, y por fin, a fin de hacerme feliz sobre usted, me preguntó que sínodos reconocemos. Cuando le mencioné Nicea, Calcedonia, Efeso, Cartago, Ancira, Constantinopla, -
«Ah, Ah, Ah», dijo él, «usted ha olvidado de mencionar Sajonia, y, si usted nos pregunta por qué nuestros libros no lo contienen, le contesto que sus creencias son demasiado jóvenes y no han sido capaces de alcanzarnos».
Contesté: «Aquel miembro del cuerpo donde la enfermedad tiene su asiento debe ser quemado con el hierro ardiente. Todas las herejías han emanado de usted, han prosperado entre ustedes; por nosotros, esto es por las naciones occidentales, ellos han sido aquí estrangulados, aquí se les puso el punto final. Un sínodo romano o de Pavía, aunque ocurrían a menudo, no los cuento aquí. Un empleado romano, en efecto, luego el Papa universal Gregorio que es llamado por usted usted Dialogus, liberó a Eutiquio, el patriarca herético de Constantinopla, de su herejía. Este mismo Eutiquio dijo, no sólo dijo sino que enseñó, proclamó y siguió escribiendo, que asumiríamos en la Resurrección no la verdadera carne que tenemos aquí, sino una cierta carne fantástica. El libro que contiene este error fue, de una manera ortodoxa, quemado por Gregorio. Enodio, además, obispo de Pavia, fue, debido a cierta otra herejía, enviado aquí, esto es a Constantinopla, por el patriarca romano. Él lo reprimió, y restauró la enseñanza ortodoxa católica. La raza de los sajones, a partir del tiempo en que recibió el santo bautismo y el conocimiento de Dios, no ha sido manchada por ninguna herejía que habría dado un sínodo necesario para corregir un error que no existió. Ya que usted declara que la fe de los sajones es joven, quiero también afirmar lo mismo; ya que siempre la fe de Cristo es joven y no sin aquellos, aquellos cuyas obras secundan su fe. La fe no es joven, sino vieja donde las obras no la acompañan; pero la fe es desdeñada, como si fuera, por su edad, como una ropa desgastada. Pero yo sabía con seguridad de un sínodo que fue realizado en Sajonia en el cual fue decretado y confirmado que era más apropiado luchar con la espada que con la pluma, y mejor rendirse a la muerte que volver la espalda al enemigo». «¡Su propio brazo ha experimentado la verdad de esto», dije en mi corazón «y puedan ellos (los sajones) tener pronto la ocasión para mostrar cuán belicistas son!»


Durante este mismo día, después del mediodía, él me ordenó que le encontrara en su vuelta al palacio, aunque yo estaba tan débil y cambiado que las mujeres con quienes, me encontraré antes, gritaban asombradas «Maná, maná», [intraducible] compadeciéndose de mi miseria, golpeaban sus pechos con sus manos y decían: «pobre hombre enfermo». Entonces, levantando mis manos al Cielo, deseé a , Nicéforo, a saber, mientras se acercaba - y usted que estaba ausente: ¡Oh, que pudiera ser realizado! Pero usted puede creerme bien, él me hizo reír un poco, porque sentó en un caballo impaciente y desenfrenado a un hombre muy pequeño en una bestia muy grande. Mi mente se imaginó una de aquellas muñecas que los eslavos atan a un potro, permitiéndole luego seguir a su madre sin una rienda.
Después de esto fui conducido nuevamente con mis ciudadanos y compañeros presidiarios al odiado domicilio arriba mencionado; donde, durante un espacio de tres semanas la conversación trató de que nadie salvaría a mis compañeros, debido a lo cual mi mente se imaginó que Nicéforo nunca desearía dejarme ir, y mi tristeza ilimitada provocó una enfermedad después de la otra, de modo que yo hubiera muerto de no tener a la madre de Dios, que por sus rezos, obtuvo mi vida del Creador y Su hijo; como me fue mostrado no por una fantasía, sino por una verdadera visión.


Durante estas tres semanas, entonces, Nicéforo tenía su campamento fuera de Constantinopla, en un lugar llamado «En las Fuentes»; y allí me ordenó que fuera, y, aunque yo estaba tan débil que no sólo de pie sino hasta sentando me parecía llevar una carga pesada, él me obligó a estar de pie ante él con la cabeza descubierta; algo que estaba completamente errado dado mi estado de mala salud. Y me dijo: «Los enviados de su rey Otón que estaban aquí antes que usted, precediéndolo, me prometieron bajo juramento - y la fórmula del juramento pueda ser presentada - que él nunca, de ningún modo, traería escándalo sobre nuestro Imperio. ¿Desea usted peor escándalo que aquel por el cual él se hace llamar emperador, o que usurpe por sí mismo las provincias de nuestro Imperio? Ambas cosas son insoportables; y si ambas son insoportables, sobre todo no debe soportarse, ni debe ser oída, que él se llame a sí mismo emperador. Pero si usted confirma lo que ellos prometieron a nuestra majestad, le despediré inmediatamente rico y feliz». Esto, además, él lo dijo no a fin de que yo pudiera esperar que usted mantuviera el compromiso, que, aun en mi locura, yo hubiera hecho; pero él deseaba tener en la mano algo que él pudiera mostrar a tiempo que conviniera a su alabanza y a nuestra vergüenza.
Le contesté: «Mi muy santo amo, más sabio dado que está lleno del espíritu de Dios, previendo esto que usted realmente desea, me escribió instrucciones que también refrendó con su sello, no sea que yo obrara en contra de él: en el sentido de que yo no superara los límites que él había puesto para mí». Usted sabe, mi augusto amo, sobre qué confié cuando dije esto - «Deje que éstas instrucciones sean presentadas, e independientemente de lo que él ordene, será confirmado por un juramento mío a usted. Pero en cuanto a lo que los antiguos enviados, sin la orden del señor, prometieron, juraron o escribieron, en palabras de Platón: «La culpa es de el que desa, el dios no tiene errores»
Después de esto llegamos a la cuestión de los muy nobles príncipes de Capua y Benevento, a quienes él llama sus esclavos, y debido a quienes una pena interior le preocupa. «Su señor», dijo él, «ha tomado a mis esclavos bajo su protección; si él no los deja ir y volver a su antigua servidumbre, esto será sin nuestra amistad. Ellos mismos exigen ser dejados nuevamente conforme a nuestro gobierno, pero nuestra dignidad imperial los rechaza, ya que pueden conocer y experimentar cuan peligroso es para los esclavos desaparecer de sus amos y escapar a la esclavitud. Y es más apropiado para su amo devolvérmelos como amigo, que renunciar a ellos contra su voluntad. Ellos aprenderán, en efecto, si mi vida resiste, lo que es engañar a su señor; lo que es abandonar su servidumbre. ¡Y ahora mismo, pienso, ellos sienten lo que digo, - nuestros soldados que están más allá del mar, trayéndolos para ilustrar el caso!»
A esto él no me permitió contestar; pero, aunque deseando marcharse, ordenó que yo volviera a su mesa. Su padre se sentó con él, un hombre, me pareció, de unos ciento cincuenta años. Ante él, los griegos cantan himnos de alabanza - no con descaro - que Dios puede multiplicar sus años. De esto podemos colegir cuan tontos son los griegos; cuan orgullosos de tal gloria; cuan aduladores; cuan avaros. Puesto que no sólo a un anciano sino a un anciano completamente agotado, ellos le desean lo que saben con seguridad que la naturaleza no le concederá. Y el anciano agotado se alegra de esto que le es deseado que, como él sabe, Dios no le concederá; y que, si lo hiciera, sería para su desventaja, y no para su ventaja. ¡Y Nicéforo, si quisiera, podría alegrarse de ser llamado el príncipe de paz, y la estrella de la mañana! Llamar a un débil, fuerte, a un tonto, sabio, a un petiso, alto, a un negro, blanco, a un pecador, santo, es, créame, no un elogio sino un insulto. Y aquél que se alegra de ser conocido por tener extraños atributos, más que aquellos que se ajustan debidamente a él, se parecen a aquellas aves cuyos ojos la noche ilumina y el día ciega.

Pero volvamos a la cuestión que estamos tratando, En esta comida- cosa que no había hecho antes - ordenó leer en voz alta una homilía de San Juan Crisóstomo sobre los Hechos de los Apóstoles. Al final de esta lectura, cuando pedí permiso para volver con usted, asintiendo afirmativamente con la cabeza, él ordenó a mi perseguidor llevarme de vuelta con mis conciudadanos y co-habitantes, los leones. Cuando esto fue hecho, no fui recibido por él sino hasta el día trece antes de las Calendas de Agosto (20 de julio), pero fui diligentemente guardado, no fuera que yo pudiera disfrutar del discurso de alguno que podría indicarme sus acciones. Mientras tanto ordenó a Grimizo, el mensajero de Adalberto, ir donde él y le ofreció retornar con la flota imperial, Esta consistía de veinticuatro barcos quelandianos, dos rusos y dos barcos galos - no sé si envió a otros que no vi. La valentía de sus soldados, mis señores y augustos emperadores, no requiere ser ensalzada, la debilidad de sus adversarios, aunque esto a menudo ha sido el caso con otras naciones; el último de los cuales, y el más débil en comparación, han abatido la valentía griega y los han hecho tributarios. Ya que como no le intimidaría si yo anunciara que eran muy fuertes y comparables a Alejandro el macedonio, así también no pongo coraje en usted cuando relato su debilidad, verdadera como es. Deseo que pueda creer en mí, y sé que me creerá, que usted con cuatrocientos de sus guerreros puede matar al ejército entero, si las zanjas o los muros no lo impiden. Y sobre este ejército, en desprecio a usted como pienso, se ha colocado al mando una especie hombre, una especie, digo, porque ha dejado de ser un macho y no puede convertirse en hembra. Adalberto ha enviado la palabra a Nicéforo que tiene ocho mil caballeros en armas, y dice que, si el ejército griego le ayuda, él, con ellos, puede ponerle a usted en fuga o aniquilarle. Y le pide a su rival que le envíe el dinero, que de ese modo el puede más fácilmente inducir a sus tropas a luchar.
Ahora, sin embargo, mis señores,
Escuchen las artimañas de los griegos, y de un solo ejemplo aprendan todas.
Nicéforo dió a aquel esclavo, a quien él había confiado el ejército que él había juntado y alquilado, una suma considerable de dinero para ser dispuesta como sigue: si Adalberto, como prometió, se unía a él con siete mil o más caballeros en armas, entonces él debía distribuir entre ellos aquella suma; y Cono, hermano de Adalberto, con su ejército y el griego debía atacarle; pero Adalberto debía ser diligentemente guardado en Bari, hasta que su hermano hubiera vuelto habiendo obtenido la victoria. Pues si Adalberto cuando llegaba, no traía con él tantos miles de hombres, la orden era que fuera tomado, atado, y entregado a usted donde usted llegara; ¡además, que el dinero que estaba destinado a él, Adalberto, fuera entregado en sus manos! Ah, que guerrero, que fidelidad. Él desea traicionar a quien él prepara un defensor; él prepara un defensor para quien desea destruir. El es fiel a nadie, hacia ambos, falso. Él hace lo que no tenía que hacer y tenía que hacer lo que no hizo. ¡Pero así sea, él obró como uno puede esperar de los griegos! Pero volvamos a la materia en cuestión.

Durante el día catorce antes de las Calendas de agosto (19 de julio) él despidió aquella flota variopinta, yo mirando desde mi odiada morada. Durante el día trece (20 de julio), además, día en el cual los frívolos griegos celebran con juegos teatrales la ascensión del profeta Elias, ordenó que yo fuera donde él y dijo - «Nuestra majestad imperial piensa conducir un ejército contra los asirios, no como su amo hace, contra seguidores de Cristo. Ya el año pasado deseé hacer esto, pero oyendo que su amo tenía la intención de invadir el territorio de nuestro Imperio, dejando a los asirios ir, giramos nuestras riendas contra él. Su enviado, el veneciano Dominico nos encontró en Macedonia, y, con mucho trabajo y esfuerzo, nos indujo a volver, afirmándonos con un juramento que su amo nunca pensaría en tal cosa, mucho menos hacerla. ¡Vuelvan, por lo tanto», - cuándo escuché esto dije para mí, "Gracias a Dios!" - «y anuncie esto y aquello a su amo; si él me da satisfacción, vuelva aquí otra vez».
Yo contesté: «Si su muy santa majestad me ordena que yo vuele rápidamente a Italia, sé con seguridad que mi amo realizará lo que su majestad desea, y volveré con júbilo». Con qué espíritu dije esto, ay, manténganlo escondido de él. Puesto que sonriendo, asintió con la cabeza y me ordenó, mientras yo lo adoraba hasta los pies y me marchaba, permanecer fuera y venir a su comida, que olía fuertemente a ajo y cebollas y era asquerosa con aceite y jugo de pescado. Durante este día obtuve por mucho rezar que él se dignara a aceptar mi regalo, que a menudo desdeñaba.
Cuando nos sentábamos a su larga y estrecha mesa, que estaba cubierta por algunos ellos - en su mayor parte, sin embargo, descubierta - hizo chistes sobre los Francos, bajo cuyo nombre incluyó a los latinos así como a los germanos; y me pidió que le dijera donde estaba situada la ciudad de mi obispado y con que nombre se la conocía. Dije, «Cremona, completamente cerca del Eridan (Po), el rey de los ríos de Italia. ¡Y ya que su majestad imperial se apresura a enviar barcos quelandianos allí, puede esto serle de ventaja, a mí por haberle visto y conocerle! Conceda paz al lugar, que al menos por su favor pueda seguir existiendo, ya que no puede resistírsele». Pero el astuto compañero vio que dije esto irónicamente, y con porte sumiso prometió que lo haría; y me juró en virtud de su santo Imperio, que yo no debería sufrir mal alguno, pero que debería llegar próspera y rápidamente al puerto de Ancona con sus barcos quelandianos. Y este él me lo juró, golpeando su pecho con sus dedos.
Pero note como hubo jurado impíamente. Estas cosas fueron dichas y hechas durante el día trece antes de las Calendas de Agosto (20 de julio) durante el segundo día de la semana (lunes); día desde el cual, hasta el noveno día, no recibí provisión alguna de él. Y este era en un momento en que el hambre en Constantinopla era tan grande que por tres piezas de oro yo no podía proporcionar una comida para mis veinticinco compañeros y los cuatro guardias griegos. Durante el cuarto día de aquella semana, Nicéforo dejó Constantinopla para marchar contra los asirios.
Durante el quinto día su hermano me llamó ante él y se dirigió a mí como sigue:
«El santo emperador ha ido adelante y yo he permanecido en casa hoy a su orden. Dígame, entonces, ahora, si usted realmente desea ver al santo emperador, y si tiene usted alguna cosa que no haya impartido todavía». Le contesté: «No tengo razón alguna para ver al santo emperador o de relatarle cualquier cosa nueva; yo pido tan solo esto, que, según la promesa del santo emperador, él me permita cruzar en sus barcos quelandianos al puerto de Ancona». Al oír esto, - los griegos están siempre listos a jurar por la cabeza de otro - comenzó a jurar que él así lo haría por la cabeza del emperador, por su propia vida, por sus niños, que Dios, según si lo dijo realmente, debía preservar. Cuando le pregunté: «Cuando» él contestó: «Tan pronto como el emperador se haya ido; ya que los «delongaris» en cuyo mano todo el poder sobre los barcos descansa, le verán cuando el santo emperador se haya marchado». Engañado por esta esperanza, me marché con alegría.
Pero dos días después, el sábado, Nicéforo me convocó a Umbria, que es un lugar situado a dieciocho millas de Constantinopla. Y me dijo: «Pensé que usted había venido aquí, como un hombre distinguido y derecho, a fin de acceder totalmente a mis demandas y establecer una amistad perpetua entre mí y su amo. Pero como, debido a su dureza de corazón, usted no quiere hacer esto: haga al menos esto, que usted puede con perfecto derecho hacer; prometa, a saber, que su maestro no prestará ayuda alguna a los príncipes de Capua y Benevento, mis esclavos que estoy a punto de atacar. Ya que él no nos da nada propio, déjele al menos entregar lo que es nuestro. Es una cosa conocida que sus padres y abuelos dieron tributo a nuestro Imperio, y que ellos mismos harán dentro de poco lo mismo, - para esto nuestro ejército Imperial trabajará».
Le contesté: «Aquellos príncipes son nobles de primera línea y vasallos de mi señor; y, si él ve que su ejército los ataca, les enviará ayuda que les permitirá aniquilar sus fuerzas y llevarse aquellas dos provincias que son suyas más allá del mar». Entonces, hinchándose como un sapo y muy enojado, dijo: «Márchese»; «Por mí, por mis padres que me engendraron como soy, haré que amo piense en otras cosas que en proteger esclavos rebeldes».
Cuando me marchaba, él ordenó al intérprete que me invitara a la mesa; y convocando al hermano de aquellos dos príncipes, y a Bisantio de Bari, les ordenó que dieran rienda suelta a insultos soeces contra ustedes y contra las razas latina y teutona. Pero como yo me marchaba de la comida asquerosa, ellos me enviaron su palabra en secreto por mensajeros y juraron que lo que ellos habían proferido no había sido por su propia voluntad, sino debido a los deseos y amenazas del emperador. Nicéforo mismo me preguntó en esa comida si ustedes tienen campiñas y si en sus campiñas ustedes tenían asnos salvajes y otros animales. Cuando yo le contesté que ustedes tenían parques y animales en las campiñas, pero no asnos salvajes, él dijo: «Le llevaré a nuestro parque y usted se sorprenderá de su tamaño y de ver a los asnos salvajes». Fui conducido entonces a un parque que era bastante grande, montañoso y provechoso, pero para nada agradable a la vista; y mientras yo montaba a caballo junto con mi sombrero y el mariscal de la corte me vió desde lejos, rápidamente, me envió a su hijo para decirme que era un error para cualquiera estar con su sombrero donde estaba el emperador y que debía llevar puesto el teristro . Contesté: «Entre nosotros las mujeres llevan puestas capuchas y velos; los hombres montan a caballo con sus sombreros. Y usted no tiene ningún derecho de obligarme aquí a cambiar la costumbre de mi país, considerando que permitimos a sus enviados conservar las costumbre suyas, ya que con mangas largas, envueltas, adornadas con lentejuelas, con el cabello largo, vestido con túnicas que llegan debajo de los tobillos, ellos montan a caballo, andan y se sientan a la mesa con nosotros; y, lo que a todos nosotros nos parece demasiado vergonzoso, ellos besan a nuestros emperadores solamente con las cabezas descubiertas». «Que Dios no permita que esto sea hecho por más tiempo» me dije a mí mismo.«Usted debe entonces volverse atrás» dijo él.
Cuando hice esto encontramos, juntos a una manada de cabras, a los llamados asnos salvajes. ¿Pero por qué, pregunto, asnos salvajes? Nuestros domesticados de Cremona son lo mismo. Su color, forma y oídos son los mismos; son igualmente melodiosos cuando comienzan a rebuznar; se parecen el uno al otro en el tamaño, tienen la misma rapidez, y son alimento igualmente agradable para los lobos. Cuando los vi dije al griego que montaba a caballo conmigo: «Nunca vi algo parecido en Sajonia». «Si», dijo él," su amo será amistoso al santo emperador, él le dará muchos de estos; y no será ninguna pequeña gloria para él mismo poseer lo que ninguno de sus distinguidos predecesores ha visto alguna vez». Pero créanme, mis augustos señores, mi hermano y compañero obispo, el señor Antonio, (de Brixen) puede proveer algunos que no son inferiores, como se observa en los mercados que existen en Cremona; y se pasean no como asnos salvajes, sino como domesticados. Pero cuando mi escolta anunció las susodichas palabras a Nicéforo, él me envió dos cabras, y me dió permiso para marcharme. Al día siguiente él mismo partió hacia Siria.
Pero note ahora por qué condujo su ejército contra los asirios. Los griegos y sarracenos tienen libros que llaman Las Visiones de Daniel; yo los llamaría Libros Sibilinos. En ellos está escrito cuantos años vivirá cada emperador; que cosas, paz o guerra, pasarán durante su reinado; si la fortuna le será favorable a los sarracenos, o al revés. Y así se lee que, en tiempos de este Nicéforo, los asirios no podrán resistir a los griegos, y que él, Nicéforo, sólo vivirá siete años; y que después de su muerte se levantará un emperador peor que él - yo sólo espero que ninguno así pueda ser encontrado - y más pacifista; en cuyo tiempo los asirios prevalecerán, que traerán todas las regiones hasta Calcedonia, que no está lejos de Constantinopla, bajo su dominio. Ya que ambos pueblos tienen respeto por sus temporadas favorables; y por la misma causa los griegos avanzan animados, y los sarracenos, en su desesperación, no ofrecen resistencia alguna; esperando el tiempo en el cual ellos puedan avanzar y los griegos, a su turno, no resistan.

Hipólito, en efecto, cierto obispo siciliano, escribió de manera similar acerca de su Imperio y nuestro pueblo –Yo digo "nuestra gente," a saber, todos aquellos que están bajo su gobierno; - y que era verdadero lo que él predijo acerca de los tiempos presentes.
Las otras cosas han pasado hasta ahora como él las pronosticó, como he tenido noticias de aquellos que conocen estos libros. Y de sus muchos refranes mencionaré uno. Ya que él dice que ahora el refrán está por cumplirse: «el león y su cachorro exterminarán juntos al asno salvaje». Cuya interpretación es, según los griegos: León, es decir el emperador de los romanos o griegos y su cachorro, el rey, a saber, de los francos – expulsarán juntos, en estos días, al asno salvaje, es decir el rey africano de los sarracenos. Interpretación ésta que no me parece verdadera, por la razón de que el león y el cachorro, aunque difieren en tamaño, son sin embargo de una naturaleza y especie o clase; y, como mi conocimiento me sugiere, si el león es el emperador de los griegos, no encaja que el cachorro sea el rey de los francos. Ya que aunque ambos son hombres, como el león y el cachorro son ambos animales, aún se diferencian en hábitos tanto - no diré solo como una especie de otra - sino como seres racionales de aquellos que no tienen razón alguna. El cachorro se diferencia del león sólo en la edad; la forma es la misma, la ferocidad la misma, el rugido el mismo. El rey de los griegos lleva el cabello largo, una túnica, mangas largas, una capucha; yace, astuto, sin compasión, astuto como un zorro, orgulloso, falsamente humilde, miserable y avaro; vive sobre el ajo, cebollas, y puerros, y toma agua del baño. El rey de los francos, al contrario, es maravillosamente pelado; lleva puesta una ropa que en nada es como la ropa de mujer, y un sombrero; es sincero, sin astucia, bastante misericordioso cuando tiene razón, severo cuando es necesario, siempre realmente humilde, nunca avaro; no vive sobre el ajo, cebollas y puerros para ahorrar animales y, no comiéndolos, sino vendiéndolos, acopian dinero juntos. Usted ha escuchado la diferencia; no acepte su interpretación, ya que o se refiere al futuro, o no es verdadera. Ya que es imposible que Nicéforo, como ellos falsamente dicen, pueda ser el león y Otón el cachorro, y que ellos juntos exterminarán a alguien. «Muy pronto, cambiando mutuamente sus límites, los partos beberán el Araris, o los germanos el Tigris», antes que Nicéforo y Otón se hagan amigos y cierren tratados uno con otro.
Usted ha escuchado la interpretación de los griegos; oiga la de Liutprando, el obispo de Cremona. Yo digo y no solo lo digo sino que lo afirmo, que si la profecía debe cumplirse en el presente, el león y el cachorro son el padre y el hijo, Otón y Otón, en nada diferentes, sólo en la edad, y que ellos juntos, en este tiempo, exterminarán al asno salvaje Nicéforo; quién no incongruentemente es comparado con el asno salvaje debido a su vacuedad y vanidad y debido a su matrimonio incestuoso con su madrina y amante. Si ahora el asno salvaje no es exterminado por nuestro león y su cachorro, Otón y Otón, a saber el padre y el hijo, los augustos emperadores de los romanos, entonces lo que que Hipólito escribió no habrá sido verdadero; aquella antigua interpretación de los griegos debe ser completamente desechada. Pero, oh bendito Jesús, Dios eterno, la Palabra del Padre - quién realmente nos habla, indignos como somos, no por la voz, sino por la inspiración, quiera usted ver en esta oración ninguna otra interpretación más que la mía. Ordene que aquel león y que el cachorro exterminen y físicamente humillen a este asno salvaje; ¡ Que al final, retirándose en él, sometiéndose a sus amos, los emperadores Basilio y Constantino, su alma puede ser salvada en el Día del Señor!

Pero los astrónomos predicen igualmente acerca de ustedes y Nicéforo. Realmente maravilloso, digo. He hablado con cierto astrónomo que realmente describió su forma y hábitos, muy ilustre señor, y aquel tocayo de su augusto nombre; y quién relató todas mis experiencias pasadas como si estuvieran presentes. Tampoco fueron mencionados los nombres de cualquiera de mis amigos o enemigos acerca de quienes pensé preguntarle, que pudiera decirme su aspecto, forma y carácter. Él pronosticó todas las calamidadades que me han ocurrido en este viaje. Pero puede que todo lo que él me haya dicho sea falso, sólo pido que una sola cosa sea verdadera, aquello que le pronosticó a Nicéforo. ¡Ah, que esto pueda pasar! ¡Ah, que esto pueda pasar! Y luego sentiré que los males que he sufrido no son nada en absoluto.
El Hipólito arriba mencionado escribe también que no los griegos sino los francos acabarán con los sarracenos. Animados por esta profecía los sarracenos, tres años atrás, se trabaron en batalla cerca de Escila y Caribdis en aguas sicilianas, con el patricio Manuel, sobrino de Nicéforo. Y cuando desplegaron sus inmensas fuerzas, lo capturaron, lo degollaron y colgaron su cadáver, y cuando capturaron a su compañero y colega, que no era de ningún género, desdeñaron de matarlo; pero habiéndolo atado y guardado para que sufriera un largo encarcelamiento, lo vendieron por un precio por el cual mortal alguno que fuera sensato lo habría comprado. Y con no menos espíritu, animado por esta misma profecía, poco después encontraron al general Exacontes. Y cuando lo pusieron en fuga, destruyeron su ejército completamente.
Otra razón obligó también a Nicéforo en este tiempo a conducir su ejército contra los asirios. Ya que en este tiempo, por voluntad de Dios, una hambruna había asolado toda la tierra de los griegos, a tal punto que hasta dos sextarius de Pavía no podían ser comprados por una pieza de oro: y esto como si fuera en el reino mismo de la abundancia. A esta desgracia, ayudada por los ratones del campo, Nicéforo la aumento reuniéndose para él, en el momento de la cosecha, todo el grano que había en todas partes, dando un precio mínimo a los desesperados dueños. Y como hubo hecho esto en el lado que da hacia Mesopotamia, donde el suministro de grano debido a la ausencia de los ratones era mayor, la cantidad de grano que él tenía había igualado la cantidad de arenas del mar. Cuando, por lo tanto, debido a esta vil transacción, el hambre se agudizaba por todas partes vergonzosamente, él juntó a ochenta mil hombres bajo el pretexto de una expedición militar, y les vendió, durante todo un mes, por dos piezas de oro lo que él había comprado por una. Éstos, mi señor, son los motivos que obligaron a Nicéforo ahora a conducir sus fuerzas contra los asirios. ¿Pero qué clase de fuerzas? Pregunto. Realmente, contesto, no hombres, sino sólo imágenes de hombres; cuya lengua sola es osada, pero cuya mano derecha es frígida en la guerra. Nicéforo no buscó calidad en ellos, sino sólo cantidad, Que peligroso es esto para él lo aprenderá en su tristeza, cuando la multitud de pacíficos, bravos sólo debido al número, sea derrotada por un puñado de nuestros hombres que son expertos en la guerra - no, sedientos de ella.

Cuando usted sitiaba Bari, trescientos húngaros solos capturaron a quinientos griegos cerca de Tesalónica y los condujeron a Hungría. Intento que, en vista de que tuvo éxito, indujo a doscientos húngaros en Macedonia, no lejos de Constantinopla, a hacer algo parecido; de los cuales cuarenta, cuando incautamente se retiraban por un desfiladero, fueron capturados. A estos, Nicéforo, liberándolos de la custodia y ornándolos con las ropas más costosas, los hizo sus guardaespaldas y llevó con contra los asirios. ¡Qué tipo de ejército tiene, usted lo puede conjeturar por esto, - que aquellos que están al comando sobre los demás, son venecianos y amalfitanos!

¡Pero basta de esto! Sepa ahora lo que me pasó. En el sexto día antes de las Calendas de Agosto (27 de julio), recibí en Umbria, fuera de Constantinopla, permiso de Nicéforo para volver donde usted, y cuando llegué a Constantinopla, el patricio Cristóporo, el eunuco que era el representante de Nicéforo allí, me dió su palabra que yo no podía comenzar mi retorno entonces porque los sarracenos copaban el mar y los húngaros la tierra; yo debía esperar hasta que ellos se retiraran. ¡Ambos hechos, ah que infortunado soy, eran falsos! Entonces fueron ubicados guardianes sobre nosotros para evitar que yo y mis compañeros nos fuéramos de nuestra habitación. Capturaron y mataron o pusieron en prisión a los pobres de la raza latina que vinieron a pedirme limosnas. No permitieron a mi intérprete griego salir ni siquiera para comprar provisiones, y sólo a mi cocinero, que era ignorante de la lengua griega y que podía hablar con el vendedor, cuando compraba, no con palabras, sino por signos de sus dedos o inclinaciones de su cabeza. Él compró por cuatro piezas de dinero tanto como el intérprete por una. Y cuando algunos de mis amigos enviaron especias, pan, vino y manzanas, - desparramando theta por el piso, despidieron a los portadores abrumados con golpes del puño. Y de no haber tenido la divina compasión lista ante mí una mesa contra mis adversarios, yo debería haber aceptado la muerte que ellos habían preparado para mí. ¿Pero quién permitió que yo fuera tentado, misericordiosamente concedido entonces que pudiera soportar?. Y estos peligros probaron mi alma en Constantinopla a partir del segundo día antes de las Nonas de junio (4 de junio), hasta el sexto día antes de las Nones de octubre (2 de octubre), ciento veinte días.
Para aumentar mis calamidades, durante el día de la Asunción de la Virgen María, la santa madre de Dios (15 de agosto), me llegó un mal augurio para mí -enviados del apostólico y universal Papa Juan, a través de quién él pidió a Nicéforo, el emperador de los griegos «concluir una alianza y firme amistad con su querido y espiritual hijo Otón, augusto emperador de los romanos». Antes de la pregunta del por qué - esta palabra, esta forma de dirgirse, pecadora y osada a los ojos de los griegos, no costó a su portador su vida - por qué no fue aniquilado antes de que fuera leído, yo, que, en otros aspectos, a menudo me mostré como un gran predicador y con palabras bien manejadas, parecía mudo como un pescado! Los griegos vituperaron contra el mar, maldijeron las ondas, y se preguntaron como habían sido capaces de transportar tal iniquidad y por qué el bostezo profundo no había tragado el barco.
«¿No fue imperdonable», dijeron ellos, «haber llamado al emperador universal de los romanos, el augusto, grande, sólo Nicéforo: «de los griegos»; un bárbaro, un indigente de los romanos? ¡Oh cielos! ¡Oh tierra! ¡Oh mar! «¿Pero qué», dijeron ellos, «haremos a aquellos sinvergüenzas, a aquellos criminales? Ellos son indigentes, y si los matamos contaminamos nuestras manos con sangre vil; ellos son desiguales, ellos son esclavos, ellos son campesinos; si los golpeamos no los deshonramos a ellos, sino a nosotros; ya que ellos no son dignos del dorado mayal romano y de tales castigos. ¡Ah que no fuera uno un obispo, el otro un margrave! Para coserlos en sacos, después de herirlos con golpes de fustas, arrancar después sus barbas o su pelo, y lanzarlos en el mar. «Pero éstos», dijeron ellos, «pueden seguir viviendo; y, hasta que el santo emperador de los Romanos, Nicéforo, se entere de esta atrocidad, ellos pueden languidecer en estrecho confinamiento».
Cuando supe esto los consideré felices por ser pobres, yo mismo infeliz por ser rico. Cuando yo estaba en casa, mi deseo era excusar mi pobreza; pero ubicado en Constantinopla, el mismo me enseñó que yo tenía la riqueza de un Creso. La pobreza siempre me parecía pesada - entonces pareció bienvenida, aceptable, deseable; sí, deseable, ya que impide a su devotos perecer, a sus seguidores de ser desollados. ¡Y dado que Constantinople sola esta pobreza defiende así a sus devotos, sea esto solo considerado valioso para esforzarse después!
Los mensajeros papales, por lo tanto, siendo arrojados a la prisión, aquella ofensiva epístola fue enviada a Nicéforo en Mesopotamia; de donde nadie volvió a traer una respuesta hasta el segundo día antes de los Idus de Septiembre (12 de septiembre). Durante ese día llegó, pero su importancia me fue ocultada. Y después de dos días - durante el día dieciocho a saber, antes de las Calendas de Octubre (14 de septiembre) lo conseguí por rezos y regalos que yo podía adorar a la cruz, vivificante y portadora de salvación. Y allí en la gran muchedumbre, inadvertidas por las guardias, ciertas personas se acercaron a mí, y dieron ami entristecido corazón alegría a través de palabras robadas.
Pero durante el día quince antes de las Calendas de Octubre (17 de septiembre), más muerto que vivo, fui convocado al palacio. Y cuando llegué a presencia del patricio Cristóforo, el eunuco, recibiéndome amablemente, se levantó para encontrarme con otros tres. Su discurso comenzó como sigue: «La palidez en su cara, la emaciación de su cuerpo entero, su largo cabello, y su larga barba, contraria a su costumbre, muestran que hay inmensa pena en su corazón porque la fecha de su retorno donde su señor ha sido retrasada. Pero, le rogamos, no se enoje con el santo emperador, ni con nosotros. Ya que le diremos la causa de la tardanza. El Papa romano - si en efecto debe ser llamado Papa el que ha sostenido la comunión y ha trabajado junto con el hijo de Alberico el apóstata, con un adúltero e impío - ha enviado cartas a nuestro muy santo emperador, digno de él, indigno de Nicéforo, llamándolo emperador «de los griegos», y no «de los romanos». Cosa que más allá de toda duda ha sido hecha por consejo de su señor».

«¿Qué oigo?» me dije, «estoy perdido; no hay duda, que iré por el camino más corto al asiento del juicio».
«Ahora escuche», siguieron ellos, «sabemos que usted dirá que el Papa es el más simple de los hombres; usted lo dirá, y nosotros se lo reconocemos». «Pero», contesté, «yo no lo digo».
«¡Oiga entonces! El tonto y estúpido Papa no sabe que el santo Constantino transfirió aquí el cetro imperial, el senado, y todos los caballeros romanos, y dejó en Roma nada sino solamente viles y serviles pescadores, a saber, vendedores ambulantes, cazadores de aves, bastardos, plebeyos, esclavos. Él no habría nunca escrito esto a menos que fuera a sugerencia de su rey; cuan peligroso esto será para ambos - el futuro inmediato, a menos que recobren su juicio, se verá». «Pero el Papa», dije, «cuya simplicidad es su título de renombre, pensó que él escribía este para el honor del emperador, no para su vergüenza. Sabemos, por supuesto, que Constantino, el emperador romano, vino aquí con el título de caballero romano, y fundó esta ciudad por su nombre; pero porque usted cambió su lengua, sus costumbres y su vestido, el muy santo Papa pensó que el nombre de los romanos así como su vestido, le disgustaría. Él mostrará esto, si él vive, en sus futuras cartas; ya que ellas serán dirigidos como sigue: ¡«Juan, el Papa romano, a Nicéforo, Constantino, Basilio, los grandes y augustos emperadores de los romanos!» Y ahora note, le pido, por qué dije esto.
Nicéforo llegó al trono a través del perjurio y el adulterio. Y ya que la salvación de todos los Cristianos - pertenece al cuidado del Papa romano, permítasele al señor Papa enviar a Nicéforo una epístola como aquellos sepulcros que por fuera están blanqueados y por dentro están llenos de huesos de hombres muertos; muéstrsele como por perjurio y adulterio él ha obtenido el gobierno sobre sus amos, permítanle invitar a Nicéforo a un sínodo, y, si él no viene, déjenle lanzar el anatema contra él. Pero si la dirección no es como he dicho, nunca le alcanzará.
Pero volviendo a la materia que teníamos. Cuando los príncipes que he mencionado tuvieron noticias de mí los arriba mencionados prometieron acerca de la dirección, no sospechando ninguna astucia: «Le agradecemos», dijo, «oh obispo. Es digno de su sabiduría actuar como mediador en una materia tan grande. Usted es el único de los francos a quien ahora amamos; pero cuando a su instancia ellos habrán corregido lo que está mal, los amarán también. Y cuando usted venga nuevamente, no se marchará sin recompensa».
Dije para mí: «¡Si alguna vez vuelvo aquí otra vez, puede Nicéforo presentarse con una corona y un cetro de oro!».
«¿Pero díganos», siguieron ellos, «desea su muy santo maestro concluir con el emperador un tratado de amistad por matrimonio?»
«Cuando vine aquí él lo deseó», dije, «pero desde entonces, durante mi larga tardanza, él no ha recibido noticias alguna; él piensa que usted ha cometido un crimen, y que ha sido apresado y atado; y su alma entera, así como una leona privada de sus cachorros, se inflame con un deseo por la justa ira para tomar venganza, y renunciar el matrimonio y desahogar su cólera sobre usted».
«Si él lo intenta», dijeron ellos, «no diremos Italia, pero ni siquiera la pobre Sajonia donde él nació - donde los habitantes usan las pieles de las bestias salvajes - le protegerán. Con nuestro dinero, que nos da nuestro poder, despertaremos a todas las naciones contra él; y lo romperemos en pedazos como el envase de un alfarero, que, cuando roto no puede recuperar la forma otra vez. Y cuando imaginamos que ustedes, en su honor, han comprado algunas ropa costosas, ordenamos que las traiga ante nosotros. Lo que es adecuado para usted será marcado con un sello de plomo y dejado; pero aquellos que están prohibidos a todas las naciones excepto romanos, serán llevados de vuelta y el precio devuelto».

Cuando esto fue hecho, se llevaron de mí las cinco prendas purpúreas más costosas; considerando a ustedes y a todos los italianos, sajones, francos, bávaros, suabos, todas las naciones, como indignas de ser embellecidas con tales vestiduras. ¡Cuán indigno, que vergonzoso es, que estos suaves, afeminados, de mangas largas, encapuchados, con velos, yaciendo, de género neutro, criaturas ociosas que deberían ir vestidas de púrpura, mientras ustedes, hombres-héroes fuertes, a saber, expertos en la guerra, llenos de fe y amor, venerando a Dios, llenos de virtudes! ¿Qué es esto, si no un insulto? «¿Pero dónde», dije, «está la palabra de su emperador, donde la promesa imperial? Ya que cuando le dije adiós a él, le pregunté hasta que precio él me permitiría comprar vestiduras en honor a mi iglesia. Y él dijo: «Compre cualesquiera y tantos como usted desee realmente; y al designar así la cantidad y la calidad, claramente no hizo ninguna diferencia como si hubiera dicho «excepto este y este». León, el mariscal de la corte, su hermano, es testigo; Enodisio, el intérprete, Juan, Romano, son testigos. Yo mismo soy testigo, dado que hasta sin intérprete, entendí lo que dijo el emperador».
«Pero», dijeron ellos, - estas cosas están prohibidas; y cuando el emperador habló como usted dice que lo hizo, él no podía imaginar que usted siquiera soñaría con cosas como éstas. Pues, así como superamos a otras naciones en riqueza y sabiduría, también deberíamos superarlos en el vestido; de modo que aquellos que son singularmente dotados con la virtud, deberían tener ropas únicas en belleza».
«Tal ropa puede ser apenas llamada única», contesté, «cuando con nosotros, las prostitutas y los prestidigitadores las lleven puestas».
«¿Dónde la consiguen?», preguntaron.
«De comerciantes venecianos y amalfitanos», contesté, «los que trayéndonosla se mantienen con la comida que les damos»
«Bien, ellos no lo harán por más tiempo», dijeron ellos. «Serán estrechamente examinados, y si alguna cosa de esta clase es encontrada en ellos, serán castigados con golpes y rapado su pelo».
«En tiempos del emperador Constantino, de la bendita memoria», dije, «vine aquí no como obispo, sino como diácono; no enviado por un emperador o un rey sino por el margrave Berengario; y compré muchas vestiduras cada vez más preciosas, que fueron ni miradas, ni vistas por los griegos, ni estampadas con plomo. Ahora, habiéndome convertido en obispo, por la gracia de Dios, y ser enviado por los magníficos emperadores Otón y Otón, padre e hijo, me siento insultado que mis vestiduras sean marcadas a la manera de los venecianos; y, mientras están siendo transportados para el uso de la iglesia a mí confiada, todo lo que parece de valor es llevado. ¿ No está usted cansado de insultarme, o mejor dicho a mis señores, por cuyo bien se mofan de mí? ¿No es suficiente que yo sea dado en custodia, que sea torturado por el hambre y la sed, qué no pueda devolverles, estando detenido hasta ahora, - sin, colmar la medida de su desacato, siendo privado de mis propias cosas? Tome de mí al menos sólo lo que tengo comprado; ¡Déjeme aquellas cosas que me han sido dadas como regalo por mis amigos!»
«El emperador Constantine», dijeron ellos, «era un hombre suave, que siempre se quedaba en su palacio, y por medios como estos hizo que los nativos fueran amistosos con él; pero el emperador Nicéforo, un hombre dado a la guerra, detesta el palacio como si fuera la plaga. Y es llamado por nosotros guerrero y casi amante de la lucha; tampoco hace que las naciones sean amistosas con él pagándoles, pero las sujeta a su poder por el terror y la espada. Y a fin de que usted pueda ver cual es nuestra opinión de sus reales amos, todo lo que le ha sido dado de este color, y todo lo que ha sido comprado volverá a nosostros por el mismo proceso».
Habiendo hecho y dicho estas cosas, me dieron una carta escrita y sellada con oro para traerle; pero - no era digna de usted, como pensé. Trajeron también otras cartas selladas con plata y dijeron: «Juzgamos impropio que su Papa reciba cartas del emperador; pero el mariscal de la corte, el hermano del emperador, le envía una epístola que es suficientemente buena para él -no por sus propios enviados pobres, sino por usted, en el sentido de que a menos que él recobre su juicio, él sabrá que lo confundirán completamente».
Cuando yo recibí esto, me dejaron ir, dándome besos que eran muy dulces, muy cariñosos. Pero cuando me marché ellos me enviaron un mensaje digno de ellos, pero no de mí - al efecto, a saber, que ellos me darían caballos para mí personalmente y para mis compañeros, pero ninguno para mi equipaje. Y así, muy enojado, como era natural, - tuve que dar a mi guía como paga, objetos por valor a cincuenta piezas de oro. Y como no tenía medio alguno para desquitarme sobre Nicéforo por su erróneos hechos, escribí estos versos en la pared de mi odiada residencia, y sobre una mesa de madera:

Falsa es la fe Argólida, sé advertido y desconfía, Oh latino;
Preste atención a usted y no deje a su oído que se preste a las palabras que ellos pronuncian.
¡Cuándo le ayude el Argivo jurará por todo que es santo!
Alto, con altas ventanas, ornamentadas con diversos mármoles,
Esta morada, deficiente en agua, admite el sol en sus límites,
Cría el frío más intenso, ni repele el calor cuando enfurece
Liutprando un obispo de Cremona, una ciudad de Ausonia,
Aquí por amor a la paz a Constantinopla viajé realmente;
Aquí fui confinado a lo largo de los cuatro meses del verano.
Ya que antes que ente las puertas de Bari hubiera aparecido el emperador Otón,
Luchando por tomar el lugar por el fuego tanto como por la matanza.
De allí, inducido por mis rezos, él se apresura a Roma, su propia ciudad
mientras Grecia le ha prometido una novia para el hijo del vencedor.
Oh, ella recién había nacido, y yo había sido destinado a este sombrío viaje
Evitando saludablemente la ira que Nicéforo ha vertido sobre mí
¡Él, que prohíbe a su hijastra de casarse con el hijo de mi señor!
Lo, el día está cercano, cuando la guerra, obligada por furias feroces,
Como un loco rabiará sobre los límites de la tierra, debe Dios verlo como no adecuado para apartarlo.
¡La paz que es añorada por todos, debido a su culpa será silenciosa!
Después de escribir estos versos, durante el sexto día antes de las Nonas de Octubre (2 de octubre), a la hora décima, entré en mi barco con mi guía, y dejé aquella una vez muy rica y floreciente, ahora medio muerta de hambre, perjurada, mentirosa, astuta, avara, rapaz y vanagloriada ciudad; y después de cuarenta y nueve días de cabalgar en asno, andar, cabalgar sobre caballo, ayunar, sentir sed, suspirar, sollozar y gemir, llegué a Naupacta, que es una ciudad de Nicópolis. Y aquí mi guía desertó después de colocarnos en dos pequeños barcos, y encomendarnos a dos mensajeros imperiales que debían llevarme por vía marítima a Hydronto. Pero ya que sus Órdenes no incluían el derecho de imponerme por parte de los príncipes griegos, ellos fueron en todas partes rechazados; de modo que no fuimos apoyados por ellos, sino ellos por nosotros. Con qué frecuencia dió vueltas dentro de mí el verso de Terencio: «Ellos mismos necesitan ayuda; a quien elige usted para que le defienda».


Durante el noveno día antes de las Calendas de diciembre, entonces (23 de noviembre), dejamos Naupacta y llegué al río Offidaris en dos días - mis compañeros no permanecieron en los barcos, que no podían sostenerlos, y avanzaban por la orilla. De nuestra posición en el río Offidaris buscamos Patras, distante dieciocho millas, en la otra orilla del mar. Este lugar de sufrimiento apostólico, que habíamos visitado y adorado en nuestro camino a Constantinopla, ahora lo omitimos, admito mi falta, de visitar y adorar. Mi deseo indecible, mis augustos señores y amos, de volver y verles, eran la causa de esto; y si no hubiera sido por esto solo, yo creo, habría perecido para siempre.
Una tormenta del sur se elevó contra mí, loco así como estaba, perturbando al mar en sus profundidades más bajas con su furia. Y como esto continuó durante varios días y noches, durante el día anterior a las Calendas de diciembre (30 de noviembre), durante el mismo día, a saber, de Su pasión, yo reconozco que esto me había pasado por mi propia culpa. Los problemas me enseñaron a prestar oídos a su significado. La hambruna, en efecto, había comenzado a oprimirnos violentamente. Los habitantes de tierra pensaron en matarnos, a fin de tomar nuestros bienes. El mar, para dificultar nuestra huída, estaba enfurecido. Entonces, encaminándome a la iglesia que ví, llorando y gimiendo, dije: « Oh, santo apóstol Andrés, soy el sirviente de tu amigo el pescador, hermano y compañero apóstol, Simon Pedro; no he evitado el lugar de tu sufrimiento ni me he conservado lejos de él por orgullo; la orden de mis emperadores, el amor de ellos, me impulsa a volver a casa. Si mi pecado te ha movido a la indignación, quiera el mérito de mis augustos amos conducirte con misericordia. Tú no tienes nada para otorgar a tu hermano; otorga algo en los emperadores que aman a tu hermano poniendo su confianza en Él que sabe todas las cosas. Tú sabes con que trabajos y esfuerzos, con qué vigilias y qué gastos, arrebatándolo de las manos del ateo, ellos han enriquecido, honrado, exaltado, y devuelto a su condición apropiada, la iglesia romana de tu hermano, el apóstol Pedro. Pero si mis trabajos me echan al peligro, deje que sus méritos al menos me liberen; ¡y no dejes a aquellos que tu arriba mencionado hermano en la fe y en la carne, Pedro el apóstol principal de los apóstoles, desea que tengan alegría y prosperidad, sean entristecidos por esto, es decir por uno a quien ellos mismos habían enviado!
Esto no es, Oh, mis amos y augustos emperadores, esto no es adulación. Lo digo realmente, y no coso almohadas bajo mis armas, la cosa, digo, es verdadera, después de dos días, por sus méritos, el mar se puso calmo y tan tranquilo, que cuando nuestros marineros nos abandonaron, nosotros mismos navegamos el barco hacia Leucate - ciento cuarenta millas, sin sufrir peligro alguno o incomodidad, excepto un poco en las boca del río Aqueloi, donde su corriente fluyendo rápidamente abajo, es hecha retroceder contra las olas del mar.
¿Cómo entonces, mis muy poderosos emperadores, le van a devolver al Señor por todo lo que por su bien Él me hizo. Les diré como Dios desea esto y exige que sea hecho. Y aunque Él puede hacerlo sin ustedes, Él desea sin embargo que ustedes sean sus instrumentos en esta materia. Ya que Él él mismo suministra lo que le será ofrecido, guarda lo que Él exige de nosotros, a fin de coronar Su propio trabajo. Presten atención entonces, le ruego. Nicéforo, siendo un hombre que desdeña todas las iglesias, debido a la abundante ira que tiene hacia ustedes, ha ordenado que el patriarca de Constantinopla eleve la iglesia de Hydronto al rango de un obispado, y no permita más tiempo, en todas las partes de Apulia y Calabria, que los divinos misterios sean celebrados en latín, sino que sean celebrados en griego. Él dice que los antiguos Papas eran comerciantes y que ellos vendieron el Espíritu Santo, ese Espíritu por el cual todas las cosas son vivificadas y gobernadas, que llena el universo; que sabe la Palabra; que es co-eterno y de una sustancia con Dios el Padre y Su Hijo Jesucristo, sin principio, sin final, por siempre verdadero; quién (Cristo) no es valorado en un precio fijo, pero es comprado por los limpios de corazón por tanto como ellos sostienen que vales. Y así Polieucto, el patriarca de Constantinopla, escribió un privilegio para el obispo de Hydronto a este efecto. Que él podría, por su autoridad, tener permiso para consagrar obispos en Acerenza, Tursi, Gravina, Matera y Tricarico: que, sin embargo, claramente pertenecen a la diócesis del señor Papa. ¿Pero por qué tengo necesidad yo de decir esto cuando, en efecto, la iglesia de Constantinopla misma está correctamente sujeta a nuestra santa iglesia católica y apostólica de Roma?. Nosotros sabemos, hemos visto, que el obispo de Constantinopla no usaba el pallium excepto con permiso de nuestro Santo padre. Pero cuando aquel muy ateo Alberico, a quien la codicia, no por gotas, sino por torrentes, hubo llenado, usurpó para él la ciudad romana, y mantuvo al señor Papa como su propio esclavo en su vivienda, el emperador Romano hizo de su propio hijo, el eunuco Teofilacto, patriarca. Y ya que la codicia de Alberico no le era ajena, le envió muy grandes regalos, trayendo que, en nombre del Papa, las cartas fueron enviadas al patriarca Teofilacto, por la autoridades de quién él y sus sucesores igualmente podrían usar el pallium sin el permiso de los Papas. De cual vil transacción nació la vergonzosa costumbre que no sólo el patriarca sino también los obispos de toda la Grecia debían usar el pallium. Cuán absurdo es esto, no debo aclararlo. Es por lo tanto mi plan que se celebre un sínodo sagrado, y que Polieucto sea convocado. Pero si él no tuviera voluntad de venir y enmendar las faltas que han sido mencionadas anteriormente, permitan entonces que sea hecho lo que los santos canones decretarán. Quieran ustedes en el entretiempo, mis muy potentes emperadores, seguir trabajando como lo han hecho; hagan que, si Nicéforo no desee obedecernos, cuando quedemos en proceder contra él canónicamente, él los oirá, cuyas fuerzas este medio cadáver no se atreverá a encontrar. Esto, digo, es lo que los apóstoles, nuestros maestros y compañeros de lucha, desean que nosotros hagamos. Roma no debe ser despreciada por los griegos porque Constantino se marchó de ella; pero mejor dicho debe ser la más apreciada, venerada y adorada por la razón que los apóstoles, los santos maestros Pedro y Pablo, fueron allí. Pero pueda que lo que he escrito acerca de esto baste por ahora, siendo arrebatado de las manos de los griegos, por la gracia de Dios y los rezos de los muy santos apóstoles, pueda llegar donde ustedes. Y luego puede no cansarme decir que me abruma ahora aquí para escribir. Volvamos ahora a la materia en la que estábamos.
Durante el octavo día antes de los Idus de diciembre (6 de diciembre) llegamos a Leucate, donde, por el obispo de aquel lugar, un eunuco, como por otros obispos en todas partes, fuimos recibidos y tratados con muy poca amabilidad. En toda la Grecia - hablo de verdad y no miento - no encontré ningún obispo hospitalario. Ellos son al mismo tiempo pobres y ricos; ricos en oro, con lo cual juegan con cofres llenos; pobres en criados e implementos. Solo ellos se sientan en sus pequeñas mesas desnudas, colocando ante ellos mismos su galleta marinera; y luego no bebiendo, pero tomando a sorbos su agua de baño de un muy pequeño vaso de cristal. Ellos mismos compran y venden; ellos mismos abren y cierran sus puertas; ¡ellos son sus propios administradores, sus propios conductores de asnos, su propio «capones» - pero ¡ah! Yo iba a escribir «caupones», pero la cosa en sí es tan verdadera que fui obligado a escribir la verdad aun cuando no lo deseaba - pero realmente, digo, ellos son «caupones» -es decir eunucos- que están en contra de la ley eclesiástica; y también son «capones», es decir encargados de taberna; que también está en contra de los canones. Uno puede decir de ellos-
La lechuga termina realmente la comida que con la lechuga tuvo su principio,
La lechuga, que también solía cerrar las comidas de sus padres. '
[Epigramas, Marcial. XIII]
Yo los consideraría felices en su pobreza si esto fuera una imitación de la pobreza de Cristo. Pero nada los obliga a este salvación de sórdida ganancia y a la maldita sed de oro. ¡Pero quiera Dios perdonarlos! Pienso que ellos hacen esto porque sus iglesias son tributarias. El obispo de Leucate me juró que cada año su iglesia tiene que pagar a Nicéforo cien piezas de oro; y en manera parecida las otras iglesias, más o menos, acorde a sus medios. Cuan malo es esto está demostrado por los actos de nuestro la muy parte Santo padre
José; ya que cuando él, en tiempos de hambruna, hizo tributario a todo el Egipto al Faraón, permitió a la tierra de los sacerdotes ser libre de tributos.
Dejando Leucate, durante el día diecinueve antes de las Calendas de Enero (14 de diciembre), y navegando desde entonces, como dijimos más arriba, nuestros marineros habían huido-el quince (18 de diciembre) llegamos a la Isla de Corfú; donde, antes de que hubiéramos dejado el barco, cierto comandante de guerra nos encontró - Michael de nombre, un quersonita, nacido en el lugar llamado Querson. Era un hombre canoso, de cara jovial, bondadoso en su discurso, siempre riendo agradablemente; pero, como después resultó, un diablo en el fondo - como Dios me mostró aún entonces por pruebas bastante claras, si sólo mi mente hubiera podido entender entonces. Ya que al mismo tiempo que, con un beso, me deseaba la paz que él no llevaba en su corazón, toda la Isla-Corfú-una gran isla, a saber, temblaba; y no sólo una vez sino tres veces durante el mismo día tembló. Cuatro días más tarde, además, - a saber durante el undécimo día antes de las Calendas de enero (diciembre 22) - mientras, sentado en la mesa, yo comía el pan del que me pisaba bajo su pie, el sol, avergonzado de un hecho tan indigno, escondió los rayos de su luz, y, sufriendo un eclipse, aterrorizaron a Miguel, pero no lo cambiaron.
Explicaré, entonces, lo que yo le hice por el bien de la amistad, y lo que recibí de él por vía de recompensa. En mi camino a Constantinopla, dí a su hijo ese tan costoso escudo, aceitado y trabajado con maravilloso arte, que ustedes, mis augustos señores, me dieron con los otros regalos para entregar a mis amigos griegos. Ahora, volviendo de Constantinopla, dí al padre una muy preciosa vestidura; por todo lo cual él me dio los siguientes agradecimientos - Nicéforo había escrito que, a cualquier hora que yo fuera, sin tardanza él me ubicaría en un barco griego y me enviaría al chambelán León. Él no hizo esto; pero me detuvo veinte días y me alimentó no a su propio sino a mi costo; hasta que un enviado vino de parte del arriba mencionado chambelán León, que lo regañó para retrasarme. Pero a raiz de que no podía aguantar mis reproches, se lamentos y suspiros, se marchó y me entregó a un hombre tan pecador y completamente malo que no me permitió ni comprar provisiones hasta que él hubiera recibido de mí una alfombra valuada en una libra de plata. Y cuando, después de veinte días, me marché realmente, desde allí, aquél hombre a quien yo había dado la alfombra ordenó al patrón del barco, después de pasar un cierto promontorio, ponerme a tierra y dejarme morir de hambre. Esto él lo hizo porque él buscó en mi equipaje para ver si yo tenía alguna vestidura purpúrea oculta, y, cuando él quiso tomar una, yo lo evité. ¡Oh usted, Miguel, usted Miguel, que yo encontrara muchos como usted y de tal carácter! Ya que mi guardián en Constantinopla me entregó a su rival Miguel - un hombre malo a uno peor, el peor a un bribón. Mi guía también se llamaba Miguel, un hombre simple, en efecto, pero uno cuya simplicidad me dañó casi tanto como la maldad de los demás. ¡Pero de las manos de estos pequeños Migueles llegué usted, Oh gran Miguel mitad ermitaño, mitad monje! Le digo y se lo digo realmente; ¡el baño no le servirá, en el cual usted se pone asiduamente ebrio por amor a San Juan Bautista! Porque aquellos que buscan a Dios falsamente, ¡nunca merecerán encontrarlo!

(El manuscrito conteniendo el informe de Liutprando se corta abruptamente aquí)