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Liutprando
de Cremona: Informe de su Misión a Constantinopla
Introducción [De la traducción
de Henderson]
Este notable y sumamente original escrito ha sido relegado
al apéndice [de la colección de las fuentes
de Henderson] no porque sea menos importante que los otros
documentos de esta colección, sino porque, siendo más
una narrativa, difiere de ellos en carácter.
Encontramos por primera vez a Liutprando en la corte de Berengario
y Willa, quienes, a mitad del siglo X, gobernaban sobre el
norte de Italia. Habiéndose enemistado con sus protectores
reales, escribió contra ellos la Antapodosis, o libro
del justo castigo, que es una de nuestras fuentes históricas
más valoradas de aquellos tiempos. En el 963, Liutprando
era enviado de Otón el Grande al desvergonzado Papa
Juan XII, y escribió el único relato que tenemos
de la condena de éste y su deposición.
El viaje a Constantinopla ocurrió en el 968. Otón,
en sus esfuerzos por atraer a Italia bajo su poder, entró
en colisión con los griegos, que consideraban a Benevento
y Capua como pertenecientes a las provincias del Imperio Oriental.
Otón llegó tan lejos como para ocupar Apulia
y sitiar la ciudad griega de Bari, pero pronto llegó
a la conclusión que mejor debía ganar por negociaciones
que por la guerra. Liutprando, ahora Obispo de Cremona, aconsejó
la paz, y sugirió que debía buscarse una princesa
griega para casar con el joven emperador Otón II, que
había comenzado a reinar conjuntamente con su padre.
Era sobre la princesa Teófano que estaban puestas las
esperanzas del emperador, y se pensaba que Nicéforo
daría Apulia y Calabria como su dote. Fue para arreglar
esta cuestión que Liutprando, acompañado por
una gran comitiva, fue a Constantinopla. La recepción
con la cual se encontró será explicada con sus
propias palabras.
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Liutprando,
obispo de la Santa Iglesia de Cremona, desea, anhela y reza que
los Otones, emperadores invencibles de los romanos, y la muy gloriosa
Adelaida, florezcan, prosperen y triunfen.
Por qué fue que usted no recibió mis primeras
cartas o mi enviado, la siguiente explicación lo aclarará.
Durante el día anterior a las Nonas de junio (4 de junio)
llegamos a Constantinopla, y allí, como una señal
de falta de respeto a ustedes mismos, siendo vergonzosamente recibidos,
fuimos tratados severa y vergonzosamente. Fuimos encerrados en
un palacio bastante grande, ciertamente, pero descubierto, que
ni nos protegía del frío, ni rechazaba el calor.
Soldados armados fueron puestos a montar guardia, quiénes
debían impedir a todos mis compañeros salir y a
todos los otros entrar. Esta morada, en la cual solo quiénes
estábamos encerrados podíamos pasar, estaba tan
distante del palacio, que perdíamos el aliento cuando caminábamos
para allí, ya que no cabalgábamos. Para añadir
a nuestra calamidad, el vino griego, debido a que era mezclado
con brea, resina y yeso, era imbebible para nosotros. La casa
misma no tenía agua, ni podíamos hasta con dinero
comprar el agua para calmar nuestra sed. A este gran tormento
fue añadido otro tormento, nuestro guardián propiamente,
que estaba a cargo de nuestro sustento diario. Si uno buscara
su preferencia, no la tierra, pero quizás el infierno,
él lo suministraría; ya que él, como un torrente
que todo lo inunda, derramó sobre nosotros cualquier calamidad,
cualquier pillaje, cualquier gasto, cualquier tormento, cualquier
miseria que pudiera inventar. Ni en ciento veinte días
pasó uno solo sin traernos gemidos y pena En el día
anterior a las Nonas de junio (4 de junio), como declaré
más arriba, llegamos a Constantinopla ante la puerta Caria
y esperamos con nuestros caballos, no en lluvia leve, hasta la
undécima hora. A la undécima hora, Nicéforo,
sin mirarnos, que habíamos sido tan distinguidos por usted
como dignos de cabalgar, ordenó que nos acercáramos;
y fuimos conducidos a la arriba mencionada odiada, sin agua, casa
de mármol abierta. En el octavo día antes de los
Idus (6 de junio), el sábado antes del Pentecostés,
fui conducido a la presencia de su hermano León, mariscal
de la corte y canciller; y allí nos agotamos en una gran
discusión acerca de su título imperial. Ya que él
no lo llamó emperador, que es Basileus en su lengua, sino
que, para insultarlo, Rex, que es el rey en la nuestra. Y cuando
le dije que la cosa significada era lo mismo aunque los términos
usados para significarlo eran diferentes, él dijo que yo
había venido no para hacer la paz, sino para excitar la
discordia; y así, con creciente furia recibió sus
cartas, realmente insultantes, no en su propio grupo, sino a través
de un intérprete. Personalmente era un hombre bastante
dominante, pero fingiendo humildad.
En el séptimo día antes de los Idus (7 de junio),
además, durante el día sagrado del Pentecostés
mismo, en el palacio que es llamado Sala de la Corona, fui conducido
ante Nicéforo, una monstruosidad de hombre, un pigmeo,
estúpido y como un topo en cuanto a la pequeñez
de sus ojos; asqueroso con su barba canosa corta, amplia, gruesa;
deshonrado por un cuello de una pulgada de largo; muy hirsuto
por la longitud y grosor de su cabello; en color, un etíope;
alguien con quien no sería agradable encontrarse en medio
de la noche; un extenso vientre, delgado de lomo, muy largo de
cadera considerando su corta estatura, pequeño de canillas,
proporcionadas en cuanto a sus talones y pies; vestido con una
costosa ropa pero demasiado vieja, y oliendo asqueroso y decolorido
por la edad; calzado con zapatos de Sición; osado de lengua,
un zorro por naturaleza, en perjurio, y mintiendo, como Ulises.
¡Siempre mis señores y augustos emperadores me parecieron
proporcionados, cuánto más proporcionados después
de este! ¡Siempre magníficos, cuánto más
magníficos después de este!¡Siempre poderosos!
¡Cuánto más poderoso después de este!
¡Siempre tiernos, cuánto más tiernos de aquí
en adelante! Siempre llenos de virtudes, cuanto más llenos
de aquí en adelante. A su izquierda, no en línea
sino lejos abajo, sentó a dos insignificantes emperadores,
una vez sus amos, ahora sus súbditos. Su discurso comenzó
como sigue:
«Habría
sido correcto para nosotros, no, haber deseado recibirle amablemente
y con honor; pero la impiedad de su amo no lo permite, dado que,
invadiéndola como enemigo, ha reclamado para sí
Roma; se ha llevado, de Berengario y Adalberto, sus reinos, al
contrario de la ley y el derecho; ha matado a algunos romanos
por la espada, otros por la horca, privado a algunos de sus ojos,
enviado a otros al exilio; y ha intentado, además, someter
a él por la matanza o por las llamas, ciudades de nuestro
Imperio. Y, porque su malvado esfuerzo no pudo tener efecto, ahora
le ha enviado a usted, instigador y continuador de esta maldad,
a actuar como un espía sobre nosotros simulando la paz».
Yo le contesté : «Mi
amo no invadió ni por la fuerza ni tiránicamente
la ciudad de Roma; pero él la liberó de un tirano,
mejor digo, del yugo de tiranos. ¿No gobernaron sobre ella
esclavos de mujeres; ¿o, lo que es peor y más vergonzoso,
prostitutas ellas mismas? Su poder, me imagino, o aquel de sus
predecesores, que por el nombre tan solo son llamados emperadores
de los romanos y no lo son en realidad, dormía entonces.
¿Si eran poderosos, si emperadores de los romanos, por
qué permitieron que Roma estuviera en manos de prostitutas?
¿No eran algunos de ellos muy santos Papas desterrados,
otros tan oprimidos que no eran capaces de tener sus provisiones
diarias o los medios para dar limosnas? ¿No envió
Adalberto desdeñosas cartas a los emperadores Román
y Constantino, sus predecesores? ¿No saqueó las
iglesias de los muy santos apóstoles? Lo que uno de ustedes,
emperadores, guiado por el celo por Dios, se preocupó por
vengar un delito tan indigno y devolver la santa iglesia a sus
condiciones apropiadas Usted lo descuidó, mi amo no lo
descuidó. Puesto que elevándose de los confines
de la tierra y viniendo a Roma, removió al impío
y devolvió a los vicarios de los santos apóstoles
su poder y todo su honor. Pero después, aquellos que se
habían levantado contra él y al señor Papa,
según los decretos de los emperadores romanos Justiniano,
Valentiniano, Teodosio y los otros, los mató, estranguló,
colgó, y envió al exilio como infractores de su
juramento, como hombres sacrílegos, como torturadores y
saqueadores de sus señores, los Papas. Si él no
hubiera hecho así, habría sido impío, injusto,
un tirano cruel. Es conocido que Berengario y Adalberto, haciéndose
sus vasallos, recibieron el reino de Italia con un cetro de oro
de su mano, y que ellos, prestando un juramento, prometieron lealtad
en presencia de criados suyos, quiénes todavía viven
y están actualmente en esta ciudad. Y porque, a instigación
del diablo, ellos pérfidamente violaron esta promesa, él
los privó de su reino justamente como desertores y rebeldes
contra él. Usted mismo hubiera hecho lo mismo a aquellos
que habiendo sido sus súbditos, después se rebelaron».
«Pero
el vasallo de Adalberto»,"
dijo él, «no
reconoce esto». Le contesté:
"si
él lo niega, uno de mi grupo, a su orden, mostrará
mañana por un duelo que es así". "Bien"
dijo él, "él
puede, como usted dice, haber hecho esto justamente. Explique
ahora por qué con guerra y llamas él atacó
los límites de nuestro Imperio. Éramos amigos, y
esperábamos. por medio de un matrimonio, ingresar en una
unión indisoluble".
"El territorio", contesté,
"que
usted dice pertenece a su Imperio, pertenece, como la nacionalidad
y la lengua del pueblo lo demuestra, al reino de Italia. Los Lombardos
lo tuvieron en su poder, y Luis, el emperador de los Lombardos,
o Francos, lo liberó de la mano de los Sarracenos, muchos
de ellos eliminados. También Landolfo, príncipe
de Benevento y Capua, lo sojuzgó y mantuvo en su poder
durante siete años. Tampoco habría pasado hasta
ahora del yugo de su servidumbre o aquel de sus sucesores, si
el emperador Román, dando una inmensa suma de dinero, no
hubiera comprado la amistad de nuestro rey Hugo. Y fue por esta
razón que él unió en matrimonio a su sobrino
y tocayo con la hija bastarda de este mismo rey nuestro, Hugo,
Y, como veo, usted lo asigna no a la bondad, sino a la debilidad
que, después de adquirir Italia y Roma, él se las
dejó por tantos años. El vínculo de amistad,
sin embargo, que usted realmente deseó, como usted dice,
que se formara a través del matrimonio, lo vemos como una
artimaña y una trampa: usted exige realmente un vestigio,
que la condición de los asuntos ni le obliga a exigir,
ni a nosotros a conceder. Pero, a fin de que ahora todo engaño
pueda ser develado y la verdad no sea subastada, mi amo (Otón)
me ha enviado, de modo que si usted es complaciente en dar a la
hija del emperador Román y de la emperatriz Teófano
al hijo de mi amo, Otón, el augusto emperador, usted puede
afirmarlo esto con un juramento; con lo cual yo afirmaré
por un juramento que, a cambio de tales favores, él observará
y hará esto y esto. Pero ya mi amo le ha dado a usted,
como a su hermano, la mejor promesa de su amistad al restaurarle,
por mi intervención, a cuya sugerencia usted declara que
este mal ha sido hecho, toda la Apulia que estaba sometida a su
dominio De lo cual hay tantos testigos como habitantes en toda
la Apulia».
«La segunda hora», dijo
Nicéforo, «ya
ha pasado. La solemne procesión a la iglesia está
por comenzar. Hagamos ahora lo que la hora exige. A su tiempo
contestaremos a lo que usted ha dicho».
¡Que nada me impida describir esta procesión,
y a mis amos de oír sobre ella! Una numerosa multitud de
comerciantes y personas de baja condición, reunidas en
este festival para recibir y hacer honor a Nicéforo, ocupaba
ambos lados del camino del palacio a Santa Sofía como muros,
desfiguradas por pequeños delgados escudos y despreciables
lanzas. Y sirvió para aumentar esta desfiguración
que la mayor parte de esta misma muchedumbre en su (Nicéforo)
honor, marchaba con los pies descalzos. Creo que ellos pensaban
de esta manera embellecer mejor aquella santa procesión.
También los nobles que pasaban con él a través
de esta multitud plebeya y descalza, estaban vestidos con túnicas
que eran muy grandes, y que eran también muy viejas. Habría
sido mucho más conveniente si hubieran marchado con su
ropa de todos los días. No había nadie cuyo abuelo
hubiera poseído una de estas ropas cuando era nueva. Nadie
allí lucía oro, nadie gemas, salvo Nicéforo
solo, a quien los adornos imperiales, comprados y preparados para
sus antepasados, aparecían todavía más repugnantes.
Por su salvación, que es más apreciada para mí
que la propia, una ropa preciosa de sus nobles vale lo que cien
de éstas, y más también. Fui conducido a
esta procesión y ubicado en un lugar elevado al lado de
los cantantes.
Y como un monstruo que se arrastra, él avanzó hacia
allí, y los cantantes lanzaron un grito en la adulación:
«Contemple como la estrella de la mañana se acerca
a la aparición de Eos; él refleja en sus miradas
los rayos del sol – él, la pálida muerte de
los Sarracenos, Nicéforo, el soberano»."
Y ellos consecuentemente cantaron: «¡Larga
vida al soberano Nicéforo!» «¡Adórenlo,
ustedes, la gente, aprécienlo, doblen el cuello solamente
ante él!» Cuanto más
verdaderamente, podrían ellos haber cantado: «¡Vengan,
brasas agotadas, tontos; ancianas en su paseo, demonios del bosque
en la mirada; ustedes, campesino, ustedes, frecuentador de sitios
asquerosos, ustedes lúbricos, ustedes cornudos, ustedes
cuadrúpedos ; ¡hirsuto, rebelde, rústico,
bárbaro, áspero, peludo, un rebelde, un Capadocio!
». Y así, henchido por esos tontos mentirosos, entra
en Santa Sofía, sus amos, los emperadores, siguiéndolo
más abajo. Su escudero, con una flecha como pluma, desde
lejos, y, con el beso de paz, adorándolo en los sitios
de la iglesia en la era que está en progreso a partir del
tiempo cuando comenzó a reinar, y así aquellos que
no existían entonces, se enteran de qué es la era.
Durante este mismo día él me ordenó
que fuera su invitado. No; pensándome valioso, sin embargo,
para ser colocado encima de cualquiera de sus nobles, me senté
en el quinceavo lugar desde él, y sin mantel. No sólo
nadie de mi grupo se sentó en la mesa, sino que ninguno
de ellos vio siquiera la casa en la cual yo era un invitado. Durante
una comida asquerosa y nauseabunda, que fue lavada con aceite
después a la manera de los borrachos, y humedecida también
con un licor de pescado sumamente malo, me hizo muchas preguntas
acerca de su poder, muchos acerca de sus dominios y su ejército.
Y cuando yo le contesté por consiguiente y verdaderamente,
«Usted
miente», él dijo,
«Los
soldados de su amo no saben cómo montar a caballo, ni saben
tampoco luchar a pie; el tamaño de sus escudos, el peso
de sus petos, la longitud de sus espadas, y la carga de sus cascos
no les permite luchar de ninguno de los dos modos»
Entonces sonriendo, añadió,: «Su
glotonería también les impide, ya que su Dios es
su vientre, su coraje, aire, su valentía, embriaguez. Su
ayunar significa disolución, su sobriedad, pánico.
Tampoco tiene su amo una cantidad de flotas en el mar. Yo solo
tengo una fuerza de navegantes; lo atacaré con mis barcos,
invadiré sus ciudades marítimas con guerra, y a
aquellos que estén cerca de los ríos, los reduciré
a cenizas. ¿Y cómo, pregunto, puede él hasta
en tierra resistirse a nosotros con sus escasas fuerzas? Su hijo
estaba allí, su esposa estaba allí, los sajones,
suabos, bávaros, estaban todos con él: y si ellos
no sabían lo suficiente y eran incapaces de tomar una pequeña
ciudad que se les resistió, como van a ellos resistirme
cuando yo venga, yo que soy seguido por tantas tropas como
Gargara tiene espigas de grano, o retoños de uva la isla
de Lesbos,
Las estrellas que se encuentran en el cielo, u ondas en el ondulante
océano.
Cuando deseé contestarle y darle una respuesta
digna de su jactancia, él no me lo permitió; pero
añadió como para mofarse de mí: «Ustedes
no son romanos, sino lombardos». Cuando
él deseó seguir adelante y agitaba su mano para
imponerme silencio, dije encolerizado: «La
Historia enseña que el fratricida Rómulo, por quien
también los romanos son llamados, nació en adulterio;
y que hizo un asilo para él, en el cual recibió
a deudores insolventes, esclavos fugitivos, homicidas y aquellos
que eran dignos de la muerte por sus hechos. Y llamó a
cierto número de tales y los llamó romanos. De tal
nobleza descienden aquellos que usted llama soberanos mundiales,
es decir, emperadores; a quienes nosotros, a saber Lombardos,
Sajones, Francos, Lotaringios, Bávaros, Suabos, Burgundios,
tanto despreciamos, que cuando estamos enojados, no podemos llamar
nuestros enemigos de modo más desdeñoso que romano,
comprendiendo en ésta sola cosa, que hay en el nombre de
romanos todo lo que hay de bajeza, timidez, avaricia, lujo, mentira:
en una palabra, de maldad. Pero dado que usted sostiene que somos
no bélicos e ignorantes de la equitación, si los
pecados de los Cristianos merecerán que usted permanezca
en esta dureza de corazón: la siguiente batalla mostrará
lo que usted es, y cuanto de bélicos nosotros».
Nicéforo, exasperado por estas palabras, ordenó
silencio con su mano, y pidió que la larga mesa estrecha
fuera llevada, y que yo volviera a mi odiada residencia, o para
hablar más realmente, mi prisión. Allí, después
de dos días, a consecuencia del disgusto, así como
del calor y la sed, fui atacado por una severa enfermedad. Y,
en efecto, no había uno de mis compañeros que, habiendo
bebido de la misma taza de la pena, no temiera que se acercaba
su último día. ¿Por qué no deberían
ellos enfermar, pregunto, si su bebida en vez del mejor vino era
la salmuera; cuyo lugar de descanso no eran laureles, no era paja,
ni siquiera tierra, sino duro mármol?; ¿Almohada
de quién era una piedra, cuya casa descubierta no protegía
ni del calor, ni de la lluvia, ni del frío? La salvación
en sí misma, para usar una expresión común,
si se hubiera derramado sobre ellos, no podría haberlos
salvado. Debilitado por lo tanto por mis propias tribulaciones
y aquellas de mis compañeros, llamé a mi guardián,
o mejor dicho a mi perseguidor, y obtuve, no solo por rezos, sino
por dinero, que llevara mi carta que contiene lo que sigue, al
hermano de Nicéforo:
«Al
curopalata y logoteta del palacio, León, del Obispo Liutprando.
Si el muy ilustre emperador piensa conceder la petición
debido a la cual he venido, el sufrimiento que aquí soporto
no agotará mi paciencia; sólo su señoría
debe ser instruida por mis cartas y por un enviado a quién
no retendré aquí sin razón. Pero si el caso
es el contrario, hay aquí un barco de transporte de los
Venecianos que está justo por zarpar. Déjeles permitirme
embarcar dado que estoy enfermo, de modo que, si el tiempo de
mi disolución está cerca, mi tierra natal puede
recibir al menos mi cadáver».
Cuando él hubo leído estas líneas,
me ordenó que viniera después de cuatro días.
Allí se sentaban con él, según su costumbre,
para hablar de su asunto, los hombres más sabios, duchos
en la elocuencia ática: Basilio, el chambelán principal,
el secretario de estado principal, el jefe principal del guardarropa
y otros dos funcionarios. Comenzaron su discurso como sigue:
«Díganos,
hermano, por qué usted ha hecho esfuerzos por venir aquí».
Cuando yo les dije que era debido al matrimonio que debía
ser el fundamento para una paz durable, ellos dijeron: «Es
una cosa no oída que una hija nacida en la púrpura
de un emperador nacido en la púrpura debiera ser unida
en matrimonio con naciones extrañas. Pero aunque usted
busque tan alto favor, usted recibirá lo que usted desea,
si usted da lo que es correcto: Rávena, propiamente y Roma
con todos los sitios contiguos que se extienden desde allí
hasta nuestras posesiones. Pero si usted desea la amistad sin
el matrimonio, deje a su amo permitir a Roma ser libre; pero los
príncipes, a saber de Capua y Benevento, quiénes
eran antes esclavos de nuestro Imperio y ahora son rebeldes, que
vuelvan a su antiguo sometimiento».
Yo les contesté: «Ustedes
no pueden saber que mi amo gobierna sobre príncipes eslavos
que son más poderosos que Pedro, el rey de los búlgaros,
que se ha casado con la hija del emperador Cristóforo».«Pero
Cristóforo», dijeron ellos, «no nació
en la púrpura».
«¿Pero
Roma», dije,
«qué,
como usted exclama, desea tenerla libre, a quién sirve,
a quien paga tributo? ¿No sirvió antes a prostitutas?
¿Y, mientras usted dormía, impotente, no la liberó
mi amo, el augusto emperador de una servidumbre tan vergonzosa?
Constantino, el augusto emperador que fundó esta ciudad
y la llamó por su nombre, como soberano mundial, dió
muchos regalos a la santa iglesia apostólica romana, no
sólo en Italia, sino en casi todos los reinos occidentales;
también al Este y Sur de Grecia, a saber, Judea, Persia,
Mesopotamia, Babilonia, Egipto, Libia: como sus privilegiados
testigos, que son conservados en nuestra tierra. Ahora independientemente
de lo que sea, en Italia y también en Sajonia y Baviera
o en cualquiera de los dominios de mi amo, que pertenece a la
iglesia de los benditos apóstoles: él los ha conferido
en el vicario de aquellos muy santos apóstoles. Y puedo
yo negar a Dios si mi amo ha retenido de todos éstos a
una ciudad, un estado, un vasallo o un siervo. ¿Pero por
qué no hace su emperador lo mismo? Por qué no restaura
a la iglesia de los apóstoles lo que hay en su reino de
modo que él pueda hacerlo rico y libre como es por el trabajo
y la munificencia de mi amo, más rico todavía y
más libre?»
«Pero esto», dijo el jefe
de chambelanes Basilio, «él
lo hará tan pronto como Roma y la iglesia romana estén
subordinadas a su voluntad». «Cierto hombre»,
dije, «habiendo
sufrido muchas heridas por otro, se acercó a Dios con estas
palabras: ¡Señor, véngame de mi adversario!»
¡A quien el Señor dijo «Lo haré el día
en que daré a cada hombre según sus obras!»
«¡Yo, Ay», dijo él, «qué
tarde será!»Ante
lo cual todos, excepto el hermano del emperador, temblaron de
risa. Terminaron entonces la entrevista y ordenaron que fuera
conducido de vuelta a mi odiado domicilio, y fuera guardado con
gran cuidado hasta el día, honrado por personas religiosas
de los santos apóstoles. En esta ocasión festiva
el emperador me ordenó -- estaba muy enfermo en aquel tiempo--,
y también a los enviados búlgaros que habían
llegado el día anterior, encontrarlo en la iglesia de los
santos apóstoles. Y cuando después de los locuaces
cantos de alabanzas (a Nicéforo) y la celebración
de las masas, fuimos invitados a la mesa, él colocó
por sobre mí en nuestro lado de la mesa, que era larga
y estrecha, al enviado de los búlgaros que estaba pelado
a la manera húngara, ceñido con una cadena de bronce,
y como me pareció, un catecúmeno; claramente en
desprecio a ustedes, mis augustos amos. De su parte yo fui despreciado,
rechazado y desdeñado. Pero agradezco al Señor Jesucristo,
a quién usted sirve con toda su alma, que fui considerado
digno de sufrir el insulto por vuestro bien. Sin embargo, mis
amos, considerando que fueron insultados vosotros y no yo, dejé
la mesa. Y cuando yo estaba por marcharme indignado, León,
mariscal de la corte y hermano del emperador, y Simeón,
secretario estatal principal, subió donde yo estaba, ladrándome
esto: «Cuando
Pedro, el rey de los búlgaros, casó con la hija
de Cristóforo, fueron mutuamente preparado artículos
y confirmados con un juramento en el sentido de que para nosotros,
los enviados de los búlgaros debían ser preferidos,
honrados y apreciados por encima de los enviados de todas las
otras naciones. Aquel enviado de los búlgaros aunque, como
usted dice y como es verdadero, es pelado, sucio y ceñido
con una cadena de bronce, es sin embargo un patricio; y decretamos
y juzgamos que no sería correcto dar a un obispo, sobre
todo a uno Franco, preferencia sobre él. Y ya que sabemos
que usted considera esto realmente impropio, nosotros no le permitiremos
ahora, como usted espera, volver a sus cuartos, pero le obligaremos
a tomar el alimento en un apartamento separado, con los criados
del emperador».
Debido a la incomparable pena en mi corazón, no
les dí respuesta alguna, pero hice lo que ellos ordenaron;
juzgando que la mesa no era un lugar conveniente dónde--
no diré para mí, es decir el obispo Liutprando,
pero para su enviado-- un enviado de los búlgaros es preferido.
Pero el sagrado emperador calmó mi pena con un gran regalo,
enviándome de entre sus platos más delicados una
cabra gorda, que él mismo había compartido, deliciosamente
(?) rellena de ajo, cebollas y puerros; remojada en salsa de pescado:
¡Un plato que yo podría haber deseado en ese momento
estuviera sobre su mesa, de modo que usted, que no cree que las
delicadezas del sagrado emperador sean deseables, se convertiría
al fin en creyente ante esta vista!
Cuando pasaron ocho días y los búlgaros se habían
marchado ya, pensando que yo juzgué muy elevada su mesa,
me obligó, enfermo como estaba, a cenar con él en
el mismo lugar. Estaban presentes también, con muchos obispos,
el patriarca; en cuya presencia él me hizo muchas preguntas
acerca de las Sagradas Escrituras; las que, inspirándome
el Espíritu divino, expuse con elegancia, y por fin, a
fin de hacerme feliz sobre usted, me preguntó que sínodos
reconocemos. Cuando le mencioné Nicea, Calcedonia, Efeso,
Cartago, Ancira, Constantinopla, - «Ah,
Ah, Ah», dijo él,
«usted
ha olvidado de mencionar Sajonia, y, si usted nos pregunta por
qué nuestros libros no lo contienen, le contesto que sus
creencias son demasiado jóvenes y no han sido capaces de
alcanzarnos».
Contesté:
«Aquel
miembro del cuerpo donde la enfermedad tiene su asiento debe ser
quemado con el hierro ardiente. Todas las herejías han
emanado de usted, han prosperado entre ustedes; por nosotros,
esto es por las naciones occidentales, ellos han sido aquí
estrangulados, aquí se les puso el punto final. Un sínodo
romano o de Pavía, aunque ocurrían a menudo, no
los cuento aquí. Un empleado romano, en efecto, luego el
Papa universal Gregorio que es llamado por usted usted Dialogus,
liberó a Eutiquio, el patriarca herético de Constantinopla,
de su herejía. Este mismo Eutiquio dijo, no sólo
dijo sino que enseñó, proclamó y siguió
escribiendo, que asumiríamos en la Resurrección
no la verdadera carne que tenemos aquí, sino una cierta
carne fantástica. El libro que contiene este error fue,
de una manera ortodoxa, quemado por Gregorio. Enodio, además,
obispo de Pavia, fue, debido a cierta otra herejía, enviado
aquí, esto es a Constantinopla, por el patriarca romano.
Él lo reprimió, y restauró la enseñanza
ortodoxa católica. La raza de los sajones, a partir del
tiempo en que recibió el santo bautismo y el conocimiento
de Dios, no ha sido manchada por ninguna herejía que habría
dado un sínodo necesario para corregir un error que no
existió. Ya que usted declara que la fe de los sajones
es joven, quiero también afirmar lo mismo; ya que siempre
la fe de Cristo es joven y no sin aquellos, aquellos cuyas obras
secundan su fe. La fe no es joven, sino vieja donde las obras
no la acompañan; pero la fe es desdeñada, como si
fuera, por su edad, como una ropa desgastada. Pero yo sabía
con seguridad de un sínodo que fue realizado en Sajonia
en el cual fue decretado y confirmado que era más apropiado
luchar con la espada que con la pluma, y mejor rendirse a la muerte
que volver la espalda al enemigo». «¡Su propio
brazo ha experimentado la verdad de esto», dije en mi corazón
«y puedan ellos (los sajones) tener pronto la ocasión
para mostrar cuán belicistas son!»
Durante este mismo día, después del mediodía,
él me ordenó que le encontrara en su vuelta al palacio,
aunque yo estaba tan débil y cambiado que las mujeres con
quienes, me encontraré antes, gritaban asombradas «Maná,
maná», [intraducible] compadeciéndose de mi
miseria, golpeaban sus pechos con sus manos y decían: «pobre
hombre enfermo». Entonces, levantando mis manos al Cielo,
deseé a , Nicéforo, a saber, mientras se acercaba
- y usted que estaba ausente: ¡Oh, que pudiera ser realizado!
Pero usted puede creerme bien, él me hizo reír un
poco, porque sentó en un caballo impaciente y desenfrenado
a un hombre muy pequeño en una bestia muy grande. Mi mente
se imaginó una de aquellas muñecas que los eslavos
atan a un potro, permitiéndole luego seguir a su madre
sin una rienda.
Después de esto fui conducido nuevamente con mis
ciudadanos y compañeros presidiarios al odiado domicilio
arriba mencionado; donde, durante un espacio de tres semanas la
conversación trató de que nadie salvaría
a mis compañeros, debido a lo cual mi mente se imaginó
que Nicéforo nunca desearía dejarme ir, y mi tristeza
ilimitada provocó una enfermedad después de la otra,
de modo que yo hubiera muerto de no tener a la madre de Dios,
que por sus rezos, obtuvo mi vida del Creador y Su hijo; como
me fue mostrado no por una fantasía, sino por una verdadera
visión.
Durante estas tres semanas, entonces, Nicéforo
tenía su campamento fuera de Constantinopla, en un lugar
llamado «En las Fuentes»; y allí me ordenó
que fuera, y, aunque yo estaba tan débil que no sólo
de pie sino hasta sentando me parecía llevar una carga
pesada, él me obligó a estar de pie ante él
con la cabeza descubierta; algo que estaba completamente errado
dado mi estado de mala salud. Y me dijo: «Los
enviados de su rey Otón que estaban aquí antes que
usted, precediéndolo, me prometieron bajo juramento - y
la fórmula del juramento pueda ser presentada - que él
nunca, de ningún modo, traería escándalo
sobre nuestro Imperio. ¿Desea usted peor escándalo
que aquel por el cual él se hace llamar emperador, o que
usurpe por sí mismo las provincias de nuestro Imperio?
Ambas cosas son insoportables; y si ambas son insoportables, sobre
todo no debe soportarse, ni debe ser oída, que él
se llame a sí mismo emperador. Pero si usted confirma lo
que ellos prometieron a nuestra majestad, le despediré
inmediatamente rico y feliz». Esto, además,
él lo dijo no a fin de que yo pudiera esperar que usted
mantuviera el compromiso, que, aun en mi locura, yo hubiera hecho;
pero él deseaba tener en la mano algo que él pudiera
mostrar a tiempo que conviniera a su alabanza y a nuestra vergüenza.
Le contesté: «Mi muy
santo amo, más sabio dado que está lleno del espíritu
de Dios, previendo esto que usted realmente desea, me escribió
instrucciones que también refrendó con su sello,
no sea que yo obrara en contra de él: en el sentido de
que yo no superara los límites que él había
puesto para mí». Usted sabe, mi augusto amo, sobre
qué confié cuando dije esto - «Deje que éstas
instrucciones sean presentadas, e independientemente de lo que
él ordene, será confirmado por un juramento mío
a usted. Pero en cuanto a lo que los antiguos enviados, sin la
orden del señor, prometieron, juraron o escribieron, en
palabras de Platón: «La culpa es de el que desa,
el dios no tiene errores»
Después de esto llegamos a la cuestión de
los muy nobles príncipes de Capua y Benevento, a quienes
él llama sus esclavos, y debido a quienes una pena interior
le preocupa. «Su
señor», dijo él, «ha
tomado a mis esclavos bajo su protección; si él
no los deja ir y volver a su antigua servidumbre, esto será
sin nuestra amistad. Ellos mismos exigen ser dejados nuevamente
conforme a nuestro gobierno, pero nuestra dignidad imperial los
rechaza, ya que pueden conocer y experimentar cuan peligroso es
para los esclavos desaparecer de sus amos y escapar a la esclavitud.
Y es más apropiado para su amo devolvérmelos como
amigo, que renunciar a ellos contra su voluntad. Ellos aprenderán,
en efecto, si mi vida resiste, lo que es engañar a su señor;
lo que es abandonar su servidumbre. ¡Y ahora mismo, pienso,
ellos sienten lo que digo, - nuestros soldados que están
más allá del mar, trayéndolos para ilustrar
el caso!»
A esto él no me permitió contestar; pero,
aunque deseando marcharse, ordenó que yo volviera a su
mesa. Su padre se sentó con él, un hombre, me pareció,
de unos ciento cincuenta años. Ante él, los griegos
cantan himnos de alabanza - no con descaro - que Dios puede multiplicar
sus años. De esto podemos colegir cuan tontos son los griegos;
cuan orgullosos de tal gloria; cuan aduladores; cuan avaros. Puesto
que no sólo a un anciano sino a un anciano completamente
agotado, ellos le desean lo que saben con seguridad que la naturaleza
no le concederá. Y el anciano agotado se alegra de esto
que le es deseado que, como él sabe, Dios no le concederá;
y que, si lo hiciera, sería para su desventaja, y no para
su ventaja. ¡Y Nicéforo, si quisiera, podría
alegrarse de ser llamado el príncipe de paz, y la estrella
de la mañana! Llamar a un débil, fuerte, a un tonto,
sabio, a un petiso, alto, a un negro, blanco, a un pecador, santo,
es, créame, no un elogio sino un insulto. Y aquél
que se alegra de ser conocido por tener extraños atributos,
más que aquellos que se ajustan debidamente a él,
se parecen a aquellas aves cuyos ojos la noche ilumina y el día
ciega.
Pero
volvamos a la cuestión que estamos tratando, En esta comida-
cosa que no había hecho antes - ordenó leer en voz alta
una homilía de San Juan Crisóstomo sobre los Hechos de
los Apóstoles. Al final de esta lectura, cuando pedí permiso
para volver con usted, asintiendo afirmativamente con la cabeza, él
ordenó a mi perseguidor llevarme de vuelta con mis conciudadanos
y co-habitantes, los leones. Cuando esto fue hecho, no fui recibido
por él sino hasta el día trece antes de las Calendas de
Agosto (20 de julio), pero fui diligentemente guardado, no fuera que
yo pudiera disfrutar del discurso de alguno que podría indicarme
sus acciones. Mientras tanto ordenó a Grimizo, el mensajero de
Adalberto, ir donde él y le ofreció retornar con la flota
imperial, Esta consistía de veinticuatro barcos quelandianos,
dos rusos y dos barcos galos - no sé si envió a otros
que no vi. La valentía de sus soldados, mis señores y
augustos emperadores, no requiere ser ensalzada, la debilidad de sus
adversarios, aunque esto a menudo ha sido el caso con otras naciones;
el último de los cuales, y el más débil en comparación,
han abatido la valentía griega y los han hecho tributarios. Ya
que como no le intimidaría si yo anunciara que eran muy fuertes
y comparables a Alejandro el macedonio, así también no
pongo coraje en usted cuando relato su debilidad, verdadera como es.
Deseo que pueda creer en mí, y sé que me creerá,
que usted con cuatrocientos de sus guerreros puede matar al ejército
entero, si las zanjas o los muros no lo impiden. Y sobre este ejército,
en desprecio a usted como pienso, se ha colocado al mando una especie
hombre, una especie, digo, porque ha dejado de ser un macho y no puede
convertirse en hembra. Adalberto ha enviado la palabra a Nicéforo
que tiene ocho mil caballeros en armas, y dice que, si el ejército
griego le ayuda, él, con ellos, puede ponerle a usted en fuga
o aniquilarle. Y le pide a su rival que le envíe el dinero, que
de ese modo el puede más fácilmente inducir a sus tropas
a luchar.
Ahora, sin embargo, mis señores,
Escuchen las artimañas de los griegos, y de un solo ejemplo aprendan
todas.
Nicéforo dió a aquel esclavo, a quien él había
confiado el ejército que él había juntado y alquilado,
una suma considerable de dinero para ser dispuesta como sigue: si Adalberto,
como prometió, se unía a él con siete mil o más
caballeros en armas, entonces él debía distribuir entre
ellos aquella suma; y Cono, hermano de Adalberto, con su ejército
y el griego debía atacarle; pero Adalberto debía ser diligentemente
guardado en Bari, hasta que su hermano hubiera vuelto habiendo obtenido
la victoria. Pues si Adalberto cuando llegaba, no traía con él
tantos miles de hombres, la orden era que fuera tomado, atado, y entregado
a usted donde usted llegara; ¡además, que el dinero que
estaba destinado a él, Adalberto, fuera entregado en sus manos!
Ah, que guerrero, que fidelidad. Él desea traicionar a quien
él prepara un defensor; él prepara un defensor para quien
desea destruir. El es fiel a nadie, hacia ambos, falso. Él hace
lo que no tenía que hacer y tenía que hacer lo que no
hizo. ¡Pero así sea, él obró como uno puede
esperar de los griegos! Pero volvamos a la materia en cuestión.
Durante el día catorce antes de las Calendas de agosto
(19 de julio) él despidió aquella flota variopinta, yo
mirando desde mi odiada morada. Durante el día trece (20 de julio),
además, día en el cual los frívolos griegos celebran
con juegos teatrales la ascensión del profeta Elias, ordenó
que yo fuera donde él y dijo - «Nuestra
majestad imperial piensa conducir un ejército contra los asirios,
no como su amo hace, contra seguidores de Cristo. Ya el año pasado
deseé hacer esto, pero oyendo que su amo tenía la intención
de invadir el territorio de nuestro Imperio, dejando a los asirios ir,
giramos nuestras riendas contra él. Su enviado, el veneciano
Dominico nos encontró en Macedonia, y, con mucho trabajo y esfuerzo,
nos indujo a volver, afirmándonos con un juramento que su amo
nunca pensaría en tal cosa, mucho menos hacerla. ¡Vuelvan,
por lo tanto», - cuándo escuché
esto dije para mí, "Gracias a Dios!" -
«y anuncie esto y aquello a su amo; si él me da satisfacción,
vuelva aquí otra vez».
Yo contesté: «Si su muy santa
majestad me ordena que yo vuele rápidamente a Italia, sé
con seguridad que mi amo realizará lo que su majestad desea,
y volveré con júbilo». Con qué
espíritu dije esto, ay, manténganlo escondido de él.
Puesto que sonriendo, asintió con la cabeza y me ordenó,
mientras yo lo adoraba hasta los pies y me marchaba, permanecer fuera
y venir a su comida, que olía fuertemente a ajo y cebollas y
era asquerosa con aceite y jugo de pescado. Durante este día
obtuve por mucho rezar que él se dignara a aceptar mi regalo,
que a menudo desdeñaba.
Cuando nos sentábamos a su larga y estrecha mesa, que
estaba cubierta por algunos ellos - en su mayor parte, sin embargo,
descubierta - hizo chistes sobre los Francos, bajo cuyo nombre incluyó
a los latinos así como a los germanos; y me pidió que
le dijera donde estaba situada la ciudad de mi obispado y con que nombre
se la conocía. Dije, «Cremona,
completamente cerca del Eridan (Po), el rey de los ríos de Italia.
¡Y ya que su majestad imperial se apresura a enviar barcos quelandianos
allí, puede esto serle de ventaja, a mí por haberle visto
y conocerle! Conceda paz al lugar, que al menos por su favor pueda seguir
existiendo, ya que no puede resistírsele».
Pero el astuto compañero vio que dije esto irónicamente,
y con porte sumiso prometió que lo haría; y me juró
en virtud de su santo Imperio, que yo no debería sufrir mal alguno,
pero que debería llegar próspera y rápidamente
al puerto de Ancona con sus barcos quelandianos. Y este él me
lo juró, golpeando su pecho con sus dedos.
Pero note como hubo jurado impíamente. Estas cosas fueron dichas
y hechas durante el día trece antes de las Calendas de Agosto
(20 de julio) durante el segundo día de la semana (lunes); día
desde el cual, hasta el noveno día, no recibí provisión
alguna de él. Y este era en un momento en que el hambre en Constantinopla
era tan grande que por tres piezas de oro yo no podía proporcionar
una comida para mis veinticinco compañeros y los cuatro guardias
griegos. Durante el cuarto día de aquella semana, Nicéforo
dejó Constantinopla para marchar contra los asirios.
Durante el quinto día su hermano me llamó ante él
y se dirigió a mí como sigue: «El
santo emperador ha ido adelante y yo he permanecido en casa hoy a su
orden. Dígame, entonces, ahora, si usted realmente desea ver
al santo emperador, y si tiene usted alguna cosa que no haya impartido
todavía». Le contesté:
«No tengo razón alguna para ver al santo emperador
o de relatarle cualquier cosa nueva; yo pido tan solo esto, que, según
la promesa del santo emperador, él me permita cruzar en sus barcos
quelandianos al puerto de Ancona». Al oír
esto, - los griegos están siempre listos a jurar por la cabeza
de otro - comenzó a jurar que él así lo haría
por la cabeza del emperador, por su propia vida, por sus niños,
que Dios, según si lo dijo realmente, debía preservar.
Cuando le pregunté: «Cuando»
él contestó: «Tan pronto
como el emperador se haya ido; ya que los «delongaris» en
cuyo mano todo el poder sobre los barcos descansa, le verán cuando
el santo emperador se haya marchado». Engañado
por esta esperanza, me marché con alegría.
Pero dos días después, el sábado, Nicéforo
me convocó a Umbria, que es un lugar situado a dieciocho millas
de Constantinopla. Y me dijo: «Pensé
que usted había venido aquí, como un hombre distinguido
y derecho, a fin de acceder totalmente a mis demandas y establecer una
amistad perpetua entre mí y su amo. Pero como, debido a su dureza
de corazón, usted no quiere hacer esto: haga al menos esto, que
usted puede con perfecto derecho hacer; prometa, a saber, que su maestro
no prestará ayuda alguna a los príncipes de Capua y Benevento,
mis esclavos que estoy a punto de atacar. Ya que él no nos da
nada propio, déjele al menos entregar lo que es nuestro. Es una
cosa conocida que sus padres y abuelos dieron tributo a nuestro Imperio,
y que ellos mismos harán dentro de poco lo mismo, - para esto
nuestro ejército Imperial trabajará».
Le contesté: «Aquellos
príncipes son nobles de primera línea y vasallos de mi
señor; y, si él ve que su ejército los ataca, les
enviará ayuda que les permitirá aniquilar sus fuerzas
y llevarse aquellas dos provincias que son suyas más allá
del mar». Entonces, hinchándose
como un sapo y muy enojado, dijo: «Márchese»;
«Por mí, por mis padres que me engendraron como soy, haré
que amo piense en otras cosas que en proteger esclavos rebeldes».
Cuando me marchaba, él ordenó al intérprete
que me invitara a la mesa; y convocando al hermano de aquellos dos príncipes,
y a Bisantio de Bari, les ordenó que dieran rienda suelta a insultos
soeces contra ustedes y contra las razas latina y teutona. Pero como
yo me marchaba de la comida asquerosa, ellos me enviaron su palabra
en secreto por mensajeros y juraron que lo que ellos habían proferido
no había sido por su propia voluntad, sino debido a los deseos
y amenazas del emperador. Nicéforo mismo me preguntó en
esa comida si ustedes tienen campiñas y si en sus campiñas
ustedes tenían asnos salvajes y otros animales. Cuando yo le
contesté que ustedes tenían parques y animales en las
campiñas, pero no asnos salvajes, él dijo: «Le
llevaré a nuestro parque y usted se sorprenderá de su
tamaño y de ver a los asnos salvajes».
Fui conducido entonces a un parque que era bastante grande,
montañoso y provechoso, pero para nada agradable a la vista;
y mientras yo montaba a caballo junto con mi sombrero y el mariscal
de la corte me vió desde lejos, rápidamente, me envió
a su hijo para decirme que era un error para cualquiera estar con su
sombrero donde estaba el emperador y que debía llevar puesto
el teristro . Contesté: «Entre
nosotros las mujeres llevan puestas capuchas y velos; los hombres montan
a caballo con sus sombreros. Y usted no tiene ningún derecho
de obligarme aquí a cambiar la costumbre de mi país, considerando
que permitimos a sus enviados conservar las costumbre suyas, ya que
con mangas largas, envueltas, adornadas con lentejuelas, con el cabello
largo, vestido con túnicas que llegan debajo de los tobillos,
ellos montan a caballo, andan y se sientan a la mesa con nosotros; y,
lo que a todos nosotros nos parece demasiado vergonzoso, ellos besan
a nuestros emperadores solamente con las cabezas descubiertas».
«Que Dios no permita que esto sea hecho por más tiempo»
me dije a mí mismo.«Usted
debe entonces volverse atrás» dijo
él.
Cuando hice esto encontramos, juntos a una manada de cabras,
a los llamados asnos salvajes. ¿Pero por qué, pregunto,
asnos salvajes? Nuestros domesticados de Cremona son lo mismo. Su color,
forma y oídos son los mismos; son igualmente melodiosos cuando
comienzan a rebuznar; se parecen el uno al otro en el tamaño,
tienen la misma rapidez, y son alimento igualmente agradable para los
lobos. Cuando los vi dije al griego que montaba a caballo conmigo:
«Nunca
vi algo parecido en Sajonia». «Si»,
dijo él,"
su amo será amistoso al santo emperador, él le dará
muchos de estos; y no será ninguna pequeña gloria para
él mismo poseer lo que ninguno de sus distinguidos predecesores
ha visto alguna vez». Pero créanme,
mis augustos señores, mi hermano y compañero obispo, el
señor Antonio, (de Brixen) puede proveer algunos que no son inferiores,
como se observa en los mercados que existen en Cremona; y se pasean
no como asnos salvajes, sino como domesticados. Pero cuando mi escolta
anunció las susodichas palabras a Nicéforo, él
me envió dos cabras, y me dió permiso para marcharme.
Al día siguiente él mismo partió hacia Siria.
Pero note ahora por qué condujo su ejército contra los
asirios. Los griegos y sarracenos tienen libros que llaman Las Visiones
de Daniel; yo los llamaría Libros Sibilinos. En ellos está
escrito cuantos años vivirá cada emperador; que cosas,
paz o guerra, pasarán durante su reinado; si la fortuna le será
favorable a los sarracenos, o al revés. Y así se lee que,
en tiempos de este Nicéforo, los asirios no podrán resistir
a los griegos, y que él, Nicéforo, sólo vivirá
siete años; y que después de su muerte se levantará
un emperador peor que él - yo sólo espero que ninguno
así pueda ser encontrado - y más pacifista; en cuyo tiempo
los asirios prevalecerán, que traerán todas las regiones
hasta Calcedonia, que no está lejos de Constantinopla, bajo su
dominio. Ya que ambos pueblos tienen respeto por sus temporadas favorables;
y por la misma causa los griegos avanzan animados, y los sarracenos,
en su desesperación, no ofrecen resistencia alguna; esperando
el tiempo en el cual ellos puedan avanzar y los griegos, a su turno,
no resistan.
Hipólito,
en efecto, cierto obispo siciliano, escribió de manera similar
acerca de su Imperio y nuestro pueblo –Yo digo "nuestra gente,"
a saber, todos aquellos que están bajo su gobierno; - y que era
verdadero lo que él predijo acerca de los tiempos presentes.
Las otras cosas han pasado hasta ahora como él las pronosticó,
como he tenido noticias de aquellos que conocen estos libros. Y de sus
muchos refranes mencionaré uno. Ya que él dice que ahora
el refrán está por cumplirse: «el león y
su cachorro exterminarán juntos al asno salvaje». Cuya
interpretación es, según los griegos: León, es
decir el emperador de los romanos o griegos y su cachorro, el rey, a
saber, de los francos – expulsarán juntos, en estos días,
al asno salvaje, es decir el rey africano de los sarracenos. Interpretación
ésta que no me parece verdadera, por la razón de que el
león y el cachorro, aunque difieren en tamaño, son sin
embargo de una naturaleza y especie o clase; y, como mi conocimiento
me sugiere, si el león es el emperador de los griegos, no encaja
que el cachorro sea el rey de los francos. Ya que aunque ambos son hombres,
como el león y el cachorro son ambos animales, aún se
diferencian en hábitos tanto - no diré solo como una especie
de otra - sino como seres racionales de aquellos que no tienen razón
alguna. El cachorro se diferencia del león sólo en la
edad; la forma es la misma, la ferocidad la misma, el rugido el mismo.
El rey de los griegos lleva el cabello largo, una túnica, mangas
largas, una capucha; yace, astuto, sin compasión, astuto como
un zorro, orgulloso, falsamente humilde, miserable y avaro; vive sobre
el ajo, cebollas, y puerros, y toma agua del baño. El rey de
los francos, al contrario, es maravillosamente pelado; lleva puesta
una ropa que en nada es como la ropa de mujer, y un sombrero; es sincero,
sin astucia, bastante misericordioso cuando tiene razón, severo
cuando es necesario, siempre realmente humilde, nunca avaro; no vive
sobre el ajo, cebollas y puerros para ahorrar animales y, no comiéndolos,
sino vendiéndolos, acopian dinero juntos. Usted ha escuchado
la diferencia; no acepte su interpretación, ya que o se refiere
al futuro, o no es verdadera. Ya que es imposible que Nicéforo,
como ellos falsamente dicen, pueda ser el león y Otón
el cachorro, y que ellos juntos exterminarán a alguien. «Muy
pronto, cambiando mutuamente sus límites, los partos beberán
el Araris, o los germanos el Tigris», antes que Nicéforo
y Otón se hagan amigos y cierren tratados uno con otro.
Usted ha escuchado la interpretación de los griegos; oiga la
de Liutprando, el obispo de Cremona. Yo digo y no solo lo digo sino
que lo afirmo, que si la profecía debe cumplirse en el presente,
el león y el cachorro son el padre y el hijo, Otón y Otón,
en nada diferentes, sólo en la edad, y que ellos juntos, en este
tiempo, exterminarán al asno salvaje Nicéforo; quién
no incongruentemente es comparado con el asno salvaje debido a su vacuedad
y vanidad y debido a su matrimonio incestuoso con su madrina y amante.
Si ahora el asno salvaje no es exterminado por nuestro león y
su cachorro, Otón y Otón, a saber el padre y el hijo,
los augustos emperadores de los romanos, entonces lo que que Hipólito
escribió no habrá sido verdadero; aquella antigua interpretación
de los griegos debe ser completamente desechada. Pero, oh bendito Jesús,
Dios eterno, la Palabra del Padre - quién realmente nos habla,
indignos como somos, no por la voz, sino por la inspiración,
quiera usted ver en esta oración ninguna otra interpretación
más que la mía. Ordene que aquel león y que el
cachorro exterminen y físicamente humillen a este asno salvaje;
¡ Que al final, retirándose en él, sometiéndose
a sus amos, los emperadores Basilio y Constantino, su alma puede ser
salvada en el Día del Señor!
Pero los astrónomos predicen igualmente acerca de ustedes
y Nicéforo. Realmente maravilloso, digo. He hablado con cierto
astrónomo que realmente describió su forma y hábitos,
muy ilustre señor, y aquel tocayo de su augusto nombre; y quién
relató todas mis experiencias pasadas como si estuvieran presentes.
Tampoco fueron mencionados los nombres de cualquiera de mis amigos o
enemigos acerca de quienes pensé preguntarle, que pudiera decirme
su aspecto, forma y carácter. Él pronosticó todas
las calamidadades que me han ocurrido en este viaje. Pero puede que
todo lo que él me haya dicho sea falso, sólo pido que
una sola cosa sea verdadera, aquello que le pronosticó a Nicéforo.
¡Ah, que esto pueda pasar! ¡Ah, que esto pueda pasar! Y
luego sentiré que los males que he sufrido no son nada en absoluto.
El Hipólito arriba mencionado escribe también que no los
griegos sino los francos acabarán con los sarracenos. Animados
por esta profecía los sarracenos, tres años atrás,
se trabaron en batalla cerca de Escila y Caribdis en aguas sicilianas,
con el patricio Manuel, sobrino de Nicéforo. Y cuando desplegaron
sus inmensas fuerzas, lo capturaron, lo degollaron y colgaron su cadáver,
y cuando capturaron a su compañero y colega, que no era de ningún
género, desdeñaron de matarlo; pero habiéndolo
atado y guardado para que sufriera un largo encarcelamiento, lo vendieron
por un precio por el cual mortal alguno que fuera sensato lo habría
comprado. Y con no menos espíritu, animado por esta misma profecía,
poco después encontraron al general Exacontes. Y cuando lo pusieron
en fuga, destruyeron su ejército completamente.
Otra razón obligó también a Nicéforo en
este tiempo a conducir su ejército contra los asirios. Ya que
en este tiempo, por voluntad de Dios, una hambruna había asolado
toda la tierra de los griegos, a tal punto que hasta dos sextarius de
Pavía no podían ser comprados por una pieza de oro: y
esto como si fuera en el reino mismo de la abundancia. A esta desgracia,
ayudada por los ratones del campo, Nicéforo la aumento reuniéndose
para él, en el momento de la cosecha, todo el grano que había
en todas partes, dando un precio mínimo a los desesperados dueños.
Y como hubo hecho esto en el lado que da hacia Mesopotamia, donde el
suministro de grano debido a la ausencia de los ratones era mayor, la
cantidad de grano que él tenía había igualado la
cantidad de arenas del mar. Cuando, por lo tanto, debido a esta vil
transacción, el hambre se agudizaba por todas partes vergonzosamente,
él juntó a ochenta mil hombres bajo el pretexto de una
expedición militar, y les vendió, durante todo un mes,
por dos piezas de oro lo que él había comprado por una.
Éstos, mi señor, son los motivos que obligaron a Nicéforo
ahora a conducir sus fuerzas contra los asirios. ¿Pero qué
clase de fuerzas? Pregunto. Realmente, contesto, no hombres, sino sólo
imágenes de hombres; cuya lengua sola es osada, pero cuya mano
derecha es frígida en la guerra. Nicéforo no buscó
calidad en ellos, sino sólo cantidad, Que peligroso es esto para
él lo aprenderá en su tristeza, cuando la multitud de
pacíficos, bravos sólo debido al número, sea derrotada
por un puñado de nuestros hombres que son expertos en la guerra
- no, sedientos de ella.
Cuando
usted sitiaba Bari, trescientos húngaros solos capturaron a quinientos
griegos cerca de Tesalónica y los condujeron a Hungría.
Intento que, en vista de que tuvo éxito, indujo a doscientos
húngaros en Macedonia, no lejos de Constantinopla, a hacer algo
parecido; de los cuales cuarenta, cuando incautamente se retiraban por
un desfiladero, fueron capturados. A estos, Nicéforo, liberándolos
de la custodia y ornándolos con las ropas más costosas,
los hizo sus guardaespaldas y llevó con contra los asirios. ¡Qué
tipo de ejército tiene, usted lo puede conjeturar por esto, -
que aquellos que están al comando sobre los demás, son
venecianos y amalfitanos!
¡Pero
basta de esto! Sepa ahora lo que me pasó. En el sexto día
antes de las Calendas de Agosto (27 de julio), recibí en Umbria,
fuera de Constantinopla, permiso de Nicéforo para volver donde
usted, y cuando llegué a Constantinopla, el patricio Cristóporo,
el eunuco que era el representante de Nicéforo allí, me
dió su palabra que yo no podía comenzar mi retorno entonces
porque los sarracenos copaban el mar y los húngaros la tierra;
yo debía esperar hasta que ellos se retiraran. ¡Ambos hechos,
ah que infortunado soy, eran falsos! Entonces fueron ubicados guardianes
sobre nosotros para evitar que yo y mis compañeros nos fuéramos
de nuestra habitación. Capturaron y mataron o pusieron en prisión
a los pobres de la raza latina que vinieron a pedirme limosnas. No permitieron
a mi intérprete griego salir ni siquiera para comprar provisiones,
y sólo a mi cocinero, que era ignorante de la lengua griega y
que podía hablar con el vendedor, cuando compraba, no con palabras,
sino por signos de sus dedos o inclinaciones de su cabeza. Él
compró por cuatro piezas de dinero tanto como el intérprete
por una. Y cuando algunos de mis amigos enviaron especias, pan, vino
y manzanas, - desparramando theta por el piso, despidieron a los portadores
abrumados con golpes del puño. Y de no haber tenido la divina
compasión lista ante mí una mesa contra mis adversarios,
yo debería haber aceptado la muerte que ellos habían preparado
para mí. ¿Pero quién permitió que yo fuera
tentado, misericordiosamente concedido entonces que pudiera soportar?.
Y estos peligros probaron mi alma en Constantinopla a partir del segundo
día antes de las Nonas de junio (4 de junio), hasta el sexto
día antes de las Nones de octubre (2 de octubre), ciento veinte
días.
Para aumentar mis calamidades, durante el día de la Asunción
de la Virgen María, la santa madre de Dios (15 de agosto), me
llegó un mal augurio para mí -enviados del apostólico
y universal Papa Juan, a través de quién él pidió
a Nicéforo, el emperador de los griegos «concluir una alianza
y firme amistad con su querido y espiritual hijo Otón, augusto
emperador de los romanos». Antes de la pregunta del por qué
- esta palabra, esta forma de dirgirse, pecadora y osada a los ojos
de los griegos, no costó a su portador su vida - por qué
no fue aniquilado antes de que fuera leído, yo, que, en otros
aspectos, a menudo me mostré como un gran predicador y con palabras
bien manejadas, parecía mudo como un pescado! Los griegos vituperaron
contra el mar, maldijeron las ondas, y se preguntaron como habían
sido capaces de transportar tal iniquidad y por qué el bostezo
profundo no había tragado el barco.
«¿No fue imperdonable», dijeron ellos, «haber
llamado al emperador universal de los romanos, el augusto, grande, sólo
Nicéforo: «de los griegos»; un bárbaro, un
indigente de los romanos? ¡Oh cielos! ¡Oh tierra! ¡Oh
mar! «¿Pero qué», dijeron ellos, «haremos
a aquellos sinvergüenzas, a aquellos criminales? Ellos son indigentes,
y si los matamos contaminamos nuestras manos con sangre vil; ellos son
desiguales, ellos son esclavos, ellos son campesinos; si los golpeamos
no los deshonramos a ellos, sino a nosotros; ya que ellos no son dignos
del dorado mayal romano y de tales castigos. ¡Ah que no fuera
uno un obispo, el otro un margrave! Para coserlos en sacos, después
de herirlos con golpes de fustas, arrancar después sus barbas
o su pelo, y lanzarlos en el mar. «Pero éstos», dijeron
ellos, «pueden seguir viviendo; y, hasta que el santo emperador
de los Romanos, Nicéforo, se entere de esta atrocidad, ellos
pueden languidecer en estrecho confinamiento».
Cuando supe esto los consideré felices por ser pobres, yo mismo
infeliz por ser rico. Cuando yo estaba en casa, mi deseo era excusar
mi pobreza; pero ubicado en Constantinopla, el mismo me enseñó
que yo tenía la riqueza de un Creso. La pobreza siempre me parecía
pesada - entonces pareció bienvenida, aceptable, deseable; sí,
deseable, ya que impide a su devotos perecer, a sus seguidores de ser
desollados. ¡Y dado que Constantinople sola esta pobreza defiende
así a sus devotos, sea esto solo considerado valioso para esforzarse
después!
Los mensajeros papales, por lo tanto, siendo arrojados a la prisión,
aquella ofensiva epístola fue enviada a Nicéforo en Mesopotamia;
de donde nadie volvió a traer una respuesta hasta el segundo
día antes de los Idus de Septiembre (12 de septiembre). Durante
ese día llegó, pero su importancia me fue ocultada. Y
después de dos días - durante el día dieciocho
a saber, antes de las Calendas de Octubre (14 de septiembre) lo conseguí
por rezos y regalos que yo podía adorar a la cruz, vivificante
y portadora de salvación. Y allí en la gran muchedumbre,
inadvertidas por las guardias, ciertas personas se acercaron a mí,
y dieron ami entristecido corazón alegría a través
de palabras robadas.
Pero durante el día quince antes de las Calendas de Octubre (17
de septiembre), más muerto que vivo, fui convocado al palacio.
Y cuando llegué a presencia del patricio Cristóforo, el
eunuco, recibiéndome amablemente, se levantó para encontrarme
con otros tres. Su discurso comenzó como sigue: «La palidez
en su cara, la emaciación de su cuerpo entero, su largo cabello,
y su larga barba, contraria a su costumbre, muestran que hay inmensa
pena en su corazón porque la fecha de su retorno donde su señor
ha sido retrasada. Pero, le rogamos, no se enoje con el santo emperador,
ni con nosotros. Ya que le diremos la causa de la tardanza. El Papa
romano - si en efecto debe ser llamado Papa el que ha sostenido la comunión
y ha trabajado junto con el hijo de Alberico el apóstata, con
un adúltero e impío - ha enviado cartas a nuestro muy
santo emperador, digno de él, indigno de Nicéforo, llamándolo
emperador «de los griegos», y no «de los romanos».
Cosa que más allá de toda duda ha sido hecha por consejo
de su señor».
«¿Qué
oigo?» me dije, «estoy perdido; no hay duda, que iré
por el camino más corto al asiento del juicio».
«Ahora escuche», siguieron ellos, «sabemos que usted
dirá que el Papa es el más simple de los hombres; usted
lo dirá, y nosotros se lo reconocemos». «Pero»,
contesté, «yo no lo digo».
«¡Oiga entonces! El tonto y estúpido Papa no sabe
que el santo Constantino transfirió aquí el cetro imperial,
el senado, y todos los caballeros romanos, y dejó en Roma nada
sino solamente viles y serviles pescadores, a saber, vendedores ambulantes,
cazadores de aves, bastardos, plebeyos, esclavos. Él no habría
nunca escrito esto a menos que fuera a sugerencia de su rey; cuan peligroso
esto será para ambos - el futuro inmediato, a menos que recobren
su juicio, se verá». «Pero el Papa», dije,
«cuya simplicidad es su título de renombre, pensó
que él escribía este para el honor del emperador, no para
su vergüenza. Sabemos, por supuesto, que Constantino, el emperador
romano, vino aquí con el título de caballero romano, y
fundó esta ciudad por su nombre; pero porque usted cambió
su lengua, sus costumbres y su vestido, el muy santo Papa pensó
que el nombre de los romanos así como su vestido, le disgustaría.
Él mostrará esto, si él vive, en sus futuras cartas;
ya que ellas serán dirigidos como sigue: ¡«Juan,
el Papa romano, a Nicéforo, Constantino, Basilio, los grandes
y augustos emperadores de los romanos!» Y ahora note, le pido,
por qué dije esto.
Nicéforo llegó al trono a través del perjurio y
el adulterio. Y ya que la salvación de todos los Cristianos -
pertenece al cuidado del Papa romano, permítasele al señor
Papa enviar a Nicéforo una epístola como aquellos sepulcros
que por fuera están blanqueados y por dentro están llenos
de huesos de hombres muertos; muéstrsele como por perjurio y
adulterio él ha obtenido el gobierno sobre sus amos, permítanle
invitar a Nicéforo a un sínodo, y, si él no viene,
déjenle lanzar el anatema contra él. Pero si la dirección
no es como he dicho, nunca le alcanzará.
Pero volviendo a la materia que teníamos. Cuando los príncipes
que he mencionado tuvieron noticias de mí los arriba mencionados
prometieron acerca de la dirección, no sospechando ninguna astucia:
«Le agradecemos», dijo, «oh obispo. Es digno de su
sabiduría actuar como mediador en una materia tan grande. Usted
es el único de los francos a quien ahora amamos; pero cuando
a su instancia ellos habrán corregido lo que está mal,
los amarán también. Y cuando usted venga nuevamente, no
se marchará sin recompensa».
Dije para mí: «¡Si alguna vez vuelvo aquí
otra vez, puede Nicéforo presentarse con una corona y un cetro
de oro!».
«¿Pero díganos», siguieron ellos, «desea
su muy santo maestro concluir con el emperador un tratado de amistad
por matrimonio?»
«Cuando vine aquí él lo deseó», dije,
«pero desde entonces, durante mi larga tardanza, él no
ha recibido noticias alguna; él piensa que usted ha cometido
un crimen, y que ha sido apresado y atado; y su alma entera, así
como una leona privada de sus cachorros, se inflame con un deseo por
la justa ira para tomar venganza, y renunciar el matrimonio y desahogar
su cólera sobre usted».
«Si él lo intenta», dijeron ellos, «no diremos
Italia, pero ni siquiera la pobre Sajonia donde él nació
- donde los habitantes usan las pieles de las bestias salvajes - le
protegerán. Con nuestro dinero, que nos da nuestro poder, despertaremos
a todas las naciones contra él; y lo romperemos en pedazos como
el envase de un alfarero, que, cuando roto no puede recuperar la forma
otra vez. Y cuando imaginamos que ustedes, en su honor, han comprado
algunas ropa costosas, ordenamos que las traiga ante nosotros. Lo que
es adecuado para usted será marcado con un sello de plomo y dejado;
pero aquellos que están prohibidos a todas las naciones excepto
romanos, serán llevados de vuelta y el precio devuelto».
Cuando
esto fue hecho, se llevaron de mí las cinco prendas purpúreas
más costosas; considerando a ustedes y a todos los italianos,
sajones, francos, bávaros, suabos, todas las naciones, como indignas
de ser embellecidas con tales vestiduras. ¡Cuán indigno,
que vergonzoso es, que estos suaves, afeminados, de mangas largas, encapuchados,
con velos, yaciendo, de género neutro, criaturas ociosas que
deberían ir vestidas de púrpura, mientras ustedes, hombres-héroes
fuertes, a saber, expertos en la guerra, llenos de fe y amor, venerando
a Dios, llenos de virtudes! ¿Qué es esto, si no un insulto?
«¿Pero dónde», dije, «está la
palabra de su emperador, donde la promesa imperial? Ya que cuando le
dije adiós a él, le pregunté hasta que precio él
me permitiría comprar vestiduras en honor a mi iglesia. Y él
dijo: «Compre cualesquiera y tantos como usted desee realmente;
y al designar así la cantidad y la calidad, claramente no hizo
ninguna diferencia como si hubiera dicho «excepto este y este».
León, el mariscal de la corte, su hermano, es testigo; Enodisio,
el intérprete, Juan, Romano, son testigos. Yo mismo soy testigo,
dado que hasta sin intérprete, entendí lo que dijo el
emperador».
«Pero», dijeron ellos, - estas cosas están prohibidas;
y cuando el emperador habló como usted dice que lo hizo, él
no podía imaginar que usted siquiera soñaría con
cosas como éstas. Pues, así como superamos a otras naciones
en riqueza y sabiduría, también deberíamos superarlos
en el vestido; de modo que aquellos que son singularmente dotados con
la virtud, deberían tener ropas únicas en belleza».
«Tal ropa puede ser apenas llamada única», contesté,
«cuando con nosotros, las prostitutas y los prestidigitadores
las lleven puestas».
«¿Dónde la consiguen?», preguntaron.
«De comerciantes venecianos y amalfitanos», contesté,
«los que trayéndonosla se mantienen con la comida que les
damos»
«Bien, ellos no lo harán por más tiempo»,
dijeron ellos. «Serán estrechamente examinados, y si alguna
cosa de esta clase es encontrada en ellos, serán castigados con
golpes y rapado su pelo».
«En tiempos del emperador Constantino, de la bendita memoria»,
dije, «vine aquí no como obispo, sino como diácono;
no enviado por un emperador o un rey sino por el margrave Berengario;
y compré muchas vestiduras cada vez más preciosas, que
fueron ni miradas, ni vistas por los griegos, ni estampadas con plomo.
Ahora, habiéndome convertido en obispo, por la gracia de Dios,
y ser enviado por los magníficos emperadores Otón y Otón,
padre e hijo, me siento insultado que mis vestiduras sean marcadas a
la manera de los venecianos; y, mientras están siendo transportados
para el uso de la iglesia a mí confiada, todo lo que parece de
valor es llevado. ¿ No está usted cansado de insultarme,
o mejor dicho a mis señores, por cuyo bien se mofan de mí?
¿No es suficiente que yo sea dado en custodia, que sea torturado
por el hambre y la sed, qué no pueda devolverles, estando detenido
hasta ahora, - sin, colmar la medida de su desacato, siendo privado
de mis propias cosas? Tome de mí al menos sólo lo que
tengo comprado; ¡Déjeme aquellas cosas que me han sido
dadas como regalo por mis amigos!»
«El emperador Constantine», dijeron ellos, «era un
hombre suave, que siempre se quedaba en su palacio, y por medios como
estos hizo que los nativos fueran amistosos con él; pero el emperador
Nicéforo, un hombre dado a la guerra, detesta el palacio como
si fuera la plaga. Y es llamado por nosotros guerrero y casi amante
de la lucha; tampoco hace que las naciones sean amistosas con él
pagándoles, pero las sujeta a su poder por el terror y la espada.
Y a fin de que usted pueda ver cual es nuestra opinión de sus
reales amos, todo lo que le ha sido dado de este color, y todo lo que
ha sido comprado volverá a nosostros por el mismo proceso».
Habiendo hecho y dicho estas cosas, me dieron una carta escrita y sellada
con oro para traerle; pero - no era digna de usted, como pensé.
Trajeron también otras cartas selladas con plata y dijeron: «Juzgamos
impropio que su Papa reciba cartas del emperador; pero el mariscal de
la corte, el hermano del emperador, le envía una epístola
que es suficientemente buena para él -no por sus propios enviados
pobres, sino por usted, en el sentido de que a menos que él recobre
su juicio, él sabrá que lo confundirán completamente».
Cuando yo recibí esto, me dejaron ir, dándome besos que
eran muy dulces, muy cariñosos. Pero cuando me marché
ellos me enviaron un mensaje digno de ellos, pero no de mí -
al efecto, a saber, que ellos me darían caballos para mí
personalmente y para mis compañeros, pero ninguno para mi equipaje.
Y así, muy enojado, como era natural, - tuve que dar a mi guía
como paga, objetos por valor a cincuenta piezas de oro. Y como no tenía
medio alguno para desquitarme sobre Nicéforo por su erróneos
hechos, escribí estos versos en la pared de mi odiada residencia,
y sobre una mesa de madera:
Falsa
es la fe Argólida, sé advertido y desconfía, Oh
latino;
Preste atención a usted y no deje a su oído que se preste
a las palabras que ellos pronuncian.
¡Cuándo le ayude el Argivo jurará por todo que es
santo!
Alto, con altas ventanas, ornamentadas con diversos mármoles,
Esta morada, deficiente en agua, admite el sol en sus límites,
Cría el frío más intenso, ni repele el calor cuando
enfurece
Liutprando un obispo de Cremona, una ciudad de Ausonia,
Aquí por amor a la paz a Constantinopla viajé realmente;
Aquí fui confinado a lo largo de los cuatro meses del verano.
Ya que antes que ente las puertas de Bari hubiera aparecido el emperador
Otón,
Luchando por tomar el lugar por el fuego tanto como por la matanza.
De allí, inducido por mis rezos, él se apresura a Roma,
su propia ciudad
mientras Grecia le ha prometido una novia para el hijo del vencedor.
Oh, ella recién había nacido, y yo había sido destinado
a este sombrío viaje
Evitando saludablemente la ira que Nicéforo ha vertido sobre
mí
¡Él, que prohíbe a su hijastra de casarse con el
hijo de mi señor!
Lo, el día está cercano, cuando la guerra, obligada por
furias feroces,
Como un loco rabiará sobre los límites de la tierra, debe
Dios verlo como no adecuado para apartarlo.
¡La paz que es añorada por todos, debido a su culpa será
silenciosa!
Después de escribir estos versos, durante el sexto día
antes de las Nonas de Octubre (2 de octubre), a la hora décima,
entré en mi barco con mi guía, y dejé aquella una
vez muy rica y floreciente, ahora medio muerta de hambre, perjurada,
mentirosa, astuta, avara, rapaz y vanagloriada ciudad; y después
de cuarenta y nueve días de cabalgar en asno, andar, cabalgar
sobre caballo, ayunar, sentir sed, suspirar, sollozar y gemir, llegué
a Naupacta, que es una ciudad de Nicópolis. Y aquí mi
guía desertó después de colocarnos en dos pequeños
barcos, y encomendarnos a dos mensajeros imperiales que debían
llevarme por vía marítima a Hydronto. Pero ya que sus
Órdenes no incluían el derecho de imponerme por parte
de los príncipes griegos, ellos fueron en todas partes rechazados;
de modo que no fuimos apoyados por ellos, sino ellos por nosotros. Con
qué frecuencia dió vueltas dentro de mí el verso
de Terencio: «Ellos mismos necesitan ayuda; a quien elige usted
para que le defienda».
Durante el noveno día antes de las Calendas de diciembre, entonces
(23 de noviembre), dejamos Naupacta y llegué al río Offidaris
en dos días - mis compañeros no permanecieron en los barcos,
que no podían sostenerlos, y avanzaban por la orilla. De nuestra
posición en el río Offidaris buscamos Patras, distante
dieciocho millas, en la otra orilla del mar. Este lugar de sufrimiento
apostólico, que habíamos visitado y adorado en nuestro
camino a Constantinopla, ahora lo omitimos, admito mi falta, de visitar
y adorar. Mi deseo indecible, mis augustos señores y amos, de
volver y verles, eran la causa de esto; y si no hubiera sido por esto
solo, yo creo, habría perecido para siempre.
Una tormenta del sur se elevó contra mí, loco así
como estaba, perturbando al mar en sus profundidades más bajas
con su furia. Y como esto continuó durante varios días
y noches, durante el día anterior a las Calendas de diciembre
(30 de noviembre), durante el mismo día, a saber, de Su pasión,
yo reconozco que esto me había pasado por mi propia culpa. Los
problemas me enseñaron a prestar oídos a su significado.
La hambruna, en efecto, había comenzado a oprimirnos violentamente.
Los habitantes de tierra pensaron en matarnos, a fin de tomar nuestros
bienes. El mar, para dificultar nuestra huída, estaba enfurecido.
Entonces, encaminándome a la iglesia que ví, llorando
y gimiendo, dije: « Oh, santo apóstol Andrés, soy
el sirviente de tu amigo el pescador, hermano y compañero apóstol,
Simon Pedro; no he evitado el lugar de tu sufrimiento ni me he conservado
lejos de él por orgullo; la orden de mis emperadores, el amor
de ellos, me impulsa a volver a casa. Si mi pecado te ha movido a la
indignación, quiera el mérito de mis augustos amos conducirte
con misericordia. Tú no tienes nada para otorgar a tu hermano;
otorga algo en los emperadores que aman a tu hermano poniendo su confianza
en Él que sabe todas las cosas. Tú sabes con que trabajos
y esfuerzos, con qué vigilias y qué gastos, arrebatándolo
de las manos del ateo, ellos han enriquecido, honrado, exaltado, y devuelto
a su condición apropiada, la iglesia romana de tu hermano, el
apóstol Pedro. Pero si mis trabajos me echan al peligro, deje
que sus méritos al menos me liberen; ¡y no dejes a aquellos
que tu arriba mencionado hermano en la fe y en la carne, Pedro el apóstol
principal de los apóstoles, desea que tengan alegría y
prosperidad, sean entristecidos por esto, es decir por uno a quien ellos
mismos habían enviado!
Esto no es, Oh, mis amos y augustos emperadores, esto no es adulación.
Lo digo realmente, y no coso almohadas bajo mis armas, la cosa, digo,
es verdadera, después de dos días, por sus méritos,
el mar se puso calmo y tan tranquilo, que cuando nuestros marineros
nos abandonaron, nosotros mismos navegamos el barco hacia Leucate -
ciento cuarenta millas, sin sufrir peligro alguno o incomodidad, excepto
un poco en las boca del río Aqueloi, donde su corriente fluyendo
rápidamente abajo, es hecha retroceder contra las olas del mar.
¿Cómo entonces, mis muy poderosos emperadores, le van
a devolver al Señor por todo lo que por su bien Él me
hizo. Les diré como Dios desea esto y exige que sea hecho. Y
aunque Él puede hacerlo sin ustedes, Él desea sin embargo
que ustedes sean sus instrumentos en esta materia. Ya que Él
él mismo suministra lo que le será ofrecido, guarda lo
que Él exige de nosotros, a fin de coronar Su propio trabajo.
Presten atención entonces, le ruego. Nicéforo, siendo
un hombre que desdeña todas las iglesias, debido a la abundante
ira que tiene hacia ustedes, ha ordenado que el patriarca de Constantinopla
eleve la iglesia de Hydronto al rango de un obispado, y no permita más
tiempo, en todas las partes de Apulia y Calabria, que los divinos misterios
sean celebrados en latín, sino que sean celebrados en griego.
Él dice que los antiguos Papas eran comerciantes y que ellos
vendieron el Espíritu Santo, ese Espíritu por el cual
todas las cosas son vivificadas y gobernadas, que llena el universo;
que sabe la Palabra; que es co-eterno y de una sustancia con Dios el
Padre y Su Hijo Jesucristo, sin principio, sin final, por siempre verdadero;
quién (Cristo) no es valorado en un precio fijo, pero es comprado
por los limpios de corazón por tanto como ellos sostienen que
vales. Y así Polieucto, el patriarca de Constantinopla, escribió
un privilegio para el obispo de Hydronto a este efecto. Que él
podría, por su autoridad, tener permiso para consagrar obispos
en Acerenza, Tursi, Gravina, Matera y Tricarico: que, sin embargo, claramente
pertenecen a la diócesis del señor Papa. ¿Pero
por qué tengo necesidad yo de decir esto cuando, en efecto, la
iglesia de Constantinopla misma está correctamente sujeta a nuestra
santa iglesia católica y apostólica de Roma?. Nosotros
sabemos, hemos visto, que el obispo de Constantinopla no usaba el pallium
excepto con permiso de nuestro Santo padre. Pero cuando aquel muy ateo
Alberico, a quien la codicia, no por gotas, sino por torrentes, hubo
llenado, usurpó para él la ciudad romana, y mantuvo al
señor Papa como su propio esclavo en su vivienda, el emperador
Romano hizo de su propio hijo, el eunuco Teofilacto, patriarca. Y ya
que la codicia de Alberico no le era ajena, le envió muy grandes
regalos, trayendo que, en nombre del Papa, las cartas fueron enviadas
al patriarca Teofilacto, por la autoridades de quién él
y sus sucesores igualmente podrían usar el pallium sin el permiso
de los Papas. De cual vil transacción nació la vergonzosa
costumbre que no sólo el patriarca sino también los obispos
de toda la Grecia debían usar el pallium. Cuán absurdo
es esto, no debo aclararlo. Es por lo tanto mi plan que se celebre un
sínodo sagrado, y que Polieucto sea convocado. Pero si él
no tuviera voluntad de venir y enmendar las faltas que han sido mencionadas
anteriormente, permitan entonces que sea hecho lo que los santos canones
decretarán. Quieran ustedes en el entretiempo, mis muy potentes
emperadores, seguir trabajando como lo han hecho; hagan que, si Nicéforo
no desee obedecernos, cuando quedemos en proceder contra él canónicamente,
él los oirá, cuyas fuerzas este medio cadáver no
se atreverá a encontrar. Esto, digo, es lo que los apóstoles,
nuestros maestros y compañeros de lucha, desean que nosotros
hagamos. Roma no debe ser despreciada por los griegos porque Constantino
se marchó de ella; pero mejor dicho debe ser la más apreciada,
venerada y adorada por la razón que los apóstoles, los
santos maestros Pedro y Pablo, fueron allí. Pero pueda que lo
que he escrito acerca de esto baste por ahora, siendo arrebatado de
las manos de los griegos, por la gracia de Dios y los rezos de los muy
santos apóstoles, pueda llegar donde ustedes. Y luego puede no
cansarme decir que me abruma ahora aquí para escribir. Volvamos
ahora a la materia en la que estábamos.
Durante el octavo día antes de los Idus de diciembre (6 de diciembre)
llegamos a Leucate, donde, por el obispo de aquel lugar, un eunuco,
como por otros obispos en todas partes, fuimos recibidos y tratados
con muy poca amabilidad. En toda la Grecia - hablo de verdad y no miento
- no encontré ningún obispo hospitalario. Ellos son al
mismo tiempo pobres y ricos; ricos en oro, con lo cual juegan con cofres
llenos; pobres en criados e implementos. Solo ellos se sientan en sus
pequeñas mesas desnudas, colocando ante ellos mismos su galleta
marinera; y luego no bebiendo, pero tomando a sorbos su agua de baño
de un muy pequeño vaso de cristal. Ellos mismos compran y venden;
ellos mismos abren y cierran sus puertas; ¡ellos son sus propios
administradores, sus propios conductores de asnos, su propio «capones»
- pero ¡ah! Yo iba a escribir «caupones», pero la
cosa en sí es tan verdadera que fui obligado a escribir la verdad
aun cuando no lo deseaba - pero realmente, digo, ellos son «caupones»
-es decir eunucos- que están en contra de la ley eclesiástica;
y también son «capones», es decir encargados de taberna;
que también está en contra de los canones. Uno puede decir
de ellos-
La lechuga termina realmente la comida que con la lechuga tuvo su principio,
La lechuga, que también solía cerrar las comidas de sus
padres. '
[Epigramas, Marcial. XIII]
Yo los consideraría felices en su pobreza si esto fuera una imitación
de la pobreza de Cristo. Pero nada los obliga a este salvación
de sórdida ganancia y a la maldita sed de oro. ¡Pero quiera
Dios perdonarlos! Pienso que ellos hacen esto porque sus iglesias son
tributarias. El obispo de Leucate me juró que cada año
su iglesia tiene que pagar a Nicéforo cien piezas de oro; y en
manera parecida las otras iglesias, más o menos, acorde a sus
medios. Cuan malo es esto está demostrado por los actos de nuestro
la muy parte Santo padre
José; ya que cuando él, en tiempos de hambruna, hizo tributario
a todo el Egipto al Faraón, permitió a la tierra de los
sacerdotes ser libre de tributos.
Dejando Leucate, durante el día diecinueve antes de las Calendas
de Enero (14 de diciembre), y navegando desde entonces, como dijimos
más arriba, nuestros marineros habían huido-el quince
(18 de diciembre) llegamos a la Isla de Corfú; donde, antes de
que hubiéramos dejado el barco, cierto comandante de guerra nos
encontró - Michael de nombre, un quersonita, nacido en el lugar
llamado Querson. Era un hombre canoso, de cara jovial, bondadoso en
su discurso, siempre riendo agradablemente; pero, como después
resultó, un diablo en el fondo - como Dios me mostró aún
entonces por pruebas bastante claras, si sólo mi mente hubiera
podido entender entonces. Ya que al mismo tiempo que, con un beso, me
deseaba la paz que él no llevaba en su corazón, toda la
Isla-Corfú-una gran isla, a saber, temblaba; y no sólo
una vez sino tres veces durante el mismo día tembló. Cuatro
días más tarde, además, - a saber durante el undécimo
día antes de las Calendas de enero (diciembre 22) - mientras,
sentado en la mesa, yo comía el pan del que me pisaba bajo su
pie, el sol, avergonzado de un hecho tan indigno, escondió los
rayos de su luz, y, sufriendo un eclipse, aterrorizaron a Miguel, pero
no lo cambiaron.
Explicaré, entonces, lo que yo le hice por el bien de la amistad,
y lo que recibí de él por vía de recompensa. En
mi camino a Constantinopla, dí a su hijo ese tan costoso escudo,
aceitado y trabajado con maravilloso arte, que ustedes, mis augustos
señores, me dieron con los otros regalos para entregar a mis
amigos griegos. Ahora, volviendo de Constantinopla, dí al padre
una muy preciosa vestidura; por todo lo cual él me dio los siguientes
agradecimientos - Nicéforo había escrito que, a cualquier
hora que yo fuera, sin tardanza él me ubicaría en un barco
griego y me enviaría al chambelán León. Él
no hizo esto; pero me detuvo veinte días y me alimentó
no a su propio sino a mi costo; hasta que un enviado vino de parte del
arriba mencionado chambelán León, que lo regañó
para retrasarme. Pero a raiz de que no podía aguantar mis reproches,
se lamentos y suspiros, se marchó y me entregó a un hombre
tan pecador y completamente malo que no me permitió ni comprar
provisiones hasta que él hubiera recibido de mí una alfombra
valuada en una libra de plata. Y cuando, después de veinte días,
me marché realmente, desde allí, aquél hombre a
quien yo había dado la alfombra ordenó al patrón
del barco, después de pasar un cierto promontorio, ponerme a
tierra y dejarme morir de hambre. Esto él lo hizo porque él
buscó en mi equipaje para ver si yo tenía alguna vestidura
purpúrea oculta, y, cuando él quiso tomar una, yo lo evité.
¡Oh usted, Miguel, usted Miguel, que yo encontrara muchos como
usted y de tal carácter! Ya que mi guardián en Constantinopla
me entregó a su rival Miguel - un hombre malo a uno peor, el
peor a un bribón. Mi guía también se llamaba Miguel,
un hombre simple, en efecto, pero uno cuya simplicidad me dañó
casi tanto como la maldad de los demás. ¡Pero de las manos
de estos pequeños Migueles llegué usted, Oh gran Miguel
mitad ermitaño, mitad monje! Le digo y se lo digo realmente;
¡el baño no le servirá, en el cual usted se pone
asiduamente ebrio por amor a San Juan Bautista! Porque aquellos que
buscan a Dios falsamente, ¡nunca merecerán encontrarlo!
(El
manuscrito conteniendo el informe de Liutprando se corta abruptamente
aquí)
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