1 - ESTRUCTURA SOCIAL GAÉLICA

La división política es típica de las sociedades célticas, algo que les ha perjudicado enormemente a lo largo de la Historia. Digamos que su afán de independencia y el hecho de no reconocer poderes centralizados, si bien hizo de ellos guerreros indómitos y valientes, les hizo vulnerables ante ataques de enemigos exteriores, más evolucionados en cuanto a sus estructuras políticas, como lo fue Roma o los sajones. Su falta de unidad les hizo perecer.
Precisamente, es la admirable capacidad literaria y de inventar mitos de los celtas lo que muchas veces dotó a estas sociedades de líderes capaces de unificar a todo un pueblo frente a enemigos comunes. Y así, caudillos y reyes históricos como Vercingetorix, Arturo o el propio Brian Boru, por mencionar solo algunos, rebasan con sus hazañas las fronteras de lo estrictamente histórico, para entrar, por la puerta grande, digamos, en la leyenda y en el mito.
Mitos, pero la realidad histórica, como veremos es muy diferente. Y lo cierto es que tanto los galos, como los britanos, sucumbieron, de alguna manera, ante poderes unificados y más fuertes.
El caso de Irlanda es diferente, pues su insularidad (entre otras cosas) le ha hecho permanecer lejos de invasiones externas durante mucho tiempo. Así, sin recibir de Roma más que una influencia indirecta, pero nunca una ocupación, y sin invasiones germánicas de ningún tipo, el mundo irlandés ha podido evolucionar ajeno a las tribulaciones continentales, constituyendo un ejemplo único de sociedad céltica pura, que durará hasta bien entrado el siglo XII.
Irlanda, entre los años 400 y 800, era un puzzle extremadamente complejo de tribus, clanes, y reinos. Un galimatías casi imposible de desentramar, a pesar de que las fuentes con las que contamos son increíblemente numerosas, algo impensable en otros pueblos con semejante nivel de desarrollo.
Algo que podemos decir sin miedo a equivocarnos es que la cabeza de la sociedad la conformaba el rey. Hasta aquí todo normal, si no fuera porque en Irlanda había cientos de reinos, y aún los reyes estaban supeditados los unos a los otros por lazos muy complejos, estableciendo jerarquías que iban desde un simple rey de un túath, hasta el Ard Rí, o rey supremo. El camino que iba desde la base de la pirámide hasta su vértice, estaba jalonado de guerras y luchas continuas, alianzas y traiciones.
Las fuentes, quizá para simplificar un poco las cosas, establecen los diferentes rangos de una forma bastante simple. Así un clan estaría conformado por gentes enlazadas por parentesco, y a su frente habría un jefe. La unión de clanes formaría un tuath, o pequeño reino, a cuyo frente tendríamos a un Ri Túatha. Algunos de estos reyes tenían poder sobre varios túatha (Riuru), con sus reyes incluidos, que le pagarían tributo, en forma de ganado y rehenes principalmente. Todo este conglomerado nos lleva hasta el Ri Ruireg, o rey provincial. En Irlanda solía haber entre cuatro y cinco provincias diferentes, siendo el soberano de cada una de ellas la más alta autoridad política posible en la isla.
Estos reyes provinciales empezarán a tomar importancia a partir del siglo V y de la instauración del Cristianismo. Aún así, ostentar la soberanía sobre un territorio y ejercer el control real sobre él, eran dos cosas muy distintas, debido la gran rivalidad entre reinos, provincias y dinastías con sus innumerables ramas.
El hecho de no existir una unidad política manifiesta en un lugar tan homogéneo como Irlanda hizo surgir la idea de un Rey Supremo (Ard Rí), que sería el vértice de la pirámide. Una figura sagrada que regiría los destinos de la isla: un rey de reyes.
Esta idea, por supuesto, surge en las fuentes (de la mano de poetas, e historiadores, varios) y aunque el concepto de Rey Supremo de Irlanda existe desde tiempos paganos (y adquirió otra dimensión con el Cristianismo), es cierto que nunca supuso un poder efectivo. Así los numerosos reyes de las diferentes dinastías rendían cierta pleitesía simbólica al Ard Rí, y a veces le pagaban tributo (si éste era lo suficientemente poderoso), pero nunca se iba más allá, y habría que esperar hasta el siglo X para ver surgir una figura histórica capaz de reivindicar el gobierno de Irlanda para sí, de facto, lo cual no fue una tarea nada fácil, como veremos más adelante.
La nobleza conforma el segundo escalafón dentro de la pirámide social, y se caracteriza por la posesión de una clientela, seguida de un heterogéneo conglomerado de hombres libres que conforman una artificiosa jerarquía de varios niveles creada por los jueces y expertos en leyes del momento, los llamados brehon, y por los propios clérigos (inspirándose en los modelos del Antiguo Testamento) y que abarcaba desde los poseedores de tierras propias hasta los que sobrevivían ejerciendo de clientela nobiliar, es decir, trabajando la tierra de los señores, que ofrecían protección a cambio de ciertos tributos en especie y hospitalidad cuando era requerida, entre otras cosas.
Si los nobles y el rey ejercían el poder temporal, no podemos olvidar aquellos elementos de la sociedad con atribuciones sagradas:
Desaparecidos ya los druídas, encontramos a los fili o poetas, más o menos integrados ya en la Irlanda cristiana y con carácter tan sagrado como el rey, estando, no en vano, junto al monarca en la cima social de los diferentes túath. Junto a ellos estarían los ya mencionados jueces (brehon), así como toda una amalgama de eruditos varios que acompañaban al rey.
Indudablemente, la variopinta casta cultural de poetas, jueces, historiadores, analistas y literatos varios, con raíces claramente paganas, se vio afectada con la llegada de la nueva religión. Así los monjes retomaron con más vigor y eficacia si cabe la labor cultural de este conglomerado de sabios, mientras que la figura del abad, más que la del obispo, adquirirá, de alguna manera, la dimensión sagrada de los fili y de los antiguos druídas, y se situará sin lugar a dudas en la cumbre de la jerarquía social gaélica.
En cuanto a los siervos, ocupaban el lugar más bajo de la escala social. Sin derechos de ningún tipo aunque amparados, de alguna manera, por el túath, era un grupo formado por prisioneros de guerra entre otros.
Por último quiero hablar del papel de la mujer en la sociedad gaélica del momento. Si en tiempos paganos ésta gozaba de cierta libertad de movimientos, cosa que está aún por demostrar, con la llegada del Cristianismo, la mujer pasa a estar supeditada a la figura masculina, sea el padre, el marido o los hijos varones. Nada parece quedar de las supuestas estructuras matriarcales existentes en Irlanda (y otras naciones célticas) durante los tiempos paganos.
Sin embargo, el papel de la mujer en el mundo gaélico, y a pesar de la influencia eclesiástica (que no olvidemos viene de una sociedad patriarcal como es Roma) es sin embargo más relevante que en otros lugares europeos. Habrá que esperar al surgimiento de los primeros monasterios (frente al sistema vertical de los obispados) y a la maduración de un tipo de Cristianismo original y adaptado a la idiosincrasia irlandesa para ver comunidades monásticas mixtas por ejemplo, muchas veces dirigidas por mujeres. Por no hablar de la participación activa de éstas en la liturgia (algo que horrorizaba a los observadores romanos, y que hubiera espantado igualmente al propio Patricio), o la consideración de Brígida, la gran santa de Irlanda, como segunda patrona de la isla. Si a esto unimos la consideración que se tiene de la mujer en las sagas épicas gaélicas, donde se las presenta valientes y animosas, nos podemos hacer una idea de que estas tenían, al menos, distinta consideración que en el resto de Europa.

Cuchulainn, el Aquiles gaélico, representa las virtudes del guerreo celta en una Irlanda que la mitología ya mostraba dividida en innumerables reinos enfrentados entre sí. Ilustración de Joseph Christian Leyendecker, 1916.

2 - DIVISIÓN PROVINCIAL

La división clásica de Irlanda en cinco provincias es de nuevo una simplificación por parte de las fuentes, que nos muestran una Irlanda menos caótica de lo que fue en realidad.
Las provincias son Munster, al SO, cuya capital (aunque no pensemos en una ciudad ni muchísimo menos) o centro político y religioso sería Cashel, del latín Castellum. Munster recibió una importante influencia romana gracias a las colonias que tenían sus reyes en Britania. Incluso el Cristianismo llegó allí antes de que Patricio desembarcara en las tierras norteñas del Ulster.
El poder de tipo dinástico empezará a tomar importancia a partir del siglo V. Así en cada provincia encontramos varias familias pugnando entre sí por el poder. En el caso
de Munster será la dinastía de los Eóganachta la más destacada, mucho menos poderosa que los linajes de Leinster o Ulster, aunque esto se compensó con una gran labor literaria que presentaba a los reyes de esta provincia como sabios y justos, que gobernaban en paz, justicia y armonía.
El caso del Ulster es más complejo, a parte de que abundan las fuentes en general, sean Genealogías, Anales, Sagas o listas de reyes, siendo muchas veces contradictorias y propagandísticas. Los centros principales aquí son el fuerte de Ailech para el reino del mismo nombre y Emain Macha, antiguo centro religioso y ceremonial del Ulster (y aún de toda la isla) y centro Cristiano de primera magnitud más tarde, pues allí empezó Patricio su labor evangelizadora, y cerca se situó poco después el monasterio de Armagh, de especial trascendencia.

El anillo fortificado de Aileach, en el Úlster, fue posiblemente el centro político del reino, y supone uno de los escasos ejemplos de arquitectura militar en piedra durante la Edad del Hierro en Irlanda.


Si hemos dicho que empiezan a tomar fuerza ahora los reinados de tipo dinástico, esto queda especialmente de manifiesto en el caso del Ulster, que será testigo del ascenso y consolidación de la estirpe de reyes más poderosa que seguramente vio jamás Irlanda. Se trata de los Uí Néill. Esta dinastía toma el nombre del famoso Niall de los Nueve Rehenes, rey de Connacht. Este personaje, histórico y legendario a un tiempo, nació a finales del siglo IV, y sometió buena parte del reino de Argialla, en el Ulster. Sus sucesores hicieron lo propio con el reino más oriental de la provincia, Ulaid, y pronto llegaron hasta Tara, centro político y religioso por excelencia de la dinastía, donde tenía lugar la ceremonia de elección del Rey Supremo de Irlanda. Un solo rey para toda la isla, aunque su poder era más bien nominal, y estaba asociado siempre a la dinastía de los Uí Néill, que así, aparecían como valedores de una estabilidad política que nunca existió en Irlanda.
Leinster es otra provincia que nos ofrece fuentes abundantes. En tiempos abarcaba la región de Mide, o provincia central de Irlanda, que incluye Tara, pero fueron expulsados por los Uí Néill, quedando el rio Liffey como frontera norte. Aquí destacan dos dinastías: los Uí Dunlainge al norte, y los Uí Cennsalaig al sur, rivales por el control de la provincia, aunque supeditados, de alguna manera, a los Uí Néill. Los asentamientos vikingos tendrán especial relevancia en esta zona, como es el caso de Wexford y el propio Dublín.
Por último Connacht, al O, la patria de origen de los Uí Néill. La casi absoluta ausencia de fuentes anteriores al año 800 nos hace difícil su estudio. El poder dinástico más importante eran los Uí Fiachrach, aunque fueron desplazados a partir del siglo VII por sus rivales los Uí Bruín. El hecho de ser una provincia de menor trascendencia, por así decirlo, con menor participación en las tribulaciones de la isla, ha permitido sin embargo la supervivencia de ciertas costumbres célticas hasta día de hoy, incluyendo la lengua gaélica.

Mapa de Irlanda

3 - ECONOMÍA EN LA IRLANDA PREVIKINGA

Irlanda tenía una economía básicamente ganadera, quedando la agricultura relegada a un segundo plano. Las actividades comerciales así mismo no iban más allá del puro intercambio de productos a nivel local.
La moneda no existía, siendo el ganado quien hacía sus funciones como principal sistema de cambio. Así una tierra se medía por la cantidad de cabezas que podía albergar, y la riqueza de un hombre en el número de reses bajo su posesión. Por lo tanto robar ganado era muy tentador para las milicias de los nobles y reyes, pues al fin y al cabo era dinero igualmente y en un país tan fragmentado políticamente, este tipo de prácticas eran una parte sustancial de la economía, manteniendo a la vez vivas las relaciones y rencillas entre los diferentes reinos, que veían estas expediciones de saqueo poco menos que como un deporte, y no sería la primera vez que ambos bandos llegan a un acuerdo acabando en festín lo que antes fue una batalla real.
Aparte del ganado como moneda de cambio, éste se utilizaba como producto alimenticio, aprovechando su leche y productos derivados, principalmente en los meses con mejor tiempo, mientras que se consumía su carne durante el otoño e invierno.
En cuanto a la agricultura, menos relevante como va dicho, se limitaba a campos de cultivo que rodeaban los núcleos de habitación (de los que hablaremos en breve).
Así mismo utilizaban sofisticados molinos de agua para moler los principales cultivos, a saber, cebada, avena y trigo, con los que fabricaban pan, gachas y cerveza, que junto con la carne de vaca y cerdo, el pescado, los productos lácteos y los frutos recolectados en los bosques, constituían la base de la alimentación de un irlandés medio del momento.
Las hambrunas, no obstante, eran algo relativamente habitual, o al menos se daban cada cierto tiempo, debido principalmente a las continuas guerras. Esta situación de conflicto casi permanente queda reflejada en los núcleos de habitación.
En Irlanda no había ciudades. Serían los vikingos quienes erigirán las primeras urbes en la isla, con el consiguiente desarrollo del comercio a gran escala. Sin embargo, en estos momentos, lo más parecido que había en Irlanda a las ciudades eran los monasterios, que cumplían en cierto modo con las funciones administrativas y económicas, y hasta cierto punto políticas, que con el tiempo desempeñarían las ciudades, como veremos más adelante.

El monasterio irlandés era algo más que un centro estrictamente religioso, pues tenía importantes funciones económicas, administrativas y políticas. En la imagen vemos una representación del monasterio de Nendrum (fundado en el siglo V), en la isla de Mahee, basada en recientes excavaciones arqueológicas. Los diferentes edificios albergaban escuelas, talleres, graneros y establos, constituyendo lo más parecido que había en Irlanda a las ciudades.

El núcleo de habitación más común en Irlanda es el anillo fortificado, los llamados ráth, y que consistía en un círculo amurallado, hecho de tierra, obtenida del foso que lo rodeaba, y que dotaba a estas construcciones de una gran capacidad defensiva. Hay ciertas variaciones regionales, así en las zonas rocosas, estos anillos se construían en piedra.
Dentro del anillo encontramos viviendas circulares, hechas de madera y con tejados de césped. Así mismo, en el exterior habría granjas, y otros edificios destinados al uso agrícola como graneros o molinos.
Otro tipo de núcleo de habitación eran las islas artificiales (a veces naturales) en lagos y ríos. Son los crannóg, con miles de ejemplos en toda Irlanda y aún en Escocia, una suerte de viviendas fortificadas en mitad del agua, accesibles a veces por un estrecho puente de madera (fácil de retirar o destruir en caso de ataque) o con canoas y pequeñas embarcaciones. La dificultad de su construcción y la extraordinaria capacidad defensiva de estas viviendas hace pensar que fueran habitados por las gentes principales de los diferentes reinos.

El crannóg era un tipo de vivienda representativa de las sociedades célticas de Irlanda y Escocia durante el Alto Medievo. En la imagen, vemos un ejemplo en el lago Tay, Escocia.

4 - IRLANDA CRISTIANA Y EL MONACATO CÉLTICO

El Cristianismo llega a Irlanda procedente de Britania y de la Galia.
De las romanizadas tierras galas vino a Britania en dos ocasiones Germán de Auxerre, en la primera mitad del siglo V, para combatir el pelagianismo, tal como hiciera San Martín en calidad de metropolitano desde la ciudad de Tours (y a quien los monjes celtas consagraron una iglesia cerca de Canterbury). Diácono de Auxerre asimismo fue Paladio, obispo de los irlandeses cristianos, una generación antes que Patricio.
Así pues los contactos entre la Galia, como baluarte del Cristianismo romano, y las islas británicas fueron bastante fluidos, sobre todo a medida que el poder de Roma se debilitaba y la gran isla de Britania se veía indefensa frente a los bárbaros. Así, si aquel territorio iba pronto a dejar de ser romano, al menos podía ser Cristiano.
Roma iba a perder aquel territorio, pero con su cristianización, se dejaba a Britania la puerta abierta para volver a entrar en la órbita romana, fueran quienes fueran sus nuevos habitantes, romanos, celtas o germanos. De ahí la importancia de conservar, al menos, un ligero barniz cristiano en aquella región, y de ahí la necesidad de que este barniz sea puro (fiel a Roma, vaya), y no contaminado por herejías.
Es este mensaje, procedente de la Galia, el que llegó a Irlanda igualmente, aunque pasado muchas veces por el tamiz britano. Sabemos por ejemplo que la herejía pelagiana llegó a las tierras norteñas del Ulster, y que gran parte de la influencia que les llegó fue a través de Gales, tierra céltica en aquel tiempo, como sabemos, y en donde muchos reyes irlandeses de Munster habían establecido colonias, de ahí la pronta llegada del Cristianismo a la zona sur de Irlanda, y la venida de Paladio como obispo de aquellas gentes, cuando el Ulster permanecería pagano bastante más tiempo (hasta la llegada de Patricio). No olvidemos que Gales, gozaba de una boyante vida espiritual, y junto a otros como Cadoc de Llancarfan, Illtud, o su discípulo el abad Sansón, encontramos a Gildas, uno de los cronistas clave para el estudio de la Britania post romana y de la época artúrica.
La zona sur de Irlanda, Munster concretamente, recibe por tanto una temprana cristianización procedente de Gales, sobre todo. En el norte, esperaremos hasta principios del siglo V, para ver a Patricio predicar por las tierras del Ulster.
Patricio intenta implantar el sistema eclesiástico romano, quizá el único que conoció, basado en la diócesis, a cuyo frente se situaría un obispo, que residiría en la ciudad. Esto funcionó bien en zonas romanizadas, pero no en un país como Irlanda, sin ciudades ni comercio desarrollado, y con una economía eminentemente pastoril. Fue, aún así, la primera vez en la Historia del mundo occidental, en que el Cristianismo se establecía más allá del antiguo limes romano, adaptándose a una sociedad bárbara, y el resultado fue exitoso a medias, ya que si bien el mensaje de los misioneros fue paulatinamente aceptado, éste cuajó de manera diferente. Y aunque el obispado siguió funcionando, fue el sistema monástico el que triunfó, por su carácter más flexible y adaptable al sistema tribal irlandés.
Desde Patricio hasta la fundación de los primeros monasterios habría que esperar varias décadas, lo cual nos hace ver que la nueva religión no fue aceptada con tanta rapidez como se cree.
La primera generación de fundadores de monasterios (primera mitad del siglo VI) incluye personalidades importantes, como son Brígida de Kildare (+521), Finnian de Clonard (+ 549) o Ciaran de Clonmacnois (+549), entre otros, predecesores de los grandes héroes cristianos, Brendan de Clonfert y Collum Cille.
No fue hasta que los nobles empezaron a enviar a sus hijos a estudiar a los monasterios cuando éstos empezaron a cobrar relevancia, impulsando a la vez el avance de la nueva religión, ya que muchos de estos nobles terminaron siendo abades.
Nunca la figura del abad tendrá tanta relevancia como con el monacato céltico. En principio se encargaba del gobierno del monasterio y de la salud espiritual de los monjes, aunque pronto adquiere otras atribuciones, incluso políticas y económicas, a medida que el sistema monástico se expande por la isla y aún fuera de ella.
Normalmente los monasterios se fundaban en las tierras privadas de un reino o de una dinastía. Estas posesiones dinásticas se iban ampliando a medida que se creaban nuevos monasterios, quedando todos bajo la esfera de influencia de la familia en cuestión. Así surgen federaciones monásticas con características comunes, es la “paruchia”.
Mientras las diócesis tenían límites definidos, y normalmente no había ningún tipo de problemas jurisdiccionales entre ellas, la paruchía no tenía límites y podía expandirse incluso fuera de Irlanda, así tenemos el caso de Collum Cille en Iona y luego en Escocia, que al cristianizar a los pictos lo que está haciendo es expandir la influencia de su familia (sabemos que era príncipe de los Uí Néill), y en el fondo allanando el camino para la gaelización de estas tierras. La paruchía por tanto tiene una dimensión política nada desdeñable.
Nobles y reyes por tanto acabaron aceptando el Cristianismo, aunque esta situación esconde una paradoja, pues si bien la aristocracia impulsó el desarrollo de la nueva religión, ésta también acabó por secularizarse de alguna manera. Digamos que el Cristianismo se hizo popular, y por lo tanto se desvirtuó, y adquirió una serie de vicios como la adquisición de poderes eclesiásticos por parte de señores laicos (muchos abades eran simples nobles) o el comportamiento laico, digamos, de muchos obispos y abades que llegaban a residir en sus dependencias eclesiásticas junto a sus mujeres e hijos.
La Iglesia llega incluso a aceptar algunas costumbres paganas como la poligamia (que se justificaba por el Antiguo Testamento) o la sucesión hereditaria en sus diferentes cargos. Por no hablar de las guerras entre monasterios, por intereses estrictamente temporales.
Esta secularización coincide en el tiempo con el ascenso de la dinastía de los Uí Neill, que de alguna manera aspiraba a controlar políticamente toda la isla. Y para ello no dudaron en hacer uso de la religión. Su sede espiritual era Armagh, en donde vivían los sucesores de Patricio, que no escatimaron esfuerzos por reivindicar su liderazgo sobre toda la Iglesia de Irlanda.
De alguna manera el grado de desarrollo político y espiritual que Irlanda estaba alcanzando no era muy diferente al de cualquier otro país de Europa occidental. En este momento, siglo VIII, la Britania anglosajona tendía de alguna manera a cierta unificación política (sin mucho éxito), que vemos en las sucesivas hegemonías de los diferentes reinos. En la Galia, los Carolingios hacían lo propio, intentando crear un estado fuerte, algo no muy diferente a lo que los Godos intentaron en la península Ibérica antes de la invasión musulmana. Pues bien, en Irlanda pasaba algo parecido, y los Ui Néill eran los encargados de ello.
Volviendo al tema estrictamente religioso, esta secularización, no queda sin respuesta por parte de los cristianos más escrupulosos. Así a mediados del siglo VIII asistimos a una renovación del ascetismo, una vuelta a los orígenes de la Iglesia irlandesa, más pura y fiel al mensaje original. Así los monasterios empiezan a ver la llegada de una nueva generación de ascetas, de costumbres austeras y muy críticos con la relajación de costumbres imperante hasta el momento. Se fundan así mismo nuevas casas reformadas como la de Finglas o Tallagh. Se les conoce como "vasallos de Dios", o "Céli Dé".
Las raíces de este movimiento están en Munster, una región que ya en el siglo VII había destacado por su gran labor intelectual, aunque pronto se expande a Leinster (los dos monasterios antes citados se encuentran allí, cerca del actual Dublín) y al resto de la isla, y aún fuera de ella, pues a través de las diferentes paruchías, llega hasta Iona, y por lo tanto a Escocia, e incluso al continente, pues no olvidemos la labor que allí estaban desempeñando misioneros celtas, llegando a influir en la reforma de la Iglesia franca (muy necesitada también de cambios) llevada a cabo por Chorodegang de Metz, a mediados del siglo VIII.
Lo más destacable en cuanto al pensamiento de los nuevos ascetas, es la austeridad de sus costumbres (algo no nuevo en el Cristianismo celta), así mantenían un estricto celibato y miraban a las mujeres con suspicacia (“portadoras del diablo” decían).
Fomentaban así mismo la oración y ponían énfasis en la piedad individual. Eran devotos también del trabajo físico y mantenían unos austeros hábitos alimenticios, así como una estricta observancia dominical.
Aunque lo más destacable es su afán por el estudio, que era el más excelente ejercicio de piedad para ellos. Tanta austeridad hace que el movimiento pierda su celo inicial una vez desaparecidos sus líderes, aunque la gran labor intelectual continuará a través del tiempo.

Vista parcial de monasterio de Glendalough, fundado en Leinster por San Kevin, siglo VI.

Así, en general, y a pesar de sus altibajos, podemos decir que la Iglesia irlandesa gozaba de muy buena salud en el siglo VIII, pues aún seguía siendo un referente inevitable en el desarrollo cultural y religioso de Occidente, lo cual hacía de Irlanda un país enormemente atractivo para otros pueblos. Y si la isla se vio libre de la primera oleada de invasiones que sacudió la mitad occidental del Imperio Romano, no correrá la misma suerte ahora que la Cristiandad se enfrentaba a nuevos ataques. Solo nos queda ver como las gentes de Irlanda (hasta ahora inmersos en su mundo insular) reaccionaron ante los ataques de un pueblo en expansión y que causaría terror y admiración a un tiempo en toda Europa y aún fuera de ella. Son los hombres del norte, los vikingos.