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- ESTRUCTURA SOCIAL GAÉLICA
La
división política es típica de las sociedades
célticas, algo que les ha perjudicado enormemente a lo largo
de la Historia. Digamos que su afán de independencia y el
hecho de no reconocer poderes centralizados, si bien hizo de ellos
guerreros indómitos y valientes, les hizo vulnerables ante
ataques de enemigos exteriores, más evolucionados en cuanto
a sus estructuras políticas, como lo fue Roma o los sajones.
Su falta de unidad les hizo perecer.
Precisamente, es la admirable capacidad literaria y de inventar
mitos de los celtas lo que muchas veces dotó a estas sociedades
de líderes capaces de unificar a todo un pueblo frente a
enemigos comunes. Y así, caudillos y reyes históricos
como Vercingetorix, Arturo o el
propio Brian Boru, por mencionar solo algunos,
rebasan con sus hazañas las fronteras de lo estrictamente
histórico, para entrar, por la puerta grande, digamos, en
la leyenda y en el mito.
Mitos, pero la realidad histórica, como veremos es muy diferente.
Y lo cierto es que tanto los galos, como los britanos, sucumbieron,
de alguna manera, ante poderes unificados y más fuertes.
El caso de Irlanda es diferente, pues su insularidad (entre otras
cosas) le ha hecho permanecer lejos de invasiones externas durante
mucho tiempo. Así, sin recibir de Roma más que una
influencia indirecta, pero nunca una ocupación, y sin invasiones
germánicas de ningún tipo, el mundo irlandés
ha podido evolucionar ajeno a las tribulaciones continentales, constituyendo
un ejemplo único de sociedad céltica pura, que durará
hasta bien entrado el siglo XII.
Irlanda, entre los años 400 y 800, era un puzzle extremadamente
complejo de tribus, clanes, y reinos. Un galimatías casi
imposible de desentramar, a pesar de que las fuentes con las que
contamos son increíblemente numerosas, algo impensable en
otros pueblos con semejante nivel de desarrollo.
Algo que podemos decir sin miedo a equivocarnos es que la cabeza
de la sociedad la conformaba el rey. Hasta aquí todo normal,
si no fuera porque en Irlanda había cientos de reinos, y
aún los reyes estaban supeditados los unos a los otros por
lazos muy complejos, estableciendo jerarquías que iban desde
un simple rey de un túath, hasta el Ard Rí, o rey
supremo. El camino que iba desde la base de la pirámide hasta
su vértice, estaba jalonado de guerras y luchas continuas,
alianzas y traiciones.
Las fuentes, quizá para simplificar un poco las cosas, establecen
los diferentes rangos de una forma bastante simple. Así un
clan estaría conformado por gentes enlazadas por parentesco,
y a su frente habría un jefe. La unión de clanes formaría
un tuath, o pequeño reino, a cuyo frente tendríamos
a un Ri Túatha. Algunos de estos reyes tenían poder
sobre varios túatha (Riuru), con sus reyes incluidos, que
le pagarían tributo, en forma de ganado y rehenes principalmente.
Todo este conglomerado nos lleva hasta el Ri Ruireg, o rey provincial.
En Irlanda solía haber entre cuatro y cinco provincias diferentes,
siendo el soberano de cada una de ellas la más alta autoridad
política posible en la isla.
Estos reyes provinciales empezarán a tomar importancia a
partir del siglo V y de la instauración del Cristianismo.
Aún así, ostentar la soberanía sobre un territorio
y ejercer el control real sobre él, eran dos cosas muy distintas,
debido la gran rivalidad entre reinos, provincias y dinastías
con sus innumerables ramas.
El hecho de no existir una unidad política manifiesta en
un lugar tan homogéneo como Irlanda hizo surgir la idea de
un Rey Supremo (Ard Rí), que sería el vértice
de la pirámide. Una figura sagrada que regiría los
destinos de la isla: un rey de reyes.
Esta idea, por supuesto, surge en las fuentes (de la mano de poetas,
e historiadores, varios) y aunque el concepto de Rey Supremo de
Irlanda existe desde tiempos paganos (y adquirió otra dimensión
con el Cristianismo), es cierto que nunca supuso un poder efectivo.
Así los numerosos reyes de las diferentes dinastías
rendían cierta pleitesía simbólica al Ard Rí,
y a veces le pagaban tributo (si éste era lo suficientemente
poderoso), pero nunca se iba más allá, y habría
que esperar hasta el siglo X para ver surgir una figura histórica
capaz de reivindicar el gobierno de Irlanda para sí, de facto,
lo cual no fue una tarea nada fácil, como veremos más
adelante.
La nobleza conforma el segundo escalafón dentro de la pirámide
social, y se caracteriza por la posesión de una clientela,
seguida de un heterogéneo conglomerado de hombres libres
que conforman una artificiosa jerarquía de varios niveles
creada por los jueces y expertos en leyes del momento, los llamados
brehon, y por los propios clérigos (inspirándose en
los modelos del Antiguo Testamento) y que abarcaba desde los poseedores
de tierras propias hasta los que sobrevivían ejerciendo de
clientela nobiliar, es decir, trabajando la tierra de los señores,
que ofrecían protección a cambio de ciertos tributos
en especie y hospitalidad cuando era requerida, entre otras cosas.
Si los nobles y el rey ejercían el poder temporal, no podemos
olvidar aquellos elementos de la sociedad con atribuciones sagradas:
Desaparecidos ya los druídas, encontramos a los fili o poetas,
más o menos integrados ya en la Irlanda cristiana y con carácter
tan sagrado como el rey, estando, no en vano, junto al monarca en
la cima social de los diferentes túath. Junto a ellos estarían
los ya mencionados jueces (brehon), así como toda una amalgama
de eruditos varios que acompañaban al rey.
Indudablemente, la variopinta casta cultural de poetas, jueces,
historiadores, analistas y literatos varios, con raíces claramente
paganas, se vio afectada con la llegada de la nueva religión.
Así los monjes retomaron con más vigor y eficacia
si cabe la labor cultural de este conglomerado de sabios, mientras
que la figura del abad, más que la del obispo, adquirirá,
de alguna manera, la dimensión sagrada de los fili y de los
antiguos druídas, y se situará sin lugar a dudas en
la cumbre de la jerarquía social gaélica.
En cuanto a los siervos, ocupaban el lugar más bajo de la
escala social. Sin derechos de ningún tipo aunque amparados,
de alguna manera, por el túath, era un grupo formado por
prisioneros de guerra entre otros.
Por último quiero hablar del papel de la mujer en la sociedad
gaélica del momento. Si en tiempos paganos ésta gozaba
de cierta libertad de movimientos, cosa que está aún
por demostrar, con la llegada del Cristianismo, la mujer pasa a
estar supeditada a la figura masculina, sea el padre, el marido
o los hijos varones. Nada parece quedar de las supuestas estructuras
matriarcales existentes en Irlanda (y otras naciones célticas)
durante los tiempos paganos.
Sin embargo, el papel de la mujer en el mundo gaélico, y
a pesar de la influencia eclesiástica (que no olvidemos viene
de una sociedad patriarcal como es Roma) es sin embargo más
relevante que en otros lugares europeos. Habrá que esperar
al surgimiento de los primeros monasterios (frente al sistema vertical
de los obispados) y a la maduración de un tipo de Cristianismo
original y adaptado a la idiosincrasia irlandesa para ver comunidades
monásticas mixtas por ejemplo, muchas veces dirigidas por
mujeres. Por no hablar de la participación activa de éstas
en la liturgia (algo que horrorizaba a los observadores romanos,
y que hubiera espantado igualmente al propio Patricio), o la consideración
de Brígida, la gran santa de Irlanda, como segunda patrona
de la isla. Si a esto unimos la consideración que se tiene
de la mujer en las sagas épicas gaélicas, donde se
las presenta valientes y animosas, nos podemos hacer una idea de
que estas tenían, al menos, distinta consideración
que en el resto de Europa.
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Cuchulainn,
el Aquiles gaélico, representa
las virtudes del guerreo celta en una Irlanda que la
mitología ya mostraba dividida en innumerables
reinos enfrentados entre sí. Ilustración
de Joseph Christian Leyendecker, 1916. |
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2
- DIVISIÓN PROVINCIAL
La
división clásica de Irlanda en cinco provincias es
de nuevo una simplificación por parte de las fuentes, que
nos muestran una Irlanda menos caótica de lo que fue en realidad.
Las provincias son Munster, al SO, cuya capital (aunque no pensemos
en una ciudad ni muchísimo menos) o centro político
y religioso sería Cashel, del latín Castellum. Munster
recibió una importante influencia romana gracias a las colonias
que tenían sus reyes en Britania. Incluso el Cristianismo
llegó allí antes de que Patricio desembarcara en las
tierras norteñas del Ulster.
El poder de tipo dinástico empezará a tomar importancia
a partir del siglo V. Así en cada provincia encontramos varias
familias pugnando entre sí por el poder. En el caso
de Munster será la dinastía de los Eóganachta
la más destacada, mucho menos poderosa que los linajes de
Leinster o Ulster, aunque esto se compensó con una gran labor
literaria que presentaba a los reyes de esta provincia como sabios
y justos, que gobernaban en paz, justicia y armonía.
El caso del Ulster es más complejo, a parte de que abundan
las fuentes en general, sean Genealogías, Anales, Sagas o
listas de reyes, siendo muchas veces contradictorias y propagandísticas.
Los centros principales aquí son el fuerte de Ailech para
el reino del mismo nombre y Emain Macha, antiguo centro religioso
y ceremonial del Ulster (y aún de toda la isla) y centro
Cristiano de primera magnitud más tarde, pues allí
empezó Patricio su labor evangelizadora, y cerca se situó
poco después el monasterio de Armagh, de especial trascendencia.
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El
anillo fortificado de Aileach, en el Úlster,
fue posiblemente el centro político del reino,
y supone uno de los escasos ejemplos de arquitectura
militar en piedra durante la Edad del Hierro en Irlanda. |
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Si hemos dicho que empiezan a tomar fuerza ahora los reinados de
tipo dinástico, esto queda especialmente de manifiesto en
el caso del Ulster, que será testigo del ascenso y consolidación
de la estirpe de reyes más poderosa que seguramente vio jamás
Irlanda. Se trata de los Uí Néill.
Esta dinastía toma el nombre del famoso Niall de
los Nueve Rehenes, rey de Connacht. Este personaje, histórico
y legendario a un tiempo, nació a finales del siglo IV, y
sometió buena parte del reino de Argialla, en el Ulster.
Sus sucesores hicieron lo propio con el reino más oriental
de la provincia, Ulaid, y pronto llegaron hasta Tara, centro político
y religioso por excelencia de la dinastía, donde tenía
lugar la ceremonia de elección del Rey Supremo de Irlanda.
Un solo rey para toda la isla, aunque su poder era más bien
nominal, y estaba asociado siempre a la dinastía de los Uí
Néill, que así, aparecían como valedores
de una estabilidad política que nunca existió en Irlanda.
Leinster es otra provincia que nos ofrece fuentes abundantes. En
tiempos abarcaba la región de Mide, o provincia central de
Irlanda, que incluye Tara, pero fueron expulsados por los Uí
Néill, quedando el rio Liffey como frontera norte.
Aquí destacan dos dinastías: los Uí
Dunlainge al norte, y los Uí Cennsalaig
al sur, rivales por el control de la provincia, aunque supeditados,
de alguna manera, a los Uí Néill.
Los asentamientos vikingos tendrán especial relevancia en
esta zona, como es el caso de Wexford y el propio Dublín.
Por último Connacht, al O, la patria de origen de los Uí
Néill. La casi absoluta ausencia de fuentes anteriores
al año 800 nos hace difícil su estudio. El poder dinástico
más importante eran los Uí Fiachrach,
aunque fueron desplazados a partir del siglo VII por sus rivales
los Uí Bruín. El hecho de ser una
provincia de menor trascendencia, por así decirlo, con menor
participación en las tribulaciones de la isla, ha permitido
sin embargo la supervivencia de ciertas costumbres célticas
hasta día de hoy, incluyendo la lengua gaélica.
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| Mapa
de Irlanda |
3
- ECONOMÍA EN LA IRLANDA PREVIKINGA
Irlanda
tenía una economía básicamente ganadera, quedando
la agricultura relegada a un segundo plano. Las actividades comerciales
así mismo no iban más allá del puro intercambio
de productos a nivel local.
La moneda no existía, siendo el ganado quien hacía
sus funciones como principal sistema de cambio. Así una tierra
se medía por la cantidad de cabezas que podía albergar,
y la riqueza de un hombre en el número de reses bajo su posesión.
Por lo tanto robar ganado era muy tentador para las milicias de
los nobles y reyes, pues al fin y al cabo era dinero igualmente
y en un país tan fragmentado políticamente, este tipo
de prácticas eran una parte sustancial de la economía,
manteniendo a la vez vivas las relaciones y rencillas entre los
diferentes reinos, que veían estas expediciones de saqueo
poco menos que como un deporte, y no sería la primera vez
que ambos bandos llegan a un acuerdo acabando en festín lo
que antes fue una batalla real.
Aparte del ganado como moneda de cambio, éste se utilizaba
como producto alimenticio, aprovechando su leche y productos derivados,
principalmente en los meses con mejor tiempo, mientras que se consumía
su carne durante el otoño e invierno.
En cuanto a la agricultura, menos relevante como va dicho, se limitaba
a campos de cultivo que rodeaban los núcleos de habitación
(de los que hablaremos en breve).
Así mismo utilizaban sofisticados molinos de agua para moler
los principales cultivos, a saber, cebada, avena y trigo, con los
que fabricaban pan, gachas y cerveza, que junto con la carne de
vaca y cerdo, el pescado, los productos lácteos y los frutos
recolectados en los bosques, constituían la base de la alimentación
de un irlandés medio del momento.
Las hambrunas, no obstante, eran algo relativamente habitual, o
al menos se daban cada cierto tiempo, debido principalmente a las
continuas guerras. Esta situación de conflicto casi permanente
queda reflejada en los núcleos de habitación.
En Irlanda no había ciudades. Serían los vikingos
quienes erigirán las primeras urbes en la isla, con el consiguiente
desarrollo del comercio a gran escala. Sin embargo, en estos momentos,
lo más parecido que había en Irlanda a las ciudades
eran los monasterios, que cumplían en cierto modo con las
funciones administrativas y económicas, y hasta cierto punto
políticas, que con el tiempo desempeñarían
las ciudades, como veremos más adelante.
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El
monasterio irlandés era algo más que un
centro estrictamente religioso, pues tenía importantes
funciones económicas, administrativas y políticas.
En la imagen vemos una representación del monasterio
de Nendrum (fundado en el siglo V), en la isla de Mahee,
basada en recientes excavaciones arqueológicas.
Los diferentes edificios albergaban escuelas, talleres,
graneros y establos, constituyendo lo más parecido
que había en Irlanda a las ciudades. |
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El
núcleo de habitación más común en Irlanda
es el anillo fortificado, los llamados ráth, y que consistía
en un círculo amurallado, hecho de tierra, obtenida del foso
que lo rodeaba, y que dotaba a estas construcciones de una gran
capacidad defensiva. Hay ciertas variaciones regionales, así
en las zonas rocosas, estos anillos se construían en piedra.
Dentro del anillo encontramos viviendas circulares, hechas de madera
y con tejados de césped. Así mismo, en el exterior
habría granjas, y otros edificios destinados al uso agrícola
como graneros o molinos.
Otro tipo de núcleo de habitación eran las islas artificiales
(a veces naturales) en lagos y ríos. Son los crannóg,
con miles de ejemplos en toda Irlanda y aún en Escocia, una
suerte de viviendas fortificadas en mitad del agua, accesibles a
veces por un estrecho puente de madera (fácil de retirar
o destruir en caso de ataque) o con canoas y pequeñas embarcaciones.
La dificultad de su construcción y la extraordinaria capacidad
defensiva de estas viviendas hace pensar que fueran habitados por
las gentes principales de los diferentes reinos.
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El
crannóg era un tipo de vivienda representativa
de las sociedades célticas de Irlanda y Escocia
durante el Alto Medievo. En la imagen, vemos un ejemplo
en el lago Tay, Escocia. |
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4
- IRLANDA CRISTIANA Y EL MONACATO CÉLTICO
El
Cristianismo llega a Irlanda procedente de Britania y de la Galia.
De las romanizadas tierras galas vino a Britania en dos ocasiones
Germán de Auxerre, en la primera mitad del
siglo V, para combatir el pelagianismo, tal como hiciera San
Martín en calidad de metropolitano desde la ciudad
de Tours (y a quien los monjes celtas consagraron una iglesia cerca
de Canterbury). Diácono de Auxerre asimismo fue Paladio,
obispo de los irlandeses cristianos, una generación antes
que Patricio.
Así pues los contactos entre la Galia, como baluarte del
Cristianismo romano, y las islas británicas fueron bastante
fluidos, sobre todo a medida que el poder de Roma se debilitaba
y la gran isla de Britania se veía indefensa frente a los
bárbaros. Así, si aquel territorio iba pronto a dejar
de ser romano, al menos podía ser Cristiano.
Roma iba a perder aquel territorio, pero con su cristianización,
se dejaba a Britania la puerta abierta para volver a entrar en la
órbita romana, fueran quienes fueran sus nuevos habitantes,
romanos, celtas o germanos. De ahí la importancia de conservar,
al menos, un ligero barniz cristiano en aquella región, y
de ahí la necesidad de que este barniz sea puro (fiel a Roma,
vaya), y no contaminado por herejías.
Es este mensaje, procedente de la Galia, el que llegó a Irlanda
igualmente, aunque pasado muchas veces por el tamiz britano. Sabemos
por ejemplo que la herejía pelagiana llegó a las tierras
norteñas del Ulster, y que gran parte de la influencia que
les llegó fue a través de Gales, tierra céltica
en aquel tiempo, como sabemos, y en donde muchos reyes irlandeses
de Munster habían establecido colonias, de ahí la
pronta llegada del Cristianismo a la zona sur de Irlanda, y la venida
de Paladio como obispo de aquellas gentes, cuando
el Ulster permanecería pagano bastante más tiempo
(hasta la llegada de Patricio). No olvidemos que
Gales, gozaba de una boyante vida espiritual, y junto a otros como
Cadoc de Llancarfan, Illtud, o su discípulo
el abad Sansón, encontramos a Gildas,
uno de los cronistas clave para el estudio de la Britania post romana
y de la época artúrica.
La zona sur de Irlanda, Munster concretamente, recibe por tanto
una temprana cristianización procedente de Gales, sobre todo.
En el norte, esperaremos hasta principios del siglo V, para ver
a Patricio predicar por las tierras del Ulster.
Patricio intenta implantar el sistema eclesiástico
romano, quizá el único que conoció, basado
en la diócesis, a cuyo frente se situaría un obispo,
que residiría en la ciudad. Esto funcionó bien en
zonas romanizadas, pero no en un país como Irlanda, sin ciudades
ni comercio desarrollado, y con una economía eminentemente
pastoril. Fue, aún así, la primera vez en la Historia
del mundo occidental, en que el Cristianismo se establecía
más allá del antiguo limes romano, adaptándose
a una sociedad bárbara, y el resultado fue exitoso a medias,
ya que si bien el mensaje de los misioneros fue paulatinamente aceptado,
éste cuajó de manera diferente. Y aunque el obispado
siguió funcionando, fue el sistema monástico el que
triunfó, por su carácter más flexible y adaptable
al sistema tribal irlandés.
Desde Patricio hasta la fundación de los
primeros monasterios habría que esperar varias décadas,
lo cual nos hace ver que la nueva religión no fue aceptada
con tanta rapidez como se cree.
La primera generación de fundadores de monasterios (primera
mitad del siglo VI) incluye personalidades importantes, como son
Brígida de Kildare (+521), Finnian
de Clonard (+ 549) o Ciaran de Clonmacnois (+549),
entre otros, predecesores de los grandes héroes cristianos,
Brendan de Clonfert y Collum Cille.
No fue hasta que los nobles empezaron a enviar a sus hijos a estudiar
a los monasterios cuando éstos empezaron a cobrar relevancia,
impulsando a la vez el avance de la nueva religión, ya que
muchos de estos nobles terminaron siendo abades.
Nunca la figura del abad tendrá tanta relevancia como con
el monacato céltico. En principio se encargaba del gobierno
del monasterio y de la salud espiritual de los monjes, aunque pronto
adquiere otras atribuciones, incluso políticas y económicas,
a medida que el sistema monástico se expande por la isla
y aún fuera de ella.
Normalmente los monasterios se fundaban en las tierras privadas
de un reino o de una dinastía. Estas posesiones dinásticas
se iban ampliando a medida que se creaban nuevos monasterios, quedando
todos bajo la esfera de influencia de la familia en cuestión.
Así surgen federaciones monásticas con características
comunes, es la “paruchia”.
Mientras las diócesis tenían límites definidos,
y normalmente no había ningún tipo de problemas jurisdiccionales
entre ellas, la paruchía no tenía límites y
podía expandirse incluso fuera de Irlanda, así tenemos
el caso de Collum Cille en Iona y luego en Escocia,
que al cristianizar a los pictos lo que está haciendo es
expandir la influencia de su familia (sabemos que era príncipe
de los Uí Néill), y en el fondo allanando
el camino para la gaelización de estas tierras. La paruchía
por tanto tiene una dimensión política nada desdeñable.
Nobles y reyes por tanto acabaron aceptando el Cristianismo, aunque
esta situación esconde una paradoja, pues si bien la aristocracia
impulsó el desarrollo de la nueva religión, ésta
también acabó por secularizarse de alguna manera.
Digamos que el Cristianismo se hizo popular, y por lo tanto se desvirtuó,
y adquirió una serie de vicios como la adquisición
de poderes eclesiásticos por parte de señores laicos
(muchos abades eran simples nobles) o el comportamiento laico, digamos,
de muchos obispos y abades que llegaban a residir en sus dependencias
eclesiásticas junto a sus mujeres e hijos.
La Iglesia llega incluso a aceptar algunas costumbres paganas como
la poligamia (que se justificaba por el Antiguo Testamento) o la
sucesión hereditaria en sus diferentes cargos. Por no hablar
de las guerras entre monasterios, por intereses estrictamente temporales.
Esta secularización coincide en el tiempo con el ascenso
de la dinastía de los Uí Neill, que
de alguna manera aspiraba a controlar políticamente toda
la isla. Y para ello no dudaron en hacer uso de la religión.
Su sede espiritual era Armagh, en donde vivían los sucesores
de Patricio, que no escatimaron esfuerzos por reivindicar
su liderazgo sobre toda la Iglesia de Irlanda.
De alguna manera el grado de desarrollo político y espiritual
que Irlanda estaba alcanzando no era muy diferente al de cualquier
otro país de Europa occidental. En este momento, siglo VIII,
la Britania anglosajona tendía de alguna manera a cierta
unificación política (sin mucho éxito), que
vemos en las sucesivas hegemonías de los diferentes reinos.
En la Galia, los Carolingios hacían lo propio, intentando
crear un estado fuerte, algo no muy diferente a lo que los Godos
intentaron en la península Ibérica antes de la invasión
musulmana. Pues bien, en Irlanda pasaba algo parecido, y los Ui
Néill eran los encargados de ello.
Volviendo al tema estrictamente religioso, esta secularización,
no queda sin respuesta por parte de los cristianos más escrupulosos.
Así a mediados del siglo VIII asistimos a una renovación
del ascetismo, una vuelta a los orígenes de la Iglesia irlandesa,
más pura y fiel al mensaje original. Así los monasterios
empiezan a ver la llegada de una nueva generación de ascetas,
de costumbres austeras y muy críticos con la relajación
de costumbres imperante hasta el momento. Se fundan así mismo
nuevas casas reformadas como la de Finglas o Tallagh.
Se les conoce como "vasallos de Dios", o "Céli
Dé".
Las raíces de este movimiento están en Munster, una
región que ya en el siglo VII había destacado por
su gran labor intelectual, aunque pronto se expande a Leinster (los
dos monasterios antes citados se encuentran allí, cerca del
actual Dublín) y al resto de la isla, y aún fuera
de ella, pues a través de las diferentes paruchías,
llega hasta Iona, y por lo tanto a Escocia, e incluso al continente,
pues no olvidemos la labor que allí estaban desempeñando
misioneros celtas, llegando a influir en la reforma de la Iglesia
franca (muy necesitada también de cambios) llevada a cabo
por Chorodegang de Metz, a mediados del siglo VIII.
Lo más destacable en cuanto al pensamiento de los nuevos
ascetas, es la austeridad de sus costumbres (algo no nuevo en el
Cristianismo celta), así mantenían un estricto celibato
y miraban a las mujeres con suspicacia (“portadoras del diablo”
decían).
Fomentaban así mismo la oración y ponían énfasis
en la piedad individual. Eran devotos también del trabajo
físico y mantenían unos austeros hábitos alimenticios,
así como una estricta observancia dominical.
Aunque lo más destacable es su afán por el estudio,
que era el más excelente ejercicio de piedad para ellos.
Tanta austeridad hace que el movimiento pierda su celo inicial una
vez desaparecidos sus líderes, aunque la gran labor intelectual
continuará a través del tiempo.
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Vista
parcial de monasterio de Glendalough, fundado en Leinster
por San Kevin, siglo VI. |
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Así,
en general, y a pesar de sus altibajos, podemos decir que la Iglesia
irlandesa gozaba de muy buena salud en el siglo VIII, pues aún
seguía siendo un referente inevitable en el desarrollo cultural
y religioso de Occidente, lo cual hacía de Irlanda un país
enormemente atractivo para otros pueblos. Y si la isla se vio libre
de la primera oleada de invasiones que sacudió la mitad occidental
del Imperio Romano, no correrá la misma suerte ahora que
la Cristiandad se enfrentaba a nuevos ataques. Solo nos queda ver
como las gentes de Irlanda (hasta ahora inmersos en su mundo insular)
reaccionaron ante los ataques de un pueblo en expansión y
que causaría terror y admiración a un tiempo en toda
Europa y aún fuera de ella. Son los hombres del norte, los
vikingos.
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