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Trabajo que he realizado para la revista WARGAMES, mayo 2005, y del que expongo aquí un extracto de su contenido.
LA BATALLA DE PAVÍA La descripción de la Batalla de Pavía que reflejamos en este trabajo está basada en alguna de las crónicas hispanas de la época. Principalmente en la Fray Juan de Oznayo, personaje que se mantuvo junto a los arcabuceros del Marqués de Pescara durante toda la jornada y fue por ello testigo directo de la mayor parte de los hechos de armas que a continuación narraremos. En el año 1524, Francisco
I entra en Italia persiguiendo al ejército imperial que
había invadido, sin éxito, la Provenza. Totalmente derrotadas,
las fuerzas imperiales se retiran rápidamente del Milanesado, dejando
atrás una fuerte guarnición en Pavía destinada a
entorpecer los movimientos franceses. Mientras tanto, el ejército
de Carlos V se reorganiza y se prepara para la contraofensiva. Llegados al campo de batalla,
a las afueras de Pavía, los imperiales tomaron posiciones y se
fortificaron a resguardo de la siempre temible artillería francesa.
Con el paso de los días se hizo evidente para los imperiales la
imposibilidad de ofrecer batalla a Francisco. Los franceses
se encontraban bien atrincherados y no tenían la menor intención
de combatir en campo abierto. Un avance contra aquel dispositivo era,
sencillamente, suicida. EL CAMPO FRANCÉS El despliegue de los franceses,
un tanto condicionado por las circunstancias e influido por la falta de
tiempo, era poco elaborado. Su mayor defecto consistía en la poca
cohesión de su línea de batalla, que como veremos, pesará
mucho en el resultado final del encuentro. Constaba de tres grupos de
combate bien diferenciados; El más poderoso se encontraba junto
al rey; 3.600 jinetes entre los que se encontraba la famosa gendarmerie
(sus caballeros), unos 900 hombres a los que alguna de las crónicas
castellanas denominan a la antigua catafractos, la flor y nata
de la nobleza francesa que comprendía entre sus filas a más
de setenta príncipes y grandes nobles. En aquel sector se desplegaba
la artillería antes mencionada, dirigida toda ella, según
las fuentes, por un gascon, el veterano y experto Galliot de Genouillac,
que desde la posición elegida y teniendo en cuenta la línea
de avance de los imperiales, los enfilaba de través. El segundo grupo, que evolucionaba mucho más a la derecha, era el de los suizos de Fleurange. Entre 3.000 y 5.000 hombres, eran sin duda las mejores tropas con que contaba el ejército francés. Su flanco derecho venía protegido por un cuerpo de caballería ligera, alrededor de 500 jinetes, al mando de Tiercelin. El tercer grupo era el formado por la retaguardia que, a la par, mantenía el cerco sobre Pavía: unos 10.000 hombres dispersos entre varios bastiones y atrincheramientos. Su núcleo principal consistía en una unidad de suizos bajo Montmorency, tropas que llegado el caso podrían acudir rápidamente al campo de batalla.
La columna de avance imperial, que atravesaba el bosque que cubría buena parte de ese sector del parque, una vez detectado el dispositivo francés, comenzó a desplegarse frente a su enemigo. En ese momento, el propio Pescara encabezó una unidad de españoles que llevo hacia la colina en cuya cima se levantaba el castillo de Mirabello, una posición de gran relevancia táctica, pues desde allí se dominaba el campo de batalla y se podía, además, sorprender de través a los franceses si estos procedían a desencadenar un ataque. La expuesta línea de batalla imperial comenzó entonces a sufrir los efectos del devastador fuego de la artillería de Francisco. Las bajas causadas a las columnas imperiales fueron relativamente serias (llegarían quizás a unas 600 al termino de la jornada). Sorprendidas e impotentes, las tropas imperiales tuvieron entonces que retroceder unos metros e intentar aprovechar los desniveles del terreno para atenuar en lo posible los efectos del fuego francés. En aquellos momentos iniciales de confusión, las tropas de Fleurange, que actuaban seguramente bajo un plan preconcebido, avanzaron incontenibles junto a la caballería ligera de Tiercelin en dirección a la brecha por donde habían entrado los imperiales. Si se movían con rapidez bien podrían sorprender la retaguardia de Pescara en unos momentos en que sus fuerzas se encontraba casi clavadas sobre el terreno por el fuego graneado de las baterías francesas. Para los imperiales fue un momento, como veremos, difícil y de gran indecisión. LOS PRIMEROS ENCUENTROS Quiso la suerte que la caballería ligera francesa y parte de los suizos, que se adelantaban hacia la brecha abierta en la muralla, se topasen frontalmente con una unidad de infantería napolitana que, retrasada, se encontraba todavía marchando por aquel sector. Una vez más la disciplina y cohesión de las esplendidas tropas al servicio de Carlos evitaron el desastre. El capitán Papacoda, a la sazón al mando de la unidad italiana, mientras sopesaba la idea de replegarse sobre una alameda cercana para ponerse a resguardo al menos de la caballería enemiga, fue increpado por uno de sus alféreces quien le espeto: “ …que para un día como aquel os había pagado el emperador muchos años: y por tanto no os cumple menear de donde estáis, sino tened por cierto que el primer picazo que yo daré será a vos”. Obviamente el capitán italiano se mantuvo en el lugar preparado para lo peor. El choque fue terrible, los napolitanos lucharon con bravura pero no pudieron evitar ser aniquilados. Según el cronista, este combate, aunque acabo en derrota para los imperiales, evito el ulterior avance de esos mismos franceses, pues también agoto el poder combativo de sus jinetes, que pese a quedar victoriosos debieron sufrir también un buen número de bajas. Los suizos, por su parte, y sin oposición, se toparon con las pocas piezas de artillería ligera que disponían en aquel lugar los españoles, batería que comenzaron a utilizar contra estos mientras daban ya los usuales gritos de victoria: ¡Francia, Francia! dando prácticamente la jornada por ganada. Y no era para menos, pues la línea de batalla imperial se encontraba todavía clavada sobre el terreno por el fuego de la artillería de Francisco, víctimas entonces de la indecisión en un momento crucial como aquel.
LA HORA DE LA VERDAD El Virrey de Nápoles,
Lannoy, a la sazón al frente de la caballería
pesada española y que había observado el avance de Fleurange,
envió, presa de la turbación, a decir a Pescara
-recordemos que situado ahora en la posición de Mirabello: “
que lo mejor que se podía hacer era refugiarse dentro del foso
de Mirabello, que al lugar acudirían todos y así, a salvo
de los tiros de la artillería francesa, podrían sopesar
con calma las salidas que se les ofrecían”. El Marques
de Pescara, al recibir y leer la nota del Virrey,
le remitió la orden de cargar inmediatamente con su caballería
sobre las posiciones francesas. Entre tanto, comenzó él
mismo a retroceder, abandonando Mirabello y tornando al centro, mientras
hacia desmontar a sus jinetes y los situaba junto a la infantería. FIN DEL EXTRACTO
Tapiz representando la Batalla de Pavía. En la esquina superior izquierda la fortaleza de Mirabello. A la derecha la artillería francesa y, tras esta, el campamento francés, todo ello en manos ya de las fuerzas atacantes. |