Ibn Tumart, fundador del movimiento almohade.


En este articulo trataremos de acercarnos a la vida de este fascinante personaje. No es en absoluto ningún héroe de leyenda ni, siquiera, ha quedado recuerdo de él en el Marruecos de hoy. Era tan solo un inteligente, a la par que fanático, faqui, que, imbuido en una particular visión del islam, agrupo bajo su liderazgo a las cábilas mas primitivas, pobres e irredentas del sur marroquí, tribus que en principio se salían del control del régimen almorávide, y a las que, desde su inicial situación de dispersión y enfrentamiento, vertebró, configurandose luego, tras un largo y duro periodo de transición, en un poderoso y solido movimiento que, mas adelante, y en manos de su sucesor, alcanzaría a convertirse en la primera potencia de África.

NacióIbn Tumart, alrededor del año 1182, en el seno de una familia bereber con ciertos recursos, aunque de la tribu de los Harga, enclavada esta en un territorio muy pobre, árido, en algún lugar al sur de las montañas que se elevan y delimitan el llamado valle del Sus.
De mente despierta, pese a que no tenemos mucha información fiable sobre su juventud y primeros anos, es fácil imaginarselo como algunos de sus hagiógrafos nos lo describen, apartado frecuentemente de los muchachos y juegos de su edad dedicando gran parte de su tiempo al estudio. Su padre era un sincero creyente, reconocido por su piedad y que, sin duda, influiría y ahoyaría en gran manera al muchacho, sobre todo cuando este, pasada la adolescencia, motivado por su afán de ampliar conocimientos, emprendió un largo viaje al oriente musulmán, era el año 1106 o 1107 .
Durante quince largos años Ibn Tumart peregrino por las grandes capitales culturales del mundo musulmán, desde Córdoba a Alejandría, la Meca, Damasco o Bagdad.

Cuando Tumart comienza el largo y tortuoso regreso al Magreb, dispone ya de todos los elementos que, a medio plazo, conjugara para hacer cristalizar su nueva doctrina. Asceta riguroso, fanático y ardiente

Es, probablemente, al regresar al occidente musulmán, cuando observa contrariado las muchas contradicciones y el gran desconocimiento en que se vive la religión islámica en esta parte del mundo. Es quizás entonces, cuando va fermentando en el la idea de lucha abierta contra el actual estado de las cosas, una lucha que llevara, aun a riesgo de perder su vida, hasta sus ultima consecuencias.

El regreso a Marruecos.

Decidido a emprender ya el regreso a occidente, sabemos de la estancia de Tumart en Alejandría, en donde, por fin, comenzó a dar muestras de su talante (al menos que sepamos). Nuestro protagonista se había convertido ya, a nuestros ojos, en un autentico fanático, riguroso seguidor de todos los preceptos islámicos, valiente y consecuente como pocos, no estaba ya dispuesto a tolerar a su alrededor las usuales muestras de indiferencia que el pueblo de estas grandes metrópolis mostraban por las obligaciones mas angostas de ley islámica. Como era de esperar, a punto estuvo de salir linchado de la ciudad, en donde el populacho se sintió molesto por las virulentas condenas con que este fanático faqui trataba de perseguir los muchos actos que podían considerarse contrarios a la ley islámica. Tuvo por fin que escapar de la ciudad egipcia, a riesgo de perder seguramente su vida, embarcandose en un navío que se dirigía a Ifriquiya. Durante la travesía, y de hecho hasta el final de sus días, ya no ceso de perseguir lo que el consideraba actos perniciosos. Poco falto para que debido a su rigor y molesta compañía los liberales marineros del navío egipcio lo echasen por la borda, lo cierto es que debió ser obligado a bajar en una de las escalas, Trípoli, en donde de nuevo se puso Tumart manos a la obra y, como era de esperar, tuvo que volver a emprender la huida, marchando entonces de Trípoli a al-Mahidiya en donde, para su estupor, pudo ver como en el mercado,(muy cosmopolita) se vendía vino abiertamente. Tumart no se lo pensó dos veces y la emprendió a golpes con las vasijas, los comerciantes no tardaron en hacerselo saber al emir local, Ali b. Yayha b. Tamim quien, ante la contumacia del personaje, pensó incluso en hacerle ejecutar, contentandose, finalmente, gracias a la mediación de un alfaqui del lugar, con expulsarlo de la ciudad.

El Cairo El Oriente que conoce Tumart vive realmente momento excepcionales. Son los tiempos posteriores a las primeras cruzadas, tiempos en que proliferan las sectas, coma la de los asesinos. El Egipto Fatimí esta en franca decadencia, con ellos se pierde definitivamente cualquier posibilidad de que el chiismo se imponga en el mundo musulmán. El gran teólogo musulmán al-Ghazali logra integrar al sufismo en la ortodoxia, con ello, y paralelamente, o como consecuencia de esto, la espiritualidad religiosa comienza a ganar terreno. Esta renovada tendencia influirá decisivamente en la mente del joven, e inteligente, faqui del Sus.


Continua Tumart con su peregrinaje de regreso, llega esta vez a Monastir, y de allí a Túnez, en donde es posible que contuviese un poco sus ímpetus, dedicandose ahora al proselitismo, pues, justo es reconocerlo, disponía de una formación, ganada en su largo viaje por oriente, mucho mas rica y vertebrada que sus contemporáneos magrebies. Logro en esta ciudad sus primeros tres prosélitos, Yusuf al-Dukkali, abd al-Rahman y un servidor de este, al que la historia conocerá como al-Baydaq, que se convertirá en un futuro en su primer biógrafo.

Recala ahora Tumart en Constantina, su fama de hombre sabio comienza a extenderse por la región, allí es amistosamente recogido por los alfaquíes locales, a quienes instruye. De allí pasa a Bugia, en donde de nuevo se desatan las pasiones. En pleno mes del Ramadán descubre una ciudad abierta al lujo y al desorden (lo que él considera desorden). Pasan los días mientras se dedica a instruir pacíficamente a los alfaquíes locales que acuden a escucharle, pero el día de la ruptura del ayuno, en la explanada en donde el pueblo se congregaba para hacer la oración solemne de la fiesta, volvió a encontrarse con ciertos detalles que enervaron sus ánimos. La emprendiendo entonces Tumart a golpes con todos los pecadores con que se encontraba provocando un gran tumulto. El emir local, al-Aziz, mas tarde, trato de que fuese llevado, respetuosamente, a su presencia, más no lo consiguió a la primera, si no a la segunda, utilizando, eso si, una cortes y moderada insistencia, pudo recibirlo finalmente en palacio. De su conversación pudo deducir el emir que el personaje no tenia intención de cambiar su actitud, recomendandole encarecidamente entonces al-Aziz el que abandonase la ciudad, al no poder asegurar su integridad física, por el odio que se había suscitado contra él por parte del pueblo. Ibn Tumart se traslado entonces a pocos kilómetros de Bugia, a la mezquita de Mallala, en donde prosiguió con éxito su labor de proselitismo. Allí mismo, mientras Tumart descansaba frente a una de las puertas de la mezquita, es donde se encontraron Ibn Tumart y el joven Abd al-Mumin, su mas ferviente y sincero seguidor, y el que mas adelante se convertiría en un temible conquistador y el verdadero fundador del Imperio Almohade. El joven se adhirió de inmediato al grupo de seguidores de Tumart y escucho con fervor sus enseñanzas durante aquellos largos meses en que estuvieron residiendo en el lugar.

Prosiguen por fin el viaje. Ibn Tumart y sus cuatro discípulos cuentan con muy pocos medios de subsistencia, el camino es difícil y dependen, muchas veces, de la ayuda de los fieles que puedan encontrar durante su camino. En Tremecen se enfrenta de nuevo a las costumbres locales y de nuevo es, probablemente, obligado a abandonar la localidad. Pasa ahora por varios pueblos en donde no duda en hacer de censor de las costumbres, en algunos lugares con mas éxito que en otros, como en Amlil, en donde, empeñado en hacer que los hombres y mujeres dejen de tocar música (la música también se considera pecaminosa), es, ante la virulenta contumacia de que hace gala, amenazado de muerte por los vecinos de la localidad.

Mapa: Imperio almorávide en el año 1118.

Después de otro largo tramo en su viaje llega por fin a Fez, la primera gran ciudad de Marruecos, instalandose entonces en la mezquita de Taryana. Conocido ya por sus andanzas y conocimientos, todos los estudiantes y alfaquíes acuden prestos a escuchar sus enseñanzas, y, parece ser, realmente no hay nadie que pueda competir con él en el conocimiento de los fundamentos de la religión, en un país en el que, desde hace ya mucho, el estudio de la base teológica de la religión islámica había sido relegada y apartada como lógica consecuencia de la rigurosa aplicación, a lo largo de muchos decenios, del enfoque malikita, doctrina, por otra parte, oficial, adoptada con fervor por los primeros almorávides y que ahora había caído, con la usual e inevitable laxitud de los tiempos, en una acomodaticia doctrina de estado al servicio de la casta de alfaquíes que controlaban, en el extenso imperio, la correcta observación de las leyes y que, sin duda, les proporcionaba una serie de beneficios y ventajas que habían arraigado en el tiempo. Al margen, claro, de que muchos pudieran ser fervientes seguidores y creyentes sinceros de esta vertiente de la obediencia islámica que, a mi, al menos, se me antoja como mas racional que otras contemporáneas, ya sean cristianas o musulmanas.

El enfrentamiento con los almorávides.

Su corta estancia en Fez de nuevo estuvo marcada por la polémica, esa vez la emprendió contra los puestos de algunos vendedores de instrumentos musicales, estos apelaron al cadi Ibn Ma`isa, y este, quien seguramente tenia ya noticias de las andanzas de este faqui del Sus, aprovecho el hecho para hacerlo traer a su presencia, preparandole así mismo una sibilina celada confrontandole entonces con los sabios locales que seguían la doctrina oficial. Los malikitas fueron en aquella ocasión incapaces de discutir las argumentaciones de Tumart, carentes como estaban de conocimientos profundos en el terreno teológico.

Tumart fue no obstante desterrado de Fez, y un informe acerca de su persona fue enviado a la capital, Marrakech, poniendo sobre alerta a las autoridades sobre las actividades de este peligroso disidente religioso.
De Fez, Tumart paso a Mequinez, de donde fue también expulsado por su comportamiento. Después de varias vicisitudes llego por fin Tumart con sus condiscípulos, quizás ya mas de diez, a Marrakech, capital del Imperio almorávide.

 

Ya en la capital, Tumart se enfrenta, con su habitual visceralidad, a la antigua y particular costumbre de los hombres del Sahara, inmediatos antecesores de los ahora sedentarios almorávides, de velarse la cara (3). Para un fanático como Tumart no podía si no sentirse profundamente turbado al observar como, paradójicamente, en el Imperio almorávide eran los hombres (pertenecientes a las tribus propiamente almorávides) los que se velaban la cara, y no las mujeres, como era costumbre (y parece para algunos que ley) en el resto del mundo musulmán. El escándalo surgió cuando Tumart se topo en las calles con el cortejo de la

Marrakech

Marrakech

princesa al-Sura, hermana del todopoderoso sultánAli ibn Yusuf. Al ver a la princesa con la cara descubierta desato un tumulto tan grave que la misma acabo de bruces en el suelo.
Su siguiente acción, mas directa, fue dirigirse el viernes de oración a la mezquita principal de la ciudad, allí se encuentra con el propio sultán acompañado de sus visires. Provoca entonces un desagradable incidente, es la gota que colma el vaso. Los alfaquíes malikitas que se sienten alarmados por sus continuas provocaciones y su incansable actividad predicadora, empujan al sultán a convocar a palacio, ante una corte de sabios, al alfaquí del Sus, con la intención de poner al molesto rival contra las cuerdas. De nuevo, y ante el propio sultán, Ibn Tumart sale airoso del enfrentamiento dialéctico con los alfaquíes malikitas. El sevillano Ibn Wuhayb, a la sazón el único miembro de la corte lo suficientemente ilustrado como para percibir la capacidad de Tumart, encabezo el grupo de los mas molestos e irritados alfaquíes malikitas, aconsejando con fuerza al sultán condenar de por vida a prisión al faqui. Ali, magnánimo, le costo llegar a ordenar la prisión del personaje, pero parece que así fue, Ibn Tumart dio con sus huesos en la cárcel, y el encargado de llevarlo a cabo, Abu Bakr b. Tayzamt (quien muchos años después será ejecutado por ello).
Pasados unos días, como quiera que se alargaba la decisión final de que hacer con la persona del turbulento faqui, uno de los visires mas contemporizadores de Ali, Yintan b. Umar, aprovecho para sacarlo de la cárcel y, acogiendolo, dar cuenta del hecho al sultán, del que, sin duda, estaría muy cercano. Ali, que no debió censurar la acción de su consejero, tampoco pudo esta vez decidir que hacer finalmente con el molesto personaje, aunque, al menos, si se tomo la decisión de expulsarlo de la ciudad. Ibn Tumart se instalo entonces, desafiante, en el cementerio de extramuros, en donde tranquilamente prosiguió con sus tareas de enseñanza y predicación.
La situación se torno entonces insostenible, esta afrenta a las ordenes directas del sultán no podía si no acarrearle un serio disgusto, el propio Ali, haciendo un esfuerzo de apaciguamiento, acudió en persona a verle y a tratar de hacer que marchara de la ciudad. Fue de nuevo Yintan b. Umar quien tercio en la situación y dejo bien claro al faqui de que tenia que irse sin tardanza de la región, su tiempo se había acabado. Ibn Tumart marcho entonces hacia el sur seguido por un numero ya considerable de adeptos (algunas fuentes dan la cifra de 2.500 individuos, tomemosla como una cifra de referencia, que no como real).
En Agmat, de nuevo, tuvo una disputa dialéctica con sabios alfaquíes almorávides y de nuevo salió airoso, este es, finalmente, el punto final de su lucha, dentro de la legalidad, contra el régimen almorávide, a partir de este momento, tras salir de Agmat y entrar en las montañas, decidirá pasar a la acción.

El comienzo de la rebelión.

Tras su salida de Agmat, el gobierno de Marrakech dio de una vez la orden de detener y encadenar de nuevo al molesto faqui, pero, ya en las montañas, encontró protección y cobijo en la cábila de uno de sus nuevos adeptos, el jeque Ismail Igig, de la cábila Hazraya. De este territorio paso al de los hintata, en donde recibió la adhesión de Abu Hafs y la de Yusuf b. Wanudin, ambos serán, mas adelante, importantes miembros de su circulo mas inmediato. Prosigue entonces su camino, sin perder ni una sola ocasión de propagar su fe, unas cábilas le reciben mejor que otras, pero su presencia no pasa indiferente. Cuando por fin llega a su tierra natal, la de los Harga, es recibido con una gran admiración y respeto (sin duda las noticias de sus andanzas corren de boca en boca) , una admiración que pronto se convertirá en autentica devoción. Es el momento, ahora entra de lleno en la tarea de configurar su vasto movimiento político - religioso, durante el tiempo que permanecerá entre los suyos comenzara Tumart a dar luz a sus grandes proyectos, por un lado impulsa a sus fervientes seguidores a que crean en la teoría del Mahdi ( era una ardua tarea, pues es ajena al sunnismo (4), siendo en origen chiita).

Como no podía ser de otra manera, todas estas predicaciones condujeron, inevitablemente, a que sus adeptos le consideraran a él como al esperado Mahdi, el impecable.

Es importante dejar claro que Ibn Tumart era realmente idolatrado por sus partidarios, al margen que alguno de los mas cercanos pudiese tener sus reparos. Como Mahdi sus acciones estaban fuera de cualquier critica, todo lo que él decidía era inmediatamente llevado adelante por sus fanáticos seguidores. Llego incluso a ordenar, en una de sus depuraciones, que miembros de la comunidad, considerados desleales, fuesen ejecutados por sus parientes mas próximos, muestra sin duda de la mas fanática de las lealtades.


Era tal la veneración que sentían sus seguidores por su persona, la inmensa mayoría incultos y atrasados campesinos, que incluso, durante la primera comida en común, una vez reconocido como el Mahdi, muchos pensaban que no se alimentaba como el resto de los mortales, hasta que él mismo les tuvo que explicar que también era hombre, como ellos, y que por eso comía los mismos alimentos.


Es la primavera del 1122, mientras el sultánAli se encuentra en Al-Andalus, comienza la represión del movimiento que, por momentos, crece en las montañas que rodean el valle del Sus. Las fuerzas almorávides al mando de al-Lamtuni, al servicio del gobernador del Sus, ataco por sorpresa a una tribu de los Harga, los Banu Wartatik, es el comienzo de las hostilidades. Tras la captura de los Banu Wartatik, que no esperaban ningún tipo de agresión, al-Lamtuni prosigue su política de represión. Lanzandose de nuevo contra los Harga, esta vez no los encuentra desprevenidos, los atacantes sufren su primer revés, los Harga capturan así armas y caballos perdiendo en la refriega 35 hombres. Era de prever un fuerte contraataque, por lo que Tumart emprende una rápida tarea de reorganización, se envía, así mismo, a numerosos discípulos a las cábilas vecinas en busca de su adhesión a la causa (2) , comienza ahora la verdadera expansión, impulsada por una lucha a vida o muerte, del movimiento almohade. Entretanto, su gente, los Harga, pese la terrible expectativa que se cierne sobre ellos, le refrendan su mas absoluta lealtad.

El régimen creado por Tumart.

Los almohades son organizados en catorce grados de jerarquía, todos y cada uno de los miembros de la comunidad pertenecerá a una de estas catorce clases. Las dos clases principales serán la Yama'a y el consejo de los cincuenta, mas adelante, Abd al-Mumin modificara sustancialmente esta distribución, como mejor manera de hacerse con las riendas del movimiento.


En la primavera del 1123, los almorávides se preparan para la ofensiva. Ali ha regresado de Al-andalus y ante las nuevas de la rebelión envía al Sus a un ejército al mando de uno de sus hijos, Baggu. Se atacara la población en donde se han echo fuertes los rebeldes, Iyilliz, perteneciente a los Harga.
Los almorávides se instalan junto a la aldea y la someten a continuos ataques, la situación de Ibn Tumart no es nada halagüeña, sus gentes apenas tienen armas y pertrechos y están en franca inferioridad frente a los asaltantes. No obstante, el asedio se dilata en el tiempo, Ibn Tumart enardece a los defensores y, pese a que la defensa es a la larga imposible, al menos consigue ganar tiempo con su férrea actitud.

Ocurre en este momento uno de esos sucesos que cambia radicalmente el curso de los acontecimientos, por fin una poderosa cábila de la región, los Hintata, han tomado posición, se reconoce ahora entre ellos al Mahdi como tal e inmediatamente marchan con sus huestes hacia Iyilliz. Su mas que providencial llegada y su ímpetu, precisamente cuando los asaltantes almorávides de nuevo volvían al ataque, fue hábilmente reconducida por Tumart, quien los lanzo, junto a todas sus fuerzas, sobre sus enemigos. La derrota almorávide fue absoluta, los vencedores pudieron, ademas, hacerse con los despojos de sus adversarios.

La victoria almohade resonó con fuerza en todo el sur de Marruecos, y Ali, en previsión de males mayores, se decidió por lanzarse sobre los Hintata, había que castigar con dureza a esta poderosa e influyente cábila antes de que las cosas empeorasen todavía mas. Una fuerza de tropas escogidas (5), de los Haha y de tropas regulares, avanza sobre las las tierras de los rebeldes. Ibn Tumart, conocidas las intenciones del enemigo, refuerza, con los despojos ganados a los almorávides, a los guerreros Hintata, a los que exhorta a acudir en defensa de sus tierras. Los Hintata, bajo Abu Magalifa, acudieron rápidamente a su territorio, justo a tiempo, pues situandose en una ventajosa posición defensiva, dieron con el ejército enemigo y lo derrotaron con contundencia. Los líderes almorávides fueron muertos en la refriega y el botín fue, a la sazón, considerable. Para desgracia de los Hintata, estos fueron sorprendidos por una de las cábilas leales, los Banu Wawazit, cuando regresaban junto al Mahdi en Harga.

La primera derrota, que si bien no fue decisiva, si que hizo a Tumart, probablemente, ver la realidad de sus autenticas posibilidades. Las fuerzas almorávides eran inmensamente superiores en hombres y recursos, y él, en territorio Harga, no disponía ni siquiera de buenas posiciones defensivas. Parece ser que entonces recibe de los habitantes de Tinmallal una invitación a instalarse entre ellos, y no debió pensarselo mucho Tumart pues bien es cierto que la población se encuentra magníficamente enclavada en el Atlas. Reunidas sus fuerzas, marcho entonces hacia la que seria primera capital. Durante el camino vinieron a engrosar sus huestes nuevos aportes humanos provenientes de cábilas locales como los Ganfisa o los Banu Waggas, otros, como los Hunaya, deben ser sometidos por las armas y unidos por la fuerza al movimiento.
Durante los años 1124 y 1125 los almorávides dan a Ibn Tumart un largo respiro, él no desaprovecha esta concesión organizando a sus nuevos aliados y preparando las defensas de su flamante capital, Tinmallal.

Ante la dificultad de la tarea de desalojar de sus agrestes posiciones a los turbulentos almohades, los almorávides se volcaron en la construcción de un autentico limes fronterizo que bloquease las salidas naturales desde la montaña al llano del norte del Atlas. Bajo la dirección de un famoso andalusí, al-Fallaki, celebre bandido y hombre de frontera quien, tras ser detenido por los almorávides, fue protegido por el propio Ali. Una meditada jugada en previsión de los buenos servicios que un astuto personaje como él podría brindar al régimen.

Por testimonios de los historiadores almohades conocemos que, al menos, fueron 23 las fortalezas construidas por sus rivales, fortalezas estas que debieron ser desalojadas una a una.

Guerrero almorávide

No era precisamente este un movimiento celestial, según cuentan las crónicas mas criticas, y en verdad que resultan creíbles, el numeroso grupo humano que seguía ya al Mahdi colapso los recursos disponibles en el área de Tinmallal (1) (incluso Tumart pudo haberse apoderado de muchos de sus bienes para repartirlos entre sus partidarios), la población elevo sus criticas, suponemos que veladas, al propio Tumart que como respuesta hizo pasar a cuchillo a todos los habitantes. En lo sucesivo veremos como las matanzas serán utilizadas sin recato para acabar con la disidencia al movimiento.

Uno de sus viejos compañeros, que lo había seguido desde Ifriqiya, perteneciente a la Yama'a (no he conseguido averiguar cual de ellos), se atrevió a criticar la matanza, eso suponia un ataque directo contra la infalibilidad del Mahdi, fue expulsado de la Yama, ejecutado y , luego, crucificado.
Durante el año 1125, Tumart se dedica a preparar a fondo las defensas de su capital, enclavada por otra parte en una extraordinaria posición natural, protegida por montañas que hacían a la vez de murallas y abriendose solo, en varias direcciones, hacia unos desfiladeros que la comunicaban con el exterior. Y fue en estos meses cuando sobresalió de entre sus filas el que se convirtió inmediatamente en su segundo al mando. Era el llamado al-Basir, un curioso personaje que padecía alguna clase de epilepsia que le hacia sufrir ciertos periodos de letargo, tras ellos, y utilizando sus sueños como referente, predecía el futuro inmediato en el que, evidentemente, los almohades llevaban la mejor parte. Sus actuaciones debían ser tan absolutamente convincentes, envueltas entre esa mezcla de misticismo y fanatismo que les caracterizaba, que hasta el Mahdi se sintió realmente impresionado, tanto es así que lo declaro investido por Dios, con el poder de distinguir ademas a los fieles verdaderos de los hipócritas. Esta prerrogativa, como luego veremos, que parece meramente anecdótica, tendrá luego sangrientas consecuencias.
Concluida la tarea de preparar la defensa de sus nuevas posiciones, Tumart se lanzo a la búsqueda de nuevos prosélitos, por un lado envió nuevos talabas en varias direcciones y, por otro, sus huestes atacaron y sometieron a los Gadmiwa vecinos.

Nota. Los mapas de esta época me son muy difíciles de plasmar, no tengo referencias, así pues, es seguro que existan errores de todo tipo que espero poder ir subsanando con el tiempo.

Los almorávides, conscientes de las dificultades que planteaba la tarea de desalojar al Mahdi de sus nuevas posiciones en Tinmallal, se decidieron por un profundo y radical cambio de estrategia. Se construiría una red de fortificaciones en el lado norte del alto Atlas, de esta forma se impediría a los turbulentos montañeses bajar al llano, al tiempo que, como bien sabían, la inactividad y las estrecheces a que pretendían someter a los cabileños acabaría por romper su cohesión, solo seria cuestión de tiempo, pensaban, que su propia inclinación a la discordia y la anarquía terminarían por quebrar por si solo el movimiento...

IR SEGUNDA PARTE

 

 

Notas..

(1) Son muchas las versiones que corren acerca de este suceso. Que Tumart recelaba de sus intenciones es obvio, el motivo es ya mas complicado. Lo cierto es que el asunto termino en una autentica masacre, preludio de lo que quedaba por venir. Volver

(2) Son los llamados Talabas. En una primera época representaban a los discípulos de Tumart, elegidos y adoctrinados por el mismo en persona, eran enviados en todas direcciones en busca de nuevos adeptos, principalmente dentro de los círculos de poder. Actuaban como auténticos propagadores de la fe, de ellos dependió, en primera instancia, que cierto numero de cábilas se inclinase a favor de los almohades. Volver

(3) q. Volver

(4) La figura, y la creencia en el Mahdi es de origen chiita, por tanto ajeno a la doctrina sunnita, que es la que rige en esta parte de África. Sin embargo, lo atractivo y atrayente de la creencia prendió poco a poco con fuerza en todo el mundo musulmán. A Tumart no le fue difícil, apoyandose en los hadith correspondientes (autentico cajón de sastre para cualquier visionario) les hizo comprender y aceptar la verosimilitud de la profecía.

hadith Son los hechos del profeta, redactados por sus discípulos o testigos de reconocida integridad. Son miles de textos, y solo hasta dos siglos después de la muerte del profeta se pusieron los sabios musulmanes a filtrar, a diferenciar, los que podían ser considerados verídicos de los que no lo eran. A la larga el mal ya estaba hecho, la ingente cantidad de hadith que corrían por el mundo musulmán permitían a cualquiera apoyarse en estos supuestos testimonios para respaldar "cualquier" tesis que se quisiese sostener. El equivalente a los hadith en el mundo cristiano seria el Nuevo Testamento, y como tal puede estar abierto a la critica y a la interpretación (el Corán no es la Biblia de los musulmanes, es directamente la palabra de Dios, Mahoma solo actuó de interlocutor, por ello el libro esta absolutamente fuera de toda critica o estudio interpretativo).

En el mundo islámico los hadith considerados originales son una de las fuentes de la que emana la ley islámica.

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(5) Son los Hasam, eran las tropas de elite, grandes formaciones de jinetes de toda confianza y valor, integradas por miembros de los Guzula y Lamta, así como de algunas tribus zanatas y masmudas. Volver