LA GUERRA EN ÁFRICA, 203 a.C.

Nota del a. : En este punto de la historia nos separaremos algo de la historia transmitida por Polibio y Livio y daremos entrada a la versión de Apiano, muy interesante y concentrada, a diferencia de los otros dos autores, en los acontecimientos que se sucedieron principalmente en el lado cartaginés.

 

La llegada del invierno del 202 a.C. hizo que los dos ejércitos contendientes se estableciesen en campamentos, suspendiendo entonces las hostilidades a gran escala. Ahora los romanos se reabastecieron recibiendo de Sicilia e Italia grandes cantidades de grano, que sumada a la conseguida en los territorios enemigos circundantes, les permitieron sobrellevar el invierno sin contratiempos. Todos los demás suministros solicitados por Escipiòn parece que se entregaron también sin mayores dificultades, como por ejemplo las cerca de 1.200 togas y 12.000 túnicas pedidas para la tropa.

A la llegada de la primavera, de nuevo fueron enviadas al África, al campamento de Escipiòn, gran cantidad de abastecimientos de todo tipo, desde Hispania, Cerdeña y sobre todo Sicilia, se volcaban las autoridades en satisfacer todas las necesidades del ejercito expedicionario. Los cartagineses, entre tanto, preparaban la flota y enviaban legados a Hispania y Liguria para reclutar allí mercenarios. Aunque su interés se centraba sobre todo en conseguir a los más afamados de todos ellos: los hispanos celtíberos. Finalmente consiguieron su propósito reclutando a cerca de 4.000 infantes, infantería pesada, que se dispusieron a enviar a África dado que las líneas de comunicación marítima se encontraban más bien expeditas, siendo muy fácil transportar desde Hispania cualquier contingente armado a las ciudades cartaginesas situadas al norte de Carthago ya que la mayor parte de los recursos navales romanos de aquellos mares estaban siendo utilizados en las operaciones de apoyo al ejército expedicionario de Escipión.

El comienzo, o más bien , la continuación de la campaña, no se hizo esperar en cuanto el invierno quedo atrás y se restablecieron las comunicaciones marítimas con Sicilia.

 

Escipiòn, que había mantenido el bloqueo de Útica, daba cara ahora a los ejércitos enemigos acampados confiadamente a pocos kilómetros de sus fortificaciones: los cartagineses se preparaban para las operaciones (por Polibio sabemos que pretendían bloquear al ejército romano por tierra y mar hasta hacerle perecer de hambre), aunque bien es cierto que más indolentemente. Habían recibido entonces por fin cierto número de mercenarios galos y ligures de refuerzo mientras que la flota púnica había sido preparada ya para el enfrentamiento, con la misión de atacar las líneas de comunicación de Escipiòn con Sicilia. Sí bien tarde, sí al menos parecía que los cartagineses daban por fin el imprescindible paso de movilizar sus recursos navales para la lucha.

Por tierra, Escipiòn, posiblemente gracias a una tregua previa, renovó el intento de llegar a un acuerdo con el poderoso rey númida Sifax. Mediante el uso de legados, Escipiòn se comunicaba con el rey africano. Pronto pudo apercibirse el romano que las condiciones exigidas por el númida no eran, para el, aceptables:Sifax ofrecía al romano que los cartagineses se quedarían con África evacuando Italia, mientras que a cambio Roma mantendría sus actuales conquistas. Pese a que las conversaciones perdieron pronto el interés para el romano, decidió mantenerlas (2) e incluso alargarlas, dando esperanzas de una solución negociada. Escipión se había apercibido de que sus legados le proveían de una interesante información acerca de las condiciones del campamento enemigo, parece que toscamente construido, principalmente a base de

cabañas anárquicamente distribuidas y con materiales altamente inflamables. De esta forma, y para ampliar su información, junto con sus legados, y haciendo de servidores o esclavos de estos, enviaba a centuriones de primera clase, de probado valor y prudencia para que, mientras los legados parlamentaban con el rey númida y sus validos, ellos, dejándose ir por el campamento enemigo, observasen la disposición de las puertas, guardias y demás, se informasen de la distribución de las tropas, donde acampaban los púnicos y donde los númidas, que distancia habían entre ambos campamentos etc. Durante varios días se sucedieron los contactos entre romanos y númidas, hasta que, llegado un día determinado, los romanos exhortaron a Sifax a hablar con Asdrùbal y decidir ya la postura que se disponían a adoptar. Aprovechando entonces que el rey salió a entrevistarse con Asdrùbal a su campamento, los espías romanos recorrieron más libre y detenidamente las posiciones númidas de tal forma que, cuando regresaron los legados al campamento romano con la respuesta púnica, Escipiòn ya tenia toda la información que necesitaba para el ataque que proyectaba. Asdrùbal Giscòn había cambiado o anexado algunos nuevos artículos al tratado (la impaciencia romana por firmar el tratado la había interpretado como debilidad y se quería aprovechar de ello), cosa que le vino como anillo al dedo a Escipiòn para rechazarlo y sin más contemplaciones dar por acabada la tregua.

COMIENZO DE LAS OPERACIONES

Tras botar las naves y disponer su ejército para regresar a Útica para proseguir el asedio, ocupó con 2.000 hombres la colina que dominaba la ciudad púnica y desde donde se habían lanzado los ataques más serios contra las murallas de la ciudad. El propósito de este movimiento era, por un lado, no dar pistas sobre sus intenciones reales (simulando que podía proseguir el asedio en regla de la ciudad) y por otro, proteger su flanco ya que cuando avanzase contra Asdrùbal y Sifax, el campamento quedaría mal guarnecido y a expensas de cualquier ataque que se hiciese desde la ciudad. Los 2.000 hombres situados en la colina amenazarían así a cualquier contingente púnico que pudiese salir de Útica para dirigirse hacia las posiciones romanas.

 

Dividió entonces sus tropas en tres columnas: la primera, la caballería al mando de Massinisa, fue enviada más allá del campamento de Sifax, cubriendo cualquier posible retirada de estos guerreros. El segundo grupo, al frente del cual se encontraba Lelio (segundo de Escipión), atacaría directamente el campamento del númida, mientras que el tercer grupo, el del propio Escipiòn, acecharía fuera del campamento púnico hasta que encontrase la oportunidad de actuar.

El avance nocturno hasta las posiciones del enemigo se hizo sin contratiempos y de esta forma, cuando cada uno de los tres contingentes llegó a las posiciones preestablecidas pudo comenzar el ataque.

De repente, cientos de soldados portando teas encendidas se acercaron a las empalizadas del enemigo y las lanzaron al otro lado de la misma. El campamento númida, construido todo él sin cuidado y en pleno desorden, estando compuesto principalmente de tiendas o parasoles hechos a base del ramaje que se había recogido de los alrededores, era una auténtica bomba de combustión.

El fuego no tardo en prender con fuerza y en poco tiempo el caos se apodero del campamento. Sin embargo, y en primera instancia, parece ser nadie sospechaba todavía lo ocurrido, todos lo atribuían algún accidente y por ello se limitaban tan solo a alejarse del peligro de las llamas descuidadamente. Muchos salieron así en tromba del campamento a campo abierto, aunque otros, atrapados por las llamas, murieron sin remisión entre el gran fuego que se formo en el interior de la empalizada o aplastados por sus compañeros al confluir en su huida por las puertas una gran cantidad de soldados al mismo tiempo. Los más, sin embargo, son los que fueron a dar con los romanos que esperaban emboscados fuera del campamento.

Los cartagineses, entre tanto, que vieron a lo lejos el resplandor del gran incendio que se había desatado en el campamento númida, en principio también pensaron que se debía a algún echo fortuito, por ello los unos, que acudieron en ayuda de sus aliados, y los otros, que salieron del campamento a contemplar el trágico espectáculo, cayeron por su parte en manos de las tropas del propio Escipiòn que acechaban en la oscuridad de la noche. Al momento entre los cartagineses cundió el pánico y el desconcierto, caos que los soldados romanos aprovecharon para irrumpir en el campamento enemigo y prender también fuego en el. Fue un completo desastre para los cartagineses. Asdrùbal, que dió al instante todo por perdido (al ver la catástrofe que se avecinaba y la imposibilidad de organizar, en medio del desorden, cualquier defensa efectiva) escapó del campamento con parte de la caballería sin detenerse por un camino, en aquella fatídica noche, desbordado de hombres y animales desperdigados y puestos en fuga. Peor fue la suerte de las tropas de Sifax: la caballería de Masinissa dio fácil cuenta de la mayor parte de los númidas que huían de su campamento y fueron pocos los que consiguieron quedar sanos y salvos lejos del alcance de sus enemigos.

Asdrùbal se recogió en una localidad cercana, en donde trato de reorganizar y recoger a los supervivientes, sin embargo, las tropas romanas avanzaban con decisión y, atemorizado, levantó de nuevo el campamento para retirarse ya sin descanso hasta la propia capital: Cartago.

 

Tras la humillante derrota, los aliados se dispersaron: Sifax reorganizaría a sus fuerzas no lejos de allí, mientras que Asdrùbal resolvió dirigirse rápidamente a Carthago (3) no fuese a ser que, con las noticias de la derrota, los partidarios de la paz empujasen al senado a adoptar alguna resolución contraria al mantenimiento de las hostilidades.

Tras serenar los ánimos, en el senado de Carthago, se discutieron en aquel entonces tres posibilidades o salidas a la actual crisis: la primera, entablar conversaciones de paz, defendida por Hannòn y los suyos, la segunda, llamar a Aníbal a Italia junto con sus tropas veteranas, y la tercera,reponer por sus propios medios el ejercito en África y proseguir la guerra.

El resultado del debate estaba claro, la preponderancia del clan barcida unida a la influencia de Asdrùbal Giscòn y los suyos llevaron a adoptar la tercera de las resoluciones, se reorganizarían las tropas y se volvería al combate, además se contaba con el refuerzo de miles de mercenarios celtíberos, lo mejor de esa nación, infantería pesada. Se realizo una nueva leva tanto en la ciudad como en los campos, mientras tanto, Sifax, exhortado por su esposa Sofonisbe, trataba también de restablecer sus fuerzas y se reorganizaba en la medida de sus posibilidades y, habiendo regresado a su reino, había emprendido a su vez una enérgica leva de jóvenes e inexpertos reclutas a los que armo con armas y caballos. Los romanos, entre tanto, retomaban con energía el asedio de Útica(4) al saber que los cartagineses preparaban un nuevo ejercito de campaña.

Africa

  • Las grandes llanuras.
Un amplio y fértil valle donde cuatro afluentes confluían con el Medjerda, ideal para la concentración grandes contingentes armados
El tiempo que perdió Escipiòn ante Útica fue aprovechado por Asdrùbal para reorganizar y reforzar a base de levas las fuerzas cartaginesas, saliendo de Carthago con su ejercito (como se vera mas adelante de ínfima calidad), recogió a mitad de camino a 4.000 mercenarios celtíberos(1) recién llegados de Hispania y se dirigía al encuentro de Sifax, que acampaba entonces en un territorio denominado Las grandes llanuras, lejos, en principio, del radio de acción del ejercito romano.
LA BATALLA DE LAS GRANDES LLANURAS

No fue este un choque con mucha historia, por un lado, los cartagineses alineaban un heterogéneo ejercito compuesto en su mayoría por reclutas provenientes de una enérgica leva ciudadana, por otro, los númidas de Sifax, que había perdido lo mejor de sus fuerzas en el choque nocturno junto al Bagradas, tan solo confiaba en el núcleo de sus fuerzas de caballería, siendo, en general, también provenientes de una precipitada leva en sus territorios, de esta forma las únicas fuerzas realmente competentes eran los 4.000 celtíberos que formaban parte del ejercito púnico y sobre los que recaerá todo el protagonismo de la batalla. El numero de las fuerzas enfrentadas es siempre difícil de evaluar, probablemente los romanos no serian mas de 20.000 hombres e incluso menos, hay que contar con las tropas que tenia que dejar en su base de operaciones (Castra Cornelia) y que en realidad deducía acertadamente que sus enemigos carecían de una capacidad de combate medianamente seria.

Una vez desplegadas las diferentes unidades, los cartagineses enfrentaron a los celtíberos contra el frente romano mientras ellos y los númidas los flanqueaban cubriendo así los lados de esta formación y al mismo tiempo los de todo el frente de batalla. Las fuerzas romanas, alineadas como era ya habitual, avanzaron al ataque al tiempo que Masinissa con su caballería se enfrentaba directamente al flanco defendido por los cartagineses y la caballería italiana al de los númidas de Sifax. Los cartagineses y sus aliados africanos no aguantaron si quiera el choque con la formación romana, ya que de inmediato cundió el pánico entre sus líneas y el salvese quien pueda se apodero de todos los combatientes. Por suerte para ellos, mientras todo el frente se deshacía, los celtíberos, a sabiendas de que no tenían la menor oportunidad de huir en esta tierra extranjera (a la que habían llegado tan solo para combatir a los romanos) y que además, probablemente, su prestigio y honor les impelía a cumplir con su deber, sostuvieron un desigual combate contra la mayor parte del ejercito romano deteniendo el avance de este y dando así oportunidad de escapar con éxito a la mayor parte de las fuerzas cartaginesas y aliadas, sin embargo, y pese al heroico comportamiento de los celtíberos, no pudieron evitar ser rodeados por los flancos, tras lo que su fin no tardo en llegar siendo casi todos ellos exterminados. Lastima de guerreros que, sin duda, habrían servido de gran utilidad a Aníbal Barca en las largas jornadas que quedaban por llegar.

 

Guerreros celtíberos

Tropas romanas, hastati y velites.

Tras la derrota Asdrùbal decidió exiliarse y no sin razón, pues al llegar la noticia de la severa derrota a Carthago fue acusado y condenado, aunque en ausencia, a muerte. Asdrùbal se retiro, seguramente a sus propiedades, donde se dedico a reorganizar sus fuerzas reclutando y armando por su cuenta a desertores, esclavos, delincuentes mas las tropas que había traído consigo desde el campo de batalla, llegara así a reunir a unos dos o tres mil jinetes y 500 infantes que mantendrá a base de saquear los territorios circundantes. En Carthago el mando del ejercito recayó ahora en un Hannòn, hijo de Bomìlcar, ahora que Asdrùbal había sido puesto fuera de la ley.

CIRTA, la ciudad númida

Enclave númida construida en una zona de endiablada orografía. Protegida por profundos barrancos o desfiladeros, el acceso a la ciudad se hacia a través de una estrecha lengua de tierra. Esta configuración del terreno hacían de la ciudad un poderoso enclave defensivo. En la foto central vemos como, hoy por hoy, es mas sencillo llegar hasta la actual ciudad de Constantina gracias al majestuoso puente construido sobre el vacío. El propio Cesar advirtió de la inmejorable posición defensiva en la que se enclavaba Cirta.

GUERRA EN NUMIDIA

Una vez, Masinissa, en el territorio maesulio (tribu de la que era príncipe) no le fue difícil recibir la adhesión de estos, la gente de Sifax huía al lado del rey quien reorganizaba sus fuerzas dentro de las fronteras de su reino natal. Allí, de nuevo con el apoyo y aliento de su esposa Sofonisbe y de los cartagineses, procedió a rearmarse alistando una nutrida hueste de hombres (en su mayoría sin apenas instrucción), con este aparente pero ineficaz ejercito, Sifax avanzo de nuevo contra Masinissa y los romanos que se encontraban, al parecer, no lejos de Cirta (en aquellos momentos bajo control de los massesulios). Acampados ambos ejércitos cerca el uno del otro, se cuenta que la batalla dio comienzo como una simple escaramuza ecuestre, un choque menor al que cada bando poco a poco fue agregando mas y mas tropas hasta que al final se combatió en toda regla. Al principio, mientras la lucha se encontraba limitada tan solo a la caballería, los mucho mas numerosos jinetes de Sifax dominaban el encuentro, finalmente hizo acto de aparición por los huecos abiertos por la caballería de Masinissa la infantería legionaria, que ofreciendo un frente solido y continuo a la caballería enemiga hizo a esta retirarse hacia sus lineas. Con el ejercito ya desplegado, Sifax se vio abocado al desastre, primero, su caballería, sorprendida por la súbita aparición de la infantería romana, perdió el compás, no pudiendo aguantar el choque con estos y luego, al divisar a lo lejos las águilas romanas, señal inequívoca de que el grueso del ejercito enemigo avanzaba contra sus líneas, provoco en lo africanos una total desbandada, la infantería tampoco aguanto si quiera la visión de la infantería romana avanzando, el ejercito se deshizo de esta forma sin apenas haber llegado a las manos. Sifax, que cabalgaba entre sus tropas intentando reorganizarlas, retenerlas, incluso llegando a primera línea para dar así ejemplo y vergüenza a sus tropas, se dio de bruces contra el suelo cuando su caballo cayo herido de muerte. Sifax fue así capturado y llevado ante Lelio y Masinissa. Tras la captura del rey (5), se desplomo su dominio sobre todo en la parte esta mas oriental de sus posesiones, Cirta se entregó y Masinissa pudo recuperar la totalidad del control del reino que le pertenecía amen de nuevas áreas arrebatadas a su eterno rival. La mayor parte del reino de Sifax siguió bajo control del hijo de este, Vermina, quien mantenía el contacto y la alianza con los cartagineses.

Marchó entonces Escipiòn sin tardanza. Desde las Grandes Llanuras se acercó hasta Carthago ante la cual presentó sus tropas en orden de batalla. Los cartagineses, que no disponían ya de fuerzas para enfrentarse al romano en campo abierto, renunciaron al desafío y se limitaron a preparar un contraataque, aunque esta vez de carácter naval.
Carthago
Tras las noticias de la derrota en las Grandes Llanuras, de nuevo se vivió en el senado púnico una de esas tensas jornadas a las que últimamente estaban ya acostumbrados. El senado, reunido sin duda en carácter de emergencia, trato acerca de las medidas que ahora se debían adoptar. Tres fueron las medidas aprobadas: Primero, y a instancias de los senadores mas combativos, se haría uso de una vez de la flota de guerra que tan cuidadosamente se había estado preparando durante el invierno para atacar a la flota romana fondeada junto a Castra Cornelia, segundo, mandar a llamar de una vez a Aníbal (y a Magòn), el único general que disponía ahora de un ejercito competente y el único también en el que se tenían puestas las mayores esperanzas. Otras resoluciones se tomaron también en medio de fuertes discusiones y controversias, unos deseaban aprestar a la ciudad para un largo sitio, se decía que los romanos eran incapaces de tomar la capital y que de intentarlo seria fácil golpearles duramente durante el asedio, la facción de Hannòn también logro sacar adelante la petición de iniciar desde ya conversaciones de paz para tantear y, de ser posible, tratar de llegar a un acuerdo satisfactorio para ambas partes.
Todas estas medidas fueron aprobadas y rápidamente puestas en marcha, desde el mismo senado bajaron directamente a playa para hacerse cargo de sus ministerios ,los unos hasta el puerto militar, Amìlcar dio orden de aprestar la flota de guerra que inmediatamente partió contra los romanos y el almirante Asdrùbal salió del puerto con otra escuadra pero en dirección al Bruttium, con la misión de traer a Aníbal a África ( ver (El fin de la guerra en Italia), otros fueron enviados a Liguria para ordenar a Magòn Barca regresar también a África con sus tropas y en la misma Carthago el general Hannòn emprendía la tarea de preparar las defensas de la ciudad en espera de los refuerzos de Italia.

 

ÚLTIMOS COMPASES DE LA GUERRA HASTA LA LLEGADA DE ANÍBAL A ÁFRICA

Aprovechando que Escipiòn había instalado sus campamentos junto a la ciudad de Tunis, el almirante cartaginés Amìlcar comandó un ataque naval contra la flota romana fondeada en Castra Cornelia y que contaba tan solo con veinte embarcaciones de guerra para proteger un sin fin de buques de transporte. Como quiera que la salida y el despliegue de la flota de 100 navíos, que los cartagineses lanzaron sobre los romanos, se hizo de una manera cauta y sin resolución, Escipiòn pudo ser informado a tiempo por sus hombres del ataque que parecía avecinarse. Envió entonces las ordenes precisas al campamento de Castra Cornelia para comenzar los preparativos de la defensa. Él mismo, entre tanto, se puso en camino de inmediato con una rapidez equidistante a la lentitud con que Amílcar desarrollaba su ataque "sorpresa". Siguiendo las ordenes de Escipiòn la defensa se preparo atando con cabos los barcos de transporte que llenaban el fondeadero, de esta forma creaba un sólido dique de madera sobre el que emplazo a las tropas ligeras armadas con proyectiles y que serían apoyadas desde las fortificaciones de tierra y los barcos de guerra que se desplegarían tras los mercantes.

La flota cartaginesa llego cuando el propio Escipiòn ya había asumido el mando de las defensas y estas habían concluido con éxito las tareas encomendadas. El ataque púnico, que de haberse realizado con más rapidez y resolución habría supuesto un éxito completo, fue casi desbaratado por la eficaz defensa planteada por el romano, cuyas fuerzas apoyadas en la mayor altura de los mercantes se enfrentaban, en principio con fortuna, a las más bajas y ágiles embarcaciones cartaginesas. Entre asalto y asalto púnico, los barcos de guerra romanos salían de entre las barreras de mercantes y atacaban a los cartagineses. Sin embargo, era demasiada la presión que debían soportar y por fin un ataque púnico se salió con la suya: se rompió uno de los eslabones de la línea de mercantes y los cartagineses consiguieron llevarse una larga cadena de barcos ligados todavía por los cabos a los que Escipiòn, para bien y para mal, los había unido. Entre 60 y 100 mercantes fueron así remolcados hasta Carthago consiguiendo con esta victoria restablecer, al menos un tanto, su maltrecha moral.

Llegaba ya el fin de la campaña y llegaron refuerzos navales romanos para, en lo sucesivo, poder evitar sorpresas como la precedente. Se bloqueo el puerto de Carthago y el de Ùtica, desde donde lanzaban los cartagineses frecuentes incursiones de piratería contra los mercantes, y de esta forma de nuevo volvieron los púnicos a sufrir severamente por el desabastecimiento.

africa
  • Vista del terreno circundante desde las ruinas romanas de Thugga, en el área de las Grandes Llanuras, se puede apreciar un poco mas allá de las ruinas los restos (la torre, de 21 metros, que aparece a unos cientos de metros de las ruinas) de un sepulcro cartaginés de la época que nos ocupa

Escipiòn, que volvió ahora a retomar su plan de conquistar Útica, volvió a instalar sus máquinas de asedio contra la ciudad a la que de nuevo, seguramente, se sometió a duros ataques y asaltos. Por aquellos días, Asdrùbal Giscòn, una vez reunidas las fuerzas antes mencionadas, ofreció al general cartaginés Hannòn, a cargo ahora del ejercito púnico, realizar un ataque nocturno contra el campamento romano (8), el plan había sido diseñado gracias a la colaboración de unos soldados hispanos que militaban en las filas del ejercito romano, poco antes de llevar adelante el plan, los conjurados fueron delatados por un siervo ibero que, denunciandolo ante su señor, provoco que todos estos fuesen detenidos y ejecutados. No desesperó entonces Hannòn, quien realizo un amago contra las tropas romanas que asediaban Útica, aunque sin resultados. El almirante Amílcar realizó por aquellos días un exitoso ataque a las líneas romanas capturando en la incursión un navío de guerra y seis mercantes que remolco de vuelta a Carthago.

Escipiòn, dado que el asedio contra Utica no daba los resultados apetecidos y se prolongaba en exceso, resolvió cambiar de objetivo y dirigió sus fuerzas contra la ciudad de Hippo Diarrythus, siempre a la búsqueda de ese puerto que le permitiese mantener abiertas las comunicaciones con Sicilia. De nuevo se fracaso ante la ciudad y tras perder de nuevo un tiempo precioso, Escipión, sin duda harto ya de la guerra de asedio, decidió prender fuego a todas sus máquinas de guerra dedicándose a partir de entonces a saquear los territorios del interior en busca de botín y suministros (6). Por aquel entonces el interior del territorio cartaginés en África se encontraba ya exhausto y cansado de los años de guerra, sobre todo de los sacrificios exigidos por el estado durante la pasada guerra en Hispania, de esta forma, Escipiòn no encontró ya mucha oposición en la mayoría de las ciudades de la zona y entre las cuales pasaría seguramente el invierno.

Durante el impasse estratégico impuesto por la decisión cartaginesa de no combatir en tierra con los romanos, se impulso, como se había acordado en el senado, y por mediación de la facción terrateniente dirigida por Asdrùbal Erifo y Hannòn el Grande (siempre opuestos a la continuación de la guerra), una intervención diplomática seria para tratar de llegar a algún acuerdo satisfactorio que hiciese posible el fin definitivo del enfrentamiento bélico. A tal efecto, se acordó con Escipiòn la suspensión temporal de las hostilidades (los cartagineses pagarían ahora el mantenimiento del ejercito romano mientras durase la tregua). Los embajadores enviados a Roma llegaron quizás por entonces a la capital enemiga, y aunque no fueron recibidos dentro de las murallas como enemigos que eran, si que fueron introducidos en el senado y discutidas sus propuestas con seriedad y contrastar de pareceres. Por un lado se veía con inquietud el futuro de las operaciones en África (se sabia de los preparativos que tanto Magòn como Aníbal en Italia realizaban para socorrer a su patria como las nuevas de la recluta que se llevaba a cabo en Carthago por medio de Hannòn para poner de nuevo en línea una fuerza de combate operativa) por otro lado tampoco se quería dejar concluir una guerra sin llegar a un resultado militarmente decisivo sobre los "pérfidos púnicos", finalmente se decidió permitir que el propio Escipiòn, a pie de campo, decidiese lo que considerase lo mas adecuado para los intereses de la república.

Cuando los enviados del senado comunicaron a Escipiòn que le había sido delegada, por decisión del senado, la responsabilidad de llegar o no a un acuerdo con los cartagineses se iniciaron de inmediato las conversaciones directas entre estos y el general romano. Escipiòn se inclinaba por la paz, y las condiciones para la misma no resultaban, a tenor de las circunstancias, del todo desfavorables: Que los cartagineses se comprometiesen a no reclutar en lo sucesivo mas mercenarios para sus ejércitos, que evacuarían Italia Magòn y Aníbal, que reducirían su flota de guerra a 30 navíos, que entregarían a todos los desertores, que pagarían 1.500 talentos de plata de indemnización, que reconocerían el reino de Masinissa y sus conquistas en Numidia y que no combatirían fuera de sus fronteras , las fosas púnicas, en África Esta serie de condiciones fueron aceptadas en el senado posiblemente sin mucha oposición, incluso el propio Aníbal, de haber estado allí, las habría refrendado. Ahora, con un senado dominado por el partido terrateniente, se veía con satisfacción el compromiso que posiblemente en poco zahería sus propios intereses y que en verdad tampoco resultaba muy gravoso. El tratado fue pues aceptado y enviados los compromisarios correspondientes a Roma para ratificar ante el senado lo acordado, sin embargo no todo estaba ganado, en Carthago, como en toda gran ciudad de la época en sus circunstancias, el partido belicista se encontraba ya desbocado y posiblemente en manos de demagogos de uno y otro cariz, la plebe, incapaz por naturaleza de valorar racionalmente los acontecimientos, era presa fácil de los cabecillas populares de turno entre los cuales seguramente encontraríamos a los jefes de la flota y a los restos del partido de Asdrùbal Giscòn y otros exaltados, el senado entonces que sin duda contenía con dificultad a la plebe y la opinión publica esperaba acontecimientos y la ratificación definitiva de los acuerdos para poner al estado y al pueblo púnico ante los hechos consumados.

Por aquel entonces, en la propia Carthago, la paz de compromiso recientemente concertada con los romanos y a punto de refrendarse se fue al traste estrepitosamente tras una serie de despropósitos. En primer lugar (sin duda la presencia en Carthago de las tropas del ejercito de Magón ayudaron a encender un poco los ánimos belicistas de los màs) encontraron los agitadores una válvula de escape para la presión contenida de la plebe cuando una gran flota de transportes romana, sacudida por una tormenta, fue a dar en su mayor parte ante las mismas narices de la capital púnica. Los cartagineses en masa se lanzaron a la captura de todos los mercantes que andaban errantes o habían embarrancado por las costas cercanas, capturando y aprisionando así mismo a todas sus tripulaciones. Sin duda el mando de la flota, partidario de la guerra, tuvo mucho que ver en esta descontrolada e irresponsable acción. El senado, que no pudo evitar este malicioso comportamiento de la plebe y del mando naval, hizo ver las consecuencias de lo sucedido siendo entonces respondido y rechazado por el sentir popular, que afirmaba que lo que se había realizado era lo correcto en vista de la actual situación (9).

Tras las nuevas de la fechoría púnica, Escipiòn trato de serenar los ánimos enviando una embajada a Carthago para exigir una satisfacción por los bienes saqueados en plena tregua, los embajadores romanos, L. Servilio, L. Bebió y L. Fabio, adelantarían ademas la noticia de que la paz había sido ratificada en Roma, que por tanto se debía proceder al fin de las hostilidades y la aplicación de lo acordado. Tan pronto entraron en Carthago, los enviados romanos fueron llevados al senado y luego a la asamblea del pueblo, el tema central de las conversaciones publicas fue la compensación y reposición de los bienes saqueados a los mercaderes romanos. Ni que decir tiene que los legados romanos se comportaron seguramente con la arrogancia habitual, cosa que sirvió, no poco, a caldear más los ánimos de los presentes. En el propio senado y el gobierno las dudas acerca de ratificar el tratado aumentaban, más todavía ante la imposibilidad de cumplir con lo que se exigía de ellos. Devolver lo confiscado (sobre todo los propios mercantes y sus cargas) era poco menos que imposible, ademas probablemente se sabía ya que Aníbal había conseguido desembarcar en África. Toda esta serie de hechos empujaron finalmente a una facción de las autoridades de la ciudad a conspirar para provocar la reanudación hostilidades, sin embargo parece ser que abiertamente no podía hacerse, quizás buena parte del senado se oponía firmemente a la continuación de la guerra, por lo que decidieron provocar un cassus belli agrediendo directamente y a traicion a los embajadores romanos que todavía se encontraban entonces en Carthago.

Dando entonces por terminada su mediación se despidió a los legados romanos y, para facilitarles un regreso seguro a su base, les permitieron hacer el viaje por mar hasta Castra Cornelia, seguramente escoltados por trirremes cartaginesas "leales" al senado (a los miembros del partido, digamos, pacifista), después de despacharlos, los conspiradores dieron el secreto encargo al jefe de la flota, y partidario de la guerra, Amílcar, para que interceptase y echase a pique los barcos en que viajaban los embajadores en cuanto la escolta dispuesta por el senado se retirase. El ataque se llevo a cabo según lo planeado pero el plan no salió bien del todo: los embajadores pudieron salvar la vida al poder escapar a tierra, pero sí que tras esta acción Escipiòn, evidentemente, rompió las conversaciones y reanudo las hostilidades de inmediato.

ANÍBAL DESEMBARCA EN LEPTIS MAGNA

Una vez desembarcadas sus fuerzas, Aníbal estableció su base de operaciones en la ciudad costera de Hadrumetum. Comenzó entonces una frenética actividad: por un lado envió a parte de sus fuerzas en busca de suministros, caballos y refuerzos, por otro lado entablo una alianza con la tribu númida de los areàcidas. Entre los muchos que ahora acudían a su lado separo el cartaginés a unos 4.000 jinetes que, habiendo servido antes a Sifax, se habían pasado a Masinissa y ahora se presentaban ante Aníbal para alinearse de nuevo junto a los cartagineses. Sospechó Aníbal de la fidelidad de estas tropas y resolvió eliminarlas de un golpe, ejecutándolos a todos y repartiendo entonces los caballos entre sus propias tropas. Acudió en este momento a su lado otro jefe tribal númida, Mesòtilo, con 1.000 jinetes, y también Vermina, hijo y heredero del reino de su padre Sifax, reducido ahora tras la guerra con Masinissa pero todavía extenso y poderoso. La alianza se debió sellar en ese momento pero lo cierto es que la ayuda del númida llegaría, desgraciadamente para Aníbal y su causa, demasiado tarde. Procuró ahora Aníbal atraerse hacia su lado a ciertas ciudades o fortalezas que, anexionadas al reino de Masinissa, interesaban al cartaginés por su situación estratégica. De esta forma algunas poblaciones se pasaron voluntariamente a los cartagineses y otras, como Narce (desconocida), fueron conquistadas a la fuerza o mediante estratagemas.

En vista de que la guerra se encendía, Aníbal, en su afán de reforzar sus heterogéneas fuerzas, hizo que el senado sobreseyese la condena de Asdrùbal Giscòn para de esta forma convencer a este de que le entregase las fuerzas de que disponía. Así se hizo, estas se unieron a sus tropas y Giscòn regreso tranquilamente a Carthago aunque prefirió mantenerse oculto a los ojos de sus conciudadanos al abrigo de los muros de su mansión.

Terminó el año con los cartagineses volcando sus esperanzas en Aníbal y su ejercito y los romanos, con Escipiòn al frente, preparando con detenimiento la próxima y decisiva campaña del año 202 a.C.

 

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Notas..

(1) Los mercenarios (que la vox populi había elevado a la cifra de 10.000) reclutados el año precedente como reacción al desembarco romano en África, es muy posible que fueran desembarcados en Thabraca (foto), desde donde marcharían hacia el sur. Quizás por esta razón, como por la de que unirse a Sifax antes de que Escipiòn pudiera impedirlo, fue por lo que Asdrùbal Giscòn debió alejarse tanto de Carthago con su ejercito. Por otra parte, la mejor manera de alejar a Escipiòn de la capital es la de colocarse tras este. Como veremos, acabo todo en un desastre propiciado por el incompetente Gascón y la facción belicista del senado. Volver
(2) Según cuenta Apiano, los hechos que desencadenarían el ataque nocturno del romano ocurrirían de una forma algo diferente a la comentada por Livio o Polibio pero perfectamente compatible con la de estos, Sifax, en contacto con Masinissa, intento hacerle volver a la alianza con los cartagineses, incluso le habría ofrecido la mano de una de sus hijas, no obstante, envío espías que, llegado el caso de que Masinissa rechazara el acuerdo acabasen con su vida. Masinissa no solo fue informado del complot si no de que las fuerzas enemigas, que no olvidemos eran realmente poderosas, se encontraban ya a punto de iniciar el ataque tras haber recibido los cartagineses los mercenarios celtas y ligures que esperaban. Escipiòn se vio por ello impelido a realizar el audaz ataque nocturno, única salida que parecía abrirse para el ejercito romano, habida cuenta de la difícil posición en que se encontraban, ante un ejercito inmensamente superior frente a ellos y una poderosa ciudad a sus espaldas a la que debían prestar una constante atención. Tampoco la decisión de atacar a los ejércitos enemigos por la noche fue fácil, la arriesgada operación fue debidamente consultada en el consejo de guerra en la que todos los altos oficiales fueron consultados por su parecer. Volver

(3) En este punto la versión de Apiano difiere radicalmente en muchos aspectos, èl nos cuenta que, Asdrùbal Giscòn, temeroso de presentarse en Carthago tras tan humillante derrota. se autoexilio en el interior del territorio y procedió a reclutar tropas auxiliares por su cuenta, enrolando esclavos y mercenarios numidas hasta hacerse con una pequeña hueste, de Asdrùbal no se volverá a saber por un tiempo. En mi exposición de los hechos tratare de intercalar lo que yo pienso que es compatible de ambas versiones, puesto que Apiano, al menos, dedica muchísima mas atención a Asdrùbal que Livio o Polibio, lo cual quiere decir que sus fuentes de información probablemente eran complementarias a las utilizadas por los otros dos historiadores. Volver

(4) De nuevo Escipiòn se encuentra en una difícil situación estratégica, al no poder hacerse, pese a sus repetidos intentos, con Útica, sin duda un objetivo de primera linea y que por si solo podría decidir la campaña, no puede evitar que los ejércitos enemigos muevan a sus anchas por el territorio cartaginés aprovechando que todas las fuerzas romanas se encuentran detenidas frente a la metrópoli púnica, esto hace que los cartagineses recuperen un tanto sus fuerzas y moral y se apresten a un nuevo y decisivo choque. Es posible que a Escipiòn no le importase que sus dos antagonistas se reorganizasen para de esta forma batirles de nuevo antes de la llegada de Anìbal, pero lo cierto es que, clavado ante Ùtica, entrega la iniciativa a sus oponentes, a quienes tendrá que ir a buscar en un territorio del que, en caso de derrota, no existía salida alguna. Volver
(5) Según se lee en Apiano, Sifax colaborara entonces con Escipiòn hasta el punto de informarle detenidamente de la situación política interna en el área numida, dandole datos acerca de los personajes mas influyentes del reino y demás. También parece que fue el quien puso en guardia al general romano acerca de la posibilidad de que Sofonisbe, fiel y leal hija de Carthago, pudiese seducir al numida Massinisa, aunque no se sabe si esto lo dijo tan solo por odio a Massinisa, con el fin de perjudicarle. Fue llevado finalmente Sifax a Roma, en donde no tardo en fallecer en la cárcel que lo albergaba mientras los senadores todavía se preguntaban el destino que se le reservaría, principalmente por el grato recuerdo de su alianza en unos años en que la república se encontraba en una difícil situación.Volver
(6) Es curioso comparar la actitud de los dos generales rivales, Aníbal y Escipiòn, ambos lucharon hasta la extenuación por conseguir bases navales en los territorios del enemigo y ninguno lo consiguió, Aníbal, aunque se pudo hacer con Tarento, no consiguió desbloquear el puerto cerrado por la fortaleza de la ciudad que se mantuvo firmemente en manos romanas, también fracaso ante Rhegium, pese a que la ataco repetidas veces por sorpresa. Escipiòn por el contrario, dispuso de, según dicen, el mejor tren de asedio de toda la guerra, detenidamente diseñado y construido por sus ingenieros en Sicilia e Hispania, pues bien, fracasa hasta tres veces ante Utica y de nuevo ante Hippo Rhegius, no intenta nada, visto lo visto, contra Carthago, y finalmente decide deshacerse de su pesado, lento e inservible tren de asedio. Aníbal, confiaba generalmente en la traicion, la diplomacia o la sorpresa a la hora de atacar las ciudades enemigas, generalmente le salía bien, Escipiòn empleo contra las principales bases enemigas toda la fuerza de que era capaz, fracaso rotundamente en todas salvo contra Carthago Nova, en que la sorpresa fue entonces la principal de sus armas.Volver
(8) Asdrùbal Giscòn había contactado con un grupo de mercenarios hispanos que militaban en las filas romanas y que se ofrecían, es de suponer que a cambio de una sustanciosa recompensa, para prender fuego al campamento romano una determinada noche, noche en la que las fuerzas cartaginesas de Hannòn y el mismo caerían por sorpresa sobre las fortificaciones romanas presas, es de suponer, del caos y el desconcierto ocasionado por los rápidos y múltiples incendios que ocasionarían los conspiradores. La conjura siguió adelante pero la misma noche en que todo se debía llevar a cabo fue esta descubierta y abortada, Escipiòn ejecuto a las decenas de conspiradores y echo sus cuerpos fuera de las empalizadas, Asdrùbal Giscòn, advertido del fracaso de la trama, rehuso seguir adelante y se marcho a su lugar de procedencia sin avisar a las restantes fuerzas cartaginesas, las de Hannòn, que llegaron fieles a la cita con Asdrùbal al lugar indicado por este pero que al no comparecer y descubrir ademas los cuerpos insepultos de los conspiradores decidieron también dar por finalizada la operación. Hannòn acuso en Carthago a Asdrùbal de traicion en la operación, denigrando todavía mas su persona a los ojos del pueblo de Carthago quienes, mas adelante, acabaran con su vida.Volver
(9) El pueblo parece que estaba bastante harto de los sacrificios que habían exigido las crisis de los últimos tiempos, en ese mismo momento la ciudad seencuentra semidesabastecida, así pues, la resolución del conflicto político que se acababa de crear estaba en manos de una población exacerbada por sus propias desgracias mas las que los demagogos seguramente les inducían a creer. Volver